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Por Esteban Michelena

EL PUÑETE

NUESTRO

DE CADA DÍA erick bone y dunnis liñián subieron al ring del coliseo julio césar hidalgo para pelear nueve asaltos. el ganador tendría la posibilidad de optar por un título mundial en la categoría wélter. un cronista de soho fue testigo de este clásico ecuador vs. colombia resuelto a golpes. fotografía: Oliver Echeverría

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zona crónica El exboxeador Segundo Chango, entrenador de 'El Relámpago', le da instrucciones a su pupilo.

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o importa que este tenga experiencia. Yo tengo un sueño —dijo ‘Relámpago’.

—Sigue soñando, muchacho. Que soñar no cuesta nada —respondió el colombiano. Los rivales se miraron fijamente, amenazantes. La prensa y el público asistente aplaudieron a rabiar. El pasado viernes 1 de marzo, el pequeño mundo del boxeo profesional ecuatoriano jugaba a grande. Los medios anunciaron —a los tiempos— una cartelera profesional donde, como plato fuerte, treparían dos púgiles: uno ecuatoriano, Erick Bone, conocido como ‘Relámpago’ y otro, colombiano, Dunnis Liñián. Organizada por Ramiro Delgado, un novel y comprometido promotor, la cartelera tuvo su inicio formal y según el canon: la ceremonia de pesaje de cada uno de los boxeadores. Fue a media mañana, en el Hotel Quito. Y emuló esos pasajes —tan recreados en las películas de boxeadores— donde los rivales —antes de dar el peso justo en la báscula— intercambian advertencias y bromas pesadas. Acá, es lo mismo —aunque en humilde— de aquellas ceremonias que, en la memoria de los aficionados, pervive de las grandes leyendas del box mundial y de esa era dorada, mediática y espectacular liderada por el no menos memorable Don King, ese negrazo extravagante que contribuyó a la industrialización del boxeo; aunque también al declive al que hoy comparece. A un lado, Erick Bone, quiteño-manaba. Al otro, Dunnis Liñián, colombiano. Los dos dieron el peso exacto en la categoría Wélter, de 140 libras. Protagonizan la anunciada pelea estelar, pactada a nueve asaltos. Y los dos están listos para, a porrazo limpio, mantener la esperanza prometida: disputar un título mundial —el de la WBA Fedebox— en el mediano plazo. Pedro Bedón, presidente de la Asociación Ecuatoriana de Box, intervino lo justo: descartó cualquier tipo de inconveniente y garantizó la salud, la integridad y la plenitud física de los combatientes.

A LA HORA DE LA HORA

Llegado el día, la fantasía de emular los grandes combates se pone en escena. La lona está tendida, aún con polvo. Aunque se puede leer: “Pichincha ejemplo deportivo de la patria”. Abajo, el

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ring side criollo está casi lleno: con numeraciones improvisadas de papel y escritas a marcador, las butacas coinciden con los boletos. A la espera de las cinco bravas peleas, el público —con comida en mano y de buena asistencia— se fue acomodando al ritmo de Thriller de Michael Jackson. Camerinos dentro, entre risa y preocupación, un entrenador cubano, mira su reloj y reza porque su pupilo llegue. Me pide que le dé viendo su celular mientras se carga, porque se ha quedado sin batería. Y quiere llamar a su boxeador que no aparece. Faltando diez minutos para la pelea, aparece su campeón: el negro lo hace con un sombrero blanco, que le hace juego con su sonrisa de piano. Que no había taxis, dice. En esta pelea —que puso a medir quiños entre un cubano y un crédito compatriota—, la injusta decisión tomada por la mesa desató la polémica y el enojo de la gente. Jeisson Pabón, el “nuestro”, salió bien librado, pero la cita fue incompleta: se pelearon solo cuatro asaltos de seis, terminó en empate y los abucheos no se hicieron esperar. El caribeño mejor se la tomó suave. Y al grito generoso de ¡vamos, Cuba!, dejó el ring pavoneándose como modelo. Enseguida, dos modelos —estas sí AA y de verdad— con atuendos llamativos anuncian el primer round de la siguiente pelea y confirman que los golpes siguen. Para sorpresa, una de ellas, morena tuca y guapa, también es boxeadora y, para colmo, campeona nacional. Es Grace Arce y, a mi lado, el juez Jairo Jurado la contempla. Finalmente, mejor se ríe y comenta: “Esa-sí-me-pega”. LA OTRA PELEA DEL ‘RELÁMPAGO’ BONE

Se trata de un clásico Ecuador vs. Colombia, pero a puñetes. Y ese viernes 1 de marzo, a las 20:00, en medio de un público afanoso que llegó al viejo coliseo Julio César Hidalgo, sonó el primer campanazo de la esperada pelea internacional. Veinticuatro horas antes de fajarse, Bone se despide de celulares y aparatos electrónicos que puedan distraerlo. Como regla, ‘Relámpago’ se despierta a las cinco de la mañana, le reza a Dios, tenga o no tenga que subir al encordado.

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Erick Bone le propinó un derechazo en el hígado al colombiano Dunnis Liñián, que lo mandó a la lona en los primeros asaltos.

Pero cuando hay trabajo, antes del combate, por las dudas, también le habla al de arriba. Con 24 años, este joven gladiador sabe lo que es recibir golpes en la vida: se inició con tan solo 12. Y del toma y daca ha hecho su profesión, mantiene viva la esperanza y cuida de ese motor invisible que le alienta cada día. “Yo tengo un sueño”, como le dijo cara a cara a su rival durante el pesaje. De sangre manaba quiteña, Bone surge de barrio adentro: es de Portoviejo, donde le apoyan y reconocen. Para llevar el pan a la mesa, que comparte con su señora y su pequeño primogénito, cuenta tan solo con sus puños, largas horas de entrenamiento —por lo menos cuatro diarias— y una dieta, más bien casera, de carbohidratos y proteínas. Sopitas de fideo, plátano verde y todo el atún que haya chance, más claro. En su rostro, moretones y cicatrices hablan de tristes errores y desconcentraciones que todos los días le recuerdan al ‘Relámpago’ por dónde ha fallado en el combate. Antes de subir al ring, Bone aparece tranquilo, muy concentrado y poco expresivo. Su rival, Liñián, aparenta ser más canchero: salta el encordado y permanece moviéndose de un lado al otro, correteando por las esquinas con un pantaloncito tricolor lleno de llamativas lentejuelas. Hace saber que el showman ha llegado. Llega la hora de la hora. Para la pelea estelar, con toda la solemnidad del caso, se escuchan y entonan los himnos de Colombia y Ecuador. Al final del canto patrio, a viva voz, el infaltable ¡sí se puede! Durante los primeros movimientos, Bone se desplaza en el ring como si aún estuviera en el lobby del hotel: tranquilo, impenetrable, concentrado con la mirada fija en el rival, sin un solo gesto. El ‘Relámpago’ calculador espera y estudia a su rival. Lo atiende en el primero de los asaltos y, con un solo derechazo al hígado de Dunnis, lo manda al piso. Su mirada sigue impávida, parece robot. Muestra que intentará la vía rápida. Ducharse y volver a casa, cuanto antes.

Con Dunnis boqueando en la lona, la alegría se desata entre el personal de su esquina, donde ya advierten que su chico saldrá con los brazos en alto. Su entrenador, el legendario exboxeador Segundo Chango, perdió los papeles: se puso una peluca afro y a grito pelado animó a su ‘Relámpago’. La voz del entrenador, locuaz y cinematográfico, caló en su pupilo. En el devenir de los siguientes asaltos, en varias oportunidades, ‘Relámpago’ arrincona al colombiano contra las cuerdas y, derecha-izquierda, con el clásico un-dos, sacude el cráneo del moreno, sorprendido y súbitamente nervioso. Pero Dunnis no llegó a Quito a ver qué pasa. Y en el tercer asalto, con un derechazo desde abajo que revienta en el pecho de un Bone que tambalea y acusa recibo, advierte que si le toca, venderá muy cara su derrota. ‘Relámpago’ lo sabe. También que, a esta altura del combate y si es por puntos, el título es suyo. Entonces, opta por una pelea conservadora y precavida que, incluso, le impide —ya en el último round— noquear a su rival. Los expertos señalan que en estos casos lo mejor es lo que está haciendo Bone: no arriesgar a que de un rival menoscabado y castigado —quien quita— salga un último pero poderoso directo al mentón que altere la decisión de los jueces o —como sí ha pasado— con un poco de fortuna, termine con el favorito boca abajo. Bone tiene todo esto muy claro. Alarga la pelea, mantiene el resultado y solo espera el campanazo final. Cuando este llega, ‘Relámpago’ apenas sonríe; desgastado y frío lo único que le cambia el semblante es tener a su pequeño hijo en brazos. Es su verdadero trofeo que abraza y carga en hombros, lo besa y muestra a un coliseo que retribuye vivas y aplausos. El título se queda en casa, Erick guarda el resultado y espera la voz y el canto del presentador anunciando su victoria. Cuando esto ocurre, el viejo coliseo Julio César Hidalgo se sacude, como en sus mejores años. Los medios, amigos y parientes se toman el ring y abrazan a Bone; un pueblo orgulloso grita el nombre de su patria. El campeón, con su pequeño en brazos, está feliz. El resto no importa: su familia es su motivación, y su señora acude con una sonrisa. Nuestro campeón, cansado, por fin, eleva sus puños hacia el cielo y algo festeja este nuevo paso al sueño que lo mantiene en pie. Pero también sabe que, más pronto que tarde, otros como él vendrán por lo que en esa noche defendió y reclamó como suyo: el pan de cada día, el de él y el de los suyos.

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