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historias se xuales

Hambre

atrasada Por Lilit

La abstinencia sexual le provocó a nuestra columnista malgenio, ansiedad y dolor de cabeza. El remedio para este mal fue, como suele pasar, peor que la enfermedad. fotograf ía: alejandr a

quin tero ©

Estábamos en la sala de mi casa, destapé un par de

cervezas, me quité los zapatos y me acomodé en el sillón. Él se quedó de pie junto al ventanal de la sala. Antes, yo me había mandado unos cuantos tequilas para entrar en ambiente, pero nada que entraba. Había algo en él que no me gustaba. Ni siquiera sé cómo llegamos hasta aquí, porque la conversación en el restaurante había sido aburridísima. Pero yo llevaba varios meses sin sexo y estaba consciente de que necesitaba un buen remezón. El hambre atrasada es un estado peligroso. Lo había conocido en Espacio Vacío, la galería de arte del centro. Era muy guapo, parecido al actor Liam Neeson. Fui yo la que se le acercó, le coqueteó, lo tentó. Él se enganchó enseguida. Pero en esa época, yo salía con alguien y no pude volver a verlo. Pasó el tiempo y llegó la tarde calurosa, de deseos reprimidos, en que tuve la mala idea de llamarlo. Él se puso contento. Fuimos a un lugar árabe, a unas cuadras de mi casa. Llegó sudado y con unos zapatos relucientes. — ¿Son nuevos? —Sí, me los acabo de comprar. Tuve que ir hasta el centro, yo trabajo en el sur. —Pero, ¿por qué hiciste eso? —Porque cuando recibí tu llamada, yo andaba con unos deportivos sucios, y no quería que me vieras así. Sentí una mezcla de fastidio y ternura. Este chico vivía como en un enano en una cueva. Nunca había viajado, ni siquiera a Quito. No porque fuera pobre, sino porque no le parecía importante viajar. Tampoco le gustaba leer. No tenía calle y encima ¡era abstemio! Ya solo le faltaba ser monja de claustro. Éramos totalmente lo opuesto el uno del otro. No había un solo tema común. Él tenía más de 30 años, vivía con sus padres y les informaba sus pasos. Yo vivía sola desde hacía ocho años, no le informaba a nadie nada. Estaba todo mal y obviamente podía ponerse peor. Porque hablar solo empeora las cosas. 98 SoHo

Entre los 20 y los 30 años todo era más sencillo. Yo no me complicaba. Salía con tontos e inteligentes, guapos y feos, jóvenes y viejos, por igual. Por eso soy un baúl lleno de historias. No les veía tantos peros a los hombres. Siempre algo aprendía y, por sobre todo, me divertía. Pero después de los 30, ya no encuentro muchos hombres que me gusten realmente. Y les pasa lo mismo a mis amigas que han vivido la vida, que no se han casado y no se quieren casar. Conozco mujeres jóvenes que no tienen sexo desde hace años. Se cansaron del sexo por el sexo, buscan significados, contenidos. Y no los encuentran. Ninguna mujer quiere resignarse a una vida sin sexo, frustrante y triste. El sexo es una necesidad no solo física, sino también del espíritu. Yo no estoy tranquila cuando no tengo sexo regularmente. Al mes y medio ya me pongo malgenio, ansiosa y empieza a dolerme la cabeza. En ese estado estaba esa noche. El chico parecido a Liam Neeson me miraba temeroso. No sabía qué hacer para acercarse. Sus palabras no estaban funcionando. Yo tuve un déjà vu. A los 26 salí unos meses con un periodista deportivo. Si bien el vacío intelectual era grande, él se sometía a mí como un pequeño perro y, por entonces, la situación me entretenía. “Por favor, úsame. Tírame si quieres, pero antes úsame”, me decía cuando recién nos estábamos conociendo (era argentino, tal vez por eso lo exagerado). Este chico, con su cara de actor de Hollywood y sus lustrosos zapatos nuevos, tenía exactamente la misma actitud. No le contesté. Me levanté y lo besé. Realmente lo que quería era que se callara y que dejara de mirarme así. Afuera llovía y preferí besarlo a echarlo a la calle. Sentí un leve escalofrío y, por un momento, pensé que todo podía mejorar. Fuimos al cuarto y tuvimos sexo durante varias horas. Ese tipo de sexo en automático, que nada te dice, que nada te deja. Él se quedó a dormir. Al día siguiente, creyó que habíamos iniciado una relación. Quería salir de compras, cocinar juntos, ver la tele. Mierda, pensé. Le pedí que se fuera. El hambre seguía intacta.

Edición 117


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