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La Gestión de Riesgo de desastres una disciplina comunitaria

Haití, cuando se apagaron las cámaras El verdadero aporte está en el conocimiento compartido

La presente es una publicación oficial de la fundación IMARA de asistencia humanitaria y gestión de riesgo

NUMERO 0 - ROSARIO - SANTA FE- ARGENTINA

El Mundo en Nuestras Manos


Editorial Maza 3831, Rosario, Santa Fe, Argentina www.fundacion-imara.org

Jefe Editorial

Diego Fernández Otegui Presidente y Fundador Fundación Imara. diegootegui@fundacion-imara.org

Diseño Gráfico

Sumario Bienvenidos...

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Rescatismo: Un nuevo paradigma

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Haití, cuando se apagaron las cámaras

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La Gestion de Riesgo de Desastres, una disciplina comunitaria

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“El verdadero aporte está en el conocimiento compartido”

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Andres Maggi andresmaggi@fundacion-imara.org

Colaboraron en esta revista Susana González Agencia de Noticias RENA

www.renanews.com.ar

Martín Closa International Association of Emergency Managers www.iaem.com

Fundación Imara Personería jurídica 173/09. Inspección General de Personas Jurídicas Santa Fe, Argentina. La presente publicación ha sido desarrollada con el objetivo de acercar saberes y opiniones de profesionales de diversas disciplinas relacionadas a la gestión de riesgo de desastres. La información vertida en esta publicación no necesariamente refleja la línea ni opinión editorial de El Mundo en Nuestras Manos, de sus anunciantes ni de la Fundación Imara, siendo exclusiva responsabilidad de cada uno de sus autores. Nos reservamos todos los derechos, siendo prohibida la reproducción total o parcial sin a autorización expresa de la Fundación Imara de Asistencia Humanitaria y Gestión de Riesgo.

La Fundación Imara logra la excelencia en su gestión gracias a la colaboración de

Para suscribirte a la Revista El Mundo en Nuestras Manos ponete en contacto con nosotros 0341-4549314 / info@fundacion-imara.org”


Mensaje del Presidente de la Fundación Imara

A

ún tengo gravada en mi mente aquella famosa imagen luego de la explosión en la AMIA. Cientos de personas desesperadas por ayudar. El miedo, el pánico, el desorden, el caos estaban presentes pero la energía reinante en el ambiente era de solidaridad. La gente se desesperaba por ayudar. Se amontonaban, se empujaban, gritaban, se daban órdenes imprecisas y confusas pero todos buscando el mismo objetivo, sacar a la mayor cantidad de víctimas posibles. La mirada perdida en el horizonte del Che y el momento en el que la mano “del Diego” hizo contacto con la pelota en el 86´, son tal vez, las únicas dos imágenes que acompañan a la primera en lo que se refiere a la representación de la sangre argentina. Sin inmiscuirnos en la eterna discusión sobre los métodos del Che, nadie puede negar que su intervención en la Revolución Cubana marco un momento en la historia del mundo. Y no estoy hablando de si la misma revolución fue “ese” momento. El que la imagen de esa mirada haya recorrido el mundo es la máxima expresión de que lo que el Che representó, fue la simple y grandiosa convicción de que hasta la vida de uno mismo, es insignificante en comparación a la necesidad de un cambio en un mundo que acepta muertes por inanición. Por otro lado, que El Diego haya metido “ese” gol y lo sigamos festejando tantos años después también marca un evento singular. El gol no fue lo importante en sí mismo. Fue el hecho de que, se lo hizo a los ingleses, de que fue el gol que los sacó del mundial y encima fue con la mano. En ese preciso momento se conjugo en gran parte de la población este sentimiento de argentinidad que, mas allá de entender los porqués y las consecuencias de una guerra innecesaria, lo importante era el mantenerse unidos frente al mundo. La imagen de la AMIA, por su lado nos refresca la idea de que en el momento en el que las papas queman, la solidaridad aparece. Y en ese momento no importó si fue solidaridad bien o mal entendida, o bien o mal practicada. Es sabido que esa misma solidaridad fue, la que provocó muertes adicionales innecesarias por haber obstaculizado el trabajo de quienes estaban preparados para intervenir. Pero lo que quiero resaltar es que el hecho soli-

dario ocurrió. Y es así que las tres fotos tienen un punto en común. El sencillo y concreto hecho de que ya sea a través de una convicción ciega de que por las armas se puede cambiar al mundo, que la trampa es no solo aceptada, sino glorificada si es a los fines de mantener el orgullo argentino en alto, o de tratar de ayudar provocando nuevas muertes, siempre existirá la motivación para mejorar la calidad de vida de las personas, y en el intento es donde sale a relucir una necesidad mancomunada y generalizada de unirnos y luchar por un fin común. Cuando a mediados del 2008 se tomó la decisión de constituir a la Fundación Imara, lo hicimos en parte confiando en ese hecho. Y no nos equivocamos. No habían pasado más de 20 días desde que, sin tener aún el logo definido, como la página de internet o la personería jurídica, ya teníamos cerca de 800 currículms de personas que querían ser voluntarios de nuestra fundación. La selección no fue nada fácil. No solo teníamos que encontrar a la gente ideal, sino que teníamos que crear un sistema que nos permitiera crecer de manera pareja, ordenada al mismo tiempo que garantizábamos los principios de transparencia, legalidad y humanidad en todo lo que hiciésemos. Si usted está leyendo este artículo es porque la revista ya está en la calle, lo que me llena de orgullo y paz, al saber que la po¬blación argentina tiene lo que se necesita para cambiar. El entender porqué estamos como estamos, no es el tema central de esta publicación. Solo le puedo confiar a usted, señor lector, que la gente que está dispuesta a dar todo por ayudar a alguien más ex¬iste, y en este primer número le puedo garantizar que, a través de nuestra fundación haremos lo posible por canalizar esta energía para disminuir al mínimo el sufrimiento de la gente. Porque estamos como estamos, no es el tema central de esta publicación. Solo le puedo confiar a usted, señor lector, que la gente que está dispuesta a dar todo por ayudar a alguien más existe, y en este primer número le puedo garantizar que, a través de nuestra fundación haremos lo posible por canalizar esta energía para disminuir al mínimo el sufrimiento de la gente. Aprovecho para agradecerles a todos nuestros voluntarios por el enorme compromiso y profesionalismo, que han hecho posible que la Fundación Imara vea la luz del día, y me tomo el atrevimiento de convocar a todos aquellos que sientan un vacío en su corazón, a animarse a intentar un cambio de vida a través del trabajo voluntario. Les dejo a todos un abrazo fraternal ♦

“Consultorio Médico Callao” Consultorio Médico Especializado

Neurocirugía, Neurología, Dermatología, Clínica Medica, Ginecología, Neumonología, Ozonoterapia, Láser Terapia Callao 322 piso 9 departamento “D” (C.P. 1022) Buenos Aires - Argentina Teléfono 011 43716199/ Telefax 011 43730180 Diciembre 2010 | Número 0


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Rescatismo: Un nuevo paradigma ¿A que te dedicas? Le pregunta Romina a Mariano en una reunión informal donde se acaban de conocer. “Soy guardavidas”, responde el. Si bien la figura del guardavidas se encuentra presente constantemente para un numero importante de las personas, la reacción casi inevitable y probablemente la mas frecuente, sea la de esbozar una cara de sorpresa y preguntar con asombro: “ ¿en serio? ¿Y tuviste que rescatar a mucha gente?”. Romina, como tantas otras personas, quizá tenga una visión por vaga que sea de lo que significa dedicarse al rescate. Al menos sabrá que implica un cierto nivel de riesgo para el rescatista. Lo que también es cierto, es que el nivel de riesgo al que se expone el guardavidas, no es mayor que el riesgo que enfrenta un policía en las calles de Buenos Aires diariamente. No obstante esto, el asombro de Romina, en concordancia con un grupo importante de personas que comparten este asombro, será muy superior en el caso de encontrarse con un guardavidas que con un policía. En el caso del bombero voluntario es diferente. Su nivel de exposición al riesgo es elevado, pero es una persona que se enfrenta a este riesgo sin percibir una retribución económica por hacerlo. Además, su actividad la desarrolla en su tiempo libre, con lo cual, para “poder dedicarse a arriesgar su vida para salvar a una persona”, tiene que resignar algo de tiempo a alguna actividad recreativa. Y peor aún, al tener un trabajo que es el que le permite mantener a su familia, su actividad como bombero lo hace luego de su jornada laboral, por lo que su nivel de agotamiento y cansancio es significativamente mayor. El rescatismo es sin lugar a dudas místico. Y la verdad es que, poco se sabe sobre lo que realmente significa. También es cierto, “el rescatismo” en la

Argentina se encuentra en un estado de descuido (tal vez sea la palabra adecuada) que necesitamos revertir. Para empezar, en nuestro país no existe una figura única de rescatista. Hasta donde nosotros sabemos, no existe una carrera oficial que certifique lo que una persona debe saber para ser un rescatista. Los estándares y protocolos de trabajo son una maraña de conocimientos definidos por nadie sabe quién, y se van pasando de generación en generación como habrán sido, imagino, los orígenes de la medicina, en donde no existía autoridad competente que dispusiese que se podía hacer y que no. Un guardavidas está preparado para trabajar en un contexto determinado con un equipamiento específico y bajo regulaciones estipuladas. Un guardavidas, por muy bien que sepa nadar y por muchas maniobras de rescate que conozca, no es una persona capacitada para trabajar como rescatista en una inundación, donde tal vez, tenga que enfrentar una situación en la que deba asistir a una persona atrapada en el te-


cho de una casa. El bombero por su lado, está capacitado para realizar rescates con cuerdas y asistir a esa misma persona a la que hacíamos referencia, pero accediendo al lugar con el autobomba, cosa difícil de lograr en una inundación. Un militar, probablemente tenga una combinación de conocimientos y capacidades que lo conviertan en un rescatista mas completo que un guardavidas o un bombero, pero un militar fuera del ambiente militar, no deja de ser un civil que no tiene equipamiento ni autoridad para intervenir. Le pido al lector que se detenga un minuto para analizar y visualizar la siguiente situación. En la República Argentina hay tal vez decenas de miles de ciudades, pueblos y parajes. La cantidad de cuarteles de bomberos voluntarios no llega a los ochocientos y la gran parte de ellos, no cuenta con el equipamiento apropiado. El sector privado no tiene incumbencia en el rescate de la gente, y los gobiernos locales tal vez deberían tener pero no creo que existan, cuerpos de rescatistas dependientes de la estructura pública local. Las fuerzas militares que probablemente tengan el personal capacitado y el equipamiento para hacerlo, no tienen presencia en cada una de estas localidades, y la gestión política y burocrática que se requiere para permitir su intervención, sería tan lenta que las personas probablemente perderían sus vidas antes de su llegada. ¿Cuál es la situación que estamos enfrentando entonces? Literalmente, en un país cuyo nivel de desprotección es simplemente inimaginable, tal vez la alternativa más fácil y rápida de implementar nazca desde sociedad civil. La gente comienza a tomar conciencia de la situación, se moviliza e intenta encontrar en el corazón de la misma sociedad, respuestas viables, lo cual desafortunadamente nos asegura un nuevo dilema difícil de resolver. Las ONGs han tenido un auge de expansión en las últimas décadas. Agujeros en el sistema como el que acabamos de describir, son los que provocan la integración de la gente en estas nuevas estructuras llamadas ONGs. En el momento que un grupo de personas (con o sin capacitación) tome conocimiento de la situación de desprotección de la población, probablemente intenten juntar sus esfuerzos y armar un equipo de rescatistas, experiencia que ya

se está visualizando en algunas provincias de nuestro país. Pero el educar a rescatistas y equiparlos apropiadamente, no es solo una tarea que requiere de personal muy capacitado, sino también, de grandes cantidades de dinero, lo cual, por la propia falta de gestión de la gran mayoría de las ONGs, hace que este desafío sea muchas veces imposible de sortear.

La solución a corto y mediano plazo casi definitivamente se encuentra, en trabajar algunos aspectos de esta última situación. Mejorar la gestión de las organizaciones comunitarias, a modo de posibilitarles manejar un mayor volumen de fondos, que les permitan comprar el equipamiento necesario; garantizar mecanismos de transparencia de las organizaciones sociales; re-pensar el rol y las capacidades mínimas de un rescatista; son solo algunos de estos aspectos. El llamamiento más importante, será siempre al gobierno central y los gobiernos provinciales, quienes tienen la obligación de legislar correctamente para permitir que estos agujeros negros del sistema, a los cuales hacemos referencia, sean llenados con personas con vocación de servicio, legislación adecuada, recursos y convicción de que un cambio es necesario♦

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Haití, cuando se apagaron las cámaras Buenos Aires, 25 de febrero de 2010 (RENA). La prensa avezada en la cobertura de desastres conoce muy bien que cuando las cámaras de televisión se apagan, con ello comienza la verdadera tragedia del lugar devastado. A mes y medio del mayor desastre natural de los últimos 200 años ocurrido en Haití, los periodistas comenzaron el éxodo a sus medios y el primer impacto que logró conmocionar, merced a las imágenes que dieron vuelta al mundo, comenzó a diluirse. Un repaso hecho por RENA, sobre la eficacia de la ayuda que recibió y la que verdaderamente necesita, podría servir para analizar si esta vez los haitianos no verán repetir aquello de que “la ayuda llega y pasa de largo”. Cifras desmesuradas Hablar hoy de Haití es hablar de números excepcionales. Cerca de 210 mil muertos, 300 mil heridos, un millón de desplazados, mil camiones diarios para levantar escombros en otros tantos días. Cuando se manejan cifras tan desmesuradas, se suele perder la verdadera dimensión de la catástrofe y las consecuencias corren el riesgo de quedar en el imaginario colectivo, reducidas solo a un número. Pero esas cifras se podría decir que tomaron estado público por el desastre reciente. No obstante la historia de Haití se inscribe en un rosario de números también gigantescos: en los últimos seis años la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) proporcionó 97 millones de dólares de asistencia para fundar la primera fuerza policial bajo control civil y mejorar aspectos de la justicia- según difundió la agencia IPS que reprodujo los dichos del ex alto funcionario de la cancillería norteamericana, Jess T. Ford- ; antes del desastre se calcula que ya trabajaban en el lugar se calcula unas 7 mil

Ong’s; se estiman que entre 1500 y 1800 millones de dólares anuales fueron las remesas que llegaron al lugar proveniente de la población haitiana de mayor nivel educativo que emprendió con los años, una lenta migración. Y por cierto, instituciones como el Banco Mundial, el FMI, y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), nunca dejaron de tener presencia en Haití. Pero claro, la desmesura del terremoto de 7,5 grados en escala Richter del 12 de enero último, cambió sustancialmente la metodología y orientación de la asistencia que ha venido recibiendo desde - nada menos- los años 1957 y 1986, en que la isla cayó en manos de François ‘Papa Doc’ Duvalier, y de su hijo Baby Doc, más adelante que se hizo de al menos, 500 millones de dólares de fondos públicos. Los especialistas explican en informes internacionales que Haití con 30 golpes de estado terminó siendo “un saco roto” donde, recibiendo regularmente ayuda internacional, nunca pudo salir de ocupar el lugar 146 de los países del mundo, con mayores índices de pobreza y desarrollo, según consigna un reciente Informe de Desarrollo Humano de la Organización de las Naciones Unidas. Hace más de una década, los haitianos viven con uno o dos dólares por día. Feria de vanidades Nadie puede decir que Haití no recibió en las dos primeras semanas del sismo, asistencia humanitaria como pocas veces vista de los más variados países del mundo. No por casualidad la Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió sobre la que denominó “ayuda indiscriminada”, en alusión a los riesgos de insumos y personal sanitario que de manera claramente desorganizada recaló sin conocer demasiado el terreno y con el riesgo de no saber que comer ni donde dormir “porque no conocen la realidad de la zona”, explicó el organismo de Na-


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ciones Unidas. Un analista reflexionó sobre la situación. “Es improbable que las personas enfermas, heridas y sin vivienda de Puerto Príncipe se ilusionen con el pequeño ejército de expertos en desarrollo y empresas de construcción que está por desembarcar en Haití tras el terremoto de enero”, dijo. Al parecer ya pasaron miles de millones de dólares de asistencia externa que los pobladores vieron volatilizarse con la interrupción de programas de ayuda.

“La atención de la emergencia también es una feria de vanidades”, dijo a RENA en un reciente reportaje el titular de la Comisión Cascos Blancos, Gabriel Fuks. Un desastre no deja de ser una vidriera donde mostrarse. “Se sufre, pero de eso después también se vive”, agregó el funcionario argentino, quien con holgado conocimiento de asistencias en grandes catástrofes, muchas veces vio llegar ayuda de quienes luego desaparecieron pero sacaron provecho a futuro. Un informe de 2006 de la Academia Nacional de Administración Pública de Estados Unidos, titulado “Por qué fracasó la ayuda extranjera a Haití”, señala las deficiencias de la asistencia al desarrollo haitiano a largo plazo. Imaginar el futuro de reconstrucción sanitario, económico y político, queda directamente enlazado con lo que fue su pasado. Pero hoy hay nuevos actores internacionales y la crisis que está sufriendo el país ha abierto nuevas reflexiones. Por caso, el presidente francés Nicolás Sarkozy, hizo un llamamiento para integrar una Conferencia Internacional de Donantes. Una idea que está siendo discutida con Estados Unidos, Brasil y Canadá. A más de un mes y medio de ocurrido el hecho desgraciado sobrevuelan cientos de cavilaciones sobre – otra vez- los enormes recursos que recibirá el país en los próximos meses. Sobre todo, que capacidad tendrá el presidente René Preval para administrarlos.


Históricamente los desastres fueron incumbencia de unas pocas estructuras gubernamentales de corte técnico y algunas organizaciones sociales de poca capacidad de gestión pero conformadas con personas de muchísima voluntad y deseos de ayudar a su prójimo. Hasta hace no muchos años atrás, la ocurrencia de eventos catastróficos era considerada obra divina, (si bien en muchas partes del mundo aún se considera así) o al menos algo que definitivamente no tenía que ver con lo que uno hacía. Esta particular apreciación de la población hacía que la posibilidad de dirigir recursos hacia la prevención de los desastres no solo fuese considerada absurda, sino que ni siquiera era considerada. La única

accidente, cuando vemos un gatito en los arboles o se nos escapa un loro, los llamamos. Y pensamos que siempre estarán. Pero la realidad es que no siempre están. Los bomberos voluntarios, para continuar con el ejemplo, tienen enormes dificultades para mantener sus operaciones en pie. Producto de una mezcla de factores que van desde la falta de legislación o la mala aplicación de la legislación existente, pasando por una incapacidad de

La Gestión de

Riesgo Una

opción viable era rezar o simplemente pensar en positivo. Para quienes coincidían con este tipo de interpretación, todas “las fichas” estaban puestas en los bomberos, en los grupos de asistencia humanitaria, los rescatistas, o en la posibilidad de que la misma población se organizase lo suficientemente bien como para dar asistencia a sus propios afectados. Imagínese el lector, que por aquel entonces ni siquiera existía legislación ni reglamentación alguna sobre lo que se podía o no se podía o como se debían hacer las cosas. La ecuación era sencilla; no había nada que la gente pudiese hacer para evitar un evento catastrófico, y de ocurrir, sería cuestión de tener fe de que la ayuda llegaría. Desafortunadamente, la misma población suele permitir que todo el peso de esta asistencia recaiga sobre los hombros de estas pocas instituciones, sin conocer las enormes implicancias que esto tiene. Para empezar hay un enorme desconocimiento generalizado sobre el objeto de creación de estas instituciones. Hay también un desconocimiento generalizado sobre la capacidad de respuesta que tienen. Para el común de la población, los bomberos voluntarios, solo para ponerlos de ejemplo, son instituciones omnipresentes. Cuando hay un incendio, cuando ocurre un

las mismas instituciones de gerenciar los recursos con profesionalismo, transparencia y eficacia, hasta llegar al diminuto apoyo que reciben de la misma población a la cual tratan de proteger. El círculo es definitivamente vicioso. La gente no ayuda porque no sabe, o porque piensa que roban, los bomberos por su lado no quieren o no pueden demostrar que no es así. El resultado es sencillo. Los bomberos voluntarios están para ayudar pero no

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pueden. A veces ni siquiera tienen para comprar combustible. Y por ende, solo se limitan a intervenir en ciertas circunstancias puntuales. Pero la gran pregunta es. ¿Qué ocurriría si la situación fuese más grande que lo habitual? La situación que enfrentamos hoy día en nuestro país, es una donde la gente muere diariamente simplemente porque no estamos preparados. El que la cantidad de muertes no sea de a miles, es simplemente una cuestión de azar (o razón divina), de que los eventos catastróficos no ocurren con tanta periodicidad y que la gente tiene muy poca memoria. Pero los desastres siguen ocurriendo. Las inundaciones de Santa Fe, las explosiones de la AMIA y la Embajada de Israel, el incendio en Cromañón, la explosión de la fábrica militar de Córdoba,

que soy una persona más informada sobre estos aspectos que la media) no se que se hizo para evitar que vuelva a suceder, más allá de haber cerrado todos los boliches algunos días y aparentar que a partir de ese momento las cosas cambiarían. Imagino que ningún lector se animará a contradecir el hecho que existen incontables lugares sin habilitación para funcionar y donde sin embargo circulan o se reúnen cientos de personas. En el mundo entero, las emergencias y los desastres, debido a una multiplicidad de factores, se han incrementado tanto en su cantidad como en su potencial destructivo. Con el correr de los años las sociedades se fueron dando cuenta que la ocurrencia de los desastres, se encontraba íntimamente

de Desastres

disciplina comunitaria etc., son los recuerdos más cercanos que tenemos. Al menos a quien les escribe, le queda esa sensación amarga de que para la mayoría de la gente es como si no hubiesen pasado nunca. En la Argentina tenemos gente capacitada. Tenemos buenos médicos, tenemos buenos policías, tenemos ambulancias, tenemos buenos bomberos, tenemos leyes, tenemos, tenemos, tenemos... Pero Cromagnon sucedió y al menos yo, al día de hoy (y considerando

relacionada con la mano del hombre. Lo que hoy hacemos y dejamos de hacer, de alguna u otra manera, provoca los desastres. Pero el punto central de todo lo dicho hasta ahora es que hasta el día de hoy, el ojo esta puesto en la respuesta y no en la prevención y como si esto fuera poco, la estructura que tenemos para la respuesta a desastres es indescriptiblemente ineficiente. Y lo seguirá siendo. Porque el tema central, es que no importa cuántos cuarteles de bomberos, médicos o ambulancias tengamos, jamás lograremos impedir el sufrimiento de la gente si no logramos evitar que existan los pobres, o que se construyan poblaciones enteras en las laderas de las montañas con construcciones precarias, las cueales son derribadas en segundos por los deslizamientos de tierras luego de una lluvia, o si no logramos que los dirigentes y políticos mundiales se pongan los pantalones y se animen a tomar decisiones contrarias al razonamiento del mercado, que dice que es, más importante la plata en la explotación indiscriminada de los recursos naturales que hace que nuestro planeta se esté derritiendo por el calentamiento global. El foco de la cuestión es que los desastres están en aumento y es el mismo hombre, por error u omisión, quien los provoca. Las explosiones nucleares son producto del avance tecnológico al igual que la contaminación ambiental; las inhumanas condiciones en las que se encuentran sumergidas algunas poblaciones localizadas en las zonas marginales, es producto de la migración provocada por la mala distribución de la riqueza; muchos de los llamados “desastres naturales” son producto del incremento geométrico de eventos relacionados al calentamiento global, el cual a su vez es provocado por la mala utilización de los recursos naturales; los ataques terroristas son consecuencia de un choque de civilizaciones que prefieren basar su relación en las incompatibilidades más que en los puntos en común. Todo esto sumado a las permanentes e


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históricas condiciones existentes de pobreza estructural que enfrenta el mundo actual. En los países de mayor nivel de desarrollo, el evitar que los desastres ocurran, o lograr que el impacto sea el menor posible, ha sido en las últimas décadas una preocupación no solo de los gobiernos, sino de todos en la sociedad. El que en las escuela existan planes de evacuación y se pongan a prueba regularmente mediante simulacros no es solo una responsabilidad del gobierno. De hecho, no es una responsabilidad del gobierno. Es una responsabilidad de cada uno de nosotros de encontrar los mecanismos para que los interesados (padres, alumnos, docentes, etc.), encuentren un interés común y se lo transmitan (y se aseguren de su cumplimiento) a los gobernantes para que estos cumplan con el interés de la

la capacidad instalada son las cuatro variables que definen al riesgo. Pero el nivel actual es en definitiva una consecuencia inevitable del desarrollo histórico, sociológico, antropológico, económico, religioso, etc... Y no tiene tanto que ver con la aversión al riesgo, un concepto tan difundido entre los economistas y las personas que se dedican a la teoría de los juegos. Lo que está en debate aquí es el nivel de riesgo subjetivo que la población identifica, y también cuan “cómodos” nos sentimos conviviendo con este nivel de riesgo. Estoy convencido que la población argentina comparte que nuestro país es riesgoso y estoy convencido también que todos preferirían también vivir en un país más seguro. El gran dilema es ¿porque seguimos aceptando este elevadísimo nivel de riesgo? El impacto de los desastres no es incumbencia única de los orga-

mayoría. Pero este tipo de discusión cae permanentemente en el mismo agujero del desinterés, o el descreimiento individual sobre el poder que tiene el esfuerzo colectivo. Y eso sí, es un tema de idiosincrasia de cada lugar. Pero para que las cosas salgan bien tienen que estar ordenadas. La existencia de estos “desencuentros” que acabamos de mencionar ha llevado a la creación de una nueva disciplina que tiene por objeto diseccionar a los desastres para su mejor comprensión y análisis, de modo de poder planificar y garantizar que los recursos necesarios para evitar el sufrimiento innecesario de la gente, se encuentren disponibles en tiempo y forma. Pero el concepto de desastre no es en sí el más importante para evitar el sufrimiento de las personas. En el peldaño anterior, del mismo modo que en la salud la prevención se antepone a la enfermedad, el concepto de riesgo se antepone al de desastre. Y es justamente aquí donde esta nueva concepción comienza a tomar vida. La concepción de preocuparse por las cosas antes de que ocurran. El riesgo es subjetivo; depende de quién lo mire. Lo que es riesgoso para unos no lo es para otros. El nivel de vulnerabilidad, los recursos con los que cuente para hacer frente a un determinado evento catastrófico, la posibilidad de ocurrencia de esta amenaza y

nismos gubernamentales. Nuestras familias, nuestros amigos y nuestros negocios se ven afectados, el involucramiento de la sociedad se convierte en trascendental para disminuir las vulnerabilidades a las cuales nos enfrentamos. Está bien, así explicado suena hasta tonto. La gran pregunta es: ¿Cómo hacemos para involucrarnos? Y la respuesta que les puedo ofrecer es relativamente sencilla, aunque difícil de materializar. Para empezar, cada uno de nosotros tiene que tomar la decisión de querer preocuparse y ocuparse por el resto. En segundo lugar, hay que relacionarse más, hay que participar y generar debates. Sean en el club, en la asociación del barrio, en la ONG donde somos voluntarios, en un partido político, en la iglesia. Los espacios abundan. Lo que no abunda es la constancia para luchar por un tema que nos preocupa a todos. La capacitación es importante y no hay que dejarla de lado. Hay que estudiar y hay que seguir el camino de los que ya han estado ahí. El evitar que un desastre ocurra, o que si ocurre, que el impacto sea lo más pequeño posible no es cosa fácil. Requiere de ciertos conocimientos teóricos y del liderazgo de personas capacitadas. Situación no imposible, solo es cuestión de interesarse♦


“El verdadero aporte está en el conocimiento compartido” Queremos conocer IAEM (International Association of Emergency Managers), ¿Nos podes contar a que se dedica la Asociación? IAEM es una organización educativa, no lucrativa dedicada a promover los objetivos de salvar vidas y proteger la propiedad durante las emergencias y desastres. Lo más importante es que somos una asociación de pares; no solo formalmente, sino que nos comportamos como tal en la práctica. Esto se ve por ejemplo, en la elección de las autoridades que rotan constantemente y brindan su tiempo ad honorem para llevar a delante los objetivos de la asociación. En IAEM tenemos como misión, ayudar a proteger vidas y bienes formando mejores profesionales de la gestión de emergencias y desastres; y por otro lado lograr que se respete y valore la profesión y a los que formamos parte de ella. -¿Cómo surge la asociación y que actividades realizan? -IAEM surge en 1952 en EEUU como “Civil Defense Council” (Concejo de defensa Civil), convirtiéndose en 1985 en el National Coordinating Council of Emergency Managers (Consejo Nacional de Coordinación de Administradores de Emergencias), y finalmente en 1996 conformamos la International Association of Emergency Managers. Actualmente contamos con 58 países miembros. IAEM es una asociación de profesionales de la gestión de emergencias. Es interesante agregar que todo se realiza alrededor de los asociados y la profesión en general. Básicamente nos avocamos a la gestión del conocimiento, es por esto que somos organizadores y participantes de congresos y exposiciones donde no solo nos actualizamos en materia de equipos y servicios, sino que aprendemos de las personas más experimentadas en la materia; compartimos la mesa con los números uno; quienes dejan de ser gurúes para transformarse en compañeros de ruta. Además IAEM tiene “silla”, es decir voz y voto. Participa activamente en la formación de políticas públicas y privadas relativas a la actividad. Esto es más frecuente en EEUU, pero la tendencia esta empezando a cambiar y también se realiza en Europa, Oceanía entre otros. -¿Cómo puede la gente y las empresas colaborar y acercarse a IAEM (International Association of Emergency Managers? -Somos una asociación abierta. Quienes estamos involucrados en la gestión de desastres provenimos de todas partes y de todo

tipo de profesiones: policías, bomberos, médicos, personal de los servicios de salud, sociólogos, militares, militantes de ONGs relacionados con la asistencia humanitaria, la emergencia y los desastres en general. Muchos de los asociados son directivos de empresas, donde es importante resaltar, el concepto de “emergencia” excede a la intervención policial, de salud, humanitaria, una pérdida de datos, o la detención de una línea de producción; una emergencia es la que potencialmente puede dejar a la gente sin trabajo. La forma de participar es simple: asociándose. Obviamente el

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Fundación de Asistencia Humanitaria y Gestión de Riesgo

hecho de asociarse tiene un costo. Para el consejo internacional es de USD 50 anuales. Con esta contribución, se obtienen distintos beneficios como por ejemplo, un descuento de 100 dólares en el congreso anual. Las empresas y organizaciones también pueden asociarse y para los estudiantes de carreras relacionadas, pueden adherirse al Consejo Estudiantes, cuya membrecía cuesta USD 25 y cuenta con los mismos beneficios. Quiero resaltar que el aporte de la cuota anual no es la única forma de participar. Los principales aportes son el conocimiento, la experiencia, las ideas innovadoras etc. En conclusión, todo el material que nutre los boletines mensuales y las conferencias de los congresos y exposiciones. El pago de la cuota anual, hace posible la publicación de boletines con los artículos de los asociados, y la realización de los congresos. El verdadero aporte está en el conocimiento compartido. La asociación permite aprender de los conocimientos y experiencias de otros y relacionarse con pares de distintos lugares del mundo y diferentes especialidades. -Para finalizar: ¿Cuál es tu apreciación sobre la gestión de riesgo y emergencias en Argentina? ¿Qué se esta haciendo bien y qué hay que mejorar? -Es difícil dar una respuesta ya que deberíamos hablar en términos generales y no corresponde. Todos los que estamos involucrados en esta actividad tenemos conocimiento de las jurisdicciones que están haciendo un trabajo extraordinario y otras para las que toda la temática de la gestión del riesgo y emergencias, simplemente no existe. Sin embargo, podemos hablar de Argentina como localidad dentro de Latinoamérica. Somos argentinos, con todo lo que ello engloba, tenemos nuestra cultura, y forma de actuar. Poseemos muchas, muchísimas cosas buenas, pero voy a concentrarme en las que podemos mejorar. Ciertamente creo que la cultura de la prevención, tanto en el ciudadano, como en las organizaciones intermedias, ni en el sector empresarial, y gubernamental debería estar más extendida. Esto puede tener su causa en diversos motivos, como sociedad no estamos regularmente expuestos a eventos traumáticos de las características que suceden en otras regiones del mundo. Por ejemplo, debido al tipo de construcción que se realiza en nuestro país, no es habitual tener incendios que se “coman” edificios enteros, tampoco tenemos problemas de conducta antisocial como las “maras”, los terremotos importantes no son frecuentes, no hay huracanes, no es común que poblaciones enteras queden bloqueadas por semanas debido a tormentas, las inundaciones que sufrimos son lentas y en general previsibles. Algunos sectores empresarios no tienen una di-

námica muy competitiva y el consumidor es muy permisivo, por lo que a algunas empresas no les preocupa tener una interrupción de servicio porque ningún competidor les va a sacar el mercado; en Argentina los consumidores olvidamos rápidamente A veces veo una gran apatía, una preocupante falta de interés en la mejora continúa. El concepto de “todo se puede mejorar” no está presente en nuestra vida cotidiana. En el otro extremo del problema, hay gente que permanentemente quiere volver a inventar la rueda. Es decir, hay muchas normas que están publicadas, probadas y corregidas; sistemas con muchos años de implementación, sin embargo en algunos sectores se sigue negando, rechazando la experiencia ajena y se dan la cabeza contra las mismas paredes, con las que otros se golpearon hace décadas. Para concluir, nos falta mucho camino para recorrer en el campo del trabajo conjunto entre el sector público, el privado, las ONGs, y el público en general. En Argentina seguimos discutiendo a quién corresponde la responsabilidad, si al sector público o al sector privado, mientras en otras partes del mundo esa discusión terminó hace mucho tiempo. Es el sector público y el sector privado, las ONGs y el público en general. Todos formamos parte y somos responsables, cada uno desde su rol, de la gestión de emergencias. En el congreso de 2009, Craig Fugate, número uno de la Federal Emergency Management Agency (agencia de gestión de emergencias en EEUU), indicaba que para una buena gestión, hace falta la acción conjunta de cuatro “patas”: lo público (bomberos, policías, salud, etc.), lo privado (proveedoras de insumos y servicios, empresas más solventes), las ONGs, más todo el apoyo de las comunidades y el público más preparado. Por último quisiera cerrar con un concejo que decía mi padre y que me sirvió mucho en todos los aspectos de mi vida: “hay que aprovechar la experiencia ajena, que es más barata y llega a tiempo”. IAEM (International Association or Emergency Managers) es una excelente forma de hacerlo.



El mundo en tus manos Nº 0