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GRANDEZAS DEL TERCER MUNDO El privilegio de contemplar


PERÚ


Tuyo es el pueblo, levántate, valiente hombre quechua yergue tu frente, tuyo es el ámbito extiende tu nervuda diestra descansa tus ojos en el horizonte. Trasmonta la cumbre bebe, el rocío de las flores con esa fuerza, ponte en marcha hasta las playas del mar, con las aguas cristalinas de la nieve, apaga, el fuego de la abrasadora arena. Vástago del sol, levántate pon tu fuerza e inteligencia arredra y sentencia al cobarde homicida que destrye la vida, a los crueles fratricidas en su enseñada lucha que no destrocen, nuestra patria vuelva entre nosotros el día feliz permanezca, la paz de vivir. (Delia L. Blanco Villafuerte. Frutos del alma.)


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Niño, ¿dónde caminas por esta senda humectado de llovizna, rompiendo la enferma mañana sufriendo el frío de la nevisca? Ensombrecen tus ojos, lágrimas de rocío tu boca reseca, sin sonrisa, ¿por qué camino inicierto llevas tus piececitos desnudos y fríos? ¿Qué penas han ensangrentado tu límpido y tierno corazoncito para que tu pecho oprima tu pena; y tu palabra enmudezca en tus labios? Ah... ¡Ya intuyo tu destino! vas en pos del pan de cada día mientras otros gozan su poderío en tu tierna edad, tienes que trabajar. Si eres pobre, aunque niño seas, los mismos gobernantes son ciegos y sordos para ti, solo en sus labios la igualdad prospera hablar y hablar y nunca cumplen la razón de su verdad... Hazte hombre, niño de mi pueblo quizá la amarga experiencia te fortalezca y un mañana no muy lejano levantarás la bandera de libertad forjando para tu pueblo, el mañana de igualdad. (Delia L. Blanco Villafuerte. Frutos del alma.)


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Machupijchu, flama áurea, brote de la majestad del alba, hito eterno, de los dioses tutelares, añoso paraje, de incalculables milenios baluarte, realidad hecha con la fuerza esotérica hoy, comarca de mito inexorable. ¿Qué estrellas ocultan tu realidad? ¿cuántos años descansas entre las sombras, de blancas nubes visionarias? la ciencia enloquecida, busca tu huella sin poder descifrar tu incógnita. Está igual, tu morada de piedras preciosas, muda belleza, protegida de espíritus, reanimada con el gorgeo de las aves con el canto inspirado de los poetas, altar sagrado, veneración de vestales vergel policromado, regocijo de flores. Las temibles serpientes y los pumas con su bramido celosamente protegen, tu collar de piedras, desde el vértice de Waynapijchu, los cóndores para cernerse, extienden sus poderosas alas abriendo sus garras, guardan, el inmaculado candil, de tu sueño. (Delia L. Blanco Villafuerte. Frutos del alma.)


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Todos estriados ferozmente abiertos surjen ahora los ojos de las ruinas. Siempre amenazantes con sus ra铆ces al aire. Hiendes los duros senos de las piedras. Siempre inexorables en su avance fiero y destrucci贸n total. Desde lo profundo con los clamores de vistoria las manos desvelan las crecientes llamas. (M. Moreno Jimeno. Las llamas de la sangre.)


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Niño sin alba de tus pies desnudos a la tierra desgájase la sangre, a la tierra tus lágrimas indagan quién es tu padre. Como esfinge andinal tu chola madre calle, tu yanacona madre calla con redondo silencio de arco iris cuando chirapa. Tu poncho sin color ya no es tu poncho. Tu llanque se esfumó como suspiro. Desheredado. Sin tierra del tamaño de un solo trigo. Despertaste sin nombre ni apellido. No ha llamádote mío ningún labio. ¡Ay, hijo maternal del viento! ¡Hijo abandonado! (Mario Florian. Niño sin alba.)


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Digamos que ganaste la carrera y que el premio era otra carrera que no bebiste el vino de la victoria sino tu propia sal que jamás escuchaste vítores sino ladridos de perros y que tu sombra fue tu única y desleal competidora. (Blanca Varela. Canto Villano.)


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Una vez que cansado de mi inútil paseo por el mundo, entré a Lima cual si entrase a un museo, sentí en mi alma el encanto de las viejas ternuras; y, en la noche, ganoso de correr aventuras, me lancé al otro lado del granítico puente y vagué por las calles de un gran barrio silente. (J. Santos Chocano. Alma América.)


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Sombra de tu pueblo madre olvidada ¿Quién sabe de tu vida?. Tú sola rompes con tu trajín el escarchado amanecer, precipitada, tomas el húmedo camino. Sólo el viento frío besa tu entumido rostro recoge tu aliento, la insistente garúa. La joya preciosa del rocío lava tus agrietados pies, acariciando las heridas, que te abrieron los espinos. Quizá la sombra de la maleza en su marchito manto protege tu cansancio. Tú, mujer de corazón tierno, sin queja alguna en silencio mascullas tus penas. Reanimas tu existencia en tus hijos luz revelan tus ojos para ellos eres su sombra, eres su flor.

(Delia L. Blanco Villafuerte. Frutos del alma.)


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Mujer, venas de sangre soberana voluntariosa irrompible chonta, respiración eterna de montaña en riscos o llanuras, trabajadora de manos aceradas en la fría puna, madrugadora, lumbre de rocío. El horizonte se regocija en tu mirada en tu comarca, fortaleza de trabajo tu corazón fuego sagrado de escogidas allí alcanzas, el amor eterno siendo vida, para los que te rodean. Los manes tutelares de las estrellas coronan tu frente de luces, en tu rostro, despierta el celaje mañanero el sol te viste, de azucena perfumada adornada de policromadas flores. Tu manto lozana fronda asperjada, de piedras preciosas, en tu manta, compañera de tu senda peregrina el diáfano colorido del arco iris dibuja sus siete colores todos te aman por ser hito de trabajo. (Delia L. Blanco Villafuerte. Frutos del alma.)


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Hasta cuando estaremos esperando lo que no se nos debe... ¡Y en que recodo estiraremos nuestra pobre rodilla para siempre! Hasta cuando la cruz que nos alienta no dentendrá sus remos. Hasta cuando la Duda nos prenderá blasones por haber padecido... Ya nos hemos sentado mucho a la mesa con la amargura de un niño que a media noche, llora de hambre, desvelado... Y cuando nos veremos con los demás, al borde de una mañana eterna, desayunados todos. Hasta cuando este valle de lágrimas, a donde yo nunca dije que me trajeran... De codos todo bañado en llanto, repito cabizbajo y vencido: ¡hasta cuándo la cena durará! (Cesar Vallejo. Los heraldos negros.)


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Las alas de tu cóndor, simbolizan nuestro pecho abierto, que sangrante grita pidiendo a tu espíritu equidad, justicia y libertad verdadera. Ahora apareces hito inaccesible en este pedestal hecho, con el fruto del corazón de los que forman, la reivindicación de tu pueblo, tu figura, monumento impretérrito burilado en bronce de amor por siempre brillará sobre el lienzo azul, del horizonte. (Delia L. Blanco Villafuerte. Frutos del alma.)


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