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RES EÑA por Facundo S. López

#22

Máquina Constanza Copello y Juan Trinidad para vivir casa Curuchet


mรกquina p Intervenciones en


para vivir la Casa Curutchet

organizan Constanza Copello y Juan Trinidad Casa Curuchet Av. 53 entre 1 y 2. La Plata 30 de noviembre


RecorrĂ­ muchas veces la Casa Curutchet, evidentemente es la casa la que propone a los coordinadores y a los artistas, como antes tambiĂŠn proponĂ­a a los arquitectos.


"Arquitectura es cosa de arte, un fenómeno de emociones, que queda fuera y más allá de las cuestiones constructivas. El propósito de la construcción es mantener las cosas juntas y el de la arquitectura es deleitarnos" Charles Edouard Jeanneret-Gris, Le Corbusier. Arquitecto, urbanista y pintor suizo-francés (6 de octubre de 1887 - 27 de agosto de 1965)


RES EÑA

por Facundo S. López arquitecto

Máquina para vivir me permitió hacer una visita diferente a la Casa Curutchet. La recorrí muchas veces antes, desde aquella inicial en que me movía entre el asombro y la incomprensión. La recorrí solo y feliz, la recorrí enamorado y triste. Llevé a amigos e incluso a clientes, para que la vieran y acaso convencerlos de alguna locura. La vi en el cine y me fasciné con su poética traducida a la cinematografía. La dibujé algunas veces, la fotografié varias. Nunca dejé de descubrir detalles nuevos, sensaciones en las que antes no había reparado. Pero, a partir de determinado momento y muy de a poco, esas pequeñas gratas sorpresas fueron más y más raras. Esta tendencia se revirtió cuando, sin saber a ciencia cierta qué esperar, fui a ver Máquina para vivir. La propuesta coordinada por Constanza Copello y Juan Trinidad me enseñó una casa nueva, o quizás la misma casa, construida de nuevo. Recorrer sus espacios a través de la danza, a través de la música, a través de la expresión del cuerpo, era en sí una propuesta interesante. Pero el juego delicado que proponen todas las intervenciones entre espacio, cuerpo y materia revela la solidez de la teoría con que esta casa fue concebida. Evidentemente es la casa la que propone a los coordinadores y a los artistas, como antes también proponía a los arquitectos. La tríada vitruviana que desde tiempos de los romanos y hasta entrado el siglo XX definió la manera de hacer y entender arquitectura, utilitas, firmitas y venustas (utilidad, firmeza, belleza) reaparece aquí en una lectura nueva. La utilidad de la casa, su condición de morada del hombre, es el cuerpo. La firmeza, su materialidad, sus objetos. La belleza, su espacio transparente y fluido. Mientras esperamos en la rampa para poder iniciar el recorrido, vemos, proyectado sobre un muro, cómo la casa es destruida una, dos, cien veces en un loop cinematográfico. Parece una herejía que anuncia que aquí nada va a ser sagrado. Empezamos el recorrido por la Casa. El orden de las reseñas respeta aquel en el que se nos presentó. Accidentado, quizás, o planeadamente aleatorio.


La intervención en la Habitación de la Ventana, utiliza como espacio escénico el dormitorio principal, el del Dr. Pedro Curutchet. Invita al espectador a acomodarse, a tratar de ver por detrás de los obstáculos, meterse en la vida íntima de dos habitantes de la casa (“vivientes” según la reproposición que se plantea entre máquina de habitar y máquina para vivir), en sus dramas privados. Nos metemos entonces en la intimidad de un dormitorio, pero esta intimidad no se expone con promiscuidad. Se tamiza a través de los propios límites que propone la casa. Se intuye la actividad, lo que alcanzamos a ver a través de parasoles, de un espejo o de la sombra proyectada en una pared blanca. Se sugieren dramas domésticos, de los que solo ocurren en los límites duros, herméticos, de una habitación. Pero no es cualquier habitación. Es una habitación de una casa de Le Corbusier, donde la transparencia, la permeabilidad, la luz, hace que la acción pueda verse desde múltiples lugares, es en este caso el espectador el que evidencia la condición fluente del espacio de la Casa Curutchet, violando la intimidad del dormitorio. Y el cuerpo -el hombre- no solo interactúa con el espacio. También con la materia. El personaje masculino se debate entre la autosatisfacción y la relación en pareja. O entre las relaciones sexuales con seres humanos -que no vemos-, y relaciones sexuales con objetos de la casa: la columna, el espejo, los parasoles. En la Habitación del espejo, se nos hace partícipes de un ambiente tenso en el lugar que pareciera menos apto para una puesta teatral: el baño. Allí, amontonados contra la pared, sentados en el inodoro del Dr. Curutchet, nos 1 a una Ofelia que yace en la bañera, cubierta miramos unos a otros y siempre de flores que llenan de aire a muerto todo el reducido espacio. El nerviosismo de algunos de los espectadores y la música rompen la tensión, la mujer se pone de pie e interpela con la mirada a algunos de nosotros. Alguien se ríe, y ella nos invita a salir del baño, a la otra habitación donde ejecuta una performance de danza, en la que juega con imagenes de levitación y rigidez cadavérica. Las referencias constantes a la muerte parecen invitar a un oxímoron de esta Máquina para vivir y morir. Cuenta el genial arquitecto platense, Vicente Krause, que Curutchet le dijo una vez: “Krause, una casa no


es sólo el lugar donde a uno le gustaría vivir, es el lugar en donde a uno le gustaría también morirse.” Volvemos a la habitación principal, para ver por detrás de los parasoles y a través de la doble altura, la intervención del Living. Otros espectadores se ubican en la 2 otra habitación, algunos desde abajo observan apoyados en la escalera. El foco espacial de la casa está por explotar, se lo ceba con cámaras que aportan más miradas. Linternas hacen las veces de ojos, o de cámaras que también observan. La tensión de la mirada es la tensión del espacio. Todo está allí, y con la puerta hacia la terraza cerrada, el espacio se hace denso y no fluye de nuevo hacia el afuera, hacia el Bosque. En ese aire lleno de átomos chocando, un cuerpo se mueve y juega con la luz bajo la mirada cubista de estos muchos ojos. El estar de la Casa Curutchet es ahora una caja panóptica. Luego somos conducidos hacia el Consultorio. Allí, la fase más teatral de toda la intervención, ubica a un probable Dr. Curutchet y a un Le Corbusier que en una conversación fragmentada debaten sobre la casa. La relación de un arquitecto y su cliente hace repasar aquella cosa tan instalada en el imaginario de quienes visitan la obra de Le Corbusier, la inconformidad del Dr. Curutchet con su casa. De la palabra se pasa a la acción, y Curutchet descubre a su paciente, que yace


hasta ese momento como una presencia tácita. En la clásica chaise longue corbusierana que habitualmente decora el hall de la casa, una paciente es diagnosticada. Su cuerpo es medido con un sistema tortuoso, un escalímetro basado en las medidas del cuerpo, tanto de la paciente como del médico. Nada diferente a la idea del Modulor, con que Le Corbusier basó las medidas de muchas de sus obras, utilizando como referencia las dimensiones del cuerpo humano, a manera de reelaboración moderna de la idea del hombre vitruviano que Da Vinci dibujara. El cuerpo y cómo se mide, se transforma en el marco para la ejecución de un acto donde lo visual es de gran atractivo. Los movimientos, pensados por Le Corbusier, ejecutados por el Dr. Curutchet terminan por generar una suerte de “máquina de vivir”, o una máquina de “movimiento” que como algún tipo de Frankenstein, cobra vida propia, como lo hace la Casa Curutchet. El movimiento que generaba el arquitecto y ejecutaba el médico, se vuelve independiente de ellos, y funciona solo como un reloj al que se le ha dado cuerda, y este Frankenstein también se vuelve frenético, algo incontrolable, y también sorprende a su creador. La siguiente parada es la Cocina de la casa. El público se acomoda en el piso, entre los muebles de bajomesada, o desde el balcón. Se nos mostrará un espectáculo visual de gran potencia, ejecutado por una sola persona desprovista de todo accesorio. Es un cuerpo y la materia de la casa, a solas. Apenas somos intrusos en eso que sucede ahí. Se mueve por entre los muebles, ingrávido. Camina por las paredes, desaparece dentro de algún aparador y reaparece por otro con una ejecución impecable. La luz parece venir de adentro de la casa, de su materia, de sus entrañas. La elegancia de los materiales es puesta en evidencia: la mesada de mármol es transiluminada, dándole un efecto inesperado. Asímismo, el accionamiento de puertas y cajones es en cada caso un encuentro con la luz, quizás haya allí algo de aquella definición que Le Corbusier daba a la arquitectura, “el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes bajo la luz”. Y esa luz interior, también es naturaleza. El sonido de pájaros, o la aparición de ramas y hojas verdes, parece también hablar del árbol, de esa naturaleza interior, escondida, que se encierra en la Curutchet.


Finalmente descendemos a los infiernos de la casa. Son aquí siete los círculos: El registro, la Reflexión, el Cerebro, el Laboratorio, la Memoria, el Cuerpo, y Lo Posible / Lo imposible. El sótano de la casa Curutchet es el sitio que casi nadie mira, es la planta que ningún docente analiza en una clase de historia de la arquitectura, es el espacio que ningún estudiante incluye en su maqueta de primer año. Es el no-lugar de esta obra maestra. En Descenso, -0,66m, la etapa final de este viaje de reconstrucción de la Curutchet, el sótano es el laboratorio donde la casa es disecada, donde es abierta con bisturí y analizada, quizás una recóndita e imaginaria sala de experimentos del Dr. Curutchet en donde el Frankenstein es la propia casa. Donde se la somete a todo tipo de vejaciones heréticas, donde se la aplasta, se la moja. La profanación de la obra maestra es total: es una casa por cuyas ventanas exuda sangre, es una casa rellena con carne picada llena de moscas, es una casa secuestrada por la naturaleza, como si su árbol la hubiese -finalmente- engullido. En la sala de máquinas, el único de estos espacios que no está intervenido, en el que deliberadamente se muestra su suciedad, su fealdad, ocurre la acción. Aquí, tres cuerpos femeninos y muchas sillas de plástico son las herramientas para mostrar el dilema entre la construcción y la destrucción, que se hace dramático. La fuerza de los movimientos y la terrible tensión del momento en que la construcción recién levantada tambalea, y esos altos castillos de naipes caen, es paralelo al juego premeditado en que se oculta y se deja ver lo que hay detrás. El castillo, el muro, la construcción, dejan intuir la presencia de los cuerpos. Se muestra y se oculta como en un juego de seducción, hasta que al fin podemos observarlos íntegros, sin obstáculos de sillas (ni de parasoles), sin sombras, sin ropas. Al final del camino, con mi nueva Curutchet en la cabeza, aprovecho el calor de una noche primaveral para hacer uso de mi espacio favorito en la casa. El que ha estado, esta anoche y hasta el momento, totalmente ausente: es la hora de un brindis y un saludo a los actores, bajo la marquesina recia de la terraza. Frente a mí, la naturaleza domesticada del Bosque de La Plata. Al otro lado, solamente espacio, materia y cuerpos.


Facundo S. L贸pez y



Reseña de "máquina de vivir" por Facundo S. López