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¿Se vende el cuerpo o un servicio? Una mirada al cuerpo en el trabajo sexual. Sofía Ramírez Pérez antro.sofiaramirez@gmail.com Resumen El presente artículo que genera una reflexión acerca de la apropiación del cuerpo en el caso de las mujeres trabajadoras del sexo. Este aporta elementos que aportan a la discusión de que si en verdad se da una venta del cuerpo en esta práctica. Se toman como base para la reflexión un texto de Marcela Lagarde y otro de Camilo Retana que ejemplifican dos de las posiciones que han primado en la discusión. Dentro de las conclusiones principales está que se deben de generar matices en la discusión para retomar la voz y el imaginario de las mujeres, sin necesidad de verlas como objetos de consumo y reproductoras del sistema según los discursos feministas.

Abstract This article generated a reflection on the appropriation of the body in the case of women sex workers. This provides elements that contribute to the argument that if indeed there is a sale of the body in this practice. Used as a basis for reflection text of Lagarde and other Camilo Retana that exemplifies two of the positions that have dominated the discussion. Among the main conclusions is that should generate nuanced discussion to resume the voice and imagery of women, without seeing them as objects of consumption and breeding system as feminist discourses.

Género y Cultura. Revista de Antropología y Equidad de Género. 2013. pp. 1-10

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Palabras Clave: trabajo sexual, prostitución, venta del cuerpo, victimización, equidad de género. En el debate del trabajo sexual femenino o prostitución como se refieren algunos autoresas, encontramos algunas contradicciones en relación con la concepción del cuerpo de las mujeres. Algunas de estas se reflejan en la conceptualización de Lagarde (1993) acerca de la prostitución, por un lado, al plantearla como la relación mercantil del cuerpo –un cuerpo que se vende- y en un segundo momento como la venta de un servicio –la actividad erótica. Ambos enunciados difieren en la concepción del cuerpo una trabajadora del sexo. “El pago o compra en el caso de las prostitución se caracteriza porque: i) Es una relación general basada en la propiedad general de las mujeres públicas…la prostituta vende de hecho su cuerpo/subjetividad, su situación social” (Lagarde, 1993, p.566). El texto general de la autora y el provisto nos introducen en el debate de que si en realidad el cuerpo de una trabajadora del sexo es un cuerpo que se posee.

En primer lugar, me gustaría hacer mención de unos aspectos elaborados por Retana (2008) al reflexionar acerca de la no apropiación del cuerpo en el caso de la pornografía. “¿Pero cómo es que el cuerpo deviene mercancía en el porno? Por un lado, las películas xxx poseen un formato en el cual los personajes bien puede reducirse a sus genitales, y por otro, este género rivaliza con la historia, de modo que el cuerpo así tasajeado y deshistorizado, se convierte fácilmente en una cosa. Esta cosificación se da hasta tal punto que lo que el género vende son justamente los cuerpos, pero a la manera en que se vende carros o ropa” (Retana, 2008, pp. 68-69). Una expresión como esta: “La prostituta es el objeto público de consumo en el mercado” (Lagarde, 1993, p.618), que contiene un significado común en la sociedad, sólo podría tener sentido tras la cosificación y deshistorización de los cuerpos, en este caso el de las chicas. Las corporalidades implícitas en la frase carecen de conciencia y de voluntad, son trozos de carne que se consume. La sociedad occidental no ha sido educada para apropiarse del cuerpo, con un sentido de empoderamiento, y utilizarlo como un vehículo para relacionarse con los demás desde la conciencia y la voluntad. En su defecto, este es solo un –algo- que carece de esencia y sobretodo de sexualidad. Género y Cultura. Revista de Antropología y Equidad de Género. 2013. pp. 1-10

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En contraposición, el sistema se concentra en que los cuerpos en la actualidad sean construidos y dotados de significados para vender, vender ropa, marcas, perfumes, lencería, zapatos y vender también relaciones humanas a partir de estos imaginarios. Hacer una lectura consecuente con esta ideología es dotar de poder el discurso patriarcal y mercantilista de la época, y reproducirlo sin ningún tipo de cuestionamiento; pero sobretodo imposibilita el poder ver más allá de los imaginarios construidos. Al hacer esta lectura del trabajo sexual, o en este caso, de “prostitución” implica ver simplemente que “el sexo equivale a una colisión de dos o varios cuerpos” (Retana, 2008, p.74) que se contrapone con la mayoría de discursos que las mujeres trabajadoras del sexo manifiestan. “«Tuve noches de hacer hasta 16 pases. Pero, no son todos de follar directo. Hay clientes que quieren subir contigo a la habitación solo para conversar. Son personas que te piden un poco de atención y de cariño. Eso es más frecuente de lo que se cree. Hasta hoy me sucede que vienen clientes y me pagan una hora para estar conmigo y charlar, contándome sus problemas.» (Silvia)” (López, 2012, p.43). El servicio de compañía y erótico que se pacta, implica el cuerpo. Pero es este un cuerpo mediador indispensable para las relaciones humanas, no un cuerpo –objeto-. Un cuerpo que se vende es un cuerpo inerte, sin conciencia, un pedazo de –carne-. “Lo cierto es que la prostitución no responde a una elección libre (como tampoco responde a una elección libre casarse, estudiar, trabajar, ser madresposa etcétera) (Lagarde, 1993, p.585), pero eso no implica que todas las relaciones de trabajo sexual sean de opresión como se intenta aseverar.

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“«Fue más fácil de lo que imaginaba. Yo tenía una idea un tanto prejuiciada de la prostitución por todo lo que había escuchado en mi vida, que si los clientes se portan violentamente con las chicas y todas esas cosas desagradables. Pero, en realidad, no es así. Fue como si hubiese subido con un novio. Se comportó muy bien conmigo. Hasta hoy seguimos siendo buenos amigos, y me llama por teléfono.» (Silvia)” (López, 2012, p.45).

Resulta evidente como dos miradas pueden generar dos visiones tan diferentes de las dinámicas implicadas y sobre todo de las personas. “Solo con un grado sumo de abstracción se puede representar al otro como un objeto, porque en este mundo de la vida es casi evidente el hecho de que esos Otros (con mayúscula) poseen una consciencia equivalente a la propia. Precisamente ese dato de la vida cotidiana es el que se omite en la pornografía” (Retana, 2008, p. 75).

Trasladando la reflexión de Retana al tema en discusión, podemos decir que, estás visiones más conservadoras que cosifican los cuerpos de las mujeres trabajadoras del sexo los sacan del contexto, los deshistorizan, siguiendo la lógica de mercado. Sin embargo, considero imprudente desvincular la práctica de los espacios urbanos en la mayoría de casos en lo que se realizan, las interacciones humanas y cotidianas, los mercados, las zonas “rosas” por ejemplo, y la multiplicidad de dinámicas culturales y populares que se manifiestan. Así como las capacidades de las mujeres de habla y escucha, de acción y no solo corporalidades pasivas que se utilizan.

La pornografía en su ruptura con la moralidad cristiana, cosifica y a la vez apropia, libera. “En este sentido, la pornografía, al lado de su carácter cosificante, promueve, no sin que resulte paradójico, una apropiación del cuerpo, en tanto incorpora (por una insistencia por ratos monótona) la dimensión hedónica de las sexualidad por encima de las consideraciones de orden moral” (Retana, 2008, p.70). Frente a esto, surge el preguntarnos si esto sucede en el trabajo del sexo, si libera, ¿a quienes lo hace? Género y Cultura. Revista de Antropología y Equidad de Género. 2013. pp. 1-10

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Podemos incluir en la escena las herencias platónicas adquiridas por las instituciones religiosas (dualismo mente/cuerpo), y el mito judeo cristiano que legitima el espíritu por sobre el cuerpo, el cual es a la vez la materia de pecado (sobre todo los cuerpos de las mujeres). Estas concepciones implican la noción de un cuerpo que no nos pertenece, un cuerpo mártir que infunde miedo y culpa, por la transgresión. Si bien es cierto, existen figuras míticas más liberadoras como lo podría ser la figura de Lilith, el carácter liberador no es tan eficaz ya que se queda la mayoría de veces solo en espacios académicos.

Más allá de esta supuesta liberación vemos entonces, un incesante y renovado tabú en la sociedad con respecto al sexo que desnaturaliza las relaciones, y el ser desde y en el cuerpo de cada persona. La apropiación del cuerpo implica en nuestro contexto, volver a pensarse y educarse en un ejercicio constante. De modo que, si existe una vía a la liberación, será por medio de un cuerpo y conciencia que transgreda todo el imaginario que se nos ha impuesto. Así que, al trasladar el problema de la apropiación del cuerpo al trabajo sexual, surgen varios dilemas y contradicciones, pero no todo debería ser blanco y negro. La tesis sugerida aboga por rescatar los imaginarios en los cuerpos de las mujeres (en este caso trabajadoras del sexo) como mujeres que transgreden, como cuerpos dotados de conciencia y voluntad, como cuerpos que toman decisiones, como cuerpos que sienten placer y dolor, que sienten culpa en algunos casos, y plena libertad en otros (o ambas).

Por otro lado, en la actualidad, como nos referimos anteriormente, las corporalidades responden a un conjunto de normas, impuestas o no del sistema que quiere reproducirlas para lucrar con ellas, lo mismo ocurre con los imaginarios de estética y sexualidad. Nosotros mismos muchas veces lo evidenciamos en la relación que tenemos con nuestro cuerpo como herencia del neoliberalismo. Al ver el trabajo del sexo como una institución histórica, construida y para algunos hasta necesaria, más allá de la moral judeocristiana y, finalmente, como un trabajo más, como el de una modelo por ejemplo, o bailarina; y el pensarnos también todos como cómplices en alguna medida del sistema, hace que nos preguntemos si en verdad lo controversial en el trabajo del sexo es el lucro con el cuerpo.

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La categoría de puta tiene que ver, según Lagarde, con la expresión de un deseo sexual erótico de parte de una mujer en contraposición con la ideología fundadora y cultural de “mujer buena”, que corresponde a una negación de la sexualidad o reducirla a la capacidad procreadora. Al parecer, dado que a las mujeres se les educa para definirse por su sexualidad, lo que se castiga es que sean finalmente “putas”, y considero que es una de las razones (más allá del tema del cuerpo) más importante por las que se juzgan y se estigmatizan las trabajadoras del sexo.

Lo que convierte a una mujer en puta es, propiamente, la evidencia de su protagonismo y voluntad en el acto erótico. A diferencia de prostituta, la palabra puta es la palabra auténtica que contiene el significado de la “mujer mala”, es decir una mujer que refleje su lascivia (1993). “«Teníamos algunos clientes fijos. Había uno que me encantaba. Era joven, 22 o 23 años. Follaba muy bien. Me sentía muy bien con él, además era guapísimo. Trabajando en la prostitución es raro que disfrutes, solo piensas en el dinero. Pero, algunas veces conoces algún cliente que te hace disfrutar. Es normal, somos personas, y algunos saben cómo tocar a una mujer.» (Flavia)” (López, 2012, p.46). Sin embargo, el texto de Marcela Lagarde se presenta como un texto sin matices, -se es o no se es puta-. La pretensión de hacer un texto así de estructurado y amplio, “abarcando” todo lo concerniente al trabajo del sexo en pequeños capítulos hace cuestionarnos desde qué lugar se escribe el mismo. Según la autora mencionada, “ser prostituta no es desarrollar una actividad como se cree, o una profesión…en la ideología de las prostitutas sólo tienen relaciones y actividades de prostitución” (Lagarde, 1993, p.565). La noción de que la “prostituta” lo sigue siendo fuera del tiempo de trabajo contiene una carga ideológica muy fuerte que oprime. Hay que reconocer que muchas de las trabajadoras del sexo han asumido este como su modo de vida, pero eso no implica que toda su condición de persona este determinado por este. Por alguna razón se evita visualizar a una Género y Cultura. Revista de Antropología y Equidad de Género. 2013. pp. 1-10

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trabajadora del sexo en otros espacios fuera de su profesión como en el caso de estudiantes, madres, esposas o compañeras.

La cuestión con todas las características, definiciones, descripciones y explicaciones que realiza la autora acerca del trabajo sexual y más aún de las mujeres involucradas, nos recuerdan una vez más el imaginario cultural que existe en torno a ese tema sin dejar una salida de emergencia. “La prostituta concreta la escisión de la sexualidad femenina entre el erotismo y procreación, entre erotismo y maternidad” (Lagarde, 1993, p. 563). Entonces, desde este lugar, las aseveraciones implican la omisión de la de conciencia, de voluntad y la capacidad de sentir placer no solo de las trabajadoras del sexo sino también de las mujeres en general. La no existencia de matices en el concepto de –mujer- de la autora, crea un debate dualista entre el ser “madresposa” (la buena mujer) y la puta/prostituta (la mala mujer) ligada a una concepción judeo cristiana de las cual el texto no deja escaparse. La condición de la mujer, además de la elección, la ubica en un lugar de revictimización en donde es una reproductora del sistema. Mujeres como objetos sexuales únicamente, una como procreadora y la otra como objeto sexual erótico. “Ni las prostitutas son concebidas jurídicamente como delincuentes, porque de manera implícita como reflejo de las relaciones sociales, se consideran necesarias para perpetuar y reproducir toda la sexualidad patriarcal” (Lagarde, 1993, p.595). La autora habla desde una corporalidad específica, y reproduce un discurso conocido y estereotipado de la práctica. “La parte mayor del feminismo tradicionalmente ha considerado –y sigue considerando-el fenómeno como la expresión más extrema de la subordinación de las mujeres en una sociedad patriarcal, mirando a las prostitutas como víctimas y objetos del placer de los hombres” (Trifiro, 2003). Algunas de las aseveraciones que plantea la autora corresponden a: “Son uno de los engranajes de la doble moral sexual, del machismo y del poder político delos hombres sobre todas las mujeres emanado de su dominio erótico sobre estas” (Lagarde, 1993, p.572) Género y Cultura. Revista de Antropología y Equidad de Género. 2013. pp. 1-10

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y “La mujer es capaz de reconocer el mayor grado de virilidad, es decir, de calificar el poder masculino, porque lo necesita para realizar su relación dependencia y su servidumbre voluntaria al poder de los hombres” (Lagarde, 1993, p.578).

Sin embargo, los relatos de muchas mujeres que se dedican a la práctica hacen dudar de las conceptualizaciones de la autora y sobretodo abrir la posibilidad de relaciones de poder diferentes a las concebidas tradicionalmente, algunos ejemplos son: “…Así empezó mi verdadera carrera de prostituta. No, no ha sido dramático. Las diferentes fases han ido deslizándose así, desde la primera vez hasta las siguientes, con naturalidad. Al principio puede ser una decisión que te hace sufrir, pero no como piensan los demás. Para empezar, no te hace padecer físicamente, porque la gente quiere oírte decir que te has sentido violada, violentada, que has puesto a la venta tu alma. En cambio, nunca me he sentido así, y tampoco las demás mujeres que conozco y que trabajan en este oficio como yo…” (Trifiro, 2003).

“«Exceptuando algunos, la mayoría de los clientes una vez que entras con ellos en la habitación son personas normales con sus deseos y sus problemas. Trabajando en la prostitución tienes que tener conocimientos de psicología, si no es imposible. Muchos más hombres de los que la gente piensa, suben a la habitación sobre todo para hablar.» (Joise)” (López, 2012, p.43).

“« [...] El cliente lo que viene buscando es un buen rollo. Quiere una buena compañía, a veces solo para hablar con una chica de sus problemas, o para bromear y tomar unas copas juntos. Los clientes no van solo para follar, Género y Cultura. Revista de Antropología y Equidad de Género. 2013. pp. 1-10

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como la gente piensa. Son personas y también buscan buena compañía, sentirse a gusto.» (Bárbara Love) ” (López, 2012, p.44).

Conclusiones En el texto de Lagarde (1993), se reiteran algunas afirmaciones cómo el tema de la carencia de voluntad y el placer, la actividad como un medio de reproducción del machismo y poder erótico de los hombres sobre las mujeres, la concepción del mismo cómo un acto violatorio, vivir la maternidad desde el pecado. Independientemente de que estos sean imaginarios, realidades o discursos feministas, considero que lo que deberíamos de preguntarnos ¿Qué han asumido las chicas en sus modos de vida y en sus prácticas?

Algunas investigaciones con enfoques de derechos humanos, equidad de género han generado conocimiento, herramientas, recursos humanos que reconocen los muchos casos de vulnerabilidad, condiciones de desventaja, formas de violencias de género importantes en espacio de comercio sexual. Sus intervenciones también rompen con la mirada feminista tradicional y abogan por el respeto y el empoderamiento de estas personas. Uno de estos fue realizado en Colombia: “Pero, los resultados de la investigación sobre 497 estudios de casos, permiten rescatarlas desde la visión victimizante que siempre se maneja sobre ellas. De hecho, éstos demuestran los recursos y talentos que ellas tienen y permiten sustentar la conclusión que la prostitución no encuentra sus factores causantes en el perfil de las mujeres, sino en las barreras de género que el contexto socio-económico y político les impone” (Trifirò, 2003).

Considero importante destacar la conceptualización genérica de –mujer- y de -hombre- que se mantuvo en el debate propuesto por Lagarde. Se da una omisión de diversidad de género, Género y Cultura. Revista de Antropología y Equidad de Género. 2013. pp. 1-10

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edad, posibilidades económicas y educativas que aportan nuevos matices al debate porque representan corporalidades distintas, que podrían pensarse también como cuerpo transgresores. Finalmente, los discursos que oprimen, esclavizan y violan muchas veces son internalizados y por esto considero que esta es una pregunta vital al hacer intervenciones sociales por ejemplo, o simplemente pensar el tema. Este artículo pretendía servir como una visión fresca más allá de juicios morales, del discurso feminista que victimiza, para ver la práctica, sin ser reduccionista, como finalmente es: un trabajo, el trabajo del sexo.

Referencias Bibliográficas Lagarde, Marcela. (1993). Las putas. En Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas (Ed.), Coordinación General de Estudios de Posgrado (pp. 559-639). México: UNAM. López, José. (2012). Una aproximación etnográfica a la prostitución: cuando las trabajadoras sexuales hablan de los clientes. Universidad Nacional de Educación a Distancia, CA Lugo (España), 18, 31-62. Retana, C. (2008). Pornografía: La tiranía de la mirada. San José, Costa Rica: Editorial Arlekín. Trifirò, Ada. (2003). Mujeres que ejercen la prostitución en Colombia, terrelibere.org, 22 de setiembre, http://www.terrelibere.org/index.php?x=completa&riga=151 [Fotografía

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Una mirada al cuerpo en el trabajo sexual.