Page 23

NOMBRES PROPIOS PORTADA 23

La música ha estado tan presente en su vida, como el penúltimo punteo de guita-

rra que ha planeado entre sus manos y las seis cuerdas. La casualidad adolescente le llevó a conjugar libros de instituto con grupos de expansión rebelde. Después vendrían proyectos que rozaron el éxito y realidades que jamás han alejado la música de sus sueños terrenales y hedonistas. Hoy, aquel joven de cabellos rubios y rizados concentrado en una guitarra, aparece leal a sus principios de discreción activa envuelta en una partitura grupal o coral. Richard Daniel aprendió el oficio de carpintero fabricando guitarras en el garaje de un buen amigo suyo. Otra vez autodidacta, de nuevo intentando lo que se prometió y por voluntad e intelecto alcanzando el objetivo. Este hecho resulta principal para entender de qué manera la música ha ido impulsado su vida. Él lo cuenta así: “Me propuse hacerme mi propia guitarra. Para ello me fui comprando herramienta, hasta tener un pequeño taller en mi casa. Conseguí fabricarme mi guitarra, producir alguna más y cuando me trasladé a Almacellas, y gracias a los conocimientos adquiridos, pude trabajar como carpintero”. Algo más que una anécdota que explica su vínculo con la música, desde Drama Sacrílego –su primer grupo en el instituto-, hasta la Coral de Binéfar o Blackbird, sus actuales quehaceres musicales levantados sobre el gusto de ensayar y cantar o tocar en el estreno de sus cincuenta años. A Daniel, hoy se le sigue reconociendo por el bar que tuvieron sus padres en Binéfar, el histórico Romea, y por Proscritos, el grupo del que participó durante casi una década. Y no será por actividad, más bien es una persona hiperactiva tal y como él se autodefine, sino por su reservada manera de hacer. Además de su actual trabajo profesional, no deja tiempo de ocio libre para emprender tareas –ahora anda montando amplificadores-, persistir en su guitarra, acudir a los ensayos de

la Coral o persuadir a su hijo Joan (12 años) para formarse musicalmente, tal y como lo viene haciendo en el Conservatorio de Música de Monzón: “Le gusta la música, pero quizá es muy joven todavía para vivir con pasión un conservatorio y sus lógicas exigencias formativas. Me gustaría que pudiera tener lo que yo no he tenido, es decir, una base teórica sobre la que ir creciendo musicalmente”. Sin tener ningún lazo familiar que le acercara a la música, Richard Daniel sí que lo tiene ahora y de forma muy directa a través de su hijo y de su mujer, Ruth: “Ella, como componente de la Coral, fue la que me convenció para integrarme en la misma, hace ya veinte años. Fui a probar y debo decir que me ha seducido de tal forma, y he descubierto tantas cosas, que hoy estoy encantado de mi experiencia coralista”. Cuando habla de la Coral de Binéfar, a Richard se le enciende una luz singular en su rostro. Sin mediar palabra, no puede soslayar su gusto por el colectivo de voces dirigido por Tere Maza: “Una coral es un grupo colaborativo de personas que comparten afición por la música. Nada que ver con un grupo de pop o rock donde las tensiones del ego priman sobre el conjunto, sobre todo en edades tempranas”. Su voz atesora conocimiento a través de la experiencia vivida desde los quince años, pero su voz no se distinguía por ser carne de coral, ¿o sí?: “La coral

Imagen de la Coral de Binéfar, en unos de sus conciertos, con Daniel al fondo, fila superior

Somos Litera Febrero 2018  

Somos Litera Febrero 2018

Somos Litera Febrero 2018  

Somos Litera Febrero 2018

Advertisement