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Síntomas, síndromes y sistemas* Hay un proverbio según el cual quienes viven en casas de vidrio - y e~pecialmente los que comparten casas de vidrio deberían vacilar en an-ojarse piedras unos a otros; creo que es apropiado hacer recordar a todo lector occidental de este artículo que vive en la misma casa de vidrio junto con la profesión médica, con la religión cristiana, con la revolución industrial y con el sistema educacional del que los otros fenómenos son productos. En otras palabras, todos compartimos una maraña de supuestos, muchos de los cuales tienen antiguos orígenes. Para mí, nuestras dificultades tienen sus raíces en ese conjunto de supuestos, algunos de los cuales son disparates. En lugar de extender el dedo de la censura para señalar una u otra de las partes de nuestro sistema total -los perversos médicos, los perversos industriales, los perversos profesores-, deberíamos echar una mirada a los fundamentos y a la naturaleza del sistema mismo. Si desatendemos la visión holística en el momento mismo de nuestra acusación, poco sentido tiene acusar a los médicos de no usar lentes holísticas cuando examinan a sus pacientes. A través de las lentes holísticas nuestra crítica a los médicos significa claramente ignorar el sistema total dentro del cual nosotros y los médicos tenemos nuestra existencia, y que ese sistema comprende la totalidad de nuestra civilización contem*Este artículo fue escrito el 30 de mayo de 1978 y se lo reproduce tomado de The Esalen Catalog 16, n·-·4 (1978), con permiso de Esalen Programs. 372

poránea. No sería "holístico" concentrar toda nuestra atención en los síntomas de algo que marcha mal y, al mismo tiempo, acusar a los médicos de ver tan sólo los síntomas. Pregunto pues ¿qué es- qué clase de hábito mental es- lo que nos lleva a prestar demasiada atención a los síntomas y demasiada poca atención al sistema? Y respondo a esta pregunta sabiendo con seguridad que tengo dos lugares en los que puedo buscar la respuesta. Uno de ellos está en la historia natural de las instituciones médicas (médicos y pacientes) y el otro es el resto de la civilización. ¿Podernos reconocer sintomofilia* en nuestras universidades, en nuestras iglesias, en nuestras instituciones económicas y en nuestras relaciones familiares? Examinemos primero un síntoma social que nos permite ver lo que acaece. Después podemos considerar un síntoma fisiológico en el cual lo que ocurre está oculto en el interior del cuerpo. Pensemos en el tráfico de las can-eteras. Hav demasiados automóviles en los caminos y demasiadas person;s impacientes que tienen prisa y hay demasiada contaminación en la atmósfera, contaminación causada por los automóviles; en su conjunto todo esto forma lo que los médicos llaman un "síndrome", una serie de síntomas. Por supuesto, este síndrome tiene realmente sus raíces en la superpoblación, en la destreza de la ingeniería industrial aplicada sin juicio y en las victorias médicas sobre las epidemias. La salud pública, lo mismo que ocun-e en la medicina individual, se basa en el tratamiento de síntomas. Todos compartimos la patología y echamos la culpa de ello a los médicos. En el nivel social, lo que ocurre es sencillo: alguien recibe una paga para hacer más soportable la tendencia patológica. Lo que hacemos es tratar los síntomas: hacemos más caminos para más automóviles, y hacemos más automóviles cada vez más veloces para la gente impaciente que tiene prisa; y cuando las personas (muy propiamente) se mueren por exceso de alimentación o de contaminación ambiental, tratamos de fortalecer sus estómagos o sus pulmones. (Las compañías de seguros detestan la muerte.) En cuanto a la superpoblación, construimos más casas, y así sucesivamente. Ese es el paradigma: tratar los síntomas para preservar al *Bateson habla de "sintomofobia" pero el contexto se refiere a verse atraído por los síntomas y no a temerlos. De allí que elegimos "sintomofilia". [T.] 373


mundo de la patología. Pero es todavía un poquito peor: hasta consideramos el futuro y tratamos de ver los síntomas e incomodidades venideros. Predecimos el atascamiento del tráfico en las carreteras y pedimos a los gobiernos contratos para ensanchar los caminos para automóviles que todavía no existen. De esta manera se invierten millones de dólares a causa de las hipótesis sobre el futuro aumento de la patol~gía. y así. el médico que se concentra en los smtomas corre el riesgo de preservar o fomentar la patología de la cual los síntomas son partBs. . Por ejemplo, ¿qué podemos decir del dolor? Ha! vanas respuestas al problema del dolor y varias estrategias para tratarlo: 1) Aplicar un anestésico local para librarse del dolor o, más radicalmente, cortar el nervio sensorial que inerva a ~a parte dolorida. Pero estos procedimientos de tratamiento de los smtomas tienen sentido-si los tienen de algún modo- únicamente cuando el mensaje de dolor es recibido o se le presta atenci_ó,n; 2) hacer una mueca y soportar el dolor. Tam_bien ~s~e procedimiento sólo tiene sentido después de haber sido asnmlado el mensaje; 3) prestar atención al contexto sistémico -y quizá tratcr:rloen el que se generó el dolor, es decir, obrar sobre el mensaJe del dolor. Muchas veces me he preguntado por qué el dolor es tan persistente, por qué continúa después de haberse a~vertido su existencia. Creo que la respuesta es que el mensaJe de dolor cambia mientras el dolor persiste. Un nuevo dolor sencillamente llama la atención sobre la parte que duele y si éste fuera el único mensaje de dolor, quien lo experimenta estaría simplemente influido por el dolor en la dirección de curar sólo el síntoma. Pero el dolor puede continuar y continuar y entonc~s el mensaje cambia. Quien siente dolor se ve obligado (o ~ebena verse obligado) a examinar y quizás a tratar es~eras pe~mentes más amplias. Debería pasar de la conciencia del smtoma a prestar atención al sistema mayor. Pero el problema está siempre en dar el salto desde pensar en la parte a pensar en el todo. , . En biolo0a no hav valores que tengan la caractenst1ca de que si algo \s buen;, luego más de ese a_lgo será mejor. Los economistas parecen creer que esto es cierto en el caso del 374

dinero, pero, si tienen razón, el dinero es ciertamente abiológico y quizás antibiológico. En cuanto a lo demás, las cosas buenas llegan a una situación óptima, no máxima. En el caso de toda sustancia o experiencia deseable hay una cantidad óptima, de suerte que sobrepasar ese óptimo resulta tóxico. Esto es evidentemente cierto en casos de buenas cosas como el oxígeno, el calcio, el alimento, el vestido, la psicoterapia, la ira y acaso hasta el amor. Todos se vuelven tóxicosencantidadesexcesivas. Cualquier parte de un todo biológico debe conservar dimensiones proporcionadas; si una parte se hace mayor siempre representa una amenaza o un peligro para el todo. De manera que comienza a parecer como si la dificultad pueda vincularse con un cambio casi inimaginable de signo. Es fácil ver que si hay demasiados automóviles más caminos no harán sino empeorar la situación. No es tan fácil ver que más automóviles puedan determinar que la gentB vea con mayor claridad la Gestalt mayor. Durante la Segunda Guerra Mundial, tuve ocasión de hacer algo interesante: logré establecer en Chittagong una pequeña estación de radio destinada a transmitir a las zonas ocupadas por el enemigo, Birmania, Tailandia y Malasia. La estación tenía la finalidad de neutralizar la propaganda enemiga. Nuestra estrategia era sencilla: escuchábamos los disparates que decía el enemigo y simulábamos ser una estación oficialjaponesa. Cada día sencillamente exagerábamos lo que el enemigo decía. Especulábamos con el hecho de que el enemigo probablemente diría mentiras y, por lo tanto, seria una buena idea (desde nuestro punto de vista) presentarlo como diciendo mentiras aun mayores. Exageración del síntoma ... Siempre sospeché que los pacientes sometidos a psicoterapia exageran sus historias traumáticas y sus síntomas multiplicándolos por tres y que eso es beneficioso para ellos. Y luego está la tan interesante teoría en la que se sustenta la medicina homeopática. Si padece uno cierto síndrome de síntomas -x,y y z-, debería encontrar una droga que en dosis normales causara el mismo conjunto de síntomas. Esa droga, tornada en dosis microscópicas, produce un efecto inverso. Como ve el lector, lo que digo es que nosotros y los médicos estamos no sólo aferrados al hábito de prestar exagerada atención a los síntomas, sino que también estamos aferrados al hábito de pensar en términos materiales. Todos consideramos 375


q_ue l~ farmac~log.ía y la ciencia de limitación del tráfico son c1~ncias cuantitativas; pensamos que si algo es malo, un poco mas de ese algo será peor. Pero, a decir verdad, esto no es así a menudo. Antes bien, vivimos en un mundo de pautas y comunicación, un mundo de ideas, y en ese mundo todas las teorías sobre dosificación y cuantificación quedan en parte trastrocadas. En el mundo puramente material no puede haber ironía s?lo se observa una monstruosa falta de humor de cualquie; tipo. Pero, en el mundo de las pautas e ideas, la ironía está en todas partes y mediante la ironía puede uno (quizás) alcai;zar esa pequeña iluminación que se da en el momento de percibir la "Gestalt mayor".

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Busca lo sagrado: seminario de Dartington* Pregunta: ¿Qué es lo estético? ¿Qué es lo sagrado? ¿Qué es la conciencia?¿ Qué relación tienen entre sí? Usted parece sugerir que la conciencia es muy importante, pero al mismo tiempo bastante traicionera, porque socava nuestros mejores intentos en relación con lo estético y lo sagrado. Gregory Bateson: Usted acaba de sugerir que yo digo que la conciencia llega a ser destructiva. Por cierto no dije eso. Lo que dije es que el propósito consciente muy rápidamente se hace destructivo. El concepto de "propósito" es muy peligroso. El de conciencia no sé. He puesto mucho cuidado en decir lo menos posible sobre la conciencia. El inconveniente de hablar de la conciencia estriba en su propia naturaleza que consiste en enfocar partes. Hay algo que llaman "la pantalla de la conciencia" y, a mi juicio, ésta es una analogía casi mecánica. Nosotros recibirnos los productos de nuestras actividades mentales, las imágenes, pero la creación misma de esas imágenes está más allá de nuestro alcance. Se trata de un proceso extraordinario y milagroso, de un hermoso proceso, pero en definitiva aquello de lo que soy consciente es una substracción de la totalidad y la totalidad no puede ser referida a la conciencia. Cuanto más tenernos que informar a la conciencia, más mecanismos se requieren para operar con todo eso, y pronto la cabeza se hace *El siguiente es un pasaje de una discusión mantenida con Henryk Skolimowski y otros en Dartington Hall, Inglaterra, en octubre de 1979. Se lo reproduce tomado de Resurgence 10, n 2 6 (1980) con permiso de Resurgence.

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Sobre buscar culpables...  

Texto extraído de "Una unidad Sagrada. Pasos ulteriores hacia una ecología de la mente" de Gregory Bateson.

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