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Uno de los enigmas que la evolución plantea es reconstruir cómo se han adaptado a los cambios determinados organismos que no han dejado huella de su paso por el planeta. Hallamos multitud de fósiles, pero son incompletos, no existe rastro de algunos de sus órganos, como los ojos. Si algo condiciona la vida en la Tierra es la luz (y los ciclos de oscuridad). Por tanto no resulta descabellado pensar que los seres vivos que mejor le sacaran partido (a su presencia y a su ausencia) contarían con ventajas para sobrevivir. En una primera catalogación, existen dos tipos de ojos, los simples y los complejos; y estos, a su vez, pueden dividirse en otros dos, los que tienen un sólo receptáculo o cámara (los de los humanos) o los que tienen múltiples miniojos, en cuyo caso estaríamos hablando de ojos compuestos (los de los insectos). En los compuestos, la imagen se genera con la visión conjunta de todas esas partes; como un monitor, que compone las imágenes uniendo todos los puntos de luz que se iluminan en la pantalla. A mayor número, mayor nitidez o capacidad de ver matices. Cada tipo de ojo permite ver de una manera determinada: algunos insectos detectan las radiaciones ultravioletas (ven los colores de otro modo) o las serpientes son capaces de detectar el infrarrojo (distinguen el perfil de los animales por su temperatura). Desde el punto de vista molecular, en los ojos hay dos


grandes grupos: las cristalinas, que son unas proteínas presentes en el cristalino (la estructura que se opacifica dando lugar a las cataratas), y las opsinas, que son las que captan la luz. El cristalino actúa como una lente, enfocando la luz en la retina. Todas sus células y moléculas están organizadas para que la luz llegue a la retina sin alteraciones y se forme la imagen de lo que vemos. Las proteínas del cristalino se llaman cristalinas y son de varios tipos. Sin embargo en el estudio de algunos animales más antiguos que el hombre, como los cocodrilos, se observa que tienen proteínas que cumplen una doble función. Cuando están en otras zonas tienen un papel, pero cuando se alojan en el cristalino, simplemente ayudan a que la luz se enfoque en la retina. Las otras moléculas, las opsinas, son las encargadas de captar la luz y, desde el punto de vista de la evolución de los órganos visuales, han cambiado muy poco. Existen hasta 1.000 tipos diferentes, divididos en siete familias. Todas ellas conservan una estructura muy semejante. Tienen una estructura muy especial, con siete hélices que generan un hueco en el que se sitúa el pigmento. Los pequeños cambios detectados se han encaminado a la especialización en la captación de luz de diferentes longitudes de onda (distintos colores). Así, hasta la aparición de los primeros vertebrados había cinco tipos de opsinas, que captaban solo cinco colores: el azul, el amarillo, el naranja, el blanco y negro y una última para la luz ultravioleta. Algunos vertebrados aún son capaces de discriminar esas cinco tonalidades, sin embargo, los mamíferos tienen dos y solo pueden ver el amarillo y el azul. Los humanos han realizado un proceso de duplicación genética: uno de los genes que codifica para una de las dos opsinas se duplicó y, como consecuencia, se generó una tercera capaz de captar el color rojo. Por ello somos tricrómatas (vemos tres colores y sus combinaciones).

Un paleontólogo afirma que ha descubierto en fósiles de peces primitivos lo que parecen ser un diseño intermedio en la evolución de los ojos de los vertebrados.


Ahora que los creacionistas están de moda es bueno contraatacar su ideología con más pruebas. Uno de los “argumentos” que utilizan los creacionistas es el supuesto diseño perfecto del ojo humano. Probablemente se añade el adjetivo de “perfecto” porque no se desea adjudicar a dios, como diseñador inteligente, la incompetencia de crear algo defectuoso. No obstante, argumentan que no es posible crear algo tan perfecto como un ojo a partir de pasos intermedios y poco a poco como la teoría evolutiva afirma. Obviamente el argumento es totalmente falaz. De entrada el ojo humano dista mucho de ser una maquina perfecta. Además de que casi todo el mundo tiene astigmatismo, miopía, “moscas oftálmicas” o daltonismo, y otros defectos, la retina está puesta del revés sobre el fondo del ojo y la luz debe de atravesar toda la red de vasos sanguíneos y nervios hasta llegar a los fotorreceptores (conos y bastones). Hay incluso un punto ciego donde convergen todos los nervios. Esta disposición, por desgracia, facilita los desprendimientos de retina. Los ojos humanos son simplemente el fruto de una historia evolutiva, y no son la mejor solución posible, si es que ésta existe. Los cefalópodos, como pulpos y calamares, tienen ojos mejor diseñados. Además sí se pueden explicar los estadios intermedios. Sí pero, ¿cuáles son los pasos intermedios? ¿Dónde están los fósiles correspondientes?

Ahora un paleontólogo acaba de publicar en Biology Letters un artículo en el que afirma haber descubierto en fósiles de peces primitivos lo que parecen ser un diseño intermedio en la evolución de los ojos de los vertebrados.

Gavin Young, del departamento de ciencias marinas y de la Tierra de Australian National University, ha analizado los restos fosilizados de peces placodermos devónicos de hace 400 millones de años. Estos peces, ahora extintos, son los antepasados de los peces modernos y sus cuerpos estaban protegidos por una gruesa armadura ósea. Los restos fósiles fueron encontrados en la piedra caliza que bordea el lago Burrinjuck en Nueva Gales del Sur (Australia) y están excepcionalmente bien conservados. Este investigador descubrió que, a diferencia de los animales vertebrados de la actualidad (que van desde los peces sin mandíbula como la lamprea a los humanos pasando por los peces con mandíbula modernos), los peces placodermos de la época tenían una disposición muscular y


nerviosa diferente para hacer funcionar los globos oculares. Esto representaría una prueba de un estadio intermedio entre los ojos de los peces sin mandíbulas los de los vertebrados con mandíbula (incluyendo el ser humano). Parte de la dificultad de seguir la evolución de los ojos de los vertebrados se debe a que están hechos de tejido blando que no fosiliza bien. Pero las cuencas oculares y el cráneo de este pez de hace 400 millones de años están rayados con una capa delicada de fino hueso. Todos los detalles de los canales nerviosos y las inserciones musculares de la cuenca ocular están muy bien conservados. El investigador afirma que esto representa la prueba evidente y definitiva que demuestra un estadio intermedio en la evolución de nuestro órgano sensorial más complejo.

Los peces placodermos tenían un globo ocular que estaba todavía conectado al cráneo por un cartílago, como en los tiburones modernos, y un músculo ocular dispuesto de la misma manera que los peces sin mandíbula modernos. Esta disposición anatómica es diferente en los vertebrados modernos en los que hay un conjunto de músculos para hacer rotar el globo ocular. Para el análisis de los fósiles usó una tomógrafo de rayos X de la universidad que permite recrear imágenes tridimensionales de estructuras orgánicas complejas.

Este ojo de hace 400 millones de años era ya complejo, pero representa un estadio evolutivo intermedio entre los ojos de peces sin mandíbula y los peces con mandíbula. Es además un pieza más del rompecabezas de cómo evolucionó el ojo humano.

Fuentes: http://neofronteras.com/?p=1068

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