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Un viaje interior, publicado http://marcandoelpolo.com

por

Juan

Caldaroni

y

Daniela

Elias,

Primera publicación: Diciembre 2014. Ilustraciones por Paula Vázquez www.about.me/paulavazquezDCV Copyright © Juan Caldaroni y Daniela Elias, 2014. Todos los derechos reservados. Para más información marcandoelpolo@gmail.com

y

consultas,

podés

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escribirnos

a


En los últimos seis años nos encontramos diciendo “gracias” más veces que en los primeros veinte de nuestras vidas. Todos los días agradecemos a alguien por cruzarse en nuestro camino y dejarnos su legado, que nos va construyendo como personas. Es la primer palabra que aprendemos de cada idioma y la que por repetición, nunca olvidamos. Este gracias es uno especial, porque es para vos, que te volviste parte de este proyecto de vida y nos permitiste a nosotros ser parte del tuyo. Hemos conocido muchos viajeros de corazón que no pueden desplegar sus alas por oposición familiar, y es ahí cuando más notamos la importancia de tener el respaldo de nuestros seres queridos. Por eso les agradecemos a ustedes, nuestros familiares, que nos apoyan desde el primer día con la misma fuerza, para que siempre los sintamos cerca. Gracias a todos los que se dieron cuenta que el viaje más importante de nuestras vidas no empieza en un aeropuerto, sino en nuestro interior. Gracias a la vida, que me ha dado tanto Me ha dado la marcha, de mis pies cansados Con ellos anduve, ciudades y charcos Playas y desiertos, montañas y llanos Y la casa tuya, tu calle y tu patio. Violeta Parra

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Mucho debatimos acerca de cuánto debería costar este proyecto que con tanto amor nació. Al principio habíamos quedado en que costaría USD 10, no por algún calculo que habíamos hecho, sino porque eso es lo que muchos de los e-books que leímos nos costaron. En los días de trabajo intenso, la mayoría en los meses previos a publicarlo, nos dieron ganas de ponerlo a USD 100, pero cuando nos relajábamos nos dábamos cuenta que se nos había ido un poco la mano. El debate siguió por mucho tiempo, sin encontrar un precio que justificara lo que “Un viaje interior” significa para nosotros, y esperamos signifique para vos. Un día, en Corea, mientras armábamos el puestito con postales a donación de nuestro viaje, se nos ocurrió que deberíamos hacer lo mismo con el libro. Notamos que a la gente le gustaba mucho el sistema, porque no sólo se llevaba una linda foto, sino que al dejar una donación se transformaban en parte del viaje. Pensamos que sería justo, pero también dudamos, creyendo que así daríamos pie a que algunas personas minimizaran el trabajo que hubo detrás, cuando la realidad es que no sólo le dedicamos incontables horas, sino que también invertimos en ilustración, para que la tapa y portada de cada capítulo quedaran como las imaginábamos. Después de meditarlo con nuestras voces interiores, decidimos no ponerle un precio fijo, porque cada vez nos convencemos más de que podemos confiar en la gente, de que son muchas más las personas con buena voluntad de lo que creíamos. Así, no sólo nos ahorramos el amargo sabor de ponerle un precio a este trabajo, sino que lo hacemos disponible para que todos los que quieran puedan tenerlo, colaborando con lo que sientan o puedan. Es el entusiasmo de la gente como vos lo que nos permite seguir viajando; y no hablamos únicamente de una ayuda económica, sino de aquellos que nos levantan mientras viajamos a dedo, los que nos abren las puertas de sus casas o los que nos dan sus palabras de aliento a la distancia. Si estás leyendo este libro porque alguien te lo pasó, no te sientas culpable, tranquilo. Leélo, disfrutalo y dormí con él si se convirtió en tu nuevo amor. Lo – 5


que más queremos es que “Un viaje interior” sea un compañero más en tu viaje, como la mochila que nunca te abandona o las sandalias que vas a usar hasta dejar sin suela. Si después de leerlo, sentís que vos también podés colaborar como lo hizo ese viajero que te lo pasó, siempre podés hacerlo a través de marcandoelpolo.com o contactándote directamente con nosotros en marcandoelpolo@gmail.com, y así ser un eslabón más para que futuros libros sean posibles.

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Este libro está dedicado a todo aquel que sueña con los ojos abiertos…

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Querés viajar. Viajás en poesías, viajás con una canción. Leés un libro y te da un empujón, pero todavía no encontrás la fuerza para remontar vuelo. Te invaden miles de preguntas que intentás responder con una guía de viaje, pero seguís sin entender cómo puede ser que no encuentres ahí todas tus respuestas. Tu corazón y tu mente hacen interferencia, así que tratás de ponerlos en la misma sintonía mientras buscás la manera de organizar tu vida para poder salir a la ruta. Las voces interiores te quieren cantar una canción, pero el ruido de los gritos exteriores te impide escucharla. Si tenés este libro en tus manos es porque te diste cuenta que necesitás un cambio, así que ya diste un gran paso. Fueron muchos los que durante todo este tiempo nos dijeron que hay que pedir permiso para tomarse vacaciones, y que un título vale más que los conocimientos. Que la vida está hecha para ser disfrutada los fines de semana, mientras de lunes a viernes tenemos que resignarnos a hacer algo que no nos gusta. Que salirse de la rutina equivale a estar perdido en la vida, sin un rumbo fijo, sólo porque intentamos borrarnos el código de barras que el sistema se encargó de tatuarnos en nuestra piel cuando nacimos. Que los problemas se solucionan en el psicólogo, y que las enfermedades son causa de nuestros descuidos, cuando en realidad no nos quieren dejar ver que el cuerpo es sabio y busca la manera de hacernos notar que hay algunos engranajes que no están permitiendo que la película de nuestra vida se proyecte con todo su esplendor. Que esas enfermedades se curan con medicamentos, cuando la solución la mayoría de las veces es, simplemente, sacar de nuestra vida eso que tanto daño nos hace. Nos hicieron creer que la apariencia es más importante que la esencia, y que las cosas que más felicidad pueden traernos en esta vida son las que tienen el precio más alto.

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Y lo peor, es que compramos. Pero llegó el día en que te cansaste de comprar, en el que te diste cuenta que si querías un cambio en tu vida tenías que dejar de hacer siempre lo mismo. Esa voz interna fue madurando hasta hoy, que ya no se puede callar. Quizás todavía tiene miedo de salir, pero vos bien sabés que está ahí, porque te habla todos los días, cada vez más seguido y más fuerte. A veces te da miedo escucharla, porque cuando empieza, no para. Pero hagamos una cosa, ahora que estamos entre nosotros, dejala que hable. No está mal tener miedo, porque el miedo viene con el cambio; es la alarma que nos da el cuerpo para anunciarnos que estamos dejando nuestra zona de confort. Y un día te fuiste de viaje. Atrás quedaron las dudas que te aferraban a la seguridad que brindaba el muelle. Se cortaron las amarras y quizás sientas que estás en una balsa en medio de una tormenta, pero creénos, ya diste el paso más importante. Viajar puede ser glamoroso, divertido, exótico, y hasta curativo... pero lo más importante es que cada viaje largo es una pequeña revolución. No, el mundo no va a cambiar porque vos viajes, pero vos sí lo vas a hacer. De ese viaje va a volver una persona más culta, tolerante, abierta y hospitalaria, con argumentos de sobra para influenciar a los que, como vos hasta hace un tiempo, quieren dejar de comprar lo que les están vendiendo pero no saben con qué reemplazarlo. Y gracias a vos, esa persona viaja, se revoluciona y vuelve. Y cada vez somos más haciendo un cambio, pequeño tal vez, pero indispensable. Sólo perdiendo de vista la costa se descubren nuevas tierras. Empezá hoy tu revolución. Dá el primer paso en tu viaje interior.

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A lo largo de “Un viaje interior” te daremos todos nuestros consejos y palabras motivadoras para ayudarte en el viaje que decidiste emprender, o a tomar la decisión que tanto te cuesta. Si tenés este libro es porque querés viajar. Lo que leas podrá inspirarte, pero ninguna frase, ni ningún consejo, será suficiente si el cambio no empieza por vos mismo. Algo tiene que nacer desde adentro tuyo para complementar las palabras, porque la inspiración no alcanza cuando no lleva a la acción. “Un viaje interior” podrá ayudarte a despejar dudas, a superar miedos y hasta a elegir un destino, pero no esperes que le ponga fecha de comienzo a tu aventura, porque es ahí donde ya no podrá acompañarte. Tu futuro tiene un solo piloto, y ese sos vos, no desaproveches la oportunidad. Todo lo que viene a continuación puede cambiar el rumbo de tu vida. No digas que no te avisamos…

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Información del libro: ..................................................................................... 3 Agradecimientos ............................................................................................. 4 ¿Por qué a donación? ..................................................................................... 5 Carta para todo aquel que esté por emprender un viaje, un viaje interior: .... 8 Advertencia .................................................................................................. 10 Capítulo 1: ....................................................................................................... 14 ¿Vivir o sobrevivir? ....................................................................................... 15 Acción y reacción .......................................................................................... 20 Tu trabajo y vos ............................................................................................ 23 ¿Cuánto vale tu libertad? .............................................................................. 24 Tan arriesgado como trabajar en Ford .......................................................... 26 El modelo japonés (¿Hasta cuándo te vas a preparar?) ................................ 27 La pregunta del millón: ¿Le harías esto a tu sueño? ..................................... 28 ¿Por qué y para qué trabajás? ...................................................................... 30 Salir del “Factory mode” ............................................................................... 32 ¿Tu vida o la de los demás? .......................................................................... 34 Aprendiendo a nadar en una oficina ............................................................. 38 Él es mejor que yo ........................................................................................ 39 ¿Tu cerebro ya aprendió este truco? ............................................................ 40 La diferencia entre los que pueden y los que no ........................................... 40 Los miedos y los viajes: enemigos íntimos .................................................... 43 Ser mujer, ser viajera, ser mochilera ............................................................. 53 ¿Por qué viajar? ............................................................................................ 59 Capítulo 2: ....................................................................................................... 63 Comunicar tu idea a los demás ..................................................................... 64

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Renunciando a tu trabajo ............................................................................. 66 ¿Por dónde empiezo? ................................................................................... 69 Encontrando tu destino ................................................................................ 71 ¿Cuánta plata necesito?................................................................................ 73 Cómo ahorrar para viajar .............................................................................. 75 Visados (o esos malditos papeles que traban nuestro camino) ..................... 77 Alojamiento .................................................................................................. 80 Transporte .................................................................................................... 87 ¿Cuántos idiomas tengo que hablar para viajar? .......................................... 92 Mi casa en una mochila ................................................................................ 95 Cómo lidiar con las dudas de último minuto ............................................... 100 Capítulo 3: ..................................................................................................... 103 Shock cultural: esperando el impacto ......................................................... 104 Mindfulness (o la dura tarea de concentrarnos en el presente) .................. 107 La insuficiencia de lo suficiente................................................................... 109 El viajero misionero .................................................................................... 112 El guía de tu viaje sos vos, no ella ............................................................... 113 El atractivo más valioso de un país: su gente .............................................. 116 ¿Qué te llevás (y qué les llevás) de cada país? ............................................ 118 Cuando los caminos se cruzan (es por algo) ................................................ 120 Lo que nadie quiere contar acerca de los viajes .......................................... 123 ¿Te podés cansar de viajar? ........................................................................ 128 Cuando el viaje pierde sentido .................................................................... 130 ¿De qué material estás hecho? ................................................................... 133 ¿Es posible vivir viajando? .......................................................................... 135 El viaje de tu vida ........................................................................................ 138 Capítulo 4: ..................................................................................................... 140

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Puntos suspensivos ........................................................................................ 146 Acerca de los autores ..................................................................................... 148

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Era una tarde cualquiera en Vietnam, de esas bien grises que todo parece tirar hacia abajo, donde cada gota es como una lágrima que cae por las penas no superadas; cuando extrañar se vuelve más intenso, y las raíces tiran. Llegamos a la casa de Mike, un chico vietnamita que nos invitó a quedarnos en su casa, y ahí estaba Derek, un inglés de cincuenta y pico de años que había llegado en bicicleta. Más de 30.000 kilómetros pedaleando por 29 países, desde Inglaterra hasta Vietnam, y con planes de seguir por mucho más. Su mente y él en la ruta, solos. Su cáncer y él, hasta el final. De ser otro día lluvioso en Hanoi, de los que ir a tomar un café es el plan perfecto, pasó a ser uno de los más significativos en nuestras cortas vidas. Derek nos habló del final como su principal incentivo para no bajar los brazos y disfrutar de sus últimos días al máximo. Le diagnosticaron cáncer de huesos por primera vez cuando tenía catorce años. Sus padres, su hermana, su hermano y su esposa murieron por distintos tipos de esta enfermedad, y en el 2007 recibió la tan temida noticia: el cáncer de próstata se estaba adueñando de su vida. En el 2012, los médicos le dijeron que era terminal y que ya no tenía sentido buscarle una solución. Ese día, cuando sus brazos podrían haberse caído, fue cuando más fuerte se sintió. Sin escuchar las recomendaciones de los médicos, dejó todo lo que tenía, se subió a la bicicleta y empezó su desafío más importante, el de demostrar que lo imposible puede ser posible. “El recordar que estaré muerto pronto es la herramienta más importante que he encontrado para ayudarme a tomar las grandes decisiones en la vida. Porque casi todo –todas las expectativas externas, todo el orgullo, todo temor a la vergüenza o al fracaso– todas estas cosas simplemente desaparecen al enfrentar la muerte, dejando sólo lo que es verdaderamente importante. Recordar que uno va a morir es la mejor manera que conozco para evitar la trampa de pensar que hay algo por perder. Ya se está indefenso. No hay razón alguna para no seguir los consejos del corazón” - Steve Jobs

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Seguramente conocés estas palabras de Steve Jobs. Sus reflexiones acerca de la muerte se extendieron por el mundo más rápido que sus innovaciones tecnológicas e inspiraron a millones de personas. Ver el video de su conferencia en la Universidad de Stanford te deja pensando y replanteándote muchas cosas acerca de tu presente. Sus palabras nos ayudan, nos llenan de energía, pero muchas veces también las olvidamos. Y las olvidamos, creemos, porque son palabras que vienen de personas súper exitosas, que suenan bien, pero que cuesta relacionarlas con ejemplos más cercanos a uno. El fundador de Apple, artistas consagrados, revolucionarios que pelearon por los derechos de sus pueblos. Casi todos tienen palabras de inspiración para dar, pero por más grandiosos que sean sus ejemplos, no sentimos que nos estén hablando a nosotros. Una cosa es mirar un video, o leer un libro, y otra totalmente distinta es estar mirando a los ojos a una persona que te habla de cómo el ser consciente de su muerte fue lo mejor que le pudo haber pasado en su vida. No fue hasta el momento en que las “causalidades” de la vida nos cruzaron con un inspirador al que nosotros podíamos reconocer como de carne y hueso, que esas palabras se quedaron grabadas definitivamente. Lo que para otros podría haber sido un réquiem, para él fue un canto a la vida. “No pude aceptar la muerte de mi esposa. Estuve deprimido por mucho tiempo y hasta intenté suicidarme. Los médicos nos dijeron que tendría entre doce y dieciocho meses de vida, pero murió a las nueve semanas. Todo fue demasiado rápido, como de un día para el otro. Pasaba días seguidos sin salir de mi casa, sin hacer absolutamente nada. Perdí muchos amigos porque no quería hablar con nadie”, nos contaba Derek mientras armaba su carpa en la terraza para pasar la noche. “Cuando los médicos me dieron la noticia de que mi cáncer era terminal, no lo dudé ni un minuto, les dije que me iría a andar en bicicleta. Me dijeron que era una muy buena idea, que me ayudaría mucho. ‘¿Y a donde querés ir?’, me preguntaron. Quiero dar la vuelta al mundo, y llegar hasta los Himalayas, cruzando el ‘Techo del mundo’, en la Pamir Highway. Se asustaron –cuenta riendo y abriendo grande los ojos–, me dijeron que buscara algo menos – 16


demandante, que en un año lo más probable sería que no pudiera andar en bicicleta, y mucho menos en esas condiciones extremas, pero yo estaba decidido. Ya había cancelado un viaje en el que pensaba cruzar Estados Unidos para ver si me sentía con fuerzas para dar la vuelta al mundo, pero no pude hacerlo porque apareció el cáncer de próstata. Esta vez no me iban a parar”. En sólo tres semanas vendió todo lo que tenía para pagar algunas cuentas y comprar el equipamiento necesario. Un mes antes de empezar el viaje le dio la noticia a un amigo. Como los médicos, él también creyó que era imposible, que no duraría mucho tiempo. “Voy a encontrar una manera de hacerlo, como durante toda mi vida. Vivo con cáncer desde los catorce años. ¿Qué querés qué haga, que me quede sentado muriendo dolorosamente, desperdiciando el poco tiempo que me queda? Ya vi a muchos seres queridos morir así”. Como seguramente haría la mayoría de nosotros al escuchar esta noticia, el amigo le pidió que buscara algo más fácil para estar cerca en caso de cualquier complicación. “Toda mi vida fue un desafío, quiero que el último sea uno especial. No tengo miedo a morir, porque sufrí algo mucho peor que la muerte: la depresión. Estar deprimido es peor que la muerte, porque te saca las ganas de vivir. Yo estaba muerto en vida después del fallecimiento de Caroline, hasta que me dijeron que mi cáncer era terminal y todo cambió. Ahí encontré un sentido para seguir viviendo, hacer lo que siempre quise hacer”. El último día que lo vimos, Derek nos regaló el mapa que usó durante su viaje por Asia Central. “Es un muy buen mapa, resistente al agua”, nos dijo mientras nos mostraba el camino que había tomado. Nos dejó el mapa y nos dimos un fuerte abrazo de despedida. El mapa nos será muy útil, eso seguro, pero Derek nos dejó mucho más que un mapa con una ruta por Asia Central, nos dejó un mapa con la ruta marcada para nuestra vida, la ruta que persigue la felicidad hasta el último día.

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Recuerdo cuando tenía unos 10 años (¿serían 11?) y fui con mi mamá a ver el avant premier de la película Déjala Correr. No tiene nada que ver con los viajes, pero en ella se dan el lujo de volver el tiempo atrás, algo tan simple como presionar stop, rebobinar y volver a empezar; como si nuestra vida fuese una película, donde podemos hacer varias tomas si la primera nos sale mal. Con la inocencia del infante, me fui del cine pensando lo espectacular que sería si eso pudiese ser real. Desde ese día, cada vez que agarraba un cassette, y con una lapicera lo rebobinaba para no gastar las pilas del walkman, me imaginaba manipulando mi vida con esa facilidad. No existiría el miedo al fracaso, porque cualquier decisión equivocada se podría revertir. El tiempo me enseñó que lo que pasa en las películas no aplica a la vida real. O bueno, muchas veces no. Pero también me hizo notar que no existe el fracaso, porque toda experiencia es un éxito. A veces se gana, y a veces se aprende. Nadie dijo que era fácil, ni siquiera en el diccionario aparece el éxito antes que el esfuerzo. No hay atajos que nos lleven por el camino corto y fácil, ni desvíos para dar la vuelta en U y retomar. Hay algo que mucha gente no se da cuenta: somos el resultado de nuestros pensamientos y acciones. Todo lo que nos pasa podemos controlarlo con la mente, ese instrumento tan poderoso que todos tenemos y con el cual – 18


podemos cambiar el mundo si nos animamos a usarlo de la mejor manera. Podés ser lo que quieras ser, pero sólo lo lograrás si estás lo suficientemente convencido. Todas las personas sueñan con hacer algo, o con ser alguien en particular, pero pocas lo logran. Sólo aquellas que están dispuestas a remar en la tormenta con tal de llegar a la meta son las que lo van a lograr. El resto se hundirá en el camino.

Cada vez que vas a comprar un producto perecedero, te fijás la fecha de vencimiento. Eso está perfecto, pero… ¿te diste cuenta que la vida también es uno de esos productos? Sólo que no tiene cambios ni devoluciones si está fallada. Ah, y además de una fecha de vencimiento, tiene otra que dice “consumir preferentemente antes de…”. Te lo dijeron, lo leíste miles de veces, y lo viviste de cerca cuando no llegaste a decirle adiós a ese familiar que creías que nunca te iba a mirar desde arriba, y así y todo te cuesta asimilar que los días de vida son contados. La muerte parece tan lejana y ajena que no la tomamos como propia sino como algo que le pasa solamente a los demás. Estamos acostumbrados a que el reloj sea redondo, generando la ilusa sensación de que el tiempo es inagotable. Vivimos como si nunca fuéramos a morir, desperdiciamos la vida haciendo cosas que no nos gustan sólo pensando que “después” vamos a tener tiempo de hacer eso que tanto queremos. Y después no hubo más tiempo, el telón se bajó, y las luces se apagaron para siempre. No hay oportunidad para otra función. Y ahí te quedás, en el backstage de tu vida esperando a que llegue ese minuto exacto

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en el que el corazón deje de latir, para dejar de sufrir no por dolor físico sino por el dolor mental que genera el arrepentimiento por los sueños no cumplidos. ¿Estás dispuesto a irte de este mundo con esa carga? ¿Por qué la gente que sabe su fecha de vencimiento vive sus últimos días (o meses o años) con una intensidad admirable? La respuesta es muy simple: no se preocupa por el futuro, entonces se dedican plenamente a vivir el hoy. El día que podamos entender –y aceptar– la finitud de la vida, que tenemos el tiempo contado y cada día que pasa es uno menos que nos queda, entonces –y sólo entonces– vamos a entender que sobrevivir no es una opción viable, y que si no empezamos a hacer ahora mismo aquello que nos apasiona, va a llegar el día en que sea demasiado tarde, y lo único que quedará serán lamentos y arrepentimientos, tal vez consejos para que a las generaciones futuras no les pase lo mismo, pero ya no se va a poder volver el tiempo atrás. Vivimos en una sociedad que pide a gritos el paso del tiempo. Que odia los lunes y venera los viernes. Que sueña con eliminar todos los días de la semana con tal de poder disfrutar de sus dos días sagrados. Vivimos en una sociedad que, en definitiva, se olvidó de lo que realmente es vivir.

Debemos confesar que cada vez que conocemos a alguien, las primeras preguntas suelen ponernos un tanto incómodos. Y nos pasa casi todos los días, porque viajando constantemente uno cruza caminos con gente que nada sabe de tu historia. No nos incomoda el hecho de conocer gente, sino la sucesión de preguntas que eso conlleva. Al "¿De dónde sos?" le sigue el "¿Hace cuánto que estás en… inserte aquí un país?", "¿Cuánto tiempo te quedás?", "¿Quéeeee? ¿Qué van a hacer tanto tiempo?", y todos los caminos conducen a la misma pregunta: “¿Cómo lo lograron? ¿Cómo empezaron? ¡Cuenten todo YA!”. ¿Cómo empezamos? Con una idea.

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La respuesta es tan simple que muchos no la quieren creer. Se quedan callados, esperando algo más, y pensando que les estamos ocultando algo. Como el silencio se vuelve algo incómodo, seguimos... Los dos trabajábamos en turismo, y pensamos que sería bueno estar en un país angloparlante por tres meses para mejorar el inglés, así que pusimos manos a la obra. La idea sonaba tentadora. Ahorramos, buscamos la manera de hacerlo viable, evaluamos distintas opciones, comparamos precios, nos decidimos por un país, aplicamos para una visa de trabajo, sacamos el pasaje y nos fuimos. Empezamos. Todo lo demás vino después. Todo, absolutamente todo lo que ves a tu alrededor, empezó con una simple idea. Hay dos opciones: creer que es imposible o trabajar en ella. Empezamos siendo un grupo de ocho personas los que íbamos a viajar, pero fuimos cuatro los que nos subimos al avión. ¿Qué pasó con los demás? Como muchos de los que sueñan, en un momento se convencieron de que abandonar su sueño significaba ser realistas. Pensaron en los riesgos y se dieron cuenta que esto podía no funcionar.

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El 1 de Enero de 2009 llegamos a Nueva Zelanda con más miedos que certezas, como cualquier persona que hace algo por primera vez. Habíamos dado el primer paso, pero la hora de la verdad acababa de llegar. Estábamos perdidos, en un país del que sabíamos muy poco, sin trabajo y sin entender la mitad de las cosas que nos decían. Nos habían dicho que había muchas oportunidades laborales y que seguramente no tendríamos ningún problema en conseguir algo, pero nuestro caso no era tan así. Buscábamos trabajo y todos nos rechazaban. Producto de la inseguridad, cometíamos errores que nos perjudicaban, como ir cuatro personas juntas a golpear la puerta de los mismos restaurantes, pretendiendo que justo alguno de todos tuviera vacante para un grupo de amigos sin experiencia. Seguramente a alguien le caeríamos simpáticos, pensábamos, pero no, no funcionó. Sentíamos que teníamos que cambiar de ciudad, pero tampoco sabíamos a dónde ir. Ya no había nadie que nos diera indicaciones, ni siquiera recomendaciones, pero algo teníamos que hacer si no queríamos darle la razón a los realistas. Once horas arriba de un bus, tres en un barco, dos en otro colectivo, y los ahorros que teníamos seguían bajando. Habíamos llegado a Blenheim, otra ciudad, distinto aire, misma incertidumbre. Unas horas más tarde, ya habíamos conocido a más de un viajero con las mismas capacidades que nosotros, pero con una diferencia, ellos tenían lo que nosotros queríamos en ese momento: un trabajo para poder seguir viajando. Comenzamos a rodearnos de gente con actitud positiva, que con su experiencia nos abría el panorama y nos reanimaba el entusiasmo que habíamos empezado a perder. A los pocos días ya estábamos trabajando en un viñedo, con más gente inspiradora de la que tomar consejos. Franceses, alemanes, chilenos, malayos, checos, rusos... la gente rotaba casi a diario, era un flujo de ideas constante. A pesar de estar cortando uvas bajo el sol, estábamos conociendo el mundo como nunca antes. "Ustedes son gente muy capaz, no van a ir a Nueva Zelanda a trabajar en el campo. Busquen algo mejor", nos había dicho un compañero de facultad antes

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de irnos. Seguramente un viñedo no es donde todos querrían trabajar, pero el aprendizaje que nos dejaron esos tres meses tuvieron un legado mucho mayor que los años de trabajo capacitado. La misma realidad puede ser vista desde distintas perspectivas. Si estás siempre rodeado por la misma gente, tu ángulo de visión estará limitado a los conocimientos y experiencias de éstos, boicoteando así las posibilidades de ampliar tu panorama. Pasá más tiempo con gente optimista y las trabas se van a convertir en oportunidades.

Una persona promedio trabaja, como mínimo, cuarenta años de su vida. Mínimo. Darle duro y parejo todo el año para luego poder gozar de dos semanas de vacaciones anuales. Tomando eso como base, durante toda la vida laboral esa persona tendría 560 días de vacaciones, lo que equivale a menos de dos años. Menos de dos años en cuarenta. Es decir, menos de un 4% de sus días serían de vacaciones. Es verdad que hay muchos que tienen más de dos semanas al año, y que también están los fines de semana y feriados, pero estamos hablando de días puramente de vacaciones, donde uno puede desentenderse de todos los temas laborales y viajar. ¿Te alcanza con dos semanas al año? Hay un denominador común en todas las grandes ciudades del mundo: la disconformidad de la gente con sus trabajos. Tomar un subte en hora pico en Tokio, Londres, Beijing o Buenos Aires puede parecer lo mismo si sólo miramos las expresiones de la gente yendo a la oficina. Las personas no se dan cuenta que están arriba de una rueda que no para de girar y girar, donde uno trabaja para pagar el transporte que lo lleve al trabajo, el departamento que quede cerca del trabajo, el traje para ir al trabajo y la comida hecha porque no tiene tiempo de cocinar ni de ir al supermercado porque está todo el día trabajando (y ni hablar si a eso hay que sumarle a la niñera, el personal de limpieza y el paseador de perros).

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Llega el fin de semana y lo único que uno piensa es en descansar para poder empezar el lunes renovado en… el trabajo. ¿Notaste que las personas felices se enferman muchísimo menos que las que no logran encontrarle el sentido a sus días? El cuerpo es sabio y nos da señales constantemente. Hubo un tiempo en que lo único que pensábamos al levantarnos era cuándo nos íbamos a volver a dormir. Queríamos que el día pasara lo más rápido posible, sin darnos cuenta que si seguíamos así lo que se iba a pasar como una estrella fugaz iba a ser nuestra vida. ¿Te diste cuenta el papel manipulador que tiene tu trabajo en tu vida cuando estás haciendo algo que no te gusta con el único estímulo del sueldo a fin de mes? Porque no sólo te ocupa las horas laborales, sino que te invade en tus ratos libres, pensando que en unas horas vas a tener que volver a esa maldita oficina donde por todo el día no vas a poder ver ni siquiera el sol. Y ahí aparece la depresión del domingo. ¿Por qué la gente dice que los domingos a la tarde son deprimentes? Porque no quieren aceptar que su rato de ocio está por terminar, y oooootra semana le espera para seguir en la carrera de la rata. Y ahí es cuando uno se da cuenta que ya no alcanza con trabajar por dinero. Que el dinero puede comprar la moda, pero no la belleza. Te puede pagar una cita, pero no el amor. Puede darte la medicina, pero no la salud. Puede comprarte un pasaje, pero no el viaje.

El trato es así: uno vende su libertad a cambio de seguridad. Vendés tu tiempo a cambio de la tranquilidad de tener un sueldo al final de cada mes, que te va a “asegurar” tener algo más que todas tus necesidades cubiertas. Estás tranquilo en tu trabajo porque pagan en término y eso te permite planificar a futuro, sabiendo cuánto tiempo vas a tener que trabajar para pagar el auto o mudarte – 24


a un nuevo departamento. Entonces, te aferrás más al trabajo que tenés, porque de perderlo no te podrías mudar o, lo que sería peor, no podrías seguir pagando la cuota del auto. Pasan unos años, te dan un ascenso, más plata y la correa se estira un poco más. Ahora creés que sos más libre, pero si tirás un poco te das cuenta que tiene un límite. ¿Hasta dónde podés llegar? Hasta que la correa apriete. Y cuando te cansaste de depender de ella y la querés cortar, te ofrecen una correa más larga, como nunca antes habías tenido. Tentador, ¿no? Sí, si querés seguir viviendo atado. Para la mayoría de las personas este tire y afloje es aceptable, porque creen que no presenta grandes riesgos. De soltarse lo más probable es que se caigan, se lastimen y tengan que volver heridos al mismo lugar donde salieron, así que mejor no intentarlo. Massimo, un vecino de cuando viví en Italia al que volví a verlo después de veinte años, sigue trabajando para la misma fábrica en Nibbiano, un pueblo 100 kilómetros al Sur de Milán. Empezó cuando tenía veintidós, y hoy, después de treinta años, está cerca de retirarse. Nunca pensó viajar más que a Tailandia, de donde es originaria su esposa, o por Italia. Mis padres lo invitaron varias veces a visitarlos en Argentina, pero a él no le parece una muy buena idea. Prefiere moverse por terreno conocido, donde no haya lugar para grandes sorpresas. No cambió de trabajo, ni de casa, ni de auto, ni siquiera de lugar donde vacacionar. La vida de Massimo no está mal si es la que eligió él; los límites lo reconfortan porque no lo obligan a enfrentarse a lo desconocido, y vivir atado no parece ser algo que le preocupe demasiado. Pero estoy seguro que una vida así no es con la que vos soñás, si no, no estarías leyendo este libro.

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¿Cuándo te vas a dar cuenta que las mejores cosas de la vida son gratis? Te invitamos a que armes una lista de todo lo que te gustaría hacer si no importara el dinero y tuvieras todo el día libre para vos. Bueno, ahora hacé un plan de acá a dos años e incluí todas esas cosas que tenés ganas de hacer (y que no quede ninguna afuera, mirá que el Gran Hermano te está mirando). Ya diste el primer paso, que es conocer tus motivaciones; ahora queda dar el segundo, que es ponerte a trabajar en ellas. Y el tercero, y el cuarto, y así darle forma a este camino que acabás de comenzar. Sí, sabemos que no es fácil lo que se viene, pero te podemos asegurar que vale la pena todo el esfuerzo.

En Seúl hice una pequeña encuesta, le pregunté a doce viajeros y empleados del hostel donde nos estábamos quedando si les gustaría trabajar para Ford o Microsoft. Diez me dijeron que sí, principalmente porque el pago debe ser muy bueno y sería una gran experiencia para su currículum. El que me dijo que no fue un belga, porque estaba contento con lo que hacía y por ahora no quería cambiarlo (es traductor de japonés a francés y puede hacer su trabajo desde cualquier lugar, siempre y cuando tenga conexión a internet). Al dueño del hostel lo contaría como “indeciso”, porque le gusta su trabajo, pero ser parte de una compañía tan importante también le sonaba tentador. Estoy seguro

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que si en vez de ser Juan Caldaroni era un reclutador de Ford, también venía conmigo. En Enero del 2002, William Clay Ford, jefe ejecutivo de Ford, dijo “la medida es dolorosa, pero necesaria…”, y así arruinó la seguridad que veinte mil empleados creían tener. Con esos despidos y los del año anterior, treinta y cinco mil personas quedaron con el futuro en sus manos, sin saber qué hacer. Jóvenes que recién empezaban su carrera en la empresa y empleados que llevaban décadas. Todos afuera, sin filtro. Lufthansa despidió a 12.000 en el 2001, Microsoft a 5.000 e Intel a 6.000 en el 2008, Caterpillar y Toyota a otros veinte mil, y el kiosco de la esquina de mi casa me despidió cuando tenía 17 años. Salvo el último caso, eran todas empresas “seguras”, en las que los empleados podían presumir de trabajar. Si trabajás para una compañía, por más grande y estable que parezca, la realidad es que no sos indispensable. Puede sonar duro, pero sos una pieza fácilmente intercambiable. No, salirse de la cadena de montaje no es seguro, para nada, te puede ir bien como te puede ir mal. Pero estar en ella tampoco lo es, y encima es aburrido. La diferencia es que una parece serlo porque es el camino que sigue la mayoría, el de delegar responsabilidades, mientras que en la otra vas a ser vos el único jefe. Tu futuro depende de lo que hagas hoy, no dejes que otros lo decidan por vos.

Los japoneses tienen un enorme problema con las apariencias, lo que los lleva a tener un gran complejo de inferioridad y a sentirse inseguros de sus acciones. La opinión que tengan los demás sobre ellos es lo que más les preocupa en sus vidas, y en todo lo que hagan buscarán aprobación unánime.

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Un japonés no se da la libertad de practicar un deporte hasta no tener todo el equipo necesario que demuestre que se lo toma en serio, sino podría ser mal visto por sus colegas. No irá de camping hasta no tener la mejor carpa que pueda pagar, colchón inflable, sillas reclinables, parrilla portátil, distintos tipos de ollas, martillo de goma para clavar las estacas, cuchillos campestres, heladerita, pinza para agarrar maderas del piso, medicinas contra la picadura de insectos, carrito para llevar todo esto desde el auto hasta el lugar de acampe, y todo lo que pueda comprar en la casa de camping para no ser menos que el que esté acampando al lado suyo. Lo mismo hará un japonés que quiera hacer trekking, o tendrá la mejor ropa, bastones para caminar y una mochila cargada con cosas inútiles, por más que salga a dar una vuelta por el parque, o no lo hará. Los japoneses no permiten tomarse un hobby a la ligera, porque de la seriedad con la que se lo tomen dependerá la aceptación que tengan en el resto del grupo. El modelo japonés lo siguen muchas personas sin darse cuenta, aunque en otros ámbitos. “Lo voy a hacer cuando me sienta más preparado”, es la frase que más se usa para postergar sin tiempo definido una decisión. Si vos también seguís este modelo, vas a pasarte el tiempo buscando información, gastándote plata en cosas que creés necesarias para viajar y consultándole a todas las personas que puedas para que te den su opinión. Vas a seguir reafirmando conceptos en busca de la seguridad que te falta, pero la decisión no la vas a tomar, porque nunca te vas a sentir preparado. No esperes el momento ideal, porque nunca llega… Creá vos ese momento.

En 1972, cuando tenía 28 años, un tal Nolan Bushnell renunció a su trabajo de oficinista para poder dedicarse de lleno a su gran sueño. Quería crear un juego, como los de mesa, pero que se viera en una pantalla. El televisor ya existía, – 28


pero la interacción directa con éste, más que para cambiar de canal, era algo de lo que poco se conocía. No tenía mucha plata para invertir, sólo 500 dólares, pero pudo convencer a dos ingenieros para que lo ayudaran diciéndoles que había firmado un importante contrato con General Electrics para vender su producto. En realidad Nolan no tenía más que una idea y un plan, ningún contrato que le diera la tranquilidad económica para poder trabajar en el proyecto, pero estaba convencido que podía funcionar. Con la idea de Nolan, los tres locos revolucionarios crearon Pong, el primer videojuego de la historia, en el que dos paletas se movían golpeando una pelota, simulando un partido de ping-pong. Pusieron la máquina en un bar local y esperaron a ver cómo reaccionaba la gente. El Pong fue un éxito desde esa misma noche, a tal punto que la máquina dejó de funcionar porque rebalsó de monedas. En dos semanas habían creado Atari y estaban vendiendo cien máquinas por día. Sin plata, pero con confianza en su sueño, Nolan creó la industria de los videojuegos y la compañía de crecimiento más rápido en la historia de Estados Unidos hasta ese momento. Obviamente las multinacionales se volvieron locas con esta compañía casera que ya estaba fabricando varios videojuegos y quisieron comprarla. ¿Qué hizo Nolan? Se la vendió a Warner en 28 millones de dólares, lo que seguramente harías vos también imaginándote todo lo que podrías hacer con esa plata. ¿O no? Hasta acá es la típica historia de un joven que con una idea se vuelve millonario en poco tiempo, pero ¿cuál fue su error? Los nuevos dueños despidieron a Nolan y los creativos que habían armado esta revolución porque sus ideas les parecían demasiado “arriesgadas”. En pocos meses el mercado se llenó de videojuegos malos, que nadie quería. La gente dejó de comprar y la empresa empezó a dar pérdidas enormes. En unos años, el negocio de los videojuegos en Estados Unidos estaba destruido.

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Nolan se volvió millonario habiendo invertido sólo 500 dólares. Hoy sigue siendo uno de los empresarios más exitosos de Estados Unidos, pero dice que haber vendido Atari fue lo más tonto que hizo en su vida. Agarró la tijera y, él mismo, le cortó las alas para siempre a su sueño a cambio de dinero. Fin. Si hoy viene alguien y te ofrece 28 millones de dólares a cambio de que no puedas cumplir tu sueño de viajar, nunca, a ningún lado ¿aceptarías? No te olvides de todo lo que podés hacer con ella. Pensalo, antes de seguir leyendo el libro.

Parecen ser dos preguntas iguales, pero no lo son. La primera hace referencia a la razón de tu trabajo. La segunda es su finalidad. Por ejemplo, trabajás porque necesitás plata para poder pagar tus cuentas. Ese es un común denominador en todos los habitantes de este hermoso planeta, seas argentino, español, chino o mongol. ¿Cuál es tu motivación para ir a trabajar? Cuando estábamos en Nueva Zelanda, trabajando en una procesadora de mejillones, encerrados entre 9 y 14 horas por día en una habitación hermética, con una temperatura constante y sin siquiera ver la luz natural, íbamos a la fábrica más contentos que cuando estábamos en Buenos Aires, trabajando de algo que habíamos elegido y nos habíamos capacitado para hacer. ¿Cómo podía ser? Lo que cambiaba era el fin: sabíamos que después de unos meses entre mejillones íbamos a estar viajando por Asia por un largo tiempo. En Buenos Aires, sabíamos que el sueldo que cobráramos al final de ese mes iba a ser usado, salvando las distancias, para poder seguir trabajando. Y claro, a nadie le motiva trabajar duro todo el mes para pagar las cuentas que te permitan seguir trabajando. Quizás nunca te hiciste este planteo, porque nos dijeron que la vida era así, y que uno tiene que trabajar para poder cumplir con todos los requisitos que la sociedad estipula. Y te quedás después de hora porque no pudiste terminar

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con toda la carga que tenías para ese día, y encima la culpa termina siendo tuya porque no supiste administrar tu tiempo. Es en ese momento que tenés que preguntarte: ¿Para quién estás viviendo? Entre los 20 y los 40 años es cuando gozamos de la mejor salud, y, paradójicamente, es cuando más trabajamos. Vendemos nuestra salud a cambio de un sueldo que promete, pero no siempre cumple. A veces tomamos coraje para bajarnos de la rueda, pero es en ese momento cuando el sistema saca su arma más poderosa para manejar a todos como marionetas: un aumento de sueldo. Y ahí quedaron tus sueños, tapados por las nuevas “esperanzas” de un futuro mejor. Cuando somos conscientes que le vendimos los mejores años de nuestra vida a una empresa (y encima a precio de oferta), ya es demasiado tarde. Fue el peor negocio que pudiste haber hecho jamás, y no hay oficinas de cambios o “servicio al cliente” que te puedan salvar. “¿Qué es lo que más me sorprende de la humanidad? Los hombres, porque pierden la salud para acumular dinero. Después pierden el dinero para recuperar la salud. Y por pensar ansiosamente en el futuro, olvidan el presente de tal forma que acaban por no vivir ni el presente ni el futuro. Y viven como si nunca fuesen a morir, y mueren como si nunca hubiesen vivido”. –Dalai Lama Si el mundo necesita más gente que ame lo que hace… ¿por qué hay tan poca gente que lo logra? La respuesta es simple: es más fácil vivir en piloto automático que hacer los cambios necesarios para que el motor que nos da la vida funcione mejor. Es fácil hacer lo que amamos en nuestro tiempo libre, pero hacer que eso deje de ser un hobby y se convierta en nuestro pan de cada día va a requerir que le dediquemos mucho esfuerzo y tiempo. Si haces algo que no amas, indefectiblemente vas a fracasar. La gente que tiene éxito en algo, es porque hace lo que le apasiona.

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Descubrí tu pasión, y vas a ver que la vida cambia de color.

(Haz lo que amas, y el dinero vendrá)

Cada tanto me remonto a una clase de biología donde anotaba en la hoja rayada de mi carpeta: “Los seres vivos tienen cuatro ciclos vitales: nacen, crecen, se reproducen y mueren”. En ese momento no me detuve a pensar lo que estaba escribiendo, porque en la escuela no nos enseñan a comprender, sino a memorizar. A repetir. A seguir dentro del molde. Ahora lo leo y no lo puedo creer. Las palabras hacen eco en mi cabeza. Nacen. Crecen. Se reproducen. Mueren. ¿Así de directos van a ser? ¿No hay lugar para nada más? ¿Dónde quedó todo el resto? ¿Por qué en la escuela no nos enseñan sobre la felicidad? ¿Por qué no nos ayudan a cumplir nuestros sueños?

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Cuanto más viajamos, mayor es nuestro cuestionamiento al sistema educativo actual. Ese que prepara empleados, pero no emprendedores. El mismo que anula toda la creatividad de un niño. ¿Qué pasaría si todos los habitantes del mundo –absolutamente todos– tuvieran la posibilidad de viajar durante un año seguido por varios países donde la gente hable un idioma totalmente desconocido, profese una religión que ni siquiera habían escuchado que existía, y cocine con ingredientes que no puedan reconocer? ¿Cómo sería el mundo si todos se vieran obligados a vencer sus miedos? A salir de la zona de confort. A romper la rutina. A despedirse de lo conocido. A confiar en sus talentos. A hacerse entender. A dejar atrás los preconceptos. A perder de vista la costa para descubrir nuevas tierras. Si solamente todos tuviesen el valor de desplegar sus alas sin tener miedo a caer. Y disfrutar del vuelo. Nos quedamos con lo que una noche hablábamos con dos viajeros de Estados Unidos, a los que les comentábamos acerca de los pocos viajeros de su nacionalidad que habíamos conocido en relación a otras nacionalidades. “El gobierno nos incentiva a unirnos a la armada. Nos paga por eso, hace mucha publicidad al respecto y nos trata como héroes, en especial si morimos en batalla. Pero… ¿qué pasaría si toda esa plata que invierten en lavarnos la

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cabeza la usaran en motivarnos a viajar? Se terminaría el negocio más grande y triste de la humanidad”.

La forma más fácil de arruinar una idea es rodearse de realistas. Ellos se van a encargar de volverte a tu (su) realidad y convencerte de que lo que estás por hacer es una locura. Nota mental: no contar las ideas hasta que no estén lo suficientemente consolidadas. Una vez que lograste convencerte a vos mismo, vienen los bombardeos de quienes te rodean que creen que te volviste loco, o miraste demasiadas películas, o que estás tomando demasiado Fernet. Si no tenés una armadura lo suficientemente firme, todas tus guardias se van a ir cayendo de a poco hasta que quedes al desnudo otra vez, como cuando empezaste. Y hasta que terminás convenciéndote de que viajar no es para vos, mejor quedarte en casa, donde tenés un “futuro asegurado” y la “vida hecha”. Cuando uno quiere hacer algo que rompe con lo que está establecido por la sociedad, a mucha gente puede molestarle. Esta gente es la que no trabaja en sus sueños, sino que se dedican a vivir el de los demás. Entonces, cuando se enteran de que vos vas a lograr lo que ellos hubiesen querido hacer pero nunca tuvieron el coraje de dar el primer paso, les da envidia. Y que no vengan con eso de la envidia sana porque no existe. Muchos de ellos no lo hacen conscientemente, nunca quisieran frenar tu felicidad, pero sin quererlo lo están haciendo. Y duele. Duele cuando viene de parte de las personas que pensamos que nunca nos dejarían caer. Y ahí empiezan los cuestionamientos… ¿Vas a dejar todo lo que trabajaste tan duro para lograr? ¿Y qué vas a hacer cuando vuelvas? Nosotros no te vamos a mantener porque vos te fuiste a vagabundear por ahí… – 34


¿Y con la facultad que vas a hacer? Vas a perder un año… ¿Y el Currículum? ¿Cómo vas a esconder un año sabático? ¿Por qué te querés ir, si acá tenés todo lo que necesitás? ¿No pensás en nosotros? ¡Vos estás loco! ¿De dónde sacaste esa idea? ¡Antes de recorrer el mundo tenés que conocer tu país! ¿De qué te estás escapando? Sí, preparate para esta pregunta, porque viajar para muchos significa escaparse, ya que con lo único que relacionan un viaje es con las vacaciones en las que siempre encontraron su punto de escape del trabajo que todo el año hacen; son pocos los que entienden que viajar también es ir en busca de algo que te está faltando, o algo que ni siquiera sabés que existe. Si no hay nadie cerca tuyo que te diga que no podés lograrlo (o no debés) entonces es porque no te estás arriesgando lo suficiente. No porque no quieras, sino porque hay algo dentro tuyo que te tira hacia atrás. Cuanta más gente alrededor tengas diciéndote que no lo podés lograr, más grande tiene que ser tu motivación para conseguirlo. Haciendo dedo en Filipinas conocimos a Gladys, una mujer de 38 años que vive sola con su hija en un pueblo muy pobre de Palawan, en el Suroeste del país. Cuando llegamos a su casa, nos sorprendimos al ver lo llamativa que era, y que se destacaba de las de sus vecinos por tener ciertos lujos difíciles de encontrar en esa zona. Tenía un baño con agua corriente, dos pisos, paredes de cemento (la mayoría de las casas en ese pueblo eran de bambú) y hasta columnas decorativas en el frente. Cuando nos preguntó si nos gustaba su hogar, le respondimos que sí. Sin dejarnos agregar nada más, nos dice entre llantos: “Mi marido me pegaba todas las noches. No sólo a mí, sino que también a mi hija. No me quería separar, porque pensaba que iba a terminar en la calle, pero un día no aguanté más y logré divorciarme. Lo denuncié. No sabía a dónde iría

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a vivir, pero de lo que estaba segura era que iba a darle el mejor futuro que podía a mi hija. A mi ex marido no lo vi más desde ese día, y las últimas palabras que me dijo fue que no lo iba a poder lograr sola y que iba a quedar en la calle. Esa fue mi mayor motivación, y al día de hoy tengo una de las mejores casas de todo el pueblo y soy mucho más feliz. Le quiero demostrar que lo puedo lograr sin él”. Como Gladys, vos también podés usar todas las piedras que las personas te ponen en el camino para hacerte una escalera y demostrarte que gracias a ellos llegaste a la cima. No porque te apoyaron, sino porque te obligaron a volverte más fuerte, y trabajar duro para demostrarle que vos podías. El primer día de clases en la facultad de turismo, donde nos conocimos, uno de los profesores se había encargado de darnos la triste noticia: “Si quieren viajar, se equivocaron de carrera. En ese caso les conviene ser ingenieros o médicos, donde puedan tener más ingresos y vacaciones más largas. Ahí sí van a poder ir donde quieran, pero siendo guías de turismo, sólo van a poder vivir el viaje de los demás”. Recordamos ese día como si fuera hoy. Todos nos mirábamos, como buscando en qué parte del proceso nos estafaron, y por qué estábamos ahí si, al fin y al cabo, lo que más nos gustaba a todos era viajar. Dos años más tarde, ya estábamos arriba de un avión rumbo a Nueva Zelanda, mientras sus palabras todavía resonaban en nuestros pensamientos. Por dentro, nuestra alegría era inmensa, no sólo por habernos animado a dar el primer paso, sino por demostrar que lo que nos habían dicho que era imposible podía hacerse realidad si nos lo proponíamos. Después de cuatro años de viaje ininterrumpidos, nos encontrábamos trabajando en una estación de servicio en un pueblo remoto del Outback australiano. En los ratos libres, nos perdíamos en un Atlas del ‘95, con olor a humedad y algunas hojas salidas. Fue con ese mismo mapa cuando el primer itinerario tentativo de un gran viaje por Asia fue tomando forma. Lo llamamos Eliminando Fronteras, y nos propusimos cruzar el continente a dedo, desde Filipinas hasta Turquía. Los puntos en el mapa pasaron a ser pequeñas-grandes dosis de inspiración diaria, porque cada uno de ellos sería una fuente inagotable de anécdotas. Estábamos imaginando cómo sería hacer dedo en – 36


Kazajistán cuando llegó Paul, nuestro jefe en ese entonces y anfitrión, ya que vivíamos en su casa. No pudimos terminar de contarle lo que estábamos tramando, cuando nos interrumpió diciendo: “¿Ustedes saben que lo que están planeando es imposible? ¿Cuánto van a tardar en hacerlo? Se van a cansar en el camino o se van a quedar sin plata. Una cosa es pensarlo, otra es hacerlo. No conozco a nadie que viva viajando, van a ver que después de un año ya están de vuelta en su casa”. Hoy, a la distancia, tenemos que agradecerle por haber sido una piedra más para construir nuestro puente entre la locura y la realidad.

Otro consejo: dejá de echarle la culpa a todos, porque si la decisión final la tenés vos, entonces sos el único culpable de no lograr el cambio. Como siempre te decimos, la vida es una obra de teatro que no permite ensayos, queda en vos de qué lado querés estar. Si querés ser espectador y mirarlo cómodamente desde tu butaca, o sentir las luces de la realidad en la cara, dar lo mejor que tengas, y salir al escenario. Sí, sabemos que da nervios, miedo, cosquillas en la panza, y que requiere mucho esfuerzo, pero te podemos asegurar que tomar el papel protagónico vale la pena. Rodeate de líderes positivos, porque la energía es contagiosa, tanto la buena como la mala. La gente que está viviendo sus sueños es la que sabe el – 37


verdadero significado de su vida. Ver que otros se animaron a romper el molde y dar el salto te va a dar las fuerzas necesarias para tomar el envión que necesitás para llegar lejos. No importa si no están haciendo exactamente lo mismo que querés hacer vos, lo que vale es que quebraron el esquema de lo socialmente aceptable… y nada pasó. O mejor dicho, pasó todo lo que tenía que pasar.

Si hubiese ido a una escuela bilingüe, ahora hablaría inglés fluido y podría viajar. Si hubiese estudiado otra carrera, podría buscar un mejor trabajo. Si la genética me hubiese ayudado, podría ser estrella de Hollywood. Cuántas cosas dejaste de hacer por pensar demasiado en tus limitaciones, en su mayoría inventadas por vos mismo para justificar tu falta de acción. Siempre me gustaron los deportes, casi todos. Cuando a los 15 años dejé de jugar al fútbol, no quise empezar a entrenar seriamente ningún otro deporte, porque me convencí de que ya era demasiado grande como para lograr algún resultado. Cancelé viajes por no tener compañía, y creer que solo no podría hacerlo. Quería viajar a otros países, pero no lo hacía por miedo a que mi inglés no fuera suficiente. Me da vergüenza ahora pensarlo, pero hasta quise estudiar periodismo deportivo, pero no lo hice porque creía que no encontraría trabajo en un campo tan pequeño. En vez de convencerme de que con mis capacidades podía ser un gran periodista, me convencí que con ellas no lograría nada. Podría haber sido chef, pero antes de intentarlo me acordé que no sabía ni cómo prender el horno. Hasta podría haber sido actor de películas para adultos… bueno, ideas de cuando uno es adolescente. Llegó un momento en el que me di cuenta que era demasiado limitado. No es que un día me desperté gritando “¡Soy limitadoooo!”, sino que con cada idea frustrada fui notando que no había nada que podría hacer. De no haberme dado cuenta de esto, todavía seguiría truncando planes antes de empezarlos. La buena noticia, por si no lo habías pensado, es que tanto vos como yo, tenemos potencial para hacer desaparecer esas limitaciones, y con eso alcanza. Conocer tus limitaciones te tiene que servir para poder trabajar en ellas y – 38


enfrentarlas, no para buscar un camino más fácil. ¿Querés viajar pero tu inglés no te da seguridad? Con lamentarte cada vez que vas a dormir no vas lograr nada. Mejor ponete a mirar películas con subtítulos en inglés, buscá en internet extranjeros que estén en tu ciudad y quieran hacer intercambio de idiomas (los foros de Couchsurfing son un buen lugar para empezar), mirá videos en Youtube, escuchá radios extranjeras, etc. Con acceso a internet cada vez tenés menos excusas, sino preguntale a los dos amigos chinos que conocimos en Qingdao, quienes aprendieron a nadar desde la comodidad de su computadora viendo videos. Reíte, pero eran los únicos en toda la playa sin flotador. Si ellos pudieron aprender a nadar desde una oficina, sin agua, imaginate todo lo que podés aprender si te lo proponés.

Una de las razones por las que mucha gente nunca logra lo que se propone, es porque pasan demasiado tiempo mirando los resultados de los demás y muy poco concentrándose en los suyos. Cada proyecto que empiezan, como planear un viaje, abrir un negocio o escribir un blog, lo comparan con el de otros para medir su éxito. Al encontrarse con la realidad de que hay muchos mejores que ellos o que su viaje no es tan espectacular como pensaban, se frustran y pierden el entusiasmo. El ejercicio es difícil, porque todos estamos acostumbrados a hacerlo en mayor o menor medida, pero algo que te va a ayudar a focalizarte en lo que querés hacer, es dejar de compararte. Esto sólo te lleva a creerte mejor o peor que otros, pero raramente te dé algún resultado. Siempre va a haber alguien más exitoso que vos para desanimarte, pero a la vez alguien al que le esté yendo peor para reconfortarte. Si nos fue mal en un examen, lo que hacemos es ver qué nota se sacaron los otros. Si a nuestro compañero le fue bien, nos amargamos, pero si le fue mal, nos quedamos tranquilos, sabiendo que al menos no fuimos los únicos. Si te ponés a pensar, las personas con las que te estás comparando seguramente sean las más cercanas a vos. Que un tal Mark Zuckeberg se haga millonario no te importa, porque es alguien con el que no tenés ninguna – 39


relación, pero que a tu compañero de trabajo le hayan mejorado el sueldo y a vos no, sí te afecta. Que a la persona con la que te estás comparando le vaya mejor o peor que a vos puede alterar tu ego o tu sentido del humor, pero si no le das importancia no va a cambiar en nada los resultados que estás buscando. Mejor focalizate en lo que querés hacer, sin importar cómo le va a tu colega o a tu amigo. Empezá a practicarlo desde ahora, y vas a ver cómo, sin darte cuenta, te librás de una de las presiones más grandes que tenías.

¿Qué es lo que tienen todas las personas que logran lo que se proponen? Iniciativa. Es muy posible que eso sea lo que te esté faltando. Yo tuve iniciativa para renunciar a mi trabajo y empezar a viajar, pero antes pasé por cientos de ideas que me inspiraban y nunca concreté, todas por no pasar de la imaginación a la acción. Un ejemplo: cuando tenía 17 años quería ser guionista de cine. Averigüé para estudiar carreras relacionadas, hice un curso corto, escribí bocetos por los que la profesora me felicitó y hasta empecé a escribir el guión de un corto que tenía pensado grabar con amigos. ¿Por qué ahora no estoy escribiendo guiones? Porque dejé que el entusiasmo se fuera apagando, no por falta de interés, sino por falta de acción. Nunca me animé a pedirle a la profesora del curso si podía ir a ver cómo era un día de filmación en la película que estaba dirigiendo. Seguramente no hubiese tenido problemas, pero dejé pasar la oportunidad. Ni siquiera terminé el guión del corto que pensaba hacer con amigos. En cambio, me quedé con todas las ideas guardadas, esperando que de la nada algún día la profesora viniera a decirme: “Jota, me acuerdo que tus bocetos eran buenos, ¿querés escribir el guión de mi próxima película?”. ¡Ja! sí claro, como si eso iba a pasar. Esto mismo te puede estar pasando a vos. Te imaginás viendo las nubes desde la ventanilla de un avión, andando en bicicleta por Europa y celebrando el Día de los Muertos en México, pero no avanzás con tu idea. Si no querés que éste – 40


sea otro proyecto frustrado más, entonces necesitás iniciativa desde hoy. En algún momento vas a tener que dejar de leer este libro y ponerte a buscar vuelos, o pasajes de bus, o el mejor lugar para hacer dedo. Cada día hacé algo para que tu plan avance, para que hoy te sientas más cerca que ayer.

Cuando terminé el secundario no estaba muy seguro de lo que quería estudiar. Como casi todos mis compañeros, tenía más dudas que certezas, pero según me decían era algo normal de la edad, y no una enorme falla del sistema educativo. Empecé la carrera de Comunicación Social en la Universidad de Buenos Aires, pero después del primer año la dejé. A esta altura te debés estar preguntando cuántas cosas empecé y nunca terminé. Sí, muchas, pero estoy contento de haberme bajado del tren en ese momento, porque esa es otra cosa que suele pasar. Cuando ya hicimos uno, dos, tres años de una carrera y nos damos cuenta que perdimos el interés, igual seguimos, padeciéndola, pero seguimos porque de dejar sería haber desperdiciado ese año o dos o tres de nuestras vidas. “No voy a dejar ahora que ya aprobé diez materias, ¡con lo que me costaron! Hubiese dejado antes”, es el razonamiento típico. Pero lo único que hacemos es seguir desperdiciando el tiempo, hasta terminar y darnos cuenta que bueno, como lo veníamos viendo, no era lo que queríamos hacer, nada más que ahora tenemos un título que lo prueba.

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Pero ese es otro tema. Mejor volvamos a la carrera de comunicación que empecé y no terminé, porque de ella pude aprender un truco que le enseñé a mi cerebro, y con el que tuve que luchar por años para que me lo dejara de hacer. La realidad es que leer interminables textos sobre Introducción al Pensamiento Científico o Semiología no era lo que más me motivara en ese momento. Me pasaba horas improductivas mirando los apuntes o leyendo acostado mientras los ojos se me cerraban del aburrimiento. En vez de replantearme el sentido de lo que estaba haciendo, le hacía creer a mi cerebro que estaba demasiado cansado, así que mejor sería dormir una siesta para poder estudiar más fresco. Me despertaba con más sueño del que tenía antes, agarraba los apuntes y me volvía a quedar dormido. “Cerebro, es porque necesitamos despejarnos, mejor vamos a tomar un helado y a la vuelta vas a ver cómo estudiamos sin parar”. A la vuelta agarraba otra vez los textos de Semiología, pero no pasaba mucho tiempo hasta que mi cerebro me pedía prender la televisión o la computadora. Había aprendido el truco. ¿Cuál? Que cada vez que estábamos haciendo algo que no nos gustaba, había una escapatoria momentánea. No le enseñé a sacar el problema de raíz, sino a cortar las puntas. Pero el problema seguía ahí, acompañándome a tomar helado o mientras navegaba por internet en busca de nada. En algún momento había que resolverlo, pero hasta que no fuera la última instancia lo llevaba conmigo de paseo. Cuando el resultado te motiva, vas a estar dispuesto a hacer cosas que quizás no te gusten tanto, pero que podrás tomar como parte del camino hacia tu objetivo. Si ni siquiera el resultado que vas a tener después de hacer algo que no te gusta te está entusiasmando, como me pasaba a mí cuando estudiaba para aprobar una materia de Comunicación Social, entonces cualquier excusa va a ser buena para dejar de hacerlo. Incluso si el resultado te motiva, como es viajar, hay etapas que te gustarán menos que otras. Averiguar los requisitos para la visa de los países que querés visitar quizás no te entretenga tanto como leer las historias de otros viajeros, pero son un paso necesario que tenés que dar para poder seguir adelante. Si cada vez que te decidís a hacer estas averiguaciones, las postergas para

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chequear tu mail o ver qué pasó en Facebook en los últimos cinco minutos, entonces tu cerebro se va a acostumbrar a esta escapatoria y es la que tomará siempre. Acordate del resultado que buscás con lo que estás haciendo. ¿No te motiva del todo? Entonces sacá el problema de raíz. ¿Es con lo que soñás? Entonces enfocate en él.

El miedo es simplemente el adelanto del dolor, ya sea físico o mental. Siempre uno tiende a mirarlos como si fueran un callejón sin salida que nos obliga a chocarnos contra la pared y pegar la vuelta para continuar con lo que estábamos haciendo. Como todo en la vida, es sólo una cuestión de perspectiva. O mejor dicho, es sólo una cuestión de actitud. Si lo mirás como si fuera un muro, seguramente te va a hacer cambiar de rumbo, volver a la silla de esa oficina que tanto odiás, sentarte frente a la misma computadora que pensaste que nunca más ibas a volver a tocar, y seguir con tu rutina. Y ahí quedaron tus sueños, frustrados más que nunca porque lo intentaste, pero no fue suficiente. Tal vez no lo notaste, pero los límites te reconfortan. Tenemos miedo de tener mucha libertad y no saber qué deberíamos hacer con ella. Es reconfortante vivir con una lista de cosas que no se pueden hacer, con límites. Poca posibilidad de elección significa tener menos riesgos. Para la mayoría, la palabra riesgo tiene una connotación negativa, ya que creen que es sinónimo de fracaso. Y el miedo al fracaso se relaciona directamente con el qué dirán. Si uno no logra que su idea sea un éxito pero nadie lo nota, no pasa nada. El problema empieza cuando el fracaso se hace público, y por eso genera tanto miedo. Es fácil apuntar con el dedo, encontrar culpables, criticar al que hizo algo mal, pero todas las personas que llevaron adelante ideas exitosas también tuvieron otras que no funcionaron, porque así es el proceso del aprendizaje. Uno

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prueba, aprende del error, lo corrige y la rueda sigue girando. Si no estás fallando mucho es porque no estás probando lo suficiente. No hay nada malo en que te equivoques; todo proceso está plagado de errores, como la lamparita de Edison que tuvo mil intentos (“No fallé mil veces… descubrí 999 maneras de cómo no hacer una lamparita”). Hay que probar y ver qué pasa, si no siempre te quedarás con la duda. La mayoría de las personas tratan de pasar desapercibidas. Sueñan con hacer algo grande, pero siempre terminan eligiendo no sobresalir. Se prefiere alguien que no hace nada a alguien que se equivoca porque lo intenta. Uno teme que lo que está por venir no sea tan bueno como lo que tiene en ese momento, entonces se conforma y piensa “bueno, no está tan mal, ¿para qué perderlo?”. Y no hay nada que sea tan mediocre como el conformismo. Es como estar muerto en vida, sin proyectos, sin sueños, sin un ideal por el cual luchar cada día. Es vivir en piloto automático. Si no arriesgas, vas a vivir toda la vida siendo esclavo de tus miedos. Nosotros creemos que tener miedo es lo que nos mantiene vivos. ¿Qué sería de la vida si no sintiésemos miedo? Significaría que nunca haríamos nada lo suficientemente arriesgado como para generar tal sensación. Ese cosquilleo en la panza, las ganas de llorar y gritar, las noches sin dormir. Dicen que si tus sueños no te dan miedo es porque no son lo suficientemente grandes, y cuánta razón tienen. Da un paso más. Toma riesgos, porque sólo arriesgando se gana. Nunca te arrepientas de una decisión tomada: si en ese momento sentías que tenías que hacerlo, fue por una razón. ¿No te genera miedo saber que podrías haber cumplido tu sueño pero no lo hiciste simplemente por miedo a fracasar? Miedos a la hora de viajar (y cómo superarlos) - ¿Es seguro? Te vamos a contar un secreto: el noticiero miente. O si no querés ser tan radical, digamos que exagera, y mucho. Nos hace creer que el mundo es un

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lugar peligroso, lleno de gente intolerante dispuesta a tirarnos una bomba apenas nos vean llegar con nuestra mochila. Que nos van a violar a la vuelta de la esquina, y que si nos alejamos del terreno conocido vamos a terminar secuestrados. El sensacionalismo vende; decir que cada día este mundo es más peligroso, que cada generación es peor que la anterior que ya era terriblemente mala, que los enemigos se están armando para dominarnos, que ¡¡Antrax y Ébola y Corea del Norte y El Fin del Mundo!! genera rating, diarios vendidos y clicks que mantienen al Show del Terror funcionando. Pero el mundo… ¿es un lugar TAN peligroso? Si lo mirás por el noticiero, sí, la verdad que lo es, y sería mejor que ni te asomaras a la calle. Si apagás el televisor y viajás, te vas a encontrar con una realidad totalmente distinta. La mejor fuente de información para saber si un lugar es seguro o no, es consultar con otros viajeros que hayan ido al lugar que querés ir. Si vas a seguir las recomendaciones de los llamados Travel Advisories, entonces vas a pensar que los únicos lugares donde es prudente viajar son los países considerados “desarrollados”. Estas listas que publican los gobiernos con recomendaciones acerca de las precauciones a tomar en cada país, son totalmente exageradas y buscan cubrirse en caso de que algo pase (“Mirá que yo te avisé”). Por ejemplo, la lista del Gobierno de Canadá dice que deberías “ejercitar un alto grado de precaución” en países como Camboya, Myanmar, Tailandia, Rumania, Bulgaria o Perú, mientras que si le preguntás a cualquier viajero que haya ido seguramente te va a decir que no tuvo ningún tipo de problemas. Y ni hablar del “EVITA TODO TIPO DE VIAJE” con el que rotulan a Irán, país que nos enamoró a nosotros y a todos los que conocemos que no le hayan hecho caso al amarillismo. Lamentablemente, es verdad que hay injusticias y guerras en este mundo, pero también es cierto que hay más gente dispuesta a ayudarte que a hacerte daño. Pero claro, una sonrisa hace menos ruido que una bomba. La mayor causa de muertes de viajeros no son ataques terroristas, ni canibalismo, ni malaria; el mayor riesgo son los accidentes de tránsito, algo a lo que vas a estar más expuesto ya que vas a trasladarte constantemente, pero ante esto tenés tres opciones: viajás igual, lo hacés sólo por países con bajo

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índice de accidentes, o te quedás en casa donde hay menos riesgo. Vos elegís, pero si te quedás con la última acordate de no salir mucho a la calle. Si estás leyendo este libro es porque hablás español y seguramente vivís (o viviste) en alguno de los 23 países de habla hispana. Hay tantas posibilidades de que te pase algo en tu país como estando de viaje. Siempre hay que usar el sexto sentido que todos tenemos: el sentido común. Si hay algo que parece demasiado bueno para ser real, probablemente lo sea. El camino está lleno de señales, escuchalas. Seguí tu instinto, tu compañero de viajes que nunca te va a abandonar.

- ¿Y qué pasa si me agarra una catástrofe natural? Estábamos en Malasia vendiendo postales y se nos acerca un chico al que le brillaban los ojos cuando nos contaba que quería dar la vuelta al mundo. Su preocupación no era el presupuesto, ni los robos, ni las barreras idiomáticas ni culturales: lo que no le permitía avanzar era su fobia a las catástrofes naturales. Viajes o no viajes, la tierra va a seguir girando y las catástrofes te pueden pasar en cualquier parte del mundo. Que en Japón haya terremotos todos los años, o

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que partes de varios países del Sudeste asiático hayan sido arrasadas por un tsunami, no significa que no se pueda viajar. Se pueden prevenir los riesgos evitando las temporadas de tifones, como en el caso de Filipinas, por ejemplo, pero en la mayoría de los casos son impredecibles. - Es muy caro, no voy a durar mucho… Nos hicieron creer desde chicos que viajar es un lujo. Claro, porque uno piensa en el viaje como unas vacaciones, y eso sí que puede ser caro. Por empezar, todos quieren –o pueden– irse de vacaciones al mismo tiempo. Y cuando la demanda supera a la oferta, los precios suben: el transporte es más caro, el alojamiento, la comida, todo. Además, como genera un gasto importante, uno quiere exprimir cada centavo conociendo lo más que se pueda, y ahí es cuando aparecen los viajes a cinco países en quince días (o menos), donde uno sólo termina espiando un poquito de los lugares que visita. Sería como una muestra gratis, con la diferencia de que es bastante cara. Te deja sentirle el gustito, pero siempre te quedás con ganas de más. A eso hay que sumarle los obligados suvenires que debés traer a tus familiares y amigos, porque si no pareciera que el viaje no está completo. Entonces, cuando uno piensa en todos los gastos que generan dos semanas de vacaciones, inmediatamente los multiplica por meses –o años– y se cree que quienes vivimos viajando nos ganamos la lotería, nos mantiene mamá y papá, encontramos un tesoro en una isla desierta o traficamos dulce de leche a Groenlandia. Te podemos asegurar que vivir viajando puede ser mucho más barato que vivir quieto. - ¿Y si me quedo sin plata? Éste es el rey de todos los miedos, ya sea que estemos viajando o no. En parte es porque siempre estamos pensando en el futuro, en qué pasará mañana si necesito algo y no lo puedo pagar. Los seres humanos estamos acostumbrados a trabajar bajo presión, por eso vas a ver que ante la necesidad es como surgen las mejores ideas. Hay infinitas formas de viajar con poco dinero, y el mismo viaje va a hacer que se te active la

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dosis de creatividad que todos llevamos dentro. Vas a poder comprobar que quien quiere realmente algo, encuentra la manera de hacerlo. - ¿Qué hago cuando vuelvo? No voy a tener trabajo, ni casa, ni nada… Vamos a serte sinceros: el mundo no se detiene porque te vayas de viaje. Ni tampoco porque vuelvas. Así como antes de irte tenías varias oportunidades a tu alrededor, a la vuelta también van a estar, sólo tendrás que encontrarlas. La persona que se va de viaje no es la misma que la que vuelve, así que muchas de las preocupaciones que tengas ahora sobre la vuelta van a ir desapareciendo a medida que pasen los meses –o años– en ruta. En Asia, viajar es considerado una pérdida de tiempo. El sistema no permite baches en el currículum, ya que estar un año fuera equivale a estar en desventaja con el resto en la carrera de la búsqueda laboral, pero en Occidente el panorama es distinto. Queda exclusivamente en vos demostrar que es una etapa de crecimiento personal e intercambio cultural. Cuando vuelvas, vas a tener todas las capacidades que tenías antes de salir, más la infinidad de cosas que aprenderás en el camino. Serás más decidido, confiado e independiente, y tendrás una capacidad de adaptación envidiable, que se verá reflejada en tus futuros proyectos. ¿Qué no vas a tener casa, ni auto, ni trabajo, ni nada? Vas a tener algo mucho más valioso que todo eso, que es tuyo y solamente tuyo, único e intransferible… ¿Quién te quita lo bailado? En el capítulo 4 vamos a ayudarte a que tu vuelta no sea un aterrizaje forzoso, sino un suave y llano camino de regreso. - ¿Y si llego al destino y no me gusta? Viajando vas a llegar a lugares que, a pesar de estar en la otra parte del mundo, te vas a sentir como en casa, pero también te va a tocar visitar otros donde quizás no te sientas cómodo. La adaptabilidad es algo que se practica. Cuanto más viajes, más tolerante vas a ser y eso que tanto te molestaba y

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sorprendía de los chinos, por ejemplo, va a pasar a ser lo que hace que te guste tanto ese país. Para nosotros, no hay destinos buenos o malos, sino distintos. Puede que haya algunos que en el momento los disfrutemos menos que otros, pero te podemos asegurar que son los que más historias nos dejaron. Dormir con una rata muerta debajo de la cama por dos noches en una guest house en Dhaka, capital de Bangladesh, definitivamente fue una de las cosas más bizarras que nos pasó, aunque en ese entonces costaba verlo como una simple anécdota. Aprendé a aceptar cada país como es: real. Sin el maquillaje que tenía cuando lo viste posando para la foto de los folletos turísticos. Un mercado en Camboya no tiene por qué ser prolijito y pintoresco como el de Melbourne; que esté sucio, que las calles sean de tierra –y que se inunden– y que los pollos estén en el piso con moscas revoloteando a su alrededor puede ser un fuerte impacto a primera vista, pero tomalo como lo que es, un microcosmos del país en el que estás. - No me voy a poder comunicar. No importa el destino, en cualquier parte del mundo va a haber alguien dispuesto a ayudarte, siempre y cuando no olvides sonreír. Cuesta imaginar lo lejos que podés llegar simplemente con una sonrisa hasta que lo vivís. Los seres humanos tienen la capacidad de amoldarse al lugar donde estén, pero viajando esta cualidad se potencia. Con ganas y esfuerzo, vas a poder aprender aunque sea lo básico de cualquier idioma. Verás que las frases que necesitás para moverte van a ser siempre las mismas, y muchos idiomas tienen más similitudes de lo que te imaginás. Te vas a sorprender de las capacidades que tenías dormidas, esperando ser activadas. Fue viajando a dedo por Indonesia como, sin planearlo, terminamos hablando un poco más de lo básico del idioma. Ante la necesidad de comunicarnos con los conductores, y mantener conversación para evitar que se quedaran dormidos y que se nos terminara el viaje para siempre, íbamos dándole vida a las frases que hasta hacía un momento eran sólo una acumulación de palabras en nuestra guía. Sin duda, una de las mejores – 49


experiencias de nuestro viaje por el archipiélago. Ese mismo idioma nos serviría después para seguir viajando por Malasia. En Mongolia aprendimos a leer el cirílico, además de las frases básicas de supervivencia. Lo que no sabíamos era que tres años más tarde, viajando a dedo por Japón, todavía íbamos a recordarlo, y pudimos deleitar a un mongol que nos llevó unos 100 km al agradecerle con un bairla. Las vueltas del viaje. Acordate que las personas no somos máquinas limitadas a hacer una serie de tareas, tenemos la capacidad de adaptarnos. Si hay algo que no sabés hacer, no es un problema, sino un desafío. -Voy a perder a mis amigos Siempre creímos que la distancia separaba. Pero cuando el corazón sobrepasó la razón, nos dimos cuenta que cuanto más nos alejábamos físicamente de nuestros seres queridos, más cerca nos sentíamos emocionalmente. Irnos, para acercarnos. ¿O nunca te pasó de tener familiares a quienes no ves en todo el año aunque vivan en la misma ciudad? Cuando uno vive una vida sedentaria, el círculo de amigos está establecido –y limitado– por la situación geográfica de cada uno. Seguramente tus amigos sean quienes compartieron el colegio con vos, tus vecinos, compañeros de trabajo o del club. Algunos puede que los elijas vos, y otros que estén en tu vida porque transitan un mismo camino y tienen suficientes cosas en común como para mantener un lazo, como pasa muchas veces con los compañeros de trabajo. Sí, está bien, se pueden juntar y pasarla bien criticando al jefe o al nuevo que hace todo mal, pero en cuanto se deja de compartir un mismo espacio geográfico, ese lazo se rompe. Viajando no vas a perder a tus amigos, te vas a dar cuenta quiénes lo eran realmente. Puede que al principio duela, sobre todo en el momento en que te das cuenta que ya no queda nada en común con esa persona con la que creías que compartías todo, pero es parte del proceso. Algunas personas se cruzan en nuestro camino para acompañarnos por una parte de este viaje de la vida, hasta que llega un punto en el que cada uno tiene que seguir hacia su destino y

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los caminos se dividen. No está mal, sólo hay que aprender a aceptarlo y hacer lugar para aquellos compañeros que la vida nos preparó para esta etapa. Además, ya no vas a estar limitado a tu universidad, trabajo, barrio o club para conocer gente, ahora todo el mundo está a tu alcance. ¿Sos consciente de lo que eso significa? Vas a tener nuevos amigos en distintos rincones del planeta, y con las facilidades que nos da internet vas a poder mantener el en contacto sin problemas. Y creenos, nos hemos reencontrado con amigos hechos en el camino más veces de lo que te imaginás. - ¿Y si me enfermo? Cuando en un hostel en Corea le contamos a una chica israelí sobre nuestro viaje, lo primero que nos preguntó no fue sobre cómo nos manteníamos ni si extrañábamos a nuestra familia, sino sobre un miedo que parecía preocuparla mucho más: ¿Cómo hacen con los medicamentos? Estamos plenamente convencidos que las enfermedades son señales de que hay algo en nuestra vida que no funciona correctamente. También es cierto que puede haber imprevistos que hagan cambiar de rumbo a nuestro viaje, como un accidente o una picadura de un maldito mosquito que termina siendo mucho más que una roncha. En los seis años que van de viaje, sólo tuvimos que ir al médico en dos ocasiones. Claro está que no nos podía pasar algo en una ciudad, cerca de un hospital, sino no tendría emoción. La primera vez fue en Jaisalmer, India, cuando Jota tenía una diarrea como nunca antes (mejor no entrar en detalles) y bastante fiebre. India nos persiguió durante dos meses con este tema, pero esta vez estaba yendo mucho más lejos, así que decidimos ir al médico. Las manchas en la sábana de la camilla ya formaban un armónico decorado, con los recuerdos de todos los pacientes que habían pasado por ahí. Entre moscas y mucha gente mirando cada movimiento pasó nuestra visita y, unos días y pastillas más tarde, Jota ya estaba como nuevo para seguir viaje.

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La segunda –y última por ahora– fue en Filipinas, cuando una basurita no tuvo mejor lugar para caer que en el ojo de Dani. Siempre estas cosas tienen que pasar en el lugar y el momento equivocados. Viernes a la noche en un pueblo remoto donde sólo se podía acceder caminando una hora y media por la montaña. No había médicos, ni mucho menos oftalmólogos; sólo una partera que no vendría hasta dentro de dos días. Como por arte de magia, apareció una curandera. Al ver la cara de dolor de Dani, se lavó las manos en alcohol, agarró un pasto y lo dobló formando una especie de gancho; le abrió el ojo y dio su veredicto: “Reposo por dos o tres días y vas a estar bien… pero ustedes son extranjeros y no creen en estas cosas, sólo quieren médicos y medicinas”. A pesar de decir esto, a los pocos minutos estaba recomendándonos que fuéramos a Banaue, el pueblo más cercano, para ver a un especialista. El duro camino de montaña era la única manera de salir del pueblito. A ciegas y con las mochilas, era una odisea a enfrentar. Con un bastón, ambos ojos cerrados y agarrada de mi brazo, Dani lograba que cada uno de los que pasara nos frenase a preguntar qué había pasado, o a felicitarnos porque a pesar de ser ciega se había animado a hacer la caminata. Costó estrés, sudor y lágrimas, pero llegamos. Tanta lucha para que del hospital de Banaue nos derivaran a otro hospital (por supuesto, en otra ciudad), donde seguramente nos podrían atender, pero teníamos que esperar hasta la noche a que saliera el bus. Dani seguía llorando pensando que se quedaría ciega, pero al menos ahora lo hacía arriba del bus y no en la caminata de montaña. Tuvimos una entrada a lo grande, con enfermeros yendo a recibirla con suero y silla de ruedas, todo para decirnos que… teníamos que volar a Manila esa misma noche o ir a ooootro hospital en ambulancia. Ya resignados por la situación, subimos a la ambulancia en busca de una esperanza en el Veteran´s Hospital, mientras por dentro pensábamos que seguramente el especialista también atendería de lunes a viernes. Pero dicen que la tercera es la vencida…

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Dicho y hecho. Nos internaron en una pieza superpoblada, sin cortinas que nos separaran de un enano pervertido que se ponía muy caliente a la noche y estrujaba los senos de su acompañante, mientras ella protestaba. Del otro lado había una señora que emanaba olor en cada movimiento, y perduraba por horas en el ambiente, mientras las visitas de los otros cinco pacientes se olvidaban de su familiar y pasaban todo su horario mirando lo que hacíamos nosotros. Al entrar al consultorio nos encontramos con lo que queríamos ver, o bueno, lo que yo quería ver, porque Dani seguía a ciegas. Aparatejos para chequear los ojos, esos cuadros con letras en distintos tamaños y un maletín que en una película estaría lleno de dólares, pero en este caso relucían lentes de todo tipo. Miró el ojo y, distorsionada por el barbijo, dijo: “Tenés una alteración de la córnea, en una semana vas a estar mejor, ponete estas gotas y usá el parche”. Después de caminar a ciegas con las mochilas, pasear por tres hospitales en tres pueblos distintos, aguantar ser el centro de atención por dos días en una sala con un enano pervertido y aromas desagradables, la tan buscada especialista nos dijo lo mismo que nos había anticipado la curandera. Al instante se nos vinieron a la mente sus palabras… “Pero ustedes, extranjeros, quieren médicos y medicinas”. Siempre hay una solución. No dejes que el miedo a que te pase algo te detenga, porque lo peor que te podría pasar sería que nunca te animaras a salir. Cuántas cosas perdemos en la vida, sólo por miedo a perder. Cuántos viajes que nunca se concretan por miedo a romper con la rutina, a perder la seguridad –falsa– que nos brinda la zona de confort, a estar en un lugar donde nada nos es familiar, ni siquiera nosotros. Y perdemos, porque no nos animamos a ganar.

Para muchos, las palabras mujer, viajera y mochilera no pueden ser usadas en una misma oración. Nos dijeron desde chiquitas que éramos “el sexo débil”, y

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lo repitieron tantas veces que lo tuvimos que creer. Lo peor es que, a veces, quienes lo afirman somos nosotras mismas. Hace no tantos años, cualquier mujer que expresara sus ganas de viajar no sólo que era tratada de loca, sino también de prostituta. Gracias a grandes personajes que dieron los primeros pasos en el mundo de los viajes, fuimos avanzando un poco y ahora sólo nos tratan de locas. Está en nosotras el poder de terminar de cambiar la historia. Si estás padeciendo los comentarios de tus familiares y amigos acerca de tus planes viajeros, tenemos un premio consuelo: Nellie Bly fue la primer mujer en dar la vuelta al mundo… ¡en 1889! ¿Te imaginás todo lo que le habrán dicho en ese entonces? Pero ella estaba convencida. Había leído “La vuelta al mundo en 80 días”, de Julio Verne, y no sólo que había decidido vivirlo en carne propia, sino que además quería establecer el récord mundial de hacerlo en menos tiempo, ¡y sola! Tardó 72 días, y logró mucho más que romper con una marca; le demostró al mundo entero que nosotras somos capaces de hacer cosas extraordinarias, sólo que hasta ese entonces nos habían hecho creer que eran imposibles. ¿Y si te cuento que en 1894 Annie Londonderry fue la primer mujer en dar la vuelta al mundo en bicicleta? Como si esto fuera poco, ya en el 381 (sí, leíste bien, en el 381) una monja llamada Egeria había decidido romper con todos los prejuicios y emprender un viaje de tres años por Constantinopla, Mesopotamia, Asia Menor, Siria y Palestina, entre otros destinos. Lo que le habrán dicho… (“¡Vos porque te querés escapar del convento!”). No nos vayamos tan lejos: ¿Qué estabas haciendo cuando tenías 16 años? En el 2009, la adolescente australiana Jessica Watson decidió que había llegado el momento de circunnavegar el mundo en velero… ¡sin parar, sola y sin asistencia! Y pensar que todavía muchos piensan que una mujer no puede viajar sola… ¿No te alcanzan las pruebas? Roz Savage también creía en los estereotipos de que sólo los hombres grandes, fuertes y barbudos podían cruzar los océanos a – 54


remo, hasta que un día decidió dejar de soñarlo y empezar a hacerlo realidad, y demostrar –más que nada, demostrarse– que ella podía. Hoy, tiene el record Guinness por ser la primer mujer en cruzar los tres océanos –Atlántico, Pacífico e Índico– a remo. En el día a día, es incontable la cantidad de mujeres que cruzamos viajando solas. Ellas también tenían (y tienen) los mismos miedos que vos, pero no lo ven como una barrera sino como un desafío para seguir avanzando. Las mujeres tenemos todas las capacidades de un hombre, y más. ¿O me vas a decir que no existe ese sexto sentido que sólo nosotras podemos aprovechar? La famosa intuición femenina, que va a ser tu fiel compañera de viajes. El problema es que cuando alguien piensa en una mujer viajera, tiende a creer que es una presa fácil y que es más propensa a que le pase algo. Bueno, nosotras también lo pensamos, seamos sinceras. La realidad es que viajando, generalmente, vas a correr los mismos riesgos que estando en tu ciudad. En mi caso, en ninguna de todas las ciudades que conocí en estos seis años de viaje me sentí más insegura que en Buenos Aires. Y claro, cuando vivía allá nadie me decía “¿Vas a salir a la calle? ¿Estás loca? ¡Mejor quedate en casa!”. La diferencia es que al viajar uno tiene que salir de la zona de confort, y eso es lo que genera miedo, el hecho de que te pueda pasar algo y no tengas a nadie a tu alrededor para ayudarte. Más que peligro, viajando la mujer tiene que soportar un grado más alto de incomodidad, sobre todo cuando piensan que porque somos mujeres tenemos un carácter más dócil y nos pueden estafar más… ¡No saben con quién se están metiendo! Pero ser mujer también trae sus beneficios en los viajes, y al por mayor, aunque se crea lo contrario. Justamente porque la gente piensa que estás en peligro, vas a encontrarte recibiendo ayuda mucho más seguido de lo que te imaginás, sobre todo en los países donde más sola pensabas que te ibas a sentir. Los mayores desafíos que tuve que enfrentar siendo mujer fueron en Irán, Bangladesh e India. No es casualidad, y me lo esperaba: en estos tres países, el

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rol de la mujer en la sociedad es muy distinto al que estamos acostumbradas. Si bien estaba mentalmente preparada –o al menos eso creía–, hubo momentos en que los choques culturales se hicieron sentir bien fuerte. Y bueno, para eso viajamos, ¿no? Apenas contamos que nos íbamos a ir de viaje por Irán, las voces se unían y hacían eco en mi interior: ¿Estás segura que querés ir a Irán siendo mujer? Por dentro tenía mil preguntas para darles como respuesta, pero sólo me limitaba a decir una en voz alta: ¿Por qué no? Y ahí empezaban con sus falsas justificaciones para que cambiara de destino. “Es que… viste como tratan a la mujer allá, ¿no? No te vas a sentir cómoda, mejor si buscás otro destino”. Hay veces en las que me gustaría ser más directa y responder todo lo que pienso sin importar el qué dirán, y en ese momento hubiese sido algo como: “No, no sé cómo tratan a la mujer allá, por eso viajo, para ampliar mis horizontes. ¿Vos fuiste o conocés alguien que haya ido? ¿No? Entonces… ¿por qué me tirás abajo? Cierto, lo viste en la TV”. Parecía una ironía, porque las primeras incomodidades por el hecho de viajar siendo mujer las recibía de quienes compartían mi misma cultura y creía que me comprenderían. En Irán hay una ley que obliga a todas las mujeres –incluso a las turistas– a vestirse siguiendo las costumbres musulmanas. Antes de viajar empecé a probarme el velo frente al espejo. Me tapaba toda, hasta el flequillo, tratando de ser lo más respetuosa posible con la cultura que estaba por conocer. Cuando vinieron a cenar a nuestra casa –rodante– los amigos iraníes que hicimos en Australia, y les mostré mi velo, me dijeron que era más conservadora que sus madres. “Podés relajarte, la mayoría de las jóvenes no lo usaría si pudieran”. Cuando llegamos, entenderíamos lo que nuestros amigos nos estaban diciendo. Tal como la frase “Si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él”, hicieron del velo un objeto de moda. Y sí, las iraníes también se maquillan, usan ropa de colores y se hacen cirugías estéticas. Ya en el avión, antes de aterrizar, las azafatas se visten para la ocasión y le avisan a todas las pasajeras que llegó la hora de taparse. No hace falta usar un burqa, pero la única parte del cuerpo que puede quedar descubierta es la cara y las manos. Si bien lo sabía antes de ir, y lo acepté, debo confesar que había

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momentos en que se volvía bastante incómodo, sobre todo porque nos quedábamos a dormir en la casa de los locales y nunca estaba ese momento de “llego a casa y largo todo en el sillón”, o cuando viajamos en un tren nocturno y tuve que dormirme con el velo puesto. Pero nada se compara con la impotencia que sentí cuando estábamos en un auto camino a Kashan, y nuestra conversación con el conductor iba subiendo y bajando de tono tal como las montañas que estábamos transitando en el camino. Aprovechando que tenía dos occidentales a su alcance –y que estábamos adentro de un auto, así que lo íbamos a tener que escuchar–, se descargó diciendo: “Yo no entiendo cómo las mujeres en otros países no se cubren. Es muy peligroso, porque si yo voy manejando y veo una mujer destapada, instintivamente voy a darme vuelta para mirarla, y puedo perder el control y chocar a alguien, todo por culpa de esa chica que estaba provocándome”. Siendo yo la única mujer dentro del auto, guardé silencio por unos segundos para pensar cuál sería la respuesta más adecuada. Traté de hacerle entender nuestro punto de vista, pero no me dejó ni terminar, agregando: “No importa que no sean musulmanes. A la virgen María nunca se la vio con la cabeza destapada. Ella es un ejemplo de mujer, todos deberían copiarla”. Un año después de este choque entre culturas, estábamos aterrizando en India. Increíble India, irresistible India. País de los extremos, donde lo lindo es hermoso y lo feo es horrible. Donde cada día los pobres se vuelven más pobres y los ricos más ricos. Donde viajar se vuelve un desafío constante, pero con recompensas gigantes. India no deja indiferente a nadie; es un antes y un después en la vida viajera. Llegamos a Mumbai de madrugada. Caminar por sus calles mientras estaba todavía dormida fue una dura –pero tan real– introducción al país que acabábamos de pisar. Es por esto que no nos gusta tomar vuelos; nuestro cuerpo tiene una velocidad distinta a la de nuestra mente, algo así como la luz y el sonido. Encontrarnos físicamente en un lugar no significa que lo estemos completamente. Viajando por tierra, uno se mueve a la velocidad del paisaje. Los pueblos fronterizos, esos que no son de acá ni de allá, funcionan como

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amortiguadores para suavizar nuestro choque cultural. Los carteles van cambiando y los idiomas se van mimetizando. En este caso, caímos en la ciudad más grande del país, y de noche. Welcome to India. Si hay un país en este mundo que tiene la fama de ser un tanto complicado para las mujeres viajeras, es éste. Seguramente cuando anuncies tus planes, no van a faltar quienes intenten desanimarte enumerándote los peligros a los que te vas a tener que enfrentar. Se lo contó un amigo de un amigo, demás está decir, no es que lo hayan experimentado en primera persona. La incomodidad de viajar a India es muy distinta a la de Irán, allá nunca sentí miradas pervertidas. Sola o en compañía masculina, la intensidad era la misma. Fue el primer país donde vi un vagón del subte exclusivo para mujeres, y me sentí aliviada de que estuviera. Con esto no pretendo asustarte, ya que en ningún momento sentí que la situación podría pasar a mayores. Así como mi estómago se fue acostumbrando a los pormenores de los currys, las miradas de los indios se fueron mimetizando con todos los colores que hay en el ambiente. Forman parte de la idiosincrasia del lugar, como los piropos en Argentina. Acá no hay una ley escrita que diga cómo tenemos que vestirnos, pero sí una necesidad. Por un lado, resignás comodidad vistiendo ropa que no quisieras, sobre todo cuando hace demasiado calor, pero ganás tranquilidad evitando ser el centro de atención. Hoy, mirando en retrospectiva, puedo afirmar con seguridad que India fue uno de los países más atrapantes que haya tenido la oportunidad de visitar. Su eslogan, “Increíble India”, no puede estar más acertado. Cruzar la frontera nos obliga a hacer una pausa y ser conscientes del cambio que estamos transitando. Es como en los templos taoístas, donde hay un desnivel en la entrada para que el cuerpo le comunique a la mente que están cambiando de sintonía. El ruido del sello de un nuevo país dejando su marca en el pasaporte coincide con el tan necesario cambio de chip interno para empezar un nuevo capítulo del viaje.

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La frontera por la que cruzamos a Bangladesh era sólo una choza de hojas de palmera, y la pasamos casi sin darnos cuenta, tal como si nos estuviera dando el mensaje de que lo que estábamos por ver –y vivir– no era merecedor de un punto y aparte, sino que con un punto seguido alcanzaba. Mi mente estaba en blanco. No había ningún preconcepto creado por la experiencia de otras viajeras, porque casi nadie visita esta parte del mundo. Lamentablemente, fue el único país donde me sentí “abusada”. A las miradas penetrantes que sentía en India, en Bangladesh tuve que soportar que se le sumaran dos manos que se pasaron de la raya. “Diferencia de espacio personal”, lo llamarán algunos. Para mí, es una falta de respeto. La solución es simple: reaccionar lo antes posible con un grito señalando a la persona. No se va a poder volver el tiempo atrás, pero va a pasar la vergüenza de su vida. El mayor desafío que tiene que enfrentar una mujer viajera no es el viaje en sí mismo, sino los miedos de los demás. No dejes que se infiltren en tu cuerpo por ósmosis.

Viajar no es escaparse, viajar es encontrarse. Si tu única motivación para irte de viaje es alejarte de todos tus problemas, te recomendamos que los resuelvas antes de irte, porque ellos no necesitan inspiración para viajar y están dispuestos a hacer lo que sea para perseguirte hasta los lugares más recónditos del planeta. Es probable que mucha gente que te rodea no pueda ver más allá y piense que viajar es una pérdida de tiempo, porque claramente, el viaje para ellos tiene otro significado. Y ahí es cuando nos encontramos, más seguido de lo que nos gustaría, respondiendo a esta pregunta mágica, que deja a todos pensando… ¿Por qué viajamos?  Viajamos porque nos permite ser conscientes de lo poco que necesitamos para vivir, simplificándolo todo a lo que cabe en una mochila.

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Fue en nuestro viaje a Mongolia donde pudimos ver de cerca la vida de los nómadas, y apreciar cada detalle. Admiramos la capacidad que tienen para resumir todas sus pertenencias en lo que pueden cargar, porque no hay lugar para las cosas que la sociedad consumista nos quiere hacer creer que necesitamos, y ahí es cuando uno se pregunta cómo alguien sin siquiera hablarte puede hacerte replantear tu vida. Pero claro, la sociedad nos dice que tenemos que tener ropa de todos los colores, aros, collares, pulseras y anillos que le hagan juego, zapatos, etcétera, etcétera, etcétera… porque si no el sistema capitalista no funciona.  Porque al viajar se genera un intercambio cultural constante, que crea un mundo con menos diferencias. Nos damos cuenta que la gente que vive del otro lado del globo no es tan distinta como creemos. Por más que todo lo que está en la superficie sea diferente –casa, comida, color de piel, idioma– la esencia del ser humano es siempre la misma. Ellos también tienen curiosidad por lo desconocido, odian las guerras tanto como vos y quieren hacer del mundo un lugar mejor para todos. Buscan tener un trabajo que les asegure un techo y el pan de cada día, estar rodeado de la gente que quieren, gozar de buena salud y vivir en un lugar pacífico y seguro.  Porque el viaje nos lleva a hacer cosas que nunca nos creímos capaces. Viajando uno descubre habilidades que ni siquiera sabía que tenía, porque nunca nos dimos el tiempo para descubrirlas. Al salir de la rutina, la mente está abierta a nuevas ideas, y es en ese momento cuando uno descubre las pasiones que estaban tapadas por el peso de las obligaciones que nos impusieron.  Porque nos permite darnos cuenta que el mundo no es ni tan grande, ni tan peligroso, ni tan inalcanzable como creíamos. El viaje nos hizo dar cuenta que los medios masivos de comunicación nos quieren hacer ver una imagen del mundo que no es real. Comprobamos que hay más gente buena que mala, sólo que los malos tienen más prensa. Cuando éramos chiquitos, viajar a países como Mongolia, Kirguizistán o Irán nos – 60


parecía algo totalmente inalcanzable. Era igual de imposible pensar en “me voy a la Luna” o “me voy a Samoa”. Mirar un planisferio equivalía a viajar al infinito y más allá, mirando esos países con nombres raros que pensamos que sólo existían en los mapas. Mientras escribimos estas líneas, estamos en el punto del planeta donde más lejos de casa podemos estar: Corea del Sur, la antípoda de Argentina. Habiendo llegado hasta acá, ya el mundo no nos parece tan grande, ni mucho menos, inalcanzable. Volvemos a la frase que tanto resuena en nuestra mente cada vez que nos levantamos: “Podés ser lo que quieras ser y llegar donde desees, sólo tenés que proponértelo”. Cuando anunciamos que íbamos a viajar a Irán, la respuesta fue en todos la misma: están locos. ¿Para qué quieren ir a Irán con todos los países tan lindos y seguros que hay para recorrer en este mundo? Creían que el viaje nos había hecho perder la noción del peligro, sobre todo por el hecho de que estuviéramos en Australia para ese entonces. Por dentro pensábamos… ¿por qué nos dicen todo esto si ninguno de todos ellos fue ni conoce a nadie que haya ido? Con cada persona que nos quería desalentar en nuestro viaje, más convencidos estábamos que íbamos por el camino correcto. Hay que demostrarles que los habitantes de un país no pueden ser juzgados por las decisiones tomadas por un corrupto gobierno, y que lo que nos cuentan los medios no puede estar más alejado de la realidad. Dicho y hecho: hasta ahora, después de más de treinta países visitados, Irán sigue siendo la mejor experiencia de viaje. ¿Por qué? Justamente, porque nos hizo dar cuenta de que la gente es el mejor atractivo que un país pueda tener.  Porque nos enseña día a día que hay un idioma universal, que no tiene alfabeto, ni conjugaciones verbales, ni raras pronunciaciones. Hay un idioma universal, que no conoce de fronteras, de banderas ni de religiones. Un idioma que no se aprende, sino que lo sabemos desde que nacemos. Un idioma que tiene el poder de cambiar el mundo. Que es tan fuerte que puede decir todo sin decirlo nada. Que es tan gratificante que – 61


puede transformar un alma. Que es tan simple que hasta nos olvidamos que existe. Creenos, por más que suene idealista, la sonrisa te puede llevar muy lejos.  Porque nos enseña a valorar, a dar, y también a recibir. La vida está compuesta por ciclos, y todo lo que va… vuelve. Como dice la canción de Jorge Drexler: “Cada uno da lo que recibe, luego recibe lo que da. Nada es más simple, no hay otra historia, nada se pierde, todo se transforma”. Siempre nos dijeron que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde, pero nunca lo habíamos entendido tanto hasta que nos fuimos de viaje. Es como que en un momento tu mente hace click y pensás “ahora entiendo todo”. Lo que más aprendimos a valorar es tener un techo bajo el cual dormir. Algo que tuvimos desde que nacimos, y por eso nunca nos habíamos detenido a analizar. En viaje, no siempre dormimos donde queremos, sino más bien donde podemos, donde encontramos o, muchas veces, donde nos invitan.  Porque nos encontramos diciendo “gracias” más veces de lo que estamos acostumbrados cuando no viajamos. Justamente porque al viajar uno constantemente está recibiendo ayuda de un desconocido, “gracias” va a ser la primer palabra que aprendamos en cualquier idioma. Los pequeños gestos terminarán siendo los más grandes.  Porque recibimos educación de la mejor universidad del mundo. Aunque algunos siguen creyendo que viajar es una pérdida de tiempo, la realidad es que lo que se aprende en la ruta no está en ningún libro. Es tener una clase de geografía, historia, economía, política, sociedad, marketing e idiomas en vivo y en directo. Viajar te hace crecer… en todo sentido.

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“Cuando quieras emprender algo, habrá mucha gente que te dirá que no lo hagas; cuando vean que no pueden detenerte, te dirán cómo tienes que hacerlo; y cuando finalmente vean que lo has logrado, dirán que siempre creyeron en ti” – John Maxwell Hay veces que pasan tantas cosas dentro nuestro que cuesta expresarlas en palabras. Para algunos, dar la noticia de que se viene un viaje sin fecha de regreso puede ser más difícil que tomar la decisión. Anunciarlo tiene una gran ventaja: una vez que la idea es pública, vas a estar más incentivado para que el proyecto se cumpla. De lo contrario, no sólo sería una cuenta pendiente, sino que estarías defraudándote a vos mismo contándoles a todos que al final no lo pudiste lograr. En estas ocasiones, vas a tener la oportunidad de encontrarte con tres tipos de personas: los que te apoyan porque ya hicieron un viaje largo o porque tu felicidad los hace feliz; los que lo intentaron sin llegar a concretarlo, entonces no pueden tolerar que alguien lo haga realidad; y los que nunca salieron de su zona de confort, por lo tanto, hablan sin conocimiento de causa. Con el primer grupo no vas a tener problemas, son los que te van a dar ánimo y motivación para que hagas lo que tanto estás planeando; si no hay muchos de estos en tu círculo cercano, no te sientas defraudado. En lugar de deprimirte, buscá gente con tus mismos intereses y perspectivas en internet y te vas a dar cuenta que no sos el único. Del segundo grupo seguramente puedas tomar algunos consejos, en especial sobre lo que no tenés que hacer para seguir con tu plan; pero no te juntes mucho con esta gente negativa porque puede ser contagiosa. Y el tercer grupo, los que nunca lo intentaron pero “se imaginan” o “les contaron”, son los que van a venir con una tormenta de preguntas inmediatamente después de que termines de explicar tu idea (o quizás ni te dejen terminar); tené en cuenta que estás rompiendo el esquema de lo que está socialmente aceptado y van a exigir algunas explicaciones. Esperá todo

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tipo de preguntas: las que vienen por desconocimiento, por curiosidad y las que tienen malas intenciones. Lo ideal sería que la gente que más te importa te apoyara desde el primer momento, pero eso no siempre pasa. Si vos mismo no estás muy convencido de la decisión que tomaste, entonces va a ser muy difícil que puedas convencer a los demás. Expresá seguridad y entusiasmo, fundamentando tu decisión con las motivaciones que llevaron a decidirte. Dales a conocer cuál es tu fuente de inspiración y haceles notar que estuviste investigando y conociendo la historia de otros viajeros que ya lo hicieron. Tal vez nuestro caso de que nos fuimos por tres meses y no volvimos más no sea bueno para arrancar la conversación (ese era el plan inicial, ni nosotros sabíamos lo que nos esperaba), pero con ejemplos le podés demostrar que no todo el que decide irse de viaje es un vagabundo que se fue porque no tenía nada mejor que hacer con su vida. De esos también los hay, pero también hay muchos a los que viajar le significó un enorme crecimiento personal y profesional, y otros a los que les hizo dar un giro tan grande en su vida que el viaje se convirtió en su fuente de trabajo. Por lo general, los padres están preocupados por dos cosas: crecimiento profesional y seguridad. Ellos no quieren frenarte, sólo tienen miedo porque quieren lo mejor para vos, y pueden pensar que tu decisión no fue la más acertada para tu futuro. Para tranquilizarlos en este tema, es importante que entiendan que tu viaje no será simplemente uno de vacaciones, en el que te vas a pasear hasta que los ahorros se terminen, sino uno de aprendizaje, en el que vas a poder adquirir conocimientos y habilidades que serían imposibles de otra manera, como desenvolverte por tu cuenta en situaciones adversas, acostumbrarte a tomar decisiones constantemente, aprender un idioma practicándolo con hablantes nativos, tener un entendimiento mayor sobre culturas totalmente ajenas a la tuya, conocer cómo se vive en otras partes del mundo, y perder los prejuicios que quizás tenías antes de estar rodeado por un círculo internacional. Si las sabés aprovechar, las posibilidades de crecimiento personal que un viaje ofrece son mucho más grandes que la de una mejora salarial o un año de – 65


estudio convencional, ya que vas a tener el impagable potencial para ser una persona ecléctica, que pueda tomar y combinar elementos de diferentes culturas para moldear su propia personalidad. “Quiero viajar, pero mamá no me deja”: el caso chino “Qué increíble su viaje, me encantaría poder hacer lo mismo que ustedes”, nos decía Zhuo Ji, un joven de 32 años que nos había levantado mientras hacíamos dedo en China. Como acompañante estaba su madre, quien no parecía tan entusiasmada con el crimen que, según ella, estábamos haciéndole a nuestro futuro. Viajar por el mundo durante más de cinco años, a nuestra edad, era algo de lo que nos arrepentiríamos. Las preguntas de Ji venían por duplicado. Primero lo que él quería saber –como cuál era nuestro país preferido o qué pensábamos de China–, seguido por los incisivas dudas de la madre, en especial acerca de la salud mental de nuestros padres. La cara de la señora se iba transformando cada vez que su hijo le traducía nuestras respuestas. –Creo que tu mamá no piensa lo mismo que vos acerca de nuestro viaje. –Dice que si se me ocurre hacer lo mismo que ustedes… ¡me mata! Es que en China sólo podemos pensar en nuestro futuro y disfrutar cuando estemos jubilados. En una cultura maníaca por las impresiones que darán en el otro, y donde las autoridades raramente se discuten, los jóvenes chinos quedan limitados a vivir la vida que otros quieren para ellos.

Puede sonar lindo decir “¡Renuncié a mi trabajo, me fui de viaje y ahora soy la persona más feliz del mundo!”, pero no todo el que quiere hacer un viaje largo entra dentro de este marketinero formato. Tal vez después de leer demasiadas historias de otros viajeros (muchas veces edulcoradas para hacerlas parecer grandiosas), te preguntes si odiar tu trabajo es una condición sine qua non para

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empezar a viajar. Absolutamente no, puede ser que te encante lo que hacés ahora, nada más que querés tomarte un año, o el tiempo que sea, para viajar, y eso no te va a volver menos “viajero” que los que inflan el pecho porque le dijeron en la cara al jefe todo lo que pensaban de él y antes de irse revolearon la computadora por la ventana y salieron corriendo con la corbata en la cabeza gritando “¡Soy libreeeee!” (¿Será realmente tan así?). Conocimos casos de viajeros que les gustaba lo que estaban haciendo, pero al no poder darles una licencia tan larga en el trabajo, les ofrecieron seguir con sus tareas online, lo que les permitió tener un ingreso para mantenerse viajando el tiempo que quisieran (más adelante te vamos a contar sobre uno de estos casos). Otros tantos están contentos con su profesión, pero no con las condiciones de su trabajo. Ser ilustrador o creativo de publicidad puede no ser tan divertido cuando lo tenés que hacer desde una oficina, sentado todos los días en el mismo lugar, frente a la misma pantalla y con la misma máquina de café como punto de escape cuando no das más del aburrimiento; pero también sabemos de gente que renunció al cubículo y revivió su amor haciendo el mismo trabajo pero desde distintas partes del mundo, cambiando el entorno por uno más inspirador. Muchos otros sí están completamente podridos y no ven la hora de dejarlo. Si por lo que más querés irte de viaje es para escaparte de tu trabajo, lo más probable es que cuando vuelvas estés otra vez en el mismo dilema. El viaje debería ser la motivación; renunciar, la consecuencia. Por Dani: En mi caso, no fue difícil tener que contarle a mi jefe en la agencia de viajes donde trabajaba que mis planes habían cambiado y mi renuncia estaría cerca, lo más duro fue el último día en la oficina. Me gustaba mucho el trabajo que hacía, pero sentía que me estaba consumiendo. Toda mi energía estaba enfocada en eso. El día que en uno de mis sueños (esos que aparecen cuando uno duerme, no cuando uno está despierto, esos son otros) apareció la solución a un problema que había tenido – 67


el día anterior en la oficina, supe que había algo que no estaba funcionando bien. Necesitaba un cambio. Finalmente había llegado el último día, y ya había delegado todos mis clientes a mis compañeras. En la pantalla de mi computadora se abrían pestañas sobre Nueva Zelanda, no podía pensar en otra cosa. Cada tanto atendía a algún cliente que entraba, y por dentro pensaba que en tan sólo unas horas, en vez de planear el viaje de otros, estaría viviendo mi propia aventura. De repente miro el reloj, y ya eran las seis de la tarde. Se acerca mi jefe a mi escritorio para desearme el mejor de los éxitos, y me felicita por la decisión tomada. No soy de llorar en estas ocasiones, pero no pude ocultar mis lágrimas. Eran de emoción, de eso no cabe duda, pero también estaban mezcladas con miedo. Estaba feliz por haber concluido una etapa. Después de todo, eso era lo que quería, renunciar al trabajo para tener la libertad de poder viajar a donde quisiera, sin la necesidad de tener que volver al terminar mis dos semanas anuales de vacaciones, pero… ¿qué vendría ahora? Toda la seguridad que me brindaba mi trabajo ya no estaría. El sueldo a fin de mes y las caras conocidas desaparecerían; estaba saliendo de mi zona de confort. No sólo estaba dejando mi trabajo, sino que también estaba cambiando mi estilo de vida. Fue mucho más que renunciar a mi puesto de agente de viajes. Esa noche fue muy rara, todavía me quedaba rendir el último final de la facultad al día siguiente, y después tendría una semana sin compromisos para poder despedirme de todos mis familiares y amigos. Estuve tan ocupada que ni siquiera tuve tiempo para darme cuenta lo que estaba por venir. De repente ya tenía un pie adentro del avión. Tiempo más tarde comprendería que ese fue el momento más difícil de todo el viaje. Por Jota: Viéndolo a la distancia, mi trabajo parecía envidiable para un estudiante de la carrera de turismo. Estaba trabajando como guía en Buenos Aires, en un llamativo bus turístico descapotable. Sin embargo, las condiciones no eran las mejores. Un dueño negligente que no sólo no pagaba los sueldos en término, sino que además ponía en riesgo a los pasajeros al tener en circulación buses en precario estado de mantenimiento. Tours cortados a mitad de camino por – 68


falta de combustible, por problemas en el sistema de audio e incluso por peligrosas fallas mecánicas como la rotura de los frenos. Cada vez que esto pasaba, me tenía que enfrentar a un grupo de turistas enfurecidos con razón. Sonaba bien decir que era guía de turismo, y se suponía que debía sentirme realizado al poder trabajar en algo directamente relacionado con lo que estaba estudiando, pero eso no me alcanzaba. El trabajo que tan admirable parecía, no había tardado en cansarme. Junto a Sebastián, compañero de trabajo y facultad, habíamos estado evaluando la posibilidad de hacer un viaje a algún país donde el inglés fuera idioma nativo, para así mejorar nuestras habilidades y ser más competitivos en el gremio. El viaje quedó sellado cuando conseguimos la visa Working Holiday para Nueva Zelanda, un país que hasta ese momento no relacionaba más que con un equipo de rugby. Renunciar al trabajo me generó un alivio más que un desarraigo. No tendría que verle más la cara al jefe, y los turistas enojados dejarían de transformar mis sueños en pesadillas. Lo avisé con meses de anticipación, y en mi reemplazo dejé a un compañero de facultad entusiasmado por tomar mi puesto. La despedida no fue emotiva, porque tanto él como yo sabíamos que mi estadía en la empresa no se extendería por mucho tiempo más de todas maneras. “Mantengámonos en contacto para ver la posibilidad de hacer algo en el futuro”, me dijo el último día. El único contacto que mantuve fue en algunos sueños durante los primeros meses de viaje, pero cuando despertaba ya no estaba. Mi camino había tomado un nuevo rumbo, uno sin frenos rotos ni turistas queriéndome linchar.

Es probable que al principio te sientas un poco desbordado, y es totalmente normal. Estás por hacer algo que hasta hace poco era inimaginable, y no, no viene con manual de instrucciones.

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Primero que nada, tenés que acomodar las ideas en tu interior haciéndote algunas preguntas para poder empezar a tomar decisiones. ¿Qué es lo que estás buscando con este viaje? Esta pregunta es clave, porque es lo que va a determinar todo lo que viene después. Para nosotros, el viaje empezó centrándose en nuestro crecimiento profesional, ya que buscábamos principalmente mejorar el inglés. Después de un tiempo tomó otra dirección, y al plan original se le agregó el de recorrer Nueva Zelanda. Después conocer Asia, y la curiosidad de descubrir qué hay en todos esos lugares del mapa que todavía no conocemos es lo que nos sigue movilizando. Como nos pasó a nosotros, lo más probable es que la razón que te motive a viajar hoy cambie con el paso del tiempo, ya que vos vas a cambiar. Conocemos viajeros que la gran musa que los mantiene en ruta es la de aprender nuevas recetas; los que están fascinados con alguna cultura en particular como la japonesa o latinoamericana; otros interesados en la meditación que pasan meses en un ashram en India o en un templo budista en Myanmar; los que sólo quieren irse de fiesta todos los días en Tailandia; y también los que viajan porque les sale más barato que quedarse en casa. Cualquiera sea tu motivación, va a ser el puntapié inicial para empezar a planear tu viaje. ¿Ya tenés un presupuesto ahorrado o pensás trabajar durante el viaje? Esto va a determinar el destino y el modo en el que viajes. No hace falta que tengas todo ahorrado antes de viajar, pero sí tener una base. Nosotros, por ejemplo, empezamos con USD 2000 cada uno. Esa fue nuestra base para mantenernos durante las primeras dos semanas en Nueva Zelanda hasta que conseguimos un trabajo. Desde ya que no lo gastamos todo, pero nos dio la tranquilidad para empezar en el nuevo país. Más adelante te damos más detalles sobre este tema. ¿Tenés algún límite de tiempo?

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Por más que siempre te hayan hecho creer que cuando salís de viaje debés tener una fecha de regreso, la realidad es que no vas a saber realmente cuánto tiempo vas a querer viajar hasta que empezás a vivirlo. Si te tomaste una licencia en tu trabajo, seguramente tengas una fecha límite en la cual volver a tu rutina, pero si renunciaste, no te autoimpongas límites que lo único que van a lograr es influenciarte la mayoría de las decisiones que tomes estando en ruta. El tiempo de viaje no sólo va a limitar tu presupuesto, sino que también la elección de los destinos y el modo en el que viajes. Para muchos, la duración perfecta es de un año, y esto no es un capricho: es el máximo de licencia que dan la mayoría de las empresas, y la validez total de un pasaje round-the-world. Con esto como referencia, es el largo que la mayoría de la gente estipula como “correcto”. Viajar menos no sería suficiente para darte esa sensación de libertad que estás buscando, y más haría pensar que perdiste el rumbo. No sigas los estereotipos. Que para otros un año sea lo ideal no significa que para vos lo sea. Puede ser más, como también puede ser menos. Simplemente, permitite volver cuando creas que fue suficiente.

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(No todos los que deambulan están perdidos) ¿A qué parte del mundo se van tus ojos cuando mirás un mapa? Esta es la fórmula infalible para los que no están completamente decididos. Agarrá un mapamundi y hacé la prueba de ver cuál es el primer país o región que te detenés a observar en detalle. Pensá en qué te gustaría experimentar, más que cosas a ver. Tomá en el viaje como una suma de experiencias, no de postales. Si estás pensando generar ingresos en ruta, el destino al que viajes se va a ver afectado en cierta parte. Cumpliendo algunos requisitos, aplicar a una Working Holiday visa para Nueva Zelanda o Australia, por ejemplo, puede ser el puntapié inicial para darte ese empujón económico que quizás estés necesitando. Si pensás trabajar por internet, entonces vas a tener que buscar países donde puedas tener una conexión rápida y confiable. No siempre los países que conocemos como “más desarrollados” son los que tienen mejores facilidades cibernéticas: en Camboya y Vietnam tuvimos muchísimo más acceso a internet que en Italia, Nueva Zelanda y Australia, por ejemplo. Si sos bueno con las artesanías, América Latina es lo primero que se te vendrá a la mente, pero también podés tener gran éxito en lugares donde no están acostumbrados al arte callejero, y mucho menos viniendo de un extranjero. El destino que elijas también va a fijar cuánto tiempo podés viajar con un determinado presupuesto: no cuesta lo mismo viajar un mes por Inglaterra o Estados Unidos, que por India, Etiopía, Egipto o Bolivia. En el caso de que no tengas intenciones de generar ingresos en ruta, el tiempo de viaje va a estar limitado por el presupuesto. Para poder viajar por la mayor cantidad de tiempo posible, te conviene ir a países donde el cambio te favorezca. Por ejemplo, mientras que en Australia una cama en un hostel te va a costar entre USD 20 y USD 30, en la mayoría de los países del Sudeste asiático podés conseguir una habitación doble por menos de USD 10.

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Algo parecido pasa con el transporte: no hace falta irse lejos para experimentar una vida nómada. Si comprar un pasaje aéreo significa terminar con más de la mitad de tu presupuesto, entonces quizás te convenga salir a dedo, en bus o en tren desde tu propia ciudad. Tomarte un tiempo para ver a qué parte del mundo querés viajar y por qué, es clave para poder prepararte para lo que se viene.

Muy posiblemente, éste es uno de los temas que más te preocupa, y no tanto por el monto en sí sino porque no sea suficiente. Si nos detenemos a pensar, en realidad siempre nos parece que no alcanza. Abrimos el placard y nos angustiamos porque no tenemos ropa. Queremos emprender algo pero nos parece que no estamos lo suficientemente capacitados como para hacerlo y dejamos pasar la oportunidad. No hacemos una receta que tanto queríamos probar porque no tenemos todos los ingredientes. Nos quedamos con las ganas de conquistar a esa persona tan especial porque creemos que no vamos a estar a la altura. No nos animamos a viajar, porque todavía no pudimos ahorrar lo suficiente.

Si bien para algunos quedarse sin plata es la mayor preocupación, otros lo ven como un trofeo mochilero del cual alardear, como si recién al quedarse sin plata uno se puede sentir un verdadero mochilero. Es algo así como admirar a

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un rockero que se muere joven porque pasó toda su vida de fiesta, o a Christopher McCandless (Alex Supertramp) porque murió en Alaska persiguiendo sus ideales. De no haber muerto hubiese pasado desapercibido, pero como no volvió se transformó en un ejemplo para muchos, aunque un tonto para tantos otros. Viajar con poco dinero puede ser bastante cansador por momentos, y ver que tu cuenta se está quedando en rojo no es lo mejor que te puede pasar, porque ese capitalismo que creíste haber abandonado el primer día de viaje te va a perseguir en todo momento. Dicho esto, ¿nos creés si te decimos que gastamos mucho menos viajando que cuando vivíamos en Buenos Aires? Creenos. Viajando uno gasta solamente en lo que necesita en el día a día, sin compromisos sociales ni persuasiones comerciales. En ruta uno aprende a vivir con menos, y eso se ve claramente reflejado en el presupuesto. Nos encantaría poder decirte cuánto necesitás para salir, pero mentiríamos si te dijéramos un número. Como este libro es un ida y vuelta, queremos hacerte algunas preguntas: ¿Cuánto tiempo pensás estar de viaje? ¿Qué destinos elegiste? ¿Necesitás visado? ¿Cuánto cuesta dormir y comer en esos destinos? ¿Vas a trabajar o generar algún tipo de ingreso en ruta? ¿Qué tipo de viaje pensás hacer? ¿Cómo te vas a transportar de un lugar a otro? ¿Vas a tomar algún vuelo entre destinos? ¿Llevás seguro de viaje?

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¿Tenés pasaje de regreso? ¿Necesitás comprarte una mochila? ¿O valija? ¿O bolso? De eso va a ir dependiendo el presupuesto que necesites. Tené estas preguntas como guía y completalas con los costos de los países a los que pensás viajar. Con la cantidad de información que hay en internet, no tenés excusa para encontrar los costos de visa, vacunas, vuelos, alojamiento y transporte de cada país. A lo que calcules que vas a gastar, sumale un colchón extra para cualquier imprevisto, como un vuelo inesperado, un robo o ropa nueva porque la que tenías ya está completamente apestada de tanto cargar la mochila. En viaje vas a ir conociendo mejor tus gastos; por lo general vas a empezar gastando más porque querés ir a todos los atractivos, hacer tours y comprarte todo, pero de a poco te vas a ir acomodando. Siempre es mejor calcular de más que lo justo, así podés viajar más tranquilo sin desesperarte cada vez que gastás uno o dos dólares extra. En nuestro caso, el primer día de esta gran aventura teníamos USD 2000 cada uno, y una visa Working Holiday para poder trabajar en Nueva Zelanda. Con eso como base, ya llevamos seis años en ruta. No es fácil, nadie va a venir a golpearte la puerta y ofrecerte un trabajo, vas a tener que hacer sacrificios, y hasta seguramente haya momentos en los que te replantees haber cambiado tu forma de vida. Pero lo que te podemos asegurar es que es posible, sólo hay que estar convencidos y, si lo que querés es viajar por más tiempo del que calculabas, hacer el sacrificio que se necesita. Entonces... ¿es USD 2000 el monto que necesitás para salir? De ninguna manera. Podés irte con más, y también con menos. Viajar es una forma de ver al mundo, y no tenés la necesidad de tomarte un avión para empezar a disfrutarlo, podés hacerlo hasta en tu misma ciudad. Recordá que todos los viajes primero fueron una idea.

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Una vez que ya sabés cuánto necesitás para empezar el viaje, te recomendamos que hagas un plan de ahorro. Por ejemplo, si sabés que te queda un año hasta la fecha de partida, en caso que necesites USD 3000 para ir de viaje, sabés que tendrías que ahorrar USD 250 por mes. Seguramente nunca lo hiciste antes, pero para saber en qué gastás tus ingresos, te recomendamos que hagas una lista donde detalles a dónde se va tu sueldo, y ver qué cosas podés recortar para que, al final de cada mes, te queden esos USD 250 para poder ahorrar. Vas a tener que hacer varios sacrificios, sobre todo porque la gente que te rodea tiene otras prioridades, y eso no te ayuda en tu plan ahorrativo-viajero. Eso no significa que tengas que dejar de pasarla bien, sino buscar la manera de recortar gastos sin reducir tu felicidad. Durante nuestra estadía de 1 año y 3 meses en Nueva Zelanda pudimos ahorrar lo suficiente como para hacer un viaje de una semana a Samoa, otro de dos meses y medio por el Sudeste asiático y mantenernos durante el primer mes y medio en Australia hasta conseguir trabajo. Al mismo tiempo, viajeros que habían estado en la misma situación que nosotros, ni siquiera tenían para pagar el pasaje de regreso a casa. ¿Cómo podía ser que después de un año trabajando no hubieran podido ahorrar nada? Simple, se les escurrió de las manos yendo de bar en bar. Como dijimos antes, cada uno tiene sus prioridades. Cuando todos van por el mismo camino es fácil seguir el rumbo, pero cuando estás vos sólo luchando contra la corriente, hace falta convencimiento y dedicación. Quedarte en casa cuando sabés que todos la están pasando genial no suena muy tentador, pero ya vas a estar recogiendo los frutos de tu esfuerzo unos meses después. Si tus amigos se empiezan a poner intolerantes (o te quieren linchar en el proceso), explicales por qué tomaste esta decisión, y tratá de buscar alternativas para poder pasarla bien sin tener que taladrar el presupuesto del viaje (“Muchachos, ¿si en vez de emborracharnos e ir a bailar nos juntamos en casa a mirar una película y tomar agua de la canilla?”).

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La comida es otro punto fuerte en este proceso. No estamos diciendo que hagas huelga de hambre, pero en vez de comprar el almuerzo afuera podés llevártelo desde casa, y aunque no parezca mucho en el día a día, va a hacer que cada mes te quede un margen para tu fondo viajero. Ni hablar de los restaurantes… ¡Vade retro Satana! Mejor dejalos para cuando estés viajando por Asia que es más barato comer afuera que cocinar. Una de las maneras que muchos viajeros consiguen ahorrar gran parte de su presupuesto inicial es vendiendo todas esas porquerías que les sobran. Está bien, tal vez ahora pienses que no tenés ninguna porquería en casa, pero sin buscar mucho seguro encontrás varias cosas que hace tiempo no usás, o que ni siquiera te acordabas que tenías, pero las dejás donde están “por las dudas”, por las dudas de que algún día las necesites o porque cuando venga un tornado el televisor de la abuela va a sobrevivir y el tuyo de pantalla plana, no. Hacete un favor, olvidate de la historia del televisor de la abuela, porque por más que el aparato se vaya, la historia va a quedar igual. Dejá un poco de leer y mirá alrededor tuyo; mirá todo sin sentimentalismo y poné en la balanza la utilidad que le estás dando ahora con la utilidad que le podrías dar a la plata que te deje. Todo lo que vendas te va a acercar al viaje, objetiva y mentalmente, además de darte un sentimiento de alegría y libertad que no te daba esa cinta de correr que tenías guardada en el bajo escalera desde la última vez que viste Rocky. Cine, gimnasio, compra de ropa innecesaria, peluquería, taxis… son todas pequeñas grandes cosas que te alejan de tu objetivo. Dentro de unos meses vas a estar experimentando un nuevo estilo de vida y, para que eso sea posible, los cambios tienen que empezar a suceder desde ahora.

La habitación está húmeda. Faltan pocos minutos para las seis de la mañana y nuestros ojos se abren antes de que suene la alarma. De haber sabido que esta cama venía con despertador incluido, no hubiésemos dudado en pagar los USD – 77


7 que nos salió pasar la noche en esta guest house en Calcutta, India. Las encargadas de hacernos notar que no debíamos estar más reposando nuestro cansado cuerpo fueron las chinches que habitan el colchón, quienes además dejaron sus grandes huellas en forma de ronchas a lo largo y ancho de todo nuestro cuerpo. Después de “ducharnos” con un balde de agua fría, nos vestimos con lo mejor que tenemos en nuestras mochilas y partimos hacia el Consulado de Bangladesh para lograr tener un papelito más en nuestro pasaporte que nos abra el paso para poder seguir nuestro camino. Cuarenta minutos de caminata y un calor sofocante alcanzaron para que la ducha pasara desapercibida. Son las 9 y, según un cartel pegado en la pared del consulado, ya deberían estar atendiendo. Tocamos timbre, pero nos dicen que tenemos que esperar afuera, junto a la ventanilla 2. Vamos, algo confundidos, a la vuelta del edificio, y ahí estaba: dos postigos color verde castigados por el clima y el paso el tiempo, acompañados por un cartel que decía “Foreigners” (extranjeros). No era una ventanilla, sino la ventana del edificio que daba a la calle, y desde ahí atendían, así que quedaba esperar en la vereda, bajo el sol que desde temprano ya nos recalentaba las ideas. No son muchos los que tienen entre sus planes viajeros visitar la tierra de los que cargan todo en la cabeza y los que se quedan petrificados mirando a los turistas, así que no nos sorprendimos de ser los únicos esperando. Cuando finalmente se asomó un empleado por la ventana –cuarenta minutos más tarde del horario que decía el cartel de la pared– sentimos que ya estábamos con un pie en Bangladesh. Podíamos sentir el sabor de las samosas bengalíes y escuchar los gritos de los conductores de rickshaws, pero claro, primero teníamos que conseguir la visa. Le damos el pasaporte, una foto carnet y el formulario completo y, sin más palabras, nos hace seña de que esperemos (no olvidemos que seguíamos en la vereda bajo los furiosos rayos del sol). Desaparece, y veinte minutos más tarde vuelve al grito de “Ar-shen-tina! Ar-shen-ti-na! Welcome to Bangladesh! Messi, my idol, my favourite”. Después de una obligada charla sobre fútbol, nos dice que tenemos suerte y nuestra visa cuesta sólo USD 25, mientras que para la mayoría de las nacionalidades europeas cuesta más de USD 100. Nos aliviamos con esta grata noticia, y cuando ya estábamos casi listos para dejar toda la burocracia por – 78


finalizada e irnos a comer un preciado mishti doi, un postre bengalí riquísimo, nuestro nuevo amigo nos dice que teníamos que volver una hora después para una entrevista con el cónsul. ¿Una entrevista con el cónsul? ¿Qué piensa, que somos familiares de Messi? Si bien sabíamos que para algunas visas piden entrevistas, y que por lo general no es más que una mera conversación, no dejó de llamarnos la atención. ¡¿Tanta vuelta para ir a Bangladesh?! ¡Si no va nadie! “¿Qué nos preguntarán? No tenemos un itinerario fijo, así que quizás nos convenga armar uno ahora rápido. Que hable uno solo, por las dudas, así no nos pisamos con algo”. Cuando entramos a la oficina del cónsul, nuestros nervios se habían transformado en curiosidad por ver todos los detalles que ocupaban cada rincón, hasta que de repente nos interrumpe el reconocimiento de campo con una pregunta: –¿Por qué quieren ir a Bangladesh? –bastante lógica su pregunta. –Porque estamos viajando por el Subcontinente indio y nos llama mucho la atención. Ya estuvimos en Sri Lanka, ahora estamos en India, después a Bangladesh y luego a Nepal. –¿Cuánto tiempo se quieren quedar? –Dos semanas. –Bueno, vuelvan el lunes a retirar la visa. ¡Bienvenidos a Bangladesh!  Sin dudas, todo lo relacionado a las visas es la parte menos divertida de los viajes, pero también es sumamente necesaria, ya que es lo que va a determinar si necesitás hacer trámites antes de llegar a un país y cuánto tiempo te podés quedar. Casi siempre va a ser de turismo, pero en algunos casos vas a poder aplicar a una de trabajo. Una Working Holiday visa es una excelente manera de empezar un gran viaje, pero definitivamente no la única.

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Cuando algunos viajeros empiezan a buscar los requisitos para entrar a los lugares que quieren visitar, y leen que hace falta una visa, automáticamente lo traducen en su mente como un campo minado que rodea todo el país y que prohíbe a los viajeros siquiera acercarse. Tranquilo, si bien la palabra puede sonar un tanto negativa, la mayoría de las veces es cuestión de dar todos los papeles (in)necesarios que piden, pagar lo que quieren, esperar unos días y listo. Cada país tiene sus propias reglas y, a su vez, éstas varían según la nacionalidad del viajero, así que lo que te diga ese inglés que te cruzaste en el bus puede que no sea válido en tu caso. Si bien hay algunas páginas como Visa HQ donde buscar información general de los requisitos de visados para casi todos los países del mundo, lo mejor es consultar directamente con la página web del consulado donde querés aplicar, porque los requisitos no siempre son los mismos dependiendo de dónde hagas el trámite. Haciendo la tarea a tiempo, la visa va a pasar de ser una preocupación a un papel en tu pasaporte.

En un viaje largo, son pocas las mañanas en las que te levantás sabiendo dónde vas a dormir esa noche. Quizás la incertidumbre constante de no tener un techo bajo el cual dormir sea uno de los temas que más te preocupen, sobre todo en invierno, pero con un poco de organización y haciendo uso de alguno de los tantos recursos que hay disponibles (y una gran cuota de imaginación), va a ser una de las partes más enriquecedoras del viaje. La mayoría de las noches seguramente te alojes en hostels o guesthouses (alojamiento barato con habitaciones privadas). En los lugares con mucho turismo mochilero suele haber una especie de burbuja backpacker donde se concentran todos los alojamientos baratos, completando el combo con restaurantes y negocios con todo lo que el mochilero quiere para sentirse cómodo. Salvo en fechas especiales (olvidate de conseguir alojamiento en Koh Phangan la misma noche de la Full Moon Party de año nuevo), el resto del año podés llegar a estas burbujas sin ninguna reserva, caminar un poco buscando

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el lugar que mejor se adapte a tu presupuesto y conseguir un lugar para dormir sin problemas. Después de un tiempo, es normal que mires a tu alrededor y te des cuenta que, a pesar de estar en un país con una cultura completamente distinta, no estás interactuando con los locales tanto como querrías. Para cambiar esto, podés probar otras opciones que te van a ayudar a encontrar lo que estabas buscando con tu viaje: Couchsurfing (o dormir en la casa de un extraño) Estábamos caminando por el centro de Tianjin, en China, cuando suena el celular. Instintivamente fui a apagarlo, pensando que era una alarma mal programada, cuando veo que era un número desconocido que se intentaba comunicar. “Atiendo, pero debe ser equivocado”, pensé. –¡Hola! ¿Juan y Daniela? ¿Están por ahí? –Sí, acá estamos. ¿Quién habla? –No reconocíamos la voz, ni tampoco recordábamos haberle dado el número a nadie. –Soy Erik, de Wenzhou. El otro día me enviaron un mensaje por Couchsurfing. ¿Cómo están? Efectivamente, hacía unos días le habíamos escrito un mensaje para ver si nos podía alojar por dos noches en Wenzhou, una ciudad en el Este de China. Después de charlar un rato sobre cómo iba nuestro viaje, Erik se sintió cómodo para darnos la noticia: –Les tengo que contar algo, espero que no lo tomen a mal. Yo les dije que los podía alojar, pero me surgió un viaje por trabajo y no voy a estar en casa para la fecha que ustedes vienen. Para que no se sintiera mal, lo interrumpimos diciéndole que no se preocupara, que todavía nos quedaba una semana para poder encontrar a otra persona que nos pudiera alojar, y que además fue un imprevisto, así que no tenía de qué preocuparse.

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–No, esperen. No hay ningún problema, porque sí los puedo alojar, lo único que no voy a estar en casa, en realidad no habrá nadie porque vivo solo, así que le voy a dejar las llaves a una amiga, que se va a encontrar con ustedes en el centro de la ciudad así se las da y les indica cómo llegar. Nos quedamos helados. Ya es la segunda vez que nos pasa que alguien de Couchsurfing nos deja las llaves de su casa sin siquiera conocernos personalmente. La vez pasada también fue en China, cuando Kevin nos dejó solos en su departamento de Shanghái por cuatro días porque tenía que ir a una entrevista en Beijing, así que creemos que no es casualidad. Y así fue, llegamos a Wenzhou y su amiga nos estaba esperando con la llave, una bolsa de comida calentita porque pensó que llegaríamos con hambre, y un mapa con la dirección de lo que sería nuestra casa por dos días. Cuesta creerlo, ¿no? Es hermoso despertarse cada mañana sabiendo que todavía se puede confiar en la gente, y que está en nosotros luchar para que esa confianza no se pierda. Seguramente vas a estar preocupado y lleno de miedos por el hecho de alojarte con un desconocido hasta que tengas tu primer experiencia, pero tené en cuenta que es una confianza mutua, porque ellos también se arriesgan a que vos seas ese loco que te quedás en su casa para hacerte una copia de sus llaves, robarle las cervezas de la heladera y darle carne picada con vidrio molido de comer al gato. Para que te quedes más tranquilo, al ver el perfil de otra persona vas a poder leer las referencias que otros viajeros dejaron, que no pueden ser borradas ni modificadas por el creador del perfil, por lo cual van a ser reales y sinceras. Pero permitinos hacerte una aclaración al respecto: si entrás a un perfil y no tiene ninguna referencia, no lo descartes. Fijate qué tan completa está la información que puso, y si realmente tiene ganas de participar del programa. Es como cuando vas a buscar tu primer trabajo y nadie te quiere tomar porque no tenés experiencia. Todos fuimos nuevos en Couchsurfing alguna vez y si no nos damos la oportunidad de empezar, nunca vamos a formar parte de la comunidad. Incluso muchas veces las personas que recién empiezan serán las que mejor te reciban, ya que van a estar con todas las energías. De hecho,

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muchas veces nosotros preferimos ir con los que recién empiezan y, hasta ahora, nunca nos arrepentimos. Para participar, primero tenés que armarte un perfil en la página de Couchsurfing. Es muy importante que le dediques un tiempo al principio ya que cuanto más completo esté, más posibilidades de que te alojen tendrás. Pensá que eso es lo único que van a saber sobre vos, entonces tratá de hacerlo lo más detallado posible. Agregá varias fotos, escribí una descripción personal, detallá tus gustos e intereses, e incluí cada detalle que creas necesario. Obviamente si pensás viajar por países donde el español no es la lengua nativa, vas a tener que completarlo en inglés o en el idioma local si es que lo hablás. Después vas a buscar otros miembros en los lugares a los que vas a ir, y cuando encuentres alguno que te resulte interesante, le podés mandar un mensaje contándole sobre tu viaje, por qué lo contactaste y si tiene un lugarcito que le sobre para un mochilero simpático y sin olor a pata (asegurate de esto último). Desde ya que el encanto femenino hace que sea más fácil conseguir un alma hospitalaria para las mujeres que para los hombres, pero también es importante que seas precavida si estás viajando sola. Preferentemente alojate con otras mujeres, familias, parejas o jóvenes que vivan con sus padres. Esto tampoco quiere decir que cada hombre que vive solo sea un pervertido en potencia; si en su perfil tiene buenas referencias de otras chicas que se hayan alojado con él, lo más probable es que tenga buenas intenciones. Si igualmente tenés dudas, podés contactarte con esas chicas que se alojaron en la casa del pervertido… digo, del buen hombre, para preguntarles acerca de su experiencia. Para no llevarte una de las sorpresas negativas más comunes, también es bueno que aclares si estás viajando con un presupuesto bajo, porque son muchos los que creen que al ser turista estás de despilfarro y organizan planes que te pueden consumir el presupuesto de toda una semana en una noche. También hay otras opciones como Be Welcome o Warm Showers (esta última exclusiva para ciclistas).

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Trabajar a cambio de alojamiento y comida (o cómo reducir tus gastos al mínimo) Esta opción no te va a generar ningún ingreso, pero tiene todas las de ganar: te va a reducir tus gastos de alojamiento al mínimo (o a cero), se puede hacer en –casi– cualquier parte del mundo y no necesitás ninguna visa especial. Nosotros lo hicimos en Nueva Zelanda, Singapur, Malasia, Tailandia, Taiwán, Japón y Corea del Sur. Si bien hay páginas exclusivas para buscar intercambios de este tipo, como HelpX o Work Away, que cobran una suscripción anual y tienen ofertas de trabajo voluntario en hostels, granjas, escuelas y casas particulares –entre otras–, el método que más resultado nos da es el de mandar mails directamente a todos los hostels de la ciudad donde nos queremos quedar, ofreciéndonos para trabajar unas horas al día a cambio de una habitación privada. Si estás viajando solo es todavía más fácil porque muchas veces necesitan la ayuda de una sola persona, o sólo tienen camas en dormis para ofrecer. En algunos casos también nos han dado comida o algo de efectivo como para gastos básicos, pero no siempre. Otra red muy conocida entre los viajeros es Wwoofing (World Wide Opportunities on Organic Farms), que ofrece trabajos de campo, generalmente en granjas orgánicas (pero no siempre). Nosotros lo hicimos sólo en Nueva Zelanda, en cuatro lugares distintos, y las experiencias que tuvimos fueron suficientes para no querer hacerlo más. En tres de los cuatro lugares terminamos trabajando más de lo que hubiésemos hecho a cambio de un sueldo, y la comida o el alojamiento que nos dieron fue bastante pobre. Que nuestra experiencia no haya sido buena no quiere decir que la tuya tampoco vaya a serla. Cada lugar es diferente y cada dueño es único. Nuestra experiencia haciendo Woofing: Aunque bastante desorganizada, la primer experiencia fue la mejor de las cuatro. Llegamos con una pareja de amigos a la casa de Kelly, quien necesitaba una mano (o un brazo entero, digamos) para arreglar el desorden que tenía en la casa a la que acababa de mudarse. Pintamos, cortamos el pasto, limpiamos y

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fuimos los niñeros de su hija de dos años que corría descalza esquivando maderas con clavos en punta. Fueron sólo dos días de trabajo pero bastante intensos y agotadores, sobre todo porque los horarios no estaban para nada establecidos. La comida, a base de sanguchitos de pollo, lechuga y palta, no es algo que extrañemos, pero la simpatía de Kelly compensó sus habilidades como chef. En una antigua iglesia transformada en casa y galería de arte kitsch (por no decir berreta), tuvimos nuestro segundo encuentro con Woofing. Margareth cocinaba como nadie que hayamos conocido en Nueva Zelanda, y del alojamiento no había de qué quejarse. Tanta comida resultó ser una especie de plan macabro de la artista kitsch, quien nos hizo trasplantar árboles, mover enrejados, desmalezar el jardín y otros trabajos de campo, empezando a las 9 de la mañana y terminando cuando al esposo se le ocurría que habíamos hecho mérito suficiente (léase seis de la tarde). Las experiencias fueron empeorando. Shaun nos hizo trabajar bajo la nieve en su granja, quejándose de que no nos movíamos lo suficientemente rápido. Nuestro pago fue una pieza que parecía salida de la película Ciudad de Dios, en la que pasábamos mucho frío, y comida, que para el almuerzo no era mucho más que una lata de fideos con salsa o porotos de menos de 1 dólar. El acuerdo era que cada dos días de seis horas de trabajo tendríamos uno libre, pero lo que no dijo fue que en nuestro franco no querría darnos la comida. Cuando le reclamamos, nos dio una pizza congelada de oferta (2 dólares) para los cuatro. Suficiente para que en menos de una semana ya estuviéramos en otro lugar. Y llegamos a lo de John, apodado por nosotros como “El Buda”. John vivió doce años en Tíbet, estudiando yoga, meditación y, según él, siguiendo las enseñanzas del budismo. Estábamos a punto de hacer nuestro primer viaje por Asia, así que lo tomamos como una gran oportunidad para aprender sobre sus experiencias siguiendo este modo de vida. La primer noche tuvimos una particular experiencia; en nuestra pieza se organizó un ritual con sidra, pochoclos y turrón. No porque estuviéramos en vísperas de navidad, sino porque… bueno, por algo de la Luna y los planetas – 85


que nos olvidamos apenas terminó de decirlo, pero como fuera, lo importante es que estábamos en un día especial. John no nos había dado nada de comer, así que apenas terminamos de repetir Om Mani Padme Hum cien veces, fuimos directo al pochoclo. “Oh no, esas son las ofrendas para Buda”, nos dijo. La vecina, que por primera vez participaba del ritual casero, no dijo nada, pero por la cara que puso se notaba que tenía las mismas intenciones que nosotros. “Ahora tenés que ir al jardín, agarrar la comida con la palma de las dos manos, decir ‘Buda, esto es para vos’ y tirar la comida al parque…”. Ese día aprendimos que Buda era el que mejor comía en la casa, porque para nosotros quedarían tostadas con vegetales que todos los días íbamos a juntar de los deshechos de la verdulería. Apoyamos completamente el dumpster diving (aprovechar la comida en buen estado que los supermercados tiran), pero a eso, y a la pieza cargada de espiritualidad, se limitaba nuestro pago. Nos hizo trabajar horas extra para ayudarnos a cambiar el vidrio del auto que nos habían roto por dejarlo estacionado afuera como nos había dicho, y rebasó el vaso cuando le gritó a Dani porque no pudo resistir el peso de una bañera que le estaba ayudando a cargar. Nos fuimos habiendo aprendido que doce años en Tíbet no es todo lo que se necesita para tener actitudes más humanas. De todas maneras, lo peor que podés hacer es limitarte por nuestra experiencia. Si realmente querés saber de qué se trata, probalo vos mismo y sacá tus conclusiones. Housesitting (o vivir en la casa de otro mientras está de vacaciones) Esta es otra gran opción para cuando estás cansado de moverte constantemente y necesitás un descanso. Dejá la mochila, sacá todo lo que tenés adentro, aprovechá para recuperar el peso perdido que ya te estabas pareciendo a Don Ramón y dormí en una cama limpia y mullida por un tiempo. Todo esto a cambio de cuidar una casa ajena mientras los dueños están de

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vacaciones. ¿Te gusta la idea? En redes como Trusted Housesitters, Mind my House o House Carers vas a encontrar varias opciones. Para ser miembros hay que pagar una cuota anual, y funciona de una manera parecida a Couchsurfing: por medio de perfiles y referencias. Hay que tener en cuenta que no te estás yendo de vacaciones a la casa de otro, sino que quedás a cargo no sólo de la vivienda, sino también de los animales y las plantas. Pensá en todo lo que hacés en tu casa para que las cosas funcionen correctamente (eeeeh, bueno, en lo que deberías hacer), y en lo que quisieras que una persona hiciera en caso de que viniese a cuidar tu casa mientras estás afuera. Bueno, algo así serían tus tareas en otra parte del mundo. Vale aclarar que no es para todos: no vas a poder irte demasiadas horas seguidas, porque seguramente haya una planta sedienta que regar o un gato diabético al que darle una vacuna, ni mucho menos pasar el fin de semana en la ciudad vecina porque cuando vuelvas la casa va a estar prendida fuego. Es ideal para hacer un alto en un gran viaje, descansar, escribir, leer, y recargar las energías para seguir. Si pensás desarrollarte como nómada digital, entonces puede que Housesitting sea tu mejor amigo viajero.

Cuando empezamos a viajar, nuestra prioridad era conocer lugares de postal, esos que veíamos en las revistas de viajes y que por fin íbamos a poder comprobar con nuestros propios ojos. Buscábamos la manera más conveniente de llegar a destino, y simplemente íbamos. Poco recordamos de los viajes en tren/bus/avión que nos transportaron a esos lugares de película, porque por lo general íbamos durmiendo. Nuestro viaje cambió su rumbo totalmente cuando entendimos que lo importante no era el destino, sino el camino. Cuando uno decide dejar de usar los medios de transporte convencionales y le da lugar a lo nuevo, el viaje se transforma en un desafío constante, la ruta se convierte en el destino, y los pueblos y ciudades pasan a ser sólo una excusa para seguir en el camino.

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(La vida es un viaje, no un destino) Nosotros decidimos viajar en autostop, pero hay tantos medios de transporte como tipos de viajeros alrededor del mundo. Caminando, en patineta, en bicicleta, en camioneta, a caballo, en camello, en velero… La creatividad es infinita cuando las ganas de explorar superan los límites de nuestro cuerpo. Nuestro debut viajando a dedo fue en Fiyi y, gracias a la simpatía y las anécdotas del primer camionero que nos levantó, no volvimos a viajar en transporte público. Si no te animás a hacerlo solo, podés tentar a alguien que hayas conocido para que vaya con vos, y si sos mujer es mejor que lo hagas acompañada. Claro que al principio nosotros también moríamos de vergüenza, pero después de las primeras experiencias vas a sentirte con más confianza. Desde políticos en campaña hasta monjes budistas, nunca sabés a quién vas a conocer en el próximo viaje, pero lo más seguro es que sea alguien dispuesto a ayudarte. Salvo un camionero cariñoso que me tocaba la pierna cuando podía (sí, a mí, Jota, no a Dani) y otros que se quedaban dormidos por interminables viajes sin descanso, nunca nos sentimos en peligro. Viajar en transporte público puede volverse aburrido en algunos países donde las cosas siempre salen como las esperabas, pero en otros lugares un tanto más “emocionantes”, vas a tener algunas de las mejores historias de tu viaje, de esas que en el momento padecés, pero terminan siendo las primeras que contás. Salvo que nos agarre amnesia, nunca nos vamos a olvidar de un dilapidado bus que tomamos en Laos entre Luang Prabang y Vieng Xai. Que el chofer lo – 88


manejara como si fuese un Lamborghini aunque pareciera salido de un desarmadero era sólo un detalle, pero que al acompañante se le haya ocurrido prender el karaoke en la mitad de la noche para calentar su garganta a grito pelado, le agregó el condimento que le estaba faltando. Como no tuvo mucho enganche con el público, prefirió poner una película (a todo volumen, claro). Al rato me volví a despertar cuando escuché otros gritos pelados… OOOOH AAAH OOOOH!!... el acompañante había elegido una película porno para hacer más ameno el pesado viaje. Se nota que estaba aburrido. Hay algo que seguro vas a encontrar cuando viajes: lo inesperado. Cuando la ruta se convierte en la mejor escuela Un auto frena a 30 metros nuestro. Cuando el polvo baja vemos que es relativamente nuevo, algo no muy común en Myanmar. Tendrá unos dos o tres años de uso, calculamos, y seguramente sea de una pareja joven de clase media alta porque es muy chico para una familia. La puerta se abre y una cabeza pelada se asoma. Los rayos del sol la hacen brillar como si fuera una de las calcadas pagodas doradas que vemos al pasar por cada pueblo. El que baja no es uno de los tantos camioneros con dientes rojos por mascar betel, ni el padre de familia que quiere quedar bien adelante de sus hijos haciendo la buena acción del día, ni tampoco la chica linda de la pareja joven que imaginaba. En la banquina espera un flaquito sonriente de orejas grandes vestido de bordó, hombro descubierto y con un Smartphone en la mano. “¡¡Nos frenaron los monjes!!”, le digo emocionado a Dani, como si ella no lo hubiera notado. Por más que fueran a dos kilómetros ya sabíamos que nos íbamos a subir igual, aunque sólo fuera para intercambiar algunas palabras y ver qué llevaban en el auto. ¿Tendrían un diente de Buda? Si hay tantos dando vueltas por el mundo quizás ellos también recibieron alguno. ¿Habría inciensos prendidos con ofrendas? ¿O estaría lleno de cajas para poner donaciones como las hay en los templos? La cabeza le sigue brillando, y la sonrisa también. Dani se queda esperando para que yo vaya a hablarle. No sé por qué voy pensando en cómo debería saludarlo. ¿Le doy la mano o le hago un wai como se hace en Tailandia para mostrar respeto? En realidad, ¿por qué debería saludarlo distinto que a un camionero, por ejemplo? Mientras pienso todo esto – 89


ya lo tengo adelante. “Hola, estamos yendo para Bago…”. Miro para adentro del auto y veo que al volante hay otro monje. Le sonrío para parecer normal (no es muy normal que dos extranjeros estén al costado de la ruta parando autos) pero no hay devolución. Si Terminator fuera birmano y monje budista, se parecería mucho a éste. “Ah… nosotros… antes… monasterio… conferencia”. Los gestos de Cabeza Brillante alcanzan para entender que no irían hasta Bago, pero que nos podían llevar hasta un monasterio de camino donde tenían que asistir a una charla, o algo así. “¡Vamos que nos llevan hasta no sé dónde!”, le digo a Dani que viene cargando su mochila y la mía que había dejado en el piso. Terminator nos saluda y arranca. Se nota que no frenó contra su voluntad, sino que es un tipo de pocas palabras. Los dos se presentaron, pero olvidamos sus interminables nombres apenas intentamos repetirlos por primera vez. En el auto no hay cajas para donaciones, ni dientes de Buda, sino lo típico de cualquier auto. Aromatizante, algunos discos, unos libros de tapa naranja con la foto de algún monje venerable, cenicero… ¿cenicero? Pero, ¿no es que los monjes no fuman? Justamente los de Myanmar no son el mejor ejemplo de comportamiento budista. Desde que pisamos Yangón que no dejaron de llamarnos la atención. Vimos monjes fumando, comiendo carne, jugando a la lotería y merodeando las casas de té hasta altas horas de la noche. Tal vez por la ingenuidad hacia lo desconocido es que uno siempre tuvo la imagen de los monjes como personas de compromiso intachable por sus valores, casi elevándolos al pedestal de héroes de la paz y de una sabiduría superior. Fue la realidad de un país donde no todos los que viven en el monasterio lo hacen por convencimiento, sino por una especie de obligación social que dice que el hijo mayor de cada familia debe ser monje, la que nos mostró el lado menos iluminado del budismo. Algo así como “The dark side of the moon”. Y este paralelo con Pink Floyd también lo podríamos hacer desde el asiento trasero del auto, mirando la nuca de los monjes. Terminator, de cabeza opaca, es claramente el lado corrupto de la luna, el brillo que se fue apagando, el maestro que le enseña al alumno lo que la teoría se saltea. Cabeza Brillante todavía brilla, incorpora pero mantiene la inocencia. Su luna está en la puja entre llena y nueva.

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Lo que había dentro del auto pudo haber sido una decepción, pero el viaje fue más revelador de lo que esperábamos. Una especie de resumen de lo que un monje comprometido no debería hacer. ¿Compasión por todos los seres vivos? Atropellaron a un perro en la ruta pero siguieron como si nada, parando unos kilómetros más adelante para ver si el auto estaba bien. ¿No comen animales? Nos invitaron a almorzar en un parador, nosotros pedimos dos platos vegetarianos mientras que ellos se dieron un festín de cerdo y pollo. ¿Todo lo material los aleja de la felicidad eterna ya que genera insatisfacción? Cabeza brillante nunca soltó el Smartphone y se quejó de la mala conexión a internet que hay en el país. “Puedo ver los mails y algunas páginas con la conexión del monasterio, pero no puedo bajar películas porque es muy lento” ¿No se intoxican con cigarrillos, drogas o alcohol? Ni bien terminamos de comer los dos se fueron al patio a fumar. Eso de “conexión del monasterio” nos dejó pensando… Tal vez deberíamos ir ahí porque en los lugares donde nos estamos quedando ni los mails podemos ver. Es verdad que hay muchos monjes truchos dando vueltas, y con truchos no me refiero a los carnívoros o a los que tienen novias, sino a los que compran la ropa de monje (cualquiera puede comprarla), se rapan la cabeza y se encubren detrás de una falsa identidad para vivir de las donaciones de la gente. Pero todos los que vemos contradiciendo la teoría del “buen monje” no son impostores, sino personas como vos o yo que la sociedad les dijo que tenían que dedicar su vida a las enseñanzas de Buda, o en realidad a las enseñanzas que se le atribuyen a Buda. Es lógico que muchos no puedan resistirse a las tentaciones de la vida fuera del monasterio, pero lo que nadie va a confesar en un país budista es que al poner en la balanza una vida de largas horas de trabajo por poca plata como lo es para la mayoría en un país tan pobre como Myanmar, contra una vida donde todo se paga con donaciones que no requieren demasiado esfuerzo, sean muchos los que no ven con malos ojos la idea del celibato. Si, en definitiva, no todo es tan estricto como dicen los libros. Hoy, la ruta nos dio una lección de vida. Mañana, tocará otra materia. ¿Cuál? Eso lo elegirá el camino.

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Cuantos más idiomas manejes, mejor, no hay ningún secreto en esto. Pero la realidad es que el idioma que más lejos te llevará va a ser el inglés, salvo que viajes por países donde hablen español. Viajando por Europa o Asia, se habla un idioma distinto prácticamente en cada país, por lo que te imaginarás que va a ser muy difícil que puedas aprenderlos todos. Al encontrarte con una barrera lingüística, lo más probable es que puedas destrabarla con alguna palabra en inglés y no en otro idioma. En nuestro caso hablamos tres idiomas fluidamente: español, inglés e italiano, y digamos que el último no es justamente el más necesario para recorrer el mundo. La mayor parte del tiempo estuvimos en países donde ninguno de los tres idiomas que hablamos era el nativo, y todavía no nos quedamos varados en ningún lado por falta de entendimiento. Viajamos por China sin hablar mandarín ni cantonés, lo mismo en Japón o Mongolia, países donde el inglés es hablado por la minoría. Tratamos de aprender aunque sea lo básico del idioma de cada país en el que viajamos, y el resto va fluyendo con una combinación de gestos, frases escritas y palabras en inglés. Hablar el idioma local es una ventaja enorme que te va a permitir entender casi todo lo que está pasando a tu alrededor, además de darte un estatus semi sagrado entre los otros viajeros. Pero supongamos que querés viajar a Tonga y el tongano no está entre tus fuertes. Sin mucho esfuerzo podés aprender a decir "hola" "gracias" "¿cuánto cuesta?" "delicioso" y "soy turista pero no tengo plata", como para romper el hielo y sacarle una sonrisa a los vendedores del mercado. Si sentís que el tongano es lo tuyo, pasás al próximo nivel, que es aprender los números, a preguntar cómo te llamás, algunas frases graciosas y lo que te resulte más fácil. No hagas como la mayoría de los anglosajones, que suponiendo que todo el mundo habla inglés, le hablan a un tuk-tukero tailandés como si fuera un taxista londinense. Hablá despaaaaciooo y simple, sin tratar de impresionar con la palabra rebuscada que justo te acordaste. Si – 92


preguntar "Excuse me sir, would you kindly provide me with enough information in order to find the nearest supermarket?" ves que no te lleva a ningún lado, mejor probá con algo más simple como "Supermarket?". Increíblemente, en algunos países se le da una enorme importancia a la gramática del inglés, pero no a la conversación, incluso los mismos profesores tienen un dominio del inglés oral muy básico (Tailandia, Vietnam, China, Japón y Corea, por ejemplo). Como resultado, los estudiantes saben leer y escribir, pero tienen muchos problemas para hablar y entender. En estos casos, lo mejor es llevar papel y lápiz y escribir la pregunta que querés hacer. Otras técnicas que usamos para movernos por países donde hay problemas de comunicación son: bajarnos una aplicación para el celular que sirva de traductor, pedirle a un local que nos escriba frases indispensables y tener siempre en la cámara fotos de platos que nos gustaron (con la comida no se juega). Si español es el único idioma que hablás, y querés viajar a países no hispanoparlantes, te va a resultar bastante complicado. No es imposible, pero te vas a sentir como si fueras mudo la mayor parte del tiempo, siempre necesitando la ayuda de alguien que te pueda traducir. No sólo que vas a depender de un tercero para todas las situaciones formales como sacar una visa, cruzar una frontera o responder las preguntas que te hace el pesado personal de inmigración del aeropuerto (y no todo se resuelve con un “Yes, yes… Messi, Messi!), sino que además vas a estar muy limitado en la gente con la que te puedas relacionar. Cuando el inglés no te lleva a ningún lado Guesthouse más barata del pueblo, Sagada, Filipinas. Después de caminar varios kilómetros bajo el sol por las colinas de Sagada, un pueblo en el centro de la isla de Luzón, llegamos a una casa familiar con algunas habitaciones en alquiler para turistas. El precio imbatible nos convenció, así que sin muchas vueltas dejamos las mochilas y pagamos siete dólares por una noche.

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Después de darnos una ducha, nos preparamos para salir. Veníamos de un largo y polvoriento viaje a dedo en la caja de un camión, por lo que nuestra segunda prioridad era comer, lo que fuera, incluso el arroz apelmazado que sólo los filipinos pueden hacer tan mal. Salimos de la habitación y nos dimos cuenta que no había ninguna cerradura para trabar la puerta. Después de varios intentos, logramos que el dueño de casa se distrajera del partido de vóley que estaba mirando... –Oh, key? No, no key –nos dice desde la silla. –Do you have a padlock? –El candado que teníamos se había trabado después de unas semanas de uso. Eso por comprar el más barato. –Pad...? What? –Padlock... to lock the door –le decimos mientras le hacíamos claros gestos de un candado. –Click, click... pad-lock... chic chic. Después de nuestras señas, el dueño quedó más confundido que antes. Por suerte en ese momento entró un turista filipino para ayudarnos. Le explicamos lo que estábamos tratando de decirle al dueño y éste le tradujo... –Bla bla bla bla KANDADO bla bla bla KANDADO bla. Dueño: –Ooooooh kandado!!! Nosotros: –Eeeeeeeeh kandado, kandado!!! Yes! Contento, dejó de mirar la calcita de las chicas del partido de vóley y vino a trabar la puerta de la habitación con un kandado. En dos meses en Filipinas aprendimos más palabras en tagalog que de cualquier otro idioma asiático: plato, mesa, silla, kutsara (cuchara), tinidor, kutsilyo (cuchillo), yelo (hielo), lechon, bintana (ventana), sapato, gwapo (guapo), aeroplano (avión/aeroplano), basura, insekto, baryo (barrio), bisikleta, edukasyon, eskwela, estudyante, teknolohiya (tecnología), pamilya (familia), hospital, operasyon, entre tantas otras.

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A partir de ese día, cada vez que no nos entendieron probamos la palabra en español y más de una vez funcionó.

Así empiezan la mayoría de los viajeros cuando se van de casa para hacer un viaje largo, con o sin fecha establecida de regreso. Parece como si hubiesen metido todo lo que tenían en el placard en una mochila, más los regalos que le hicieron los familiares y amigos para que se llevaran y algo de comida que seguro van a extrañar. Físicamente dejaron su casa, pero materialmente no, porque en esa mochila, valija o la combinación de ambas, está todo lo que tuvieron lugar para poner. Uno de los primeros vicios que vas a perder cuando estés viajando es el de la acumulación. Ya no vas a tener el lugar que tenías antes para sumar pilas de ropa o productos de belleza, y no sólo eso, sino que encima cada camisa extra o par de zapatos para salir, los vas a tener que cargar en tu espalda. Cuando estés viajando te vas a dar cuenta que no todo es tan indispensable como creías, y que muchas otras cosas las estás llevando no por necesidad, sino por el valor sentimental que asociaste a ellas. Cuando salimos hacia Nueva Zelanda llevábamos una mochila de 60 litros repleta (pesaba alrededor de 17 kilos), una valija y un equipaje de mano cada uno. Digamos que en el caso de Dani era más una valijota que una valija. No pensábamos estar moviéndonos constantemente, sino que nuestra idea era conseguir un trabajo, asentarnos y después sí viajar un poco. La realidad resultó ser bastante distinta a lo que habíamos imaginado, y en el primer traslado que tuvimos que hacer, a la semana de llegar, una de las tiras de mi mochila se rompió. “Le pusiste mucho peso”, me dijo el zapatero que me la arregló, pero yo estaba convencido que era por no haber comprado algo de mejor calidad, y que en poco tiempo necesitaría una nueva. Pasaron seis años, incontables traslados, y sigo con la misma mochila. Si soportó ir en la caja de un camión, al lado de un chancho que vomitaba con cada pozo que agarrábamos en una ruta de tierra de la Cordillera filipina, entonces puede soportar mucho más. – 95


Nos costó dejar de ser una casa andante, pero la necesidad nos hizo rever nuestras prioridades. ¿Realmente Dani necesitaba seguir cargando con el cuadrito que le habían regalado las amigas de la última foto juntas? (¡Perdón amigas de Dani!) ¿Hacía falta la camisa, el pantalón de vestir y los zapatos por si encontraba algún trabajo en el que tuviera que ir mejor vestido? Buzos, remeras, toallón extra, perfume, libros (de estudio y lectura)… kilos de materialismo fueron quedando en el camino rápidamente. Algunas cosas las mandamos en una encomienda y otras tantas las regalamos. Llevábamos mate y Fernet, dos sinónimos de la argentinidad con los que no podíamos concebir una desunión. El peso de los paquetes de yerba y la botella era muy grande, pero desprendernos de ellos era como quemar otro puente que nos unía con la vida que habíamos dejado. No era el sabor, ni una adicción, eran los recuerdos que nos traían lo que nos aferraba a estos. No es que ya no los disfrutemos más, sino que separamos el producto de los momentos felices que estos evocaban, y preferimos no seguir cargándolos. Tu caso va a ser distinto si estás pensando hacer un viaje completamente nómada, sin trabajar ni asentarte en ningún lugar, pero de todas formas es muy probable que al poco tiempo de salir notes que estás llevando demasiado. Te vas a acordar de esto cuando estés cargando esa mochilota y llegues todo transpirado y oloroso al hostel, con ganas de agarrarla a las patadas y no verla nunca más. No le hagas caso a mamá: qué no llevar - Mochila demasiado grande: si ya tenés una mochila con la que hiciste otros viajes y te sentís cómodo, no hace falta que salgas corriendo a comprar una nueva, pero si estás buscando a tu compañera de viaje, entonces acordate de este consejo discriminatorio: que no sea demasiado grande, como máximo 60 litros. Aunque pienses que no va a entrar todo lo que tenés separado para llevar, tener una mochila mediana o chica te obliga a priorizar. Si tenés una mochila grande, no importa cuán grande sea, siempre vas a terminar llenándola al ver que te sobra un huequito.

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Nosotros llevamos una de 60 litros cada uno, incluyendo una carpa que ocupa casi la mitad de una de las mochilas, aislante para la carpa y bolsa de dormir, cosas que no vas a necesitar si no pensás acampar mucho. - Bolsa de dormir: fue lo más inútil que llevamos a nuestro primer viaje por Asia. En dos meses y medio recorriendo el Sudeste asiático, nunca la usamos. En definitiva, la odiamos. En el segundo viaje largo, uno de ocho meses desde Sri Lanka hasta Mongolia, no la llevamos y fue lo mejor que pudimos haber hecho (salvo cuando casi morimos de hipotermia acampando en la estepa mongola). Ahora la necesitamos porque acampamos muy seguido, y lo de la hipotermia no nos causó mucha gracia. Si te estás quedando en lugares más sucios de lo que esperabas antes de salir (te va a pasar) y no te podés acostumbrar a la idea de acostarte en una sábana “decorada” o a los ataques nocturnos de las malditas chinches, podés comprar una sábana de seda, que son una especie de sobre para acostarte adentro, muy livianas y que ocupan poco espacio. No hace falta que te compres una muy cara de las que venden en las casas de montañismo, buscá alguna imitación baratita que va a hacer el mismo trabajo. Si tu tía justo tiene un negocio que vende telas, pedile alguna bien liviana y que seque rápido (¡no algodón!) y hacete una vos mismo. - Ropa costosa: esto fue lo primero que mandamos de vuelta. La vas a usar muy poco y vas a estar preocupado por su cuidado. Además, muchas veces (o todas) vas a tener que lavar a mano en la pileta del hostel, y esa camisa que usabas para tus noches de galán te va a quedar peor que la remera del Chavo del Ocho. - Calzado innecesario: en casa seguramente tenés un calzado o dos para todos los días, algunos para salir y quizás otro para hacer deportes (o para hacer de cuenta que hacés deportes). En el caso de las chicas, generalmente tienen una zapatería completa, pero en viaje no vas a necesitar más que un par de zapatillas para todo uso y unas sandalias.

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No hace falta que te compres unas zapatillas nuevas, pero en lo posible tratá de que no sean muy llamativas y que tengan buena suela porque vas a gastarla más que Forest Gump. Las ojotas (chancletas o chanclas) pueden ser muy prácticas en casa, pero se rompen rápido y si las usas mucho te va a doler desde el talón hasta la cervical. Las sandalias deportivas tienen buena suela y son más resistentes. - Demasiada electrónica: no creo que mamá te insista tanto en esto como con el abrigo, pero queriendo llevar cierto confort con vos al viaje, vas a terminar resignando libertad. La tecnología te trae facilidades indudables, pero cada aparato es una preocupación más. Una Tablet (o notebook liviana si la tenés que usar mucho); cámara de fotos; un teléfono liberado al que le puedas poner una tarjeta SIM de cualquier país y un disco duro portátil donde almacenar las fotos del viaje y otra información importante, como escaneo de pasaporte y copia de seguro médico y pasaje aéreo. Con esto seguramente será suficiente, salvo que hagas algún tipo de trabajo que te requiera llevar más preocupación. Para no lamentarte como le pasa a muchos viajeros, también subí las fotos a una nube online, como Google Drive o Drop Box, en caso de que algo le pase a tu disco o a tu computadora. - Cámara de fotos demasiado grande: muchos piensan que el tamaño de la cámara que lleven tiene que ser directamente proporcional a la importancia del viaje que van a hacer… ¡no! No vayas corriendo a comprarte una cámara réflex sólo porque pensás que con eso vas a poder sacar mejores fotos. Si te gusta la fotografía y te sentís cómodo con una de estas cámaras, entonces sí llevala, pero si no es tu caso, mejor tener una cámara pocket que te permita sacar buenas fotos, ya que al no ser una molestia cargarla la vas a tener siempre a mano para cuando la necesites. - Botiquín lleno de medicamentos: una cosa es llevar un botiquín, pero otra muy distinta es llevar la estantería completa de una farmacia por miedo a que un virus te agarre en el medio de la selva. El nuestro tiene antiséptico, gasa, curitas (tiritas), ibuprofeno, termómetro y repelente de mosquitos. – 98


Otros medicamentos que llegues a necesitar los vas a poder comprar en el país que estés, pero no hace falta que los cargues desde ahora, ¡paranoico! Por ejemplo, en los países donde sufrimos del estómago, especialmente en el Subcontinente indio, siempre tuvimos a mano Ciprofloxacin y sales rehidratantes, que son la mejor cura para la diarrea (¡Uf, las diarreas en India!). En los países de clima muy seco, como fueron Irán y Mongolia, necesitamos manteca de cacao porque los labios se nos resquebrajaban. - Demasiada ropa: no podemos dejar de insistir en esto… ¡no necesitás tanto como creés! Si te falta algo lo podés comprar, pero si llevás demasiado lo vas a tener que cargar hasta cansarte y regalarlo. - Ropa clara: se ensucia rápido y la vas a tener que lavar muy seguido. La moda Stormtrooper no va muy bien con tu viaje. Hacele caso a los viajeros: que sí llevar No hace falta que te digamos que te lleves medias y bombachas, pero te queremos recomendar esto aparte de lo que estuviste leyendo antes: - Ropa liviana y que seque rápido: priorizá la practicidad por sobre la apariencia. - Candado: no hace falta que te lleves el de la bicicleta, pero sí uno chico para trabar la puerta de la habitación cuando el lugar no te deje del todo tranquilo o para el locker de los hostels cuando no tienen uno. - Victorinox: la navaja suiza nos salvó más de una vez, y nos hizo sentir MacGyver en otras tantas. Hay por distintos precios dependiendo las funciones, pero lo indispensable lo traen todas: cuchillo, serrucho, abre latas y tijera. Acordate de no dejarla en el equipaje de mano cuando viajes en avión porque te la van a sacar. - Piloto de lluvia: más que un paraguas, invertí en un piloto de lluvia que te cubra la mochila también. No compres los ponchos berretas porque te van a abandonar al primer viento fuerte.

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- E-reader: si te gusta leer, entonces un Kindle u otro e-reader es la mejor inversión. No es lo mismo que leer en papel, en especial las guías de viaje, pero te va a ahorrar mucho peso y eso te va a permitir leer más. La contra es que es algo más de qué preocuparte. Si no querés cargarlo, podés bajarte una aplicación para leer e-books en tu notebook, Tablet o celular. Dos consejos de oro - Ajustá bien la mochila: esto es algo que muchos no se dan cuenta y es esencial para sentirte cómodo. Si llevás la mochila muy suelta vas a tener que hacer más fuerza para cargarla. Es importante que te quede bien pegada al cuerpo, y en lo posible que la base esté por encima de la altura de tu cola. - Llevá lo importante en una mochila de mano: pasaporte, tarjeta de crédito, efectivo, computadora, cámara de fotos, tu peluche Carlitos y lo más importante que tengas, llevalo en una mochila chica que vas a tener siempre con vos. Con ella van a ser inseparables como Flanders y su bigote. Cuando viajes en avión, llevá a mano lo que necesites en el inesperado caso de que tu equipaje no llegue a tiempo. Esto no suele pasar, pero por las dudas es mejor tener algo de ropa para cambiarte, cepillo de dientes, solución para lentes de contacto si es que usás, etc.

Ya renunciaste a tu trabajo, renovaste el pasaporte, armaste la mochila y te reuniste cada día de la semana con un grupo de amigos o familiares distintos para despedirte como corresponde. En vez de descansar para empezar el viaje con todas las luces como tenías planeado, estos días te los pasaste de reunión en fiesta. Es el momento que venías esperando desde hace meses, o inclusive años. Estás emocionado, pero cuando te ponés a pensarlo más fríamente te agarran los nervios de último minuto. ¡Tanto tiempo esperando para esto y ahora está tan cerca! Mirás la mochila, lista en un rincón de tu habitación para salir cuando vos le digas, y te invade una revolución en tu interior que es imposible traducir en palabras. Es una mezcla de alegría con ansiedad con

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nervios y con todo lo que está entre medio. No lo querés admitir, ni tampoco hacer público, pero todos esos miedos que tenías antes de tomar la decisión, que creías se habían ido muy lejos, volvieron para estar más presentes que nunca. Los muy insoportables no se quieren despedir de vos. Estás sin trabajo, sin casa, sin rumbo… bueno, tampoco para tanto, pero en lo que sí pensás es que estás a punto de gastarte todos tus ahorros para darle un giro de 180º a tu vida. Claro que vas a tener dudas, lo raro sería que no las sintieras. Las dudas, así como los miedos, son parte natural del proceso del cambio. Son inevitables, y no hay nada que las pueda controlar. Una recomendación: andá temprano al aeropuerto o a la terminal de buses, porque no hay nada que te vaya a poner más nervioso que el sentimiento de que estás llegando tarde. ¡Hasta nos pone nerviosos escribirlo! Mejor esperar tres horas pensando en qué te van a dar de comer en el vuelo, que llegar corriendo pensando en cómo el avión se va sin vos. ¿Y si me olvido algo importante? Hacé una lista (en papel, no mental) de lo que no te podés olvidar y asegurate varias veces de tener todo. Mientras tengas el pasaporte en término y con suficientes hojas libres, plata suficiente para mantenerte, el vuelo o pasaje de bus y los requisitos que te pidan para entrar al país nuevo (visado, pasaje de salida, resumen de cuenta bancaria, o lo que sea), el resto lo vas a poder comprar sin problemas una vez en viaje. No decimos que no le des importancia, pero si te olvidás una bombacha sexy o la afeitadora, no es el fin del mundo. ¿Y si el avión se cae? Puede pasar, si no mirá el noticiero y vas a ver cuántos se caen y cuántos otros revientan en el aire por el plan macabro de un extremista musulmán y Alá. Y si no estás del todo asustado, mirá Viven o Whisky, Romeo Zulu. Es verdad que es mucho más peligroso viajar en cualquier tipo de transporte terrestre, incluyendo bicicleta o a pie, que en avión, pero cuando hay turbulencia fuerte tenés que ser un viajero muy frecuente para no arrugar un poco. Lo mejor que podés hacer es pensar en las pocas probabilidades reales que hay de que tu avión sea uno de los que salen en el noticiero y no asustarte

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hasta que no salgan las máscaras de oxígeno, o mejor hasta que no estés dando trompos y cayendo en picada. ¿Y si no me dejan entrar? Seguro estás imaginando la situación en que justo te toca la más mala onda de todas los empleadas de inmigración, y encima un día que la hicieron trabajar horas extra. Que tu sonrisa nerviosa le cae mal de entrada y se la agarra con vos para encontrar algo que te está faltando para entrar al país. Te imaginás haciéndole chistes para descomprimir pero la embarrás más. No entendés lo que te dice y eso la pone más impaciente todavía. ¡Qué pesadilla! Tranquilo, si tenés todo en regla entonces pensá en lo que pasa el 99% de las veces: la de inmigración no es Miss Simpatía pero tampoco la mala onda que te imaginaste, le das el pasaporte con la arrival card, mira la foto del pasaporte, te mira varias veces para ver qué te pasó en la cara desde que te sacaron esa foto, te pregunta cuántos días pensás quedarte en el país, te sella el pasaporte, te lo devuelve y…¡listo, estás adentrooo! ¿Y si todo lo que estuve planeando no sale como esperaba? ¿Y si me roban todo? ¿Y si no me gusta y me quiero volver antes de tiempo? ¿Y si me siento solo? Dudas vas a tener muchas, pero hay una pregunta que te tenés que hacer cuando más inseguro estés… ¿Y si no lo intento? Siempre te quedarás con la duda de cómo hubiese sido darte la oportunidad de hacer lo que tanto querías. Después de todo, no conocemos a nadie que se haya arrepentido de haberse ido de viaje, así que tan malo no puede ser…

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La primera sensación que tengas de un país nuevo, en especial si es tu primer viaje, seguramente sea una de estas dos: “¡Me encanta… qué ganas de empezar a recorrer!” o “¿Quién me mandó a venir acá? ¡Me quiero ir!” No hay grises. Cuando todo lo que te rodea es nuevo vas a experimentar fuertes sensaciones, tanto de felicidad como de miedo, incluso las dos a la vez. Por lo general, cuando el primer aterrizaje no es forzoso, y llegás a un país donde, al menos a simple vista, las cosas parecen funcionar bien, está limpio y ordenado, vas a sentir una profunda tranquilidad de saber que los riesgos de que algo salga mal no van a depender de factores externos. Por el contrario, si el primer país de tu viaje es uno que parece presentar ciertos riesgos o desafíos, al menos juzgando por las primeras imágenes, puede ser que te lleve un tiempo más largo adaptarte, pero lo más probable es que después de unos días encuentres emocionante todas las experiencias espontáneas que se dan en los lugares donde las reglas no están del todo claras, o directamente no existen. La primera impresión que tengas del país va a depender mucho de las expectativas que te habías creado y de cuánto te habías informado antes de viajar. Si esperabas llegar a India y encontrarte con la alegría y los colores de una película de Bollywood, te va a costar asimilar la dura realidad que la pantalla no te mostró. El caso más famoso es el de París, que desilusiona a muchos por el pedestal del amor en el que se puso a la ciudad durante décadas de películas, música, novelas y merchandising, que se arraigaron en el imaginario colectivo y la llevaron a una posición que sólo se podría cumplir en un cuento de hadas, o en Amélie. Cuanto más lejos de tus costumbres, o de lo que vos entendés como “socialmente aceptable” estés, mayor será el shock cultural. Llegar a Nueva Zelanda, por más que fuera la primera vez que estábamos tan lejos de casa, no fue un golpe difícil de amortiguar, ya que desde que pusimos un pie en tierra firme nos encontramos con una oficina de informes turísticos para pedir un mapa de la ciudad y preguntar lo que necesitáramos, una parada de buses bien marcada con horarios, tránsito aplicado, los pajaritos, el pasto cortado, el cielo

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azul… todo muy lindo. Hubo sorpresas, por supuesto, pero ninguna que nos descolocara de nuestros casilleros. Que nadie nos pudiera decir cuál era la comida típica del país o que el nivel de educación estuviera muy por debajo de lo que esperábamos no lo podríamos llamar un shock cultural, sino una sorpresa. El shock cultural es el estado de desorientación que vas a sentir cuando te encontrás fuera de tu zona de confort. Es parte inevitable del proceso de conocer nuevas culturas. Si no podés enfrentarlo y aprender de éste, entonces nunca te vas a sentir cómodo viajando. Mucha gente que no quiere experimentar ese sentimiento de confusión y adrenalina se limita a viajar por lugares en los que sabe que se sentirá cómodo. “Alemania estuvo bien, pero a Tailandia no vuelvo más, fue muy difícil comunicarme”, nos dijo Kingsley, uno de los jefes que tuvimos trabajando en Australia, quien se negaba a viajar a países donde el inglés no fuera el idioma nativo o al menos ampliamente entendido. Como decíamos, a pesar de ser nuestro primer país lejos, muy lejos de casa, en Nueva Zelanda no experimentamos verdadero shock cultural. En cambio en India, por más que ya llevábamos tres años viajando y veníamos de Sri Lanka, sentimos el cachetazo inmediatamente cuando yendo del aeropuerto al centro de Mumbai a primeras horas de la mañana nos encontramos con la ciudad plagada de gente durmiendo en la calle, perros vagabundos revolviendo montañas de basura y vacas con un tercer ojo pintado en la frente que nos miraban con cara de “¿y ustedes dos de dónde salieron? ¡Raros!”. Lo mismo en China, cuando al mirar por la ventana de la habitación donde nos estábamos quedando, vimos cómo en el patio trasero estaban cocinando un perro entero en una cacerola. “Sí, es que ahí abajo hay un restaurante”, nos dijo el chico que nos estaba alojando. “Aaaaah, claro, un restaurante… por eso lo del perro”, pensamos. Cómo adaptarte a los grandes choques culturales Estando de viaje, tarde o temprano vas a recibir grandes impactos. Al principio pueden asustarte, pero de a poco vas a estar más abierto a ellos y se van a volver uno de los principales motores de motivación para seguir explorando. – 105


Es importante que no trates de imponer tus costumbres en cada lugar que vas. Adaptate al lugar en el que estás, porque lo que para vos es aceptable puede no serlo para otro. Esto no quiere decir que imites todo lo que los locales hacen por más que moralmente no te parezca correcto. Porque en Camboya todos tiren la basura en la calle no significa que vos tenés que hacer lo mismo, pero si ves que donde estás hay costumbres de tu país que no son las más normales, como tomar alcohol en la calle o andar ligerita de ropa porque tenés calor, mejor guardalas para otro momento o si no los únicos que se te van a acercar serán los que manejen tus mismos códigos, pero no vas a poder conocer gente de otras culturas que es lo que querés. Tratá de aprender algo de su idioma. Por más que no te sirva para comunicarte, al menos vas a romper el hielo y caer más simpático que si tratás de hablarle en inglés a la señora que vende pescado frito en un pueblito de Indonesia. Un tema que siempre va a salir en una primera conversación con un local es el de la comida. Por más que no hables nada de su idioma vas a poder nombrarle algunos platos y hacerle un gesto si te gustó o no. Probar todo lo que puedas de la comida local te va a permitir entender mejor el país en el que estás y sentirte mucho más cómodo si te invitan a comer en una casa. En vez de desayunar yogur con cereales en un lugar orientado exclusivamente a extranjeros, por qué mejor no hacer como los locales y tomarte un pho (sopa de carne) en un mercado cuando estás en Vietnam. Tal vez no te tiente mucho empezar todos los días tan rockero, pero con probar no perdés más que un desayuno. Pequeños cambios diarios en tus hábitos te van a hacer sentir más a gusto y cercano al lugar en el que estés. Aceptá invitaciones; por más aburridas que puedan sonar, siempre son una buena oportunidad para aprender algo nuevo. En el peor de los casos vas a aprender cómo se aburre la gente en distintas partes del mundo, pero por lo general vas a irte con varios descubrimientos. En Laos descubrimos la importancia de la Beer Lao y la cultura alcohólica de un país después de tener que tomarnos varias copas más de las que hubiéramos querido en un casamiento al que nos invitaron porque justo pasábamos por la puerta.

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Se curioso; preguntá todo lo que no entiendas o te llame la atención del lugar donde estás, pero por más que tengas opiniones distintas, evitá criticar todo lo que choque con tus conceptos de “normalidad”. Hay actitudes que consideramos incorrectas por el ambiente en el que crecimos, pero que para otro puede ser lo más normal y no entenderá por qué lo estás cuestionando. Mientras una australiana puede molestarse con los excesivos piropos callejeros cuando camina por Buenos Aires, conocemos más de una argentina que volvió frustrada de su viaje por Australia porque sintió que ya no llamaba la atención masculina (¡Ay, las argentinas!). Un indio va a pensar que sos un asqueroso por tomar directamente del pico de tu botella, mientras él, con la mano que no se lavó en todo el día, hace un mazacote de arroz con curry y se lo lleva a la boca. Entender que crecimos en diferentes entornos, con un concepto muy distinto de lo que es aceptable y lo que no, es esencial para que puedas amoldarte mejor a cualquier lugar donde viajes.

Vivimos deseando tener una máquina de tiempo que nos transporte a otra época. Pasamos horas hablando con amigos sobre esos momentos claves que marcaron nuestra infancia y podemos planificar a la perfección todo lo que vamos a hacer en los próximos días/meses/años. Miramos el pronóstico, leemos el horóscopo y le pedimos a una vidente que nos adelante nuestro futuro. Viajamos en el tiempo, vivimos de recuerdos y empezamos el lunes pensando en cuánto falta para que llegue el fin de semana. ¿Por qué nos cuesta tanto estar en el presente? Frenar y tomar conciencia de todo lo que estaba pasando alrededor nuestro era algo que nos costaba muchísimo hacer, en gran parte por la emoción e incertidumbre de lo que vendría. Cuando nos dimos cuenta de esto, empezamos a escuchar las conversaciones de otros viajeros: todos hablaban de los lugares que habían visitado y a los que planeaban ir, pero nunca escuchábamos a nadie acotar sobre ese preciso instante que estaban viviendo. – 107


En el viaje pasan tantas cosas nuevas que siempre estás pensando en varias cosas a la vez; en cuál va a ser el próximo destino, en lo que dejaste, en tus amigos, dónde vas dormir esa noche, cómo vas a llegar al centro de la ciudad, dónde vas a dejar tu mochila. Cuesta sacar el pie del acelerador. Cuesta dejar de vivir de recuerdos. Cuesta calmar la ansiedad de lo que vendrá. Cuesta aceptar la realidad del ahora.

(Sé consciente, incluso cuando tu mente esté llena –De la Vega-) Mindfulness es una de las tantas palabras que se pierde en la traducción, incluso pensamos no traducir la frase de arriba, porque como ves en español pierde el doble sentido. Para algunos, sería “conciencia plena”, o “plenitud mental”. Para nosotros, la forma más fácil de explicarlo es sentirse plenamente en el presente. Algo tan simple como eso. Quizás, el hecho de que sea tan simple es lo que hace que nos cueste tanto. Quizás, preferimos vivir de sueños y de recuerdos porque no podemos queremos aceptar la realidad. Quizás, sólo quizás. Momento Mindfulness Te proponemos que te tomes algunos minutos al día para disfrutar del presente. Sólo necesitas un anotador y una lapicera. Parece simple en la teoría, pero cuesta tanto ponerlo en práctica…

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La idea es que te concentres pura y exclusivamente en lo que pasa en tu interior y en lo que te rodea en este preciso instante. Dejá el celular y no te pongas música, sólo dedicate a observar lo que te rodea con todos tus sentidos. El desafío consiste en anotar 10 cosas que te llaman la atención –de tu interior o de tu exterior– durante esos 10 minutos. Estando en viaje, un momento ideal para hacer esto es cuando estás en movimiento, sentada en el tren/bus/auto que te lleva de un lugar a otro, porque actúa como un puente, conectando lugares y sensaciones y plasmándolas para siempre. A nosotros nos entretiene mucho quedarnos un rato sentados en algún parque o cafetería mirando lo que hace la gente y anotando todo. Esto pasaba una tarde cualquiera en una casa de té de Yangón, Myanmar… Señor barbudo de remera sucia se rasca la panza y con la misma mano agarra las samosas, después se despide de su amigo dándole la misma mano – Nena de unos 10 años no deja de llamar a la mamá que parece estar chusmeando con la amiga o hermana. La mamá se cansa y le da plata para que se vaya a comprar algo. La nena vuelve con una gaseosa y sigue molestando. Se van – Pibe se embola con su papá en la mesita de al lado nuestro. Él debe estar pensando en qué pesado el papá que lo lleva a comer y el papá debe estar pensando algún tema de conversación para que el hijo no piense eso – Un auto pasa y nos salpica barro. Esto de sentarse en mesitas diminutas en la calle es muy simpático hasta que pasa esto.

Si pudiésemos retroceder el tiempo y enmendar sólo uno de los tantos errores cometidos en viaje, sin duda elegiríamos dedicarle a cada lugar el tiempo que merece. O, mejor dicho, dedicar-nos en cada lugar el tiempo que merecemos. La lógica diría que cuanto más rápido avancemos, más lugares podremos visitar y, como si fuese directamente proporcional, más conoceríamos de un país, pero la experiencia nos demostró que la realidad es totalmente lo contrario. Con suficiente tiempo y curiosidad, las posibilidades de que algo interesante suceda son mucho más grandes que cuando saltamos de un lugar al otro viendo sólo lo que supuestamente es “indispensable”.

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Donde más lo notamos fue en Japón, donde no encontramos nada especial en los lugares que los folletos turísticos nos decían que eran imperdibles, mientras que caminar por sus ciudades y tratar de entender la compleja cultura japonesa nos atrapó por completo. Es fácil caer en la tentación del sobreplaneamiento, que te brillen los ojos por todos los lugares interesantes que leés y termines armando un apretadísimo itinerario incluyendo la mayor cantidad de lugares posibles, incluso volando entre destinos para “ahorrar tiempo”. Estos viajes terminan siendo como los cronogramas de los tours de agencias, en los que te llevan a diez países en quince días, y la gente los compra creyendo que al recorrer más en menos tiempo está aprovechando mejor su plata. Una de las quejas más comunes de los que vuelven de un tour es que no tuvieron suficiente tiempo en los lugares que más les gustaron, pero suelen concluir que estuvo bien porque no tuvieron que preocuparse por nada. Justamente viajamos de forma independiente porque no queremos que nadie nos diga qué tenemos que hacer ni cuándo, pero al limitarte a tu agotador itinerario vas a ser vos mismo el que se ponga las reglas. Lo más probable es que termines frustrado, ya que vas a estar siempre preocupado por cumplirlo, pero no siempre la realidad es como hubieses querido. En muchos países, los buses no salen hasta estar llenos, o se rompen a mitad de camino, o las rutas parecen que acaban de ser bombardeadas, o simplemente hay demoras eternas sin motivo aparente, y ni hablar de los temporales que te atrasan el viaje varios días. Cuando empieces a aflojar el cinturón de tu itinerario vas a notar que una de las mejores sensaciones que el viaje te da es el sentimiento de libertad al dejarte llevar por tus impulsos. Por no tener planes estrictos pudimos quedarnos unos días más en Teherán para asistir a un casamiento iraní o relajarnos desde quince días en Penang hasta tres meses en Osaka, dos lugares de los que estamos enamorados. Viajar puede sonar romántico y aventurero, pero al estar en constante movimiento entra en juego la temida letra chica, donde está toda la logística que hay que hacer para que el viaje pueda ser posible: averiguar horarios de – 110


transporte o cuál es el mejor lugar para hacer dedo, encontrar un lugar donde dormir, ubicarte dentro de una laberíntica ciudad nueva, hacerte entender, elegir qué y dónde comer, o mismo encontrar la inspiración para desprender todo eso que tu cuerpo no necesita en una letrina que hace meses que no ve un desinfectante. Todo esto cansa, y va a llegar un momento en que lo único que quieras hacer es encontrar una cama donde dormir por 24 horas seguidas, y eso no tiene absolutamente nada de malo. Pareciera ser tabú “desaprovechar” un día de viaje sin tachar algún atractivo de una interminable lista. Es ese instante en el que te propongas no ir en busca de nada, cuando lo encontrarás todo. Date el tiempo para que cada lugar te encuentre a vos, en vez de querer encontrar siempre todo. Al final, los recuerdos que te dibujen una sonrisa serán los que te hagan revivir momentos, en vez de museos y esculturas. El coreano que conoció toda Italia y más en cinco días Min-hyun estaba de camino a Seúl cuando nos levantó mientras hacíamos dedo. Se declaró un fanático de los viajes, pero reconociendo preferir un estilo más conservador que el nuestro. –Mi último viaje fue a Europa… me gusta mucho Europa. –Qué bueno, ¿a qué países fuiste? –le preguntamos. –Italia y París. Italia me gustó mucho. Le comentamos de nuestras raíces italianas y, como quien conoce bien el país, nos preguntó de qué parte de Italia son nuestros familiares. Piacenza, Savona, Génova… de hecho ni siquiera viven en estas ciudades, sino que en pueblos cercanos, pero ninguna de ellas le sonaba familiar hasta que no le nombramos Milán. –¡Milán! Yo no estuve ahí, pero conozco casi todo el resto de Italia. Sabíamos que estaba exagerando un poco, así que le preguntamos por su concepto de totalidad. – 111


–Estuve en Roma, Florencia, Pisa y Venecia. Después fuimos a París… –Ah… ¿en cuánto tiempo? –Cinco días jaja. Fue con un tour de coreanos a Italia, pero también incluía París. Me gustó, pero terminé muy cansado. Todos los días nos levantábamos a las seis de la mañana y nos íbamos a dormir muy tarde, pero pude conocer muchos lugares que quería. Como mucha gente, Min-hyun también se vio orientado por el pesimista concepto de que quizás nunca más podrá volver a Europa, y por eso eligió el tour que lo llevara a más cantidad de ciudades en menos tiempo. ¿Realmente conoció algo de Italia? Más que cansancio y las fotos que demuestren que estuvo ahí, no mucho.

Irrespetuosos de las creencias ajenas y oportunistas ante la falta de convicción, los misioneros son personas que viajan predicando el Evangelio, respondiendo a los que ellos consideran un llamamiento divino para salvar a los infieles. Tal vez, sin darte cuenta, vos también tengas algo de misionero. No necesariamente tenés que recorrer las calles con una biblia en la mano tratando de convencer a la mayor cantidad de personas posible de que el día final se está acercando y ésta es su oportunidad de salvarse; te alcanzará con molestar a la gente tratando de imponer tu verdad. El viajero misionero es alguien que pregona su cultura a donde sea que vaya, sin importarle las costumbres ajenas. Buscará convencer a quien no entre dentro de sus requisitos de "normalidad" a que abandone sus hábitos y cambie por los que él le puede enseñar. A lo largo del viaje conocimos a mucha gente con ambiciones de cambiar a todos a su alrededor. Ian, un inglés de unos cuarenta y cinco años, se quejaba cada vez que en los restaurantes de Tailandia le traían cuchara. “Las cucharas son para los bebés y para los tailandeses... en mi país comemos con tenedor”,

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le decía a la camarera de turno. Al poco tiempo conocimos a un amigo suyo, también inglés pero que vivía en España. Cuando le preguntamos qué le parecía el país, nos comentó, “España es frustrante, nadie habla inglés. ¡Ni siquiera los jóvenes en los bares me entienden!” “Deberías aprender español entonces”, le dijimos. “Nah, yo le digo a todos que deberían estudiar inglés porque les va a ser útil”. En Seúl estuvimos unos meses trabajando a cambio de alojamiento en un hostel, y le preguntamos a nuestros compañeros coreanos qué era lo que más les molestaba de los occidentales, aparte del olor. “Que critiquen nuestras costumbres. A muchos le molesta que nuestra comida sea picante, que seamos muy tímidos, que hagamos reverencias cuando nos saludamos y hasta que estudiemos mucho…” . Compartir con los locales tus opiniones acerca de las sensaciones que te despierta su país es algo que te enriquecerá, ya que ellos podrán explicarte muchos temas que quizás estés malinterpretando por desconocer el contexto. Pero intercambiar puntos de vista es muy distinto a querer imponer los tuyos como verdades absolutas.

Seguir a las masas te va a llevar en una sola dirección: a perderte. No a perderte geográficamente, sino a perder el rumbo de tu viaje. No vas a ser vos el que decida a dónde querés ir, sino la elección de la mayoría, que a su vez visitará lugares en los que se sientan respaldados por el consenso general. Es como ponerse en la fila de un negocio sólo porque hay mucha gente esperando para comprar. Cuando empezamos a viajar sentíamos la obligación moral de que teníamos que visitar la mayor cantidad de atractivos turísticos posibles. Si todos los turistas iban, por algo sería, entonces nosotros también teníamos que ir. El tiempo que estábamos en cada lugar lo definíamos únicamente por la cantidad de “atractivos” que había para ver, en vez de por cómo nos sentíamos o las ganas que teníamos de quedarnos. Llegábamos a la ciudad, dejábamos la

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mochila en el hostel y salíamos, porque de no apurarnos no llegaríamos a ver la estresante cantidad de lugares que habíamos marcado. Caminar sin rumbo o sentarnos en un parque a ver a la gente pasar no era una opción, porque así perderíamos el tiempo que podríamos estar aprovechando en visitar los lugares que no nos podíamos ir sin ver. Terminábamos agotados, porque nos pasábamos todos los días corriendo, de un templo a un museo, a un palacio, a ver una escultura y a lo que fuera que como turistas deberíamos tachar de nuestra lista. Queríamos relajarnos, pero la obligación moral era más fuerte. Las guías de viaje pueden ser de mucha ayuda para planear tu recorrido, pero no tomes todas tus decisiones basándote en lo que en ellas dice como si fueses un musulmán siguiendo el Corán. Éstas están escritas por otros viajeros, a quienes les pagaron (menos de lo que creés) para relevar todos los hoteles, restaurantes y atractivos posibles en un tiempo muy limitado. Tu viaje será distinto al del autor y tus gustos también, por lo que no tiene sentido pensar que ellas saben qué es lo mejor para vos. Tal es la influencia de éstas, que una simple recomendación puede cambiar el futuro de un restaurante y hasta de una ciudad entera. Una vez que un lugar sale favorecido en Lonely Planet, no pasa mucho tiempo hasta que se llena de turistas. Un arma de doble filo, que por un lado genera una gran ayuda económica, pero por el otro suele quitarle el encanto que ese lugar tenía antes de la comercialización. Nada decía la Lonely Planet de Filipinas acerca de un lugar llamado Nagtabon, en Palawan. Un local nos lo recomendó, diciéndonos que al ser marino de la armada había conocido muchísimas playas, pero ninguna como esa. Llegar no fue fácil, pero nos encontramos con una belleza de arena suave y agua tibia y cristalina, que tuvimos para nosotros solos. Sin aparecer en ninguna guía, Nagtabon resultó ser la mejor playa en la que hayamos estado. Sammy, un irlandés excéntrico que conocimos en nuestro primer viaje a Tailandia, tenía una forma muy particular de encarar su itinerario. No usaba ningún tipo de guía, algo que en ese momento nos llamaba mucho la atención. Estaba cansado de los lugares turísticos, por lo que sólo usaba un mapa del

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país, elegía un punto al azar y allá iba, movido por el efecto sorpresa y la incertidumbre. Tal vez el estilo de Sammy sea un poco excesivo para vos, pero si a la información que leas en las guías la complementás con la de blogs u otras páginas y hablás mucho con locales y viajeros que cruces en el camino, vas a tener una visión más amplia para orientar tu viaje. Si sólo seguís lo que en ellas encontrás, vas a terminar siguiendo a las masas a donde sea que vayan. Lo que ninguna guía de viajes te va a contar La Lonely Planet de Vietnam dice sobre un lugar llamado Pleiku: “Puede servir como una parada técnica, pero hay poco que detenga al viajero a pasar más de unas horas en la ciudad”. De hacerle caso, nunca hubiésemos frenado en esta ordinaria ciudad, y así nos habríamos perdido de conocer a Hotikana, una de las personas más inspiradoras que nos hayamos cruzado jamás. Hija indeseada, su mamá la abandonó cuando tenía un año. Al poco tiempo, su padre cayó en el alcohol, producto de la depresión, y murió en un accidente de tránsito. Su tía se hizo cargo de ella y de su hermana, pero al tener una mala relación la echó de su casa cuando tenía sólo catorce años, diciéndole que no tenía plata para mantenerla. Como es normal en estos casos, la calle podría haberla arrinconado en el callejón de las drogas, delincuencia y prostitución, pero ella nos enseñó que hay otros caminos. Consiguió un trabajo de mala paga en un café local y empezó a estudiar inglés por su cuenta. Con la plata que pudo ahorrar, alquiló una pieza compartida. Al poco tiempo, su inglés ya había mejorado mucho, y eso en Asia es sinónimo de persona educada y respetable. Sumado esto a su carisma y experiencia, pudo conseguir un trabajo con mejor sueldo en uno de los cafés más populares de Pleiku, y otro como escritora freelance en un diario local, donde escribía historias inspiradoras para jóvenes. Envidiosa de su progreso, su tía, la misma que la había dejado en la calle a los catorce años, empezó a llamarla para pedirle que le devolviera toda la plata que se había gastado en mantenerla. A sus diecisiete años conocimos a Hotikana, la persona más chica que nos haya alojado, pero la más grande en cuanto a enseñanzas. Estaba aprendiendo – 115


chino con un libro usado que había comprado y soñaba con viajar. Le dijimos lo que sentíamos, que el momento más duro de su vida ya lo había superado, y que a partir de ahora podría lograr lo que se propusiera. Al poco tiempo de despedirnos nos escribió contándonos que había dejado la habitación, el trabajo y había empezado a viajar, a dedo, como habíamos llegado nosotros a su casa. “Gracias a ustedes ahora puedo viajar a dedo y me doy cuenta que no necesito tanta plata para viajar. ¡Me enseñaron mucho!”, nos dijo en ese mail. Hotikana pudo haber aprendido de nuestros consejos para viajar a dedo, pero nosotros aprendimos que la confianza en uno mismo y la perseverancia son los mejores consejos para viajar por la vida.

Sin dudas, la parte más gratificante de todo viaje es la gente que vayas a conocer. Podés visitar las Siete Maravillas del Mundo y las Siete Maravillas Naturales, pero lo que te quedará guardado serán las experiencias humanas. Ese policía en Bangladesh que nos invitó a comer a su casa y después nos llevó al hotel al ver que ningún tuk-tuk nos cobraba el precio real del viaje, o el filipino que nos invitó a dormir a la casa de su amigo porque ya era tarde para que siguiéramos viajando a dedo. De los lugares que visitás te podés olvidar, pero de estos gestos de hospitalidad, no. El contacto que tengas con otras personas durante tu viaje será principalmente con otros viajeros o locales que trabajen con turistas, directa o indirectamente (recepcionista de un hostel, vendedores en un mercado, personal de un centro de informes, vendedores de pasajes de bus, etc.). Por más simpático que sea el vendedor al que le estás comprando, la realidad es que al haber un interés económico de por medio, difícilmente puedas tener una relación más que comercial con él. Viajando como mochilero, las posibilidades de tener encuentros reales con locales es mucho mayor que para los que viajan en tours o con un presupuesto – 116


alto, ya que a mayor poder de consumo, más grande es la diferencia que se marca. Quieras o no, por el sólo hecho de ser extranjero, en varios países vas ser visto como una billetera caminante por muchos, algo que es frustrante pero con lo que vas a tener que aprender a lidiar. Después de nuestros primeros viajes, sentimos que lo que nos estaba faltando era tener un entendimiento más profundo de la cultura de los países que visitábamos, algo que no podíamos lograr buscando información en internet o en libros, sino que sólo la conseguiríamos relacionándonos con los protagonistas. Para romper esa barrera, cambiamos varias cosas. Hacer Couchsurfing es algo que está al alcance de todos y es gratis. La primera vez que nos alojamos en la casa de alguien por medio de esta red fue en Irán, y a partir de ahí lo hicimos al menos una vez en todos los países que estuvimos. La gente que lo usa suele ser de mentalidad muy abierta, por lo que es una gran manera de hacer relaciones y ver cómo viven en ése país de las puertas para adentro. Tal vez la idea de viajar a dedo no te suene del todo segura, pero es algo que recomendamos a todos que prueben al menos una vez. Desde que empezamos a viajar de esta manera, cada viaje dejó de ser un mero traslado de un punto a otro para transformarse en cientos de historias e invitaciones. Ser más flexibles fue fundamental para estar disponibles a invitaciones inesperadas. De seguir un itinerario apretado como hacíamos al principio, nos hubiésemos perdido la oportunidad de tener experiencias inolvidables, como ser invitados a un pueblito Hmong en las montañas del Norte de Laos, donde distintas aldeas estaban reunidas con su vestimenta de gala para festejar el año nuevo lunar de esta minoría étnica perseguida casi hasta la desaparición por el gobierno de su país. Salirnos de las rutas turísticas también fue clave. En las ciudades o lugares donde como turista no sos ninguna novedad, es más difícil que alguien se interese en vos. En cambio, hay pueblos que no aparecen en ninguna guía de viajes porque no tienen ningún atractivo turístico interesante, pero donde el mayor atractivo es el humano.

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Cambiar nuestra actitud fue lo más importante de todo, y lo que más te va a ayudar a relacionarte. Ser cauteloso es una cosa, pero desconfiar de todo el que se te acerque que no sea turista te va a dejar adentro de una burbuja. Animate a preguntar sobre las cosas que te llaman la atención de su país, comé en lugares donde haya sólo locales y aceptá invitaciones, que no todo el que te quiera llevar a su casa está planeando secuestrarte.

Comprar regalos para TODOS es la obligación moral que la mayoría sentimos cuando empezamos a viajar. La lista de personas empieza con el lógico orden de importancia: familiares directos y amigos más cercanos, pero después viene la culpa. Se suman amigos que podrían ofenderse, tíos lejanos que pueden ponerse celosos y la dentista que te salvó la muela. Y si le mandás algo a la tía Porota también le tenés que mandar a la tía Rosa, que aunque no la veas más de una vez al año, siempre se acuerda de vos. Ah, y la vecina simpática que se junta todos los días a chusmear con la tía Porota también se va a poner contenta si le comprás algo, aunque sea chiquito. Sabemos lo que es, a nosotros también nos pasó. Sentíamos culpa de no llevar nada si habíamos estado de viaje, en especial habiendo ido a un lugar al que ninguno de los que recibiría su regalo había ido, y la mayoría muy posiblemente nunca iría. Sería una especie de “impuesto al viajero” por tener el privilegio de viajar tanto. No podíamos ser tan egoístas, ¡y encima tener el tupé de comprar cosas para nosotros! Así pasábamos días completos recorriendo mercados y negocios, frustrándonos cuando no encontrábamos nada, preocupados porque pasaban los lugares claves para comprar y todo nos parecía demasiado berreta o demasiado caro. Puede sonar divertido, o al menos algo que no te va a llevar más que un rato o que vas a encontrar sin buscarlo mientras viajás, pero lo más probable es que al menos una vez al día te acuerdes de la tía y digas… “Uuuuh, el regalo de la tía Porota… ¡¿Qué le comproooo?!

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Lo más probable es que cuando empieces el viaje tengas un ataque shopaholic (mucho más fuerte en mujeres que en hombres), y ni te contamos si empezás por India, donde por unos dólares podés conseguir lo mismo que en tu país venden en los negocios más chic. Después de tu ataque viene el dilema: “¿Qué hago con toda esta belleza tan bella?” Llevarlo con vos es la peor opción, tan mala como salir a caminar por Delhi con ropa blanca. No sólo que lo vas a cargar como un sherpa escalando los Himalayas, sino que cualquier cosa frágil tiene muchas chances de romperse (“¡Nooooo, el regalo de la tía Porotaaa!”). Lo mejor que podés hacer es comprar todo en una misma ciudad y mandarlo por correo directamente desde ahí. Si no tenés un salamín que se pueda pudrir, entonces mandá la encomienda en barco, que aunque siempre parezca que se la comió un tiburón ballena en altamar, mágicamente termina en tu casa, y encima es la opción más barata. Hemos mandado una encomienda desde Irán a Buenos Aires que llegó seis meses después, así que no pierdas las esperanzas. El proceso de amor por los suvenires va de la mano con el de los atractivos turísticos. Cuanto más viajás, menos te llaman la atención y de a poco perdés interés. Al principio queríamos tener un suvenir de cada país, no alcanzaba con las fotos y las experiencias, tenía que ser algo material, que pudiéramos poner en una repisa de nuestra habitación a juntar polvo, como garantía de que realmente habíamos estado ahí. El paso siguiente fue comprar menos, porque lo que parecía la ganga de nuestras vidas cuando veíamos los precios en el mercado, dejaba de serlo cuando teníamos que pagar la encomienda, además del stress que era estar buscando regalos para todos y regateándolos en los países donde no existe otro tipo de negociación. “Uy sí, ¡qué estresante!”, va a pensar más de uno. Sí, salvo que te divierta mucho, lo es. Así fue que la tía Porota y su vecina sufrieron el recorte. Ahora, mandar una carta con algunas fotos o hacer una postal casera, nos parece más significativo que una remera de I love Bangkok o un gorro tradicional vietnamita. Lo que buscábamos con los suvenires era congelar un momento feliz, no dejar que se escapara, pensando que al tener esa lapicera de canguro boxeador en el escritorio nos traería todos los buenos recuerdos de nuestro tiempo en Australia. Pero la realidad es que por más plata que gastáramos, ningún – 119


cuadrito tiene el poder de los aprendizajes, las historias y las relaciones que el camino nos dejó. Por eso tenemos un diario de viaje, para expresar todo lo que sentimos en ese momento, anotar nombres de platos que nos gustaron y queremos hacer cuando volvamos a casa y de los lugares con nombres imposibles que obviamente nos vamos a olvidar. El diario, las fotos y el mail de la gente con la que queremos seguir en contacto, son el mejor suvenir que nos podemos llevar de cada país.

Ya está. Los compromisos sociales de tener que caerle bien a tu compañero de trabajo y a tu jefe ya no están, ni tampoco tenés que ir a tomar algo con tus colegas por obligación. En viaje tenés la libertad pura de elegir con quién querés pasar tu tiempo –y con quién no, por supuesto–. Al conocer gente de distintos países, es normal que haya puntos de vista muy diferentes sobre ciertos temas, y hasta puede que por momentos las conversaciones se pongan algo picantes, pero no dejes que eso pase a mayores. Aceptar al otro tal cual es y entender que creció y vivió en un contexto muy distinto al tuyo es clave para poder conocer otras realidades y aprender de ellas. No tenés que caerles bien a todos ni todos te tienen que caer bien a vos, así que si sentís que alguna compañía se está poniendo un poco irritante, o simplemente no disfrutas estar con él/ella, tenés toda la libertad de alejarte. A veces sentimos que si estamos lejos de casa y conocemos a alguien de nuestra misma nacionalidad, automáticamente tenemos que estar juntos, o al menos intercambiar algunas palabras. ¿Por qué? Si en tu país no estás hablando con todo aquel que se cruce por tu camino, ni tampoco todas las personalidades son compatibles con la tuya. Debemos confesar que hemos sentido vergüenza más de una vez al ver grupos de argentinos (o de otro país) viajando juntos, creyendo que eran los dueños del mundo y podían “copar” el lugar donde estaban, cuando más que ser el alma de la fiesta como buscaban estaban siendo una molestia para todos y faltando el respeto a la cultura local.

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Por otro lado, también es verdad que tuvimos el honor de cruzar caminos con varios compatriotas que se convirtieron en grandes amigos y lo tomamos como uno de los tantos regalos que el viaje nos va dando. La compañía que tengas puede definir el rumbo de tu viaje. Cansados de juntar brócolis en Australia, decidimos tomarnos un mes de vacaciones. Teníamos las fechas, pero cuando llegó la hora de sacar el vuelo no sabíamos para dónde encarar. Todo el mundo nos tentaba, y no terminábamos de decidirnos. Egipto, Taiwán, Corea y Marruecos eran los que iban encarando la lista de posibles destinos, hasta que esa misma noche nos invitó a cenar Jiyeon, una coreana que trabajaba con nosotros. Ahí fue cuando conocimos a Fazel, Omid, Daniel y Ali, cuatro iraníes que hacía ya unos años habían convertido a Australia en su nuevo hogar. –Ah, así que hace varios años que están acá... ¿A qué te dedicabas cuando estabas en Irán? –le preguntamos a Omid. –Era guía de turismo. Vivía en Isfahan, la ciudad más turística del país, así que hacía guiadas por la ciudad. –¿Guía de turismo? ¡Nosotros también! Pero... ¿tenías trabajo? No debe ir mucha gente a Irán. –Bueno, mucha gente no, pero algunos van, sobre todo de países vecinos. Es increíble como la inspiración puede llegar en cualquier lugar y momento. Hasta ese entonces, para nosotros viajar a Irán era algo totalmente inalcanzable. Volvimos a nuestra casa (rodante) y nos quedamos toda la noche fantaseando cómo sería nuestro viaje. No teníamos internet, así que nuestra imaginación fue la encargada de darnos el primer pantallazo. Al día siguiente, después de estar toda la mañana juntando brócolis (para poder seguir viajando), fuimos a la biblioteca del pueblo a buscar algún libro para alimentar nuestras ganas de conocer nuevos horizontes. Y ahí estaban... esperándonos, cuatro libros sobre Irán. Tendríamos una semana para leerlos, y mientras tanto guardábamos en un pendrive relatos de otros viajeros que habían explorado las tierras persas. A los pocos días, ya teníamos los vuelos a Teherán en nuestras manos. – 121


De no haber conocido a estas cuatro personas en Australia, quizás todavía seguiríamos pensando que viajar a su país era una misión suicida, pero tuvimos la oportunidad de abrir nuestra mente a tiempo. Puede que a veces pase con un país, otras con ciudades o pueblos... es algo inevitable. Desde que nacemos nos vamos moldeando según el entorno en el que nos criamos. Absorbemos, imitamos, nos condicionamos. La manera en que vestimos, qué comemos, cómo hablamos, a qué equipo de fútbol seguimos, qué religión profesamos… Con los viajes pasa exactamente lo mismo. El camino está lleno de personas que están puestas exactamente donde deberían estar para formar tu rumbo. La compañía más temida: uno mismo Viajar solo no significa estar solo, ni viajar con alguien te asegura sentirte acompañado. Hay gente que no sabe estar sola. No puede. No quiere. Si no está con otra persona físicamente, lo hace virtualmente mediante las redes sociales. O prende la tele, o la radio… Cualquier excusa es buena para evadirse. Es que conocerse a uno mismo genera miedo. ¿Miedo a qué? Cuando uno empieza a imaginar la idea de viajar solo, lo más probable es que se preocupe por la seguridad, pero en realidad lo más peligroso es no saber cómo lidiar con las largas horas/días/meses de soledad. Animate a conocerte. Estar con vos mismo es también una compañía y no tiene nada de malo. Es más, la soledad es una necesidad. Si no conocés bien a la persona con la que pensás empezar a viajar, entonces mejor empezá solo, así durante el viaje tenés la libertad para conocer nuevos compañeros y decidir si querés seguir acompañado o estás bien así. Pasarla bien no es suficiente para que un amigo se transforme en un buen aliado de ruta; una cosa es divertirte con alguien y otra muy distinta es conectar cuando pasan todo el tiempo juntos y hay que tomar decisiones. Además de tener planes parecidos, es muy importante que los dos manejen el mismo presupuesto, porque ninguno se va a sentir bien condicionando el viaje del otro. – 122


Hay viajeros que, intimidados por el hecho de que se acerca la fecha de partida y todavía no encontraron a nadie con quien compartir la senda, buscan compañeros de viaje por internet para evitar el cuco del viajero solitario. Pareciera ser algo tan sencillo como un par de clicks, pero llevado a la práctica te darás cuenta que no alcanza solamente con compartir una pasión y un recorrido. El viaje es único para cada persona y, mismo viajando en compañía, es necesario que cada uno tenga sus tiempos y siga el camino que le marca su brújula interior.

“Viajar es una brutalidad. Te obliga a confiar en extraños y a perder de vista todo lo que te resulta familiar y confortable de tus amigos y tu casa. Estás todo el tiempo en desequilibrio. Nada es tuyo excepto lo más esencial: el aire, las horas de descanso, los sueños, el mar, el cielo; todas aquellas cosas que tienden hacia lo eterno o hacia lo que imaginamos como tal” – Cesare Pavese Vivimos en una época donde las apariencias son más importantes que las experiencias. Cuesta contar que en el viaje hubo momentos en que las cosas no fueron como uno esperaba, porque es más fácil maquillar la realidad que decir una verdad que uno mismo no quiere aceptar. ¿Cómo puede ser que la Torre Eiffel no haya sido lo que esperabas? Suena mejor contar que te enamoraste de París, porque se supone que ese es el sentimiento que deberías haber tenido. Habrá momentos en que sientas que tu viaje es el más maravilloso de todos, que estás en el preciso lugar que querías estar cuando soñabas con viajar, donde tus decisiones encontraron su recompensa; y otros en los que quisieras pedir a gritos que paren el mundo porque necesitás bajarte. No te sientas mal, estos altibajos son simplemente parte del proceso que sienten todos los que están constantemente entrando en terreno desconocido. Si no lo sentís, es porque nunca saliste de la comodidad que te da pisar sobre terreno firme.

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Todo el que apuesta tiene que aceptar los riesgos, pero lo hace sabiendo que la recompensa es más grande que su temor. Pareciera ser que hablar de las decepciones de los viajes es algo tabú; mejor contar sobre las paradisíacas playas de Bali y ser la envidia de todos los que todavía no tuvieron la oportunidad de estar ahí (¿total qué saben?) a explicar que en realidad gran parte de la isla perdió su encanto hace varios años y se transformó en la cuna de las estafas, la fiesta, las drogas y el alcohol en Indonesia, y que la playa ni siquiera fue lo que esperabas. Si vamos a París, nos gusta ponernos una boina y decir que la ciudad tiene estilo. En Berlín no podemos dejar de remarcar la perfección con la que todo funciona. De Brasil hablaremos de la alegría de sus habitantes y lo desprejuiciados que son por las apariencias, y de Asia, como si fuera un todo, remarcaremos su espiritualidad. El ser humano es experto en idealizar –y envidiar– la vida del otro y, en el caso de los viajes, siempre se muestra lo que todos quieren ver: paisajes de postal, comida exquisita, locales amigables y viajeros felices... ¡Ay, qué lindo viaje! Buscando seguir con esta fantasía, cuando nos pasa algo que no coincide justamente con lo que esperábamos, caemos en lo que podría denominarse depresión viajera, pero mejor llamémoslo ciclos viajeros para que suene menos dramático, porque después de todo, a veces es necesario sentirnos bien abajo para darnos cuenta qué elementos tenemos que cambiar para que nuestro viaje vuelva a encontrar su Norte, y así empezar un nuevo ciclo.

Habrá momentos en los que te quieras volver. Vas a extrañar a tu familia, tus amigos, tu casa, tu cama, tu barrio, tu comida, y vas a preguntarte quién te mandó a irte tan lejos. Vas a volver, sólo para darte cuenta que todo eso que

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tanto extrañabas ya no es tan tuyo como pensabas, y vas a querer teletransportarte a ese punto del viaje donde estabas antes de volver. Puede que estés rodeado de gente, pero al mismo tiempo te sientas inmensamente solo. No te preocupes, es normal. Uno necesita esas etapas de soledad para poder conocerse mejor a sí mismo. Hay momentos en todo viaje largo en los que no sabrás para dónde ir. Ya no habrá nadie diciéndote lo que tenés que hacer, no habrá rutina ni horarios que cumplir, ni caminos marcados que te aseguren un resultado, como lo era ir de casa al trabajo. Esto te dará la libertad que tanto buscabas, pero la responsabilidad puede ser un poco abrumadora. Temporadas, transporte, visas, presupuesto, alojamiento… todos estos factores tienen que lograr un equilibrio antes de que tomes la decisión de cuál será tu próximo destino. No te preocupes si creías que tenías la respuesta y sobre la marcha te das cuenta que querés seguir otro camino: a veces es necesario llegar hasta ahí para saber que no era esa la bifurcación que querías tomar. No te van a entender, y no sólo nos referimos a una barrera lingüística, sino que muchas veces no vas a encontrar a nadie alrededor tuyo que pueda comprender lo que te está pasando, ni aceptar tus decisiones. Y vas a extrañar, claro, y también te vas a cansar. Te cansará no tener una casa; un lugar al que volver y que lo sientas tuyo; te cansará armar, desarmar y cargar la mochila tan seguido como te despedís de gente que conocés durante el viaje, y te cansará viajar por lugares en los que no te sentís cómodo. También estarán los destinos que te decepcionen, algo que ninguna guía de viajes ni ningún viajero te podrá anticipar, porque la decepción es personal, ya que va en proporción a la expectativa que tenías de ese lugar. A nosotros nos decepcionó Halong Bay, el destino turístico más famoso de Vietnam, tanto como nos sorprendió Sikkim, un pequeño estado en el Norte de India al que ni siquiera teníamos planes de ir. Con el paso de las experiencias y los lugares conocidos, es inevitable que empieces a perder la capacidad de asombro. Después de cincuenta templos budistas visitados, el número cincuenta y uno ya no será tan especial. Esas – 125


atracciones que los locales te insisten para que vayas porque son imperdibles, es muy probable que cuando llegues te preguntes para qué les hiciste caso. Después de convivir con la pobreza extrema, lamentablemente, te vas a sentir menos tocado por ella que cuando tuviste el primer impacto de esa realidad que nunca se te había puesto adelante. El momento más duro del viaje Fue avasallante llegar a Australia después de pasar más de un año en la comodidad de Nueva Zelanda. Teníamos la visa Working Holiday para poder trabajar, pero no teníamos idea por dónde empezar. Nos encontrábamos en un país enorme, sin contactos de ningún tipo y ni siquiera los consejos de alguien que haya estado antes como referencia. Los trámites legales no fueron un gran problema, pero encontrar trabajo resultaba mucho más complicado de lo que estábamos acostumbrados. Y no estamos hablando de un puesto como agentes de viajes, sino trabajo de casi cualquier tipo. Después de unas primeras semanas de incertidumbre total, consultando en agencias de trabajo y buscando sin parar en internet, terminamos en el peor lugar posible: Bundaberg, una ciudad llena de viajeros buscando trabajo de campo y a la vez llena de oportunistas aprovechándose de éstos. Los llamados Working hostels son los que tienen el negocio; ellos te consiguen un trabajo en el campo a cambio de que vos te alojes en su hostel, pagando precios ridículos por habitaciones horribles. Teníamos experiencia haciendo trabajos de campo, pero nada nos había preparado para lo que nos esperaba. A las 5:30 de la mañana empezó el día en la plantación de zucchinis. Con un balde en cada mano y un cuchillo, íbamos avanzando por las filas, agachándonos en cada arbusto para juntar lo que se transformaría en nuestro sueldo, cada vez más lento a medida que los 15 kilos de cada balde se iban completando. Nueve horas bajo el sol, con la espalda encorvada y moviendo peso incesantemente, para que al final del día ninguno de los veinte que estábamos trabajando pudiera llegar al mínimo legal de lo que deberían pagarnos, y ni siquiera cubrir los costos de alojamiento.

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Después de dos semanas resistiendo por no poder encontrar otro trabajo, dijimos basta y fuimos a hablar con el dueño del hostel, el Al Capone de esta mafia. –¿¡Ustedes vieron toda la gente que hay en lista de espera por un trabajo!? ¿¡Encima que tienen uno me piden que los cambie…!? –Pero nos están pagando menos del mínimo, ni siquiera podemos cubrir el costo de la habitación… –Será porque son demasiado lentos, si juntan más rápido van a hacer más plata… –Ninguna de las veinte personas que trabajamos todos los días es lo suficientemente rápida entonces. Nosotros queremos trabajar, a eso vinimos, pero si seguimos juntando zucchinis nos vamos a quedar sin plata. Sólo te pedimos si nos podés cambiar de trabajo. Hoy no hubiésemos soportado ni un día de esa explotación, pero en ese momento nos sentíamos indefensos, faltos de confianza y nostálgicos de lo que habíamos dejado. –¡Si no quieren trabajar entonces vuélvanse a su país! En un momento de susceptibilidad, esas palabras pueden ser muy hirientes. Dani se puso a llorar mientras le gritaba a Al Capone. Yo fui a buscar nuestras cosas para irnos, sin saber bien a dónde. Le pedí que se calmara, que ya íbamos a encontrar la manera de resolverlo, pero tampoco tenía un plan. Nerviosa, me dijo lo que no pensé que iba a escuchar… –Me quiero volver a Argentina, con la gente que me quiere. La estoy pasando mal… ¿Y todos los viajes que habíamos planeado? ¿Los proyectos? No podíamos frenar ante la primer dificultad grande. A lo único que me aferraba era a mi esperanza de que todo iba a estar mejor, así que le pedí un mes más para ver si las cosas mejoraban.

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Un mes y medio después, habiendo pasado por otro working hostel terrible y convivido con un viejo griego que se hacía pis encima y nunca nos consiguió el trabajo que nos había prometido por teléfono, pudimos encontrar nuestro lugar. El resto siguió de acuerdo a la esperanza que los dos teníamos cuando llegamos a Australia, nada más que mucho más fuertes por lo que no nos había matado.

Dice Paul Theroux que los viajes sólo son glamorosos cuando se los mira en retrospectiva. Nosotros no creemos que sea tan así, pero es verdad que no todo es chapotear en aguas cristalinas, locales sonrientes y fotos con el Taj Mahal de fondo. Viajar también tiene su parte desgastante, y cuanto más barato viajes, más lo vas a sentir. No hablamos de unas vacaciones de dos semanas, porque en un viaje corto no vas a llegar a sentir la acumulación de cansancio, sino de los viajes en los que por cinco, seis meses, un año o más, estás constantemente cambiando de entorno, despidiéndote de gente, armando y desarmando la mochila, y pasás por más camas que (se me ocurren varias ideas…) peregrino haciendo el Camino de Santiago. En algún momento, seguramente llegues al dilema que casi todos los viajeros tienen: no perdiste el wanderlust, pero a la vez estás cansado de moverte sin parar. Al principio del viaje la emoción te brota por los poros. Querés visitar todos los atractivos posibles, probar toda la comida típica, hablar con cada viajero que cruces para contarle lo espectacular que es el viaje que estás haciendo y preguntarle por el suyo. No parás: te levantás para ver el amanecer y te acostás después de un día cargado con más actividades que autor de Lonely Planet. Querés maximizar el tiempo porque no sabés si alguna vez en tu vida vas a volver a estos lugares. Viajar es lo tuyo, naciste para esto y no te vas a cansar nunca.

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Eso es lo que creías, pero de a poco y sin darte cuenta, vas a empezar a bajar el ritmo. Vas a ser más selectivo con los lugares que visites, no vas a querer hablar con todos, pasarás más tiempo caminando sin rumbo o sentado en una plaza viendo qué hace la gente, y no vas a sentir más culpa por no haberte levantado temprano. Después de un tiempo, el viaje se volverá parte de tu normalidad, y es lógico que no quieras vivir corriendo para completar una lista de atractivos en cada lugar que visites, sacando fotos, durmiendo cinco horas, buscando alojamiento barato con la mochila en la espalda y regateando precios. Incluso llegará un momento en el que te canses de hablar con otros viajeros, no porque te hayas vuelto antisocial, sino porque te agotará contar la misma historia y responder a las mismas preguntas una y otra vez. No te sientas mal, viajar como mochilero, en un punto, cansa. A algunos los cansa al poco tiempo de empezar, porque nunca habían viajado de esta manera y se dan cuenta que no es todo tan divertido como vieron en la película Eurotrip, y a otros los agota después de varios meses sin respiro. Es parte del proceso de todo viaje largo. No lo pudiste evitar, porque nadie regula su viaje como lo hace un maratonista o un remero para dividir sus energías. Cuando empezaste tenías toda la emoción acumulada como para ir más tranquilo, y es lógico que ahora sientas la erosión. No es casualidad que todos los viajeros que conocemos que llevan un largo tiempo en ruta se muevan mucho más lento que los otros, en especial los que no tienen fecha estipulada regreso, ya que no sienten la presión de que el tiempo se les termina y no llegaron a ver todo lo que hubiesen querido. Lo mejor que podés hacer cuando empezás a sentir el agotamiento es moverte más lento y ser más flexible. Pasar unos días más de los que estabas antes en cada lugar y, si estás a gusto, arreglar un precio que te convenga en el alojamiento para quedarte un par de semanas o hasta que tengas ganas de seguir. En nuestro caso, hace tiempo que viajamos lento, e incluso así hay momentos en los que necesitamos frenar por unas semanas o meses.

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Como te contamos en el capítulo 2, lo que hacemos para poder quedarnos un tiempo largo en un lugar que nos gusta es contactarnos con todos los hostels de la ciudad a través de un mail donde contamos un resumen de nuestra experiencia viajando y haciendo trabajos similares, con un link a nuestro perfil de Couchsurfing para que vean que somos de confianza y nos ofrecemos para ayudar con la limpieza y recepción, o lo que necesiten, a cambio de alojamiento. Obviamente que en las ciudades o lugares más turísticos las chances de conseguir algún lugar donde quedarte son más altas, pero con probar no perdés nada. Esta opción puede funcionar muy bien en países donde los salarios son altos, ya que el intercambio también es favorable para ellos, pero si el sueldo del personal de limpieza es más bajo de lo que le cuesta al dueño darte una habitación, entonces es difícil que acepten. Al dejar de moverte incesantemente vas a poder entender mejor la cultura local, descansar de la mochila, acomodar la dieta y el sueño, ponerte al día con todos esos mails atrasados, conocer el lugar y su gente en mayor profundidad y, principalmente, recargar energías para seguir viaje renovado.

El caso del viajero que tenía lo que otros querían, pero lo faltaba lo más importante. Ángel estaba aburrido de viajar. Lo conocimos en Banda Aceh, Indonesia, en un hotelucho de mala muerte en el que coincidimos porque era el más barato que pudimos encontrar. Lo vimos entrar, transpirado, y por el acento cuando saludó al dueño nos dimos cuenta que era español. Dejó sus muletas apoyadas en la pared descascarada y, en cuanto hizo una pausa, nos preguntó si hablábamos inglés. “Yes... y español también”, le dijimos. “¡Ooooh, qué bueno, qué bueno encontrar argentinos en este lugar!”, nos dijo sin tener que preguntar nuestra nacionalidad. Después de un rato caminando juntos por el centro de la ciudad, le contamos sobre el viaje que estábamos haciendo, en el que estamos recorriendo Asia de – 130


punta a punta a dedo, desde Filipinas hasta Turquía. “Recién empezamos, pero por ahora en todos los viajes conocimos gente muy hospitalaria, que nos ayudó muchísimo y nos dan más ganas de seguir viajando”, le comentamos cuando nos preguntó si todo estaba saliendo bien. –¡Qué grandes sois, me encanta! Nunca hice dedo, nunca lo pensé en realidad. Para mí siempre fue como algo que se hacía antes, en la época de los hippies... –Bueno, cada vez se hace menos, pero eso no quiere decir que sea imposible. Por lo general, en estos países no entienden el concepto, pero nos ven en la ruta haciendo señas y frenan a ver qué necesitamos. Aprendimos algo de indonesio para comunicarnos, pero alcanza con decir el destino y hacerle gesto de si podés ir con ellos. Le mostramos un mapa para que nos marquen a dónde van, y si es en la misma ruta no tienen problemas en llevarnos. Entusiasmado, Ángel siguió preguntándonos. –¡Te gustó la idea eh! Deberías probar –le dijimos. –¡Argentinos... siempre tenéis ideas rarísimas! No tendrán mucha plata, pero buscan la manera de viajar igual. Conocí una pareja en China que estaba viajando en bicicleta con su niña, y saben cómo se mantenían... vendían postales que hacían con sus fotos. ¡Increíble! –Bueno, vos estás viajando con muletas, tampoco es lo más normal... –Yo estoy aburrido de mi viaje. Visito lugares, cambio de país, de comida, una playa linda, un hotel que está bien... pero al final termina siendo siempre lo mismo. –Entonces ¿por qué estás viajando? ¿Te echaron de España? –Tuve un accidente; trabajaba en construcción. Un día me caí de un andamio y quedé con problemas motrices. La empresa me recompensó y ahora recibo un salario de 900 euros al mes, todos los meses. Como es más barato vivir viajando que en España, entonces viajo. Al principio estaba muy entusiasmado, pero de a poco empecé a aburrirme...

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Seguro estás pensando por qué no te dan a vos los 900 euros mensuales y van a ver que no te aburrís de viajar, pero creéme que la plata no puede solucionar estos problemas. –Es que todo es muy fácil. Si se me está por terminar la plata, me quedo en un hotel barato esperando a fin de mes y listo, tengo 900 euros de nuevo para seguir viajando. Pero después ya no sé a dónde ir. Los templos no me entusiasman como al principio, ya vi muchos. Las playas están bien, pero unos días y no tengo nada que hacer. Cada tanto encuentro viajeros con los que me divierto, pero después ellos siguen su camino y yo el mío. –Bueno, pero entonces necesitás cambiar algo de tu viaje. Después de varios viajes nosotros también nos aburrimos de ir sólo a los lugares que todos recomendaban; de subirnos a un bus, bajar en la ciudad, buscar alojamiento, salir a recorrer... sí, los lugares cambian, pero si no buscás algo que te entusiasme entonces se vuelve una rutina. Por eso cambiamos algunas cosas. Ahora viajamos a dedo, acampamos, nos quedamos mucho más en casa de locales... quizás en algún momento nos aburramos y volvamos a cambiar. Cuando tomamos juntos el barco para ir a Pulau Weh, una hermosa isla al Norte de Sumatra (sí, una hermosa isla más), Ángel nos dice: –Ya lo decidí, voy a viajar a dedo. Lo estuve pensando y estoy muy entusiasmado. Haré viajes más cortos, pero voy a conocer más y tener más experiencias. Quiero escribir un libro, y si no hago nada que me entusiasme a mí, ¿qué contaré? ¡¿eh?! ¡¿de qué hablaré?!... ¿Qué pensáis de hacerlo con muletas? –¡Qué te van a frenar más rápido! Cuando llegamos a Pulau Weh, Magalí y Ramiro, que estaban cuidando una casa en la isla, nos pasaron a buscar en auto. Ángel vino con nosotros hasta el punto en la ruta donde nuestros caminos se dividieron. Se despidió, bajó del auto y se puso a hacer dedo. Su viaje había cambiado, al menos hasta el próximo cambio.

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A todos nos pasa lo que a Ángel en algún momento. Sea con un trabajo o con un viaje rutinario. Después de hacer lo mismo por mucho tiempo, nos aburrimos. Esto no es ninguna fatalidad, lo fatal es no hacer nada para cambiarlo.

¿Cuántas remeras (camisetas, playeras, poleras) tenés en tu placard? ¿Cuántas veces usás cada una antes de dejarla olvidada entre la pila de ropa porque te compraste varias nuevas más? Seguramente no tenés idea, pero si ahora vas al placard y buscás, seguro tenés varias que ni siquiera te acordabas. Yo tampoco sé cuántas veces uso cada remera, porque las uso hasta que estén gastadas, no hasta que me compro una nueva y me olvido. Cuando vivía en Buenos Aires, podía acumular sin preocupaciones, total apilaba todo en estantes. Si veía algo que me gustaba y lo podía pagar, me lo compraba, sin importar cuántas prendas tenía que cumplieran la misma función. Justamente por eso acumulaba, porque pensaba en la apariencia y no en la utilidad de la prenda.

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Las que usaba poco o nada no las regalaba ni las donaba, las dejaba en una parte del placard más difícil de acceder. La primera vez que volvimos a Argentina, después de viajar dos años, abrí el placard y pude llenar cinco bolsas grandes de inutilidad. Regalé todo. Si yo no lo iba a usar y otro sí, ¿qué sentido tenía seguir guardándolo? La segunda vez, después de tres años, hice lo mismo, aunque esa vez tenía menos y fueron dos bolsas las que llené. Hoy, cada cosa que nos compramos la usamos hasta que se vuelve un estorbo. Las remeras primero son para salir, después para todos los días, de autostop, y finalmente se convierten en pijama si es que no tenemos otro. Cuando estés viajando ya nadie te va a juzgar por lo que te ponés, como pasaba hasta ahora. Es más, los que te lo hagan notar seguirán siendo los mismos que antes cuando compartas tus fotos, la diferencia es que a vos ya no te importará tanto. Ahí te vas a dar cuenta de la influencia que tenía la opinión ajena en vos y cómo eso moldeaba tu vida. Sin esas voces externas, las decisiones que tomes van a estar más orientadas a tus sentimientos que a las presiones sociales. Hay un engaño muy grande que todos los que vivimos en esta sociedad capitalista terminamos creyendo; el de pensar que las posesiones materiales nos harán sentir más seguros de nosotros mismos, y esto a la vez nos hará más felices. Pero si frenamos un segundo para analizar la felicidad que nos siguen trayendo las cosas que compramos hace un tiempo, y que al momento de hacerlo creímos que con ellas seríamos más felices, nos vamos a dar cuenta que éstas sólo traen felicidad temporal, porque no cambian, el tiempo pasa y siguen siendo iguales. Eventualmente nos terminamos aburriendo de ellas y entonces queremos nuevas posesiones o, lo que es peor, la misma posesión pero en una versión más nueva. Si te podés aburrir de estar siempre con la misma persona, o siempre en el mismo lugar, entonces imaginate cuán rápido te podés aburrir de una cosa, con la que la interacción es nula. Mil veces habrás escuchado la frase que dice que la felicidad no se puede comprar con dinero. Tantas que ya ni siquiera se le presta atención. Pero

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estamos convencidos de que viajando la vas a redescubrir, porque te vas a dar cuenta que la felicidad viene de la mano de la libertad, tanto de movimiento como espiritual. Viajando vas a estar obligado a reducir tus posesiones, y ahí vas a entender que cuanto menos tenés, más libre sos.

La vida de viaje no es para todos, eso seguro. Viajando uno está lejos de la zona de confort, y con esto no nos referimos solamente a una cama cómoda y calentita. Uno se priva de las cosas que le son familiares, de su idioma, de sus costumbres, de su gente. Es una película en la cual cada día se filma una nueva toma, sin saber cómo va a seguir. Quizás el viaje no sea la forma que elegís para ser feliz, hay miles de maneras de vivir la vida. Tal vez seas un apasionado del buen vino, pero nunca pensaste seriamente en desarrollar tu pasión como enólogo. O lo que más feliz te hace es comer churros y te convertís en el primer catador de churros, dando consejos a las panaderías sobre cómo mejorar sus productos. No te dejes convencer por los que no confían en vos, siempre hay gente que desde su propio pozo intenta desmoralizar a los que quieren salir del suyo. Cuando le contamos a alguien acerca de nuestro modo de vida, la reacción promedio es: “Ayyy, qué bueno, cómo me gustaría hacer lo mismo, qué divertido”, o “ustedes porque tienen plata”, o “ustedes tienen una suerte especial”, o “ustedes porque son jóvenes”. Pocas cosas nos molestan tanto como que nos digan que podemos llevar este estilo de vida porque tenemos suerte. Es como si fuera una palabra mágica que logra transformarnos cuando la escuchamos. ¿Suerte? Suerte es que te encuentres un billete tirado en la calle. Suerte es que te saques el número ganador de la lotería. Suerte es que te ganes un viaje en un sorteo. Vivir viajando tendría que ser una sucesión de “suertes” entonces. No es suerte, es esfuerzo. Es tener una meta en mente, y la fuerza suficiente para ir contra la corriente.

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La realidad es que para viajar no hace falta ni demasiada plata, ni ser joven, ni tener una suerte especial. Hace falta tener ganas, así de simple. Lo que pasa es que todos ven el resultado del proceso de vivir viajando, pero no el esfuerzo. Muchos dicen que les gustaría llevar este estilo de vida, pero… ¿están realmente dispuestos a hacer todos los sacrificios necesarios para lograrlo? Porque al vivir viajando uno gana mucho, muchísimo, pero también hay muchas cosas que tiene que sacrificar. Esta no es una decisión que tengas que tomar antes de empezar a viajar. Es más, de todas las personas que conocemos que hicieron del viaje su modo de vida, ninguna partió con esa idea. Sólo una vez que estés viajando y puedas analizar con hechos la influencia que éste tiene en vos, con todos sus beneficios y perjuicios, es que te darás cuenta si viajar es realmente lo que te apasiona y te gustaría seguir haciéndolo por un tiempo largo. Si lo es, entonces vas a tener que encontrar la manera de generar ingresos suficientes para mantenerte. Es acá donde la mayoría encuentra la traba más grande, la que en muchos casos hace que el sueño se vea frustrado, ya sea porque no encuentran el cómo o porque se dan cuenta que la responsabilidad que esto conlleva es mayor de la que esperaban y entonces pierden el sentimiento de libertad que tenían antes. Cómo generar ideas para mantenerse viajando

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Si estás leyendo este libro, seguramente alguna vez te preguntaste por qué no se te ocurrió una idea reveladora que te permitiera tener la libertad financiera que tanto buscás para cumplir tu sueño de viajar por el mundo. Nosotros también creíamos que nos faltaban las ideas, hasta que nos dimos cuenta que éstas sobran, pero lo que realmente hace falta es el espíritu emprendedor. Teniendo entusiasmo, iniciativa y la fuerza necesaria para levantarse todas las veces que haya que caer, las ideas vienen solas. Si no salen, es porque todavía no te enfrentaste a la necesidad. La comodidad afecta las ideas, y sólo cuando te enfrentes a la urgencia soltarás el niño creativo que tenés adentro. Hoy, más que nunca en la historia, es posible generar un ingreso que te permita vivir desde cualquier parte del mundo. No hace falta una gran inversión para empezar un negocio online. No hay que lidiar con empleados, ni jefes, ni colegas de trabajo. No hay que pagar habilitaciones, ni inspecciones. Cualquiera con conocimientos básicos de internet puede hacerlo. Tenés la posibilidad de probar, errar y volver a intentar las veces que sean necesarias, porque lo que estás arriesgando es mínimo. Estar viajando no significa que necesariamente tengas que hacer algo relacionado a tus viajes. Observá a tu alrededor y observate a vos mismo. ¿Qué estás necesitando? ¿Qué te gustaría que te ofrecieran ahora mismo para hacerte tu día a día un poquito más fácil? ¿Qué podés brindarle al mundo? Gregory es belga y lo conocimos en Seúl. Como quien viaja hace tiempo, está cansado de repetir las mismas preguntas una y otra vez, y se sorprende de la energía que le ponemos a nuestras respuestas. Hace ya cuatro años que está en ruta y no tiene planes de frenar. Divide su año entre Japón y Corea, y sustenta sus viajes haciendo traducciones de japonés a inglés. Tomás, un argentino que nos escribió para encontrarnos en Tailandia, hace ya dos años que se convirtió en nómada digital. Junto con su novia y su computadora, viaja bien lento para entender lo que pasa a su alrededor mientras diseña páginas web. Si bien se reprocha el hecho de estar atado a internet para poder generar ingresos, la libertad que eso le genera supera las limitaciones.

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El caso de Ramiro es parecido: viaja por el mundo cuidando casas ajenas mientras los dueños están de vacaciones. Cuida perros, gatos, plantas, conejos… y su computadora, que es la que le da de comer. Es desarrollador web, y fue el “arquitecto digital” que construyó la casa donde está alojado Marcando el Polo. En Malasia cruzamos caminos con Teresa y Bruno, una portuguesa y un brasilero que se conocieron gracias a su pasión por la música. Un violín y una guitarra fue todo lo que necesitaron para dar la vuelta al mundo improvisando shows callejeros a la gorra. El pasaporte de Héctor dice que es español, pero se considera ciudadano del mundo, ya que cambia de país cada tres meses. Recorre el lugar donde está durante el día, y a la noche dedica sus horas a generar ingresos como diseñador gráfico. En Singapur tuvimos el honor de conocer a Gianna en la casa de nuestro anfitrión. Es mexicana, y decidió renunciar a su trabajo de guionista de televisión para poder viajar un año por Asia. Parece que al empleador no le gustó su renuncia, y le ofreció trabajar a distancia, ofreciéndole un sueldo mensual. De esa manera pudo combinar sus pasiones, y ya hace tres años que está viajando. Las ideas son infinitas, y surgen cuando menos las buscás. Si te quedás sentado mirando fijo la pantalla de la computadora, la mente está limitada a la información que está recibiendo. Salí de tu zona de confort, explorá, enfrentá los desafíos que te tiene preparado el camino, superate día a día, inspirate, sorprendete… y vas a ver como todo lo que tiene que fluir, fluye.

Cuando alguien nos cuenta que está haciendo “el viaje de su vida”, a nosotros se nos pone la piel de gallina. Es como si a un peruano le dijeran que el pisco es chileno, o a un uruguayo que el mate es argentino (o viceversa).

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Está bien, es un viaje muy importante y quieren darle el respeto que merece, pero es muy mediocre decir que ese va a ser EL viaje de su vida. Es el conformismo en su máxima expresión. Es decirse a uno mismo “ya está, me animé, lo hice, ahora puedo volver a mi vieja rutina tranquilo sabiendo que lo logré”. Es aceptar que en tooodos los años que te quedan por vivir, no habrá ninguna otra aventura tan espectacular. Esto no quiere decir que siempre hayamos pensado así; cuando estábamos por partir a nuestro segundo gran viaje por Asia en el 2011, también creímos que iba a ser el viaje de nuestras vidas. Con el simple hecho de escuchar el recorrido ya nos imaginábamos la tapa de un libro; “De Sri Lanka a Mongolia”, y nuestros corazones latían más fuerte. De cada país sentíamos la necesidad de llevarnos algo que pudiera materializar nuestra visita. No alcanzaban las historias ni las fotos, necesitábamos algo tangible que fuera el testigo de que estuvimos ahí. Y así estábamos, comprando suvenires en cada mercado para remediar la cruda realidad que nos dictaba el hecho de que nunca más íbamos a tener la oportunidad de volver. Pero al mismo tiempo que cargábamos nuestras mochilas con estos pesados y materialistas recuerdos, ya estábamos planeando el próximo gran viaje. Por momentos nos parecía que estaba mal: “No puede ser que no terminemos un viaje que ya estamos planeando otro. Disfrutemos éste, y después veremos”. Ahora vemos ese no-conformismo como algo positivo, porque nos desafía constantemente a seguir explorando, a seguir descubriendo, a seguir soñando. El único viaje de tu vida es la vida misma, un camino sólo de ida que está formado por una sucesión de momentos. Queda en vos hacer que cada uno de ellos sea digno de un best seller.

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Irte de viaje es hermoso, pero volver a atravesar la puerta de tu casa después de haber pasado mucho tiempo afuera es más emocionante todavía. Eso sí, no esperes que tu aterrizaje sea arriba de un colchón de plumas; para la mayoría de los viajeros, el impacto de la vuelta es todavía mayor al que recibieron cuando se fueron, porque llega sin aviso. Nunca imaginaste que tu lugar, el mismo que te vio crecer, te sorprendería de esta manera. Te vamos a contar un secreto: de un viaje largo nunca se vuelve completamente. Esa persona que salió de tu casa rumbo al mundo se fue transformando con cada situación y persona que se fue cruzando en el camino para formar el ser humano que sos ahora. Cuando te fuiste, congelaste tu entorno –tanto tu país y tu ciudad, como tus familiares y amigos– y, durante todo tu viaje, los recordaste tal como fueron hasta ese momento. Mientras vos no estabas, muchas cosas pasaron: mudanzas, graduaciones, viajes, y hasta puede que haya nuevos miembros en la familia y otros que nos miren desde arriba. Cuando volvés a casa, sea porque terminó este viaje o porque volviste para visitar antes de seguir viajando, pretendés que el lugar que dejaste sea el mismo, y tus familiares y amigos también esperan reencontrarse con la persona que eras antes de irte de viaje. Y ahí están todos, con una versión no actualizada del otro, preguntándose qué capítulo de la serie se perdieron, qué pieza falta para poder armar ese rompecabezas donde las formas, simplemente, no encajan. Los primeros días, todas estas diferencias están tapadas por la emoción de sentir ese abrazo que tanto esperaste, por el reencuentro inicial con cada uno de los tuyos, por todo lo que hay para contar. Pero mientras todo esto pasa, vos te sincerás con tu almohada y te preguntás si éste es el mismo lugar que dejaste. Si no te confundiste de ruta y caíste en el lugar equivocado. Si no es parte de un sueño dentro del gran viaje. Pero no, te despertás y seguís ahí, acostumbrándote a tu cama, a tu casa y a tu país que ahora mirás con nuevos ojos.

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Una vez que empezás a comprender que no puede ser que todo lo que te rodeaba haya cambiado tanto, comenzás a aceptar que quien más cambió fuiste vos. No podes creer que ya casi no haya cosas en común con esa persona que antes podía saber todo lo que pensabas con sólo mirarte. Te cuesta entender por qué, si tanto esperabas volver para reencontrarte con todo lo que antes te era familiar, no ves la hora de partir otra vez. Ni siquiera ese alfajor que tanto idealizaste es tan rico como te lo imaginabas.

Pero sobre todo, te tenemos que advertir que la vuelta también puede ser dolorosa. Lo que más choca es ver cómo el consumismo tiene atrapada a la sociedad en la que antes vivías, y te das cuenta que hasta hace poco vos también compartías esos valores. Viajando vas a aprender a vivir con mucho menos de lo que tenías cuando estabas quieto, vas a conocer familias que no tienen ni un décimo de todo lo que tiene la tuya, y no sólo que son felices así, sino que te dan hasta lo que no tienen. Te abrieron las puertas de incontables casas donde confiaron en vos, en el desconocido extranjero que necesitaba ayuda, y mirando a tu alrededor te preguntás si quienes vos tantos querés serían capaces de hacer lo mismo por un extraño. Te duele escuchar sus quejas, sobre todo cuando te dicen que el sueldo no les alcanza, cuando en realidad lo que no pueden es diferenciar un lujo de una necesidad. Te duele

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que le den tanta importancia a las apariencias. Te duele que ya todo tenga un precio en lugar de un valor. Cuando viajás a un país de una cultura distinta a la tuya, la gente que te cruzás sabe que sos extranjero y, en consecuencia, tenés otra manera de ver el mundo. Que entres a una casa con las zapatillas puestas, no sepas cómo agarrar los palitos chinos, saludes a una persona mayor de un modo informal o comas con la mano izquierda, lo más probable es que no ofenda a nadie, sino que pases como el extranjero que no sabe. En casa eso no pasa. La gente que te rodea no entiende la intensidad de lo que viviste y lo que significó para vos, y es muy difícil que estén abiertos a tus nuevas costumbres. Pedirle a tus amigos que se saquen los zapatos antes de entrar a tu casa puede ser el puntapié inicial para un “¡Che, mirá que ya volviste, eh!”. Y sí, tu cuerpo volvió, pero ellos no saben que tu mente quedó demorada en migraciones por problemas de adaptación. Una vez pasada la emoción de la primer semana, vas a caer en otra realidad: el mundo no se detiene por tu regreso. Nadie va a dejar de hacer su vida porque llegaste, ni todos van a estar interesados en tu viaje tanto como creés. Lo más probable es que haya muchos que no tengan ni idea de lo que estás hablando, y es por eso que no saben qué decirte ni cómo reaccionar, limitándose a un “¿qué tal el viaje?”. Vas a tener que aceptar que la mayoría de la gente no va a querer, ni tener la paciencia de escuchar todas las historias necesarias para entender aunque sea un poco de todo lo que viviste, por eso te vas a encontrar en la frustrante situación de que te pregunten y te interrumpan a mitad de cada respuesta con otra pregunta. Es molesto, pero ahí te vas a dar cuenta con quien podés explayarte más porque está realmente interesado, y quién te pregunta sólo para sacar temas de conversación. Otra etapa inevitable es la de sentir que te transformaste en una grabadora humana, teniendo que poner play para contar las mismas historias y repetir el mismo discurso ante idénticas preguntas, con la diferencia de que cada vez lo vas a hacer con menos entusiasmo. Después de qué tal el viaje, vienen otras como “¿qué fue lo que más te gusto?”, “¿qué es lo que más extrañaste?”, “¿qué vas a hacer ahora?” y, la peor de todas, “contate una anécdota”. La

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sensación de frustración viene porque no querés ser directo con ellos que hace tanto tiempo que no los ves, no querés decirle que es imposible resumir todo tu viaje de meses o años en una anécdota para no sonar pedante o que la pregunta que te están haciendo ya la respondiste cincuenta veces en los últimos tres días. Entonces ponés play y contás lo mismo, una y otra vez, hasta que llegás al punto en el que querés encerrarte en tu casa y no ver a nadie. Aceptá que habrá muchas cosas de tu cultura que no te van a gustar y quisieras cambiar. Cosas que antes no veías porque eran parte de tu día a día, pero que después de verlas a la distancia las notás más que nunca, hasta el punto en que coincidís tan poco con lo que te rodea que terminás sintiéndote un extranjero en tu propio país. El estar alertas a la inseguridad era un triste sexto sentido adquirido cuando vivíamos en Buenos Aires, que suponíamos normal de toda ciudad grande. El vandalismo nos parecía el lógico resultado del inconformismo. También creíamos que las discusiones y peleas en la calle se daban en toda ciudad caótica y no nos sorprendían las burlas al chino del supermercado por no poder pronunciar la R, ignorantes de la cantidad de sonidos de su idioma que nosotros no podíamos hacer. El volver y ver nuestro lugar con otros ojos, y estar disgustados por muchas actitudes que también teníamos hasta no hace mucho tiempo atrás, fue uno de los momentos en los que más apreciamos el hecho de haber viajado. ¡¿Qué hago?! ¡¡Nadie me entiende!! Nadie que no haya pasado por lo mismo que vos va a entenderte. ¿Cómo puede ser que recién volviste y no quieras ver a nadie? ¿Cómo que no querés hacer una reunión familiar? ¿Cómo es que no querés hacer una fiesta con tus amigos? ¿Cómo que te querés ir de viaje otra vez, no te alcanzó? Todas estas preguntas también te las vas a hacer vos mismo, sin entender por qué la vuelta no fue como la idealizaste. Tu cuerpo también necesita un periodo de adaptación una vez que vuelve. No es fácil pasar del semi-anonimato cuando estás viajando, al semi-estrellato cuando volvés. Visitar gente por compromiso u organizar reuniones desde el primer día (o que te organicen porque creen que es lo mejor para vos) te va a agobiar más rápido de lo que imaginabas. Algo que aprendimos después de – 144


nuestra primera vuelta es que tomarnos un tiempo para estar tranquilos en casa, viendo sólo a las personas que con las que en ese momento realmente sentimos ganas de estar, es necesario para no transformar el regreso en una etapa estresante. También es bueno cambiar los temas de conversación, no dejar que todo se centre en tu viaje y hacer preguntas sobre lo que pasó mientras no estuviste, por más que te digan que todo sigue igual. Escribir un blog o compartir fotos con historias, va a hacer que los que estén interesados tengan una idea más clara de tu viaje y no tengas que empezar a contar todo desde cero. Claro que al principio todos van a querer saber acerca de tus historias y después de unos meses tu mamá va a ser la única, así que tampoco esperes que todos estén al tanto de tu vida como si fuera The Truman Show. Otra técnica que nos enseñó un viajero es la de mandar un mail antes de volver, resumiendo los lugares donde había estado y respondiendo a lo que sabía le iban a preguntar. Su lugar preferido, el que menos le gustó, la mejor y peor comida, una anécdota que deje a todos contentos, qué pensaba hacer cuando volviera, etc. Le llevaba un tiempo escribirlo, pero le ahorraba parte del efecto grabadora humana. Sos raro, aceptalo. Hiciste un experimento con tu propia persona del que no hay vuelta atrás. Dejaste la cueva y saliste a ver qué había más allá. Tuviste una sobredosis de nuevos sabores, olores y sonidos; conociste gente de todo el mundo; estuviste internado en un hospital donde te transformaste en la atracción principal; una vaca “sagrada” te pegó un cuernazo en la cola mientras sacabas una foto; compartiste comidas con vagabundos, hare krishnas y empresarios; dormiste en más camas (y sillas, y pisos) que las que habías dormido en veintipico de años; viajaste a dedo con camioneros que se quedaban dormidos, en barcos con mucha más gente que salvavidas y en buses que aceleraban en los precipicios y usaban la bocina como freno; aprendiste a vivir con lo que tu espalda quiso cargar; meditaste con monjes budistas; rezaste con musulmanes en una mezquita y hasta tuviste que pelear con un mono para recuperar tu billetera. Compará la intensidad de todo esto con las experiencias que habías tenido hasta antes del experimento. ¿Ahora te das cuenta por qué nadie te entiende?

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Si bien estas son las últimas líneas del libro, decidimos titularlas “Puntos suspensivos” en vez de “Epílogo” porque la intención no es que sirvan únicamente como cierre, sino como el comienzo de algo más grande, que empiece en tu interior y vaya encontrando nuevas voces. Para esto no hace falta que des discursos multitudinarios, ni que tengas un gran grupo de seguidores, ni tampoco que seas parte de una ONG; lo único que necesitás es darte cuenta de las posibilidades reales que tenés de hacer un cambio. Al viajar tenés un poder enorme que muchos subestiman; no sólo por los conocimientos y experiencias que te vas a llevar de cada lugar y vas a poder transmitir, sino también por todo lo que podés dejar en cada persona que conozcas durante tu viaje. Es por eso que lo primero que controlan los gobiernos totalitarios es la libertad de viajar, sabiendo el poder que tiene el intercambio cultural. Mantener a la gente en una burbuja para que crean que la realidad en la que viven es la única existente es la manera más fácil de dominarlos. Para muchos, vas a ser el primer contacto que tengan con alguien de tu país, incluso puede que seas el primer extranjero que conozcan en algunos casos. Por desconocimiento, ellos también tienen prejuicios; una chica iraní nos preguntó si las mujeres argentinas usábamos jeans, si teníamos que cubrirnos la cabeza con un velo y si comíamos cucarachas; un monje birmano quería saber si todos los días comíamos pizza y hamburguesas; y constantemente nos preguntan si en Sudamérica andamos por la calle con armas para defendernos. Tu impacto puede ser tan grande que en una corta conversación podés eliminar varios preconceptos que ellos tenían sobre tu cultura. Podrás recorrer miles de kilómetros, visitar los lugares que siempre soñaste y dar la vuelta al mundo las veces que quieras, pero ninguna postal podrá reflejar la intensidad que se vive en las rutas de tu viaje interior. El mundo por descubrir dentro tuyo es tan grande como el que está allá afuera.

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Nada va a cambiar si ahora cerrás el libro y seguís haciendo lo mismo de siempre. Confiá en vos y creé en el cambio que podés generar, porque es muy grande. Hacé coincidir tus acciones con lo que pasa por tu mente y por tu corazón, porque las palabras no son suficientes si no hay acción. Tu viaje interior ya empezó. Te deseamos excelentes rutas. Gracias por escucharnos. Gracias por escucharte.

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Juan Caldaroni y Daniela Elias transitan el mundo desde el 2009. Después de vivir casi veinte años en Buenos Aires, armaron las mochilas e hicieron de los viajes su modo de vida. Fue en la ruta donde descubrieron que lo que era un sueño podía ser una realidad: vivir viajando era posible a pesar de todo lo que les habían dicho. Desde entonces, acamparon con los nómadas bajo las estrellas en Mongolia, aprendieron a comer con palitos en China, descubrieron lo que se esconde bajo la alfombra en el Outback australiano, sintieron el peso de la fama en Bangladesh, fueron mucho más allá de las playas bonitas en Fiyi, convivieron con una diarrea constante en India, compartieron el viaje con un chancho vomitivo mientras hacían dedo en Filipinas y dejaron de creer en los medios masivos de comunicación cuando experimentaron la hospitalidad en Irán, entre tantas otras historias. Pero sobre todo, aprendieron a creer en ellos mismos y a seguir sus sueños. Comparten sus historias y consejos de viaje en marcandoelpolo.com.

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Gracias por compartir este viaje juntos. Nos encantaría saber tu opinión del libro, para eso podés dejar un comentario en http://marcandoelpolo.com/libro-un-viaje-interior/ y así ayudar a muchos viajeros como vos a que empiecen a transitar su viaje interior. ¡Buena vida!

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Un viaje interior pdf 2  
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