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Nicolรกs Alberti De realidades y fantasmas


LA FANTASMA A las personas que han muerto Y tienen sus almas penando en este mundo, Y a todos los seres vivos que hablan con las paredes.

Hacía por lo menos tres semanas que ya no le contestaba los llamados. A veces me aparecían números desconocidos en la pantalla del teléfono y yo no atendía por temor a que fuera ella. Los correos los eliminaba sin leerlos, también los mensajes. Hasta que me sentí exagerado y un día atendí y quedé con ella en juntarme después de clases a tomar algo. Ese tiempo sin verla me había fortalecido y yo ya estaba seguro de no querer volver, pero unos días atrás, cualquier resoplido, cualquier comentario supuestamente inocente, hubiera sido capaz de tumbar otra vez mi autoestima al suelo. Siempre tuvo la habilidad de hacerme pensar en ella todo el tiempo. No sé cómo, pero cuando no estaba con ella, en ella pensaba: yo podía estar con mi familia o con amigos, quizás en una mesa conversando, y de pronto era como si algo me llamase dentro de mi cabeza y me dijera “no te distraigas, soy Yo, piensa en mí”, y ahí ya perdía el hilo de cualquier conversación y ausentaba mi pensamiento de la mesa, mis amigos y mi familia movían la boca, pero nada llegaba a mis oídos. Solo escuchaba la interferencia de su telepatía, o el eco cercano de algún comentario de alguna pelea anterior. Fue por eso que la dejé. Su poder mental era muy agobiante y ella tenía mucho miedo de este amor (yo tampoco fui un gran príncipe), entonces me abrumaba con sus telepatías, me acechaba con su radar desconfiado, y yo no conciliaba 39


momento de paz. Sin ella, no estaba presente en ningún lado, con ella, nos peleábamos a muerte. Quería distraerme, estar tranquilo, pensar en pavadas, pero no me dejaba, o yo no podía. Siempre creí que para que existan este tipo de comunicaciones telepáticas, deben estar las dos puertas abiertas, la receptora y la emisora, condición obligatoria, sino los fanáticos harían estallar las cabezas de sus ídolos, gente como, no sé, Ricky Martin o alguna estrella porno, se arrojarían desesperados de los edificios para hacer callar las voces en sus mentes. Yo quería cerrar mi puerta receptora (y admitámoslo, también emisora), pero me resultó muy difícil, estaba muy enamorado. Además cuando nos veíamos las peleas eran a los gritos, hasta nos revoleábamos cosas (yo más bien esquivaba); todo muy melodramático. No daba para un minuto más. Huí entonces a casa de mis padres y no atendí más el teléfono. Y me concentré en tratar de cerrar la puerta de a poco y esquivar todo tipo de señal. Tenía que volver a ser el de antes, el alegre. Debía ser firme y tener cuidado, caer en cualquier tipo de tentación sería una recaída que tiraría por el suelo todo el trabajo de reconstrucción de mi vida. Al tiempo lo logré. Costó, pero lo logré. Por eso aquel día me sentí ya fuerte como para atender el teléfono y fui yo quien le propuso vernos. * Haré una pequeña recapitulación de nuestro melodrama de amor, para que sea más entendible el relato de todo lo que nos sucedió esa noche en que nos volvimos a ver. Nos conocimos en la facultad, ella afrontaba una separación pincelándola con mi aparición, y yo que estaba en un muy buen momento. Conectamos enseguida, nos gustamos y empezamos a salir. Ella todavía debía terminar de separarse, así que yo decidí irme un 40


tiempo de viaje mientras finalizaba su proceso. Cuando volví, volvimos. Ahí me mude a un departamento. El departamento es central en la historia, era un lugar muy especial, al entrar lo saludaba y al irme me despedía. Siempre. Muchas veces me encontré hablándole o pidiéndole consejos a la pared del comedor. Ella, María, se quedaba bastante pero no siempre, y nunca quería quedarse si yo no estaba, muchas veces se volvía a su casa a dormir. Y como siempre, nos peleábamos, hacíamos el amor, cocinábamos, comíamos y nos peleábamos. También reíamos y jugábamos, pero las peleas eran demasiado frecuentes. Yo pasaba mucho tiempo solo en ese departamento, almorzando, leyendo y hablándole a las paredes. Desde hacía ya un tiempo había empezado a creer en las cuestiones metafísicas del universo, la telepatía, la ley de la atracción, las entidades o espíritus, el viento misterioso, pero con el viaje al Amazonas lo hice carne. Y ella tenía mucho conocimiento y percepción de ese mundo invisible. La cuestión es que en ese departamento yo hablaba con alguien, le lloraba, le cantaba, le reía, le saludaba y me despedía. Jamás había pensado mucho en ello. María por ese entonces se fue de viaje, le tocaba pasear ahora a ella y a mí esperar. Dos meses por Europa. Dos meses que yo pasé en mi departamento hablando con las paredes, fumando en la ventana, escribiendo, y mucho más tranquilo sin tanta pelea. Durante ese tiempo me llega la noticia de que van a poner al departamento en alquiler para extranjeros, que ya habían conseguido inmobiliaria y cuando me dijeron el precio mensual que esperaban me puse muy triste. Fueron días de largas conversaciones con las paredes. Yo quería quedarme un buen tiempo, o al menos hasta que vuelva María para pasar unos días tranquilos con ella. Concedió, el tiempo se prolongó y me quedé allí mucho más de lo que esperaba. María, al volver, 41


prácticamente se instaló conmigo, pasaba mucho tiempo ahí y hasta se quedaba después de que yo me iba, acomodaba, limpiaba y se llevaba la llave. Un día se lastimó sacando la basura cuando yo no estaba, se golpeó con una punta de un matafuego, sangró y hasta se desvaneció (esto es según su relato, que seguro fue un poco exagerado). Los primeros días después de su regreso anduvieron bien, pero al tiempo las peleas volvieron y mucho más fuertes que antes. Nunca me dijeron cosas tan feas y nunca fui tan agresivo con alguien. Por momentos éramos monstruos que lloraban, gritaban, insultaban y no entendían nada de lo que estaba sucediendo. Igual resistíamos, porque nos amábamos. Surgió entonces la posibilidad de mudarnos a otra casa. Era de una amiga de María, Mora, el precio era muy conveniente, además era casa y no departamento y yo estaba desesperado por no volver a lo de mis viejos. María no parecía para nada convencida con la idea, pero insistí hasta que accedió. Yo la primera vez que vi la casa fue el día de la mudanza, y supe enseguida que había sido un error. Por otro lado me llega un ultimátum de abandono del departamento. Le pedí encarecidamente a María que me dejara un día solo, para despedirme del lugar, ella dijo que sí, pero me hizo la vida imposible para que no sucediera, me peleó, me pidió de terminar, se arrepintió, las peleas más fuertes las tuvimos esos días, y finalmente no cedió en darme eso que necesitaba, una noche a solas, tranquilo con el lugar en el que había vivido todo ese tiempo. No lo tuve. Me pude despedir en la madrugada del último día. No dormí y estuve desde las cinco de la mañana hasta las doce del mediodía, despidiéndome del lugar. Fumando, escribiendo, acostado. Y finalmente cuando llegó la hora del último adiós recorrí con el olfato cada rincón del departamento, cada olor me traía un recuerdo y quería 42


grabarlos. Terminado el ritual, miré el espacio global, y me despedí en voz alta, llorando y muy triste, le dije al lugar cosas muy lindas, y en un momento mientras hablaba me nació dar un abrazo y abracé. En ese momento pude sentir como mi abrazo era devuelto. Un escalofrío eléctrico me erizo la columna vertebral. Supe que era mujer y mayor que yo, y la visualicé con pelo lacio y castaño y un camisón. Recostó su cabeza en mis hombros, también estaba muy triste porque me iba. Esta experiencia de tercer tipo era para mí una novedad, pero no me asustó, me conmovió muchísimo este encuentro. Me senté entonces en el sillón, dejé un lugar para que se sentara el fantasma, por llamarlo de alguna manera, y nos tomamos de la mano. En serio que sentí su mano. Me despedí finalmente de ella, le agradecí y le dije que jamás la olvidaría. Llorando, salí. En el ascensor noté que aún me acompañaba, le dije en tono cómplice “¿Me acompañás a la puerta?”. Cargué las últimas cosas en el baúl, miré el vecindario saludándolo por dentro, entré al auto y me fui. A las cuadras tengo el impulso de sacar la mochila que estaba en el asiento del acompañante y ponerla atrás. Fue ahí que supe que ella venía aún en el auto conmigo. Le hablé con cariño y pensé “bueno, me acompañará unas cuadras” y subí el volumen de la música. Me distraje y ya no pensé más en el tema. A todo esto María ya estaba mudada en la casa nueva. Allí festejamos su cumpleaños y tuvimos algunos buenos momentos. Pero algo en esa casa andaba mal. La otra chica que vivía en la casa, Mora, a diferencia de los primeros días, había adquirido una mirada muy oscura, el gato de la casa, gris y panzón estaba cada día más furioso y molesto, y María, que ya vivía allí (yo no, me iba seguido a lo de mis padres), me aseguraba que la casa estaba llena de espíritus. Me enumeraba cosas que sucedían, sonidos extraños y cuestiones ilógicas, 43


yo mismo presencié una de estas cuestiones, estando solo de noche en la cocina, esperando a que María terminara de vestirse para salir, sentí crujir las maderas de las escaleras, una por una, como si alguien descendiera. Yo saludé al fantasma, como quien saluda al suegro en su casa, y desde ese día mi rechazo para con ese lugar fue total. A todo esto las peleas con María se profundizaron, me iba con portazos y gritos de las discusiones y ella me perseguía con su telepatía fuera donde fuera. Yo lo único que hacía era pensar en nosotros, y calculo que ella también. Ya no podía concentrarme en nada. Mi pensamiento estaba dedicado entero en tiempo y espacio a ella. Pero mucha pelea, mucho celo, aún en los intervalos en que estábamos bien, cuando nos separábamos e íbamos cada uno a su trabajo, no dejábamos al otro en paz en su soledad, nos atormentábamos. Así hasta que me agoté definitivamente y le pedí un “tiempo” de distancia. Volví entonces a lo de mis padres, pero el “tiempo” ese, nunca existió, porque yo captaba señales de ella en todo momento, y en cuanto estaba a punto de distraerme, me sonaba el teléfono. Al principio cometía el error de atender, y pasábamos horas discutiendo a los gritos por la calle. Eran días perdidos, con la cabeza y el corazón totalmente concentrados en esa autodestrucción de discutir y sentirse dolido. Era cuestión de no parar de pensar en el otro. María se autodenominaba bruja, y hacía alardes de sus poderes mentales, cosa que siempre me molesto muchísimo y me convenció para que decidiera dejarla. Creo que abusaba de su don y a mí me estaba deshaciendo el ánimo y la personalidad. Un día en el que habíamos discutido durante horas frente a frente y luego por teléfono (¡qué aburrido!), donde nos habíamos dicho cosas terribles, yo venía caminando solo, totalmente enajenado en mi tormenta mental cuando al cruzar 44


la calle un auto que doblaba me golpea el brazo con la puerta trasera y me hace girar. El que venía atrás me preguntó si estaba bien y en su mirada vi que estaba volviéndome loco. Fui entonces al parque Centenario totalmente abatido por el topetón con el auto, le pedí a un pibe que me convidara del porro que estaba fumando y me fui solo al lago, a mirar los patos. Tenía que cerrar la puerta. “María, yo ya no quiero estar más con vos. Si querés quedarte en la casa quédate, yo te ayudo unos meses con el alquiler. Pero yo ahí no vuelvo. Vos y yo ya no estamos más juntos”. No atendí más el celular. Después de unos cuantos meses de lucha desahuciada contra los dragones del amor, saqué mis manos del bolsillo, abandoné lo del andar cabizbajo y volví, en gran parte, a la alegría que tenía antes de María. La telepatía seguía, pero yo ya no soñaba con tener un cráneo de titanio, convertí el sonido de las interferencias en parte del silencio, y me fortalecí. Un día, en el que me vi riendo a buena gana en el patio de un amigo, alcé la mirada al cielo, miré la luna y me dije: “Lo lograste. Estás curado.” Entonces sonó el celular, era ella. Atendí y le propuse vernos. Ella quería volver como sea, así sonó su voz. Yo quería trabar la puerta con llave. * Nos juntamos entonces un martes a la salida de la facultad. La esperé a que saliera y fuimos a tomar una cerveza a un bar que quedaba a unas cuadras. Al principio dimos rodeos antes de ir al grano, actualizamos nuestras vidas, hablamos de vaguedades (cosa que deberíamos haber hecho más a menudo) y hasta reímos. Fui yo quien encausó la conversación hacia lo concreto. Eché a rodar la cuestión y enseguida me despaché con un rotundo “Vos y yo ya no vamos a volver”. Fue 45


firme pero ella no lo creyó. Igual yo si me lo creí, eso me hizo sentir devuelta bien conmigo, como hacía mucho que no me pasaba. Me gustó. Ella sacó el tema de los llamados que yo no atendía, y se explicó: “los últimos días me puse muy insistente pero fue porque tenía algo muy importante que decirte. Fui a ver a una bruja, hay cosas que tengo que comentarte.” Me contó que habían estado sucediendo cosas muy violentas en la casa, un día ella se juntó con un compañero de la facultad a estudiar algo y de la nada estalló el vidrio de un cuadro de Frida Kahlo (ella y yo teníamos un trabajo de la facultad pendiente de Frida, que por la separación jamás llevamos a cabo), dijo también que el televisor se encendía solo, y que a la noche las presencias, el gato y los sueños no la dejaban dormir, así que visitó una bruja. La bruja le dijo un montón de cosas, le habló de mí, de la gente que nos envidiaba, de que debía ponerme una cinta roja que ella debía anudarme, que lo mismo para ella, y que la casa estaba mala, separaba parejas, que ahí en un cuarto alguien había sufrido mucho y que aún seguía penando allí. Y dijo, y esto es lo único que realmente me importó, que yo había llevado conmigo a la casa un espíritu que no era de allí y que ese espíritu estaba atrapado en la casa esperándome a que volviera, que era mujer y que era quien la perturbaba y la enloquecía (a María). Que estaba triste (el fantasma), que me extrañaba, pero que estaba celoso y quería que María conociera a alguien. Me dijo también que la bruja le había comentado que durante su partida a Europa, el espíritu y yo habíamos establecido un vínculo muy poderoso que María interrumpió con su vuelta, y la entidad se sintió muy invadida e hizo desde ese momento todo lo posible para que María y yo nos separáramos. Que mientras dormíamos me despertaba a mí primero con ideas malas (efectivamente, las últimas veces que había dormido en la casa yo despertaba primero casi 46


odiando a María). Me quedé helado. Levanté la vista hacia la copa de unos árboles, había algo de viento, respiré profundo y me dejé invadir por esa certeza fantasmal de que había un espíritu que me necesitaba. Las burbujas subían doradas en la cerveza y María me siguió contando cosas que la bruja le había dicho, pero yo me quedé estacado en lo anterior. Era mi amiga, la del departamento, la del abrazo de tercer tipo. Si el fantasma había hecho tanto por separarnos era porque me había escuchado sufrir, eso María no lo tenía en cuenta, ni la bruja tampoco, y se había ido del departamento conmigo, para cuidarme quizás, y ahora estaba en esa casa horrible penando y extrañándome. Tenía que sacarla de ahí. Tenía que ir a buscarla. La sentí sufriendo y me llené de tristeza. María seguía hablando pero mi atención estaba en otro lado, la miraba hablar y bebía cerveza sintiendo como nunca su sabor. María puso su mano sobre la mía, yo sentí y dejé, luego se sentó más cerca y comenzó a acariciar mi rostro con los ojos lagrimosos. Comenzamos a besarnos hasta sentir deseos de hacer el amor. Apuramos la cerveza, pagué y nos fuimos. * Durante todo el camino estuve taciturno, María volvió a incurrir en todos esos rencores vulgares que a mí tanto me herían (“¿Viste el tipo que estoy conociendo? ¿Te puedo contar lo más anecdótico?” “No.”, “Dale, es una estupidez, pero es muy graciosa.”, “Fijate vos.”, “Bueno lo tendré que hablar con mis amigas nomas… qué aburrido.”, “Como quieras”, “Bueno… Dale, ¿te lo puedo contar? Es una pavada!”, “Hacé lo que quieras.”, “Bueno, el tipo tiene como 15 años más que yo, nunca me había pasado.”, “Casi me olvidaba de porqué habíamos terminado, vos siempre tan anecdótica, qué poco 47


sutil que acabas de ser”.), pero está vez yo estaba en otro ánimo, en lo único que pensaba era en el espíritu. Nos dirigíamos a la casa endemoniada, con mi fantasma entristecida y no pude evitar sentir miedo, María lo notaba y me bromeaba, ella hacía meses que convivía con ellos. Tenía una misión, sacar a la pobre ánima que me había seguido y que ahora estaba ahí, triste y rompiendo todo; el tema es que no tenía idea de cómo llevar a cabo eso. En la puerta antes de entrar a la casa rompí en miedo, la agarré a María por el brazo (desconfiaba totalmente de ella, quizás me estaba tendiendo una trampa planificada junto con la bruja. Ya para esa altura pensaba cualquier cosa) y le pregunté si más allá del rencor que me guardaba era buena, si tenía buenas intenciones. Me dijo que sí y le creí. Tenía que rescatar a la pobre fantasma. Entramos. * La casa me parecía llena de malos signos, todo era oscuro y tenebroso. El gato apareció y el rechazo que me produjo me hizo casi patearlo. Entramos a la habitación, y yo supe enseguida que estaba allí, enojada por el abandono, o quizás contenta de verme, pero estaba ahí. María me mostró entonces el cuadro roto de Frida, recostado en la pared. La habitación estaba oscura (jamás tuvo luz salvo por un velador), María acomodaba cosas y yo estaba parado en el medio del cuarto, con el cuerpo atento a todo. En cuanto María salió hablé con la fantasma: “Vine a buscarte, nos vamos a ir de acá y te voy a llevar al departamento. María y yo estamos separados y ya no vamos a volver, yo ya no quiero. Igualmente hoy vamos a hacer el amor, pero yo ya encaucé mi vida hacia otro lado. No te preocupes. Cuando me vaya de acá, venite conmigo.” María nos interrumpió entrando y ofreciéndome si quería darme 48


una ducha. Acepté. La casa me pareció más mala que nunca, desconfiaba de cada azulejo. No quise tomar agua de la canilla, y mientras me bañaba llegué a decidir que no iba a quedarme dormido para que no me atacaran en los sueños los espíritus de la casa. El gato protestó detrás de la puerta del baño durante toda mi ducha. Todo era sospechoso. Entré de nuevo a la habitación y allí me quedé, y en cada momento en que quedaba solo aprovechaba para hablar con mi fantasma. María entró con un vestido que sabía que me encantaba y comenzamos a besarnos con mucha ternura, caímos muy suaves en la cama y ahí yo recordé que estábamos acostados en el colchón que había traído de la casa de mis abuelos en la mudanza y me sentí protegido, esa era mi área de protección, mientras estuviera en ese colchón nada me pasaría. Por dentro sentía culpa por lo que hacía, mi vanidad creía que la fantasma estaba enamorada de mí y que estaría viendo y sintiéndose mal. María se encargó de que me concentre en ella y así fue. Hicimos el amor como pocas veces, con ojos mojados y deshechos de ternura, estaba preciosa. Pero en cuanto terminé y me desplomé sobre el colchón de mis abuelos, sentí al fantasma recostarse al lado mío sobre mí pecho. Fue un escalofrío que María por suerte no notó. Me vi envuelto en una situación extrañísima. Siempre había fantaseado con un trío, pero no de tercer tipo. Estaba María transpirada y hermosa, respirando con los ojos cerrados en mi brazo izquierdo, y a mi costado derecho, recostada sobre mi pecho, la fantasma ¿Habría estado haciendo el amor con nosotros? Yo con la vista fija en el techo no pude evitar emocionarme (cosa que no ayudo luego a la hora de convencer a María de que ya no la amaba). A partir de entonces incluí al espíritu en todo momento, y le dejé un lugar en el colchón. En un momento me levanté y fui hasta la ventana, María quedó acostada desnuda. El árbol que se veía a través del vidrio estaba 49


lleno de misterios, y el viento comenzó entonces a moverlo con fuerza. El ramaje empezó a zarandearse con violencia, y yo creí que era momento oportuno de volver al colchón de mis abuelos. Había algo de enojo en el aire, yo culpaba a la casa, María a mi fantasma. No sé quién era, pero la cuestión es que había algo que estaba muy incómodo con nosotros. María y yo quedamos callados, viendo al viento agitar al árbol y de pronto, se abrieron al mismo tiempo la ventana y la puerta y entró a la habitación con fuerza el viento. Nos despeinó y el miedo me crispó todo el cuerpo cuando escuché algo caer. Un ruido fuerte, había sido el cuadro de Frida. María entonces se enojó, cerró la puerta, puso una valija adelante y fue directo a su placar, lo abrió y le dijo a mi espíritu “¡Basta! ¡Adentro! ¡Vamos, adentro!” Pareció esperar a que termine de entrar y cerró la puerta como fastidiada. “Duerme ahí” me dijo, “Se prueba mi ropa.” Le confesé a María que estaba asustado y ella sin darle importancia a mi temor me dijo que no me preocupara, que ella hacía meses que convivía con ellos, dijo eso y salió al baño, entonces yo salí corriendo en puntitas de pie y abrí la puerta del placar, por si mi fantasmita estaba de verdad ahí encerrada. * Cuando María volvió, comenzamos a besarnos enseguida, con mucha dulzura pero con más pasión que antes volvimos a hacer el amor. Pero esta vez los tres. Ahora yo estaba mucho más atento y perceptivo. Fue una gran experiencia, la piel se me erizaba, los ojos me lloraban, nunca fui tan buen amante y nunca me sentí tan bien amado. Mi sentir estaba revolucionado y mi estado mental era hermoso. Me sentía al lado de Dios. María estaba realmente hermosa, pero la mayor 50


parte del tiempo cerré los ojos. No sé muy bien cómo describir este momento, pero fue algo de una segunda naturaleza, me sentí realmente elevado y acompañado en el vuelo. Caí profundamente dormido. Abrazado a los dos mundos. Soñé cosas muy extrañas pero que no amedrentaban. * Desperté primero, María dormía así que aproveché para aclarar cuestiones con la fantasma. Le dije susurrando que seguramente desayunaríamos los tres en algún lugar, me despediría de María y que luego la acompañaría hasta el viejo departamento donde nos habíamos conocido. Así fue, nos levantamos los tres, acomodamos todo, María se bañó y se puso hermosa y bajamos los tres hacía la calle. Yo siempre atento con la fantasma, dejándole lugar para que pase por algún sitio angosto, guiñándole el ojo en alguna distracción de María. Nos sentamos a desayunar en las mesas de afuera de un barcito en una esquina, y yo disimuladamente acerqué una tercera silla a la mesa. Desayunamos café con leche y medialunas. La charla bailó por varios lados, pero en un momento no pude evitar hablar de lo mal que me había hecho esta relación. ¿Cómo era posible que dos personas que se amaban se trataran tan mal? ¿Cuál era el fin? ¿Qué era lo que había movido tal violencia? “No creo que hayan sido los fantasmas. No hay que desplumar aquello que se ama.” Mi autoestima, y calculo que el de María también, había sufrido una paliza. Me vi juntando los pedazos de mi estado de ánimo como quien levanta ropa sucia del suelo. El peor ataque es aquel que se recibe de la persona que uno ama, y los dos, quién sabe por qué, habíamos disparado a mansalva. María me tomó la cara con las dos manos y me dijo que era un gran hombre, lleno de bondad y belleza, que 51


conmigo se sentía segura, bonita y querida, y que era bueno… ¿Por qué no me habrá dicho eso antes? Rompí en llanto, y salí corriendo al baño del bar. Allí me quedé un buen rato llorando, haciendo las paces conmigo, amigándome con mi personalidad, y esperando a que se me deshinchara la cara. Estaba sentado sobre la tapa del inodoro, recostado contra los azulejos blancos, con la cabeza alzada, el sol entraba por una ventana rugosa del techo y me daba directo en la cara. El llanto había sido de alegría. Al fin la reconciliación. Volví a quererme. Una persona golpeó la puerta de madera, el mundo me decía que ya era suficiente. Volviendo pasé por la barra y le pedí al mozo la cuenta. Me senté entonces de nuevo con María, y la fantasma claro. María no entendía nada, y le tocó a ella despacharse con llanto y verborragia. El mozo fue cauteloso para acercarse con la cuenta que María llorosa no me dejó pagar. Estaba muy arrepentida de cómo nos habíamos tratado. Ella quería volver a intentarlo, yo quería pensar en otra cosa. Nos levantamos y salimos a caminar. Los dos teníamos que ir a trabajar. Pero pasamos antes por el parque Centenario a ver la laguna con los patos. Seguimos charlando, le comenté riendo que lo que me había contado sobre el tipo que estaba conociendo y lo “anecdótico” de su edad, había sido una estupidez de su parte. Ella lo aceptó también, riéndose de sí misma. “Ya no vamos a volver, ¿Sabés no?”, “Sí. Dejá de repetirlo”. Igual seguía sin creerme. Me pensaba aún enamorado de ella. La acompañé hasta la boca del subterráneo y allí nos despedimos, ella dijo algo de ir al cine en la semana y me besó en la boca. “Ya se convencerá” pensé. La vi bajar las escaleras y meterse tierra adentro. Quedamos entonces, Fantasma y yo. Caminamos conversando muchas cuadras hasta el departamento. Yo no había circundado la zona desde mi despedida con el lugar 52


y cada paso me traía un recuerdo. Callados avanzamos los últimos metros, esquivando (al menos yo) la gente hasta llegar a la entrada del edificio. “Hasta acá llegamos, ya no tengo la llave. No puedo decidir por vos. Yo te cumplí con lo prometido, te traje al lugar en el que te encontré. No sé cómo es tu naturaleza, pero podés hacer lo que quieras. Yo necesito hacer mi vida. Si querés seguir cuidándome hacelo, pero haceme bien, cuidame también de tus celos. Si querés quedarte acá, vas a encontrar nueva gente, que también te va a contar sus pesares y alegrías. Yo debo partir, y pensar en otra cosa, cerrar esta etapa de amor nocivo, cerrar la puerta. Hacé como quieras. Pase lo que pase, nunca te voy a olvidar. Gracias. Te quiero mucho.” La abracé entonces, con los ojos cerrados, y la sentí llorar como yo. Dije “Chau hermosa” en voz alta, abrí los ojos y eché a andar. La gente me miraba y yo no pude evitar reír entre las lágrimas. Una emoción alegre se me aglutinó en la garganta y tuve que apurar el paso hasta casi correr. Algo me decía que vendrían buenos días. Lo más importante eran mis renovadas ganas de disfrutar.

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La fantasma  

Cuento del libro "De realidades y fantasmas" de Nicolás Alberti, publicado en 2018 por Peces de Ciudad.

La fantasma  

Cuento del libro "De realidades y fantasmas" de Nicolás Alberti, publicado en 2018 por Peces de Ciudad.

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