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n o r e n u nc i a r a los suenos Por Abdón Ubidia Y otra vez, estos de SoHo me joden con sus temas

obligados e inoportunos. Este no lo habrían propuesto a un escritor joven. Solo a uno que consideran viejo. A mí, por supuesto. Quiere decir que para ellos ya estoy viejo. Horror de horrores. O sea que debo dejar de hacer las cosas que me gustan: salir por las noches, hacer payasadas, escribir irreverencias o leer manos a jovencitas de pieles tersas. Debo, pues, acostarme a las ocho de la noche y ver televisión, tomar agüitas, no tener preocupaciones, hacer caminatas, los tragos mejor no, y las grasas y los dulces, olvídate, no existen. “La vida ya pasó”, estarán pensando. Has contraído la vejez. Estás enfermo de una enfermedad terminal: la ancianitud. Estás ya condenado a esperar el final. Quizá hueles a viejo y la prueba es que te trastornas el Polo verde (porque con el Polo azul, los herederos de Saint Laurent se equivocaron del medio a la mitad). Otra prueba irrefutable es que te vistes con ropa juvenil, jeans y demás. Reconócelo, me dicen, así, con esta propuesta para mí indecente: “Envejecer con dignidad”. Escribe sobre ese tema. Les servirá a los otros enfermos como tú. No se ha comprobado que la vejez sea contagiosa (yo creo que sí porque conozco a muchos jovenzuelos más viejos que yo), pero, por si las moscas, te aislamos. Te ingresamos en el pabellón de los excluidos de la juventud. Estás en el grupo de los que deben olvidar los riesgos de vivir y tienes que pasar a la vil condición de consejero ad honórem. ¿Quieres más pruebas?: estás jubilado. ¿No viste en la pantalla de la computadora esa sentencia infamante de los bestias del Seguro Social: “¡Jubilación por vejez!’” O sea que no son solo los de SoHo, también, en la conspiración, están los del Seguro. Y, entre nosotros, los médicos también. Dicen las mismas cosas: tienes que cuidarte, caminar, mejor te acuestas temprano. Por lo menos no mencionan las agüitas... sino una cola de pastillas para postergar la llegada de la pálida o al menos de la decrepitud inminente. No, por Dios, no estoy viejo, quiero espetarles. Los años no cuentan. Las canitas y arrugas tampoco. Podría demostrarles que aún estoy vivo. Que... en fin, mejor no ponernos morbosos. El ogro Onetti escribió un cuento genial: Bienvenido Bob. Se trata de un caballero que (y me ahorro la historia) odia a un joven que tuvo 20 años cuando lo conoció y ahora tiene 30. La venganza del caballero consiste en reunirse con él y alimentar los sueños

imposibles que el chico tuvo diez años atrás. “Ya no tiene a dónde irse”, dice el perverso protagonista. Así que, “Bienvenido al país de los viejos”, suelta por allí. Sí, claro, solo es cuestión de esperar: la vejez te llegará pronto, pero la verdadera, la del fin o la renuncia a los sueños imposibles (y a los húmedos también); la de las ilusiones perdidas y la de los deseos olvidados. Pero los mercaderes toman el asunto por el otro lado: por la consagración de la juventud como una mercancía más: eres joven y, por tanto, un comprador compulsivo: un cultor de la velocidad y los tontos riesgos de los deportes extremos, la comida chatarra y los cigarrillos (que te pueden matar pronto, antes de que dejes de ser joven, justo hoy, cuando la esperanza de vida llega casi a los 90 años). Y te ponen en las vitrinas, de los malls y de las pantallas de los cines hollywoodenses, los modelos que debes copiar: bellas y bellos ángeles, en lo posible gringos, que usan la moda de temporada que debes comprar (o robar, si eres pobre), porque eres un borrego más que tienes que seguir los mandatos de una industria masiva e implacable. Y así queda inventada la juventud como el único lugar que debes habitar: un planeta obligatorio en el que rigen reglas engañosas, pues te da el chance de fingirte joven con estiramientos de la piel, implantes de pelo para los caballeros y siliconas para las damas, ejercicios especiales y pastillas, cómo no. Y así asistimos al desfile de los jóvenes postergados que exhiben sus acomodos corporales a veces con alguna dificultad evidente, para colmo, como le pasa a Berlusconi con ese pelo de chimpancé de circo o a la duquesa de Alba que amenaza con desarmarse el momento menos pensado. Yo podría hablarles de otros jóvenes más naturales: de Hessel, quien a los 91 años escribió Indignaos, librito que sacudió a los estudiantes europeos, o de Niemeyer, el creador de Brasilia, que siguió proyectando rascacielos hasta los 103, o de Edgar Morin, quien sigue escribiendo y dictando conferencias ya pasados los 90. No sé si me explico, pero a mí me parece que estos ejemplos bastan. Si no les convencen, entonces... “envejezcan con dignidad”, acostándose temprano, tomando agüitas, etcétera. Y, sobre todo, renunciando a sus deseos más oscuros y a sus sueños posibles e imposibles, desde luego.

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