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Reflexión

12 l A Mecate Corto - Marzo 2010

M Monseñor Romero: treinta

Mt 12, 38-42; Lc 11, 29-32

á r t i r e s

años de incesante santidad M

onseñor Romero fue asesinado un 24 de marzo de 1980, y su santidad no ha cesado de bendecir a la Iglesia y a la sociedad entera. Su vida y su muerte son un signo eficaz de la resurrección de Jesucristo y un testigo del Dios de la Vida, así como lo fueron los primeros cristianos, quienes testificaron con su sangre su fe en el Señor, y por eso son mártires. Monseñor Romero es un santo por su virtud religiosa y por asumir desde su predicación evangélica todas las esperanzas de mayor justicia que había en grandes sectores de la población salvadoreña en los aciagos años de la década de los setenta del pasado si-

oprimidos de la sociedad.

glo veinte. Nunca una predicación evangélica tuvo una repercusión sociopolítica tan grande como la de Monseñor Romero, en el tiempo transcurrido entre marzo de 1977 y marzo de 1980, comparada tan sólo a los años de alta predicación de la llamada época de los Padres de la Iglesia, quienes pagaron con su sangre su osadía de insertar la fe cristiana en la realidad histórica en defensa de los más

Monseñor Romero supo unir de la manera más espléndida la predicación evangélica con la incidencia sociopolítica, y por ello debía ser considerado un auténtico mártir de la Doctrina Social de la Iglesia. El martirio, se nos dice en la más estricta tradición, sólo se da cuando hay odio a la fe o a las virtudes que se desprende de la misma fe. Y no hay duda que la Doctrina Social de la Iglesia es la expresión social del mandamiento del amor, la virtud más importante del cristianismo. La Doctrina Social de la Iglesia fue odiada de la misma manera como fue odiado Monseñor Romero en tiempos de su predicación evangélica.

Hablar del destino universal de los bienes todavía hoy le suena a comunismo a muchos de los que creen en el derecho absoluto de usar y abusar de la propiedad privada. Mucho peor el decir --como muchos Santos Padres en los que también se inspiró Monseñor Romero y se inspira la Doctrina Social de la Iglesia--, que es pecado amontonar riquezas, y todavía más exhibirlas y malgastarlas mientras a la par hay tanta gente que sufre de necesidades extremas. Monseñor Romero no fue de ningún partido político. Fue simplemente un cristiano generoso, puesto por la gracia de Dios como Arzobispo en un trozo muy denso de la historia salva-

doreña. Treinta años después, emerge con mayor brillo como testigo de la resurrección que se expresa en las ansias de transformaciones, de paz, de justicia y de libertad por las que luchan nuestros pueblos.

Monseñor Romero fue un hombre libre que cuando palpó a fondo los dolores de su pueblo, no se dejó manipular por nadie. Monseñor Romero es hoy un ejemplo eximio de fe viva impregnada de solidaridad, diálogo, cercanía humana y amor. Y por eso mismo, nos remite claramente a Jesús de Nazaret, a quien toda la Iglesia está llamada a seguir.

Consejo de Redacción

Conversión, la señal de Jonás Es inevitable: la palabra y la obra de Jesús son fuente de controversia con los que tienen el poder. Y fuente de controversia para quienes tienen una autoridad que se basa en el poder que ofrece la religión. No en vano, Jesús entra en controversia directa ante todo con los escribas y los fariseos de su tiempo. Y toda persona que quiera ser mínimamente fiel al evangelio de Jesucristo entrará en confrontación inevitable con los poderes religiosos y políticos. Bien dijo Don Pedro Casaldáliga, Obispo Emérito del Mato Grosso brasileño, en su Poema a Monseñor Romero: “Ninguna sinagoga bien montada puede entender a Cristo”. En la lectura que acabamos de leer, Jesús está en controversia con los escribas y los fariseos, luego de haber predicado y realizado signos a favor de las muchedumbres empobrecidas. Aquellos hombres de

la religión se acercan para ponerlo a prueba. No se acercan con fe, sino con la desconfianza que provoca la presencia de un hombre que está cuestionando su autoridad y sus privilegios. Le piden que realice una señal prodigiosa. Es cuando Jesús les responde con fuerza: “Esta gente malvada e infiel está reclamando una señal, pero la única señal que se les dará, será la del profeta Jonás”. Y hace entonces referencia a aquella escena de Jonás que se hundió tres días en el vientre de la ballena y luego se dedicó a recordarles a los ninivitas sobre la urgencia de la conversión, al tiempo que hace referencias a otros personajes de ambientes culturales y religiosos muy distintos a los judíos. Y los pone por encima de la autoridad de los judíos. Nínive era un pueblo pervertido, dedicado a bacanales y orgías. Jonás, con todo su escepticismo, se

dedica a recorrer las calles para decirles que si en cuarenta días no se convierten, la furia del Señor se hará sentir en toda la ciudad. Aquel pueblo escuchó el llamado. Y decidió cambiar de vida. Y pusieron la señal de la conversión porque se confesaron pecadores. Y su conversión desencadenó la misericordia del Señor. Pero la conversión se logró en virtud de la conciencia de pecador que reconoció aquel pueblo. Esa señal es la única que Jesús ofrece a aquella gente. Si se convierten recibirán misericordia de Dios. Pero para que se conviertan, aquellas autoridades necesitan tomar conciencia de que son pecadoras. Y ahí está lo difícil, porque aquellas autoridades tenían conciencia de estar libres de pecado, de estar con el derecho a la salvación por cumplir estrictamente con las normas religiosas y rituales. No sólo no pueden tener conciencia de ser pe-

cadoras, sino que aquellas personas se sentían con el derecho de juzgar de pecadoras a las otras personas, y de condenar ante el altar a quienes consideraban fuera de la gracia de Dios. Ah!, esas personas entonces no pueden entender lo que es la conversión, y por ello mismo, renuncian a la gracia salvadora que viene con Jesús de Nazaret. Esa es la señal que Jesús les ofrece, y es una señal que aquellas personas están rechazando. Veamos, ahora, nuestra propia vida y nuestra realidad en donde se sigue haciendo presente la oferta del Señor. Todos, Usted y yo, estamos convocados por el Señor, a recibir esta señal. El Señor es misericordioso y hace sentir su amor con muy diversos signos, pero si nosotros estamos en la disposición de convertirnos. Cuando Jesús inicia el anuncio del evangelio puso a la par una condición: la conversión. Para entrar en el proce-

so de conversión hemos de partir de tomar conciencia de que somos pecadores. Y en esto nadie está libre. Lo que sucede es que las posiciones en las que estemos, a veces nos pueden ayudar o impedir a que tomemos conciencia de nuestra condición de pecadores. A veces en la Iglesia, quizás por estar tan cerca de los altares, tan cerca de quienes tienen cargos religiosos. O a veces por tener tan altos cargos religiosos, sin querer nos podemos creer menos pecadores que otros que son parte del “pueblo pobre, municipal y espeso”. Y a veces en la Iglesia hasta nos creemos que estamos en condiciones de condenar a otras personas que están fuera de nuestros círculos. Y puede ser que otras gentes, que están lejos de nuestros círculos religiosos, estén en mejores situaciones para vivir el evangelio porque se consideran débiles y necesitamos de los demás.

AMC Marzo 2010  

Monseñor Romero: treinta años de incesante santidad Presidente de Ecuador no reconoce el gobierno de Porfirio Lobo Pág. 15 Pág. 16 Año 16 |...

AMC Marzo 2010  

Monseñor Romero: treinta años de incesante santidad Presidente de Ecuador no reconoce el gobierno de Porfirio Lobo Pág. 15 Pág. 16 Año 16 |...

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