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ÁMBITO ACADÉMICO

La educación ética y otros requerimientos

y del grado en que éstos aprueben la conducta de aquél. A la vez, las decisiones de cada uno repercuten en grado variable sobre la felicidad de otros, incluso lejanos en el tiempo, pues decisiones de hoy afectan a nuestros descendientes o, en general, a las generaciones futuras. De tal interdependencia de felicidades se desprende que la reciprocidad en la ética es no sólo deseable, sino un imperativo. La responsabilidad surge de que cada elección de conducta afecta a quien la toma y a los demás: el sujeto libre debe responder de sus propias decisiones ante sí mismo y ante sus congéneres. Libertad y responsabilidad constituyen por eso el contexto indispensable para que la ética pueda practicarse; si el individuo tiene coartada su libertad y es obligado a descartar ciertas opciones, no puede ser responsable de su decisión sino en grado correspondientemente menor. 3. La relación axiomática entre ética y felicidad conduce a su vez a una conclusión mucho menos evidente: que la ética no sólo es el medio para alcanzar la felicidad, sino que maximizar la felicidad de quien decide es precisamente el criterio ético con el que siempre debe elegirse entre opciones de conducta.2 Que este aparente egocentrismo no produzca una lucha salvaje y un desastre general se debe a dos condiciones innatas en la naturaleza humana: a) la conciencia de que todos los seres de nuestra especie somos interdependientes y, por tanto, a nadie conviene ignorar la felicidad del prójimo, y b) la capacidad humana de previsión, que permite anticipar y sopesar las consecuencias mediatas de nuestros actos antes de realizarlos. A la vez, dos limitaciones prácticas, también típicamente humanas, suelen lastrar la toma de decisiones éticas y, por consiguiente, la posibilidad de ser felices: una es la imperfección de nuestros razonamientos, intuiciones y previsiones; otra, la debilidad de carácter que suele hacernos caer en tentación; esto es, saber que una decisión puede tener consecuencias mediatas cuya gravedad es de mayor monta que la gratificación inmediata que nos da, y sin embargo la adoptamos por falta de voluntad. Así pues, la capacidad de mirar correctamente nuestra vida en prospectiva resulta el atributo más necesario para tomar decisiones éticas; sin él sería imposible identificar las consecuencias de nuestras elecciones; por tanto, uno de los objetivos centrales de la educación debiera ser desarrollar, pulir y ejercitar nuestra capacidad de mirar hacia adelante para anticipar las consecuencias de nuestros actos, y convertir esta capacidad en hábito certero. 4. La ética es sobre todo un arte práctico; es decir, una estrategia al servicio de la buena vida: la aptitud de actuar de modo que se logre la mayor suma de felicidad entre todos los seres sensibles a los que el sujeto está ligado directa e 2 Mill, J. S. (1952). Utilitarianism, Great Books of the Western World, vol. 43. Chicago: Encyclopaedia Britannica: 443-476.

indirectamente y de los que depende su propia felicidad.3 A partir de estos conceptos, cada escuela filosófica postula los axiomas y reglas de inferencia de su propia ética; por ejemplo, la principal regla de inferencia del utilitarismo dice que entre todas las opciones posibles, la decisión éticamente correcta es la que maximiza la utilidad (felicidad) futura de quien toma la decisión, según su propia visión de las felicidades de los demás.4 Aun en el supuesto de que el resto de la ética permanezca invariante, con el tiempo y de una sociedad a otra hay cambios en la escala de valores que hacen variar las normas de conducta. 5. De la definición axiomática de una ética se colige que ciertas decisiones éticamente fundadas pueden no ser morales, si el código moral de quien las toma no coincide del todo con el de la sociedad en que éste actúa. De aquí surgen las llamadas objeciones de conciencia. Casos de este tipo pueden surgir en las decisiones profesionales que corresponden a los ingenieros, y en general plantean los dilemas morales más difíciles, pues a menos que se logre compatibilizar dichos códigos, el sujeto queda expuesto a sufrir el reproche social o bien el de su propia conciencia. 6. Dado que una decisión éticamente correcta maximiza la felicidad de quien decide, el hecho de que alguien opte por otra decisión no puede explicarse como un acto voluntario, sino como una falla de la inteligencia, pues nadie actúa en contra de su interés a sabiendas. Por esto es crucial que el sujeto comprenda por qué cualquier curso de acción distinto del indicado por la ética implica dañarse a sí mismo. La sabiduría se reduce a poseer tal comprensión y obrar en 3 Por sencillez omito en esta definición dos acotaciones: a) que cabe aplicar cierta tasa de descuento a las felicidades futuras, pues tiene más valor un bien ahora que el mismo bien algún tiempo después, y b) que algunas corrientes filosóficas proponen o aceptan ponderar con un peso mayor la felicidad de los seres más cercanos al afecto del sujeto, noción que recibió un importante respaldo científico en el siglo XX, cuando la naciente sociobiología descubrió que tal comportamiento es una de las bases de la evolución biológica y social, y que todo ser vivo, humano o no, actúa naturalmente de modo que se maximice la supervivencia de sus propios genes. De ello proviene en los animales superiores y en el hombre el apego a la familia, a los connacionales, etc. (E. O. Wilson [1978]. On Human Nature. Cambridge: Harvard University Press). Esto mismo da base científica a la importancia que en todos los grupos humanos se asigna a la identidad compartida. 4 Suele objetarse la ética utilitarista principalmente por la confusión a que da lugar la resonancia materialista del adjetivo, pero la objeción es vacua, pues este adjetivo proviene exclusivamente de que se llama utilidad a la medida de la preferencia que el sujeto tiene por cada consecuencia de sus posibles decisiones. Como señala Mill, la utilidad no mide la felicidad del sujeto aislado, sino la que le resulta de la felicidad de todos los afectados por su conducta, y tal felicidad se deriva no sólo de bienes tangibles, sino de los bienes espirituales que hacen feliz al sujeto y a sus congéneres. Por lo demás, como atinadamente apunta Mill en el primer párrafo de su tratado, el utilitarismo se remonta a Sócrates y con nombres diferentes ha sido postulado por pensadores de todas las épocas (Mill, 1952: 447-457).

Núm. 252 Junio - Agosto 2019

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