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Néstor Darío Figueiras

Capricho #43


Algunos monstruos típicos

Para dar inicio al ‘monstruario’: 1. Una chica que espera el colectivo. 2. Un aficionado al jazz que busca sexo en Plaza Constitución. 3. La enfermedad de un bibliotecario. 4. El hambre en uno de los tantos apocalipsis que acontecerán en estas páginas. 5. El pasado, que también alcanza a los inmortales.


El fin de la soledad

Las tres de la mañana, y el maldito colectivo no viene. Hace una hora que lo esperás bajo la garúa fría que no para. Como todas las noches, lamentás que esta calle sea tan solitaria. No dejás de vigilar el manicomio que domina la cuadra, al otro lado del pavimento. Se escucha una sirena a lo lejos… No parece una ambulancia. Pensás que es un patrullero que ronda por ahí, en busca de violadores o ladrones. Pero sabés que lo más probable es que los oficiales estén forzando a algún travesti, amenazándolo con encerrarlo si no les hace un “completito”. Como todas las noches, los gritos escalofriantes de los locos del manicomio te recuerdan que siempre tenés que estar alerta. Has oído las cosas que se cuentan de ese lugar. Aterrada, volvés a atisbar las innumerables ventanas que titilan en la mole de cemento. Son como ojos parpadeantes. Un grito. Otro grito, de nuevo. Y otro. Las luces mortecinas merman con cada alarido, como amagando un apagón. Pero sabés que la causa de esos gritos sos vos, y no el electroshock. La llovizna barrosa telegrafía señales secretas sobre el techo de chapa de la parada, pero aun así un ruido de vidrios rotos se impone sobre el martilleo. Entonces una sombra desaforada se larga a correr por el parque del siquiátrico. Grita diabólicamente mientras se dirige hacia la calle. Te estremecés. En ese momento ves el resplandor de las luces del colectivo por el rabillo del ojo. Tu salvación. Levantás la mano, desesperada, como si pudieras apurar su andar tardío de trasnoche. Hace un guiño con las luces, pero parece que no va a llegar a tiempo. 13


El crescendo de la alarma del manicomio aumenta a niveles insoportables. Las corridas se multiplican. Los guardias amodorrados gritan y tratan de alcanzar a la bestia, que ahora está saltando la reja. Una vez en la vereda, te clava la mirada. Escuchás que el colectivo ruge, apurando el motor. Seguís con la mano extendida, temblorosa y apremiante, pero ya es tarde: la luz halógena descubre a tu cazador, que jadea y babea. Ves su rostro lastimado, y en el torso desnudo, las costillas quemadas. Te preguntás cómo es posible que esos locos de mierda siempre adivinen tu presencia, y aunque estás paralizada, empezás a temblar sin control. La bestia salta hacia vos, con las manos extendidas, buscando tu cuello. Entonces el colectivo, lanzado a una velocidad mortífera, la intercepta en la mitad del asfalto, golpeando su cuerpo esquelético. El ruido a huesos rotos, sordo al principio, se va transformando bajo las ruedas en múltiples crujidos. Luego, el chirrido largo y humeante de los frenos. Los gritos de guardias y enfermeros se pierden en el ulular de la alarma. La llovizna va arrastrando la sangre del cuerpo destrozado hacia las alcantarillas, esa sangre impía que hace que vomites entre espasmos y cólicos agudos. Bilis y jugos gástricos, nada más, porque no comiste bien últimamente. Vos, muerta de miedo, y el chofer, imperturbable, se dejan llevar a la comisaría, y prestan declaración ante los oficiales haraganes e ineptos. Te sorprende que no se molesten en verificar las identidades de ambos. Te asombra que basten tu asustado “nada más esperaba el colectivo, fue todo tan repentino que no pude ver bien lo que pasó” y el seco “no los vi, ni al loco ni a ella” del chofer ojeroso. Sólo cuando se les permite irse, reparás en su extrema palidez, en su andar sigiloso y en las uñas de sus manos, largas y afiladas. Ya en la calle, donde agradecés que a las cinco de la mañana la oscuridad de 14


las noches invernales se resista a irse, te guiña un ojo, como dos horas antes lo hiciera con los faroles. —Sos nueva, ¿no? Te observé durante las últimas noches, cuando subís al colectivo. Intentás decirle que no sabés de qué está hablando. —No te preocupés, todos tuvimos miedo al comienzo. Él iba a matarte, por eso lo atropellé. Algunos dementes intuyen nuestra presencia y se sienten empujados a destruirnos. Si no aprendés a usar tus poderes no vas a sobrevivir. ¿Cómo creés que nos zafamos de la policía? Y buscate un empleo nocturno, o alguno en el que no tengas que salir a la intemperie, como el de un amigo, que es bibliotecario. En mi caso es fácil, los pasajeros casi siempre están dormidos, drogados o borrachos, y no oponen resistencia cuando los muerdo… Mientras se despide, algo que creías perdido para siempre se agita donde alguna vez latió tu corazón: la esperanza. Nunca más estarás sola, y eso aleja todos los temores. La sonrisa te dura incluso cuando bajás la tapa del ataúd y te sumergís en las sombras.

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Besos feroces (o cuando se acaban los argumentos)

Cogerse a una puta de Constitución es más peligroso de lo que uno piensa. Y no estoy hablando de las ladillas ni del SIDA. Luego de haberme montado, la curvilínea y morena señorita de ojos negros me aferró las muñecas con sus garras. Como un súcubo, me apretó los costados con las piernas torneadas mientras me quemaba con los ácidos de su entrepierna. Quiso besarme pero yo esquivé la arremetida a tiempo: su boca abierta estaba rematada por un par de colmillos arqueados. Empezó a hacer amagos a uno y otro lado de mi cuello, como una cobra al acecho. (Al contemplar esos caninos no podía creer que unos minutos antes me hubiera chupado la pija tan tiernamente). Opté por razonar con ella. Quien tiene clase sabe que el uso de la fuerza siempre debe ser el último recurso. —Querida: en primer lugar debo decirle que ha sido usted muy considerada al no desplegar semejantes navajas mientras me practicaba la fellatio. De otro modo, todo esto hubiera sido una carnicería. Por otro lado, antes de morderme, creo que debería saber que mi sangre es mala: soy diabético. Además padezco de bruxismo. Y puesto que también sufro de protrusión maxilar, si usted me vampirizara, estaría condenándome a lastimar mi labio inferior al dormir, día tras día, durante toda la eternidad. ¿No le parece un tanto cruel? 17


Ella ya no mostraba su letal dentadura. Sus ojos negros me miraban confundidos. Gruñó primitivamente, como suplicando por un intérprete que tradujera mis palabras a su lenguaje rudimentario. —Y además tengo algunas piezas torcidas y debo usar brackets, ¿ve? —Le mostré mi más radiante sonrisa—. No, no los ve. Claro que no. Porque son brackets linguales. También los llaman “invisibles”, y son mucho más caros que los convencionales. Mi pregunta es: ¿se adecuarían mis costosos brackets a los colmillos que me otorgaría su feroz mordida? Yo creo que no. Tendría que ver a mi odontólogo para una rectificación. Una picardía, ahora que estoy en el tramo final del tratamiento. Doble gruñido. —¡Ah! Y debe saber usted que soy trompetista. Amo a Miles Davis. ¿Ha escuchado The Man with the Horn? ¿No? Pues hágalo: ¡es uno de los discos más revolucionarios del jazz moderno! No toco como él, desde luego. Pero si usted me mordiera, yo tendría aun menos posibilidades de emular a mi querido Miles, ya que no existe ninguna boquilla apropiada para una boca vampírica. Más gruñidos e interjecciones diversas. —Y si todas las razones anteriores no le parecieran suficientes para evitarme su penetrante besuqueo, entonces agregaré que soy vegetariano. De veras. No querrá que termine como el Conde Pátula, ¿no? Pátula, el pato-vampiro. Duckula, en inglés. ¿Tampoco lo conoce? ¡Querida! ¡Tiene tetas grandes pero poco acervo! Duckula es un dibujo animado cuyo protagonista es un pato-vampiro sensible, bondadoso y vegetariano. Bebe jugo de zanahorias y come helados de fruta en lugar de alimentarse con sangre. Es la vergüenza de una orgullosa casta de sanguinarios monstruos, seres como usted… 18


Entonces ella se cansó de escucharme y una vez más reveló sus colmillos. Pero no la dejé actuar. Me transformé rápidamente y con mi apasionado beso de licántropo desgarré sus lindos pechos hasta romperle el esternón.

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Enfermo terminal Dedicado a Jorge de Abreu.

Es una gran suerte que la biblioteca tenga tantos rincones. La multitud de estanterías y libros establece una arquitectura laberíntica. Los libros son como ladrillos. Papel impreso y madera barnizada —ambos elementos gastados, sumidos en una vejez exclusivamente bibliotecaria— generan un ámbito sobrecogedor y a la vez cálido; casi hogareño, diría yo. Nosotros anhelamos el reencuentro con esa sensación “hogarcalor-seres amados”, perdida para siempre. Nos contentamos con simulacros endebles e inanimados, como esta Hermandad que nos une, carente de todo afecto real y cuya única razón de existir es la supervivencia. Simulacros endebles... Son como monedas falsas. A veces creo notar tras los libros el mismo dolor, en los ojos de los lectores. Sobre todo durante la tarde, cuando la sala de lectura está llena de estudiantes adolescentes. ¡Ah! ¡Cuán deseables son las jóvenes de uniforme! Deseables pero también dignas de lástima, con esa pretensión de libertad, con ese ímpetu vital y arrogante con el que mascan chicle sin parar. No saben que viven de monedas falsas. Sólo el ardor de la tierra alivia la pena. Es bien sabido por todos que nuestra comunión con la tierra es imprescindible. La penumbra eterna es otra ventaja. Es maravilloso observar cómo todas las cosas van fundiéndose en un mismo color dentro de una biblioteca. Con el paso de los días, aun los seres vivos van adquiriendo ese tono marrón parduzco. Y también las ropas se impregnan con un tinte castaño. He tapado las 21


ventanas con estantes repletos de tomos que no figuran en los catálogos. La luz agoniza aquí. El punto es que este trabajo me permite sobrellevar mi padecimiento. Mis caminatas insomnes entre los anaqueles, desde donde me vigilan los lomos raídos, se han transformado en una rutina aceptada por el instinto. En algunas ocasiones hojeo detenidamente los libros, releo por enésima vez los comentarios equívocos de Paulo Erzambre acerca de los mitos del Draken, las leyendas de los drugos y su versión torpe e inexacta de la epopeya del llamado Uzannur. Tan sólo lo hago para reírme. Nadie ha conocido al terrible Draken como nosotros. A veces escudriño los volúmenes tras alguna pista de Adravis, la garra irresistible que mora bajo los lechos de los hombres: determinar los peligros potenciales es uno de los deberes de todo miembro de la Hermandad. Sospechamos que el ataque de la garra es mortal, según consta en ciertos manuscritos hallados en Lotrán, ciudad donde se esconden los lívaros. Y así van transcurriendo las lentas horas diurnas. En ocasiones, alentado por la prematura oscuridad de las tardes de invierno, cruzo la avenida corriendo, en dirección a la catedral. Allí la luz es aún más escasa que en la biblioteca, lo que me permite sentarme entre los fieles por una o dos horas, escuchando fascinado sus murmullos desesperados. Todo sigue en su sitio. La cruz, el altar... Todo eterno y muerto. El polvo milenario cubre a los santos de piedra. Me estremece pensar que allí todo permanece igual durante siglos y que yo no, yo que debiera ser inmutable. Admito que la curiosidad me llevó a adoptar esa insana manía religiosa de visitar la parroquia: me han comentado que la Virgen ha llorado lágrimas de sangre, y deseo ver tal manifestación de poder lívaro, una de sus proyecciones 22


transanímicas. Al salir de la iglesia, ya entrada la noche, saludo a las gárgolas que descansan en los capiteles de la fachada y vuelvo a la seguridad de la biblioteca. En fin, he aceptado mi destino. Estoy acostumbrado a quedarme solo durante las noches, cuando los otros se despiertan y se van. La debilidad provocada por la falta de sueño me impide salir a cazar como lo hacen los demás. La Hermandad todavía no me ha desahuciado, aunque también es bien sabido por todos que un vampiro que padece de insomnio está condenado al ostracismo, y finalmente, a la muerte. Descubrí que lo que he deseado innumerables veces ahora me asusta. En tanto duran las rondas de caza, limpio las decenas de ataúdes que se encuentran en el disimulado subsuelo de la biblioteca y lo hago con el afán propio de un ama de casa. A pesar de que no reconocen mi labor, es por ella que todavía no me han sentenciado. Soy un sirviente sumiso y eficiente. Además, los quehaceres me ayudan a combatir cierta sensación de inutilidad. Y luego satisfago mis varios apetitos. A veces alguna estudiante se extravía en los corredores más oscuros buscando libros inexistentes. Ocultarla hasta la medianoche es tan simple…

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Primer monstruario  

Capricho #43, Primer libro de cuentos de Néstor Darío Figueiras (2017, Peces de Ciudad)

Primer monstruario  

Capricho #43, Primer libro de cuentos de Néstor Darío Figueiras (2017, Peces de Ciudad)

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