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L. Giuliani - A. Manna

RITA Mensajera de Paz


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I Rita niña

Amada y Antonio Amada Lottí, la futura mamá de Santa Rita, acaba de lavar los platos y se sienta pensativa al pie del fogón. Con la mirada fija en un punto indeterminado del piso, piensa intensamente en algo. Su marido Antonio, Pacificador público de Casia, había sido invitado a un almuerzo de reconciliación entre dos familias. Había sido una paz difícil y por eso decidieron celebrarla con un solemne banquete. No es fácil descubrir el estado de ánimo de Amada. En su corazón se suceden diversos sentimientos ya que aquella mañana supo que iba a ser madre a los 45 años. Por una parte, le preocupa el pensar que ese futuro hijo tendrá padres ya mayores, pero al mismo tiempo le alegra, 


pues su vida se transformará con el nacimiento de una criatura. ¿Qué dirá Antonio? ¿Cómo comunicarle la noticia? Y los vecinos... ¿qué dirán? A esa edad se siente casi vergüenza de comunicar que se “espera un hijo”. Estos y otros pensamientos ocupan la mente de Amada, mientras entrelazadas las manos sobre el delantal, espera la llegada de su marido.

El nacimiento de Rita No hay que pensar que el nacimiento de los santos va acompañado de circunstancias extraordinarias. No se nace santo, se llega a serlo. Rita nació en el remoto 1381 como todos los niños de su tiempo; entre algún lamento de su madre, la espera impaciente del papá, mucha agua hervida en el fogón y algo que no podía faltar: los acostumbrados pañales. Narra la leyenda, que pocos días después del nacimiento, mientras la niña dormía, unas abejas entraban y salían de 


SegĂşn la leyenda, unas abejas depositaron miel en la pequeĂąa boca de Rita. 


su boca. El episodio, ciertamente poético, es también fruto de la devoción popular que ha querido dar a la pequeña una señal de su predestinación a la santidad. Pero una predestinación más evidente para Rita fue aquella de tener padres cristianos convencidos y de haber recibido de ellos el incomparable don de la fe. Sobre este buen terreno caerán luego las semillas de la Providencia que, cultivadas con la oración y los sufrimientos de la vida, producirán el ciento por uno. Entre los techos de Roca Porena, aldea de montaña donde nació Rita, vino a mezclarse una nueva voz al canto de los pájaros: el llanto de una niña que pidiendo su alimento, daba gloría a Dios como podía.

Rita niña La infancia de Rita estaba llena de narraciones sobre la vida de los santos, héroes y mártires cristianos. La mamá la llevaba con frecuencia a las iglesias de Casia. Allí cada altar tenía su santo, cada pared su historia narrada 


en imágenes pintadas al’ ‘fresco’’, cada vitral sus episodios bíblicos, narrados con el color y la luz. Rita había adquirido desde niña una gran familiaridad con los santos que llenaban, entonces como ahora, el calendario. Alguna vez la mamá la sorprendió acurrucada en un rincón de la habitación “dialogando” con sus tres amigos: San Juan Bautista, San Agustín y San Nicolás de Tolentino. Para repetir lo que había visto hacer en la iglesia prendía una vela, la colocaba entre dos vasos llenos de flores y se inclinaba varias veces haciendo un gesto de adoración. Pero esto no siempre era grato a su madre quien se lo impedía preocupada por aquel extraño silencio.

Rita escucha un sermón Empieza a amanecer. El cielo aún conserva algunas de las nubes grises que desde la tarde anterior se habían posado sobre los techos de Casia como un manto misterioso. 


Rita, a la primera señal de su mamá, abre los ojos y se baja de la cama rápidamente; no quiere perder, por ningún motivo, las ceremonias del Viernes Santo que comenzarán a las ocho de la mañana y concluirán a las tres de la tarde con la adoración de la Santa Cruz. La Mamá ha bajado a recoger un poco de leña para calentar el agua. Rita ya sabe lo que debe hacer: empieza a llenar de agua la caldera que está suspendida bajo la chimenea. Faltando solamente media hora para las ocho, las dos Mancini salen de casa y se dirigen a la Iglesia de San Agustín. Allí dentro hace frío. Las velas encendidas en la penumbra, los vitrales de variados colores, los rostros y las manos de los santos, todo allí habla de una presencia misteriosa. Luego de la recitación de los salmos, el silencio es aún más profundo en las naves de la Iglesia. Todos están esperando con la respiración en suspenso, al famoso predicador franciscano Santiago de la Marca. 


Y ahí está, efectivamente. Con la cabeza levemente inclinada, las manos escondidas bajo el hábito, los pies descalzos. Rita se encuentra emocionada y quisiera acercarse para ver a aquel hombre de Dios, pero él sube enseguida al pulpito y empieza a hablar. Rita no entiende todo lo que el hermano predicador dice a los fíeles, pero observa cómo poco a poco se va dibujando en sus rostros una gran compasión por las humillaciones infligidas a Nuestro Señor. Algunos lloran, otros buscan, con la mirada, a algún sacerdote para confesarse y otros miran al Crucifijo del altar mayor arrebatados en un diálogo sin palabras. Cuando terminó el sermón, Rita no se había dado cuenta del tiempo. Su mamá, mientras tanto, le hizo señas de que debían marcharse. Las calles de Casia empiezan a mojarse por la lluvia que cae suave y sutil como el llanto. 


Rita, aconsejada por sus padres, consiente en casarse con Fernando.

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II Rita esposa y madre Del noviazgo al matrimonio Rita no se libró de las miradas de los jóvenes cuando dejó las ropas de niña para vestirse de señorita. Sin embargo, no le importaba saber cuál sería su novio entre los fogosos jóvenes de Roca Porena. En ella latía otra aspiración: sentía gran fervor por las cosas de Dios. ¡Cuánta atracción ejercía en ella la Iglesia, el canto de los salmos, las campanas, el olor a incienso! Y nadie se extrañaba al verla tan aficionada a estas cosas ya que ello era común en la vida de las muchachas de Casia. Rita, por su parte, no se preocupó de comunicar estos sentimientos a nadie, ya que a ella le parecían cosas muy natura11


Rita soportaba pacientemente los arrebatos de ira de sus esposo.

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les. ¿Quién era en realidad su madre sino una especie de monja de clausura consagrada para siempre al marido y al hogar? Solamente salía de casa para ir a la misa o al mercado. Por esto Rita no se preocupaba mucho de los jóvenes de Roca Porena y menos aún de los de Casia; su corazón estaba interesado en un sueño diverso al que ni siquiera ella misma sabía darle un nombre. Sin embargo, ello no impedía que los jóvenes se interesasen por ella. Es más, entre éstos había uno que no dejaba de mirarla ni siquiera cuando el sacerdote levantaba la Hostia durante la Misa Solemne del Domingo. Rita, sin embargo, no se dio cuenta de nada hasta el día en que su madre le confió que un joven, un tal Fernando Mancini, había pedido oficialmente su mano.

La muerte del marido Era una de aquellas noches oscuras, tan oscuras que hasta los mismos lobos habrían tenido miedo de rondar por las 13


calles de Casia. Las personas más ancianas contaban, por el gusto de ver asustados a los niños, que en otro tiempo habían bajado de la montaña y habían llegado “hasta la plaza”. Pero quien en verdad temblaba aquella noche era Doña Rita Mancini, esperando la llegada de Fernando, su marido. Las campanas de la torre ya habían dado las primeras campanadas de la noche. Eran las 11, una hora peligrosa para estar por la calle. El marido de Rita pertenecía a un partido bastante fuerte entonces: el de los Güelfos, formado por un grupo de familias poderosas. Del otro bando estaban los Gibelinos, no menos poderosos y poco dispuestos a dejarse suplantar. Ya se habían sucedido altercados y amenazas de parte y parte y no pocas veces se había llegado hasta el derramamiento de sangre en feroces peleas que habían enlutado precisamente a las mejores familias y a las menos vengativas. ¿Nos tocará ahora a nosotros?, pensaba Rita asomándose a una y a otra de 14


Rita llora al esposo muerto por venganza polĂ­tica.

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las ventanas de la casa. Quería alejar aquel pensamiento que la tenía angustiada desde hacía ya varias noches. Oraba. Sus dos hijos dormían o fingían hacerlo ya que de vez en cuando los oía hablar bajo. ¿O era el viento que soplaba por entre las hendiduras de la gran puerta de encina? Empezó de nuevo a orar: “Dios mío, haz que regrese pronto, porque esta noche... Su angustia fue interrumpida por pasos en la calle y luego por golpes precipitados en la puerta de entrada: “¡Rita! ¡Rita! ¡Doña Rita corred... vuestro marido yace al pie de la Torre!” Rita lo comprendió todo, no necesitaba explicaciones; sin saber cómo, se encontró en la calle con una linterna en la mano. Sus hijos se habían enterado antes que ella de lo sucedido y se habían precipitado por las escaleras ansiosos por llegar antes. Quiso detenerlos con sus pequeñas manos y no lo habría logrado a no ser por la ayuda que le prestaron sus vecinos prontamente. 16

RITA Mensajera de Paz  

Narra la historia de santa Rita