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Jesucristo, el Único Revolucionario

HILARIO RODRÍGUEZ LOZANO


2ª Edición, 2007

ISBN: 978-84-611-8731-7 Dep. Legal: ZA, 86, 2007 Imprime: Ediciones Monte Casino Ctra. Fuentesaúco, km. 2 Apdo. 299 • 49080 ZAMORA Tfno. 980 53 16 07 • Fax 980 53 44 25 Correo-e: edmontecasino@planalfa.es

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CONTENIDO Letras iniciales ........................................................................... Presentación .............................................................................. 1. PRECISIONES CRISTOLÓGICAS ............................................... 2. EXPECTACIÓN DEL MESÍAS POLÍTICO .................................. 3. “EN LOS DÍAS DEL REY HERODES” (LC., 1, 5) ................... 4. MOVIMIENTOS O GRUPOS A LA LLEGADA DE CRISTO ........ Fariseísmo y nacionalismo religioso ........................... Los saduceos: clase privilegiada .................................. El pacifismo de los esenios .......................................... Movimiento político celote ........................................... Otras agrupaciones ....................................................... 5. LA REVOLUCIÓN DE LOS EVANGELIOS ................................ Tentación mesiánica ...................................................... Discurso subversivo ...................................................... Escatología de futuro y de presente ........................... Entrada en Jerusalén .................................................... La purificación del Templo: signo profético .............. Dad al César lo que es del César ................................ Proceso político ............................................................. 6. JESÚS Y LOS GRUPOS ............................................................. La reforma religiosa ...................................................... El primado de la caridad .............................................. El celotismo de un Pacífico........................................... 7. EL ÚNICO REVOLUCIONARIO ............................................... Bibliografía ................................................................................

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LETRAS INICIALES Yo no soy prologuista, ni teólogo, ni filósofo, ni sociólogo. Sencillamente soy sacerdote y obispo, y me preocupan profundamente los problemas de la humanidad, los avatares del pueblo y las situaciones difíciles en que se encuentra el mundo de hoy. Sin embargo, ante una carta muy amable, no he tenido el valor para decir ‘no’ a la petición que me ha hecho el Padre Hilario Rodríguez Lozano y me he atrevido a escribir estas letras iniciales, algo así como un prólogo, a su pequeña obra “Jesucristo, el Único Revolucionario”. Su título, casi aterra. Porque inmediatamente nos queremos representar a un Cristo que lleva en sus manos un fusil para realizar una revolución de esas que casi a diario nos anuncia la prensa mundial y que logran desplazar del poder a algún Presidente o Primer Ministro, o quizás a algún dictador que lleva varios años adueñado del poder; o imaginamos a un Cristo subido a la tribuna en un mitin político como un luchador clasista cualquiera o como un agitador de pueblos, con el puño levantado en alto en defensa del proletariado y contra las clases adineradas y extorsionadoras de un país; o pensamos que Cristo soñó, durante los tres años de su predicación por tierras de Palestina, con subvertir totalmente el orden existente para crear una sociedad nueva, distinta, y que incluso, al manifestarse en contra de la dominación romana, estaba dispuesto a recurrir a la violencia y a encabezar una revolución que devolviera a Israel el prestigio de pueblo dominador. A mí no me ha asombrado el título del trabajo del Padre Hilario Rodríguez Lozano, pero antes de significar por qué, quiero presentar, como es natural y casi lógico en alguien que se atreve a escribir un prólogo, al autor de “Jesucristo, el Único Revolucionario”.

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El Padre Hilario es un sacerdote nativo de la provincia de León, que vio la vida en 1938, cuando el hoy obispo de Cumaná contaba ya cinco años de actividad sacerdotal. A los diecisiete años de su edad llegó a Venezuela para estudiar Filosofía en el Estudiantado Filosófico Salesiano de Caracas. Después se hizo viajero por Italia para cursar Teología en Messina y al regresar a Venezuela, ya sacerdote, se nacionalizó venezolano y comenzó a emplear su inteligencia, preparación académica y buena voluntad, como Asesor Eclesiástico de la Televisión Nacional; se licenció en Medios de Comunicación Social en la Universidad Católica Andrés Bello y participó en cursos de periodismo científico. De nuevo viajero hacia Chile, donde obtuvo la Licencia en Teología en la Pontificia Universidad de Santiago, mientras realiza cursos de Antropología, Desarrollo Social y Subdesarrollo Latinoamericano. Otra vez a Europa para tomar parte de un Curso Especial para Periodistas Latinoamericanos al tiempo que, por invitación del entonces Director General de Radiodifusión y después Presidente del Gobierno Español, D. Adolfo Suárez, frecuentó durante varios meses los estudios de Televisión Española en Prado del Rey. Al volver a Venezuela continuó su labor de investigación científica y obtuvo el título de Orientador en un Post-Grado realizado en el Instituto Universitario Pedagógico de Caracas. En la actualidad es miembro activo del Colegio Nacional de Periodistas y de la Sociedad de Autores y Compositores de Venezuela, y profesor de Lógica en la Facultad de Derecho de la Universidad “Santa María” de Caracas. Al querer presentar a los lectores de estas páginas al Padre Hilario me hubiera bastado con decir que es periodista e investigador infatigable en los campos de las Comunicaciones Sociales. Lo hubiera retratado de cuerpo entero y los lectores, al ir desbrozando cada página, se hubieran explicado ampliamente la razón del título de todo cuanto afirma el Padre Hilario en busca de la verdad sobre “Jesucristo, el Único Revolucionario”. Y decía que no me asombra este título y hasta pudiera agregar que me agrada, porque se trata de que el Padre Hilario nos

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pinta en su estudio una imagen de nuestro Redentor que no se inclina al sentimentalismo y al pietismo que buscan en Cristo tantos que quieren vivir aferrados a un concepto meloso de nuestra fe cristiana, al que desde mis tiempos de seminarista yo siempre he rechazado. Y, en efecto, el Padre Hilario, sin salirse del Evangelio, porque “los Evangelios son la única Vida de Jesús que se puede escribir”, se va preguntando si Jesús sería un revolucionario con minúscula; si pertenecía, como buen judío, a alguno de los movimientos subversivos de su época; o si fue el subversivo de todos los grupos y de todos los tiempos. Son interesantes estas preguntas porque hoy en día quienes pretenden deshumanizar a Jesús, para convertirlo en un sencillo e inútil ángel, temen tanto a la palabra ‘subversivo’, que pretenden reducir el cristianismo a una serie de normas legales, quietistas, como las vapuleadas por el mismo Cristo ante saduceos y fariseos, sin basamento en la conciencia y en el comportamiento de la vida diaria. Por eso, es frecuente que los mandones de turno en varias naciones del Continente Latinoamericano hagan alarde de apoyarse en la doctrina del ‘Dulce Rabí de Galilea’ cuando oprimen a los pueblos, cuando someten a los hombres a las más espantosas torturas, principalmente a las torturas psicológicas, cuando se llenan sus bolsillos con los dineros de los pueblos, mientras estos transitan caminos de hambre y de miseria, a la par que agasajan a la Iglesia en aras de unas muy estrechas relaciones del ‘incensario con la espada de la ley’, o reconstruyen catedrales y palacios episcopales y condecoran a obispos y sacerdotes y ponen a los pies de las imágenes de la Virgen Santísima valiosas condecoraciones para reafirmar el ‘régimen de cristiandad’, y tildan, por supuesto, de subversivos a quienes escarban profundamente en el Evangelio y predican a Cristo como el gran Liberador del hombre, de todo el hombre, no sólo del hombre angélico sino del hombre terreno, compuesto de cuerpo y alma.

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Con sobrada razón, el Padre Hilario en el presente trabajo estudia a Cristo como “Revolucionario” con mayúscula, “porque resulta del todo necesario, para una reubicación cristiana en el mundo, volver atrás, no al pasado muerto, sino precisamente, a lo que no pasa nunca: al Jesús histórico, con su vida y su mensaje”, que es, justamente, lo que no quieren tantos que viven presentando a un Jesús etéreo, a un Jesús nublado en la inmensidad de las nubes vacías, a un Jesús sin asidero humano como Hijo legítimo de la Santísima Virgen María; y el Padre Hilario en su obra trata de descubrir al Jesús genuino, único y auténtico Revolucionario Integral y precisa que la Revolución por Él iniciada corresponde continuarla a los que nos llamamos cristianos en el comienzo del siglo XXI, “como fermento y levadura, hasta el establecimiento definitivo del Reino de Dios”. Estimo que esta sucinta obra del Padre Hilario será leída con gran fruición, por sus interesantes postulados y apreciaciones, por su estilo sencillo y preciso, sin barroquismos ni excentricidades, y porque nos lleva a la perspectiva esencialmente espiritual y trascendente, que nos proporciona la fe, para afirmar categóricamente que Jesús no solo fue revolucionario, sino el único y auténtico Revolucionario, el gestor de la Revolución total, integral, la Revolución de quien no concibe la conversión como que acaba en el interior del hombre, sino que ésta debe expandirse al exterior con todas las implicaciones políticas, sociales y religiosas del ser humano, que no es una bestia en medio de una selva sino un ‘hombre’, interdependiente de los demás seres humanos y en constante, agitada y violenta vida comunitaria, social y política. Tienen en sus manos, los que gustan de las buenas lecturas, una, resumida y sincera, que les será útil para ubicarse como cristianos. Les invito a que la deshojen con calma, y a que, para juzgarla, esperen leer su última línea. † MONS. MARIANO JOSÉ PARRA LEÓN Obispo de Cumaná - (Venezuela)

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PRESENTACIÓN

El hecho de que la historia de la humanidad se haya quebrado en dos mitades por la aparición de Cristo en el mundo, ¿no supone una cierta revolución? Si así fuera, nos convendría determinar la naturaleza de la revolución implantada y, sobre todo, precisar el grado de compromiso y el modo de participación que le correspondió en la misma a este personaje. Será tarea no del todo fácil. Hoy, sacudida por el Vaticano II y por la misma dinámica histórica, la teología católica asume, no sin riesgos, una posición de mayor horizontalidad. La Teología de la Revolución, de la Liberación, de la Violencia, de las Realidades Terrenas, de las Renovaciones no son meras expresiones. Nacen y se constituyen en un mundo donde privan los valores políticos, económicos y sociales, y en el que el hombre oprimido, como individuo o como clase, está en el centro y ha de ser salvado. “Ahora es el tiempo favorable; ahora el día de la salvación”1. Se explica así que, bajo el influjo de las últimas encíclicas sociales de los Papas, de los documentos del Vaticano II, de las Conferencias Episcopales a todos los niveles, y de la prolífera literatura socio-teológica, la Iglesia se esté encontrando a sí misma en el mundo. Ya no es ella, como realidad visible, el Reino de Dios, sino la encargada de construirlo en la tierra. Esta tarea, que si bien le es consubstancial, permaneció por siglos como tendencia a la privatización e irrumpe hoy “con el intento de formular el mensaje escatológico en las condiciones de nuestra actual sociedad”2. Para ello, se remonta a las fuentes primigenias, a su fundador, con el propósito de ser fiel a la misión recibida por la comunidad apostólica el día de Pentecostés. 1. II Cor. 6, 2. 2. METZ J.B., Teología del mundo, Ed. Sígueme, Salamanca, 1970, p. 139.

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Los miembros de la Iglesia, como individuos, independientemente de su función específica dentro de ella, intentan descubrir en el comportamiento de Cristo una norma de inspiración para actuar. Si es verdad que la teología debe hacerse inseparablemente ‘entre la Biblia y el periódico’, también es cierto que debe prepararnos a “responder a todo el que nos pida razón de nuestra esperanza”3. ¿Sería Jesús un revolucionario? ¿Pertenecería, como otros judíos, a alguno de los movimientos subversivos de su época? ¿O fue el Subversivo de todos los grupos y de todos los tiempos? Si estas preguntas fueran de fácil respuesta, quizás, no existiría tanta desorientación pastoral ni se darían tantas conductas extravagantes en el mundo cristiano. El estudio de algunos fragmentos de la Sagrada Escritura, relacionados directamente con las realidades terrenas, la presencia del comportamiento personal de Jesucristo frente a las mismas, y el análisis de las ideas sociales, políticas y religiosas de los movimientos revolucionarios de la época, todo ello nos permitirá echar luz sobre esos interrogantes. No desearíamos proyectar ni descargar la problemática actual sobre Jesús y su doctrina, por el mero hecho de poder decir que hemos vuelto a los orígenes. Se hará un esfuerzo histórico. Examinaremos sus enseñanzas teniendo como fondo las ideas de su tiempo. Esto es tanto como intentar una cristología ‘desde abajo’. Clásicamente se ha sostenido, estudiado y profundizado una cristología ‘desde arriba’, que deduce el significado singular de Jesús desde su preexistencia eterna en Dios. Y aunque resulta una concepción realmente grandiosa, sin embargo se ve golpeada por dificultades e interrogantes. Estudiar al Hijo del Hombre ‘desde abajo’ es remontarse “más allá de las afirmaciones cristológicas de la Iglesia postpascual para llegar a su fundamento: la vida y obra de Jesús terreno, histórico, y así hacer comprensible de nuevo su significado singular”4. 3. I Pedro, 3, 15. 4. ALEMANY, A., Nuevos caminos de la Cristología actual, R. ‘Selc. de Teología’, Vol. 17, Nº 68, p. 262, Bilbao, 1977.

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La insistencia en la humanidad de Cristo no tiene, en absoluto, ningún sentido privativo en cuanto a su Divinidad. Es simplemente un intento de actualización de la fe. De ningún modo podrá separarse al Jesús histórico del Cristo resucitado y glorificado. Es la misma persona. Esto nos arrastra necesariamente al “programa de una cristología de mutua correspondencia”5. La fuente principal de este trabajo será la Escritura. “Los evangelios, –afirma el P. Lagrange–, son la única vida de Jesús que se puede escribir”. Y como señala Martin Buber: “Quien sepa escuchar, podrá percibir, a través de las narraciones tardías de los evangelios, la voz de Jesús”. Tampoco quisiéramos hacer un retrato de Jesús parecido forzosamente al nuestro. Ni negar el hecho de que sea semejante al hombre en todo “menos en el pecado”. Es muy acertada la observación de A. Schweitzer de que “nos encontramos sucesivamente con el Jesús del siglo de las luces, con el Jesús del idealismo alemán, con el Jesús moralista racionalista, con el Jesús héroe romántico, con el Jesús poderoso genio religioso, con el Jesús primer proletario, promotor de la emancipación social, con el Jesús pequeño ciudadano, con el Jesús de Freud… Sin duda alguna, cada época ha captado la figura de Jesús a la luz de la propia comprensión del hombre”6. En un mundo de revoluciones y sobre todo de lenguaje revolucionario, ¿no estamos tentados a crearnos un tipo de Jesús revolucionario con minúscula? En la medida en que consciente o inconscientemente no conjuguemos la mentalidad de nuestros tiempos con la forma de pensar que envolvió la vida de Jesús, corremos el riesgo de fabricarnos un Cristo inauténtico y falsamente adaptado. A este error podrían inducirnos también algunas de las concepciones e interpretaciones, que han sujetado a Jesús, por siglos, a la roca del dogma eclesial. 5. KASPER, W., Jesús el Cristo, Ed. Sígueme, Salamanca, 1976, p. 41. 6. SCHWEITZER, A., Citado por BOUTTIER M., en Del Cristo histórico al Jesús de los Evangelios, Ed. Studium, Madrid, 1971, p. 16.

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“Jesús, –escribe Peguy–, se ha puesto en brazos de los historiadores, como se puso en manos de sus verdugos; (¿sería preciso añadir que Él intercede igualmente por ellos: Padre, perdónalos, pues no saben lo que hacen?). Poner a Jesús en estado de excepción es lo mismo que rechazar su encarnación”. Por otra parte creemos, con Harvey Cox, que la teología debe hacer el esfuerzo de colaborar a favor del progreso humano y de la realización de la vida de los individuos. “Hace ya demasiado tiempo que los teólogos sólo han interpretado al mundo. Ha llegado el tiempo de transformarlo”. Yo agregaría, ‘con el compromiso real de poner en práctica, por parte de ellos mismos, sus propias y audaces interpretaciones’. Si los cristianos quieren estar presentes en el mundo y en la historia, en forma revolucionaria, como conviene a su vocación, les son indispensables la revolución de la libertad y la autocrítica, a la luz de la persona y de las enseñanzas de Jesucristo. “Cuando los cristianos vuelvan a saber para qué están, entonces volverán a experimentar lo que propiamente son. De lo contrario, unos seguirán refugiándose en un pasado de oro, otros seguirán creyendo con una fe desencarnada y apolítica, otros seguirán adhiriéndose a grupos revolucionarios preguntándose entonces sorprendidos si son cristianos y por qué”7. Resulta, pues, del todo necesario, para una reubicación cristiana en el mundo, volver atrás, no al pasado muerto, sino precisamente a lo que no pasa nunca: al Jesús histórico, con su vida y su mensaje. El potencial revolucionario del cristiano ha de ser la conciencia de su propia esperanza profética, tantas veces reprimida. Esperanza, dirigida a Dios y al Reino venidero, que se hizo presente y se inició con la aparición en el mundo del Mesías Liberador. Con la muerte de Cristo en este mundo y su Resurrección en el mundo nuevo de la justicia divina, se abrió paso una corriente mesiánica de Renovación de la Historia, con la misión clara de construir el 7. MOLTMANN J., Gott in der revolution, Turkú, 1968. Dios en la revolución, en Rev. Selec. de Teol. VIII, 31 (1959), pp. 239-248.

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Reino de Dios. Reino que significa, como afirma Helmut Gollwitzer, “aquella Revolución que excede todos los cambios históricos posibles, salvando al mundo de la perdición y llevándolo a la meta: una Revolución que nosotros no podemos hacer, pero que ha de sucedernos a nosotros. El Reino de Dios es el contenido de una promesa que revoluciona el presente. La Revolución que nosotros no podemos hacer, nos capacita, pues, para las revoluciones que podemos hacer”8. Cabe preguntarse otra vez: ¿Fue Jesús un revolucionario? ¿Fue un revolucionario distinto? ¿Pueden existir revoluciones pacíficas? Si el Éxodo constituyó un acontecimiento sacro-político de liberación y hoy sigue siendo signo de futuras liberaciones; si en Cristo se dio no sólo la liberación interior, sino también la reforma de las instituciones terrenas; y si en el antiguo mundo sacro-político los cristianos se dan a conocer como revolucionarios del cielo y de la tierra, ¿estaremos los cristianos de este siglo cumpliendo con nuestra misión? Porque, “los cristianos eran revolucionarios del cielo, pero como tales sembraron también el desconcierto en el orden político-religioso. Y por ello fueron reconocidos como enemigos públicos del estado y de la humanidad”9. Una sumisión total al Jesús histórico se traduciría en obediencia consciente a sus palabras y hechos siempre actuales y repetibles, lo que se proyectaría a su vez en “el único verdadero estilo revolucionario de vidas, no sólo teórico, sino también práctico y aplicable a cualquier circunstancia”10. Descubrir al Jesús genuino, Único y Auténtico Revolucionario Integral, por ser Hijo de Dios, y precisar que la Revolución por Él iniciada nos corresponde continuarla, como fermento y levadura, hasta el establecimiento definitivo del Reino de Dios, es la modesta intención del presente trabajo. 8. GOLLWITZER H., La revolución del Reino de Dios y la sociedad, Selec. de Teol. Nº 38, v. 10, pp. 146-156. 9. MOLTMANN J., Op. Cit., Art. Cit., pp. 139-248. 10. KIRK Andrés, Jesucristo Revolucionario, Ed. La Aurora, Buenos Aires, 1974, p. 200.

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Cuando Jesús incursionó en el mundo, había, como veremos, movimientos revolucionarios y contrarrevolucionarios en diferentes órdenes. Pero Él habló como nadie antes había hablado y se constituyó como “el camino, la verdad y la vida” de la única Revolución posible: la Salvación de lo que estaba perdido. “¿Quién dirá que su nombre no se ha elevado sobre todos los nombres? Aunque le negáramos todo carácter sobrenatural, deberíamos reconocer el verdadero milagro de un oscuro hebreo que ha podido influir de tal manera en los destinos de la humanidad”11. “La justicia y la caridad, afirma Baruch Spinoza, son los verdaderos frutos del Espíritu Santo; dondequiera que se encuentren allí está el Cristo, y el Cristo no puede estar donde no estén ellas” 12. Lo cierto es que nadie duda hoy de la importancia e influencia universal de Jesús de Nazareth, que vivió en Palestina aproximadamente entre el 7 a.C. y el 30 d.C. y del que se han llenado de libros las bibliotecas. Es un hecho irrefutable que su presencia provocó en el mundo cambios radicales, no solo religiosos, sino también espirituales y sociales. Precisamente porque esta influencia ha llegado a nosotros, a través de los cristianos, de las iglesias y de los grupos, y penetrado, incluso fuera del cristianismo ‘oficial’, a toda la civilización mundanamente orientada, consideramos necesario e interesante reflexionar y adherir, con toda modestia, a lo que otros, con más autoridad y competencia, han estudiado. El autor PONTIFICIA UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE

11. HOSMER, J. K., Historia de los judíos, Madrid, 1893, p. 111. 12. SPINOZA Baruch, Tratado teológico-político, Colec. de Filósofos Modernos, Biblioteca Perojo, Madrid, p. 55.

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1 Precisiones Cristol贸gicas

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l discurso traído hasta aquí, tanto en la Introducción como en la Presentación, podría inducir a más de uno a pensar que, haciendo tanto hincapié en el Jesús ‘histórico’, se estaría omitiendo conscientemente al Cristo de la Fe y provocando una evidente mutilación de su única persona. Es una observación no solo exacta, sino propia y del todo conveniente. Es más, me atrevo a afirmar la imposibilidad absoluta de hacer una “jesulogía” que se respete, separada de una “cristología” igualmente respetable y válida. Hacerlo al revés tampoco nos proporcionaría el resultado del Jesucristo único, Hijo del Hombre e Hijo de Dios. Cuantos han intentado hacer “jesulogía” o cristología sólo “desde abajo”, han conseguido, al máximo, resaltar la humanidad de Jesús y los rasgos que acompañaron a ésta, logrando, tal vez, transmitir la idea de un ser humano importante e influyente en la Historia, pero nada más. Algunos de ellos, han podido hasta ver al ‘revolucionario’ con minúscula, al que hemos hecho alusión. Sin embargo, dada la unión hipostática, es imposible separar al Jesús del Cristo, y solo refiriéndonos a la misma persona podremos establecer una cristología de mutua correspondencia. Por eso que cualquier reflexión cristológica debe representar hoy un servicio a la sociedad y a la Iglesia, con el ánimo claro y expreso de encontrar su identidad.

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Estamos de acuerdo en que una cristología orientada históricamente debe preguntarse: ¿quién era Jesús de Nazaret?, ¿qué quería?, ¿cuál era su mensaje?, ¿cómo fue su vida y qué destino tuvo?, ¿qué misión vino a cumplir? Pero al pretender dar respuesta a cada uno de estos interrogantes y a otros muchos, necesariamente debemos referirnos al hijo de María y al enviado de Dios. Hemos de pasar por fuerza del Jesús que no se anunciaba a sí mismo, sino que proclamaba el inminente Reino de Dios, al Cristo anunciado y creído. De este modo la cristología adquiere un carácter universal. “No se puede, pues, oponer una cristología de tipo ontológico, como se tiene en la tradición, a otra no-ontológica, funcional, como se la llama con frecuencia. El problema es más bien el de esbozar una ontología histórica y personal determinada cristológicamente”13. De todo esto se desprende que la persona e historia de Jesús son inseparables, ambas de importancia universal, y que el significado de Jesús es inseparable de su persona e historia como lo es del Cristo. Cuando estas páginas llevan por título “Jesucristo, el Único Revolucionario”, es porque no quieren, a pesar de fijar su atención principalmente en el Jesús de la Historia, referirse con exclusividad al Hombre. Nunca me atrevería a titular “Jesús, el Único Revolucionario”, porque le disminuiría, poniéndole a la altura de cualquier revolucionario terreno. Precisamente si es ÚNICO, es porque es el Cristo, y si se le considera Revolucionario, con mayúscula, es porque su mensaje es universal y trascendente, y porque sólo el Dios encarnado es capaz de establecer unas nuevas y definitivas relaciones humano-divinas. Si los tintes se inclinan más al Jesús histórico es, con toda conciencia y sin prescindir absolutamente de la divini13. KASPER W., Jesús, el Cristo, Ed. Sígueme, Salamanca, p. 23.

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dad, porque queremos que la crisitología arranque de la fenomenología de la fe en Cristo, tal como lo creían, anunciaban y vivían las primitivas comunidades cristianas. No otro es el motivo de la vuelta a los orígenes. La Iglesia, en la actualidad, necesita inspiración y un modelo genuino. A muchos de sus miembros lo que les interesa no es el Cristo que les anuncia la Iglesia, paralizada institucionalmente, sino ponerse en sintonía con Jesús mismo y con su causa. Como bien dice Walter Kasper, “lo que les atrae no es la fe eclesial en Cristo, el Hijo de Dios, sino la fe en Jesús mismo y su compromiso incondicional con los hombres”14. Pero este Jesús, al que la gente de nuestros días quiere acercarse, se les va a revelar necesariamente como el Cristo capaz de llenar de sentido sus vidas y de proporcionarles la salvación. Está claro que por Jesús se llega al Cristo, que es lo que realmente importa para un creyente. De manera que el criterio definitivo de la cristología no es otro que Jesucristo mismo, con su vida, su mensaje, su obra y su destino. Podemos, por tanto, distinguir el criterio primario de la cristología, que es Jesucristo mismo, y el criterio secundario que buscamos y hallamos en la fe de la Iglesia. No es posible, por más tiempo, alimentar la separación entre el Jesús de la Historia y el Cristo de la Fe. La nueva teología ha de empeñarse en restablecer la unidad, para conocer y llegar a Jesucristo, Dios y Hombre verdadero. El pecado de la mutilación inicial de la persona de Jesucristo ha producido infinidad de mutilaciones posteriores, cuyas consecuencias deploramos. Algunas las enumera claramente el exegeta y profesor de la Universidad de Gotinga, Joaquín Jeremías: “Los racionalistas pintan a Jesús como predicador moralista, los idealistas como personificación de la humanidad, los estetas lo alaban como el genial artista de 14. Ibidem, p. 29.

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la palabra, los socialistas lo ven como el amigo de los pobres y reformador social (‘revolucionario’) y los incontables pseudo-científicos hacen de Él una figura de novela”15. Esta personalidad es tan gigantesca y tan por encima de lo simplemente humano que no se deja encasillar ni someter a cualquier intento reduccionista. “A la investigación sobre la vida de Jesús, –escribe A. Schweitzer–, le ha sucedido algo original. Se puso a andar en busca del Jesús histórico y pensó que podría meterlo en nuestro tiempo tal como Él es, como maestro y salvador. Desató los lazos que desde siglos lo amarraban a la roca de la doctrina de la Iglesia, alegrándose de ver su figura viva y en movimiento y percibiendo al hombre histórico Jesús venir hacia ella. Pero este Jesús no se detuvo, sino que pasó de largo por nuestra época, volviéndose a la suya”16. Por consiguiente, la auténtica y fértil cristología debe ser al mismo tiempo “desde abajo” y “desde arriba”, porque no basta ni es posible tomar aisladamente cualquiera de las dos. Su contenido y criterio fundamental debe ser el Jesús terreno y el Cristo resucitado. “Esto nos lleva –como ya hemos presagiado–, al programa de una cristología desde la mutua correspondencia entre el Jesús terreno y el Cristo resucitado y exaltado”17. Para Jean Galot, eximio profesor de cristología en la Universidad Gregoriana de Roma, “la existencia humana de Jesús constituye un todo que no se puede separar de su identidad divina ni de la intención de revelar esa identidad. Al decir que la humanidad de Cristo es semejante a la nuestra, no se pretende excluir con ello su dimensión trascen15. JEREMIAS J., Der gegenwärtige Stand der Debatte um das Problem des historischen Jesus, en H. Ristow - K. Matthie (ed.), Der historiche Jesus und der kerygmatische Christus, Berlin, 1960, p. 14. 16. SCHWETZER A., Geschichte der Leben-Jesu-Forschung, Tübingen, 1913, p. 631. Cfr. KASPER W., Op.Cit., p. 36. 17. KASPER W., Op. Cit., p. 41.

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dente. Olvidando en el análisis de sus actividades humanas el misterio de su persona divina, resultaría esta humanidad más banal, más pobre, más ‘insignificante’. Significaría privarla de su valor de revelación. Sí, Cristo es hombre, pero un hombre que expresa a Dios y lo manifiesta”18. Por lo demás, el mencionado programa de una cristología de mutua correspondencia entre el Jesús histórico y el Cristo de la fe retoma, en los actuales condicionamientos de interpretación, el esbozo bien antiguo de la llamada cristología de los ‘dos estadios’, basada en la fórmula de Rom. 1, 3-4 que Pablo toma de la tradición y que dice: “… nació de la descendencia de David según la carne, y al resucitar de entre los muertos por obra del Espíritu de santidad, ha sido designado Hijo de Dios revestido de su poder”. Está demostrado que Jesús no encaja en ningún esquema. Ni las categorías antiguas ni las modernas son suficientes. Continúa siendo un misterio, pues, olvidado de su persona, lo único que le interesa es el venidero Reino de Dios en el amor. No tiene programa ni planificación. Manifiesta hacer siempre la voluntad de Dios y todo lo demás se lo deja al Padre, con confianza filial. En las páginas que el lector encontrará a partir de aquí se pretende llegar, sobre todo a través de la vida del Jesús ‘según la carne’, al mensaje y doctrina del Cristo ‘según el espíritu’. Es imprescindible prestar atención a la palabra y al mensaje de Cristo para poder entender la misión terrena de Jesús, tan confundida por sus contemporáneos, y tan torcidamente interpretada y maltratada por muchos de los que se han atrevido a historiarla durante veinte siglos. Caemos de este modo en lo que permanece de Jesús. Su vida terrena pasó, su ejemplo de vida estrictamente humana, visible e 18. GALOT J., ¡Cristo!, ¿Tú quién eres?, (CETE) Centros de Estudios de Teología Espiritual, Madrid, 1982, p. 36. Salamanca, 1970, p. 139.

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imitable, llegó hasta la Cruz, pero“sus palabras no pasarán”. Su mensaje, doctrina y sobre todo su Espíritu son eternos. Al concluir estas breves precisiones cristológicas, resaltamos el carácter eminentemente escatológico sobre todo de su discurso y de su mesianismo. En uno de los apartes venideros se concluirá que así como no se pueden separar a Jesús del Cristo, tampoco puede hablarse únicamente de una escatología de presente sin caer en los brazos, irremediable y afortunadamente, de una escatología de futuro. Los acontecimientos que constituyen el comienzo de la ‘época novísima’ son el anuncio del Reino de Dios y la resurrección de Jesucristo. Tal como expresa J. Díaz y Díaz, “el Reino de Dios anunciado por Jesucristo no es un fruto que se desprende del desarrollo de la historia humana, sino que es un fruto que la envuelve, un fruto traído y entregado por Dios a la historia humana como salvación definitiva. Este Reino, ya presente, está dotado de un movimiento dinámico y progresivo hacia una culminación. Tal es la doctrina de las parábolas llamadas del Reino: la semilla ya hecha y su germinación, el grano de mostaza que se hace un árbol, la levadura que progresivamente transforma la masa, la red echada hasta llenarse. En el evangelio de San Juan se insiste sobre el aspecto de la presencia del Reino, pero sin eliminar la referencia a la culminación futura”… Pero, por otra parte, “la resurrección de Cristo es un acontecimiento completamente nuevo y decisivo para la historia humana. En ella fundamenta las raíces la fuerza de vida y salvación capaz de vencer todos los obstáculos que se oponen a estas dos realidades. Significa el orden nuevo, la nueva situación creada por Dios en la persona de Jesucristo”19.

19. DÍAZ Y DÍAZ J., Enciclopedia della Bibbia, V. III, ElleDiCi, Torino – Leumann, 1970, p. 45.

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La vida del Jesús histórico, encuentra todo su sentido en la misión anunciada y cumplida del Cristo, que la ha hecho trascender con el cumplimiento del plan de salvación trazado desde antiguo por el Padre. Hombres ha habido muchos. Jesús, el Hijo del Hombre, el más perfecto servidor de todos ellos. Pero el Cristo, el Hijo de Dios, único e irrepetible, elevó al hombre a su misma dignidad e hizo que con la vida, muerte y resurrección de Jesús todo quedara consumado. La persona que nos ocupa es, por lo tanto, Jesucristo, y las páginas que siguen tienen el propósito de presentarlo como la única persona humano-divina que espera de sus seguidores fidelidad y compromiso. En síntesis: el nuestro no es más que un tímido intento de acercarnos reverentemente, casi de puntillas, al misterio de la persona de Jesucristo con el propósito de echar luz sobre nuestras conciencias, para adherir con mayor firmeza de fe a la realización presente de su Reinado y a la consecución definitiva y gozosa del cumplimiento de sus promesas.

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Jesucristo,el ÚnicoRevolucionario  

el presente trabajo estudia a Cristo como “Revolucionario” con mayúscula, “porque resulta del todo necesario, para una reubicación cristiana...

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