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La búsqueda Desperté aquella mañana sobresaltado, no sabía bien qué ocurría, era como si me hubiesen robado, como si algo que formase parte de mí de repente no estuviese, era, era… Finalmente se me ocurrió, pegué un respingo en la cama y me relié con la manta cual faraón egipcio, luché contra ella brevemente, fué una lucha corta, pues mi manta sabe bien a quien debe servir, sino estábamos apañados. Por fin pude incorporarme y encender la luz de la mesita de noche, inmediatamente me di la vuelta y confirme mis sospechas.


- Maldita sombra traicionera - dije, y luego añadí varios inproverbios mas, que quizás sea mejor no pronunciar aquí por eso de guardar las apariencias en el armario. Miré a mi alrededor buscando mis pantalones, como me vieron bastante sobresaltado corrieron a esconderse detrás de un armario. - ¡Hasta aquí podríamos llegar!- Le dije indignado. Entonces salió cabizbajo de detrás del armario y se volvió a quedar inmóvil sobre la mesa, junto a un plato de espaguetis del día anterior. Abrí mi armario para seleccionar una camisa, me miraron con cara soñolienta, con esa cara que quiere decir ¿Qué horas son estas? Me vestí rápidamente, no sabía cuanta ventaja podría llevarme mi sombra, pero no pensaba darle ni un segundo más. No tuve siquiera que abrir la puerta, mi enfado se transmitió por susurros rápidamente por toda la casa, me dirigí directamente a la puerta, pero cuando me disponía a salir algo me agarro por el cuello de la camisa, me di la vuelta y no había nada ni nadie, pero sentía un extraño peso que hacía que la camisa me ahogase sin remedio. Tantee mi espalda y encontré el paraguas. Lo cual significaba que fuera debía estar diluviando, ¡genial!, el tiempo londinense acompaña, pensé.


Cogí el ascensor y miré v con mala cara los números, uno de ellos me respondió “¡Qué pasa asmarote!” Por lo que decidí pulsarlo sin piedad aunque no indicara el piso al que me dirigía, así que tuve que subir los últimos tramos de escaleras a pie hasta llegar a la azotea. La lluvia azotaba ferozmente los cristales de la puerta de acceso a la azotea. La abrí con cuidado y aunque me defendí con el paraguas de poco sirvió. En unas milésimas de segundo estaba empapado de arriba abajo -Esta me las vas a pagar - Dije pensando en mi sombra -Vaya si me las pagarás traidora, mentecata y desobediente sombra estupida.- Di unos pasos por la azotea hasta llegar al primer saliente, desde allí se veía perfectamente el reloj del Big Ben. Una vista nada agradable cuando la lluvia no para de azotarte sin compasión los ojos, aunque cualquier vista seria poco agradable de esta manera la verdad. Cogí carrerilla y salté, el paraguas al instante me elevó, y me dejo suspendido en el aire esperando mis órdenes. – ¡A Baker Street de inmediato!- le grite al paraguas y puso rumbo a la casa de mi viejo amigo.


Cuando llegué allí de pronto pensé que era demasiado temprano pero vi la luz del piso encendida así que me aventure a llamar. -Pasa Peter, te esperaba- dijo la voz de mi amigo desde el salón interior, cuando lo conocí no dejaba de sorprenderme con sus deducciones, pero poco a poco me he ido acostumbrando, lo cual tampoco quiere decir que no me de una sorpresa de vez en cuando. Entré en el salón y mi amigo estaba sentado en su butaca favorita fumando su querido opio en una de sus mejores pipas. Encima de la otra butaca, en la cual yo acostrumbaba a sentarme, había ropa seca de mi talla y otra pipa que me esperaba. Mi paraguas se acercó al fuego dando saltitos y se sacudió como si de un perro se tratase. Mi amigo frunció el ceño. -Veo que aún sigues empeñado en la personificación de objetos, aunque como podemos observar te esta trayendo mas quebraderos de cabeza que otra cosa.-Si, pensé que te darías cuenta nada mas entrar… -Bien pensado amigo mío, y aunque hacia tiempo que no nos veíamos he de confesar que nunca pensé que te vería aquí por esta causa, haber perdido tu propia sombra, que calamidad. -Si, pero el caso es que no la encuentro y... -Es evidente que no la encuentras, sino, no estarías aquí sentado. Aunque me indigna que no te hayas dado cuenta aún de dónde está, tantas aventuras que hemos vivido juntos y parece que no hayas aprendido nada querido Peter. -Vamos, vamos, no se que puede pasarle a mi sombra, y también es evidente que estoy demasiado indignado y disgustado con ella como para pensar en… -No continúes por esa línea de pensamiento, te lo pido de veras. Pensar que estabas a punto de admitir que un caballero inglés es incapaz de serenarse unos instantes para poder realizar el más nimio de los ejercicios mentales… -¡De acuerdo! Pero no se dónde buscar maldita sea. -En casa de la chica que conociste ayer por supuesto. Me quede boquiabierto, como dije antes, a veces seguía impresionándome. -Por todos los demonios Holmes, ¿pero cómo has podido saberlo? -Pistas evidentes, los pétalos en la suela de tus zapatos me indicaron que la conociste en una floristería cercana a tu estudio, pues solo allí venden esta variedad de flor, en tus pantalones quedó impregnado un


poco de su perfume y de otros aromas que me indican la dirección de su domicilio, además… Mi amigo continuó largo rato indicándome las pistas que le habían llevado a tal deducción, finalmente me escribió la calle en la que vivía la muchacha en un trozo de papel y se despidió de mí. Afuera había dejado de llover, pero los charcos eran casi infranqueables, por lo que decidí usar el paraguas de nuevo como transporte, aunque al pasar por encima de una casa con un gran cañón casi tengo un accidente con una señora ya entrada en años y de aspecto remilgado que me insultó con una extraña palabra que no se si no entendí o si decidió decir en otra lengua para no perder su imagen de estirada señorita, solo recuerdo que empezaba por “super”… Cuando llegué a la calle que me había indicado mi amigo en su nota no tuve que buscar el piso. Simplemente escuche los gritos y el alboroto que salía por una ventana entre abierta en el tercer piso de una casa y me dirigí hacia allí rápidamente. Abrí los ventanales de par en par y grite -¡Aquí estas malvada !Luego mire a Wendy que me miraba disgustada. -¿Qué me has llamado Peter?- Me preguntó. -Yo... ¡No era a ti querida! Sino a esa maldita sombra traicionera que me ha... -¿Esa descarada sombra es tuya?- Dijo con una zapatilla en la mano y acercándose a mi echa una autentica furia. -Sss..ssss… sssi… - Dije tartamudeando. -Pues que sepas que tu sombra es una,una,una… Degenerada y una maleducada. No se observa a una chica mientras duerme, no de esa manera. -¿De qué manera? – Pregunté temiéndome que mi sombra hubiese llegado más allá de observar y hubiese sido capaz de levantar las mantas para observar el perfecto cuerpo de Wendy. -¡Pues con esa cara! -¿Qué cara? ¡Es una sombra! -¡CIERTO ES!- Dijo gritando, aunque daba la impresión de no saber por qué gritaba -Muy bien Wendy, te pido disculpas si te ha podido causar alguna molestia, no volverá a ocurrir te lo prometo.


Miré a mi sombra desafiante y cabizbaja… Bueno, cabizbaja debería haber venido, pero por lo contrario me la encontré haciendo manitas con la sombra de Wendy. Estuve a punto de regañar fuertemente a sendas sombras cuando Wendy me paró los pies. -Déjales disfrutar Peter, es algo precioso, pueden amarse por siempre y jamás envejecerán- Dijo. La miré a los ojos, y por unas instantes me quedé pensativo hasta que me aventuré a decirle: -Wendy, aunque tuviéramos la oportunidad de ser jóvenes siempre, preferiría envejecer a tu lado. Entonces algo rozó mi mejilla, bueno… Rozar rozar…. Más bien fue un golpe. El marido de Wendy, Un militar condecorado que perdió la mano en una de sus batallas me había lanzado un buen gancho. Al cabo de un rato me encontré en la calle sentado en la acera, tenía un ojo morado y mi sombra se despedía de su amada por el balcón… Al menos la había finalizado mi busqueda con relativo éxito.



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