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LAS LÁGRIMAS DEL ARTILLERO Son los años ochenta. Carlos “El Bacán” Delgado, legendario portero de El Nacional y de las selecciones absolutas, abandona el campo. Con la mirada clavada al piso, camina a paso de funeral, directo al camerino sur del Atahualpa de Quito. Ahí le espera lo peor: la afición le lanza naranjas y lo baña en insultos, primero, los relacionados con su condición de negro. Después, el resto. La revista Estadio publicó la foto y no la he olvidado: el de “El Bacán” es uno de los rostros más tristes y devastados que he visto en mi vida. Para esos años, las expresiones racistas en los estadios eran más frecuentes. Y cuando alguno de estos chicos, mal entrenados para responsabilidades —como esa de, sin proveerles ni el pan, delegarles la dignidad nacional— corría en pos del arco contrario, en la radio y en las gradas escuché frases letales: ¡No pienses, negro! Tras un duro camino que se inicia en la era Dráscovic, el jugador afroecuatoriano decanta lo que yo valoro como un inédito aprendizaje y superación intergeneracional. Y a la vuelta de las décadas correspondientes, de fecha en fecha, lograron cambiar la valoración que ahora —a veces a su pesar— les reconoce la sociedad en su conjunto. Y de jugadores entrenados a la buena de Dios y por eso en desventaja, disminuidos y atemorizados para enfrentar —primero a su propia y despectiva hinchada— y a poderosos conjuntos como Argentina o Uruguay; hoy el país se ampara en las trayectorias impecables de formidables profesionales como Antonio Valencia, Felipe Caicedo, Chucho Benítez y los muchachos que conquistaron el mercado mexicano de la redonda. Ampliamente conocidas son las condiciones de violenta exclusión en que crecen estos compatriotas: Antonio

Por Esteban Michelena

tuvo que ayudar a parar la olla vendiendo botellas; Édison Méndez, Ulises de la Cruz y Agustín Delgado escaparon —apenas con los pasajes, un par de zapatos viejos y su fe indestructible— de esas aldeas del Chota, donde los indicadores de desarrollo humano aún espantan a cualquiera. Y Filipao —en un documental inédito del colega Miguel Guerra— confiesa que las lágrimas que tiene tatuadas en su rostro se las hizo para no olvidar, jamás, el dolor de esos primeros días, cuando la pelota, para él y los suyos, fue el pescadito, la dicha, la esperanza y supervivencia de cada día. Y que por eso es de poco hablar, que se prefiere solo y en medio de su maravilloso y épico mundo propio. Lejos del rutilante camino que construye la Selección camino a Brasil 2014, es justo valorar las ejemplares historias de superación que protagonizan nuestros jugadores y dan cuenta de la talla XL que tiene su espíritu. Jefferson Montero, harto de ver a su padre partirse el lomo en las plantaciones de una bananera ajena, le dice: “Ya no quiero que trabajes aquí. Me haré futbolista”. Y va, lo hace y la rompe. Por eso, aún caen como patada en bajo vientre actitudes como aquella vergonzante en que Filipao, sentado en la mesa de un restaurante guayaquileño, es denunciado y “cacheado” como si fuera a asaltar el local. O esos sufridores que, saturados de envidia y frustración, condenan el gusto de estos chicos a la ropa fina y los bólidos. ¡Déjenlos disfrutarse, hombre! La sociedad ecuatoriana tiene ahora —que todo es besos y abrazos— una oportunidad que no puede dejar pasar. Y siguiendo el ejemplo de sus cracks, superarse a sí misma y comparecer con alegría, fraternidad y omnipresente respeto; al cuarto de hora luminoso que, otra vez, el país vive, paradójicamente, gracias a aquellos a los que siempre dio la espalda.

es justo valorar las ejemplares historias de superación que protagonizan nuestros jugadores y dan cuenta de la talla xl que tiene su espíritu.

8 SoHo

Edición 122


Las lágrimas del artillero