Fragmento del libro Un mar de mieditos

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Miguel Ă ngel Di Giovanni

Un mar de mieditos



Capítulo 1 Camionazo Papá y mamá siempre quieren que madruguemos cuando salimos de viaje. —Mañana, Betty, a levantarse temprano —me dijo papá antes de darnos un beso a Juani y a mí, y me fui para la cama. Salimos los cuatro tempranito para visitar a la tía del campo. Bueno en realidad, es la tía de mi mamá; pero todos le decimos tía Camila. La cuestión es que la tía Camila estaba por cumplir como mil años, así que al día siguiente iba a haber una gran fiesta con asado y todo. El viaje estaba bueno, con esas vacas comiendo pasto o algunas que te miran pasar. Y sobre todo estaba bueno porque Juani dormía bastante, y así yo podía leer tranquila mis historietas. Ya habíamos parado a comer unos sándwiches y estábamos de nuevo en la ruta, cuando el auto empezó a largar un ruido cada vez más fuerte. Papá y mamá se miraron, y fue una risa, al mismo tiempo dijeron: ―¡No, ahora no! Pero sí, ahora sí: el auto hizo unos ruidos raros, y el motor se quedó mudo. Con el mismo envión que traíamos, papá pudo estacionar en la banquina. Siempre que veo autos en la banquina pienso que el auto se va a ir por la pendiente, directo a la zanja. Que no pase ahora, porfi. 19


―Acá tengo el teléfono del seguro ―dijo mami, y se puso a buscar en el celu―. Cxrxjx con la señal, que viene y va. ―Cuando dijo esto, supe que estábamos en problemas. —Hace un rato —dijo papá para tranquilizarnos—, pasamos una estación de servicio. Voy, y vuelvo con algún auxilio lo más rápido que pueda. Juani se despertó de buen humor, raro en él. Con mamá, los tres nos fuimos a la sombra de un eucalipto, y mientras ella y Juani jugaban con unas hormiguitas, yo seguí con mis historietas. Mamá de vez en cuando insistía con el celu, pero nada. Cada vez que oíamos algún motor mirábamos la ruta, ansiosos. Pasó un rato largo, hasta que papá llegó en una camioneta. Venía con otro hombre, un gordo con cara simpática. Abrieron la tapa del motor, y después de que el gordo tocó todo por todas partes usando una linterna y unas herramientas medio raras, resucitaron el auto. —Todos arriba —dijo papá. Otra vez al camino, pero ya estaba oscureciendo. Mamá miró el reloj y dijo que se había hecho la hora en que debíamos llegar. En fin, cada vez se volvía más negra la noche. Íbamos a llegar bien pero bien tarde. A pesar de que no podía seguir leyendo, yo no estaba tan aburrida: me quedaba mirando para atrás. Juani sí se aburría, pero no molestaba. Mientras tanto, papá y mamá hablaban de cosas de cuando la tía Camila era joven: de lo que hacía en el campo, de cómo con su tractor sacaba a las camionetas empantanadas cuando llovía mucho y esas cosas. La tía era “muy fierrera”, decía papá. —Papi —dije en un momento —atrás viene un camionazo. 20


—Sí, Betty, ya lo vi. Estoy yendo más despacio para que me pase, pero el desgraciado no me pasa. ―Mamá miró para atrás, y me di cuenta: tenía cara de preocupada. Papá decidió acelerar para alejarse del camión, pero el camión… también aceleró. Todos hicieron un silencio raro. Yo empecé a cantar: —El camioooncito se vieeene acercaaando, el camioooncito. Silencio, nadie más quiso cantar. — ¿Viste, papi? —insistí. Silencio. Papá fue frenando despacio hasta que bajó el auto a la banquina, seguramente para que el camión pasara de una vez. Miró por el espejo retrovisor, pero… Mamá miró para atrás: ―¿Y el camión, Gordo? —Uh, no, mamá dijo “gordo” y eso es cuando tiene miedo. Papá bajó del auto. Mamá también. Bueno, la cosa es que el camión ya no estaba. —Dale, vamos —dijo mamá, un poquito nerviosa, y se subió al auto—. Parece que se desvió en algún camino que cruza la ruta. Pero yo no había visto ningún camino que cruzara la ruta. Seguimos, todos calladitos. Bah, Juani más bien estaba medio dormido. Yo por la ventanilla veía luciérnagas. Solamente se oía el motor. 21


Empecé con la cancioncita de los elefantes, pero nadie me siguió. Medio enojada, me di vuelta a mirar para atrás otra vez. No hice más que acomodarme y… —Y ahí está —dije—, otra vez el camión. Papá dijo algo que, según mamá, los niños no deben decir. Mamá se puso a mirar para atrás, con los ojos grandotes. Ahí papá aceleró mucho, pero el camión seguía acercándose. Y no sólo eso: el camión se volvía cada vez más grande. Papá le dijo a mamá algo de una rotonda, y casi enseguida el camino se abrió, desembocando en una ruta redonda como una pista de circo. Papá la tomó de contramano, ―para despistar al camión, creo―. En la maniobra, las ruedas del auto pisaron un poco la banquina. Paró el auto tan de golpe que las ruedas hicieron un ruido muy fuerte sobre las piedritas. Las luces iluminaban la cortina de tierra que había levantado. No se veía nada. Hasta que, poco a poco, se fue la nube de tierra, y todos quedamos mudos al ver la ruta vacía: el camión había vuelto a desaparecer. Ya los quiero ver a ustedes ahí, en medio del camino y bien a oscuras y llorando del susto. Y Juani con tanto ruido se había despertado, y también lloraba. Estirando una mano hacia el asiento de atrás, mamá trataba de calmarnos, y con la otra mano se agarraba del brazo de papá. Unos bocinazos muy fuertes me retumbaron hasta la panza, y sentí que los pelitos de los brazos se me paraban como piel de gallina. El camión ahora estaba casi encima de nosotros. Papá volvió a decir su mala palabra preferida, y arrancó todo lo rápido que pudo, pero al camión ya lo teníamos demasiado cerca. Hasta le pude ver clarito unas calaveras arriba de las luces. Papá dobló a lo 22


bruto, yo caí sobre Juani, y el camión pasó muy rápido rozando la parte trasera del auto. Ya otra vez en la ruta, papá aceleraba. Mamá y nosotros mirábamos para atrás desesperados. Nada, no se veía nada. Me ilusioné con que todo había pasado, pero… a pesar del ruido del motor del auto, se oyó de nuevo, y más fuerte, el bocinazo del camión. Y ahí estaba: cada vez más grande y más cerca. Papá dijo: ―Ya no puedo ir más rápido. ―Y se puso a repetirlo. Y mamá dijo: —Betty, Betty, despertarte. Ya llegamos, hijita. Habíamos llegado, por fin. Mientras papá me alzaba en brazos y mamá se ocupaba de Juani, la tía Camila se acercaba a saludar. —Pero, che, cuánto tardaron. ¿Qué pasó? —Unos problemitas con el auto —dijo papá—. Pero… ―Mamá se quedó helada cuando papá le señaló al fondo del terreno. —¿Y eso? —¿Vieron qué lindo camión me regalaron para el cumpleaños? —dijo la tía Camila, contenta como una nenita. Y explicó que entre toda la familia le habían ayudado a cambiar la chata, que ya no daba más con sus fierros oxidados. A mamá la mantenía aterrorizada otra cosa. Y fui yo la que habló por la familia entera: ―Es como el camionazo de la ruta ―dije, y todos nos miramos. La tía no entendía ni medio. 23


El camión estaba bastante lejos, y papá fue hacia él, seguido por nosotros tres. La tía se nos quedó mirando. Papá fue del lado del conductor. ―Cuidado, gordo ―dijo miedosa mamá. —¡No! ―grité yo. Enseguida papá bajó y tocó la parte del motor. ―Está caliente ―dijo. Volvimos con la tía. Tenía los ojos bien abiertos y nos miraba a los cuatro. ―Tía ―dije―: el motor está caliente. ―No sé ―dijo la tía―. Habrá salido el Tito a dar una vuelta. Está en ablande el camión. El Tito es el hermano de mi mamá. Igual que a la tía le encanta eso de los camiones, las motos que andan por la tierra y todo lo que tenga motor y se maneje. Finalmente entramos en la casa y saludamos a Lili, mi otra tía. Esta sí es mi tía-tía: es la mujer del Tito. Y saludamos también a mis primos: Fabián, el más grande, y Mica, mi primita del alma. Mientras yo le ayudaba a poner la mesa a mami, Lili la ayudaba a la tía Camila con las milanesas y Juani andaba jugando con los primos. En eso se oyó un motor. —Debe ser el Tito —dijo mamá. —Ya me va a escuchar este —decía papá saliendo al umbral, re enojado—. Che, gracioso, ¿no ves que venimos con criaturas? ¿sos salame o te entrenás? 24


El Tito entró saludándonos a todos con cara de no entender nada, y papá entró atrás de él. —¿Eh, qué pasa? —dijo el tío corriéndose la gorra y rascándose la cabeza. Mamá le explicó cómo nos asustamos en la ruta con “tu broma tonta”. Hasta la tía Camila lo retaba. Pero el tío juró y re juró que no había salido a la ruta con el camión. Y lo siguió jurando y re jurando durante toda la cena. ―No hay que jurar en vano, tío Tito ―dije. Pero el tío ni me miró. Se puso a golpear la mesa con esas manos como palas. Tanto golpeaba que hacía saltar la milanesa en el plato. Yo no entendía qué quería decirnos con eso, pero el tío se iba enojando. Papá lo miró feo, y el tío volvió a su milanesa, meta cortar, masticar y tragar. Yo no sabía si creerle o no. Alguna vez leí historias de fantasmas en las rutas. El camión hasta tiene las mismas calaveritas arriba de las luces. ―Es la pura verdad ―dijo más de una vez el tío Tito durante la cena—. Desde hoy a la mañana que traje el camión de la agencia, no lo toqué más. Ahora venía de cambiarle las cubiertas a la moto, en la gomería. Toda la tarde estuv... …Y un bocinazo que hizo temblar toda la casa, interrumpió la frase.

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¿Conoces un camión así? ¿A ver como te sale?.


No dudo que puedas dibujar una hamaca. ÂżPero un fantasma?


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