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Capítulo 1. Bajo la luz de una lámpara clásica de porcelana, Gabriella observaba la hoja de papel, blanca como la cal, mientras mordisqueaba la punta de su lápiz esperando por un inicio que quizás no llegaría. No esa noche. Porque preguntas y más preguntas se arremolinaban en su mente y, definitivamente, ninguna trataba del ensayo que, se suponía, debería de estar redactando. Pero simplemente no podía concentrarse y atender a la tarea de castigo que le había asignado el señor Clark por no haber prestado atención en la clase de Historia. Pero es que ¿Cómo esperaba él que todos estuvieran al corriente de su clase si toda la atención estaba puesta en el chico nuevo: Mark Dawson. Aquel chico hermoso y misterioso que se había aparecido en el aparcamiento con su hermosa tez pálida, sus ojos de un hermoso verde oscuro, como esmeraldas, cuyas líneas de las pupilas eran de colores degradados que daba a su cara el aspecto de un dios griego, ya qué en esa parte le favorecía su mandíbula cuadrada y musculosa y sus pómulos prominentes sin salir de su balance; su boca, esos labios que llamaban la atención solo por ser su labio superior un poco más grueso que su labio inferior la cual daba la impresión de que solía mantener la comisuras de los labios hacia abajo ,y, que al sonreír, mostraba unos dientes blancos y perfectos; su cabello ondulado color castaño oscuro, casi negro, que al sol mostraba toda su belleza. Se podría haber dicho que con solo observar su cara bastaba para decidir si era guapo o no, pero al bajar la mirada se podía ver que no solo se veía bien: también vestía muy bien. Demasiado bien para ser francos. Con su deportivo, un Mercedes Benz color negro se veía lo que gritaba tanto su auto como su ropa: era rico. «Enhorabuena, un buen partido », había dicho Jenna. Pero eso no le interesaba, a menos que tuviera la cabeza hueca como Lisa. Sus ojos eran cálidos y eso le daba la impresión de que era un chico agradable. Iba vestido con un pantalón desteñido y una camisa negra que le daba la elegancia de un modelo de pasarela. Caminaba con gracia y seguridad hacia la oficina de información. Solo una palabra podía describirlo y esa era: hermoso. El era hermoso. Gabriella suspiró profundamente reprimiendo un bostezo para luego dar inicio a su ensayo acerca de La Revolución Francesa antes de que el sueño lograra vencerla por completo.

. . . A muchos kilómetros del hogar de los Mason, hundido en el bosque, Mark Dawson aparcaba su auto al frente de la casa que había remodelado hace poco. Era una excelente obra, pensaba, mejor que las que había dejado en Alemania, Francia, Italia y Brasil siglos atrás. Vivía solo en esa casa extensa de dos pisos, pero no le importaba la soledad y la comodidad, un hogar grande era relevante si se era inmortal.


Nuestra historia no se parece a muchas otras. Mark no era un brujo, un vampiro, una persona hechizada ni mucho menos un ser de la oscuridad. En realidad Mark era un ser humano, salvo por la idea de que no sangraba y los años parecía no tocarlo. De hecho, lo repelían. Mark era una persona inmortal. Fuera de eso comía y dormía, no obstante también tenía reflejos más agudos de los de cualquier humano. Podía ver en la oscuridad, corría y se movía 30 veces con más rapidez y gracia que una persona normal. La razón de estar sólo era porque sabía lo vulnerables que eran las «demás personas», como él les llamaba en su interior, y no querría sufrir por el hecho de que un

humano le atrajera más de la cuenta mientras que el siguiera con sus infinitos e intocables 18 y el humano en cuestión muriera. Luego tendría que pasar su eternidad pensando en esa persona. No. Ya todo era lo suficientemente pesado, no debía hacerlo aún más difícil. No más de lo que ya era. Además, nunca lo aceptarían. Al menos no por completo. No podría decirle a nadie lo que era. Jamás se atrevería. Lo trataría como un anormal o simplemente no lo tratarían por miedo. «¡Que absurdos son los humanos a veces!-pensaba con ironía-. Queriendo ser siempre alguien como yo y, sin saber lo que piden, y queriendo ser yo uno de ellos ». Dio un fuerte suspiro al tiempo que se bajaba de su hermoso Mercedes caminando hacía las escaleras de la casa blanca y enorme a paso lento y aburrido.

Capítulo 2. Era un día caluroso en la pequeña ciudad de Undercity. Los rayos de un hermoso amanecer atravesaron el delgado cristal de la ventana de la habitación de Gabriella enviando luces en todas las direcciones causando que la chica se despertara bruscamente del extraño y bonito sueño que había tenido esa noche. Extraño porque sólo había soñado con una habitación oscura y un par de ojos verde oscuro y nada más. Sólo con eso. Y bonito porque, aunque no sabía de donde, conocía el color tan peculiar de esos ojos, le resultaban familiares y agradables haciendo que su sueño fuera plácido y tranquilo. En su sueño ella sabía que había un par de ojos observándola en una sombría oscuridad. Pero también sabía, y no entendía como, que estos ojos no la acechaban sino que la miraban con un sentimiento protección, amor y adoración. Pero la única persona que la había visto así era su madre y ya había pasado un par de años desde que su padre la despertó, con caricias en su rostro para decirle que su madre había muerto. Los ojos de su padre, George, estaban llenos de profunda agonía. Amaba a su esposa Christina y, ahora, el saber que los había dejado le partía el alma. Había sido su novia desde los 14 años, la conocía desde pequeño y estudiaban juntos. Pero un día la observo a los ojos y se dio cuenta de que la amaba y de que lo


único que quería era estar con ella, todo lo demás podía esperar. Ya nada le importaba más que Cristina. A los 19 años le propuso matrimonio y un año después nació Gabriella. George la amaba con todo su ser y ella le correspondía del mismo modo, y el tener una hija sólo les hizo darse cuenta de que ellos querían y debían estar juntos siempre. A los 16 años de casados, Gabriella era la dicha y esperanza de la feliz pareja. Ella observaba el amor que ambos profesaban con admiración. Después de tantos años de casados, aún se veían con la misma mirada enamorada desde hacía 16 años. Christina le daba amor a su esposo cada día y el le complacía en todo lo que ella quisiera. El simple hecho de no poder cumplir un capricho a su esposa significaba un castigo para él. Casi nunca discutían por alguna tontería como cualquier pareja y cuando lo hacían se reconciliaban un momento después. Una tarde de mayo, su madre le dijo a Gabriella que estaba embarazada. Ella tenía 15 años. Era esbelta, delgada y morena, con una tez pálida pero saludable. El mayor orgullo de sus padres; hermosa, agradable, simpática y desinteresada. A menudo su padre le decía «Eres el paquete completo: bella y lista. Cualquier hombre te querría. Pero tú no querrás a cualquiera. Eres una muchacha que también tiene defectos. No lo olvides. Y no te creas superior a nadie ni te compares. Eres igual a todas. Sólo que más bonita.» Ella estaba muy feliz con el embarazo de su madre. Siempre había querido una hermanita para jugar, y ahora la tendría. Se sentía dichosa, al igual que sus padres por la nueva alegría que ahora llegaba a su vida. Pero sólo dos semanas después llevaron a Christina al hospital. Se sentía mal y tenía un fuerte dolor en su vientre. Al salir el doctor de la habitación en que estaba Christina fue directo donde estaban sentados esperando George y Gabriella para decirles que había perdido el bebé y que debían hacerle una cirugía porque, además de la pérdida, el ultrasonido había reflejado cierta protuberancia extraña en uno de los costados de su útero; debían sacarlo y averiguar si el tumor resultaba benigno o maligno. Gabriella sintió como la dicha que había sentido semanas antes se convertía en cristal y se destruía en miles de pedazos, poco dispuesta a repararse. Y su padre, por supuesto, no podría estar mejor que ella. A la mañana siguiente se llevó a cabo la operación. El tumor resultó ser maligno. Gabriella respiró hondo, poco dispuesta a llorar en ese preciso momento. Se llevó una mano a los ojos y se secó las imprudentes lágrimas que habían osado salir a la luz del día. Ladeó su cabeza para observar la única fotografía en ese extraño marco de cristal en su mesita de noche de caoba en la que se veía una mujer hermosa de tez pálida y ojos grises profundos y alegres, del mismo tono que los de la chica. Su cabello ondulado y largo de color negro y una camisa púrpura sin mangas. Con una pose de coqueta-sutil, Christina observaba desde el marco a su única hija. «¡Cómo te extraño, mamá-Pensó Gabriella- cómo quisiera que estuvieses aquí.» Con un último suspiro se levantó de su cama, se recogió el pelo en una coleta, tomó la bata de baño y fue asearse para el día que la esperaba hoy.


Capítulo 3.

Al salir del baño, procedió a buscar la ropa que vestiría el día de hoy. Eligió algo cómodo pero bonito. Un jean de bolsillos delanteros con tela que se amoldaba sobre sus piernas, con una franela de tela delgada, manga corta, púrpura, según su padre, el color que la hacía lucir más atractiva. Igual a su madre. Se vistió tranquilamente y se giró para buscar las cosas que necesitaría para el día de hoy en la escuela. Pero su vista se vio cegada por la luz roja de su reloj pegado en la pared. Siete y treinta. Llegaría tarde. El momento de tranquilidad frente al espejo acabó y salió corriendo para observar por la ventana que su padre ya se había ido y con él, el auto. Gritó maldiciones en francés, idioma que se le daba realmente bien, al tiempo que encontraba su morral y salía corriendo escaleras abajo, tirando la puerta principal de un portazo y corriendo, veloz y dolorosamente, cómo nunca lo había hecho en sus 17 años de vida, camino al instituto. Casi llegando comenzó a faltarle el aire, sentía haber corrido una maratón, nunca fue buena en los deportes, y, aunque seguía corriendo, veía sólo el piso, por lo que no tuvo tiempo de frenar de golpe y así evitar el choque fuerte que acababa de producir entre ella y otra persona. Lanzó un grito ahogado al tiempo que sentía como caía hacía atrás. Pero, sorprendentemente unas manos la sujetaron por su espalda evitando la caída de manera rápida y estable. -¿Estás bien?-le preguntó con una voz ronca, profunda y tranquila. -Sí-contestó ella en un jadeo sólo un momento, para después volver a impactarse con la mirada profunda de un chico, cuyos ojos verdes eran del mismo color y de la misma forma de los que había soñado-¡Oh!-exclamo con sorpresa la chica al caer en la cuenta de quien la tenía agarrada entre sus manos era Mark Dawson. El hermoso y rico Mark Dawson. Él la sostuvo y la levantó de manera que ella sola pudiera ponerse en pie.-Gracias-dijo ella ruborizada. Y disculpa por haber chocado contigo-agregó-yo…debo ir a clases. Gracias y…disculpa, otra vez.

Se sentía avergonzada, muy avergonzada de dejarlo allí, sólo, parado, seguramente pensando que ella era una estúpida por no haberse fijado por donde iba. Pero ¿qué más podía decirle? “Ey, anoche soñé con tus ojos, son lindos por cierto” si, hubiera sido una estupenda conversación.

. . .


Bajo la luz de una lámpara clásica de porcelana  
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