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Capítulo 1

Jaune, una chica de corazón amable, ojos verdes y cabello negro. Reina de Nauren, ya que sus padres habían muerto cuando ella tenía tan solo once años. Su tío había cuidado del reino ya que era el rey de un país vecino llamado Ylen. Ahora que iba a cumplir 17 años iba a convertirse oficialmente en la soberana de Nauren, y no lo tenía muy claro. Nunca había tenido amigos, no había tenido gente con quien hablar de sus dudas… Y en esos días conocería todo un mundo nuevo para ella, nunca había visto el mar, ni las impotentes montañas. Solo conocía su castillo alejado de todas las maravillas del mundo, según su tío era muy peligroso que una futura reina saliera fuera. Lo único que necesito es reunirme con los insoportables consejeros que me han dejado mis padres. Por ejemplo, Direl, un hombre cuarentón insoportable, siempre huele a vino y me hace más difícil la tarea de gobernar un reino. Direl está todo el día mareándome y algunas veces ni viene a trabajar. Me resulta una pesadilla ir a la gran torre que me encierra horas y horas mientras leo enormes pergaminos y firmo un sinfín de papeles, pero hay una mujer que me hace sentirme bien. Alna es la única consejera que ha conseguido la confianza de los anteriores reyes, tiene el pelo castaño oscuro y sus ojos negros la hacen más madura y decidida. La Torre de control es donde trabajo cada mañana, son varias habitaciones de un tamaño razonable donde se encuentran los diferentes consejeros reales. Aunque Nauren parezca un reino pacifico según los ojos de los reinos vecinos en


realidad es una masa de conflictos y rebeliones contra la monarquía. He dejado que el tirano de mi tío gobierne mi reino demasiados años, cosa que lo está llevando a la destrucción. - Princesa. – dice Alna despertándome de mis pensamientos. - ¿Si? - Dentro de un mes será la coronación. - Ya, ya – susurro yo- ¿Por qué me lo tienes que recordar siempre? - Para que estés preparada. Alna me mira con su mirada blanda y tranquila, eso me pone nerviosa. Mi tío entra en la sala principal de la Torre de control, le miro con una sonrisa forzada y Alna hace lo mismo. - Princesa, Alna. – dice el con voz ostentosa, demasiado pegajoso para mí gusto. - Tío. - Rey Lard. – dice seriamente Alna. Lard lleva un tatuaje con el escudo de Ylen en el hombro. Tiene el pelo castaño oscuro y los ojos marrones. - Vengo a hablar con la princesa, a solas. – exige el. Alna se va cogiendo su pistola y en el último instante me echa una mirada tranquilizadora. - La única forma de que este reino pueda sobrevivir es que te tomes esto en serio. – dice al final. - Sí. – digo asintiendo.


- No puedes dejarte llevar por el miedo. O te pasará como a tu padre… - escupe él. - ¿Que hizo mi padre? Él fue un rey honrado. - Quien te ha dicho eso. - Yo lo conocí. – le recuerdo. - Gran error, debería haber muerto mucho antes. - ¿Enserio? Qué raro que muriera cuando tu reino empezó a tener revueltas. - ¿Me estas echando en cara la muerte de mi hermano? Eres muy valiente. - No creas. La verdadera faceta de Lard ha salido a la luz, yo ya la conocía pero era raro que tuviéramos esa conversación un mes antes de la coronación. Lo sé desde hace mucho, si quiero sobrevivir tengo que llevarme bien con él o ser más fuerte que él. Todo lo que estaba pasando era una prueba para ver si estaba preparada. Lard me estaba poniendo a prueba, mi tío la estaba poniendo a prueba. - Bueno, me tengo que ir a Ylen unas semanas. - ¿Te perderá mi coronación? – digo irónicamente. - No. Ese día será muy especial Jaune, - susurró orgulloso- muy especial… - repite él. Asiento y le abro la puerta, puede irse. Lard me mira con furia y se va rápidamente para mi alivio. Alna está esperándome en el pasillo, se ha hecho una trenza con su sedoso pelo castaño y lleva al descubierto su tatuaje en el cuello de una pistola y una espada.


Entra lentamente y cierra la puerta, Alna podría haber sido una buena reina, era tranquila y buena, en cambio yo soy extraña y rebelde. - Os he oído. Ese tirano… - ladra Alna. - No hay que hablar mal de él Alna. – digo seriamente cogiendo mis cosas de la mesa. – Me daré un descanso… - Tranquila, hoy no tenemos demasiado trabajo. - No tardaremos en recibir quejas de los ciudadanos. –Me asomo por la ventana de la torre y empiezo a mirar los chalets de uno de los barrios de Nauren. – Mañana quiero visitar la ciudad. - Como quieras, no tiene nada de especial. Adolescentes comprando, adultos trabajando y niños jugando. - Eso es especial para mí, nunca les he visto… Alna asiente y coge un catálogo de una tienda de vestidos, una de mis preferidas. Mira un vestido blanco de gasa y me lo enseña. - Mañana iremos de compras. – dice riéndose, su risa la hace diez años más joven. Sonrío y riéndome salgo de la habitación. El castillo consiste en una serie de pasillos laberínticos, mi habitación se encuentra bastante lejos de la Torre de control así que tengo que andar mucho para llegar a ella. Una gran puerta me indica que he llegado a mi habitación. Las paredes están pintadas de un color gris muy oscuro y los muebles son demasiado modernos para mi gusto. Un sofá blanco con bordes dorados es el sitio que elijo para tumbarme. La enorme pantalla de televisión ocupa la única pared que en vez de pintura tiene piedra. Un gran retrato mío adorna otra pared, ese día llevaba un vestido largo azul oscuro y una corona de diamantes. En cambio en ese


momento llevo unos pantalones vaqueros, botas negras y una camiseta roja con dibujos grisáceos. Llevo una coleta alta y unos pendientes sencillos de unas rosas rojas. Miro el reloj que llevo puesto en la muñeca y veo que ya son las diez de la noche, me había quedado toda la tarde mirando mi habitación. Alna pica en la puerta, seguro que es para que vaya a cenar pero no tengo demasiado apetito así que me pongo el pijama. Me pongo en frente de mi tocador. Soy atractiva, tengo el pelo larguísimo que casi me llega por la cadera además tengo un color precioso, color miel. Mis ojos expresan cansancio, mis ojos verdes, esos ojos tranquilizadores según me decía mi madre. No soy demasiado alta pero tampoco me considero bajita, soy normal, solo normal. Nunca me parecí a mis padres, mi madre era alta y tenía unos ojos azules que inspiraban a cualquier poeta o escritor, tenía el cabello largo que le llegaba por los tobillos pero siempre lo llevaba trenzado, nunca vi a mi madre en pantalones, ni sujetar una pistola. Mi padre era un poco más alto que mi madre y tenía los ojos marrones como Lard, tenía el pelo muy corto de un color azul acero. Lo único que Jaune tenía de sus padres era el cabello de su madre y la rebeldía de su padre, que algunas veces se presentaba como cobardía. Mañana iría a la ciudad y me encontraría con mis ciudadanos, los que dentro de un mes tengo que gobernar, los que podrían rebelarse contra mí. Vuelvo a mirar el reloj y veo que ya son las diez y media, normalmente me acuesto a las once y media pero hoy día había sido el principio de un conflicto con mi tío que iba a durar bastante tiempo. Estoy agotada. Me levanto de la silla de mi tocador y me tumbo en la cama que adorna el fondo de mi habitación, mi cama. Me fui metiendo poco a poco, casi siempre me siento dolorida cuando acabo un mal día pero en este momento me siento el triple de mal. En el instante en que cierro los ojos me duermo. Sueño con la


coronación, con mi tío y con la ciudad entera. Sueño que corro descalza por las calles escondidas de Nauren y que me encuentro con un local en el que pone “Los días de la monarquía” entro y veo a mis padres, mi madre me sonríe y mi padre me coge la mano… Ese lugar…Un lugar donde todo es diferente, donde todo cambia.

Capítulo 2 Me despierto y rápidamente me voy al vestidor, he estado toda la noche esperando a que amaneciera, por fin voy a la ciudad. Abro el armario y empiezo a buscar la ropa, no puedo ir en vestido porque la gente pensaría que solo soy una princesita pija con demasiado dinero así que escojo unos pantalones negros y una camiseta del mismo color. Es simple, seguro que Alna me regaña pero tengo que hacer lo mejor para mi futuro, me acerco a mi tocador y me siento como hice ayer. Me cepillo el pelo con fuerza y consigo que se quede estable pero no perfecto. Me levanto y hago un plan mental de lo que haré en la ciudad, es fácil, iré de compras y me tomaré algo en alguna taberna con Alna. Un leve sonido me despierta de mis pensamientos, Alna acaba de entrar en mi habitación e impaciente me está sonriendo desde la puerta. - Bueno ¿nos vamos? – dice sonriente, pero a mí no me engaña, le ha molestado que quiera ir a la ciudad. Asiento y la sigo, tenemos que ir por una serie de pasillos secretos para que nadie nos vea, se supone que lo que estoy haciendo es ilegal. Me fijo en la ropa que lleva, siempre va de negro, cuando era pequeña la veía por los pasillos y me resultaba


aterradora, su tatuaje y su forma de vestir, ahora me parezco a ella. Alna empieza a correr y la sigo como puedo, no estoy en buena forma. Conseguimos salir del castillo, el sol luce demasiado, septiembre acaba de empezar. La sigo, estamos entrando en la ciudad. Empezamos a ver casas y más casas, Alna preferiría aprovechar mi sangre para que todos se arrodillen ante mí pero no, no pienso decir quién soy. Varias personas se nos quedan mirando, será por la ropa ya que nadie en el reino sabe quién soy, saben que voy a ser su futura reina pero no me conocen mi físico ni mi nombre. Mi tío se tomó demasiadas molestias. Alna para en una de las numerosas plazas que hemos visto. - Esa es la tienda del catálogo. – dice señalando una tienda en un esquina con un letrero que indica que así es. Sangre de flores, que nombre más tranquilizador. Entramos y veo una tienda bonita, solamente bonita, hay flores rojas y negras por todas partes. A cualquier chica de mi edad le parecería terrorífica pero a mí no, muchas veces pienso que tengo una mente divergente. - ¿Impresionada? Es de una amiga mía. Una chica de mi edad más o menos sale del almacén. Tiene el pelo por la barbilla, tiene la piel morena y los ojos oscuros. Lleva un traje blanco que se le ajusta muy bien a su cuerpo delgado. Leo su nombre en la chapa de empleado, Diane. - ¿Les puedo ayudar en algo? – dice con una voz bonita y tímida. - ¿Esta tu madre? – susurra Alna. - Sí, ahora la llamo. Entra en el almacén y Alna y yo nos quedamos solas. No sé porque pero estamos incomodas, no hablamos, no nos miramos. La miro y ella desvía la mirada, me pongo nerviosa. A mis 16 años parezco


una niña, alguien infinitamente frágil, esa faceta de mi la quiero borrar. Me pongo a pensar en lo genial que sería tener una vida normal, ser como Diane, tener una tienda… Una mujer de la edad de Alna aproximadamente sale del almacén con Diane, es alta y tiene las mismas facciones que Diane. - Elle. – dice Alna dando un paso hacia delante. - Alna. – susurra la madre de Diane. - ¿Esta chica no será? - Sí. – dice decidida Alna. - Eres una estúpida. ¿Quieres que la maten? - Debe estar preparada, ella me suplico. - Has cambiado mucho desde que te fuiste Alna. - En cambio tú no has cambiado nada Elle. - Vamos, seguidme. Hablaremos en el sótano. Alna asiente y veo que Diane pone el cartel de cerrado en la puerta, Elle nos hace ir por unos pasillos que me recuerdan a los del castillo. Hace frio así que me pongo la chaqueta negra que llevo anudada en la cintura, Diane está al lado mío y me sonríe, curiosa. Elle entra en una sala amplia con una chimenea que se enciende automáticamente cuando entramos, hay tres sofás rojos en el medio de la estancia. Diane se sienta en uno y yo me siento al lado suyo, me transmite tranquilidad cosa que Alna ya no consigue hacer. Alna se sienta en otro sofá y Elle en el único que queda sin nadie sentado. - Insensata. – le suelta a Alna. - Sigues siendo igual de seria. – dice Alna sonriendo con malicia.


- Sabes que la ciudad está llena de rebeldes, mi hijo es uno de ellos, lo sabes. - Tu familia siempre fue bastarda. - La monarquía ya no es útil - veo que Diane esta tensa, si van a seguir hablando ella dos solas sin dirigirme la palabra la mejor idea es marcharme. La frase que dijo Elle se queda grabada en mi cerebro “La monarquía ya no es útil” “Mi hijo es uno de ellos”. – Ahora mismo podrían tenderos una emboscada. Recuerda que tú fuiste una de nosotros. - Fui. Lo has dicho tu misma. - ¿Entonces a que has venido? – dice Elle arqueando las cejas, por fin algo lógico en toda la conversación. - A nada, solo quería comprar algo. Por eso te llame a ti, porque eres la mejor en esto. - Ya… - susurra Elle, pero la interrumpo y empiezo a decir – ¿De que va todo lo que estáis diciendo? – Diane, Alna y Elle se me quedan mirando, le he desconcertado, eso me encanta. - Parece que el mundo está cambiando Princesa. – dice Elle con un tono superior que no me gusta nada. - Pues yo quiero saber que es este mundo en realidad. – dice Diane mirando a su madre, después me mira a mí y la miro boquiabierta. Elle hecha una mirada de rabia a su hija, Diane esta de mi parte. Los rebeldes, los que están en contra de la monarquía, todo pasa demasiado rápido y Diane tiene las mismas dudas que yo. Me dijo mejor en sus ojos y veo algo distinto a la última vez que los vi, furia, deseo. Alna me mira con los ojos entrecerrados, cada vez


me doy cuenta de que tengo una menta invertida a los demás, como Diane. - Bueno, Alna. Te invito a que te marches de aquí si no quieres que te obligue. El castillo es un lugar muy seguro, no cometas estupideces. - Se sobrevivir yo sola Elle. Elle asiente y me mira con cara de asco, la miro arqueando las cejas y sigo a Alna. Diane se levanta y me sigue con la mirada, noto sus ojos oscuros como pozos en mi nuca. He empezado bien mis relaciones con mis ciudadanos. Alna empieza a correr, está furiosa y no quiere quedarse en este extraño lugar, lo tiene claro y me lo quiere transmitir. - Princesa… - me susurra una voz. Me giro y veo a Diane mirándome con esos ojos negros que le brillan demasiado. – ¿Que quiere? – le digo intentando parecer desconfiada aunque piense todo lo contrario de ella. - Hoy a las 10 y media aquí. En la tienda, estará abierta y sin mi madre. - Llámame Jaune por favor. – le pido sonriendo. Alna va parando de correr y noto que se va a girar en cualquier momento así que me despido de Diane y corro junto a ella a tiempo para que me vea detrás de ella. Me lanza una mirada desafiante y sigue corriendo pero esta vez más lentamente, he fallado, tendría que haberme quedado callada. Sale de la tienda y la sigo, me rugen las tripas y Alna se gira. - Tendremos que comer en algún sitio.


- Vale. – respondo tímida. - La has cagado Jaune. – dice ella perdiendo los nervios. – Elle es una de los jefes del distrito norte de la ciudad, tiene poder entre los rebeldes. - Tú eras del distrito norte… ¿no? - Sí. – susurra quitándose el pelo que se acaba de poner en la cara. - Quiero que me cuentes cosas de sus vidas, de las vidas de los del distrito norte. – le explico mientras me acerco a ella, me sonríe forzadamente y asiente. Entramos a una especie de taberna cochambrosa y Alna empieza a hablar con uno que está en la barra que seguramente es el camarero. Nos indica que nos sentemos en una mesa llena de agua o alguna otra bebida y veo que Alna pide su comida. Cojo la carta y empiezo a ver que hay; comida chatarra. Pido una especie de filete de pescado y Alna me sonríe. El camarero es joven, demasiado joven para trabajar. - Bueno. ¿Quieres que te hable de eso no? – Dice al fin Alna, yo asiento – Distrito norte es un lugar de conflictos, la ciudad se divide en cuatro distritos, el sur, el este, el oeste y el norte. Aquí se suelen entrenar a los rebeldes, hay bastantes grupos contra la monarquía. Por eso este lugar es peligroso para ti, por eso no debes volver aquí. - Tú fuiste una rebelde. – tartamudeo mirándome las manos. - No. Yo fui la hija de un rebelde, pero me fui, para convertirme en algo más que una sucia traidora. – dice decidida, la miro y veo que sus ojos negros se parecen mucho a los de Diane y Elle.


El camarero nos trae nuestra comida, está bastante bueno pero nada comparado con la comida del castillo. Alna le da unas monedas y empieza a comer su hamburguesa, me acabo mi plato bastante rápido y miro a Alna. Acaba la hamburguesa y se pone a mirarme, no sé qué ve en mi cara pero me inquieta, me pongo nerviosa. - Vámonos al castillo.

Capítulo 3 Corremos por las calles del distrito norte, no hay ni un alma por la calle y rezo para que siga siendo así. Alna me coge de la mano y entramos a un callejón que según mi deducción es un atajo al castillo. Empiezo a ver los torreones del castillo y veo la Torre de control, llegamos a una puerta y veo que es la puerta trasera por


la que salimos, ya sé por donde salir para encontrarme con Diane. Entramos y Alna me adelanta, ya puedo ir por mi libre albedrío, me dirijo a mi habitación, no veo a nadie por los pasillos, mejor porque así nadie hará preguntas y yo estaré al margen. Llego a mi habitación y entro, abro el armario y me cambio de ropa, cojo unas mallas negras ajustadas y una camiseta negra simple con una chaqueta de cuero del mismo color. Miro el reloj y veo que son todavía las nueve y media, me dirijo al tocador y me pongo a cepillarme el pelo, necesito una ducha. Me quito la ropa intentando no arrugarla y me meto en el baño, abro el grifo y voy metiéndome poco a poco, el agua esta fría y me alivia todo el cuerpo. Me enjabono el pelo y veo algo que me inquieta, es mi marca de nacimiento, es el único signo real aparte de mi sangre que me condena a no ser como los demás. Me aclaro y salgo de la ducha, me voy secando con la primera toalla que cojo y me miro en el espejo. Me enrollo una toalla al cuerpo y salgo del baño, cojo la ropa y me la voy poniendo, vuelvo al baño y cojo el secador. Me seco el pelo y luego me hago una coleta alta, mi pelo color miel resplandece. Miro de nuevo el reloj, estoy impaciente, esa chica ha encendido la chispa de la curiosidad que creía que no existía. Entonces recuerdo a Elle, esa mujer que da miedo con solo mirarla a los ojos, esos ojos que en otra persona me tranquilizan. Mis músculos me piden a gritos acción, me siento en el sofá y miro a la pantalla apagada de la televisión.

Los días de jaune  

Unos fragmentos de mi libro.

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