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Ediciones digitales Canarias-Semanal.org Maquetaci贸n e ilustraciones: Castino


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PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN AMPLIADA Por Antonio Sardá

La primera edición de este libro se realizó en el año 2001. En ella, su autor, Rafael Morales, extiende su lúcida mirada crítica al acontecer del país venezolano desde 1920 a dicho año.

La presente edición ampliada, recoge como añadido, la reflexión de Rafael Morales sobre los procesos posteriores acaecidos hasta escasos meses antes de que nos dejara en junio de 2009.

Por qué esta segunda edición ampliada Desde el año 2001 al 2009, en el marco regional de América Latina y en Venezuela, se han operado cambios significativos que han provocado un escenario político diferente, motivado por el avance de los movimientos sociales y fuerzas de izquierda del continente en ese período de tiempo.

Con la excepción obvia de Cuba y, también, con el inicio del cambio político y social en Venezuela con el acceso al poder el 2 de febrero de 1999 de Hugo Chávez, el momento latinoamericano venía definido por el predominio


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De gobiernos de corte marcadamente neoliberal, entregados al poder imperialista norteamericano y subsumidos por las duras políticas de ajuste que emanaban del FMI y del Banco Mundial. Políticas que conllevaban a la privatización de los sectores económicos estratégicos trasvasados a manos de multinacionales; al control estricto del déficit público a costa de profundos recortes sociales y precarización de las condiciones laborales.

Estas medidas neoliberales habían generado como trágicas consecuencias la desestructuración de los sectores productivos, el empobrecimiento masivo de amplios sectores poblacionales, agrietando aún más si cabe a las sociedades latinoamericanas en unos pocos muy enriquecidos y unas inmensas mayorías cada vez más empobrecidas.

El MVR (Movimiento V República) liderado por Hugo Chávez lleva a éste a la Presidencia de Venezuela, tras un lago proceso de empoderamiento popular iniciado con el Caracazo (febrero de 1989), jugando un papel importante en la intensificación y articulación de una contestación social amplia que se expande por América latina, recogiendo también la savia de crecientes convulsiones sociales como "las guerras del gas y del agua" en 2000 y 2003 en Bolivia y, posteriormente, en Argentina con las revueltas contra De la Rúa que le llevaron a la renuncia a su cargo presidencial.

El escenario político irá mutando hacia posiciones anti neoliberales y antiimperialistas, producto de diversas movilizaciones masivas y, también, con la irrupción de instrumentos y actores políticos - algunos nuevos- tal y como se dio en Bolivia o Ecuador pero arraigados en las luchas de los movimientos sociales e indígenas de larga duración y, otros de corte más históricos, herederos de los movimientos armados de finales de los 70, como


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los encabezados por el Frente Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua o el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional en El Salvador. Los pueblos de América Latina se abren a la esperanza de la conquista de su segunda independencia.

Los movimientos sociales de base indígena y popular construirán la caída del gobierno de Sánchez de Lozada, aupando a la presidencia de Bolivia a Evo Morales (elecciones de 2005), con una hoja de ruta marcada por la nacionalización de los hidrocarburos y demás sectores productivos estratégicos, por una nueva constitución que inaugura el Estado Plurinacional con el reconocimiento de las naciones indígenas y por el quiebre del neoliberalismo y la dependencia imperialista.

Rafael Correa en el 2006, encabezando el Movimiento Ciudadano en Ecuador, tras una escalada de movilizaciones populares y del movimiento indígena, da un golpe al neoliberalismo ganando las elecciones presidenciales.

El Frente Sandinista de Liberación Nacional, tras 16 años de predominio neoliberal, logra imponerse en las elecciones de 2007, aupando a Daniel Ortega en Nicaragua a la presidencia, con una agenda social y de lucha contra la pobreza extrema.

El Frente Farabundo Martí en el 2009, lleva a Mauricio Funes a la presidencia de El Salvador, imponiéndose a la derecha concentrada en Arena, abriendo una brecha en el histórico predominio de una de las oligarquías más rancias y violentas del continente.


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Además de los citados procesos políticos, los gobiernos de Lula (2003) y su sucesora Dilma Russef (2011) en Brasil, así como Néstor Kirchner (2003) y Cristina Fernández de Kirchner (2007), si bien no han ido a una confrontación tan abierta como los anteriores con el imperialismo, si han mantenido, en sus relaciones internacionales, un apoyo a las posiciones de izquierda y de intercambio más justas.

A todo ello, hay que sumar la emergencia de movimientos sociales y políticos en América Latina en sus distintos pueblos que, si bien no han tomado el poder, plantean luchas abiertas a la hegemonía neoliberal. Este es el caso de los estudiantes e indígenas mapuches en Chile o, en México, el Movimiento Zapatista, los movimientos sociales en Colombia o el Movimiento de los sin Tierra en Brasil.

Como contraste, Estados Unidos ha convertido como su punta de lanza en el continente de América Latina a Colombia, anegada en la violencia y plagada de bases militares yanquis (7 nuevas en el 2009) y, últimamente (2010) Chile, con el gobierno de ultraderecha de Piñera.

A la hora de escribir este breve prólogo, Venezuela se encuentra en el preámbulo de sus elecciones presidenciales (7 octubre 2012) que gestionará los destinos del país en el ámbito temporal de 2013-2019. Encrucijada de caminos en Venezuela entre la profundización de los aires de libertad o la vuelta a un pasado de sometimiento al neoliberalismo y a la destrucción de la soberanía nacional, con hondas repercusiones también una u otra posibilidad para el conjunto de América Latina.

En esta segunda edición del presente libro, junto a los contenidos de la primera, se recogen los escritos de prensa de


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Rafael Morales en el período 2001 - 2009 referidos a Venezuela y América Latina que, dado la profunda pericia como analista político y persona comprometida con la causa de las clases trabajadoras y de la liberación de los pueblos, resulta fundamental para la comprensión de la revolución bolivariana.

Sería absolutamente falso, por parte del prologuista, ocultar la empatia que experimenta hacia el autor, Rafael Morales. Empatia que no es gratuita, dado que Rafael o Alejandro Tarquín, tal y como fue conocido en una larga etapa de exilio en Venezuela, constituye un testimonio vivo de intelectual-activista político preñado por un sentido de coherencia a lo largo de su existencia. Desde mediados de los años 60 inició su actividad pública. El compromiso le llevó a Carabanchel como preso político por su lucha antifranquista (años 67 - 69). Al salir de la cárcel se exilió, primero a Italia y luego a Venezuela, lugar donde desarrolló una intensa actividad política, periodística y de formación de cuadros militantes durante varios años. Regresó a Madrid y posteriormente a la ciudad que le vio nacer, Las Palmas de Gran Canaria (1986), donde dejó una trayectoria periodística antisistema, anticapitalista, intemacionalista, socialista, sin renunciar desde una perspectiva mordaz e incisiva a sus principios; siempre independiente de la línea editorial de los medios en los que trabajó, llevándole ello a tener serios problemas con los empresarios editores de los mismos. Su intenso periplo vital estuvo dominado por la pasión de explicarse y explicar los procesos sociales, teniendo siempre una especial mirada cómplice hacia Venezuela, país que le acogió en su exilio político.

Septiembre de 2012.

'(*) Antonio Sardá es fundador de Intersindical Canaria en 1994. Central Sindical que se autodefine como sindicato nacionalista, de izquierda y de clase. Forma parte de la Federación Sindical Mundial (FSM


Rafael Morales


ÍNDICE

INTRODUCCIÓN Pag.16

CAPÍTULO I Pag. 22

1. Del Caracazo de 1989 a la victoria electoral de Hugo Chávez en 1998. 2. De la victoria de Chávez al golpe de Estado del 11 al 13 de Abril de 2002.

CAPÍTULO II Pag. 50 Conspirando contra Venezuela 1. El paro cívico nacional y el sabotaje petrolero de 2002. 2. Los medios de comunicación .

CAPÍTULO III Pag. 57 El referéndum revocatorio de 2004

CAPÍTULO IV Pag 62 El boicot a las elecciones legislativas de 2005


CAPÍTULO V Pag 66 Las elecciones presidenciales de 2006

CAPÍTULO VI Pag. 74 ¿Populismo, bonapartismo o revolución?

CAPÍTULO VII Pag 89 Simón Bolívar, el reclamo ideológico imprescindible

CAPÍTULO VIII Pag 95 Gracias y desgracias del oro negro…

CAPÍTULO IX Pag. 107 Referencias a momentos que fueron históricos 1. De Juan Vicente Gómez a la Revolución de Octubre. 2. De Rómulo Gallegos a Pérez Jiménez. 3. De Carlos Andrés Pérez a Jaime Lusinchi, pasando por Luis Herrera.

CAPÍTULO X Pag. 133 A modo de conclusión probablemente precipitada


APÉNDICE Pag142. Fechas bolivarianas 163 170

EPÍLOGO Pag. 149


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INTRODUCCIÓN

Que el presidente Hugo Chávez Frías rompiera en su discurso con el pensamiento plano, pregonado como único por el nuevo orden internacional para América Latina tras la implosión de la Unión Soviética, constituyó el factor principal que colocó a Venezuela recientemente de moda en los programas informativos del primer mundo. Tras años de olvido, salvo para ofrecer eventualmente el contraste repetido desde los años 80 entre la riqueza petrolera menguada y el empobrecimiento progresivo de la inmensa mayoría de los ciudadanos. A nadie parecía importarle ese sufrimiento generalizado hasta que la catástrofe alcanzó ¿Llegó Chávez democráticamente al poder con la aviesa intensión de acabar con la democracia, como sostienen todavía algunos observadores? ¿Se trata de la reencarnación, en días neoliberales, de Fidel Castro, Marcos Pérez Jiménez, Juan Domingo Perón o de una rara aleación de los tres personajes? ¿Corren serio peligro el orden establecido, la propiedad privada, las inversiones extranjeras, la estabilidad raquítica de Colombia o el pago puntual de la deuda externa? ¿Asistimos a un proceso revolucionario en Venezuela de proyección latinoamericana o topamos con un espejismo político que finalmente dejará el país como estaba antes de la nueva constitución definida por sus mentores como bolivariana?


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Ni siquiera el profesor norteamericano y conocido activista de izquierdas Noam Chomsky se atrevió en su día a lanzar pronósticos firmes. "Me parece -declaraba Chomsky a un periódico latinoamericano a mediados de 2000 - que nadie sabe con exactitud hacia dónde se dirige el proceso venezolano. Nadie sabe qué parte del discurso de Hugo Chávez es populista y qué parte refleja la tendencia hacia reformas sustanciales. Estados Unidos está preocupado.

Venezuela es un país rico e importante que tiene muchos problemas. Sus problemas económicos son muy serios y existe una deuda interna socioeconómica que tiene que resolverse. Mucha gente sufre seriamente porque la riqueza del país no llega a ellos. Si hay esfuerzos serios para cambiar esta crisis con un programa de reformas, y si este programa incluye tomar el control sobre los recursos del país y usarlos para tales fines, entonces Estados Unidos no estría muy contento".

Las críticas contra Chávez arreciaron desde las redacciones de los principales medios de comunicación cuando el mandatario venezolano viajó a Irán, Irak y Libia, entre otros países, con la intención de preparar el encuentro que la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) realizaría a fines de septiembre de 2000. Chávez rompió el cerco a Sadam Husein y a Muamar Gadafi.

¿Grave pecado? Al fin y al cabo, aquel viaje y el encuentro posterior en Caracas de los productores sirvieron para estabilizar los precios del crudo en el mercado mundial, algo en lo que tenían interés tanto la OPEP como las petroleras.

El suministro de oro negro venezolano a Estados Unidos continúa constante y estable, hacho que Washington aprecia profundamente. No conviene engañarse. Las presiones sobre los


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venezolanos lloverán durante los próximos años, con motivos o sin ellos, conspiraciones militares incluidas, porque el presidente debe llenar el vaso con el agua de los resultados prácticos de las reformas sociales y transformaciones económicas, una vez reconstruido el recipiente de las instituciones jurídico políticas que era, según el presidente, el problema fundamental del país. El primero por resolver. Por medio de los cambios políticos deben construirse, a su entender, tanto los cimientos como los primeros pisos del edificio de la revolución bolivariana, democrática y pacífica.

El tiempo corre y lo hace deprisa. Ciertos problemas se van agigantando, como el de la inseguridad ciudadana y el retraimiento relativo de las inversiones privadas. Los cachorros jóvenes de las preocupadas clases medias aspiran, como tantos latinoamericanos, a vivir en Europa o Estados Unidos. Los viejos líderes sindicales le dieron la espalda a Chávez porque éste intentó crear una red de apoyo a su gestión en el movimiento obrero. La prensa, profundamente ligada a Fedecámaras y a los abogados políticos del pasado, atacan al ex militar instalado en Miraflores siempre que se presenta alguna oportunidad. Inicialmente el ejército estaba dividido en relación a la gestión chavista. Jefes de la Guardia Nacional temían perder sus privilegios en los corruptos negocios de las aduanas. Sectores de las Fuerzas Aéreas tendían a retirar su soporte inicial al proyecto bolivariano. La conservadora Marina de Guerra guardaba silencio. Pero, en general, los expertos consideraban que el presidente contaba cuando ganó las primeras elecciones con el sostén de un 70% en las filas de los mandos altos e intermedios del Ejército.

Cada vez con más frecuencia sonaban ruidos de sables, amagos golpistas que intentaban medir el deterioro popular de Chávez. El año 2001 fue particularmente prolijo en este terreno y con la participación de líderes políticos desplazados del poder. El presidente denunció en enero de ese año una conspiración que le acusaba de apoyar movimientos subversivos como el de la guerrilla


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colombiana. En junio de ese mismo año, Chávez advirtió que desde Estados Unidos, con ciertas complicidades internas, "pretenden demostrarles al mundo que Venezuela es un estado delincuente y que su presidente es un criminal que tenía escondido a un prófugo (el peruano Vladimiro Montesinos) que se vio obligado a entregarlo porque el FBI lo descubrió. Está en marcha un plan que trasciende las fronteras del país, cuyo fin es tumbar el Gobierno de Venezuela. Yo prometo que trabajaré sin descanso para gobernar hasta el año 2013, Dios mediante". Unos días después, el entonces ministro de Defensa, José Vicente Rangel, declaraba que los golpistas "apuestan a distintas situaciones coyunturales que les sean propicias. Esperaban una caída en la popularidad de Chávez, pero se sigue manteniendo con un apoyo del 60%, o que no controlaríamos la inflación y la hemos controlado". Algunos datos macroeconómicos se colocaron efectivamente de parte de las autoridades de Caracas durante el año 2000.

Duplicaron el presupuesto de educación, redujeron la mortalidad infantil, la inflación quedó en el 13,4%, la más baja de los catorce años anteriores, y la economía creció en un 3,2%. A todo ello contribuyeron sin duda los ingresos petroleros que rozaron los 11 mil millones de dólares. Sin embargo, el acoso e intento de derribo seguirá estando presente, especialmente si Chávez hace incursiones en el terreno de la propiedad o asume medidas que perjudiquen seriamente a los dueños de este país, a los de dentro y a los de fuera.

Con la intención de contribuir al esclarecimiento de la situación y las perspectivas políticas de Venezuela aportamos este trabajo donde el lector encontrará sugerencias para la reflexión así como errores, quizás importantes pero que sabrá disculpar porque en muchos casos se trata probablemente de un subproducto involuntario del esfuerzo por sintetizar.


SECUENCIAS GRÁFICAS DEL “CARACAZO”


SECUENCIAS GRÁFICAS DEL “CARACAZO”


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CAPÍTULO I

Del Caracazo de 1989 a la victoria electoral de Hugo Chávez en 1998

Lo que colocó al borde del abismo al sistema político democrático venezolano y al conjunto de los tres poderes clásicos fue una revuelta popular que pasó a la historia de este país con el nombre del Caracazo en el mes de febrero de 1989. Las causas inmediatas de esta verdadera rebelión de masas, que conmovió a un mundo que todavía creía en la estabilidad venezolana, están alejadas de cualquier misterio tanto como de alguna interpretación torcida sobre posibles conspiraciones de grupos extremistas. La gente estalló harta de estar harta. Los venezolanos sintieron desasosiego, humillaciones, ofensas, burlas a su inteligencia y a su voto.

Acababan de elegir a Carlos Andrés Pérez porque rechazaban la política neoliberal del Gobierno anterior, encabezado por otro adeco, Jaime Lusinchi. Carlos Andrés Pérez venció con autoridad en las urnas al copeyano Eduardo Fernández. Parecía muy seguro de sí mismo el ex ministro del Interior de Rómulo


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Betancourt. Tanto como de las medidas que debía emprender para corresponder con lealtad y sin aturdirse tanto a las esperanzas de los trabajadores como a las presiones del Banco Mundial. Imagino que un ligero aumento de salarios pactado con la Central de Trabajadores de Venezuela (CTV) compensaría propagandísticamente hablando el palo de aumentar el precio de los transportes, una servidumbre inaceptable surgida de la inadmisible deuda de unos 30.000 millones de dólares. Los venezolanos aún saboreaban el recuerdo de los años gloriosos de la década de los setenta, durante la cual Carlos Andrés nacionalizó el petróleo, creó empleo, bajó el precio de las arepas y defendió en los foros internacionales la refundación de un orden económico menos injusto con los intereses de los países del mal llamado tercer mundo. Por ese recuerdo le renovaron los ciudadanos la confianza política, no para que entregara las riquezas nacionales a precios de saldo a los usureros internacionales.

Pero el presidente y sus consejeros pensaron que aplicar el paquete de medidas de ajuste recomendadas para el año 1989 por el Fondo Monetario Internacional (FMI), es decir darle un giro de 180° a su política anterior, a la orientación moderadamente nacionalista en la que confiaron los electores, no tendría por qué llegar acompañado de consecuencias graves. Algunas protestas menores no empañarían su espectacular victoria electoral ni la eficacia del ajuste duro, la austeridad para los ciudadanos de peor suerte. Seguirían respondiendo a las obligaciones internacionales asumidas de antemano, una de las cuales consistió en que Venezuela dedicaba el 50% de los ingresos por exportaciones al pago de la deuda externa. Decidió, pues, aumentar el precio de la gasolina y del transporte en un 100% a pesar de que la inflación sufrió en 1988 un crecimiento desconocido anteriormente cercano al 40% y a pesar de que el desempleo aumentaba y la economía sumergida echaba raíces. Los caraqueños, pero no sólo ellos, decidieron que no soportarían más el persistente deterioro de su nivel de vida. No habían votado por CAP para recibir más de lo mismo. Aquellas decisiones incomprensibles para la mayoría no


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representaban una raya más para el tigre sino las gotas que rebosaron el vaso.

Las formas inmediatas que adquirió la rebelión fue la manifestación callejera y la búsqueda de alimentos. Salieron sin distinciones de edad, hombres y mujeres, a protestar en las calles desde muy temprano en la madrugada del día 27 de febrero de 1989. Los caraqueños de las chabolas (ranchos), de las fábricas y de los centros de trabajo más diversos sabían que el Gobierno adeco de entonces le restaban varios años de gestión pues acababa de estrenarse.

¿Esperar otros cuatro o cinco años? La atmósfera social ante semejante perspectiva se volvía irrespirable. Las manifestaciones surgieron por todas partes en y desde los barrios populares, empezando por el tradicional mítico bastión revolucionario del 23 de enero. A la policía le resultaba imposible el control de la ciudad que durante un par de días pareció quedar en manos de los caraqueños. Los barrios de clase alta, protegidos muchos de ellos por cuerpos privados de seguridad, se asustaban ante los asaltos a los comercios o a los abastos, pequeñas tiendas de comestibles.

Pedían dureza al palacio de Miraflores contra el pobrerío descarado, insolente. Asombrado por el transcurrir de los acontecimientos, el presidente decidió suspender las garantías constitucionales. Por primera vez en muchos años el ejército asumió la responsabilidad de disparar contra movilizaciones populares masivas. Se trataba de detener una rebelión sin aparente objetivo definido, salvo el de exigir la suspensión de las medidas económicas que los militantes de la izquierda (activistas


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del MAS, Causa R, Bandera Roja, PCV, Liga Socialista...) acompañaron con su presencia.

Pero no acertaron a dirigir, ni sabían cómo ni en qué dirección, una espontánea insurrección civil contra Carlos Andrés Pérez y todo lo que representaba como rostro responsable del empobrecimiento implacable.

El periodista argentino Carlos Aznárez, un convencido del carácter revolucionario del Gobierno de Chávez, describió la actuación de los militares durante el Caracazo de la siguiente manera: "Desde la madrugada del 1 de marzo hasta la noche del día 5, tropas del ejército y la policía metropolitana recorren palmo a palmo los barros populares y ametrallan a mansalva a hombres, mujeres, niños, ancianos y todo aquello que representara un blanco para su voluntad de poner orden. No se respetó a nada ni a nadie. Fueron cañoneados edificios enteros, se destruyeron colegios y hasta alguna iglesia donde la tropa excitada por encontrar saqueadores, subversivos o comunistas, llegó a entrar a la nave central perforando bancos y paredes detrás de sus fantasmales enemigos. ¿Cuántas personas murieron en esas sangrientas jomadas? La cifra oficial habla solamente de 277 civiles fallecidos, pero las investigaciones privadas hacen ascender la cifra hasta nada menos que 10. 000, a los que hay que sumar para enmarcar aún más el horror de esos días el hallazgo de fosas comunes y la existencia de desaparecidos. Frente a ello, sólo dos víctimas uniformadas: un agente de la policía metropolitana y el mayor del ejército Acosta Carlés, cuyo deceso pudiera atribuirse a los mismos que tirotearon al pueblo desarmado".

Fue el zarpazo más duro para el crédito que los venezolanos concedían todavía a los partidos democráticos tradicionales. Pero esa percepción del malestar fue advertencia insuficiente como para mudar la orientación de la política económica


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oficial. Desde el Caracazo hasta principios de 1992 la situación social y económica se agravó, al tiempo que las movilizaciones populares presentaban sus exigencias cada día. A los militares también les tocó su parte dolorosa en el reparto del ajuste económico, contabilizado en forma de sueldos congelados y presupuesto escaso. La terapia del FMI, versión venezolana, incluía de momento la privatización de sesenta de las trescientas empresas públicas. Carlos Andrés Pérez privatizó bancos, cementeras, hipódromos, centrales azucareras, industrias de los sectores lácteo, naval, eléctrico y metalúrgico, puertos, telecomunicaciones, textileras, líneas aéreas y hoteles.

La agudización del deterioro social, las protestas callejeras casi diarias y el desprestigio creciente del Gobierno animaron a un grupo de militares que llevaba bastante tiempo conspirando a intentar el derrocamiento de Carlos Andrés Pérez por medio de un golpe de Estado, caracterizado como nacionalista, patriótico y bolivariano por Hugo Chávez y sus colegas en aquella aventura del 2 de febrero de 1992. Como cuenta Carlos Aznárez, muchos militares se echaron para atrás en el momento de la verdad, mientras la trama civil, al parecer unos 300 activistas al menos en Caracas, aguardaron inútilmente a que los conjurados de uniforme les entregaran armas. El líder paracaidista de Maracay fracasó, rindió sus armas y prometió públicamente a través de las pantallas de la televisión que volvería a las andadas para acabar con la corrupción. El mensaje lo captó la población. "¡Este sí es el hombre! ¡Este sí que hace lo que piensa, se la juega, asume su responsabilidad!" Steve Ellner, enseñante de historia económica en la universidad de Oriente, calcula que Chávez conspiró y preparó el golpe de Estado durante diez años.

Vale la pena leer con atención el breve discurso de Chávez ante la televisión, pues más que una rendición parece lo que realmente fue un aviso sobre sus planes de futuro: "Primero


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que nada quiero dar los buenos días a todo el pueblo de Venezuela, y este mensaje bolivariano va dirigido a los valientes soldados que se encuentran en el Regimiento de Paracaidistas de Aragua y en la Brigada Blindada de Valencia. Compañeros: lamentablemente, por ahora (subrayado del autor), los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital. Es decir, nosotros, acá en Carcas, no logramos controlar el poder. Ustedes lo hicieron muy bien por allá, pero ya es tiempo de reflexionar y vendrán nuevas situaciones y el país tiene que enrumbarse definitivamente hacia un destino mejor. Así que oigan mi palabra. Oigan al comandante Chávez, quien les lanza este mensaje para que, por favor, reflexionen y depongan las armas porque ya, en verdad, los objetivos que nos hemos trazado a nivel nacional es imposible que los logremos. Compañeros: oigan este mensaje solidario. Les agradezco su lealtad, les agradezco su valentía, su desprendimiento, y yo, ante el país y ante ustedes, asumo la responsabilidad de este movimiento militar bolivariano. Muchas gracias".

El presidente suspendió por segunda vez en aquella legislatura las garantías constitucionales. Unos mil soldados y oficiales, entre ellos el teniente coronel Chávez, ingresaron en las prisiones. Un elemento político de alcance que no pasó desapercibido en aquellos instantes decisivos preocupó al ministro de Defensa Ochoa. ¿Por qué los venezolanos se abstuvieron de salir a la calle en defensa de la democracia atacada por el golpismo de un grupo de militares? El ex presidente copeyano Rafael Caldera aprovechó la oportunidad y ofreció desde la oposición una explicación que nadie osó contestar. Nadie le llevó la contraria. Dijo Caldera que "es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y la democracia cuando piensa que la libertad y la democracia no son capaces de darle de comer e impedir el alza exorbitante de la subsistencia, cuando no ha sido capaz de ponerle un coto definitivo al morbo terrible de la corrupción, que a los ojos de todo el mundo está consumiendo todos los días la institucionalidad o venezolana" .Ochoa avisó. No debía


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descartarse algún que otro cuartelazo futuro si la situación social venezolana no cambiaba para mejor. Avisó y acertó. Los cacerolazos recurrentes contra el alto coste de la vida ensordecían a los ciudadanos. Los campesinos protestaban. Los jóvenes salían una y otra vez de las aulas para rechazar los efectos de la política económica neoliberal en la educación. Las autoridades daban palos de ciego buscando chivos expiatorios. A falta de explicaciones por la oposición activa creciente, la policía detuvo en mayo de 1992 a Douglas Bravo para echarle la culpa de la crisis a algún inventado reagrupamiento guerrillero.

Douglas Bravo fue el hombre más buscado por el ejército durante la década de los sesenta y setenta porque era el líder de las FALN (Fuerzas Armadas de Liberación Nacional). Pero desde hacía diez años trabajaba aparentemente sin salirse ni un milímetro de los cauces legales, dedicando sus esfuerzos a organizar actividades político - culturales por medio de un grupo llamado Tercer Camino. A Douglas Bravo lo soltaron por falta de pruebas, pero la profunda desesperación de Carlos Andrés Rafael Caldera. Pérez quedó al descubierto gracias a este tipo de torpezas políticas.

En junio propuso además que AD y Copei presentaran una candidatura conjunta en las elecciones generales siguientes. Pocos días antes, renunciaban los dos ministros copeyanos incorporados al gabinete tras el susto que le metió el golpista Hugo Chávez en el cuerpo. Otro grupo de militares bolivarianos y nacionalistas volvió a intentar el 27 de noviembre el derrumbe del presidente por la vía del golpe de Estado, pero tampoco funcionó una operación que en esa ocasión pretendía además liberar a Chávez. Esa noche los hospitales recibieron oficialmente cincuenta cadáveres.


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Hubo algunas expresiones de apoyo a los golpistas en varias ciudades. Hasta esos momentos, los lazos orgánicos de los militares golpistas con los civiles resultaban relativamente escasos, aunque las simpatías populares hacia los uniformados rebeldes crecían a pasos agigantados. Como un aluvión incontrolable. El presidente anunció la implantación del estado de emergencia. Era el tercero de una legislatura breve. Bien entrado el año 1993, el Congreso destituyó al presidente Carlos Andrés Pérez, acusado, procesado y posteriormente condenado por corrupción. Reaccionó con extravíos seniles. Se comparó con Simón Bolívar, juró sobre su honestidad personal, imploró que le permitieran pasar a la historia como padre legítimo de la democracia y señaló a sus adversarios como malévolos destructores de las instituciones. Faltaba por caer el mito sobre la vigencia intocable de las libertades democráticas. Amnistía Internacional asumió semejante tarea desmitificadora al titular el informe sobre el país correspondiente a 1993 de la manera siguiente: "Venezuela, eclipse de los derechos humanos".

El presidente del Congreso, Ramón J, Velázquez asumió provisionalmente la jefatura del Estado, sustituyendo a Carlos Andrés Pérez. El bipartidismo saltaba sin remedio por los aires. Adelantadas a diciembre de 1993 las elecciones generales, constituyeron el primer aviso contundente de los electores a los viejos partidos. Una advertencia cuya trascendencia nadie quiso valorar a pesar de la tozudez de los acontecimientos. Por primera vez desde 1958 los candidatos a la presidencia de AD y Copei fueron derrotados en las urnas. Rafael Caldera ganó la presidencia contra su ex partido Copei y contra Andrés Velázquez, su competidor más fuerte quien representaba a la formación izquierdista Causa R. A Caldera lo acompañaba "la Chiripera", una ensalada de siglas a las que unía la ilusión, otra vez, de recuperar el nacionalismo moderado de tiempos pasados con algunos componentes populistas. Hubo oportunismo político en ciertos apoyos. El MAS quiso participar con una cuota de poder, aspiración a la que debe haberse acomodado gustosamente


Uslar Pietri


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porque careció de aprensiones morales para apoyar a Caldera entonces y a Chávez cinco años después.

La perspectiva que tenía por delante un hombre ya anciano como Caldera pesaba mucho e incluía la caída de los precios del petróleo, un déficit fiscal de 4.000 millones de dólares para 1994, la amenaza después confirmada de que en 1996 la mitad de los venezolanos que trabajaban lo harían en la economía sumergida o informal, la inflación cerrada del año en un 43%, la devaluación de la moneda y la urgencia de una reforma tributaria, nunca abordada con energía porque la patronal había conseguido convertir en costumbre las exenciones fiscales. Por si fuera poco desafío, al ya anciano presidente le aguardaba la oposición cerrada de AD y Copei en el Congreso. De hecho, las elecciones municipales de diciembre de 1995 darían el triunfo a AD. El pueblo adeco del que tanto presumía el pediatra Jaime Lusinchi levantaba cabeza de alguna manera. Aguantaba el tipo.

Arturo Uslar Pietri realizó un balance de aquella legislatura. Aquí está: "Elegido en 1993, el hasta ahora presidente Rafael Caldera (fundador de Copei) intentó en una primera etapa, no sin valor, guardar distancias con la política neoliberal. Juró que no se pondría de rodillas ante el FMI y confió el Ministerio de Planificación Económica a Teodoro Petkoff, antiguo guerrillero de los sesenta y fundador del partido de extrema izquierda Movimiento Al Socialismo (MAS). Su política heterodoxa fue combatida por los organismos internacionales y por Washington. A partir de 1996, Caldera se vio obligado a ceder. Se comprometió en negociaciones con el FMI y aceptó un severo plan de ajuste estructural pilotado por Petkoff, reconvertido a la economía de mercado, lo que se tradujo en un alza brutal del precio de la gasolina, la liberación de los tipos de interés, una devaluación del bolívar, la moneda nacional, la privatización de numerosas empresas públicas y, decisión histórica, la negativa de permisos de búsqueda de hidrocarburos a compañías extranjeras".


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Algún gesto político regaló este presidente a los venezolanos con la esperanza de conservar su apoyo. El más significativo fue conceder la libertad al golpista Hugo Chávez y a sus compañeros. Y Chávez, que había amenazado con volver a la escena política para acabar con la corrupción, recuperó los contactos conspirativos, colocándose al frente de su movimiento bolivariano y reinició acercamientos a los partidos de izquierda como el MAS y alguna escisión de Causa R, que le fueron muy útiles a la hora de organizar la posterior campaña electoral. El Gobierno realizó otro intento por recuperar el prestigio de las instituciones: la condena de Carlos Andrés Pérez a un par de años de prisión constituyó un esfuerzo baldío si con ello trataba de recuperar la credibilidad de los tribunales de justicia o del poder judicial en general.

Es cierto que la gestión de Rafael Caldera recorrió dos fases bien distintas, una durante la que trató de resistirse a la presión neoliberal procedente de Estados Unidos, que apenas aguantó un año, y la siguiente que representó la enésima capitulación nacional ante el imperialismo.

Secundario el debate infecundo sobre si no quiso o si no pudo. ¿Iba a superar la crisis simplemente subvencionando los alimentos más consumidos por los trabajadores? Ni eso duró demasiado. Ya en febrero de 1995 autorizaba el aumento de los precios del arroz, las caraotas (frijoles negros) y la leche, mientras la decretada congelación de salarios preparaba expresiones explosivas de desesperación popular. En octubre, miles de estudiantes de la Universidad Central de Venezuela (UCV) exigían que se aprobara, bueno

o malo, algún presupuesto para la Universidad. Durante diciembre, otro paso atrás. El gobierno aseguraba hasta entonces la contención de los precios en veintiocho productos de la cesta de


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la compra. Desde el día veintisiete de ese mes, aquel control quedó reducido a once artículos.

El presidente cumplió 80 años de edad en enero de 1996 y se confirmaba la subida del precio del transporte público de veinte a setenta bolívares. La emergencia económica consistió en nuevas privatizaciones. Más austeridad. Nada más. Fue un año de protestas muy politizadas, directas y masivas contra el Banco Mundial, el FMI y Caldera. Los encuestadores de costumbre afirmaban que apenas el 10% de la población expresaba alguna confianza en los partidos políticos tradicionales. El plan de ajuste y estabilización envió la popularidad del presidente al abismo de un 16% de apoyo. Caldera sucumbió ante el déficit público. Ya cerca del fin de su mandato se fue al diablo el precio del petróleo, perdiendo el país unos 5.000 millones de dólares entre enero y julio de 1998, forzando ajuste tras ajuste presupuestario. Algunos sectores productivos anunciaron síntomas de recesión. La inflación alcanzó el 40%, la más alta de América Latina en aquel año terrible.

Si durante la legislatura el deterioro del país continuaba sin que el último proyecto de salvar el prestigio de las instituciones democráticas pudiera prosperar, solamente un golpe militar hubiera frenado el empuje del ex golpista aupado por millones de personas dispuestas a defender su opción definida, en primer lugar, como el azote de los corruptos. Porque Chávez no perdía el tiempo, dispuesto como estaba a enterrar el cadáver adeco - copeyano. Cierto que su llamamiento a la abstención y a convocar una Asamblea Constituyente fracasó en la elecciones de 1993, pero su capacidad de organización y la adhesión creciente que las encuestas vaticinaban le colocaron como claro favorito para alzarse con la presidencia de Venezuela en las elecciones de 1998. Todas las operaciones por impedirlo fracasaron, hasta la desesperada de copeyanos y adecos de última hora, que renunciaron a sus propios candidatos para entregar los votos a Henrique Salas Römer, un neoliberal, oficialmente sin partido corrupto que le rechistara y gobernador de Carabobo.


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Los partidos AD y Copei montaron un improvisado Polo Democrático que oponer al Polo Patriótico de Chávez, otra coalición de fuerzas que giraba en tomo al Movimiento Bolivariano Revolucionario (MBR) del mismo Chávez.

Ante el asombro de los políticos tradicionales, el repudiado ex golpista sacó nada menos que 17 puntos de ventaja a su adversario. En ese momento desaparecieron los rumores que apuntaban a un golpe de Estado si Chávez triunfaba por un breve margen. El presidente electo mismo impartió tranquilidad desde el principio: "Mi primer mensaje a los inversionistas es el de la confianza. Vamos a impulsar la economía venezolana. Ustedes están hablando con gente muy seria. Restableceremos los equilibrios económicos, sociales, políticos y jurídicos". Para evitar cualquier desasosiego de la patronal, Chávez conservó inicialmente en la cartera de Hacienda a la misma señora que ejerció con Rafael Caldera, Maritza Izaguirre, por sus relaciones con el Banco Mundial y el FMI. ¿No había proclamado durante años este militar de 44 años de edad y estirpe humilde que impondría una moratoria a la deuda externa así como la revisión de los contratos entreguistas con las empresas petroleras? ¿No desautorizaba una y otra vez al FMI?

¿Aplazaba las medidas anunciadas, las congelaba por razones tácticas o simplemente renunciaba a ellas?

Chávez pretendía armar otra Constitución, y esta iniciativa, que algunos autores valoraron como una verdadera revolución política, sí que la cumplió el mandatario por medio de la convocatoria a una Asamblea Constituyente que la redactara, pasarla por el juicio de un referéndum y finalmente recomponer las instituciones representativas de Venezuela por medio de nuevas elecciones a todos los cargos públicos, incluida la presidencia de la


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República o la V República que ya se denomina bolivariana. Pero lo primero era convocar el plebiscito que permitiera realizar las elecciones a la Asamblea Constituyente, como paso previo al logro de "un ordenamiento jurídico que asegure el funcionamiento de una democracia social y participativa", según rezaba el texto de la pregunta que se presentaba a los venezolanos.

En abril de 1999 la mayoría dio paso con su voto a la convocatoria de la Constituyente, lo que significaría el fin del Congreso bicameral elegido apenas el año anterior y en el que la coalición chavista no gozaba de mayoría. En agosto los venezolanos votaron la composición de la Constituyente, representando aquel acontecimiento una catástrofe para la oposición, ya que los partidarios de Chávez obtuvieron 120 de los 131 escaños en disputa. AD y Copei lanzaron inmediatamente una campaña, señalando que el presidente pretendía implantar una dictadura, acabando con todos los poderes democráticos que no le fueran incondicionales. James Foley, portavoz del Departamento de Estado, expresó su "profunda preocupación" por el futuro Congreso que agonizaba. A las acusaciones sobre su supuesta tentación totalitaria, Chávez respondió a un periodista que "yo en eso del poder soy un poco gramsciano (por el filósofo marxista italiano Antonio Gramsci), partidario de un poder que se difumina. No tengo el poder absoluto ni quiero tenerlo".

En diciembre de 1999 y con la oposición activa de Fedecámaras, los venezolanos votaron a favor de la nueva Carta Magna. Quizás la patronal protestaba, contra su costumbre de meterse en política directamente, porque la Constitución limitaba los negocios privados en un futuro previsible, además de incorporar el conjunto de los derechos humanos al texto fundamental y no sólo los políticos. La posibilidad de controles a la actividad bancaria asustó más a Fedecámaras que el reconocimiento de los derechos de los indígenas. La nueva constitución declara los yacimientos minerales y petrolíferos del


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país "bienes inalienables de la República" y rechaza concesiones ilimitadas para las multinacionales en este tema. El Estado garantizará a los ancianos una pensión "no inferior al salario mínimo", obliga a la construcción de un sistema sanitario "que no podrá ser privatizado", declara la educación "democrática, gratuita y obligatoria", aunque también admite la educación privada, eso sí, "bajo la vigilancia del Estado".

Estas y otras disposiciones, obstaculizaban levemente la tasa de ganancias de la patronal en algunos aspectos que el neoliberalismo considera como negocios sagrados y otros valoran como derechos inalienables ni siquiera por el juego infernal de la oferta y la demanda. Los posibles inversores extranjeros, mal acostumbrados en estos tiempos, se preocuparon especialmente por dos artículos de la Constitución. El 151 prohíbe apelar al arbitraje internacional. En caso de controversia están obligados a solucionarla ante "los tribunales competentes de la República". El 301, por su parte, reza que "la inversión extranjera está sujeta a las mismas condiciones que la inversión nacional", es decir que choca con un impedimento formal para la repatriación de dividendos y capital. El año terminó con una noticia buena y una catástrofe que convocó la solidaridad internacional: el precio del petróleo pasó de 7 a 24 dólares el barril, pero al mismo tiempo lluvias torrenciales provocaron más de 25.000 muertos, 250.000 damnificados, la destrucción de infraestructuras valoradas en miles de millones de dólares. A principios de enero de 2000, unos 140.000 damnificados sobrevivían distribuidos en 326 refugios a la espera de reanudar una vida normal en algún rincón del país.

Tras las llamadas megaelecciones de julio de 2000, cuando se pusieron en juego la presidencia de la República, la Asamblea Nacional (el Congreso unicameral), las gobernaciones y bastantes alcaldías, Chávez y su equipo dominaron por mayoría todas estas instancias del poder político con el apoyo de MAS. Casi


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desapareció Copey y la Acción Democrática que un día encabezara Carlos Andrés Pérez quedó como segunda fuerza parlamentaria. A pesar de la mayoría de Chávez, asfixiante para sus adversarios, el pronóstico de la derecha sobre la vocación dictatorial del presidente seguía sin confirmarse. Que los viejos dueños políticos del país carecían de recambio para enfrentarse al ex militar golpista lo demuestra que tuvieron que recurrir a Francisco Arias Cárdenas, un antiguo compañero de aventuras golpistas de Chávez, pero personalmente enfrentado con él por razones de protagonismo y desde luego predispuesto ideológicamente al neoliberalismo. Ni con este truco lo consiguieron. Chávez ganó por 21 puntos 37 de diferencia a Arias, cuatro más de los que le permitieron derrotar a Salas Römer año y medio antes. El proyecto de Chávez hizo pie, amarrando la confianza política de la mayoría a pesar de manifestarse pacato en materia económica. Claro que él lo negó, lo de pacato, y puso como ejemplo de lo contrario el decreto de 1999, que la patronal intentó eludir, para asegurar un aumento de salarios que compensara la inflación, las medidas de emergencia en materia de empleo y algunas otras. Y que las bases económicas del futuro, añadió Chávez, ya están contempladas en el texto constitucional de forma cristalina.

La contundente victoria de Chávez no ocultaba, de cara al futuro, la imponente crisis interna de su propio movimiento, expresada por el abandono de grupos y líderes de derechas e izquierdas. Francisco Arias Cárdenas trabajó a su lado durante años como segundo de a bordo, golpe de Estado de 1992 incluido, y decidió romper con su antiguo jefe hasta el extremo de presentar su propia candidatura presidencial. Por la izquierda, valga como ejemplo que el legendario ex guerrillero Douglas Bravo denunciara a Chávez por volverle la espalda a la revolución prometida después de apoyar durante meses aquel proceso que consideraba constituyente y revolucionario. De cara al exterior, Washington estimaba que el gobierno de Chávez resultaba un obstáculo para sus planes en América Latina. Unos proyectos que poseían y poseen dos aspectos complementarios, el económico y el militar. En cuanto al político, a


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Estados Unidos le basta con mantener las apariencias de instituciones democráticas, aunque vaciadas de contenido. En relación al económico, apostaban fuertemente por la puesta en funcionamiento del ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas), la formación de un mercado sin fronteras para los Estados Unidos y sus multinacionales, una forma de proteger los negocios de hoy y del futuro porque el deterioro económico, social y político de América Latina podía estallar por algunas de sus débiles costuras como posteriormente ocurrió en Bolivia, Ecuador, Nicaragua, El Salvador y otros países de la región. Un proyecto al que Chávez se oponía, prefiriendo otro tipo de integración latinoamericana.

2. De la victoria de Chávez al golpe de Estado del 11 al 13 de Abril de 2002

Pedro Carmona Estanga, presidente de Fedecámaras (patronal venezolana) y dueño en aquél momento de la petroquímica Venoco, había declarado que no pretendía "derrocar a Chávez", pero aceptó sin pestañear la Presidencia de Venezuela en cuanto recibió la oferta de la junta militar que intentó tumbar al gobierno. Todo un salvador de la patria este empresario. El discurso de Carmona prometía "restablecer la democracia", aunque Hugo Chávez llegara al poder porque ganó las elecciones en

1998. Los conspiradores no pudieron esperar siquiera a que Chávez terminara su gestión para oponerle otro adversario ante las urnas. Los militares cortaron por lo sano, asestándole un golpe terrible a la credibilidad de la democracia.


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Los golpistas y sus aliados, que controlaban y siguen controlando los medios de comunicación dentro y fuera de Venezuela, multiplicaron por cien la campaña mediática contra Chávez después de derrocarlo. Tenían que ocultar los verdaderos motivos del golpe de Estado anunciado desde hacía meses. Se escribieron múltiples cuentos, desde las descalificaciones personales hasta supuestas maniobras para acabar con la democracia por medio de una alianza entre Fidel Castro, Gadafi y Chávez; planes conjuntos con la guerrilla colombiana; o que las últimas movilizaciones y los muertos que las acompañaban exigían medidas de emergencia; o que el gobierno preparaba la militarización de la industria petrolera. Para confundir mejor culminaron sus vanas disculpas con la promesa de un futuro mejor y, faltaría más "verdaderamente" democrático. Amplios sectores de las clases medias parecían muy sensibles a este discurso.

Este golpe de Estado venía preparándose desde hacía tiempo. Prácticamente desde las elecciones de 1998, cuando los viejos partidos AD y Copei que gobernaron durante 40 años fueron derrotados en nombre de la lucha contra la corrupción, la bandera que más votos le dio a Chávez. A falta de representación democrática en los organismos adecuados, la oposición se atrincheró en los medios de comunicación que controlaban desde hacía años, en las organizaciones empresariales, en las cúpulas burocráticas de la CTV (Central de Trabajadores de Venezuela), en la iglesia católica... y en los Estados Unidos, preocupados por la política exterior de Chávez, que cuestionaba la campaña militar norteamericana contra Afganistán en nombre de la lucha contra el terrorismo, el rechazo al Plan Colombia y la oposición al ALCA.

Se trataba de realizar campañas que fueran quitándole sostén político popular al presidente y preparar mientras tanto algún recambio político (civil o militar) para cuando surgiera la oportunidad. Había que esperar labrando el desgaste. Chávez también fue perdiendo apoyos en la medida que las promesas de mejoras económicas tardaban en concretarse. Aunque el


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presidente perdía partidarios, los viejos partidos venezolanos desplazados no encontraban con quien sustituirlo por la vía democrática. Así que optaron, ante la mirada complaciente de Washington, por la vía golpista, especialmente a partir de la aprobación de 49 nuevas leyes, consideradas por Pedro Carmona y Fedecámaras como "contrarias a la propiedad privada", otro cuento formidable. A partir de entonces, Chávez estaba sentenciado.

¿En qué consistió realmente la "restitución de la democracia" en peligro, según las decisiones gubernamentales concretas durante la breve gestión de Carmona? Junto a la caída de Chávez, decretaron la disolución del Gobierno, de la Asamblea Nacional (el Congreso) elegida democráticamente hacía unos cuantos meses, la destitución de los representantes de los organismos salidos de la Constitución: el Defensor del Pueblo, el Fiscal General, los Gobernadores de las regiones y municipios venezolanos; pero lo más grave consistió, seguramente, en decidir también la muerte de la Constitución misma que fue aprobada en referéndum por la inmensa mayoría de los venezolanos. Sería muy difícil encontrar un exabrupto político parecido en la historia más reciente de América Latina realizado en el nombre de la democracia. Cargarse una Carta Magna democrática para salvar la democracia.

La incertidumbre se instaló tras el fallido golpe de Estado de la extrema derecha, cuyas cabezas más visibles fueron el líder de la patronal (Pedro Carmona, el tercer hombre más rico del país) junto a jefes del ejército, de la iglesia católica, algún burócrata sindical, la cúpula gerencial de la industria petrolera, propietarios de poderosos medios de comunicación como Gustavo Cisneros (amigo financiero del desaparecido Polanco), el embajador gringo dotado de antecedentes golpistas en Chile y Centroamérica, Charles Shapiro, sectores acongojados de las clases medias, y de


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España, uno de los escasos países que se precipitaron en reconocer a los golpistas.

En todo caso, parece saludable señalar los intereses hispanos por aquellos lares, que por allí aterrizaron esperando pagar cero impuestos, al estilo de los propietarios criollos y gringos del lugar, y ganar lo posible en plan capital golondrina pues para eso se instalaron allí. Larga lista. Además de las incursiones financieras como las del BBVA y el Santander Central Hispano, España ha invertido en otros sectores como seguros, telecomunicaciones, petróleo, hoteles, industrias. Unas 80 empresas españolas tienen presencia en Venezuela.

Desde las cloacas de la conspiración fueron saliendo a la superficie de la opinión pública las claves de aquel intento antidemocrático en nombre de la democracia, sus protagonistas, sus intereses, sus aliados internacionales y su siniestro proyecto. Porque, se diga lo que se quiera decir, el objetivo principal de los golpistas consistía en privatizar la industria petrolera, el "lomito" de la economía venezolana, en beneficio exclusivo de los Estados Unidos de América.

Este plan disponía de tres etapas. Primera, sacar a Venezuela de la OPEP; segunda, aumentar la producción para bajarle los precios a los norteamericanos; tercera, privatizar la industria petrolera nacional. Además, Venezuela se alinearía incondicionalmente con la política exterior norteamericana en relación a Cuba, el Plan Colombia y el ALCA.

La intentona reaccionaria fue de manual, superficial como las fórmulas técnicas de Curzio Malaparte y profundo como los análisis de clase de Carlos Marx. Quedó demostrado que el


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presidente Hugo Chávez no era un aliado incondicional del imperialismo. Que es un nacionalista ilusionado en transformar a Venezuela en un país productivo, apoyándose en los enormes recursos del país, y en la voluntad de las mayorías empobrecidas por 40 años de corrupción, y en contra de una burguesía rentista, corrupta hasta los tuétanos. Con ideales de unidad latinoamericana en los viejos términos de la revolución francesa pero en tiempos de peligroso triunfo y decadencia neoliberal, exigiéndole a los gringos que le concedieran la gracia de repetir en Caracas la gesta de los héroes de la independencia norteamericana. Bolivariano en otras palabras.

Parecía claro, desde el comienzo de su gestión, que si la coyuntura internacional dominada por los Estados Unidos no era favorable al nacionalismo latinoamericano que trataba de encamar Chávez, todavía era menos probable que los sectores más privilegiados de la burguesía venezolana estuvieran dispuestos a jugar a cambios moderados que los trabajadores en general y el pobrerío en particular pudieran interpretar mal. Algo así como que por fin su hora había llegado.

Al presidente Hugo Chávez le permitirían emprender las reformas políticas audaces en la nueva Constitución (el bipartidismo AD/Copei estaba más que agotado como fórmula política de control social), ejercer de bonapartista criollo "sui generis", como árbitro entre las clases sociales venezolanas, y entre ellas y los norteamericanos. También podía soportarse que el presidente Chávez doblara el presupuesto en educación y salud, que Caracas ignorara al Fondo Monetario Internacional (FMI) e impulsara la OPEP.

El suministrador venezolano de petróleo cumplía además con las cuotas asignadas a Estados Unidos y pagaba puntualmente los intereses de una deuda externa espuria.


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A partir de ahí, su proyecto nacionalista estaba sometido a una triple presión: la de quienes exigían el cumplimiento de las reformas prometidas en los terrenos económico y social, es decir la mayoría que votó por el proyecto bolivariano en varias ocasiones; la de los gringos, que rechazaban su pretensión de salirse de la foto neoliberal en lo nacional e internacional y nunca perdieron de vista la posibilidad de privatizar completamente la industria petrolera; y la correspondiente a la propia burguesía parasitaria que desde siempre no tolera cambio alguno.

Este juego de presiones llegó a su punto culminante con las 49 leyes aprobadas en Diciembre de 2001 que imponían normas leves al capital extranjero, planteaban cierta reforma agraria y protegía la industria petrolera nacional del acoso de los buitres. En este momento reapareció el fantasma de Federico Engels, avisando a quien quisiera escuchar que, al fin y al cabo, "la política no es más que la economía concentrada".

Los mecanismos del golpe de Estado empezaron a funcionar descaradamente, a la vista de todos. Fedecámaras levantó la bandera de la defensa de la supuestamente acosada propiedad privada, mientras Carlos Andrés Pérez y un grupito de generales lanzaron la ofensiva mediática en el extranjero bajo la mirada comprensiva del tío Sam. Charles Shapiro viajó hasta Caracas en otra de sus misiones desestabilizadoras. La derrotada oposición de AD, Copei y otros sumaron sus débiles apoyos al proyecto desde los medios de comunicación, puesto que los venezolanos los habían desplazado con su voto de las instituciones representativas. Sectores de la burocracia sindical quisieron apuntarse a caballo ganador.

En cuanto a las razones del fracaso del golpe, casi todas las interpretaciones contienen algún punto de verdad.


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La más socorrida señala que las medidas políticas y económicas de Carmona anunciadas en su toma de posesión del 12 de abril, incluida la disolución de la Asamblea Nacional y la destitución de los jueces del Tribunal Supremo y otros organismos clave de gobierno, no respetaban lo que habían acordado entre los grupos políticos, civiles y militares que formaban la coalición de centro derecha que respaldó a Carmona y que pretendía tender la mano al centro izquierda moderado. Una de las decisiones más torpes fue la disolución de la Asamblea Nacional, en la que los chavistas ya sólo conservaban una mayoría de cinco diputados.

Hubo aparentemente -así queda expresado en el contenido del primer y único decreto de Carmona- un golpe de derechas dentro del mismo golpe, dirigido por el general retirado Rubén Rojas, asociado con empresarios ultra conservadores y políticos, algunos de ellos del Opus Dei. El ministro breve de Defensa de Carmona, Héctor Ramírez Pérez, estaba apadrinado por Rojas, mientras que la elección de Carmona para ministro del Interior de José Rodríguez Iturbe, pertenecía al Opus De. La coalición golpista se rompió cuando anunciaron la disolución de la Asamblea Nacional, la gente salió a la calle en defensa de Chávez, el ejército dudó en acudir a la represión y él mismo se fracturó en tres sectores. La coalición se derrumbó como un castillo de naipes.

Hilando aún más fino, algunos analistas establecen cuáles son esos tres sectores de la FAN (Fuerzas Armadas Nacionales). Un grupo estría dirigido por el general Efraín Vásquez Velasco, de centro derecha, opuesto a los intentos de Chávez de politizar el ejército. Otro estaría formado por oficiales ultra conservadores, que son precisamente los que se precipitaron con las medidas iniciales ultra reaccionarias, rompiendo así la coalición. El tercer grupo consistiría en oficiales pro bolivarianos, incluido el muy importante general Raúl Baudel, que dirigía la famosa Brigada 42 de paracaidistas con base en Maracay. De todas las "anécdotas" sobre lo sucedido durante aquellas terribles horas golpistas hay alguna de más significación política, seguramente, que las supuestas divisiones del ejército. Cuentan


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que las guarniciones que asumieron la defensa del presidente Chávez estuvieron dispuestas a entregar armas al pueblo para defender la "revolución bolivariana". Sólo en Maracay seis mil ciudadanos que supieran manejar armas fueron censados para recibir armas y pertrechos.

¿Qué frustró este primer empeño antidemocrático?

Seguramente la conjunción de dos factores principales. El principal y decisivo, la movilización masiva de los barrios de trabajadores y pobres de Caracas que se dirigieron hacia el Palacio de Miraflores para sacar de allí a los golpistas.

Fue una movilización relativamente espontánea, puesto que los Círculos Bolivarianos se habían organizado de alguna manera ante la eventualidad de una aventura militar de la extrema derecha como la que ocurrió. El segundo, fue la división del ejército. Uno de sus sectores, al parecer no chavistas pero si "constitucionalista", quería entregar el poder a la Asamblea Nacional pero ese organismo había sido disuelto por Carmona. ¿A quién pasarle las riendas?

Aceptar a Carmona significaba asumir y ejecutar los planes asesinos de un dictador impuesto por las armas y contra la voluntad popular. Además, los militares también debían adjudicarse en lo inmediato la represión contra las oleadas de ciudadanos que se dirigían al rescate de Chávez, bueno o malo, pero el que ellos habían elegido. Hay quienes especulan con que el ejército venezolano tendría caracte- rísticas peculiares que lo harían democrático y popular. No creo que el ejército venezolano posea una naturaleza distinta a otros, pero lo que sí puede afirmarse es que el 11 de abril optó mayoritariamente por tragarse


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el nacionalismo bolivariano, mientras los sectores golpistas dieron un paso atrás a la espera de circunstancias más favorables.

La revista brasileña "Estrategia Internacional" señala quien tumbó realmente a Carmona. "El viernes 12, ante el golpe y apresamiento de Chávez, las barriadas populares de Caracas y en todo el país entraron en ebullición. En cuestión de horas se ponía en marcha una inmensa rebelión popular que sería el factor decisivo en la derrota de la asonada”. A pesar de la desinformación de los medios, de la represión brutal ejercida por la policía y las tropas sublevadas (que se cobró decenas de muertos) y del desconcierto de la alta dirección chavista, cientos de miles se volcaron a las calles de todo el país, espontáneamente o bajo el impulso de militantes chavistas y de autoridades locales leales al presidente. En Caracas "los cerros bajaron", llenando las calles y autopistas, levantando barricadas, descargando la ira popular en "saqueos" contra empresas y comercios adheridos al "paro cívico" golpista. Salieron a relucir elementos de armamento popular, demostrando la voluntad de enfrentar a cualquier precio a los golpistas. Las barriadas populares de la capital, como Guarenas y Guatire y otras quedaron en manos de la población movilizada. La importante guarnición de Fuerte Tiuna fue sitiada por una vasta multitud que exigía la libertad de Chávez. Este escenario se repetía en las principales ciudades a lo largo y ancho del país. Entre tanto, el ala chavista de la oficialidad comenzaba a reaccionar. Guarniciones de mucho peso, como la Brigada 42 de Paracaidistas de Maracay se rebelaron contra el Alto Mando y se fueron sumando al contragolpe militar" El presidente Hugo Chávez, en un encuentro con periodistas en Caracas celebrado un mes después de la asonada, respondió así a la pregunta del italiano Mauricio Matteuzzi sobre si esperaba otro golpe de Estado: "Sí, es posible, pero esta vez tratarán de matarme para no repetir el error del 11 de abril".


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Tras su regreso al cargo, Chávez apeló a la constitución bolivariana como marco para la resolución de las disputas y se mostró conciliador, aunque también añadió que las reformas económicas se llevarían adelante. En la calle, la lucha de clases asumía su propio lenguaje. El 11 de abril no pasó en vano. Los Círculos Bolivarianos se extendieron por todo el país. Los medios de comunicación privados lanzaron con más fuerza aún una campaña mediática basada en una conspiración a la luz del día, por medio de una campaña de mentiras y tergiversaciones de tales dimensiones que en cualquier otro país los responsables habrían sido presos y procesados. La campaña periodística antichavista, con la complicidad de los medios extranjeros (incluido el diario español El País, El Mundo y otros) caló en sectores de las clases medias. Sus movilizaciones dirigidas por los medios y el dúo Carmona/Femández (Fedecámaras/CTV) crecieron. La impunidad también les proporcionó alas, especialmente a partir de que el Tribunal Superior de Justicia (TSJ) sentenció que lo del 11 de abril no había sido un golpe de Estado sino un "vacío de poder". Y si no hubo golpe tampoco podía procesarse a inexistentes golpistas, quienes, por su parte, siguieron conspirando a la vista de todos.

La asonada de Carmona y sus gorilas saltó sólo cuando sectores de la burguesía local y sus amigos del extranjero pensaron que las medidas económicas del gobierno afectaban seria y negativamente sus egoístas intereses. Y, además, cuando imaginaron que el momento político parecía oportuno para el éxito de la aventura reaccionaria. Repetirán esa o cualquier otro tipo de iniciativa siempre que vean afectados tales intereses. Hay que ser absolutamente conscientes de que ninguna persuasión personal del presidente Chávez modificará este hecho recurrente al menos desde Espartaco hasta nuestros días. Ganar tiempo está bien siempre que conduzca a la aplicación del programa económico prometido, no para que lo ganen los golpistas o cualquiera de sus variantes menos violentas. De no capitular en las medidas económicas (en caso contrario desaparecerán los peligros involucionistas porque tal involución no será necesaria), Caracas


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debe suponer que tendrá que recurrir a la movilización de la sociedad para imponerle el proyecto a quienes se oponen a él sin escrúpulos, por todas las vías legales e ilegales a su alcance. Fue la movilización popular lo que detuvo el golpe y lo que puede conducir a la victoria.


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CAPÍTULO II

Conspirando contra Venezuela

El paro cívico nacional y el sabotaje petrolero de 2002

La decisión de declarar una especie de paro patronal indefinido durante el mes de diciembre de 2002 ya no ocultaba que su único objetivo era el de tumbar a Chávez por medios ilegales. Este llamamiento a la rebelión provocó nuevos enfrentamientos en las calles.

El paro de PDVSA (Petróleos de Venezuela S.A.) impulsado por los gerentes multimillonarios que pretendían su privatización consiguió distorsionar el funcionamiento de la industria petrolera, con la ayuda de la Shell, la Exxon y otras compañías gringas. Los daños en términos económicos son difíciles de evaluar, pero hubo momentos en los que la producción bajó a 200.000 barriles diarios, de los 2.700.00 habituales.

Luis Curiel, quien participó en el golpe del 11 de abril y ejercía como jefe de la Comisión Proyecto País de la Coordinadora Democrática, explicó que PDVSA y la industria eléctricaserían


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privatizadas en beneficio, entre otros, de Estados Unidos y España (¿Repsol?) En cuanto Venezuela entrara en la era "postchavista". Fueron a por todas, incluso a costa de conducir al país a la ruina económica por medio del sabotaje encabezado por la élite petrolera, el desabastecimiento y las campañas de terror encabezadas por los medios de comunicación. "Navidades sin Chávez" fue la consigna que convenció a sectores de la patronal y de las clases medias de que el cambio era cosa de días o semanas. Sólo había que aguantar un poco. El ejército tendría que reaccionar en cuanto llegara a la conclusión de que sólo la caída de Chávez sacaría a Venezuela del caos que ellos provocaban.

El llamamiento al "paro cívico" realizado por Carlos Ortega (CTV) y Carlos Fernández (Fedecámaras), con el apoyo de los partidos políticos desplazados por la urnas del poder, carecían de otra reivindicación que no fuera el derrocamiento del gobierno, la renuncia del presidente Hugo Chávez. Ellos mismos lo dijeron. De hecho, una huelga general indefinida de este tipo hasta lograr su objetivo es un llamamiento sin equívocos a la insurrección o al golpe de Estado.

Las cifras sobre el seguimiento del paro constituyó el eje de la guerra mediática. Como de costumbre. Ortega aseguró que el 80% del país siguió, obediente, sus instrucciones, mientras las autoridades de Caracas insistieron en que quienes aportan el 81% de la actividad productiva cumplieron con sus jomadas habituales de trabajo. El dirigente de la CTV, aparentemente eufórico por los resultados del primer día, dijo que "el pueblo, en ejercicio soberano, continúa el paro nacional". Como si a él lo hubiera elegido el pueblo para la jefatura de Estado y pudiera hablar en nombre de alguien que no sea la corrupta burocracia sindical venezolana. Pero el segundo día de huelga registró una incidencia


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menor que el lunes, así que ambas organizaciones iniciaron acciones de intimidación de la gente que rechazaba las instrucciones de Ortega y sus amigos. Una provocación detrás de otra, quizás buscando un drama que justificara la intervención de algún sector del ejército, siguiendo el formato subversivo del 11 de abril.

Terminó sucediendo lo que más temían los venezolanos. Hubo muertos en la Plaza donde ejercían como símbolo rebelde un grupo de militares disidentes. Ellos aprovecharon la ocasión para reiterar su llamamiento a la reacción del ejército. Al menos tres personas perdieron la vida y 29 resultaron heridas por los disparos de unos desconocidos en la Plaza Altamira. Apenas había comenzado la investigación oficial encaminada a descubrir a los pistoleros, cuando el diario El Mundo, titulaba a toda pastilla de la siguiente manera: "Partidarios de Chávez matan a tres personas que se manifestaban contra el presidente". Además de periodistas, adivinos. ¿Y si resultaba que los autores de los disparos fueron unos provocadores golpistas para radicalizar el enfrentamiento con derramamiento de sangre?

Al día siguiente, casi dos millones de personas respondieron a la convocatoria de Hugo Chávez, manifestando en Caracas su defensa de la democracia al tiempo que la oposición, también en la calle pedía responsabilidades al presidente por los muertos de Altamira.

El ex presidente adeco Carlos Andrés Pérez, apartado de la presidencia del país en su día por corrupción, declaraba desde Nueva York al diario madrileño ABC que Venezuela "no tiene salida democrática porque Chávez ha cerrado todas las salidas". Añadiendo que "por desgracia habrá una salida militar, que no es la deseada pero es la única posible" ¿Diálogo? ¿Negociaciones? Un amigo de Pérez, el doctor Ramón Escobar


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Salom, insistía en la misma idea ante la cadena venezolana Venevisión: "Primero hay que salir de Chávez y luego se hace un referéndum para consultar al electorado si está de acuerdo con lo que se hizo".

La convocatoria del "paro cívico nacional" llevaba una semana de duración, desinflándose cada día que pasaba.

De ahí que la CTV, Fedecámaras y los demás conspiradores regaran el país de acciones de protestas y de atentados.

Había que mantener la tensión y elevarla si fuera posible con iniciativas minoritarias pero del mayor impacto mediático. Aún así, el paro en declive carecía de sentido alguno si no fuera porque entró en escena el sabotaje de la industria petrolera nacional, causando pérdidas económicas, desestabilizando y provocando angustia a lo largo y ancho del país. Con ello mantenían en alto la bandera sobre la posibilidad del golpe de Estado. Los males no fueron mayores porque los trabajadores del sector se empeñaron en hacerlo funcionar contra viento, marea y maniobras de sus superiores.

El comentarista Heinz Dieterich se preguntaba las razones que podrían asistir a este grupo de la aristocracia petrolera para manifestar casi tanta prisa por tumbar a Chávez como a Carlos Andrés Pérez. Respondió que el motivo era tanto la Ley de Tierras como la de Hidrocarburos vigentes a partir de enero de 2003. Ellos pretendían abortar su aplicación por las buenas o por las otras. Muchos perdieron parte de sus ingresos perversos cuando el Estado decidió limpiar de corruptos la dirección de PDVSA.


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Al desconvocar el renqueante paro, Ortega y compañía aseguraron que mantendrían la trinchera de su movilización en la industria petrolera. En realidad solo pretendían presionar para que las autoridades readmitieran en sus cargos a los culpables del sabotaje petrolero, ya despedidos.

2. Los medios de comunicación Que los grandes medios de comunicación venezolanos están alineados con el proyecto de derrocar al presidente Hugo Chávez por la fuerza ha dejado de ser noticia. Ya es sólo un escándalo. Pero hay medios españoles que también juegan con aquella democracia latinoamericana, contribuyendo a la mala fama de un oficio, el periodístico, que un día gozó de la confianza ciudadana.

Vamos a ver varios ejemplos de tergiversación periodística aparecida en medios españoles durante la crisis provocada por el paro cívico.

Titular del periódico El Mundo: "Los bancos se suman a la huelga contra Chávez y provocan enormes colas en las sucursales". Primer párrafo, también llamado entradilla, de esta noticia: "La Federación de empleados de Banca de Venezuela (Fetrabanca) ha declarado un paro de 48 horas en el sector bancario en apoyo a la huelga general sostenida desde hace 38 días contra el Gobierno de Hugo Chávez". Debemos añadir otro dato aportado por el diario Clarín de Buenos Aires: "José Torres, líder de Fetrabanca, anunció que los 52.262 empleados paralizarán las actividades financieras para presionar al Gobierno de Chávez a convocar elecciones".

Algunos contenidos ofrecidos por esta información mosquean un poco. Por ejemplo, parece muy complicado que una


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verdadera huelga general perdure durante 38 días y que el Gobierno que sea sobrevive o que, para sobrevivir, el Gobierno que sea no declare el estado de excepción, liquide de un plumazo las libertades democráticas y envíe al ejército contra los huelguistas. Todo se explica mejor si uno piensa que Venezuela sufrió en realidad un paro patronal golpista, pero no es así como titula El Mundo. Otro detalle curioso es la perspicacia sublime del diario de Pedro Jota, quien por lo visto sabía que había "enormes colas en las sucursales bancarias" incluso antes del inicio de este paro. Pero lo que cualquier lector deduce de la lectura de esta noticia, con razón, es que los 52.262 trabajadores bancarios de Venezuela apoyaban de alguna manera las conspiraciones golpistas de Fedecámaras, la CTV, los norteamericanos, algunos españoles y otros. Impresiona mucho eso de que sea un sindicato el que llame a la lucha final.

¿Verdad o engaño? José Elias Torres y Fetrabanca, quienes convocaron estas jomadas representan al 1,7% de los bancarios. Lo que El Mundo oculta es que organizaciones sindicales que representan el 70% de los trabajadores del sector rechazaron el paro de 48 horas convocado por Torres. Otra información que ignoró El Mundo es que los gerentes, subgerentes y otros cargos de confianza de algunos bancos amenazaron con despedir a los trabajadores que no secundaran la movilización. Como diría un ilustre colega de aquel antiguo programa de televisión llamado Caiga Quien Caiga (CQC), el titular que recomendaríamos no sería el de "Los bancos se suman a la huelga contra Chávez...etc." Sino este otro: "Los sindicatos venezolanos rechazan el paro convocado por la patronal bancaria y sus agentes", independientemente del resultado de la convocatoria y de lo que cada cual opine sobre la gestión del actual presidente de Venezuela. Otra perla periodística de manipulación informativa fue un editorial de El País que señalaba que los Círculos Bolivarianos


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constituían "grupos paramilitares". Con mentiras de este tamaño, este periódico no podrá borrar las sospechas que lo colocan como parte de los golpistas que intentaron acabar con la Constitución democrática venezolana el 12 de abril de 2002. Más bien reafirma que estuvieron junto a los conspiradores de las embajadas española y norteamericana, con el Opus Dei, con Carlos Andrés Pérez y con aquellos sectores venezolanos que hundieron el país, repartiéndose privilegios durante 40 años.

Como paradigma sesudo de la libertad de expresión, los gestores de El País deberían cuidarse más si aspiran a conservar su prestigio. El presidente Hugo Chávez ha ganado ocho consultas electorales. Así lo decidieron los venezolanos libremente. Este bagaje merece un margen de respeto y tiempo para dejar que el proyecto "bolivariano" aplique sus reformas. Pero no lo dejan tranquilo. Washington ha decidido que no están los tiempos ni para los nacionalistas moderados. A un golpe de Estado fracasado le siguió otro, el "paro cívico nacional", y con la misma mecánica. Guerra de desgaste. Todo vale. Montar grandes manifestaciones con grupos descolgados del poder, apelar a sectores de la clase media enfurecida, amenazar con huelgas (pagándoles a los trabajadores para que se queden en casa) y preparar algunos asesinatos premeditados para forzar a algún sector del ejército a que tome el poder, naturalmente en el nombre de la democracia.


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CAPÍTULO III

El referéndum revocatorio de 2004

La Constitución venezolana es la única del mundo que contempla la posibilidad democrática de destituir a los cargos electos, a todos, a mitad de mandato. A este derecho le llaman "referéndum revocatorio". Colocar concretamente al presidente de la República ante un plebiscito sobre su continuidad requiere la voluntad explícita de 2,4 millones de personas.

En 2003, la oposición venezolana dijo que había presentado unas 3,4 millones de firmas ante el Consejo Nacional electoral (CNE) para la realización del referéndum. El "chavismo" solicitó a ese mismo CNE la anulación de 1,5 millones de aquellas rúbricas por considerarlas fraudulentas o inexistentes. El CNE juega el papel de árbitro y este organismo disponía a partir del día 5 de enero de 2004 de treinta días para verificar la validez de las firmas. Si el árbitro consideraba que el oficialismo tenía razón, la oposición tendría que esperar a las próximas elecciones generales para intentar desembarazarse de Chávez. En caso contrario, el CNE disponía desesenta y siete días para organizar el referéndum.


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Finalmente, la oposición venezolana consiguió la convocatoria del referéndum revocatorio con la intención, esta vez de nuevo, de destituir (revocar) al presidente Hugo Chávez.

Ante esta convocatoria Chávez apareció tranquilo y satisfecho por dos razones. Porque suponía que ya nadie le lanzaría la estúpida acusación de dictador y porque la oposición entraba por fin en el juego democrático establecido por la Constitución bolivariana. "...nos contenta mucho - dijo Chávez que se hayan olvidado, ojalá para siempre, de golpes de Estado, de sabotajes terroristas, de lanzar bombas a embajadas, de guarimbas, de secuestrar a venezolanas y venezolanos, de importar paramilitares. Ojalá que se olviden de eso para siempre y se vengan de verdad, con fe y optimismo, por el camino de esta nueva democracia. Pero no es muy bueno cantar victoria antes de tiempo, ¿saben?".

El presidente Chávez terminó el discurso con estas palabras: "esta batalla (el referéndum de agosto) va mucho más allá de Venezuela, pues la administración de Estados Unidos está detrás de estos dirigentes de oposición. El señor George Bush, sombrero negro, caballo negro y bandera negra, es el verdadero instigador, planificador e impulsor de todos estos movimientos que han arremetido contra nosotros. Pues les digo que yo acepto el reto, a nombre de la dignidad del pueblo venezolano".

Las semanas previas al referéndum revocatorio estuvieron marcadas en parte por cierta guerra de las empresas dedicadas a preguntarle a la gente por su intención de voto. Los medios de comunicación, mayoritariamente favorables a la


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oposición, dejaron de publicar repentinamente los resultados de las encuestas. Esta ocultación informativa tenía un motivo político evidente.

Ninguna de las últimas consultas preveía la derrota de Hugo Chávez. Así que, visto lo visto, el ex presidente Carlos Andrés Pérez inició una campaña destinada a promover otro golpe de Estado.

La empresa Datanálisis otorgaba a principios de junio la victoria a la oposición organizada en la Coordinadora Democrática por un margen estrecho. Pero este mismo organismo encargó después a la firma consultora Datos otra encuesta que decidieron no publicar tras una reunión entre los jefes de la Coordinadora y los grandes medios de comunicación. El trabajo reveló que Chávez ganaría por un 51% frente al 39%, una diferencia de 12 puntos, si el referéndum se realizaba en ese momento. Datos añadió que la tendencia crecería a favor de mantener en el cargo al actual presidente de la República con el paso de los días. Otra empresa llamada Greenberg, contratada por Radio Caracas Televisión (RCTV), también militante de la oposición, estableció que el mandatario venezolano cosecharía un 49% de votos a favor mientras un 44% se inclinaría por prescindir de él.

La compañía norteamericana Evans McDonough Company Inc y la venezolana Varianzas Opinión hicieron su trabajo entre los días 16 y 22 de julio. En principio el margen de error giraba en tomo al 2,2% para la empresa estadounidense con amplia trayectoria y prestigio en su propio país. Pues bien, contando a los indecisos (11%), Chávez ganaría por 49% a 41%. Excluyendo a quienes todavía no saben o no contestan, la oposición perdería por 55% a 45%, una diferencia de 10 puntos. La Evans McDonough pidió además a los 2.000 electores, entrevistados en sus hogares, que se pronunciaran sobre la gestión de Chávez. El


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17% dijo que la consideraba "regular", el 38% que "mala o muy mala" y el 45% que "buena o muy buena".

Todos conocemos el valor relativo de las encuestas. Cualquier acontecimiento de calado cuenta con capacidad para modificar a última hora la voluntad de unos cientos de miles de votos y el resultado final del escrutinio. ¿Preparaba la coordinadora alguna provocación espectacular? El socialdemócrata Carlos Andrés Pérez, ex presidente que vivía en otro país y fue condenado por corrupción, desconfiaba de ese milagro. Hizo cuentas y no le salía. Que la oposición acusara de fraude electoral a las autoridades tampoco serviría para gran cosa. Voto arriba o abajo, las previsiones cambiaban poco los resultados que el proyecto bolivariano de Chávez obtuvo en otras convocatorias electorales anteriores. Insuficiente para apartarlo de Miraflores y convocar elecciones adelantadas. Las cuentas de Carlos Andrés iban más lejos. Si Chávez perdía el referéndum y habían elecciones presidenciales, ¿qué candidato oponerle con alguna posibilidad de ganarle? Pero el viejo zorro CAP sabía algo más. Por ejemplo, que las esperanzas de los oprimidos tienen algo que ver con Chávez aunque en Venezuela no se haya producido una revolución social. Y que esa esperanza colectiva de los más pobres conecta con el conjunto latinoamericano porque cuestiona la estafa neoliberal no sólo sin romper el juego democrático sino desarrollándolo. Carlos Andrés Pérez lo tenía claro. Las ilusiones libertarias de Venezuela sólo cabe detenerlas si se les aplica no sólo la terapia de un golpe de Estado, sino además el establecimiento de una dictadura que dure dos o tres años, para "limpiar" el país, y regresar a aquella democracia perversa de Punto Fijo que Washington saludaría porque le permitiría la reconquista del petróleo venezolano y otras muchas cosas. Los venezolanos que "levantan el sol y acuestan el sol" con su trabajo todos los días, como diría Alí Primera, no se merecen esa perspectiva. América Latina tampoco.

Las encuestas sobre el referéndum sólo erraron en la magnitud de la victoria. No hubo 10 puntos de diferencia a favor de


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Hugo Chávez sino 17. La oposición ganó en 2 de los 22 Estados (regiones), Miranda y Táchira, por una diferencia de 0,28 y 1,44 puntos respectivamente. Tan importante como esta salida política airosa del proyecto bolivariano en la octava consulta democrática, tal y como constató el ex presidente Cárter, fue la movilización masiva con idénticos protagonistas. Ellos comprendieron la urgencia de acudir a votar masivamente e impedir otro cuestionamiento sobre la legitimidad democrática del que consideran "su" gobierno. La peculiar intervención, constante, democrática y directa de los trabajadores y los pobres en la resolución de sus propios asuntos constituye la principal característica que permite definir (con las cautelas debidas) como "revolucionario" al "proceso" histórico que transita Venezuela. Aunque evidentemente no pueda hablarse con propiedad de una revolución. En todo caso, este asunto de tanto calado descalifica las simplezas de muchos análisis, interesados o no, que casi reducen la crisis venezolana a las consecuencias que se derivan de las características políticas y personales del presidente Chávez.


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CAPÍTULO IV

El boicot a las elecciones legislativas de 2005

Para las elecciones legislativas de 2005 se escucharon y escribieron titulares que rezaban: "Chávez arrolla en unas elecciones con el 75% de abstención" (El País) o "Mínima participación en los comicios venezolanos tras el boicot de la oposición" (ABC). No mienten, pero ocultan la verdad. Éstos y casi todos los titulares de la prensa internacional pretendían hacemos creer, en un impresionante despliegue de pensamiento periodístico único, que dado el bajísimo índice de participación, la nueva Asamblea Nacional de Venezuela carecía de legitimidad democrática.

El mecanismo lógico parecía tan simple como contundente. Si la oposición predicó la abstención y sólo fue a votar el 25% de los venezolanos, el otro 75% corresponde al capital político de los adversarios de Chávez.

No lo dicen así, pero lo dejan caer. De donde se deduce que apenas el 25% de los ciudadanos sostiene el proyecto bolivariano. Si estas conclusiones gozaran de consistencia, habría


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que preguntar a sus razonadores por qué no cuestionaron la legitimidad de las elecciones municipales de agosto, cuando la abstención alcanzó al 69,18% de los electores, según recuerda El Periódico de Barcelona. O las regionales de octubre de 2004, con altos niveles de abstención. O los comicios para crear la Asamblea Constituyente de 1999, que contó apenas con un 39% de participación. Visto lo visto, la oposición venezolana podría haberse adjudicado el 5% de crecimiento de la abstención que va de las municipales a las de la Asamblea Nacional. Tal es su capital político real. Nada más. Los sectores desencantados con el chavismo no llegan todavía a votar por una oposición más que nunca escuálida.

Mire por donde, quizás el desencanto venga de la izquierda. Lo que se intentaba deslegitimar era a la Asamblea Nacional misma, como si estuviéramos ante los resultados de un plebiscito. Pero entonces habría que cuestionar toda institución o cargo en la historia reciente de Venezuela que no haya alcanzado el 25% de los votos. La lista sería interminable. En realidad, el boicot de la oposición tuvo lugar no sólo por las previsiones de las encuestas, otorgándole un porcentaje incapaz de impedir la mayoría absoluta del chavismo en la Asamblea Nacional. Hubo otro motivo recordado por el titular de Exteriores, Alí Rodríguez: "la oposición había visto reducir sus votos de cuatro millones en el referéndum revocatorio de agosto de 2004 a un millón en las municipales del pasado mes de octubre".

Estaban derrotados de antemano y no por fraude electoral precisamente, como también han comprobado los observadores internacionales. Quedarse voluntariamente fuera de la Asamblea Nacional resta juego democrático (la responsabilidad es de ellos), pero está muy lejos de quitarle legitimidad a la institución. Eso sí, obliga a la oposición a pensar en otras alternativas. ¿Por ejemplo? Tom Shanon, subsecretario de


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Estado estadounidense para el Hemisferio Occidental declaró que "el presidente (Chávez) está subvirtiendo las instituciones democráticas al utilizarlas para restringir los derechos de los que estén en desacuerdo con él. La democracia está en peligro". ¿Habrá quizá que salvarla con algún golpe de Estado? El norteamericano Steve Johnson, del Heritage Foundation de tendencia republicana, estimó antes de las elecciones que "participar sólo legitimaría el triunfo de Chávez. No hacerlo, al menos, generaría dudas sobre su victoria y provocaría el escrutinio internacional".

De este modo, la oposición venezolana decidió boicotear las elecciones a la asamblea Nacional. Respondían así una vez más a los deseos de Estados Unidos, a su campaña invariable por restar credibilidad democrática al proyecto del presidente Hugo Chávez con métodos antidemocráticos, similares a los manejados con el frustrado golpe de abril de 2002 y la posterior huelga petrolera que tanto daño hizo al país. Al mostrar su incapacidad para derrotar a Chávez en las urnas, recurren de nuevo a gestos extraparlamentarios.

El boicot podía venirle muy bien a Washington para alimentar su campaña permanente de propaganda contra la legitimidad del proyecto bolivariano en Venezuela, pero perjudicaba en principio a la oposición misma. Porque la aíslo completamente de la Asamblea Nacional. ¿Cómo hacer vida política de ahora en adelante sin representación en el poder legislativo? ¿Sólo a través de los incondicionales medios de comunicación? ¿Puede saberse a qué viene esta especie de suicidio político? ¿Por qué anunciaron algunos a última hora este boicot cuando habían presentado ya sus candidatos y anunciado su participación? La respuesta está en que la oposición disponía de unos cuantos puestos menos que los partidarios de Chávez en la Asamblea Nacional elegida en julio de 2000, pero las encuestas


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destacaron que para las elecciones legislativas de 2005, AD, Copei y los demás alcanzarían 30 de los 167 escaños en disputa. Dicho de otra manera, el MVR y los candidatos chavistas lograrían la mayoría absoluta establecida en 111 escaños, un amplio margen para dotar de peso político suficiente a las próximas leyes y reformas de fondo que debían aprobarse y aplicarse si se pretende hablar con rigor del "socialismo del siglo XXI" propuesto por Chávez en sus discursos. La oposición prefirió quedarse fuera de la Asamblea Nacional antes que hacer el ridículo político presentando sus candidatos. Y además porque estima que así profundizará la supuesta crisis venezolana o, al menos, dañará la imagen del oficialismo.

En esta nueva huida hacia adelante, sus esperanzas navegan sobre los hombros de una abstención alta. Escaso bagaje de cara al futuro, menor (al perder representación en una institución clave como la Asamblea Nacional) que el que tenía esta oposición antes de las elecciones en el terreno de las disputas democráticas. Pero volvieron a equivocarse si en lo que estaban pensando era en provocar otro golpe de Estado. Washington, que no quita ojo a lo que sucede en Caracas, estaban más preocupado aún por las elecciones bolivianas que dieron la victoria a Evo Morales, el líder del Movimiento Al Socialismo (MAS) y amigo declarado de… Hugo Chávez.


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CAPÍTULO V

Las elecciones presidenciales de 2006

Los venezolanos estaban convocados el 3 de Diciembre de 2006 para elegir al Jefe del Estado. En aquella ocasión la oposición presentaba a Manuel Rosales para enfrentar a Chávez.

La inmensa mayoría de las encuestas establecía una diferencia entre 20 y 30 puntos a favor del líder bolivariano. La empresa OPC: Chávez 61%, Rosales 24%; Datanálisis: Chávez 58%, Rosales 17%; Consultores XXL Chávez 55%, Rosales 28,4%; Hinterlaces: 47% Chávez, 30% Rosales. Ante este horizonte, Rosales enarboló la presunción de fraude, pero para ello convenía acortar previamente las distancias y encargó a una empresa norteamericana (con eficacia probada en países del Este europeo) su propio sondeo que diagnóstico un empate técnico. Con esta falacia, regada convenientemente a lo largo y ancho del país por El


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Nacional, El Universal, Globovisión y otros, fue creándose el caldo de cultivo para la desconfianza.

El cuento adquirió cierta credibilidad fuera de Venezuela, especialmente entre medios de comunicación interesados.

Rosales aportó su grano de arena personal. A unos días de las elecciones se negó a aceptar el veredicto de las urnas porque, insistió sin despeinarse, "no hay seguridad en la limpieza de las elecciones". Sus partidarios produjeron unas

40. 000 camisetas con la palabra "fraude" escrita, blanco sobre negro. Con el ambiente debidamente caldeado, el paso siguiente sería la propaganda el 3 de diciembre. Algunas cadenas de televisión proclamarían investigaciones a pie de urna que le concederían la victoria a Rosales, antes de que el Consejo Nacional Electoral ofreciera los primeros resultados. Cuando el CNE confirmara la victoria de Hugo Chávez, una parte de los electores ya preparados se movilizarían en las calles protestando por el fraude inexistente. Amparados por semejante cobertura entrarían a operar grupos organizados, armados y desarmados, para crear la sensación de que el país está inmerso en el caos. Medios de comunicación ampliarían esa impresión sin el menor escrúpulo.

Sin embargo, no hubo sorpresas. Aunque hasta última hora algunos diarios españoles informaron lo contrario, empeñados en reducir la diferencia de 20 puntos que las encuestas concedían de ventaja a Hugo Chávez respecto a Manuel Rosales. El Mundo habló de una distancia de 10 puntos, el ABC de 5 y El País de un margen estrecho.

Finalmente, Chávez superó a Rosales por más de 23 puntos, ante la decepción de Mario Vargas Llosa. Semejante


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desenlace disipó cualquier acusación de fraude, ahuyentando así los fantasmas del golpe de Estado promovido por los sectores más derechistas. El jefe de la oposición reconoció finalmente la derrota. Chávez superó el porcentaje de votos obtenidos en las últimas elecciones presidenciales. "Hoy le hemos dado una lección de dignidad al imperialismo norteamericano", dijo el mandatario.

Quien colocó el punto culminante de manipulación que tuvimos que soportar, fue el informativo nacional del mediodía de Antena 3 correspondiente al día 4 de diciembre.

El presentador tuvo la ocurrencia, en titulares, de comparar a Hugo Chávez con el general Augusto Pinochet porque los dos son "ex militares golpistas". Pero lo más divertido correspondió al desarrollo de la noticia. El presentador dijo que Hugo Chávez y sus ministros cantaban la Internacional desde el balcón de Miraflores ante miles de personas que celebraban la victoria, cuando en realidad entonaban los primeros compases del Gloria al Bravo Pueblo, himno nacional de Venezuela. Enhorabuena a nuestros aguerridos manipuladores por su falta de escrúpulos informativos y ausencia absoluta de respeto a los televidentes. Conocidos los resultados, Hugo Chávez proclamó su satisfacción por el triunfo electoral, agradeció el respaldo obtenido y anunció algunos de los próximos pasos que la revolución bolivariana (el socialismo del siglo XXI) emprendería, al tiempo que lanzó un llamamiento a Manuel Rosales: "Ojalá la oposición se olvide de atajos y emboscadas y se una al proceso de construcción de la nueva Venezuela". En otras palabras, hagan política democrática, cumplan con su papel y entierren los sueños golpistas. Desde el balcón de la Victoria Popular, en el Palacio de Miraflores, el presidente electo aseguró que la mayoría de los venezolanos no votó por él sino por el socialismo bolivariano, lo


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que se traduce en un país donde el sistema político, económico y social tenga como consigna la igualdad, la libertad y la justicia. "A mí me toca llevar el timón de la nave". "A partir de ahora desenvainaré dos espadas, contra la contrarrevolución burocrática y contra la corrupción", añadió. Lo segundo parece claro, pero lo primero merece explicaciones. Durante la campaña electoral anunció el desarrollo de los "consejos comunales" como mecanismos democráticos ("para acabar con la pobreza -declaró durante una entrevista para la CNN- hay que darle poder a los pobres"), así como reformas en la Constitución. También advirtió antes de las elecciones que el 47% del presupuesto nacional se dedicaría a desarrollar las "misiones" (educación, sanidad, infraestructuras...) y otras medidas sociales. La construcción de viviendas constituiría una de las prioridades del próximo período.

Tras la victoria electoral, el presidente de Venezuela juramentó a su nuevo gabinete y anunció las grandes líneas del período que empezaba, dirigidas a profundizar el proceso bolivariano "hacia el socialismo del siglo XXI".

Hugo Chávez señaló "cinco grandes motores" destinados a impulsar aquel objetivo estratégico: poderes especiales, reforma constitucional, empuje a la educación popular, reordenamiento territorial y legislativo, y desarrollo de los Consejos Comunales a nivel nacional como forma de poder democrático.

La solicitud de poderes especiales a la Asamblea Nacional durante un año (Ley Habilitante) sucede por segunda vez. El gobierno ya los obtuvo en 2001 y entonces aprobó 49 leyes, entre ellas la de Tierra y la de Pesca, que llevaron a la ofensiva de la derecha hasta el fallido intento golpista en abril de 2002 y al sabotaje perolero en diciembre del mismo año. Chávez planteó la nacionalización del sector eléctrico y de telefonía: "La nación debe recuperar la propiedad de los medios estratégicos, de soberanía,


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de seguridad y de defensa". El Estado venezolano obtuvo mayoría en empresas mixtas que hasta ese momento eran privadas y extranjeras, para la explotación de petróleo pesado en la Faja del Orinoco. Las empresas afectadas fueron la Compañía Anónima Nacional de Teléfonos de Venezuela (CANTV), privatizada en 1991 y que estaba en manos de la estadounidense Version Communications y la española Telefónica (con una participación del 7%). Otras empresas hispanas con intereses en el sector eléctrico son Iberdrola y Unión Fenosa. Por otra parte, el Banco Central de Venezuela perdió su autonomía porque, según el presidente, está basada en una "tesis neoliberal" que en realidad lo hace depender del Fondo Monetario Internacional (FMI).

Asimismo, anunció la intervención de 16 fincas y haciendas con una extensión de 330.790 hectáreas en los estados de Barinas, Anzoátegui, Apure y Aragua. Pasaron a ser propiedades sociales, manejadas por cooperativas que trabajan la cría de ganado para la obtención de carne y leche, dentro del objetivo más amplio de la soberanía alimentaria y la lucha contra la especulación de los precios.

Los intentos anteriores de reforma agraria terminaron, de una u otra manera, con el regreso a las concentraciones en pocas manos de las mejores tierras. Los proyectos de Medina Angarita (1945), Gallegos (1948) y Rómulo Betancourt (1969) no llegaron a buen puerto. Con el paso del tiempo, como efecto collateral de la renta petrolera y la corrupción generalizada, Venezuela tuvo que importar casi todo lo que consumía a pesar de las enormes posibilidades de producción agrícola y ganadera. Según Elias Jaua, que ejercía de ministro de Agricultura y Tierras, Caracas intervino desde 1999 casi dos millones de hectáreas, de las cuales se redistribuyeron el 49% entre los campesinos, 40% en proyectos de propiedad estatal y el 11% para cooperativas. Aunque estas cifras parezcan importantes, debe tenerse en cuenta que Venezuela posee 30 millones de hectáreas de tierras cultivables.


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Al asumir las cooperativas el control de las tierras recién intervenidas o expropiadas tienen la consideración de propiedad social, de tal modo que pueden obtener créditos y maquinarias del Estado así como la colaboración del ejército, que se encarga de desarrollar las infraestructuras básicas. Las autoridades de Caracas negaron que las medidas contra los latifundistas deban caracterizarse como expropiaciones. Por dos razones. Una, porque los dueños carecen supuestamente de títulos de propiedad. Otra, porque el artículo 307 de la Constitución establece que "el régimen latifundista es contrario al interés social". Chávez trató de tranquilizar a los propietarios que mantienen tierras productivas: "El que tenga su fundo en producción no tiene nada que temer. El que tenga su propiedad individual, es decir pequeños fundos, le damos su carta agraria (de tenencia de la tierra); también si no tiene sus documentos, legalizamos el predio a través de cartas agrarias y le ayudamos". Para sacar al país del subdesarrollo, el Gobierno bolivariano insiste en que se trabajen las tierras, aportando por su parte tecnología, recursos e inversiones.

Los representantes del proceso bolivariano hablan del socialismo del siglo XXI como objetivo desde las elecciones de 2006. El principal activo de ese proceso es la población más pobre, siempre dispuesta a movilizarse para empujar su esperanza, pero los contenidos de ese socialismo aparecen difusos. La burocracia estatal administra y en parte absorbe en su propio beneficio recursos importantes. La corrupción perdura. El poder económico permanece sustancialmente en las manos de los mismos grupos. Desde ese punto de vista, la IV República sobrevive. Así lo reconoció Hugo Chávez. También anunció medidas de su Gobierno que se centrarían en la economía, afectando a sectores pudientes que probablemente intentarán oponerse por las malas. De ahí que ligue el socialismos del siglo XXI a la organización del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) (con los sectores que le dieron apoyo electoral), la organización de consejos comunales y otras iniciativas dirigidas al fortalecimiento político del proyecto. Me parece bien, si de caminar


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hacia el socialismo bien entendido se trata. Porque la solución más eficaz para cerrarle el paso a esa perspectiva democrática sería la de poner a los trabajadores en manos de la burocracia estatal. Sin la iniciativa de los trabajadores y organizaciones independientes propias, el socialismo sencillamente no será viable.

Un año después de ganar por un amplio margen las elecciones presidenciales, el presidente perdió el referéndum propuesto para la reforma constitucional. Las urnas tampoco premiaron a la oposición, que subió apenas 200.000 votos.

Dicho de otra manera, tres millones de venezolanos decidieron quedarse en casa. Una severa advertencia a Caracas. Surgieron al menos dos interpretaciones sobre este fenómeno. Una consideraba que debía darse un paso atrás y pactar con la burguesía "nacional" sin renunciar a los objetivos del socialismo del siglo XXL Esta es la posición del presidente. La otra pensaba lo contrario. Millones de personas se estarían desilusionando tras casi diez años de proceso bolivariano porque las reformas que podrían conducir al socialismo prometido duermen el sueño de los justos. Proceed ponerlas en marcha, cambiar de política, sí, pero mirando hacia la izquierda.

"Yo estoy obligado -dijo Chávez a modo de conclusión sobre los resultados del referéndum- a reducir la velocidad de la marcha. He venido imprimiéndole una velocidad a la marcha más allá de las capacidades o posibilidades del colectivo. Lo acepto (...) Prefiero reducir la velocidad, fortalecer las piernas, los brazos, la mente, el cuerpo, la organización popular y el poder popular. Y cuando estemos listos más adelante, entonces aceleraré la marcha". Dos medidas vinieron a despejar el significado de estas palabras. Una amnistía sorpresiva para dirigentes golpistas de abril de 2002 y el cierre patronal posterior, además de la propuesta de eliminar el control sobre los precios para algunos productos de


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primera necesidad que beneficiarán a sectores de la burguesía "nacional". La misma que cultivó el desabastecimiento como una manera de fomentar la desesperación de los pobres, la base social de Chávez, y su desapego del gobierno.

Un paso atrás puede ser saludable con una condición. Que Caracas prepare medidas para avanzar. Chávez también señala algunas causas del deterioro político, como el despilfarro y la corrupción de la burocracia política del Estado. El paso atrás comenzó, faltan las previsiones sobre el cuándo y el cómo acelerará la marcha hacia el socialismo. En todo caso, Chávez cuenta todavía con un apoyo popular amplio que puede aumentar o seguir decayendo.

La segunda lectura del resultado del referéndum, cree que la pérdida de votos se debió no a la velocidad de la marcha, a que las reformas hayan ido demasiado lejos o muy deprisa sino todo lo contrario, a su lentitud y escasa audacia. "Si esta desilusión continúa -señaló Alan Woods-, prepara la contraofensiva de las fuerzas de la reacción que puede minar la revolución y preparar una derrota seria". A veces, la línea de menor resistencia conduce al mayor desastre.

El imperialismo y sus colegas venezolanos no han podido todavía con el proceso bolivariano ni su influencia en el conjunto latinoamericano. Porque como escribió Mario Benedetti y cantó Alí Primera, "ni colorín, ni colorado, el canto no se ha acabado".


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CAPÍTULO VI

Populismo, bonapartismo o revolución?

El presidente Hugo Chávez adivinaba mejor que nadie lo efímero que podía llegar a ser su proyecto bolivariano si la mayoría de los venezolanos empezaban a desconfiar de sus promesas o si tardaban en notar los efectos esperados con ansia de las reformas. Charlando sobre el significado político del Caracazo, Chávez observaba en agosto de 2000: "El proceso éste (la revolución bolivariana) comenzó aquí en Caracas, más propiamente en Guarenas, el 27 de febrero de 1989. Algún escritor venezolano dijo o escribió por ahí que el pueblo salió a la calle el 27 de febrero de 1989 y no ha regresado. Yo creo que eso es verdad, el pueblo está en la calle, ahí comenzó en nuestro criterio, repito, la primera fase de activación del poder constituyente, ese poder se activó y fue avanzando y fue creciendo..." Como hijo político que se reclama muy orgulloso del Caracazo, Chávez intuye que el extraordinario respaldo del que goza hoy viene de la impresión popular según la cual él era el único que gracias a la intentona golpista del 4 de febrero de 1992 demostró sin ambages la voluntad suya y la de parte de las Fuerzas Armadas de acabar de una vez con la corrupción institucionalizada durante los 40 años anteriores. Tal es su capital político fundamental, pero no el único. Ahora debía sumarse el logro de la Asamblea Constituyente, la nueva


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Constitución y la relegitimación en las urnas de su proyecto político - institucional.

En cierta ocasión le preguntaron a Chávez, durante una de esas entrevistas que tanto aprecia, por su plan de reformas que en principio llegaron a su culminación política con las elecciones generales de finales de julio de 2000. Y explicó así su proyecto con esos modos coloquiales que le han dado fama de hablador impenitente, desenvuelto, precisando por dónde debía empezar la tan cacareada revolución bolivariana: "El componente jurídicopolítico es como un vaso de vidrio, un recipiente. El componente socioeconómico sería entonces el agua, el contenido. Y el componente ideológico es todo lo que está alrededor y en el aire. Bueno, pues aquí, en Venezuela se rompió el vaso.

Cuando se rompe el recipiente, todo el contenido se derrama. Le pongas lo que le pongas, se derrama. Esto significa que no hay estructura política institucional y mucho menos moral. Entonces ¿está claro? Lo primero es arreglar el vaso". Así nacen las grandes reformas políticas, el componente jurídico político bolivariano, de la Asamblea Constituyente a la nueva Constitución, añadiendo una especie de refundación o relegitimación del ejército, los tribunales, el legislativo, el ejecutivo. El vaso se recompuso. Si a esto solamente se redujera la revolución bolivariana ¿sería bastante para intentar salir del caos en el que se encuentra el país? ¿Pretenden ir mucho más lejos el chavismo y sus aliados? Observadores de excepción como el delegado en Caracas de la multinacional General Motors, Michael Nylin, dictaminó en su momento que el proyecto de Chávez consistía en hacer que el sistema funcione eficientemente, a semejanza de otros lares más desarrollados del primer mundo si fuera posible, según las reglas clásicas de la separación de poderes, que las leyes se cumplan y todo lo demás. Pretende poner orden en el caos de Venezuela


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aunque sectores de la burguesía se opongan. Chávez se apoya en los sectores populares, en su movilización controlada si no queda otro remedio. Con el imperialismo en estos tiempos neoliberales hay que regatear, disentir en ocasiones y oponérsele a veces.

Todo esto está muy bien, pero este conjunto de ingredientes, progresivos en relación a la obsecuencia de la mayoría de los gobiernos iberoamericanos ante Washington, es insuficiente como para definir el proceso venezolano como una revolución. O, precisando, una revolución social.

Más bien estamos situados frente a una profunda crisis ante la que ha salido al paso un régimen semibonapartista, arbitral. Quizá con excelentes intenciones democráticas pero bonapartista al fin, apoyado en un sector del ejército aunque aupado al mismo tiempo por millones de ciudadanos.

Chávez trata pues de asegurarle un funcionamiento mejor al capitalismo, despojándolo de sus características más salvajes, de las mafias venezolanas que pudrieron las instituciones, pero el ex golpista carece de la más ligera vocación de ruptura con el imperialismo. ¿No lo estimará necesario? "Es necesario saber descubrir bajo la forma política el contenido económico y social", reflexionaba el revolucionario ruso León Trotsky cuando los mexicanos nacionalizaron el petróleo durante los años treinta, ante el asombro de Washington. Pero semejante "descubrimiento" goza de dificultades especiales gracias a la originalidad del fenómeno chavista y sus peculiares circunstancias.

Arturo Uslar Pietri quiso ver en la primera victoria electoral de Chávez, en 1998, el "eterno retomo del populismo". Pero el mismo concepto de populismo cabe aplicarlo a


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pensamientos de los narodnikis rusos, actitudes de Bill Clinton, medidas de Boris Yeltsin o discursos de Perón. Que hayan acusado a Chávez de peronista o comunista no expresa sólo las necesidades de una campaña de propaganda en contra del ex militar golpista venezolano sino además a que, aún ciñéndonos exclusivamente a la versión latinoamericana del populismo, tampoco resulta sencillo resolver la cuestión fundamental, la naturaleza del régimen actual venezolano. No ayuda demasiado el presidente venezolano cuando reivindica simultáneamente a Simón Bolívar, Antonio Gramsci, el Papa, Fidel Castro, Tony Blair y Marcos Pérez Jiménez, ¿Cuál sería la raíz latinoamericana de este nuevo populismo de Chávez al que se refiere Uslar, que amenazaría a la democracia según el general yanqui Vernon Walters o el desaparecido Carlos Andrés Pérez pero que el representante estadounidense de la General Motors en Caracas tiene en muy alta estima?

Escribía el chileno Luis Vítale con respecto a aquel fenómeno político continental, el susodicho populismo, que "el ibañismo (chileno) formaba parte de la oleada de movimientos populistas gestados en América Latina durante y después de la segunda guerra mundial. El peronismo argentino, el varguismo brasileño, el MNR (Movimiento Nacionalista Revolucionario) boliviano, el arevalismo guatemalteco y el gaitanismo colombiano lograron movilizar grandes contingentes populares mediante consignas nacionalistas y antioligárquicas". Añade Vitale que "en el programa de Ibáñez (1952) figuraba una promesa de reforma agraria y de nacionalización del cobre, como expresión del populismo latinoamericano que busca no la liquidación del imperialismo sino el reparto del excedente económico entre la emergente burguesía industrial (nacional) y las empresas extranjeras". Pero Ibáñez coronó su mandato nacionalista rebajando a la mitad los impuestos a las compañías norteamericanas que explotaban el cobre en lugar de aplicar el programa prometido.


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Llegaron a formarse gobiernos bonapartistas sui generis, es decir ejecutivos que pretendían jugar el papel de árbitro entre las clases, apoyándose a veces en la burguesía industrial y otras apelando al respaldo de los trabajadores, aunque sometiéndolos a un rígido control, para chantajear al imperialismo y a la oligarquía nacional. La clave del éxito temporal de gobiernos como el peronista fue la peculiar situación económica de entonces. Demetrio Boersner engloba aquel proceso con la generalización siguiente: "Uno de los efectos económicos de la segunda guerra mundial fue el alza de los precios de las materias primas directa o indirectamente empleadas en el esfuerzo bélico de las potencias en guerra. Fue por la demanda internacional que la

Argentina, durante la guerra, se transformó en la tercera potencia financiera y comercial del mundo. Los países latinoamericanos productores y exportadores de tales materias primas disfrutaron de un incremento considerable de sus ingresos nacionales, elevándose junto con ellos su ritmo productivo y su nivel de vida. Más importante aún fue el impacto positivo que tuvo sobre las economías latinoamericanas la brusca disminución de ciertas exportaciones norteamericanas y europeas. Diversos e importantes artículos de consumo y bienes de producción que hasta ahora habían sido importados desde Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania, pronto dejaron de ser suministradas por esas fuentes tradicionales de abastecimiento. Latinoamérica se vio forzada, por las circunstancias, a iniciar un rápido camino hacia la sustitución de importaciones en una amplia gama de productos".

Se trataba de un proceso de industrialización relativamente autónomo. La escasez de bienes importados estimuló la creatividad nacional de países de América Latina. Surgieron burguesías industriales nacionales, consolidando las ya


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existentes. Al mismo tiempo creció y se fortaleció la clase obrera industrial, minera y de servicios en el conjunto del continente. En líneas generales, un cierto proceso de industrialización que, al menos y en algunos casos, abastecía al mercado interno. La burguesía que surgió a su compás y el movimiento obrero que la acompañó necesitaban acabar con el predominio de los viejos oligarcas agrarios y establecer nuevas relaciones con los países más desarrollados. Los trabajadores exigieron otras relaciones laborales. Los recién estrenados burgueses "nacionales" pretendieron una mayor participación del Estado en la protección de sus productos y apoyo financiero a sus iniciativas. Caudillos como Perón o el brasileño Vargas cabalgaron estos procesos para competir con los yanquis.

Según sostiene el profesor venezolano Demetrio Boersner en el libro arriba citado, "el nacionalismo económico y dirigismo del Estado peronista limitaron considerablemente la libertad de acción y volumen de ganancias de los grupos inversionistas norteamericanos e ingleses y de las compañías transnacionales. Los recursos naturales y las industrias básicas argentinas, así como los grandes servicios y todo lo que afectaba al abastecimiento esencial del pueblo, estaban en manos del Estado, cosa que provocaba la ira de grupos capitalistas extranjeros y nacionales".

Perón guardaba en su base social a los trabajadores, a quienes hizo concesiones, pero al mismo tiempo los controlaba por medio de la burocracia sindical de la CGT para evitar que aquellos desarrollaran una política independiente y eventualmente revolucionaria. Cuando Estados Unidos decidió quitarse de encima a Perón (1955), afectado ya visiblemente por una crisis económica gravísima, el líder carismático capituló sin recurrir a la


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única fuerza organizada, los trabajadores, que lo sostenían de forma casi incondicional y pedían armamento con la finalidad de amedrentar y/o detener a los militares gorilas (golpistas) amigos de Braden, el embajador estadounidense en Buenos Aires. Acosado, el brasileño Vargas apeló al suicidio un año antes. El presidente guatemalteco Jacobo Arbenz fue destituido ese mismo año por un golpe de Estado al servicio de la multinacional yanqui United Fruit Company, que con tales modos evitó la reforma agraria. En 1952 una insurrección obrera en Bolivia forzó la nacionalización de las minas de estaño, la principal riqueza del país que poseía Simón Patiño, pero muy pronto se frenó lo que arrancó como una genuina revolución social, al calor de las milicias obreras y de la Central Obrera Boliviana (COB). Desde Londres, Patiño se vengaba manipulando el precio del mineral. Con la caída de Perón quedó cerrada provisionalmente la oleada de regímenes semibonapartistas o bonapartistas sui generis, de árbitros más o menos nacionalistas nacidos o desarrollados en tomo a la segunda guerra mundial. Estados Unidos restableció su propio orden y un dominio político que volverían a regatearle con timidez algunos gobiernos durante una segunda oleada nacionalista ya en la década de los 70 y en plena derrota militar de los yanquis en los arrozales vietnamitas.

La victoria de la revolución cubana tanto como el estrepitoso fracaso kennediano de aquella Alianza para el Progreso, presentada como alternativa reformista al castrismo, convenció a Washington de que contemporizar con movimientos nacionalistas latinoamericanos representaba un avispero incontrolable para sus intereses.

El castrismo (el Movimiento 26 de Julio y los textos de Fidel Castro “La historia me absolverá” y “Los siete puntos de Fidel”) partió ideológica y programáticamente como democrático y nacionalista pero terminó por transformarse en socialista precisamente para colocarse en condiciones de cumplir


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cabalmente con las promesas democráticas, en especial la referida a la reforma agraria.

La burguesía cubana, como la del resto criollo latinoamericano en el poder, había sido incapaz de llevar hasta el final las tareas propias de sus hermanos mayores de la gran revolución francesa o norteamericana. Se puso de rodillas ante Estados Unidos incluso antes de llegar a la mayoría de edad. Otros tendrían que asumir la responsabilidad de realizar reformas profundas. La historia creó formas híbridas de desarrollo. Hubo extrañas combinaciones. En Estados Unidos, sin ir más lejos, la fusión del capitalismo con relaciones precapitalistas dio nacimiento a una serie de formas económicas combinadas y formas sociales incongruentes en la era del capitalismo comercial. En América del Norte, los tramperos indios, que comerciaban pieles y cueros con compañías de comercio francesas, inglesas y holandesas, eran así incorporados al mercado capitalista, aunque manteniendo su estructura y costumbres tribales. Aquella aparente incoherencia, la de hacer la revolución socialista como condición para poder realizar reformas democráticas, no debería escandalizar a las mentes cuadradas del marxismo mecanicista. Si además de un desarrollo desigual hay una combinación concreta en cada formación social, ¿por qué esa realidad no puede apostar por una traducción política original? En un hermoso debate entre el norteamericano George Novack y Andre Gunder Frank sobre la naturaleza de la formación social latinoamericana, el norteamericano señalaba lo que los cubanos habían demostrado en la lucha: "Así como la estructura de Latinoamérica entremezcla elementos capitalistas y precapitalistas en una unidad indisoluble, así la solución de las tareas democráticas implicadas están inseparablemente ligadas a las tareas socialistas de la revolución futura".Otro asunto es que la revolución misma quede aislada, sin alcanzar a globalizarse, burocratizándose quizás inevitablemente, y rodeada por enemigos mil veces superiores desde todos los puntos de vista menos uno, a saber, lo que cada quien representa como esperpento del pasado o esperanza de futuro. Cualquier


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burgo europeo de la Edad Media arrasado por los señores feudales en defensa de sus privilegios representaba la esperanzada perspectiva de una burguesía que aún no había triunfado pero que terminaría consiguiéndolo al calor de sus conquistas intelectuales, científicas, técnicas y a su poderoso desarrollo como clase. La victoria quedaría lejos todavía en Francia y en toda Europa pero el futuro estaba de parte de los siervos de la gleba, de los artesanos, de los intelectuales pequeño burgueses, de los plebeyos, de los campesinos sin tierras. Lo mismo sucede hoy con la excepción revolucionaria cubana y pase lo que pase con ella y/o con la totalidad y cada una de las experiencias revolucionarias acumuladas en una misma tradición desde la Comuna de París hasta nuestros días.

Asimilada la paradoja cubana como un dolor político de cabeza permanente, al menos desde 1961 hasta hoy, los yanquis decidieron aplastar desde su primer estado embrionario cualquier proyecto nacionalista en el patio trasero latinoamericano por muy moderado que se presentara ante la sociedad. Antes de la segunda oleada nacionalista de los años 70 y el intento socialista chileno (Juan José Torres en Bolivia, Torrijos en Panamá, Velasco Alvarado en Perú, Salvador Allende en Chile...) y su liquidación promovida también por el Departamento de

Estado norteamericano, el efecto exterior de la revolución cubana fue el de animar a los movimientos de izquierda con una orientación nueva y atractiva porque había dado resultado. Cualquier revolución genuina tiende a extender, se lo proponga o no, la fuerza de su ejemplo y a empujar sus concepciones más allá de las fronteras nacionales. Siempre fue así y siempre será así. La cubana además lo necesitaba para superar el aislamiento y el embargo de los estadounidenses. Ernesto Guevara representa la


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expresión de esa necesidad imperiosa. Su aportación intemacionalista va más allá del aspecto moral, la globalización de la lucha y la solidaridad por las que perdió la vida y ganó la inmortalidad. La orientación nueva hacía en el fondo menos referencia a los métodos (foco guerrillero sí o no) que a la estrategia, a saber, cualquier revolución que mereciera ese nombre en América Latina sería socialista y por lo tanto tendería a extenderse también porque existiría la imperiosa necesidad de no quedarse aislada. Socialista, pues, o caricatura de revolución.

Los núcleos guerrilleros en Centroamérica y en otros lugares de la región pretendieron llevar hasta el final la ruptura que Cuba concretó y paga con el embargo, posible todavía en parte por culpa del autobloqueo de la revolución latinoamericana ejemplificada de alguna manera en el destino momentáneo del sandinismo. Un trabajo del argentino Daniel Pereyra aporta una extraordinaria documentación sobre el fenómeno de la lucha armada, urbana y mral, que los desmemoriados interesados de siempre tratan de ocultar, particularmente numerosos en tiempos de derrotas. Pero que la estrategia guerrillera no estuvo acompañada por el éxito es evidente, lo que hace reflexionar al menos sobre que la decisión de muchos no sustituye a las mayorías, sin cuya voluntad y movilización cualquier opción carece de futuro. Tampoco los reveses de la guerra de guerrillas significa que deba despreciarse como táctica política en determinadas circunstancias.

Reaccionando contra cualquier amenaza a su dominio, Washington pilotó los años de las dictaduras asesinas del cono sur y otras regiones, acompañándolas de algunas invasiones por cuenta propia (Granada, 1983; Panamá, 1989) , la era de Pinochet, la criminal Operación Cóndor, y el acoso y derribo tanto de la


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revolución sandinista como de las ofensivas populares en El Salvador y en Guatemala.

Después llegaron las promesas de legitimación democrática y libre mercado en la década de los 90, de tal modo que el tiempo que ha transcurrido parece suficiente, a pesar de su brevedad, como para afirmar que también fracasaron. La caída de los viejos partidos políticos venezolanos conforma un efecto natural de esa crisis por ahora insoluble de América Latina que de alguna manera también expresan movilizaciones sobre todo campesinas e indígenas en Colombia, Ecuador, Brasil, Bolivia, México y otros países.

Hugo Chávez presenta credenciales como una de las respuestas posibles, originales, frente al drama latinoamericano. Una más de las muchas que pueden surgir. Pero al mismo tiempo conviene retener para el análisis las evidencias que reman en contra del nacionalismo chavista.

En lugar de la situación económica favorable que empujó a Perón o la políticamente propicia de Torres o Allende, Chávez presenta su proyecto nacionalista en estos aparentemente triunfales tiempos neoliberales, política, económica e ideológicamente hablando. Su movimiento político bolivariano y el tremendo empuje de los venezolanos más pobres lo llevan en volandas, conformando un fenómeno nacionalista, cierto bonapartismo sui generis que trata de superar la tremenda crisis del país con la colaboración de todas las clases sociales y parcialmente enfrentado al imperialismo. Los dos discursos pronunciados después de ganar la presidencia de la República en otras dos ocasiones seguidas, y con año y medio entre una y otra convocatoria, anunciaron aquella orientación. Si uno acepta que de alguna manera el estilo es el hombre, los discursos de Chávez develan a un líder persuasivo que aparenta convicciones


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profundas. Una selección cuidadosa de párrafos del texto correspondiente al larguísimo discurso de unas tres horas del día 2 de agosto que siguió a su victoria electoral de julio de 2000, pone de manifiesto semejante talante acompañado de una capacidad notable para el debate. Chávez sabía que a partir de ese momento sería juzgado por sus iniciativas en materias económicas y sociales. En esta ocasión también rebate de manera contundente a quienes le acusan de haber abandonado el terreno económico durante el primer año y medio que ejerció como presidente. Ni hubo al parecer tanto despilfarro como durante los gobiernos anteriores, a pesar del aumento de los ingresos petroleros durante 1999.

Miraflores decidió además un importante aumento de salarios e inició una hermosa campaña de alfabetización con la idea de arrancar a miles de niños mendigos de las calles de las grandes ciudades. Obsérvese en su discurso dos detalles de sumo interés. Uno, Chávez evita anunciar medidas económicas de choque que puedan afectar negativamente los intereses de la vieja oligarquía económica, a los yanquis o a la banca. Dos, convoca a esos y a todos los sectores a la reconciliación. A reconstruir el país todos juntitos. Como si al líder bolivariano le hubiera asaltado la rara idea de sacar adelante el país con la colaboración de quienes lo expoliaron durante los últimos 40 años. Como si fuera casi suficiente arrimar contra las cuerdas del cuadrilátero político a los abogados e intermediarios de los amos, los viejos partidos repudiados por ahora. Lo demás se alcanzaría con buena voluntad. Las reformas políticas serían medicina suficiente, pero las económicas tanto como las sociales no tendrían por qué incluir incursiones enojosas en el terreno de la propiedad, ni en la bancaria ni en las demás. He aquí fragmentos seleccionados del discurso de la segunda victoria presidencial de Hugo Chávez. Lo pronunció el día 2 de agosto de 2000.


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"(...) Yo creo y le pido a Dios y a todos que ésta sea la hora. Creo, firmemente lo creo, la hora de la unidad, de dejar atrás intereses, posiciones férreas, extremas, posiciones subalternas de bajas pasiones. Llegó la hora de la unión, de la reunión, del respeto, de la máxima tolerancia entre todos, de la grandeza. Llegó otra hora. Quedó atrás la difícil, que fue igualmente grandiosa, necesaria. Yo lo he dicho, el pueblo venezolano ha logrado una hazaña verdadera y eso lo percibimos todos que estamos en este salón... (...)" "(...) Y bien, triunfó Venezuela, felicitaciones a todos y vamos a trabajar unidos. Tomemos la palabra del padre Libertador: "si mi muerte contribuye a que cesen los partidos", es decir las divisiones, en ese tiempo... bueno, cuando yo digo esto algunos repiten por ahí mira lo que dijo el presidente, que van a acabar con los partidos. No, no, no, hay que aclararlo porque es un estigma, buscan con una pinza para agarrar una frase y desdibujar la intención, el espíritu de lo que aquí se está fraguando de verdad. Cuando Bolívar lo dijo, los partidos eran las divisiones, eso de partir la sociedad en pedazos, "cuando cesen los partidos y se consolide la unión bajaré tranquilo al sepulcro". O Cristo ¿verdad monseñor? Que la iglesia es la reunión de todos. Cristo se reunía con todos, con las prostitutas, con el ladrón que perdonó en la cruz, con el rico, con el pobre. Claro, siempre pedía justicia, reflexión. Cuando hay un rico rodeado de pobres le decía: "mira, rico, vamos a ver qué hacemos, vamos a ver a los lados". Esa reflexión seguiré haciéndola porque creo en ella. Cuando vemos un niño abandonado tenemos que reflexionar todos, con esa unión diversa, crítica, productiva, no la unión del silencio ni de los cementerios, no, una unión viva, viviente, palpitante, la unión en el espíritu, en el deber de tener una patria verdadera. Llegó de esa unión, de esa marcha redoblada, permítanme el término un poco militar, la marcha redoblada a paso de vencedores. Llamo a la nación entera a deponer actitudes, a enfocar el objetivo común. Esta década que está comenzando es la década de la reconstrucción de Venezuela, vamos por ella, estoy seguro de que lo lograremos (...)" "(...) Aquí comenzará el proceso de consulta, comenzará la primera etapa de la Constituyente económica, he encargado al presidente de Petróleos de Venezuela que active, en coordinación con los ministros del área, esta primera fase del


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proyecto. Incluso él estaba en la lista de viaje pero se va a quedar porque cuando nosotros regresemos (del viaje por varios países de la OPEP) debe estar ya en marcha. Vamos a enviar a lo mejor 500.000 encuestas a los grandes empresarios, a los pequeños, a los medianos, a los micro, a los pescadores de Mamá Pancha que vende arepas en la orilla... en la esquina de un pueblo, también ella es una empresaria, se trata de democratizar la economía (...)" "(...) Bueno, hemos relegitimado las autoridades de la Quinta República. Hemos cumplido la doble misión: la de enterradores y parteros de un nuevo tiempo. Está por delante abierta, infinitos caminos nos esperan, que Dios acompañe en esos infinitos caminos, porque infinita es nuestra voluntad, infinitas son nuestras ganas de patria, de Venezuela, de dignidad, de soberanía, de hermandad, de justicia social. Construir la democracia participativa y protagónica: he ahí la tarea que viene ahora y nos corresponde a todos, porque no se trata ahora de una democracia meramente representativa, esa quedó atrás. (...) Es una democracia donde ustedes deben tener participación colectiva en la construcción de la Venezuela democrática nueva, participación en la construcción de la economía. Pedimos comprensión, pedimos críticas justas, a tiempo, honestas, objetivas, para construir y no para destruir. Construyamos la sociedad bolivariana de Venezuela, la patria nueva. Yo estoy dispuesto humildemente a apoyar, a aportar, a ceder cuando tenga que ceder. Yo no me siento dueño de la verdad, soy apenas un hombre más y pido la ayuda de todos, clamo por la unión de todos para que tengamos patria. Que Dios nos acompañe en este camino (-)" Todo un seductor.


Sim贸n Bol铆var, el reclamo ideol贸gico imprescindible


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CAPÍTULO VII

Simón Bolivar, el reclamo ideólogico imprescindible

La diferencia en la reivindicación de la figura, la actividad y/o el pensamiento de Simón Bolívar 12 entre Hugo Chávez y otros dirigentes recientes o históricos del país radica, seguramente, en que el actual presidente lo hace con más energía que los demás, al menos en el aspecto latinoamericanista del discurso. Y le asiste la razón cuando proclama que América Latina terminará uniéndose o perecerá, quedando en un proyecto inconcluso. Concedamos pues importancia decisiva a ese aspecto intemacionalista de Simón Bolívar.

Acercarse al perfil americano más que venezolano del Libertador supone un esfuerzo por salvar serias dificultades, especialmente porque a las biografías suele sobrarles alabanzas o descalificaciones. Hay que torear entre quienes lo mistifican hasta mostrarse dispuestos a concederle hoy mismo elpremio Nobel de la Paz, y otros como Antonio Caballero para quien no quedó nada de su acción de veinte años. "Sus países se los repartieron entre generales. Sus bienes, una mina de plata en Venezuela, fueron a parar a manos de una compañía inglesa. Sus sueños de alianza panamericana se los apropió ese ministerio de colonias de los Estados Unidos que se llama Organización de Estados Americanos (OEA)."


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Simón Bolívar era mantuano (miembro ilustre de la oligarquía caraqueña), ilustrado (formado bajo la batuta de su maestro Simón Rodríguez), nacionalista suramericano y republicano, ardiente defensor de la gran revolución francesa y sus ideales. Sobre la gran nación del Norte desplegó una recia desconfianza por sus relaciones con el sur del nuevo continente, llegando a proclamar aquella cita de autoridad tan utilizada en los debates políticos venezolanos: "Los Estados Unidos de América parecen destinados por la Providencia a poblar América de miserias en nombre de la libertad". A esta conclusión llegó Bolívar tras una larga experiencia política y los conocimientos adquiridos de política internacional al calor de su propia vivencia europea. Supo entrever que las potencias coloniales, especialmente Francia y Gran Bretaña, perderían fuelle en beneficio del poderoso vecino.

Venezuela vio estallar al mismo tiempo la guerra de independencia y la guerra social, la temida guerra de colores. Pardos, zambos y negros se alinearon inicialmente con el asturiano José Tomás Boves, conocido como el urogallo, y en defensa de España porque, al fin y al cabo, en la declaración de independencia pudieron contemplar reflejada la continuidad del poder de los mantuanos. Los llaneros confiaban en Boves porque esperaban que los condujera hacia las feraces tierras de Barlovento y en persecución de los dueños de las más ricas haciendas de la región. Era la guerra popular de pardos contra blancos.

Bolívar intentó corregir aquella calamidad política para los intereses criollos con el celebérrimo decreto de Guerra a Muerte. Escribe el dominicano Juan Bosch que "la proclamación de la guerra a muerte fue un esfuerzo del joven general para convertir la guerra social -la anarquía, como él la llamaba- en una guerra de independencia, en una lucha entre venezolanos por un lado y españoles de otro, si bien del lado de los primeros podía haber españoles republicanos". Expresiones bolivarianas como "españoles y canarios, contad con la muerte aun siendo


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indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de Venezuela; americanos, contad con la vida aunque seáis culpables", adquieren su pleno sentido en el marco del esfuerzo unitario señalado por Bosch y en horas funestas para la causa de la independencia.

La formación del ejército venezolano tendió a consolidarse gracias a algunas medidas trascendentales aunque de efectos contradictorios. El 25 de enero de 1814 el Libertador decidió que "toda propiedad pertenece al Estado", punto de partida para el proyecto de reparto de tierras entre los soldados, aquellos míticos lanceros de los Llanos, pero con esta sentencia se enajenó el apoyo de los mantuanos, una relación que empeorará dos años después.

El 2 de junio de 1816, en Carúpano, firmó la libertad de los esclavos y la incorporación de todos ellos a su ejército. En el decreto puede leerse que "la naturaleza, la justicia y la política piden la emancipación de los esclavos; de aquí en adelante sólo habrá en Venezuela una clase de hombres: todos serán ciudadanos". Siempre expresó una especial veneración por quienes luchaban en el campo terrible de la guerra. El 9 de diciembre de 1824, cuando quedó sellada la independencia de América tras la batalla peruana de Ayacucho, se dirigió a aquellos hombres con la siguiente expresión: "Soldados, habéis dado la libertad a la América Meridional y una cuarta parte del mundo es el monumento de vuestra gloria. ¿Dónde no habéis vencido?" Quienes atendían aquel memorable discurso formaban los mismos batallones de llaneros que Bolívar había conducido en guerras sin fin a lo largo de América. Es probable, como pretende algún historiador, que el Libertador pretendiera además alejarlos de Venezuela evitando con ese modo que sus soldados reiniciaran allí la guerra social.


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Uno de los reproches recurrente dirigidos contra Bolívar es aquél que le acusa de enarbolar el sueño de intentar titularse a sí mismo como Emperador de los Andes.

Entre los textos socorridos para encajarle semejante pecado, el proyecto de Constitución que presentó en Angostura en 1819 asoma en primera línea. Planteaba en aquel documento la necesidad de imponer una presidencia vitalicia, una Cámara elegida por voto censitario, un Senado hereditario y una república centralizada. Casi nada. ¿Pero a qué estaba refiriéndose aquel Congreso que finalmente rechazó tanto la presidencia vitalicia como el senado hereditario? Nada menos que a la formación de la República de Colombia, un gran Estado integrador panamericano de las actuales repúblicas de Colombia, Ecuador, Panamá y Venezuela. Necesitaba instituciones fuertes, muy centralizadas, suponía, si aquel bosquejo de integración tenía la voluntad de concretarse realizando un soberbio esfuerzo político.

Una vez más, como cuando intentó acumular base social que sustentara la independencia apoyándose en el decreto de Guerra a Muerte, el Libertador manejó fórmulas jurídico políticas como una manera adecuada de aproximarse a la enorme tarea aún inconclusa: la unidad latinoamericana. Comprobaba que muchos de sus seguidores dedicaban las energías a pelearse entre sí con el objetivo de ampliar sus haciendas en lugar de empeñarse políticamente en la construcción de alguna forma de Estados Unidos de América Latina, una idea que va tomando cuerpo con proyectos como el ALBA (Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América) y UNASUR (Unión de Naciones Suramericanas). Se quejaba con harta frecuencia de la ingratitud de los generales a quienes había regalado gloria, poder y, sobre todo, posibilidades de amasar fortunas. Le invadieron especialmente en la recta final de su vida períodos de desesperanzas y reflexiones pesimistas como la de que "hacer la revolución es como arar en el mar". Quizás un exceso de autocrítica. Habrá que reconocer, al menos,


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que su energía política y militar contribuyó de manera decisiva a la independencia de seis países.

Con el paso del tiempo, los viejos y nuevos mantuanos venezolanos prosperaron, pero su relación con Estados Unidos los convirtió en imitadores rentistas de usos y costumbres ajenas. Ellos y sus partidos políticos se asimilaron gustosamente a los designios del tío Sam y, como los definió el profesor venezolano Pedro Duno en cierta ocasión, no llegaron a ser otra cosa que simios de segunda categoría. Con semejantes mimbres, abordar programáticamente la unidad latinoamericana constituyó siempre una parte de las esperanzas políticas bolivarianas por cumplir a la que renunciaron. Los compadres latinoamericanos también. En señaladas ocasiones actuaron como cipayos directos de Estados Unidos, al participar en el bloqueo contra Cuba, por ejemplo, y al mostrarse incapaces de presentar un frente común ante la deuda externa.

El subcontinente americano ha pasado de la década perdida (los 80) a la década de la exclusión social (los 90) gracias a su colaboración entusiasta con los dogmasneoliberales manejados por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI). Nada vale que venga el ex presidente colombiano Ernesto Samper a reconocer que jamás la fractura social y las desigualdades alcanzaron límites tan calamitosos en América Latina y que ello ocurre gracias a los dogmas económicos neoliberales... que él sostenía con notables dosis de convicción cuando representaba la más alta magistratura de su país. Y los proyectos regionales de integración como el Tratado de Libre Comercio (TLT), Mercosur, el Pacto Andino y demás ¿no vendrían a demostrar cierto rescate de las expectativas bolivarianas? Por ahora, no. La burguesía criolla desde México hasta la Tierra del Fuego y/o sus abogados políticos trabajan como correas de transmisión de las grandes transnacionales, norteamericanas,


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europeas o japonesas, y para ellos y su tasa de beneficios intentan integrar los mercados nacionales dispersos. Con su propia participación interesada, naturalmente. Así transforman la unidad latinoamericana en otra cosa, lo que no es óbice para afirmar que cualquier paso hacia la unidad regional ayuda a labrar el futuro en la medida en que estas globalizaciones parciales expresan una necesidad y marcan nuevos terrenos de lucha.

Así andaban los asuntos de la integración cuando apareció Hugo Chávez y mandó a mudar, recuperando en el espacio de la retórica las ideas de la unidad latinoamericana, que poco a poco se van concretando. Escribía Augusto Roa Bastos lo siguiente en 1992 con motivo del V Centenario del Descubrimiento, polemizando contra el escepticismo que veía como quimérica, como un monstruo fabuloso la unidad de América Latina. "Y, en efecto, la América Latina -tal como está ahora- se asemeja bastante a una monstruosidad, no quimérica sino real. Un mosaico de países reducidos al atraso, bajo la férula de castas opulentas y despóticas, surgidas del antiguo gamonalismo criollo; de viejas y nuevas oligarquías que son, como se sabe, los agentes más fíeles y eficaces del desorden internacional." Finalizaba Roa su artículo diciendo que "este mundo no realizado aún de la unificación iberoamericana es lo que aún queda por descubrir. Nosotros sí sabemos que existe y debemos contribuir a la concreción de su realidad. No importa el tiempo cronológico sino el tiempo de las generaciones y los pueblos, en cuya energía se fragua el temple de las utopías concretas. Entre lo utópico y lo posible, este es un reto de la historia. O lo que es lo mismo, un desafío del porvenir".


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CAPÍTULO VIII

Gradas y desgracias del oro negro

Venezuela gozó de tiempos mejores oteada desde lejos. Venturosos incluso. De vez en cuando saltaba con fuerza a la categoría de paradigma envidiado a lo largo del espacio sudamericano. Como fecunda tierra de promisión para emigrantes a la búsqueda de su porción fantaseada de El Dorado. Las riquezas naturales abrían ventanas de bienestar para todos, venezolanos, musius, o sea extranjeros, o venezolanos reencauchados que es como allí conocen cariñosamente a los extranjeros nacionalizados. Como ejemplar excepción democrática y país de asilo y acogida frente a las dictaduras generalizadas bajo la doctrina espuria de la seguridad nacional propia de la Guerra Fría.

Como nacionalista moderada del mundo neocolonial, Venezuela fue capaz, durante la primera gestión de Carlos Andrés Pérez, de nacionalizar el petróleo y el hierro sin necesidad de enemistarse con las empresas de aquellos grandes negocios. Lo que el economista chileno radicado en Venezuela, Sergio Aranda, denominó la "nacionalización concertada", dejando entrever cierto


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asombro ante semejante novedad en las relaciones internacionales entre la Gulf y el resto de las siete grandes hermanas petroleras con cualquier país atrasado.

Aunque, la verdad, tampoco era necesario asombrarse, porque la parte jugosa del negocio petrolero no radicaba ya en su extracción sino en el transporte, comercialización y transformación en otro tipo de productos, todo lo cual yacía muy lejos de las posibilidades económicas del país.

Esta visión idílica recibía serios correctivos críticos incluso durante los días perdidos de prosperidad económica, remitidos no sólo por parte de la izquierda venezolana sino también desde la óptica de expertos más o menos independientes. Decenas de años de cómoda bonanza, producto directo de la renta petrolera, estimulaban una corrupción que iba tiñendo al conjunto social. Pero ni siquiera la corrupción socializada repartía de manera algo equitativa los restos de aquella renta fácil. Sólo hacía más presentable las desigualdades crecientes que reventarían a los partidos mismos en cuanto los recursos escasearon. No sólo a ellos. Idéntico destino hallaron el Congreso de la República y los tribunales de justicia. Uno, el centro operativo de los negocios dudosos; los tribunales, una de las ilustres víctimas de aquellas componendas mil veces descubiertas pero casi nunca castigadas y en ningún caso corregidas. Los gestores políticos durante todos estos años pasados se descuidaron o no quisieron apoyarse en el oro negro para catapultar el desarrollo de la agricultura o de la industria nacional hasta el extremo de que círculos universitarios de notable nivel llegaron a considerar retrospectivamente el maná tempranero del oro negro, cuando recién comenzaba a andar el siglo XX, como un mal, un obstáculo al desarrollo o, por decirlo a golpe de imagen, un ariete del antidesarrollo que ataba al país de pies y manos a la eterna dependencia del monocultivo y a sus secuelas negativas para el resto de los sectores productivos.


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Héctor Malavé Mata, autor de varios ensayos sobre la economía nacional y profesor de la Universidad Central de Venezuela (UCV) lo valora así: "El torbellino petrolero había enriquecido a la clase opulenta al mismo tiempo que empobreció al hombre de la Venezuela rural".

Desde el inicio, "la explotación petrolera, escribe Lourdes Fierro Bustillos, se tradujo en un impulso al comercio importador y en una mayor capacidad de enriquecimiento (de la incipiente burguesía) sobre la base del peculado. Simultáneamente, el crédito se configuró como una nueva fuente de acumulación". Esta apreciación de Lourdes Fierro, a dónde iba y va la parte jugosa del león, merece tenerse en cuenta sin perderle la pista ni por un momento porque representa en última instancia la columna vertebral de la historia económica, social y política de Venezuela. De sus venturas y desventuras. El reparto desigual e injusto tanto de los ingresos procedentes del exterior como de los recursos nacionales entre las distintas clases sociales ayuda a explicar mejor la caída de lospartidos políticos democráticos desde la democracia que el fenómeno de la corrupción. Porque al fin y al cabo esa perversión muy extendida en la sociedad venezolana fue una consecuencia lógica de aquel fenómeno del reparto clasista, brutalmente desequilibrado, del ingreso nacional.

Sobre una estructura predominantemente rural se sobrepuso el enclave petrolero bajo dominio de las empresas estadounidenses. Sobre la crisis del cacao y el café apareció el oro negro. A partir de sus regalías, los grupos dominantes nacionales o asociados con los extranjeros se aseguraban inversiones con frecuencia especulativas a lo largo de décadas, creció la industria de la construcción, las grandes obras de infraestructura, las carreteras, el comercio, cierto ahorro interno y las importaciones de productos de consumo y semielaborados que llegaron a ofrecer eventualmente la equivocada idea de una verdadera política de sustitución de importaciones. En realidad se caía en las manos de


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las multinacionales, especialmente a partir de los años sesenta y setenta, que penetraban el espacio venezolano por todas partes. Los ingresos espectaculares de la década de los 70 no se usaron de forma preferente para reinvertir sino para consumir, evadir, especular o invertir en negocios fáciles de importación.

La pequeña burguesía venezolana, la acomodada desde luego, presumía de vivir en el país del mundo que más champán por cabeza importaba. Apenas Estados Unidos lo superaba en el consumo de whisky por habitante. Con 4,30 bolívares se adquiría el inapreciable dólar. Carlos Andrés Pérez ni pestañeaba cuando llegaba a sus oídos que el país, en plena orgía del despilfarro, importaba ganado a pie en aviones desde Costa Rica o que un ministerio ordenaba la compra de un paquete tecnológico a Canadá que incluía máquinas buenas para limpiar los inexistentes campos de nieve. Caricatura que no conmovía. Y como la producción de bienes resultaba escasa, se importaba hasta lo que antes viajaba al exterior. Llegó a comprarse fuera artículos básicos que durante decenios abasteció la producción interna. Los beneficiarios privilegiados nacionales de este proceso fueron los mismos de siempre, principalmente los identificados por el MAS (Movimiento Al Socialismo) durante los años setenta en apenas unos catorce grupos empresariales poderosos, unos paradigmas que quedaban dibujados por los rostros de empresarios como Eugenio Mendoza, Boulton o Cisneros. Menos conocidos parecían los evasores de capital, cuyas inversiones inmobiliarias en Miami, en competencia con el capital golondrina árabe, mereció que a Venezuela le colocaran el apellido de saudita. Entre 1976 y 1987 escaparon 90.000 millones de dólares.

Durante un solo año, de 1999 a 2000, y esta vez tampoco Chávez fue capaz de impedirlo, unos 8.000 millones cruzaron las fronteras virtuales con destino a la especulación en otros lugares convenientes. Un patriotismo, el de la burguesía venezolana, que provoca escalofríos pero no sorpresa.


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El país ingresó 270.000 millones de dólares gracias al petróleo durante los últimos 30 años, una cantidad de dinero, y así lo han destacado varios autores, equivalente al coste de varios de aquel plan Marshall que sirvió a la reconstrucción capitalista de Europa tras la segunda guerra mundial. Con una diferencia: Venezuela no había sufrido bombardeos ni la destrucción de sus ciudades. ¿Dónde asentaron sus reales tantos reales si la inmensa mayoría de los venezolanos se fue instalando en la escasez, la exclusión social, la marginalidad, la delincuencia? ¿Cómo fue posible el frenético deterioro de los servicios públicos, la sanidad, la educación? ¿Cómo sucedió que en Caracas viviera hoy más gente en chabolas (ranchitos) insalubres que demuelen las lluvias año tras año que en casas decentes? Sergio Aranda, asombrado, se preguntaba en 1975 hasta qué punto era improductiva y derrochadora la conducta empresarial, planteándose la posibilidad de que "los niveles de consumo y de despilfarro sean tan increíbles que los cinco milmillones de dólares (la mitad del ingreso nacional) que se apropian cada año se agoten en dichos usos"19. Y es que de reinvertir en actividades productivas, muy poquito. El petróleo, mientras fue posible, daba la impresión de subsidiar cualquier cosa, hasta la incuria del nuevo riquismo ramplón. Pero gestándose al mismo tiempo hasta hacersepronto presente, la otra cara de la moneda: el conjunto nacional desestabilizado en cuanto los ingresos del Estado aflojaron.

Además, el país metió la cabeza en el juego de la ruleta rusa de la deuda externa. Según algunos expertos, Venezuela no necesitó jamás para su desarrollo este tipo de juego iniciado de forma suicida por Carlos Andrés Pérez, lo que no representaba obstáculos para aquella demagogia según la cual ahora sí que "sembraremos el petróleo", aquel legítimo ensueño de los años cuarenta. La siembra se hizo, desde luego, pero fuera de Venezuela y la cosecha fue a parar al bolsillo de unos cuantos desaprensivos. Por su parte, Carlos Andrés Pérez nunca aceptó su responsabilidad en lo que a la losa de la deuda se refiere. En


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1985 todavía sostenía con desparpajo, según declaró al autor de este trabajo, que los únicos culpables eran otros: "La actitud de los países industrializados con respecto a la deuda de los países pobres es irracional; yo me he permitido calificarla de obscena, porque no toma en cuenta para nada las condiciones económicas y sociales de nuestros pueblos".

La burguesía misma creció, (exagerando, con permiso, casi nació) al calor de los créditos y favores de su propio Estado, desde la dictadura de Juan Vicente Gómez hasta hoy mismo. Pero no sólo la burguesía en general, sobre todo la agrupada en Fedecámaras a partir de 1942, o la nacionalista (partidaria, según decían, de la sustitución de importaciones y cobijada parcialmente en Pro Venezuela, fundada en 1958/59) contiene esa impronta parasitaria. Pro Venezuela, estaba financiada en un 50% por el Estado democrático estructurado a partir de los acuerdos de Punto Fijo. La formación de la clase obrera, la evolución del campesinado, las clases medias y los sectores marginales deben su estructura y trayectoria (algunos creen que hasta su psicología colectiva, en última instancia), a las tribulaciones del precio del petróleo en el mercado mundial tanto como a la gestión de quienes en cada momento decidían el reparto desde las instituciones políticas del momento. Cada sector productivo debía su suerte futura a la relación con la riqueza extraída del subsuelo, para bien o para mal. Unos 30.000 trabajadores petroleros daban de comer, coloquialmente expresado, a millones de venezolanos.

Merece la pena recordar el ejemplo de algunas instituciones fundamentales, largamente subvencionadas y especialmente significativas por sus consecuencias políticas y sociales. La principal organización sindical, la Central de Trabajadores de Venezuela (CTV) fue fundada en 1936 por militantes del socialdemócrata Acción Democrática (AD) y del Partido Comunista de Venezuela (PCV). AD mantuvo siempre mayoría en su seno, aunque pudo perder la hegemonía en


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beneficio de los militantes del PCV y de otras formaciones durante la etapa posterior al 23 de enero de 1958, cuando cayó la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez gracias a una insurrección cívico militar. Cosechó méritos en materia sindical y política, pero sus estructuras y la prosperidad personal de los funcionarios obreros terminaron dependiendo de los presupuestos nacionales, respondiendo normalmente sus líderes más a los intereses del poder que a las reivindicaciones de los trabajadores. El 60% de los ingresos totales de la CTV provenían en 1978 del presupuesto nacional aprobado por el Congreso.

Subsidios regulares aterrizaban en las cajas del sindicato remitidas por organizaciones patronales, empresas mixtas y otras. Los líderes de los sindicatos no sólo estaban supeditados al Estado sino que, evidentemente, inclinaban la testuz ante la generosa patronal.

El ejército gozaba de mimos excesivos provenientes de los presupuestos porque se intentaba detener cualquier tentación golpista tras los pronunciamientos izquierdistas de Campano y Puerto Cabello (1962). Contaba en 1979 el dirigente del Movimiento Al Socialismo (MAS) y ex guerrillero Teodoro Petkoff, antes de pasarse con armas y bagajes al neoliberalismo con el último Gobierno de Rafael Caldera, que hubo tiempos "en que un ministro de la Defensa se negaba a revelar en gabinete el monto de los efectivos de nuestras Fuerzas Armadas porque esa confesión imposible constituía un secreto militar que sólo podía conocer el Presidente". Cómo distribuían su parte de la tarta presupuestaria los militares competía exclusivamente a la institución armada y el Congreso mismo lo desconocía.

Tampoco lo preguntaban los diputados, muy discretos ellos.


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"Este privilegio, protestaba Petkoff ante los estudiantes de la Universidad Simón Bolívar, no existe en ningún país civilizado". Los militares, bien corporativistas por otra parte, carecían del derecho a intervenir en la vida política a título individual con derecho al sufragio. Los soldados salían de una leva peculiar denominada recluta, que consistía en operativos que peinaban los barrios pobres durante determinadas épocas del año a la caza de jóvenes.

Cuando los oficiales encargados del trabajito consideraban que ya tenían suficientes soldados para llenar los cuarteles ese año, la recluta quedaba suspendida. Los vástagos de las clases acomodadas desconocían completamente la obligatoriedad del servicio militar.

Esta odiosa discriminación clasista repetíase con vocación de tragicomedia en el caso de los tribunales de justicia. Los partidos mayoritarios repartían los magistrados (podían nombrar a cualquiera que poseyera el título de abogado) tras una discusión secreta en los pasillos del Congreso o en cualquier otro lugar. Un reparto de prebendas entre hermanos políticamente bastardos. La fuente de corrupción emergía de los tribunales como agua del río Orinoco puesto que los encargados de administrar justicia corrían el riesgo de durar en el cargo el tiempo de vida correspondiente a la legislatura. Así que muchos de ellos esperaban ganar suficiente plata en el tiempo disponible.

Vendiéndose al mejor postor, naturalmente. ¿Exageraciones? ¿Acaso fue una casualidad que el blanco principal de las diatribas de Chávez contra el sistema se dirigiera de forma preferente contra los tribunales de justicia? Casi nunca encerraron a delincuentes de cuello blanco ni con la intención de disimular,


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pero a finales de 1998 el 70% de los reclusos esperaban juicio, muchos de ellos desde hacía años, y en la mayoría de los casos por delitos que sólo se cometen desde la más completa miseria colectiva.

El destino de los partidos políticos, intermediarios y aprovechados, desde Acción Democrática a Copei, estuvo sellado desde que accedieron al poder a partir de la restauración de la democracia en 1958. Corruptos sin remedio, del lado de Fedecámaras y las compañías norteamericanas. Entre paréntesis y en descargo de los adecos, quizás sea justo el reconocimiento a su larga lucha por las libertades democráticas, la resistencia a las dictaduras de sus militantes o la reforma agraria que sus líderes enunciaron mil veces y jamás llevaron hasta el final.

Tras la experiencia frustrada del año 48 había que enriquecerse pronto por si acaso volaba el cambur (expresión venezolana para denominar el plátano y sinónimo de chollo) tras la siguiente convocatoria electoral.

¿Cómo financiaban estas organizaciones sus campañas, estructura y funcionamiento? En el estudio de un grupo de profesores de la Universidad Central de Venezuela (UCV) publicado en 1975 se lee lo que sigue: "El tema de las fuentes de financiamiento de los partidos presenta las mayores dificultades por la total inexistencia de información procedente de los propios partidos, pese a las normas legales que los obligan a llevar una contabilidad de los ingresos e inversiones de sus recursos". ¿Normas legales? Los cargos públicos repartidos entre los colegas, los compadres, con una enorme capacidad para hacer negocios distribuyendo créditos de todo tipo, con frecuencia para actividades inexistentes, formaba parte de esa financiación desconocida.


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Había que desconocerla porque el que más y el que menos algo pringadito sí que estaba. Tampoco resultaba imposible conseguir, en caso de necesidad inmediata, favores de orden menor como una partida de nacimiento falsa colocando unos bolívares encima de la mesa de cualquier pequeño funcionario, o evitar una fuerte multa de tráfico entregando el inevitable billete de 20 bolívares al pegajoso policía de tumo.

La carrera electoral de 1973 fue la segunda más cara del mundo durante aquella época, apenas superada por el coste habitual de las convocatorias estadounidenses. La patronal nacional y la asociada del Norte apostaban en las elecciones, desde 1958 hasta 1998, por cualquiera de los dos caballos ganadores (AD y COPEI) y de su gestión, e independientemente de quién accediera al palacio de Miraflores recibían después la pasta o privilegios de cualquier tipo. Había migajas sabrosas para casi todos. Pero las migajas sabrosonas también se acabaron por los terribles caprichos del mercado mundial durante los años ochenta.

Los partidos Acción Democrática y Copei empezaron a perder la credibilidad de las mayorías pero conservaban el sostén agradecido de las grandes empresas, mal acostumbradas ellas a evadir impuestos con la complicidad de aquellos partidos, dejando el país poco a poco huérfanos de base popular a las dos organizaciones políticas. El buque bipartidista cocinado de mala manera en Punto Fijo en 1958 hizo aguas por todas partes. Hasta el naufragio menos glorioso, como efecto legítimo de una historia que, nadie parecía explicarse cómo, condujo al 80% de los venezolanos (ocho de cada diez ciudadanos) a la pobreza en apenas unos años, a casi la mitad del presupuesto a financiar la deuda externa y al ex militar golpista Hugo Chávez Frías a la jefatura del Estado según el veredicto limpiamente democrático de


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las urnas. No una sino seis convocatorias de distinto tipo ganó Chávez en el breve plazo de dieciocho meses.

He aquí, con los imperturbables datos en la mano, la evolución de un naufragio que nadie pudo prever en los términos en que se produjo. Un hundimiento dramático que ni siquiera perdonó la vida a la Constitución de 1961.

Durante la década de los 80 AD y Copei atesoraban entre el 70%) y el 80%) de los votos para el Congreso. En las elecciones de 1993, después de las dos intentonas golpistas, los venezolanos empezaron a depositar sus esperanzas fuera de los partidos tradicionales. Rafael Caldera ganó la presidencia en 1993 pero sólo después de romper con su partido Copei al tiempo que AD y el mismo Copei lograban sumar sólo el 43% de los sufragios. En 1998 apenas alcanzaron el 30,41%. La catástrofe quedó consumada en 1999, cuando tuvieron lugar las elecciones a la Asamblea Constituyente. Los padres de la democracia clásica que ellos mismos enterraron tan sólo recibieron el 7.89% de los votos.

Evidentemente la campaña contra la corrupción institucional que Chávez atribuía (así como su Movimiento V República y otras organizaciones provenientes de la izquierda como el MAS) al puntofljismo fructificó en la sociedad venezolana, sencillamente porque el campo lo araron de forma incansable los socialdemócratas de Acción Democrática y los socialcristianos de Copei hasta producir semejante cosecha. Las semillas lanzadas por estos dos partidos políticos evolucionaron, aportando productos monstruosos como el siguiente: hace varios años ya, al menos desde 1991, que la distancia económica en el ingreso de empresarios y trabajadores no hace más que ampliarse a favor de los primeros. Los meses iniciales de gestión a cargo del Gobierno de Hugo Chávez dejaron este reparto sin modificaciones dignas de mención, aunque amplios sectores de la patronal protesten una y


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otra vez por la supuesta inseguridad y falta de garantĂ­as para el buen fin (amplios beneficios, por supuesto) de sus inversiones.


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CAPÍTULO IX

Referencias a momentos que fueron históricos

Algunos autores hacen coincidir determinados acontecimientos políticos de trascendencia con cambios en la estructura económica y de clases en Venezuela. Suelen distinguir cuatro períodos significativos en la historia reciente, sin contar las últimas dos décadas.

1. Entre 1920 y 1945, de Juan Vicente Gómez a la llamada Revolución de Octubre. 2. Entre 1945 y 1958, de Rómulo Gallegos a Pérez Jiménez. 3. Entre 1958 y 1973, del 23 de enero a Rafael Caldera. 4. Entre 1975 y 1989, de Carlos Andrés Pérez a Jaime Lusinchi, pasando por Luis Herrera Campins.


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1. -De Juan Vicente Gómez a la Revolución de Octubre.

Este período (1920/1945) comenzó aproximadamente con los gobiernos dictatoriales del general Juan Vicente Gómez, quien se autoeligió presidente en 1910, persiguió de forma implacable a sus enemigos políticos y gobernó hasta su muerte, el 17 de diciembre de 1935, el mismo día (que no año, naturalmente) del fallecimiento de Simón Bolívar. La dictadura de Gómez creó el ejército propiamente nacional, superando el caudillismo regional anterior. El período terminó con el golpe militar de 1945 contra el presidente Medina Angarita, dirigido por jóvenes oficiales recostados en Acción Democrática, iniciándose así en Venezuela tanto el trienio adeco como el moderno sistema de partidos.

Fue lo que los amigos de Rómulo Gallegos denominaron la Revolución de Octubre, acontecimiento que a su vez cerró dos subetapas: el intento de López Contreras de perpetuar el gomecismo, aliado con las petroleras y los viejos latifundistas, y la gestión del presidente Medina Angarita, también militar, que arrancó en 1941 con cierta vocación de apertura política. Medina legalizó a AD y, aunque tarde, al Partido Comunista de Venezuela (PCV), muy perseguidos anteriormente. Entre 1945 y 1947 surgieron los partidos Copei (demócratacristiano) y Unión Republicana Democrática (URD, liberal progresista), completándose así un escenario político donde las obras principales estuvieron representadas por unos actores y agrupamientos que fueron los mismos hasta ayer no más.

Ninguno de ellos logró mitigar el carácter supeditado del país, una característica que se afianzó con el paso del tiempo y


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aumentó en América Latina hasta los extremos del triunfo neoliberal inaugurado por Augusto Pinochet Ugarte en Chile. La dependencia de Venezuela con respecto a Estados Unidos comenzó antes de la aparición del petróleo, según sostiene Domingo Alberto Rangel: "En el proceso de la Venezuela de Castro y Gómez hay que insertar el drama de un mundo que entraba a la etapa del imperialismo. Es en los años que van de 1895 a 1908 cuando Venezuela pierde la independencia que había conquistado en Carabobo. La diferencia entre la época anterior a los andinos y la que ellos dejan radica en que ella señala el encumbramiento de los Estados Unidos como potencia mundial. Fue precisamente Venezuela el país que permitió a los norteamericanos notificarle a Europa en 1895 que en el hemisferio occidental había un nuevo poder. El diferendo de límites con la Guayana no enfrenta a Venezuela con Inglaterra sino a los Estados Unidos con esta última. Cuando los yanquis intervienen, los ingleses ceden. Y en el bloqueo de 1902 los Estados Unidos manejan todos los hilos e imponen la solución. De allí en adelante ya Venezuela no tendrá la autonomía de que disfrutó en los tiempos de sus guerras civiles. Para una historia de los últimos ochenta años es necesario introducir en el relato a Teodoro Roosevelt, misionero como nadie del imperialismo, o Henry Deterding, Napoleón del petróleo como lo llamó uno de los biógrafos, a W. T.S. Doyle, jefe civil del petróleo que se parecía a Gómez, a Floyd Merritt descubridor del Zumaque n° 1 (campo petrolero), a Herber Hoover que busca los geólogos norteamericanos para los primeros pozos de Venezuela y a Franklin Delano Roosevelt, primo de Teodoro, que moldea el sistema político de nuestro país hacia 1935 tal como él existe hoy con bellaquerías que se intercambian y complicidades incesantes. La visión provinciana de la vida venezolana es absurda. Quien quiera estudiar a nuestro país en este siglo tiene que ir a los libros europeos y norteamericanos donde está la política mundial". Y, para precisar conviene conocer las historias de las andanzas políticas de las grandes empresas petroleras.

Héctor Malavé Mata insiste en la misma idea básica de Domingo Alberto Rangel, de tal forma que escribe lo siguiente: "La


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Venezuela de comienzo del actual siglo era todavía una formación definida por los mismos rasgos y relaciones que caracterizaban a la Venezuela del siglo precedente. Cipriano Castro poco había hecho por impulsar el desarrollo de las fuerzas productivas y librar al país del marasmo en que se encontraba por las continuas guerras. Vestigios coloniales perduraban aún en la morfología de su atraso, nuevos factores se añadían a su situación de dependencia. Consorcios petroleros extranjeros realizaban sus primeras inversiones en actividades de exploración y prospección. Antes de culminar la primera década de este siglo, Juan Vicente Gómez ya había sucedido en la presidencia de la República a Cipriano Castro: continuaba con aquél la danza de las concesiones petroleras después que el trato preferencial del gobierno de Castro al capital inglés había provocado recelos y reacciones en los inversionistas norteamericanos. El capital monopolista de Estados Unidos, con estrategia de renovada conquista, adquirió luego con Gómez los privilegios y las ventajas económicas que no obtuvo con Cipriano Castro. El país no había dejado de ser colonial y ya comenzaba a ser moderno".

Ya en 1924 el ingreso petrolero sobrepasó el agrícola. El desplazamiento del eje de la dinámica económica desde el aparato productivo agroexportador hacia la producción de servicios, el comercio y la construcción, fundamentalmente, así como el fortalecimiento del Estado en su papel de factor de acumulación, explican que la crítica situación de la agricultura no arrastrara al conjunto de la economía. Las crecientes disponibilidades financieras del Estado le permitieron mantener al sector agrícola en el marco de su situación de crisis crónica, mediante los subsidios, los cuales realmente comenzaron a concederse desde finales de la década de 1920. Un sector de los antiguos dueños de la tierra se orientó con presteza hacia las nuevas actividades, organizándose con otros socios en tomo a los más diversos intereses, sobre todo comerciales y financieros. Creció la burguesía, haciéndose de una vez completamente dominante así como aumentó numérica, social y políticamente la clase obrera.


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Lourdes Fierro completa la caracterización de los dueños locales del país diciendo que "el fortalecimiento de la clase dominante ocurrió en un proceso de creciente vinculación con la burguesía internacional. El indicador más resaltante de esta adecuación de intereses fue la posición que mantuvo aquella clase dominante venezolana ante la inversión foránea. Actuó como agente de inversionistas extranjeros para la obtención de concesiones, licencias, y créditos, e influyó en decisiones gubernamentales a fin de crear condiciones óptimas para la inversión". Nada de enfrentamientos estériles con el gran patrón norteamericano.

En términos académicos podría decirse que el modelo económico venezolano permaneció casi invariable durante este período (monocultivo petrolero, pérdida de la hegemonía de los terratenientes, aumento de las importaciones, Estado liberal), pero acopió en sus entrañas el salto siguiente preanunciado por la primera huelga petrolera, la insurgencia estudiantil de 1928, la emergencia de la actividad de los partidos políticos y las movilizaciones de los trabajadores a partir de 1936. Ya antes de su caída en 1945, Medina Angarita, quien de alguna forma también contribuyó al cambio democrático, según aseguraba el PCV y negaba AD, comprobó que los partidos políticos, en verdad casi todos los sectores sociales nacionales, presionaban con firmeza para arrancarle a las empresas petroleras extranjeras una mayor tajada de sus beneficios y conseguir de una vez el ejercicio de las libertades.

Los comunistas sostuvieron a Medina hasta el último momento porque éste manifestaba una inclinación favorable a los aliados en la segunda guerra mundial. El PC respondía así lealmente a las alianzas de la época que la burocracia estalinista de la Unión Soviética dictaba para sus partidos afines en el escenario internacional. Pero era incomprensible para los trabajadores venezolanos que un aguerrido partido que luchaba


por la democracia como el PCV apoyara una dictadura. paradoja estaba servida.

La

Ocho días antes del 18 de octubre de 1945, el PCV obtenía la legalidad. Y aquel 18 de octubre salió en defensa de Medina Angarita en cuanto se inició la asonada adeco -militar. Gustavo Machado, uno de los líderes históricos del PCV, ofreció al presidente acosado miles de hombres dispuestos a dar la vida "contra la reacción", o sea contra los golpistas supuestamente de derechas. Según contó posteriormente el mismo dirigente, Medida Angarita respondió a su propuesta de la siguiente manera: "Machado, le habla un hombre en el momento tal vez más trascendental de su vida: quédese tranquilo".

2. -De Rómulo Gallegos a Pérez Jiménez.

Los líderes de AD, como ya quedó indicado, consideran el trienio adeco (1945-1948) como una verdadera revolución.

Media verdad es media verdad además de media mentira. Jaime Lusinchi, quien llegaría a la presidencia de Venezuela, ofrecía un balance muy sintetizado ante un grupo de destacados miembros de su partido. "1945 - discurseaba Lusinchi en junio de 1983- marca el momento de su ascenso al poder (de Acción Democrática).

Es la Revolución de Octubre que intenta recuperar el tiempo perdido y que logra, en efecto, avances sin precedentes y reformas tan profundas en todos los órdenes que ellas mismas


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desatan fuerzas antagónicas poderosas, de adentro y de afuera, que terminan frustrando aquel gran ensayo de democratización.

Se inauguran por primera vez en Venezuela sucesos sin precedentes: se elige por primera vez una Asamblea Constituyente, por votación directa y secreta; un Congreso, un presidente de la República; se suscriben los primeros contratos (convenios) colectivos; se reforma el régimen de participación estatal en la explotación del petróleo; se amplía la educación y se populariza; se echan las bases para la industrialización y el desarrollo y se lleva a cabo una política exterior democrática y antidictatorial, de apoyo y respaldo a los movimientos que en América Latina se proponían similares metas. Lusinchi se quejaba de que los historiadores valoraban poco, mal y equivocadamente la reforma agraria de la época. Los terratenientes, por su parte, tampoco protestaron demasiado por la profundidad de aquella reforma.

El nuevo orden implantado por el trienio adeco implicaba el establecimiento de un nuevo estilo político, caracterizado, según señala Juan Carlos Rey, por la organización y politización de grandes masas y significaba un cambio sustancial en las reglas del juego hasta entonces imperantes, mediante la fijación de nuevos actores y la exclusión, en la práctica, de las elites políticas tradicionales.

Los nuevos actores del proceso político, los partidos, se convierten en principales vehículos o canales de la acción.

Sin embargo, aunque en principio éstos aceptan las nuevas reglas, no dejan de producirse pronto reservas y tensiones de importancia. En efecto, una parte considerable de los sectores tradicionales que se ven desplazados de la actividad política,


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viendo peligrar la conservación y reproducción de sus privilegios e intereses debido a la orientación progresista del recién estrenado gobierno, rechazan pura y simplemente la legitimidad de unas reglas que implicaban, en la práctica, convertirlos en perpetuos perdedores y pasan directamente a la conspiración.

Así, por ejemplo, la Iglesia rechazó el sustento de legitimidad del Gobierno, la voluntad de la mayoría, alegando que esta mayoría deja de ser legitimadora si su representante, el Gobierno, va contra los intereses y deseos obvios de la mayoría católica. Esta posición fue asumida contra la política gubernamental destinada a secularizar la educación privada sometiéndola al control del Estado. Dicha política fue considerada igualmente peligrosa por las familias económicamente privilegiadas ya que la enseñanza privada religiosa las concernía directamente. Estos sectores de la economía privada veían amenazado su status a causa de la tesis del Estado sobre el sector docente, los nuevos derechos sociales de los trabajadores, la creación y legitimación de una fuerza sindical organizada y el deterioro del poder político y social, en decadencia, de los terratenientes en el campo mediante la reforma agraria y la organización de los campesinos. También el ejército se vio amenazado por la hegemonía de AD al excluirlo del ejercicio directo del poder. En resumen, el nuevo Gobierno parecía amenazar demasiados intereses simbólicos y materiales consolidados.

De las medidas de avanzada tomada por los adecos, la peor asimilada por Estados Unidos fue la ley que impuso lo que popularmente se conoció como el fifty-fifty. El Estado venezolano recibiría de entonces en adelante el 50% de los beneficios declarados por las compañías extranjeras.

Una vez derrocado por su propio ministro de Defensa (noviembre de 1948), el ya ex presidente Rómulo Gallegos se


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lamentaba con amargura en La Habana de que quienes derrocaron su Gobierno, elegido democráticamente por la mayoría de los venezolanos y que apenas duró nueve meses, habían sido "las compañías petroleras junto a un sector del ejército". En aquella amargura se notaba hondura porque Gallegos no se portó tan mal con las compañías norteamericanas dedicadas a la extracción del crudo, a las que al fin y al cabo perdonó un aumento de la tasa impositiva. ¿Qué temían las petroleras? ¿Quizás la efervescencia social y política, el clima de amplia libertad que amenazaba con cambios radicales a los dueños locales y foráneos de Venezuela? Seguramente.

El triunvirato que dirigió el golpe lo formaron los militares Delgado Chalbaud, Llovera Páez y Pérez Jiménez. Curioso pero comprensible: los tres habían colaborado con el golpe anterior propinado por Rómulo Betancourt y sus jóvenes oficiales contra Medina Angarita.

Los tres estaban dispuestos a seguir con el modelo de desarrollo neocolonial a partir del fortalecimiento del Estado como sujeto y protagonista económico que impulsó Acción Democrática pero con los adecos ahora en la clandestinidad.

Sin embargo, los militares discrepaban en otras cuestiones.

Dicen, tesis sin confirmar, que Delgado Chalbaud pretendía regresar lo antes posible al ejercicio de las libertades, que por ese motivo fue asesinado en 1950 y que Pérez Jiménez pensaba lo contrario: había que evitarle sustos como el del trienio adeco a las petroleras y a la propia burguesía. El intento de maquillar el régimen con las elecciones de 1952 le salió mal a los uniformados. Como quienes ganaron fueron los partidos URD y


RÓMULO GALLEGOS


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Copei, el general Marcos Pérez Jiménez dio una especie de autogolpe, al estilo Fujimori pero menos sangriento, quedándose ya en el poder hasta la insurrección popular de enero de 1958 que lo tumbó.

La dictadura en efecto elevó el papel del Estado en una actividad económica que al terminar la segunda gran guerra mundial había impulsado las inversiones norteamericanas en el país más allá del enclave petrolero, pero el aumento de los ingresos también hizo que ese Estado se responsabilizara por la producción de energía y por el desarrollo siderúrgico y petroquímico, al tiempo que transfería enormes recursos al sector privado para la expansión preferente de la construcción y otras industrias vinculadas a esa actividad. También fueron importantes los avances en materia de salud, educación y en la construcción de grandes carreteras que terminaron por comunicar al conjunto del país y a proporcionar los caminos de la población rural hacia los barrios marginales de las grandes ciudades.

Marcos Pérez Jiménez, apoyándose en la represión de los partidos políticos tanto como en la persecución de los dirigentes sindicales impuso una vuelta hacia atrás sobre las conquistas sociales del trienio adeco, una regresión insoportable en la distribución de la renta entre el capital y el trabajo, además de aumentar el número de concesiones petroleras. Pero cometió errores fatales para su régimen como el de privilegiar a la patronal de la construcción en detrimento de otros sectores que dejaron de sentir que la dictadura los representaba, así como, sobre todo, el despilfarrar los recursos nacionales en grandes obras suntuosas con frecuencia de poca utilidad o en sostener a los partidarios del régimen. La malversación de los fondos públicos iba convirtiéndose en una costumbre que echaba raíces. La burguesía pasó a la rebelión en cuanto, según sus cuentas y sus contables, el Estado comenzó a invertir directamente proporciones cada vez


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mayores del excedente total, disminuyendo así la cuota de inversión privada.

Visto y anotado que perdía el control, el dictador tuvo que hacer sus maletas cuando comprobó la extensión del malestar popular y que los sectores económicos fuertes aceleraron sus negociaciones con los líderes de los partidos políticos proscritos. La obra de teatro política encontró en Nueva York el escenario ideal para la preparación de una transición pactada a la democracia que marginaba a la izquierda representada por el Partido Comunista de

Venezuela (PCV), a pesar de que uno de sus líderes, Gustavo Machado, participó en las reuniones en las que también algunos grupos patronales ya opuestos a Pérez Jiménez estuvieron presentes. Allí, en Estados Unidos, cocinaron Rómulo Betancourt (AD), Rafael Caldera (Copei) y Jóvito Villalba (URD) el Pacto de Punto Fijo, a espaldas de los venezolanos pero de acuerdo con Washington. Allí decidieron qué partidos asumirían el poder, empezando por Acción Democrática de Rómulo Betancourt en coalición con los copeyanos de Rafael Caldera y cuáles serían las condiciones para que ellos mismos se relevaran en el poder.

Retomaba Venezuela a otras formas de control social, coincidiendo con una posición adoptada por Estados Unidos favorable aparentemente a la democracia, aunque sin exagerar, en algunos de los países que quedaron en su área de influencia después de la segunda guerra mundial y en los inicios de la paz caliente, mejor conocida como Guerra Fría.

El encargado de ofrecer las disculpas por la exclusión de la izquierda del Pacto de Punto Fijo fue el inefable Rómulo Betancourt, quien argumentó que el PCV representaba una


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filosofía política incompatible con la estructura democrática del Estado venezolano que se pretendía consolidar.

Impresentable. Buenos aquellos comunistas pero sólo para luchar por la democracia. Apestados como promovieran una política independiente, fuera del marco impuesto en Nueva York por Estados Unidos.

3. - Del 23 de enero a Rafael Caldera.

El derrocamiento de Pérez Jiménez vino pues precedido de amplias negociaciones entre sectores que defendían intereses distintos o antagónicos. Pero lo que forzó la apertura democrática no fueron tales negociaciones i i las movilizaciones populares, a los que se TZ f 6lgaS Y del ejército descontentos, autodefmidos como an *e,ctores En diciembre de 1957 convergieron tres factores^eci'siíos- el momento culminante de la lucha y de la represión la escasa liquidez de los bancos. > 1 Para el resultado final de la contienda fue decisivo el papel de los militantes adecos y comunistas durante las movilizaciones y la huelga general que triunfó el 23 de enero del año siguiente. Este proceso estuvo encauzado por la Junta Patriótica, un organismo de frente unido que agrupaba a toda la oposición. Durante 1958 merecen señalarse algunos hechos que marcarán de forma decisiva las décadas posteriores en la vida política de Venezuela: la fuga del dictador provocada por la insurrección que algunos llaman cívico militar, el Gobierno provisional de Larrazábal, el pacto de Punto Fijo y las elecciones de diciembre que condujeron a Betancourt a la presidencia al frente de un Gobierno de coalición nacional, aunque con el PC al margen tal y como establecía el Departamento de Estado para las democracias aliadas pero tuteladas. Empezó a fraguarse en los despachos la Constitución de 1961.


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A la izquierda venezolana, dividida hoy fundamentalmente entre quienes apoyan o rechazan a Chávez, le falta todavía un balance satisfactorio sobre el significado del 23 de enero de 1958, la propia actitud ante el Pacto de Punto Fijo y el proceso político posterior. Quizás aparezcan algunas lecciones interesantes de las que aprender hoy. El PCV aceptaba por razones tácticas su marginación en las instancias donde de verdad se tomaban las decisiones de futuro porque en su concepción de la revolución por etapas, la del 58 recogía las banderas de la inconclusa revolución burguesa del 45. A otros les tocaba pues concluirla. La socialista ya aparecería en un futuro indeterminado. ¿Que los trabajadores, incluidos sectores de la burocracia de la Central de Trabajadores de Venezuela (CTV) y en general el pueblo venezolano, habían colocado sobre la mesa todas sus reivindicaciones al destronar a Pérez Jiménez? No importaba. El esquema de las etapas era la fuente escogida e infalible de la sabiduría política. ¿Que la Junta Patriótica dirigía el proceso y asumía el control del poder para entregárselo definitivamente a los abogados políticos de la burguesía? Tampoco importaba. Que el PCV pasara de ser un pequeño grupo en la clandestinidad a obtener el 22% de los votos en Caracas en las primeras elecciones generales realizadas a finales de 1958 no conmovió a los líderes estalinistas. Ninguna otra agrupación de izquierdas logró un apoyo político tan grande en cualquiera de las elecciones venezolanas celebradas posteriormente.

Por su parte, Rómulo Betancourt sí había asimilado las enseñanzas de la frustrada Revolución de Octubre. Resultaba imprescindible tranquilizar a los estadounidenses y a la burguesía asustadiza venezolana asegurándoles su tasa de ganancias, por una parte, y, por otra, deducida de la anterior, tenía que evitar cualquier amenaza a su partido por la izquierda o por la derecha. En cuanto a los militares, escribe Ricardo Combellas, "al mismo tiempo que se delimitaba su área de intervención pública en la política, se les mejoraba sus condiciones de vida mediante mejores


RÓMULO BETENCOURT


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salarios, alojamiento, y créditos baratos." A la empresa privada, comenta el mismo autor, "se le reconocen sus intereses como legítimos y se les encarga de darle un renovado impulso a la industrialización del país mediante la o 11 protección del Estado" . Fedecámaras así como otras organizaciones patronales recibieron un trato delicioso, transformándose en el principal grupo de presión o poder de facto del país. A los trabajadores se les reconoció el derecho a votar, a trabajar y poco más.

Pero la revolución cubana cruzó su presencia en el camino a los acuerdos de Punto Fijo (aquel marco del consenso que nadie debía saltarse), afectando al PCV y a su práctica de la revolución por etapas, cuando aún el nuevo orden betancourista necesitaba consolidarse. Quizás sobre recordar que Rómulo Betancourt caracterizó su política exterior por una militancia de primera línea contra Cuba.

Presionados por las perspectivas socialistas abiertas por el castrismo y además, probablemente, por las provocaciones puntuales de Betancourt, el PCV lanzó la lucha armada después de que tanto esa organización como el MIR fueran declaradas ilegales. Que esta opción política de la izquierda disponía de cierto fundamento lo pone de manifiesto que idénticas presiones, tanto la situación venezolana como los primeros pasos del guevarismo, rompieron al partido Acción Democrática en 1960, dándole vida a una nueva formación, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). Sus militantes decidieron correr la misma suerte de la guerra de guerrillas, junto a grupos de militares nacionalistas. A posteriori, a la vista de los resultados, cualquiera puede darse el penoso lujo de decir que aquellos abnegados revolucionarios erraron. Y así fue porque quedaron derrotados ante fuerzas muy superiores militarmente tanto como porque política y organizativamente resultaron aislados o expulsados policialmente de los grandes organismos de masas. Betancourt consolidó el


Teodoro Petkoff

ANTIGUOS INZQUIERDISTAS DE LOS SESENTA CON BIOGRAFÍAS POLÍTICAS CONTRADICTORIAS

Pompeyo Márquez

Douglas Bravo


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nuevo régimen amputándole brutalmente al país el brazo izquierdo, el componente más generoso de la sociedad venezolana.

Sólo en contadas ocasiones sectores amplios de la población secundaron a la vanguardia armada. Y esta misma vanguardia tardó mucho en reconocer la derrota. Douglas Bravo aún tenía esperanzas en un nuevo ascenso en 1966, aunque en realidad esperaba más de la voluntad subjetiva de su grupo armado que de la movilización de los trabajadores.

"1966 ha sido definido por las FALN como el gran año de la reestructuración del movimiento armado en todo el país. En la reunión del 10 de diciembre de 1965, con la presencia del comandante Fabricio Ojeda, se trazaron las líneas fundamentales para la reestructuración definitiva del movimiento armado. El panorama entonces se mostraba aparentemente débil. Las perspectivas de la revolución, de la resistencia al gobierno dictatorial legalizado, al gobierno constitucional de Leoni, parecían poco favorables. Pero nosotros estábamos seguros de que se trataba de una situación transitoria. Los enemigos tradicionales de la revolución no tuvieron en cuenta una cosa muy importante: la férrea voluntad, la indeclinable determinación de la dirección de las FALN de continuar adelante con la lucha de liberación. Lo que no tuvieron en cuenta nuestros enemigos, incluso algunos pesimistas dentro del campo revolucionario, fue el significado de cinco años de lucha armada, de combates en el campo, en las ciudades, cinco años de lucha de oficiales patriotas. De esta amplia e inestimable experiencia depende buena parte de la solidez del actual movimiento armado".

La izquierda pagó una dolorosa factura adicional, lógica en estos casos, la fragmentación en distintos grupos en el transcurso de los años siguientes. Del PCV saldrían las FALN de


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Douglas Bravo, el MAS de Teodoro Petkoff y Pompeyo Márquez, Vanguardia Comunista.... Del MIR partieron Bandera Roja, la Liga Socialista. Después aparecería Causa R.... Hubo otras facturas adicionales. De enjundia. El debilitamiento de la izquierda, su aislamiento, provocó una desatención de las luchas de los trabajadores del campo y de la ciudad en cuanto a la defensa de las reivindicaciones laborales se refiere, promoviendo la ineficacia de los sindicatos dominados sobre todo por los burócratas de AD. Otra equivocación de la izquierda fue romper la CTV y crear la Central Unitaria de Trabajadores de Venezuela (CUTV), separando así los líderes más combativos del grueso de los trabajadores sindicalizados.

En los primeros años de la década de los sesenta, en pleno auge de las movilizaciones populares tras la caída de la dictadura, la remuneración del trabajo llegó a alcanzar el 60. 8% del ingreso nacional, es decir 16% más que en 1957.

No obstante, en los años siguientes se produjo un continuo deterioro, que se aceleró a partir de 1969. En 1973, la remuneración del trabajo había descendido tanto que sólo llegaba al 42.8% del ingreso nacional, es decir se redujo en 29. 6% con respecto a 1961 y en 18.3% con relación a 1957, el año más regresivo de la dictadura. Bajó el consumo, es decir las expectativas de crear un enorme mercado interno para los productos nacionales. Encima, el auge petrolero anterior quedó paralizado, estancándose provisionalmente el ascenso de los ingresos previstos.

Además de intentar el desarrollo de la propia burguesía industrial por medio de la mal llamada sustitución de importaciones, que en realidad consistía en importar casi todo de Estados Unidos y ensamblarlo en casa. Betancourt retomó la vieja senda del nacionalismo adeco, creó la Corporación Venezolana del


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Petróleo, la de Guayana y relanzó una reforma agraria más bien frustrante.

Considerando incluso la etapa del oscuro e igualmente presidente continuista y adeco Raúl Leoni (1963-1968), la concentración de la propiedad de la tierra siguió siendo brutal. Cierto que entre 1961 y 1971 la superficie en poder de propietarios privados se redujo y surgieron unos 14.000 nuevos pequeños propietarios. Sin embargo, existían para ese año de 1971 unas 8.750 explotaciones, el 3,1% del total, que acumulaban 20,3 millones de hectáreas, nada menos que el 76,5% de la tierra. Entre 1966 y 1971, la participación de la reforma agraria en la producción agrícola nacional apenas fue del orden del 10%, a lo que debe sumarse otra calamidad: una alta proporción de la actividad estaba representada por el cultivo de los productos menos rentables.

Los adecos perdieron las elecciones a manos de los copeyanos en diciembre de 1968. El bipartidismo cumplía oportunamente con el ritual. Ascendía al poder un nuevo gestor de aspecto impecable, reconocido nivel intelectual, excelente padre de familia, apreciadísimo en los círculos de la escasa burguesía culta del país e inofensivo para sus intereses, adaptado a los tiempos cristianos del Concilio

Vaticano II, menos quemado que el aspirante de una Acción Democrática, con demasiadas promesas incumplidas a sus espaldas así como signado por una tradición de represión espantosa contra la izquierda. Aunque su partido Copei era minoritario en el Congreso, Rafael Caldera asumió la presidencia presentando un discurso diferenciado del manejado por la oposición, modemizador y de lenguaje levemente progresista.


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Apoyado inicialmente por el conjunto de los sectores empresariales, diversificó las relaciones exteriores, mantuvo una política menos beligerante contra La Habana, incorporó a la vida política legal a los grupos guerrilleros aún activos que decidieron dejar las armas. Incrementó la participación de Venezuela en los beneficios del petróleo casi hasta el 60%. Cuando Caldera entregó la presidencia en 1973 a un adeco que había sido el temido ministro del Interior en la etapa betancourista, Carlos Andrés Pérez, la pobreza afectaba todavía al 40% de la población y se iniciaba la escalada de la subida de los precios del petróleo en el mercado mundial. Como explica Juan Morales González "el presupuesto que había manejado Caldera ese año fue de 14 mil millones de bolívares y dejó como herencia una deuda externa manejable de 1.200 millones de dólares. El primer presupuesto que administró Carlos Andrés Pérez superó los 42 mil millones de bolívares, o sea, multiplicó por tres el más elevado presupuesto que había tenido el país hasta 1973"

4. - De Carlos Andrés Pérez a Jaime Lusinchi, pasando por Luis Herrera.

Este primer paso de Carlos Andrés Pérez por la jefatura del Estado fue terrorífico desde el punto de vista económico, aunque diera a los ciudadanos la impresión contraria al producirse una gran expansión de la demanda interna. El manejo de la prosperidad momentánea prefiguraba el hambre del futuro próximo, cumpliéndose aquella máxima de un economista venezolano. ¿Cómo definir esta situación?, se preguntaba. Y respondía lo siguiente: "a esta lumpenburguesía le corresponde necesariamente un lumpendesarrollo". Nunca antes había recibido el país tanto dinero en un período tan corto de tiempo, a pesar de lo cual la deuda externa de Venezuela saltó de 1.200 a 13.000 millones de dólares entre 1973 y 1978. Si Caldera nacionalizó las


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reservas de gas natural, Carlos Andrés Pérez hizo lo propio con el petróleo y el hierro, a cuyos antiguos propietarios imperialistas indemnizó generosamente. Estuvo a punto de enfrentarse a una huelga en estos dos sectores nacionalizados porque pretendió darle un corte a las conquistas económicas y sociales que durante años lograron arrebatar los trabajadores a las empresas yanquis. En esta ocasión supo ceder, evitando el conflicto. También bajó por decreto el precio de los productos de más alto consumo popular, realizó una activa política de creación de empleo en muchos casos improductivo, presentó fastuosos planes nacionales de desarrollo, el dinero circulaba a manos llenas entre una clase media que ya se creía instalada en el paraíso. Sólo había que consumir preferentemente productos importados.

Carlos Andrés Pérez ejerció además como líder de la socialdemocracia internacional que por fin hacía pie en uno de los países de magro desarrollo. Paseó su prepotencia por donde le dejaron, exigiendo un orden económico menos injusto con el tercer mundo y defendió al sandinismo en su lucha contra la dictadura de Somoza. Nunca llegó a inquietar demasiado a Estados Unidos por los discursos nacionalistas. A Carlos Andrés Pérez lo veían interesado, en pleno delirio de grandeza, por fortalecer su protagonismo político con supuestas inversiones suculentas en la arruinada Centroamérica. Pero lo que sobre todo acumuló el período de este presidente adeco fue fama de corrupto junto al conjunto de su partido socialdemócrata, además de recesión, una inflación contenida de forma artificial y que naturalmente pagó su sucesor así como una balanza de pagos deficitaria. Lo que resulta difícil de comprender es por qué y de qué manera se endeudó hasta las cejas un país que no lo necesitaba.

El origen quizás anecdótico de la deuda para el profesor venezolano Juan Morales González, en principio, fue que al presidente le tendieron desde medios financieros yanquis una trampa, ofreciéndole créditos a bajo interés para sus proyectos faraónicos dentro y fuera de Venezuela.


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Entonces, ¿se debió por ventura a un exceso del gasto público el salto de la deuda de 1.200 a 35.000 millones de dólares entre 1975 y 1983? Según el negociador venezolano con el FMI, Miguel A. Rodríguez, (citado por Morales González), "eso es totalmente incorrecto, ya que la contrapartida de nuestra enorme deuda externa no son ni excesivas inversiones ni gasto público, sino activos dominados en dólares del sector privado en el exterior (...) Pero ¿por qué se produce el masivo endeudamiento del sector público que terminan financiando la acumulación de riqueza en el exterior del sector privado? Y ¿cómo y por qué se da la exportación de ahorro privado al exterior? La respuesta a ambas preguntas es simple. Lo primero se explica por la distribución de los flujos de ahorro intersectoriales que favorecieron al sector privado de la economía, en tanto que lo segundo ocurre por las pésimas políticas financieras de 1980 y 1981, y por el mantenimiento obcecado de una sobrevaluación abierta del bolívar hasta febrero del 83 (...) Del proceso de exportación insólita de capitales privados al exterior y no de la insuficiencia del ahorro interno, es que surge la casi totalidad de la deuda externa venezolana pública y privada".

Insiste Rodríguez: "... a pesar de que el Estado venezolano aparece como el gran deudor con el exterior, la casi totalidad del incremento de la deuda externa entre 1973 y 1983 fue utilizado para financiar salidas de capital privado al exterior, en la forma de adquisición de activos financieros (depósitos de ahorro, mesa de dinero, eurobonos...) y no financieros (condominios en Miami, apartamentos en Manhattan, terrenos, etc..." Pero es que, por si fuese poca cosa este disparate criminal, el sector privado con participación en empresas mixtas se las arreglaba, con la aquiescencia de políticos pillos, para que la deuda contratada en beneficio propio apareciera en las cuentas como deuda pública.


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En tiempos de Lusinchi se intentó desconocer parte de la deuda, denunciándola por su carácter evidentemente ilegal, pero el presidente se echó para atrás ante las amenazas de la banca internacional o sus requiebros. El Estado se endeudaba no para empujar el desarrollo sino para enriquecer a los sectores más lúmpenes de la burguesía venezolana y a la banca internacional que terminaría por imponer, a CAP y a sus sucesores, las condiciones draconianas para renovar los préstamos cada vez más caros que sufren los países atrasados. Y no hace falta recordar ahora qué hombros soportan esas condiciones espantosas.

Cuando Carlos Andrés Pérez empezó a recibir petrodólares que no podía ni contar, anunció que "administraría la abundancia con criterio de escasez", a lo que Caldera se dio el gusto de responder años después que en realidad CAP administró enormes recursos financieros "con escasez de criterio". El gran patriarca copeyano gozaría de otra oportunidad para demostrar su mejor capacidad de gestión, pero fracasó sin remedio.

Aunque el presidente Luis Herrera Campins (1978/83), copeyano, se quejara con razón de los mimbres recibidos, como hiciera en sus críticas el que le siguió al mando de Miraflores, el adeco Jaime Lusinchi (1983/1988), la tendencia a la desintegración social, económica y política de Venezuela no hizo otra cosa que confirmarse y ampliarse.

Mientras, la izquierda en su conjunto, con el MAS como fuerza mayoritaria, jamás consiguió pasar del 13% en el apoyo electoral que le concedían los ciudadanos. Los acontecimientos internacionales le fueron inicialmente favorables a Herrera, pues gracias al precio del petróleo recibió más dinero en tres años que su antecesor en cinco.


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La primera caída fuerte del precio del crudo sucedió en 1982, tras la que vino otra recaída aún más dura en febrero de 1983. Total, déficit crónico y aumento de la deuda, cuyo servicio había que financiar con unos 5.000 millones de dólares anuales de allí en adelante. Herrera empezó a ceder a las exigencias de los yanquis en otros terrenos añadidos como un intento inútil o fariseo de control del gasto, liberalización de los precios y otras gracias. Consiguió que subieran los precios, desde luego, pero al mismo tiempo empujó el aumento del número de desempleados y huelgas dirigidas por los sindicatos que le impusieron aumentos salariales en contra de su voluntad. Por su ineptitud en la gestión, Luis Herrera, el heredero de Caldera como máximo dirigente socialcristiano, obliga a que se le compare con Raúl Leoni, el descendiente político del tradicional jefe adeco Rómulo Betancourt. Los dos delfines fueron una calamidad como líderes políticos y un desastre como gestores, aunque igualmente queridos como abogados políticos de los eternos amos de Venezuela.

Jaime Lusinchi (1983/1988), para mantener la tradición de los discursos acostumbrados al principio de cada legislatura, prometió el moro y el oro. Solucionaría gracias a un pacto consensuado, según juraba, los desequilibrios sociales y, al mismo tiempo, aplicaría una austeridad a las mayorías que, al contradecir el primer objetivo, haría sencillamente imposible el tal consenso. A pesar de lo prometido a la patronal, la administración de Lusinchi aumentó el gasto público. Había que cuidar el voto cautivo a punto de escaparse aunque costara dinero. Nadie concedió credibilidad a los cuentos sobre la disposición oficial acerca de la lucha contra la corrupción. En 1988 batió otra plusmarca. Venezuela se convirtió en el cuarto país deudor del subcontinente, detrás de Brasil, México y Argentina. Lo grave, o lo más grave quizás, consistía en que los ingresos por exportación de petróleo bajaron por encima del 50% entre 1984 y 1988.


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Como las importaciones venían con aumento de precios incorporados al devaluarse ya de forma recurrente el bolívar, la inflación trepó hasta el 25%. El país parecía postrado definitivamente ante las demandas neoliberales del Banco Mundial y el FMI, aunque especialmente los trabajadores hacían la resistencia que podían en el terreno de los recortes a su nivel de vida. Cuando Carlos Andrés Pérez regresó como candidato presidencial en plena desesperación de la mayoría de los ciudadanos, lo hizo ofreciendo un proyecto aparentemente nacionalista, despertando nuevas ilusiones en la gente y derrotando con facilidad al candidato de la otra parte del bipartidismo asfixiante encamado por el copey ano Eduardo Fernández. Carlos Andrés Pérez engañó a los venezolanos, pero esta vez el sistema político pagó semejante impostura con la rebelión de Caracas en febrero de 1989: con aquel Caracazo.

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CAPÍTULO X

A modo de conclusión probablemente precipitada

Caminaba entre trompicones este planeta aunque atado y bien atado por el triunfo del capitalismo en su versión neoliberal. Venezuela también. Dijeron que la humanidad correría apoyada endos piernas fuertes hacia el progreso, desde el ocaso del Muro de Berlín en adelante, inspirado en el sistema capitalista libre de trabas estatales o totalitarias de cualquier tipo y el libre funcionamiento de los partidos políticos.

Engordaron de paso siglas tras las que escondían transnacionales, vergüenzas y decisiones no democráticas: OMC, BM, FMI, G-8, OTAN... Derrotado el socialismo burocrático, los restos de Estados delincuentes, anacrónicos o terroristas, molestarían poco hasta regresar por las buenas o las malas al orden natural de las cosas y los dioses. De ahora en adelante sólo registraríamos mejoras de la civilización reinante. Era el fin de los tiempos y de sus feas contradicciones que trajeron a mal traer al


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siglo XX. De repente, y sin argumentos científicos que avalaran al profesor estadounidense Francis Fukuyama, un sistema histórico, como todos, se transformaba en definitivo, contradiciendo las más elementales conquistas del pensamiento humano. El movimiento quedaba atrapado en una foto fija para siempre.

A los países o continente completos que por las razones que fuera padecieran lesiones en sus piernas les bastaba con sanarlas (¿cómo, queridos?) Para colocarse ordenadamente en la procesión de quienes marchaban hacia el progreso permanente. Cualquier prueba en contra del pensamiento único, de este espejismo teórico, como las desigualdades crecientes a escala mundial, quedaba resuelto por sus mentores con el terrible "no hay alternativa" que tanto descorazona todavía a las víctimas izquierdistas de la implosión de aquel socialismo realmente existente que jamás existió. Si se hubiera aprehendido la naturaleza de la burocracia soviética o china y sus hijos en otros países, el trauma subjetivo hubiera pasado pronto o no se hubiera planteado siquiera. Unos, los ciegos o interesados seguidores del estalinismo, aseguraban que el socialismo se estaba construyendo armónicamente. Los teóricos de la ciencia social occidental apreciaban regímenes burocráticos cuyo derrumbe sería consecuencia sobre todo de la presión económica y militar exterior. Pero hubo marxistas que señalaron a tiempo el carácter restauracionista de la burocracia, la inviabilidad de un desarrollo socialista encerrado en el marco de las fronteras nacionales y el carácter social transitorio, es decir contradictorio, de los llamados estados socialistas. Podrían encaminarse estos estados transitorios y económicamente atrasados hacia el socialismo o en dirección al capitalismo. ¿De qué factor principal dependía uno u otro curso? Si la revolución no lograba triunfar en la mayor parte de los principales países capitalistas, la presión del mercado mundial terminaría revirtiendo por completo, aunque de forma provisional visto con una óptica histórica a largo plazo, los alcances de la revolución y se produciría entonces la restauración del viejo sistema capitalista.


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La parálisis de la izquierda no debería seguir a la derrota como si se tratara de su sombra. Conservando las conquistas teóricas, políticas y organizativas que sea menester, convendría recordar pensamientos que probablemente muestren hoy alguna utilidad, como el siguiente de Carlos Marx: "La revolución social del siglo XIX (¿quizás también la del XXI?) No puede extraer su poesía del pasado sino del futuro. No puede comenzar consigo misma mientras no se haya desprendido de todas las supersticiones con respecto al pasado. Con vistas a alcanzar su contenido, la revolución del siglo XIX (¿y la del XXI?) Debe dejar que los muertos entierren a sus muertos". La contundencia de la semidesnuda apariencia, sin embargo, sobrecoge el espíritu.

"El hecho político central hoy en día, escribe Perry Anderson, es que ya no quedan programas que pretendan superar el capitalismo. La revolución liberal no se ha completado todavía en todas partes. Pero, a falta de rivales, es como si la historia, en apariencia por lo menos, hubiera llegado efectivamente a su fin. Pero ¿no puede ser engañosa esta apariencia?". En realidad, el sistema no merece morir porque haya o no alternativa inmediata y palpable a su perversa decadencia sino porque se deslegitima a sí mismo al mostrarse incapaz de resolver los problemas más elementales de la humanidad y, por el contrario, agravarlos casi todos hasta límites insoportables, añadiendo otros nuevos.

Tras el espejismo inicial sobre las consecuencias positivas del nuevo orden internacional, la desenvoltura teórica neoliberal tuvo que cojear involuntariamente en la práctica bien entrados los años noventa. A tambalearse durante la crisis de los tigres asiáticos y la implacable exclusión social masiva en América Latina. Cuando los tigres asiáticos amanecieron gatitos y el siglo XXI prometía, por ejemplo, acoger a 140 millones de pobres en una Indonesia de 202 millones de habitantes, Francis Fukuyama expresó por primera vez serias dudas sobre sus propias ideas. En


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declaraciones realizadas a principios de septiembre de 1998 al periodista D. Kristov, del diario The New York Times, Fukuyama confesó lo siguiente: "Hay dos cosas en el horizonte que me parece justifica el miedo: que la crisis asiática se extienda a una depresión global, en cuyo caso todas las apuestas son erradas, y que Rusia pueda fallar en su intento de occidentalización. Las dos cosas pueden suceder realmente. En los últimos meses sentí por primera vez desde que empezó esta década que pude haberme equivocado en mi tesis El fin de la historia."

Los apologistas del progreso en línea recta inasible consideraron que el levantamiento zapatista de Chiapas a principios de 1994 apenas representaba una enfermedad pasajera, una gripe inofensiva, un eco anacrónico y pintoresco durante aquel ingreso de México en el primer mundo por la vía de la supeditación definitiva a Estados Unidos que representaba el Tratado de Libre Comercio.

Claro que ninguno de estos intelectuales apegados al poder comprendió o quiso comprender jamás la profunda actualidad de los murales de Siqueiros, Ribera o el ecuatoriano Guayasamín. Contemplaban las rebeliones de los indígenas y campesinos de México, Ecuador, Bolivia o de otros lugares sin inmutarse. ¿Qué pasa aquí? Que las viejas tareas democráticas que la burguesía criolla dejó sin resolver volvían, exigentes, al escenario de su futuro sumándolas a los dramas colectivos presentes que ella misma parió.

Poco antes de algunos reventones iberoamericanos en el traje de sastre neoliberal, el viento de los hechos disipó las ilusiones de rejuvenecer el capitalismo tardío en Rusia y en los países del Este de Europa. Ocupando el excitante lugar del rostro competidor y dinámico del capitalismo en épocas de euforia adolescente, cuando necesitaba pocas guerras para sobrevivir y


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aumentar la tasa de ganancias, amanecieron, sin pedirle permiso a Hayek, las mafias rusas y la caída en picado de la producción tanto como las ligeras conquistas sociales anteriores en los países del Este de Europa bajo el control de la burocracia soviética y paternalista. El hambre hizo acto de presencia tanto como la bancarrota de los derechos sociales. África corría hacia la nada en una agonía insufrible sin fin que sólo preocupa a Occidente en la medida en que puede afectar su comodidad.

Cuando descubra, como parece que hará gracias al envejecimiento de su población, que también a esta calamidad le pueden sacar beneficios económicos, la Europa del euro enflaquecido solicitará mano de obra barata y apenas pedirá algún certificado para asegurarse de que los condenados de la Tierra, que ellos condenaron, no portarán el sida. Estados Unidos comenzó a esconder sus 34 millones de pobres bajo la alfombra del crecimiento económico. Como si esos datos reales no ocultaran, además, la realidad de la explotación de los trabajadores a lo largo y ancho del mundo globalizado por sus finanzas y transnacionales. El socialismo es impensable a escala nacional pero idéntica cosa sucede con el capitalismo. Hoy más que nunca.

Y de repente el cuestionamiento de aquel pensamiento único (o pensamiento cero en la versión de José Saramago) pasó en América Latina, el subcontinente de mayor desigualdad, de los debates arrinconados entre gente preocupada por el rumbo penoso de los acontecimientos a la realidad de un país concreto: Venezuela. Ya no se trataba exclusivamente de movilizaciones indígenas o sobresaltos políticos graves como amagos golpistas, alguna huelga general contra los intentos de privatizaciones, coyunturas económicas adversas, denuncias de corruptelas, democraciassuspendidas en el aire por la desconfianza de los ciudadanos o la permanencia de la guerrilla colombiana. El sistema político liberal de más autoridad en el subcontinente hacía aguas. El más antiguo. Al que suponían inamovible.


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Inquebrantable. El actual Ministro de Defensa, ex canciller y ex candidato presidencial del MAS, José Vicente Rangel, aporta la siguiente reflexión sobre este fenómeno político: "Lo que me preocupa es que no se profundice, porque lo que está pasando en Venezuela hoy en día ya empieza a tener una dimensión que va más allá de las fronteras y que quizás vamos a tener que ubicarlo en el plano de un renacer político e ideológico de la región. Todos aquellos que hablaron de la muerte de las ideologías y del fin de la historia, no sé que estarán pensando en este momento. No solamente por la aparición de Chávez como fenómeno, lo de Uruguay y lo que se está moviendo en Brasil, no solamente el hambre, la marginalidad, esos son elementos, pero en este proceso hay elementos éticos, de carácter ideológico, de carácter político que muchos ideólogos consideraban que estaban muertos y desaparecidos".

El pequeño eslabón venezolano de la cadena del sistema sigue vivo. Con el alma quebrada por la corrupción y el despilfarro de la burguesía y de sus viejos abogados políticos, pero vivo por ahora. Tampoco aparecen aquí claras las alternativas. Lo que toca fondo a nivel global es la viabilidad de las fórmulas neoliberales para asegurar el bienestar de la población en cada vez más anchos espacios del mundo y la urgencia de propuestas alternativas aunque sean embrionarias y parciales. Asomados a la cuesta que pretende subir "el gran reino animal", que diría Silvio Rodríguez, aún se mira hacia arriba, hacia la cumbre, intentando descubrir cómo alcanzar la igualdad y la libertad uniéndolos de forma fecunda, cómo dar el salto desde estos miserables abismos de la explotación del hombre y de la naturaleza por el hombre.

Así arribamos, también a trompicones, al meollo de este asunto. El fenómeno chavista en Venezuela, un pequeño país despreciado por los pensadores eurocéntricos, presenta una combinación histórica peculiar que llama la atención por ahora


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porque molesta el fundamentalismo neoliberal. Como china en el zapato. El Gobierno de Caracas rompe la unanimidad al manejar cierta independencia con respecto a Estados Unidos en política exterior. Bolivariano significa precisamente la búsqueda de la unidad latinoamericana contra Washington, porque es el Norte el que traba el desarrollo del Sur. Chávez no pretende aparentemente sustituir el actual sistema económico y social. En realidad debe imaginar, como todos los padres criollos de la patria venezolana, militares o no, que los inmensos recursos naturales del país llevarán sobre sus hombros la felicidad a los ciudadanos con la única condición de administrar de forma equitativa, justa, sus recursos. Si así sucediera, si tal fuera la creencia de Chávez, el caudillo revelaría una gran confusión. Las excelentes intenciones, si las hubiere, chocarían de forma inevitable con el empedrado clasista que conduce directamente al infierno o a la revolución.

Su peculiar bonapartismo sui generis resulta soportable para los poderosos mientras esquive la necesidad de expropiar democráticamente sus propiedades e intereses, pero es absolutamente imposible redistribuir la riqueza sin, precisamente, meterle mano a las posesiones de esta gente, empezando por sus bancos y su derecho divino a la manipulación del crédito nacional. No hay porqué tocarles sus derechos políticos democráticos ni poner en duda la vigencia del Estado de Derecho o las libertades. Serán ellos quienes cuestionen las libertades de forma contundente si Chávez saliera revirado. El presidente está atrapado entre los batallones de pobres que le proporcionaron la oportunidad de hacer una revolución y los amos del país, de dentro y de fuera, que pretenden impedirlo por todos los medios legales e ilegales a su alcance. Algún líder latinoamericano fue incapaz de soportar semejante molienda y recurrió al suicidio cuando no lo tumbaron o terminó por ceder a los poderosos.

No hay revolución alguna en Venezuela. Todavía, aunque la voluntad casi consciente de la mayoría tenga que ver con ese sueño concreto. Habrá que apoyar cualquier medida de


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avanzada del Gobierno de Caracas frente a Washington y a los corruptos criollos más recalcitrantes.

Pero la penúltima palabra no está dicha porque los venezolanos carecen todavía de una dirección política revolucionaria, asunto sobre el que los trabajadores tendrán mucho que decir. Disponen como colectivo del brío adecuado, tantas veces demostrado. Sigue intacta esa fuerza de formas caóticas que tumbó a los responsables políticos de 40 años de engaños, corrupción y robo, apoyándose en un caudillo como si fuera una muleta. Y acompaña las esperanzas de millones de latinoamericanos que miran con curiosidad e ilusión el discurso novedoso y los desplantes con los que el presidente de Venezuela premia regularmente a los norteamericanos.

La quiebra de la unanimidad en el universo neoliberal latinoamericano disgusta e inquieta. Muy probablemente le asista la razón a Carlos Andrés Pérez cuando señala que Chávez podría caer gracias a un golpe de Estado, pero mientras el presidente conserve el nivel actual de apoyo popular resultará muy aventurero intentar su derrocamiento por la fuerza. Multiplicaría en esas condiciones la inestabilidad política, dibujando el panorama futuro con graves trazos de guerra civil. ¡Hay que ver para lo que han quedado los demócratas que acusaban a Chávez de querer enterrar las libertades democráticas! ¡Para conspirar con los altos mandos de las Fuerzas Armadas!

Los Estados Unidos y sus aliados caraqueños juegan por ahora al desgaste, a esperar pacientemente a que el Gobierno venezolano revele incapacidad para cumplir sus promesas o ceda de una vez ante el neoliberalismo. Si Chávez insiste y decide no plegarse a sus designios, esperarán la oportunidad política para tumbarlo o promocionarán algún candidato de talante neoliberal en próximas ocasiones electorales. Las presiones continuarán apretando a las autoridades políticas del país. De adaptarse


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Chávez a las exigencias que vienen del exterior, no sobrevendrá nada bueno y el país quedará varado en la postración. El drama no APÉNDICE ha hecho más que empezar. ¿Y la revolución social? Tan necesaria como pendiente y de dimensión latinoamericana. La liberación será sencillamente imposible sin esa perspectiva continental.


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APÉNDICE

Fechas bolivarianas Algunos acontecimientos marcan la ruta intemacionalista de Simón Bolívar. Conviene aprehenderlos para situar al personaje en aquel aspecto de su febril actividad política y militar.

19 de abril de 1810

El cabildo caraqueño en pleno desconoce al capitán general español Vicente Emparán, al que acusan de afrancesado. Se constituye una Junta Suprema dirigida por los grandes propietarios criollos, que se erige en defensora de los intereses de Femando VII, depuesto en su momento por las tropas de Napoleón en España. Simón Bolívar recibe el nombramiento de representante de la Junta ante el Gobierno inglés. Los dirigentes mantuanos fundan una organización política, la Sociedad Patriótica, al estilo francés, que presionará a favor de la independencia.

5 de julio de 1811

El mismo movimiento político que un año antes defendía la corona española acuerda la firma del Acta de Independencia.


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Agosto de 1812

Entrada del español Monteverde en Caracas. Bolívar huye. Se lanza el Manifiesto de Cartagena.

Mayo de 1813

Bolívar regresa a Venezuela por los Andes y toma Mérida. Dos semanas después ocupa Trujillo, donde hace público el decreto de Guerra a Muerte. Durante los meses de julio y agosto dirige la Campaña Admirable. La municipalidad de Caracas, en sesión plenaria, entrega en octubre el Título del Liberador a Simón Bolívar.

Enero de 1814

Declara que toda la propiedad pertenece al Estado. Comienza el denominado Año Terrible. Derrotado en la batalla de La Puerta por las tropas de Boves, el Libertador tiene que evacuar Caracas.

Años 1815/1819

Final de la guerra social capitaneada por Boves e inicio de la verdadera guerra de la independencia. La Carta de Jamaica, donde Bolívar expone sus ideas sobre la Gran Colombia, proyecto de integración panamericana. Recién llegado de Haití, decreta en


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Campano la libertad de los esclavos en junio de 1816. Durante 1819 tiene lugar el Congreso de Angostura. Retoma las ideas expresadas en la Carta de Jamaica y decreta la creación de la República de Colombia, un gran Estado que aspiraba a abarcar las actuales repúblicas de Colombia, Ecuador, Panamá y Venezuela. Batalla de Boyacá.

1821

Fin de la guerra de la independencia en Venezuela. Vuelve su atención hacia Ecuador, dominado por los españoles. 1822 Marcha junto a Sucre en dirección a Quito. El 16 de junio entra triunfal en esa ciudad.

1824

El 6 de agosto derrota al ejército español en Junín. El general Sucre sella la libertad americana el 9 de diciembre con la batalla de Ayacucho.

1825

Dirige sus pasos al Alto Perú, que se constituye en nación y adopta el nombre de República de Bolívar, a la que hoy llamamos Bolivia.


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1828

Congreso de Panamá.

1829

Los generales criollos no comparten la idea central de Bolívar en ese momento, a saber la concepción de impulsar el proyecto de la Gran Colombia. Se lamenta: “si voy al norte, el sur se desintegrará; si voy al sur se desintegrará el norte”. 1830 El 25 de septiembre, en Bogotá, un grupo de hombres asalta el palacio donde se encuentra el Libertador con la intención de asesinarlo. Manuelita Sáenz salva su vida. Acude al sur con el propósito de apaciguar la guerra entre Perú y Ecuador. Regresa mal de salud. Ya en Bogotá, enfermo y decepcionado, se retira a su villa, al cuidado de Manuelita Sáenz. Acaba de renunciar a la presidencia. Unos días antes advirtió que “Venezuela caerá en manos de una multitud de tiranuelos demasiado pequeños...”

Manuelita Sáenz

A los 18 años Simón Bolívar perdió a su esposa, la española María Teresa del Toro. Según informan quienes gustan de investigar los entresijos privados de los personajes ilustres, juró entonces que renunciaba al matrimonio pero nada dijo de ignorar a las mujeres. Le atribuyen amantes, entre ellas Isabel Soublette, Pepita Núñez, Anita Lenoit más un largo etcétera. Pero en la vida de este hombre hubo una mujer imposible de ignorar, a pesar del


Manuelita Sรกenz


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esfuerzo de algunos biógrafos cortesanos que intentaron ningunear su figura. Se trata de Manuelita Sáenz, quien desde 1822 hasta 1830 fuera la compañera inseparable del Libertador.

Casada con el comerciante inglés James Thome, lo abandonó para seguir a Bolívar. Ante la insistencia del comerciante para que volviera a sus brazos, Manuelita Sáenz le escribió una carta en la que decía, entre otras cosas: “Déjeme Ud., mi querido inglés. Hagamos otra cosa: en el cielo nos volveremos a casar, pero en la tierra no. ¿Cree Ud. malo este convenio? En la Patria Celestial pasaremos una vida angélica y toda espiritual (pues como hombre Ud. es pesado), allá todo será a la inglesa, porque la vida monótona está reservada a su nación (en amores, digo, pues en lo demás, ¿quiénes más hábiles para el comercio y la marina?). El amor les acomoda sin placeres, la conversación sin gracia y el caminado despacio, el saludar con reverencia, el levantarse y sentarse con cuidado, la chanza sin risa: estas son formalidades divinas, pero yo, miserable mortal, que me río de mí misma, de Ud. y de estas seriedades inglesas, etc., ¡qué mal que iría en el cielo! Tan mal como si fuera a vivir en Inglaterra o Constantinopla, pues los ingleses me deben el concepto de tiranos con las mujeres, aunque no lo fue Ud. conmigo, pero sí más celoso que un portugués...”

No sólo se convirtió en amante de Bolívar. De notable talento político e inteligencia, Manuelita Sáenz ejerció como la colaboradora imprescindible. Fue nombrada coronel del ejército por su participación en la guerra, aunque algunas fuentes aseguran que fue ella misma quien se otorgó los galones de tan alto cargo militar. Atravesó en 1823 la cordillera andina junto a su amante, en total más de 1500 kilómetros de marcha, durante unas de las jomadas más duras de la historia militar americana. Guardó el archivo secreto del Libertador. Una vez alcanzada la independencia, descubrió que conspiraban contra Bolívar y en una ocasión impidió que lo asesinaran.


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Tras el fallecimiento de Simón Bolívar sufrió las penalidades del destierro, para morir olvidada en 1856 en el puerto peruano de Paita. El tiempo, ese con frecuencia justiciero amigo, decidió poner las cosas en su lugar a pesar de aquellos biógrafos siempre listos para destacar la imagen conservadora y respetable de padre de la patria que debía brotar desde las páginas de los libros de historia escolares. A Manuelita Sáenz le dieron finalmente su reconocimiento como la Libertadora del Libertador.


EPÍLOGO Por Lourdes Urbaneja

Faly para los más íntimos, Rafa para los colegas, Alejandro Tarquín para los venezolanos. Se nos fue una soleada mañana de un sábado de junio de 2009. Aquella mañana, como venía siendo habitual durante los últimos años, tocaba ir a su querida playa de Las Canteras, pero no pudo ser... ese día partió hacia ese lugar donde van los hombres y mujeres que han vivido libres y coherentes con sus ideas y pensamientos.

Llevaba a Venezuela en el corazón, no en vano escribió en 2001 sobre el proceso del cambio político que se estaba dando en el país, que en esta segunda edición, se ha ampliado a partir de los artículos publicados posteriormente en la prensa canaria. De su estancia en la patria hermana guardaba inmensos recuerdos, y a su regreso a España continuó informando y analizando sobre todo lo que allí ocurría, haciendo de contrapeso informativo a lo que los medios de comunicación señalaban sobre el proceso bolivariano.


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Hoy, con el permiso de los lectores, quiero dedicarle un poema de José Ángel Buesa, poeta cubano que tanto me sugiere la permanente presencia ausente de Faly.

Te irás; te irás como una barca buscando el mar huyendo de la tierra, pero estarás en mí, como la marca de un doblez en un libro que se cierra.

Te irás; te irás calladamente, mas si el humo se va, queda la brasa, y te parecerás a la corriente que, pasando y pasando, nunca pasa....

Y así te irás sin irte, como un largo rumor de agua cayendo noche y día, pues deja de llover, y sin embargo, nos parece que llueve todavía....


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Rafael Morales Caballero (1947-2009) Periodista canario, especialista en Política Internacional, formó parte de la nueva generación que en los años 60 no sólo luchaba contra el franquismo, sino también en la construcción de una izquierda anticapitalista y antiestalinista.

Sus posiciones políticas lo llevaron a la cárcel de Carabanchel en 1967. Exiliado en Roma en 1996, se trasladó a Venezuela en 1970. Desde allí desarrolló una intensa labor política y periodística por toda América Latina. A partir de 1982 trabajó como redactor en la sección Internacional de Diario 16 y en 1986 se desplazó a Las Palmas de Gran Canaria, lugar donde desarrolló su labor profesional en diversos medios de comunicación como La Provincia, Canarias 7, Anarda, Canarias Ahora.com, El Terrero.

Dirigió y presentó el programa Cine Hermano de la Televisión Autonómica de Canarias y Planeta sin fronteras de Televisión Española en Canarias.

Venezuela: La Ilusion de Chavez  

Un libro de Rafael Morales