Issuu on Google+

.


TEXTOS

ILUSTRACIONES


“Dibujar es escribir con colores. Escribir es dibujar con palabras.� Michel Butor.


Llevaba el frío de la noche en el aliento, y la sangre del color de la piedra de ónice en las venas. Su corazón rugía como un lobo herido, siendo antes del color de su caperuza roja, oscureciéndose con el tiempo, con la erosión de los días, el dolor de aquellas noches en la soledad de una amplia cama para dos. Comida por una hambrienta negrura, se dejaba hacer por la oscuridad, mutando en algo mucho más renegrido, con la penumbra en sus ojos castaños, débilmente iluminados por la tenue luz de una interna vela, que se apagaba con la mínima brisa. Y la escasez de la luz del sol en su pelo.

La loba engendró a la hija de la oscuridad con el alma más opaca del bosque, comida por los lobos, dejó llevarse como un velero, sin faro para guiarse, siendo devorada por el tiempo, confundiendo el mar con el ennegrecido cielo.


─ ¿Sabes, Galen? – le da un largo trago a la copa – en muchas ocasiones me acuerdo de Fly – suspira - ¿Tú la recuerdas? ─ Claro que la recuerdo – medio sonríe y sus ojos se empapan de ayer – aún recuerdo sus rizos escarlata, y sus ojos del color del cielo, Joey, ¡del mismísimo color! – le da una calada al cigarrillo. ─ Era impresionante, parecía tan débil, con esos bracitos y esa sonrisa tan llena de brisa, de frescura – ambos se miran ¿Llegaste a tocar su piel? ─ Sí, tan blanca como una nube – vuelve a coger humo – tan delicada como el cristal. ─ Ay, Joey, nos enamoramos como estúpidos de esa mujer. ─ La verdad es que sí, pero no me avergüenzo de nada de lo que hice con ella. Era de lo más preciado que he llegado a tener en mi vida. Nuestra Fly – añade esto último en un susurro. ─ La pequeña, delicada, dulce y arrebatadoramente sexy, Fly.


El bar está cerrando y los dos hombres son los últimos que se encuentran sentados en los sillones marrones. Pero parece no importarles, porque apenas miran a su alrededor. ─ ¿Sabes? – Joey apaga el cigarrillo – Hubo una mañana de primavera, de esas pocas veces que salimos al campo a dormir a la intemperie, ya sabes, para que los animales nos oyeran pasárnoslo tan bien – hace una pausa – me levanté temprano, eran las nueve de la mañana cuando abrí los ojos y no la vi a mi lado. ¿Sabes dónde la encontré, Galen? – sonríe al recordarlo – Encima de una roca, con los brazos abiertos, parecía que estaba dispuesta a despegar. Nunca la había visto tan llena de vida, con tantas ganas de comerse el mundo. Ambos hombres se miran. ─ Yo recuerdo que, una de esas noches que nos dio por perdernos entre las sábanas, empecé a contarle los lunares de la espalda. Cuando terminé de contar, recuerdo que eran ochenta y siete, me dijo que cada lunar en su piel era una pluma arrancada y una marca ganada. Me pidió que yo no hiciera lo mismo con ella, que la cuidara. Que no la arrancara más plumas – medio sonríe Galen – Ella sí que me arrancó todas las plumas, Joey, cada una de ellas. ─ Nos dejó como pollos desplumados. ─ Y que lo digas. El silencio los envuelve cuando Galen se termina la copa y Joey se enciende otro cigarro, volviéndose a llenar los pulmones de humo adictivo. ─ Y se nos fue – dice Joey de repente – para siempre, Galen. ─ No tires la toalla tan rápido. Acuérdate de que Fly era un fénix: rojo, precioso, delicado – sonríe – e inmortal. ─ En cualquier momento puede reaparecer en nuestras vidas. ─ Resurgiendo de sus cenizas, amigo mío.


Las flores de su pelo me hicieron prometer que guardaría los secretos de la primavera mejor que nadie. Los metí entre las pestañas, justo al lado de los deseos, por si me daba por hablar que viese que eran tan importantes como ellos el secreto de las flores, los tallos y los cerezos en flor. Cuando era invierno y el frío calaba hasta el último de mis rincones internos, se me olvidaba que tenía el secreto de los colores verdes hierba y rojo amapola, por eso a veces parecía que se me iban a escapar, correteando de boca en boca, de abuelo a nieto, hasta que todo se descubriera y ya no hubiese más invierno. Pero no, jamás lo hice, ya fuese porque no me gustaba entristecerla, o porque cuando hacía algo bien me daba abrazos de primavera, de esos que te hacen crecer como persona, calentando el corazón escarchado por el frío, dejándote goteras en el alma, en peligro de sufrir un gran constipado. Por eso los niños se despiertan muchas veces con la cama mojada o lloran demasiado de pequeños. No son adultos, y el gris del cielo aún no se les ha pasado al alma, lloran para que ese agua de tristeza se escape de su cuerpo, de su humedecida alma, por eso siguen creyendo en las hadas, en la magia y en los besos de buenas noches. En cambio, nosotros, hartos de esto a lo que llaman vida pero que pocos viven, tenemos una marea negra estancada alrededor del corazón, ennegreciéndonos la mirada y las gana de soñar. Por eso creo que Primavera nunca creció y me vio envejecer, tenía las mejillas tan rojas como los hombros, de los abrazos cálidos que regalaba, y el corazón tan seco como un alma coloreada puede llegar a tener.


Anduve por los andenes de un corazón olvidado por sueños que no se llegaron a realizar. Las pestañas se me acabaron para pedir imposibles, y ya no cumplo más años por lo que tampoco soplo velas. Ni cierro los ojos fuerte para hacerlo. Me dejé el corazón en un lugar perdido por culpa de la insensatez y ahora lo busco por los contenedores, pero no hay suerte. Suelo estar triste cuando no me suceden demasiadas cosas inesperadas en un corto período de tiempo, por eso ahora la gente sólo me ve llorar, porque nada ni nadie me sorprende con una caja de bombones vacía o un abrazo que me deje sin respiración. Los abrazos que no se dan con ganas no merecen ser dados, ni llamarse abrazos, solo intento de. Y fue cuando pasó, cuando llegó, cuando la lluvia de mis ojos entró en una sequía que aún dura. Me abrazaba fuerte y no me regalaba bombones en cajas, sólo sueltos y con el sabor de las castañas en otoño. Regaba la tierra por mí para que sintiera el olor mojado entre mi piel seca y manchada de motas de café con leche. ¡Oh, vamos! El amor es verdadero cuando al besarte te levantan del suelo, y no lo vuelves a pisar, porque directos vais a la cama.

no creía en la suerte, hasta que llegó él.


Lulú tenía la mirada de un pájaro en cautividad, pero sin plumas tintadas de vida. Ella era del color de las cerezas rojas, con sus coloretes siempre tintados que enfatizaban la niñez que brotaba de sus ojos oscuros. De entre sus sonrisas salían silbidos que buscaban una libertad asfixiada por una sociedad que enjaulaba desde el principio. Por eso abrió la puerta de la jaula y desapareció entre las nubes una tarde soleada de verano. Tras ella iba el pájaro que había encontrado días atrás abandonado en la calle, enseñándola a volar en sueños todas las noches en las que no había luna, para que nadie se diese cuenta de que con ganas si se puede aprender a volar.


Empezó a abrir su ojo izquierdo y sonó algo parecido a una persiana oxidada que hacía años que no se utilizaba. Comenzó a mover los dedos y la madera podrida empezó a latir dentro de ellos. El otro ojo se abrió con el mismo sonido que el primero. Vio borroso durante unos pocos segundos, hasta que se acostumbró a la luz y a su alrededor. Las piernas de madera chirriaron al moverse, y los brazos conjuraron un crack al ser doblados. Dobló el cuello, provocando el sonido de las ramas en otoño romperse por las pisadas de la gente. Apoyando las manos en lo que parecía ser una estantería, consiguió elevarse y ponerse en pie. Tambaleó varias veces hasta que consiguió andar, pestañeó cuatro veces más, y sonrió. Con la elegancia de la madera se llevó la mano al pecho, este latía con sonidos crujientes, como las hojas en otoño.


Apenas fue una mirada fugaz tras aquellas oscuras gafas de sol. Una caricia demasiado caliente para una estación tan fría, millones de hormigas y mariposas que revoloteaban por el estómago, subían por la garganta y provocaban esas palabras tan bonitas que en ese momento ni si quiera pensaba. A veces me pregunto qué habría pasado en mi ausencia, si yo no hubiese existido, me refiero. A quién habrías besado ese día, con quién estarías viviendo ahora tus noches. A quién estarías dispuesto a hacer el amor con tantas ganas. Y darle un chocolate caliente antes de dormir. Supongo que eso jamás lo sabremos, ya sea porque fue a mí a quien le tocó existir o porque fui bastante más rápida que aquella, entrando antes en el metro, chocándome antes contigo, hablándote, soñándote, queriéndote. Tuvimos la brillante idea de empezar a querernos, de crecer en mí la sensación de escondrijo entre tu clavícula, mi nido entre tus sábanas, y en ellas tú con tus abrazos, y tu forma de quitarme el sujetador tras un duro día de una realidad que nunca quise. Y me tocas los pechos, pero con una suavidad que a veces apenas siento que tus yemas de los dedos siguen ahí. Aunque llegas hasta el mismo alma con ellos (y sólo con ellos). Apenas fue una mirada fugaz tras tus gafas de sol, pero bastó para decirme que valías más la pena que cualquiera, que contigo el fuego no quemaba y el frío nunca hiela. Éramos de entre tiempo, tú y yo, como septiembre.


Me acabo de levantar, y ya no hay sol, será que se ha ido contigo, con tus andares de gata y tus besos de miel. Oí cómo te levantabas de la cama y trepabas por las paredes buscando tu sujetador. Cómo aterrizaste en el suelo, ya vestida y con el cigarrillo encendido, desapareciste maullando palabrotas que no encajaban con tu cara de niña buena, y lascividades que me hicieron encender. Corrí hacia tu posición, como el felino torpe y gordo que espera que lo acaricien tras la oreja. Me enseñaste los colmillos cuando enredé tu pelo con mis dedos, pero sabía que no querías otro contacto que no fuese el de tu piel con la mía. Aún así, orgullosa como sólo tú podías ser, ronroneaste durante unos segundos y desapareciste, dejándote el antifaz encima de mi mesilla, la colonia que olía a ti y tus guantes. Medio sonreí antes de dirigirme a la puerta y oír tus tacones estrellarse contra los escalones. Tú te ibas mientras en mi estómago sentía cosquillas. Maldita gata.


Con la niñez pintarrajeada sobre sus ojos, y aquellas pecas en la nariz que parecían auténticos trozos de chocolate con leche, sentí la necesidad de quitarle uno y comérmelo, o lamerlo sin moverlo de aquella piel si quiera. Un soplo de aire fresco, miles de estrellas parpadeando en ese instante, o puede que pasara un avión que me nublara el sentido del oído, que es el que sirve para descubrir si estás enamorado, no lo sé, eso me cuenta mi madre, que con el oído escuchas cuantos latidos por minuto realiza tu corazón, y si son más de cien, amigo, eso es amor del bueno. Bueno, no sé si fue por eso, la verdad es que me importa bastante poco, pero pasó: me quedé prendado de aquella mujer aniñada, de aquella muñeca que más de porcelana era de cartón, pero no porque fuese fea, no me malinterpretéis, era de cartón porque si lloraba se mojaba, y la pobre se me rompía entre los llantos, era más delicada que la porcelana, incluso, y tenía un color tostado por el sol que la hacía más preciosa si podía. Pensamos que las feas son las de cartón, y las bonitas de cristal o porcelana, cuando no es así, mi muñeca superaba los golpes, las caídas y los roces, las demás muñecas no, la mía lo único que hacía era ser mucho más sensible a las tristezas, porque se mojaba, se calaba por dentro y terminaba autodestruyéndose, por eso la hice muy feliz, por eso fuimos más que felices. Era mi pequeña de cartón, y no podía hacerla llorar por mucho que pareciese de marfil aquella cara redondeada, con sus pecas de chocolate con leche y esa mirada aniñada, pintarrajeada del color de la noche oscura.


Medio sonríe. Hay algo en él que parece que no termina de florecer, será que no lo regaron bien, que la cosecha este año no fue buena, pero esa media sonrisa la carga el diablo y Betty lo sabe, aunque nada parece importarle cuando él la mira. Deja que sus manos morenas hagan y deshagan los nudos de las zapatillas y los del vestido de colores vivos. Siente el roce delicado en su cadera y lo nota descender. Cierra los ojos, ambos de pie, y nada puede ser más erótico que tenerle entre sus sábanas del color de la arena de la playa. Un nudo en el estómago se fortalece al oír su respiración agitada, el tiempo se para cuando mira el reloj de su pared y el orgasmo le pellizca el corazón y el vientre. Cierra los puños y siente que flota en mitad de la tierra que con un color gris tristeza, empieza a dormirse al notar la madrugada bajo los párpados. Espera, para, te quiero, ámame, no te vayas. Pero nada es lo que parece cuando la sonrisa se disuelve del rostro de Adam, cuando el verdadero diablo se apodera de su alma ya vendida al rey de los infiernos y desaparece como por arte de magia de entre las sábanas de Betty. Ella lo sabía, lo sentía, era un cabrón, un jefe cabrón, guapo, con una sonrisa que levantaba faldas y suspiros. No se hizo caso, y terminó viéndose frente al espejo, rezando a un dios en el que no creía, para que alguien parecido al diablo volviese entre sus brazos. Pero las divinidades tan opuestas no creen en los milagros y, aunque parezca mentira, Betty tampoco.


Aquel latido se oyó por toda la habitación, como el rugido de un león o un tigre de bengala, como cuando das el mayor portazo del mundo con tus párpados y decides dormir, dar el día por terminado. Como el ruido de la taza que cae sobre la mesa cuando te han preparado el desayuno sin que te lo esperaras. Ese latido igual. Estaba medio oxidado de no funcionar, lo hizo como por arte de magia, no sé qué varita fue, ni que gran mago pudo realizar semejante hazaña, pero está claro que ahora sonríe, que ahora camina mirando al frente, y las mejillas las tienes sonrojadas de tanto vivir, color alegría, la digo a veces. Ese latido era como agua cristalina, y cuando la conocí me moría de sed.


Este proyecto surge de la colaboraci贸n entre dos personas con muchas ganas de hacer sentir cosas bonitas. Nosotras hemos disfrutado cada minuto de su creaci贸n, cada palabra, trazo, frase y color. Por ello, esperamos que vosotros tambi茅n hay谩is podido sentir lo mismo. O, al menos, la mitad. Gracias.


Todos los derechos reservados.



Dibújame un corazón que te lo lleno de letras