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EDITORIAL

La Matrix dentro de una botella Nadie me cree cuando digo que no me gustó mucho la saga de películas Matrix. Gran parte de la gente las encontró fantásticas, excitantes y toda otra carrada de calificativos cool. Pero a mí, cuando las vi, la verdad es que no se me movió un pelo. Lo sorprendente fue que varios con quienes comparto algo de mi vida cotidiana han insistido con el: “¿¡cómo no te gustó Matrix!?”. Pensé días atrás que muchos de ellos me habían recomendado Lost, serie que me cayó de maravillas, y entonces, para ser justo, volví a ver las Matrix. Las vi y me cercioré de que, tal como lo suponía, la habría pasado mejor escuchando el concierto de Köln de Keith Jarrett o leyendo The New Yorker, da lo mismo. Entonces les pregunté uno a uno qué era lo que puntualmente le fascinaba tanto de esos loaded y reloaded. Y ahí entendí. Era el concepto de la Matrix, la idea misma de que podía existir una Matrix, una construcción de una lógica en la que, en este caso, Morfeo, Neo y la recontra buena de Trinity se mueven durante gran parte de la película. La Matrix es la prisión que no pueden ni ver ni tocar, pero que está ahí; es la construcción de la realidad, o más bien el simulacro de la realidad, como diría el filósofo francés Jean Baudrillard mucho antes que la trilogía fílmica. La Matrix es lo que legitima los parámetros de lo posible o, más bien, lo que los crea. Y bueno, especialmente en los tiempos que corren, vale la pena enterarse, o recordar en todo caso, que esos parámetros de lo posible, también en nuestra vida diaria, no son otra cosa que lo que la película (o Baudrillard) muestra: una construcción. Esa construcción genera un tipo de previsibilidad, y en ella, además de los protagonistas fílmicos, se mueve la abominable mayoría de quienes alguna vez vimos el film. No se deprima ni se desoriente señora, señor, pero es así. Hay que consolarse pensando que siempre aparece alguno que está fuera de la Matrix, que se disparó para un lugar radicalmente diferente, que fue cargado con otro programa. Es cierto que son pocos, pero casi todos inmensamente convocantes. No sé, pienso en un Antonin Artaud, o en desacatados furiosos de ese estilo. Ese sábado de las benditas películas cené con un vino muy singular, un otra-cosa (96 puntos, una bomba), y cuando me preguntaron por qué me había gustado tanto, contesté coyunturalmente lo siguiente: “es un vino que se sale de la Matrix”. Más allá de mi mucha o poca elocuencia, me di cuenta luego de una cosa: los vinos que más me han conmovido son aquellos que, en mayor o menor medida, se han escapado de la Matrix. Aquellos que para ser elaborados tuvieron un input diferente al de los demás vinos y que, por ello, también se dispararon para otro lado. Es que por más que sean excelentes, incluso más allá de que me gusten mucho, nunca me han hecho llorar los vinos a la moda, ni los 8 EL CONOCEDOR

que pretenden ser otra cosa que genuinos productos de su terruño. Jamás me han terminado de cerrar esos blancos y tintos diseñados para impresionar, como si hubieran salido de un quirófano. No es que me moleste la Matrix; no podría tomar vino –ni vivir– si me molestara ese parámetro de lo posible. La Matrix está ahí y no puedo hacer ni decir nada a favor ni en contra de ella. Pero creo que con los vinos es irremediable: los más maravillosos que recuerdo son aquellos que rompieron ese molde, los que se hicieron usando otros algoritmos. Son esos vinos que jamás me pude imaginar, que ni pensé que podían siquiera existir y un día me los estaba bebiendo. Hay vinos así. Pocos, pero hay. El Malbec 2009 de Finca La Anita es así, el 2008 Nicolás Catena, alguna añada de Noemía, alguna de Finca El Mirador Achaval Ferrer. Vinos que carecen de todo tipo de previsibilidad, que caminan por otra calle. Y además de la calidad de la uva, lo que los hace diferentes, yo creo, es la Matrix tan singular de sus creadores. Esa concepción que usan para elaborar un vino personas únicas, como Antonio Mas, Alejandro Vigil, Hans Vinding-Diers o Roberto Cipresso. Obsesión, locura, o quién sabe de cuántas maneras pueda llamarse. Siempre, en todas las disciplinas y ámbitos, hay personas y cosas que se salen de la Matrix, que tienen la capacidad de estar más allá de lo previsible. Como los de la película, en apariencia son iguales a todos los demás, pero en su esencia atesoran algo diferente, una introducción de variables con consecuencias impensadas que, al menos para mí, muchas veces terminan siendo conmovedoras. Las más conmovedoras de mi vida. Qué estuvo bebiendo Giorgio este mes…

En los últimos días disfruté mucho de varios vinos del Valle de Uco con una identidad en común. Me sorprendieron algunos de la nueva bodega Atamisque, el proyecto que comanda enológicamente Philippe Caraguel. Todos tienen un estilo definido: son elegantes, sensuales, muy tersos y frescos. El Catalpa Chardonnay 2009 es bien corpulento pero fino, sensual y con buena –y sorpresiva– mineralidad. Su Catalpa Pinot Noir del mismo año es otro capaz de seducir a los amantes de esta variedad. No muy lejos de allí, en Andeluna, nace uno de los mejores Cabernet Franc locales: el Andeluna Gran Reserve 2006, un vino con cierto toque vegetal (piracinas), con mucho power, pero atractivo y con gran capacidad de guarda. Vecino, de la bodega Salentein y con destacada tipicidad de la zona, el Merlot es un clásico, y su nuevo cosecha 2008 no defrauda: es redondo, sedoso y muy acomodado, para redescubrir esta cepa una vez más.

La matrix dentro de una botella  

Editorial El Conocedor 69 Giorgio Benedetti Agosto 2011

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