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Palabras vivas para un yo

mรกs humano

Fredo Velรกzquez


Primera edición, noviembre mmxvi Velázquez, Alfredo Palabras vivas para un yo más humano Morelia: Silla vacía Editorial isbn: 978-607-97365-2-1 Colección Desarrollo humano Leo Mendoza Diseño de portada Cristina Barragán Hernández Formación Sr. Tarántula Corrección de estilo Copyright mmxvi Todos los derechos reservados conforme a la ley, por la presente edición © Alfredo Velázquez alfredovr86@hotmail.com © Silla vacía Editorial sillavaciaeditorial@gmail.com Impreso en Morelia - Printed in Morelia


Dedicado a la Fuente de la Vida y todo lo que brota de Ella, a la Vida, y todo lo que vive en Ella, a la Humanidad, y todos los que son parte de Ella, y al Amor, que nos permite ser parte de su dulcĂ­sima expresiĂłn.


Contenido

Prefacio

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¿Para qué estamos aquí?

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Oda a las palabras vivas

13

Fábula del silencio

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El descubrimiento más humano

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El cantar del corazón

23

¿Qué va a quedar de ti?

25

El circo de la «espiritualidad»

27

La ilusión que el sabio no ve

33

Una sonrisa y un millón de vidas (Elegía al infortunio de la incomprensión infantil)

35

La educación que nos puede salvar

39

La ilusión de ser el centro

45

Deja de creer en dios, conviértete en Él

49

¿Qué camino espiritual es el correcto?

51

Del ego y un supuesto amor

59


El arte inane de vivir

65

Una pregunta muy incómoda

69

Buscando una vida sin sentido

73

Autoconocimiento: o el intento suicida del yo

79

El vacío potencial del ser

87

La meditación y los budas de piedra

89

La muerte cuando da vida

91

¿A dónde crees que ibas?

93

La sabia comprensión

95

Reavivando el poder del yoga

97

El despertar del ser

99

Un mensaje necesario

103

La danza mística

105

En estos días

107

Por ella, me convertí en regalo

109

Relato de un colibrí que sólo quería volar

111

Sobre el autor

115


Prefacio Quisiera compartir al lector que nada de lo que valga la pena rescatar de este libro, o del poco o mucho Amor que logre usted recibir a través de estas palabras, es de mi autoría. ¿Cómo podría ser la Verdad creación de alguien sino del mismo árbol de la vida? Sólo soy una pequeñísima hoja intentando expresar desatinadamente la belleza de ese majestuoso Árbol. Así mismo, no pretendo ayudar a nadie, sólo intento compartir lo que hasta el día de hoy considero, lo mejor de mí. Creo que es nuestra responsabilidad como seres humanos, y más importante aún, como parte de la sublime expresión de Vida que somos, siempre compartir lo mejor de nosotros: si no me creen, pregúntenle a un árbol. Me queda claro que sólo podemos llegar a ser intérpretes (cuando nos lo permitimos) de lo más hermoso de la Vida, de su melodía, de su dulzura y de su Verdad, aunque sería un grave error creernos poseedores de dicha Vida, de dicha melodía, de dicha dulzura y/o de dicha Verdad. Paradójicamente, al no poseer nada (en este sentido), y al haber en nosotros una sincera intención de participar en la generosa coreografía del Universo, nos volvemos nosotros mismos todo eso, que es la Vida. Es interesante señalar que esta bondadosa y generosa interacción dinámica de la Vida es tan natural como espontánea en todo el Universo, menos, ¡oh desgracia!, parece ser, para la mente humana. Nos invito a todos entonces a no intentar disfrutar del elixir de vivir por medio de la mente, nos invito, más bien, a dejar de buscar. Nos exhorto a empezar a observar y a descubrir esa divina cadencia en todo lo que nos rodea: ese todo te incluye también a ti. Y aunque no lo sepamos, nuestra existencia no tiene nada que buscar, es parte ya de todo, lo que la mente, buscando toda su «vida», no podrá nunca encontrar.

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¿Para qué estamos aquí? Ésta, suele ser la desalentadora y errante incógnita que emana del fondo del cerebro humano. Surge en la mente la necesidad de arroparse en la «seguridad» de una respuesta al ser incapaces de entreverarnos con la natural corriente de la Vida y al no permitir que nuestra esencia cumpla, como lo hace todo alrededor nuestro, armoniosamente su función; no obstante, la mente se conforma al responderse (engañarse) con una sarta de disparates como: «Estoy aquí para ser salvado, para ser feliz, para ser exitoso», etc. Al querer buscarle una razón a la Vida, esa razón se vuelve nuestra interminable búsqueda y limitación al vivir. El por qué estamos aquí, encontrará sólo respuestas basadas en opiniones; el mismo mundo que has creado es, aunque no lo creas, una opinión. ¿Qué queda entonces al dejar a un lado la opinión? Sin la opinión no está ni el mundo, ni el personaje que lleva tu nombre, ni la búsqueda, ni la razón, ni el por qué, esto quiere decir que estará sólo la esencia, lo prístino, la Vida. Es interesante señalar el cómo aludimos casi siempre al corazón al querer expresar lo que trasciende más allá de nuestro ego (el que busca) pero, ¿alguna vez te has detenido realmente a observar tu corazón? Cómo palpita, cómo depura: no molesta, no se pregunta, cumple su natural encomienda y no pretende ser vanagloriado al fluir humildemente con el Corazón que hace que todo palpite. ¿Qué nos ha impedido pues seguir su ejemplo de Vida y nos ha dado la osadía de hablar tanto de él? Sin embargo, siempre estamos a tiempo. A pesar de nuestras envilecidas mentes, al talar ese enorme tronco yerto que es nuestra opinión, podremos descubrir y aprender de la esencia del corazón, de lo inmaculado, de la inocencia, de la Vida, que va desde lo más pequeño hasta las más grandes galaxias. La mente, al creerse casi siempre superior a las otras «formas» de Vida, se ve forzada a que algo respalde su soberbia y egoísta deducción; por eso las búsquedas, las preguntas, las razones.

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Palabras vivas para un yo más humano

Si creemos que estamos aquí para salvarnos o para algún día llegar a ser felices, es por nuestra incapacidad de sentir el cielo en nosotros mismos y en todo lo que nos rodea en este momento. Pregúntale a una abeja, a los océanos, a un árbol, al aire, ¡a tu corazón!, para qué están aquí. Si guardan silencio es seguramente porque no tienen tiempo para contestar tonterías, pero si observas un poco, encontrarás en el mismo palpitar que hay en tu corazón, el latir del Corazón universal. Qué necedad es entonces seguir buscando un sentido, un propósito, una razón; eso significa que nos estamos dejando explotar por la soberbia del cerebro humano. Sería mucho más fácil explotar tu esencia, tu potencial humano; creo que requeriría de mucho menos esfuerzo ser lo que ya eres que convertirte en una transitoria y fantasmagórica opinión más.

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Oda a las palabras vivas Considero que una palabra viva es un regalo del mundo para el mundo. Una palabra viva contiene amor, verdad, inocencia y un humilde mensaje que nos incluye a todos y a todo. Sin embargo, para acercarse a la veracidad de esas bellas, sencillas y a la vez poderosas palabras, hay que ir más allá de la palabra misma, ya que la palabra que expeles no contiene nada en sí; tal vez sólo represente un concepto o una interpretación intelectual al momento de escucharla, pero eso no vivifica el mensaje de la palabra. Para ser parte de la viva expresión de las palabras se requiere un corazón que ejemplifique la hermosura y la sencillez del mensaje de Vida y, por supuesto, una mente libre e inocente capaz de fluir con la radiante y liviana expresión universal de Amor que contiene también la misiva de las palabras vivas. Las palabras vivas no son la cacofonía con la que estamos acostumbrados a comunicarnos hoy en día, no son tampoco el vicio que tenemos de mutilar el poder del lenguaje al rebajarlo a una expresión individualista ni la astucia que algunas veces tiene el intelecto para formar estructuras verbales, muchas veces creativas y convincentes, que tienen como fin defender o promover puntos de vista; este es un lenguaje que carece de pureza, es la jerga del ego, es algo muerto. Las palabras vivas emanan de la eterna verdad que fluye constantemente en el presente, esto quiere decir que la palabra en sí no engendra vida sino que la palabra intenta manifestar esta viva expresión de la noble vitalidad universal a través de su mensaje; cabe mencionar que también depende mucho de la sensibilidad, la honestidad y la inocencia del mensajero, ya que si el corazón del mensajero no ha brillado aún con la suficiente humildad para convertirse también él en Vida, sus palabras llegarán a lo mucho a esa engañosa y romántica retórica del argot egocentrista y no a compartir palabras vivas que ayuden a que otros corazones brillen de igual manera y a que se vuelvan tanto las palabras, como quienes las escuchan, parte de lo impronunciable. 13


Palabras vivas para un yo más humano

Las verdades, o lo más hermoso de la Vida, nos pertenecen a todos, por ende, no son de la autoría de nadie. No pertenecen al magín de algún ser humano que las haya descubierto o disfrutado. ¿Cómo podría ser, por ejemplo, lo que intenta expresar la palabra generosidad, posesión del intelecto de alguien? El mismo hecho de escribirlo se me hace ridículo. La generosidad (aunque la palabra que escribo esté muy lejos del hecho) es algo que está eternamente presente y constantemente fluyendo en el Universo. La generosidad de nuestra galaxia al compartirnos la luna y el sol, la generosidad del planeta tierra al compartirnos la beatitud de sus paisajes que nos inspiran, la generosidad de un árbol al compartirnos constantemente el oxígeno que nos da vida, la generosidad de la flor de loto y su simbolismo que nos enriquece de sabiduría y la generosidad del ser humano que ha logrado tanto en sus palabras, como en su vida, compartir un vivo mensaje. La palabra generosidad en sí sólo es un sonido que logramos interpretar intelectualmente, ¿qué hay de vivo en eso?, no obstante, podemos ir más allá de la palabra misma y engendrar una acción generosa a través de la pureza de nuestras intenciones, esto es darle Vida a las palabras. Las palabras vivas son como la sonrisa de un bebé, hacen que nos dobleguemos ante el amor que emana de su inocente naturalidad y nos invita, aunque sea por breves momentos, a ser parte de lo más hermoso de la Vida. ¿Ven entonces el desafío y la necesidad de vivificar nuestro lenguaje y nuestras vidas? Es por lo tanto imprescindible que nuestros corazones, y por ende nuestra persona, resplandezcan con la misma natural simpleza con la que sonríe el bebé, para que nuestro lenguaje tome Vida. ¡Qué bonito sería poder siempre compartir amor a través de lo que expresamos y compartimos al mundo!, y quien no lo vea así, es seguramente porque el brillante corazón del niño que lleva dentro ha ya madurado mucho: tendrá que esperar entonces a que la nostalgia del lecho de la «muerte» le recuerde su esencia. Venturoso y próspero el ser humano que haya intentado exteriorizar el deleite de la belleza inexpresable que nos rodea para que el corazón de alguien más pudiera también brillar. Me queda claro que al igual que las palabras, nuestras vidas pueden ser un mensaje que permanezca siempre vivo, en el presente, y brillando con armonía: o un montón de sucesos que carecieron de trascendencia. 14


Fábula del silencio Una vez me contaron que había algo maravilloso del silencio que tenía que vislumbrar, que sólo un tonto dejaría de buscarlo y abnegar su deleite, ya que era la mismísima piedra filosofal. Que estaba lleno de respuestas y de un sosiego imponente que la sabiduría de cualquier hombre, haría despertar. Entonces, como cualquier sabio haría, inteligentemente del ruido yo me apartaría, para poder encontrar en el silencio: la paz, la templanza, la impavidez y la divina armonía. Sin embargo, no sabía por dónde empezar. Acudí primero a un sin número de maestros que entre prácticas, control y técnicas, el ruido prometían apaciguar. «Pon la mente en blanco», algunos me solían recomendar. No niego que en ese momento mi mente se pudo relajar, pero fuera de la práctica, las turbulencias del ruido volvían a regresar; dejé de ir con los maestros ya que el silencio no me ayudaron a encontrar. Acudí después a un monasterio; sin duda a la reunión entre los monjes y la espiritualidad, el silencio sería un invitado de honor que no se podría ausentar. Largas horas en posición de loto y aislamiento vaticinaban entre yo y el silencio, un próximo agradable acercamiento. «¿Por qué no me dejas en paz?», le reclamé después de un tiempo al ruido del pensamiento. «¿Qué no ves que entre los monjes no hay deseos, no hay rencores ni mucho menos sufrimiento?». ¡Oh triste decepción! Dentro del monasterio el silencio seguía siendo un deleznable concepto; me fui desalentado, esperando algún día nuestro acrisolador encuentro, sin entender por qué se sometían los monjes a tantos prometedores preceptos.

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Subí a las sagradas montañas, me senté frente a los transparentes mares, no había duda alguna que el silencio estaría junto a la quietud de estos grandes y naturales avatares. Esperé con paciencia, confiado en recibir del silencio alguna contestación, pero el zumbido del viento y el fragor de las olas sólo agitaron más mi mezquina confusión. Bajando de la montaña me encontré a los llamados hombres religiosos, y no tuve la menor duda de que ellos serían la panacea de mi periplo bascoso; denotaban dulce calma en su mirada y era noble su andar piadoso. Me hablaron de la oración y que era del mundano ruido la única sanación, ¡Créanme por favor! Oré al igual que ellos durante años, sin ninguna distracción. Descubrí la fe e insondables misterios de la vida, me adentré en los sagrados textos y participé en rituales solemnes llenos de algarabía, pero a pesar de mi honesto esfuerzo, él no había aparecido todavía, la fuerza se me acababa y con ella la osadía. Cerca ya del ocaso, mi debilidad me obligó a claudicar; ni en los maestros, ni en los monasterios, ni en la naturaleza, ni en los hombres religiosos, el silencio logré descifrar. Me olvide del silencio y al ruido antes de morir busqué para reclamar. «¿De dónde emanas maldita zozobra? ¡Hazte presente que te quiero enfrentar!». Lo esperé hasta el lecho de mi muerte para poderle reclamar, pero el ruido al igual que el silencio, no se quiso presentar. ¡Oh qué infortunio el mío! Me di cuenta al despedirme de esta «vida» yerta; el silencio, el ruido y la búsqueda, fueron tan reales como mi «vida» era cierta.

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Fredo Velázquez

¡Qué tontería a la que el ser humano se enfrenta!, teniendo la Vida disponible, transparente, y descubierta, insiste en desperdiciar su existencia en encontrar la savia, el silencio, la sabiduría y tantas otras ilusiones inciertas. Y así como hice yo al buscar el silencio, hacemos de la Vida, que es lo más completo, una triste «vida» incompleta.

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El descubrimiento más humano El ser humano es todas las cosas; y si una le falta, en verdad, es que ignora su riqueza. Angelus Silesius

¡Qué gran Verdad! Una vez que descubrimos lo que somos y lo que nos une, lo que creemos que nos hace diferentes, se torna completamente insignificante. Todos somos Vida, ¿o no? Y ya que tú eres Vida, la totalidad de la Vida está en ti. Así mismo, es axiomático reconocer, en aras de nuestra humanidad, que somos todos inexorablemente parte de la misma; en otras palabras, tú eres la humanidad y la humanidad está en ti. Cuando nos preguntan qué es para nosotros la Vida, casi siempre la relacionamos y la menoscabamos al expresar la diminuta experiencia de «vida» del cuerpo con el que nos identificamos y sus experiencias, olvidando, fragmentando y tergiversando la totalidad de la Vida, que por cierto, no se puede expresar con palabras. Nos enfocamos casi siempre en un minúsculo punto negro dentro de un abismo blanco, es una verdadera tristeza; y no siendo esto suficiente, insistimos en desmembrar a nuestra humanidad a través de un sin número de diferencias que creo que no hace falta mencionar. Es realmente penoso cómo nos desinteresamos de la Vida y nos obstinamos en seguir dando increíble importancia a ese pequeñísimo punto negro (nuestras diferencias); de esta manera, nuestra egoísta apreciación de la «vida» no nos permite tener la capacidad de descubrir lo que nos une, lo que nos hace a todos semejantes, lo que nos identifica y lo que nos hace a todos parte de la misma y única Vida. ¿No respiramos todos el mismo aire? ¿No compartimos todos el mismo planeta? ¿No somos todos capaces de ser parte de la misma expresión de Amor? ¿No nacemos todos con la misma inocencia? ¿No se van a desintegrar todos nuestros cuerpos en la misma tierra? ¿Cuáles son entonces las ingentes imaginarias di19


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ferencias que nos han divido tanto y nos hacen llevar una «vida» con el mismo grado de ilusoriedad? Creo que es más que evidente que la respuesta reside en que hemos perdido la percepción y la sensibilidad al dirigir nuestra atención en el ínfimo punto negro: nos hemos olvidado de apreciar el blanco infinito. La Vida no es una creencia, no es una nación, no es una práctica, no es una doctrina, no es una religión, no es un punto de vista, no es una manera de pensar, no es un camino, no es una tradición. ¿Por qué permitimos dividirnos tanto dentro del mismo Universo? Somos todos parte de la misma expresión de Vida, ¿qué nos hace sentir más especiales que otros? La Vida es igual de generosa con todos y si nosotros somos Vida, ¿por qué no nos hemos atrevido a ser partícipes en la viva coreografía de generosidad? La Vida nos comparte indiscriminadamente a todos: el oxígeno, sus hermosos paisajes, las brillantes estrellas, el radiante sol, la fragancia de las flores, las tierras fértiles de este planeta, los manantiales y muchísimas otras cosas. La Vida no se cansa de mostrarnos su incluyente sabiduría: nos enseña por medio de las nubes, las plantas, los animales, los árboles, los océanos y por medio de tantas otras cosas ese afable orden natural, esa bella orquestación dinámica la cual intentamos destruir al querer imponer nuestra soberanía. ¿En qué momento se ha cansado el árbol de compartir su oxígeno? ¿En qué momento ha dejado de repartir su fragancia la flor? ¿Cuándo ha dejado la abeja de hacer su trabajo para que disfrutemos de las dulces frutas? Sólo cuando el egoísmo del ser humano se impone. Seguramente algunos estarán pensando en las injusticias de la «vida», ¿por qué algunos nacen enfermos? ¿Por qué algunos tienen que comer y otros no? No nos olvidemos que la Vida no es la experiencia de una sola persona, ni el sufrimiento temporal de un cuerpo, la Vida no es uno, somos todos y todo. Nadie es capaz de dilucidar muchas de las grandes incógnitas (para la mente) de la Vida y, sin embargo, todos podemos fluir con ella en armonía. La Vida está tanto en el árbol que nació torcido como en el arbusto más fructífero, en las aguas del mar muerto como en los prodigiosos arrecifes del Caribe, en los desolados desiertos como en las más ricos ecosistemas... y así, cada cosa cumple su función 20


Fredo Velázquez

armónicamente, sin tratar de imponerse, sin preguntarse nada, compartiendo lo mejor de sí y respetando siempre a la Vida. ¿Qué mente humana conoce lo vasto del Universo? Ninguna: esa unión es imposible de apreciar a través del magín, pero eso ¿qué más da? Creo que nos hemos dado cuenta ya de los posibles límites humanistas de la mente a través de los miles de años en que hemos existido, por eso creo que es mejor hablar de lo imposible, la mente sabe ya demasiado de lo posible: ya conocemos su capacidad de fragmentar, destruir, subyugar y de dividirnos enormemente. Así mismo, a través de la mente y sus artimañas es posible creer en muchas «verdades», ¡qué gran ironía!, ya que la Verdad no te hace creer en nada, más bien te hace parte de ella. La Verdad nos libera por completo de las creencias y nos une; por el contrario, la mentira nos hace creyentes de nuestras egoístas e ignominiosas «verdades», y quien asegure tener la «verdad», es porque se está enfocando en ese deplorable punto negro y estará perdido en la mentira: hay cosas que sólo se pueden vivir. ¿No voceamos siempre el anhelo de un mundo mejor? Ese mundo mejor, paradójicamente, se puede manifestar sólo dentro de ti, y esa manifestación es el descubrimiento más humano de la Vida, es la manifestación que compartirá tu potencial humano con la misma naturalidad con la que el sol irradia nuestro mundo. Siempre hablamos de lo importante que es nuestra «vida», pero tu «vida», es la misma que la Vida de los demás: tu «vida» es la misma Vida que la del árbol, tu «vida», es la misma Vida que se encuentra en los océanos o ¿acaso emanas tú de una fuente de Vida privilegiada? El descubrimiento, o la contemplación de Eso que nos une a todos, no puede ser una comprensión intelectual, sería otro juego más de la mente. La elegancia interna de la «comprensión» es inútil en este sentido si no va acompañada del comportamiento natural y bondadoso de la viva comprensión. La humanidad que conocemos y en la que «vivimos» es casi siempre una creación conceptual, una referencia simbólica y no es el conocer íntimo y vivencial que nos hace conscientes de la Vida. El descubrimiento más humano es natural y espontáneo, no requiere de esfuerzos; se manifiesta sin que te des cuenta en tu comportamiento, en tu relación con el mundo, en tus palabras, en todos tus actos, en tu estilo de vida, en tus prioridades y en el arte armónico de Vivir. 21


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Es interesante señalar que, contrario a lo que se pudiera pensar, no se requiere de una experiencia trascendental o transpersonal para que tu existencia ejemplifique ese descubrimiento que es la Vida. Aunque si este fuera el caso, te sería de alguna manera más fácil vivenciar esa atención consciente que desempolva la percepción natural e imparcial que ve el mundo tal y como es, las cosas tal y como son, y que además es completamente ajena a la memoria, a las experiencias, al conocimiento y a la mente en general. Tampoco hace falta des-identificarse del ego y la personalidad que ha edificado tu experiencia de «vida» y el entorno socio-cultural, aunque está claro que hacerlo sería muy saludable para quien lo haga y potencialmente muy valioso para la humanidad en general. Para vivenciar el descubrimiento más humano se requiere sólo de una humilde y sincera observación de la Vida que te rodea; observar aquí, en este plano «material», qué es lo que te está dando Vida a ti y a los demás. Requerimos dirigir nuestra atención afuera de ese punto negro y preguntarnos ¿Qué me hace igual a los demás? ¿Qué me hace diferente a la Vida que impregna todo? ¿Qué me aparta de la energía que fluye en todo el Universo? Una vez que empezamos a ser conscientes de las cosas tan hermosas que nos hacen parte del mismo mundo, del mismo planeta, del mismo Universo, de la misma eternidad y de la misma fuente de vida, las cosas que nos hacen diferentes se vuelven insustanciales, y se dé cuenta la mente o no, empezamos a Vivir y a fluir de una manera muy distinta, empezamos a hacer de nuestra Vida un arte y no un camino individualista. Comenzamos a disfrutar de la ambrosía del Vivir y dejamos de desperdiciar la existencia al alejarnos de las ilusorias seducciones del «vivir» Emanará en nosotros, con la misma cadencia y naturalidad con la que fluye el río que se dirige al gran océano, esa generosa responsabilidad que nos hará partícipes en la dinámica y recíproca interacción de la Vida. En verdad, tu prójimo es tu yo más sensible, al que se le ha dado otro cuerpo. Khalil Gibran

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El cantar del corazón Dichosos los pobres, que no tienen nada que perder. Dichoso el que no sabe, y así, no sabiendo, no se preocupa por más saber. Qué dicha nos brinda el ser humano que no supo acumular; y al estar vacío, nunca supo carecer. Qué canto más hermoso el del corazón que abjuró la memoria, regocija en el presente, no se imagina el mañana, y al ayer, no necesitó llenar de gloria. Es un eco infinito quien peregrina a la esencia, pierde la mente, recupera los sentidos y así es como el eco divino carece de conveniencia. Es el arquetipo de la unión universal, el corazón que canta sin razón trivial y sólo por el hecho de cantar, se entreverá con la Verdad sin negar su melodía a la multiplicidad. Hermoso es, sin dudar, el himno del noble palpitar que generosamente, y con poderosa resonancia, hizo de su vida, al compartir con todos, una ejemplar estancia. Los corazones que cantan van todos al mismo oasis, así, ya adentrados en el edén, su coro es la más humana catarsis. Y, aunque no lo sepamos, el canto del corazón no es algo que hay que buscar, nuestra existencia es parte ya de esa hermosa melodía, que la mente buscando toda su vida, no podrá nunca encontrar.

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¡Así que regocija hoy en ese humilde canto! No permitas que la mente te haga esperar tanto. Exhuma en ti al generoso artista que agrega su participación creativa: alguien que nos ayude a los demás, a gozar del canto del corazón, que es el mismo que el de la Vida.

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¿Qué va a quedar de ti? Es inexpugnable el hecho de que la humanidad estaría en este momento gozando de una realidad completamente distinta si cada uno de nosotros nos preguntáramos con la seriedad, importancia y honestidad debida la siguiente interrogante, ¿cuál es el mensaje de mi vida? Sin embargo, me gustaría dejar a un lado este tipo de suposiciones oníricas para que la hipótesis se convierta en un hecho, no porque Fredo Velázquez te lo esté sugiriendo, porque si es así, no estás viendo la necesidad de indagar en el mensaje que tu vida está proyectando al mundo, en otras palabras, de lo que estás compartiendo al resto de la humanidad de la cual eres parte. Desde pequeños estamos aleccionados (y con mucho énfasis) en que no nos vamos a llevar nada después de la muerte. Tal parece que ese mensaje ha carecido de importancia ya que dedicamos casi toda nuestra vida en acumular: ya sean bienes materiales, información, puntos de vista o cargas psicológicas y emocionales. No estoy negando la veracidad del mensaje, lo cual sería absurdo, pero creo que hace falta fortalecer esa misiva para que dejen de ser sólo estructuras verbales y se vuelvan palabras vivas que sean como un espejo para que puedas ver con claridad la realidad de la vida que estás llevando y, sobre todo, del legado que estás dejando, ya sean un montón de objetos, recuerdos o logros personales que desintegrarán los gusanos junto con tu cuerpo, o un mensaje de Amor que se mantendrá siempre vivo y seguramente inspirará a otros corazones a seguir una Vida con sentido. Creo entonces que el mensaje revelador hacia la humanidad lo partieron a la mitad y todo lo que no es completo carece de fuerza y vitalidad, por lo tanto, estoy seguro que el mensaje que nos debieron haber compartido desde siempre es que aunque no nos llevemos nada al morir, sí podemos dejar mucho. Si eres un ser humano a quien realmente le importe trascender, llevar una vida con sentido, que se toma su existencia con seriedad y que tiene la sensibilidad para reconocer la munificencia de la vida (a pesar de lo injustos que puedan parecer nuestros 25


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insignificantes problemas efímeros), serás entonces capaz de ver la vitalidad e importancia de este mensaje. Te obligará, sin lugar a dudas, a exhumar al artista que llevas dentro, porque solamente convirtiendo tu vida en un arte serás capaz de explotar tu inherente potencial humano y sólo de esta manera puede quedar vivo el mensaje de tu existencia que innegablemente inspirará a otros seres humanos a convertirse en artistas también. El ser humano es capaz de expresar el arte de vivir sólo al entreverarse con lo más hermoso de la expresión de la vida. Así mismo, el arte nace de la más profunda y honesta inspiración, el arte nace de la generosidad, de la inocencia, de una mente ligera y un corazón fresco y, sobre todo, y lo que más importancia tiene para la humanidad, es que el arte se comparte, es para todos. Nuestra vida puede y debe ser un arte, de otro modo estamos desperdiciando el potencial de un artista que pudo ejemplificar en su relación con el mundo, el arte de vivir. Por favor amigo mío y ser humano, date cuenta de cuál es el mensaje de tu vida en este momento: hoy. Si no eres un artista entonces lamento decirte que tu vida será al final un baúl lleno recuerdos, creencias, conocimientos, emociones, añoranzas, deseos, títulos y de algunos cuantos logros personales que serán enterrados dentro de ese pesado baúl. Si no tuviste la humildad de convertir tu vida en un arte, entonces me apena también compartirte que no fuiste recíproco con la generosidad de la vida. Espero que este escrito no se quede en una mera sincera exhortación de mi parte y que pueda más bien enfrentarte al tan enriquecedor reto de observar con honestidad el mensaje de vida que estás compartiendo en este momento, esperando como he ya mencionado en otras ocasiones, que tu vida pueda ser una hermosa melodía que puedan seguir disfrutando otros corazones.

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El circo de la «espiritualidad» Me considero un hombre joven con suerte, he tenido la oportunidad de perderme ciegamente en distintas doctrinas, creencias, sistemas, métodos y tradiciones espirituales que prometen siempre la luz y la libertad al final de un largo camino de mucha disciplina y austeridad (que muchas veces podremos ver sólo después de la muerte de este cuerpo físico). He sido esclavo de mi ignorancia y un hombre entregado completamente a la fascinación de ausentarse del yo y de sus problemas y responsabilidades como ser humano al escapar en el muchas veces traicionero silencio de los recintos «sagrados»; he sido también dominado por mi poca humildad, la soberbia y el deseo de experimentar, degustar y regocijar de la realización del «ser supremo» o «ser divino» que nos venden y prometen los maestros espirituales y una cantidad ingente de textos que en la mayoría de los casos (por falta de la verdadera rendición al amor), nos hacen perdernos en un laberinto sin salida, convirtiendo así nuestra vida en una ilusión perpetua. No se necesitan años de búsqueda para llegar a ser parte de las cosas más sagradas de esta vida y de su manifestación, tampoco de una ascesis rigurosa: las cosas más sublimes y divinas son las que se pueden sentir y expresar inmediatamente y en cualquier momento sin ningún tipo de esfuerzo, son un regalo de la vida hacia nosotros que sí, es verdad, acarrean consigo una hermosa responsabilidad humana de convertirte también en la expresión de ese obsequio universal. Hablo de la bondad, la compasión, el amor, el arte de vivir, la sensibilidad que no interpreta, la inocencia y un sin número de cosas más que no se pueden expresar, ya que tratar de compartir o percibir el poder, la hermosura y el deleite de estas palabras a través de este medio sería tan fementido como querer ser parte de lo más hermoso a través de un texto. Observando el otro día en mi jardín la naturalidad con la que un árbol, usufructuando de los regalos que le dio la vida, compartía con tal sencillez, sin ningún tipo de esfuerzo y sin buscar reco27


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nocimiento alguno el oxígeno que nos da vida, me pregunté si los supuestos maestros espirituales de hoy en día son como los árboles. Estando ahí sentado, coexistiendo de una agradable manera con la naturaleza, me di cuenta de la necesidad del ser humano de ser como el mismo árbol; ya lo decía así ese gran ser humano llamado Jiddu Krishnamurti. Empecé a cuestionarme si los aclamados líderes religiosos o gurús están verdaderamente preocupados por compartir su inocente pureza como lo hace el árbol, por el mejoramiento de toda la raza humana (no solamente de sus seguidores, ya que eso implicaría egoísmo, perversidad, nula sabiduría y mucha ignorancia sobre el arte de vivir), y porque haya una revolución de consciencia que elimine el inconmensurable número de divisiones y limitaciones que impiden al ser humano regocijar de su esencia incluyente que comparte ilimitadamente igual que lo hace el árbol, o si en realidad están (consciente o inconscientemente) esforzándose solamente por preservar tradiciones, conservar atavismos culturales, defender su doctrina teológica, imponer sus creencias y filosofía de vida, y ser acérrimos defensores de sus verdades absolutas. Hoy me doy cuenta, y aunque mi comentario pueda parecer arrogante lo comparto con el corazón, de que nuestras creencias y nuestros ideales nos esclavizan a una vida inane en la que nuestras intenciones nos pueden parecer buenas y trascendentales pero en lugar de eso están llenas de ignorancia y pesadumbre de información: puntos de vista que ofuscan la libertad de mente que nos permitiría de otra manera ser parte de lo verdaderamente bienaventurado, lozano y eterno. Me parece que este es el caso el día de hoy de la mayoría de los líderes espirituales, y no lo digo por haber leído algún texto o por haber escuchado pláticas en internet, sino porque la vida, mi falta de carácter y responsabilidad humana, mi incapacidad de observar y observarme, mi inquieto deseo de considerarme espiritualmente «especial» y mi falta de sabiduría al querer escapar de mí mismo, me han dado la oportunidad de haber vivido en monasterios, de visitar un sin número de templos de varios credos y religiones, de haber conocido decenas de monjes y escuchar su mensaje, de vivir en países musulmanes, cristianos, en comunidades judías, de haber meditado en el Himalaya, de danzar con los Masai en la selva Africana, de participar en ceremonias hinduistas en la India, de haber tomado cursos intensivos de yoga en distintos países, de ser un fiel cristiano durante muchos años 28


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y de danzar y cantar con el mismo respeto y devoción con la que hice todo lo ya mencionado en la comunidad de la consciencia de krishna. Hoy me doy cuenta de que no necesité nada de eso para observar cómo el árbol me regalaba el oxígeno, ese árbol estuvo aquí, siempre en mi jardín. Quiero mencionar que no soy nadie para rechazar ni desacreditar ninguna deidad o creencia que se respete en los diferentes credos alrededor del mundo, al contrario, me rindo ante toda la divinidad universal que esté fuera de mi entendimiento. Que, de igual manera, no perdería el tiempo tratando de entender ya que empezaría el círculo vicioso de la búsqueda sin saber qué estoy buscando y que me alejaría de la capacidad de observar con una mente ligera la inexpresable belleza del mundo, lo cual me apartaría también de la ligereza del corazón para tener esa humilde sensibilidad que nos hace humanos. El aceptar estas creencias o deidades, o el rechazarlas junto con lo que nos han tratado de imbuir a través de nuestra herencia cultural, son dos posturas de equiparada ignorancia. Si acepto, en ese momento mi mente se vuelve densa, manida, llena de información y se aleja de la frescura que le permitiría de otro modo encontrar la espontánea divinidad de cada momento; bien decía Alan Watts «una mente apegada a sus creencias es una mente inflexiblemente tonta»... y si rechazo me vuelvo parte de la contracultura, que es de igual manera un movimiento divisorio y una reacción que parece ser liberadora pero en realidad es todo lo contrario: tu mente se vuelve igual de pesada e inútil al no tener la inocente genuinidad y por su puesto la sabiduría de observar para seguir aprendiendo a cada momento sin rechazar, aceptar o apegarse a nada. El arte de vivir no se escoge ni se es parte de él a través de una reacción o cambiando de modo de ver o de pensar: es parte de la esencia natural del flujo de la vida y del ser. Por eso es mejor dejarse llevar por la corriente de amor inherente a la vida, a través de la cual sí se puede percibir sin la necesidad de tradiciones o creencias supersticiosas ese regalo que podemos explotar el día de hoy y que nos permitiría aportar también el oxígeno que tanto ha necesitado la humanidad durante miles de años. Como he mencionado anteriormente, nuestras creencias no hacen mejor al mundo. Lamentablemente, al yo le parece mucho más interesante sentarse a los pies de un supuesto hombre «ilumina29


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do» para meterse en ese eterno laberinto que busca algo más allá de nuestra miserable rutina (por no tener la humildad de hacer la vida un arte) y da por supuesto la ilusión de llevar una vida con más propósito y definitivamente más interesante y entretenida. Las prácticas espirituales o cirqueras que se van adquiriendo en esta búsqueda casi siempre se ocupan más que nada en conservar tradiciones que hace que participes en cánticos, horas de silencio, austeridades severas, seguimiento de reglas que controlan y engendran conflictos interiores, que sigas como un robot (al igual que lo hacías anteriormente, pero ahora con un propósito supuestamente más sublime) rutinas que te hacen solamente cambiar de personalidad y en que adquieras nuevas maneras de ver la vida que no te dan ningún tipo de libertad mental o espiritual sino todo lo contrario: te encierran en un muro de creencias. Y, por supuesto, lo que me causa más hilaridad: hacen que te vistas de manera exótica para mostrar el nuevo status de tu ego espiritual y el nuevo grupo de espiritualidad organizada al que perteneces: división. Me pregunto si los maestros espirituales no se dan cuenta de que su tradición no ha llevado a la humanidad a un cambio de consciencia que nos incluya a todos, que las genuflexiones y reve­rencias de sus discípulos no hacen mejor al planeta en el que vivimos, que el recibir ofrendas y llevar indumentarias extravagantes es sólo un atavismo que representa la necesidad de pertenecer (debida a la insuficiencia que encuentra en sí mismo el ser humano al ser incapaz de valorarse a través de su potencial inherente, lo cual le obliga a valorarse a través de sus organizaciones y sistemas), que sus atuendos sagrados no están representando a toda la humanidad sino a su séquito y sus dogmas amurallados y que su plausible capacidad como oradores, que les permite recitar estructuras verbales románticas con capacidad de embelesar a la mente, no tienen la inocencia y poder de transformación que estamos necesitando, ¿será que muchos de ellos no tuvieron un arbolito en su jardín? Me gustaría que te imaginaras por un momento que tu líder espiritual o tu gurú te dijera que mejor dejaras de buscar, que sólo seas, que te dedicaras mejor a conocerte (esto es lo que hacen los seres humanos que fluyen con el arte de vivir: humildes, libres, inocentes, pobres de mente y ricos de corazón, ligeros en conocimiento y prósperos en sabiduría, como lo han sido Papaji, Jiddu 30


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Krishnamurti, Ramana Maharashi, Alan Watts, entre otros). ¿Qué pasaría en tu mente y cómo cambiaría tu vida en ese momento? ¿Te verías obligado más bien a voltear la tajante búsqueda hacia dentro? ¿Te verías en la necesidad de conocerte? Tal vez dependería de la humildad que tengas para cuestionarte a ti mismo ya que no supiste ser parte del arte de cuestionar a tus textos «sagrados», al molde de «vida» que estaba hecho a tu medida, a tus «gurús», al yogui, al sacerdote, a la conformidad del sistema y del método que promete verdades divinas y liberarte del sufrimiento. Como no supiste cuestionar todo esto me pregunto si en el momento que te sacaran de ese esquema «espiritual» al que tanto te afanas tendrías la absoluta seriedad de vida que se requiere para conocerte a ti mismo y darte un momento para dejar de buscar el camino que te aleje del eterno castigo del infierno o que te acerque a una experiencia mística, por ende, que comenzaras a cuestionar tus ideas, tus tradiciones, tus miedos, que indagues en tus ansiedades, tus opiniones, en la razón de tus frustraciones, tus deseos, tu manera de reaccionar ante la vida, tu supuesta manera de amar, tu manera de verte a ti en el espejo, en la vulnerabilidad y honestidad que proyectas al mundo, en la imagen que has creado de ti y de los demás, al igual que tus ideales y las paredes que te impiden ver más allá. ¿Tendrías la humildad de observarte sin ningún tipo de conclusiones, sólo de observarte? Creo, si me permites decirlo, que mientras no tengamos el valor de observar realmente quiénes somos y nuestra manera de vivir, no podremos gozar de la ambrosía de la vida. Una vez que sabes qué eres, quién eres y que reconoces tu condicionamiento, la vida se vuelve más ligera, loable, digna y simple, te vuelves parte de la expresión de ese arte y dejas de ver tu vida como un escalón que te lleve a lo sagrado. Tal y como lo expresó Jiddu Krishnamurti: «El hombre puede ser un erudito en todas las ciencias, pero mientras no se conozca a sí mismo, sigue siendo un ignorante». Así que amigo mío y ser humano, entre más «espiritual» te consi­deres, seguramente más fragmentada es tu existencia, con más reglas pesadas, prejuicios, más pesadumbre psicológica y más abandonado tienes el regalo que te dio la Vida de observar la belleza sin tus ideales y verdades absolutas. Por favor observa y pregúntate si tus verdades incluyen y benefician al resto de la humanidad 31


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y si tus ideas son tan libres, simples e incluyentes como la fragancia que comparte la flor: esa fragancia que pertenece al Universo y que no requiere de esfuerzo alguno ni de la flor ni del que pasa a su lado para participar juntos en esa sublime cohesión. De los cientos de maestros o líderes espirituales que he conocido en mi larga o corta vida, he encontrado a algunos, pocos, íntegros seres humanos que son como la flor, que son como el árbol. Estos seres han sido mi más grande inspiración y me han demostrado que sí se puede ser parte de lo más sublime de la manera más sencilla. Me alientan cuando veo el mundo en el que vivimos para seguir exhumando en mí la nobleza que cuesta tanto trabajo compartir debido a las capas del ego y nuestra falta de seriedad y humildad ante la vida. Estos seres que con su mirada ejemplifican la pureza de un bebé, en realidad no tienen nada por enseñar, sólo te comparten natural e ilimitadamente su oxígeno, juegan y platican muchas veces como un niño y no se toman la vida con esa rígida circunspección con la que lo hacen los aclamados «representantes» de lo divino. Esto me hace recordar las historias que se cuentan de cuando iban personas de todo el mundo buscando respuestas y verdades al lado de la presencia de Ramana Maharashi y él sólo los observaba, los veía, sonreía y casi siempre contestaba: «¿Quién quiere saber?». Como diciéndote: «Conócete y no habrá más dudas ni búsquedas, cesará de molestarte ese curioso y ansioso yo». Estos contados seres evolucionados que he tenido la dicha de conocer, no se consideran maestros de nada, sólo se saben parte de la expresión de vida y de su delectable hermosura, se saben parte del arte. No dicen ni representan nada que divida a la raza humana, ya sea en creencias, puntos de vista o alguna tradición: te invitan, así como lo hace el árbol, a que goces con placidez e inocencia de lo más puro de la vida, sin ningún tipo de enseñanzas, con la misma naturalidad con la que respiras. Dichosos los seres humanos que se hayan dado cuenta de esto y comparto este mensaje no porque me considere uno de ellos, de ninguna manera, sino por la inspiración que la sola existencia de esos seres que representan magnánimamente el arte de vivir han dejado en mí.

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La ilusión que el sabio no ve Perniciosa dualidad, en la que ha insistido la ambición del hombre y su insensibilidad. ¿Qué nos ha hecho llegar a tener que rebajar, la grandeza de la Vida, en dos conceptos infructuosos, que nos gusta utilizar? Lo «material» y lo «espiritual» son dos ideas de la ignorancia y su destreza, al no tener el ser humano la simpleza de vislumbrar en todo, la creación y su belleza. La esencia de la fuente de la vida está siempre disponible a la vista, ¿acaso no eres tú agua que brota de ese manantial? ¡Deja ya tu búsqueda egoísta! Rebajando lo «material», el ego se siente sumamente especial, esperando que algún día, pueda ser parte de los selectos, que lograron la gracia «espiritual». Encumbra la fe, se arrincona en la esperanza, exige templanza, quiere ser parte de lo más bello con rituales de alabanza, ¡qué desgracia! No se ha dado cuenta de que la Vida es ya la más sublime bienaventuranza. El ego se empecina en sus teorías, en cambio el sabio no es parte de ese galimatías. El ego en su conocimiento de lo «espiritual» pretende encontrar la libertad, en cambio el sabio, a través de su humildad, reconoce lo divino, cada momento, todos los días, y no divide la totalidad. ¡Oh maravilla! El poderío de la mente, sigue pues buscando y aléjate del eterno presente. El sabio ya está tranquilo, él nunca se sintió ausente, es, naturalmente, parte de la misma fuente.

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Una sonrisa y un millón de vidas (Elegía al infortunio de la incomprensión infantil) Expreso, en nombre de la desventura de los corazones que son incomprendidos en su niñez, esta breve pero muy necesaria elegía; irónicamente no con el propósito lamentoso de la misma, sino esta vez con la esperanza de que el mensaje llegue al corazón maduro del adulto, quien es ingenuamente el causante de la incomprensión, para convertir el funesto tono de esta prosa, si lo permite ese mismo corazón, en una viva apología a la niñez. La desventura de la incomprensión, aunque momentánea, será el pesado recuerdo en la memoria del niño que convierta su inocencia, en un corazón maduro. Y ha sido esa irrefutable negligencia que muestra la madurez hacia la vulnerabilidad de la puericia, que exhumo en mí, la más pura conmiseración y obligación, de compartir este innegable hecho con la esperanza de que ese ser maduro se desmorone y se convierta en el corazón blando que fue una vez y que se endureció al dejar atrás la niñez. ¿De qué se puede culpar a un niño? Aún no me he podido responder. El niño, inocente producto del entorno, es muchas veces señalado, maltratado y condenado a sufrir las consecuencias del irresponsable contexto en el que vive. Muchas veces crece con un sentimiento de culpabilidad de ser él, ya desde su infancia, el causante de un comportamiento que sólo intentó expresar inconscientemente la desesperación de un corazón al cual le estaban arrebatando su inocencia, su infancia y su libertad. Ojalá que ese corazón maduro (del padre de familia, del maestro, del director de la escuela o del mentor) pueda ser más generoso y entienda no sólo la inofensiva expresión del niño, sino también su razón de ser. Agradezco entonces a la comprensión empática y compasiva del ser humano que sabe que la solución no está en culparlos o maltratarlos, sino en el mismo amor que

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emana de esa comprensión que le dice al niño: «Sé, vive, disfruta, tú no eres culpable de nada»... Con la esperanza de que su corazón nunca madure.

*** Siempre han sido todos diferentes, aunque eso es lo menos importante en esta verídica historia, porque en realidad para ellos y para ti nada es igual. Entran, vestidos diferentes, en horarios distintos y por diversas razones. Me parece un infortunio de la ingenuidad cuando ya no les permiten entrar. Ellos, me digo yo, no por sabio o ignorante, sino porque es un hecho irrefutable, no tienen la culpa. Buscan diferentes razones para menoscabarlos pero ellos, estoicos como siempre, exhuman esa nobleza y jovialidad inmarcesibles que ya el tiempo se encargará de ir escondiendo, pero aún no, no ha habido tiempo suficiente para vencer esa sonrisa que los une y los hace iguales por un momento, siendo ellos tan diferentes. La sonrisa no es de ellos, eso ha de saberse ya, mas para ellos es más poderosa que la vida misma. No creo que ninguno de ellos haya todavía si quiera intentado entender la definición o el concepto de la palabra «vida». Pobrecitos, y ojalá que nunca lo intenten, es que esa palabra es tan confusa. A mí me quitaron esa sonrisa cuando me puse a descifrar el significado de la mía. Cuando entran por la puerta (sus miradas, sus andares, sus semblantes, la curvatura de sus espaldas, sus manos y su mugre), denotan diferencias tan grandes como la que hay entre las palabras «vida» y «sonrisa». Otario quien los quiera comparar, sólo son diferentes, sólo existen y nada más, pero eso no lo han entendido aún y mucho menos el tiempo. Intentan borrar esas indelebles diferencias para que se parezcan más y, a veces, ya no los dejan entrar.

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Pero de vez en cuando, en medio del ruido o del silencio, entre noches anteriores y desvelos, entre su hambre y nuestro sueño, a veces entre su anhelo y nuestro desconcierto, entre su miedo y nuestra confusión, esa sonrisa, que no es de ellos, desvanece todas esas diferencias como ayudando al tiempo y los hace iguales: los contagia y se unen. Tal vez para eso sirvan las sonrisas en su vida, para unir sus diferencias, pero si sólo se dieran cuenta de que después ya no van a existir las sonrisas que los unan, ojalá lo supieran muy pronto, para que no se refugien en el tiempo buscando otra humilde sonrisa paliativa.

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La educación que nos puede salvar Me gustaría que abordáramos un tema del cual siempre escuchamos hablar pero nunca con la profundidad y humanismo debidos para poder realizar la tan necesaria transformación educativa que el mundo necesita. Partamos del hecho en el cual si seguimos creyendo en la idea fementida y dañina de que la suma importancia de la educación es poder brindar las herramientas, la preparación y la sapiencia debida para que seamos personas competentes y versadas en las distintas ramas del conocimiento, estaremos siempre perdidos en el laberinto de la estulticia, por ende, nunca podremos tocar el tema de la educación con la seriedad debida y seguiremos estancados en el progreso como humanidad. Existe una paradoja contraproducente en el tipo de educación por el que tantos están abogando el día de hoy, y no sólo eso, de la que casi todos los niños del mundo están siendo víctimas. ¿A qué me refiero? En primer lugar, tenemos que darnos cuenta de que la educación más influyente y, por tanto, más peligrosa o benéfica comienza en el hogar, dentro del entorno familiar. Esta educación empieza con las expectativas y motivaciones que parten de nuestros padres hacia nosotros; a partir de ese momento, los niños (consciente o inconscientemente) empiezan a vivir la presión, la necesidad, la carga, los tabúes y la motivación también de cumplir y seguir las demandantes expectativas que el entorno ha escogido para ellos. Nuestros padres, casi siempre con un amor escaso de sabiduría, nos han transmitido la consuntiva obligación y confianza de que podemos y tenemos que alcanzar ciertos estándares de vida, por ello nos mandan a la escuela; del mismo modo, y para corroborar esas expectativas del entorno hacia nosotros, los profesores y los textos nos hacen darnos cuenta del potencial individual para poder lograr grandes hazañas si somos disciplinados y, sobre todo, si no nos salimos del esquema del triunfo ya previsto. No siendo éstas suficientes razones para moldear la manera de actuar y de operar de las personas en el mundo, últimamente los 39


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niños están siendo invadidos por un movimiento de «positivismo extremo» poco trascendente, limitante (ya que crea obsesiones en lugar de libertad y armonía), circunstancial, contraproducente y poco incluyente como sociedad pero recalcando siempre un supuesto inconmensurable potencial individual. Como consecuencia a este movimiento de «positivismo extremo», las frases que muchos de nuestros padres o mentores utilizan para estimular nuestras ganas de seguir adelante en esa búsqueda del éxito (individual) son algunas como: «Tú puedes lograr lo que te propongas», «Vas a ser el número uno», «Lo imposible es para los débiles», o «La mente es capaz de atraer lo que quieras para tu vida». Este tipo de frases que son irremediablemente parte de la misma presión y expectativa son, la mayoría de las veces, desfavorables en la vida de las personas. Desafortunadamente casi nunca nos damos cuenta del daño irreparable que ocasionan en nosotros al tomarlas como verdades absolutas y, para muchos, son la única salida al hecho irrefutable de vivir una realidad muy distinta a la que se nos vendió con expectativas y motivación, por ello, ante la frustración de no alcanzar los estándares sociales, se recurre al suicidio, al alcoholismo, las drogas, se cae en depresión o se incurre en la delincuencia. Hoy me doy cuenta de que no es verdad, no todos pueden llegar a ser presidentes, no todos pueden ser el número uno y no todos tienen la capacidad de ser grandes empresarios o matemáticos. Sin embargo, todos tenemos un inherente potencial del cual casi nunca se nos habla en las escuelas o en el hogar. Hablar y poner énfasis en este potencial desde la infancia, en las instituciones educativas y sobre todo en el ejemplo como padres de familia y seres humanos en general, es la única manera de que la educación pueda brindarnos ese cambio trascendental y positivo que tanto hemos buscado para la humanidad. La buena noticia es que el desarrollo de este inherente potencial no depende de clases sociales, de estándares de vida, de lo poco o mucho que tengas, o del nivel de tus profesores, porque todos pueden explotarlo y regocijar de él, y como consecuencia, ser parte de un verdadero progreso humanístico. Pero antes de abordar el tema de nuestro inherente potencial, me gustaría que nos diéramos cuenta del palpable daño hacia la 40


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humanidad del cual estamos siendo partícipes al tomar el mensaje del esquema de educación convencional como nuestro lema de vida. El problema principal no reside en la motivación que se le da al niño, al contrario, creo que es esencial que alguien esté siempre ahí para darnos palabras de aliento y una palmada en la espalda cuando más lo necesitamos. El gravísimo error que cometemos está en el peligroso enfoque individualista que se les está inculcando. Tú puedes, tú tienes, tú eres, tú debes. Desde pequeños se nos enseña a ver el éxito como un trabajo y un camino entre tú y el mundo, como una dualidad que sin lugar a dudas provoca una visión egocéntrica en lugar de estimular una perspectiva humanista del éxito. Esto no sólo hace a la gente más competitiva y menos colaboradora, también se nos está enseñando que lo más importante es la satisfacción de ese yo. Esto quiere decir que eres tú buscando el éxito de manera individual, utilizando las herramientas que te brinda la educación para ir subiendo peldaños con fines principalmente individuales. Tristemente, y aunque no nos demos cuenta, es ese individualismo la causa de todas las divisiones y problemas que existen en el mundo entero. El énfasis y el mensaje más importante que dan los padres y el sistema educativo es que la verdadera importancia como agentes de cambio dentro de una sociedad es la valoración que nos dan y que nos damos nosotros mismos por logros únicamente personales. En otras palabras, si fracasas en tus metas y expectativas individuales, por más que hayas dedicado tu vida al beneficio o al servicio de los que te rodearon o por más que hayas compartido amor o te hayas entregado a una buena causa, el palpable éxito como individuo es lo que va a tener más peso para que nos podamos sentir verdaderamente realizados y dignos como personas. Creo entones que la raíz del problema de la educación en el mundo no reside en el conocimiento y habilidades que adquirimos durante nuestros años de estudio; tampoco está en la calidad de los maestros, en las escuelas, ni en el hogar, sino en el mensaje individualista y divisorio que damos implícitamente a través de expectativas, presiones y enfoques de lo que es el éxito en la vida y de cómo llegar a él. Estamos obligados a darnos cuenta y a abrir los ojos al hecho de que no es verdad que nos importa la humanidad, no es verdad que queremos que los niños sean agentes de cambio, no 41


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es verdad que nos importe el futuro de nuestros hijos y no es verdad que creamos que exista un verdadero progreso como seres humanos con el mensaje educativo que estamos dando. ¿Por qué no nos hemos atrevido a compartir el significado más poderoso y transformacional del éxito a los demás? Si eres parte del esquema individual y egocéntrico del éxito, no te puedes quejar. Para empezar, es menester que, por lo menos, el mismo énfasis en el mensaje de la educación que se les da a los niños de la importancia de llegar a sobresalir como profesionistas, se ponga también en su infinito potencial para compartir amor y lo mejor de sí al mundo (esa capacidad de extender tu persona para el beneficio de los demás sin esperar nada a cambio, por el simple hecho de hacer el bien). Tenemos que enseñar a los niños, y hoy en día a la mayoría de la gente, que el amor es el único y verdadero sinónimo del éxito. Y es que el amor es de las pocas cosas que no se desvanecen con la muerte, porque es el único fruto de tu trabajo en este mundo que no se desintegra con tu cuerpo; el amor puede durar siempre y la humanidad se puede seguir beneficiando de tus acciones aun después de que ya no estés aquí. Estamos limitando el potencial de los niños a unos cuantos años de vida; al fallecer, todos esos logros y éxitos individuales se mueren también, se quedan siempre en el pasado, que ya no existe. El amor que pudimos haber sembrado no va a morir porque el amor es verdad y la verdad no es estática como el pasado o la muerte, la verdad está siempre en movimiento con el presente. Si no tenemos la osadía, la humildad y la sabiduría de convertirnos en paladines de una visión incluyente del éxito, por más cualificados que sean los profesores y por más conocimiento y disciplina que adquieran los jóvenes y niños, solamente vamos a conseguir avances científicos y tecnológicos pero nunca vamos a lograr los tan supuestamente anhelados avances como humanidad: seguiremos siendo una sociedad retrógrada e individualista. Una de las fortalezas primordiales, si no es que la más importante que se le puede ayudar a adquirir a un niño, es inculcarle el innegable hecho de que estamos todos interconectados como humanidad: desde lo social hasta lo psicológico y espiritual, lo cual es un trabajo serio que requiere mucha dedicación. No podemos seguir esperanzados en que la educación de las religiones o el ca42


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tequismo sean los encargados en aportar esta visión humanista a los niños, está más que claro que no es suficiente para traer este cambio. Si queremos resultados diferentes, tenemos que hacer las cosas de diferente manera y, como ya mencioné, la educación más importante empieza en el hogar. Si desde pequeños somos conscientes que «Tú eres el mundo y el mundo está en ti», que si mejoras tú mejora el mundo, también empezaremos a abolir ese tan destructivo individualismo que por miles de años no nos ha podido aportar más que infortunios y carencias. El ahínco y la dedicación que puedas invertir para lograr tus objetivos tendrán una intención completamente distinta, ya no con el fin de enriquecer a ese yo y sus individualismos, tampoco con el fin de cumplir expectativas que te convierten esclavo del tiempo, de la rutina y de la vida en general, sino con el propósito de ser mejor ser humano; en otras palabras, de compartir lo mejor de ti al mundo y esto tiene un significado completamente distinto de lo que es el éxito. El potencial de amar es infinito pero insistimos en limitarlo con un trabajo para el beneficio personal durante nuestras vidas. La mayoría sigue creyendo fielmente que el éxito en la vida es sin lugar a dudas poder lograr nuestras metas y aunque es importante que sigamos nuestros sueños y desempeñemos las actividades que nos agradan en esta vida, basamos nuestro valor como personas y medimos el éxito en la vida de acuerdo a esas metas individualistas también. El cambio empieza en el momento que tienes el valor y la sabiduría de medir el éxito de tu vida en la cantidad de amor y compasión que te atreviste a compartir. Hoy en día la gente se deprime y se siente inútil al perder su trabajo, su casa o sus pertenencias. Al perder estas cosas materiales (que en realidad nunca nos pertenecieron), sentimos también perdido nuestro potencial y nuestro valor como individuos dentro de una sociedad, esto nos hace sentir que estamos defraudando no sólo a la sociedad sino también a nuestro yo por no poder mantener o alcanzar esos estándares que significaron nuestro motor y propósito de vida (por limitado y frívolo que haya sido). Si desde chicos se nos ha mostrado que lo que da más valor a nuestra persona es exhumar y desarrollar ese infinito potencial de compartir lo mejor de nosotros, no importa en qué situación estemos, ya que siempre vamos a encontrar significado y un verda43


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dero propósito de vida que no depende de circunstancias, bienes o expectativas. Tenemos que darnos cuenta de que la relevancia de la educación no está en brindar las herramientas, el conocimiento y las habilidades para formar grandes profesionistas, sino en la necesidad de inculcar un mensaje holístico y humanista del éxito en la vida para poder formar grandes seres humanos. Ojalá nos demos todos cuenta a tiempo de que es autodestructible el hecho de llevar una vida con la mera intención de galardonar las egocéntricas hazañas de ese yo individualista que sólo crea división y no ayuda a contribuir a esa unión como humanidad de la cual el mundo está ávido. Sería verdaderamente lamentable y un desperdicio de tu existencia haber limitado el trabajo de tu vida a lo meramente efímero, a lo que no durará más que tus pocos años de vida, cuando el potencial de los seres humanos es infinito, como el Universo mismo.

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La ilusión de ser el centro Me he dado cuenta últimamente de que el verdadero desarrollo interior o «personal» es un proceso que contrario a lo que nos hemos hecho creer, depende y requiere muy poco, o casi nada, de libros, talleres, clases, estudios, maestros, gurús, religiones o cualquier tipo de autoridad que sea referente o representativa de lo que al final del camino se traduce y ejemplifica la palabra «autoconocimiento»; la sabiduría y libertad de mente y espíritu. Sin embargo, y debido a que somos inextricablemente parte de un todo del cual por más que insistamos no nos podemos dividir o separar (universo, humanidad), es importante que tampoco nos cerremos a las oportunidades y/o enseñanzas que muchas veces la vida nos revela a través de los mismos maestros, libros o sistemas. El desafío es no supeditar nuestra libertad y desarrollo a estas enseñanzas o hitos que el camino nos muestra y verlas como simples, aunque sustanciales, señales que nos guían hacia la puerta que sólo tú puedes abrir. El elixir de este proceso liberador de autoconocimiento es la palabra observación. Cuando se vive y se entiende el significado de esta palabra, no como concepto (que es ahí en donde nos extraviamos muchas veces en el desarrollo humano ya que nos perdemos en definiciones y queremos conceptualizar y racionalizar todo en lugar de vivirlo), sino como una herramienta indispensable y siempre accesible para la libertad de mente y espíritu, empezaremos a emanciparnos de todo ese ego absurdo e innecesario que nos limita con sus miedos (y fantasías) y podremos finalmente regocijar en el umbral de la sabiduría que comienza en cuanto te das cuenta de quién eres en realidad. El observarnos a nosotros mismos es un proceso simple y liberador y, al mismo tiempo (aunque no debería ser así), es algo que requiere de mucho valor, seriedad y humildad. Esto es debido a la manera de identificarnos con todas esas fluctuaciones mentales e incesantes pensamientos y la suma importancia que damos a las emociones que emanan de éstos, consciente o inconscientemente: 45


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se trata de la única manera de poder darnos cuenta de todo lo que no somos y la ilusión en la que seguramente estamos viviendo. Desafortunadamente, el día de hoy el saber observarnos, en el más sublime sentido de la palabra, podría parecer una pérdida de tiempo y un callejón sin salida (por lo menos al principio) para ese yo con el que tanto nos identificamos (esa persona y personalidad que se han edificado ilusoria y temporalmente a través del cuerpo y del conjunto de memorias, recuerdos, hábitos, ideas, experiencias y creencias). Esa débil identidad a la que le gusta interpretar el mundo a su conveniencia, razón por la cual estamos alejados del proceso de autoconocimiento, está obligada a recordarnos su valía con los logros del pasado y curiosear e imaginar tener el control de la incertidumbre del inexistente futuro. Esto quiere decir que vivimos el presente, que es el único lugar y momento en el que podemos realmente estar, siendo víctimas de argucias y estratagemas egocéntricas que bastan para distraernos con esa ilusión y temporalidad que vivifican y edifican imaginariamente la ficción idealista de quienes somos en realidad, paradójicamente, alejándonos por completo de la realidad misma. El desafío entonces de la verdadera y catártica observación hacia el interior de nuestra persona, reside en tener la humildad y sobre todo reconocer el miedo de nuestro ego de vernos a nosotros y al mundo sin el conjunto de opiniones, prejuicios, creencias, puntos de vista, conocimientos, apegos e ideales que lo alimentan y socavan nuestra más pura esencia. En otras palabras, tener la osadía de dejar a un lado todas esas estructuras y formas mentales a las que llamamos mundo y a esa inestable imagen egóica que lleva nuestro nombre y que es irremediablemente, mientras no sepamos observarnos, prisionera de un pasado que sólo existe en las imágenes mentales con las que se identifican el ego personal y colectivo. Hoy me doy cuenta tristemente al observar el mundo en el que vivo, de que he sido partícipe de esa visión individualista que hace que la vida se vuelva un suceso de interacciones entre individuos defendiendo, agrandando y tratando de preservar una imagen, y que no he tenido el valor, la humildad ni la bondad (superioridad más grande entre los hombres) de participar en la interacción entre seres humanos compartiendo lo mejor de sí: vivir. Es verdad, ha sido mucho más difícil dejar de defender puntos de vista que el ego asimila como parte de nuestra identidad que 46


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ver más allá de ellos y atreverme a observar la esencia compasiva y humanitaria que hay en mí y en todos los que participamos en esta interacción que llamamos vida. Tengo que admitir que he «vivido» inmerso en la ilusión de ser yo el centro poseedor de una vida, mi vida. Solamente a través de un desafiante e incesante trabajo de autoobservación me he dado cuenta de que es ahí, en esa frase, que implica una entidad poseedora de algo, en donde el ego comienza a tomar fuerza y a distorsionar el milagro de vivir. Lamentablemente, este hecho ocurre de manera natural y espontánea, al igual que los pensamientos, es un mecanismo automático de nuestra existencia. A cierta edad comenzamos a darnos cuenta, inconscientemente, de que el cuerpo es el único vehículo por el cual podremos recorrer y observar los paisajes de la vida, y es en ese diminuto instante en el que la ilusión de ser tú el centro, emana. El sentido de propiedad súbitamente se engendra en nosotros y comenzamos a fragmentar el universo y la humanidad en la cual existimos en mi vida, mi dios, mi propósito, mi nación, mi felicidad, mi verdad y la tuya y la de los demás. No solamente nos dividimos irreversiblemente de todo lo externo a nosotros, sino que también creamos conflicto y escisión interior moldeando imaginariamente (sólo en los pensamientos) un ente poseedor de una vida, de un cuerpo y de un pasado. Estoy consciente que este sentido de propiedad y la necesidad de identificarnos con nuestro cuerpo es automático y necesario no sólo para sobrevivir sino también para desarrollar nuestro potencial inherente como seres humanos. Sin un verdadero proceso de observación y autoconocimiento se vuelve más importante, aun sin que nos demos cuenta, la sobrevivencia del inexistente y destructivo ego, que es supuestamente propietario del mismo cuerpo. Si nos observamos únicamente a través de ese falso yo, el desarrollo humano se vuelve secundario y nos dedicamos a desarrollar un potencial individualista. No hace falta mencionar la ingente diferencia entre una perspectiva individualista de la vida y una visión humanista. Si no te atreves a ver tú mismo que el individualismo se preocupa más por logros personales que por compartir, por matar para satisfacer el paladar que por preservar y respetar la vida, por defender puntos de vista que por escuchar, por ser reconocido que por amar, por 47


Palabras vivas para un yo más humano

dividir que por integrar, por imponer a un dios que por ser parte del amor universal, entonces seguramente es un buen momento para que empieces a conocerte y sobre todo observar si la manera en que vives tiene un propósito individualistamente efímero, o si tu vida tiene un verdadero significado no sólo para ti, sino para el mundo del cual eres parte, en otras palabras, si estás creando división o eres parte del sincretismo humano. Es imposible que exista la armonía entre los seres humanos a través del ego colectivo en el que vivimos y sin un honesto proceso de observación seguiremos viviendo en la efímera ilusión que sólo engendra conflicto y divisiones. Irónicamente, este conflicto que aparenta ser tan real y subversivo es tan ficticio como el ego del que emana, la clave entonces es no mirar hacia fuera para intentar resolver la situación del mundo, ya que aunque nuestras intenciones parezcan buenas y bondadosas puede ser un truco más de tu ego sin que te des cuenta; al ego le gusta identificarse también con buenas intenciones que lo hagan parecer más noble y más bueno que los demás, por ende, en lugar de empezar buscando soluciones para los demás, ten la humildad de observarte primero, lo segundo va a ir tomando fuerza sin que te des cuenta como una bola de nieve que se agranda con tu potencial

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Deja de creer en dios, conviértete en Él Dios, Universo, Allah, Krishna, Shiva, Consciencia Pura, en fin, todas estas palabras curiosamente intentan expresar la inconmensurable belleza y Amor del cual somos todos parte, y que irónicamente no puede ser dilucidado con palabras o conceptos. Por más hermoso que sea tu lenguaje, sigue significando nada en este sentido. El decir mil veces agua no te quita la sed. Puedes utilizar cualquiera de estas hermosas palabras millones de veces durante tu vida: para mostrar respeto a tu dios, para entretenerte o distraerte de la realidad pero eso no te hace mejor ser humano. El amor universal del cual somos todos parte se beneficia muy poco de lo que representen nuestras palabras sagradas y de nuestro retruécano espiritual, vale mucho más que te esfuerces por convertirte en ese amor o en ese respeto que tanto pregonas muchas veces hacia una deidad. De otra manera, estaremos solamente intentando dar un poco más de significado y suavizar nuestra egoísta vida con una supuesta devoción que utilizamos a nuestra conveniencia. La palabra Dios ejemplifica todo lo que el ego no te permite convertirte en, por eso la ves tan distante y sagrada. Compasión, perdón, pureza, bondad, amor incondicional, caridad, solidaridad, humildad, honestidad, sabiduría, etc. ¿Por qué no has tenido el valor de convertirte en Dios? No importa que palabras utilicemos, y claro que existe Dios (aunque desafortunadamente no como esa deidad que ha creado tu imaginación), claro que somos consciencia pura y por supuesto que todos somos parte del mismo Universo, pero que deje de ser una creencia por favor: vívelo. Si tanto decimos amar a Dios por qué somos tan distantes e inconsecuentes con la imagen que hemos creado de él y lo que supuestamente representa en nuestras vidas. Si no eres capaz de convertirte en él quiere decir que la palabra «dios» se ha vuelto un pasatiempo para edulcorar tus flaquezas 49


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y para dar relevancia a una vida que de otro modo encontrarías muy miserable. Mientras el ego no te permita ver que vivir es en sí ya un hermoso propósito, tu vida seguirá siendo un medio para alcanzar un fin, dios. Experimenta, vive y se parte del amor de Dios, deja de desperdiciar tu vida creyendo en él y rezando a tu conveniencia. Ojalá te des cuenta de que tus creencias no hacen mejor al mundo, sino el mensaje de tu vida.

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¿Qué camino espiritual es el correcto? En mi corta o larga vida ha estado muy presente la búsqueda y también la pregunta sobre ¿qué camino espiritual o religioso nos permite alcanzar la plenitud como seres humanos y trascender la obcecación del egocentrismo? Las primeras respuestas se hicieron presentes a muy temprana edad en mi vida y tal vez con demasiada facilidad. El cristianismo profundamente enraizado en mi entorno y el condicionamiento cultural tenían para mí ya preparado un manual de vida con las «verdades absolutas» de mi existencia que parecían decirme: «Deja a un lado tus profundos cuestionamientos existenciales que ya están resueltos por ti y más bien enfócate en tu valioso (aunque breve) futuro». Al principio, más por miedo que por una libre búsqueda espiritual (ya que no puede ocurrir de otra manera pues el verdadero amor o realización de lo divino no puede ser impuesto ni transmitido) fui un fiel seguidor del protocolo cristiano que habían ya preparado para mí varios siglos atrás. Seguramente hubiera sido más fácil aceptar mi unión con lo divino a través de las experiencias y conocimientos de mis antepasados pero hoy me queda muy claro que de haberlo hecho estaría aún en la comodidad espiritual que consiste en adoptar creencias y repetir, no encuentro mucha seriedad en eso. Aún recuerdo el sentimiento de culpabilidad cuando empezaba a preguntarme si ser católico era el único camino o el camino correcto hacia esa mística experiencia que nos une a todos y a todo, tanto así, que confesé varias veces a los sacerdotes mis cuestionamientos herejes que me calificaban como un apóstata dentro de la fe cristiana. No obstante, mi intención de encontrar respuestas no a través del conocimiento sino de mi propia experiencia y así descubrir la prístina divinidad que ha estado siempre presente en el Universo (mucho antes y después de templos, libros, religiones y el lenguaje), me hacían seguir adelante en el empedrado camino de la búsqueda y las dudas. 51


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El desafiante sendero de una sincera búsqueda espiritual me ha sorprendido (muchas veces sin buscarlo) al regalarme la oportunidad de experimentar de primera mano la vida de distintas culturas y religiones. He vivido en comunidades judías, practicado yoga y escuchado lecciones sobre el Bhagavad Gita con el movimiento de la consciencia de krishna, logré inmiscuirme en la religión musulmana y recé a Allah con la misma devoción con la que rezaba a Jesús en la catedral de Morelia, logré permanecer algunos meses en monasterios budistas, he tenido la oportunidad de meditar en lugares «sagrados» como el Himalaya, he vivido con hinduistas, ido a sus templos y participado en sus ritos con la misma fe que ellos y también he sido un acérrimo defensor de Dios en conversaciones con ateos y no creyentes durante mi juventud (tal vez de las cosas más estúpidas que he hecho ya que es una ignorante batalla de egos imponiendo su verdad con nula relevancia). En todas estas religiones y lugares pude observar la misma devoción a un ser supremo y un sentimiento esperanzador que promete una vida eterna, era como si rezaran al mismo Dios pero con nombres diferentes y en recintos arquitectónicamente distintos; en todas partes me encontré con los hombres serios que siguen a su religión por un sincero y profundo amor a Dios (por limitante que éste pueda ser) y pude observar también en todas partes a los pseudoreligiosos que utilizan la palabra «dios» a su conveniencia, que rezan por fines únicamente personales, participan en los ritos y ceremonias religiosas por meros atavismos culturales y que se dicen ser religiosos por miedo a lo que hay después de la muerte o porque de otra manera encontrarían una vida sin mucho sentido. Confieso que después de un tiempo perdí el respeto y admiración por todos los sistemas y doctrinas espirituales y aunque sigo creyendo que para la mayoría de la gente es una manera de distraerse o entretenerse un poco en conversaciones los fines de semana, o cinco minutos antes de dormir, también acepto que hoy me doy cuenta de que, contrario a lo que representa la ilusión dualista de creer en dios, la religión sí es uno de los tres caminos espirituales que nos pueden llevar a ser partícipes en la unión mística universal que nos une más allá del tiempo y espacio, más allá de creencias e individualismos, de países y planetas, y por ende nos permite ver y regocijar en la unión en donde no hay diferencia entre tú y un árbol, en donde te despiertas ante esa realización de 52


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que tú eres Dios y el árbol también, en donde no hay puntos de vista ni opiniones, sólo la libertad de amar y ser partícipe en la expresión divina, de vivir lo inexpresable. De los tres caminos que he encontrado, el religioso es el más complicado, porque todo lo que significa creer en Dios la mayoría de las veces te hace perderte en una egoísta y fementida idea de que eres el centro de una vida y que hay un ser supremo en alguna parte con otra vida. Te hace creerte superior a los animales o a las plantas porque supuestamente tú eres el único ser viviente que goza de un alma inmortal, te hace creer que tienes el derecho de matar para comer y de realizar muchas más atrocidades que no hace falta mencionar. La experiencia mística de la que estoy hablando la han tenido muchos, uno de ellos fue Jesús; ahora entiendo lo que quiso compartir cuando explicaba que él era el padre y el hijo. Para los seguidores de la religión judía era algo absurdo e inconcebible: como no pudieron comprender su despertar espiritual lo tacharon de hereje y lo mataron. Desafortunadamente tampoco lo pudieron comprender sus seguidores, razón por la cual tuvieron que convertirlo en deidad, crear un sin número de historias e imponer doctrinas a través de textos y representantes en su nombre que sólo crearon más divisiones en la raza humana. En realidad todos somos el padre y el hijo, todos somos el creador y la creación. Como lo explicó Swami Abhayananda, no se puede separar la ola del mar. En este momento tal vez nos vemos como una ola pero somos irrefutablemente (aunque imposible de concebir para el ego) una expresión y parte del inmenso mar. Como es algo que no se puede transmitir o realizar a través del conocimiento o de los textos, es más fácil creer que el mar es una deidad aparte y hablar de él como si fuera algo distante, ignorando que tanto en el mar como en la ola sólo hay agua, todo lo demás es una ilusión. Esta unión con lo divino la han transmitido varios avatares espirituales que pudieron despertar de la ilusión del falso yo y de la dualidad. Algunos de ellos han sido Siddhartha Gautama, Jesús, Sri Ramakrishna, Swami Abhayananda, Ramana Maharashi y muchos otros que han expresado esta unión de maneras muy diferentes y con lenguajes completamente distintos. Desafortunadamente, después de su muerte casi siempre pasa lo mismo, se 53


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distorsiona el mensaje que intentaba unirnos, llegan los representantes, se crean sistemas, se escriben libros «sagrados» y se destruye el amor y la divinidad de lo que nos quisieron compartir. Pero entonces, ¿de qué manera nos puede llevar la religión a experimentar esa unión con lo divino? Como ya mencioné anteriormente, existen seres humanos que participan en las diferentes religiones no como una actividad secundaria o una solución rápida (aunque imaginaria) a los problemas, sino con la seriedad, humildad y devoción debida para que el amor a lo divino se ejemplifique y se comparta en cada acción, palabra, ademán, sentimiento, y pensamiento que comparten a lo que llaman Dios y al mundo entero (ya que no se puede separar a Dios y al mundo, aunque para la mayoría Dios es un pensamiento y no el mundo que los rodea). Paradójicamente, este amor dualista es también capaz de unirnos y hacernos partícipes, aun inconscientemente en el místico sincretismo universal. Cuando la devoción y el amor a la imagen de Dios que has creado es más fuerte e importante que cualquier otra cosa en tu vida, más que tu trabajo, más que tu dinero, más que tu propia familia, más que tu felicidad, entonces todas tus acciones serán representativas de ese amor y esa divinidad para el beneficio de la humanidad y el Universo entero: aquí se termina la dualidad, aquí se termina el amor a mi dios y el repudio al tuyo, el cariño y respeto a mi gente y el rechazo a los demás, el aprecio a los que creen lo mismo que yo y el recelo a los herejes. Curiosamente una persona religiosa puede ir mucho más allá de la religión sin que se dé cuenta, la intención y el propósito de su vida desmoronan al yo de igual manera que un yogi lo hace a través de la meditación. La persona verdaderamente religiosa sabe que las únicas palabras y acciones que valen la pena decirse o realizarse son las que se dicen o hacen con el mismo amor divino que tienen a Dios que incluye a todos y a todo; un excelente ejemplo de una persona que ha seguido este camino es la Madre Teresa de Calcuta. El segundo camino espiritual, en mi experiencia, es el que más fácilmente te permite si no deshacerte, por lo menos reconocer el ego y la falsedad que existen en la persona y personalidad que han creado y has creado también. Este camino espiritual te permite de una manera mucho más clara dejar a un lado la causa de la mayoría de los problemas que existen hoy en el mundo, el individualismo. Te hace darte cuenta de la disparatada y absurda ruta 54


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que casi siempre tomamos los seres humanos buscando el éxito personal enfocado en mejorar y proteger «mi vida, mi seguridad, mis finanzas, mi cuerpo, mis ideas, mi familia, mi dios, etc. Este camino te permite incorporarte nuevamente en este plano material (a veces momentáneamente ya que el ego siempre regresa como una banda elástica) a lo que siempre has sido y de lo que el yo constantemente te intenta separar. De la misma manera, este periplo espiritual te permite llegar a la realización de que aunque tenemos un cuerpo momentáneamente y relativamente libre y separado del todo, la idea de que tendremos también una vida eterna separada del todo es una ilusión que nos hace perdernos en una existencia terrenal muchas veces sin mucho sentido. Así mismo, este místico recorrido también te permite darte cuenta de que el cuerpo es el único vehículo que tenemos en este plano material para compartir y ser parte de la inteligencia o amor universal, y que esa divinidad que pudiste compartir a través del cuerpo es lo único que quedará siempre con vida (por lo menos aquí), porque, como he dicho antes, la verdad siempre está en el presente, nunca muere, y el amor es verdad. A pesar de que el místico camino espiritual de la meditación y la contemplación es el más acrisolador, es de igual manera el que re­ quiere de más valor para emprender. Es un sendero en el que tienes que darle la espalda al mundo entero, donde te encuentras solo y tienes que aprender a morir a todas tus memorias, vivencias y conocimientos para refrescarte segundo a segundo en la sabiduría de cada momento. Es un camino en el que la frustración de no contar con respuestas puede ser aterradora y te hace sentir por momentos que estás creando una nueva ilusión. Es muy difícil encontrar la gallardía y, sobre todo, la sabiduría para dejar a un lado a todo tipo de sistemas, maestros, textos, consejos, pensamientos y experiencias para encontrarte completamente solo y aislado donde tu único aliado es la respiración. Aparte de esto, es un río en el que tienes que atreverte a nadar contra corriente, solo. Todos te van a cuestionar y pocos te van a apoyar, no porque no quieran, sino porque es imposible hablar de la belleza de la música de Vivaldi con un sordo. La vida de un místico muchas veces puede parecer placentera, simplista y cómoda, pero es todo lo contrario. Para el místico, Dios, no como imagen, sino como el todo, es lo único que vale 55


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la pena hacer y decir en este mundo, es por lo único que vale la pena respirar y, es verdad, muchas veces se tiene que apartar de las distracciones mentales y de las peligrosas impresiones sensoriales que nos alejan de la divinidad. Sin embargo, en el momento adecuado y de diferentes maneras (ya que cada quien tiene un recorrido distinto), se dedicará a compartir ese amor que nos une. El camino de la contemplación puede ser un laberinto sin salida ya que el ego espiritual está siempre acechando y es el más peligroso. Te puede hacer creer más santo, más noble y mejor que los demás. Te hace perderte nuevamente en la arrogancia al pensar que tienes la obligación y el derecho de enseñar lo que es verdad, que eres un ser especial con poderes o dones únicos y que tienes una conexión privilegiada con dios. Lamentablemente muchos toman este tentador camino, se convierten en gurús por razones equivocadas, se sienten poseedores de verdades que pertenecen al Universo, buscan hacer dinero con el sufrimiento de las personas, se visten de manera extravagante para llamar la atención, ponen sus imágenes en todas partes para ser reconocidos, les gusta expresarse de manera excéntrica para mostrar que son seres «de luz», su orgullo se alimenta ante las genuflexiones y reverencias de los seguidores y al final el ego espiritual los hace convertirse en artistas que dominan el circo estrafalario y atractivo que promete la iluminación y el despertar espiritual; de la misma manera que las religiones: prometen el cielo. Una sincera y humilde intención de compartir la divinidad y el amor que es ya parte de nosotros es lo único que nos puede rescatar de caer en este juego. El tercer camino espiritual que no conozco personalmente pero que he podido admirar en distintos seres humanos es, en los ojos de Fredo Velázquez, el más sublime, el más honesto, el más puro y el que merece toda nuestra admiración. Este camino pertenece a las personas que muchas veces llamamos ignorantes, a las personas que se dedican a compartir no sólo lo que tienen sino lo que no tienen, que se dedican a hacer el bien sin esperar nada a cambio, que han encontrado sin darse cuenta su naturaleza y esencia compasiva sin necesidad de dioses ni meditación. Las personas que son parte de este sendero que nos une como humanidad, casi siempre pasan desapercibidas y son las menos importantes en el mundo en que vivimos. 56


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Esta más allá de mi capacidad comprensiva el entender y plasmar en palabras la gracia que ha tocado a este tipo de personas. Esta gente ha encontrado la verdadera simpleza que busca el monje a través de votos y austeridades, la simpleza de mente que el monje muchas veces cree encontrar en la simpleza de los bienes materiales, esta simpleza que consiste en encontrar la divinidad y regocijar en las cosas más sencillas del mundo como el canto del pájaro, el caminar de las hormigas y el germinar de las semillas. La humildad y la bondad de este tipo de personas hacen que tu ego se desmorone al estar junto a ellas y te permite sentirte libre y auténtico por unos instantes. Las personas que siguen este tercer camino espiritual (que no sé cómo llamar porque no tiene nombre, porque pocos lo reconocen), viven y sienten a la humanidad entera como parte de sí y saben que aislarse como individuos es tan ficticio como la ola que se cree separada del mar. Estos verdaderos maestros espirituales se dedican a dar lo mejor de sí al mundo y permanecen bondadosos y compasivos sin importar la fortuna o el infortunio económico que exista en sus vidas. Creo que este tercer camino es el que mejor resume y ejemplifica lo que se debería de significar, no en diccionarios, sino en nuestra vida cotidiana la palabra «espiritualidad». Al final, todos los ríos desembocan en el inmenso océano y seguiremos siendo agua.

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Del ego y un supuesto amor En estos últimos años he escuchado dos palabras con demasiada frecuencia. La primera, ego, que parece ser la cicuta de la humanidad; y la segunda, amor, que es prostituida muy frecuentemente como la solución a todos los problemas. El día de hoy me queda claro que para aproximarse no a la definición sino a la viva expresión de estas dos palabras hay que ir mucho más allá de lo que podamos entender intelectualmente, ya que todo lo que se pueda asimilar a través de la mente y del conocimiento son siempre ideas, conceptos, y nuestra egoísta interpretación de éstos. Paradójicamente, a través del ego puedes empezar a reconocer no la idea sino la latente falsedad del mismo ego. Éste jamás puede acercarse a lo que es el Amor, y tengo que disentir con muchos escritores y miles de poetas pero todo lo que se diga acerca del Amor es mentira. Por más que esta palabra quiera ser dilucidada o comprendida, la palabra nunca es la cosa o la acción y el Amor no puede siquiera ser imaginado. Me causa gracia cuando los seres humanos decimos «yo antes tenía mucho ego», dejando en claro que nuevamente los trucos de nuestra mente nos hicieron perdernos en una idea más para que el yo se autogratifique, se sienta más humilde y para compartir un supuesto logro comparándose con alguien que fue en el pasado. Pero sólo el ego compara y sólo para él existe el antes, el después y hasta el presente. No así para el Amor, que es libre, ilimitado y no puede estar confinado a nuestro entendimiento del tiempo, ya sea cronológico o psicológico. Me ha impresionado ver cómo el mismo ego sabe que estaría mejor sin el yo, se da cuenta de que es una máquina productora de incesantes ilusiones y pensamientos con los cuales él mismo se identifica creando para sí sufrimientos, apegos, deseos, ilusiones, supuestos sentimientos, etc. Sin embargo, el mayor miedo del ego es dejar de existir, razón por la cual cualquier intento de ir más allá del yo a través de cualquier práctica espiritual es para el ego un intento suicida y, astutamente, en lugar de abolirse a sí mismo, 59


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se autoconfunde con un una ingeniosa estratagema creando una nueva personalidad con un carácter distinto haciéndose creer que «antes había más ego». Espero no se mal interprete lo que estoy compartiendo sobre el juego del ego en la intención de las personas al pretender escapar de sí mismas, ya que no estoy dando una opinión ni un punto de vista, más bien una sincera observación. Creo que aunque se creen nuevas personalidades, en lugar de deshacernos del ego (que es el culmen de cualquier camino humanista o espiritual), normalmente estas nuevas personalidades que se empiezan a forjar son mucho más positivas, son egos más solidarios y honestos. Así mismo, estoy seguro que si todas las personas dedicaran algunos meses de su vida a la concentración, contemplación y al silencio, este sería un mundo mucho más humano. Lamentablemente, no hay nada más difícil para el ego que no hacer nada y estar consigo mismo, prefiere entretener y distraer el ruido de la mente y a veces también desperdiciar su corta vida en busca de ideas seductoras como el «éxito» y «la felicidad». Tengo también que admitir que he visto, entre las miles de personas que he conocido alrededor del mundo (incluyéndome a mí), que se entretienen mientras su ego moldea personalidades distintas en los monasterios, montañas y centros de meditación, a un par de seres humanos iluminados: que quede claro que la iluminación no es otra cosa que poder ver el mundo sin los ojos del yo, no hay más misterio en eso. Pude contemplar cómo estos dos seres humanos se entreveran con la viva expresión del Amor, cómo reflejan sus ojos la pureza de un bebé, cómo ejemplifican humildad y bondad en cada palabra y cómo el simple hecho de estar a su lado en silencio basta para contagiarte de una energía pura. Estos seres iluminados jamás van a decir, como lo hace el ego, «mira lo que he logrado, ya no tengo ego», nunca van en busca de seguidores ni alumnos ni se visten de manera extravagante para que la gente reconozca al nuevo ego espiritual: saben escuchar dejando a un lado sus puntos de vista y hablan cuando es necesario. Los seres que han logrado ver el mundo sin los ojos del ego son como las flores, siempre están ahí, en silencio, esperando a que tú pases para compartirte su fragancia pura. Casi siempre pasan desapercibidos en el mundo en el que vivimos, como las flores, o ¿cada cuánto te paras a contemplar los 60


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pétalos, el color y la fragancia de una flor? El ego no sabe apreciar esa pureza, al contrario, le puede parecer ridículo. El cómo deshacerte del ego es un callejón sin salida, ni siquiera pierdas el tiempo tratándolo de averiguar ya que cualquier intento del yo para escapar de sí es un truco más de la mente. A lo más que puede aspirar el limitado ego es a observarse a sí mismo y eso es ya una tarea extremadamente desafiante ya que nuestra mente está siempre subyugada y condicionada por nuestras memorias y experiencias, que son conocimientos muertos en el pasado; para saber observar hay que tener una mente fresca y libre de las limitaciones de los puntos de vista. Tal y como lo explicó alguna vez Jiddu K.: «Para tener una mente fresca hay que saber morir todos los días al pasado». Eso trae como consecuencia emociones frescas, sentimientos puros y espontáneos, la liberación de nuestras cargas psicológicas e irónicamente sólo a través de la muerte (psico­lógica) se puede experimentar el Amor. Existe una contradicción muy grande (pero cierta) cuando se trata de ver el mundo sin el ego. Ésta es que aunque los intentos de meditar son casi siempre un juego peripatético del ego tratando de escapar de sí y su condicionamiento psicológico, en el momento en que se llega verdaderamente a meditar el ego no puede estar presente. No se puede vivenciar la meditación a través del yo pues el meditar significa estar desconectado por completo de todo nuestro conocimiento, el cual edifica y vivifica al yo. Mientras el ego siga realizando o experimentando cosas nuevas a través de cualquier tipo de práctica espiritual, significa que aún te encuentras en un estado de consciencia en el que el yo está presente. Esto no tiene nada de malo, al contrario, simplemente señalo que entenderlo de otra manera sigue siendo un truco más de la mente, un truco muy peligroso que hace que la gente se pierda en fantasías a través de la nueva personalidad que han adquirido. Otra argucia más del ego es el supuesto Amor que tanto pregona. Al ego le gusta imaginarse ser un erudito en el tema del Amor, es una de sus palabras favoritas y, sin embargo, creer que sabemos amar es una de las falsedades más grandes en que vivimos la mayoría de los seres humanos. En realidad el ego no conoce ni tiene la más mínima idea de qué es el Amor. Puede ser que seamos parte del Amor en ciertos momentos pero cuando eres parte de esa maravillosa y meliflua expresión no existe el yo. El Amor es 61


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también una de las pocas herramientas que existen en este mundo que destruyen al ego inmediata y espontáneamente, aunque poco después el bandido regrese a nuestras vidas como una banda elástica y, en ocasiones, con más fuerza. Al ego le encanta amar a su familia, a sus amigos, los lugares en donde se encuentra bien y la gente que piensa igual que él. Ama los sabores y los olores que satisfacen sus sentidos, ama sus proyectos, sus logros y también ama muchas veces satisfacerse a sí mismo a través de alguna obra caritativa. No obstante, el Amor no puede existir mientras haya dualidad y tal vez no nos damos cuenta pero existe una inconmensurable dualidad casi siempre en el supuesto amor que pregona el yo. Amo a mi dios pero rechazo al tuyo, amo a mi religión pero estoy en contra de las demás, amo mi éxito pero me dan celos al ver a otros crecer, amo la salud de mis familiares pero me importa un bledo el bienestar del resto de la humanidad, amo a mi patria pero critico a las demás. Dualidad, dualidad, dualidad... pero el ego no se preocupa pues sabe que «el amor es la solución». Lo que voy a compartir pudiera parecer rocambolesco y utópico, pero sólo para el ego, ya que está limitado en los confines de la mente mientras que el Amor es infinito y no puede ser comprendido intelectualmente, pero cuando eres verdaderamente parte de la expresión amorosa del Universo, no hay diferencia entre el Amor que le tienes a tu madre y el que le tienes a un árbol, no hay diferencia entre el Amor e importancia que das a tu vida con la de la vida de un completo desconocido. Cuando eres parte del Amor no te crees más importante que un árbol, una nube o un animal, por ende, respetas la vida. El Amor que le puedas llegar a tener a tu dios es exactamente igual que el que le tienes a quien te ha hecho daño y esto es algo que no puede concebir el ego ya que siempre compara, diferencia, distingue, divide... y el Amor es todo lo contrario. Por eso, si no está en todos y todo a la vez, no es Amor, es tu egoísta interpretación de una palabra que no es la cosa ni la acción. Contrario a lo que se pudiera pensar, el Amor no requiere de esfuerzo alguno, esforzarte por ser parte del Amor es tan absurdo como el esfuerzo del yo al querer dejar a un lado al ego. En realidad, y como lo he mencionado antes, al dejar a un lado todas esas capas que han formado nuestra persona y personalidad y regresar 62


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a nuestra prístina esencia, somos parte de esa poderosa y maravillosa energía que hace crecer a la plantas, que hace que giren los planetas y que hace que haya un orden universal. Le podemos llamar Dios, Amor, poder divino, etc. Cualquier palabra que utilice estará muy lejos de la realidad, no obstante, al ego le apasiona dar nombres y definiciones a lo que sólo se puede sentir y ser parte de. El ego cree que sus acciones y palabras crean Amor y, en el peor de los casos, las ve como sagradas. Como ya mencioné, no necesitamos ningún tipo de esfuerzo para ser parte de ese Amor o esa energía porque somos ya todo lo que siempre seremos, desgraciadamente el ego es una gran venda en los ojos del corazón, el esfuerzo está entonces en deshacer todo lo que hemos edificado temporalmente y que no nos permite ver con claridad para poder regresar a nuestra eterna esencia. Al final, todo lo que he compartido aquí sobre el Amor sigue siendo falso, no se puede explicar ni comprender, sólo podemos ser parte de él. Y sí, es verdad, de alguna manera el ego tiene razón, el Amor en su más sublime expresión es la solución a todo, ya que todo, hasta el mismo ego, se disuelve en él.

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El arte inane de vivir Afortunadamente he podido no sólo entender y observar, sino vivir el infortunio de la muchas veces tácita y desapercibida necesidad que tiene la humanidad de liberar la mente del condicionamiento psicológico que nos desvía por completo del arte de vivir; ese arte que es fragmentado por herencias sociales y culturales, por nuestra extenuante carga psicológica, por el pensamiento, remembranzas y por el yo, en otras palabras, la mente. Dichosos los seres humanos que a pesar del condicionamiento del cual son irremediablemente parte y del incesante juego del pensamiento al buscar siempre la seguridad psicológica (felicidad, éxito, conocimiento, belleza etc.), han logrado encontrar si no la libertad, por lo menos la frescura de mente y de espíritu que los hace mucho más sensibles para percibir ese arte, que es vivir, y que no se puede percibir a través del intelecto, sólo se puede vivir con una mente fresca y, curiosamente, con la libertad del intelecto mismo. Me siento desconcertado y muchas veces afligido al observar el triste y decadente «arte inane» que hoy llamamos vida, y aunque mi propia mente sea una copia de la herencia cultural y social del cual es inherente ese proceso decadente, la conmiseración que siento por mí al intentar observar honestamente la insensibilidad y egoísmo psicológico que acarreo conmigo involuntariamente: me hace ser consciente del necesario cambio radical que necesito para llegar a vivir ese arte, que es mi relación con el mundo. El «arte inane» nos impide tener esa frescura de mente y nos hace prisioneros a cargas psicológicas, haciendo que lo que llamamos vida sean meras relaciones entre mentes densas, manidas, pesadas y de segunda mano (aunque «brillantes» por la increíble cantidad de conocimiento que suelen acumular y sus habilidades), distorsionando por completo la inocente y compasiva prístina relación humana. Esa honestidad, inocencia y bondad en nuestras relaciones con la hu­ manidad, que es el arte de vivir, no se limita al vínculo entre seres humanos, de otra manera, esto querría decir que seguiríamos siendo parte del mismo esquema egoísta del «arte inane». 65


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El arte de vivir va mucho más allá de la mente y su definición e imagen del mundo con todos sus ideales, conceptos, tradiciones, preferencias, intereses y puntos de vista; está claro que la mente casi siempre se puede relacionar con el ego colectivo mas la expresión de la vida va mucho más allá de un conjunto de vivencias o la pesadumbre psicológica de nuestro juego, muchas veces perverso, de vida con sus interpretaciones, entonces la misma (inocente e incluyente) relación con el resto de la humanidad debe ser también con todo lo que es parte de ese lindo arte y su expresión universal. Hablo de la ejemplar y divina relación que hay entre las nubes, las plantas, el aire, los animales, la tierra, los microbios, las piedras, las montañas y todas las demás cosas que son parte esencial de la humanidad; hablo de todas estas cosas que el ser humano y su mente ha supeditado ante los avances de su muy limitado intelecto, alejándose cada vez más de un bello arte. La astucia de la mente y sus arraigadas maneras de ver el mundo nos hace creer y sentir profundamente que el ser humano está por encima del resto de la expresión de vida del cual somos parte, a tal grado que he llegado a escuchar a seres humanos aseverando que todo lo que está aquí en la tierra fue puesto por Dios para satisfacer nuestras necesidades (a ese punto ha llegado nuestro perverso egoísmo), utilizando el romanticismo del lenguaje que muchas veces consideramos sagrado para convencerse de que su satisfacción es primordial y esencial en esta expresión universal. Me parece curioso como en este «arte inane» el intelecto, dándose cuenta de sus limitaciones y su transitoriedad, ha creado un sin número de dioses y sistemas para quitar el peso psicológico de las dudas existenciales y poder dedicarse al desarrollo de las «mentes brillantes». A pesar de las increíbles argucias de la mente, lo divino, que es la vida, que es Dios, no puede estar en creencias, respuestas, conceptos o en el súper sentimentalismo que provocan las imágenes de la mente, sino en el arte de vivir. Hoy en día la educación está completamente contaminada por el «arte obscuro» y su decadente sistema que busca explotar el desarrollo intelectual de los seres humanos, menospreciando y poniendo en segundo plano la necesidad de explotar el corazón brillante que está en todos, razón por la cual el potencial humano de las personas se siente acomplejado al ser comparado con la suma importancia que damos al desarrollo intelectual, sus hazañas y la 66


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acumulación del conocimiento, que es tan efímero como un golpe en la cabeza. Los logros de la mente son verdaderamente plausibles, la comunicación, la ciencia, la medicina y la tecnología son resultado del magín del ser humano y a pesar de que hemos avanzado tanto en muchas áreas, en el arte de vivir estamos completamente estancados y así seguiremos mientras el yo, sus condicionamientos y su carga psicológica no nos permitan observar nuestra esencia humana y divina. En el arte adulterado de vivir del cual somos hoy parte, no sabemos observarnos y ser honestos con nosotros mismos ni con los demás, razón por la cual las relaciones que forjamos casi siempre son relaciones entre las imágenes que se tienen dos personas de sí y no relaciones sinceras del corazón. En realidad, y aunque no lo creamos, casi nunca conocemos el verdadero amor que puede existir entre dos seres humanos, porque en caso de conocerlo compartiríamos el mismo amor con el resto de la humanidad. El supuesto amor de las relaciones con el mundo es un amor basado en imágenes y remembranzas. Si la persona me hizo bien, si la persona se portó bien conmigo, entonces le tengo mucho cariño pero en el momento en el que alguien vaya en contra de mis ideales o se quiera aprovechar de mí, el «amor» cambia de inmediato, esto quiere decir que es un sentimiento inexistente basado en imágenes mentales, ya sean positivas o negativas, y aunque suene un poco romántico, el Amor es verdaderamente incondicional. Hace unos días me preguntó un familiar muy cercano, al que tanto creía yo conocer y amar: «¿Qué piensas de mí?». Me di cuenta al observarla que lo que pensaba de ella seguramente era la imagen que yo tengo de una capa muy superficial que estamos acostumbrados a mostrar entre dos seres humanos, aun de la misma familia. Podía en ese momento responder acerca de sus logros, de lo tanto que la quería, de su carisma, de su manera de ser que yo conozco o de los buenos momentos que pasamos juntos, mas después me di cuenta de que todo eso no era ella, todo lo que yo veía en ella eran pensamientos e imágenes del pasado en mi cabeza. Y eso mismo nos pasa al observarnos a nosotros mismos: desde que nos levantamos somos nuestros problemas, nuestras deudas, nuestro trabajo, nuestros planes, nuestras ansiedades y obligaciones. Desde que bajas el primer pie de la cama al despertar, la 67


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mente se relaciona con todo esto automáticamente: no sabemos observar al interior, nos relacionamos con la breve transitoriedad de nuestras actividades. No somos honestos con nosotros mismos porque para ser honestos tenemos que saber qué hay de nosotros aparte de ese nombre que llevamos con toda su historia y su carga psicológica. En el verdadero arte de vivir existe una mente fresca lo suficientemente sensible para percibir el potencial humano que se encuentra en la persona enfrente del espejo y en los demás, una mente sensible que puede ver cómo ese ser humano se relaciona con la expresión universal de vida que se aprecia no a través del pensamiento (ya que siempre está condicionado) sino en la humildad del ser humano al darse cuenta de que no lo podrá entender ni ser parte de ese arte a través de razonamientos, conceptos o ideales; en ese momento la mente se libera psicológicamente y algo increíble y maravilloso sucede, nos volvemos parte de esa expresión ya que la mente se hace a un lado (aunque sea momentáneamente al principio) para volver a degustar los sabores de la vida con la frescura e inocencia con que lo haría un bebé, para apreciar cada respiración como algo completamente nuevo (no como un mecanismo automático de nuestro cuerpo), para ver a quienes te rodean con el mismo amor y entusiasmo que sientes al conocer un nuevo país. Me gustaría pensar que no estamos condicionados a vivir ni a experimentar la vida únicamente a través de la mente y su inerte pesadumbre psicológica; extrañamente mi propia mente se siente aterrorizada al pensar que puede ser esclava de esa burbuja de memorias y morir siendo un nombre y su pequeñísima historia de «vida» que nunca se pudo liberar para vivir el potencial humano que llevaba dentro y, aunque he podido vivir por momentos esa frescura de mente, no me puedo si quiera llegar a imaginar la vida cuando existe una verdadera liberación de mente y espíritu.

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Una pregunta muy incómoda Estando un día sentado con un grupo de personas, una señora me hizo una pregunta; ésta ejemplificaba esa engañosa pulsión ávida de respuestas que los seres humanos exhuman en sí mismos al encontrar poca trascendencia y nulo significado en la esclavizante rutina de segunda mano que hemos aceptado como modo de vivir, ello en la incesante y monótona preocupación con el tiempo de lo que ha sido y lo que será, lo cual nos hace vivir en constante preocupación y planeación. El interno cuestionamiento que me expresó la señora estaba lleno de curiosidad y esperanza, de esa esperanza que tenemos todas las personas sustentada en que algún día alguien o algo nos muestre el camino o nos dé respuestas alentadoras para poder encontrar algo más allá de nuestros fugaces y necesarios logros externos. Así mismo, su incógnita mostraba la traviesa curiosidad que nos hace adentrarnos en prácticas que a la mente le gusta considerar «místicas» o «trascendentales» como la religión, meditación, yoga, retiros espirituales, austeridades o cualquier actividad que muchas veces nos ofrece breves consuelos tan ilusorios y vacíos como la misma vida que llevamos. Al principio me negué a responder, aduciendo que no era nadie para hablar de esos temas. Interiormente me decía también que cualquier respuesta que diera no traería consigo algún efecto positivo en mi vida o en la de las personas que se encontraban ahí, sobre todo porque pocas cosas son más fuertes y palpables que la latente necedad de querer mejorar nuestras vidas a través de conceptos o conmovedoras pláticas: me negaba a ser parte del juego absurdo de querer mejorar a través de profundizar. Unos segundos más tarde, al percatarme de la determinada mirada que una pareja de la tercera edad tenía fijada en mí, igual de curiosa que la misma pregunta, me percaté también del engañoso y arrogante egoísmo que mostraba yo al menoscabar la sincera curiosidad de la cual emanaba la pregunta de la señora, misma que me incitaba a adoptar un comportamiento infantil de evitar 69


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pláticas mundanas y vanagloriar mi sapiencia al guardar silencio, cuando ella sólo deseaba que compartiera un punto de vista, y ¿quién era yo para no compartir? «¿Qué es la realidad?», fue la desestabilizante pregunta que lanzó hacia mí la señora; me esperaba hablar de todo sentado en un consultorio médico menos del abstracto y a la vez simple significado de esa palabra. Creo que la señora quería encontrar en mi respuesta un mensaje sutil con los matices de la sabia y dulce capacidad de un místico para estar completamente en el presente, intentando ser parte de esa realidad que, por supuesto, no podría ser explicada, porque entonces ya sería la realidad creada por la mente del místico y, por ende, una definición más. No me atreví en ningún momento a pretender filosofar o a profundizar en la palabra causante de la bravata interior que había en mí en ese momento, seguramente porque estaba yo muy lejos de esa sabia y dulce capacidad de un místico de poder vivir el presente despojado de cualquier punto de vista. Sin embargo, la inercia de la trágica realización de darme cuenta de que mi silencio sería tan arrogante como mi imposibilitado deseo de filosofar me hicieron responder de una manera que ni yo mismo había contemplado. Curiosamente, en cuanto empecé a hablar me di cuenta de que mi respuesta parecía acarrear consigo la arrogancia de las dos imposibles posibilidades que no existían ya en ese momento. Aseveré con la tajante seguridad de un político que era una pérdida de tiempo hablar de temas abstractos que no nos llevarían a nada, nos invité más bien a que todos los que estábamos ahí sentados en ese momento observáramos la realidad que estábamos viviendo y sobre todo aceptado en nuestras vidas como tal. ¿Qué realidad estamos viviendo en este momento? ¿Nos hemos dado cuenta de la realidad que hemos aceptado como modus vivendi y de ver el mundo? ¿Cuál es la realidad de nuestros deseos y de nuestras acciones? ¿Conocemos en realidad por qué hacemos todo lo que hacemos? ¿Acaso por miedo? ¿Acaso porque nos aterroriza intentar vivir otra realidad? ¿Nos hemos preguntado si vivimos una realidad egoísta y por tener miedo a salir de este cómodo esquema buscamos curiosear en nuestro tiempo libre con otra realidad? ¿Por qué no nos atrevemos a ver la realidad? 70


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Estas fueron mis primeras, no muy ortodoxas, respuestas, que seguramente en lugar de elucidar cualquier cosa nos invitaban a cuestionamientos aún más incomodos que la pregunta original de la señora. Aduje entonces que buscar conceptualizar una realidad sería querer escapar de la realidad que estábamos viviendo. Expliqué como las súper realidades que busca la mente como el cielo, la iluminación, la paz, la felicidad absoluta y un sin número de ideas más llenas de vocabularios complejos, son el consuelo más sencillo y engañoso para no hacernos cuestionamientos que nos hagan ver la realidad de la cual somos parte y no de una realidad distante y onírica que nos gusta idealizar. Intenté compartir el hecho de que en ese momento la realidad era tal y como es, no se podía vivir o ser parte de otra realidad a través de trucos mentales pero sí podíamos aprender a observarnos en la realidad que estábamos viviendo en ese momento, sólo así podríamos mejorar y aprender de nuestra realidad, de la única realidad.

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Buscando una vida sin sentido Casi todos los seres vivos van evolucionando y se van adaptando a las circunstancias y al entorno para poder vivir según sus instintos de la mejor manera posible, menos uno. Me entristece ser parte de la funesta herencia biológica y psicológica de la única especie que probablemente tiene la capacidad para vivir no solamente sobreviviendo a través de sus instintos naturales (que en nuestro caso sería en este momento mucho mejor que la manera conflictiva y egoísta en la que vivimos), sino de explotar una inmanente sensibilidad que nos permitiría tener una vida con un sentido que va mucho más allá de la supervivencia y los logros externos y temporales. Es lamentable como nuestra herencia biológica y psicológica han encaminado al ser humano a que uno de sus instintos más notables sea el de llevar una vida mecánica en la que los logros externos y la superación del statu quo del ego sean los pilares que van edificando desde la educación familiar una vida predestinada instintivamente a ser muy «productiva», iniciando ya a muy temprana edad la búsqueda de una existencia sin mucho sentido. El ser humano tiene grandes potenciales y el más importante de ellos es con toda seguridad su potencial humano. No obstante, la herencia cultural que parece ser llevamos tan arraigada como nuestro adn, nos ha hecho menoscabar y desvalorizar ese potencial supeditándolo a los logros de la brillante mente encumbrándola como una súper herramienta de producción, conocimiento, descubrimiento y generadora de logros casi siempre materiales, que es lo que lamentablemente más se valora y admira hoy en día de un ser humano. Sin que nos demos cuenta, la rutina esclavizante se va apoderando de nosotros relegando nuestra sensibilidad humana y nos invita más bien a buscar de una manera muchas veces involuntaria y furtiva, la plusvalía del ego o, en otras palabras, una vida sin mucho sentido. Esta rutina es una costumbre que en lugar de intentar explotar el potencial de nuestra esencia amorosa y compasiva (por nove73


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lero que esto pueda sonar) busca más bien ensalzar nuestro nivel como personas ante nosotros y ante los demás. Este modo mecánico de vivir busca encontrar la seguridad física y psicológica (instinto animal) que al final del día quiere decir que tu cuerpo fue a lo largo de tu vida sólo un instrumento para buscar una estabilidad mental y pretenciosa, dicho de otra manera, una vida vacía y sin propósito. No quiero decir con esto que sería mejor desaprovechar nuestras habilidades, nuestras cualidades, nuestra creatividad y, por supuesto, las capacidades de la mente, pero me gustaría preguntarme y que te preguntaras también, ¿de eso se trata la vida?, ¿eso es vivir con sentido y propósito? Luchando toda tu infancia y tu juventud para lograr las mejores calificaciones y entrar a la mejor universidad posible, obtener un trabajo que te dé de comer a ti y a tu familia, y si tienes suerte irte de vacaciones de vez en cuando, esperar que tus hijos (a los que seguramente has ya condicionado a una vida mecánica y de segunda mano que los llevará a intentar buscar incrementar su status quo y su seguridad física y psicológica) logren la idea del «éxito» que tú les has transmitido, tener una pensión que te permita despreocuparte de cómo vas a subsistir durante la vejez y esperar no morir solo y lejos de un asilo de ancianos o un hospital. Con todo respeto, eso no es vivir y aunque de alguna manera el ser humano es siempre, o casi siempre consciente de su condicionada manera de «vivir», pocas veces tiene el valor y la humildad de cuestionarse a sí mismo y sobre todo de darse cuenta del verdadero potencial de su existencia, por ende, por lo regular estamos irreversiblemente predestinados a desperdiciar un potencial humano que me gusta llamar: un potencial divino. Cabe mencionar que el ser humano es también muy ingenioso por naturaleza y al darse cuenta de que su legado es tan vacío y egoísta como su relación con el mundo, empieza a merodear y de alguna manera entretenerse con conceptos y ritos «espirituales» que inculcan en nosotros ideas autodestructivas, características de una vida sin sentido en la que el ser humano menosprecia el plano «físico» para sublimar lo «espiritual», que de espiritual tiene poco en este sentido, más bien yo lo llamaría: un alivio supersticioso. En realidad, estas dos palabras sólo son conceptos filosóficos. La primera ha servido como consuelo al darnos cuenta de la vida irresponsable y sin mucho propósito que llevamos, es por eso que nos 74


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tenemos que autoalentar con la esperanzadora idea de que existe una vida con mucho más sentido después de la muerte física de este cuerpo. Esto es sin lugar a dudas una estratagema mental muy común para obligarnos a no ver el desperdicio de un potencial de vida que nos hubiera permitido dejar un legado de amor y no sólo un nombre con una historia de la cual platicarán nuestros familiares o amigos de vez en cuando. Esta división que hacemos los seres humanos rebajando el plano físico y elevando el espiritual me parece una manera muy barata de escapar de nuestro compromiso y obligación que tenemos para con el mundo y con los demás seres humanos, ya que sólo podemos compartir en este momento, a través de este cuerpo y en este mundo, todo ese potencial divino que llevamos dentro: todo lo demás es una ilusión o una manera muy fácil para salirte del sendero de una vida con mucho sentido. Me parece un infortunio lamentable el afán que tiene el ser humano al intentar separar astutamente estas dos palabras y dar más peso a la ilusión de una y la necesidad de menospreciar la realidad de la otra, en la que vive y se representa la única verdad de lo que es. Esta obstinación ha causado inconmensurables escisiones y conflictos, tanto externos como internos, los cuales nos han alejado de esa posible inmanente sensibilidad y humildad que nos invita a apreciar y vivir la euritmia y cadencia que existe naturalmente en la expresión viva universal de la cual todo es parte y no requiere de distinciones filosóficas. El ego del ser humano, al verse por varias razones imposibilitado a rendirse ante el amor universal, se ve obligado a desprestigiar este plano «material» y eso no nos permite entender ni vivir (y experimentar) cómo estas dos palabras se pueden concatenar en un mensaje de Amor que va más allá de este cuerpo y de esta vida, por efímera que sea, sin la necesidad de realizar comparaciones que generan divisiones y conflictos. Este cuerpo en el que vivimos es también una expresión de lo divino, del todo, pero sólo un ser evolucionado es capaz de entenderlo, de ver y experimentar esta verdad. Normalmente el ser humano se pierde en búsquedas espirituales o en prácticas místicas (o esotéricas) para intentar trascender, dar más relevancia y dar más sentido a una vida que su mecánica y productiva esclavizante rutina no son capaces de encontrar en el aquí y el ahora. 75


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En gran parte, la decadencia humana en la cual estamos inmersos el día de hoy es debido a esto: el ser humano, al no haber podido rendirse ante la responsabilidad que conlleva el amar sin los ojos del ego, se ha cobijado en la superstición y la esperanzadora idea de que esta vida es un medio para alcanzar un fin, sin darse cuenta de que cada día y cada momento son un medio y un fin a la vez, un medio para amar infinitamente mientras llega otro momento. Creo que esto que estoy compartiendo no contradice ni abole la realidad de que somos algo más que este cuerpo y de lo que la mente puede concebir; le podemos llamar alma, energía, espíritu, atención consciente o parte de Dios, no importa el término o la idea (que de igual manera casi siempre nos confunde), sino más bien aduzco que independientemente de lo que creamos o podamos ver, somos ya parte de la expresión de una creación divina. Se requiere de un poco de humildad para que brote el brillo y la sabiduría de nuestra esencia y podamos ver esa expresión universal de vida en todo lo que nos rodea: en nuestro cuerpo, en las palabras, en la naturaleza, en la bondad, en el aire, en los animales, en las risas, en la humildad y hasta en nuestros fantasiosos pensamientos (que son también parte de este Universo). Es por eso que no siempre hacen faltan ritos e intentar profundizar con el retruécano espiritual ya que casi siempre, y a riesgo de sonar repetitivo, es muchas veces una manera más de entretenernos y desviarnos de la verdadera responsabilidad del ser humano de rendirse humildemente a la vida sin los ojos del yo (el regresar al Amor), para llevar una vida con sentido. Para llevar una vida con sentido se necesita principalmente de la sencillez del corazón (paradójicamente esto no requiere de ningún tipo de esfuerzo ya que es la esencia bondadosa del ser humano, es lo que somos), y también de una importante responsabilidad y sabiduría para mirar hacia dentro de nosotros a través de la autoindagación o conocimiento personal, y dar por lo menos el mismo peso o valía a los avances, digámoslo así, internos y externos. Este es el escalón más inclinado y, por ende, el que pocos se atreven a esforzarse a subir, ya que el tomar con la misma seriedad el conocerse a sí mismo y nuestra prístina esencia que con la seriedad con la que tomamos la necesidad de trabajar para comer y ganar dinero, es un desafío hoy por hoy casi imposible para el ser humano. 76


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Darle la espalda al mundo (ya sea a través de una seria y honesta devoción o del poder de la humildad) y renovar por completo tu manera de percibir, de sentir, de vivir, no es un trabajo fácil, todo lo contrario, sin embargo creo que es la única manera de que puedas disfrutar del verdadero elixir y sentido de la vida de la misma manera que lo hacías cuando eras un bebé, creo que así podremos volver a gozar de la indescriptible hermosura del ser y de ser. Espero no se me esté mal interpretando, no intento transmitir con lo que he mencionado que la espiritualidad en sí es algo corrupto y divisorio, ni que este plano material sea más o menos importante que lo que pueda existir más allá de nuestra capacidad de concepción, pero sí creo que debido al distanciamiento del ser humano, de su esencia pura e inocente, nos hemos visto obligados (ignorantemente) a fragmentar el todo. Muchas más veces que otras creo que la superstición ha sido nuestro apoyo fragmentario que nos invita a actuar con «responsabilidad» y compartir «amor» sólo en los casos que (de manera consciente o inconsciente) veamos conveniente para el ego. Esta fragmentación, originada en la estulticia del ser humano al no conocerse, ha dividido también la vida en múltiples conceptos supuestamente «filosóficos» y «trascendentales» que distorsionan la frescura de mente y espíritu que nos permitiría, de otra manera, fluir con la expresión divina de nuestra existencia, la cual, sin lugar a dudas, va mucho más allá de nuestra fragmentada interpretación. El ser humano que lleva una vida con un honesto sentido y propósito no fragmenta ni distribuye su Amor a su conveniencia, al contrario, sus intenciones son siempre incluyentes y compasivas. Una persona que lleva una vida con sentido comparte lo mejor de sí a cada momento y ha descubierto que el auténtico éxito el poder descubrir ese potencial humano que te incorpora automáticamente en el arte de vivir, en el cual tu legado no serán ni tus títulos ni tu dinero, ni siquiera tu familia, sino el amor que te atreviste a repartir y la cantidad de corazones que hiciste brillar con su humildad y de cuanta gente pudiste inspirar para seguir una vida con propósito aun después de la muerte física del cuerpo en el que vives, eso es llevar una vida con sentido. Cuando te das cuenta de que el éxito en la vida es el haber hallado ese inherente potencial, tu relación con el mundo (o el arte de vivir) empieza a tener un sabor muy distinto y sientes un tipo de 77


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liberación interna y sublime de la vida condicionada (y de segunda mano) que nos hace seguir de otra manera una existencia mecánica e insignificante, que en lugar de vivir, más bien nos pone a trabajar para sobrevivir y lograr un status quo que es tan efímero como un golpe en la cabeza. Existe un fenómeno que pasa con demasiada frecuencia en los seres humanos, por no decir siempre, y aunque pueda parecerte un tanto jocoso al momento de leerlo, en realidad tiene poco de irrisorio y sí mucho de lamentable; a este fenómeno me gusta llamarlo el síntoma de desmadejado y es que en medio de la nostalgia de la vejez o de la enfermedad, las personas inconscientemente se empiezan a dar cuenta del títere condicionado que fueron durante toda su vida, de la ínfima importancia trascendental de sus logros y de su comportamiento egoísta; entonces, para no decaer en la agonía de la verdad, la tenacidad del ego había preparado ya un as bajo la manga para mostrarte todo lo que no te atreviste a ver durante tu vida y en el momento que caes en cuenta de que ese diminuto instante de tu existencia se empieza a agotar, súbitamente comienza el acto del irremediable consuelo resignatario de la remembranza: el perdón, la reconciliación, el cariño, el honesto llanto del corazón, el Amor y, casi siempre y con mucho más peso, el consuelo y el alivio de la espiritualidad. Por favor, que no te pase esto a ti, que en el lecho de tu muerte puedas sonreír al mundo sabiendo que compartiste lo mejor de ti a cada momento y que las intenciones de tu vida fueron tan humanas, tan humildes, tan honestas y lo más alejadas del ego posible para que tu vida haya podido ser una hermosa melodía que puedan seguir interpretando generación tras generación alegrando corazones... Una vida con sentido y no sólo el ruido de un montón de logros externos que dejan de sonar en cuanto ya no estés y del cual no queda nada: una vida sin sentido.

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Autoconocimiento: o el intento suicida del yo Voy a expresar, tanto como mi capacidad dialéctica me lo permita, la importancia y relevancia sobre el tema cardinal, de la completa libertad del ser. No me interesa, en esta ocasión, compartir algún punto de vista personal o mi particular manera de interpretar la vida pero sí me atañe, si el lector me lo permite, que estas palabras puedan ser como un espejo en donde se evidencie su propia vida. Una nube es una nube en todas partes del mundo y aunque la palabra «nube» se pueda expresar en múltiples idiomas, que no son más que meras variaciones lingüísticas, el hecho de la nube es, que tanto aquí y en China está formada por el mismo conjunto de partículas suspendidas en la atmósfera, así mismo, el agua que beben en Rusia está formada, como en todo el mundo, por dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno. Pongo estos dos ejemplos, seguramente innecesarios, para recalcar mi intención de expresar hechos, realidades y lo que es, que la mayoría de las veces está más allá de nuestra limitada interpretación cognitiva. Algunas veces hablar con claridad puede llegar a ser ofensivo para la mente que está aleccionada a definir o interpretar a la nube o al agua, a través de alguna creencia o punto de vista cultural, pero no me preocupa tanto en este momento disentir con cualquier tipo de condicionamiento convencional con el que se identifique tu mente, más bien me voy a esforzar por invitarte a observar el espejo que refleja tu vida en este momento y, aunque pudiera ser que el espejo esté un poco empañado por ese mismo condicionamiento: tu yo empírico se puede empezar a limpiar a través de un catártico esfuerzo sincero de conocerte a ti, tu manera de vivir y lo que eres. Dentro del budismo zen se menciona un anécdota que me gustaría compartir para dilucidar un poco más sobre ese pesado condicionamiento de nuestras mentes y de qué manera el espejo que nos permitiría ver con mucha más claridad la realidad de la vida que estamos llevando, se está ensuciando cada vez más. 79


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En la era de Meiji (1868-1912) el maestro zen Nan-in recibió a un ínclito profesor universitario quien iba en busca de la sabiduría zen. Nan-in lo invitó a que se sentara y le sirvió una taza de té; no obstante, cuando la taza de té se había llenado, el maestro seguía sirviendo té y aunque el profesor se trató de contener no pudo resistirse: «¡Maestro la taza está llena, ya no entrará más té!». El maestro Nan-in miró al profesor y le dijo: «Al igual que esta taza, tú estás lleno de opiniones, creencias, y especulaciones. ¿Cómo te puedo compartir lo más hermoso de la vida a menos que vacíes tu taza?».

Es sin duda alguna una ardua tarea darse cuenta uno mismo y observar lo llena que está nuestra taza (mente) de información, la cual poseemos y asumimos como nuestra identidad (el yo empírico) durante toda nuestra vida. Así mismo, aunque somos y seguiremos siendo parte de la sociedad que hemos creado, y que estamos creando todos los días, tenemos que alejarnos un poquito de la fuerte corriente cultural que se lleva a todos los peces muertos para que nuestro ser pueda liberarse de la misma y así poder nadar en libertad en aguas más tranquilas y acrisoladoras. La liberadora incursión en la labor de la autoobservación tiene que realizarse no a través de los ojos que están ya condiciona­ dos, que es aquí donde se complica la tarea, porque lo que podrás ver a través de un espejo sucio seguramente no será del todo claro, por ende, la realidad de tu vida, que sólo tú puedes ver, ya que nadie puede disfrutar el elixir de la vida por ti, seguirá manchada por perspectivas condicionadas al contexto en el que vives y a lo que te inculcaron tus autoridades espirituales, educativas y familiares, ello hasta que no te atrevas a explorar el desorden tanto interno como externo (tu relación con el mundo) que pudiera estar limitando tu libertad. Como nos podemos dar cuenta, es un trabajo que requiere principalmente en dar la espalda al mundo que has creado y en tomarte la vida con la seriedad debida para llegar a poder no sólo escuchar hablar de, o pensar o imaginar las cosas más hermosas de la vida, sino vivir tú mismo la inexpresable libertad del ser. Es evidente que desde tiempos inmemoriales los seres humanos hemos vivido afligidos en una incesante búsqueda que nos lleve a la completa armonía y libertad como humanidad; dichoso el ser humano que se haya dado cuenta de que la respuesta está en aquella búsqueda que el individuo haga para y por sí mismo, y aunque se pudiera pensar que esto recalcaría el más grande de nuestros problemas hoy en día, el individualismo, no hay nada 80


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más incluyente para la humanidad que la espontaneidad y pureza de un ser libre y vacío en su totalidad, como la taza. Aunque voy a dejar en claro a lo que me refiero con la libertad del ser, en este momento quisiera más bien dar un paso hacia atrás, el mismo paso que deberíamos dar todos antes de intentar interiorizar. En otras palabras, antes de querer observar a través del espejo hay que limpiarlo, porque de otra manera es el yo condicionado que se intenta conocer a sí mismo y como colofón terminamos con nula ligereza de mente, y sí con más conclusiones de las que antes teníamos. Es por eso que primero tenemos que observar cómo nos está llevando la corriente, es decir, cuál es la realidad que estamos viviendo. ¿Qué es lo más importante en mi vida? ¿Cuáles son los miedos que condicionan mi libertad? ¿Qué mensaje comparto a través de mis acciones en el día a día? ¿Vivo con pasión? ¿A través de qué doy valor a mi vida? ¿Cómo me comunico con los demás? ¿Me he adaptado al modus vivendi por no salirme de un esquema o persigo mis sueños? ¿Mi conducta es contradictoria a mis más profundos anhelos? ¿Soy yo a través de mi persona la realidad que quisiera ver en el mundo? ¿Busco sólo beneficios personales, o me esfuerzo también para que mis congéneres disfruten la dulzura de mi arte? ¿Soy una persona a la cual dominan sus impulsos y emociones o ejemplifico las virtudes como la humildad y la paciencia? ¿Trabajo meramente por acumular dinero y prestigio o me esfuerzo a través de mis pasiones por compartir lo mejor de mí al resto de la humanidad? En fin. Primero tienes que observar con total sinceridad la corriente que te está llevando, es decir, examinar atentamente durante tus actividades cotidianas, y tu conducta, qué eres y quien eres hasta el día de hoy (me refiero en este momento meramente a la mente, al yo empírico, al ego). ¿Qué tipo de condicionamientos están guiando o limitando mi vida? ¿Me creo un ser humano completamente libre? Porque no se puede ser libre a medias, como el Amor, no se puede amar poquito, se ama o no; de igual manera, se es libre, o no. ¿Soy una persona que actúa con humildad, con inocencia y sin codicia? ¿Soy alguien quien ha supeditado el acumular a la generosidad? ¿Soy un artista o soy el producto de mis experiencias y por ende prisionero a mis cargas psicológicas y emocionales? ¿Soy una persona que ve cada momento como una posibilidad de explotar su potencial humano 81


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o estoy simplemente viviendo porque no tengo otra opción? Todo esto es parte esencial del trabajo de autoconocimiento que tenemos que realizar si queremos ser personas serias y responsables en esta vida, por eso, si no te das cuenta hoy de qué manera estás viviendo y qué mensaje comparte tu existencia al mundo, tu vida seguirá siendo guiada por ese pequeñísimo yo que no es más que un producto mecánico de segunda mano que se está llevando la corriente. Desenmascarar al ego, ese acto suicida para el yo empírico, es una experiencia muchas veces aterradora para la mente perezosa y conformista incapaz de cuestionar su vida. Es un proceso muchas veces complicado de asimilar ya que, curiosamente, ese mismo yo empírico se dará cuenta del personaje egocéntrico, enclenque y ficticio que él mismo ha vivificado a través de meras ideas y pensamientos influenciados por el entorno, las experiencias y la tradición; espero no se me mal interprete, no intento juzgar a nadie ya que nadie es esa mente. Sin embargo, esa mente que busca gozar de la vida a través de conceptos, va a defender a toda costa las ilusiones y los razonamientos que lleva arraigados en el subconsciente: se requiere de una tremenda energía y humildad para darse cuenta del personaje que gobierna nuestra vida y así empezar a des-identificarnos de él. No obstante, desde pequeños a nuestra mente se le enseñó a buscar respuestas a través de los sabios, de los grandes, de los maestros, de los textos, de lo ya establecido, de lo aceptable, de lo moral y éticamente bien visto, de los gurús, de la superstición y de las doctrinas, por lo tanto, es muy difícil para el código mental preprogramado sentir algún tipo de alivio (por lo menos al principio) a través de la autoobservación, a través de lo que es ajeno, fresco y nuevo. El ego está acostumbrado a buscar respuestas prometedoras y excitantes en la misma circunferencia que lo creó (sociedad, cultura, autoridades, doctrinas, etc.) y hoy en día existen un sin número de actividades, sistemas y maestros espirituales que ofrecen un consuelo fácil para evitar la exigente tarea de conocerse y ser completamente libres. El yoga, la meditación, las constelaciones, la hipnosis, el tantra, el reiki, la terapia magnética, la religión y una ingente cantidad de alternativas que tiene hoy el ser humano para aliviar y/o escapar superficialmente de sus conflictos internos y el desorden de vida que lleva, están más al alcance que nunca (de 82


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hecho se han convertido en la nueva industria) y nos atraen como el olor del pan recién horneado. No quiero decir con esto que las terapias alternativas, la religión, el yoga o la meditación sean algo fútil, sería una aseveración inconsciente y estulta de mi parte, más bien intento expresar la realidad de que casi siempre nos acercamos a estas prácticas paliativas buscando (consciente o inconscientemente) no solamente ceder la responsabilidad del trabajo más significativo y trascendental del ser humano a los textos, a la tradición, al método y a la autoridad, sino que también nos acercamos buscando una fácil escapatoria a la realidad que estamos viviendo; la realidad que nos hace falta observar para poder conocernos y darnos cuenta si nuestra relación con el mundo es hermosa y armoniosa como el mundo mismo o si nuestra existencia está siendo zarandeada por el capricho de los pensamientos, la inestabilidad de las emociones y por los conflictivos deseos del egocentrismo. A decir verdad, puede ser que encuentres en este tipo de terapias o prácticas cierto alivio físico y/o mental, pero al no confrontar de frente el problema por ti mismo, ese confort que encontramos en lo externo, en el sistema, en la práctica, en la repetición, en la nueva rutina, no vamos a encontrar jamás la completa libertad del ser. Estas prácticas nos hacen más bien dependientes a ellas y en lugar de vaciar la taza de nuestro yo, agregamos una nueva manera de interpretar la vida y muchas veces solamente cambiamos de personalidad, en lugar de liberarnos de ella; una nueva personalidad que nos parece más sublime que la anterior, por supuesto. Cada quien tiene la libertad de reconfortarse de la manera que le plazca, no tiene nada de malo, pero creo que sí tenemos la oportunidad de regocijar en la más bella expresión de vida de la cual somos ya parte, y conocer nuestro potencial humano, sería muy lamentable no hacerlo. El problema entonces no son las prácticas o la tradición, sino que queremos encontrar la solución, o la dichosa libertad, a través de la misma mente pesada, condicionada y ofuscada, de la cual emana la confusión; es, como se expresaría en el contexto coloquial, «pedirle peras al olmo». Es más que obvio que lo que nace de lo podrido no puede engendrar amor, lo que emana de lo corrompido no puede crear honestidad, lo que brota de la agonía no puede traer dicha y lo que viene de lo putrefacto no puede aflorar 83


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la esencia pura de la naturaleza del ser. En otras palabras, mientras el espejo siga sucio, podrás desviar tu mirada todo lo que quieras pero no podrás ver nunca tu vida y tu ser con la nítida claridad de la inocencia, por ende, tu potencial humano estará circunscrito a las limitaciones que has adquirido y que tú mismo te quieras ir agregando con: prácticas, métodos, sistemas, maestros o conclusiones sobre la vida. La armonía de un ser completamente libre depende del Amor y de la generosidad de la expresión de la vida, de la cual todos somos parte y nadie puede transmitir a través de palabras o conceptos, ya que sólo se puede vivenciar. Un ser libre es capaz de amar infinitamente ya que no puede existir la libertad sin el Amor y éste no es medible. Un ser libre tiene la sensibilidad absoluta de apreciar la pureza de cada ser y de cada acontecimiento sin fragmentar la completa belleza de la vida en interpretaciones personales. Un ser libre va más allá de su persona y más bien hace de su persona un artista que intenta, fallidamente, plasmar lo inexpresable a través de una actitud y un comportamiento humilde e incluyente, como lo es su relación con el mundo. Un ser evolucionado, como ha visto su condicionamiento, no rechaza ni acepta nada, ya que sabe que todo es parte del mismo juego de la mente: sólo escucha, aprende y comparte lo mejor de sí. Un ser evolucionado no busca respuestas ya que es capaz, a través de su inocente sensibilidad, fluir con el amor de cada instante y esa es la clave para regocijar en la ambrosía de nuestra existencia. Un ser enteramente libre no le tiene miedo a la muerte porque se ha dado cuenta de que para poder amar hay que morir a cada instante. Un ser libre depende solamente de ser, de existir, de la no acción para gozar del cielo que la mente casi siempre busca en el futuro inexistente. Este ser actúa a través de la pureza de uno de los misterios más grandes de la vida para el ser humano: la espontaneidad. ¿Qué harías en este momento si todos te dicen que nadie te puede ayudar? ¿Qué harías si tu gurú, tu líder espiritual, tu maestro o tu autoridad, te dice que no hay ningún tipo de práctica capaz de darte la paz que tanto anhelas? ¿Te quitarías la vida o dejarías de buscar? Que liberador sería lo segundo ya que te permitiría observarte tal y como eres, observar tu relación con el mundo tal y como es y, aunque no lo creas, esa es la única práctica que puede 84


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limpiar tu espejo. Lo más bonito de todo esto es que limpiar tu espejo no requiere de tiempo, de prácticas, de algún método o de algún sistema, sólo de vaciar la taza de tu mente y tu corazón: eso requiere sólo de un humilde instante. Una vez que sepas quién eres, qué eres y cómo vives, podrás practicar lo que quieras y todo será igual de bello. Medita, ve a la iglesia, vete a un monasterio budista, contempla, practica yoga, disfruta de cualquier terapia o método alternativo y verás que ya no serán ese medio para alcanzar el fin de realizarte, ya no serán ese confort momentáneo para la mente sino serán, como todo lo hermoso de la vida, un fin en sí, como lo debería ser cada momento de nuestra existencia. Ojalá que limpies tu espejo y te des cuenta de que la mente es un contenido que contiene al mismo individuo, por ende, el individuo no vive sino que es vivido a través del contenido y el poder observar eso es empezar a vivir, no a través de la ínfima experiencia de ti, de tu historia y de tu cuerpo, sino de la vida.

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El vacío potencial del ser ¿Por dónde entra el amor cuando está lleno tu ser? Así como la flor necesita espacio para brotar, el poeta el espacio de la hoja en blanco para componer y el músico el espacio del silencio para ser escuchado, así el Amor necesita de todo tu espacio para poder entrar y expresarse a través de tu persona. El ser evolucionado nos regala su inmenso espacio interior que exuda un brillo candoroso, no para sí, sino para la vida que lo rodea, al igual que lo hace el sol. La oquedad del ser es, en sí, el potencial humano, el potencial de amar infinitamente y de armonizar con todo lo que está a nuestro alcance, al igual que lo hace el sol. La vacuidad del ser es algo incomprensible para la mente, intentar razonar esta liberación de todo lo que está llena nuestra persona no es más que la antesala de la realidad, sin embargo, lo que se manifiesta a través de este vacío es la realidad más hermosa de la que puede ser parte el potencial del humilde, del sabio y del bondadoso. Es imperante vaciarnos de todo lo que consideramos personal, desmentir a esa «persona» que se cree dueña de nuestro espacio vital para que se pueda llenar ese grandilocuente vacío que no pertenece a nadie y, a la vez, que nos une a todos; en otras palabras, vaciar el contenido de tu persona para poder trascender. Es apodíctico el hecho de que al estar llena la mente y el corazón no hay espacio para que entre el inmenso volumen que ocupa el Amor. El estar vacío es la única manera también de fluir con la bella verdad de la vida, que no es para nada estática, como tampoco lo es la convección del sol; de otra manera, la saturación de la «persona» que vive en ti te alejará de la vida, con su estática pesadumbre. La vaciedad del ser es inconmensurablemente importante para descubrir el potencial humano ya que, curiosamente, la ligereza de no cargar con nada es lo que te permitirá fluir libremente haciendo brillar a otros corazones, como lo hace el sol.

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La meditación y los budas de piedra En una ocasión, un monje que había estado practicando meditación en silencio por más de 20 años en las montañas sagradas del Himalaya, decidió salir a buscar al gran Maestro budista de sus tiempos para adquirir la sabiduría que él sentía que aún le faltaba. «Maestro, por favor, permítame quedarme a su lado para aprender de usted, tengo más de 20 años meditando», le dijo. «¿Y qué has aprendido?», preguntó el Maestro. El monje se sentó en la posición de flor de loto y se perdió en su respiración. «¡Lárgate de aquí, este mundo ya no necesita más budas de piedra!», contestó el Maestro.

Así como pasó con el monje, las cosas más bellas de la vida, una de ellas, la meditación, se corrompen en el ser humano al relacionarlas con nombres místicos o hipotéticas experiencias trascendentales que supuestamente se pueden llegar a alcanzar. Esto incita a la imaginación, que a su vez induce al deseo individualista y entre más se agita esta imaginación fantasmagórica de que se logrará llegar a un estado de beatitud, más desvía la mente al corazón del ser humano de lo noble y verdadero, por ende, se abre paso a la invidencia y se agranda, aún más, el egoísmo. El conocimiento que puedas adquirir sobre «la meditación» es como el conocimiento del arquitecto que necesita para erigir una hermosa construcción: endeble ante cualquier capricho de la naturaleza, endeble como los budas de piedra. ¿Qué conocimiento o práctica se requieren para poder disfrutar de la fragancia de la flor, para amar a tu madre, para ser generoso, para compartir una sonrisa, para sentir empatía ante el dolor ajeno, para tender una mano? ¿Qué conocimiento requiere el árbol para compartirte su oxígeno? La verdadera meditación sólo germina en la bondad, en lo noble, en la inocencia, y no en la individualidad. Sin práctica alguna, una acción bondadosa lleva a tu mente a un silencio total sin que te des cuenta, para que te vuelvas parte de la hermosa expresión 89


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de la vida y de la natural corriente de la meditación, que no requiere de años de práctica. No la intentes buscar, es tan absurdo como buscar a la vida; estés consciente de su hermosa expresión o no, ya eres parte de ella. La meditación no se encuentra, ya que nunca estuvo perdida, más bien tu mente estuvo distraída esculpiendo un buda de piedra. Huelga decir que no tiene nada de malo disfrutar de la autohipnosis, relajación, distracción y/o entretenimiento que te pueda brindar esculpir al buda de piedra, pero si puedes regocijar en el elixir de la meditación, que es el elixir de la bondad y la ambrosía del Amor espontáneo, sería una tontería no hacerlo también. ¡Destruye ese buda de piedra y no tengas miedo de volverte nada! Es en la nada donde abunda la vida y la meditación.

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La muerte cuando da vida no hay muerte. No creo en la muerte, aunque muera a cada hora, he encontrado cada vez, una vida mejor. Angelus Silesius

Quisiera compartirles la dificultad más grande a la que se enfrenta el ser humano: el deterioro de la mente. Contrario a lo que se pudiera pensar, este deterioro no es causado por la edad, la enfermedad, o el estado senil del cuerpo; el deterioro de la mente, por vesá­ nica que parezca esta aseveración, es causado por no saber morir y este no saber corrompe la mente y obceca la vitalidad, la frescura y la pureza del ser; en otras palabras, deteriora nuestra existencia. No estoy hablando de la inmanente muerte biológica del cuerpo, que es parte de la bella dinámica de la vida, sino de la muerte que nos cristaliza y congela en nosotros la capacidad de fluir armoniosamente con la vida, que no puede estar nunca cristalizada ya que está siempre en constante movimiento. El «no saber» al que me refiero es el temor de dejar a un lado todo lo que hasta hoy has acumulado, el miedo a no ser nada, el pavor que tiene el yo empírico a dejar de existir, a dejar de ser importante y no valer. Hablo de la incapacidad de exhumar la sensibilidad que te permite estar presente, con lo que es, sin ese centro (la mente) que descifra y fragmenta la absoluta expresión de la vida a su conveniencia, o la mutila con su pesadumbre. La mente se va deteriorando al hacerse cada vez más pesada con todo lo que va acumulando día tras día, esto va aletargando la sublime ligereza que te permite ser flexible y espontáneo, como la vida. La pesadumbre del conocimiento te vuelve rígido y seco, como la planta al morir: la fragancia de la flor no se percibe cuando sus pétalos están ya marchitados. La mente va endureciendo nuestra existencia pues lo vuelve todo personal, te hace creer dueño de una «vida» que te horroriza 91


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dejar, por ende, te es imposible armonizar impersonalmente con el Universo. Una mente que se aferra a la vida de manera personal, jamás va a poder degustar la dulzura del vivir; no la intentes siquiera imaginar, sería como mostrarle los colores a un ciego. Entiendo que lo que estoy expresando es una utopía para la mente que se identifica con sus puntos de vista, ideas y pensamientos; así mismo, para esa mente es extremadamente difícil desenterrar la humildad del niño que llegó vacío y ligero al mundo, para volver a sonreír con la misma frescura. La muerte, aunque no lo creas, es mejor amiga del amor; si no sabes morir no puedes amar, si no sabes amar no eres un ser libre, si no eres completamente libre estás lleno de emociones y pensamientos con los que identificas inexorablemente tu existencia y, si esto ocurre en ti, estás muerto en vida: esto lo ha visto el sabio. El sabio no acumula y es amigo de la muerte. No se apega a su majestuosa obra, que es su propia vida, la deja morir y así su obra nunca muere, ni siquiera después del fallecimiento de su cuerpo. El sabio es como la abeja que poliniza la flor y se olvida de la fruta, su obra ha sido creada pero la dulzura que han engendrado la vida y su ser es para compartir y la deja ir, o más bien, se va con la vida. El ser humano noble y sensato que ha hecho de la muerte su fiel acompañante no tiene nada que perder y tampoco está interesado en acumular triunfos, por eso no tiene la necesidad de competir y el que no compite no conoce la derrota. Los seres humanos estamos habituados, debido a nuestro condicionamiento cultural, a ver a la muerte como ese paso trascendental en el que el ser se libera de toda la pesadumbre de este plano «físico» y «material»; dicho paso se puede dar todos los días: a cada momento se puede morir y, entonces, cada instante es un fresco renacer. Es menester andar ligeros como la muerte por la vida para fluir en unísono con la belleza de la misma, por eso una mente y un corazón llenos de «vida» no serán capaces nunca de coexistir con la vitalidad y el dinamismo de lo que se atreve a morir: tendrán que esperar a que la inmanente muerte biológica disgregue todo lo que la ignorancia, el miedo y la codicia no le permitieron hacer a un lado. Así que no te preocupes, tarde o temprano vas a fluir libremente con el vigor de la Vida, no tendrás opción pero, ¿para qué esperas? Mejor que sea hoy. 92


¿A dónde crees que ibas? ¡La muerte está cerca! ¿Pues a dónde crees que ibas? Deja tus maletas, no las podrás llevar a ningún lado. ¡Es una enfermedad terminal! ¿Por qué tanto lamento? ¿Qué no te habías dado cuenta de que la vida no dura sino un momento? ¡Me enfrento a la mortalidad! ¿Por qué tardaste tanto? Era más que obvio, desde el primer llanto. Pero al venir de la Nada, la mente se ha confundido al verse rodeada de tanto. ¡Oh desventura! ¿Qué te ha llegado de imprevisto? Te entiendo, la Nada aquí no puede ser vista. Lo que no me explico es ¿por qué tanta conmoción?, ¿no han proclamado desde siempre que aún vive Jesucristo? ¡Los voy a abandonar! Por favor, no te creas tan especial. En este mundo de formas ni siquiera una estrella es sustancial. Aquí ni él es primordial. ¡Ya te dije! Sólo la Nada es esencial. ¡Qué rápido se pasa la vida! ¿Por qué tan distraído? Seguramente fue el tiempo, a tu momento distorsionó y le dio otro sentido. Si hubieras estado vacío, al igual que la rosa, en su momento, habrías florecido.

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¡Aquí se acaba todo! ¿Explícame en dónde empezó tu camino temporal? Tú vienes de la Nada, ¡pudiste haberte hecho esencial!, sin embargo te creíste hombre y sufres más que un animal; ahora te despides, con tristeza crees que a otro lado vas. No te agobies hermano, ¡deberías celebrar! Tú vienes de la Nada, siempre serás esencial.

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La sabia comprensión El ser humano que comprende no se atreve a juzgar a otros, tampoco anda preocupado en cuán falsos compresores sean «los demás». Cuando nos enfocamos en las carencias de «los otros», en realidad es que no estamos verdaderamente interesados en comprender sino más bien en competir. Cuando competimos nos dejamos llevar por el mecanismo de la mente-social-cultural-educativa que sólo pugna contra otras mentes con el objetivo de sobresalir, no de unir. Este mecanismo tiene la nimia finalidad de ver quién es el que «tiene más comprensión» y, entonces, carecemos por completo de ella. El «sendero hacia la comprensión» no es colectivo, no es competitivo, no tiene que ver nada con la sociedad ni con el gremio ególatra, es más bien un asunto de honestidad con uno mismo. El sabio que comprende no está cercado por el halo de la «comprensión», tampoco se vanagloria a sí mismo o lo que cree haber vislumbrado. Se ha dado cuenta de la triste y divisoria pandemia humanitaria de «los que comprenden» y ha optado por una existencia, sin que él lo sepa, que lo expone como un conector de lo individual con la fuente de la vida El sabio que ha comprendido nunca intentará sumarte a su causa a través de la imposición de ideas o creencias, tampoco escucharás de su boca frases como: «Los que no comprenden», «Los que no saben», y mucho menos, «Yo conozco la verdad». Para el humilde, las individuales cualidades comprensivas son insignificantes ya que ve todo como algo perfectamente orquestado. Su conexión con la vida es incomprensible, invisible e inmaterial, sólo se deja llevar por la energía que lo impregna todo.

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Reavivando el poder del yoga Lamento enormemente, sobre todo al evidenciar la muy presente funesta división humanitaria, cómo hemos desfigurado el poder de algo tan bello como es el yoga al priorizar de este arte cierto número de prácticas físicas, respiratorias y de relajación (que de cierto modo realizan hasta los animales), envileciendo así su más sublime expresión. En el siglo vii a.C. los libros conocidos como Upanishads profundizaron en la palabra «yoga», que viene del sánscrito y se refiere a la infinita unidad del ser con el universo, como un estilo de vida que a través de la acción, la sabiduría y el autoconocimiento se sacrificaría al ego, abriendo así la puerta a la evolución de la consciencia del ser humano para establecer relaciones honestas y compasivas con nuestros congéneres y con la Vida. Alrededor del siglo iv d.C., Patanjali, considerado el padre del yoga, estableció las bases de este estilo de vida, sin las cuales, la expresión unificadora del yoga es menoscabada a un sendero individualista que acarrea consigo la deplorable división humana. Las bases del yoga son: la no violencia (en todas sus formas), el respeto a la vida, no robar, la honestidad (contigo y en tu relación con el mundo), el desapego, no acaparar, la mesura, pureza en las acciones y en el cuerpo, disciplina en la vida, el autoconocimiento y el rendirse ante el Amor y a la sabiduría universal. Ejemplificar las bases del yoga en nuestro comportamiento cotidiano es vivificar esa unión humana y universal de la cual estamos ávidos. Si careces de estas firmes bases en tu práctica del yoga, y de la vida, edificarás sólo la endeble estructura producto de una intención individual, carente de la unión. Una vez que hayas aplicado en tu vida la belleza de estas bases, no importa qué tipo de prácticas lleves a cabo para mejorar tu salud mental, física y/o espiritual, ya que antes de ser un practicante de yoga, serás un gran ser humano.

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El despertar del ser Desde tiempos inmemoriales, los sabios, o muchas veces los llamados místicos, han expresado inequívocamente el hecho de que la humanidad está casi siempre «viviendo» en un estado de conciencia muy lejos de ser el óptimo (aparte de que es destructor, divisorio y nebuloso). Aducen que el ser humano vive en un «sueño» al no haber descubierto su potencial y su entrañable relación con la Vida; es por eso que este «sueño», que ofusca por completo la inocente sensibilidad de nuestra natural esencia, nos hace prisioneros de la mente, que va consumiendo y deformando nuestra percepción de manera inadvertida pues, ¿quién se da cuenta de que está soñando, sino hasta que ha despertado? Si no sabes que no sabes, creerás saber. Resulta muy difícil, si no es que inasequible, poder darnos cuenta del estado actual de consciencia maculado en el que estamos viviendo cuando es el único estado que conocemos. ¿Cómo puedes reconocer un estilo de vida absoluta y libremente generosa cuando has estado inmiscuido en los miedos del «yo» y sus necesidades? El despertar del ser no es algo novedoso en ninguna de las culturas o religiones alrededor del mundo; desde la era de Lao-Tzu hasta los recientes tiempos de Jiddu Krishnamurti, todos los seres que han evolucionado mencionan y ejemplifican en el mensaje de sus vidas la inexpresable unión de la cual todos somos parte, que es siempre desfigurada por la mente. En la religión cristiana han existido varios místicos como San Juan de la Cruz o Pseudo Dionisio Areopagita, que tuvieron que morir a la mente y al conocimiento teológico acumulado para regocijar en la inefable unión con lo divino. En la religión musulmana se han encontrado sufís conspicuos como Shams Tabrizi (que de hecho fue mentor del poeta Rumi) que describían el sufismo como «una realidad sin nombre»; de igual manera, este despertar es expresado alrededor del mundo con diferentes nombres como lo son: el samadhi, nirvana, iluminación, satori, moksha, bodhi, salvación, y/o liberación.

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Palabras vivas para un yo más humano

Sin embargo, creo que el nombre que le demos al despertar del ser carece de importancia, ya que es algo que se tiene que vivenciar y sobre todo manifestar. A pesar de que ha sido descrito en múltiples maneras por las diferentes doctrinas y enfoques, todos concuerdan en que el despertar es un estado de consciencia soteriológico común, incluyente, natural, compasivo y perdurable. El despertar es desenterrar la sensibilidad del ser, que ha obcecado la mente. El despertar te permite participar con cadencia en la expresión de Vida dejando a un lado al «yo» para poder observar sin los ojos del ego, eso es evolucionar. El ser iluminado sabe morir a sus puntos de vista, que son una «verdad» cerrada, y abre su corazón para ser parte de la verdad abierta del descubrimiento. El mensaje de Vida del ser que ha despertado no necesita palabras ya que casi siempre nos confunden, y si las dice, intenta compartir una misiva que pueda ser apreciada por todos los corazones del planeta; el sabio no divide a la humanidad con su mensaje o circunscribe la hermosa expresión de lo divino al limitarlo en creencias, culturas o tradiciones. Para el ser humano que ha despertado, todos los seres vivos son igual de grandes e importantes, lo que crean o practiquen cada uno de ellos es insignificante ya que ha visto que somos una misma consciencia o, en términos más sencillos, una misma comunidad que conforma el planeta: sólo ve por el beneficio de todos sin relegar a nadie ni a nada. El ser que ha despertado de la ilusión individualista y sus embrollos no discrimina, no se siente superior pero tampoco inferior a nada y ahí radica su humildad. Se sabe parte del todo, ha visto que su función en la expresión viva de la naturaleza es tan importante como la del sol o como la de una mosca, por eso respeta todas las formas de vida. Es un ser que ha sustituido el «yo deseo» que nos divide y nos hace perder energía con perseguimientos unilaterales, por el «yo puedo» que nos hace más bien compatibles con nuestros congéneres y con todo nuestro planeta, sin menospreciar las formas de vida que para el ego suelen tener menos importancia en el orden universal: como las plantas, los animales, las piedras, el agua, etc. El ser iluminado ejecuta su función después de haber despejado la mente y abierto el corazón (descubrir el potencial humano) haciendo que resuene el mensaje de su vida con la misma melódica ale100


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gría con la que trinan los pajaritos indiscriminadamente. El corazón del ser que ha despertado canta y canta también su vida, no importa si es padre de familia, carpintero, albañil, profesor, yogui o doctor: es un ser que fluye en unísono con la armonía con la que anda la Vida. No busca, no compite, no necesita; se dedica a compartir y así, sin que él lo sepa, se vuelve grande entre los grandes, ejemplo entre los buenos, brillante entre las estrellas y sabio entre los nobles. Tengo que admitir que llegó un momento en mi vida en el que dudé, no creí que existían seres absolutamente nobles, sabios e incluyentes. Tengo que agradecer a la Vida porque me mostró el ejemplo de su más sublime expresión a través de algunos seres humanos que he conocido. De igual manera, no me tuvo que mostrar nada la Vida, ya que era culpa mía el permitir que mi mente y mi corazón compararan, buscaran, escudriñaran, criticaran, y eso me impedía ver el ser despierto que hay en cada persona; lo supieran o no, lo ejemplificasen o no. Así mismo, hay seres vivos que nos muestran con su incansable ejemplo cotidiano el arte del despertar y no lo vemos. Me refiero a los árboles compartiéndonos incesantemente su Amor a través del oxígeno, cumpliendo así su función. Me refiero al aire que fluye por todas partes sin apegarse a nada, así nos enseña y cumple su función. Me refiero a las flores que nos comparten su fragancia hasta que marchitan sus pétalos, así nos muestran y cumplen su función. Me refiero al sol que te comparte su brillo con la misma intensidad todos los días, sin preguntarte si tú también lo haces, así demuestra como resplandece la grandeza de la humildad, te guía y cumple su función. Aludo de igual manera a la espontánea sonrisa de un bebé que no te juzga, que no te quiere enseñar nada, que sin que él lo sepa, te comparte todo su Amor, así te alecciona y cumple su función. En fin, la Vida no se cansa de compartir su sabiduría con nosotros. El ser que ha despertado a la ilusión de ser el centro, dueño de una vida, cumple la hermosa función del cuerpo al verlo como ese vehículo capaz de inspirar, amar, respetar, guiar, comprender y compartir; de esta manera cumple su función y no busca nada a cambio ya que se deja llevar por la inteligencia universal que hace que todo ocurra. El ser que ha despertado acoge al «mal» que aterra a la mente, el mal del no saber y, así, no sabiendo por qué, ama infinitamente. 101


Un mensaje necesario La ilusión fundamental de la humanidad es suponer que yo estoy aquí, y tú estás allá. Yasutani Roshi

Es entendible que el ser humano se identifique totalmente con el plano de existencia en el que creció y con el que se relacionó; también es comprensible, en cierta medida, que deseche cualquier experiencia que no sea congruente con el entorno socio-cultural-educativo-religioso en el que se desenvolvió; no obstante, lo que es inconcebible es que después de miles de años de condicionamiento divisorio (naciones, banderas, religiones, sistemas políticos, creencias, etc.), el ser humano insista en mejorar al mundo a través de la exclusiva «verdad» del contexto que conoce. Estamos ávidos de un mensaje humanista de paz; no sé si te has dado cuenta de que hoy en día hay más de siete billones de personas, en otras palabras, siete billones de «verdades». Intentar imponer tu verdad, por más bienaventurada que te parezca y por más noble que creas tu causa: es participar violentamente en el infortunio de la división. Mientras el ser humano no se atreva a ir más allá de la constelación de pensamientos con los que se identifica, que representan una realidad limitada, seguiremos promoviendo el desmembramiento humano y todo lo que conlleva; sólo a través de una mente y un corazón con horizontes ecuménicos se podrá compartir un mensaje verdaderamente humano. El mensaje a la coexistencia humanitaria no necesita verdades ni opiniones, ¿qué Verdad más bella que la Vida? El mensajero que une a los seres humanos requiere sólo de un corazón completamente libre (espontáneo, fresco, imparcial, inocente), de un corazón que nos aporte un mensaje impersonal de humildad que esté por encima de todo conocimiento personal; un mensaje de 103


Palabras vivas para un yo más humano

Amor que carezca de opinión (y de razón) y una misiva librada de la divisoria idiosincrasia que no va más allá del carácter «colectivo» de nuestro minúsculo entorno.

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La danza mística He aquí la vivencia más profunda y real, cuando se abarca vivencialmente la totalidad de la existencia, poniendo fin a la polaridad. He aquí la fallida expresión de la trascendente Verdad, vislumbrada cuando la «vida» y la «muerte» dejan de ser en la mente, complicidad. El comienzo de la danza es el mismo que su fin, no tanto así para el hombre, que hace de la «vida» y la «muerte», una distinción tan jocosa, como el acto del arlequín. Venturoso pues el sabio, que se funde en la ignorancia, disfrutando de la danza, y el baile del querubín. ¿Cómo elucidar esta danza, que es nuestra prístina esencia? Intentar hacerlo es entrar al laberinto sin salida de la mundana resistencia, alejándonos pues, del estado supremo de consciencia. La aproximación simbólica y la comunicación verbal son la fracasada osadía para referirse a la infinita y mística danza astral. La luz no se sabe luz e ilumina todo, el agua no se sabe agua y toma todas las formas, el Universo no se sabe nada y todo reside en él. El ser humano que en su conocimiento se eleva, se aleja del ritmo de la danza. Fausto es el humilde, que al desconocimiento se rebaja, y es para los demás corazones la más hermosa esperanza. En las tinieblas de lo desconocido, más que en la claridad de la luminosidad, es en donde puede nuestra consciencia ser parte de la danza cósmica de sincronicidad. 105


Palabras vivas para un yo más humano

La danza, fuente del Amor, es un eterno presente. ¿Qué impide pues que valsemos hoy y pretendernos ausentes? ¡Dancemos pues libremente! Sin la norma ni la forma, para que entre el Amor al baile está siempre afuera, la más bella alfombra.

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En estos días En estos días, duros de andar, no como esa beata consciencia, sino como el más simple y mundano de los humanos, me doy cuenta, en estos días, de que padece mi humanidad, y soy también, parte del padecimiento. El padecimiento, por efímero, y de cierto modo insignificante para la numinosidad, es muy palpable y funesto para mi terrenal humanidad. Tal parece que unos padecen y otros se sienten ya liberados, pero en aras de la libertad, no nos podemos apartar, somos todos parte de la misma humanidad o ¿acaso se puede separar la hoja del árbol sin que ésta se marchite? El árbol es uno, desde el fruto hasta la raíz. Mi humanidad, en estos días, vive, no vive. Sobrelleva apenas las desgracias del vivir y tal parece que no sabemos de qué manera se puede vivir. Al voltear a ver a mis congéneres, embrollados en la prisa de la cotidianidad, enmarañados en la preocupación de no tener lo suficiente, exhaustos física y mentalmente por cumplir con las demandas de la vida (que por cierto, no son de la vida), limitados aún, a pesar de tantos «avances», por los estímulos básicos del miedo, de la recompensa, de las presiones sociales, y de lo superfluo, me pregunto, ¿eso es vivir?, ¿esa es la vida que se merece mi humanidad? ¿Quién se atreve entonces a proclamarse liberado, en estos días? ¿Quién tiene la osadía de hablar de Amor, olvidándose de la responsabilidad que esa palabra conlleva? ¿Cómo nos atrevemos a llamarnos «seres humanos»? Si mientras yo esté «bien», que se las arregle el mendigo, el desahuciado y el que está perdido. 107


Palabras vivas para un yo más humano

En estos días, duros de andar, el trasunto de vida del que padece mi humanidad se puede palpar en el presidio de la conformidad, en las miradas llenas de fe pero carentes de vida, en los que no nos damos cuenta de que nunca vamos a tener suficiente de lo que no necesitamos para disfrutar la vida. Es menester pues, en estos días, que esos agraciados corazones que pregonan y ensalzan la vida, el amor y la libertad, no se olviden de los otros, que también poblamos su mundo. Sin embargo, no os preocupéis tanto que, estos días, también pasarán. Ya el sabio se ha dado cuenta y, mientras tanto, endulza su vida sin rechazar, al resto de la humanidad.

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Por ella, me convertí en regalo Tantos regalos me ha dado la Vida, que para estar menos adeudado, me entregué a Ella. Dejé de buscar sólo cosas a mi favor, intentando crear juntos un generoso intercambio de Amor. Pero aun así me sentía endeudado, no sabía que obsequiarle. Le dije: «Toma lo que has creado». ¿Qué otra cosa podría yo darle? Desde entonces Ella se encarga de mi destino, ya no sé para dónde voy; dejé de preocuparme por el camino y por resolver el complicado acertijo de lo que soy. Me creía yo un ser humano pero, para reducir mi deuda, me convertí en regalo.

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Relato de un colibrí que sólo quería volar ¡No me lo van a creer! Aun estando en el monasterio, pude ver cómo el monje se olvidaba de acariciar el amanecer. No voy a mencionar su nombre, por respeto a la Vida y a su persona. Pero recuerdo vívidamente como el gran maestro nos decía: «Estén precavidos, que el mundo se desmorona». El recuerdo me hace sentir compungido y aunque de los amaneceres intento ya no estar tan distraído, me pregunto: «¿Cómo es que el miedo me extravió entre la sombra de otro individuo?». ¡Imposible olvidar las noches de mi monástico estadío! La sala repleta de monjes, monjas, la estatua del Buda, y un mexicano perdido. Todos sentados en silencio, esperando la llegada del iluminado. Su andar, su indumentaria y su lamento holgado nos hacían despedirnos del día, no con una sonrisa sino con el corazón frustrado. ¡Esto no es un cuento! La mismísima Vida estuvo ahí, a mi lado. Hasta hoy, la luz del amanecer me permitió observar: éramos sólo un montón de mentes tratando de despertar, y así, el mundo que nos rodeaba poder alegrar. Aunque yo sólo adquirí un mensaje: «Tu triste existencia está próxima a terminar». 111


Palabras vivas para un yo más humano

Me hizo recordar mi paso por las iglesias: «Naciste con un pecado, y es fatídica la consecuencia». Decía el maestro vestido de blanco sin advertencia, ignorando que obcecaba a esos seres libres a una «vida» de innecesaria penitencia. Pero el maestro de blanco tenía que seguir el guion y prometer lo que el séquito de colibríes enjaulados llamaba la «salvación». Para mí fue lúgubre la situación, pero era más que claro: el maestro tenía que seguir respetando la religión. Como dándome un golpe en la cabeza, quise borrar toda esa información. ¿Qué más daba ya? Al parecer, todos los maestros me habían condenado a la tradición. Me adentré en un jardín, a descansar, por supuesto. Se me acercó un colibrí que volaba despreocupado, al cual le pregunté: «¿Pues que a ti nadie del fin del mundo te ha hablado?». Los colores del jardín brillaban a mi alrededor: «¡¿Cómo es posible que compartas tanta belleza?! ¿Qué no sabes, naturaleza, que está a punto de pasar lo peor?». Pero nada parecía escucharme, mucho menos la fragancia de la flor. Y a pesar de que mi triste mundo se estaba desmoronando, parecía que la abeja era ajena a él, pues ella seguía, con gusto, polinizando. «¿De dónde exhumas jardín, tantos colores, tanta alegría y tanta compasión? Los maestros más sabios de este planeta me hablaron sólo del doloroso camino hacia la salvación». Sin embargo, nunca hubo contestación.

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Fredo Velázquez

«¡Permíteme ser parte de este mundo!», le rogué al jardín. «Te prometo que de tu armonía, tu fragancia y tus colores, seré el más grande paladín». Desde entonces cada amanecer es un festín, ¡por mí que se acabe el mundo! Yo ya soy un colibrí.

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Sobre el autor Fredo Velázquez Rodríguez se considera a sí mismo un hombre joven con suerte. Desde muy temprana edad en su vida se hicieron presentes la bienaventuranza y los desafíos que lo invitaban ya en su niñez a cuestionamientos sobre el sufrimiento y el camino que lleva a los seres humanos a una vida de paz y de Amor. Al principio, por decisión de su familia y del entorno social y cultural, fue un fiel cristiano y, aunque hasta la fecha honra el amor incondicional y muchas otras grandes enseñanzas de Jesús hacia la humanidad, el cristianismo y la cultura mexicana no parecían responder sus profundas incógnitas sobre la vida. Eso produjo en él una intensa inquietud de ver a primera mano más allá de sus fronteras que otras verdades existían en las diferentes culturas y creencias alrededor del mundo y qué camino era el más asequible y honesto que nos diera esa libertad y armonía que el ser humano busca durante su vida. La inherente curiosidad de Fredo de quererse enriquecer de lo más hermoso de la vida, algunas veces por liberarse él mismo de la pesadumbre de sus desafíos personales y otras por el innato humanismo que siempre llevó dentro que descubriría hasta tiempo después, lo hicieron recorrer e inmiscuirse por más de 10 años, de los 30 que hasta hoy ha disfrutado, de la riqueza de distintas culturas, credos, tradiciones y estilos de ver y vivir la vida alrededor del mundo. La vida y su obstinada búsqueda lo llevaron a vivir en países musulmanes y a respetar sus costumbres, a rezar a Allah en el Sahara con la misma devoción con la que rezaba a Jesús en la Catedral de Morelia; a participar en las danzas de la cultura Masai en la selva del continente africano y a aprender de ellos la sublime y necesaria interacción del hombre con la naturaleza; a prestigiar al ganado y las antiguas costumbres de los Wayús (aborígenes de la península de La Guajira entre Colombia y Venezuela); a agradecer a la vida e inspirarse con la generosidad de la tierra a través de los hermosos paisajes de la Patagonia; a vivir en comunidades Judías por más de cuatro años; a orar y contemplar en los lugares 115


Palabras vivas para un yo más humano

sagrados alrededor del mundo como el Himalaya, el santuario de Lourdes y el Vaticano; a danzar y cantar con el grupo de la consciencia de Krishna en varias partes del mundo; a tomar cursos intensivos de yoga en la India; a visitar un sin número de templos budistas e hinduistas en Asia para meditar y escuchar el mensaje de innumerables monjes y gurús; y a vivir en la depauperación total como indigente en las calles del Este de Europa y a gozar en algunos momentos también de la abundancia de los bienes materiales. Llegó un momento en la vida de Fredo en que las presiones sociales, monetarias y sobre todo de mostrar una imagen al mundo de un triunfador, lo llevaron a trabajar en una de sus pasiones, que es la producción de hortalizas en invernaderos, y esa suerte que lo acompañó siempre en cada rincón del mundo: le brindó en Francia la oportunidad de ser responsable general de una de las empresas más importantes del mundo en producción de tomate en invernaderos. ¿Cómo? Ni él mismo lo sabe responder, sin embargo, el humanismo que llevó siempre dentro de sí pisoteó nuevamente la importancia del statu quo del ego y se empezó a manifestar en él al preocuparse por la vida y el bienestar de sus más de 100 subordinados, por lo cual, inconscientemente dejaba a un lado lo que daba vida a la empresa, que era la producción de tomates, por lo que mejor daba una vida digna a sus empleados. Esta experiencia le causó un conflicto interior muy grande que, por una parte, le decía que tenía que ser una persona “exitosa” y por otro lado que él estaba hecho para otras cosas y tenía que seguir a su corazón y no a las presiones sociales. Al final tomó la decisión de irse a Tailandia a vivir en un monasterio, ya que había dedicado mucho tiempo a observar la vida de las culturas y sus tradiciones pero se había olvidado de interiorizar y ese era otro mundo que quería descubrir a través del silencio y la meditación. Vivió casi un año en un centro de meditación y monasterio en la selva al Este de Tailandia, a un kilómetro de Laos, y estuvo a punto de tomar la decisión de llevar una vida monástica pero nuevamente la vida le recordó, esta vez a través de otras personas que ahí conoció, que su trabajo como humanista estaba afuera, que tenía que florecer en medio de la decadencia social y humanista, de igual manera que la flor de loto lo hace en medio de las aguas negras. 116


Fredo Velázquez

Hoy Fredo ha creado junto con otras personas un proyecto humanista en Tailandia, Never End Peace and Love, que está creciendo poco a poco pero con pasos firmes. Este proyecto tiene como objetivo enriquecer y hacer brillar a los corazones de las personas compartiendo lo que es para Fredo el verdadero éxito en la vida: el descubrir nuestro potencial humano. A través de impulsar el autoconocimiento, la interacción con la naturaleza y algunas otras prácticas que nos ayudan al bienestar en general, espera poder exhumar la inocencia del corazón de las personas. Cabe mencionar que Fredo se siente compungido al darse cuenta de que el desarrollo humano y la espiritualidad (en muchos casos) se han convertido en un negocio y mucha gente se aprovecha del sufrimiento de las personas para lucrar, razón por la cual este proyecto es sin finalidad de lucro. Fredo tiene la intención de compartir un mensaje incluyente a través del arte de la escritura que los seres humanos, en cualquier parte del mundo, puedan disfrutar, el cual vaya más allá de creencias, tradiciones o puntos de vista, los cuales muchas veces sólo nos dividen como humanidad. A través de la escritura pretende expresar lo que él llama palabras vivas, las cuales aduce que pueden engendrar, si lo permite la humildad del lector, acciones de bondad, compasión, generosidad y Amor: justo el tipo de acciones que Fredo asegura son incluyentes y nos hacen más humanos.

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Palabras vivas para un yo más humano se terminó de imprimir en noviembre de mmxvi, en los talleres gráficos de

en la ciudad de Morelia, Michoacán, México, con un tiraje de 300 ejemplares. La edición estuvo al cuidado de Miguel Ángel García, Cristina Barragán y el autor.


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Palabras vivas para un yo más humano  

Quisiera compartir al lector que nada de lo que valga la pena rescatar de este libro, o del poco o mucho Amor que logre usted recibir a trav...

Palabras vivas para un yo más humano  

Quisiera compartir al lector que nada de lo que valga la pena rescatar de este libro, o del poco o mucho Amor que logre usted recibir a trav...

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