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El Sistema Nacional de Imprentas es un proyecto editorial impulsado por el Ministerio del Poder Popular para la Cultura, a través de la Fundación Editorial El Perro y la Rana, con el apoyo y la participación de la Red Nacional de Escritores de Venezuela. Tiene como objetivo fundamental brindar una herramienta esencial en la construcción de las ideas: el libro. El sistema de imprentas funciona en todo el país con el objetivo de editar y publicar textos de autores fundamentalmente inéditos. Cada módulo está compuesto por una serie de equipos que facilitan la elaboración rápida y eficaz de libros. Además, cuenta con un Consejo Editorial conformado por representantes de la Red Nacional de Escritores de Venezuela capítulo estadal y del Gabinete de Cultura.


Con olor a manzanilla


Con olor a manzanilla © Marisabel Santana, 2013.

© Fundación Editorial El Perro y La Rana, 2013. Ministerio del Poder Popular para la Cultura Sistema Nacional de Imprentas – Imprenta de Falcón Red Nacional de Escritores y Escritoras Socialistas de Venezuela Edición al cuidado de. Ennio Tucci Impresión: Jeison Lugo HECHO EL DEPÓSITO DE LEY Depósito legal: lf–4022013800347 ISBN: 978–980–14–2506–9


Marisabel Santana

Con olor a manzanilla

Fundaci贸n Editorial El Perro y La Rana Red Nacional de Escritores y Escritoras Socialistas de Venezuela Sistema Nacional de Imprentas Imprenta de Falc贸n 2013


Marisabel Santana




Con olor a manzanilla

PRÓLOGO A Marisabel Santana la conocemos como una destacada educadora ambiental, investigadora, formadora de nuevas generaciones, trabajadora organizada y dedicada, con una gran sensibilidad por los animales y muy orgullosa de la tierra que la vio nacer. Hoy se nos presenta como autora de una historia novelada, que se desarrolla entre los siglos XIX, XX y XXI, donde se enmarcan grandes transformaciones políticas del país, que se encontraba enclaustrado en la época del caudillismo y que, a través de sus luchas, paso a paso, llegó a su modernización. Para no perder la costumbre familiar, la escritora nos sienta en su regazo, al igual que la abuela y la madre con sus críos, para contarnos, a través de la tradición oral y de su prodigiosa memoria, una historia apasionante, donde atraviesa, con pasos apresurados, la vida de una familia que asume sus penurias con la afabilidad que se le permite al hombre criado en tierras inhóspitas que, a pesar de los avatares del tiempo, nace, crece y muere con un sabor delicioso del que deja recuerdos insondables de su paso por este mundo. Con esta historia nos recreamos con los hermosos paisajes de los estados Lara y Falcón, tierras áridas que han dado plantas y flores que engalanan el paisaje, a todo el que se recrea viendo los inmensos cardonales, donde la creación colocó a la resequedad de la tierra con la dulzura de los frutos que allí se forman, nos permite imaginar que en el cielo también debe haber un pedacito de estos campos. También evoca las costumbres del caraqueño de los techos rojos, sus fiestas carnestolendas y su comportamiento dicharachero. La alegría de los pueblitos donde se desarrolla parte de la historia, está presente en sus fiestas patronales; sus copleros, sus bailes y leyendas, que hacen de estos campos, sitios mágicos. Cuenta también la vida de dos matronas que, con su temple, hacen de las protagonistas de esta historia, unas mujeres soñadoras, y a su vez, realistas, cariñosas y también recias de carácter, que con tal ambigüedad de comportamiento, llevaron con hidalguía sus raíces humildes, pero no se amilanaron, ante la vida, para convertirse en unas madres ejemplares. 


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Para finalizar Marisabel, con mucho sentimiento, describe los últimos días de vida de los coprotagonistas y de la partida de Josefina quien, rodeada de su numerosa familia, se fue de este mundo físicamente pero se quedó en los corazones de familiares y amigos, quienes la respetaron y admiraron por ser una persona que vivió y murió por la felicidad de su descendencia. Alida Aguirre de Feliche




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Dedicatoria A mi madre, que me señaló el camino de la vida; A mis abuelos, por enseñarnos sus principios éticos; A mi esposo, por acompañarme en este viaje; A mis hijos, por ser mi sentimiento más puro; A mis hermanos, por su amor incondicional; A mi familia, si vuelvo a nacer, quiero sea la misma.

Agradecimiento A todas las personas que me llenaron de buenas energías para que lograra escribir mis recuerdos. Renovar el pasado no es tarea fácil. Le pedí a Dios que me iluminara, para poder interpretar la misión encomendada por mis seres queridos. ¡Gracias a todos!




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Primera Parte CAPÍTULO I La vida es una serie de colisiones con el futuro; no es una suma de lo que hemos sido, sino de lo que anhelamos ser. José Ortega y Gasset

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on fuertes repiques de campanas, la capilla que se encontraba cercana a la población de Duaca, daba señales a los pobladores que en breve tiempo comenzaría la misa solemne, como inicio de las fiestas patronales para celebrar el día de la Virgen de La Candelaria. En días anteriores las mujeres del pueblo confeccionaban con esmero el traje que exhibiría la excelsa patrona; la tela había sido encargada en Barquisimeto, en estos remotos predios sólo podían conseguir la tela llamada de género. A las devotas de la congregación de la virgen les parecía de muy mal gusto vestir la imagen, en tan especial ocasión, con esa baratija. Fue así como encomendaron, con días de anticipación a José Trinidad, el sacristán, traer desde la ciudad seda color azul cielo y dorados encajes. El viaje en burro, en busca del encargo, duró dos días. A su regreso, cansado pero satisfecho por la misión cumplida, entró al pueblo, sonriente seguido por los curiosos, éstos lo recibieron con aplausos y palabras de afecto. El agradable gesto de sus paisanos atizó rápidamente la .– Población ubicada al noreste de la capital del estado Lara. .– Tejido entrelazado de hilos transparentes (Velillo, gasa, encaje y estopilla).

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imaginación de este hombre bonachón, de firmes creencias religiosas; su mente lo trasladó al pasaje de la Biblia cuando Jesús hizo su entrada a Jerusalén y fue aclamado con palmas; vivió el Domingo de Ramos completico hasta que, con tono grave, el cura lo trajo a la realidad al preguntarle –¿Cómo te fue en la ciudad?– respondió con voz asustada –Bien, me fue bien–. En ese momento no logró disimular su cara de disgusto; éste pensaba, para sus adentros, lo inoportuno que había sido el padre Juan Sebastián por no dejarlo continuar con tan sagrado sueño. Para la época, a finales del siglo XIX los jóvenes, dependiendo de su condición social, escogían su vestuario; las muchachas se trajeaban con faldas largas a media canilla y blusas de manga larga, por razones de pudor los padres impedían a éstas mostrar las piernas, para evitar provocaciones; las de pocos recursos se vestían de igual forma, excepto por la calidad de la tela que era de género, incluso los adornos, –como especie de cintillos– confeccionados con el mismo material. El calzado también era diferente, las de clase social “alta” usaban gruesos tacones de color negro, las provincianas se calzaban con alpargatas, confeccionadas con hilos de cocuiza, decorados en diversos colores. A los hombres les era reconocida fácilmente su condición social, los jóvenes hacendados se engalanaban con trajes de liquiliqui blanco de lino cien, las yuntas de oro sobresalían debajo del mentón, calzaban botas con polainas, los pobres usaban camisas y pantalones anchos, de algodón crudo, sombrero de cogollo y alpargatas con suela. Era dos de febrero de 1893, en un caserío cercano a la población de Duaca, fresco valle bañado por un moderado rocío. El sol se elevaba resplandeciente sobre las diminutas lomas, develando a su .– Calzado liviano de hilado de fibras naturales. Sus partes: Capellada (parte superior del empeine), talonera (forma el arco del talón) y el aladero, llamado también cabullita (sujeta la capellada a la talonera). .– Liquiliqui. Traje tradicional venezolanos, usado como atuendo masculino festivo. .– Tela de lino 100% natural. .– Juego de botones iguales que se ponen en los puños de las camisas y en el cuello del liquiliqui. Usualmente elaborados en oro o plata. .– Especie de botín que cubre la parte superior del pie y la pierna. .– En el siglo XIX no se usaban tallas para los trajes, éstos era anchos y se ajustaban con elástica los pantalones y con ligas las camisas. .– Sombrero tradicional confeccionado con el cogollo de las palmas.

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paso robustas ceibas, jabillos, veras y apamates de diferentes tamaños y espesores. La naturaleza lucía en todo su esplendor, adornada con floridos ramilletes amarillos, rojos y lilas incandescentes; la inflorescencia10, oportuna para la entrada de la primavera; circundándolos como invencibles custodios se erigían los matorrales, todo esto en un orden impecable que recuerda la supremacía en la creación de la existencia. A lo lejos se oían como susurros los comentarios de los pobladores, éstos se organizaban alrededor de la plaza, cerca de la pequeña capilla. En las casas adyacentes las mujeres disponían el carato11 refrescante para tomar después de la misa; los hombres afinaban sus cuatros y todos los instrumentos necesarios para el toque festivo al atardecer y, en el alambique12, embotellaban el cocuy de penca fermentado13, para los tragos de la noche. Placenteramente aguardaban la llegada de tan esperado día. Las muchachas preparaban sus amplias faldas, peinaban sus largas cabelleras adornadas con flores silvestres; solían probarse varias veces las cotizas14 para estirar la capellada, de manera que, durante la larga jornada de baile, no le molestaran las ásperas taloneras que sujetaban el pie; repasaban las recomendaciones de sus hermanas mayores, una y otra vez, la meta a lograr era impresionar para conseguir el galanteo del sexo masculino. Todas las casas del pueblo estaban construidas con largos corredores y fuertes paredes de bahareque15, con ventanas angostas de madera de vera16 y estructura de caña amarga cubierta de tejas; todo esto convertía los ambientes en un sobrio y acogedor espacio. El olor a manzanilla estaba impregnado en toda la casa. A un costado se escuchaba el balar de las cabras, que conjuntamente con el trinar de los pájaros servían de coro celestial a la inolvidable ma10.– Orden en que brotan las flores en las plantas. 11.– Bebida refrescante típica del Edo Lara, hecha con maíz molido, papelón, clavos de olor y canela. 12.– Aparato para destilar la penca de cocuy. 13.– Bebida tradicional del Estado Lara, elaborado con el ágave cocui, planta xerófila que nace en zonas áridas. El cocuy elaborado sin aditamentos tiene hasta 80º alcohólicos y fermentado para ser ingerido supera los 50º. 14.– Alpargatas. 15.– Bajareque. Enrejado de palos entretejidos con cañas y barro. 16.– Árbol cigofiláceo de madera pesada.

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ñana. De un lado para otro caminaba con pasos firmes y entrecortados Gregorio Álvarez, de mediana estatura, de espesa barba, su piel tostada reflejaba signos de haber trabajado muchas horas debajo del ardiente sol, su mirada penetrante imponía respeto; con sus allegados se manifestaba como un simpático amante de largas tertulias coloquiales. Conocido entre sus parientes como “Goyo” descendía de una familia de aventureros europeos que habían dejado su patria para cultivar la tierra en otros predios. Acompañado por Nicolás su primogénito, así como del resto de la familia, permanecían sumergidos en una larga espera, alejados –por el momento– del resto de los habitantes del lugar. Por un instante se concentró toda la atención de la familia en una puerta azul añil que daba entrada a la habitación principal de la casa. Santos, la hermana mayor de Balbina, corría hacia la habitación principal con una gran palangana llena de agua caliente, con paso nervioso y el ceño fruncido por la preocupación, se dirigía a María Virginia la hermana menor, con elevada voz, –¡apurá el paso!, están esperando el bebedizo17 –. Ésta sostenía entre sus blancas manos una jarra con flores de manzanilla recién cortadas del jardín de la casa, la preparación, a manera de infusión, estaba endulzada con miel de abejas, esto unido a una especie de brebaje18 traído por la comadrona19, que era común dar de tomar a las parturientas, formaba parte de la medicina empírica20 de la región. Las tisanas fueron puestas en una pequeña mesa; temblorosas por el desconocido momento, de reojo observaban y se compadecían de la hermana; se respiraba un tímido silencio, los profundos quejidos de Balbina invadían toda la habitación. Con entrecortados sorbos, desesperada Balbina tomaba la infusión, dirigida con gesto de mando por la experimentada partera. Agotada, con el sudor que rodaba por su frente en compañía de María Verdiana la famosa comadrona y bruja de la comarca, Balbina traía a la vida a una hermosa criatura la cual llamarían María Candelaria, en honor al famoso personaje y al día calendario que sugería ese nombre. Envuelta en una sábana blanca, alumbrada por un rayo de sol 17.– Bebida medicinal. 18.– Bebida, especialmente de aspecto o sabor desagradable. 19.– Mujer que se encarga de la vigilancia de las embarazadas y de los partos. 20.– Que se apoya en la experiencia y no en la teoría.

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que penetraba por la estrecha ventana, se apreciaba la sonrisa de satisfacción de la recién parida, con mirada solidaria estrechaba la mano de la partera agradecida por haber logrado, con tragos de manzanilla unido el espirituoso cocuy, luchar por la preservación de la existencia. No podían imaginar que, en un tiempo no muy lejano, María Verdiana, la temida hechicera de la región, sería pieza clave en el desenvolvimiento de la niña que acababa de nacer. María Candelaria crecía en un sano ambiente, su familia se expandía como las semillas que se esparcen con el viento; por ser la primera hija hembra del matrimonio Álvarez, se le habían designado específicos quehaceres de la casa, tal como el cuidado de la ropa y ayudar en la crianza de los hermanos pequeños. Al comenzar la adolescencia brotaron sus encantos naturales, una hermosa cabellera negra, ojos azules como el mar y una traslúcida tez; toda esta belleza conformaba el atuendo natural de la joven. Su carácter la convertía en una muchacha muy interesante, su pausada voz y ademanes suaves la transformarían en una atractiva flor silvestre, como las que viven en las orillas del río, el mismo al cual solía ir todas las mañanas a lavar la ropa, casi siempre acompañada por Rosa Angelina su vecina, hermana de Juan de Jesús el cual, discretamente montado sobre el corral del patio de su casa, participaba del encuentro. Juan estaba deslumbrado por la belleza de María Candelaria. El espigado joven se sentía el centro del universo poseía una prodigiosa imaginación que le servía para distraer a las muchachas que lo acompañaban en las fiestas del pueblo, eran divertidas sus adivinanzas y trabalenguas: –Una vieja larga y seca chorreándole la manteca– (La vela) Frecuentemente las asustaba con fantasmagóricos cuentos sobre espantos, les narraba sobre el burro resollón 21, contaba –el que lo oye le cae la pava22 –, sus encuentros con la Sayona23, todo inventado por 21.– Burro que respira fuertemente haciendo ruido. 22.– Venezolanismo por mala suerte. 23.– Llamada también “La llorona”. Del folklor venezolano, leyenda que narra la aparición de una mujer que castiga a los hombres infieles.

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éste; los relatos eran una especie de estrategia conquistadora, para arrimarse y agarrar por la cintura a las temerosas muchachas, en señal de protección. En los encuentros casuales, generalmente en las tan esperadas fiestas patronales, los jóvenes preparaban largos palos, las máscaras, las extensas cintas, los trajes y; en fin, todo lo necesario para danzar al son del cuatro, maraca y tambor. Juan era envidiado por el resto de los conquistadores por su elegancia, cuando hacía figuras en círculo alrededor de la desmedida vara24; todo esto ocurría bajo la mirada suspicaz de María Candelaria; éste esperanzado por el halago de la muchacha, se contentaba de imaginar que el gesto, le sugería esperanzas de un futuro amor.

24.– Palo largo y delgado,

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CAPÍTULO II Para que haya paz en el mundo, es necesario que las naciones vivan en paz. Para que haya paz entre las naciones, las ciudades no deben alzarse una contra otra. Para que haya paz en las ciudades, los vecinos deben entenderse. Para que haya paz entre los vecinos, es necesario que reine armonía en el hogar. Para que haya paz en casa, es necesario encontrarla en el corazón propio. Lao Tse, China, Siglo VI a.C.

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TIEMPOS DE GUERRA

ran tiempos de guerra en el país, épocas de reyertas y levantamientos, uno de los motivos que provocó la emancipación fue la caída de los precios del café, a finales de los años 1830 y comienzos de los 1840. Muchos agricultores de la élite se encontraron en serias dificultades financieras; habiendo tomado préstamos comerciales a corto plazo y muy altas tasas de interés, para expandir sus haciendas cafetaleras, la caída de los precios de exportación les impedía saldar los intereses. La situación económica dividió a la élite política venezolana entre los hacendados y comerciantes, y provocó una fascinante ráfaga de comentarios y provechosos análisis. Esta controversia y el subsecuente ajuste político motivó una transferencia del control gubernamental, de un grupo conocido como la Oligarquía Conservadora a otro grupo conocido como la Oligarquía Liberal; esto revela el funcionamiento del sistema venezolano a finales del Siglo de transición, estableció un paradigma funcional que habría de prevalecer cuando menos hasta bien entrado el Siglo .– Refiérese a los gobiernos venezolanos, desde 1830 hasta 1846. .– Gobiernos que se sucedieron en Venezuela desde 1847 hasta 1858. Grupo opositor a los gobiernos conservadores.

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XX. Con la eliminación del sistema de castas y su complejo de relaciones entre las élites y con la desorganización causada por la guerra de las microeconomías locales de haciendas y sembradíos, el trabajo se convirtió en una preocupación fundamental. Venezuela dictó muchas leyes, reglas y regulaciones para restaurar el orden, hacer reinar la normalidad y controlar la mano de obra rural. Una parte significativa de la discusión versó sobre la cuestión de reemplazar la fuerza de trabajo perdida en la guerra, afectada por la manumisión y la esperada abolición, con mejor control del trabajo y más trabajadores mediante la inmigración. En 1890 fue elegido Raimundo Andueza Palacios (1846–1900) para el período constitucional de dos años, pero su intento por extender su mandato provocó la Revolución Legalista de 1892, encabezada por Joaquín Crespo (1841–1898) quien le derrocó. Crespo asumió la dirigencia como producto del movimiento en octubre de ese año, aprobó una nueva constitución estableciendo la duración de la presidencia a cuatro años, y el voto directo. Mientras era jefe del país los recursos públicos fueron mal invertidos y se crearon nuevas deudas para el país, pero permaneció popular entre sus soldados. Su candidato a sucesor, Ignacio Andrade (1839–1925) venció en las elecciones de 1897, pero su contrincante José Manuel Hernández (1853–1921) desconoció los resultados acusando fraude, y se rebeló en Queipa, Valencia en 1898. Crespo, al mando de las tropas del gobierno, pereció en la Batalla de la Mata Carmelera pero el alzamiento fue derrotado. El saldo al final del siglo XIX fue de recesión económica, también de avances en la cultura, la tecnología y el urbanismo. Desavenencias e intrigas hacían incontrolable las constantes escaramuzas que los insurrectos mantenían; todo el territorio estaba bajo una constante e interminable guerra civil; para suerte de los líderes instigadores de la especie de ejército que los seguía, se obtie.– Liberación legal de los esclavos. .– Derogación de una Ley. .– Insurrección armada dirigida por el General Joaquín Crespo para derrocar al Presidente Raimundo Andueza Palacios. .– Batalla realizada en un sitio denominado “La Mata Carmelera”, donde el “Mocho” Hernández atacó a las tropas del ejército.

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nen una serie de victorias en combate que anima a los aventureros revoltosos. En estas proezas, grupos de vecinos del pueblo de Duaca y sus alrededores, habían participado en estos bandos rebeldes revolucionarios. Cruentas y sangrientas batallas sucedían a lo largo y ancho de la nación, en los enfrentamientos eran quemados pueblos enteros en busca de los grupos contrarios. Los relatos de los emisarios, pasaban de boca en boca reseñando esta serie de avasallantes acontecimientos. A comienzos de mil novecientos, las familias se resguardaban despavoridas al escuchar el trotar de los caballos y el restregar de los machetes cuando los insurgentes entraban a los pueblos, y como un eco penetrante se oía, al entrar en la estrecha vereda, que conducía al caserío cercano a Duaca. Delante en un caballo zaino se pavoneaba Avelino Jiménez; éste al igual que el resto de la tropa de jinetes cimarrones, visitaban el pueblo en busca de alimentos, agua y entretenimiento en la cantina cercana. Avelino Jiménez era un "General de machete", sin formación militar, emerge en la práctica peleando, producto de las revueltas populares de 1898, conducidas por José Manuel Hernández, mejor conocido como el "Mocho Hernández". Su carisma lo había convertido en un caudillo que se destacó en las reyertas de la guerra de los mochos; era fruto de un gran descontento de los ciudadanos, sometidos por los líderes citadinos. Se ganó el rango, porque sobresalió, por ser uno de esos hombres que en combate, se arriesga hasta la muerte, por defender sus ideales. El General Avelino Jiménez, después de la derrota de su líder, se había replegado con un grupo de hombres que habían seguido junto a él, las ideas liberadoras. Había logrado someter a mucha gente y gozaba de una extendida fama que había llegado hasta la capital. Parte de estas inesperadas visitas al pueblo servían para reclutar, con la finalidad de enrolar en la contienda, a los jóvenes, a los cuales se les prometía entrenarlos como futuros soldados para la montonera. En el caserío cercano a Duaca se encontraba una especie de Cuartel General, el cual era comandado por éste, era temido por su sanguinaria forma de proceder ante las personas que desobedecían sus órdenes; mandaba a guindar por el cuello a los subordinados; .– Guerrilla.

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hacía esta mortandad como un cotidiano rito para avasallar a los que consideraba sus enemigos opositores. –Como reses cuélgalos para que respeten, ¡carajo!–, le decía a sus subordinados soldados. Contaban las angustiadas mujeres que, en una oportunidad observaron una ristra de cadáveres desencajados por el dolor, con ropa deshilachada y con signos de laceraciones en la piel, producto de haber sido arrastrados por largos caminos. Estas espantosas prácticas de los jefes montoneros, era costumbre en la provincia, en esa época. En el Cuartel General predominaba el aroma del café recién colado, estaba permitido para todos los soldados la toma del excitante líquido, a cualquier hora del día. En los fogones recostados a las gruesas paredes estaban atiborrados varios sacos de maíz recién pilados para la masa de las futuras arepas, papelón para endulzar los guarapos y piras de diferentes colores, colgados a las paredes en una especie de ganchos se maceraban con la sal chivos y ovejos destazados. Carmen la cocinera, era conocida como la preferida de la montonera, por las excitantes caricias que propiciaba a todo el que necesitara sus servicios; a media mañana terminaba los preparativos para dar de comer a los residentes. Al general se le servía antes que a todos los comensales; los alimentos suministrados eran probados con antelación por Pantaleón Mendoza, especie de Edecán que dentro de sus funciones además de custodiar la espalda de su jefe, estaba la de probar todos los alimentos que consumía incluyendo las tazas de café que pululaban varias veces al día, a través del zaguán, que conducía a la oficina principal. Avelino, era hijo de unos emigrantes canarios, quienes habían llegado a tierras lejanas ocasionado por la huida del padre de éste, José Antonio Jiménez, el cual era comerciante de caucho; este material para la época era traficado por piratas, las transacciones comerciales casi siempre terminaba en peleas, que más tarde se traducirían en amenazas de muerte, no sólo para el negociador sino que se extendía a toda la familia de los involucrados. José Antonio Jiménez, como un sabueso, comienza a ganar la confianza de los lugareños, al enterarse de que en una población a .– Serie de cosas que van una tras otra. .– En Lara, frijol.

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pocas leguas del caserío se producía café, cacao, así como también se talaba madera, toda esta mercancía era transportada a través de lanchones por el río, para luego ser colocados en barcos de vapor para llevarlos a comercializar a Europa. Se corrían algunos riesgos, a veces estas mercancías eran interceptadas por los corsarios en la salida por el mar. Era bien conocido que el cacao y la madera usada para la construcción de embarcaciones, valían tanto como el oro. Con la avidez y el entrenamiento traído de tierras lejanas, el emigrante logra hacer en la región un emporio industrial que lo sumerge rápidamente en la élite de los agricultores productores de café y cacao. La madre de Avelino era una dulce provinciana, sometida por los desplantes de su marido. Por la noche contemplaba a lo lejos, con mustia desesperanza, las lámparas trémulas de cebo, las cuales en múltiples ocasiones dejaba encendidas cansada de continuar la larga espera sin respuesta; al comenzar el nuevo día abría los ojos, fatigada por el cansancio, tenía que pasar por desapercibido el olor del aguardiente bebido por su esposo y los ronquidos, producto de la farra nocturna. Aturdida por las constantes infidelidades, no lograba entender por qué no escapaba de ese sórdido infierno, a la cual era sometida por el descarado marido. Blanca Rosa de Jiménez, no sabía enfrentar los constantes reproches a la cual era sometida, incluso por sus hijos. Sus parientes airados le reclamaban lo dócil de su carácter, en respuesta a la insistencia de éstos, para buscar solución a los problemas que padecía, encontró la forma de resolver el asunto para así evitar los continuos regaños de ellos. La estrategia consistía en abstraerse en una intensa meditación, por medio de un bordado de cruz que utilizaría como regalo navideño para su madre; pasaba días enteros sin articular palabras, contestaba, con lentos movimientos de cabeza, su aprobación o desacuerdo de lo que le preguntaban. José Antonio conocía que esta disposición de ánimo era en venganza a su desfachatado comportamiento, en algunas oportunidades observando la firmeza de su esposa, se le acercaba para recordarle, como en señal de enmendar sus errores, los lujos que disfrutaba en la hermosa casa que había construido para ella, inmóvil sin quitar los ojos de la tela, oía sus promesas. Había llegado para quedarse en estas prometedoras tierras, se había convertido en la mejor paridora de sus hermanas, trajo a la vida doce muchachos, Avelino era el mayor, líder del grupo y orgullo de su padre que disfrutaba sonriente la 21


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tenacidad de las decisiones de su hijo, las habilidades para engañar a los incautos y la mañosa sagacidad para emprender la huida después de cometido el desafuero. El resto de los hermanos se habían conformado en seguir los pasos de su madre, todos en la adultez habían constituido numerosas familias, sólo Avelino permanecía soltero, decían que había engendrado varios hijos con diferentes compañeras de amoríos. Con disimulada impotencia, decía que había apartado, por los momentos, formar una familia, que lo haría luego de que viera los resultados de su temprana decisión de emprender la guerra y que debía entregarse por completo para imponer la fuerza liberadora de su país; en estas escasas tertulias familiares conseguía el momento propicio para describir todas las aventuras vividas, bajo la reflexión y admiración de todos.

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CAPÍTULO III Cuando quieres realmente una cosa, todo el Universo conspira para ayudarte a conseguirla. Paulo Coelho

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LA PRIMERA VEZ

as muchachas solían compartir gratos momentos en su jornada como lavanderas en las orillas de la quebrada, se contemplaban pequeños bosques de galería que servían como una especie de guía, corrían con libertad los sinuosos pasos de agua extensos y cristalinos. Nadar con el caudal y la tibiez de las aguas servía como remanso para las bulliciosas jóvenes. La estadía en el sitio también era como una válvula de escape, se sentaban en círculo para comentar los chismes del pueblo, así como para hacer gala de sus encuentros amorosos con los jóvenes casaderos. Era dos de febrero de 1908, María Candelaria cumplía quince años; Gregorio Álvarez contemplaba la cándida belleza de su adorada hija, recordaba su nacimiento, pensaba en lo rápido que había pasado el tiempo, bendecía, en voz baja en forma de oración, a la joven que alisaba su frondosa cabellera azabache antes de ir a la cama, después de bañarse en las cristalinas aguas del río. Estaba sentada delante del aguamanil. Con aplomo se acercó para entablar conversación con ella, le comentó: –María cuando vayas al río .– Jarro o palangana de tocador (lavamanos).

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cuida de que no te vean los montoneros; oí un día, comprando acemita para la cena, decir al compadre Pedro Celestino, que el General Jiménez, se lleva por la fuerza a las muchachas más bonitas de los pueblos; es acusado de secuestrar muchachas que luego las deja cargadas de hijos; hay testigos que afirman que después de abusar de ellas las abandona en la casona y las pone a fregar pisos. Cuentan las desvalidas muchachas, que después de usarlas las entrega como obsequio para sus más alcahuetes y cómplices soldados–. El cuerpo de María Candelaria se estremeció de miedo, recordó sobresaltada que días atrás después de regresar de la capilla, se había topado con un hombre extraño que la había seguido por la vereda, que conducía al caserío, a pesar de que estaba acompañada por sus amigas, sintió que el interés del desconocido era hacía ella. Agotados por la inmensa jornada se contemplaba a lo lejos caballos y soldados que yendo al paso se aproximaban a la orilla para dar de beber a los extenuados caballos. Las muchachas que se encontraban lavando corrieron despavoridas al avistar la tropa, María Candelaria recordó la advertencia de su padre, que le repetía: –No seas brejetera, dejá la salidera–. Este peligro se convirtió en una especie de repetitivo juego macabro para las jóvenes; sentían estas señales de riesgo como necesarias para sumarle entusiasmo al aburrido pueblo; la actitud burlona, por las continuas advertencias, las hacía retar los repetidos consejos de sus progenitores –¡Nos salvamos!– gritaban ingenuamente, el miedo les desenfrenaba una plácida risa que contagiaba al grupo. –Llamen a Pausides– gritó el sombrío general, que se torcía el bigote para lograr frenar la impotencia de sus deseos reprimidos, –mande mi general– contestó el lánguido recién buscado centinela, –¿has visitao el caserío?– le preguntó el general con fuerte voz, –Sí, en la semana he merodeao por la capilla tres veces–, –Ujú, ¿has aguaitao a la joven que tiene frente a su casa matas con flores de manzanilla? –Si mi general la he seguío hasta la ribera–, –¿Sabes su nombre–, –Sí patrón–, –Ajá, la mientan María Candelaria, tiene unos hermanos que andan armaos hasta los dientes y la cuidan mucho–, –Ujú, mantenme informao de .– Brejetera. Persona que da muestras de falta de cordura o de seriedad en su comportamiento.

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todos sus pasos–, –No la pierdas de vista, avísame cuando la veas salir de la casa, te premiaré bien, si cumples lo que te he ordenao–. Nicolás, Felipe y Manuel, los hijos mayores de Balbina, hermanos de María Candelaria, eran hombres de temple recio, considerados en el pueblo como justos en su proceder, eran expertos trabajadores en las bodegas de alambique, se habían convertido en los mejores destiladores del licor de cocuy; esta labor les proveía suficiente dinero, necesario para el sustento del hogar de sus padres. Representaban los perfectos hombres para casarse, poseían esbelta figura, trabajaban sin reparos para reunir dinero; el vicio que tenían era gastar la plata  en las improvisadas fiestas de los pueblos adyacentes. Eran auténticos parranderos, recorrían las tierras cercanas en busca de amores fugaces. Todos los hombres de la época cargaban un cincho para guardar el dinero, entre éste y el pantalón sujetaban las pistolas que generalmente eran heredadas de generación en generación por sus ascendentes, los hermanos Álvarez no eran la excepción. Un día al regresar de una prolongada fiesta, salieron de regreso a su casa eufóricos por el alcohol, comenzaron a sacar las armas de fuego para continuar la fiesta con ruidosos disparos, la práctica de disparar tiros al aire, como muestra de parranda, era usual entre estos jóvenes. En esta oportunidad, aturdidos por la borrachera no se percataron de que delante caminaba Felipe el menor de los hermanos. Al desplomarse el cuerpo inerte de Felipe, alcanzado por una bala perdida disparada accidentalmente, paralizó la vida feliz de toda la familia. A ninguno de los hermanos les importó saber quién había disparado la bala asesina, que segó la vida de Felipe, a la hora de las averiguaciones legales ambos se entregaron, lo importante era recibir el castigo por tan desmesurado e irresponsable comportamiento. Las Tres Torres era una temida prisión situada en la ciudad de Barquisimeto, los presos eran llevados por los carceleros desde diferentes sitios; como parte del castigo impuesto, debían construir .– Dinero. .– Faja o cinturón. .– Cárcel que existió en Barquisimeto construida en 1897, donde se cometían espantosos crímenes.

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carreteras a lo largo del país, terminaban el día exhaustos por las largas jornadas a que estaban sometidos. Para la época los presos eran amarrados con fuertes cadenas que pasaban por el cuello hasta los pies, que estaban sujetados con anillos de hierro. Los Álvarez recibieron pocas visitas, sus padres vivían lejos de la ciudad por lo que se les dificultaba viajar continuamente. En las ocasiones que tenían para ver a sus hijos trataban de hacer agradable los breves espacios de tiempo. Balbina agarraba con fuerza las manos de sus hijos en señal de solidaridad y profundo amor, pues esto era lo máximo que se acercaban, tenían delante una pequeña ventana que separaba a los visitantes de los reos. En uno de esas breves visitas, Balbina con ternura sobó repetidamente las manos de su hijo Manuel, las besó, el corazón de madre le señalaba que era la última vez que las tocaría. Como una vorágine indetenible, los Álvarez comenzaron a padecer una larga cadena de funestos acontecimientos. Con la muerte de Felipe comenzaron las penurias, al poco tiempo Manuel murió, triste con la pesada carga, no sólo de los grillos que le presionaban sus pies sino atormentado por su irresponsabilidad que había terminado con la pérdida fatal de su querido hermano menor. A María Candelaria el destino le jugaría una mala pasada. Aislada por los problemas familiares, una sosegada mañana, desprevenida no se percató que era observada por un jinete; las compañeras le hacían señales para que emprendieran la huida, ésta seguía cepillando la ropa con fuerza para olvidar sus penas. Se trataba del General Jiménez, el mismo de los temidos cuentos, el de las repetidas advertencias de su padre; montaba un enorme caballo alazano, sobre el estribo descansaban las botas, ajustadas por las polainas; se lograba ver, a simple vista, en la cintura una funda, que servía para resguardar la peinilla Su imagen varonil, respetable y apuesta, desaparecía, por los cuentos sobre su mal carácter, que lo convertían en un ser indomable. Al topar con la estampa del legendario personaje, se quedó impávida, pero reaccionó rápidamente; con aparente serenidad .– Pasión desenfrenada. .– Especie de machete.

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agarró la cesta con las prendas recién lavadas y se marchó con paso apresurado. Con breve sonrisa, el acechador de repente percibió que le pasaban por la mente un choque inexplicable de vagos deseos, se deslumbró no sólo por la singular belleza de la joven sino también por el temple de carácter de ésta; el encuentro removió la vehemencia del general por la chavala  , al continuar su camino, murmuró, para sus adentros –el próximo encuentro será en la Casa Grande–, con paso de trote el ladino general continuó su rumbo , con la fuerza de un relámpago repitió para sus adentros, –la próxima vez te vienes conmigo–.

.– Muchacha.

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CAPÍTULO IV Cuando la vida te presente razones para llorar, demuéstrale que tienes mil y una razones para reír. Anónimo

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EL RAPTO

a espigada figura de María Candelaria lucía como las flores que crecen a pesar de la sed, semejante a los paisajes agrestes, lugar en que los árboles conservan las gotas de rocío para atenuar el calor; percibía que el tiempo se había agotado o tal vez detenido para ella. Con resignación, pero con el espíritu dispuesto a no rendirse; recordaba la mañana en que fue aprehendida y atada, para luego, por la fuerza montarla a un caballo que jineteaba Avelino Jiménez. De nada le sirvieron los mordiscos, patadas y gritos que, desesperadamente, lanzó en contra de sus captores, estaba ahí, en la casa del general y debía tratar de sobrevivir por los momentos. De repente, algo llamó su atención, apartó los amargos sentimientos que la embargaban; detrás de la cortina se movía algo extraño, este episodio cambió, por un momento, el triste desgano que la embargaba; con el natural recelo que le enseñó su crianza transcurrida en contacto con el campo, se acercó con la prudencia de un cazador que acecha la presa, paso tras paso se aproximó al desconocido objeto, retrocedió la marcha al percibir una enorme culebra, llamada por los campesinos “cuatro narices”, armada con sus agudos colmillos, segura por su potente veneno, sacando la larga y 28


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bípeda lengua, permanecía enrollada en forma desafiante, dispuesta a atacar. María Candelaria, con decisión, abrió la puerta que daba hacia el zaguán de la casa; recordó con desespero que no podía salir del cuarto, donde se encontraba confinada. Sin quitar la vista de la serpiente, que se encontraba a pocos metros de distancia, con firmeza agarró una gran piedra que sostenía la puerta del baño, la sostuvo encima de la cabeza y la dejó caer sobre el animal. Retrocedió hacia el otro extremo, dejó pasar varios segundos hasta avistar satisfecha que había logrado vencer el peligro Para asustar al custodio, con decisión abrió la puerta y lanzó fuera de la habitación la tremenda serpiente, que minutos antes había sido su principal preocupación. El centinela pegó un brinco, peló los ojos, salió disparado del confortable taburete, exclamo –¡Ave María, San Rafael bendito!–, en ese momento no sabía qué decisión tomar, pues se le había advertido que no podía dejar la guardia bajo ninguna circunstancia; para su suerte, en ese preciso momento, pasaba Cirilo, al verlo le señaló: –Ayúdame, la joven acaba de lanzar esto–, señalando al ensangrentado animal, –¡Santísima Trinidad! ¿De dónde habrá sacado eso?– preguntó el ingenuo acompañante. El negro, aún asustado, respondió –No sé, chacha pa´loca, no la pierdas de vista, voy a reportar la novedad.– Por la rendija de la puerta, la moza aguantaba la respiración para no soltar una bulliciosa carcajada, había castigado al celador, sabía que levantaría la suspicacia de todos, por segundos saboreó las mieles que produce la satisfacción del desquite. Con estoicismo recibió el comandante este suceso; delante de los subalternos demostraba ser inexpugnable; preguntó, disimuladamente, por la salud de la prisionera, el celador atónito, ante la presencia del jefe, contó lo ocurrido. Cirilo, acatando la orden impuesta, revisó todos los alrededores de la casa que estaba adosada al cuartel, en busca de secuelas. Para resguardar las casas, éste recordó todos los medios que utilizan para espantar a las serpientes; una de ellas era masticar el chimó y esparcirlo, a través de escupitajos, por los alrededores de la vivienda; otra manera de matar las víboras, consistía en cortar con un machete, una larga vara para colocar chimó en la punta, contaban que in.– Doctrina filosófica, quien la práctica manifiesta indiferencia por el placer y el dolor. .– Pasta de extracto del tabaco que contiene un alcaloide muy peligroso como lo es la nicotina.

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mediatamente la bicha daba vueltas y quedaba tiesa, los de mejores ingresos económicos colocan bolas de chimó en las entradas. Con la merienda preparada para la recién llegada, que consistía en varios trozos bien cortados de pan de aguada, acemita y pan de horno, servidos en un plato florido de peltre, traían una espumosa taza de café con leche. Además de la ración llevada por las sirvientas de la residencia, colocaron sobre un cajón con gavetas de madera, un tiesto de flores recién cortadas del jardín interno, y una estampa de San Rafael. Sin dar señas de interés, la joven preguntó –¿Por qué traen eso?– refiriéndose a las flores, –¿No le gusta niña?, es para bendecirle el cuarto, esta mañana se metió ese pavoroso animal–, con gesto maternal la sirvienta le contestó –hay que alejar los malos espíritus que poseen esos bichos–, –¿A quién se le ocurrió la idea?– volvió a preguntar. Sin pensarlo las mujeres respondieron al unísono –¡A mi general!–. Pasaron los días en el claustro asignado a María Candelaria, en repetidas noches deliraba por el deseo de encontrarse con su adorada familia. Al despertar desechaba la amarga realidad, contenía las lágrimas que escapaban sobre sus mejillas. Necesitaba saber sobre la salud de sus padres, éstos habían quedado desamparados, después de la tragedia de sus hermanos, aquella fatídica noche de navidad. La movía la curiosidad por saber si Nicolás había podido sobrellevar la prisión en la inhóspita cárcel de las Tres Torres; se preguntaba a quién acudir para buscar ayuda si su vida estaba limitada a la habitación. Dos veces a la semana, en la mañana, se le permitía el acceso al patio central para tomar el sol, bajo la permanente vigilancia de los cancerberos. Una soleada mañana que anunciaba la estación primaveral tomó la decisión de pedir, a través del guardián, una entrevista con la máxima autoridad del cuartel. Fue recibida en una pequeña oficina que quedaba cerca del patio central, el continuo movimiento de los delgados brazos descubría el oculto susto; después de esperar varios minutos, el emisario salió para indicar a la joven que sería atendida. Sentado en una alta silla forrada de cuero de chivo estaba, cara a cara, con el caudillo. Seriamente éste oyó con detenimiento las razones de la visita. Con ojos .– Pan de aguada, acemita y pan de horno son panes, muy sabrosos, elaborados en Aguada Grande, población del Municipio Urdaneta. .– Maceta. .– Porteros o guardias severos.

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penetrantes repasó varias veces la figura de la esbelta joven, quien no dejaba de mover las piernas en señal de angustia. –Bueno– asentó –te voy a permitir la visita de tus taitas, los mandaré a llamar, pero no te acostumbres, por esta vez te dejaré verlos–. Los cambios en el regimiento eran constantes, algunos soldados desertaban de la despiadada e insegura rebelión, otros morían en los arriesgados combates. En cierta oportunidad María Candelaria caminó por una estrecha vereda para ver hasta donde conducía; la curiosidad la movía pues había oído desgarradores gritos y mucha gente alrededor del área; en el espacio destinado para la tropa había una sala llena de montoneros heridos, que eran atendidos por el médico del pueblo a quien traían en casos de emergencia. El susto la hizo retroceder despavorida. Al regresar a la habitación no lograba entender por qué los jóvenes, muchos de ellos apuestos y llenos de vida, se enrolaban en esa locura, justificó esta manifestación de ánimo con la idea de que tal vez corrían el mismo destino que ella. El caudillo, general mochero, había aprovechado la desgracia por la que estaba pasando la familia de la desafortunada joven; con los hermanos presos se le había facilitado su captura por la fuerza; aún recordaba el momento en que, a pesar de la resistencia, se la trajo en su caballo. En la instantánea cavilación, urdía que para lograr ganársela y mantenerla sosegada, tenía que permitirle el contacto familiar. Él sentía que ésta lo aborrecía, la sagacidad de sus decisiones lo forzaban a dar una tregua en esta desigual relación. Los Álvarez visitaron por vez primera a su hija cautiva, las palabras sobraron, como juncos se abrazaron, formando un solo cuerpo, crudas lágrimas brotaron como las briosas aguas del añorado río, se conjugaron entrelazados pensamientos de ayuda mutua, el destino les había programado el forzoso tiempo por venir. A pesar de la separación leyeron en sus ojos que debían aprovechar el momento para frases de amor, obviaron conversar sobre las calamidades de la familia, Balbina llevaba como regalo para la toñeca de la casa un rosario, construido con semillas de árboles silvestres, que había enviado Juan de Jesús para ayudarla en sus oraciones; lo apretó sobre su pecho, sus labios dibujaron una cándida sonrisa de emoción. .– Seguidor del "Mocho" Hernández.

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Como un sórdido torbellino transcurrieron los días, para no enloquecer había concentrado toda la atención en aprender la sastrería, con sólo la habilidad de sus manos, hilo y aguja, pasaba largas horas del día cortando y cosiendo tela de gabardina traída por su madre. Poco a poco se fue convirtiendo en una experta del oficio, las puntadas eran casi desapercibidas; Gumersinda Reinoso, trabajadora del cuartel, se había convertido en la socia comercial, era la encargada de la colocación de los trajes; con el tiempo ésta ayudaba a la experimentada costurera que había acaparado los encargos de las tiendas de la ciudad. Con el dinero de la venta de los trajes logró ayudar a sus padres en los gastos de la casa, que se habían duplicado por los viajes que a menudo tenían que realizar para visitar a los reos. El día que le comentaron que Nicolás saldría en libertad, apresuradamente escogió para la ocasión tela de casimir azul marino con botones del mismo color, con el propósito de que su hermano lo estrenara el día de la partida de la mazmorra; pidió traer de la ciudad un par de zapatos que fueron lustrados con charol negro, deseaba que el mayor de la familia, demostrara hidalguía en el retorno a la población que lo había visto crecer como un caballero de buenos principios. En la Casa Grande estaban preparando la cena para las celebraciones de fin de año y comienzos de 1910. Estaba en sus habituales actividades, cuando de repente, la salud de la muchacha comenzó a dar señales de malestares propios de embarazo. Una mañana a comienzos de la entrada de la primavera, las flores de manzanilla eran colectadas en el cuartel general, para dar de beber a la futura parturienta. De nuevo la llegada de un recién nacido haría regresar el olor a manzanilla.

.– Tela de tejido diagonal con la que se hacían algunas prendas de vestir. .– Cachemir. Tejido muy fino fabricado con lana de cabra de Cachemira (estado antiguo de la India). .– Barniz muy lustroso y permanente.

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CAPÍTULO V Si la obediencia es el resultado del instinto de las muchedumbres, el motín es el de su reflexión Napoleón I

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LA HUIDA

a revolución continuaba. A pesar de los acuerdos a que habían llegado algunos líderes en la capital, se mantenían escaramuzas de algunos combatientes que no estaban de acuerdo con las negociaciones. En los alrededores se respiraban aparentes vientos de paz y libertad. Jugando, a escasos metros de su madre, José y Juana retozaban detrás de las gallinas, con estas aves se aseguraba la provisión de huevos del cuartel; el paso del tiempo no había hecho mella a la hermosa figura de María Candelaria, habían pasado cinco tormentosos años de retención forzada, de momento forcejeaba para que no se le esfumaran los recuerdos vividos en su pueblo natal, toda su historia se había quedado congelada en el tiempo. María Candelaria continuaba con la confección de los trajes; también, por tradición familiar, con velocidad y destreza urdía chinchorros, los clientes potenciales eran los soldados que vivían en el regimiento; las labores no sólo le servían de entretenimiento, .– Preparar los hilos en el urdidor para pasarlos al telar. .– Hamacas.

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sino que la proveían de suficiente dinero para mantenerse libre económicamente. De Avelino Jiménez había parido dos niños; aunque no lo amaba, sentía un gran respeto por ser el padre de sus hijos; la relación con él se había tornado de costumbre, María Candelaria, evocando a Avelino, lo veía como un tipo de presencia gallarda, a pesar de estar entrado en años; a ella la colmaba de atenciones, al final concluía en voz alta: –Que diferente hubiera sido si todo hubiese sucedido de otra forma–. Los niños respetaban y querían a su padre, que frecuentemente los cargaba sobre las piernas para darle dulzones frutos de semeruco recién arrancados de la mata. Le expresaba solícitas caricias a los pequeños, éstos eran cuidados por todos los habitantes del sitio, bajo órdenes expresas del jefe. Atrapado por las responsabilidades, estaba poco tiempo en la casa, constantemente viajaba por todo el país, especialmente a Caracas, a reuniones políticas; también, por ser el mayor de sus hermanos, después del repentino fallecimiento de su padre, se encargó de los negocios de éste. Al despedirse de sus hijos, daba a los guardianes severas recomendaciones sobre la inmensa responsabilidad que tenían sobre la custodia de la familia; con bendiciones y señales de la cruz sobre sus frentes, se despedía de los pequeños –la madre lo observaba de reojo–. Con la llegada de los críos, María había conseguido varias concesiones, una de éstas era caminar hasta el patio, también se le permitía desplazarse por el jardín cercano al largo pasillo, seguida por la mirada de los centinelas; no podía dirigirle la palabra a ninguno de ellos y sólo conversar, sin intimidar, con la servidumbre de la casa; la excepción era la jefa de cocina y aliada en las ventas, con la que conversaba sin parar; le relataba sus triste historia, sus añoranzas, poco a poco, fueron construyendo una estrecha amistad. La amiga escuchaba los comentarios sin hablar, con gesto de ternura le sobaba la cabeza, como quien consuela a una hija, a pesar de la gran diferencia de edad de ambas, habían podido entenderse con facilidad. Un día, al salir una mañana a sus acostumbrados paseos matutinos, para que los niños jugaran, se sorprendió al ver que Cirilo había sido reemplazado por otro guardián. El nuevo centinela era un .– Árbol emblemático del Edo. Lara (Malphigia glabra).

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joven que parecía no pertenecer al pueblo pues jamás lo había visto; era de mediana estatura, el pelo muy corto ensortijado, los ojos de este hombre eran expresivos de color aguarapado, las facciones eran delgadas, no sólo su figura sino su nariz y su boca reflejaban en él una mezcla étnica importante. Logró verlo con detenida curiosidad porque José Prisciliano, el menor de sus hijos, jugueteaba alrededor de la silla donde éste se encontraba; Juana también, al ver a su hermano dar vueltas en torno al objeto, se incorporó a la rochela; se dirigió a los niños para parar el bochinche, el centinela le replicó –Señora déjelos, están entretenidos, no se preocupe, no me molesta que estén disfrutando el momento, son pequeños y me agrada su compañía–. El referido joven se llamaba Ramón Rodríguez, había salido de su pueblo natal, Aguada Grande, situado a unos cuantos kilómetros de distancia del Cuartel General. Como todos los jóvenes de la época él dejó su hogar, para incorporarse a la guerra. A diferencia del revocado celador, Ramón le hacía sentir a la señora que podía tener libertad de acción, siempre y cuando el general estuviera fuera del regimiento. Ramón, María Candelaria y Gumersinda Reinoso habían logrado formar un trío de amigos. El celador solía decir constantes paradojas, ayudándose de refranes que había oído de sus parientes. En una oportunidad le dijo al niño José, que jurungaba la marusa  que colgaba de su brazo, –Ujú andas buscan lo que no se te ha perdido –, era la forma de dirigirse a los hijos de Candelaria; éstos, poco a poco, se habían ido familiarizando con el desconocido; a ella, cuando la veía apesadumbrada, para darle esperanzas, repetidamente le señalaba: –Tranquila que no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista–. Al encontrarse sola, ahogada entre sus pensamientos, varias veces se había planteado la idea de huir con sus hijos de esa vida llena de rutinas interminables. Deseaba que sus muchachos crecieran alejados de la violencia, de ese recinto que tenían por hogar, pero se preguntaba cómo hacerlo, conocía todo lo que habían tenido que pasar los desertores; éstos eran perseguidos por feroces perros entrenados, al atraparlos, después de soportar diferentes torturas, .– Del color del guarapo (jugo extraído de la caña de azúcar). .– Expresión popular por "husmear en la bolsa o talego".

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morían; a los más fuertes, los echaban para la calle, algunos incluso, con mutilaciones de piernas o brazos deambulaban como mendigos. Ante estas tácitas advertencias temblaba de miedo, pero no desistía de la idea de la huida, algunas veces se planteaba que prefería morir que pasar su existencia sometida, desechaba la idea cuando recordaba que dos pequeños dependían de ella. Una tarde cuando trabajaba se arriesgó al confesar a sus amigos lo que tramaba, aquello que por meses había planeado, conociendo las debilidades del general. Estos la dejaron expresar sus sentimientos, muy atentos, a pesar de la seriedad y cara de asombro de ambos, repentinamente sin darse cuenta, los confidentes se convirtieron en aliados del plan. Después de rogar a Ramón que la ayudara, advirtió que el amigo estaba confundido, éste había titubeado cuando le planteo el plan de la fuga; después de persuadirlo, le encomendó visitar a su madrina María Verdiana, tenía que convencerla de la necesidad de huir con los niños, que debía esconderse en su casa y no en otro lugar, por el respeto que le tenía el general a ella. Concluyeron que la Reinoso se encargaría de preparar el momento de la salida. La noche antes de la partida había preparado pocas pertenencias, no quería que notaran el nerviosismo que tenía, por nada del mundo debía levantar la más mínima sospecha, necesitaba tiempo para alejarse lo más que pudiera del cuartel. La Reinoso necesitaba dar las instrucciones finales, para que todo saliera sin contratiempos, acercándose a la puerta de la habitación de Candelaria susurrando la llamó –María ¿dónde andás?–, la muchacha saltó de la cama de un brinco. Con voz pausada la fiel amiga le dijo que todos, incluyendo a los niños deberían tomar valeriana, dijo –No vaya a echase a perdé todo, si se despiertan los niños y comienzan a lloriquiá –. Cumpliendo las instrucciones tomaron la infusión de flores, los niños cayeron dormidos de inmediato, no podían permitir que el plan se arruinara, sabían que una pisada en falso, les costaría la vida. Era sábado para amanecer domingo, los guardianes, violando las reglas impuestas por el jefe y azuzados por la Reinoso, bebieron varias garrafas de cocuy hasta emborracharse. En un descuido de .– Planta herbácea de flores que crecen en lugares húmedos y sirven de sedante. .– Coloquialmente, llorar.

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los embriagados soldados, salió para darle a los fugitivos la señal de movilización. Ramón cargó a Juana y María Candelaria estrechó entre sus brazos a José, pasaron sigilosamente por el pasillo central, los cuatro se desplazaron hasta la salida que conduce a la puerta principal, corrieron sin parar hasta llegar a un pequeño bosque donde se encontraban esperando tres bestias las cuales montaron rápidamente, de inmediato se les unió Gumersinda. Cabalgaron durante todo el día, se detuvieron segundos para alimentarse; el atardecer los esperaba con bandadas de pericos y loros guaros que revoloteaban en las copas de los arbustos. Los niños se distraían con el especial momento, a pesar de que los adultos se movían rápidamente, para no perder tiempo debían seguir camino, a la brevedad posible. La Reinoso había preparado los avíos para los viajeros, arepas rellenas de queso de cabra, guarapo, agua, papelón y leche para los pequeños. Ramón había acomodado los mapires llenos de maíz para la alimentación de las bestias, que había logrado amarrar a una estaca, sacudía las gualdrapas10 y sudaderas11 de las sillas de montar, limpiaba con esmero el chopo12, que llevaba para defenderse, en el presunto caso de tener que enfrentar un acontecimiento imprevisto. Nicolás esperaba en un atajo cercano al lugar del descanso de los fugitivos; al oír, a lo lejos el trote de los caballos, sigiloso se asomó entre los espinares13; logró ver las figuras de sus parientes, a quienes esperaba impacientemente. María Candelaria, con firme decisión, a pesar de la tristeza que le causaba separarse por primera vez de sus hijos, los entregó, sin dudar, a su hermano. Nicolás, al ver el esfuerzo que hacía su hermana con el rostro entupido14 para no llorar, le agarró la barbilla, la obligó a verle los ojos y le dijo: –hermana, te prometo que mis sobrinos van a estar bien, te lo juro por Dios–. Hacia el Suroeste se enfilaron los caballos en los que cabalgaban .– Provisiones. .– Bolsa tejida de sisal. 10.– Cobertura larga que cubre las ancas del caballo. 11.– Manta que se pone a los caballos bajo la silla. 12.– Fusil de fabricación casera. 13.– Campo sembrado de matas con espinas. 14.– Comprimido, apretado.

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Ramón Rodríguez y María Candelaria, por el Este cabalgaban Nicolás, Gumersinda Reinoso y los niños. A pesar del fatigoso viaje y la tristeza que la embargaba por no tener a sus hijos consigo, Candelaria no podía creer que estaba regresando de nuevo a sentir olores, colores, texturas, diferentes sensaciones y paisajes que creyó más nunca volvería a percibir. Contemplaba y disfrutaba los variados matices de los suelos arcillosos cubiertos de dorados arenales, se veían como menudas piedritas que unidas conformaban pequeñas lomadas15 que encandilaban con el ocaso. A medida que iban acercándose a la tierra prometida descubrió que había conseguido la anhelada libertad, ayudada por ese menudo hombre que, por la alegría del momento, había pasado desapercibido para ella.

15.– Lomas.

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CAPÍTULO VI La ciencia sin la religión es coja; la religión sin la ciencia es ciega. Srila Prabhupada

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DOÑA MARÍA VERDIANA

emida por hombres poderosos, este personaje había logrado imponer respeto por sus poderes sobrenaturales con los cuales podía traspasar los umbrales de lo desconocido para los mortales. Su fama había crecido por los acertados prodigios logrados con sus consuetudinarios clientes. Su apariencia reflejaba tener una descendencia mestiza, su tez almendrada con los surcos propios del paso de los años, poseía expresivos ojos negros como el azabache, su cara alargada, nariz recta y barbilla prolongada le daba una singular armonía a sus enérgicos rasgos. En una oportunidad había logrado curar al pequeño hijo de un potentado hacendado, que lo había llevado a la ciudad, éste regreso desahuciado por los galenos del hospital central; María Verdiana no exigió nada a cambio, se conformó con la fama que produjo la sanación. Frecuentemente era solicitada para que con sus conjuros hablara con las ánimas quienes del más allá enviaban señales con tanta contundencia que, en una ocasión, volaron por el techo varios objetos en forma de espiral, como respuesta a las peticiones espirituales solicitadas. 39


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En esos tiempos de la medicina empírica, la doña era famosa por la lectura de las aguas, por sus ensalmes desatadores del mal de ojos y acertados exorcismos para la pava y el mal de amores; los provincianos requerían la asistencia para curar el asma con sus elíxires de hierbas, sangre y manteca de iguana; así como también, las cataplasmas para meter los marutos de los recién nacidos. Contaban algunos de sus más crédulos clientes que las sobas para torceduras eran tan eficaces que las personas hacían largos viajes, para someterse a tan eficaz terapia. También era recordada en varias leguas por ser considerada la mejor comadrona de la región. A miles de niños había ayudado a nacer, casi todos los padres, ricos y pobres, la premiaban haciéndola su comadre. Parte de la seguridad con la que contaba consistía en el apoyo que le daban sus famosos compadres de sacramento. El efecto multiplicador de la fama de esta yerbatera se expandía por toda la región, había alcanzado relevancia política por sus acertados vaticinios; sometía a intensos ensalmes a los líderes rebeldes antes de partir a combate. La hechicera preparaba, para los guerreros, unos pequeños saquitos que servían como amuletos  , recomendaba a los crédulos que debían llevarlos colgados del cuello, permanentemente; con esta contra estaban protegidos de cualquier mal, les advertía que si súbitamente se rompía el pequeño saco, debía ser reemplazado de inmediato para frenar la mala suerte. Largas filas de multitudinarios creyentes buscaban sanación, fortuna y amor de esta peculiar señora. A esta indomable mujer, severa de gestos, no era fácil sacarle las palabras para entablar conversación con ella; cuentan sus allegados que nunca la vieron reír, estaba siempre consustanciada, entregada a sus creencias; intimidaba con su poderosa voz firme, solía decir a los devotos, –habla tú que yo te oigo–. .– Que se apoya en la experiencia y no en la teoría. .– Adivinación a través de la orina. .– Ensalmo. Rezo con palabras mágicas y medicamentos empíricos, con lo que se pretende curar. .– Maléfico que ejerce una persona sobre otra, a través de la mirada. .– Ombligo. .– Masajes. .– Dislocación de algún miembro .– Objeto al que se atribuye virtud sobrenatural. .– Oración o bebedizo al que se la atribuye alguna virtud sobrenatural.

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La puerta de la casa de María Verdiana, día y noche permanecía abierta. En la entrada se encontraba un extenso jardín combinado con árboles oriundos de la zona, todos estos eran utilizados para la elaboración de sus brebajes. Debajo de éstos colocaba varios setos sembrados con hierbas y plantas medicinales tales como ipecacuana, ortiga, belladona, ruibarbo; conjuntamente con las variadas matas de geranios, cayenas y azahares. Este orden le daba al sitio un aspecto interesante por la diversidad de colores y aromas extraños que se percibían. Todo lo que la naturaleza le ofrecía era utilizado por esta mujer, aprovechaba los conocimientos que había adquirido sobre la insondable botánica oculta, para alejar los pensamientos tristes y mejorar la salud de sus seguidores. En el salón principal de la casa, habían sillas de cuero de chivo colocadas una al lado de la otra, como adornando el salón, colgaban grandes cuadros con diversos iconos religiosos; enmarcados en madera, se apreciaban San Juan Bautista, San Miguel Arcángel y la Santísima Trinidad. El paso al santuario estaba restringido. Al frente de la puerta, que permanecía cerrada, guindaba una penca de sábila con cintas de varios colores, el altar principal permanecía alumbrado con velas; en una mesa contigua se encontraban botellas de varios tamaños con preparaciones, inciensos y hojas secas; próximo al altar se tropezaba una puerta que conducía a la habitación, que era utilizada para el descanso y los momentos de recogimiento de la señora. Al fondo de la vivienda se encontraba una pequeña granja que albergaba aves de corral, cabras, chivos, ovejos, cochinos y ganado vacuno criollo. Al final de los corrales, atravesando un corto camino, se divisaba un conuco10, donde había siembras de variados frutos, maíz, caña y otras plantas alimenticias. Esta diferente organización del hogar, atípica en el sitio, la distanciaba del resto de los vecinos cercanos, daba la impresión de que se podía vivir en esta casa sin salir, porque estaba provista de suficientes alimentos para sobrevivir. Llovía intensamente, era época de verano con intenso calor y precipitaciones nocturnas, por el recalentamiento diurno de la tierra. A lo lejos se divisaban dos bestias que traían sobre el lomo a unas personas; éstas se tapaban de la lluvia con unas chamarras, que no 10.– Porción de terreno cultivado.

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dejaba ver con claridad sus figuras, en la oscuridad de la noche; se notaba que eran baquianos, acostumbrados, en estas tierras, a guiarse en la penumbra con la luz de la luna. Crispiniano, el improvisado asistente –guardián de la morada– entró rápidamente a la sala, infiriendo palabras desesperadas se dirigió a la doña –creo que traen a la niña–. Agotados, mojados, hambrientos, sucios, después de pasar numerosos charcos por el largo camino recorrido, que les pareció infinito, llegaron los fugitivos. El corazón de María Candelaria latía apresuradamente. Al apearse de la bestia los recién llegados, la madrina observó la menuda figura de su ahijada, habían pasado varios años sin verla; recordó el llanto de su nacimiento y los momentos difíciles de la madre al parirla. Acertó al decir –Gracias Ramón por traerla viva, apura el paso, debes seguir tu camino, aprovecha la oscuridad de la noche para que llegues a la Sierra, los espíritus del bien te acompañarán–. Luego de tomar las indispensables provisiones, montando una yegua se despidió Ramón Rodríguez, había cumplido su misión, sabía que esta hazaña podía costarle la vida, no se arrepentía de haber ayudado a María Candelaria a escapar de la retención a la que había sido sometida por años. El costo de la complicidad sería vagar por diversos senderos hasta escapar de la ira del caudillo, debía seguir evadiendo peligros. En tiempos difíciles cuando presentía riesgos, se repetía para sus adentros, –¡Cuidado Ramón que no hay enemigo pequeño!–. Amanecía en Cuesta Grande11, con canto de gallo pataruco12, sobresaltada y extenuada abrió los ojos la recién llegada. En estas áridas tierras, amanecía adornada por una mañana tibia, con cielo azul y olores profundos que llegaban del bosque, poblado de tupidos cardonales, tunas, yabos, guayacanes y olivos13. Los rojos cardenales y grises paraulatas danzaban en el copo de las lefarias14; que como la recién llegada despertaban en un nuevo día, con estridentes cantos de esperanza. Cuentan que, para las aves, este momento es como 11.– Caserío del Municipio Urdaneta, del Estado Lara. 12.– Gallo de pelea, perdedor. 13.– Bosque seco rodeado de tunas, yabos (Cercidium praecox), guayacanes (Cercidium praecox), olivos (Thevetia nereifolia. 14.– Cactus o cacto (Subpilocereus repandus)

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una preparación mística que los ayuda a seguir vivos en la adusta naturaleza. Esta rutina matutina es un rito que les imprime la fuerza necesaria para emprender una jornada de imprevistas situaciones. Le costó mucho trabajo levantarse de la cama limpia, las suaves sábanas olían a jabón azul. Le parecía un sueño haber dejado atrás un pasado lleno de desesperanzas, esperaba que la decisión de haber salido de una relación que no había buscado, le trajera la tan anhelada tranquilidad, que necesitaba para reconstruir su vida. Por instantes recordó todo lo que había vivido. A pesar de su corta edad, había traído a la vida dos hijos, necesitaba abrirles un futuro promisorio para velar por ellos y no permitir que nadie les hiciera daño. Se sentía tranquila por la seguridad que le daba estar refugiada en casa de su madrina. Avelino Jiménez no se atrevería a hacerle daño, porque respetaba, admiraba y temía a la doña. Días antes de la huida había escuchado al general contar a sus ayudantes sobre la necesidad que tenía de emprender un largo recorrido, en busca de un nuevo amuleto porque el que poseía, súbitamente se había reventado. Se le veía muy asustado por los comentarios de sus seguidores; éstos aseguraban que lo ocurrido era signo de mal agüero15. Contó que él le agradecía mucho a la yerbatera haberle aliviado del padecimiento de la gota16; así como también, haberle salvado la vida cuando, en una oportunidad siendo muy joven, encontrándose cercano a Bobare17, lo hirieron con una bala disparada por un máuser18 en una escaramuza. El zamarro19 general, jamás se imaginaría que por haber relatado estos comentarios a sus allegados en voz alta, había despertado en la cautiva muchacha a partir de ese momento, el interés por urdir su escape. Pasaron los días y la relación en la casa cada día era más agradable, todos los peones trataban con consideración y respeto a la nueva compañera. María Verdiana había comenzado a preparar a la nueva asistente; prefería a la joven para sus ritos, era la apropiada para atender a los usuarios, por su comedida forma de comportarse y el interés que prestaba a las sanaciones con ensalmes. María Can15.– Mal presagio. 16.– Inflamación articular que se localiza en el dedo gordo del pie. 17.– Población del Estado Lara. 18.– Fusil. Arma de fuego portátil. 19.– Hombre rústico, taimado, pícaro y bribón.

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delaria confeccionaba los jarabes, con ferviente devoción, a pesar de no comprender estas ceremonias; ella había crecido bajo una profunda fe cristiana, aun así, con férrea disciplina, obedecía todas las recomendaciones impuestas por su madrina. A lo único que María Candelaria temía era a las frecuentes conversaciones que las almas del más allá sostenían con la sobrenatural doña, estas incursiones espirituales no la dejaban dormir, se asustaba con los agudos y diferentes tonos de raras voces que le retumbaban los oídos; estas ceremonias ocurrían varias veces por semana. Una tarde, después de encerrar los animales en los corrales, Crispiniano le reportó a la jefa la ausencia de un marrano –Doña María falta una marrana, la he buscado por todos los alrededores, he preguntao por ella y nadie me da respuesta– con cara de descontento le respondió –ya aparecerá, la traerá el que la tomó y vendrán más– a todos los presentes le quedó la duda de las palabras de la anciana, ésta caminó, con paso firme, hasta el cuarto donde se encontraba el altar. En ese especial día, atravesaron el umbral de la puerta, en varias oportunidades, diez apresurados parroquianos, cargando sendos cochinos para la patrona, todos exclamaban como en una oración repetitiva –Encontré el marrano perdido de la Sra. Verdiana–, inexplicablemente, aparecieron, no sólo una cochina extraviada, sino que se sumaron nueve al rebaño de cerdos. No era extraño para los peones estas travesuras, estaban acostumbrados a los inexpugnables aciertos de la mitológica20 mujer.

20.– Legendaria.

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CAPÍTULO VII Perdonar es el valor de los valientes, solamente aquel que es bastante fuerte para perdonar una ofensa, sabe amar. Mahatma Gandhi

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LA BÚSQUEDA

omo de costumbre, en el Cuartel General, los hombres entrenaban, carabina al hombro, en sus habituales ejercicios militares. En la Casa Grande todo era diferente a raíz de la huida de los fugitivos, se sentían aires de desasosiego, faltaba el bullicioso retozar de los pequeños. Los aposentos de los escapados estaban revueltos, en señal de haber pasado por una despiadada requisa. A pesar del trabajo de todos los serviles empleados de la casa, reinaba un silencio sepulcral. Cirilo, Pausides y el Negro habían sido juzgados, sentenciados y ejecutados, como cómplices de la rehén. Como recompensa estaban ofreciendo una fortuna en morocotas, para incentivar a las personas a denunciar a los fugados. La búsqueda era la comidilla de todo el recinto, los informantes habían localizado el paradero de la muchacha, faltaba el del guardián y de la cocinera. Ante estos acontecimientos Avelino Jiménez ordenó preparar los caballos para un largo viaje, acompañado de un pelotón. Las provisiones iban cargadas en un arreo de seis mulas, las co.– Grupo de bestias.

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cineras prepararon comida y agua; así como también, varias mudas de ropa; se entreveía que el general estaría un tiempo alejado del cuartel. La servidumbre rogaba y rezaba a Dios para que no consiguiera a la muchacha; en los años que había pasado en la Casa Grande, le habían tomado cariño; estaban seguras de que la joven la pasaría muy mal, si caía en las manos del caudillo. Desde la llegada del general, y al enterarse de la ausencia de la cautiva, la situación en la casa se había tornado peligrosa por el impetuoso carácter del comandante; no le gustaba absolutamente nada, por cualquier imprevisto se enojaba, todo el personal andaba angustiado, así que, cuando decidió partir de nuevo, todos los habitantes de la casa sintieron sosiego. Una mañana en la casa de María Verdiana, era de verdadera actividad. Desde la madrugada los feligreses iban agrupándose en el corredor de la casa, con el propósito de ser atendidos. Los curiosos, avistaron a lo lejos el trotar de unos caballos, venía un conjunto de soldados. A la cabeza del grupo con un sombrero pelo e´guama, trajeado de liquiliqui, y a paso de trote divisaron al temido héroe regional Avelino Jiménez, escoltado por cuatro jinetes. Al llegar fue recibido por la doña, al entrar ella le preguntó –¿Qué te trae por estos lados?–. –Disculpe mi señora usted sabe a qué he venido–, replicó. Sin bajar la mirada le respondió, –Lamento decirte que María Candelaria está aquí por su voluntad y permanecerá aquí hasta que ella decida lo contrario–; Avelino no aguantaba la ira; sentía impotencia por la actitud desafiante de la anciana, la miraba con ojos penetrantes, cual lanzas venenosas; éste, para sus adentros, pensaba en el desparpajo de la fría respuesta de la anciana. Esta lo miraba fijamente sin intimidarse, el general le contesto –Ujú Ña sabe que la respeto, respeto su casa, pero… dígale a ella, señalando el quicio de la puerta, de allí hacía allá…, con un sólo paso que dé fuera de esta puerta, sabrá lo que le espera–, inmediatamente dio la espalda y como un huracán agarró camino. María Candelaria estaba escondida en la parte trasera de la casa, la madrina se acercó al escondite y le dijo: –Sal tripona, que no hay motivo para esconderse–. La muchacha salió feliz por la actitud de la .– En el Estado Lara, coloquialmente niña.

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fiel madrina, sin pensarlo se lanzó sobre la humanidad de la gruesa mujer, la abrazó con una intensa ternura; la madrina replicó –no seas zalamera, sigue, sigue, todo va a estar bien–. Ramón Rodríguez llegaba a su destino, se había desplazado desde Cuesta Grande hasta Churuguara, el viaje había durado quince días, hasta ese apartado sitio había llegado a pie, después de haber perdido la bestia y hasta las alpargatas que cubrían sus pies; murmuraba entre dientes –pero he llegado con vida–. Vejigas y niguas poblaban sus cansados pies; tenía toda clase de señales de haber cruzado por largos e inhóspitos caminos, pero sonreía por haber logrado culminar el viaje. Fue recibido por sus familiares, a su llegada le contaron las noticias que corrían como el viento; era buscado por todo el estado; los parientes estaban sorprendidos por la jugosa recompensa que ofrecían, en los pueblos cercanos, por su cabeza; le recomendaron que para que no lo detuvieran, debía permanecer escondido, hasta que se olvidaran de él. Así fue como aprendió varios oficios, era considerado un experto agricultor y le apasionaba la cría de animales domésticos. Uno de sus tíos, el tío Sandalio Rodríguez, que era el arriero que proveía de alimentos a los lugareños, le propuso la idea de entrenar un rebaño de burros para que viajaran juntos. A Ramón la idea le apasionó, le encantaba el contacto con animales, fue fácil entrenar al campanero que llevaría en el viaje a las otras bestias. Así que, en corto tiempo, viajaban con dos arreos conformados por dieciséis burros y dos campaneros. El tío Sandalio estaba muy contento, era una excelente forma de traer más alimentos y ver crecer el negocio. En época de lluvia, la expedición resultaba una odisea, por los pantanales que se formaban con la lluvia y detenía a las bestias. Ramón, por ser más joven, era quien buscaba la vía más segura, Sandalio le decía –Ramoncito aguaita el piso bueno– era lento el recorrido por las constantes búsquedas de "piso bueno", como decía el tío. En varias oportunidades las condiciones climáticas hacían el tiempo de viaje in.– Demostración empalagosa de cariño. .– Ciudad del Estado Falcón, capital del Municipio Federación. .– Vesícula. Prominencia de la epidermis que contiene un líquido seroso. .– Insecto parecido a la pulga, que penetra, a través de los pies, causando escozor y úlceras graves. .– Dícese del burro que guía la manada.

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terminable. De Churuguara a Coro, el viaje tardaba una semana, cuando no se presentaban lluvias u otros imprevistos. Al final del viaje, el sitio para el trueque era la ciudad de Coro, los arrieros que venían de la Península de Paraguaná traían pescado salado y olletas de barro, este utensilio estaba considerado como el mejor para la cocción de alimentos. Los serranos llevaban maíz, carne salada, papelón y café. Los arrieros eran respetados por su oficio, el único problema que se les presentaba, en los largos viajes que realizaban, era que debían cuidarse de los salteadores de camino, para defenderse de estos bandoleros, se juntaban varias caravanas, de manera de no dejarse robar la mercancía. Por las noches al atardecer, generalmente, iban de posada en posada para descansar de las largas jornadas. Ramón no podía dejarse ver por los pobladores, la recompensa que ofrecía Avelino Jiménez por su cabeza, lo hacía atractivo a cualquier interesado. Por lo que después de dar de comer y beber a los cansados y fieles animales de carga, con las cuales conseguía el sustento diario, colgaba su chinchorro en un mogotal, en un sitio cerca de las bestias para dormir y vigilar el atalaje. El tío Sandi llegaba y era muy bien recibido por los lugareños, disimuladamente les preguntaba –Epa ¿qué cuentos han traído, los guaros?–, era la forma de enterar a Ramón, de los acontecimientos del país, leía todos los partes de guerra, le interesaba saber el avance de los liberales sobre el Estado y las decisiones de los líderes principales. Por su parte Ramón mirando la luna y los espectaculares cielos estrellados; inspiraba en él la necesidad de enterarse de la joven que había ayudado a escapar, por momentos sentía lástima, recordando la reclusión que la muchacha había vivido, éste le había tomado cariño a los hijos de ella. Llegaba a su memoria repetidas veces la situación que ambos vivían; con frecuencia para darse valor repetía a manera de oración –No hay mal que por bien no venga–. Todo en la vida pasa, para los seres vivos es cíclica la existencia. El dos de febrero llego de nuevo, María Candelaria se despertó, no se acordaba de que ese día sus ojos se abrieron por primera vez, ha.– Ajuar o equipo.

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bían pasado seis largos años. De repente percibió que llegaban unos visitantes; al salir de la habitación para ver de quienes se trataba, recibió con alegre sorpresa, la visita de sus dos pequeños hijos, sus padres y su hermano mayor Nicolás. La inexpresiva madrina, María Verdiana, los había mandado a buscar, como regalo de cumpleaños. El día transcurrió con innumerables sorpresas, para los recién llegados. María Verdiana mandó a preparar unos lechones, acompañados con yuca, para el brindis tomaron chicha fermentada. Hacía mucho tiempo que los ojos de la muchacha no se veían brillar de felicidad. En la mesa comentaron sobre el día tan especial, así como del reencuentro de la familia Álvarez y la leal madrina, que se trajeó para la especial ocasión; en su cabeza colocó una pañoleta blanca, que tapaba las gruesas crinejas que recogía con una peineta y no dejaba detallar el largo pelo que poseía. Generalmente se vestía con largas y anchas batas; en esta ocasión prefirió una de flores blancas con morado. La llegada de los niños había logrado que Candelaria luciera rozagante. Juanita al igual que José se habían acostumbrado a la presencia de los abuelos; José Prisciliano el hijo menor, tal vez por tener menos edad, al verla después de la separación, se había aferrado a sus piernas. Luego de la llegada le repetía –No quiero apartarme de ti–; esta petición del pequeño había conmovido a la madre, que la obligó a referirle a la madrina las peticiones del niño. Llegaron a un arreglo familiar, luego que la madrina permitiera que el pequeño José se quedara al lado de su madre, Juanita partió contenta en compañía de sus abuelos y el tío Nicolás. Era equitativa la negociación familiar a la que habían llegado, apartar los dos hijos de sus padres iba a ser muy duro para ellos, lo había vivido en carne propia. La familia comenzó su periplo con las esperanzas compartidas; habían llegado a esta realidad después de los sucesos ocurridos en los últimos años. La conclusión final de las experiencias sugería que lo más importante para todos, era permanecer unidos por el cariño, a pesar de que la distancia los separara físicamente. Estaban presintiendo que llegarían tiempos mejores.

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CAPÍTULO VIII Ahí afuera, además de lo cierto y lo errado, existe un campo inmenso. Allí nos encontraremos. Mevlana Jelauddin Rumi, siglo XVIII

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EL ENCUENTRO

mainó la guerra brava, eran los primeros quince años del siglo XX y el comienzo de una transición en el país. En la presidencia de Venezuela, estaba el Dictador Juan Vicente Gómez, éste había logrado eliminar los caudillismos criollos. La economía venezolana basada en el agro con la exportación del café y el cacao, hasta finales del siglo XIX, había dado un vuelco; desde 1910 había comenzado la exploración del petróleo. Para la primera mitad del siglo XX, la población rural dominaba económicamente en todo el territorio venezolano, pero a partir de la segunda mitad de este mismo siglo el dominio lo ejerce el poblamiento urbano. Una mañana lluviosa, María Candelaria observó a lo lejos la figura de una persona acercase a la casa; con sorpresa, logra ver que el recién llegado le parecía conocido. Al encontrarse con el desconocido, éste la saludó –¡Hola Candelaria!, espero no te hayas olvidado de mí, es el que te ayudó a escapar–. Al oír que la llamaban Candelaria, inmediatamente supo que sin duda era Ramón Rodríguez. Esta recibió con alegría la visita del recién llegado. Pasaron dentro de la casa y tomaron café recién colado. María Verdiana recibió 50


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con un apretón de manos a Ramón. Le preguntó –Cuéntame qué has oído de Avelino Jiménez?–. Con seriedad éste le contesto, –Como viento ha corrido la muerte del general–; María Candelaria exclamó, volteando la cara para buscar a su madrina, –¡tenías razón!–. Refiriéndose a María Verdiana –Ramón hace aproximadamente dos días, madrina me dijo que, leyendo el tabaco, se le había aparecido Avelino, que lo había visto muerto; yo no le presté mucha atención, pero tú me estás confirmando que ha fallecido–. María Verdiana volteándose hacía la muchacha le dice –¡Ajá! Tú dudas de mis mensajes, crees que son marramuncias., ¿lo ves?, ¿ahora lo crees?–. Un sentimiento extraño embargó a los presentes. La diestra María Verdiana, para romper el silencio, se levantó de la silla y les dijo –Los dejo, tengo muchos encargos por elaborar, sigan conversando–. Inmediatamente Ramón, después de preguntarle por los niños, se despidió con el siguiente refrán –Candelaria, no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista–. Con la desaparición física de Avelino Jiménez, llegó la libertad absoluta para Ramón Rodríguez y María Candelaria; se sentían dueños absolutos de sus vidas; para ellos después de la fuga, la vida había sido muy difícil, sobre todo para Ramón, quien vivía sobresaltado en sus viajes de trabajo, se sentía acosado por todo, la tranquilidad regresó de nuevo para ambos. Era el momento oportuno para redimensionar sus vidas. Ese día, de tantas sorpresas y pensamientos encontrados, María Candelaria repasó, en segundos, seis largos años de su vida, no sabía si reír o llorar, la noticia de la muerte del general la había conmovido, pues se trataba de una persona con la que había pasado varios años, revoloteaban en sus pensamientos sentimientos encontrados; se preguntaba para sus adentros –Cómo hubiera sido nuestra convivencia, si él me hubiera conocido y enamorado, como hacen las parejas–. Era el padre de sus adorados hijos, en ellos permanecería por años su presencia. Rezó sin parar para que el alma de éste descansara en paz y le diera a ella toda la energía necesaria y humildad para perdonarlo y que él la perdonara si lo había ofendido con su partida. Transcurrió el tiempo y con éste sanaron las heridas. Ramón y María Candelaria comenzaron una estrecha amistad, en las conti.– Coloquialmente, engaño.

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nuas visitas que hacía, siempre acompañados por la madrina, pasaban largas horas de tertulias. Ramón les contaba sus aventuras en los viajes que hacía trabajando como arriero. Traía para ellas, pescado salado y las famosas olletas paraguaneras. Al pasar el tiempo, María Candelaria extrañaba la presencia de Ramón, éste a su vez le confesó que le pasaba lo mismo, por lo que súbitamente, en uno de las habituales visitas le pidió a María Candelaria que se casara con él. –¿Tú crees Ramón que quieras casarte conmigo?, tengo dos hijos– le respondió: –El que quiere a Vicente, quiere a toda su gente… ahora no sé si aceptas a este negro feo, señaló–. Ella soltó una gran carcajada dándole a entender que estaba aprobada la petición. Después de pedir la mano de María Candelaria a Doña María Verdiana, fijaron la fecha de la boda. La única condición que les puso Doña María, era que deseaba que la muchacha permaneciera en su casa, se había acostumbrado a la presencia de ésta, aparte de que la joven le era imprescindible para la atención de los devotos. Esta condición cambió por completo los planes de Ramón que tenía previsto llevarse a María Candelaria y los niños a vivir a Churuguara; quería que cambiaran de ambiente, pero el pedimento venía nada menos que de Doña María, la persona que los había apoyado en momentos difíciles, sin dudar aceptó la petición, era un buen momento para el agradecimiento. En una carreta tirada por dos caballos viajaron de Cuesta Grande hasta Duaca, donde se realizaría la boda en la casa de los Álvarez. El recorrido fue realmente inolvidable para todos. Sin darse cuenta, los viajeros habían sido cautivos de sus vidas; las dos mujeres metidas en los quehaceres de la casa y el trabajo espiritual y Ramón encerrado en sus pensamientos de acoso, habían dejado de admirar las bondades de la naturaleza. A pesar del largo trayecto, fueron disfrutando los olores, la comida que habían preparado para el largo viaje, los colores de la tierra; hablaron hasta de los insectos que los molestaban, absolutamente todo era bienvenido, nada pasaba desapercibido. A su paso por los pueblos, los campesinos saludaban con sumisión y respeto – Ña Verdiana ¿onde va?­­­­–. La astuta mujer les contestaba –pa´Duaca mijito, pa'llá voy–, todos le ofrecían posada para el descanso. Al llegar a la población de Bobare, se dieron cuenta que entre casa y casa, colgaban cadenetas de papel de varios colores, este de52


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talle anunciaba festividades. Al avistar la casa de la familia Oviedo Riera, fueron recibidos con una fiesta, animada por músicos que ejecutaban instrumentos de cuerda y percusión. La decoración del pueblo era para la ilustre visitante y sus acompañantes. Al bajar de la carreta, para sorpresa de los recién llegados, inmediatamente comenzaron a cantar los copleros la siguiente décima:

"Cuando llegó Ña Verdiana Sólo pasó por mi mente El respeto que la gente Tiene por tan noble dama Por las puertas y ventanas Los aplausos retumbaron Los tambores repicaron Recordando sus favores La recibieron con flores Y con bailes celebraron" Alida Aguirre de Feliche

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Segunda Parte CAPÍTULO I El amor, para que sea auténtico debe costarnos Madre Teresa de Calcuta

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EL PRIMER AMOR

espués de realizada la boda de Ramón Rodríguez y María Candelaria Álvarez, ahora Sra. de Rodríguez, regresaron a Cuesta Grande. La vida continuaba para estos, pero en esta oportunidad, el amor que se propiciaban reflejaba horizontes de bienestar. María Candelaria seguía como asistente de María Verdiana. Ramón Rodríguez viajaba continuamente, por su trabajo como arriero, y los niños asistían a una improvisada escuela del caserío. María Candelaria disfrutaba del comienzo de un nuevo grupo familiar; había vuelto a sentir la necesidad de cantar y de sonreír; algunas veces, pensaba todo lo que había apartado por seis largos años. Comparaba sin premeditación, lo diferente que era amar y ser amada. Estando frente al Jefe Civil, cuando contrajo nupcias, prometió amar y cuidar a su esposo en las buenas y las malas; éste juramento lo mantendría hasta que la muerte los separara. Afirmaba que Ramón merecía esa consideración, había demostrado ser un buen hombre, apegado a sus principios, respetuoso y muy trabajador; con gran sentido de responsabilidad mantenía a su nueva familia, a pesar de la enfermedad física de éste. Ramón padecía de asma crónica, este padecimiento se le había 54


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acentuado a raíz de los largos recorridos que realizó bajo la intemperie, durante la fuga y posteriores trabajos, que lo llevaron por varios senderos húmedos, muchas veces inhóspitos. Tenía que bañarse en aguas gélidas, que bajaban de la sierra, y con poco abrigo, remontó empinadas serranías. Para paliar su enfermedad, con amor y paciencia, Candelaria le preparaba parchos con trementina y cucharadas de manteca de cachicamo, endulzadas con miel de abejas; así como también, sangre de iguana . En ese tiempo la botica más cercana, regentada por Leónidas Mendoza, quedaba a ocho horas de camino, ida y vuelta. Por esta razón era que todo el pueblo prefería la medicina casera. Cuentan que, en algunas oportunidades, cuando regresaba el mandadero con la medicina, ya el paciente había fallecido. Desde finales del siglo XIX Venezuela se caracterizaba por una situación política inestable. Las sucesivas guerras civiles habían contribuido a conformar el cuadro de un territorio con problemas de pobreza económica, deficiencias sociales y anomalías sanitarias. La población vivía físicamente diezmada, tanto por efectos de guerras civiles como a consecuencia de las endemias tropicales, que se entronizaban en la medida en que existían las deficiencias sociales y la pobreza económica. Estas deficiencias se originan en una precaria cobertura de los servicios básicos de saneamiento: agua potable, disposición de aguas negras y de basuras, vivienda pésimas, atención médica y educación. Este cuadro de empobrecimiento no se circunscribía únicamente a los sectores marginales de la población. Muchas de las enfermedades infecciosas y parasitarias, que eran herencia colonial, se habían venido tornando más críticas porque la sucesiva acción destructora de los morbos había alcanzado ya el vasto, estrato de la clase media. El paludismo, la parasitosis intestinal, las enfermedades típicamente infantiles (gastroenteritis, neumonías) y las de origen hídrico (tifoidea, paratifoidea) afectaban de manera relativamente similar a una .– Sustancia extraída de plantas arbórea, que crecen en las montañas, tales como: Lentisco, alerce, abeto y pino. .– Grasa extraída del cachicamo o armadillo, que untada en el pecho, da sensación de calor. .– Reptil saurio de América, de sangre caliente. .– Farmacia.

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población predominantemente rural (alrededor del 90 por ciento en 1910) cuya expectativa de vida no superaba los 35 años. Es fácil suponer que en materia de servicios como los de salud la población atendida era fundamentalmente la que vivía cerca del médico. Generalmente residía en áreas urbanas, puesto que las pocas ciudades que había entonces significaban el emporio intelectual, académico, económico y social de Venezuela y, por ende, el contexto que facilitaba la acción de ciertos servicios. Para 1918 las compañías petroleras inglesas estaban dispuestas a irse del país, no sólo porque las empresas norteamericanas habían obtenido mejores concesiones, sino porque la mortalidad infantil era muy alta. Existía una tasa de 140 x 1000 nacimientos vivos. La primera causa de muerte la constituía el paludismo. Las formas de prevenirlo (ya que no se conocía el DDT) eran: “dormir bajo mosquitero, tromar quinina y acostarse a las cinco de la tarde”. De su primer amor María Candelaria engendró cinco hijos, María, Josefina Adrica, Raimundo, León y Domingo Guzmán. Ahora eran siete los vástagos contando los dos mayores: Juana y José Prisciliano. Al crecer la familia y por razones de espacio, María Candelaria se mudó a una casita, que con esfuerzo, les había construido su esposo; ésta quedaba muy cercana a la casa de la madrina, no quería estar muy lejos de ella, porque ésta no tenía hijos. María Candelaria había pasado a ser su hija y los niños sus nietos. Por otra parte la salud de Ramón había ido empeorando, los ataques de asma eran más frecuentes, por lo que éste hizo, con una pequeña alambrada, una huerta en la casa. Había sembrado plantas alimenticias, medicinales y cocuizas. Montó un pequeño alambique; había aprendido a destilar el licor de cocuy en Churuguara. Este nuevo oficio le servía para alimentar a sus hijos; el oficio de arriero le daba buen dinero, pero tenía que viajar constantemente y sus quebrantos de salud no se lo permitían. Los hijos crecían jugando en el bosque xerófito; por muchos años narraron todas las vivencias de Cuesta Grande. En este lugar lo más deslumbrante que posee, son los accidentados suelos, que al .– Cactus o cacto de bosques áridos o semiáridos. Ágave Cocui. .– Plantas y bosques de climas muy secos.

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atardecer se tornan rosados y lila encendido; erguidos se observan cujíes con los troncos retorcidos, que para los niños representaban figuras imaginarias para jugar. Cuesta Grande posee los más bellos cardonales de la región, alzando sus brazos al cielo, como dando las gracias a la sabia naturaleza se divisan las nobles lefarias. En época de cosechar frutos, solían pasar el día colectando y comiendo los dulces semerucos, los frutos rojos de los buches, tunas, lefarias; sus padres les motivaban a observar las aves; les decían: –Todo lo que los pájaros coman, ustedes lo pueden comer–. En estas tierras cada árbol tiene su flor bella y su dulce fruto. Las flores, vainas y pencas, servían para la confección de las muñecas para Josefina; ella en varias oportunidades narró y reía contando esta experiencia, refería que, con la penca hacía el cuerpo de la imaginaria muñeca, las vainas del cují servían para simular los brazos, la cara era la flor roja del buche u otra flor que consiguiera. Por su parte los varones construían auto y barcos con las conchas de la madera del cují. Agarrados de las manos, los cinco hermanitos en círculo, daban vuelta cantando:

“La gallina del arao puso un huevo colorao Y lo puso tan bonito que lo puso riboliao Puso uno, puso dos, puso tres, puso cuatro Puso cinco, puso seis, puso siete y puso ocho Guarde su bizcocho, pa´ mañana a las ocho" Frecuentemente se acostaban debajo de los yabos, para jugar con las figuras de las nubes en el azul cielo; les agradaba sentir los cálidos suelos; contemplaban a los densos cúmulos, que a simple vista, daban la impresión de adornar las lomas. Se entretenían con cada nube, les colocaban nombres, se las regalaban a sus amigos; imaginaban que en una iba Dios, montado en una carreta tirada por burros. Sus juguetes los obtenían de todo lo que la naturaleza les proveía. Eran muy pobres, vivían en la deprimida provincia, en un caserío sin vías de penetración en el año 1927. Aun así eran felices, porque tenían a dos buenas personas como padres; que les habían .– Arbusto espinoso de zonas árida y semiáridas. Prosopis juliflora. .– Cactàcea de bosques secos. Melocactus caesius. .– Cactus de zonas áridas. Opuntia caribea.

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enseñado la principal riqueza que posee el ser humano, la nobleza de espíritu, que más tarde los premió; –"echándolos pa´lante"–, como decía María Candelaria. Para que la enseñaran a leer y a escribir, Josefina con sólo siete años de edad, tenía que moler grandes ollas de maíz, a una vecina suya. De manera jocosa, ya adulta decía, que por cada vuelta que daba al molino debía repetir el abecedario. La educación en la época agrícola era precaria. Solamente podían acceder a la primaria y la secundaria las clases pudientes. El sistema de educación era deficiente y escaso. La población rural carecía de medios económicos para acceder a la educación, ésta era un privilegio de las clases pudientes. El Estado no estableció escuelas rurarles, de modo que la población analfabeta, era en su mayoría, la que se ubicaba en los campos. La educación superior era igualmente escasa, casi inexistente en el interior del país. Sólo permanecían ciertas universidades abiertas en las ciudades más importantes (UCV, ULA), algunas de ellas fueron clausuradas (como la UCV por Gómez durante 10 años). Sólo existían plazas para ciertas carreras (como medicina, derecho y educación) el resto, tenían que trasladarse fuera del país para profesionalizarse. Al ir creciendo los muchachos, la familia decide marcharse a un sitio donde los niños pudieran desarrollarse y tener una vida próspera. Era muy difícil para todos sobrevivir en el querido pueblo. José Prisciliano, el hijo varón mayor, con diecisiete años, había logrado establecerse en la ciudad de Barquisimeto; tenía un trabajo estable, como Asistente en un laboratorio. A él le había sido de mucha utilidad, haber vivido varios años con María Verdiana y observar la medicina preparada con yerbas, que para su sorpresa, también eran utilizadas en el laboratorio para hacer las medicinas. Con este empleo había logrado alquilar una casa y tener mejor calidad de vida. En una ida a Cuesta Grande para visitar a su familia, José P. convenció a sus padres de mudarse a la ciudad. Le preocupaba ver cómo había desmejorado la salud de Ramón, le hablaba a su madre sobre el futuro de su familia, deseaba que sus hermanitos pudieran asistir a la escuela. Les decía: –Aprendiendo a leer y escribir tendrán mejores oportunidades en la vida–. 58


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CAPÍTULO II En la lucha por la superviviencia, el más fuerte gana a expensa de sus rivales, debido a que logra adaptarse mejor a su entorno. Charles Darwin

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LA PARTIDA

ecidieron irse de Cuesta Grande a la ciudad. María Candelaria preparó las pertenencias en sacos, haciendo la mudanza acaricio el baúl, que le había regalado su marido; éste lo había mandado a confeccionar por el mejor artesano de Cabure, de nombre Hilario Polanco. La maleta de madera de cedro crudo; era bastante sólida. Allí colocaron la ropa para cambiarse durante el recorrido. Ramón preparó el arreo de burros que conservaba para emprender el largo viaje, para éste era fácil la travesía, ya que su antiguo trabajo lo había hecho un experto en largos viajes, a pie y en mula. La familia emprendió el camino. A María Candelaria le brotaron lágrimas de sus profundos ojos azules; Ramón para consolarla la miró con sus ojos amielados, que parecían sonreír como sus labios. A los pequeños el corazón les palpitaba ante lo extraño, nunca habían salido de Cuesta Grande, para los niños era la primera vez que salían de su morada, de sus predios, de su pequeño planeta. Delante de los peregrinos, iba a paso el burro campanero, cargado con el baúl de los recuerdos; montado sobre éste iba Domin59


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guito, el toñeco de la familia. El grupo del arreo llevaba los sacos, los avíos para el camino y las totumas para beber el agua a la hora de refrescarse; también, llevaban a cuesta, al resto de la familia. Debían parar para pasar la primera noche en Padre Diego, allí pernoctarían, en la casa de Gervasio Medina. La casa de Gervasio estaba construida con fuertes paredes de mampostería , en el centro se encontraba un gran patio central; del techo colgaban grandes macetas con helechos, bromelias y begonias. Raimundo detallaba la cocina; era uno de los sitios más concurridos de la casa, ésta contenía un gran horno de barro, en el centro el fogón con tres hornillas, cada una estaba formada por tres piedras en forma de triángulo, debajo se colocaba la leña para el fuego, al lado en una estaca reposaba una gran piedra para moler. Raimundo adulto, narraba que del horno, sacaban inmensas arepas de maíz pilado para la cena, tan grandes que de una, fácilmente, podían comer cuatro personas. Las taparas de suero, estaban en el centro de la larga mesa, conjuntamente con el queso y la blanca mantequilla de cabra. En la sala principal, colgados de la pared, aparecían retratos de los antepasados de la familia Medina, los visitantes observaban las imágenes con caballeros elegantemente vestidos, con largas barbas y bigotes enroscados. Las damas vestían trajes largos, posaban sobre su cabeza, sombreros de ala corta, un tímido y transparente velo de éste se desprendía, alcanzando la mitad de la cara. A un costado de la casa se encontraba como una pequeña casita cuadrada, con curiosidad los niños preguntaron: –¿De quién es esa casita, es para jugar?–; sonriente Ramón les explicó que se trataba de una troja; continuó explicándoles que las trojas se utilizaban para guardar las mazorcas de maíz y servían para almacenar grandes cantidades de granos. A todos les pareció deliciosa la comida, Ramón calladito le comentaba en la oreja a Candelaria para hacerla reír –¡El que guarda, siempre jalla!–; fue una gran ventaja el ofrecimiento del compadre Gervasio, puesto que guardarían los avíos que trían para las .– Regionalismo por "mimado". .– Localidad del Municipio Urdaneta. .– Obra de albañilería hecha de mampuesto o de piedras sin labrar.

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otras posadas. La familia Rodríguez Álvarez, había llevado los chinchorros para el descanso, a los esposos les acomodaron catres tejidos con hilos de cocuiza. Se retiraron hasta la habitación que les asignaron, debían levantarse muy temprano para continuar el viaje. Pero, antes de la dormida, debían continuar la costumbre familiar, rezar en voz alta, antes de conciliarse con el sueño; con las manos en el pecho y los ojos cerrados oraban:

“Ángel de mi guarda, dulce compañía no me desampares, ni de noche, ni de día”.

Los niños cayeron rápidamente en profundo sueño, venían extenuados del viaje, que apenas había comenzado. La siguiente pernocta fue en la población de Las Veras en casa de Custodio Lucena. En esta población el paisaje es rocoso, la vegetación que predomina son cardonales, cujizales, cocuizas, sisales y muchos árboles de vera. De la casa del buen Custodio, al entrar el alba, partieron hasta la última parada del viaje; el pueblo de Cerritos Blancos, lugar situado aproximadamente a 10 Kms. de lo que se conoce como Barquisimeto. La familia Rodríguez venía muy cansada, horas antes de llegar a la última estación, se habían parado debajo de un cují, que le proporcionaba la sombra necesaria para detenerse un rato, cerca de éste estaba un arbusto de pringamosa. Allí le dieron de comer el maíz que traían en el mapire a los burros, por su parte los niños almorzaron y descansaron un rato jugando alrededor de los árboles, Candelaria les recomendaba no apartarse mucho del sitio. A Josefina le gustaba jugar con las hojas de los árboles, arrancó unas hojas; fue tarde cuando su papá le advirtió lo que pasaría, León y Raimundo, también estaban picados; inmediatamente las mano se le fueron hinchando, les picaba mucho. Para aliviar el escozor, cortaron una penca de sábila, extrajeron el gel y se lo colocaron a los traviesos muchachos. Los niños se llenaron de cadillos, todos, hasta .– Cama ligera para una sola persona. .– Planta de la familia de las urticáceas, sus hojas, cubiertas de pelo, segregan un líquido irritante, que penetra en la piel, por simple contacto. Euforbiacea sp. .– Cenhrus ciliaris: plantas herbáceas, especie de maleza, perteneciente a la familia de las poáceas.

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los adultos, tenían en la ropa semillitas de pega pega, los burros no se salvaron, las tenían en las patas. De allí llegaron hasta Cerritos Blanco, quedaban unos pocos kilómetros, la ciudad de Barquisimeto estaba muy cerca; atardecía en estas admiradas tierras, lograron divisar los declives de las lomas blancas como el talco, que le dan el nombre al pueblo. Para entretener a los muchachos Ramón los ilustraba sobre el porqué de la coloración de los cerros; les dijo que eso se debía a un mineral llamado caliza; que desde la antigüedad el sitio era admirado por los viajeros. Para animarlos a continuar el fatigoso viaje, les narraba, a manera de cuento, las hazañas de las batallas que sucedieron en estos predios en la gesta libertadora. Custodio Lameda los estaba esperando, con un fuerte apretón de mano saludó a Ramón. El anfitrión era un gran amigo, se habían conocido, cuando eran seguidores de las ideas del "Mocho Hernández”, habían compartido buenos y malos ratos en esas peripecias. Los recuerdos juveniles quedaron atrás, ambos poseían hijos y una familia a la cual proteger. En la suculenta cena, Custodio trajo un ovejo que tenía en el solar; allí se divisaba un gran corral de chivos y ovejos. Para la ocasión preparó el animal a las brasas; devoraron los alimentos, acompañados con sorbos de guarapo. Faltaban pocos metros para llegar al final de su destino; esperanzados cruzaron los tortuosos caminos; fue muy agradable llegar a calles definidas, algunas empedradas, otras con asfalto. El corazón de la familia brincaba de alegría. Con el espíritu puesto en el futuro llegaron al final de la jornada.

.– Desmodium sp. Leguminosa con que se alimentan los bovinos y caprinos.

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CAPÍTULO III Por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes. Khalil Gibran (1883–1931)

LA CIUDAD DE LOS CREPÚSCULOS

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a nueva residencia del matrimonio Rodríguez Álvarez, quedaba en la carrera 14, con calle 46, en la ciudad de Barquisimeto. Frente a la casa se encontraba un inmenso árbol de mamón; en el solar, con follaje abundante, copa alta y frutos maduros, se alzaba un gran árbol de mango. El modesto hogar, pero citadino, como casi todas las casas de la época, estaba construido de adobe y de bahareque; la estructura era de caña amarga, la diferencia entre esta vivienda y la de Cuesta Grande era el piso, ya que éste era de baldosas de terracota y el del campo de tierra aplanada. Para los niños, todo era desconocido, permanecían asustados, curiosos salían a la puerta a observar los escasos carros que pasaban. En el pueblo sólo tenían arreos de burros, mulas y caballos. Con estos nuevos sonidos evocaban, el día que oyeron el ruido de un avión que voló por los cielos de Cuesta Grande, alguien gritó –¡Corran, corran, el mundo se está acabando!–; fue suficiente para que todo el caserío, entrara como en una especie de histeria colectiva; recordaron la cadena de rosarios que rezaron. Pasados unos días, un viajero que venía de la ciudad cercana, les ilustró sobre lo que había acontecido. 63


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José Prisciliano les había comprado zapatos a los integrantes de su familia, los pequeños no sabían caminar con estos, pues sólo usaban alpargatas para ocasiones especiales, usualmente andaban descalzos. Estos nuevos accesorios ocasionaban serias molestias en los pies; los zapatos eran para salir a pasear por la ciudad, recorrer el Teatro Juárez y la Iglesia La Concordia, allí pasaban ratos agradables. En la pulpería, cercana a la plaza, compraban besitos de coco y las célebres arepitas dulces, aliñadas con anís, preparadas por Ña Isolina. No habían olvidado usar a la naturaleza, como elemento de juego, remembraban los recuerdos de su anterior hogar. Les agradaba lo desconocido, los adelantos de la ciudad, pero extrañaban el perfume que se percibía en los caminos sembrados de cariaquito morado. El placer y regalo más excitante para la familia, eran las incursiones en las riveras del Río Turbio. León y Domingo Guzmán recordaban con efusión el lugar. Para ellos el tiempo pasaba muy rápido cuando los llevaban a ese paseo; era regresar al contacto con lo natural. Mentalmente volvían al lugar que los había visto nacer; contemplaban la majestuosidad del valle, cruzaban de costa a costa, ayudados por las inmensas piedras que emergían del agua. Estas incursiones los ayudaban a fortalecer el espíritu para, de nuevo, comenzar la diaria rutina. El sol que alumbra el cielo barquisimetano es ardiente, posee unos inimaginables atardeceres. Al finalizar el día, la luz unida con las nubes ofrece un panorama, para deleitarse. En los crepúsculos larenses, se muestra una paleta infinita de variados colores. La gama pasa por todas las escalas de tonalidades, de amarillos claros hasta alcanzar toda la variedad de tonos anaranjados. Este escenario siempre tenía como espectadores a la familia Rodríguez Álvarez, que se deleitaban extasiados por esta obra de la naturaleza. Los muchachos crecían rápidamente, los varones habían aprendido el oficio de albañil, construían bloques de adobe, los cuales servían para la confección de casas. Encontraban recursos económicos, pero el trabajo era muy pesado para los adolescentes. Raimundo se tuvo que retirar del oficio, pues había heredado el asma de su .– Bodega.

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padre; el contacto con la tierra le ocasionaba crisis continuamente. Poseía habilidades de vendedor, por lo que incursionó en un taller de costura, vendiendo tela para confeccionar trajes para caballeros. Tenía los rasgos físicos de su progenitor, era el único que tenía la piel acanelada. El resto de sus hermanos eran de piel blanca, León y Domingo eran colorados, con el pelo castaño. León tenía en sus genes la bendición de hacer dinero con mucha facilidad, era habilidoso para los negocios, era el Rey Midas de la familia. Había logrado desenvolverse como prestamista, entre sus valores se destacaba la honradez, a los clientes a quienes prestaba dinero les decía –No vamos a firmar ningún papel, para mí su palabra es de honor, vale más, que cualquier documento firmado–. El benjamín, Domingo Guzmán, tenía la fuerte personalidad de su madre, era carismático y sumamente bondadoso, poseía condiciones de líder; desde temprana edad capitaneaba a los hermanos mayores. Había conseguido, desde joven, un empleo de colector en los autobuses que viajaban dentro del estado. Para sus conocidos era la bondad hecha hombre; siempre mantenía el entrecejo fruncido, parecía que estaba disgustado, seguramente era una estrategia de supervivencia, aprendida en forma espontánea, por haber crecido en contacto con la naturaleza. La familia se había ampliado, mantenían constante comunicación con Juana que vivía con los abuelos; así como también con los tíos y tías, hermanos de María Candelaria. Ella frecuentemente visitaba a su hermana María Balbina. Los hijos de ésta habían estrechado fuertes lazos familiares, con sus primos; que ahora vivían en la ciudad. María Marcelina, la hija mayor de María Balbina, había crecido con Juana, como hermanas. Los muchachos, a muy corta edad, salieron a trabajar, las edades de estos oscilaba entre once y catorce años; la escasez los obligaba, por la reducida salud de su papá; tenían la necesidad de ofrecer a la familia unas mejores condiciones. José Prisciliano los ayudaba, pero estaba locamente enamorado de María Angelina; la había conocido en un baile de violín en Pozo Salado. Había establecido un compromiso serio con la joven, que lo había llevado a pedir la mano a la Sra. Luz de Leal, madre de la muchacha. .– Legendario rey de Asia Menor que todo lo que tocaba lo convertía en oro. .– Población del Municipio Urdaneta.

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José Prisciliano, de todos los hermanos, se caracterizaba por tener muy buen humor; de las situaciones difíciles siempre sacaba un chiste, que hacía estallar de carcajadas a la familia. Poseía una extraordinaria imaginación, lo demostraba en las poesías, cuentos, chistes, décimas o cantas –como las llamaba él–. Le fascinaban las parrandas con grupos musicales. En las fiestas, al igual que en los velorios, era el centro de atención, por sus constantes echaderas de broma. Un día primaveral, contrajo nupcias con la "pumarrosa", apodo que le colocó al ver a María Angelina, por primera vez. Ésta, a diferencia de José Prisciliano, era muy tímida; sufría en las visitas que le hacía siendo novios, pues cuando se sentaban a comer, en un descuido se quitaba el zapato y le pasaba el pie, acariciando la pierna de la pumarrosa; ésta lo veía en señal de reproche. Para la época las casaderas, siempre estaban bajo la vigilancia de sus progenitores. La familia Álvarez Rodríguez había comenzado a crecer. La mayoría de los parientes de María Candelaria se habían mudado del campo a la capital, igual que ella iban en busca de un mejor futuro. Era la época de la migración del área rural a la ciudad. A inicio del siglo XX, año 1925, la actividad agro–exportadora decae, puesto que se inicia en el país otro modelo económico que no responde a la agricultura y la ganadería. Este modelo se basa en la explotación del subsuelo, con la aparición del petróleo, el cual transforma totalmente la vida de los venezolanos. En la economía el producto que mayor demanda tenía era el cacao y del siglo XIX hasta los primeros años del siglo XX lo fue el café; es sustituida por una economía de exportación minera; una concepción económica que de nuevo transformará la vida de los venezolanos. Bajo la presidencia de Juan Vicente Gómez (1908–1935), Venezuela se convierte en país petrolero y se instituyó una política liberal, con el objeto de traer el mayor volumen de capitales extranjeros, con la consecuencia de mayores beneficios para dichas empresas, obtenidos a través de las concesiones otorgadas por Gómez, sin contratiempos, a grandes plazos y bajas tasas impositivas. Tanto el gobierno como el pueblo sufrirán los cambios que a raíz de la transición económica, basada en el petróleo, tendrán que enfrentar, adaptándose no sólo al nuevo hábitat sino a la nueva forma de vida, que por supuesto nose va a parecer en la nada a la anterior. 66


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Cuando se implantaron las compañías extranjeras, la economía tradicional, es decir, la agropecuaria padecía una crisis, que determinaba el estancamiento de toda actividad productiva y condenaba al campesinado a una vida de miseria. Ahora bien, la actividad petrolera significará en el aspecto social, la descomposición del campesinado, pues éste, en búsqueda de mejores condiciones de vida, abandona el campo y se traslada a la ciudad en donde se desarrolla la clase obrera y la urbanización; produciendo en los trabajadores del campo un impacto considerable, ya que, aparte de adaptarse al medio físico tuvo que cambiar de especialidad. Los campesinos carentes de conocimientos y capacidad suficiente para emprender una actividad industrial, se dedicaron a los servicios domésticos, a vendedores ambulantes, artesanos y otros trabajos de muy bajos ingresos, que no requerían ninguna preparación. En esta época, las familias adineradas, enviaban el chofer de la casa a buscar personal de servidumbre. Las adolescentes iban como cargadoras de los niños ricos, a los adultos los contrataban para laborar como cocineros, choferes, jardineros y empleados para la limpieza. Fue en esta forma en que, Josefina Adrica, la cuarta hija del matrimonio, siendo aún una niña de poca edad, viajó acompañada de su amiguita Teresita, en un espacioso carro La Salle, de Barquisimeto a Caracas. Las niñas partieron animadas por lo inexplorado. Josefina experimentó el mismo sentimiento especial, idéntico al que sintió cuando, poco a poco, dejó de distinguir la cuesta grande de los cerros, de su pueblo natal.

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CAPÍTULO IV Porque quien pide recibe; quien busca encuentra a quien llama se le abre la puerta. Jesús de Nazaret, Mateo 7:7_8

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LOS TECHOS ROJOS

principios del siglo XX, en el año 1932, la capital de la república apenas contaba con ciento treinta y seis mil habitantes; era como una niña que intentaba dar sus primeros pasos hacia la modernidad. A partir de 1936 se emprende el desarrollo para convertir la ciudad de los techos rojos, en una gran metrópolis. Las casonas tradicionales de la Pastora, eran de una sola planta, muy largas, con grandes corredores. Algunas se caracterizaban por ser casas de fachadas angostas, con dos ventanas altas de lado a lado y sus postigos en la parte superior. Al entrar se hallaba un reducido zaguán, el cual comunicaba con el primer patio. A uno de los lados de éste estaba ubicado el recibo principal y luego las habitaciones; de frente, al final del patio, quedaba el comedor de la familia. Al fondo del segundo patio se encontraba la cocina, las habitaciones para la servidumbre y hacía la parte posterior, que casi siempre colindaba con una calle, se localizaba la cochera. “–Por allí entramos un día de junio de 1932, agarradas de la mano, Teresita y yo después de un agotador viaje, que duró dos días–, contaba Josefina, muchos años después. –Nos asignaron una pequeña habitación para dormir, con dos camas. El baño, para la servidumbre, quedaba en la parte de afuera cerca del patio, en donde se 68


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encontraban amarrados tres feroces perros. Recién llegadas nos daba mucho miedo, cada vez que teníamos que utilizar el baño, pues los perros nos ladraban tanto, que parecía que arrancarían las cadenas para mordernos–”. Al llegar les hablaron sobre las normas de convivencia de la familia. No les estaba permitido andar por la casa, sin la autorización del Ama de Llaves; igualmente, les entregaron los utensilios para la comida, toallas y ropa de cama, la cual debían tender inmediatamente al levantarse. Estaban planificadas las tareas diarias, aunque la labor principal residía en servir como cargadoras de dos pesados niños, hijos de la familia Gómez D’Lipianny. Decía Josefina “–Los niños eran unos rubios robustos, muy bellos; debíamos mantenerlos aseados, cambiarle los pañales al más pequeño, no dejarlos llorar, bajo ninguna circunstancia; y después de la merienda, sacarlos a pasear a la plaza de El Panteón–”. “–Ingeríamos los sobrados de la comida, que habíamos de compartir con los perros. En esos momentos añoraba las grandes arepas de maíz pilado que, con suero, nos daba mi mamá en la cena. No degustábamos los raros sabores que comíamos puesto que, para la servidumbre, todo iba unido. A mí los huesos me gustaba chuparlos, los escondía, cuando me los mandaban a dar a los perros. Quedaba con mucha hambre, todos los días, hasta que divisé la despensa donde guardaban los alimentos y el sitio donde el Ama de Llaves guardaba el candado. Le propuse a Teresita que me acompañara a sustraer alimentos, pero a ella le daba mucho miedo. Me decía –Josefina lo que vas a hacer es castigado por Dios–; pero el hambre podía más que mis creencias religiosas. Una noche sentía ruidos estruendosos en mi estómago; quería dormir, pero por mi apetito no podía conciliar el sueño. Sigilosamente me levanté de la cama, volteé mi cabeza y observé la delgada figura de Teresita, envuelta entre las cobijas; antes de salir, recé varias veces "San Marcos de León, tú que amansaste la daga y el dragón, amansa a los perros bravos, que también del monte son". Perdí hasta el miedo que me producía la penumbra; al llegar al depósito de alimentos me faltaban manos para agarrar todo lo que podía; extraje deliciosos panes dulces, las galletas que les daba a los niños en la merienda, sentía que éstas me llamaban. Lo hurtado lo escondí en una bolsa que llevaba. Por supuesto que el botín lo compartí con mi amiguita; creo que estaba muy entrada la noche, sería en la madrugada que devorábamos lo que había buscado para cenar esa noche. A Teresita la obligué a nutrirse, porque había observado, que en pocas semanas de haber llegado, había adelgazado mucho; entre otras cosas, no se acostumbraba a los cambios de los sabores de 69


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los alimentos, de esta ciudad–”. La parte del trabajo que más disfrutaban era pasear con los pequeños, en las tardes por la plaza; era la ocasión perfecta, para que las jóvenes pudieran hablar libremente, incluso entablar conversación con otras personas. La casa de los Gómez D’Lipianny, quedaba entre las esquinas de Dos Pilitas a Portillo. Al norte se podía contemplar la majestuosidad del imponente Cerro El Ávila, que se eleva como el ángel guardián de los caraqueños. Contaba Josefina “–A Teresita y a mí, nos encantaba contemplar la monumental serranía. A partir de las cuatro de la tarde, el frio comenzaba a llegar, se nos metía por los huesos; ninguna de las dos había traído, en nuestras escasas pertenencias, abrigos para el frío porque procedíamos de un sitio donde el sol ardiente nos permitía dejar los brazos al descubierto. Un día que titiritábamos sentadas en la plaza, vimos llegar a una joven señora que, como todos los días, bajaba de su carro con sus hijos, acompañados por Petra la sirvienta, asidua visitante del sitio. Ésta conversaba con nosotras, hablaba del trato cordial, con que la trataba su patrona. Al día siguiente la buena mujer, trajo como obsequio para ambas, dos prendas de abrigo. Ella nunca se imaginó como agradecí ese gesto–”. El Ama de Llaves presentía que alguien se estaba llevando víveres de la despensa y escondió, en otro sitio, la mágica llave. De nuevo comenzaron los ruidos en su barriga y las noches intensas. Rápidamente la aguda delgadez de Teresita regresó; los pocos alimentos que la habían mantenido con vida, escasearon. La gravedad de Teresita obligó, por la urgencia a la asustada familia, a devolverla para Barquisimeto. “–Recuerdo con sabor amargo la despedida, escondido en el oído, le dije que hablara con mi familia, para que me vinieran a buscar. No había terminado de salir el carro, cuando comencé a llorar sin parar; horas antes le había suplicado al chofer que me regresara, pero suavemente me comentó, que las órdenes que tenía era sólo trasladar a Teresita. Ese mismo día por la tarde, al llevar a los niños de paseo, me encontraba sumergida en mi tristeza cuando, una dulce voz, me dijo muy cerca­­­­ ­­­­­­­­­­–¿mi'ja qué te pasa?–. Al subir la cara recordé el rostro afable de la joven. Sin parar de llorar, le conté todo lo que me pasaba en la casa, las condiciones en que se había ido mi amiguita. A partir de ese momento esta señora, mandaba con su servicio, alimentos para mí–”. En una de las conversaciones que mantenía con Petra, contán70


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dole el infierno en que se encontraba, que se hacía más pesado a raíz de los últimos acontecimientos, le dijo: –¿por qué no te vas de esa casa?–, le contestó que no sabía para dónde ir, ella no sabía moverse, sólo conocía las escasas cuadras de la casa a la plaza. Petra le dijo: –voy a hablar con la señora Minita, para ver que hacemos–. Recordaba : “–Esa noche, oré con mucha fe, después de pedir por toda mi familia, le rogué a Dios que aliviara mis penas. Al día siguiente, en la plaza, la Sra. Minita nos acompañó. Todos, incluyendo a los niños, subimos rápidamente al carro, me pidió que observara y contara las cuadras que, caminando, habían del Panteón a su casa, la cual quedaba de Truco a Balconcito. Planeamos la huida con detalles, me repitió varias veces, –Josefina observa bien la casa­­­­­, lo que tienes que caminar–; yo era una joven muy inexperta, que no se me ocurriría tramar, algo tan especial, como escapar–”. En un descuido del chofer, que dejó la cochera abierta, salió corriendo, nada más que con lo que tenía puesto. A dos cuadras atravesó el puente El Guanábano, por encima de la Quebrada de Catuche; la distancia era seis cuadras, que le parecieron interminables. Iba caminando con los ojos muy abiertos, recordando los tramos que la llevarían hasta la casa de los Montenegro. La buena señora se llamaba Herminia Carreño de Montenegro, procedía de una familia de clase media Esta familia se había mudado de Carúpano a la capital, por razones de estudios de los hijos más jóvenes.

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CAPÍTULO V La dignidad no consiste en nuestros honores, sino en el reconocimiento de merecer lo que tenemos. Aristóteles

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LAS FLORES DE GALIPÁN

a nueva residencia abrió en Josefina los deseos de luchar y seguir pa´lante; dicen que la esperanza brota del pecho angustiado. Habían pasado tres meses desde que se había fugado de la casa de los Gómez. Era víspera de navidad, en la casa de la familia Montenegro fue acogida con mucha deferencia, tal vez les daba compasión, estaban al tanto de todo lo que le había pasado, a pesar de su corta edad. Contaba Josefina: –La Sra. Minita escribió una carta, para comunicarse con mi familia; les explicó lo acontecido y el porqué estaba en su casa; en la comunicación les envió la dirección. También les pidió que contestaran, a la brevedad posible, de esta forma ella tendría el consentimiento, para que legalmente me quedara en su casa. Mis padres le contestaron la misiva, agradeciéndole que me hubiera alojado en su casa; también le contaron la triste noticia de que, Teresita, mi compañerita querida, hermana del mejor amigo de mis hermanos –Manuelito Meza– había fallecido, apenas regresó de Caracas–. –Petra y Minita se reían de mi forma de hablar, totalmente campesina, ambas corregían la forma de dialogar; pero a pesar del mal carácter, no me disgustaba, un instinto natural me aconsejaba–haz caso, aprende, que las 72


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dos quieren lo mejor para ti–. Ponía atención a las correcciones, deseaba instruirme. De esta forma me culturizaban: ­­­­­­­­–no se dice vení pa´ca, sino ven para acá, tampoco pa´ yo, se dice es para mí; no se dice no me jayo, se dice no me hallo–. Delante de estas situaciones, debía pensar muy bien lo que hablaba y cómo. Lograron que me interesara en oír la forma de comunicarse de los caraqueños, me instaban para que los imitara, era la forma rápida de ir aprendiendo; iba adquiriendo, poco a poco, una nueva forma de dirigirme a los demás. Todos los días que vivo, al recordar a estas nobles mujeres, les doy las gracias. Ellas formaron en mí, a una persona con cultura citadina–. La forma de migración más importante desde el siglo XIX hasta la época actual en el país, es la que se conoce como éxodo rural, que es el desplazamiento masivo de habitantes desde el medio rural al urbano. Millones de personas se trasladan anualmente del campo a la ciudad en todos los países del mundo (sobre todo, en los países subdesarrollados) en busca de mejores condiciones de vida y, sobre todo, de mayores oportunidades de empleo. Estas migraciones internas producen en las personas, adoptar formas culturales y expresiones comunicacionales distintas; como producto de la simbiosis que se establece; que abarca desde la pérdida de los dialectos, vestimenta, alimentación, hasta hábitos. Narraba –Algunos fines de semana íbamos a Galipán, antes de comenzar la empinada subida, aparcaban el carro en unas rústicas casas, luego alquilaban una carreta tirada por burros. Recuerdo el camino, que llamaban de los españoles. La marcha comenzaba por un camino empedrado, que atravesábamos hasta llegar al pueblito. El Sr. Montenegro nos describía las construcciones arcaicas, que nos encontrábamos durante el recorrido, se llamaban fortines. Nos indicaba que en la antigüedad, servían para control y cuidado del camino, que desde allí se vigilaba a la ciudad de Caracas, aprovechando la altura y vista panorámica, que éstos tenían. Para continuar el camino, la carreta nos llevaba por un puente levadizo. La primera vez que observé tanta altura, cerré los ojos, quería que la bestia trotara rápido, para que se me pasara el susto. En los siguientes viajes, aprendí a disfrutar de los precipicios del accidentado terreno del cerro El Ávila–. .– Población ubicada en el cerro El Ávila.

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–Llegamos a mediodía; en un paraje cercano a la comunidad rural, bajamos de la carreta para almorzar y disfrutar de los jardines colmados de flores, de las pocas casas que conseguimos. De regreso paramos a comprar rosales, helechos y orquídeas para adornar el patio. Me encantaba llevar las rosas rojas, sentía que ellas me pedían acariciar sus pétalos, disfrutaba el dulce aroma que éstas emitían–. –Era la primera navidad que pasaba alejada de mi familia. Un día antes, salí con Petra a la pulpería, teníamos que comprar unos aliños que faltaban para hacer las hallacas. Era una mañana fría. En esos tiempos, en Caracas, desde el amanecer y a partir de las cuatro de la tarde, bajaba la neblina que no permitía divisar nada a corta distancia. Al llegar a la bodega después de saludarnos, el bodeguero nos preguntó , –¿tienen frío?– –¡mucho, le contestamos!–, –es que ya llegó Pacheco–, pensé para mis adentros –¿Quién será ese señor Pacheco?, parece famoso porque todo el mundo espera su llegada–. Al salir le referí a Petra, que quería saber si ella conocía al Sr. Pacheco, muerta de risa me dijo –Josefina, cuando escuches a los caraqueños decir «Allí viene Pacheco», «Bajó Pacheco» o «Llegó Pacheco», quieren expresar que las temperaturas están bajando de la montaña y que hace mucho frío en Caracas. La llegada de Pacheco anuncia que se acerca la Navidad–. Le respondí –¡gracias Petra, hoy he aprendido otra cosa nueva–. De allí en adelante a todas las personas que veía, para que creyeran que me las sabía todas, les decía, luego de saludarlos –¡ya llegó Pacheco!–. La historia de Pacheco tiene su origen en un floricultor galipanero que vivía en El Ávila. En la época de Caracas “de los techos rojos”, todos los diciembres el señor Pacheco llegaba a la plaza Bolívar de Caracas huyendo del tremendo frío que pegaba en las montañas del Ávila. Pacheco llegaba a Caracas por el camino de los españoles y entraba por la puerta de Caracas en La Pastora, vendía sus flores frente a la famosa iglesia de esa zona y descansaba de su difícil viaje. De esta manera la gente comenzó a asociar la llegada del vendedor de flores con la época más fría, desde noviembre a enero.

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CAPÍTULO VI La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días. Benjamín Franklin (1706–1790)

LAS NAVIDADES CARAQUEÑAS

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esde la llegada a la capital, Josefina disfrutaba de las misas de aguinaldos, éstas se efectuaban a partir de las cuatro de la mañana, muy temprano comenzaba la homilía tradicional; la diferencia con las misas dominicales era que cantaban villancicos, rápidamente se aprendió los cantos, era para ella algo nuevo, participaba como nunca en la misa. La de fin de año era distinta. Partieron para la iglesia, alrededor de las once de la noche, para recibir el cañonazo en la iglesia de Las Mercedes. Al comenzar el año nuevo, los caraqueños salían a oír los doce cañonazos disparados en el Cerro La Planicie, donde funcionaba la Escuela Militar. Algunas familias recibían el año nuevo en la Plaza Bolívar. El primer año Josefina lloró mucho, abrazada con Petra; en ese momento, recordaba a todos sus seres queridos, que estaban lejos.

“Niño lindo, ante ti me rindo niño lindo, eres tú mi Dios.” Al salir de la misa de aguinaldos, los jóvenes patinaban, algunas personas llevaban bocadillos para desayunar. Pacheco se hacía sen75


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tir, todos andaban con los brazos cruzados o las manos en los bolsillos por el intenso frío, que congelaba. Pero, a pesar de Pacheco, la gente se aglomeraba en los alrededores de la iglesia, observando los alegres patinadores. La Costumbre de amanecer en diciembre en una Misa de Aguinaldos o Misa de Gallo, es una expresión que caracteriza la transculturización y la fusión de dos mundos que se han dado en estas tierras. Las Misas de Aguinaldo reunían a familiares y amigos en la iglesia, que estaba particularmente adornada para estas fechas; compartían pan, acompañado de chocolate o café. Al culminar la misa se lanzaban fuegos artificiales. Al despuntar el sol ya el evento culminaba, dejando a los participantes llenos de regocijo y amor por el prójimo, preparados para las diferentes jornadas navideña. Lo particular de esta fecha es que toda la familia participaba en la confección del pesebre. –Minita me designó para que colocara las figuras de la sagrada familia, lo hice con una emoción tan visible, que todos me miraban incrédulos. Le pedí permiso para besar al niño Jesús, procedía de una familia muy católica; me dieron para que le colocara un pañito de terciopelo azul para cubrirlo, hasta el día de Noche Buena; al regresar de la misa, me encomendaron destaparlo. Me sentí muy importante, por la distinción que me proporcionaba la familia Montenegro. En poco tiempo, comencé a percibir lo que, después de adulta entendí, que ese sentimiento era mi dignidad. Con esta nueva comprensión, me sentí humana. Me gustó tanto que, me prometí, hacer lo posible por volverla a sentir. Desde ese momento, me distinguía con las tareas diarias; les hablaba con amor y respeto. Entendí que si éste era mi comportamiento, me ganaría, para el resto de mis días, estos gratos momentos–. El pesebre venezolano tiene su origen en las tradiciones españolas, traídas al nuevo mundo por los colonizadores. Los indígenas y esclavos africanos en su condición “no cristiana” no aportaron significación alguna a estas fiestas, salvo la influencia aportada a la parte gastronómica de los festejos de navidad. Recibimos a través de la colonización española, la esencia del culto al nacimiento de Cristo, del Niño Jesús, esencia a la que se fueron añadiendo las reinterpretaciones que ahora caracterizan la navidad latinoamericana. Su esencia ha permanecido incólume ante los cambios generalizados sufridos por la cultura navideña. El pesebre lo encontramos en todo el mundo cristiano su origen está 76


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en Italia y pasó a América a través de España. Las primeras figuritas, de arcilla, llegan a España hacia 1448 y provienen de Nápoles, donde se representaba el nacimiento del niño únicamente en las iglesias. Las figuras comenzaron a fabricarse en España en el siglo XVI, y en el XVII los escultores más reconocidos las fabricaban en cera y en madera. La popularización del pesebre se dio en España a finales del siglo XVIII; cuando Carlos III dejó el trono de Nápoles para llegar a España como emperador. Este se trajo consigo, su gran afición por los nacimientos y como regalo al príncipe de Asturias. Su hijo, encomendó a artistas valencianos la confección de figuritas especiales. Esta costumbre echó raíces entre los miembros de la nobleza quienes encomendaron obras semejantes a famosos tallistas. Un proceso quizá más rico se dio en América a partir de la colonización española, al irse sumando la riqueza creativa artesanal que fue caracterizándonos, a medida que se producían las fusiones culturales extraordinarias, que nos conformaron como hispanoamericanos. –Aprendí a comer hallacas, pan de jamón, el sabroso dulce de lechosa y el de cabello de ángel con piña. Al principio para probar cualquier alimento extraño, preguntaba si podía comerlo; como parte de mi educación, mamá nos daba permiso para probar lo desconocido. Me enseñaron también a confeccionar estas nuevas preparaciones; cuando hago hallacas, las recuerdo. Mis hallacas tiene el dulcito de papelón en la masa, de las caraqueñas— –Todas las casas de La Pastora, eran visitadas por los vecinos, que llevaban parrandas. Pasaban al sitio donde estaba el nacimiento y le cantaban al niño Jesús, el dueño de la casa les ofrecía hallacas, dulces y brindaban con un ponche, que llamaban, leche de burra. –En las oportunidades que años más tarde me proporcionó la vida, de pasar las navidades con mi familia, les enseñé a apreciar todas las costumbres caraqueñas que había aprendido, durante mi estadía en esa asombrosa ciudad–. Si algo caracteriza la navidad en nuestra tierra es la particular mesa navideña, producto de la fusión de muchas razas, y la clara influencia española sobre los indígenas venezolanos. Nuestra comida es bien particular, llena de color y sabor. En la mesa de navidad encontramos como plato principal y característico la amada hallaca venezolana, vestida de hojas de plátano, su piel de harina de maíz esconde un guiso que incluye ingredientes de la cultura española y 77


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la indígena venezolana. La hallaca es acompañada de pan de jamón, famoso en nuestra tierra en la época decembrina. Es un pan relleno de jamón, tocineta, pasas y aceitunas. Igualmente la ensalada de gallina así como el pernil de cochino, son platos característicos que se presentan con la hallaca. También encontramos en la mesa de navidad dulces de diferentes presentaciones, tales como: el dulce de lechosa, típico venezolano, la torta negra también va de gala en la mesa, turrones, confitería variada, nueces y avellanas son los elementos más característicos, la mesa se viste de gala para reunir a familiares y amigos. Las parrandas son un género musical que solo se ve en los días decembrinos, acompañados de cuatro y maracas. Los aguinaldos fueron transformados en parrandas; los parranderos van por la calle, cantando sus serenatas navideñas que expresan las vivencias, que se celebran en las fechas decembrinas. En ésta pueden intervenir diferentes instrumentos musicales, con varios solistas. Los coros le dan una calidez increíble a la música. Los parranderos salen con su cuatro y su gente a difundir sus cantos, para alegrar al pueblo en esta época.

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CAPÍTULO VII “Caracas vieja, que te vas con los años, en cada reja que dejamos de ver, se va un idilio, se va un romance, se va un recuerdo de nuestro ayer.” Luis María Frómeta (Billo)

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LA JOVEN JOSEFINA

enía catorce años cuando comenzó a tener fuertes dolores abdominales, con paralización de la pierna izquierda. La llevaron para que la examinara el Dr. Baquero González, experto cirujano de la época. Le diagnosticó apendicitis aguda; había que operarla inmediatamente, porque se corría el riesgo de una peritonitis. Después de pasar la convalecencia, Minita la envió con el chofer, para que pasara unos días con su familia en Barquisimeto. –Mis hermanos estaban en la puerta esperándome. Antes de llegar presentí que algo raro pasaba. Mis parientes tenían una banda negra en el brazo, que resaltaba de las blancas camisas, también observé que las cortinas que colgaban de las ventanas, estaban recogidas con lazos negros. Pregunté –¿Por qué no me avisaron que papá había muerto–, me contestaron, –no queríamos preocuparte, sabíamos de tu enfermedad; la Sra. Herminia nos recomendó que te dejáramos recuperar; ofreció enviarte para la última noche del funeral–. Como buenos larenses, en toda la casa, había demostraciones de duelo. En el salón principal, había un gran altar con tarros de flores, imágenes de santos y velas encendidas. Como era la última noche de los rezos, sus hermanos habían contratado a Encarnación 79


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Álvarez, el mejor rezandero del lugar. Para este rito funerario de “la última noche” practicado en la ciudad de Barquisimeto, el sitio más idóneo es la casa donde vivió el difunto, específicamente en la sala. Allí en el centro, se coloca el altar constituido por 20 o 30 santos con sus velas y flores. El altar se hace con nueve peldaños, cubiertos con una sábana blanca. En la parte superior del último peldaño se coloca un gran manto blanco que simboliza el cielo. Sobre éste se coloca el nombre del difunto y es decorado con las cintas de todas las coronas que enviaron al velorio, identificadores de los familiares y amigos que asistieron al evento. Una vez culminado el altar se colocan al frente de éste, en hilera las sillas que utilizarán los asistentes para llevar a cabo los nueve rosarios que se practican en esta última noche. En las afueras de la casa, bien sea el patio o el corredor, se colocan en forma de círculo, más sillas, destinadas al encuentro social. Allí, mientras la gente reza en la sala, quienes están afuera, aprovechan la oportunidad para conversar, comer y beber. En muchas ocasiones, esto causa molestia al rezandero, quien llama la atención de los presentes a fin de que no interrumpan los rezos con sus algarabías. Esta situación cambia en el último rosario momento en el cual, absolutamente todos los presentes deben acercarse a la sala, rezar y cantar de pie la despedida al difunto:

“Por qué perder las esperanzas de volverte a ver por qué perder las esperanzas si hay tanto querer no es más que un hasta luego, no es más que un simple adiós muy pronto allá en el cielo, nos reunirá el señor.” “–Al transcurrir los días, Barquisimeto me parecía extraño, aunque sólo habían pasado dos años de haberme ido de la ciudad, ya estaba acostumbrada al sabroso clima de Caracas, sus costumbres, los paseos al Ávila. La ciudad tiene una magia especial que atrapa. Vestía y hablaba como una citadina, mis hermanos me decían que había regresado muy cambiada, claro para bien; pero muy mona, en la forma de hablar y de comer –tal vez exageraba en gestos–, que llamó la atención de José Prisciliano, para echarme broma me dijo: –¡Ay .– Pretenciosa.

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hermanita, campesina civilizada, hasta malasangre es!–. Absolutamente todos soltamos una estruendosa carcajada, que hizo desaparecer, por momentos, la amargura que teníamos–.” “–Regresé a Caracas, mi familia quería que me quedara con ellos, pero me había enamorado de la ciudad. Un acontecimiento que recuerdo con claridad, fue el día que nos enteramos que había muerto el Presidente de Venezuela, Juan Vicente Gómez. Era 17 de diciembre de 1935 –entre la población corría el rumor de que el presidente había fallecido dos días antes, pero lo mantuvieron en secreto, para hacerlo coincidir con la misma fecha de la muerte de nuestro Libertador Simón Bolívar–. Había crecido bajo ese mandato y no conocía otro, por lo que no sabía hacer juicios de valores. Los Montenegro comentaban que el General Gómez había puesto a trabajar a los presos, la mayoría de las carreteras construidas durante el ejercicio del poder, las hizo con los reos que estaban cumpliendo condena, que había impulsado la aeronáutica civil, al construir aeropuertos en todo el país–”. “Es imposible hablar de los primeros 35 años del siglo XX venezolano sin recurrir de una u otra manera a la figura de Gómez, ya que durante los 27 años que rigió los destinos de Venezuela –en lo que ha sido la dictadura más prolongada de nuestra historia– se comenzaron a desarrollar medidas (formación de un ejército nacional, creación de una extensa red vial nacional, establecimiento de la Hacienda Pública), que si bien sirvieron para su consolidación en el poder, también permitieron iniciar a nuestro país la ruptura definitiva con el siglo XIX. En la etapa 1928–1935, Gómez decretó la creación del Banco Obrero y del Banco Agrícola y Pecuario y promulgó la primera Ley del Trabajo. El 7 de julio de 1931 prestó por última vez su juramento como presidente de la República, en lo que será su lustro final en el poder. En términos generales, durante los 27 años que gobernó a Venezuela, no varió en sus costumbres y mantuvo las mismas de su época de hacendado y de guerrero, caracterizadas por la sencillez en sus hábitos, su desconfianza a las camarillas, la relación directa con gente de todas las condiciones sociales y su capacidad para utilizar en su gobierno a las personalidades de mayor prestigio intelectual con que contaba el país. La mayor parte del tiempo vivió sólo, asistido por sus edecanes y gente de confianza. Se puede decir que uno de los factores fundamentales en la consolidación en el poder de Juan Vicente Gómez y quizás su contribución más importante al siglo 81


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XX venezolano, fue la creación de un Ejército Nacional, el cual sirvió y ha servido desde entonces como instrumento garantizador de la paz. En tal sentido, Gómez creó por decreto de 1910, la Academia Militar como base de unas Fuerzas Armadas Nacionales, las cuales pondrían término final al sistema de ejércitos personales controlados por los caudillos regionales. Asimismo, fue dueño de una inmensa fortuna constituida toda en territorio venezolano, evaluada la misma en Bs. 115.000.000 aproximadamente y que en 1936, por decisión confiscatoria del Congreso, pasó en su totalidad al patrimonio nacional. Aunque su acta de defunción señala que murió el 17.12.1935, algunos historiadores señalan que probablemente su deceso ocurrió al día siguiente, pero se adelantó la fecha para hacer coincidir tanto su nacimiento (24.7.1857) como su muerte, con la del Libertador.” Había pasado el tiempo, en mil novecientos treinta y siete, ya era una señorita con diecisiete años, las personas que la conocían, admiraban sus blancas y bien formadas piernas, se parecían a las de su mamá; por allí se veía el origen europeo que tenía en sus genes. Los que la conocían sabían que su entrecejo recogido, demostraba a una persona de carácter fuerte, decidida, algo tímida, pero resuelta bajo cualquier circunstancia. Vestía elegantemente, la señora Minita se había esmerado en formarla como una joven de la sociedad caraqueña. Ella se encargaba de suministrarle las telas, zapatos altos, medias de seda y todo lo que necesitara para verse distinguida. En ese tiempo la sociedad caraqueña se caracterizaba por vestir elegantemente. Para su fortuna, el Sr. Montenegro era Interventor de Aduanas de La Guaira, así que les llevaba las telas finas que estaban de moda en Francia; así como zapatos, sombreros, guantes, cosméticos y perfumes Chanel, para estar a la moda. No sólo había adquirido modales finos, sino que compartía las costumbres de la época, una de éstas era ver las películas argentinas y mexicanas en el Cine Rialto. Los cantantes más destacados de la época eran Carlos Gardel y Libertad Lamarque. Se había aprendido todas las canciones, que oía a través de la radio Broadcasting Caracas y los enormes discos de bakelita . Por esa misma radio oyó un día lunes 24 de junio, la noticia de la trágica muerte de Carlos Gardel. .– Baquelita. Resina sintética que se emplea como sustituto del ámbar y el carey.

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Este acontecimiento conmocionó a toda Venezuela; las muchachas lloraban desconsoladas la muerte de su ídolo, cantante de tangos, con el cual soñaban. “Como parte de la gira que estaba realizando Gardel en Venezuela, permaneció desde el 25 de abril hasta el 23 de mayo de 1935, por lo que se puede afirmar que el "Cantor" pasó en este país el penúltimo mes de su vida. El jueves 25 de abril de 1935 Gardel llega al Puerto de la Guaira, procedente de Puerto Rico, en la motonave "Lara". Era un jueves inolvidable para millares de venezolanos. Una multitud, calculada en más de 3.000 personas esperaba en los muelles, desde las 9 de la mañana, a "El Divino Carlos" como lo había bautizado la prensa, días antes. A las once y siete minutos bajó Gardel del vapor. Fue recibido por Luis Plácido Pisarello, ciudadano argentino, con muchos años radicado en Venezuela, fue el gestor directo de la visita de Gardel a Venezuela. Una limousine estaba preparada para trasladar al ilustre visitante y en ella partió junto a sus guitarristas. Tanto fue el desborde popular que Gardel debió refugiarse en la fábrica de vidrios de Maiquetía. Allí bebió un refrigerio, calmando la sed impuesta por el calor reinante. Acompañado de sus guitarristas: Riverol, Barbieri y Aguilar, así como también de Le Pera, y tras sortear las dificultades que produjo el hacinamiento ocasionado por la multitud de admiradores, los viajeros lograron ser trasladados al hotel "Miramar" en Macuto. Ahí es recibido por un grupo de más de cien mujeres, ante la sorpresa de los organizadores, ya que el almuerzo típico en el Hotel no se había anunciado públicamente, para dar a los viajeros unas dos o tres horas de descanso. Gardel soportó los empujones y pellizcos de las damas hasta que es puesto a resguardo y llevado a la terraza del hotel donde estaban los representantes de la prensa. Además de Pisarello, estuvieron en el almuerzo Edgar J. Anzola director de la radio Broadcasting Caracas y Eloy Pérez Alfonso, excelso narrador de carreras de caballos y quienes fungieron de anfitriones del artista durante su estadía en Venezuela.” Varias veces visitó la estación de Caño Amarillo. Hasta ese año, la ciudad llegaba hasta el Parque Carabobo. Todo el que viajaba de Caracas para cualquier parte del país, pasaba por esta estación. 83


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Josefina evocaba los viajes que hacía en los trenes para El Encanto. Todos los vagones eran de madera, hasta los asientos. Los impulsaba una locomotora; era agradable el ruido que hacía, cuando se bamboleaba, parecía que conversaba el hierro con la madera. Pasaban por varios túneles, en casi todo el trayecto observaban extensos bosques de bucares, jabillos y eucaliptus. Al llegar y bajarse para caminar, tenía que colocarse el abrigo porque el clima era muy sabroso, pero algo frío. “–¡Pasajeros al tren!–, gritó el vigilante y se escuchó el pito de la locomotora Cóndor. –"Mucho cuidado con El Encanto...",–le aconsejaban las madres a las muchachas casaderas, cuando iban a pasear por el bosque," …porque por allá hay muchos mogotes y cuando una señorita pierde aquello, ya no tiene remedio...–” El padre de El Encanto fue un alemán llamado Gustavo Knoop, director del Gran Ferrocarril de Venezuela, quien fundó todos los parques que usted podía ver desde las ventanillas del tren cuando viajaba de Caracas a Valencia. Durante más de un cuarto de siglo, Knoop se dedicó a sembrar árboles a los dos lados de la línea férrea desde Caracas hasta Valencia. Era un creador de bosques y de parques, al estilo alemán. Todas las estaciones eran una copia exacta de las que se veían en Alemania; es decir, que este ferrocarril, que el pueblo bautizó con el nombre de "ferrocarril alemán", era alemán de verdad. El tren salía desde la estación de Palo Grande y después de recorrer 35 kilómetros llegaba a El Encanto. Un viaje corto, pero con breves escalas en Antímano, Las Adjuntas y Los Teques. La vía tenía una extensión hasta Valencia de 176 kilómetros, con 86 túneles y doscientos doce puentes. El túnel número o diez es el más grande entre Los Teques y El Encanto, tiene 267 metros de longitud desde Caracas hasta Valencia y 25 estaciones. El Encanto es la quinta estación saliendo de Caracas. Ir en tren a Valencia salía por cuarenta y cuatro bolívares. Estas eran algunas de las tarifas: de Caracas a Los Teques, ocho setenta y cinco; Las Tejerías, 19,25; La Victoria, 26,25; San Mateo, 27,25; Cagua, 28,25; Turmero, 29,25; Maracay, 34 bolos; Guacara, 40,50. Vendían cupones por ciento cincuenta bolívares y con ellos podías comprar billetes "para el cónyuge, hijos y sirvientes del portador siempre que vayan con él en el mismo tren a la misma 84


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estación de destino". En 1894 el tren fue inaugurado por el presidente Joaquín Crespo, quien vivía justamente en el palacete de Santa Inés, construido en zona adyacente a la estación del Gran Ferrocarril Caracas–La Guaira que había sido inaugurado por Guzmán Blanco, en julio de 1883.” La gente le tenía mucho miedo "al mal de tren", enfermedad que según los pasajeros la ocasionaba el mismo viento, por lo que no se debían abrir las ventanillas. El "mal de tren", diagnosticaban los boticarios, causaba "graves dolencias entre pecho y espalda. Los viajeros que iban a Valencia "en el caballo de hierro" decían que "era conveniente ir con gorra y bufanda, mientras el cuerpo se acostumbra, pues "al abrir una ventana puedes quedar tullido". El ferrocarril tardaba siete horas para llegar a Valencia, a veinte kilómetros por hora. El mismo tiempo tarda usted hoy en subir a un avión en Maiquetía y llegar a Madrid. Una de las estaciones del tren, llamada Las Mostazas, se hizo famosa por las empanadas de gallina, a real. Los caraqueños inventaron un refrán: "más cara que una empanada de Las Mostazas". En Caracas pagabas a locha una empanada de caraotas. A Josefina le encantaba viajar en tren a la Guaira, bañarse en el mar, comer uvas de playa y pasear por las noches en el Malecón de Macuto. En las fiestas, lo que más se esperaba, eran los carnavales caraqueños. Miembros de las familias, se sentaban en los pollos de las ventanas, desde la tarde hasta el anochecer, para ver pasar las carrozas. Con el grito de “aquí es, aquí es” recogían los caramelos que lanzaban desde las carrozas. Las personas se disfrazaban de pierrot, odalisca, marineros, damas antañonas. Eran días llenos de papelillos, de singular alegría que desbordaban estas fechas. Los Montenegro vestían a los niños de la casa, Alex y Mery para llevarlos a pasear por Caracas, exhibiendo sus disfraces. Las muchachas iban a los clubes o a las plazas, a oír tocar las orquestas. En el año 1937, la sociedad caraqueña acostumbraba disfrutar las fiestas de carnaval y año nuevo, en el Roof Garden de Caracas; allí por primera vez, la Orquesta Billos Caracas Boy estrenó el merengue “Compadre Pedro Juan”. También era común ir al Dancing San Souci, situado en las esquinas de Cují a Salvador de León. En 85


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los hogares era frecuente oír los Vermouth Danzantes, los fines de semana, transmitidos por Radio Continente. Los jóvenes solían pasear por el Calvario, en “el coche de Isidoro”, después de los bailes. Aún se recuerdan las transmisiones, a través de la radio, con música en vivo, de los programas “A gozar muchachos”, “Fiesta Fabulosa”, entre otros. –Atrás habían quedado mis años juveniles y los recuerdos de mi infancia. Era una mujer, como dicen en mi tierra “hecha y derecha”. Tenía un trabajo estable, era independiente económicamente. En estos tiempos vivía de Pájaro a Curamichate, cerca de la Plaza Capuchinos. En una fiesta carnestolenda, conocí a un joven militar, llamado José Aguirre, primo de Miguelina de Barraéz, la mejor amiga que tenía en esos tiempos. Años más tarde con él contraje nupcias. Fue el padre de los cuatro hijos del matrimonio: José Manuel, Mery, Marisabel y Alida. También aceptó a mis adorados hijos afectivos, cinco sobrinos que los hice mis hijos a través del amor, José Francisco, Honorio y Elita; después, se agregaron al grupo Beatriz y Olga y todos sus descendientes. Disfrutaba de una familia numerosa. Después de quince años tranquilos de matrimonio, por desavenencias de pareja, un día decidí divorciarme y seguir sola criando a mis hijos–. –Había aprendido a ser madre desde temprana edad, no había jugado con muñecas sino con niños de carne y hueso. Comencé a ser mamá con Suplicia, la hija de mi hermana María, quien murió días después del parto;, aparentemente de una septicemia generalizada. De la crianza de los primeros años de vida de la niña, nos encargamos mamá, y yo. Después cargaba a los niños de los Gómez D’Lipianny. Viviendo con Herminia, mi benefactora, me gradué de madre; ésta me recomendaba –aprende Josefina, para que cuando tengas tus hijos, los atiendas bien–. –Hasta mí, llegó el olor a manzanilla, que les suministraban a las mujeres de mi familia al parir. Rompí con esa vieja costumbre. Vi morir a mi hermana siendo una adolescente, a partir de ese día, juré que mis hijos no nacerían con comadronas y lo cumplí. Detesté el olor de la manzanilla, por el resto de mi vida, aunque este olor significara en mis ancestros "llegar a la vida"–.

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CAPÍTULO VIII No desprecies el recuerdo del camino recorrido. Ello no retrasa vuestra carrera, sino que la dirige; el que olvida el punto de partida pierde fácilmente la meta. Pablo VI (1897–1978)

EL LEGADO DE LOS ÁLVAREZ Como las raíces, que se afianzan en la tierra, perdurarán los Álvarez; hasta la eternidad, duraran sus valores, principios, costumbres y la estirpe de su sangre. Estos participaron en la emigración de Europa a América, en busca de la tierra prometida. Gente trabajadora, dispuesta a quedarse y ayudar a desarrollar el país que escogieron como patria para sus hijos. “En 1831 el Presidente Páez llama a los canarios en exclusiva a poblar los fértiles campos venezolanos como sustitutos de los esclavos. Una corriente migratoria de familias canarias se estableció especialmente en los años 40. Su influencia fue tan decisiva que jugaron un papel crucial en la Guerra Federal. Tras la paz, vivieron su época dorada en el Gobierno de Guzmán Blanco. El auge cafetalero y la crisis bélica cubana, estas familias fueron favorecidas, en una etapa de grave depresión en Canarias tras el crac de la cochinilla1. La trascendencia de ese contingente fue tal que entre 1874 y 1888 de los 20.827 inmigrantes registrados 14.403 eran isleños. Pueblos enteros, de Tenerife, Buenavista, El Sauzal o Vilaflor se vaciaron, pero no sólo en el Valle de Caracas, sino también en el Estado Yaracuy, ahí fundaron la ciudad de San Felipe e impulsaron 87


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una agricultura cacaotera realizada, mayoritariamente, por hombres libres. En Los Llanos fundaron la punta de lanza para la colonización y en San Carlos, Cojedes, que culminaron más tarde con la fundación de Calabozo, abriendo el camino a la penetración exterior, que culminaría en la segunda mitad del XVIII. En Aragua se extienden por La Victoria y Maracay, desde San Sebastián de Los Reyes se proyectan hacia Villa de Cura y San Juan de Los Morros. En Barlovento inician como pequeños cultivadores de cacao la colonización de Curiepe y Panaquire, que completaran en la segunda mitad del XVIII con la del Guapo y Río Chico. Otro tanto cabe decir en Barquisimeto y Guanare. Gregorio Álvarez y Balbina, nacieron cuando Venezuela estaba sumergida en grandes cambios políticos, producto de la Guerra Federal y el ascenso del General Juan Crisóstomo Falcón al poder. Llegaron a la vida, con profundos procesos; tan importantes como el cambio de nombre del país, éste se comenzó a llamar, Estados Unidos de Venezuela. Los Álvarez protagonizaron parte del desarrollo social de la Venezuela rural. Para que la memoria perdurara en el tiempo, María Candelaria tenía como costumbre, sentar a su alrededor a sus hijos, años más tarde, a sus nietos y bisnietos. Este hábito, que narraba las aventuras de sus antepasados, lo usaba para que la tradición perdurara y como una escultura se erigiera en la mente y corazones de sus hijos. La vida le dio grandes satisfacciones, pero también inolvidables amarguras; con resignación, paso por el dolor más grande de una madre, enterrar a María, la primera hija de su matrimonio con Ramón Rodríguez, su primer y único amor. María Candelaria tuvo una larga vida, disfrutó de ver nacer nietos, bisnietos y tataranietos. El 12 de enero de 1978, cerró sus ojos para siempre. Los hijos de María Candelaria, continuaron relatando los cuentos familiares, emulando a su progenitora, con el mismo entusiasmo con que ésta se los refería, casi hasta el final de sus días. La descendencia hasta el siglo XXI, ha continuado sembrando estos relatos de generación en generación. De los Rodríguez Álvarez, el primero que se reencontró con su mamá, en la eternidad, fue Domingo Guzmán, quien dejó un sabor amargo a su estirpe, por su partida, murió a los cincuenta y cuatro 88


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años. León, su hermano, procuró que en el velorio de Dominguito no faltara nada, le habían enseñado que hasta la muerte, la dignidad de la familia era lo primero. El día que le tocó morir a León, para su generación fue altamente satisfactorio, presenciar que los comerciantes de Barquisimeto, desde Santa Isabel, hasta la avenida Fuerzas Armadas, habían cerrado sus puertas, para rendir honor a este ciudadano, que dedicó su vida a los negocios, con honorabilidad. Días después de haber sido enterrado, sus hijos recibieron pagos de los comerciantes con los cuales trabajaba, estos no tenían ningún papel firmado, que sirviera como garantía a la transacción realizada. Raimundo falleció a mediado de los años noventa. José Prisciliano, el mayor de los hermanos varones, se despidió de la tierra con la tranquilidad que le proporcionó el buen humor, con lo que hizo frente a todos los episodios que le tocó vivir. Ambos murieron con pocos meses de separación. Las mujeres de la familia, Juana y Josefina Adrica, nunca imaginaron sobrevivir a sus hermanos y llegar con vida al nuevo milenio, conjuntamente con el siglo XXI. Juana, la mayor de la familia Rodríguez Álvarez, murió pasados los noventa años. Vivió como murió, discretamente. La última en partir fue Josefina Adrica Rodríguez Álvarez. Vivió hasta el vértice de la Venezuela del obscurantismo hasta el país tecnológico del celular y el internet. Luchó hasta el último respiro, se fue con la libertad que demuestran los caballos briosos, cuando galopan por la sabana. Sus hijos, nietos y bisnietos poseen los mismos destellos de voluntad, templanza e hidalguía que caracterizó a Josefina. Frecuentemente, al referirse a sus nietos, comentaba que estos eran doblemente hijos. Se dio el gusto de tener muy cerca y moldear a dos de sus nietos. Utilizó al máximo, el tiempo que disfrutó de ellos. Cuando los acompañaba en los juegos, los instaba a que siempre debían salir triunfadores. Años más tarde entendieron que esto los ayudaría, cuando fueran adultos, a convertirse en hombres exitosos. A Eduardo José , lo dirigió hasta lograr forjarlo a su imagen y semejanza; cuando éste nació se observó su fuerte personalidad e indomable carácter. Con Eduardo Alejandro, siempre intuyó, que era diferente a su hermano, por su carácter apacible; ella entendió que requería de una atención especial en el trato, fue muy condescendiente con él, como no lo fue con ninguno de sus hijos. Eduardo 89


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Alejandro, cuando la recuerda, se embelesa añorando sus mimos; ha comentado que, a través de las caricias que le propiciaba en la cabeza, aprendió a sentir el amor. El Día Internacional de la Mujer 8 de marzo de 2008, a los ochenta y ocho años, después de haber transitado una larga vida colmada de recuerdos, se inhumaron sus restos. Al bajar el ataúd, su hijo afectivo, José Francisco, con voz entrecortada exclamó: –Adiós madre, adiós tía, adiós amiga–. Esta emoción, divulgada en su justo momento, describió lo que había representado esta digna mujer, para todos los que tuvimos el honor de disfrutar de su compañía.

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rias ocultas, tr谩gicas y divertidas de la vida venezolana. Colecci贸n de libros Revista Bohemia No. 87, tomo 2, Caracas, 1988.

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Índice Primera Parte. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 11 CAPÍTULO I: Con olor a manzanilla. . . . . . . . . . . . . . . . CAPÍTULO II: Tiempos de guerra. . . . . . . . . . . . . . . . . . CAPÍTULO III: La primera vez. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . CAPÍTULO IV: El rapto. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . CAPÍTULO V: La huida. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . CAPÍTULO VI: Doña María Verdiana. . . . . . . . . . . . . . . CAPÍTULO VII: La búsqueda . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . CAPÍTULO VIII: El encuentro . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

11 17 23 28 33 39 45 50

Segunda Parte. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .54 CAPÍTULO I: El primer amor. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . CAPÍTULO II: La partida . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . CAPÍTULO III: La ciudad de los crepúsculos. . . . . . . . . CAPÍTULO IV: Los techos rojos. . . . . . . . . . . . . . . . . . . CAPÍTULO V: Las flores de galipán. . . . . . . . . . . . . . . . CAPÍTULO VI: Las navidades caraqueñas. . . . . . . . . . . CAPÍTULO VII: La joven Josefina. . . . . . . . . . . . . . . . . CAPÍTULO VIII: El legado de los Álvarez. . . . . . . . . . .

54 59 63 68 72 75 79 87


Estos 400 ejemplares de Con olor a manzanilla se imprimieron durante el mes de julio de 2013 en la Imprenta de Falcón perteneciente al Sistema Nacional de Imprentas de la Fundación Editorial El Perro y La Rana con el apoyo de la Red Nacional de Escritores y Escritoras Socialistas de Venezuela. Coro — Venezuela.


Marisabel Aguirre de Santana

La Profesora Marisabel Aguirre de Santana, con una especialización en Educación Ambiental; se ha dedicado desde hace veinticinco años a la formación de la conciencia en pro de la preservación de nuestro patrimonio biológico, a través del programa “Mi Pequeño Planeta” del cual es su autora. En la actualidad es la Directora del Zoológico Paraguaná del estado Falcón. Dentro de su gestión ha impulsado con los Consejos Comunales la multiplicación de la voluntad hacia la conservación de la naturaleza y el desarrollo sustentable en la evolución de las comunidades.

Para no perder la costumbre familiar, la escritora nos sienta en su regazo, al igual que la abuela y la madre con sus críos, para contarnos, a través de la tradición oral y de su prodigiosa memoria, una historia apasionante, donde atraviesa, con pasos apresurados, la vida de una familia que asume sus penurias con la afabilidad que se le permite al hombre criado en tierras inhóspitas que, a pesar de los avatares del tiempo, nace, crece y muere con un sabor delicioso del que deja recuerdos insondables de su paso por este mundo.

Con olor a manzanilla marisabel santana  
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