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Suplemento de Literatura y Cultura Popular

No.1

“Los sueños de la razón producen monstruos” Goya

México tóxico

La Urbe

y sus Quimeras " A la memoria de Don Pedro Linares, que de su febril sueño, nos lego los alebrijes "

Santos Cuatecotzin


Gregorio Cervantes Mejía

C

recí en la periferia de Puebla, en una colonia que incluso ahora se asume aún como pueblo. Y entre ésta y la ciudad, recuerdo una amplia franja verde: tierras de cultivo, arboledas, el río Atoyac con un cauce cuatro veces más ancho que el actual, y unas cuantas casas. En aquellos años, Xonacatepec, Zavaleta, Coronando, Cuautlancingo, Momoxpan, las actuales zonas de Angelópolis, Bosques de San Sebastián, La Resurrección y Azumiatla formaban parte de ese cinturón rural y boscoso que rodeaba a la ciudad. Ahora son parte de eso que llaman “paisaje urbano”. Necesidades del progreso, sin duda. Puebla crece y, ante ese proceso, hay que sacrificar todo aquello incompatible con el concreto. Y de pronto uno descubre que, salvo algunos pequeños espacios, nuestra vida transcurre enmedio del pavimento. Como si la gente que habitara en esta ciudad tuvieran alguna especie de alergia o rechazo hacia cualquier espacio donde crezca algo verde. Quizá persista en el espíritu poblano aquella concepción industrializante y urbanizadora del “milagro mexicano” de las décadas de los cuarenta y los cincuenta: la vida rural como sinónimo de pobreza y atraso. O tal vez ocurre que, ante la alta densidad poblacional del municipio, hay que sacrificar las áreas verdes para dar cabida a los

nuevos individuos que lo habitan. El caso es que nuestra ciudad ha crecido sin atender a la necesidad de contar con suficientes espacios verdes. Y ello ha dado forma a una nueva geografía urbana: la Puebla de los barrios con sus pequeñas plazas se ha convertido en un conjunto de reducidas aldeas urbanas, algunas amuralladas, construidas donde antes existían terrenos de cultivo o áreas boscosas. La dotación de parques públicos en el centro histórico parece convertirse en la norma para el resto de la ciudad. Suficientes para el trazo original, donde habitaban apenas unas pocas centenas de habitantes, ahora resultan insuficientes. Y en las colonias restantes, la proporción es similar: salvo algunas como San Manuel o Las Hadas, que cuentan con pequeños parques públicos cada dos o tres manzanas, es posible recorrer amplias zonas de la ciudad sin encontrar más que algunos árboles frágiles y descuidados en los camellones o las banquetas. El hecho de que las áreas verdes sean más frecuentes en las zonas de clase media y alta que en las colonias populares, los asentamientos irregulares o las unidades habitacionales, muestra que, más que espacios comunitarios, se trata de objetos suntuarios, de símbolos del status de sus habitantes. El jardín, desde sus orígenes, ha sido utilizado como símbolo de poder y bienestar: un espacio donde el hombre civiliza a la naturaleza, la ajusta a

un modelo geométrico y estético: la naturaleza aséptica, ordenada, creciendo según los ritmos humanos. Visto de esta manera, el jardín es la manera en que la naturaleza se incorpora a los espacios urbanos como una manera de recordar el pasado primigenio del hombre, anterior a la civilización. Así, el jardín es la creación más refinada de las grandes civilizaciones urbanas, de los pueblos sedentarios. Los nómadas y las pequeñas poblaciones agrícolas no pueden permitirse el lujo de un jardín porque exige de un excedente de tiempo y recursos humanos difíciles de lograr en economías de sobrevivencia. El jardín, en este sentido, es un espacio suntuario —no productivo—, donde el disfrute visual, producto del diseño, es parte importante de su función como lugar de esparcimiento, pues muestra el grado de refinamiento alcanzado por la urbe. Pero en Puebla no ocurre nada de esto: sus espacios verdes muestran, en la mayoría de los casos, una ausencia casi absoluta de diseño y un gran descuido en su mantenimiento: están ahí porque alguien —la empresa inmobiliaria o los mismos vecinos— destinaron ese espacio para un área verde, pero se mantiene gracias a los ciclos naturales, con ninguna o muy poca intervención humana. Y en la periferia, las áreas rurales y boscosas se han convertido en nuevos espacios habitacionales, que recuerdan en sus nombres el rasgo una característica casi prehistórica: Bosques de Amalucan,

Bosques de Manzanilla, Prados Agua Azul, Bellavista… La fiebre urbanizadora de Puebla ha alcanzado muy rápidamente a las poblaciones aledañas, aquellas que aún conservan algunos espacios ya perdidos en la metrópoli: Cholula, Cuautlancingo, Coronango, Xoxtla, La Resurrección, La Calera, se transforman con celeridad. Y los espacios destinados a espacios verdes desaparecen de los proyectos de urbanización con la misma rapidez que se edifican casas de interés social, zonas residenciales o áreas comerciales. Por supuesto, las nuevas áreas habitacionales son más reducidas: incluso en las zonas destinadas a clase alta, predominan los proyectos de construcción de viviendas en espacios menores a 300 metros cuadrados. Es decir, casas abigarradas y sin patios privados, donde cada individuo dispone, en el mejor de los casos, de un área de nueve metros cuadrados para su vida diaria (pensando en una recámara de estas dimensiones). Ello exigiría, en compensación, suficientes espacios públicos cercanos donde realizar actividades imposibles de realizar ya en las nuevas dimensiones de las viviendas. No tengo demasiadas certezas sobre esto, pero tengo la sensación de que Puebla se va convirtiendo, de a poco, en un espacio estrecho —a pesar de su acelerado crecimiento—, donde nuestras actividades se van reduciendo, cada vez más, a pasar del encierro doméstico al encierro en las galerías y salas de un centro comercial, con posibilidades cada vez menores de realizar actividades al aire libre.


Rodrigo Santiago

Ana Clavel

M

exico fue una ciudad vehemente como el deseo que le dio origen. Esto se cuenta de su fundación: los cazadores de una tribu tuvieron un mismo sueño y una misma sed. Vieron a una mujer que dormía en las aguas de un lago. Soñaron que la forzaban y que ella, sin despertarse, respondía a sus caricias y a su violencia. La tomaban una y otra vez pero ella no despertaba del sueño de agua y ellos en realidad no la poseían. Al despertar, los cazadores buscaron aquel lago.

Peregrinaron de un sitio a otro pero no encontraron rastros del sueño y, en cambio, su sed por la mujer iba en aumento. Un día, exhaustos, llegaron a un valle rodeado de montañas y volcanes. Entonces la vieron: una mujer de agua dormía recostada en el lecho del valle. Los hombres corrieron a su encuentro pero cuando creían tenerla entre sus manos, sólo tocaban el agua cristalina. Decidieron permanecer ahí donde un espejismo casi había hecho realidad su sueño. En la construcción de la ciudad cada

uno recordó a la mujer: la gravidez de las caderas, el horizonte de su rostro, sus párpados tenues; también la brutalidad del asedio, la violencia al someterla. Así, lenguas de tierra y argamasa penetraron las aguas, barcas afiladas rasgaron los canales recién formados, palacios y chinampas flotaron como besos perennes. Los cazadores, medio cuerpo en el agua, se volvieron pescadores. Y en las redes que arrojaban al lago las noches de luna llena, intentaban apresar aquella mujer de plata que brillaba

_____________________________ ANA CLAVEL (Ciudad de México 1961). Narradora. Ha publicado los libros de cuento Fuera de escena (1984), Amorosos de atar (1992) y Paraísos trémulos (Alfaguara 2002), y las novelas: Los deseos y su sombra (Alfaguara 2000, traducida al inglés por Aliform Publishing), Cuerpo náufrago (Alfaguara 2005). Recientemente obtuvo el Premio de Novela Corta Juan Rulfo 2005 de Radio Francia Internacional por Las Violetas son flores del deseo, de próxima aparición.

en la superficie del agua. Hoy México es una ciudad extinta como el deseo que le dio origen. A fuerza de buscar poseerla, los pescadores y los viajeros, siempre sedientos, terminaron por beberla. Hoy los visitantes se detienen en alguna de las montañas áridas que rodean el desierto. Sólo aves rapaces, cactáceas y reptiles se asientan en sus arenas ardientes. Entonces los visitantes huyen: presienten el cuerpo de la mujer de agua que dormía en el lecho del valle y se descubren una sed rotunda y desesperanzada, capaz de secarles el alma.


Martha Izaguirre

E

l potente mirar del satélite materializa ante mí una de las escalinatas que conducen al Ganges. Bajo despacio siete escalones hasta tocar sus aguas; me mojan los pies que son mis ojos en esa sucia corriente que purifica el alma. Siempre he orado porque la muerte sea definitiva. ¿Existirá mi ciudad? Con el cursor sostenido, giro el planeta hasta vislumbrar el nuevo continente: clic, las nubes, clic, fragmentos de un mundo cuadriculado y líneas serpenteantes, clic, lagunas, calles, árboles,

El Columnista clic edificios, casas, clic coches, clic, clic, clic: tú y yo. Retrocedo, clic clic clic clic, busco áreas amplias y verdes. Son sombras, residuos de naturaleza confinados entre cintas de asfalto, sombras circundadas por la urbe. Cuento: 1,2,3,4,5,6,7,8,9,10,11,12,13. Una de ellas es un panteón, otra un campo militar, otra es un relleno que ahoga la mitad de una laguna. Veo otrora terrenos de agostadero expropiados para futuras pistas de un pequeño aeropuerto, distingo también dos clubes privados, dos parques públicos,

dos terrenos de universidades y tres zonas resguardadas para desarrollo comercial. Quedan tan pocas. Son tan frágiles. Es tan fácil destruirlas, perderlas para siempre en aras del progreso. El murmullo de una palmera meciéndose con el viento del norte entra por mi ventana. La noche esconde mi ciudad del telescopio astral que puede guiarnos hasta la puerta de nuestro hogar. El hombre, ciego, enciende las luces de las calles, enciende los faros, enciende la computadora. Teme dejar de existir en la oscuridad de la pantalla.

Mercedes Jiménez Centeno

Mundo de rodillas a tu pelvis, voy a humedecer hasta que tiembles y le muestres erecto a mi lengua, tu virtud País de tu vientre a tu cuello, demuestra mi nariz mi perfume más libido De tus pies a la coyuntura de tus dedos que se vuelve eterno mi sudor mojándote enteramente El universo, el sexo y tu lengua, ambos firmes y húmedos cuando penetran Y tus dientes cual mis manos mordiendo la vida, dejándola ir por un sorbo de alcohol Perfecto Hecho y visto enamoradamente, desnudo, ardiente Todo un mundo tu esqueleto, tu espalda, tú cicatriz, tu boca seca, tus ojos de mar Las púas de tu barba son orillas de la muerte pero los amos Es demasiado, no podría hablarte de mas, si hablo siempre de tu desnudes.

Director Mario Alberto Mejía Alebrije Director Gerardo Pérez Muñoz Consejo Editorial Gregorio Cervantes Carlos Ríos Joel Merino Diseño Tatiana Méndez-Bernaldez Próximo Número Historia y testimonios de migrantes/ las otras migraciones

Alebrije 0001  
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