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CITA. EL Presente capítulo integra el libro: “LA COMPLEJIDAD DESPUÉS DE BABEL”, Beatriz Gurevich (2013), Buenos Aires, ed. Lumiere, págs. 281-314.

¿Existió el “Crisol de Razas” en Argentina? Una respuesta desde la Antropogenética. Sergio Avena1,2,3, Francisco Di Fabio Rocca1,2,3, María Bárbara Postillone1,3 y Cristina Dejean1,2. 1 Departamento de Ciencias Naturales y Antropología. CEBBAD. Universidad Maimónides. 2 Sección Antropología Biológica. ICA. Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de Buenos Aires (UBA). 3 Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), Argentina. En el presente artículo se discutirá la noción de Crisol de Razas, analizando en primer lugar la implicancia conceptual de cada uno de los términos que componen esta idea. Luego a partir de la información obtenida por nuestro equipo y otros autores desde la antropogenética, se intentará responder a la pregunta del título, arribando a la conclusión de que si éste ha parcialmente existido, ha sido de manera muy acotada, entre ciertos grupos de origen europeo y en un período histórico determinado.

LA NOCION DE RAZA EN HOMO SAPIENS Para analizar adecuadamente la idea de “crisol de razas”, en este apartado abordaremos críticamente el segundo término de este concepto, y se considerará si éste puede ser aplicado a nuestra especie. El diccionario de la Real Academia Española presenta dos acepciones del término raza, del latín radia: 1) Casta o calidad del origen o linaje, 2) Cada uno de los grupos en que se subdividen algunas especies biológicas y cuyos caracteres diferenciales se perpetúan por herencia. Si bien estas dos definiciones se refieren a campos temáticos distintos, a menudo esta separación no se conserva, en la práctica es habitual que se confundan ambas significaciones y no quede claro si se hace referencia al concepto en términos biológicos o socioculturales. Cohen (1999) menciona que en el Renacimiento se utilizaba al término para designar a la familia, especialmente a las familias nobles: “la raza así entendida se inscribe en el marco de un orden social esencialmente fundado en la continuidad biológica del linaje, garantizada por la transmisión del nombre y la herencia”. En el siglo XVIII el gran taxonomista sueco Linnneo clasificó al Homo sapiens en variedades de escala continental, incluyendo tanto características físicas como psicológicas y sociales en su definición de las cuatro “subespecies” de Homo: Homo europeus: Blanco, sanguíneo, ardiente, pelo rubio abundante, ligero, fino, ingenioso, lleva ropas ceñidas, se rige por las leyes.


Homo americanus: Rojizo, bilioso, recto, pelo negro, liso y grueso, ventana de la nariz dilatadas, cara pecosa, mentón casi imberbe, obstinado, alegre, vaga en libertad, se pinta con líneas curvas rojas, se rige por costumbres. Homo asiaticus: Cetrino, melancólico, grave, pelo oscuro, ojos rojizos, severo, fastuoso, avaro, se viste con ropas anchas, se rige por la opinión. Homo afer: Negro, indolente, de costumbres disolutas, pelo negro y crespo, piel aceitosa, nariz simiesca, labios gruesos, vagabundo, perezoso, negligente, se rige por lo arbitrario. Fue Blumenbach en 1779 el que introdujo el concepto de raza en el campo científico, ampliando a cinco su número, al incluir a los malayos como un quinto grupo. Loring Brace (1997) señala que esta idea se encuentra ausente en la tradición judeo-cristiana. Aunque a veces, como el historiador griego Herodoto, se hiciese mención a diferencias físicas como el color de piel, era mucho más común el uso de términos referidos a distinciones culturales, lingüísticas o religiosas, como “idólatras”, “bárbaros” o “infieles”. Esto a su vez se debía a que en la mayor parte de la historia humana, la vida de los hombres transcurría muy próxima al lugar de nacimiento. Aún cuando existieran viajeros que se aventuraban más lejos, éstos no apreciaban límites “raciales” dada la gradación de los cambios fisonómicos que observaban al realizar las travesías por tierra. Pero a partir de los viajes transoceánicos, en los que los marineros partían de un puerto, donde observaban determinado tipo humano y arribaban a otro muy lejano, con hombres de apariencia muy diferente, aquella visión “gradualista” fue reemplazada por otra, que ponía el énfasis en los contrastes. A este hecho se sumaba el legado neoplatónico heredado desde la Edad Media que propulsó una mirada de la realidad en esencia tipológica. La noción científica de raza sería deudora, según Goodman (1997), de la idea platoniana de tipos ideales y es, por lo tanto, antievolucionista desde un principio. Henri de Boulainvilliers fue uno de los pioneros en el empleo político de la diferenciación racial. En 1727 introdujo esa cuestión al defender la preeminencia de la aristocracia francesa de la que formaba parte por ser los descendientes de los antiguos francos, mientras que el pueblo que sería descendiente de los galos estaba, según su particular tautología, destinado a ser vasallo dada su existencia como raza dominada. La ideología racista adquirió una fuerza inusitada durante el siglo XIX, de lo que el « Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas » (1853-1855) del Conde de Gobineau es un ejemplo paradigmático, ya que afirmaba que la suerte de las sociedades dependía de su composición racial y la decadencia de las civilizaciones se debía al mestizaje. Además, consideraba que los blancos, y en particular los arios, constituían la raza superior (Temprano, 1990). Un potente argumento en contra de la “cientificidad” de la clasificación racial la dan los propios taxonomistas, pues ya Darwin citaba a doce autores en desacuerdo sobre el número de razas existentes, a la vez que señalaba que apenas es posible detectar caracteres distintivos evidentes entre ellas ya que no son discontinuas. Esta dificultad parte del hecho de que cuando pasamos de una población a otra los caracteres suelen variar de una forma gradual y continua. Los análisis más detallados muestran que pocas veces existen discontinuidades de caracteres genéticos en los mapas geográficos, el cambio es gradual en todos lados y sólo en algunas zonas es más rápido, las llamadas “fronteras genéticas”, que coinciden frecuentemente con barreras geográficas o también lingüísticas (Piazza, 1997). Cuando se busca crear una raza animal que tenga determinadas características, éstas se logran por la selección artificial de la descendencia, permitiendo sólo el cruzamiento de aquellos individuos que se ajusten a los estándares deseados. Además, una vez establecidos éstos, se impide la reproducción de los animales que no posean el aspecto buscado. Cabría preguntarse ¿Cómo es que de progenitores que cumplen con los requisitos “raciales” se originan hijos que no lo hacen? La respuesta es que la variabilidad se produce continuamente en la naturaleza.


Para Crubezy et al. (2002) el término raza debe ser desterrado de la sistemática natural, y sólo debería ser utilizado en los productos de una reproducción dirigida y selectiva, como la de animales domésticos organizada por el hombre, donde los descendientes de reproductores seleccionados son conservados si responden al modelo deseado, y eliminados en el caso contrario. Demás está decir que afortunadamente esto no ocurre en nuestra especie. Tanto si se observan las personas como si se muestrean los genes, los resultados concuerdan, la gente se parece más a la que le es próxima geográficamente y difiere a la que es lejana. Se dice que esta estructura es clinal, con gradientes en lo que respecta a características biológicas: piel, cabello, morfología, etc. En los hombres las diferencias biológicas son completadas y exageradas por las diferencias lingüística, comportamentales, vestimentarias y demás componentes acumulativos de lo que denominamos “cultura” (Marks, 1997). Es cierto que a gran escala se observan diferencias en el color de la piel, la forma del cabello, la estatura y el lenguaje que distinguen una región de otra. Pero si se considera el aspecto físico, no hay clases netas en que se puedan agrupar a las personas. A diferencia de lo que ocurre con el color de piel, de ojos, etc., el modelo de variación que siguen los grupos humanos en lo concerniente a los polimorfismos moleculares nos habla de escasa diferenciación genética entre las poblaciones, incluso entre las situadas en extremos opuestos del mundo. Pero aún las diferencias que reputamos como cualitativas (“negro” y “blanco”, ojos oscuros y claros) presentan variaciones continuas cuando se las observa con más detalle (Lewontin, 1984). Si observamos, por ejemplo, a personas de Noruega, Nigeria y Vietnam, no hay duda que son muy diferentes, pero no hay ninguna razón para creer que esto tipos representan la pureza primordial. Los somalíes son considerados negros y los árabes blancos, pero en realidad aquellos se parecen más a los árabes que a los ganeses, otro tanto podría decirse de los habitantes de la península arábiga, quienes son más parecidos a sus vecinos africanos que a los escandinavos. Por eso las asociaciones raciales de escala continental son un modelo artificial que contradicen los estudios sobre biología humana. Los arquetipos raciales no describen antepasados puros sino que, en realidad, son representaciones simbólicas de pueblos situados en los extremos biológicos (Marks, 1997).

LA INFLUENCIA DE LOS PROCESOS ADAPTATIVOS EN LA DIFERENCIACIÓN FENOTÍPICA HUMANA La diferenciación genética de toda la especie humana es baja si se la compara con nuestros parientes primates más próximos. Dos chimpancés o dos gorilas tomados al azar están más alejados genéticamente que dos humanos tomados al azar (Caspari, 1997), esto podría explicarse porque el origen del Homo sapiens es muy reciente, hace unos 150.000 años en África, por lo que no habría habido mucho tiempo para diferenciarse. Las poblaciones humanas se adaptan a los ambientes en que viven, los cuales varían de manera continua, de allí la naturaleza gradual de estas adaptaciones. Además, los grupos humanos se mezclan con sus vecinos y a largo plazo, estas mezclas de proximidad refuerzan la naturaleza gradual de las diferencias biológicas entre poblaciones (Marks, 1997). Justamente para dar cuenta de esta dinámica es que es preferible emplear el concepto de población, que en nuestra especie, puede definirse como conjunto de seres humanos de los dos sexos y de todas las edades que comparten un mismo territorio, observando reglas sociales comunes y que por unirse habitualmente al seno de la población, sus miembros comparten un mismo patrimonio genético, que en cierta medida puede ser particular al grupo en cuestión (Crubezy et al., 2002). El hecho de que haya una endogamia relativa no indica que no exista flujo génico, sino que es más probable


que la elección de pareja se realice en el seno de la comunidad. El reconocimiento de esta realidad dinámica es lo que le da validez al concepto de población en relación al fijismo derivado de la estática idea de raza. Muchos caracteres son bastante homogéneos en cada continente y por eso da la impresión que existen razas puras y que las diferencias entre ellas son muy fuertes. Pero casi todas se deben a adaptaciones climáticas influenciadas por la selección natural debido al clima. Consideremos la característica más utilizada en las clasificaciones raciales como es el color de la piel. Jablonski y Chaplin (2000) señalan que la distribución mundial de la cantidad de melanina muestra una correlación positiva muy marcada con la incidencia de radiación ultravioleta. Por el contrario, ésta es negativa si tomamos en cuenta la latitud. Por otra parte, si la forma y tamaño del cuerpo están adaptados a la temperatura y humedad, entonces los caracteres de adaptación climática son típicamente caracteres de la superficie corporal, por eso son muy visibles y afectan sobremanera a nuestro punto de vista. Si en vez de pensar en razas como compartimentos estancos se considera a poblaciones que evolucionan, entonces pueden entenderse sus diferencias morfológicas como adaptaciones. Ejemplo de lo arbitrario de los elementos que se toman para definir una raza (color de pelo, piel y ojos, textura del cabello, etc.) lo constituye el hecho habitual de no incorporar la estatura a estas definiciones, que podría ser un parámetro tan o más válido que “forma de la nariz”. Justamente su no inclusión se debería a la necesidad de evitar explicar cómo en poblaciones africanas se registran las alturas más bajas (Pigmeos) y más altas (Dinkas) de nuestra especie, tema que abordaremos más adelante. Allí, las poblaciones de gran estatura presentan una forma del cuerpo que es muy diferente de aquella que se ve en los grandes individuos de regiones frías pues éste es extremadamente alargado pero estrecho y los miembros son muy largos, semejando al principio del radiador, por su elevada superficie en relación al volumen. Más los miembros se alargan, más la superficie corporal aumenta, lo que permite una disipación acrecentada del calor. La morfología longilínea solamente se encuentra en las zonas de sabanas o estepas tropicales con aire seco y ventilado, donde el formato corporal puede ser mayor pues la eliminación del calor puede producirse por sudación. Para facilitar la termólisis basta con aumentar la superficie relativa del cuerpo alargando los miembros. Por el contrario en la selva tropical la mejor adaptación parece residir en la reducción de la masa corporal, pues la transpiración no puede evaporarse en un aire inmóvil y húmedo y por lo tanto no puede disipar calor (Crognier, 1994). En relación a la forma del cuerpo, en 1847 el zoólogo Bergmann observó que en la variedades de una especie la talla es tanto más pequeña cuando la temperatura del hábitat es más elevada. En 1877, Allen formuló la regla complementaria según la cual las dimensiones relativas de las partes prominentes y expuestas del cuerpo disminuyen paralelamente a la menor temperatura del hábitat. Se observa que el ser humano, a pesar de ciertas excepciones, se ajusta bastante bien a las reglas de Bergmann y Allen, pues se encuentra en nuestra especie un gradiente geográfico muy marcado de la morfología corporal, con formas más pequeñas en regiones calurosas y más grandes en regiones frías. Por ejemplo entre los amerindios, los de menor talla se encuentran en plena selva tropical amazónica mientras que los más macizos son “los pies negros” de Canadá y los tehuelches de la Patagonia. En Asia, los habitantes de la Islas Andamán del trópico son en promedio 33 cm más bajos que los habitantes del norte de China. Aunque las variaciones de los medios climáticos sean menos acentuadas en Europa se observa la misma tendencia con estaturas inferiores en la zona del mediterráneo donde el clima es más cálido (Crognier, 1994). En conclusión, el uso del concepto de raza en nuestra especie, además de su pesada carga ideológica, no es de utilidad para explicar la diferenciación biológica, de la cual si puede dar cuenta el concepto de población, que nos permite entender la dinámica migratoria y de relaciones endoexogámicas de los seres humanos. Por último, resulta claramente necesario entender los procesos


adaptativos (tanto biológicos como culturales) que se han dado en la historia del Homo sapiens. Esto es de crucial importancia, porque en buena medida, la fuerza y la credibilidad de la categoría “raza” reside en que se plantea como algo natural y no como una construcción social, buscando su justificación principalmente en la biología. Kittles y Weiss (2003) señalan que incluso muchos genetistas utilizan frecuentemente el término de manera coloquial y sin un criterio riguroso o lo han reemplazado en su mayoría por sinónimos o eufemismos que poco cambian.

SI NO TIENEN SUSTENTO BIOLÓGICO, ¿POR QUÉ SE UTILIZAN LAS CLASIFICACIONES RACIALES? Hirschfeld (1999) señala que todo ser humano tiene la capacidad de clasificar y pensar el mundo social. Los estudios comparativos revelan que el modo de evocación y de interpretación de la raza, tanto como las categorizaciones y significaciones que se les adjuntan, varían considerablemente según las culturas y las épocas. Por ejemplo las categorías sociales censales en Estados Unidos se han modificado con el transcurrir del tiempo, utilizándose actualmente negro, blanco, hispano (que en realidad sería una categoría lingüística), asiático y americano nativo, pero se han dejado de usar mulato e hindú. Mientras que en Brasil un hijo de una pareja mixta blanconegro integraría una tercera categoría (mulato), en las colonias españolas, especialmente en los primeros tiempos, el hijo dependía del reconocimiento del padre para ser incluido en la clase dominante, en el caso contrario pertenecía a la clase colonizada. En suma, habría tantas formas de conceptualizar la raza como culturas que utilicen esta noción, pues son éstas las que crean su propio sistema de pensamiento y de asignación racial, así como la forma de resolver las ambigüedades. En Estados Unidos, la llamada “ley de la gota de sangre” sostenía que un hijo mestizo debía ser ubicado en la raza considerada inferior aunque esta ascendencia se remonte a uno sólo de los ocho bisabuelos. Es decir que una persona que biológicamente tiene 7 de sus 8 bisabuelos europeos (es decir, un 87,5% “blanca”) es considerada como negra. Aquí se observa el conflicto entre la dimensión biológica y social de la clasificación racial. Lewontin (1984) señala que en la práctica social, los grupos están bien definidos cuando tal descripción sirve para alguna función social importante. Para Marks (1997) el problema es simple y antropológico, se hereda la raza socialmente de manera distinta a como se hereda genéticamente y afirma que ésta no es una categoría derivada de la genética sino una teoría popular de la herencia. En la misma línea argumentativa, Kottak (2002) afirma que el uso social del término raza implica emplear las bases biológicas de la diferenciación fenotípica, para luego resignificarlas culturalmente de manera arbitraria. Esto se ejemplifica en la regla de la hipodescendencia ya señalada, donde los hijos de las parejas mestizadas son asignados al grupo más desfavorecido. En Estados Unidos, sólo son considerados “blancos” los hijos de blancos y la raza no cambia a lo largo de la vida de la persona. Por el contrario, en Brasil es determinado en parte por el aspecto, pero también por el status socioeconómico. La asignación racial no es un hecho objetivo, sino que depende del contexto, de ahí el choque cultural que representa la llegada de inmigrantes de piel oscura desde América Latina a los Estados Unidos. Muchos no se consideran “negros” en sus países de origen, pero sí son vistos de esa manera en la sociedad estadounidense (Washington Post 26/2/2002). En definitiva, como afirma Peter Wade (2002) la raza es culturalmente producida y son las diferencias culturales las que son racializadas.

¿SON MUY DIFERENTES LAS POBLACIONES HUMANAS?


En la actualidad es posible comparar las poblaciones y ver qué diferencias se presentan a nivel molecular. Se ha observado una regla general: en cualquier población humana hay mayor variabilidad en su interior que la encontrada si dicha población es comparada con otra. Es decir, la variabilidad intragrupal siempre es superior a la intergrupal. El primer trabajo realizado con este enfoque se debe a Richard Lewontin (1972), quien analizó variantes de grupos sanguíneos y proteínas en diversas poblaciones de todo el mundo, y encontró que un 85% de toda la variabilidad humana podía encontrarse dentro de un mismo grupo poblacional, un 8% entre grupos con cierta afinidad geográfica (de un mismo continente, por ejemplo) y sólo un 7% entre poblaciones de distintos continentes. En términos más coloquiales, medir la diversidad genética de un grupo humano equivale a buscar la probabilidad de que dos individuos tomados al azar en esta población posean variantes (alelos) diferentes de un gen. Si a un cataclismo sobrevivieran sólo los africanos, nuestra especie conservaría aún el 93% de su diversidad, es decir, sólo se perdería el 7% de los alelos que no están presentes en los subsaharianos (Piazza, 1997). Compartimos más del 98% de nuestro genoma con los chimpancés. Del ADN restante, la veinteava parte contiene toda la variación genética humana, y de ella aproximadamente el 85% representa la diferencia entre los individuos de una población, el 5% entre poblaciones de un continente y el 10% entre grupos continentales. En definitiva, sólo el 0,01% del genoma sería asimilable a la idea de “raza” (Romualdi et al., 2002; Bastos Rodriguez et al., 2006) que como ya dijimos se explican, no por diferencias raciales, sino de adaptación de las poblaciones a los ambientes en que evolucionan.

LA IDEA DE CRISOL Es una afirmación muy extendida que en nuestro país se habría dado un extenso proceso de entrecruzamiento, resumido en la idea de Crisol de Razas. Si nos abocamos ahora al primer término, en el diccionario de la Real Academia Española se señala que Crisol es un recipiente hecho de material refractario, que se emplea para fundir alguna materia a temperatura muy elevada o bien, la cavidad que en la parte inferior de los hornos sirve para recibir el metal fundido. Aplicada a las poblaciones humanas, esta analogía lleva implícita la idea positiva de que se produce una convivencia armoniosa, o incluso una unificación a través de la miscegenación que puede producir con el tiempo, y extendiendo la metáfora de la aleación, una homogeneización de los componentes previos en una mezcla génica que tienda a la uniformidad. ¿Esto ocurre y ha ocurrido en nuestro país? Si se responde positivamente, ¿en qué medida, cuándo y entre quiénes?, ¿ha sido entre europeos, amerindios y africanos, o mayoritariamente por parte de los grandes grupos continentales entre sí?, ¿si ocurrió el mestizaje, en qué medida implicó una armonía y en cuál una imposición forzosa? Claudia Briones (2005) señala que la versión dominante del “crisol de razas a la argentina” se ajusta a la idea expresada por la frase atribuida al escritor mexicano Octavio Paz “los peruanos descienden de los incas, los mexicanos de los aztecas y los argentinos de los barcos”. De esta manera se trazan distancias nítidas respecto de los “aindiados hermanos” de ciertos países latinoamericanos en base a un ideario de nación homogéneamente blanca y europea, y en un plano nacional se silencia internamente la existencia de los pueblos indígenas y también la de los afro-descendientes argentinos, pues las poblaciones asociadas a un remoto pasado africano ligado a la esclavitud no encuentran cabida alguna en un “venir de los barcos” que parece acotarse a los siglos XIX y XX. En relación a esto, la autora señala que, a diferencia de otros países latinoamericanos, en Argentina el mestizaje ha tendido a quedar definido por una lógica de hipodescendencia, que hace que la categoría considerada “inferior” tienda a absorber a la


mezclada y que el mestizo esté categorialmente más cerca del “indígena” que del “no indígena”, y continúa “…pareciera que la articulación de raza y clase opera en sentido inverso a los EEUU. Sin importar la clase social, en el país del norte una gota de sangre negra o india lleva a considerar la descendencia como pertenecientes a esos grupos. En Argentina, en cambio, el blanqueamiento ha sido posible para indígenas y afro-descendientes. Así, la posibilidad de una movilidad de clase ascendente facilitó y fue a la vez facilitada por la posibilidad complementaria de “lavar” pertenencias y elegir como punto de identificación al abuelo menos estigmatizado”. Lo destacable es que la racialización que este rótulo connota, continua Briones, no admite fáciles equivalencias. A diferencia de los EE.UU., jamás el “cabecita negra” ha sido proclamado como categoría completamente separada o segregable mediante apartheid –como los afroamericanos hasta mediados de siglo–, o por el contrario, para reivindicar “su” diferencia –como los afroamericanos en la actualidad–. Se reúne en una misma categoría personas con diferentes ancestrías (indígenas, afro-descendientes y formas variables de mestizaje) que tienen en común ser no blancos “puros”, es decir, es una categoría formada por oposición, por un no formar parte. En los estudios “clásicos” aludiendo a las ideas del crisol de razas o del pluralismo cultural, los objetivos fueron enfocados prioritariamente en el análisis de las pautas matrimoniales (Germani, 1966, Szuchman, 1977). Pero en esta idea de la población constituida fundamentalmente por españoles, italianos, otras minorías de inmigrantes y sus descendientes no eran considerados los grupos que formaron parte del sustrato más antiguo y que caracterizaron la población de la época colonial: los indígenas, los africanos y las mezclas resultantes del cruzamiento entre ellos, así como con la población “española”. Especialmente ausente estaba la población africana, de la cual aparentemente no quedaban vestigios en la configuración física de la población argentina así como tampoco se había considerado su activa presencia en la documentación histórica. Pero esa misma documentación pone en evidencia que tanto el componente africano como el indígena han perdurado a través de una enorme y diversa población mestiza que ha llegado hasta la actualidad, siendo parte constitutiva tanto de nuestro acervo cultural como biológico. En este último aspecto, en los últimos años los trabajos de genética antropológica realizados con muestras de diversas poblaciones argentinas han revelado que sus genes continúan estando presentes hoy (Colantonio, 2006).

LA ANTROPOGENÉTICA. LA ANCESTRIA EN BRASIL Y ESTADOS UNIDOS La Antropogenética o Antropología Molecular se ha enfocado en las minoritarias partes del genoma que varían a nivel poblacional y que nos permiten estudiar la diferenciación humana. Un país que se ha convertido en un destacado escenario para ello es Brasil, tanto por su historia de miscegenación entre pueblos originarios, europeos y africanos como por la gran cantidad de trabajos de importancia realizados sobre el tema. En un interesante artículo Carvalho-Silva et al. (2001) analizaron 250 varones brasileños autoasignados como blancos, por lo que se supondría una ancestría europea, encontrando que eso podía ser cierto en lo que respecta al cromosoma Y, pero en cuanto a los linajes maternos (ADN mitocondrial) los resultados fueron sorprendentes por la alta prevalencia de haplogrupos de origen amerindio y africano, un 33 y 28%, respectivamente. Por su parte Parra et al. (2003), demostraron que no había una relación directa entre la clasificación morfológica y biológica en poblaciones con una profunda historia de miscegenación como la brasileña. En su estudio se clasificó por su aspecto fenotípico a las personas en “blancos, intermedios y negros”, y luego se analizó genéticamente su ancestría con 40 marcadores repartidos por todo el genoma -y no sólo aquellos que inciden en el aspecto y color de la piel como la melanina, codificado probablemente


sólo 6 genes (Rees, 2003). Esto se vió ejemplificado en otro artículo (Suárez-Kurtz, 2008) donde las personas muestreadas se autoclasificaron como “blancas”, “mulatas” y “negras”, pero la proporción de ancestría europea fue del 86%, 68% y 43%, respectivamente. Un hecho muy interesante fue que considerando estos marcadores dispersos por el genoma y no sólo aquellos que codifican para el color de la piel, algunos individuos “blancos” tenían más ancestría africana que ciertas personas “negras”, y viceversa, concluyéndose que en el contexto de ese país, el color de la piel era un débil predictor de la ancestralidad, y la percepción sociocultural de la raza no tenía un claro correlato biológico. Emplear una categoría de color de la piel, que en la práctica además incluye también el tipo de pelo, nariz y labios, puede ser considerado como el equivalente brasileño de la categoría de raza utilizada en Estados Unidos, (Telles, 2004). La razón de esta preferencia puede deberse a que permite captar mejor la continuidad de los fenotipos de la población brasileña, donde no se suelen utilizar reglas “raciales” de clasificación de la descendencia, pues las personas que se autoclasifican como blancas, negras y mulatas asumen tácitamente su gran miscegenación, no implicando esas categorías “pureza de sangre”, si no sólo el aporte principal (Santos et al., 2009). En contraste con la población “blanca” de los países latinoamericanos, sólo un 3% de los “blancos” estadounidenses estudiados tenían ancestría africana o amerindia. Para explicar esa discrepancia Gonçalves et al (2007) proponen que las prácticas sociales en Estados Unidos y Latinoamérica son distintas, utilizando un criterio de descendencia en los primeros y de apariencia en los segundos. El cruzamiento asimétrico por sexo parece implicar principalmente a europeos y subsaharianos en EEUU. En un reciente estudio en Filadelfia, se observó que los afronorteamericanos tenían un 9% de ADN mitocondrial y un 31% de cromosomas Y de origen europeo. Los “blancos” estában menos mestizados, con valores del 7% y de 1%, respectivamente (Stefflova et al., 2012). Estos resultados son muy similares a los obtenidos por otros investigadores, quienes detectaron además alrededor de un 20% de aporte de genes autosómicos europeos en los afronorteamericanos (Lind et al., 2007). Recordemos que el tipo de colonización en Norteamérica se basó principalmente en la introducción de familias de colonos, los cuales en general no se mestizaron con grupos autóctonos. Con la introducción de esclavos africanos, también se produjo el proceso de cruzamiento asimétrico por género, pero implicando en este caso no a los pueblos originarios, sino a europeos y subsaharianos, especialmente en el sur donde había plantaciones de tabaco y algodón. Por el contario, en el modelo de colonización ibérico el mestizaje comenzó desde el inicio, con el arribo de los primeros conquistadores en 1492. Estas expediciones estaban compuestas en una amplia mayoría por varones, con lo cual se inició también el cruzamiento diferencial, generalmente entre hombres españoles y portugueses con mujeres autóctonas. Muy pronto, ante la alta mortalidad de los habitantes nativos producto de las duras condiciones de explotación, comenzó la introducción de esclavos africanos. Estos tres componentes están presentes prácticamente en toda Iberoamérica, pero existen importantes diferencias regionales, dadas en primer lugar por las cantidades relativas de migrantes europeos, de población pre-colombina y de esclavos, y luego por la intensidad y dirección del proceso de miscegenación ocurrido.

LOS DATOS GENÉTICOS Y DEMOGRÁFICOS EN LA CONFORMACIÓN DE LA POBLACIÓN ARGENTINA.


Después de habernos extendido en el análisis de la noción de crisol de razas, y haber considerado la situación en el Brasil, con una historia muy diferente a los Estados Unidos, vamos a ver cuál es la situación en nuestro país. Para ello es pertinente comenzar con una breve contextualización histórica. A la llegada de los españoles, en lo que actualmente es Argentina había una densidad de población autóctona mucho mayor en el norte, particularmente el noroeste donde las comunidades practicaban la agricultura intensiva existiendo concentraciones demográficas mucho mayores respecto al resto del país. Por otra parte hasta 1880 casi dos terceras partes del territorio, la Patagonia en el sur y el Chaco en el norte (habitados principalmente por cazadores recolectores) permaneció en poder de sus habitantes originarios. La pre-existencia del componente autóctono y el posterior mestizaje entre comunidades autóctonas y europeos provenientes de la Península Ibérica suele reconocerse, aunque ya vimos, se tienda a subestimar, pero ¿qué se sabe de la presencia subsahariana? La profundidad temporal del mestizaje es considerable, y existen numerosas fuentes que dan cuenta de ello. A título de ejemplo, podemos citar al mismo Charles Darwin (1977), quien al cruzarse con las tropas del General Rosas que estaba en campaña contra los aborígenes, además de afirmar que “nunca se ha juntado un ejército que se parezca más a una partida de bandoleros” señalaba que “casi todos los hombres son de raza mezcla, casi todos tienen sangre negra, india y española en las venas”. Lo cierto es que el componente subsahariano fue muy importante durante la época colonial, si bien no tan numeroso como en Brasil y el Caribe. A excepción de la Provincia de Jujuy, en el resto del noroeste argentino diversos factores (los traslados forzosos, la explotación, las epidemias) contribuyeron a la marcada disminución de la población indígena y la consiguiente importación de esclavos africanos. Al no existir la economía de plantación, éstos fueron distribuidos en pequeños grupos en las estancias lo que favoreció el mestizaje, fenómeno bastante común, pues era la única forma de asegurar la reproducción biológica (Lorandi, 1992). En 1778 se realizó un censo en el Virreinato del Río de la Plata, en él un 44% de la población de Córdoba y más de la mitad de la del actual Noroeste Argentino fue clasificada como africana, zamba y/o mulata. Diversos análisis etnohistóricos nos previenen que no deben tomarse esos datos como una verdad incuestionable pues muchas veces las categoría utilizadas diferían en las distintas fuentes (censos, registros parroquiales, expedientes judiciales). Por ejemplo en 1789, en el informe de Alejandro Malaspina se consideró la categoría de mestizos (ausente en 1778 y que parece haber estado incluida de hecho en ese grupo), explicándose así las dos terceras partes de dicho 44%, seguidos por los mulatos, siendo los negros “puros” sólo el 2,7% de la población total (Gil Montero, 2005). La gran diferencia entre ambos casos nos remiten a la dificultad clasificatoria debido a un mestizaje bastante extendido. Por ejemplo, al analizar los registros parroquiales (Boixadós y Farberman, 2009), se observó que se anotaban como mestizos a los hijos de tres tipos de uniones diferentes (español x indio, español x mestizo e indio x mestizo) y como mulatos a otros tres casos distintos (español x mulato, mestizo x mulato e indio x mulato). Otro factor que puede estar actuando es el intenso proceso de "pasaje de la línea de color" como han denominado algunos autores a la aspiración de los integrantes de las castas por “blanquearse” todo lo posible mediante matrimonios exogámicos que les permitiera acercarse hacia los grupos mejor conceptuados. Los varones esclavos muchas veces optaban por unirse con mujeres mestizas e indias para que sus hijos fueran libres, pues la descendencia heredaba su condición por vía materna (López de Albornoz, 2003). En Buenos Aires, por su parte, negros, mulatos y zambos superaban el 25% en los censos de 1778, 1810, 1822 y 1838, pero para 1887 se registraba sólo un 1,8% de afroargentinos. ¿Qué ocurrió en el período intercensal 1838-1887 que explique este descenso? Andrews (1989) agrupa en cuatro a las explicaciones tradicionales: a) la abolición del tráfico de esclavos; b) las bajas tasas


de fertilidad; c) la gran mortalidad masculina en las guerras de 1810-1870 y; d) la mezcla racial. Este autor considera que estas explicaciones son ciertas sólo en parte, pues los afroargentinos no desaparecieron sino que se fueron “diluyendo” ante la gran inmigración europea. Morrone (1995), acuerda con el papel preponderante del mestizaje, pero señala que éste se vio favorecido por el gran enrolamiento de negros y consecuentemente, la disminución del número de los varones afroargentinos. Goldberg y Mallo (1993) señalan que su índice de masculinidad cae de 1,15 en 1744 a 0,58 en 1827. Dado que dicho índice era muy alto en la inmigración europea (Cacopardo y Moreno, 2000), esta diferencia numérica entre los sexos de ambos grupos podría haber favorecido en teoría a las uniones interétnicas, es decir el “crisol de razas”. En definitiva, el proceso de mestizaje se inició en el momento mismo de la conquista, pues las expediciones hispanas estaban compuestas fundamentalmente por hombres solos. Desde allí y hasta la irrupción de los grandes contingentes europeos, el componente mestizo, junto al criollo, el indígena y en menor medida el mulato, pardo y africano constituyen el núcleo del pueblo argentino en formación (Martínez Sarasola, 1992). Luego de la Independencia de los países Iberoamericanos en el siglo XIX, se incrementó la inmigración desde Europa. Este proceso fue particularmente intenso en Argentina, lugar elegido como destino para 6.400.000 inmigrantes, siendo el periodo más intenso de afluencia el comprendido entre 1881 y 1914 con el arribo de 4.200.000 personas (Texidó, 2008). En el análisis por nacionalidad surgen los italianos como el grupo más numeroso seguidos por los españoles. Hacia 1910 se observa una diversificación de lugares de origen, con un aumento de los inmigrantes de Europa Central y Oriental y también desde el Cercano Oriente, pero aún en ese escenario tres de cada cuatro extranjeros provenían de las penínsulas ibérica e itálica. Si se considera por regiones, en el centro del país se radicaron la mayor cantidad de extranjeros, los cuales constituían en 1914 el 49% de la población de la Capital Federal, el 35% en Santa Fe, el 34% en la Provincia de Buenos Aires, el 32% en Mendoza y el 20% en Córdoba (Sáez Capel, 2001). Para explicar el efecto de dilución de los afroargentinos, la migración europea puede ser el principal factor en la zona central del país. Pero en otras regiones, cobran mayor importancia las migraciones con un mayor aporte autóctono, como en el caso de Salta, donde desde la época colonial se ha producido un constante flujo poblacional desde el Altiplano (Di Fabio Rocca, 2011). En los años cuarenta, el desarrollo industrial dio impulso a las migraciones desde el campo a la ciudad y también, desde el norte argentino y países vecinos hacia el centro del país, particularmente a Buenos Aires. Entre los años 1947 y 1960 dos tercios de los migrantes internos se radicaron en esta ciudad (Torrado, 1992). Si bien existe un lugar común que dice que la población argentina es de origen fundamentalmente europeo, a partir del contexto poblacional muy brevemente presentado resulta relevante analizar en qué medida esto es cierto. Un segundo aspecto a considerar es que en un país de gran extensión y diversidad como el nuestro, no puede extraerse una conclusión general sin abordar la existencia de diferencias regionales.

¿CÓMO ESTÁ COMPUESTA LA POBLACIÓN DE ARGENTINA? Realizar un análisis acerca de la composición de la población de nuestro país implica poner en juego una serie de connotaciones que hacen a la propia percepción de lo que somos, a nuestra identidad, intentando problematizar lo que prejuicios, mitos y creencias dan por cierto. En diversas fuentes de información aparecen estimaciones muy exactas, por ejemplo el Diccionario Enciclopédico Clarín (1997) afirma que el 85% de la población es de “raza blanca” y origen europeo, el 10% mestizo y el 5% amerindio, no registrándose aporte africano. Esto es extensible a


numerosos libros de texto y manuales escolares en los que, como en este caso, generalmente no se incluye el origen de los datos, quedando así oculta la metodología empleada en su elaboración y por consiguiente, fundadas dudas sobre si en realidad se ajustan a la situación actual o responden al mito de un país blanco de descendientes de europeos y distinto al resto de Latinoamérica, pues generalmente se subestima el componente autóctono y se niega el africano. Ante esta situación, desde 1996 comenzamos a desarrollar en la Sección de Antropología Biológica de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) el estudio de diversas poblaciones cosmopolitas de nuestro país. El enfoque antropogenético empleado tiene la finalidad de aunar la información histórica y demográfica con la obtenida a partir de la determinación de marcadores genéticos, para analizar la composición de nuestra población a partir de una metodología debidamente explicitada. La información genética obtenida por nuestro equipo será presentada, en primer lugar con los datos correspondientes a los marcadores biparentales que se heredan de ambos padres y luego se procederá a exponer los obtenidos para los marcadores uniparentales: el ADN mitocondrial y el cromosoma Y, heredado por las líneas materna y paterna, respectivamente. Recordemos que un marcador genético o marcador molecular es un segmento de ADN con una ubicación física identificable (locus) en un cromosoma y cuya herencia genética se puede rastrear. El estudio de los marcadores autosómicos nos permite inferir la mezcla génica promedio, es decir cuál es el aporte parental al acervo génico de una población híbrida. En la ciudad de Buenos Aires, a mediados del siglo XX las frecuencias génicas registradas para los sistemas ABO y Rh eran similares a las observadas en España e Italia, en concordancia con las migraciones recibidas de ese origen (Palazzo y Tenconi, 1939; Etcheverry, 1949). Pero a medida que se sucedían las migraciones desde el norte argentino y países vecinos, se observó en muestras hospitalarias el aumento del grupo O y del factor Rh positivo, los cuales tienen una prevalencia cercana al 100% en sudamerindios (Avena et al., 1999). Hemos analizado 1181 muestras de dadores de sangre no emparentados de Servicios de Hemoterapia de hospitales públicos y privados del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA, n=427), Bahía Blanca (BB, n=183), Rosario (ROS, n=100), Comodoro Rivadavia (CR, n=72), Esquel (ESQ=59), Salta (n=210), y de residentes en el AMBA, pero provenientes del Nordeste Argentino (NEA, n=98) y Cuyo (n=32). Considerando los marcadores autosómicos se observó un patrón regional, con un mayor aporte europeo en el centro del país, el componente autóctono por su parte fue superior en las muestras del sur y norte, particularmente en Salta, donde también se registró el mayor flujo génico desde poblaciones subsaharianas, que presentó un rango del 2 al 6% (Fig. 1).


100% 90% 80% 70% 60%

Europeo

50%

Amerindio

40%

Africano

30% 20% 10% 0% AMBA ROS

BB

CR

ESQ

SLT

NEA CUYO

Figura 1. Porcentaje de mezcla génica de las muestras estudiadas. Pueden apreciarse dos hechos muy importantes, el primero es la presencia de un mayor componente autóctono de lo comúnmente aceptado (en Salta es inclusive el predominante), y el segundo es la comprobación de la existencia de aporte africano. En la ciudad de La Plata, Martínez Marignac et al. (2004) observaron un 26% de aporte indígena y un 6% de africano. En el noroeste de nuestro país han sido detectados valores superiores de contribución autóctona (40%) y africana (10%), utilizando marcadores de HLA (Sistema de Histocompatibilidad)en muestras de Jujuy, Salta, Tucumán, Santiago del Estero, Catamarca y La Rioja (Alfaro et al., 2005). Seldin et al. (2007), a partir del estudio de 78 SNPs, calcularon en 19% el componente aborigen y en 2% el subsahariano, según los autores para todo el país, pero en realidad son ciudades de la Pampa Húmeda. Sin embargo, el reducido tamaño de la muestra (94 individuos) no resulta adecuado para dar cuenta de las diversidades regionales. Los marcadores genéticos autosómicos posibilitaron estimar el grado de mezcla génica, pero no la dirección del flujo génico. Por el contrario, el estudio de los linajes uniparentales nos permite analizar si existe cruzamiento diferencial entre grupos de distinto origen. Para ello se estudia si existe una contribución desigual, considerando los linajes amerindios, europeos y africanos, entre el ADN mitocondrial y la región no recombinante del cromosoma Y, transmitidos por vía materna y paterna, respectivamente. En ese sentido, se analizaron los haplogrupos mitocondriales A, B, C y D, considerados amerindios (Bailliet et al., 1994). Pudieron asignarse a este origen el 43% de los linajes del AMBA, el 47% de BB, el 70% de CR, el 78% de ESQ, el 84% de Sal, el 75 de NEA y 60% de Cuyo. Se determinaron también los haplogrupos subsaharianos L1 y L2, encontrando un 0,7% en AMBA, 1,3% en BB, 1,4% en SAL, no detectándose en las otras muestras poblacionales. Se observa que por línea materna más de la mitad de la población tiene un ancestro aborigen (Figura 2).


90 80

Cr. Y (QM3) ADN Mitocondrial

70 60 50 40 30 20 10 0 AMBA

ROS

BB

CR

ESQ

SLT

NEA

CUYO

Figura 2. Linajes uniparentales amerindios paterno (Cr. Y) y materno (ADN mitocondrial) en las poblaciones cosmopolitas estudiadas. Para evaluar lo que ocurre con la línea paterna se estudió en el cromosoma Y (que se transmite sólo de padres a hijos varones) la presencia del haplogrupo QM3. Se trata de un excelente marcador indígena dado que dicha variante tiene una prevalencia superior al 90% en amerindios del Cono Sur y es nula su presencia en europeos y africanos (Bianchi et al., 1997). Los menores valores correspondieron a las muestras del centro del país y los mayores al sur y al norte argentino (Figura 2). Los linajes europeos resultaron predominantes en todo el país y los subsaharianos muy escasos, marcando también el cruzamiento asimétrico por género y grupo continental de origen (Parolin et al., 2009). Al analizar los marcadores uniparentales en conjunto se aprecia un marcado desequilibrio, pues los linajes mitocondriales amerindios, que como ya dijimos se heredan por línea materna, presentan valores muy superiores a los observados para el cromosoma Y, lo que se corresponde con un cruzamiento asimétrico. ESQ presentó el valor más alto de linajes paternos amerindios (23%), lo que podría explicarse en el hecho histórico de que la Patagonia Andina fue de los últimos territorios en ser incorporados al Estado Nacional, por lo tanto las comunidades autóctonas pudieron conservar durante mayor tiempo su autonomía y endogamia. Es decir que hubo menos tiempo para este cruzamiento diferencial por sexo. La mayor presencia del linaje uniparental materno nativo ha sido observado también en otras ciudades de nuestro país. En ese sentido es interesante mencionar los trabajos de Martínez Marignac et al. (1999, 2004) en La Plata, García y Demarchi (2006) sobre dos poblaciones criollas cordobesas, Ramallo et al. (2009) en un aislado rural de Catamarca y de Corach et al. (2010) en muestras de diez provincias argentinas. El trabajo de Dipierri et al. (1998) en la Capital de Jujuy y en Humahuaca, evidenció que la introducción de haplogrupos europeos en los cromosomas Y estudiados era mucho mayor en las tierras bajas respecto a las altas. Asimismo el cruzamiento asimétrico fue detectado también en otros países de Sudamérica, como Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala y México, corroborando que el proceso de cruzamiento diferencial por género fue la regla en Iberoamérica (Wang et al., 2008).


LA ANCESTRIA INDIVIDUAL Un aspecto sumamente importante para entender el proceso de mestizaje es la determinación de cómo se distribuye la mezcla génica en una población, si, por ejemplo, el aporte africano está disperso entre muchos individuos o por el contrario concentrado sólo en unos pocos. Para ello, en colaboración con la Dra. Laura Fejerman (del Departamento de Medicina de la Universidad de California) estudiamos 112 polimorfismos de sustitución de nucleótidos (SNPs), bialélicos, que aportan información sobre la proporción de aporte europeo, africano e indígena en cada individuo. A nivel regional, el aporte autóctono resultó mayor en el norte y el sur del país, mientras que el subsahariano se incrementó de sur a norte. Estos datos concuerdan con los resultados obtenidos a partir de los marcadores genéticos autosómicos. Sin embargo, el objetivo principal de este estudio fue el de obtener información sobre la mezcla génica individual de los donantes. Se seleccionaron 441 personas de las ya estudiadas para la mezcla poblacional, las cuales variaron del 0 al 100% de ancestría europea y amerindia, pero del 0 al 35% de subsahariana (Figura 3). Un hecho sumamente interesante fue que la mayor parte de las personas muestreadas tienen más de una ancestría, y según los resultados preliminares hasta un sexto de ellas tendría un detectable aporte africano, aunque como ya se dijo, ninguna supera el 35% de componente subsahariano, lo que nos indicaría una miscegenación de antigua data (Avena et al., 2012).

Figura 3. Ancestría individual de los 441 individuos, donde cada uno está representado por una barra vertical sobre el eje de la X. Las personas con 100% de ancestría europea están en gris claro a la izquierda del gráfico, y las de 100% ancestría amerindia en gris oscuro a la derecha. La ancestría subsahariana se presenta en negro, con un grado de dispersión mayor (reproducido de Avena et al., 2012).

Además, se observaron importantes diferencias regionales. Por ejemplo en el norte del país, al comparar las muestras del NOA con las del NEA, se detectó a nivel individual, que en la primera las contribuciones europeas y amerindias estaban comprendidas en un rango de variación del 0% al 100, mientras que en el NEA esos valores fueron del 5% al 60% y del 25% al 90%, respectivamente.


Esto indica que el mestizaje fue más intenso en el NEA como lo señala la información histórica, por ejemplo el extenso uso del guaraní, incluso entre personas con poca ancestría amerindia. Recordemos que la corona española intentaba conservar los grupos de europeos, indígenas y africanos como grupos cerrados. Sin embargo, el actual NEA y el Paraguay eran zonas periféricas donde el control colonial era más difícil y se relajaba, por ejemplo el mismo Irala, Fundador de Asunción, repartió su herencia entre los 9 hijos que había tenido con 7 indias (Lucaioli, 2010). Otro hecho importante fue la fuerte correlación entre el origen de los abuelos de cada individuo y su ancestría genómica. La ancestría europea promedio entre las personas con un abuelo europeo era del 80% y del 54% con ningún abuelo de ese origen. Con 2, 3 y 4 abuelos, ese valor fue del 79%, 86% y 91%, respectivamente. De esta manera se observa que el mayor cambio se da entre 0 y 1 abuelo europeo. Esto probablemente refleje el efecto de una elección de pareja no al azar, sino en mayor medida entre personas con un origen similar. La genealogía puede ser un buen predictor de la ancestría, sin embargo se aprecia que con los 4 abuelos declarados como europeos no se llega al 100%. Una parte de ello puede deberse a ruido estadístico, por ejemplo en otro trabajo sobre estadounidenses que se declaran de origen europeo, se llegaba al 93% de ancestría de ese origen, sobre lo que tiene que haber influido la utilización de sólo 24 marcadores (Lao et al., 2010). Pero en parte se trataría de un real aporte autóctono (dos de estas personas tenían un tercio de ancestría amerindia). Debe tenerse en cuenta que en Latinoamérica en general y Argentina en particular, el origen europeo tiende a ser sobreestimado al ser socialmente percibido como más deseable (Avena et al., 2012). A este respecto, hemos analizado el linaje mitocondrial de 1037 personas, 167 de ellas afirmaban que su abuela o bisabuela materna eran europeas, pero el 10,2% de ellas poseían en realidad un linaje materno amerindio y no europeo. Esto puede explicarse en algún caso por una adopción no conocida, pero pensamos que en general puede deberse a una reconstrucción genealógica “europeizada”. Hemos señalado ya que las fuentes históricas y los atlas geográficos estiman un mayor componente europeo que los estudios genéticos. Por último, debe señalarse que el conocimiento real de la composición genética de una población resulta de potencial utilidad en la práctica médica, pues permite considerar factores de riesgo para determinados pacientes en relación a patologías con bases genéticas, las cuales pueden variar su prevalencia en los distintos grupos humanos (González Burchard y Ziv, 2003). Por ejemplo, se ha observado que la enfermedades autoinmunes, melanomas o cáncer de pecho son más comunes en los europeos, la hipertensión o el cáncer de próstata en los subsaharianos, y la diabetes tipo II entre amerindios (Bertoni, 2011).

¿SE HA PRODUCIDO EL CRISOL DE RAZAS EN LA ARGENTINA? Finalmente ha llegado el momento de responder a esta pregunta, pero la respuesta no es sencilla pues deben contemplarse varios aspectos. El mestizaje fue muy activo durante la época colonial, donde el cruzamiento asimétrico por género ocasionó una desigual presencia de linajes autóctonos, con una mayor prevalencia por vía materna respecto a la paterna. Si según lo señalado en la parte introductoria, la idea de crisol implica una convivencia social armoniosa, debemos señalar que la disparidad encontrada en los marcadores uniparentales fue muchas veces el correlato de las relaciones de poder entre los grupos poblacionales de la sociedad colonial, las cuales eran también asimétricas. Puede así entonces afirmarse que en aquel periodo el mestizaje existió, pero sin crisol por ausencia de “armonía”. En la gran inmigración europea había muchos más varones que mujeres, especialmente en el siglo XIX. Sin embargo, parece haber habido una tendencia a conservar la endogamia, por ejemplo


el 90% de las italianas y el 75% de las españolas se casaron con compatriotas, y las restantes solían elegir a otros europeos o descendientes de ellos (Caratini y Avena, 2009). En un reciente estudio (Carnese et al., 2011), se observó que la mayoría de los abuelos de los dadores portadores de linajes maternos autóctonos se casaban con personas de un origen similar (por ejemplo del norte argentino y países vecinos), sugiriendo que el mestizaje habría ocurrido antes de la migración europea, y el aporte autóctono en el acervo génico de la población del AMBA sería principalmente consecuencia, no de uniones mixtas en esa área, sino de individuos ya mestizados en su región de proveniencia. En otra investigación se realizó una encuesta entre las personas que concurrían a anotar a sus hijos a registros civiles de Buenos Aires, observando una alta correlación entre nivel de instrucción, de residencia, nivel socioeconómico y origen de los padres, lo que puede producir una estructuración poblacional a nivel genético (Kristoff et al., 2009). En definitiva, la elección de pareja entre personas con una historia similar tiene como consecuencia dificultar el “crisol de razas”, sobre el cual, basándonos en los datos genéticos y genealógicos, no habría muchos elementos para sostener su existencia.

CONCLUSIONES Los estudios antropogenéticos, en correspondencia con la información histórica y demográfica analizada, evidenciaron por un lado, la presencia de aporte africano en el acervo génico de poblaciones cosmopolitas de nuestro país, y por el otro, que la participación indígena tiene una incidencia considerablemente más importante de lo aceptado habitualmente, tanto a nivel popular como historiográfico y académico. Además, se han observado la existencia de patrones regionales, pues mientras el componente autóctono tiene un peso mayor en el sur y en el norte del país, particularmente en el NOA, el aporte subsahariano presenta mayores prevalencias en el centro y norte argentino. A nivel individual, se observó que la mayor parte de las personas muestreadas tenían más de una ancestría, y según los resultados preliminares hasta un sexto de ellas poseería un detectable aporte africano, aunque como ya se dijo, ninguna supera el 35% de componente subsahariano, indicando un aporte de antigua data de ese componente a la miscegenación. Finalmente, respecto a existencia del “crisol de razas”, a partir de la argumentación expuesta no puede sostenerse a nivel biológico la existencia de las categorías raciales. Además, la diversidad individual y poblacional observada en las distintas regiones del país, la asimetría entre los aportes uniparentales materno y paterno y la conformación de pareja de manera preferencial son elementos en contrario de la metáfora del crisol, donde todos los elementos se mezclan por igual dando un resultado homogéneo.

AGRADECIMIENTOS Los autores queremos agradecer especialmente al Dr. Francisco Raúl Carnese la lectura crítica y los valiosos aportes realizados al presente trabajo, que han tenido como consecuencia una mejora sustancial del mismo. BIBLIOGRAFÍA


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