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R E V I S T A

L I T E R A R I A

E D I C I Ó N E S PE C I A L R E C O PI L ATO R I A 15 DE ABRIL DEL 2011


NOTA DEL EDITOR

D

os años después de su nacimiento, la Revista Literaria Puño y Letra se enorgullece en presentar este, su primer número especial. Sobre lo impreso en portada habría que aclarar: el presente es, antes que un recopilatorio, una celebración. Un homenaje a nuestros lectores, quienes durante esta breve y enriquecedora extensión de tiempo han tomado en sus manos la labor de hacer esta revista tanto al dar inicio al acto literario mediante la escritura como al consumarlo a través de la lectura. A dos años ya de ver aparecer el primer ejemplar de Puño y Letra celebramos esta complicidad maravillosa en la que seres fundamentalmente ajenos se hallan de acuerdo sin haber tenido antes la ocasión de coexistir. La revista que en este momento tienes frente a ti, querido lector, es una reunión de la que tu mismo eres partícipe, un reencuentro con esos seres que comenzaron a gestar estos otros a sabiendas de que tu habrás de terminar su labor. Nuestro papel ha sido siempre, y continuará siendo, únicamente la de intermediarios entre los que inician y los que han de culminar este acto sin par, aquél que se sabe incompleto sin la colaboración. Por todo esto, gracias.

DOS


Índice EQUIPO

Contenido

Director General Francisco Piñón

Relato Breve La casa Las puertas de la muerte Ligues casuales Todólogo

Director Editorial Karla Gaytán Consejo Editorial Cindy Peña Damián Pacheco Adriana Lozano Diseño Editorial y Armado Brenda Cortés Karla Gaytán Nelda Ochoa Diseño y Diagramación de Número Especial Fernando Cantú Sonia Díaz

TRE S

Cuento Jueces 16,30 El asiento trasero Exámenes de próstata El deportivo Poesía Despacio A la orilla Mala suerte Love Boat


Relato Breve

La Casa

Andrea Ríos

A golpe se llegó el silencio y todo sin dudarlo obedeció su mando. De lleno cubrí la sala de aromas frescos. Vislumbré la sombra que era ya tan mía, como esta pausa verbal del alma. Triste casa, antes saciada de vida, ahora pensante aun de tu resonancia. Y largos mis andares, duras mis miradas.

CUAT R O


Relato Breve

Las puertas de la muerte

Bruno Ríos

El olor a muerte invadía los rincones. La funeraria número seis asolaba al pueblo con su presencia. Nunca me atreví a entrar hasta que tuve que hacerlo. No sentía miedo, sino curiosidad con una pizca de negrura. Mi mente decía Eres un morboso, pero yo no lo sentía así. Me acerqué a la puerta con la esperanza de ver lo que quería. No lo vi. La funeraria se encontraba vacía en plena tarde. Yo me imaginaba las almas que rondaban sus paredes derruidas, asechando a cualquier espectador indeseable. Quizá la muerte misma pudo haber espantado a los de fuera, los que no tratan con ella a diario. La vida se acaba en esa puerta, pensé cuando vi los grandes portones de hierro que me separaban de lo desconocido. Entré, aun por curiosidad. El cuerpo de la mujer estaba abierto desde la garganta hasta el vientre y era vaciado. Sentí una mano detrás y pegué un brinco. Qué haces aquí muchacho. Estoy curioseando, contesté levemente mientras veía los ojos fríos del embalsamador. Quieres ver verdad. Sí, me gustaría. El hombre siguió con su trabajo sacando los órganos blandos y drenando la sangre. No podía parpadear. La imagen penetró hasta lo más profundo. La muerte, a mi lado, sentada con sus ojos tristes, me miraba. Eres el primero que no corre, dijo el hombre al terminar. Yo seguía atónito viendo a la muerte. Ambos tomaron mi hombro y dijeron al unísono: ¿Quieres trabajo?

CINCO


Relato Breve

Ligues casuales

Tomás Guillermo Desmond Bravo

Estuvimos bromeando algunos minutos; me dijo que era muy bueno escuchando y conversando pero no había mencionado detalle alguno de mí, a lo que respondí: “Si me preguntas, me considero bastante simpático.” Soltó la risa y cuando se detuvo me miró a los ojos. Estábamos en mi sala, sentados en el sillón blanco. No sé realmente que pasaba por su mente, pero ella simplemente recostó su cabeza en mi brazo derecho y puso su palma en mi pierna. No dudé ni un instante, “¡ese era el momento!”, me dije. Con mi otra mano tomé su rostro y antes de besarla vino a mi cabeza una sola cosa, la primera frase que me dijo hace apenas un par de horas, después de conocerla, “Mi novio y yo llegaremos vírgenes y fieles hasta el altar.”…

S EI S


Relato Breve

Todólogo

Manuel García Jurado

Tras un par de ingeniosos dobleces –la proa hacia la popa, el mástil sobre sí mismo– el capitán se convirtió en piloto de un avioncito de papel.

SI ET E


Cuento

Jueces 16, 30

Javier Romo

Las puertas se abrieron de golpe. La luz le lastimaba los ojos y se acurrucó más entre la enmohecida paja, pero los guardias procedieron a agarrarlo y arrastrarlo por la fuerza. Su estado era patético: el cabello largo y enmarañado le caía sobre el rostro en pequeños mechones, y las ropas, hediondas y carcomidas por los insectos, dejaban entrever la costra añeja y la carne magullada. Los guardias lo golpearon y le escupieron una última vez en la penumbra. Hicieron que se irguiera y lo escoltaron por aquel inmortal pasillo. Él intentó hablar una vez más, pero apenas contaba con las fuerzas necesarias para mantener en balance sus dos piernas. Sus ojos todavía no se habían acostumbrado a la luz, y tal vez nunca lo harían, pensó. Un mal paso y cayó de bruces contra el suelo. Los guardias parecían contentos. Después de propinarle varias patadas en las costillas le mandaron levantarse. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, un hueso más se encontraba roto. Tanteando la pared, por fin pudo erguirse y continuar el recorrido de forma vergonzosa. Ahora extrañaba su celda, que, como en todos los principios, había aborrecido tanto y que después se fue acostumbrando lentamente a ella, como un achaque más del cuerpo. El verde. Lo recordaba de cuando lo habían encarcelado. El piso era verde pálido y encontró algún consuelo en remembrar ese hecho. No podía recordar las lisas paredes ni el inasible techo, por lo que mantenía la cabeza siempre abajo y al frente, tratando de que su memoria compensara lo que sus ojos se negaban a enseñarle. Entonces cayó por segunda vez, ahora los guardias no fueron benevolentes. Con las firmes botas, le fracturaron ambas manos y todos sus dedos, y entre

OCHO


Cuento bufonescas risas, le ordenaron que se irguiera de nuevo. El dolor le hizo olvidar su ceguera y su cansancio, se levantó de nuevo y continuó el sendero. Había recorrido ya más de la mitad del estrecho pasillo; ya alcanzaba a oír la algarabía de la muchedumbre en la plaza donde había sido condenado. Pero lo cierto es que no quería que acabara de esa forma, debía de intentarlo una última vez, una última vez para hacerlos entrar en razón, para pedirles que no lo matasen. Deseó hablar, mas de su boca sólo salieron balbuceos. Los guardias se rieron, y lo empujaron contra las paredes. En ese momento ya eran palpables las vibraciones que la hora de afuera generaba, sabía que se le acababa el tiempo. Volvió a intentar hablar, y de nuevo fue empujado. Esta vez no pudo balancearse y por tercera vez cayó al suelo. Los guardias lo injuriaron a gritos, y lo acometieron con una sadismo previamente inexistente, por lo que intuyó que ya estaban casi al final del pasillo y sus siluetas eran en parte visibles. Le ordenaron nuevamente que se irguiera y le fue imposible. Al ver que ya ni el dolor era efectivo, lo arrastraron por los brazos hasta la entrada del templo. El ruido era ensordecedor, oía por doquier insultos a su nombre y alabanzas a un dios que no conocía. Sin embargo, tenía una muy nítida imagen del templo. Incontables veces lo había visto antes de ser sentenciado. Su tamaño nunca había dejado de impresionarlo; así como, en el centro, la estatua de un ser grotesco, con el cuerpo alongado y el rostro anguloso en extremo, y al igual que todas las deidades, frío e indiferente como los astros. Su explanada, siempre abarrotada por la incontable muchedumbre, se extendía hasta lontananza, y las tinieblas del interior sólo invitaban a la especulación de sus dimensiones. La arquitectura parecía en su mayoría clásica, aunque sabía que aquella gente no tenía ningún conocimiento del mundo

N UE V E


Cuento griego. La piedra grisácea del que estaba hecho le resultaba desconocida, pero recordaba que era hermosa a la vista y suave al tacto. Su remembranza fue interrumpida de golpe, toscamente lo llevaron hasta las dos columnas centrales y lo amarraron a ellas de brazos y piernas. Reconoció de inmediato la rústica voz, era la voz del que fungía como jefe, era la misma que se rió de él desvergonzadamente con cada argumento de su defensa, era la que ahora se dirigía hacia la multitud con un discurso de triunfo y festejo. Llegó la hora de la ejecución y todos se quedaron callados para disfrutar del momento. Entonces él encontró fuerzas para hablar. Ya no balbuceó, y con voz de león vociferó que no lo matasen, que era imprescindible su existencia. La horda, como siempre, enfureció de golpe. Su petición fue ahogada, y su convicción como incontables veces, se derrumbó por completo. El jefe ordenó por fin la ejecución, y el barullo de las infinitas voces hizo que las paredes temblasen. Derrotado, se cuestionaba en silencio por qué la muerte de un hombre implica la muerte de todos los hombres. Entonces sintió el frío cuchillo, clavándose en su nuca, sintió desprecio y lástima por todos ellos, y sintió su gemido, que súbitamente invadió el templo y se impuso ante el caos de todos los que presenciaban su muerte. Al despertarse, el universo se desvaneció de nuevo.

DI EZ


Cuento

El asiento trasero

Mauro Gallardo

Estoy sentado en el asiento trasero del auto, es una tarde normal de un día normal, veo como fondo los postes pasar en un permanente deja vù, que sólo es interrumpido por el paso en el horizonte de alguna montaña. Me gustan estos autos viejos. Aunque son más ruidosos, ciertamente son mucho más espaciosos en sus asientos traseros. Ni siquiera he prestado atención a quién es el encargado de conducir en esta ocasión, sólo sé que yo fui el último y que estaba cansado, por eso pedí cambiarme al asiento de atrás, porque quería recostarme un momento y también porque esperaba que tú también te quedaras en el asiento de atrás y pudiéramos observarnos un poco más. Desde que subiste al auto he intentado plantar mi mirada sobre ti, pero no es tan sencillo cuando uno tiene la obligación de fijarla en el camino y en los instrumentos detrás del volante. No obstante, aquí, en el asiento trasero contigo, puedo fijar, sin problemas, la mirada todo el tiempo sobre ti. Estás recargada en la puerta, con las piernas estiradas sobre el asiento. Puedo ver tus pies desnudos, a mí también me encanta estar descalzo, ¿será que mis pies se sienten presos dentro de cualquier par de zapatos? ¿O será que me gusta verlos y poder mover libremente mis dedos? No lo sé, lo que sí sé es que en cuanto subí al auto he quedado descalzo, lamentablemente, mis pies se ven intimidados por la belleza de los tuyos, pero bueno, ¿qué se le va a hacer? Es obvio que los pies de mujer son mucho más bellos y delicados que mis defectuosas extremidades. No importa por qué, pero has sonreído al verme descalzo y sin decir una palabra has recogido tus pies, que

ONC E


Cuento ocupaban más allá de la mitad que legalmente es considerada ahora mía, como haciendo una invitación a que, al igual que tú, me recargue en la puerta y me ponga en la misma posición que tienes. Poco a poco voy acercando mis pies hacia los tuyos, llego a la frontera imaginaria que existe justo a la mitad del asiento, demarcada por las costuras sobre la tapicería de piel. Tú, atentamente observas mis movimientos y justo en el momento en el que cruzo la línea divisoria, tu cara refleja una actitud de asombro ofendido y, esbozando una sonrisa, acercas violentamente tus pies hacia los míos intentando que emprenda la retirada de tu territorio hacia la mitad que por derecho me pertenece, no lo hago, he decidido conquistar tu mitad. Puede ser que tus pies sean más bellos y que tengas un par de piernas que distraen, pero ciertamente mis pies son más fuertes que los tuyos. Tus pantalones cortos de pronto me dejan ver tu ropa interior y me quedo paralizado, siento un piquete justo un centímetro debajo del ombligo, creo que es para que ponga atención en la prenda que tu posición ha develado. En toda tu inocencia aprovechas que me he quedado atónito y me atacas empujando mis pies al interior de mi territorio, devuelto el ataque de igual manera; sin embargo, puedo notar cómo el apoyarte en la puerta del auto te ayuda, así que hago lo mismo. Puedo ver cómo la tarde normal y el constante deja vù de los postes ahora se han transformado en un atardecer muy particular. Entre la lucha contigo y las miradas que cruzamos, me doy tiempo para observar las miles de tonalidades rosas que el cielo despliega, ¡y yo que creía que el cielo era azul! ¿O será que tú cambias el color de las cosas? Me encanta ver tu sonrisa, lo que más me gusta de todo esto es pensar que tan sólo hemos cruzado un par de palabras, nuestros nombres acompañados de sonrisas y saludos.

DOCE


Cuento Tú sigues aventando mis pies con los tuyos y yo apoyándome en la puerta detengo tu avance y gano un poco de territorio perdido. He conseguido llegar a la costura fronteriza, de pronto un fuerte ruido en el exterior hace que todo el auto se cimbre. Al parecer, quien conduce ha metido una llanta en un bache, todo sucede en un segundo, volteo hacia ti, veo tu sonrisa desvanecerse y siento cómo me quedo sin apoyo, la puerta en la que estaba recargado se ha abierto, tus pies ahora me empujan hacia el pavimento de la calle. Ojalá que todos pudieran saber que lo último que veo es ese cielo con miles de tonos rosados, con las nubes en ese aspecto de algodón, lo último que escucho son tus gritos que ahora suceden a tus risas inocentes, que se han vuelto eternas en mí. Lo último que siento es tu mano intentando tomar mi pie. Todo pasa tan rápido que no me da mucho tiempo para penar en mi vida. ¿Será qué he vivido lo suficiente como para vivirlo todo? Veo por última vez esos tonos rosados y después, nada.

TRE C E


Cuento

Exámenes de próstata

Rodrigo de la Garza

No sólo se dio cuenta a sus cuarenta años del vacío existencial que había tenido a lo largo de su vida, sino que también se dio cuenta que estaba perdidamente enamorado de su proctólogo. No había manera más sutil de explicarlo: era aquella cosa que lo llenaba por dentro, lo inflaba como globo de puro nervio y cosquilleo todas las veces que iba a revisarse la próstata; y aunque fuese amor, era mucho más a la misma vez. Era aquel prolongado dedo que se salía de plano de la mano del médico. Lo mataba, el doctor Gómez lo mataba. Nunca había pensado que el amor lo encontraría en un consultorio, por cierto, era el único de la ciudad que en verdad se parecía a un consultorio. Era tan modesto, tan simétrico, con un juramento Hipocrático colgado en alguna parte de aquel conglomerado de vastos títulos y fotos familiares. Pero lo que realmente lo hacía consultorio era el blanco, una estancia monocromática donde lo único que relucía por el color eran las fotos familiares: él con sus dos hijas, él de pesca, él sentado en un sillón. Lo demás era modesto en cuanto al color: el escritorio, las paredes, los títulos, la piel del doctor Gómez, un doctor lánguido y tenue, con la nariz punteada y el pelo negro, con unos dedotes que le llegaban casi a las rodillas. El Dr. Gómez se equivocó de vida, pensaba Leónides, seguro se equivocó. Su vida sería más bonita si fuera, por ejemplo, mi novio. El doc trabajaba de nueve de la mañana a seis de la tarde, era un trabajador impecable, lo reconocía, pero ¿a qué jugaba cuando lo revisaba? ¿Por qué últimamente el doc empezaba a negar las revisiones? Es cierto, ir a que le revisen a uno la próstata todos lo días después de comer es un tanto

CATOR CE


Cuento exagerado pero, al fin de cuentas, lo hacía porque nada más lo podía llenar. Todo vacío se tapa con algo, el tamaño del vacío es directamente proporcional con lo que se va a tapar. Ahí la justificación de sus constantes visitas, ahí la justificación de la búsqueda de la felicidad; o si no, entonces, la búsqueda de omisión al vacío, la pesquisa que, inconscientemente quizás, emprendió a lo largo de los cuarenta años sin ningún éxito considerable obtenido. Por eso se armó de valor, por eso le fue a decir todo lo que sentía, por eso le dejó de importar el mundo en el momento que entendió que el mundo no valía de su atención sin el Dr. Gómez a su lado, en una casa allá por California, junto al mar, comprando comida orgánica, juntándose con gente esnob, fumando de vez en cuando un churrín de marihuana, todo en un plano sano, pero con el Dr. Gómez y sus maravillosos dedos. De hecho, California, los vinos, las parafernalias, la mota, todo eso se podría omitir, podría sacarle la vuelta, todo con tal de tener aquellas manos, aquellos dedos, los dedos del amor. Y el consultorio se proyectaba como un reflejo de los años contantes del doctor, de su vida devota al status quo y a la rutina. El consultorio era tan impecable que Leónides prefería decírselo en otro lado, en otro tiempo que no fuera de nueve a seis. Que podría hacerlo, pero no lo concebía por dos razones: la primera era que Leónides era ajeno a cualquier otro ámbito de la vida del doctor que no fuesen los exámenes de próstata que éste le practicaba; la segunda razón era por los mismos exámenes de próstata: eran moralmente impracticables en otro lado que no fuese su consultorio; y un examen de próstata después de una confesión, por lo menos, sería un incentivo hacia el amor. Sólo necesitaba una frase que confesara todo, que tenga una honestidad pícara pero seria. -Sabe doctor, usted cobra demasiado para sólo revisarme con dos dedos.

Q UI NC E


Cuento El doctor era de los más brillantes de su generación, lo entendió todo al instante. El aire acondicionado se le hacía más frío que lo usual, el blanco más blanco, la vida mucho más clara, pero seguía jugando. -Tengo hijos, tengo esposa. ¡Ay Dios cómo hace frío aquí! -Seríamos tan felices doctor. Desde ese momento lo fueron, al principio uno más que el otro, hasta que Leónides empezó a aprender a realizar exámenes de próstata.

DI ECI S ÉI S


Cuento

El deportivo

José Manuel Gómez Garza

Cuando lo vi, me sentí desfallecer. Era hermoso, lo más grandioso que jamás había visto. Era un deportivo color rojo: provocativo, altanero, insultante, Era de dos puertas (como debe ser un automóvil de soltero), seis cilindros y cinco velocidades. Cuando metí la llave por primera vez, rugió y mostró su poderío. Me sentí implacable, invencible, victorioso. Me sentí como se debe sentir quien tiene a su adversario contra la pared antes de dar la estocada final. Corrí por las calles a toda velocidad, devorando el asfalto como si la vida se me fuera en ello, y con cada kilómetro dejaba atrás miedos y problemas. El viento en la cara me decía que era libre de hacer lo que me viniera en gana. Tenía un automóvil y lo iba a disfrutar. Definitivamente, mi auto era la sensación. Hubo un punto en el que dejó de medir kilómetros por hora y empezó a medir chicas por cuadra. Una, otra, otra, otra y otra más. Múltiples piernas se rozaron, algunos corazones se rompieron y otros tantos suspiros se dieron en esos asientos de piel. Cada día manejaba más rápido y con menos precaución. Los semáforos y las señales se quedaban muy atrás cuando mi bólido salía a las calle. Nada se metía en mi camino. Hasta que se atravesó ella. Sentí cómo el calor se intensificó a más no poder, sentí cómo los fierros se retorcieron y me aprisionaron como si de una jaula se tratara; sentí cómo la vida se me escapaba en preciosos segundos que jamás regresarían. La embaracé y tuve que vender el deportivo.

DIE C I S I E T E


Poesía

Despacio

Penélope

Despacio, acércate despacio. Que nuestras sombras se rocen por un momento. Detente, quédate así, inmóvil, mirándome. Detente como parece que hace el sol al atardecer. Quédate ahí y, despacio, acaríciame. Desliza tus dedos sobre mi piel; mi piel de arena que se agita cuando pasan tus manos como vientos y se forma una tormenta. Mi piel que no teme perderse en la nada y que te espera. Espera tu tacto, pacientemente. Así como mis labios esperan los tuyos, para mezclarse en un beso tierno, como espuma dulce y persistente. Y es que tus mensajes son así, dulces y persistentes; pero más lo es tu mirada buscándome eternamente sabiendo que me encontrará pronto.

DI ECIOCHO


Poesía

A la orilla

S.G. Serrano

Y en verdad, ¿qué tan grande puede ser el secreto de que el mar hace las veces de mi guardarropa? Se abre, se cierra, se abre, entre cada espumeante hoja a veces esmeralda, a veces amatista. Dentro, trajes de lino y satín, sotana ardiente. Dentro, pliegue de oleaje, colapso, ergo, intempestuoso vómito. Fuera, no creo que lo haya. Revestimientos nuevos para decir el mismo mantra. Me convierto en pez de aire salado, floto un poco… Olvido que deriva en arrastre, pies fríos. Ese revuelque y revuelque que se resuelve en una aporía, en una orilla desvanecida e ignota el escape de la arena fina hacia la lágrima más profunda que conozco. ¿Acaso todo eso o todo aquello ayudaría a resolver la cristalización de una aún incomprendida orilla, de la cual resulta –después de tanto ajetreo– una concha misteriosa e inmortal?

DIEC I N UE V E


Poesía

Mala suerte

A.M.

Eres el candado de la caja de Pandora: el promotor de los vicios de los celos de los odios. Eres, y jamás te he visto pero te he ido creando de menos a más a través de las palabras del tesoro que quizá valoro mucho más que tú pero que, no obstante, no poseo. Aunque un día te conozca y sepa que no eres tan malo o me salves la vida o qué se yo vas a quedarte en la mente como el antagonista errátil o como el dragón, o el ogro o el hechicero maligno que secuestró a la damisela, aunque a lo que hiciste (o haces) jamás se le puede llamar ni secuestro ni profanación, ni violación, ni sacrilegio, ya que has tenido una ventaja que te exime de toda culpa y me convierte, a final de cuentas en el único condenado y criminal: Tú llegaste primero.

VEI N T E


Poesía

Love boat

Santiago Eximeno

Como Ulises navego en tu cuerpo horadando la tristeza tatuada en tu piel con la quilla de mi desesperación. Siento la sal del océano en tus labios y deseo abrazar tu placer en la proa de mi daño malsano. Tus brazos son mástiles de carne, alzados, suplicantes, sobre un embravecido mar de dolor. Ancla de metal brillante, afilada, sumergida entre lágrimas, sudor y sangre, rasga la piel y el músculo y eleva tu cuerpo hacia el cielo; eres hamaca de lágrimas encadenada a grises nubes de llanto y tormenta. La oscuridad de tu boca, Maelstorm en el que naufragan gritos ahogados atrapados en corrientes de placer y rabia y risa más allá de los arrecifes de tus dientes. Delgadas piernas abiertas, sextante que me hace perder el norte y me obliga a hundirme de nuevo en las aguas de tu sexo y cortar y arañar y morder entre risas luchando por recuperar el timón de mi (tu) cordura.

VE I N T I UNO


PoesĂ­a

Como Ulises retorno al hogar y al tomar tierra en el alma suspiro por tener que partir de nuevo cuando fallezca el sol.

VEI N TI DĂ“S


Puño y Letra: Edición recopilatoria. Abril 2011  

Edición recopilatoria

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