Acorralado

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Acorralado

SEGUNDA EDICIร N Sebastiรกn Gonzรกlez



ACORRALADO


González, Sebastián Acorralado / Sebastián González. - 2a ed . Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Peces de Ciudad Ediciones, 2018. 80 p. ; 21 x 15 cm. - (A lo garçón) ISBN 978-987-4481-25-2 1. Cuentos. I. Título. CDD A863 Corrección y edición: Peces de ciudad ediciones info@pecesdeciudad.com.ar Diagramación, diseño de interiores: Sebastián González sebastian@pecesdeciudad.com.ar Diagramación de portada, ilustración y postal: Martín Tobaldo Pastore tinchotobaldo_24@hotmail.com 2° Edición, Peces de Ciudad, 2018 Soledad Blanco Hecho el depósito que marca la Ley 11.723.

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Sebastiรกn Gonzรกlez

ACORRALADO



A mis viejos.



Para quienes no necesiten leer mi agradecimiento.



PRÓLOGO

Julio Cortázar diría que el estilo “es una cierta tensión y esa tensión nace de que la escritura contiene exclusivamente lo necesario”. Y por cierto, está selección de cuentos de Sebastián González contiene la inherente virtud de esa tensión escueta que enamora al lector. Que lo envuelve tibiamente en la ilusión de una realidad cotidiana tan transparente que, como diría Ítalo Calvino, se convierte por eso en la invención más sincera. Historias de encuentros y desencuentros, episodios propios de la niñez y la adolescencia como así también cuestiones del mundo laboral se dejan narrar de una manera pulida y amena, y el lector se abandona felizmente a esa maravillosa experiencia que supone todo mundo de ficción: recibir una verdad tal vez reconocible en la vida cotidiana, pero tamizada por la imaginación. De este modo, el punto fuerte de estos cuentos es apresar cualquier hecho reconocible de la realidad (“Alejarte diez cuadras de tu casa es una travesía digna de contarles a todos” dirá el narrador de ¿Es difícil jugar al poliladrón?) en un objeto literario que despliega toda su belleza. Por cierto, la ligereza de la sintaxis, las frases cotidianas y hasta el lenguaje coloquial sumen al lector en una representación que tiene incluso la misma fuerza que la realidad y que engendra una ilusión igualmente verdadera. Del mismo modo, aun en cuentos como “Culpa de amor” 11


y “Acorralado”, que se separan de la verosimilitud realista, saben demostrar muy bien cómo hacer una lectura de la realidad de otro modo, algo así como imponiendo a lo real otra coherencia muy distinta a la de la vida. Y, de esta manera, hacerlos únicos. En muchos de estos cuentos, o en casi todos, tal vez el lector tenga la sensación de que se cuela, como la luz por una cerradura, experiencias, anécdotas o hechos que ocurrieron en una realidad real. Sin embargo, es de una gran destreza y virtud del narrador, saber desplazarse de allí hacia el territorio de la imaginación de forma magistral y creíble. ¿Acaso el gran Stendhal no escribió la genial obra El rojo y el negro después de haber leído una crónica en la Gazette des Tribunaux sobre el del juicio contra el seminarista Antoine Berthet? Y sí también, ya el fenomenal Hemingway había escrito en el prólogo de París era una fiesta: “Siempre cabe la posibilidad de que un libro de ficción arroje alguna luz sobre las cosas que antes fueron contadas como hechos”. Asimismo, yo agregaría que en esta selección de cuentos de Sebastián González, si hubo algún episodio de la realidad que funcionó de disparador, el narrador supo muy bien trascender el episodio mismo para posarse finalmente en toda esa red de significaciones que cada cuento desata. En suma, ¿qué encontramos en estas ficciones? Sabemos que el artificio literario puede llegar a sortear un vacío de la realidad, puede reescribir algo que se ha omitido, inventar otra realidad, cambiar las leyes según el propio deseo, 12


iluminar territorios oscuros que nadie ha habitado, y podrĂ­a seguir. Y en esta selecciĂłn de cuentos tenemos la suerte de hallarlas casi todas.

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ARTIFICIOS CANINOS

¡La emoción de la primera cena de fin de año con mi nueva futura familia! Ya los había visitado un par de veces y no estaba nada convencido de haber aceptado esta invitación. La idea de concederle a Laura un deseo tan simple me llevó a dar el sí (sólo hablando de esta cena ¿ok?) Norberto y Mercedes, a quienes sus conocidos llaman Beto y Mecha, son agradables y muy atentos. Adoran el horrible reloj de pared que marcaba las nueve y quince de la noche. A esa hora nos sentamos a comer. Laura es muy callada y yo no tenía muchas ganas de interactuar con mis, probables, futuros suegros. Obvio que cuando el silencio incomoda, el tema elegido es siempre el mismo, el clima. Hacía mucho calor y estaba encapotado, pero, hablar quince minutos sobre lo mismo parecía demasiado, incluso en la reinante incomodidad. Por debajo de la mesa, Laura tomó mi mano, miradas de enamorados y sonrisas de esas que ayudan a soportar cualquier momento. La cena transcurría en calma mientras Beto me contaba anécdotas del barrio, ese barrio que estaba tranquilo. La primera bomba de estruendo explotó a las veintidós cero nueve. El ladrido de los tres perros no se hizo esperar y el evento disparó una charla. 15


—Deberíamos darle las gotas a los perros —afirmó Mecha. —Tardan media hora en hacerles efecto, mirá si se despiertan para las doce. —Entre treinta y cuarenta y cinco minutos —contradijo Mecha, extrañamente agitada. Se las damos ahora, hace efecto a las once y dura bastante según dice acá ¿ves? Mi suegro —qué feo suena decirle así— se colgó los lentes en la nariz, sosteniéndolos desde el inicio de la patilla derecha y leyó atentamente sin agarrar la caja del producto. —No, pero les puede hacer mal si se llegan a excitar por culpa de los petardos —dijo Beto sin resignarse a que, el triunfo en esta batalla, no estaba de su lado. —¿Cómo les va a hacer mal? ¿Me estás jodiendo Beto? ¿A vos te parece, nene, que le pueden hacer mal? La idea de meterme en la discusión me paralizó casi por completo, dejando a salvo tan sólo las cejas, las cuales elevé hasta sentir que la frente se me desgarraba. —No lo metas al muchacho, ya te dijo la otra vez que tiene un perro viejo y medio sordito, se salva de la tortura de los petardos. —Bueno, igual tuvo al perro sanito mucho tiempo, debería saber. —Mecha buscaba complicidad a toda costa.

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El horrendo reloj cuadrado —así lo llamaba Laura— marcaba las veintidós cuarenta y nueve, casi cuarenta minutos llevaba esta discusión entre lecturas de prospecto y el ritmo lento con el que hablaba esta gente. Ahora se miraban fijo, no tenía claro si porque la discusión los había puesto tensos o porque habían encontrado un enemigo en común, o sea yo, que sólo había emitido, hasta ese momento, unas cincuenta palabras, todas referidas al clima y un movimiento ascendente de cejas. La única esperanza que tenía de no terminar el año para la mierda y transitar los primeros minutos del próximo de la misma forma, se desvaneció en el momento en que Laura abandonó su habitual silencio. —¡Me dan la jeringa y dejan de discutir al pedo! La miré sorprendido, aunque me ignoró por completo. No pude reconocerla, ni en su frase, ni en su forma pero era evidente que estaba molesta y dispuesta a terminar con esta ridícula charla. —No se las podemos dar ahora, Laurita. —Dejá de subestimarme, Mamá, después van a sufrir y ahí empezamos el año con frases culposas y dando la razón a medias, ¡me das las gotas! —la última frase fue en un tono agresivo, cada sílaba llevaba un dosis de inusual violencia. —¡Le das las gotas, Mecha, por el amor de Dios! —¡Tomá las gotas! Pero si les llega a pasar algo a los perros… 17


—¡Ni les va a pasar nada, ni vas a hacer nada Mamá, dejate de joder! El gotero voló y Laura no pudo agarrarlo en el aire. En una maniobra increíble, que creí que traería algún tipo de recompensa, me estiré un poco y pude tomarlo antes de que se destruyera e hiciera que el problema fuera aún mayor. Laura me lo sacó de la mano sin siquiera mirarme, no había rastro alguno de mi dulce niña. Empezó a contar las gotas, según el peso de los animales, eran veinticuatro gotas para cada uno de los dos galgos y cuarenta para Sasha, así llamaban todos al pastor alemán hembra. Laura me advertía seguido sobre nunca decirle “la perra o de otra forma delante de sus viejos. Esa advertencia que, hasta hace un rato, me parecía irrelevante. —Lo estás haciendo mal, Laurita. Esta gente no dudaba, nunca un “creo”, ni siquiera un “me parece”. —Me hiciste perder, Papá, ¡te podés callar un poco! Laura volvió a poner las gotas en el frasco y reinició la cuenta. La charla ya era tensa. Veintitrés y trece y nadie había comido nada. Giré la cabeza hacia la heladera y vi, no sin desazón, que las sidras y las cervezas estaban afuera. Empecé a desear, con todas mis fuerzas, morirme; la otra vida iba a ser mucho más placentera que la velada que estaba viviendo, incluso de no haber otra vida, también iba a ser mejor que esto. Ni siquiera emborracharme con bebidas calientes era una opción tan nefasta.

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La escena era de lo más absurda, nadie me iba a creer sin pensar en que estaba exagerando. Si tan sólo el turrón estuviera un poco más duro, intentaría cortarme las venas y recibir muerto al 2016. Pero no, todo blando, todo con la fruta abrillantada, inexplicable elección para cualquier ser humano normal, pero claro... El intenso calor y todo lo que llevo descripto, me llevaron a despejar mis dudas sobre la existencia del infierno, no sé del cielo, ni idea del purgatorio, pero ahora puedo afirmar que en el infierno se discute sobre cómo dormir a los perros durante el eterno festejo de año nuevo. —Laurita, le pusiste veintisiete. —¡Papá, vos no te ves ni las manos sin los anteojos! —Once y treinta y siete, ya pueden estar contentos, los perros van a sufrir ¡y mucho! —Prendió la mecha, Mecha. Esta vez sí, el gotero voló, estalló y se derramó todo el líquido. Se fueron los tres, los vi pasar a cada uno con un perro, sonaron las puertas al cerrarse con fuerza. No antes sin discutir quién llevaba a Sasha. Fue Mecha, la que fue con Sasha al lavadero, Beto con un galgo al garaje y Laura con el otro a su pieza. Para esperar que terminara el año, me puse a levantar la mesa, guardar la comida que no comimos y a lavar los platos (el término incluye, platos, vasos, tenedores, cuchillos y fuentes), se abrió una puerta y Mecha me gritó:

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—Podés dejar eso, ¿dónde se vio que un hombre lave los platos? —En mi casa —respondí en voz baja, aunque quisiera haberle gritado para mejorar un poco mi fin de año. —Pibe, dejá todo como está, después de los petardos brindamos. Me resigné, dejé todo como estaba, agarré una sidra y me fui a sentar en el cordón de la vereda. Mucha gente ya estaba en la calle, preparándose para, según yo consideraba, la insólita forma de despedir el año. Los envidiaba, sonreían con ganas, no me importaba si era por el alcohol ingerido o por lo bien que la estaban pasando. Los envidiaba. Le di un sorbo a la sidra, esperé la arcada y como no llegó, seguí tomando, comencé a escuchar el conteo y confiaba, en que al llegar la cuenta a cero, iba a morir como lo soñé durante la cena. Pero eso no pasó, luces en el cielo, sonidos furiosos, estrellitas y chasquibum, mucha plata dilapidada en instantes. Respondí con infinidad de “igualmente” a los saludos de los vecinos que, aunque no me conocían, me deseaban buen año. Tendría que haberle respondido a cada uno con un ¿por qué no te matás, imbécil? pero ellos no tenían la culpa de nada. Este lapso fue lo más interesante de la noche, no pensé en nada, solo y como vacío de alma, miré el cielo iluminado por los últimos fuegos artificiales. Al terminar la sidra entré, no había nadie a pesar de que ya se escuchaba poco y nada del ruido inicial. Junté la mesa y empecé a lavar los platos. 20


Un pensamiento positivo se adueñó de mí, este tenía que ser el peor día del año. Escuché pasos y me predispuse para lo peor, era Laura, le sonreí, pero fue en vano, su actitud furiosa no se inmutó, disparó sin mediar ningún gesto de cariño: —¡Quiero que este día se termine ya! Me voy a dormir. El horrendo reloj marcaba las doce y veinte, el ruido del portazo de la habitación de Laura generó algunos ladridos. Unos minutos después, el ruido de la puerta de los padres, pero no hubo ladridos, sólo silencio. Me senté, saqué hielo, abrí otra sidra y un paquete gigante de garrapiñadas. Al sentarme, para mi sorpresa, me vi rodeado por los tres perros, que me miraban comer y tomar sidra con hielo. Sasha apoyó su pata sobre mi rodilla. Después de todo lo ocurrido no me animé a darle nada, pero ese fue el mayor gesto de amor que tuve entre las horas finales del 2015 y los inicios del 2016.

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