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Año 5

Nº 3

junio de 2012

Cochabamba Bolivia

Edición especial

CAMINOS DEL TÍO II

Los encantos de Toledo y Pumiri


Toledo, el umbral de la ruta

CAMINOS DEL TÍO II

P

ocos sitios del país ofrecen espectaculares destinos en tan poco espacio como los municipios de Toledo y Turco, en el departamento de Oruro, cuyas poblaciones emergidas en los albores de la Colonia estaban íntimamente ligadas a la explotación minera, por haber sido el paso obligado hacia Arica, puerto natural de Potosí, Oruro y otros centros mineros, desde el siglo XVII. Después de cuatro siglos, actualmente esta ruta sigue siendo transitada, pero convertida en la carretera internacional Oruro-Pisiga. Por la importancia histórica que representa para este departamento, esta vía (inicialmente precolombina, después colonial), actualmente es promovida como la ruta de los “Caminos del Tío II”, cuyo lanzamiento se oficializó el pasado 12 de mayo, por la Gobernación de Oruro, con el apoyo de la empresa minera Sinchi Wayra y ENTEL Oruro.

Iglesias y pueblos de ascendencia colonial, monumentos funerarios arqueológicos, fundiciones, minas de plata y soberbios monumentos pétreos cargados

La población de Toledo, fundada en 1559, por Francisco de Toledo es, probablemente, una de las regiones menos conocidas turísticamente a nivel nacional. Situada al noroeste y a 37 kilómetros de la ciudad de Oruro, Toledo se asienta en medio de las extensas pampas áridas y salitrosas del altiplano orureño.

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de leyendas sobrenaturales, hacen de los Caminos del Tío un itinerario turístico multidestino. Consciente de cuán importante es la promoción turística de estos destinos para nuestro país, inicialmente haremos énfasis a la población de Toledo, después en la segunda entrega, será el turno del municipio de Turco, donde su principal atractivo a ser enfocado será la “Ciudad Encantada de Pumiri”. Travesía turística Son las cinco de la mañana en la ciudad de Oruro. Como todo buen cronista de turismo, deseoso de conocer los lugares más recónditos de nuestro país, cámara y mochila al hombro, una vez más me dispongo de viajar a mi nuevo destino, que esta vez es la legendaria cuna de los “urus puquina”: Toledo, capital de la provincia Saucarí y Pumiri, la emblemática ciudad de piedra, en el municipio de


Turco de la provincia Sajama, ambos en el departamento de Oruro. Acostumbrado al clima templado del valle cochabambino, lo primero que debo superar es el hálito del crudo frío reinante, que con sus cinco grados bajo cero, me envuelve en su manto invernal, que debido a su intensidad parece decirme que el invierno ya está presente en las calles de Oruro. Pese a ello, y seguro de mis propósitos, tras tomar los servicios de un taxi llego al punto de partida: la plaza de la estación, lugar de donde a eso de las “seis de la mañana en punto”, está previsto que una comitiva de periodistas orureños, a la cabeza del gobernador de Oruro, Santos Tito, parta en caravana rumbo a las poblaciones citadas, que desde el enfoque turístico, esta ruta es bautizada como los “Caminos del Tío II”. Pero como todo buen boliviano sabemos que eso de la puntualidad, simplemente es un discurso lírico, y esta Jornada del sábado 12 de mayo, quedó comprobada una vez más esa “costumbre”, porque recién salimos a eso de las siete de la mañana. A pesar del retraso, una vez embarcados en una vetusta flota de los años 80, pero todo un “correcaminos” en las polvorientas carreteras de éste departamento, finalmente partimos a nuestro destino por la ruta internacional Oruro-Pisiga. A un principio el viaje parecía que iba a ser monótono, debido a la lectura equivocada que uno tiene de Oruro, donde las apresuradas conjeturas nos hacen suponer que su territorio está compuesto únicamente de inmensas pampas agrestes sin vida. Evidentemente parte de esto es cierto, pero tan solo llegar al puente español, la realidad nos demuestra que no todo es así, pues la soberbia presencia del lago Uru Uru, alimentada por el río Desaguadero, que se abre espacio hacia el infinito del altiplano orureño, atrae la mirada de todos los periodistas, quienes sin dubitar hacen lo que mejor saben de su oficio: tomar imágenes y apuntes, mientras la movilidad hace su paso fugaz, por esta hermosa reserva natural. Los flamencos rosados, patos silvestres y otras variedades de aves inmersos en un mundo de supervivencia, mientras se dan un festín con los microorganismos de crustáceos y algas que viven en esta inmensa alfombra azulada, nosotros también hacemos lo mismo, pero con nuestras cámaras. El asombro causado por esta maravilla natural en la delegación, que minutos antes criticábamos la mala costumbre de

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la hora boliviana, irónicamente, en esta ocasión parecíamos estar agradecidos por el retraso. Si bien a nadie se le ocurrió comentar, pero la expresión de satisfacción en cada uno de nosotros, decía lo contrario. Especialmente en mi caso, porque si salíamos a la hora prevista, con toda seguridad nada de esto hubiera podido ver, tomando en cuenta que a la hora citada la jornada todavía está en penumbras, debido a la proximidad del invierno. La llegada a este lago también nos indica que estamos en el preámbulo turístico, de lo que en adelante se denomina la ruta de los “Caminos del Tío II”. Después de viajar por unos 30 minutos, finalmente llegamos a nuestro primer destino: la población de Toledo, donde una comitiva de

autoridades originarias y municipales, en medio de una sinfonía de explosión de petardos, lluvia de mixturas, abrazos, apretones de manos y un marco musical amenizado por los Lichiwayus, nos reciben con todos los rigores de protocolo, que una comunidad aymara acostumbra con sus visitantes. Siguiendo al pie del programa elaborado, y bajo el concepto de turismo comunitario, lo primero que las autoridades originarias ofician es pedir permiso a sus seres tutelares, y al mismo tiempo agradecer por la presencia de la comitiva turística. Una mesa, previamente armada con abundante hoja de coca y alcohol, es la ofrenda ofrecida. Después de todo el protocolo, el destino obligado es la iglesia colonial, obra arquitectónica construida

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Cuna de la legendaria cultura “uru puquina”, de majestuosos templos y chullpares que se alzan en toda la extensión territorial, como un vivo testimonio de la existencia de una cultura con profundas raíces históricas, el municipio de Toledo, al margen de su iglesia colonial, ofrece numerosos atractivos, mezcla de historia, donde perviven sus costumbres ancestrales.

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por la orden de los agustinos, a la usanza de los templos misionales de la Chiquitania. Sin una fecha exacta de su edificación, esta iglesia todavía mantiene su encanto colonial, donde el periodo del romanticismo barroco sale a todas luces, desde la portada hasta el altar. Si bien la iglesia atesora una espléndida arquitectura, donde la materia primera empleada en su construcción fue el barro y el adobe, lamentablemente este histórico monumento religioso también presenta un serio deterioro en varias partes de su infraestructura. De no tomar las precauciones inmediatas en su restauración, éste corre el riesgo de venirse abajo, pues varias partes de sus paredes presentan serias rajaduras. La visita a esta hermosa población, como no podía ser de otra forma, terminó con un desayuno comunitario, donde el pito de qhañawa y una taza de leche de oveja, sin duda fueron el deleite de los visitantes, quienes mientras degustaban esta delicia andina, también disfrutaron del marco musical de los Lichiwayus, grupo autóctono de la zona. Para posteriormente retomar camino hacia el nuevo destino Pumiri. Una de las maravillas naturales geológicas apta para los amantes del turismo de aventura.

OTROS ATRACTIVOS La población de Toledo, fundada en 1559, por Francisco de Toledo es, probablemente, una de las regiones menos conocidas turísticamente a nivel nacional. Situada al noroeste y a 37 kilómetros de la ciudad de Oruro, Toledo se asienta en medio de las extensas pampas áridas y salitrosas del altiplano orureño. Cuna de la legendaria cultura “uru puquina”, de majestuosos templos y chullpares que se alzan en toda la extensión territorial, como un vivo testimonio de la existencia de una cultura con profundas raíces históricas, el municipio de Toledo, al margen de su iglesia colonial, ofrece numerosos atractivos, mezcla de historia, donde perviven sus costumbres ancestrales. Su historia es un tapiz creado por los conquistadores españoles, donde los acaudalados mineros han tenido a Toledo como el paso obligado para el traslado de estos minerales de Oruro y Potosí, hacia el Cuzco y Arica, dejando una huella indeleble. Esta es la razón para que este pueblo fuera bautizado como la ruta de los “Caminos del Tío II”, cuyo recorrido sigue hasta la ciudad encantada de Pumiri, en el municipio de Turco, pero este reportaje continuará la siguiente semana.

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Pumiri

La ciudad encantada del altiplano orureño

Ubicada a 15 kilómetros al sudoeste de la población de Turco, segunda sección municipal de la provincia Sajama, en el departamento de Oruro, Pumiri es una conformación de varias islas de formaciones geológicas, que a simple apreciación parece haber sido diseñada por un paisajista milenario.


A

llí, donde la llanura altiplánica da la sensación de tener el dominio absoluto de la vasta geografía orureña, donde nada parece detener su avance al infinito, allí se encuentra Pumiri: la ciudad encantada, cuya formación geológica de colosales rocas, mezcla de sedimento y arcilla, la sitúan como un hermoso destino turístico. Pumiri, es al mismo tiempo el destino final de nuestra travesía turística por los “Caminos del Tío II”, en su segunda parte; como recordarán, la primera se dedicó en extensa a la población de Toledo, portal de ingreso a esta ruta. De la misma forma hoy nos avocaremos a describir las bondades turísticas que atesora esta región. Rumbo a Pumiri Después de haber conocido Toledo,

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proseguimos el viaje rumbo a Pumiri, por unas dos horas más, debido a que nuestro destino se encuentra a 123 kilómetros de esta población (y a 15 de Turco), en la parte suroeste. Mientras la movilidad iba avanzando a ritmo cansino por el polvoriento camino de la ondulada altiplanica, nada hacía presagiar que en esa pampa pudiera existir las famosas formaciones rocosas, pues por donde uno mira, el paisaje no parece ofrecer más que un campo desolado, que de cuando en cuando permite ver pequeños oasis de t’olares, pajas bravas y yaretas, donde pastan centenares de llamas. Ya en suelos de Turco, como por arte de magia se aparecen varias rocas de no más de 10 a 15 metros de altura, que nos dejan asombrados a todos, debido a su infinidad de formas que tienen cada una de ellas. Al ver estas maravillas, to-


dos expresamos nuestra satisfacción por haber llegado a Pumiri, empero no había cuando se detenga la movilidad, hasta que al final, otra vez nos encontramos viajando por la llanura altiplánica. Ni vuelta que dar, a seguir adelante. Sin embargo, unos tres kilómetros más adelante, súbitamente estamos ante la presencia de otro sedimento rocoso, mucho más grande que los primeros, donde la existencia de un albergue turístico y varios chullpares, una vez más nos devuelve la sonrisa a todos, creyendo haber llegado a nuestro destino. No obstante, la movilidad tampoco parece querer detenerse, porque al tomar el desvió de la ruta que va al Parque Sajama, prosigue su curso por un camino vecinal otros dos kilómetros más, hasta que la presencia de un río logra que el motor del bus se apague. Ante este hecho, todos parecen decir, ¿habremos llegado?. El estallido de un petardo, el tronar de los bombos al son de las tarkas acompañadas de comparsas autóctonas de bailarines que vienen a nuestro encuentro, es la respuesta a nuestra interrogante. Al fin estamos en nuestro destino. Ni bien logramos descender de la movilidad, grande fue la sorpresa al ver otros tres promontorios de rocas, mucho más gigantes que los dos anteriores, que por su imponencia parecen decirnos “bienvenidos a Pumiri, la ciudad encantada”. En las entrañas de Pumiri Al ver esta maravilla natural, todos sin duda quedamos atónitos ante tanta belleza, pero una roca en particular, cuya altitud debe estar cerca a los cien metros, gracias a su soberbia presencia se robó toda nuestra atención. Sin embargo, podemos notar que su imponencia también resulta algo intimidante. Consultados sobre esta sensación, los comunarios cuentan que éste es un lugar sagrado, cuya belleza también encierra un encanto en particular. Cuenta la leyenda, que en el orificio existente en medio de la pared rocosa, los incas guardaron una campana de oro traída del Cusco. Los incas al saber el deceso de Atahuallpa en manos de los conquistadores, optaron por ocultar en este orificio, en medio de lamentos y maldiciones, a fin de que nadie los pueda encontrar. Los buscadores de tesoros enterados de la existencia de esta presea dorada, en varias ocasiones han pretendido asirse del preciado metal, pero muchos han perecido en el intento, han perdido el juicio

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o han desaparecido. Por eso se dice que sobre esta campana pesa un encanto de maldición, y que cada noche de luna llena comienza a repicar: pobre del mortal que por algún motivo ha osado ingresar con la intención de robarla, pues éste queda convertido en piedra. De acuerdo a la creencia popular, a partir de ahí pueden verse infinidad de figuras antropomorfas. Permiso para ingresar Respetuosos de las costumbres locales, las autoridades originarias, antes de ingresar a estas rocas, inicialmente procedieron a ofrecer una mesa ritual consistente en coca, alcohol y otros componentes, además del sacrificio de una llama. Este ritual fue ofrecido a la Pachamama y otras deidades andinas, en señal de respeto, y al mismo tiempo pedir permiso y protección para que nada nos suceda mientras exploramos sus interminables laberintos. El primer lugar a visitarse, sin duda fue la gigantesca roca. Mientras más nos vamos aproximando, más podemos ver su verdadera dimensión, porque al solo pasar por su lado da la sensación de estar ingresando a la tierra de los gigantes. Tanto así, que quienes gozamos de un gran angular, tenemos que retroceder varios metros para retratar su colosal tamaño. Pero la aventura recién está por comenzar, porque el primer desafío es llegar hasta la misma cúspide de esta roca, cuyo recorrido en momentos se hace necesario sortear algunos laberintos, escalar y sobre todo tener un sentido de orientación, porque una vez ingresado a sus dominios, es tan fácil perderse. Una vez en la cima, el impacto es total, gracias a la impresionante vista panorámica que nos ofrece esta ciudadela. Al norte, al sur, al oeste o al este, por donde se mire o se camine, la belleza dominante de las rocas es única, gracias al golpe de la erosión hídrica, eólica y el sol que ha logrado tallar una infinidad de curiosas formaciones antropomorfas y zoomorfas. Al ver esta maravilla geológica, que en total existen unos cuatro dispuestas en forma de islas, uno recién se pone a valorar que cualquier sacrificio es poco en comparación a semejante regalo.

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Al ver toda esta maravilla geológica, que en total existen unos cuatro, uno recién se pone a valorar que cualquier sacrificio es poco en comparación a semejante regalo. Riqueza Arqueológica

El otro brazo del turismo en la ciudadela de Pumiri La existencia de vestigios arqueológicos de chullpares, miradores incaicos y grabados rupestres, son otro de los atractivos que atesora Pumiri. A decir de los comunarios, durante el período incaico, parte de la ciudadela era un fuerte militar de avanzada, por esta razón en la cima de una gigante roca se puede ver los restos de una garita, construida en piedra. Los enterratorios en forma de chullpares o tumbas ubicadas en los aleros rocosos, donde descansan varios restos humanos, es el otro misterio que queda por conocer de esta ciudadela. No menos importante es la existencia de una roca con grabados rupestres, donde los símbolos católicos han merecido su inmortalización. Lamentablemente, esa reliquia está en proceso de desaparecer debido a la acción erosiva del tiempo. En fin, visitar Pumiri es entrar a un mundo donde la imaginación no tiene límites, y donde las palabras quedan cortos a la hora de describirla como un destino perfecto para el turismo mitológico, de aventura y comunitario. De aquí en adelante solo queda cuidar y disfrutar de este divino regalo, que gracias al Gobierno Departamental de Oruro, Entel Oruro y la empresa Sinchi Wayra, por su interés de promover éste destino, se hizo posible la vista a esta ruta, denominada como los “Caminos del Tío II”.

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