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Índice Página 3. . . . . . . . . . Palabras de bienvenida, por While. Página 4-6. . . . . . . . . 4:30 a.m, por Cosmos. Página 8-9. . . . . . . . . Lluvia, por Madame Agridulce.

Página 10-13. . . . . . . . 72 gramos de pólvora, 92 mudanzas, por Huracán Irene. [Finalista] Página 14-15. . . . . . . Bajo el manto de Lluvia, por Pe. Página 17-18. . . . . . . Donde termina el mundo, por Pouline. [Finalista] Página 19-21. . . . . . . Combustión, por Martha. Página 23-24. . . . . . . La locura no entiende de amor y razones, por Andii. Página 26. . . . . . . . . Alaska y Fuego, por Sap. [Finalista] Página 28. . . . . . . . . Terremoto, por Hopingthereality Escritor. Página 30-31. . . . . . . N de Noruega. Cé de Cenizas, por Andrea Neptune. Página 33. . . . . . . . . Noruega, por Jessica Dae. Página 35. . . . . . . . . Aurora Boreal, Laura. Página 37. . . . . . . . . Reflejos, Thought Mantique. Página 39-41. . . . . . . Nadie habla del fuego de Noruega, por Clío [mención especial] Página 42. . . . . . . . . Agradecimientos.

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Palabras de Bienvenida. Me contaron que andar por el río te producía sensaciones mágicas, el calor del fuego, el frío de Alaska, la suavidad de Noruega, los ojos oscuros posados en ti, y mil y una cosas que ahora mismo se me pasan por alto. Esta Antología tiene el objetivo de acercarte a esas mil y una sensaciones, a que veas con tus propios ojos lo que nos producen las palabras como Acantilado, Hierba o Luxemburgo. Puede que no aparezcan todas las palabras que dije para que no se empezara de cero en la historia, pero están las sensaciones, todo el vértigo de un acantilado, el verde de Irlanda, la suavidad del mar. Todo lo que un día no te atreviste a decirme por miedo a caer, todo lo que imaginas y no plasmas, todo lo que sientes y no sabes describir, está aquí, entre las palabras de los participantes.

While

Es feo terminar con estas palabras, pero es mi obligación. Este escrito tiene todos los derechos reservados de creative commons, pues ha sido registrado ahí, prohibiendo su copia, modificación o uso.

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04:30 a.m Cosmos http://theboxofthunder.blogspot.com.es/

¿Quiénes son esas sombras que esperamos y creemos que algún atardecer vendrán en limusinas desde el Cielo? La rosa, empero, sabe que no tiene garganta y no puedo decirlo. Mi mitad mortal ríe. El código y el mensaje no son lo mismo. ¿Y qué es un ángel sino un fantasma travestido? STAN RICE De «Del Cielo» Cuerpo de trabajo (1983)

El frío hacía sufrir a su mitad mortal. Sus pies se movían a una velocidad inhumana por el sendero imaginario que ella había formado sobre los picos de la montaña, recubierta de nieve virgen. El aire terriblemente fresco de Alaska, se filtraba de vez en cuando por algún pequeño hueco de sus ropas, helándole la piel a pesar de que estuviese embozada hasta los ojos por una bufanda de lana negra. Frío. Cansancio mental. Más frío. Pasadas unas horas, muy a lo lejos y gracias a su poder para estimar la distancia, advirtió en todo su esplendor, unas luces flotando en el cielo en sombras verdes, púrpuras y rojas por encima de la cordillera de las blancas Montañas Rocosas. Ése espectáculo le cortó la respiración, y no sólo por la evidente belleza, sino porque sabía que en aquellas luces, encontraría las respuestas que tanto ansiaba y que a su vez, tanto aterraba. Bajó la vista hacia el gran lago del Oso y en sus dulces aguas, vio reflejadas las mismas luces de la Aurora Boreal. Allí es hacia donde se dirigía. Se cubrió más con la bufanda el rostro y echó a andar de nuevo. Cuando llegó a su destino, inhaló profundamente por la nariz, dobló las rodillas y con una fuerza desencadenada, despegó sus pies de la gran montaña helada. Cerró los ojos un momento, aterrada por haber cogido demasiado impulso en el salto. «Soy mitad mortal, mitad inmortal. ¿Eso quiere decir que puedo morir en el impacto?», pensó. Los ojos se le llenaron de lágrimas al barajar ésa posibilidad. Sintió un profundo escalofrío de alarma recorrerle el pecho e instantes después, se encontró de pie en frente del lago. Era la primera vez que ponía a prueba sus nuevas habilidades y por eso tardó un segundo en recuperarse del aturdimiento. Le dolió el corazón durante un breve segundo, y luego volvió a la normalidad.

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Sin embargo, la alarma silenciosa que apenas había sentido hacía unos instantes, aquel pálpito que le hacía helarse la sangre en las venas, sólo significaba una cosa: peligro. Sin escapatoria alguna, esperó a que llegara. De nuevo volvió a sentir ése pálpito. «Ya está aquí.» La semi-mortal no se movió cuando el Diablo se le apareció ante ella. Vestía con ropas negras, pero por encima de todo, ropas humanas. Sus ojos, dos pozos negros y carentes de emoción, se clavaron en los de ella. —

¿Qué haces aquí, Nadine? —le preguntó el Diablo, impasible.

He venido a verle —contestó ella, desafiante—. Necesito respuestas, Khay. Tú no me las quieres dar, quizás él sí que está dispuesto a hacerlo.

¡SABES LO QUE ESO SIGNIFICA PARA MÍ! —gritó de repente el Diablo. Nadine retrocedió, asustada por su reacción. Jamás lo había visto tan fuera de sí—. ¡ERES MI REINA! ¡MI REINA, NO LA SUYA!

Nadine movió la cabeza con tristeza. —

Yo no soy tu reina.

Pero eres ella.

Sólo en apariencia —le aseguró por enésima vez con firmeza—. Sé que soy la reencarnación de tu antiguo amor; Galia. Pero Khayman, en alma no soy ella. Mi alma es sólo mía y de nadie más. Mi lugar no está en el Infierno junto a ti. Mi hogar está...

¿Con Él? —inquirió avanzando hacia ella mientras continuaba traspasándola con sus profundos ojos negros—. Si fuese así, habrías muerto en el mismo instante que te arranqué el corazón. En el instante en que te convertí en lo que eres; un demonio.

Nadine torció el gesto ante la última palabra. —

Si tu alma fuese pura —continuó hablando—, habrías muerto y habrías ascendido a los Cielos. Pero eso no ocurrió, ¿sabes por qué? Porqué ella está dentro de ti.

Sus palabras la hicieron dudar un segundo, el cual Khayman aprovechó para inclinarse, agarrarla por el pelo con la mano derecha y atraerla hacia él, para finalizar toda la acción con un beso. Al principio el beso fue delicado hasta que ella sucumbió a su fuego. Y cuando la lengua de Khayman se introdujo entre los labios de Nad, el beso se intensificó. La semidemonio sintió su pasión masculina crecer con cada roce de sus labios. Sus dedos le abrasaban la mejilla helada y la nieve que había bajo sus pies se derritió pasados unos instantes. Entonces, Nadine se separó y él la abrazó en silencio cuando ésta apoyó la cabeza sobre su pecho. Lo que ella no esperó oír, fue los latidos de un corazón sonando en su pecho, tratando de volver a la fría quietud. —

Amor mío —murmuró él con autentica devoción. Hundió su rostro en el pelo de su amada y cerró los ojos aspirando su perfume—. Por favor, Nadine, ámame. Vuelve a amarme —le suplicó él, desesperado—. Vuelve a mí, amor mío. Vuelve junto a mí. Vuelve.

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No paraba de repetir esas palabras una y otra vez, como si por el simple hecho de hacerlo se fuese a cumplir su deseo. —

Vuelve —repitió por última vez.

Lo siento, Khay —se disculpó ella, apartándose lentamente de él y con los ojos anegados en lágrimas—. No puedo.

Los músculos de la mandíbula del Diablo se tensaron cuando la última palabra llegó a sus oídos y muerto corazón. Nad alzó la vista al cielo, hacia las hermosas luces de colores, para evitar mirarle a la cara. Y en ese momento, como por arte de magia, sintió que se elevaba; alguien tiraba de ella desde el Cielo. Miró hacia abajo y vio a Khay con el rostro esculpido en el más puro horror. —

¡No! —gritó el Diablo— ¡No te la volverás a llevar! —El viento sofocó sus palabras, pero la semi-demonio lo oyó con claridad a pesar de que ya se encontraba a muchos metros sobre el suelo—. ¡Otra vez no! ¿¡ME OYES, ESTUPIDO DIOS!?

Y cuando ya estaba rozando el fulgor de las luces, cuando extendió su brazo izquierdo hacia el cielo para palpar su dulce libertad, unas fuertes manos le agarraron por la cintura haciéndola parar en seco. Ella le miró fijamente, y se sorprendió ver que en su rostro tenía una expresión suplicante. Realmente, aquello le conmovió y se dio cuenta de que, después de todo, el Diablo sí podía amar. —

No tenemos por qué acabar así, Khay. Puedes... puedes venir conmigo. Puedes... podemos ser... —su voz se fue apagando cuando se percató de la frialdad que asomaba ahora en los ojos del diablo.

Tu querido Dios me desterró de los Cielos y me condenó a vagar por el mundo mortal. Así que se puede decir que no soy bienvenido, pero si tantas ganas quieres marcharte con él, si tanto le quieres, entonces te dejaré ir. Pero antes —prosiguió—, me aseguraré de hacer todo lo posible para recuperar a mi reina Galia.

Ella enmudeció al comprender lo que esas palabras significaban. —

...Si de verdad me quieres, déjame ir —pidió con voz débil.

El Diablo guardó silencio durante unos momentos. Y allí, en las puertas de los Cielos, ante sus ojos, alargó el brazo y con un rápido movimiento, su mano le atravesó el pecho. En aquel instante, Nadine lanzó un grito de dolor. Abrió los ojos de par en par cuando sintió que las yemas de los dedos del ángel caído acariciaban su órgano latente, para después, apretar su mano entorno a él y sacarlo de su cavidad torácica. —

Te dejaré ir cuando vea que ya no hay esperanza —respondió entonces Khayman. Luego la besó, apretó levemente su corazón y ella se sumió en un beatífico sueño—. La diosa Pandora te devolverá el alma, amor mío —le susurró al oído de Nadine—. Volverás a mí, Galia. Después de tantos siglos, volverás a mí.

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Lluvia Madame Agridulce. http://madameagridulce.tumblr.com/ Lluvia. Lluvia que caía de mis ojos como si el sol se hubiese escondido para siempre. Lluvia. A veces etérea, otras cascada. Lluvia. Siempre mía, nunca tuya. Lluvia. Siempre salada, nunca dulce. Abro los ojos, me miro las manos; las encuentro llenas de resto de arte: “arte muerto”. Siempre me ha resultado irónico pensar que el arte era vida, que nada podría destruirlo, como con el Guernica; pero siempre se puede destruir al artista. Me levanto de la cama. La habitación esta como la deje ayer: algún lienzo a medio terminar, dos o tres pinceles en un bote de cristal, la única ventana abierta. Todo como siempre, ningún cambio. Miro a la cama de matrimonio, que yace vacía; nada más que el calor de mi cuerpo que poco a poco se desvanece. Me acerco a la ventana. Miro. El mismo callejón sin salida de siempre. Suspiros. Me visto: unos vaqueros, unos zapatos y una camisa; no tengo ganas de ducharme, no entiendo para qué si acabaré igual otra vez. Me recojo el pelo, algún mechón pelirrojo se escapa. Resoplo. Cojo mi gabardina marrón y una bufanda; fuera hace frío, pero no tanto como dentro de mí. Miro otra vez la habitación. Una extraña sensación me oprime el pecho. Cojo las llaves. Salgo. Hay poca gente en las calles, todo está demasiado vacío. Otra vez esa palabra, maldición. No quiero, ¿por qué no estarás aquí? ¿Me seguirás queriendo? ¿Y si estás con otra? ¡NO! Grita mi mente. ¡NO! Ruge mi corazón. Eso no lo puedo pensar. Eso no lo quiero sentir. Un trocito de mi se resbala. Cae y se rompe. ¿Dónde quedó La Bohème? ¿Dónde se esconde Lautrec? ¿Y las musas? ¿Qué fue de ellas? Nadie lo sabe ¿Dónde se esconden las máquinas de escribir? ¿Los besos bajo la lluvia? ¿Los “fueron felices y comieron perdices”? En un cajón ¿Dónde quedan los libros de papel? ¿Los bocetos en servilletas? ¿Dónde quedan las miradas cómplices? ¿Dónde quedamos tu y yo? ¿Dónde queda el AMOR? Nadie lo sabe. Llego. Soy invisible. Nadie me ve. O no quieren verme. Veo a la chica rubia de la segunda fila, con sus gafas rojas. Al chico de la sexta fila con un tatuaje detrás de su oreja. Pero no te veo a ti. No sé porque me sorprendo, si ya sabía que no estarías; buscarte todos los días para no encontrarte. ¡Qué crueldad! ¡Qué crimen más brutal! Me condenaste a cadena perpetua con el primer beso que compartieron nuestros labios, y ahora… ahora tocó separarse, otra vez. Odio las despedidas. Odio no encontrarte en mi cama. Odio no ver tu camiseta sobre mi silla. Odio que no estés. Pero me odio a mí por no ser lo suficientemente valiente, para seguirte.

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Caigo. Es un agujero sin fin. No veo el final de la caída. No siento más que mi cuerpo caer. ¿Dónde estoy? ¿Qué pasa? Llevo un vestido azul. ¿Soy Alicia? ¡NO! Me falta el aire. Se me oprime el pecho. Los ojos se me humedecen. El corazón me duele. Mis pulmones no cogen aire. ¿Qué me ocurre? ¿Qué es esto? ¿Qué pasa? Quiero dejar de caer. No puedo. No veo el final. Sólo hay oscuridad. Únicamente no hay nada. Acelero. Freno. Acelero. Freno. Así una y otra, y otra, vez. Mi voz sale, no parece mía; grita. Grito. Te veo. Estás ahí. Cerca, tan cerca que creo poder tocarte. No me ves. ¿Por qué no te giras? Quiero gritarlo, pero no salen palabras. Me miras. Tienes la boca amordazada. Me coges. Tus manos tienen grilletes. Quiero quitártelos pero no puedo; intento hacer lo mismo con la mordaza, pero no hay manera. Mis manos comienzan a sangrar. Me miras lloroso. Se me rompe el corazón. Me abrazas. Abro los ojos. Sólo había sido un sueño. Miro a tu lado de la cama, no estás. Toco las sabanas, pero están frías. No encuentro ninguna evidencia de que estés cerca. Miro el móvil, son las 4:26. Ahí están, tus buenas noches. Distanciados, otra vez.

Lluvia. Otra vez estamos solas; complemente a solas tú y yo.

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72 gramos de pólvora, 92 mudanzas. [Finalista]

Huracán Irene http://tormentayhuracan.blogspot.com.es/ He acabado de empaquetar la última estantería y no sé todavía muy bien cómo lo he hecho ni de dónde he sacado las fuerzas pues hasta hace dos días me juraba que era imposible guardar media vida en cajas. No te haces una idea de los agujeros que se me han abierto por dentro mientras separaba lo que iba a necesitar y lo que no a partir de ahora, y los que se me han cerrado, para siempre, mientras quitaba por última vez los recuerdos que andaban pegados a los viejos portafotos. El frío de la habitación me cala de nuevo los huesos y creo que todas esas hojas caídas del calendario son responsables de que se me vaya derritiendo poco a poco el corazón. Quién iba a decir que yo, la de las ojeras en invierno y los miedos tatuados en todas las estaciones, la que siempre andaba huyendo, iba a quedarme en Alaska. Nadie, nadie daba un puto duro por tus dedos sobre mi espalda y aún escucho sus risas cuando dije adiós con la boca pequeña. Aún retumba aquí dentro el portazo que le di a los veintipocos años que cargaban mis hombros por aquel entonces y ahora que te has ido se me caen las vergüenzas y tengo que tragarme el orgullo y volver. Yo, que era frío y contigo me hice escarcha, tengo que empezar a derretirme y hacer el camino de vuelta hasta latitudes más pequeñas mientras el terror a lo conocido se va paseando por mi médula espinal, como riéndose de mi fracaso, del tuyo, del nuestro al fin y al cabo. Te juro que lo he intentado, he pasado un par de meses buscando motivos para quedarme y no hago más que confirmar que no queda nada que me ate aquí, así que perdona que me limite a repartir mi memoria en todo el equipaje, en pequeñas dosis. Me consuela el pensar que no es esta otra de mis huidas, no caeré de nuevo en eso. Es sólo que no sé qué será de mí ahora que nadie está dispuesto a encenderme en las madrugadas en que el termómetro pierde la cabeza y no quiero ser yo la que me quede sin ella. Y ya me conoces, voy a dejarla olvidada en uno de nuestros rincones como siga recorriéndolos. Puedo imaginarme tus abrazos, lo hago cada noche, pero el vello erizado sigue ahí y no estás tú para calmarlo. O para dejarme desnuda entre las sábanas, malditos recuerdos, y plantar el caballete en mitad de la habitación y capturar el invierno en un setentaytres por noventaydos. Ahora que lo pienso, no sé muy bien en qué caja van esos dos, ni aquel del día en el lago Iliamna, ni siquiera el de la primavera de Sitka, pero dudo que tus óleos vayan a salir de su escondrijo en un periodo corto de tiempo. Lo tenías meticulosamente planeado, cosa que aún no he aprendido a agradecer y tampoco sé si debería. Siempre te gustó tenerlo todo en orden y por eso nos dejaste entrar a mí y a mi huracán. Controlar hasta el más mínimo detalle era lo único que necesitabas para demostrarte que lo desordenado de mi mundo te había acabado por salirte rentable. Pero eso

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de dejarme a mí toda tu obra, tu vida entera descrita en millón y medio trazos apagados, eso es ser un hijo de puta hasta después de muerto. Me llevo el chelo, voy a ponerlo en una esquina de la habitación en la que de niña solía imaginarme siendo tuya y otras mil cosas más, pero esa fantasía es de las pocas cosas buenas que las paredes tienen que recordar. Y si ahora estuvieras aquí se bien qué voz pondrías al volver a preguntarme eso de “¿por qué yo?” y vuelvo a no tener palabras suficientes para explicártelo. Mira todos estos paquetes, mira tus discos, nuestros instantes congelados, mira todos los objetos que, aún envueltos en papel de periódico, siguen llevando tu nombre. Mira una vida a tu lado, imagina un final alternativo que sea contrario a toda esta basura y vuelve a mantenerme la mirada preguntando el por qué. Mírate en mis ojos, como aquella mañana de domingo, y atrévete a dudar que dentro de mí pueda encajar cualquiera, cualquiera que no seas tú. Por eso estoy tan perdida, porque en el fondo nunca lo dudaste y yo estaba más que segura a tu lado. La otra noche soñé que ardía, imagínate, los restos de nuestra historia volando por los aires en un incendio que nada tenía que ver con las veces que me encendías y yo me dejaba incendiar. Una parte de mi intentaba escapar aunque tuviera que dejar atrás todo esto, porque era lo que te prometí y porque, joder, me estaba ahogando. Pero mis piernas no respondían y el fuego cada vez estaba más peligrosamente cerca de mis pulmones. Bajaba un nosequé por la garganta y yo sentía que no quería seguir respirando, de veras que lo pensé. Y justo cuando decido abandonarme a ese espectáculo, despierto de la horrible pesadilla, y noto que es real, que está pasando de verdad. Y es que no quedan más que cenizas donde una vez levantamos un reino entero a fuerza de soplar las ascuas. Hace tiempo leí que el amor es pura química. Me lo empecé a creer, más tarde que pronto, cuando hicimos una combustión de los bocados en los labios, de las heridas de amor en mi cuerpo, de los arañazos por mi pecho. Llegados a este punto me paro a pensar y, echando la mirada al vacío que me precede, creo que he perdido la cuenta de las veces que te maldigo por tener que mirar estos años reducidos a polvo e intentar, huelga decir que en vano, que queden por encima las veces en las que el polvo era bien distinto y era yo la que acababa reducida. Queman, ¿sabes? Los recuerdos, digo. Arden tanto y tan fuerte y es tan amargo lo que queda de ti que me estoy muriendo en vida. Y no quiero, ahora me niego a que todo esto se pierda en el olvido pero sigo siendo incapaz de abrir la maldita caja de Pandora y dejar que todo explote. Podrías haber tenido la poca decencia de acabar con todo esto de una vez, de darle el final que nunca tuvimos y en el que tú nunca creíste. Y ya no puedes volver e inventar una despedida como decía aquella película. Era yo la que vivía enamorada de los para siempre y no encontraste mejor forma de convencerme de lo contrario que desapareciendo, ¿verdad? Cabezota… a ver cómo te hago entender ahora, donde quiera que estés, que para morir del todo es necesario que deje de pensarte, y en mi recuerdo tienes asegurada la eternidad por

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mucha cursilería barata que parezca. Que aunque un día de estos intenten asesinarme los recuerdos y descubran, muy a su pesar, que tú ya me mataste aquel día, vendí mi último aliento al diablo poco antes de tu partida, en el último intento de salvarme, contigo.

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Bajo el manto de la Lluvia Pe http://escritosbajounarbol.blogspot.com.es/ Me desperté en un lugar completamente desconocido para mí. Miré a mi alrededor: Una ventana con la persiana completamente cerrada, un baúl negro, un escritorio, un armario negro como el baúl, una puerta marrón, dos mesitas de noche blancas y un espejo, donde pude verme encima de una sencilla cama. Sin duda era una habitación. Mi rostro era espantoso. Tenía el moño desecho, el maquillaje corrido y la ropa arrugada. Me levanté de la cama y sentí un dolor de cabeza insoportable. Me dirigí hacia la puerta, coloqué mis manos sobre el pomo y dejé caerlas abriendo así la puerta. Desde la rejilla pude ver una silueta de un chico, aparentemente alto. Me miró y sonrió. -

Por fin te despiertas. Son las doce de la mañana, ¿Sabes? –tras esperar una respuesta y darse cuenta de que no la había, continuó-. Te encontré en una fiesta dormida y supongo que algo borracha, te traje aquí para que durmieras. Yo he dormido en el sofá.

-

Pues vale. ¿Puedo irme ya?

Mi respuesta fue algo seca pero me dolía muchísimo la cabeza y quería ir a casa para estar tranquila. -

Te he preparado el desayuno.

-

¿De verdad? Que detalle. –después de unos segundos, continué-. Pero no lo quiero. A saber quién eres tú y que hay en la comida.

-

Puedes confiar en mí, de verdad. Si no fuera por mí, ¡a saber donde estarías ahora!

Quería resistirme, pero el desayuno tenía un aspecto espectacular. -

Bueno, comeré algo.

Me senté en un taburete que había en la isla de la cocina y cogí un par de tortitas y un zumo de naranja. -

Me llamo Peeta, encantado.

Me comí un trozo de tortita y bebí un poco de zumo. Después, respondí: -

Yo me llamo Amélie. No tengo ni amigos ni pareja porque nunca me he fijado en nadie, y nadie se ha fijado en mí. Soy Amélie, una chica fría que vive sola en este mundo y que el día que me apodere de una pistola, viajaré por el mundo matando a todos los que se crucen por mi camino.

Ese tal Peeta me miró muy extrañado. -

¿Puedes repetirlo, por favor?

-

Que un día mataré a todos. –le di un mordisco a la tortita-. Tal vez a ti no, porque cocinas de maravilla.

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-

No, no. Lo de que nadie se había fijado en ti. ¿De verdad que nunca has tenido pareja? –negué con la cabeza y continuó-. Pues es raro. Muy raro.

Casi me atraganté con la tortita. ¿Pero qué dice? ¿Intenta tontear conmigo? Pues no, no lo conseguirá. Mi corazón es frío como un bloque de hielo y mi personalidad es dura como el acero. -

Me voy. ¿Dónde está mi chaqueta?

-

No puedes irte.

-

No puedes retenerme.

-

Sí que puedo, porque está lloviendo y te resfriarás.

Me quedé en silencio. Me acabé el rico desayuno y me dirigí a una ventana. Era cierto. Llovía muchísimo. Qué extraño que no hubiera escuchado nada, tal vez tenía demasiados pensamientos en la cabeza. Tras la ventana no se distinguía nada, la lluvia cubría absolutamente todo. Volteé y me encontré a Peeta más cerca que antes. -

¿No te parece precioso Luxemburgo bajo el manto de la lluvia?

-

Me encanta la lluvia. Su sonido y el olor que deja cuando desaparece. –hago una pequeña pausa-. Siempre quise bailar con alguien bajo la lluvia. Pero nunca he sabido con quién hacerlo.

-

Conmigo.

Me asusté. ¿Acaba de decir que baile con él bajo la lluvia? No. Nunca. -

Prefiero bailar con el ser más asqueroso del mundo antes que contigo.

Peeta sonrió. ¿Por qué? No me imaginaba ese tipo de reacción tras mi insulto. Encontré la puerta de salida y mi chaqueta. Me la puse y me fui sin despedirme. Bajando por el ascensor me di cuenta de que no le pregunté dónde estaba. Me puse las manos en los bolsillos y saqué de mi boca un largo suspiro. Hurgué en los bolsillos y noté un papel. Lo saqué y vi que había un número de teléfono. Seguido de él, ponía:

“Espero que me llames. Sé que tras esa capa de fuerza y llena de insultos eres dulce y amable. Me encantaría bailar junto a ti y ver la magia de Luxemburgo bajo el manto de la lluvia. Peeta, planta 3 puerta B.” El ascensor se paró, salí del edificio y sin pensármelo dos veces rompí y tiré la nota. “Parece el chico perfecto. Pero yo no quiero un chico perfecto”, pensé. Fui a la estación de autobuses, pregunté sobre como volver a mi calle, pagué al conductor y me senté en la última fila del autobús, empapada por la lluvia. Dentro de unos minutos todo volverá a la normalidad. O no.

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Donde termina el mundo [Finalista]

Pouline https://twitter.com/LittleSeraphine Todas las letras conteniendo el último rincón de la Tierra. Con el nombre de una diosa, los ojos azules de las aguas del deshielo, el fuego de su cabello para contrarrestar el frío del invierno. Alaska era como un trocito de paraíso congelado, la ciudad sumergida del invierno eterno, el lugar donde moría el mundo. Verás, todos intentábamos huir de algo. Aunque huir solamente era la palabra más excitante que se nos ocurría para no tener que explicar que éramos unos simples críos dejándonos llevar por un arrebato de rebeldía. Porque éramos unos críos. Porque estábamos locos. Porque aquello no tenía sentido. Porque íbamos a hacer justamente lo contrario de lo que querían que hiciéramos. Y así, todo empezó con una de esas ideas descabelladas que solían cruzar por la cabeza de Casey, infundada por una maldita película en la que un tío se marchaba a Alaska sin dinero ni nada, y resultó que por primera vez la escuchamos. ¿Y por qué no? Quizás hubiera sido conveniente saber cómo terminaba la película. Y conducimos por la carretera con el frío clavándose en nuestras entrañas pero con la sensación de que por primera vez respirábamos. El hecho de que estábamos perdidos. De que nadie vendría a buscarnos. Sí, éramos unos inconscientes que no tenían otra cosa mejor que dar un susto de muerte a sus padres. Supongo que habíamos visto demasiadas películas, leído demasiados libros, y nos habíamos dado cuenta de que nosotros también estábamos hartos de vivir encerrados en una bola de cristal impoluto. De tener todas nuestras acciones ya escritas. Eh, buenos días, me voy a Alaska, hasta pronto.

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Era como reírse en la cara del destino y decir apuesto a que eso no te lo esperabas. El cuarto día de carretera, antes de que el sol se ocultara por completo, bordeamos uno de los acantilados y Andie frenó. Paró, se bajó y se quedó ahí de pie observando el horizonte. Yo creía que soltaría alguna estupidez filosófica que pasaría a los anales de nuestra historia. Igual se ponía gritar. Era lo que alguna vez había visto hacer Casey. Gritaba como si se hubiera estado conteniendo durante años y por fin pudiese hacerlo, sin nadie que la escuchara o le dijera que gritar no era correcto. Sin embargo, Andie suspiró y simplemente dijo: —

Creo que podría quedarme aquí para siempre.

Y ahí estábamos nosotros, congelados hasta la médula en medio de ninguna parte por culpa de un «¿y por qué no?».

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Combustión Martha http://losvolatilesrecuerdos.blogspot.com.es/ — ¿Nunca te has parado a pensar en lo imponentes que pueden resultar las montañas? Frunzo el ceño y levanto la mirada, algo extrañado por la cuestión, aunque no sorprendido de que pregunte algo así. Tai suele abstraerse a menudo, y cuando eso pasa siempre puedo esperar una curiosa reflexión de parte de su alborotada mente. “¿Qué quieres decir?” pienso en preguntar, pero ella se adelanta. — Tan resistentes que ni el mismísimo viento puede derribarlas, poseedoras de un séquito de árboles guardianes que forman un bosque a su alrededor, muy sabias y llenas de canas tan blancas y brillantes como la luna después de un festín ¡y poderosas hasta el punto de que, algo tan increíble como es una aurora boreal, pueda ser el manto que les cubre en la noche! —exclama, se le nota emocionada—. Creo que si un día decidieran despertar de su eterno sueño, podrían acabar con todos nosotros sin siquiera pestañear. Tiene un brillo peligroso en los ojos, esos que en mi opinión tampoco carecen de riesgo. A mí pueden hacerme caer. Entro en trance. —Son simples estructuras nevadas Tai —le digo, y acto seguido agacho la cabeza y me muerdo levemente el labio, culpable. No tendría que haber dicho eso, Tai es muy susceptible en lo que a magia se refiere. No soy capaz de entender lo que siente cuando observa este lugar, pero sé que puede apreciar la belleza oculta de las cosas, los pequeños detalles que a cualquiera le pasarían desapercibidos y hacen que ciertas cosas sean únicas, marquen la diferencia. Pero esta vez no dice nada, no empieza una de esas discusiones que tanto le gusta tener, para expresar su punto de vista con respecto a un tema y poner en la balanza las distintas posiciones. En lugar de eso bufa. Y se ríe. Y justo después rasga con sus manos el suelo, peinando la nieve, y amontonando una bola que ,justo después, me planta en la cara. —De pequeña solíamos ponerles nombre a las montañas —me confiesa, y su sonrisa se esfuma como si nunca hubiera estado ahí, de manera similar a los diminutos copos que componen la nieve y se funden poco a poco al llegar a nuestros cabellos. Sé que no le gusta

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recordar esos tiempos, en los que los días eran constantes gritos, agrios despertares y amargas cenas. —Me lo dijiste —Sí que lo hizo, y yo las recuerdo. Comienzo a señalar empezando por nuestra izquierda— Desierta, Luciérnaga, Lobo, Chasquido, y esa —señalo la montaña más alejada de nosotros, situada justo debajo del sol que empieza a usarla como refugio— es Alaska. — Alaska siempre fue mi favorita —susurra, me giro de nuevo hacia ella. Parece perpleja, seguro que no esperaba que lo recordase. —No me llegaste a decir por qué —murmuro sin dejar de mirarle a los ojos, cálidos. Ella permanece en silencio unos instantes. Al principio pienso que está meditando la respuesta, pero un recuerdo como ese no desaparece fácilmente, y llego a creer que ha vuelto a abstraerse. Después, sin dejar de mirarme, se inclina hacia mí. Se apoya sobre su mano derecha, la más cercana a la mía. Trago saliva cuando sus dedos rozan levemente mi piel y tomo una gran bocanada de aire, que trato de disimular. Aún no ha roto el contacto visual, y de pronto noto su mano izquierda en mi hombro. No la he visto venir, y a pesar de tratarse de una suave presión sobre la sudadera, noto el tacto como si fuera capaz de atravesar esa capa de ropa. No he podido evitar desviar la vista, y cuando vuelvo a clavar la mirada en ella está mucho más cerca que antes. Su mano asciende, se asienta en el hueco derecho de mi cuello y llega a enredar unos cabellos en sus dedos. Siento arder cada trozo de mi cuerpo allí donde su piel entra en contacto con la mía. Me siento tentado a preguntarle qué pretende, pero temo destrozar la curiosa atmósfera que estamos creando. Aún así, aprovechando un resquicio de racionalidad, mi curiosidad gana por un momento a ese abrasador sentimiento, y ese instante es suficiente. —¿Qué haces? —pregunto en un susurro. Ella no se demora en contestar. —Cuando estuve en Alaska —empieza, y me trago sus palabras, su aliento y el vaho las arrastran hasta mis labios y me alimento de ella—, todo se resumía en frío y azul — Permanezco en silencio, aún en esa extraña posición—. Era bello, muchísimo, pero no conseguía despertarme —Tai se mueve un poco hasta estar prácticamente en frente mío. Temo por ella, porque estamos sentados en el borde de un acantilado y al mínimo descuido podemos perder la vida, y en un acto instintivo llevo mis manos a su cintura. Ella no las aparta. Apoya su frente contra la mía y de nuevo respiro su aliento. Ha desaparecido el frío, de hecho siento la necesidad de quitarme todas las capas de ropa posible, de refrescarme, noto mi cuerpo inundado por el bochorno, incandescente.

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Y farfullo mentalmente, no me gusta del todo, pero sé que ese todo es por ella. Cierro los ojos. —Eso no responde a mi pregunta —murmuro, noto la voz estrangulada y la garganta reseca. —Solía irme de casa todo el tiempo que podía, ya sabes... —Al recordar las cosas que me había contado no puedo evitar aferrarme más a ella y le sujeto con más fuerza. Ella se acerca más a mí—. Y había un sitio, que sin duda era mi preferido para escapar, y alejarme de todo —permanece callada unos instantes, y pienso en preguntarle, ceñido a mi curiosidad a pesar de la situación, pero de nuevo ella se adelanta—, el atardecer. Eso no me lo esperaba. —¿Qué...? —Fíjate Grove —noto sus labios prácticamente contra los míos al hablar, pero le hago caso, y salgo de mi trance, como si su voz acatarrada realmente fuera una dulce melodía de esas que embaucan a viajeros— Está aquí. Es cuando las montañas dejan de ser ancianas con canas y se cubren de rosa intenso, del color de los labios con el frío, del azul amoratado de un puñetazo golpeado con sed de venganza, impulsado por el calor de la rabia. Es entonces cuando entiendo la belleza que ve Tai. Que incluso hasta el ser más frío e imponente de la tierra, podría derretirse ante el calor de una caricia, y ahora el sol les hace cosquillas a sus espaldas, pierden su glacial efecto. Miro a Tai, ahora sentada a mi lado, y le veo sonreír. Y entiendo porque Alaska es su favorita. Aun habiendo perdido, en teoría, su desconcertante y álgido poder, se alza sobre nosotros como una sombra imponente. Los rayos del sol le coronan sobre el resto de montañas, y parece que su nieve se derrita, bajo la incandescencia de la estrella. Tai es diminuta, pero puede ser pasión. Alaska es frío, pero es ardor; es hielo, pero su aura es capaz de abrasar. Y ahora puedo sentir su combustión.

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La locura no entiende de amor y razones Andii http://bajoelmantodelalluvia.blogspot.com.es/ Las gárgolas parecían sonreírle cínicamente mientras caminaba por las calles empapadas en esa lluvia europea. Todos se escondían en sus casas, se refugiaban del frío y la lluvia. Muchos le habían dicho que el clima frío y la lluvia constante deprimían a la gente, pero por alguna extraña razón, a ella ese clima le daba energía, ideas e incluso le sacaba varias sonrisas y un par de carcajadas (que era mucho más de lo que cualquier persona podía sacar de ella). Por cosas de la vida, ese día ella no era la misma, la lluvia parecía solo caer para esconder su llanto y disimular sus ojos hinchados. Corrió. Corrió lejos, lo más rápido que sus piernas le permitían. Quería huir de ese mundo que tanto la odiaba. Por más lejos que corría, su mirada seguía fresca en su mente, las palabras no dejaban de repetirse una y otra vez dentro de su cabeza ¿cómo había podido ser tan cruel con ella? La chica que solo podía sonreír por él, la chica que hacía cualquier cosa que le pidiera, por más alocada que sonara, la chica que lo consolaba, lo hacía reír y que lo amaba en secreto con todo su corazón. Corrió y corrió hasta que un enorme acantilado la detuvo. Era inmenso, su final era un río que parecía no tener piedad de nada y nadie. Las rocas filosas parecían brillar con la promesa de un nuevo comienzo. “¿Suicidio?” pensó ella. “Romántico, dirán algunos. Trágico, dirán otros. Y estúpido e insensato, pensarán la mayoría”. ¿Era justo? ¿Era inteligente? Quistarse la vida por amor, que locura. Ella reflexionaba sobre la muerte y el amor a la orilla del acantilado… pensar que con un par de pasos podría acabar con todo. ¿Valdría la pena? Sufrir por un amor no correspondido, sacrificar tu vida por un chico al que no le importas. “¿Estás loca? No me gustas. Nunca me podrás gustar. No eres muy bonita, tienes lonja, usas lentes. Mírame, no eres digna de mi. Apenas y podemos ser amigos, y ¿quieres ser algo más? ¿qué clase de persona eres? Tu y yo jamás podremos llegar a ser nada, no me mereces”. Cuanto habría dado ella por poder golpearlo en ese momento, cuanto habría dado ella para regresar al pasado y haberle dado un buen golpe en la entrepierna en vez de haber salido corriendo y llorando como una estúpida.

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Dio un paso adelante. Podía ver las pequeñas piedras desprenderse y caer a ese inmenso abismo. Se imagino a ella misma cayendo por ahí, rompiendo su cuerpo en pedazos tan pequeños como los de su corazón. Un escalofrío recorrió su cuerpo. La lluvia empezó a caer más fuerte y un rayo cayó al otro lado del acantilado, justo en frente de ella. No pasaron ni dos segundos y el trueno resonó en todo el lugar cual león hambriento. Ella dio un pequeño salto y retrocedió asustada. –¿Qué rayos estoy haciendo? Miro a su alrededor, solo, vacío. Suspiró. Él tenía razón, estaba loca. Loca por pensar que un idiota como él la querría, loca por pensar que valía la pena morir por él, loca por sentirse herida con sus jodidas palabras. Tomo impulso y salió corriendo… a la dirección contraria del acantilado. Llegó a la carretera y pudo detener un coche a tiempo. –¿Esta loca? –le preguntó el conductor, asustado, casi la atropellaba. –Mucho –contestó ella. –Suba –dijo él– ¿a dónde se dirige? –A donde vaya, lejos. Él asintió. –Vamos a Paris, entonces. Ella sonrió. Paris, ese lugar perdido lleno de sueños y magia de las calles empedradas, iluminadas en las noches por faroles de los años 20s. El conductor subió el volumen de la música y se dispuso a seguir manejando. Ella solo se dejó llevar por el sonido del piano, que contrastaba con la lluvia. Era hora de un nuevo comienzo, sonrió. –Adiós, mi amado Luxemburgo –susurró para sí.

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Alaska y fuego [Finalista]

Sab https://twitter.com/SrtaSognatore Crujía bajo sus pies el hielo, calaba hasta los huesos esa sensación de frío en el alma. Y lloraba. Temiendo que cada lágrima se le congelase entre pestaña y pestaña, siempre dijeron de ella que era valiente, hasta el punto de liberar pequeñas gotitas asesinas de sus pupilas. La noche cayó a la vez que su agotamiento, había caminado durante horas sobre aquella arena helada y blanca, apenas había bebido un litro de agua ni comido dos barritas energéticas; llegaba el peor momento de todos. Debía encender fuego aún con el riesgo de derretir su propio suelo. Sacó los palos de madera seca envueltos en papel aluminio de su mochila, idea para no humedecerlos y prendiesen mejor. Los amontonó en el suelo creando una pequeña pirámide y frotó aquellas dos piedras que cada día gastaba un poco más. Chispas que se perdían entre el frío de Alaska, chispas que no prendían como aquella amistad del pasado que se le vino encima, chispas que escapaban buscando su propia libertad, sin saber que morirían al rozar el gélido aliento del continente. Y de pronto, irrumpiendo su deseo de no volver a vivir el pasado, una chispa se aferró a la madera y prendió. Cuando se quiso dar cuenta, el fuego iluminaba una mínima parte de aquel infinito. Levantó la mirada y allí estaba ella. Firme, segura de sí misma, con su imponente figura; con su gran sombra y a la vez, su inmensa luz. La aurora boreal le acompañaba en aquella helada noche.

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Terremoto Hopingthereality Escritor http://www.blogger.com/profile/10710193243106621694

El cristal de la ventana se iba llenando poco a poco del vaho que salía por su boca. Contemplaba, asombrada, el paisaje que había un poco más allá: el verdor de los árboles primaverales, la frondosidad del sotobosque, el apagado canto de los gorriones a la puesta del sol…, la sobriedad del acantilado. Siempre había temido acercarse allí. Aquel sitio tan apartado y grisáceo le trasmitía una sensación horrorosa; pero, al mismo tiempo, no sabía qué era lo que había al pasar el gran hueco… Y le trasmitía día tras día una gran atracción. Limpió rápidamente la cristalera con la manga de su jersey y caminó hasta la cocina, donde su padre leía el periódico con una expresión seria. -Papá –le llamó, mirando al suelo-. ¿Qué hay más allá del acantilado de Preikestolen? – Su padre la miró extrañado, sin saber a qué venía esa pregunta tan repentina. Pensó un momento la respuesta. -Está el valle donde vive tu tío Andvari…, pero es muy difícil llegar hasta allí –el hombre sacudió la cabeza-. ¿Por qué esa pregunta? -Es que… querría ir hasta ese valle… No sé, porque sí –respondió, sencillamente. -Tenía entendido que te daba miedo –terció-. Pero, bueno, si quieres ir, no podremos llegar hasta el otro lado, sólo hasta el acantilado. Otro día, quizá, iremos. Coge tu abrigo, que, aunque sea primavera, sigue haciendo frío –se levantó con un ruido y cerró el periódico, poniéndose él también una gruesa chaqueta marrón. Cuando estuvieron preparados, abrieron la puerta de la calle y una ráfaga de aire tibio les sopló en la cara. La temperatura no era tan baja como esperaban, pero eso les dio igual. Siguieron caminando y atravesaron el bosque cuidadosamente, hasta que llegaron al gran acantilado. Se acercaron paulatinamente hacia él, y la chica comenzaba a temblar. Alcanzaron la cima del Preikestolen, caminando de la mano. El padre fue precavido y no se acercó demasiado a la punta, temiendo cualquier accidente. Respiraron una gran bocanada de aire limpio, propio de aquel sitio tan alejado de la gran ciudad noruega. El hombre comenzó a hablar. -¿Tienes alguna idea de cómo se formó esto? –le preguntó a su hija, sin esperar respuesta; él la daría-. Dice una leyenda que uno de los dioses noruegos bajó a la Tierra para comprobar si toda su obra había quedado bien. Vino despreocupadamente y no se percató de la fuerza que tenía en su cuerpo, y originó el mayor terremoto al posar sus pies jamás habido en Escandinavia –respiró e hizo aspavientos señalando a todos lados del paisaje antes de

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añadir-: No sé si será cierto o si no, pero es bonito pensar que las leyendas son metáforas de lo que pudo pasar. -Yo creo en la leyenda –resolvió la chica, sonriente.

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Ene de Noruega. Ce de Cenizas Andrea Neptune http://losuenosehacenrealidad.blogspot.com.es/ —Ene… Fue apenas un susurro. Un susurro que, viniendo de él, consiguió más de lo que pueden conseguir mil gritos juntos. Él estaba ahí. Sabía que era imposible, pero Hugo había venido. Había venido por mí. No quise girarme, porque si lo hacía y lo veía… Si lo veía sólo se confirmaría mi duda. Sabría con certeza que sí, que me había vuelto loca. Que Hugo me había hecho enloquecer. Y yo me negaba. No quería verlo otra vez. Ya había sido suficiente. Cerré los ojos casi por intuición. Las olas del mar golpeaban fuerte contra las rocas del acantilado, a mis pies. Dejé que su sonido inundara mis oídos. No quería volver a escuchar a Hugo. No quería. Y yo sabía que él seguía ahí. No necesitaba verlo para sentirlo. No necesitaba verlo para creer en él. Porque, a pesar de lo que pudieran decir, lo quería más que el día en que empecé a quererlo. Y aquel había sido el problema. Hugo… Un cosquilleo en la espalda me estremeció. Se me abrieron los ojos del sobresalto. Empezaban a escocerme. Empecé a llorar. —Sabes que no quieres, Ene. Sabes que no quieres. Lo que quería era gritar. ¿Por qué seguía cuidándome? ¿Por qué? Me había manchado las manos con su sangre. Lo había hecho mío. Hugo era mío. Y aun así él se preocupaba por mí. No entendía por qué. Pero Hugo siempre había sido así. Era lo que él siempre había querido. Lo que los dos habíamos querido. Me agaché y abrí el frasco en el que habían guardado sus cenizas. Lo sujeté entre mis manos e introduje los dedos en él. Acaricié las cenizas de Hugo de la misma forma que lo había acariciado a él por última vez, cuando la sangre corría por sus sienes. Cerré los ojos para sentirlo. Llené la palma de mi mano de él y lo restregué por mi cuello, desnudo. —Ene —volvió a susurrar detrás de mi oreja.

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—Cállate. Me quité el vestido con el que había llegado hasta allí y dejé que el aire y el mar se lo tragaran. Hugo no lo iba a impedir. Lo había hecho mío, y acabaríamos estando juntos. Para siempre. —Noruega. Nunca me llamaba así, sólo cuando las cosas no marchaban del todo bien. Cogí un puñado de sus cenizas y dejé que se cayeran de entre mis dedos. Dejé que el mar las engullera, como había hecho con mi vestido. Como haría conmigo. Se lo había prometido. Le había dicho que estaríamos juntos para siempre. Y sólo podíamos ser para siempre si éramos en el mar. Cuando me giré él no estaba allí. Pero sabía que estaba conmigo. Que, pasara lo que pasase, Hugo seguiría a mi lado. Siempre había sido así. Siempre sería así. Ahora más que nunca. Estiré los brazos sin soltar el frasco con las cenizas y di un par de pasos hacia atrás, a ciegas. Ya no había vuelta atrás. Hubo un momento en el que mis talones no tuvieron donde pisar, el momento en el que pisé el vacío. El momento en el que caí. —¡Ene! El momento en el que caímos. Hugo ya no estaba. Yo dejé de estar. Y estuvimos los dos. Para siempre, eternos. Como el mar.

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Noruega Jessica Dae http://losmundosdemartina.blogspot.com.es/ Cuando le acababa de contar las pecas solía apoyar sus mejillas en mi regazo y me contaba pedazos de sueños. Siempre aparecían grandes acantilados del suroeste de Noruega, y me contaba entre susurros que era precioso. Ya me había contado aquel sueño una docena de veces, pero aun así seguía siendo precioso cada vez que lo contaba. Le apartaba el pelo y la veía sonreír, o quizás llorar. Seguía contando que siempre soñaba que se acercaba al acantilado y se dejaba caer, no hacía abajo, si no que dejaba caer su imaginación en un papel arrugado que llevaba en la mochila. Entonces decía que solía despertarse y escribía qué sentía en aquel momento, que era tan real como que ahora mismo yo le acariciaba en círculos las mejillas. También lo hizo el último día que la vi, llevaba la felicidad en los ojos y un billete a Noruega en la otra mano. Susurraba canciones lentas muy bajito y me regalaba sus cuadernos llenos de Noruega. Entonces cogió su maleta, me besó la mejilla y se marchó, a tierras escandinavas. -

Noruega ahora es mía, y yo, suya.

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Aurora Boreal Laura http://lossegundosdeunrelojmarchito.blogspot.com.es/ Era la noche, la noche bajo olas que descoloran las estrellas. La hoguera se reflejaba en los ojos de los cazadores, mis amigos, que narraban excitados historias sobre los monstruos que se ocultaban en los bosques, tras nosotros, esperando a la noche para deslizarse entre nuestras sombras. La pequeña Mildri volvía desconfiada sus grandes pupilas azules hacia los árboles. Parecía perderse en el vacío hipnotizada por las palabras. Los labios de Stein despedían nubes de vaho sobre las llamas de la hoguera. El fuego lo incitaba y continuaba su historia sobresaltado. No creía en sus cuentos, no daba forma a sus monstruos, pero el resto no opinaba lo mismo. Por eso estábamos aquí ,¿no?, para cazar a Fenrir.

-

Venga, Stein, deja de parlotear que la noche es larga y el día corto.

Se alejaron a sus pieles, pero yo me quedé sentada, en el fuego, mirando hacia el bosque. Había algo. Algo había cambiado. La hoguera se apagó con un soplido gélido del viento. ¡Faltaba Mildri! Empezaron a gritar. Cogí mi hacha y me interné en el bosque. -

¡Mildri!¡Mildri!

Seguí caminando. La vi, había una silueta asustada y contraída junto a un árbol. Me acerqué a ella, alargué la mano para llamar su atención, pero antes de tocarla desapareció. Me palpitaban los dedos. Di vueltas buscando una explicación. Espera. Volví a donde acababa de mirar. Había algo, era una sombra que observaba mis pasos. Se acercaba hacia mí. Quizás sea el momento de creer en los cuentos.

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Reflejos Thought Mantique http://www.thoughtmantique.com/p/inicio.html Siempre era el mismo paisaje de añil turbio. Brochazos de ceniza que surcaban el horizonte y desdibujaban la línea del fin del mundo. No había cabida para el blanco níveo, aunque éste reptara bajo las sombras y arañara el cielo dejando al descubierto un cielo raso de seda al viento. Mar y firmamento eran lar efracción fragmentada de un espejo –las dos caras de una moneda en el instante exacto en que, tras lanzarla, se aventuraba a caer– que esparcía sus pedazos pulidos hasta donde Noruega se abrazaba con la nada, con el vacío, con el límite del ayer y hoy; esa línea en la que bailábamos con pies descalzos dejando la arena y las rocas arañar una piel cada día más desgastada. Qué mejor que el fin de la tierra y el fin del mar para sentirse al borde del mundo, nos susurraba la patria que descubría una nostalgia foránea en

nuestra

desnudez.

Era tan sencillo como anhelar huir –sencillamente eso, anhelar– para dejarnos arrastrar con la marea, olvidándonos de que las manecillas no se detienen aunque alejes la mirada de su ruta. Era tan sencillo, tanto, que las rodillas sangraban y las manos se agrietaban. «Juguemos al escondite.» «Deberíamos volver.» Pero no volvíamos, porque el anhelo era tan volátil que nos disparaba a quemarropa, directo al pecho dejándonos sin aliento, sin suspiros, sin vaho que exhalar en aquel viento del norte. Era una lucha de supervivencia más que un pasatiempo infantil: quien era encontrado antes se rendía ante el otro y se dejaba devorar como el sol engulle a la noche al amanecer. Nuestro infantilismo se convertía en el único navío anclado en la bahía, era la salida y el obstáculo, la cuerda anudada que evitaba que zozobráramos y que nos enteráramos al mar abierto. ¿Quién nos iba a decir que ser pueril era la mayor de nuestras tragedias? Nos mirábamos entre sonrisas, bailando con el ritmo de las olas y la espuma salina que trepaba por nuestras piernas, sin atrevernos a traspasar del todo aquella línea fronteriza cubierta de espejos. Acaso hubiéramos sido valientes habríamos clavado la mirada en nuestro reflejo y hubiéramos comprobado la dualidad que éramos, como lo eran el mar y el cielo, como lo era una moneda en el momento exacto en que decide dejarse engullir por el vértigo.

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Nadie habla del fuego de Noruega Clío http://funambulistadecometas.blogspot.com.es/ –

Nadie habla del fuego de Noruega.

Cállate –musitó Ese.

Apenas torcí la cabeza hacia ella. Pensé que ya no podría reconocerme, o a duras penas. Los tatuajes habían ido aflorando en mi piel desde que me separé de la de ella. Parecían eccemas de una enfermedad parasitaria que me había roído las entrañas, y luego había empezado a manifestarse por fuera. Miré los ojos de Ese de soslayo. Era curiosa, la pequeña Noruega. Las dos gemelas lo eran. Me mordí los labios. Me estaban entrando ganas de deshacerles a ambas la raya del pelo, como tantas veces hice con Ese, como tanto soñé con Noruega. – –

Vito… Ahora me llaman Satán.

Ese apretó los labios. Tras ella, la pequeña Noruega sonrió. –

Presuntuoso di merda.

Paseó sus ojos por mi dedo corazón. Estábamos en el filo del mundo. Abajo, una panda de críos había encendido una hoguera. Hacía ya días de San Juan. Me pasé la lengua por los labios. –

Ese…

Cerró los ojos un segundo, dolida, profundamente dolida por llamarla así, y no entendí por qué. Proseguí. –

Necesito a Noruega conmigo.

Cállate – repitió, apretando más fuerte la pistola.

No. Ese, necesito conmigo a Noruega.

Hemos venido a acabar contigo, ¿sabes? –dijo la pequeña voz de Noruega, con su acento sabor Roma.

Nadie va a acabar con nadie aquí. Hoy no, mis pequeñas. Los ángeles estáis muertos.

Ese disparó. El tiro sonó más parecido a un cañonazo, desde la punta del barranco; la bala pasó entre mi hombro y mi barbilla. Sonreí.

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Ay, Ese. Vas a hacer que el demonio se enfade contigo.

Noruega se acercó, olvidando la pistola de la inestable Ese. La pequeña Noruega me miró a un metro de distancia, clavada con sus zapatillas anticuadas en el suelo de tierra mojada. Las luces de la ciudad, allá abajo, brillaban con muchos colores. –

¿Y eso es tuyo? –asentí, mientras en mi cabeza repetía las palabras con su acento, queriendo guardármelo para mí mucho tiempo. –Cazzo traditore.

Me encogí de hombros. Noruega pasó sus manos pintadas de rojo por mis hombros mojados de sudor, y yo me creí morir. La pequeña Noruega de la mano de Satán, lo poco que quedaba del bueno de Vito que la dejó preñada catorce años atrás. Las gemelas iban a matar a un diablo que iba a matarlas a ellas. Las clavículas de Noruega no me habían olvidado. Florecía en ellos la primera ponzoña, un tatuaje que alguien torpe –como solo ella era- le había hecho. Estiré la mano hacia atrás. –

También te quiero a ti, Ese.

No caigas, Noruega.

Rocé los dedos de la pequeña Noruega, que se inflamaron cuando lo hice. Ese quitó el seguro del arma. –

Noruega –dijo, temblorosa–, vuelve aquí.

Mi dispiace. –susurró, por alguna razón volviéndome loco al jugar con los dientes y mi oreja.

Ese disparó. Empezó a disparar, frenética, contra nosotros dos. Me caí de espaldas mientras empezaba a reírme. Noruega aún tenía su brazo alrededor de mi cuello. Entonces le enseñé el cuchillo, y sus ojos imbuídos de droga resplandecieron cuando se lo clavé en el pecho. Me giré, despacio. Ese me miraba. –

El diablo te va a matar. –encogí los hombros. –A tiras.

He matado a la pequeña Noruega por ti, idiota.

Ese me dio un tiro en el estómago. El cañonazo me tiró de rodillas, mirando los ojos de Noruega, y Ese me mordió la boca, con la suave violencia que impregnaba cada una de sus curvas.

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Mientras mis dedos dibujaban una cruz, mientras me comía sus labios, húmedos de estar esperándome años, le arranqué la cruz de madera que llevaba en el cuello. –

Los demonios han venido a salvarte –le insistí, y volví a darle un beso. Apretó el cañón de la pistola en mi entrepierna, y yo la mordí con más fuerza.

Te quiero, Vito.

Le quité la pistola al separarse y la arrojé junto a su cruz. –

Noruega te espera. Dicen que va a haber un incendio en ella. –dijo Ese, marchándose para siempre del barranco más feo de Noruega.

Abracé a la pequeña Noruega y eché de menos la curva del pelo de Ese, como un demente.

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Agradecimientos. Agradecer a todos los participantes que robaron un poco de su tiempo para poder aumentar las páginas de esta primera antología. Agradecer a los que creyeron en que este comienzo de concursos y relatos unidos iba a ser bueno, agradecer a los que siguen y leen el rincón de vainilla. Gracias por tantos seguidores, por tantas palabras, por tanto tiempo. Espero que disfrutéis de esto tanto como lo he hecho yo. Gracias.

Donde habito: http://vainillasinburbujasconka.blogspot.com.es/ @SrtaWhile

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LugareSensaciones  

Las mil y una sensaciones que te crea la vida aquí las puedes recordar, entre las hojas de este e-book de varios autores, que nos muestran t...

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