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más vale

que brujA Por Verónica Garcés Antes odiaba a los sicólogos, todavía los odio un poco, a los que te cobran por hora mientras te dejan desangrarte en la misma silla, donde otro se acaba de desangrar minutos antes y se regodeaban silenciosos en tu miseria, mientras piensan qué se van a comprar con la platita de las consultas a fin de mes. “Hay que llegar al origen del problema” y con ese cuento te tienen años dándole a la lengua como una navaja que corta lo poco que te queda de dignidad. Entre los personajes siniestros con título en Sicología que han pasado por mi vida están una examiga de mis padres que nos “atendía” gratis a todos, pero lo único que hacía era pasar chismes de un lado al otro; una vieja rubia —de las que han tratado a los hijos de medio Guayaquil— que le dio a mi hermana de 9 años un coctel de ritalina y antidepresivo sin preguntarle nunca qué coño le pasaba, y la terapista familiar donde mi madre nos obligó a ir a todos menos a mi padre (“si él no se quiere ayudar, al menos nosotras hagamos el esfuerzo”, dijo a pesar de que nunca pretendió incluirse en el nosotras). Fuimos a dos sesiones en las que habló por teléfono tres veces. Abortamos cuando dijo: “El amor todo lo puede”. Teníamos 13 y 17 años, odiábamos a nuestros padres, no estábamos para eso. Nunca les hice a las brujas tampoco. Eso de la magia negra es terrorífico y la magia blanca, pues no me da mucha confianza. Primero conocí a Wendifer, la bruja de la farándula, que aún sale en televisión y predice amoríos y rupturas de carolinasjaumes y marianesabatés. Luego, a Silvia, una mujer bastante más seria que decía que podía hacer llover. “Cuando haces wicca ­—me dijo—, te encuentras con seres de otras dimensiones que no siempre son buenos, debes protegerte”. Para qué carajos querría encontrarme con diablitos y pejesapos de ultratumba cuando puedo no hacerlo, fue mi humilde razonamiento. Pero mi madre, que estaba en su intento número 300 por dejar a mi padre bipolar, no razonó. La bruja le miró el ojo vidrioso y

el rímel corrido y le dijo que él estaba loco, con eso se la ganó. Luego le dijo que mi segundo bebé venía con problemas, pero que al final estaría bien. Yo ni siquiera tenía novio, pero sus palabras se convirtieron en sentencia. Años después cuando mi segundo bebé tuvo su primera crisis de bronquiolitis, mi vieja tuvo el desatino de contarme aquello de la bruja y fue como echarle gasolina al fuego hipocondriaco de mi angustia. Pasamos un año terrible de enfermedad y miedo, durante el cual no hubo un solo día en que no pensara en las palabras de la bruja, en cómo le habían impactado a mi madre, en cuánta fuerza habían ganado con el solo hecho de compartirlas. No hay que meterse con brujas. Nunca. Hasta que al fin conocí a Claudia, sicóloga clínica experta en visualizaciones y PNL. Desde la primera sesión supe que estaba en el lugar correcto. Apenas empecé a vomitar un magma de quejas contra mis padres, me paró en seco. Me dijo enfoquémonos en tu problema actual, por qué estás aquí. Entonces le conté lo de mi exnovio gusano, lo de mi trabajo esclavo, lo de mi insomnio y mi gastritis. Me pidió respirar profundo, tensar el cuerpo, relajarlo, cerrar los ojos, imaginar. Claudia me dio una casa propia, un reino bajo el mar, un árbol de la vida, un animal de poder. Cada vez que salí de su consulta, salí reforzada, feliz, con ganas de saltar y respirar toda la alegría del mundo. “Las imágenes son más fuertes que las palabras”, me dijo. “Le hablan a tu inconsciente de una manera mucho más clara”. Ciertísimo. No todos los sicólogos son genios de luz como ella, pero sí existen profesionales con experiencia, humanismo y conocimiento que pueden ayudar sin dejar que te deshidrates a punta de llanto, hacer pactos con el diablo ni pronosticar ninguna tragedia. Si los encuentran, desde luego, más vale ir al sicólogo que a la bruja.

empecé a vomitar un magma de quejas contra mis padres.

una revista para gente de derecha

SoHo 61

Más vale Sicólogo que bruja  

Revista Soho Ecuador. Edición solo para gente de Derecha.

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