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MARRUECOS Y HASSAN II Un testimonio por

ABDALLAH LAROUI Traducci贸n de

MALIKA EMBAREK

Fragmento de la obra completa


España México Argentina

Todos los derechos reservados. Título original: Le Maroc et Hassan II: Un témoignage © De esta edición, noviembre de 2009 © SIGLO XXI DE ESPAÑA EDITORES, S. A. Príncipe de Vergara, 78. 28006 Madrid www.sigloxxieditores.com/catalogo/marruecos-y-hassan-ii-1800.html © Abdallah Laroui, 2005 © de la traducción, Malika Embarek López, 2007 Diseño de la cubierta: Simon Pates Maquetación: Jorge Bermejo & Eva Girón ISBN-DIGITAL: 978-84-323-1511-4


ÍNDICE

por Bernabé López .......................................................

IX

INTRODUCCIÓN ...............................................................................

XXI

1. RABAT, JULIO DE 1999.........................................................

1

2. FLORENCIA, OCTUBRE DE 1958 ......................................

6

3. EL CAIRO, NOVIEMBRE DE 1960 .....................................

13

4. RABAT, FEBRERO DE 1961 ..................................................

22

5. CASABLANCA, MARZO DE 1965 .......................................

35

6. PARÍS, ENERO DE 1966........................................................

52

7. ARGEL, JULIO DE 1972 .......................................................

62

8. FLORENCIA, DICIEMBRE DE 1972...................................

84

9. CASABLANCA, MAYO DE 1977..........................................

108

10. OSLO, OCTUBRE DE 1984.................................................

133

11. KINSHASA, DICIEMBRE DE 1985....................................

154

12. LISBOA, JULIO DE 1991.....................................................

177

13. HARVARD, NOVIEMBRE DE 1996 ...................................

205

PRÓLOGO,

VII


ÍNDICE

14. CASABLANCA, ABRIL DE 1999 ........................................

236

15. RABAT, AGOSTO DE 1999 .................................................

253

16. CASABLANCA, JULIO DE 2000 ........................................

261

ANEXO I. PARTICULARIDADES MARROQUÍES ..............................

277

ANEXO II. CRONOLOGÍA DEL MARRUECOS INDEPENDIENTE...

292

VIII


PRÓLOGO ABDALLAH LAROUI, HASSAN II Y LOS DILEMAS DE MARRUECOS

Abdallah Laroui es considerado, sin duda, como el historiador por excelencia de Marruecos. Su obra Historia del Magreb desde los orígenes hasta el despertar magrebí 1 fue un clásico ya en los años setenta en que apareciera en la editorial Maspero, emblemática de la progresía sesentayochista. En esa obra se propuso «descolonizar» la historia del Magreb, lo que terminaría revelándose como una tarea difícil ya que se corría el riesgo de caer en lo que el propio Laroui, años más tarde, definiría como provincialismo o nacionalismo estrecho2, del que había que huir. Pues no se trata de sustituir el chovinismo eurocentrista de la historia colonial por los chovinismos nacionales anticoloniales en que se han convertido las historias oficiales que tanto han contribuido a sembrar rencores entre vecinos. Sin olvidar que en el mundo colonial se han escrito crónicas o historias de claro contenido anticolonial como las de Julien, Ageron, Gallissot u Oved. Autor de moda entre los estudiosos de los procesos de liberación de los pueblos del Tercer Mundo, había publicado unos años antes en la citada editorial La ideología árabe contemporánea 3, y La crisis de los intelectuales árabes. ¿Tradicionalismo o historicismo? 4, nacidos ambos de una reflexión profunda sobre la impotencia política y la esterilidad cultural (son sus propias palabras) de la elite marroquí (y por extensión de los intelectuales árabes) marcada por dos aconteci1

Editorial Mapfre, colección El Magreb, Madrid, 1994, traducción de Isabel Romero. 2 En el epílogo a la edición española de su Historia del Magreb, p. 373. 3 Maxime Rodinson prologó el libro. En 1976 apareció la traducción al castellano de Miguel Bayón, Editorial Miguel Castellote, Madrid. Se publicó originalmente en francés en la colección Les textes à l’appui, François Maspero, París 1967. 4 Ediciones Libertarias-Prodhufi, Madrid, 1990, traducción de Javier Sánchez Prieto. Aparecida originalmente en francés en François Maspero, París, 1974. IX


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mientos que la van a paralizar y ante los que no sabrá ofrecer una alternativa: el giro que en Marruecos toman los acontecimientos desde 1965, con el estado de excepción y la desaparición de Ben Barka y la derrota árabe de junio de 1967. Su gran obra será, sin embargo, Orígenes sociales y culturales del nacionalismo marroquí 5, en la que desmenuzó los mecanismos del sistema político marroquí, el majzén, superestructura omnipresente en la vida del Marruecos de ayer y hoy. Abdallah Laroui ha publicado además algunas colecciones de artículos que han tenido también sus versiones en castellano, convirtiéndolo en uno de los autores marroquíes más traducidos en nuestra lengua. Destacan entre ellos El islam árabe y sus problemas 6 y Marruecos: islam y nacionalismo7. Aparte de sus reflexiones sobre la historia8, a partir de 2001 ha publicado tres volúmenes de una suerte de diarios titulados Jawátir al-sabah (algo así como «comentarios matutinos», que recogen sus impresiones diarias de acontecimientos y hechos más o menos relevantes entre 1967 y 1999 9). La obra que ahora se añade al panorama editorial español, Marruecos y Hassan II. Un testimonio10, traducida por Malika Embarek, responsable de la versión de muchas de sus obras, no es un libro de historia ni tampoco un libro de memorias, sino una combinación de ambos géneros en la que reflexiona sobre sí mismo, sobre 5 Editorial Mapfre, colección El Magreb, Madrid, 1997, traducción de Malika Embarek. Aparecida originalmente en francés en François Maspero, París, 1977. 6 Ediciones Península, Barcelona, 1984, traducción de Carmen Ruiz Bravo-Villasante. Esta obra apareció originalmente en castellano, con prólogo de Pedro Martínez Montávez. Fue publicada más tarde en francés en La Découverte, París, 1986, con el título Islam et modernité. 7 Editorial Mapfre, colección El Magreb, Madrid, 1994, traducción de Malika Embarek. Fue publicada originalmente con el título Esquisses historiques en el Centre Culturel Arabe, Casablanca, 1992. 8 Su libro Mafhaum al-tarij, Casablanca-Beirut, 1992, y la recopilación de conferencias pronunciadas en el Institut du Monde Arabe, Islam et Histoire, Albin Michel, París 1999. 9 El volumen segundo, que recorre los años centrales, con acontecimientos que afectaron a la historia de las relaciones hispano-marroquíes como la Marcha Verde, está siendo traducido al español por Gonzalo Fernández Parrilla y Malika Embarek. 10 Aparecida originalmente en francés en Presses Inter Universitaires-Centre Culturel Arabe, Quebec-Casablanca, 2005.

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su tiempo, sobre el reinado de Hassan II, en sintonía con la nueva onda de revisión del pasado que empieza a ser frecuente en Marruecos tras decenios de amnesia y de tabúes. El propio Laroui ya padeció de amnesia y de esos tabúes, eludiendo entrar, en algunas de sus obras claves, en períodos recientes, manteniendo esa «distancia de seguridad», ese «límite de respeto» que le llevó a detener su Historia del Magreb en un «despertar magrebí» que cifró en torno a 1930. No se ha visto ajeno a lo largo de su vida a sucumbir a presiones y a requerimientos oficiales, como secretario perpetuo de la Academia Real del Reino de Marruecos, entrando en la glosa o el análisis de hechos contemporáneos en los que casi ha rozado la langue de bois, ese «idioma oficial» marroquí, como confiesa en ese ejercicio de lucidez que es este su último libro. Marruecos y Hassan II. Un testimonio se estructura en catorce capítulos, centrado cada uno de ellos en un momento personal de la vida de Laroui que asocia a una ciudad y a una fecha clave ligada a acontecimientos de la historia de su país. Comienza sin embargo por el final, en Rabat, en julio de 1999, en el momento en que el autor conoce la noticia de la muerte de Hassan II, lo que le permite hacer unas reflexiones sobre el continuismo en que se enmarcan los primeros pasos del heredero. Una ocasión perdida, dirá, para marcar la entrada en la era de una monarquía constitucional. El pueblo marroquí, a juicio del autor, habría aceptado mayoritariamente una buena dosis de innovación y de cambio, que pronto se vio no fue el camino escogido por el joven monarca, sofocado por el peso de la tradición. Los cambios en Marruecos chocan con un sentido de la vida casi supersticioso que hace que atentar a la tradición equivalga a tentar al destino. Salta entonces en un flash-back a Florencia, en octubre de 1958, donde Laroui acompañó al líder de la izquierda Mehdi Ben Barka en una conferencia sobre el Mediterráneo, en la que tuvo ocasión de encontrar por primera vez al príncipe Hassan. Estas dos figuras, enfrentadas, encarnarán los dos Marruecos emergentes en lucha por aniquilarse uno al otro. Cada cual con su propia legitimidad: la del pueblo y la de la historia, como señalará en la larga entrevista realizada para la revista Prologues11 a propósito de la publicación de su libro. 11 Número 35, verano del 2006. La entrevista es un largo encuentro con varios historiadores y sociólogos marroquíes: M. S. Janjar, H. Rachik, M. El Ayadi, M. Tozy, J. Seftaoui, F. Assouli y S. Mestari.

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Esa pugna entre dos concepciones opuestas seguía viva en El Cairo, su siguiente destino y localización del siguiente capítulo, fechado dos años después, en noviembre de 1960, al poco del desalojo de la izquierda del poder, con la caída del gobierno de Abdallah Ibrahim. Laroui, convertido en consejero cultural de la Embajada de Marruecos en la capital egipcia, habla de una izquierda «alérgica a la historia y a la sociología», incapaz de oponerse al proyecto de restauración de la tradición, inscrito en la longue durée de un «Marruecos eterno» que será el camino emprendido por Hassan II. El retrato que hace de Ben Barka, a quien tendrá ocasión de frecuentar en sus viajes a la meca del nacionalismo árabe, no es al uso. No aparece como ese líder mitificado, agigantado por la aureola del martirio, sino como un pragmático agitador profesional, preocupado por una «utopía lejana» y mal definida e instalado en la resolución de los problemas inmediatos del día a día. Lejos, bien lejos, de los halagos que le dedica a un Abderrahim Bouabid o a un Ahmed Réda Guedira, encarnaciones de la socialdemocracia y la derecha liberal a los que el Marruecos de Hassan II impidió medirse públicamente bajo la bóveda parlamentaria como lo hicieron en la España de la transición un Felipe González y un Adolfo Suárez. Laroui se lamenta de que su país hubiera perdido la oportunidad para ver crecer «una cultura democrática, una conciencia colectiva, una ética política». En Rabat de nuevo, en febrero de 1961, la muerte de Mohamed V la describe como un choque para quienes creían que el país había consolidado su marcha irreversible hacia una «modernidad inseparable del compromiso nacionalista». Y se inauguran las hostilidades entre el príncipe, convertido en rey, y la izquierda, condenada a encarnar un nueva nueva disidencia, una nueva siba. Laroui, consejero cultural en París y representante en la UNESCO hasta julio de 1962, se mostrará partidario de un compromiso histórico que debería haber tomado en Marruecos la forma de «una reconciliación entre la tradición, simbolizada por la institución monárquica, y el nacionalismo monopolizado por entonces por la izquierda». Pero ese compromiso no se dio, abriéndose cada vez más el foso entre los dos polos, triunfando la retradicionalización impuesta por el joven y ambicioso monarca que acabó por ocupar todo el espacio político. Ben Barka describirá con acritud y dureza estos años en los documentos que se publicarían en su obra póstuma Opción revolucionaria para MarrueXII


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cos12. Años de guerra declarada, de exclusiones, exilios y condenas a muerte sobre los que Laroui pasa un poco de largo. El siguiente salto en el tiempo nos lleva a Casablanca, en marzo de 1965, donde Laroui asiste a la jornada del 23 de marzo, una fecha bisagra porque ha servido de justificación del arranque de una aceleración autocrática, de la suspensión de la Constitución, de la marginación de los partidos, del inicio de un largo estado de excepción. Hará sin embargo una valoración escéptica de lo que fue en realidad este evento, cuestionando que fuera una verdadera insurrección popular e interpretando que se sobredimensionó con el tiempo y a la luz de los cambios que produjo. Recientemente Ahmed Herzenni13 le opone su relato de testigo de los hechos y califica su valoración de «miopía de historiador metido a periodista». A lo largo de la obra, Laroui contrapone dos facetas de la personalidad de Hassan II: la de zaím y la de rey. La primera, la de jefe de fila, patrón con rasgos de caudillo, se afirma a raíz de este año de 1965, exacerbando su faceta autoritaria, no integradora, que mantendrá durante estos años difíciles hasta 1975 en que emerge la otra faceta, la de rey. En París, en enero de 1966, el caso Ben Barka ya ha estallado, pero Laroui prefiere al relatarlo en 2005 no entrar a especular una vez más sobre los mil y un enigmas policíacos del caso, sino enjuiciar «lo que Hassan II hizo de este acontecimiento», sacando partido en su beneficio en su proyecto de resucitar al viejo majzén, restaurando el Marruecos folclórico del albornoz y la fantasía. Poco importan, nos dice Laroui, los pormenores de su eliminación física. Pero el retrato que nos deja del líder opositor será el de una persona perseguida, cortada de sus vínculos, el peor de los castigos a los que lo habría sometido en vida el propio Hassan II, convencido de que «un oponente pierde su capacidad de hacer daño a medida que dura su exilio». En los seis años que siguen, marcados por acontecimientos de choque como el desastre árabe de 1967, el Septiembre Negro, la muerte de Nasser o el golpe de Estado fracasado de Skhirat, Laroui va a vivir dos exilios voluntarios, uno en Estados Unidos, y otro inte12 Ediciones de Cultura Popular, Barcelona, 1967, traducción de José Luis Giménez-Frontín. Otro clásico de Maspero, París, 1966. 13 Un Maroc décanté. Articles, Essais et Témoignage, Editions Udad, Rabat, 2006, pp. 112-113.

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rior, en Marruecos, refugiado en el estudio del pasado, ahondando en los orígenes del nacionalismo, dirá, «para comprender mejor los comportamientos contemporáneos, pero en realidad para sobrellevar el presente», escapando así de la «impotencia política y esterilidad cultural» que caracterizaban a la elite política marroquí de los sesenta. Un siguiente capítulo lo sitúa en julio de 1972, en Argel, en donde Laroui toma contacto con una imagen de Argelia «cerrada y sombría» bien diferente de la «renaciente» que dos años antes le mostrara Ahmed Taleb Ibrahimi. En el telón de fondo está el tratamiento que los jóvenes países que acceden a la independencia atribuyen a las reivindicaciones territoriales, a los problemas de fronteras. Hassan II y Bumedian negocian un acuerdo que va a ser mal visto por los nacionalistas marroquíes y que Laroui considera como el caldo de cultivo de las frustraciones que van a dar lugar a los dos golpes de fuerza militares en Marruecos. Esa otra dimensión de la realidad conflictiva magrebí le predispondrá psicológicamente, confiesa, para adoptar la posición que fue la suya al plantearse la descolonización del «Sáhara español», una posición nacida de una profunda convicción nacionalista. Entre Florencia, una vez más, en diciembre de 1972 y Casablanca, en mayo de 1977, habrán transcurrido los años decisivos de los golpes de Estado abortados y la Marcha Verde, que hubieran debido dar paso a un «nuevo Marruecos» que nunca llegó a concretarse. Hassan II comprende que la política conciliadora hacia sus vecinos seguida a finales de los sesenta y principios de la década de los setenta «irritaba a los nacionalistas, sembraba el desconcierto entre el pueblo y, sobre todo, desmoralizaba al Ejército». Va a cambiar esta política recuperando su faceta de rey, soldando un frente interior centrado en la hostilidad con los vecinos y en un pacto por la democratización del país. El tema del Sáhara le va a brindar esa oportunidad de mantener viva la amenaza exterior. Pero el pacto con la oposición por la democratización nunca se cumplió y paradójicamente es esa sensación de amenaza la que justificará su incumplimiento. Para Laroui, el compromiso por un Sáhara marroquí era una cuestión de patriotismo. Eso explica su participación en la Marcha Verde como periodista, sus posiciones en su libro L’Algérie et le Sahara 14 Serar, Casablanca, 1976. Se trata de la recopilación de los artículos aparecidos en la revista Lamalif y en el diario Le Monde.

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marocain14 y también su rechazo a aceptar un puesto de consejero en la primatura, ya que, dirá, un asunto que considera una «causa nacional», no se asume a cambio de prebendas. Pero la Marcha Verde no dio paso al «nuevo Marruecos». Los resultados de las elecciones de junio de 1977, en las que Laroui no consiguió un escaño, fueron la prueba de ello. «Lo que es seguro —escribirá en su diario por aquellos días— es que el jefe del Estado desmiente categóricamente todo lo que hacía esperar un Marruecos nuevo, nacido de la Marcha Verde, y que no se siente en absoluto ligado por un hipotético pacto que había establecido tácitamente con la oposición.» Los años que siguen son para Laroui años de esfuerzo intelectual. En 1977 publicará en Francia su estudio Les origines sociales et culturels du nationalisme marocain y en marzo de 1984 aparecerá en España el libro El islam árabe y sus problemas15, aún inédito en Marruecos. Teme que algunos artículos aparecidos en el mismo («Islam y libertad» e «Ibn Jaldún y Maquiavelo») susciten la ira de las autoridades. Pero, paradójicamente, va a ser cooptado por Palacio, convertido en emisario real. En Oslo, en octubre de 1984, Laroui deberá convencer en gira europea a dignatarios de diversos países de que el tratado firmado dos meses antes por Hassan II y el coronel Gadafi, la Unión Arabo-africana, no amenazaba a nadie sino que era un matrimonio de conveniencia entre los dos países, que aportaría moderación a Libia sin cambiar por ello la política pro-occidental marroquí. No sería la única misión oficial que desempeñaría Laroui en los años sucesivos. En Kinshasa, en diciembre de 1985, deberá acompañar al príncipe heredero, el futuro Mohamed VI, a la investidura del general Mobutu, y en Lisboa, en julio de 1991, será encargado de contrarrestar ante determinadas personalidades de la izquierda francesa como Pierre Mauroy, Laurent Fabius, Lionel Jospin y Michel Rocard entre otros, los efectos de lo que el gobierno marroquí llamaba «dos campañas denigratorias» contra Marruecos y su rey a raíz de la publicación del libro de Gilles Perrault Nuestro amigo el rey 16, en diciembre de 1990. La figura de Laroui como mediador oculto entre un Marruecos incomprendido en sus patriotismos y un mundo exte15

Op. cit. Plaza Janés/Cambio 16, Barcelona, 1991, con prólogo de Ramón Cotarelo y traducción de Fernando Santos Fontenla. Aparecida originalmente en francés en Gallimard, París, 1990. 16

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rior con otras lógicas, es sin duda uno de los puntos más controvertidos de Marruecos y Hassan II. Un testimonio17. Como controvertidas serán sus contribuciones en obras de alabanza a Hassan II coordinadas por el ministro del Interior Driss Basri: Édification d’un État moderne. Le Maroc de Hassan II, en la que publicó su trabajo «Le roi Hassan II et l’édification du Maroc moderne»18 o Hassan II présente la Marche Verte19, en la que incluyó el artículo «La Marche Verte et la conscience historique», visión patriótica pero lúcida de lo que representó ese episodio para la conciencia histórica de los marroquíes20. Los últimos capítulos corresponden a la «década reformista» de Hassan II, y Laroui desvela las contradicciones de la oposición que no logra imponerse al monarca ni hacer que el sistema cambie verdaderamente. En Harvard, en noviembre de 1996, evocará sus propias contradicciones entre las exigencias de un aparato majzeniano que se ha servido de él en diversas ocasiones y su solidaridad con una oposición que empuja, aunque tímidamente, hacia un Estado de derecho. Se le pedirá participar en la defensa de la nueva Constitución de 1992 en un libro coordinado, una vez más, por el ministro del Interior y de Información21, para el que escribirá un breve y aparentemente anodino artículo en el que sitúa la filiación de esta cuar17 El 27 de marzo de 2005, Fouad Abdelmoumni, conocido militante de los derechos humanos marroquí escribió a través de la «Liste Maghreb DH» de internet una dura crítica a Laroui por haber aceptado tareas mediadoras como las relatadas. El libro, «extremadamente instructivo», le parece a menudo patético por esa excusa-bandera (o «argumento-choque») del nacionalismo. 18 Albin Michel, París, 1986. Obra colectiva en la que figuraban como codirectores, aparte del propio Basri, A. Belhaj, M. J. Essaïd, A. Laroui, A. Osman y M. Rousset, presentados por Georges Vedel, decano honorario de la Facultad de Derecho de París y miembro de la Academia Real de Marruecos. Laroui confesará haberse excedido en la frase final mostrándose «muy equívoco» con algo «que no reflejaba la realidad», aunque, dirá, nadie le presionó. 19 Plon, París, 1990, obra colectiva dirigida por Daniel Bardonnet, Driss Basri, Réne-Jean Dupuy, Boubker Kadiri, Abdallah Laroui y Georges Vedel. 20 Este capítulo se integró en el libro Esquisses historiques, op. cit. La frase final fue suprimida: «El 16 de octubre de 1975 se renovó el pacto que fundó el Estado en Marruecos hace trece siglos. Liga de nuevo a un rey, aún joven, pero que desde ahora lleva la máscara de la perennidad y a un pueblo que se ha rejuvenecido en las fuentes de su Constitución milenaria». 21 Revision de la constitution marocaine (1992). Annalyses et Commentaires, Collection Edification d’un État Moderne, Imprimerie Royale, Rabat, 1992. Coordinaban, además, la obra Michel Rousset y Georges Vedel.

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ta enmienda al texto constitucional en sus fundamentos locales (la quyada o la machiaja tribal) y religiosos (imamato), resumidos en el pacto de la bay’a. El artículo no debió de gustar por frío y poco aplicado a la propaganda de un texto constitucional que, a juicio de Laroui, nacía mal. Pero no hará pública su disconformidad, limitándose a preparar un texto para su lectura pública llegado el caso de ser forzado, como temía, a asistir a una presentación oficial del libro en la que finalmente no participó. En aquellas cuartillas, que no dará a conocer hasta la publicación de este libro que ahora se prologa, definía claramente «a qué aspiraba» como ciudadano marroquí y al que, evidentemente, no satisfacía aquella Constitución, a pesar de que consideraba que nada en la nueva Constitución impedía poner en práctica sus aspiraciones, de haber habido voluntad política. Aspiraba, escribió, «a una monarquía realmente parlamentaria», en contra de la que sólo argumentaban los que esconden sus intereses detrás de las tradiciones del país. Defendía, eso sí, un dominio reservado al jefe de Estado en política exterior. A su juicio, una cuestión como la del Sáhara, no debía dejarse al albur de una mayoría parlamentaria, inestable por naturaleza. Los capítulos finales de la obra se centran en el año de la muerte de Hassan II, justo antes y después del acontecimiento y en el comienzo del nuevo reinado. En Casablanca, en abril de 1999, con ocasión de la presentación de la traducción de una vieja novela suya22, plantea una reflexión de fondo sobre la necesidad de un cambio de mentalidades por el que tan poco han apostado los intelectuales de su país, especialmente los progresistas. La desgracia de Marruecos, de su escuela, reside precisamente, nos cuenta, en ese rechazo de la intelligentsia a asumir ese papel didáctico del cambio, algo que ya señaló en su viejo libro La crisis de los intelectuales árabes. El refugio en la crítica fácil de lo inmediato les lleva a no valorar el peso de lo heredado. Pero resalta Laroui que lo necesario no es tanto el juicio del pasado como la urgencia de las tareas por realizar. Al fin y al cabo, y sin que ello reste responsabilidad a la figura de Hassan II que se enjuicia en esta obra, lo importante no es tanto lo que hizo como «lo que no había hecho, lo que no se considero obligado a hacer y que, aún 22 Al Gurba, aparecida en árabe a fines de los setenta, traducida al francés como L’exil, Sindbad, París, 1999.

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no resuelto, depende a partir de ahora menos de él que de nosotros». Esa llamada a la responsabilidad colectiva en el futuro de Marruecos es lo que resalta en todas las páginas del libro. Llegamos así a la muerte de Hassan II, de la que se ocupa en el capítulo fechado en Rabat, en agosto de 1999. Reproduce en él un texto que escribió para la RTM sobre el soberano difunto y que, por las razones que fueran, no fue emitido. Tras una semblanza amable de la figura del monarca, concluye un balance de la obra inacabada de Hassan II: «el doloroso asunto del Sáhara que tanto ha entorpecido nuestro progreso»; «la reforma de la enseñanza, tanto tiempo esperada y de la que depende nuestro futuro»; «la reforma de la Justicia y cerrar para siempre el espinoso expediente de los derechos humanos»; «el difícil diálogo social»; «la reforma del derecho de familia» cuyo retraso amenaza que las mujeres caigan en el «nihilismo o la apatía». La imagen de la torre Hassan junto al Bu Regreg, en Rabat, también inacabada, le parecía en aquel texto no difundido el símbolo de un pasado que se cerraba, dando paso a un porvenir de un Marruecos nuevo reconciliado consigo mismo y con su época, que recordaba las palabras del final de su clásica Historia del Magreb: «Para que el magrebí se reconcilie con su tiempo y con su terruño ha de hacerlo previamente consigo mismo y con sus hermanos. En el futuro, el único gobierno legítimo será el que persiga este objetivo con todas sus fuerzas y con toda la autoridad que le confiere precisamente dicho afán»23. El último capítulo de la obra se firma en Casablanca, en julio de 2000. Son unas conclusiones paradójicamente inconclusas, pues las últimas frases del libro son preguntas y anotaciones para un debate abierto. Pero son rotundas y, si cabe, demoledoras. Khalil Hachimi Idrissi, director del diario Aujourd’hui le Maroc, reconocía que la lectura del libro de Laroui deja en el lector un regusto de angustia, de tal manera la obra es una demostración de los fracasos colectivos de Marruecos y los marroquíes24. Laroui constata el miedo colectivo al cambio, pese a un discurso aparentemente contrario expresado en el «idioma oficial» del país, la langue de bois, «producto deseado de una educación especial» cuyo fin es hacer a la población alérgica a la política. Sin un proyecto nuevo educativo, sin un nuevo pacto o 23 24

Página 367 de la edición española. « Abdallah Laroui et Hassan II », en Aujourd’hui le Maroc, 18 de marzo de 2005. XVIII


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bay’a reformulado, no cabe progreso alguno. Un pacto que sitúe a la monarquía en el plano de los valores, retirada de las transacciones cotidianas que deben ser competencia de un gobierno estrechamente controlado por el Parlamento en el marco de una nueva cultura del Estado de derecho, que destierre para siempre la «era de lo aleatorio». La defensa a ultranza de la «especificidad marroquí» es para Laroui paralizante25. Los que se refugian en ella deberían, en pura lógica, según dirá, abandonar la escena de la historia. Y es a esas «particularidades marroquíes» a las que dedica el anexo del libro: los «no-dichos», la costumbre, la gerontocracia, el besamanos, la atomización de los partidos, en permanente meiosis, la langue de bois, la insularidad y alguna otra, verdaderos obstáculos en la marcha de Marruecos hacia el progreso. BERNABÉ LÓPEZ GARCÍA

25 Esta especificidad es invocada por Mohamed VI en su entrevista a El País del 16 de enero de 2005, realizada por Jesús Ceberio e Ignacio Cembrero: «Mohamed VI rey de Marruecos. “Se ha restablecido el respeto mutuo entre España y Marruecos”». Mohamed VI afirmaba que «tenemos nuestras especificidades y nuestras obligaciones que definen el camino que recorreremos en el futuro», tras asegurar que no era transponible a Marruecos el modelo de las monarquías parlamentarias europeas.

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11. KINSHASA, DICIEMBRE DE 1985 El único modo de volver a la monarquía es organizando fuertemente la Iglesia. STENDHAL, Lucien Leuwen

Una mañana, Ahmed Osman me telefoneó para decirme que el rey nos había designado a ambos para acompañar al príncipe heredero a Kinshasa, capital de Zaire, a la investidura del general Mobutu como presidente vitalicio del país. Estaba incubando un resfriado y así se lo hice saber con la esperanza de que me dispensaran del viaje, pero Osman se contentó con responderme: «Tendrás que forrarte de medicinas, amigo». Era la segunda vez que formaba parte del cortejo del príncipe. Dos meses antes lo había acompañado a Omán a la celebración del décimo aniversario del ascenso al trono del sultán Qabus. Una tercera, y última, ocasión se presentaría más tarde, en octubre de 1989, cuando el presidente iraquí Sadam Husein festejó con gran pompa el primer aniversario de la reconquista de la península de Fao a las fuerzas iraníes, aunque esa vez logré excusarme pues tenía que presentar una comunicación ante la Academia Estadounidense de Ciencias y el rey estuvo de acuerdo que a los americanos no podía fallárseles a última hora. Comprendía muy bien la preocupación de Hassan II. Quería que los viajes protocolarios sirvieran también para la educación de su heredero, que permitieran que éste oyera, en un clima distendido, un lenguaje diferente del de los cortesanos. A pesar de su legitimismo doctrinal, que le había llevado a desviarse de la tradición «marroquí» e inscribir en la Constitución el principio de la primogenitura, no educaba a su hijo para que fuera una copia de él. Sabía que era imposible que su sucesor lo imitara, o le llevara la contraria, en todo. Ambas políticas serían igualmente nefastas, pues Marruecos no cambiaría tanto como para que las fórmulas que habían servido al padre dejaran de ser útiles al hijo, pero sí lo suficiente como para que éste se viera obligado a innovar. Hassan II intentó, pues, 154


KINSHASA,

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que tuviera contacto con las personalidades más diversas y las ideologías más opuestas, desde el islam radical al izquierdismo extremista, pasando por el liberalismo y el conservadurismo ilustrados de Occidente. Indudablemente, todo ello había que ponerlo en el haber del rey. Y, sin embargo, yo intentaba escaparme de lo que era un deber y un honor. El motivo, que puede parecer intrascendente, tenía de hecho carácter simbólico. Como el propio príncipe, todos los miembros de la delegación debíamos presentarnos en cada ceremonia oficial vestidos con el atuendo nacional, es decir, con chilaba y capa blanca con capucha, calzados con babuchas y tocados con fez. Era este maldito sombrero, tan poco marroquí a fin de cuentas, el que me planteaba problemas. ¿Cómo meterlo en la maleta sin deformarlo? Imaginaba que mis compañeros, más acostumbrados que yo a este tipo de viajes, habrían encontrado una solución, pero cuando en el avión confesé mi problema a Ahmed Osman, me respondió con la mayor seriedad: «La única manera de que no se deforme es llevarlo todo el tiempo puesto». Como ya he indicado, lo de la vestimenta es un problema serio. Se le planteó a todos los reformadores modernos, desde Ataturk a Sun Yat Sen, desde Pedro el Grande de Rusia a Nehru, y cada uno lo resolvió con mayor o menor fortuna. En el propio Zaire, destino de nuestro viaje, pudimos constatar que el pañuelo había sustituido a la corbata, y la sahariana a la americana. Más recientemente, el Irán de Jomeini se ha enfrentado al mismo problema y la solución que se le ha dado ha sido especialmente poco elegante. En cualquier caso, y en nombre del nacionalismo cultural, del derecho a la diferencia, del rechazo a la imitación servil al Occidente arrogante y dominador, había que dar muestras de imaginación y sentido de la estética, algo de lo que carece el Oriente árabe en general, y Marruecos en particular. Hassan II no quería, ni podía, ser un reformador al estilo de Pedro el Grande o de Ataturk por numerosas razones, la principal de las cuales era que no había vivido en un Marruecos independiente, sino bajo el Protectorado francés, y subrayo este gentilicio pues estoy convencido de que el resultado hubiera sido diferente si el protector hubiera sido alemán, británico o estadounidense. Por esa razón, sus decisiones fueron siempre reactivas, a semejanza de todo nacionalismo anticolonial. Nunca puso en duda que debía imponer como indumentaria oficial la tradicional marroquí, en teoría para 155


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evitar la dejadez, la heterogeneidad, la confusión, pero en realidad para hacer patente la uniformidad, la igualdad en la obediencia y la devoción27. El problema que nadie podía imaginar —como observé un día que hice un comentario accidental sobre las razones que llevaron al sultán Muley Sliman (1792-1822) a adoptar a principios del siglo XIX el atuendo que más adelante se llamaría majzení— es que en el Marruecos precolonial no había ningún traje nacional tradicional. Cada región, cada clase social, tenía el suyo, algo que chocaba a todos los viajeros y exploradores europeos, sobre todo a Charles de Foucauld. El traje que se adoptó, siguiendo a los nacionalistas de entreguerras, era el de los comerciantes de la ciudad, que pasaban la mayoría de su tiempo entre la mezquita y la alcaicería y que no era el que había impuesto en el majzén Muley Sliman. Hassan II se vestía más como un burgués que como descendiente de los sultanes saadíes o almohades. La indumentaria que se ve en los retratos que adornan el mausoleo de Mohamed V y que reproduce a la mínima ocasión la prensa dinástica es tan fantasiosa como la que se atribuye a Ibn Jaldún o a Ibn Batuta. El problema del traje nacional es el mejor ejemplo de cómo la tradición es más un sentimiento que la perpetuación de una situación de hecho. Querer restaurar la tradición no implica tener sentido común e imaginación. Esto se me confirmó un poco más tarde cuando la televisión marroquí difundió un amplio reportaje sobre el viaje que realizó el príncipe heredero a Japón. Como todo el mundo, comprobé hasta qué punto ese país asiático era a la vez moderno y conservador. El protocolo era infinitamente más sofisticado que el nuestro, que tanto asombra a nuestros hermanos de Oriente Próximo. Sin embargo, la imagen que más me chocó fue la que mostró al emperador de Japón y a su hijo recibiendo en audiencia solemne al príncipe marroquí; éste llevaba una fina chilaba blanca, babuchas amarillas y un fez rojo mientras que sus anfitriones asiáticos le recibían sin complejos con el traje oficial europeo del siglo XIX, el mismo que llevaban los embajadores de las potencias imperialistas cuando trasmitían un ultimátum a un soberano «bárbaro». Se adoptó en 1868, a comienzos de la era Meiji y hoy ha pasado a ser tradicional para los japoneses. Cambiarlo hubiera sido un signo de ingratitud para con 27

Infra, Anexo I, La vestimenta, pp. 285-286.

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el antepasado reformador. En ese encuentro entre dos tradiciones «orientales», la de Marruecos, históricamente más reciente, parecía más arcaica. ¿Alguno de los acompañantes del príncipe o de los telespectadores se dio cuenta de esa incongruencia? Una vez en Kinshasa, nos acomodamos junto a otros invitados en un amplio anfiteatro, y durante horas asistimos a una sucesión de ceremonias, moderna y antigua, europea y africana, política y religiosa, mediante las cuales el general Mobutu fue investido sucesivamente como presidente vitalicio de Zaire, como líder fundador y perpetuo del partido único (el Movimiento Nacional Popular), como señor de los jefes tradicionales de las diferentes etnias del país. A cada atributo le correspondía un ceremonial, una indumentaria y un emblema particulares. Conforme pasaba el tiempo los rasgos del ser humano que era Mobutu se iban marcando y su estatura reduciendo, como si el peso creciente de sus funciones y responsabilidades lo aplastara. Cada vez se iba pareciendo más a una víctima a la que se preparara para el sacrificio. Ante nuestros ojos se desarrollaba un drama cuya moraleja era que el poder siempre es una trampa en la que caen sistemáticamente los aventureros que creen que van a disfrutar de algo que, sin embargo, los va a extenuar. Era el poder el que utilizaba hasta su desgaste a ese ser humano y no al contrario. En un determinado momento, me volví hacia Ahmed Osman y le susurré: «Está claro que el poder es un sacrificio». Me respondió con una mirada de asombro, la misma que sorprendí en sus ojos cuando, viajando por primera vez juntos de Rabat a Ifrán, hablamos sobre la responsabilidad de los dirigentes argelinos en el conflicto del Sáhara; yo le había dicho: «Son hábiles, pero seguramente no inteligentes». Reflexionó un buen rato antes de responderme: «Seguro, no lo son». Nacido en Uxda a las puertas del Oranesado, rodeado de hombres del Marruecos oriental, se había tenido que enfrentar a muchos problemas para lograr imponerse a los hombres del Marruecos atlántico en la dirección del RNI, el partido lealista por él fundado. Después, durante su carrera como condiscípulo, cuñado, colaborador cercano, primer ministro y consejero de Hassan II, había tenido que hacer un esfuerzo constante para adaptarse al molde del majzén, precisamente para simular que no comprendía a la primera el sentido de unas palabras tan sencillas como inteligencia y sacrificio. No se puede decir que Hassan II tuviera en especial estima la amistad del general Mobutu pues la había recibido en herencia. La 157


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alianza con Zaire, antiguo Congo Belga, era resultado coyuntural de la política de la ONU a comienzos de los años sesenta cuando sólo un puñado de países africanos que habían alcanzado la independencia tenía ejército nacional. Nada pronosticaba unas relaciones estrechas entre ambos países puesto que la única vez en la historia en la que el nombre de Congo ha estado asociado al de Marruecos se remonta a la época en que los diplomáticos europeos negociaban el reparto de África, y Leopoldo II, rey de los belgas, intentaba forjarse un destino más glorioso que el que le permitía esperar su pequeño reino. Pero en esa vasta sala de Kinshasa en la que me encontraba, también por azar, asistiendo a una ceremonia propia de otros tiempos, de otra cultura, y cuyos símbolos descifraba con dificultad, estaba obligado a hacer ciertas comparaciones. Súbitamente, me sentía enfrentado a la antropología, disciplina que, junto con la psicología, jamás me había entusiasmado debido a mi formación de historiador. Nuestro país, como los demás, y más visiblemente que la mayoría, es piramidal. Esa fue precisamente la imagen que elegí para ilustrar un ensayo de síntesis de la historia del Magreb. Cuanto más nos remontamos en el tiempo, más se ensancha la base; cuanto más buscamos la multitud, más nos hundimos en el pasado. Más allá de lo árabe y lo beréber, no podemos hallar sino el sustrato africano. No se trata de saber si nuestro sistema de poder es en el fondo antropológico —toda autoridad lo es— sino más bien hasta qué punto nuestra monarquía lo es, librándonos así de las conocidas determinaciones de la historia, de la economía o de la política racional. Los investigadores de hoy, al igual que los etnólogos de ayer, afirman que ese componente antropológico es predominante y que explica en gran medida los fracasos acumulados por generaciones de modernistas y de progresistas, ya formaran parte de los patricios urbanos, de la clase comerciante, de las corporaciones artesanales o del proletariado industrial. Consideran que los conceptos islámicos de imanato y de bay’a deben interpretarse en ese contexto de continuidad beréber, muy viva en las llanuras y en las montañas y con gran presencia residual en las ciudades, y concluyen afirmando que los conceptos constitucionales modernos deben ser objeto de una doble, por no decir triple, interpretación si se quiere comprender lo que, procedente del pasado, continúa hoy haciéndolos operativos. En Kinshasa me planteé estas cuestiones en términos sencillos: ¿es africana la monarquía marroquí?, ¿beréber?, ¿árabe?, ¿islámica? 158


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¿Podrá un día liberarse de esas determinaciones para ser únicamente contractual? ¿Bajo que rúbrica la sitúa espontáneamente el turista, el profesor de Harvard, el periodista de al-Ahram, el presidente Mobutu o su representante cuando vienen a nuestro país a la ceremonia anual de la bay’a, auténtica sinfonía en blanco y rojo? Si se responde que es todo eso a la vez, que hay que ponerla bajo todos esos epígrafes, es que no se la comprende y no se sabe que actitud tomar a su respecto. Todas las combinaciones posibles entre apariencia y realidad, materia y símbolo, fondo y forma se ofrecen a los antropólogos, y cada uno experimenta con su colección de imágenes y de fórmulas chocantes que, a falta de convencer, seducen al lector por la brillantez de su estilo o la originalidad de su concepción. Pero ni la etnología colonial ni la antropología poscolonial me han convencido jamás. Un psicoanalista diría que tengo un bloqueo atribuible a haber tomado partido por el nacionalismo. Pero si existe alguna toma de partido es frente a la que postula que ninguna política tiene éxito a no ser que se sitúe en la continuidad. Si lo que dicen los antropólogos fuera cierto, no hubiera habido políticos como Disraeli o Bismarck, teóricos como Burke o Tocqueville, ideólogos como Bonald o Maurras. Pero si estuvieran totalmente equivocados, hace mucho tiempo que habría dejado de preocuparme esta cuestión. Tanto en Marruecos como en otras partes, el problema es únicamente una cuestión de grados. Lo importante del espectáculo de Kinshasa y de las reflexiones que me sugirió es esa contradicción nunca resuelta, nunca percibida realmente, que subyace en el legitimismo de Hassan II. A éste no le gustaba ninguna de las ciencias sociales que se basan en la crítica de los conceptos. Aunque odiaba la sociología y la antropología, y despreciaba a los que las invocan con cualquier motivo, no por ello dejaba de utilizar sus fórmulas. Creía firmemente que una práctica sólo es eficaz en la medida en que no es consciente de sus modos operativos. Nunca teorizaba, simplemente afirmaba unas convicciones que no variaron prácticamente a lo largo de un reinado de casi cuarenta años. En total oposición a la ortodoxia, no distinguía entre imanato islámico y realeza árabe; y aun menos, entre realeza árabe y patriarcado beréber. Además, a causa del fortalecimiento de sus relaciones con diferentes líderes africanos, admitió que la autoridad de éstos era de la misma naturaleza. Esta convicción fue la que le llevó a cometer un grave error durante la cumbre 159


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franco-africana de La Baule en junio de 1990, cuando criticó en sesión plenaria la nueva política francesa, ganándose una mordaz réplica por parte de François Mitterrand que hasta entonces lo había tratado muy bien. Este desatino permitió a sus enemigos, y a los de Marruecos que pululaban en el entorno de Danielle Mitterrand, organizar una amplia campaña de desprestigio de la que trataremos en el capítulo siguiente. Nada lo obligaba a provocar al presidente francés, en su campo y ante un público amigo de Francia, a no ser su tozudez ideológica. Hassan II creía, pues, que los fundamentos del poder eran los mismos en todas partes, independientemente del nivel de desarrollo intelectual y moral de los individuos o del grado de complejidad de la sociedad. ¿Cómo, partiendo de ese presupuesto, iba a aceptar por un solo instante separar el poder y su justificación, buscar un fundamento a la autoridad que no fuera el que siempre había tenido? Para él, el hecho de plantear la cuestión no significaba sino una falta de realismo o de raciocinio. Cuando, al estudiar un problema, intuía cualquier peligro de ruptura con la tradición, lo que le solía ocurrir cuando se trataba de la educación, la cultura o la enseñanza, le daba la espalda instintivamente sin preocuparse de sus consecuencias. Se consideraba tradicionalista y modernista a la vez y, efectivamente, en gran número de ámbitos lo era. Muchos lo veían bajo este aspecto porque trataban con él de cuestiones jurídicas, administrativas, económicas o tecnológicas, allí donde se postula el poder. Su impresión hubiera sido muy diferente si el debate hubiera girado en torno a la educación, pues entonces se hubieran dado cuenta enseguida de la contradicción entre las necesidades de ésta y las exigencias de la autoridad, que era el auténtico punto flaco de Hassan II. Si los fundamentos del poder son siempre los mismos en todas partes, ¿no es acaso el primer deber de un soberano mantenerlo en su incontestable evidencia? La palabra majzén evoca a los marroquíes, de cualquier edad o nivel social, determinada educación. Se es del majzén o no se es; se vive bajo su influencia o fuera de ella: en un caso, se forma parte del mundo del orden, de la ley, de la disciplina; en el otro, se está todavía en el estado de la yahiliyya (de ignorancia espiritual) o bien se ha elegido vivir en siba (libertad anárquica). En Hassan II, el rey, el jerife, el zaím, el jurista y el tradicionalista estaban tan unidos que sólo un hombre de mala fe o equivocado sería capaz de negar semejantes evidencias. 160


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Un día en que charlábamos en su presencia sobre las reglas del golf, deporte que le gustaba practicar, por asociación de ideas, pensé en el problema que se planteaban algunos teólogos: ¿Qué hacer para no aburrirse en el Paraíso? Me parecía que el inventor del golf, si es que ha existido, intentaba responder a esa pregunta pues, al ingeniárselas para hacer que fuera muy sencillo en teoría y casi imposible de dominar en la práctica, esperaba que uno no se cansara jamás de él. «Es un deporte creado por Dios o por el ...», empecé a decir, cuando Hassan II me interrumpió sonriente. Algunas palabras pueden acudir a la mente, pero jamás ser pronunciadas ni escuchadas. Ese era el espíritu del majzén, que en los hombres de mi generación se había visto debilitado tanto por la acción cultural del Protectorado como por la propaganda nacionalista. ¿Cómo resucitar ese espíritu, desarrollarlo, alimentarlo para que no se vuelva a debilitar? Simplemente manteniendo y fortaleciendo las instituciones que desde siempre lo han encarnado: el linaje, la familia, la medersa (universidad religiosa). Si el Marruecos anterior al Protectorado fue incapaz de alzarse al nivel de su época y del de sus vecinos, había sabido, por el contrario, inventar mecanismos que permitían al individuo estar siempre en armonía con su medio. Sin esa cohesión, los habitantes de la Península Ibérica se hubieran instalado permanentemente en sus costas, y las misiones protestantes habrían tenido el mismo éxito que en el África negra, en India y en el sureste asiático. La educación del majzén coronaba la de la zagüía, la cual perfeccionaba y humanizaba la del clan o la del linaje. El individuo marroquí estaba encasillado «desde la cuna hasta la tumba», como se decía comúnmente. Este modelo educativo seguía vivo en las mentes, aunque desapareciera progresivamente de la realidad por efecto de la política cultural del Protectorado. Molestos por el individualismo exacerbado que parecía animar esta última, hasta los nacionalistas marroquíes estaban decididos a resucitar aquel modelo en cuanto se presentara la ocasión; así lo hicieron en las escuelas libres que fundaron antes de la independencia, e intentaron generalizarlo después de 1956. Hassan II no era una excepción a este respecto, simplemente alentaba ese proyecto, o esa utopía, hasta límites extremos. Intentó por diferentes medios frenar el éxodo rural, que estaba desequilibrando la sociedad campesina. Hizo regalos, a veces injustificados, a los propietarios de explotaciones agrícolas. Inspiró dece161


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nas de artículos, firmados por Ahmed Alaoui, en los que se desarrollaba la idea de un mínimo cultural garantizado, es decir, la construcción en cada aduar de una mezquita, un zoco, una escuela y un dispensario para animar a los campesinos a permanecer en su tierra. Se gastaron miles de millones de dirhams en la construcción de pueblos modelo y en equipar los centros cercanos a las grandes ciudades, con la esperanza de retener a los migrantes e impedirles que fueran a engrosar los suburbios de Casablanca, que, a comienzos de los años 1980, estaba a punto de convertirse en una ciudad ingobernable. Hassan II no consideraba que esa visión ruralista fuera contradictoria con la política de grandes pantanos destinados, como en la época del Protectorado, a fomentar la agricultura de exportación. Ésta tenía como objetivo el crecimiento económico; aquélla, el mantenimiento del equilibrio social. Al mismo tiempo que al campesinado, el rey intentó salvar la célula familiar. A lo largo de una serie de discursos-programa, zahirió a los padres por haber dimitido de sus deberes frente a los extravíos de sus hijos y sus mujeres; esa crítica iba dirigida sobre todo a la elite burguesa. Cuando ocurrió el caso de unos jóvenes de la alta burguesía implicados en unos asuntos de droga, se negó a intervenir en su favor, sin importarle los servicios prestados por sus padres, ya que, según él, éstos habían fallado en su deber de educadores. Consideraba que la mujer debía ante todo prepararse para ser una buena madre de familia. Como había sido educado por una severa institutriz protestante por la que siempre tuvo mucho cariño, sentía un gran desprecio por la educación «laica» a la francesa que pretendía conscientemente enmendar la obra de la naturaleza. Una mujer como Danielle Mitterrand, a la que llamó públicamente esposa morganática, no podía inspirarle sino antipatía. En esa misma perspectiva, intentó en varias ocasiones redefinir el papel de la escuela pública, aunque en este ámbito tuvo menos éxito. Fracasó totalmente en su esfuerzo por rehabilitar la formación profesional y técnica, pues se interpretaba como un intento de impedir que la escuela siguiera siendo un medio de ascenso social. En cambio, logró imponer la educación cívica y religiosa que no sólo él deseaba sino que respondía a una demanda social muy amplia. Los padres estaban de acuerdo con sus ideas y los numerosos diplomados de las instituciones religiosas, dispuestos a ponerlas en práctica. Se rehabilitaron los msid (escuelas coránicas), tan critica162


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dos por los nacionalistas en la época del Protectorado, a pesar de las reticencias de algunos pedagogos, y se volvieron a editar manuales de enseñanza desde una perspectiva claramente islámica y monárquica. Para alcanzar plenamente ese objetivo, se volvió al árabe arcaico, que sólo se empleaba en las medersas. Al deshacerse del árabe modernizado de Oriente, se protegía a las jóvenes generaciones de la nociva influencia del nacionalismo jacobino y laicizante que éste trasmitía. El cuerpo de los ulemas se reorganizó en el mismo sentido. Los tiempos en que Allal El Fassi pensaba en estructurar una fuerza de oposición junto a los partidos nacionalistas quedaban lejos. Convertidos en funcionarios y totalmente enmarcados en el Ministerio de Asuntos Islámicos que gozaba de una relativa autonomía financiera gracias a los ingresos de los bienes habices (de manos muertas), todos los ulemas, de reconocido prestigio o no, eran convocados anualmente durante el mes de Ramadán para asistir a una serie de conferencias impartidas por intelectuales musulmanes procedentes de todo el mundo. Se trataba de una especie de cursos de perfeccionamiento. Esas personalidades de talla internacional les planteaban nuevos temas de reflexión. En ese marco, surgió la tentación de restaurar en su totalidad el orden medieval. Cuando la Administración moderna mostró su ineficacia para luchar contra el alza continua de los precios, se elevaron voces exigiendo el restablecimiento en los mercados de la figura del almotacén, lo que se llevó a cabo en las ciudades. Cuando Hassan II se quejó de la debilidad de la recaudación fiscal y pidió que se pensara en nuevas fuentes de riqueza, los medios tradicionalistas se movilizaron para imponer el azaque coránico como impuesto único sobre los beneficios. El rey ordenó que se estudiara esa propuesta y se celebró un concurso para hallar el mejor modo de ponerla en práctica. Fue necesaria la intervención de los medios financieros, espoleados bajo cuerda por el Ministerio de Hacienda, para que el proyecto quedara aparcado. A pesar de este fracaso, el país se encaminaba hacia una auténtica magistratura moral de los ulemas, una suerte de tribunado que a la larga hubiera dejado totalmente fuera de juego a los partidos y sindicatos. En ese sentido se preparó un dahir que anduvo dando vueltas durante años por la secretaría general del Gobierno. Cuando finalmente se promulgó, en agosto de 1995 y en medio de la indiferencia general, la situación había cambiado: el islamismo radical, utilizado por Occidente para 163


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desacreditar al islam y a los musulmanes, se había convertido en un peligro. El decreto real reconocía a los ulemas su papel de censores morales, pero al mismo tiempo los obligaba a no salirse del marco de la tradición moderada del rito malikí. Hassan II era plenamente consciente del escaso nivel intelectual de los ulemas marroquíes; también sabía que no habían logrado recuperar el prestigio que habían perdido al colaborar, a veces abiertamente, con los peores elementos de la administración del Protectorado. Sólo podían servir al régimen en los medios rurales, lejos de las grandes ciudades donde no le eran de ninguna utilidad. Por esa razón el rey fomentó la creación de asociaciones culturales, en teoría para secundar a la Administración en los ámbitos en los que ésta era manifiestamente deficiente pero en realidad para hacer la competencia a los partidos nacionalistas y a los sindicatos. Se trataba, en suma, de resucitar, en un medio nuevo, las antiguas cofradías y corporaciones. Se rehabilitaron las zagüías urbanas, que algunos denominan con justicia logias, controladas generalmente por algunas familias jerifianas o supuestamente jerifianas, tan duramente criticadas en el pasado en los medios salafíes y en los nacionalistas; se subvencionaron y se alentó la celebración de nuevo de mussems (romerías). Después nacieron las asociaciones regionales, cuando no abiertamente étnicas, que restablecían las solidaridades que el mundo moderno parecía condenar a desaparecer. Se vio de nuevo a los oriundos del Suss buscar a otros sussíes en Rabat y Casablanca y a los de Fez ir al encuentro de sus paisanos en Marraquech y Agadir. Se estimuló a hombres de valía, que se habían ejercitado al frente de ministerios técnicos u oficinas públicas, a que fundaran esas asociaciones que respondían, en suma, a necesidades reales. Ciudades, regiones enteras, se vaciaban, en efecto, de sus mejores elementos en beneficio de las dos capitales, administrativa y económica, y quedaban en manos de individuos incompetentes y corruptos que no hacían nada por que ciudades históricas como Tetuán, Marraquech o Mequinez, salieran de su letargo. Había pues un auténtico problema, pero la solución que se adoptó no fue entendida al ser demasiado evidente que estaba inspirada y controlada por la Administración. La opinión pública vio en ella sobre todo un medio de minar la acción de los partidos de oposición. Aunque, en la práctica, la empresa no obtuvo el éxito esperado, su influencia fue inmensa en la gente, pues despertaba unos sentimientos, de solidaridad o de animosidad, que la ac164


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ción nacionalista casi había logrado apagar. En cualquier caso, permitió que muchos comprendieran la lógica de una serie de iniciativas que, si bien parecían responder a necesidades concretas, en realidad formaban parte de un plan general de reeducación. Se trataba de crear, o recrear, un tipo de hombre que estuviera espontáneamente en armonía con su entorno moderno y con su herencia política y social. Más tarde, un joven profesor de filosofía, curtido en el análisis lógico, teorizó, quizá sin pretenderlo, esa práctica política. Y logró desvelarla con toda claridad gracias a que, al ser un lógico puro y tener buena fe, era inmune a las lecciones de la historia28. En lugar de con una época, un país, una estructura social o un hombre, relacionó esa práctica directamente con los preceptos de la religión. Llegó incluso a hacer apología de la ‘ubudiyya (servidumbre) islámica, oponiéndola al concepto de muwatana (ciudadanía) helénica. Ese profesor ignoraba sin duda que la crítica de la modernidad y la democracia era corriente en el siglo XIX, incluso en Inglaterra, patria del liberalismo político. No había más que remitirse a la autobiografía del cardenal Newman29, en la que traza las etapas de su conversión al catolicismo romano, para hallar, en esencia, su argumentación. Lo que sí puede reprochársele es que no se preocupara demasiado de los móviles de su pensamiento: se atribuía la lógica de los hechos, no la de los conceptos que se obstinaba en redefinir. No veía que apoyaba una política educativa aplicada por diferentes medios durante toda una generación. Que un filósofo se decida, en determinada etapa de su carrera, a afiliarse a una de las escuelas más cerradas al mundo moderno, que llegue únicamente a través de sus deducciones —al menos es lo que yo creo, aunque quizá me equivoque— a justificar la renuncia total de la razón, a rechazar la idea de ciudadanía, a aceptar que se confiera a un hombre, ya sea jefe del Estado o dirigente de una cofradía, un poder absoluto, prueba hasta qué punto esa política había tenido éxito y lo maleable que es el ser humano. La ambición de reinstaurar el espíritu del Marruecos antiguo, a pesar de todos los cambios que se produjeron en el medio físico, no era, pues, una utopía, en el sentido habitual del término, aunque se pueda considerar utópico según la definición de la sociología de la cultura. Hassan II tenía una determinada idea de la tradi28 29

Taha Abd al-Rahman, Hawla Tayedid Taqyim a-Turaz (La tradición reevaluada). Cardinal Newman, Apologia pro Vita Sua, Nueva York, Doubleday, 1956.

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ción; hizo todo lo posible por resucitarla y terminó por verla encarnada en la generación siguiente, aunque se expresara de un modo mucho más elaborado. Si tener éxito es lograr lo que se desea, indudablemente el rey tuvo éxito, ¿pero podemos limitarnos a ello ignorando sus consecuencias a largo plazo? Durante su largo reinado, Hassan II había visto cómo Egipto abandonaba el nasserismo y se convertía, bajo la dirección del presidente Sadat, a la economía de mercado; cómo Rusia perdía a jirones el vasto imperio que le habían legado el zarismo, Lenin y Stalin, hasta repudiar definitivamente el comunismo; cómo Francia rechazaba dos veces el socialismo tras haberlo llevado al poder en medio del entusiasmo general; cómo Argelia había vivido en la miseria durante los últimos años del régimen de Bumedian y luego se había convertido casi totalmente al islamismo antes de sumirse en una guerra civil de la que aún no ha salido. Vio, pues, cómo fracasaban todas las experiencias de sus adversarios ideológicos, caracterizadas por su oposición doctrinal al liberalismo occidental burgués. Podía decirse que, frente a todos ellos, él había tenido razón. La prensa dinástica comenzó a criticar abiertamente a todos los países occidentales que, dando muestras durante años de pusilanimidad, rechazaban abiertamente aliarse con un régimen que, sin embargo, compartía sus valores. Debían, pues, confesar su culpa y abrirle por fin sus brazos. De ahí la petición oficial de Marruecos de adhesión a la Comunidad Europea. Hassan II creía sinceramente que su régimen tenía prioridad frente a los países de Europa central y oriental, que apenas acababan de salir del totalitarismo comunista. Evidentemente, en todo ello había en un error de análisis y una distorsión de la perspectiva histórica. Los incondicionales del monarca olvidaban, o ignoraban, que en determinado momento él también había coqueteado con la ideología socialista, neutralista, tercermundista, que su liberalismo era tan tardío como limitado pues, según él, sólo debía afectar a la actividad económica, y dentro de ella se restringía al ámbito comercial. Sin embargo, lo más importante es que el liberalismo, sea cual sea el modo en que se entienda, es implícitamente contrario a la visión conservadora que acabamos de exponer. Hassan II nunca quiso reconocer esa incompatibilidad. De ahí sus continuos altercados con los periodistas extranjeros. Él les hablaba de código de inversiones, de facilidades aduaneras, de exenciones fiscales, de paz social, de garantía de la propiedad, de se166


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guridad, mientras que ellos le preguntaban por la independencia de la prensa, los derechos de la mujer, la libertad de creencias y de expresión... A pesar de sus relaciones de amistad con un hombre como Giscard d’Estaing a quien un día calificó de copain30, nunca llegó a darse cuenta de que el liberalismo puede ir de la mano de un conservadurismo moderado, pero jamás de un legitimismo doctrinal. Y al no ser consciente de esa contradicción, no podía resolverla. El rey no veía que, con el paso del tiempo, algunas de sus iniciativas debilitaban inexorablemente las instituciones que él tanto deseaba mantener. La familia, por ejemplo, se veía minada por el foso creciente que separaba las generaciones. Si los padres ya no tenían ascendiente sobre sus hijos era porque no podían comunicarse con ellos, debido sobre todo a ese bilingüismo institucional que él defendía —había declarado que un monolingüe era un inculto— y que se fomentaba en las escuelas y los medios de comunicación. Esta relación, por otra parte evidente, entre dos aspectos de la política oficial, se ocultaba voluntariamente. Tuve ocasión de verificarlo cuando, invitado a un programa de televisión de la segunda cadena, centré mi discurso en el problema de la lengua31. Todos los comentaristas lo interpretaron como un modo de eludir los problemas políticos del momento, cuando yo en realidad estaba analizando sus causas profundas. Más tarde supe que me habían invitado precisamente para sondear mis opiniones con vistas a confiarme grandes responsabilidades, y que, como fui a contracorriente de la política oficial, perdí cualquier posibilidad de que me las dieran. Se podría hacer la misma observación acerca de la política de emigración y su impacto en la sociedad campesina. La Administración intentaba frenar el éxodo hacia las grandes ciudades marroquíes pero fomentaba la emigración hacia Europa como medio de luchar contra el paro, sin ver que a la larga los dos movimientos tenían los mismos resultados. Cuando esa verdad se impuso, Hassan II ordenó que se ejerciera cierto control sobre los marroquíes que vivían en el extranjero mediante el envío de profesores de árabe e 30

Hassan II utilizó esta palabra —que en francés se emplea para un amigo con el que se tiene un trato familiar— que el enviado especial de Le Monde se encargó de subrayar con énfasis, durante una recepción en la Embajada de Francia en Rabat, celebrada con motivo de la visita oficial del presidente Giscard d’Estaing en mayo de 1975. 31 Infra, Anexo I, El lenguaje estereotipado, pp. 289-290.

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imanes, la creación de asociaciones y otras iniciativas que avivaron la hostilidad, ya enorme, de los sindicalistas y militantes de los derechos humanos de los países de acogida. El rey condenó públicamente el deseo de los hijos de los emigrantes a querer naturalizarse en el país donde vivían y trabajaban para gozar de todos los derechos; condena muy aplaudida por los partidos de la derecha europea que estaban visceralmente en contra. Se daba cuenta de que sus declaraciones daban armas a sus enemigos y que no frenarían un movimiento, por otra parte natural, pero continuó expresándolas por fidelidad a sus ideas. El colmo de la paradoja se alcanzó con la cuestión del matrimonio mixto —entre una marroquí musulmana y un europeo no musulmán—, desaprobado por los nacionalistas del Istiqlal y por el rey. Seguía manteniéndose la enseñanza «a la francesa», a pesar de todos sus defectos, que se subrayaban a la menor ocasión y que seguía formando unas mujeres «intelectuales» incapaces de transmitir los valores de la familia tradicional. Esta enseñanza llevaba a las jóvenes a exigir una reforma total de la mudawana (código de la familia) o a rebelarse y refugiarse en el matrimonio con un no musulmán. El único freno a esta última posibilidad —abominable para todos los padres marroquíes— era precisamente el racismo de la sociedad europea, que, en principio, se condenaba pero implícitamente parecía desearse. Desconcierto de los jóvenes y abandono de las responsabilidades de los padres; rebeldía de las mujeres y matrimonio mixto; emigración y doble nacionalidad; todo ello puede sin duda ser considerado como una evolución ineludible e independiente de la política «restauradora» evocada anteriormente. Cabe demostrar que también hubiera tenido lugar en un marco más liberal, pero no se puede ignorar que en todos los casos se cuestionaba el sistema educativo. Hassan II intentó en varias ocasiones reformar dicho sistema sin lograrlo, por la sencilla razón de que estaba empeñado en que la reforma sólo afectara a los aspectos técnicos. Fijaba los objetivos intermedios sin precisar su relación con la política general que seguía aplicando de modo imperturbable. Algunos incluso estaban convencidos de que en realidad no quería reformar. Yo, por mi parte, creo que jamás perdió la esperanza de descubrir un día al mago que le ayudara a resolver esa ecuación imposible. 168


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Empezó organizando coloquios nacionales cuyos trabajos se plasmaban regularmente en la publicación de recomendaciones ambiciosas, contradictorias y, a la larga, destructoras de ese equilibrio social que quería mantener a toda costa. La generalización de la enseñanza habría perturbado el mundo campesino y minado la familia patriarcal. La arabización habría reducido, al menos al principio, la productividad de la Administración y ahuyentado a los inversores extranjeros. La unificación habría puesto límites a la actividad de las escuelas libres y de los establecimientos dirigidos por las misiones culturales extranjeras. La gratuidad hubiera terminado por arruinar el Estado. Consciente de esas antinomias, durante un tiempo se desinteresó del problema. Para ser más exactos, confió sucesivamente esa tarea a personas ligadas a los diferentes partidos con representación parlamentaria, aunque a título personal les recomendaba prudencia, incluso en la aplicación de las reformas unánimemente exigidas y que habían pasado a ser, pues, inevitables. Al no encontrar lo que buscaba en los profesores y pedagogos marroquíes, Hassan II dirigió su interés hacia el exterior. Creyó por un momento que la Unesco lo ayudaría, pero pronto se desengañó pues en esa época la organización preconizaba la generalización de la enseñanza primaria, la utilización de las lenguas vernáculas y la adopción del monolingüismo, es decir, todo lo que él rechazaba instintivamente. En 1980, fundó la Academia del Reino de Marruecos, la mitad de cuyos miembros debían ser elegidos obligatoriamente entre personalidades que representaran las diferentes culturas del mundo, esperando encontrar en ella un filón de ideas prácticas que solucionaran sus dificultades. Pensaba que los debates en profundidad entre experimentados hombres de ciencia procedentes de diversos horizontes desembocarían necesariamente en unas conclusiones que se impondrían por sí mismas a los partidos y a la opinión pública marroquí. También en esa ocasión su esperanza se vio truncada, pues, en la mayoría de los casos, los problemas a los que se enfrentaba Marruecos, junto con el resto del mundo árabe —sistema de escritura, diglosia, bilingüismo, analfabetismo, multiculturalismo— habían sido solucionados en otros países desde hacía mucho tiempo, ya fuera por obra de la colonización o por la de unos reformadores modernistas decididos a hacer tabla rasa del pasado. Ninguna de las experiencias extranjeras era fácilmente trasladable a Marruecos, por 169


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lo que, a pesar de su riqueza intrínseca, los debates de la Academia carecían de valor práctico. Luego, a comienzos de la década de los noventa, le llegó el turno al Banco Mundial. Se había recurrido a éste en 1982 y 1983, cuando el país sufrió una grave crisis financiera. El banco le prestó inmediatamente ayuda, pero a cambio se implicó cada vez más en la gestión de los asuntos marroquíes. Comenzó por publicar informes críticos sobre las finanzas, la economía, el sector privado y la Administración, y en todos ellos los especialistas incluían observaciones sobre el sistema educativo marroquí, que gravaba sobre el presupuesto nacional sin lograr a cambio que el país despegara. Durante una visita del presidente de esa institución a Marruecos, el rey le pidió oficialmente un informe específico sobre la escuela marroquí, sus defectos y el modo de reformarla. El Banco Mundial, como tiene por costumbre, confió ese trabajo a expertos que conocían bien el país por haber trabajado en él. Se contentaron con retomar las ideas desarrolladas desde hacía tiempo por profesores marroquíes o extranjeros, actualizar las estadísticas y añadir algunas comparaciones con determinados países árabes, asiáticos o africanos. El estudio no aportaba nada nuevo, pues, curiosamente, dejaba de lado las particularidades históricas, políticas, culturales o religiosas, por otro lado evidentes, de Marruecos. El rey recibió el informe y ordenó que se hiciera público y se debatiera. Nadie se atrevió a decir abiertamente que no servía para nada, y a las pocas semanas cayó en el olvido32. Se volvió, pues, a las fórmulas de siempre. Se confió el Ministerio de Educación a gente conocida por su integridad y su independencia de los partidos, y se les encargó que hicieran una selección de las recomendaciones del Banco Mundial, las enmendaran e intentaran poner en práctica las que provocaran menos oposición. Dado que las soluciones elaboradas por los extranjeros no parecían entusiasmar a los marroquíes, se decidió convocar de nuevo una conferencia nacional para enfrentarse al problema, partiendo de cero, dándole esta vez una solución, ya que se trataba de elegir entre la quiebra de la enseñanza o la del Estado. El hecho mismo de convocar una conferencia nacional, que en realidad era un Parlamento en pequeño pues estaban representadas las mismas fuerzas políticas y sindicales, significaba reconocer el fracaso por parte del Ejecutivo. 32

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Después de treinta años, el país seguía en la misma situación de indecisión. Se asistió al mismo tipo de negociaciones entre el rey, que seguía de cerca los debates, y los representantes de los partidos nacionalistas. La conferencia hizo suyas, casi textualmente, las recomendaciones de los antiguos coloquios —generalización, unificación, arabización, gratuidad, mejora de los recursos docentes y de las condiciones laborales de los profesores— que Hassan II no dudó en rechazar, consciente de que al aplicarlas aniquilarían todos los esfuerzos de saneamiento financiero emprendidos con la ayuda y bajo el control del Banco Mundial. Exigió una nueva reunión de la comisión. Se ejercieron considerables presiones sobre los miembros más influyentes y, al final, se anunció un acuerdo que no acababa con ninguno de los viejos malentendidos, como muestra el artículo 179 que estipula que: «este texto es una obra integra que no puede sufrir ningún fraccionamiento ni amputación». Los miembros de la comisión, aunque elegidos con sumo cuidado por la Administración, tenían la impresión de que lo único que se esperaba de ellos era que acabaran con la gratuidad de la enseñanza y que en los demás aspectos se les hacía concesiones oficialmente pero con la clara intención de aplicarlas sólo en parte y lo más tarde posible. Por esa razón los nacionalistas dejaron el asunto en manos del Ejecutivo: aceptamos que la enseñanza secundaria y universitaria no sea gratuita a la larga, con un grado de selección e interactividad con el medio regional y profesional, a condición de que ustedes acepten finalmente arabizar toda la enseñanza y disminuir la preponderancia del francés en beneficio del inglés (es importante observar que esas dos lenguas no fueron nunca claramente especificadas). Se mantenía el dualismo pero no era el que el rey tenía en mente. Aparte de esos puntos de divergencia, que subrayamos por constituir el centro del problema, el texto, redactado por veteranos pedagogos formados en su mayoría en Bélgica y Canadá, contenía una serie de propuestas enormemente innovadoras sobre la reorganización de la escuela marroquí en todos sus aspectos. De no existir el mencionado obstáculo insuperable y si se hubiera podido aplicar íntegramente, esta propuesta habría ayudado a Marruecos a solucionar sus problemas educativos en el espacio de una generación. Acabar con la gratuidad, cuyos perversos efectos ahora ya están identificados y reconocidos; introducir los principios de selectividad, de atención al aspecto técnico, de competitividad; conservar y forta171


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lecer el bilingüismo y el multiculturalismo; lograr que el mundo de los negocios se interese por las universidades; desarrollar la competitividad entre la enseñanza pública y la privada; nada de eso es criticable en sí, y todos los miembros de la comisión estaban dispuestos a debatirlo. A lo que se negaban era a que se les obligara a abordar únicamente los aspectos técnicos y a dejar de lado cualquier impacto en lo social o lo político, e incluso en lo económico, aparte del aspecto financiero. Esa fue la fuente de todas las dificultares, que no acabaron cuando finalizaron los trabajos de la comisión. Los mismos límites les habían sido impuestos implícitamente a los expertos del Banco Mundial; de ahí la timidez de sus propuestas. El rey no necesitaba precisar que sólo quería un reajuste técnico; el simple hecho de que él fuera el iniciador de la reforma y el único interlocutor de los encargados de diseñarla bastaba para disuadirlos de traspasar ciertos límites. Aunque afirmase que estaba abierto a todo tipo de propuestas, era claro que cualquier reforma que pusiera en peligro la estabilidad del país o su autenticidad no se tendría en cuenta. En semejantes condiciones, ¿quién se iba a molestar en proponer unas ideas que sabía de antemano que no serían aceptadas? Hassan II habría podido encontrar otra vía, imponer un sistema de enseñanza perfectamente acorde con sus convicciones y su política general. Es lo que se hacía en los países de la Península Arábiga y lo que le sugerían algunos de sus ocasionales consejeros, próximos a los ulemas. Pero él no era un tradicionalista como los demás, pues en Marruecos el Protectorado había quebrado la tradición; no se trataba, por tanto, de continuarla, sino de restablecerla sin romper totalmente con éste. Esa era la contradicción inicial. Esta contradicción pasó a ser flagrante cuando, tras la caída de los regímenes dirigistas de los que, en cierto modo, Marruecos era la imagen opuesta, Hassan II se dedicó a afirmar que siempre había sido un partidario convencido del liberalismo. Pegó esa etiqueta a una realidad que le era fundamentalmente ajena. Vivió sin problemas en esa contradicción porque instintivamente se negaba a ser consciente de ella. Pero, tras él, toda la clase política marroquí pasó súbitamente a ser liberal. El caso más espectacular era el de Nadir Yata, hijo del líder histórico de los comunistas marroquíes y brillante editorialista de Al Bayane, el periódico del partido. Como ya había ocurrido con el nacionalismo y el marxismo, y como fue el 172


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caso casi simultáneamente con el islamismo, nadie, ni siquiera los intelectuales y profesores especializados en el análisis de las ideas, se molestó en explicar a la opinión pública las implicaciones del término liberalismo. Es cierto que lo mismo pasaba en el resto del mundo, a excepción de los islotes de cultura anglosajona. Sin hacer su apología ni un llamamiento a adoptarlo, yo había intentado explicar desde 1980 —en una serie de estudios publicados con el título general de Mafahim (conceptos)— que, a diferencia de la imagen popular que de él se tiene, liberalismo no es sinónimo de laxismo, de pereza intelectual, de eclecticismo, sino que por el contrario es un sistema coherente de pensamiento y acción, que va a la par de la modernidad y que sólo es eficaz si se adopta en su totalidad33. Pretender restringir su ámbito de aplicación a la economía, y aún más al intercambio comercial, era el mejor modo de volverlo inoperante. Pero frente a la ideología oficial, que hacía a diario y a toda costa apología del justo medio, del compromiso y del consenso, era prácticamente imposible hacerse oír. Veamos un ejemplo de ese estado anímico, expresado en el preámbulo de la recién mencionada carta de la enseñanza: El sistema educativo marroquí se integra en la dinámica de expansión general del país y se basa en la conciliación entre la fidelidad a la autenticidad y la aspiración constante a la modernidad. Contribuye a lograr que la sociedad marroquí interactúe con su patrimonio cultural de modo coherente y complementario manteniéndose a la vez abierta a la civilización universal y a lo que ésta implica en cuanto a mecanismos y sistemas que consolidan los derechos humanos y que afirman su dignidad.

Marruecos no parece aún dispuesto a abandonar ese voluntario confusionismo. Por esa razón me permito concluir este capítulo reproduciendo un artículo que publiqué, en julio de 2000, en el diario de Casablanca Libération. En él resumo mi opinión sobre la política cultural que Hassan II siempre persiguió y nos legó. El pasado 31 de mayo, fui invitado por la Escuela Normal Superior de Fez a dar una conferencia sobre literatura dentro de un programa de perfeccionamiento. En el coloquio que siguió a ésta, me plantearon cuestiones de carácter político relacionadas con la educación. En esas situaciones, consi33

Las principales ideas de esos opúsculos están resumidas en Islam et modernité, op. cit.

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dero que mi deber no es tanto expresar mis opciones personales como presentar los hechos del modo más objetivo, ilustrándolos con aproximaciones históricas o sociológicas. Es lo que hice en esa ocasión. Intenté explicar que ya que habíamos elegido el liberalismo como marco de acción era mejor que lo asumiéramos totalmente. El liberalismo se basa en la distinción entre hechos y valores, entre la práctica y la ideología. El Estado liberal es aquél que se ocupa más de los intereses inmediatos que de los fines últimos. No pretende conseguir que los hombres sean perfectos, virtuosos o felices, como la teoría filosófica clásica, sino que cada individuo saque el mejor partido de las riquezas que éste le anima a adquirir. Debido a que limita sus competencias a la gestión de lo útil, el Estado se convierte en contable, en el doble sentido de contar y de rendir cuentas. Es responsable ante los ciudadanos, que se supone que también saben contar, en la medida en que su acción se limita a lo cuantificable. En un país como el nuestro, a los demócratas les interesa impulsar al máximo esa lógica del liberalismo, es decir, pedir al Estado sólo lo que es de su competencia y así obligarlo a cumplir sus promesas. Considero que sería sensato despojar el debate político de todo lo que se relaciona con los valores, las creencias, la moral teórica, para impedir al Estado alegar incapacidad o irresponsabilidad. Por lo que respecta a la educación, he subrayado que en las sociedades en las que durante mucho tiempo ésta ha sido privativa de la Iglesia o de las comunidades locales, en las que gran parte de ella escapa al control del Estado, es donde la ciencia experimental y la economía moderna se han desarrollado con más facilidad. En nuestro caso, por el contrario, el Estado se ha encontrado, por razones históricas, en la obligación de ocuparse de todas las tareas educativas. Tenemos muchos ministerios encargados de la Enseñanza, de la Educación, de la Formación, etc. La experiencia muestra sin lugar a dudas su incapacidad; no simplemente, como se suele creer, por falta de medios financieros, sino por razones de fondo. Y, sin embargo, seguimos exigiéndole cada vez más, corriendo el riesgo de obtener resultados aún más decepcionantes. Creo que ha llegado el momento de recordar a la sociedad que, a través de unas instituciones que debe inventar, tiene que hacerse cargo de la mayor parte de la educación. Si ahora es incapaz de hacerlo, debe prepararse para ello, pues sólo así demostrará que está verdaderamente instituida. Una sociedad que no es capaz de educarse a sí misma sin recurrir sistemáticamente al Estado, es decir, a un poder coercitivo, demuestra que aún no ha adquirido conciencia cívica. Lo que sí será siempre competencia del Estado es la formación, la mejora continua del capital humano. Se trata de una tarea identificable y cuan174


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tificable de la que debe rendir cuentas. Sé que los adeptos a la pedagogía clásica de vocación humanista consideran esta actitud indigna, despreciable, reductora, irrealizable. Debo decir que sus argumentos jamás me han convencido, pues me parece que se equivocan de sujeto. No deben dirigirse al Estado sino a la sociedad. Piensan en el individuo que hay que educar mientras que yo me preocupo sobre todo del Estado educador. Sin educación musical, el hombre está incompleto, y, sin embargo, nadie propone situarla entre las prioridades del Estado. Fue en las iglesias donde los alemanes y los afroamericanos se convirtieron en excelentes músicos. El problema radica en que a cada uno de nosotros le da casi vergüenza decir que la educación, pagada por el Estado, debe tender a lo útil, cuando, sin embargo, está en la lógica de ese liberalismo que pretendemos haber adoptado. Sobre esta mentalidad tan negativa es sobre la que he querido llamar la atención. Lo mismo vale para lo que he dicho acerca de la situación de la mujer, o, más exactamente, de la estructura familiar. Para el Estado liberal, la familia es, por principio, una asociación voluntaria con vistas a ahorrar, invertir, producir y trasmitir el patrimonio acumulado. Esa es la definición clásica de matrimonio en todas las sociedades organizadas, pero el Estado liberal es el que lo ha expresado de un modo más claro. Y no es casualidad si, una vez más, en las sociedades más profundamente liberales es donde mejor se percibe el otro aspecto del matrimonio, denominémoslo sagrado. Cuando se expulsa lo sagrado de la vida pública, influye más en la vida privada de cada cual y, en definitiva, en esa vida pública de la que ha sido ostensiblemente excluido. Esa sutil dialéctica entre lo público y lo privado es la que algunos de nosotros deberíamos considerar. Creemos servir a los valores que defendemos situándolos en el centro de nuestros debates públicos cuando, en realidad, al hacer de ellos un continuo objeto de disputa, los despojamos de toda posibilidad de influir en nuestra vida interior. El Estado debe proteger a la familia como si fuera la más importante de todas las empresas que tiene que proteger. En su papel de contable, debe decirnos lo que le cuesta a la comunidad el que uno de los dos socios sea incapaz, por la razón que sea, de desempeñar correctamente su papel. Debe tomar todas las disposiciones necesarias para hacer de la familia una empresa que funcione. Si pone todas las demás al día, ¿por qué no ésta? Para ello, no tiene que consultar a todo el mundo sino a aquellos que comparten sus preocupaciones: economistas, sociólogos, juristas, geógrafos. Los demás, evidentemente, tienen derecho a dar su opinión, pero en otras instancias. Para que cada uno sea responsable de sus actos debe limitarse al ámbito de su competencia. Si el Estado liberal es aquél que organiza la sociedad de tal modo que produzca la mayor riqueza posible, para distribuirla a continuación del 175


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modo más equitativo, ¿cómo no va a tomar disposiciones para que, a todos los niveles y especialmente en la escuela y en el marco familiar, se propague la cultura de la economía, del ahorro, del esfuerzo, de la empresa? Fracasaría en su misión si dejara que se difundiera, o, peor aún, si fomentara una cultura de la ostentación, de la ociosidad, de lo irracional. Los que se asombran de la alianza entre los defensores de la vieja sabiduría y los diplomados de las universidades modernas olvidan que tienen algo en común: el desprecio por las leyes de la economía. Todos están a favor del consumo sin contrapartida, del gasto sin la obligación de producir34. El Estado liberal, aunque dé importancia a los hechos, no por ello deja a un lado los valores. Todo lo contrario: se los devuelve a la sociedad, que es de donde provienen. Si, por razones coyunturales, la sociedad no puede todavía hacerse cargo de ellos, el Estado debe prepararla sin pensar en perpetuar su papel de tutor. En una situación como la nuestra, la sociedad civil no puede por menos de ser débil al principio. Sin embargo, incluso en ese estadio, debe persuadirse de que es a ella, y sólo a ella, a quien corresponde administrar todo lo ajeno a lo útil. Los que, actuando en su marco, sólo piensan en manipular el Estado, creyendo que esa situación es normal y que durará, van a contracorriente de la lógica liberal que ha permitido que aquéllos surjan. Subrayemos para terminar que en el núcleo de la Constitución marroquí está esa distinción entre dos ámbitos muy separados. La práctica de nuestro país, desde hace treinta años, nos ha acostumbrado a distinguir entre administración y política, entre búsqueda de la productividad y mantenimiento de los equilibrios sociales o defensa de la moralidad pública, apoyo a las cosas mundanas y llamamiento a la espiritualidad: ¿por qué no llevar lo más lejos posible ese dualismo en beneficio de la democracia? Todo problema tiene al menos dos caras. Cualquier Gobierno puede invocarlo para ocuparse de lo que influye directamente en la vida práctica de los ciudadanos, es decir, el ahorro, la inversión y la producción. Puede exigir que sólo se le considere responsable de este aspecto.

Hassan II afirmaba que odiaba tanto el dogmatismo como la ideología. Sólo quería oír hablar de fórmulas prácticas. Pero en el ámbito de la educación daba muestras de una rigidez tal que condenaba a sus empresas más loables a no tener, en el mejor de los casos, sino éxitos a medias. 34 Algunos técnicos y científicos se dejan fácilmente engañar por los paralogismos de los ideólogos islamistas precisamente por su falta de formación lingüística, histórica y teológica.

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Alega lo que seré, no lo que he sido. SHAKESPEARE, Ricardo III

En el avión que me llevaba a la capital portuguesa donde debía encontrarme con Pierre Mauroy —el que fuera primer ministro de François Miterrand—, antes de continuar hacia París donde me entrevistaría con otras personalidades de la izquierda francesa, di un último repaso al texto que debía presentar, comentar y explicar a mis interlocutores. He aquí su contenido. Marruecos ha sido víctima en un año de dos campañas denigratorias que dejan perplejos a los observadores. En teoría, su objetivo es la defensa de los derechos humanos que estarían amenazados. En realidad, se trata de una maniobra demasiado bien montada y orquestada como para que su fin sea únicamente ése que, por otra parte, tratándose de Marruecos es una falacia. Implica a demasiados responsables, a demasiados organismos, como para que cualquier persona inteligente no se vea obligada a plantearse cuál es su propósito real. La primera campaña, organizada en torno a la publicación de Gilles Perrault, estaba dirigida fundamentalmente, por no decir en exclusiva, a la persona de Su Majestad Hassan II. En su momento provocó en el pueblo marroquí la reacción de rechazo de todos conocida. La segunda, más nociva e insidiosa, tiene de nuevo como objetivo la persona del rey pero, además, la cuestión del Sáhara. En efecto, la defensa de Moumen Diouri, cuya expulsión atañe únicamente a la soberanía francesa, ha desembocado en su última etapa en la constitución de un «colectivo» cuya pretensión, evidentemente perniciosa, es vigilar la regularidad del desarrollo de las operaciones del referéndum de autodeterminación en el Sáhara. El «colectivo» ha sido concebido y organizado por la asociación «France Liberté» cuya presidenta no es otra que la esposa del presidente de la República Francesa. Parece, pues, claro que el auténtico objetivo de la campaña es, por desgracia, empañar la imagen de Marruecos y sembrar la duda sobre la autenticidad de la marroquinidad del Sáhara. Ahora bien, en la cumbre de la jerarquía de nuestras instituciones y nuestras creencias se hallan precisamente la persona del monarca y la inte177


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gridad territorial, por lo que cualquiera que pretenda empañar la imagen de esa institución o de esa creencia provoca indefectiblemente la reacción hostil de todo el pueblo marroquí. Marruecos y Francia están unidos por muchos y diversos lazos. Un patrimonio común, formado a lo largo de siglos, dota a nuestras relaciones de una auténtica singularidad. Desgraciadamente, los instigadores de esas campañas de desestabilización no parecen apreciar en su justo valor el carácter excepcional de los lazos entre nuestros dos países. Por eso, estamos obligados a llamar la atención de ustedes y advertirles de las consecuencias extremadamente perjudiciales de estas campañas. Nadie ignora que el rey es el símbolo y garante de la seguridad, de la continuidad y de la paz en el país. Nadie ignora, tampoco, el apego del pueblo marroquí a su integridad territorial. No se ha pedido a nadie que apoye o abogue por la autenticidad o la realidad de esa integridad territorial. Sí se recomienda encarecidamente, por el contrario, que no se intente sembrar la duda sobre esa autenticidad o esa realidad. El pueblo marroquí no tolerará la desacralización de su monarca ni las acciones solapadas que intentan poner en duda la legitimidad de su integridad territorial. Su reacción puede ser brutal, imprevisible e incontrolable. Los intereses franceses y, lo que es más, la propia presencia francesa, pueden peligrar. La amistad que Marruecos siempre ha mostrado a Francia, así como la gran responsabilidad que ustedes tienen sobre el futuro de su país nos obligan a alertarles: la suerte de las relaciones entre las generaciones actuales y futuras de los dos países puede estar en peligro.

No percibía en ese texto, escrito sin embargo en francés, ningún rastro de la elegancia ni de la sutileza del estilo habitual de Guedira. Evidentemente, él no era su autor, a no ser que hubiera dejado traslucir deliberadamente el enfado de Hassan II para trasmitir mejor el mensaje a los dirigentes franceses. Yo había sido convocado a Palacio junto con los líderes de los grandes partidos y algunas personalidades, apartadas momentáneamente de la política pero a las que el rey mantenía cerca como consejeros, como Karim Lamrani, ex primer ministro, y Youssef Bel Abbes, ex embajador en París. De entrada, Hassan II dio curso libre a su indignación: «¿Pero qué pretenden ahora estos franceses?». Y en lugar del término corriente faransiyyin utilizó el más popular, fransis, que es el que su padre utilizaba durante las crisis de 1951 y 1953, poniéndonos de antemano en un determinado estado anímico. No era cuestión de hacer distinción entre las críticas —más o 178


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menos justificadas— de unas decisiones tomadas por el rey o por sus ministros y la larga serie de complots fomentados por la Francia colonial contra la dinastía alauí. El enfado del soberano parecía estar dirigido tanto contra sus acusadores franceses como contra los que en su entorno le aconsejaban prudencia. Eso podía explicar la discreción de Guedira durante esa crisis que fue administrada fundamentalmente por Driss Basri. Desde 1955, la monarquía había impedido a los militantes nacionalistas vengarse, como había ocurrido en otras partes, de los que los habían explotado, perseguido, humillado durante el régimen del Protectorado. Mohamed V había prometido perdonar y había cumplido su palabra. Hassan II había perseverado en esa línea, a pesar de las persistentes insinuaciones sobre un acuerdo secreto, político y financiero que supuestamente lo ligaría a la antigua potencia colonial, y que habría podido animarle, para disculparse, a hacer lo contrario. A cambio de esa magnanimidad, contaba con que los gobiernos franceses, con independencia de su orientación política, darían definitivamente la espalda a cierta tradición antialauí. La indignación del rey no era fingida. Consideraba que se había arriesgado para mantener las relaciones franco-marroquíes en un alto nivel de comprensión e incluso de amistad. Le había costado comprender la actitud del general De Gaulle, tan conciliadora con los argelinos que tan duramente habían combatido contra él, y tan brutal con los tunecinos, y sobre todo con los marroquíes, que siempre habían elegido la línea moderada, como si Francia no hubiera cometido ningún error en ambos Protectorados. Se había entendido mejor con los presidentes Pompidou y Giscard d’Estaing que habían decido normalizar las relaciones franco-argelinas, es decir, considerar Argelia como los demás países magrebíes. Y he aquí que la izquierda, que, tras un largo periodo en la oposición, había llegado al poder sin experiencia, cegada por sus prejuicios y su mala conciencia, retomaba la política gaullista, tiñéndola de un color antimarroquí. En el entorno del rey, donde se había creído hasta el final en la victoria de Giscard d’Estaing, se oía con frecuencia decir: «No hay mal que por bien no venga, hay que aprovechar la ocasión para cortar el cordón umbilical con Francia». Y los que así hablaban eran los que tenían vínculos más íntimos con la antigua potencia protectora. Hassan II no se atrevió a dar ese paso. Para ganarse la confianza de Mitterrand, utilizó todas las relaciones, algunas de las 179


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cuales se remontaban a la época en que Mohamed V negociaba con los responsables de la República la restitución de su patrimonio. Mientras los argelinos recordaban a Mitterrand su famosa frase pronunciada en Batna («En este caso, la única respuesta de Francia es la guerra»), Hassan II le hizo el favor de tratarlo de anticolonialista al afirmar, por medio de Ahmed Alaoui y sin aportar ninguna prueba, que había dimitido del gobierno en 1953 en protesta por la deposición de Mohamed V. El oportunismo del nuevo presidente francés, animado por la diplomacia del rey de Marruecos, permitió a los dos países ahorrarse una grave crisis. Pero para que sus amigos socialistas aceptaran su cambio de actitud, que no dejó de tener consecuencias, Mitterrand fomentó por su parte otra leyenda, la de un Marruecos con 25 millones de francófonos, al que Francia no podía abandonar. La amistad franco-marroquí quedó restablecida pero sobre unas bases un tanto ilusorias. Engañado por los informes tranquilizadores de su embajador en París, Hassan II creyó que había estabilizado las relaciones con Francia. Estaba convencido de que conocía bien el país, a pesar de que sólo lo había visitado como príncipe o como monarca. No sospechaba que los franceses con los que él trataba eran ultraminoritarios y estaban condenados a serlo cada vez más. Creía que lo único que había era una simple falta de comprensión entre él y Mitterrand, cuando en realidad entre los nacionalistas marroquíes y los republicanos franceses, y entre los socialistas y comunistas de ambas orillas del Mediterráneo, no existía un lenguaje común. A pesar del medio siglo que había durado el Protectorado, de la difusión de la lengua francesa en el reino y de la enorme bibliografía escrita en esa lengua sobre Marruecos, éste seguía siendo un misterio para la inmensa mayoría de los franceses. Y aunque tenían la impresión, sin duda engañosa, de que conocían el alma argelina y tunecina, la de los marroquíes, según su propia confesión, les parecía compleja y huidiza. No podía haber continuidad en las relaciones de ambos países, pues la que existía era unilateral y sólo afectaba marginalmente al interés nacional de los marroquíes. Algún día habrá que comenzar desde cero, pero era evidente que ese día no había llegado. Todos los presentes en esa audiencia, en la que Hassan II dio rienda suelta a su ira contra los fransis, intuíamos que no iríamos muy lejos. Algunos lo deseaban, otros se resignaban a ello. La epi180


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dérmica reacción del rey, más que manifestar un grave problema, lo ocultaba. En ningún momento tuve la impresión de que estábamos en vísperas de una crisis como la que Marruecos había tenido con España en 1974. Sin embargo, se tomó la decisión de enviarnos a Karim Lamrani, Youssef Bel Abbes y a mí —la derecha, el centro y la izquierda— para explicarles que si continuaba la campaña contra nuestro país y su régimen, la posición de Francia en Marruecos sufriría inevitablemente. Durante las horas que pasé en Lisboa —era la primera vez que visitaba la ciudad— me daba cuenta tanto de los vestigios del pasado, de las huellas de un Portugal tercermundista, según la expresión del ecologista René Dumont, como de las promesas de un futuro, de la construcción de una Lusitania europea. Pensaba en la época, aún reciente, en la que Marruecos, musulmán y monárquico, parecía más cercano a Europa que el Portugal de Salazar, enzarzado en sus guerras imperiales y perdido en sus sueños de cruzadas. Estaba de acuerdo con la visión de Hassan II de un Marruecos ligado a Europa, aunque era menos optimista que él en cuanto a las posibilidades de su realización a medio plazo. No sería un proyecto realista hasta que no se encontrara un mecanismo para integrar en el espacio europeo la Rusia asiática, las repúblicas del Cáucaso, Turquía. Entonces llegaría nuestro turno junto a los demás integrantes del Magreb. Es muy difícil afirmar la especificidad y, a la vez, fundirse con los demás. No hay más remedio que elegir, incluso si la geografía y la historia indican claramente la dirección que uno debe seguir. Nuestro embajador me comentó que en ocasiones oía todavía a algún portugués de la calle decir espontáneamente: «Cuando estaba en Europa...», refiriéndose a los años que había pasado como obrero emigrante en Francia o en Bélgica. No dejaba de repetirme la terrible frase de Jean-Paul Sartre sobre la «portugalización» de Francia. Para él se trataba de una perspectiva desastrosa, cuando en realidad era una experiencia por la que pasaban todos los países vecinos, grandes o pequeños, de Francia. Los holandeses, belgas, británicos reconocen que nunca han vivido mejor que desde que abandonaron sus imperios. Sin autoridad, sin responsabilidad por el presente ni por el pasado. Los israelíes, indios e indonesios son los primeros en comprender esa regla y se han beneficiado de ello. Los paquistaníes, palestinos y chipriotas no la adoptaron a tiempo y continúan padeciendo las consecuencias. 181


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¿Comprendió esa premisa Hassan II? Sin duda, cuando hablaba con Kissinger o Peres, pero ¿y cuando estaba solo o debatía con sus ministros? Si la hubiera asumido, habría ignorado lo que se dice o se escribe sobre él en París, como a él lo ignoran las otras capitales del mundo. No habría permitido a su ministro del Interior intentar frenar la difusión del libro de Gilles Perrault, enésimo refrito de ese dossier que espera en algún cajón y que se saca cada vez que se considera oportuno. No habría dejado que se enviasen centenares de telegramas de protesta a Michel Rocard, primer ministro de François Mitterrand, al modo en que bajo el Protectorado se enviaban a los presidentes de la República Francesa. No se le habría ocurrido la idea de enviarnos a una misión que, si no le dábamos otro sesgo, tendría sin duda el mismo impacto que las protestas de la China comunista cuando salió la película Les Chinois à Paris, esa burda comedia de Jean Yanne. Jacques Berque, que veía Egipto a la luz de su experiencia en el Magreb, señalaba que Saad Zaghloul, el gran nacionalista, combatía a los británicos pero seguía siendo el digno magistrado que ellos le habían enseñado a ser. El aspecto negativo de las intrigas parisinas era obligar a Hassan II a dar marcha atrás, a adoptar la actitud de su padre cuando se quejaba ante la potencia protectora de las villanías del coronel Lecomte y de su colaborador marroquí Mohamed Farfara. Nada es más doloroso para un nacionalista que comprobar la imposibilidad de superar la fase de los reproches. Pierre Mauroy es un hombre del norte con jovialidad meridional. Se parece a Guy Mollet en el color de la tez y tiene de Robert Lacoste la cara rolliza, pero, sobre todo, es un producto genuino de la IV República. Cuando era primer ministro, no prestaba demasiado interés a la política exterior, aunque se tratara del extranjero más cercano; eso se lo dejaba a su amigo y jefe François Mitterrand. Me recibió, entre dos sesiones, en el hotel donde se celebraba la Conferencia Mundial de Alcaldes. Estaba acompañado por Georges Morin, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Grenoble, nacido en Argelia y gran conocedor de los temas magrebíes. Ambos escucharon con manifiesta simpatía lo que había ido a decirles: Sabemos que Francia es una república, gobernada en la actualidad por una mayoría de izquierda, lo que influye sobre la actividad política, la actitud de la prensa y el ánimo general. Sobre ello no nos permitimos ninguna obser182


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vación. Pero al adoptar esta actitud, la única justa en nuestra opinión, esperamos que los demás hagan lo mismo con nosotros. También tenemos una legislación, una forma de actuar y una cultura política propias. No somos totalmente ajenos unos de otros; es pues legítimo que activistas en cada uno de nuestros países intenten presionar a sus respectivos dirigentes, pero deben permanecer en los límites de la decencia y de la cortesía. Se nos dice: en Marruecos se violan los derechos humanos. ¿Quién lo niega? Pero existen asociaciones, organismos, partidos que luchan día a día para hacerlos respetar. ¿Por qué no colaborar con los que trabajan sobre el terreno? ¿No sería la vía más normal y eficaz? Es cierto que en Marruecos el ejercicio de las libertades se enfrenta, a veces incluso frecuentemente, con las exigencias del orden público. Las huelgas no son siempre pacíficas, las manifestaciones degeneran en actos de vandalismo. El problema es complejo, ¿por qué ignorar sistemáticamente esa dificultad? Formo parte del Consejo Consultivo de Derechos Humanos que, como su nombre indica, es un organismo encargado de aconsejar al rey en su calidad de jefe del Ejecutivo, por lo que se dedica a confrontar permanentemente los puntos de vista de los partidos, los sindicatos, los militantes de los derechos humanos, por una parte, y, por otra, de los ministros del Interior y de Justicia. Nombrado en tanto que profesor de universidad, soy teóricamente neutral. Escucho los razonamientos de unos y otros, y debo reconocer que en muchos casos no es fácil saber de qué lado quedarse. ¿Por qué no proponer que uno de los objetivos de la cooperación entre nuestros dos países sea la celebración de debates semejantes? Pensamos que con ello se acabaría con numerosos malentendidos. Todo el problema consiste, en definitiva, en saber si actualmente los derechos humanos se violan sistemáticamente con el fin de aterrorizar a la población o si son producto de la situación, del atraso económico y social, de la falta de preparación de las fuerzas del orden, de la debilidad de la Administración, etc. No nos oponemos en absoluto a discutir, objetiva y serenamente, todos esos puntos. No pasa lo mismo con la crítica que se hace constantemente a Marruecos y a los marroquíes. A éstos se les reprocha dejarse gobernar por un monarca llamado Hassan II. En este aspecto nos sentimos auténticamente humillados. Es una acusación basada en la ignorancia y el desprecio. Me gustaría, no obstante, señalar un punto. Los que cuestionan la persona del rey —¡y en qué términos!— creen quizá que nos están haciendo un favor. ¿No se dan cuenta de que en cualquiera de las hipótesis —que se les haga caso o no— están haciendo el juego al absolutismo? Nos echan en cara que nos sometamos precisamente a lo que ellos están fortaleciendo. ¿Cómo no se dan cuenta de que el único progreso duradero pasa necesariamente por las instituciones —Parlamento, tribunales, partidos, asociaciones— inde183


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pendientemente del grado de representatividad que tengan hoy? Es mejor que las violaciones de los derechos humanos se debatan ante esas instancias, aunque no se obtengan resultados rápidos, a que se acaben de golpe, ante la presión extranjera, por una decisión soberana carente de todo valor pedagógico. Por esta razón los demócratas marroquíes han decidido solicitar que se deje de lado la persona del rey, pues piensan que es el mejor medio, a largo plazo, de «laicizar» el campo político. Hassan II tiene, por supuesto, otra percepción de lo que ocurre actualmente en Francia. Está convencido de que lo que se publica allí, y que la televisión difunde y amplía a placer, es la continuación del juicio negativo de que ha sido objeto desde siempre la dinastía alauí. El jefe de Estado francés afirma: Diouri tiene derecho a decir lo que quiera. ¿Es cierto en general o sólo en el caso de Marruecos? ¿Se puede insultar en Francia impunemente a un jefe de Estado extranjero sabiendo que no puede defenderse más que poniéndose al nivel del que le insulta? El pasado mes de noviembre me hallaba en Estrasburgo cuando Gilles Perrault presentó en la sede del Parlamento Europeo su libelo Nuestro amigo el rey. Le dije lo mismo: Sí a toda denuncia de las injusticias, los errores, los crímenes; no a los insultos contra el rey que hieren inútilmente los sentimientos de la mayoría de los marroquíes. Antes de la Segunda Guerra Mundial, a los franceses les sentaba mal que se tratara a su república de andrajosa a pesar de la interminable serie de escándalos que la desfiguraban. Tras la Guerra Civil, los republicanos españoles se indignaban por el desprecio con que, en general, se hablaba de su país. Ensañarse en enturbiar la imagen del rey es condenar al fracaso cualquier campaña a favor de los derechos humanos, pues los nacionalistas marroquíes no pueden apoyarla sin perder la simpatía de la mayoría de su pueblo. El autor me respondió, muy cortésmente por otra parte, que había decidido escribir su libro tras haber recibido gran número de cartas conmovedoras de prisioneros políticos. El tiempo demostraría que no me había dicho toda la verdad, pero aunque así fuera, mi observación seguiría siendo válida: ¿A qué número ascienden esas cartas conmovedoras? ¿Explican una campaña política de tales dimensiones, como si Marruecos fuera una excepción en la cuenca mediterránea? Y ahora llego al punto, en nuestra opinión, esencial. Francia siempre ha afirmado que, a diferencia de España, no tenía ninguna responsabilidad en la génesis del conflicto del Sáhara. No pensamos que sea totalmente exacto, pues no olvidamos la colaboración de los dos ejércitos coloniales, el francés y el español, en Ifni en 1958; la campaña de prensa contra el expansionismo marroquí que preparó el terreno a la independencia de Mauritania en 1961; la actitud del general De Gaulle cuando la Guerra de las Are184


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nas entre Marruecos y Argelia en 1963; la negativa a abrir los archivos del Quai d’Orsay que podrían reforzar las tesis marroquíes; los entusiastas artículos redactados por varios ex oficiales meharistas a favor de la independencia de las tribus erguibat, fuerza principal del Polisario, etc. Me permito traer a colación esos hechos porque leyendo la prensa francesa parecería que la Francia colonial sólo tiene cuentas que rendir con Argelia, cuando, en realidad, si bien este país ha perdido quizá su alma en la aventura, Marruecos ha perdido territorios. Sin embargo, aceptamos no suscitar esos temas pues nos enfrentábamos a unos enemigos más implacables, y Francia observaba una benevolente neutralidad. Pero a partir de 1988, justo cuando España empezaba a mostrarse un poco más flexible, Argelia se hallaba inmersa en sus problemas internos y la ONU adoptaba una actitud más equilibrada, Francia abandona progresivamente su neutralidad, como si quisiera que el conflicto no acabara. ¿Se trataba de una nueva política derivada de los cambios acontecidos en la escena internacional? En ese caso, como Marruecos no era el único afectado, no podemos sino constatar el cambio y actuar en consecuencia. ¿Se trataba de una simple negligencia, de un reequilibrio algo exagerado? En ese caso, estamos obligados a advertir a los responsables franceses de sus consecuencias, que quizá no hayan calibrado bien y puedan volverse irreversibles. El rey podría haber aprovechado la situación creada por la Guerra del Golfo y dejar que la indignación popular pasara de Estados Unidos a Francia. Como es fácil comprobar, se ha guardado muy mucho de ello. Francia ha considerado que debía unirse a la coalición contra Irak: ¿sacará tanto beneficio como Estados Unidos y Gran Bretaña? Para defender sus intereses en la región, necesitará en cualquier caso el apoyo de sus amigos tradicionales, y Hassan II tiene predicamento en algunas capitales de Oriente Próximo. ¿Es, pues, el momento de abrir antiguas heridas? En síntesis: los que se preocupan tanto en defender los derechos humanos en Marruecos no podrán conseguir la adhesión de la opinión pública marroquí, sin la cual su acción fracasará inevitablemente, si atacan a la persona del rey y la marroquinidad del Sáhara. Se trata de un error táctico, y los responsables franceses se equivocarían al apoyarlo. Si, a diferencia de lo que esperamos, no nos enfrentamos a un descuido sino a una política elaborada y madurada, no tenemos más remedio que observar, de modo totalmente amistoso, que recuerda a la del difunto Bumedian, que fracasó cuando fue precisamente en sus manos donde podía haber triunfado.

Pierre Mauroy, que me escuchó con atención, no estaba manifiestamente al corriente de los detalles del caso. El único punto que le hizo reaccionar fue el relativo a la Guerra del Golfo, pues él también parecía dudar sobre la opción por la que se había decantado su 185


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amigo Mitterrand. En más de una ocasión me aseguró que los hombres del Quai d’Orsay eran mayoritariamente pro árabes, a lo que yo respondí que eso nunca había tenido el menor impacto en las decisiones gubernamentales. Y a continuación, presionado por sus deberes de presidente del Congreso, dejó a Georges Morin la tarea de disipar mis recelos. Éste me dijo que jamás habría pensado que las cosas habían llegado a deteriorarse hasta ese extremo. Negó que su presidente hubiera alimentado malas intenciones hacia Marruecos o que Francia tuviera una postura antimarroquí en el asunto del Sáhara. No veía ninguna lógica en semejante actitud. Y en lo referente a la señora Mitterrand, se limitó a decir: «Ella es así». De Lisboa me fui a París; nuestro encargado de negocios me llevó al Hotel Ritz donde se alojaban los otros dos enviados del rey quienes no hubieran aceptado hospedarse en un lugar de menor prestigio. En otras circunstancias, hubiera estado encantado de sumergirme durante unos días en el recuerdo de Hemingway, pero el bar que llevaba su nombre todavía no estaba abierto y el nuevo propietario del hotel, el multimillonario Mohamed Al Fayed había decidido redecorarlo con un llamativo mal gusto que lo había despojado de toda su magia. Tenía que ver a los líderes de las principales corrientes del partido socialista y a un representante del partido comunista. JeanPierre Chevènement, según me dijo el encargado de negocios, estaba ilocalizable desde que había dimitido de su puesto de ministro de Defensa como protesta por el alineamiento de Francia con la política estadounidense en Oriente Próximo. Me hubiera gustado ver cómo se combinaban en él un patriotismo quisquilloso y un socialismo populista, mezcla común entre nosotros pero mal vista en la Europa democrática a causa de molestos precedentes históricos. Laurent Fabius me recibió en su despacho de la Asamblea Nacional. Me dio la impresión de estar abierto, interesado y, en principio, a favor de mi postura. Pensé que Mitterrand, al precipitarse a pedirle que formara gobierno, había truncado su carrera. Lionel Jospin, entonces ministro de Educación Nacional, me recordó, por su expresión cerrada y su actitud rígida, al sueco Olof Palme. Cómo este último, no sonrió hasta que no le hablé de él, felicitándolo por la habilidad con la que había resuelto la denominada crisis del pañuelo islámico. Michel Rocard, que se presentó como un jubilado de la política, me pareció el más cálido y más sensible a mis argu186


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mentos, quizá porque era el que estaba más ligado a los dirigentes de la izquierda marroquí y más al corriente de los asuntos del reino. Era primer ministro cuando se publicó el libro de Gilles Perrault y fue a él a quien se dirigieron los telegramas de protesta que la obra provocó. Mi viejo condiscípulo de la Sorbona, Louis Mermaz, ministro de Agricultura, que siempre se había sentido más próximo a los argelinos que al resto de los magrebíes, se interesó sobre todo por mi itinerario intelectual y político. Mantenía su humor corrosivo y cierta indulgencia para con los comunistas. Estaba igual que cuando lo conocí —en la campaña de las elecciones legislativas que llevarían a Guy Mollet a la presidencia del consejo de ministros, cuando me pidió que fuera a Normandía a explicar a los campesinos de Aigle los misterios de la «independencia en la interdependencia»— tras una exitosa carrera, realizada enteramente a la sombra de Miterrand quien, en mi opinión, no había recompensado como se merecía tan larga fidelidad. Todos mis interlocutores se asombraron de la sensatez de mi argumento. Ninguno de ellos contradijo mi análisis y, en un momento u otro, criticaron a la prensa y se quejaron de ella. Conocedores por experiencia de hasta qué punto el poder es difuso en Francia, no podían creer en la existencia de una política concertada para desestabilizar el régimen marroquí, aunque no negaban que determinados individuos, o incluso grupos, intentaran aprovecharse del enfriamiento de las relaciones entre Mitterrand y Hassan II para lograr que prevaleciera su punto de vista, con la complicidad de algunas personalidades más o menos influyentes. Pero, precisaban, así funciona la democracia francesa, y nadie puede impedirlo. Rocard añadió: «A esa gente le interesa que la crisis se agrave, no le faciliten la tarea». Fabius me planteó la cuestión esencial: «¿Qué podemos hacer?». Y Rocard me advirtió: «Ante todo, no piensen que Marruecos puede vivir en la sombra, está demasiado unido a nosotros, desde todos los puntos de vista; hay espinas, dense prisa en quitarlas». Si bien el contacto con los socialistas fue distendido, casi amistoso, con los comunistas fue muy diferente. Por haber seguido de cerca la polémica entre el partido comunista marroquí y francés a propósito del Sáhara, era consciente de la rigidez de las posiciones de éste y de cómo estaban dictadas por consideraciones ajenas al derecho y a la verdad. Pero el encargado de negocios había concertado una cita y no podía eludirla. El partido envió a un joven funcionario 187


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que se presentó en la embajada provisto de una carta oficial como si se tratara de entablar una negociación interestatal. Su contenido era el siguiente: La entrevista que usted ha solicitado con nuestro partido, en nombre de las autoridades marroquíes y respecto a las relaciones franco-marroquíes, es una ocasión para reafirmar nuestra condena de los atentados contra las libertades y las violaciones de los derechos humanos en su país. Determinados hechos particularmente graves provocan en Francia la indignación de todos los demócratas, y, en particular, la agonía de los treinta supervivientes encerrados en Tazmamart desde hace más de dieciocho años; la suerte de los dos prisioneros Nouredine Tourany y Hassan Aharat, en huelga de hambre, inmovilizados a la fuerza y alimentados por sonda desde hace seis años; así como la existencia de centenares de prisioneros políticos, como el grupo de Kenitra, entre los cuales figura Abraham Serfaty, uno de los presos políticos más antiguos del mundo; por no hablar de la desaparición de hombres, mujeres y niños saharauis de los que no se sabe nada desde hace quince años o de la práctica de la tortura, algo corriente en su país. Pedimos que Marruecos aplique los convenios internacionales que ha suscrito y lo hacemos en nombre de todas las fuerzas políticas y de todos los ciudadanos que en nuestro país exigen la liberación de los prisioneros políticos y el respeto a los derechos humanos en Marruecos. Con el deseo de que transmita esta carta a las autoridades marroquíes, reciba un saludo. Firmado: El Partido Comunista Francés

Estábamos en julio. Nadie podía suponer que a los pocos meses, el comunismo sería oficialmente abolido en la URSS y que la mayoría de los partidos comunistas se convertirían, al menos de fachada, a la socialdemocracia. Pero ya era posible observar cómo Gorbachov hacía abiertamente la corte a Margaret Thatcher y cómo había logrado que el Congreso de EE UU le aplaudiera un discurso que no tenía ni la dignidad ni la altura moral del que había pronunciado Anuar Sadat en Jerusalén. La misiva que estaba leyendo me hizo pensar en un proverbio marroquí: «Desde que se cayó en una charca, dice que es primo de las ranas». El Partido Comunista hablaba en nombre de todos los demócratas franceses, le indignaba lo que pasaba en Marruecos desde hacía unos años, pero llevaba décadas guardando silencio sobre los crímenes perpetrados en Cuba, en Camboya, en Argelia y en otros países. Ese doble rasero es el que había llevado a Juan Goyti188


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solo a escribir artículos promarroquíes. Así pues, la libertad de opinión había dejado de ser una libertad formal que sólo preocupa a los intelectuales pequeñoburgueses... La nota que yo tenía que comentar era tan rotunda como la que me habían remitido; me podía haber limitado a intercambiarlas. Pero el hombre que tenía ante mí era joven, simpático y estaba orgulloso de haber sido encomendado para esa tarea; sin duda ignoraba las sutilezas de la dialéctica y no tenía ni idea de las viejas polémicas entre marxistas y liberales. ¿Por qué decepcionarlo? He tratado al suficiente número de comunistas como para saber que lo que irrita de ellos no procede de su personalidad. Me esforcé, pues, en hablarle como a un hombre libre, razonable e influyente. El colonialismo es un hecho histórico que ha finalizado con mejor o peor fortuna en unos países y sociedades que en otros. En Marruecos lo hizo en condiciones satisfactorias. Posteriormente, muy pocas veces las relaciones entre nuestros dos países fueron conflictivas y no llegaron nunca a la ruptura. Deseamos que sigan conservando ese carácter y esperamos que los responsables franceses, en todos los ámbitos y niveles, compartan nuestro deseo. Porque existen esas relaciones íntimas entre nosotros aceptamos las críticas que se nos hacen, siempre y cuando sean objetivas, justas y se nos presenten de un modo que no hiera nuestra sensibilidad. Ustedes dicen que hay una serie de personas, cuyos nombres citan, que han sido injustamente privadas de libertad. Pienso que mi país, en efecto, no tiene ningún interés en mantenerlas encarceladas; lo he dicho públicamente allí y lo repito ahora, subrayando que no estoy de acuerdo ni con los fines ni con las tácticas de esos hombres. Y precisamente por estar persuadido de que se equivocan profundamente, de que no tienen ninguna posibilidad de influir en la opinión pública, creo que pueden y deben ser puestos en libertad. Pero se plantea un problema constitucional: como nacionalistas, como progresistas, no nos gustaría ver al rey conducirse, aunque sea por una buena causa, de un modo arbitrario. Algunos de ellos niegan, por táctica y no por convicción según ellos mismos han confesado, la marroquinidad del Sáhara. Se trata de la famosa teoría guevarista de los focos revolucionarios que sin duda usted conoce y que su partido siempre ha condenado. Ahora bien, el rey ha hecho el juramento, que acaba de renovar solemnemente, de defender la integridad territorial del país. ¿Cómo puede liberarlos por iniciativa propia sin exponerse a ser criticado por los nacionalistas, que, no olvidemos, representan la mayoría aplastante de la población, cuando han sido condenados por ese cargo concreto que por otra parte ellos no han negado? Otros, los islamistas, exigen al rey que tome 189


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en serio su título de «Emir de los creyentes», y se deshaga de todas las instituciones electivas y del sistema de partidos, que se apoye en ellos, y sólo en ellos, para restablecer totalmente el viejo sistema tradicional. ¿Cómo se puede pedir a los demócratas marroquíes que exijan al rey que escuche, violando la Constitución en vigor, a aquellos que están decididos a silenciar a la menor ocasión a todos los que no comparten su ideología totalitaria? No intento polemizar, sino únicamente mostrar que las cosas no son tan sencillas como ustedes las presentan. Evidentemente, se trata de nuestro problema y a nosotros corresponde resolverlo, pero ustedes, con su actitud, pueden facilitarnos la tarea o hacérnosla imposible. Su presidente lo sabe perfectamente; sabe que el rey y sus consejeros están buscando el modo de liberar a los presos sin quebrantar la justicia marroquí y sin violar la Constitución. ¿Por qué de repente hace como si lo ignorase? Es ese cambio de actitud el que nos intriga. Se nos dice que no existe una campaña de prensa contra Marruecos, contra el rey, contra la integración del Sáhara en Marruecos. ¿Quién puede asegurarlo? No ustedes, que tantas veces han sido víctimas de campañas semejantes, la última de las cuales estaba dirigida contra su secretario general que se quejó de ello públicamente. Por último, hay que ser lógicos. Si el régimen marroquí es realmente culpable de todo lo que se le acusa, habría que romper ya cualquier vínculo con él. Pero todos dicen que quieren mantener buenas relaciones con Marruecos; todos afirman que lo único que pretenden es acabar con los abusos y fortalecer los derechos humanos en un país cercano y amigo. Si eso es así, nosotros decimos que hay otras vías, más regulares, menos humillantes y más eficaces de llegar al mismo resultado. Eran las que se seguían hasta ahora y estaban a punto de tener éxito. ¿Por qué renunciar a ellas? Pedimos otra forma de crítica, positiva y consensuada, para lograr lo que todos queremos: edificar un auténtico Estado de derecho en Marruecos. Espero que sepa traducir fielmente este deseo a la dirección de su partido, cuyo papel histórico reconocemos, y cuyo combate por la justicia y la defensa de los derechos de los trabajadores, incluido un gran número de compatriotas míos, celebramos. No obliguen a estos últimos a alejarse de ustedes al herir su dignidad nacional.

Al final de mi estancia en París, invité a cenar a Hamid Berrada, que desde hacía años trabajaba en Jeune Afrique y a Allal Sinaceur, futuro ministro de Cultura y, después, consejero de Hassan II, que entonces dirigía la sección de filosofía en el departamento de ciencias sociales de la Unesco. Yo quería conocer la opinión de los marroquíes que vivían en Francia. Ambos estaban de acuerdo en que se trataba de una campaña orquestada, por el propio Mitterrand según Sinaceur (es un 190


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jesuita, afirmó), y a un nivel más bajo, según Berrada, que pensaba lo mismo que los dirigentes socialistas con los que me acababa de entrevistar. En un determinado momento —tras la cumbre de Casablanca y la inoportuna visita a la Gran Mezquita, o tras la cumbre de La Baule y el discurso gratuitamente provocador de Hassan II— se dejó de aconsejar prudencia desde las alturas. Mitterrand, preocupado por los acontecimientos de Oriente Próximo, obligado a estar informado sobre esa región tan complicada y cambiante, e inquieto por el desarrollo de la crisis argelina, ya no prestaba la misma atención a los asuntos marroquíes. Se cometió, pues, un descuido debido a un cambio en las prioridades francesas. El Magreb ya no era el elemento central de la política árabe de París. Dicho en otros términos: se normalizaban las relaciones francomagrebíes y no sólo las francoargelinas. ¿Pasó inadvertido a Hassan II este cambio? ¿Lo detectó y, pensando que podía aprovecharse de él, cometió una torpeza? Mientras tanto, Mitterrand no paraba de acumular errores en Europa, respecto de Alemania, Polonia, Rusia… En esas condiciones, Hassan II no podía sino ver en el caso del disidente Diouri una maniobra de sus enemigos. ¿Pero quiénes eran esos enemigos que estaban al acecho del mínimo descuido de los responsables de París para reemprender su guerrilla contra la monarquía marroquí? Me llamó la atención una observación de Hamid Berrada. Abderrahim Bouabid le habría dicho que durante sus giras políticas para defender la marroquinidad del Sáhara, se había encontrado con una incomprensible hostilidad hacia Hassan II. No sé por qué, el nombre de Bouabid me hizo pensar inmediatamente en los masones, en su mayoría protestantes y judíos, según se decía. A los franceses, y más aún a las francesas, les gusta distinguir, venga o no venga a cuento, entre árabes y beréberes. Nosotros, por nuestra parte, somos sensibles a los mínimos matices de pensamiento o comportamiento entre los franceses del norte y los meridionales, entre los parisinos y los de provincias, entre católicos y protestantes. Esa sensibilidad se acusó en mí durante mi estancia en el Instituto de Estudios Políticos de París. Durante los tres años que pasé allí no pararon de recordarnos que la escuela había sido fundada por unos protestantes que se basaron en las instituciones anglosajonas. El dios de la economía política se llamaba Keynes y no se podía hablar de teoría política sin hacer referencia a Burke y a su crí191


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tica del espíritu «nihilista» de los franceses o a Tocqueville y su insuperable análisis de la democracia estadounidense. El compañero con que mantuve una relación más estrecha en la escuela, y al que seguí frecuentando después de que él la dejara, era protestante y estaba lejanamente emparentado con Couve de Murville. Louis Mermaz, de tradición católica, hacía con frecuencia alusiones cáusticas al espíritu de disidencia de los protestantes, subrayando con ello la realidad de esa divergencia. Cuando más tarde Charles-André Julien me dio clases en la Sorbona, con frecuencia le oí hablar de su herencia rebelde de calvinista de las Cevenas. Después he podido observar que el tradicional liberalismo de los protestantes no hacía obligatoriamente de ellos unos anticolonialistas furibundos ni unos seres más tolerantes frente a otras religiones, y en concreto frente al islam. Los católicos lo temen o desprecian, pero a los protestantes, como por otra parte a los judíos, les horroriza. No condenan su teología, cercana a la suya, sino su ética social; el matrimonio musulmán, por ejemplo, les choca profundamente, así como el carácter «demasiado humano» del Profeta. Como ya he dicho, Hassan II, tuvo una institutriz protestante pero no creo que se le presentase la ocasión ni la curiosidad de preguntarle sobre su fe. Tampoco creo que sospechara la importancia del liberalismo protestante en la vida política francesa, pues nada en la actividad de los hombres del Protectorado permitía intuirlo. Lyautey, un ardiente católico de la Lorena, aplicó una «política de respeto mutuo» y fue Théodore Steeg, el senador protestante, quien quiso convertir Marruecos en una nueva Argelia. Cuando se comprueba la antipatía que sienten por el rey muchos liberales alemanes, británicos, estadounidenses y nórdicos y que no se explica únicamente por los casos Ben Barka y Oufkir, que no son exclusivos de Marruecos, es obligado tener en cuenta este elemento que, dejémoslo claro, no se presenta casi nunca por separado. Hassan II no se dio cuenta de que el secreto con que rodeaba su vida familiar, que tan útil le era frente a los marroquíes, le perjudicaba frente a los países de tradición protestante en los que la mujer desempeña un papel decisivo, pues el secreto alimenta los rumores más disparatados. No es casual que Jospin me hiciera pensar de inmediato en Olof Palme. Hassan II tenía enemigos entre los socialistas, los comunistas, los masones e incluso entre los judíos, aunque la mayoría de éstos 192


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veían en él, con razón, un partidario de la paz en Palestina, y un ferviente defensor de la reconciliación entre los hijos de Abraham. ¿No procedería esta antipatía tenaz e imprecisa, me decía yo, de un liberalismo de inspiración protestante tan reacio al absolutismo —monárquico e islámico— como éste lo era al liberalismo político e ideológico? En este caso, nuestra misión no podría tener el significado que nosotros, y nuestros interlocutores, le dábamos espontáneamente. Y como es imposible luchar contra un componente esencial de la idiosincrasia francesa, nuestra misión no podía sino obtener algún fruto aislado. La campaña de descrédito se apoyaba en una hostilidad latente, pero podía desaparecer tan rápidamente como había aparecido. Se trataba de un mensaje dirigido al rey al que éste respondió con otro de la misma naturaleza. Si Hassan II y François Mitterrand no se comunicaban de un modo más directo era porque entre ellos se interponía una política de Estado. Hacía tiempo que nuestros interlocutores no participaban en la toma de decisiones, por lo que no tenían nada que decirnos y se contentaban con aventurar suposiciones en nuestra presencia y deducir sus consecuencias lógicas. Las relaciones entre Hassan II y François Mitterrand se deterioraron en 1988, cuando, tras dos años de conflictiva cohabitación, debían celebrarse en Francia elecciones presidenciales. Llegaron a una tensión máxima durante la Guerra del Golfo, dos años después de la victoria socialista lograda en gran medida gracias al buen hacer de Mitterrand. Hassan II se había unido al club francófono, sin contar con el Parlamento y sin el aval expreso de los nacionalistas. Recibió a los jefes de Estado en Casablanca, los llevó a visitar con gran pompa la Gran Mezquita sin dar especial protagonismo al presidente francés. Demostró un poco exageradamente su amistad hacia Jacques Chirac, primer ministro desde 1986 y al que ya veía como presidente de la República. Tras las manifestaciones de octubre de 1989 en Argel, creyó, un tanto precipitadamente, que ese país había iniciado la cuesta abajo. Se implicó cada vez más en los asuntos de Oriente Próximo tomando ostensiblemente distancias frente a la política de París, como demostró el enfado de Alain Juppé, entonces ministro de Asuntos Exteriores, durante la conferencia de Casablanca sobre la cooperación económica entre los países árabes e Israel. Preso de sus problemas de salud, rodeado continuamente de médicos de diferentes nacionalidades, ¿se habría dado cuenta antes que los demás de 193


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los problemas de Mitterrand y habría extraído unas conclusiones precipitadas? Hay muchas razones para creerlo a juzgar por su comportamiento con los partidos de la oposición. Tenía la costumbre de hacer promesas que no se molestaba en cumplir. No se decidía ni a ignorar las críticas ni a tenerlas en cuenta. Mientras retrasaba las elecciones, a la espera de un hipotético referéndum sobre el Sáhara, conminaba a los partidos y sindicatos a mantener la paz social, y los amenazaba con responsabilizarles de las concesiones que se pudiera ver obligado a otorgar al enemigo. Un gesto puede ilustrarnos sobre su estado anímico de entonces: nombró como embajador de Marruecos en París a un dirigente del Istiqlal, algo que había evitado cuidadosamente desde su acceso al trono. Lo menos que puede decirse es que Hassan II, por una u otra razón, careció de cautela y, sin darse cuenta, terminó por tocar dos puntos sensibles: África y la francofonía. No pensaba ir muy lejos en ese sentido, pero la falta de coherencia en ambos temas bastaba para que se equivocase. La Argelia de Bumedian había cometido el mismo error y, a pesar del arma del petróleo que tan bien sabía utilizar, lo pagó caro; algo de lo que en su momento se aprovechó Marruecos. Bastaba con leer algunos editoriales de la prensa francesa, desacostumbradamente sensatos y coincidentes, para darse cuenta de que un nuevo dispositivo estaba preparándose y que se activaría independientemente de los resultados de las elecciones presidenciales. Hassan II no tenía necesidad de calibrar esa corriente subterránea, irreconciliablemente hostil a un régimen legitimista islámico, para saber que desde hacía un siglo coexistían en Francia grupos de presión a favor y en contra de Marruecos. Lyautey utilizó a fondo a éstos para ascender en su carrera, aunque desde el momento en que asumió las funciones de residente general de Francia en Rabat dio un impulso extraordinario a aquéllos. Nadie supo como él orquestar una campaña de prensa en París que diera a conocer su obra en Marruecos. Pero cuanto más convencía a los medios conservadores y moderados, más atizaba el odio de los radicales y los socialistas. La campaña contra la guerra del Rif, en la que se distinguieron numerosos militantes de la extrema izquierda, estaba dirigida tanto, o más, a desautorizar al mariscal Lyautey y precipitar su vuelta a París que a poner fin a una guerra colonial impopular. Toda la historia del Protectorado estuvo marcada por ese enfrentamiento entre una gran colonización rica —y en gran parte de origen noble, y por tanto res194


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petuosa para con la monarquía alauí— y una pequeña colonización «a la tunecina», mezquina y envidiosa, que se parapetaba tras consignas republicanas. Muchos socialistas y comunistas, sobre todo en los medios sindicalistas, se dejaron engañar por esta apariencia antifeudal. Hassan II, que aplicaba a la letra las fórmulas promocionales de Lyautey, debería haber sido consciente de que se estaba creando tantos enemigos como amigos. El libro de Gilles Perrault no era sino una nueva versión, mejor preparada y escrita, del dossier anteriormente mencionado. Esta vez se trataba de una operación a gran escala, por lo que en lugar de confiarse el libelo a la editorial Plon o a France-Empire, se entregó a la prestigiosa Gallimard, con lo que, en lugar de pasar desapercibido, salió en el telediario de la noche de las principales cadenas. En última instancia, Hassan II careció de cautela porque se dejó engañar por las sutilezas del régimen de cohabitación. Sin embargo, comprendió el mensaje y respondió según un código convenido, paralelamente a la misión de la que yo formaba parte. Me di cuenta de ello cuando oí bromear a mis dos compañeros de misión, Bel Abbes, que siguió siendo consejero del soberano hasta su muerte, y Karim Lamrani, quien poco después fue nombrado primer ministro. Ellos jamás se plantearon ir más allá de su papel de simples mensajeros… En vísperas de su viaje a Estados Unidos, donde fue invitado a participar en calidad de observador en la conferencia sobre la paz en Oriente Próximo que se iba a celebrar en Madrid el 30 de octubre de 1991, Hassan II tuvo por fin los gestos que se estaban esperando de él. El 13 de septiembre, Abraham Serfaty fue liberado e inmediatamente trasladado a Francia. Dos días más tarde, el presidio de Tazmamart, del que la mayoría de los marroquíes ignoraban hasta la existencia, fue evacuado y definitivamente clausurado. Los miembros de la familia Oufkir fueron, a su vez, liberados y también se establecieron en París. A diferencia de los países europeos, que se interesaban por casos individuales, la actitud de los estadounidenses hacia los derechos humanos, al menos en esta parte del mundo, era menos selectiva y más pragmática. Apoyándose sobre todo en los informes de la ONU, de Amnistía Internacional, de la Liga de Derechos Humanos, de las recomendaciones de los abogados y juristas árabes, las autoridades estadounidenses se contentaban con recordar al Gobierno de 195


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Rabat las leyes que había promulgado, los tratados y convenios que había firmado libremente. La Embajada de Estados Unidos en Rabat tenía un funcionario especialmente encargado de seguir de cerca los casos en que esas leyes y convenios se incumplían. Preparaba un informe anual que sometía a las autoridades locales para que le hicieran las observaciones oportunas, que luego presentaba ante el Congreso de EE UU y que, finalmente, se debatía públicamente en Marruecos con la participación de periodistas, juristas, intelectuales y militantes de los derechos humanos. Era una táctica mucho más eficaz que las campañas de prensa de Europa. Planteaba todas las cuestiones de fondo pero dando la impresión de respetar la soberanía del país. Estados Unidos parecía querer efectivamente la democratización del régimen, aunque sin forzar su ritmo y sus peculiaridades; intentaba ganarse su confianza en lugar de obligarlo a tomar unas decisiones precipitadas que, al subrayar su carácter autocrático, hubieran terminado por desacreditarlo. Se puede, pues, pensar que además de los gestos espectaculares citados anteriormente las decisiones de orden institucional que tomó Hassan II poco después respondían más a las observaciones amistosas de Estados Unidos que a las conminaciones insultantes de los europeos. En abril de 1990 se creó solemnemente el Consejo Consultivo de Derechos Humanos (CCDH). La exposición de motivos del dahir por el que se creó decía: «El Consejo se sitúa directamente bajo la autoridad de Nuestra Majestad. Está encaminado sobre todo a garantizarle el máximo prestigio y a permitir que la Autoridad soberana esté informada del modo más rápido posible». El propósito de este párrafo era calmar los temores de los que, supuestamente llamados a formar parte del Consejo, dudaban de su utilidad. Yo compartía ese punto de vista y pensaba, en efecto, que, dejando a un lado la persona de Hassan II y la naturaleza del régimen, Marruecos, como Estado y como sociedad, no se encontraría nunca cómodo en el ámbito de los derechos humanos. Demasiado próximo a la Europa democrática, demasiado ligado a ella en el plano humano, cultural y comercial, jamás escaparía a su mirada crítica. Marruecos sufre desventajas estructurales y coyunturales que durante mucho tiempo le impedirán alcanzar los niveles de sus vecinos del Norte. Está inmerso en una partida difícil en el Sáhara, cuestión en la que se considera perjudicado, agredido, incomprendido. Digan lo que digan los extranjeros, esta situación explica muchos si196


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lencios, indulgencias y pasos en falso. Marruecos no es el único país en el que chocan frontalmente el patriotismo y el humanismo. Son, en última instancia, el subdesarrollo económico y su consecuencia, la miseria, los que fuerzan prácticamente a los gobernantes, sean quienes sean, a incumplir los términos de la Constitución y otras leyes del país. Por consiguiente, ¿no sería mejor que, en lugar de crear una institución nueva que se percibiría como una capitulación ante la presión extranjera de la que se quejaba continuamente el rey, se utilizaran las que ya existían, cuyo prestigio se vería así fortalecido? Juristas, abogados, escritores, periodistas habían planteado, año tras año en sus reuniones, una serie de propuestas precisas tendentes a reformar el sistema penitenciario, revisar el derecho penal, modernizar los servicios policiales, reorganizar la administración de justicia. Si esas propuestas se juzgaban utópicas o prematuras, ¿por qué no nombrar una serie de comisiones encargadas de ajustarlas a la realidad? El gobierno dispone de toda la libertad, me decía yo, para intentar acabar con los abusos. ¿Qué le impide animar a los ulemas, a través de la jerarquía correspondiente, a que destaquen el respeto que en cualquier circunstancia se debe al ser humano? Si las críticas de las asociaciones internacionales son injustas y se basan en datos falsos o incompletos, ¿qué impide al ministro de Asuntos Exteriores publicar un libro blanco en el que se restablezca la verdad? Yo no veía, en suma, qué podría hacer un consejo consultivo que no pudieran hacer las comisiones parlamentarias, o los servicios gubernamentales, junto con los partidos, los sindicatos y las asociaciones, siempre que la voluntad de reforma fuera real y se garantizara un mínimo de recursos. Ese modo de operar, que gozaría de más impacto en el interior, sería obligadamente más creíble en el extranjero. El Consejo, que se constituyó bajo la supervisión del ministro del Interior, se contentó con sentar a una misma mesa a los representantes de la Administración y a los de las organizaciones políticas y sindicales. Dicho en otros términos, al Gobierno y al Parlamento; funcionó, pues, como una sesión conjunta de una comisión parlamentaria y un comité interministerial. Sigo pensando que, en principio, es mejor utilizar una institución ya existente que crear una nueva, pero en el caso que nos ocupa tengo que reconocer que la iniciativa de Hassan II estaba justificada, pues él dudaba de la voluntad de actuar de su Gobierno y del 197


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deseo de reforma de la mayoría parlamentaria de entonces. Sin la actividad de este Consejo, Marruecos no habría iniciado su aprendizaje democrático. Jamás se sabrá lo que llevó al rey a emprender una vía que, como no podía ignorar, tarde o temprano iba a trastocar su sistema de gobierno, pero, puestos a hacerlo, eligió el camino más seguro. Tenía necesidad de un organismo nuevo capaz de lograr que repercutieran en el interior las exigencias del exterior. La mejor muestra de ello fue la reforma constitucional que sometió a referéndum el verano de 1992. Desde las primeras sesiones del Consejo se puso de manifiesto el foso que separaba dos concepciones del derecho y de la política; en realidad, dos niveles de cultura: por una parte, la universalista, defendida por la mayoría de los representantes de los partidos políticos, los sindicatos, abogados y militantes de los derechos humanos, que, naturalmente, compartían los ministros de Asuntos Exteriores y de Derechos Humanos; y, por otra, la particularista, defendida por los conservadores, con el apoyo de los ulemas, los magistrados, los funcionarios, algunos profesores y, por desgracia, por la única mujer, para colmo jurista, que más tarde se integró en el Consejo. Esta segunda posición estaba alentada, si es que no estuvo inspirada desde el principio, por el ministro del Interior y por el de Justicia hasta que éste fue sustituido por Omar Azziman, un antiguo militante de los derechos humanos. A los partidarios del universalismo les solía molestar las campañas intempestivas, y con frecuencia inte-resadas, de la prensa extranjera, pero sus adversarios se encontraron de repente en una situación incómoda debido a una iniciativa del rey. A la objeción, ampliamente extendida en los países del tercer mundo, de que el concepto de los derechos humanos, interpretado por los occidentales de un modo tendencioso y restrictivo, sirve esencialmente para justificar la colonización de ayer y el imperialismo de hoy, la exposición de motivos del dahir del 20 de abril de 1990 por el que se crea el Consejo replicaba: «Estos derechos proceden de unas exigencias convergentes del islam, de la tradición marroquí y de la sociedad internacional que las ha consagrado a través de declaraciones y convenios». Hassan II fue más allá y aprovechó la reforma constitucional de 1992 para insertar en el preámbulo la frase siguiente: «[El Reino de Marruecos] reafirma su adhesión a los derechos humanos tal y como son universalmente reconocidos». 198


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Se puede, con o sin razón, ver en ello la influencia de su consejero Ahmed Guedira, pero es incontestable que Hassan II deseó esa reforma que desarmaba, tanto jurídica como intelectualmente, incluso a aquellos que pretendían expresar los más íntimos pensamientos del rey. Es cierto que la polémica sobre el concepto de derechos humanos había adquirido en ese momento una dimensión internacional, que los líderes de grandes países asiáticos —musulmanes y budistas— la aprovechaban para criticar el intervencionismo occidental, que la Unesco la había asumido y que varias academias, entre ellas la de Marruecos, discutieron este tema ampliamente. Normalmente, en parecidas situaciones, Hassan II no se precipitaba a pronunciarse, pero en ésta dio a conocer rápida y claramente su opinión. De pronto, los conservadores monárquicos resultaron ser más fieles a la tradición panislámica que a la Constitución de su país. En la ceremonia de creación del Consejo, el rey pidió que se le ayudara a «elevar Marruecos al rango de los países civilizados en los que impera el Estado de Derecho». Expresó su deseo de ver cómo «se daba definitivamente la espalda al pasado». ¿Podía creer sinceramente que un día nuestro país no tendría ya nada que reprocharse en el ámbito de los derechos humanos? ¿Qué país, por muy rico y avanzado que sea, puede hacerse semejante ilusión? Pero Marruecos tenía tal retraso en ese ámbito que el simple hecho de acabar con una serie de injusticias flagrantes podía en efecto constituir un nuevo punto de partida. El Consejo se dedicó a estudiar la serie de temas que discutían desde hacía años abogados, juristas, militantes sindicalistas: las prisiones, la justicia penal, la violencia policial, las desapariciones, etc. Aquellos que creían, dentro y sobre todo fuera del país, que iba a ocuparse en primer lugar de los casos individuales de los que hablaba la prensa, se llevaron una decepción. ¿Estaba el Consejo habilitado, preparado para ello? En realidad, no lo deseaba. Los nacionalistas estaban molestos por esa imagen de «rey-carcelero», constantemente asociada a Hassan II y que perjudicaba a todo Marruecos. Pero a los que se presentaba como víctimas habían sido durante mucho tiempo sus más encarnizados enemigos, en nombre de una fidelidad ciega a la monarquía, y cuando acabaron rebelándose no lo hicieron en absoluto por motivos patrióticos. Los extranjeros que reprochan a todos los marroquíes en conjunto, y no sólo a los juristas o a los abogados, el no haber sido totalmente ecuánimes, olvidan que, en parecidas circunstancias, ellos tampoco lo 199


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habían sido. A su regreso del exilio, Mohamed V perdonó a todos sus adversarios, pero esa actitud magnánima, tan admirada en el exterior, lo fue mucho menos en el interior. Si Hassan II hubiera decidido seguir el ejemplo de su padre, lo habrían aplaudido en el extranjero pero ¿lo habrían hecho los marroquíes? Pienso en la respuesta de un miembro del Gabinete Real al que un día comenté que al rey le convenía liberar a los presos de los que hablaba la prensa extranjera: «¿Cómo quiere usted que la policía y los jueces sigan cumpliendo con su deber si cada vez que la policía detiene a una persona que ha intentado conspirar contra el Estado y el juez la condena, el rey se apresura a liberarla tan pronto como se habla de ella en el extranjero?». Al referirse a que «todo hombre tiene su jardín secreto», Hassan II quizá hirió la sensibilidad del periodista que lo entrevistaba pero seguramente no la de la mayoría de sus súbditos. Éstos pueden, tras reflexionar, encontrar la expresión penosa, pero sobre la marcha piensan que sólo corresponde al rey juzgar si debe perdonar o no, y que su decisión, sea la que sea, no debe contar a la hora de juzgar su manera de gobernar. A pesar de las apariencias, el caso de Abraham Serfaty entraba en el marco de la justicia discrecional del rey y por eso el Consejo jamás lo discutió. Serfaty gozaba de la simpatía de la mayoría de los miembros del Consejo, especialmente de la de los nacionalistas progresistas. Su rechazo sistemático a la opción sionista y la clara reivindicación de su condición de judío marroquí no podía por menos que gustarles. Cuando militaba en el Partido Comunista marroquí, gozaba de un prestigió que iba mucho más allá del círculo de sus camaradas. Pero en 1968 dejó el partido, se alió con otros disidentes de la izquierda no comunista y pasó a la clandestinidad. Cuando se planteó el problema del Sáhara, Serfaty cometió el mismo error que Mehdi Ben Barka en 1963; creyó que debía sacrificar la verdad histórica a las maniobras tácticas, lo que lo alejó definitivamente de los nacionalistas y provocó, en el seno mismo de las prisiones, una serie de escisiones en el movimiento que él dirigía. Se aferró a dos afirmaciones que, tanto el rey como los nacionalistas, consideraban contradictorias. Decía que él era marroquí y el Sáhara, no. Dicha por él, la segunda afirmación sólo era aceptable si negaba la primera. Hassan II reiteraba ante todos los que intercedían a favor de Serfaty: «Que reconozca que el Sáhara es marroquí y será libre, a pesar de lo que haya dicho en el pasado o pueda decir en el futuro sobre mí». Lo que 200


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significaba, invirtiendo los términos, que si dejaba de considerarse marroquí podía decir lo que quisiese sobre cualquier cosa, incluido el Sáhara. Ni Serfaty ni ningún otro marroquí jamás pudo eludir ese dilema. Observemos que no fue liberado hasta que no se descubrió, muy oportunamente, que las autoridades del Protectorado no lo consideraban un súbdito del sultán —uno de sus antepasados había disfrutado de la protección de un Estado extranjero— y que no pudo recuperar implícitamente dicho estatus hasta que no reconoció, también implícitamente, que el Sáhara podía ser marroquí. Al Consejo le interesaba manifiestamente dejar los casos individuales a la discreción del rey. A cambio, debía dedicarse al problema general de los prisioneros políticos, ya que muchos de ellos decían ser miembros de los partidos, sindicatos o asociaciones representados en su seno. Sin embargo, había una diferencia entre esos militantes, encarcelados por delitos y que podían beneficiarse de la gracia real en cualquier momento, y otros prisioneros —izquierdistas o islamistas— que se situaban voluntariamente fuera del sistema político. Constituía un problema, silenciado en los informes de Amnistía Internacional pero reconocido por el Departamento de Estado estadounidense. Alguno de esos prisioneros habían sido militantes, otros simpatizantes, de partidos reconocidos oficialmente, pero todos ellos en un determinado momento habían rechazado su táctica legalista cuestionando así la legitimidad del régimen aceptada por la mayoría. ¿Había que defenderlos a su pesar, por así decir, como querían los militantes de los derechos humanos? ¿Había que reconocerles su calidad de opositores con la condición de que abandonaran sus tesis extremistas, como aconsejaban los representantes de los partidos y los sindicatos? ¿Había que excluirlos de la vida política, puesto que ya lo hacían ellos mismos, como sostenían los conservadores? ¿Cómo llegar a una definición de la oposición legítima, precisada por el derecho y aplicable en los hechos, que permita distinguir claramente entre la crítica motivada de ciertas decisiones del Ejecutivo y la acción revolucionaria que se sitúa conscientemente fuera de las leyes del país? Desde 1962, la Constitución marroquí garantiza todos los derechos cívicos, políticos, económicos y sociales, tal y como están formulados en todas las Constituciones democráticas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Hay quien señaló en su momento que, dado el estado de desarrollo del país, esos derechos iban a ser pura201


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mente teóricos o a servir para desestabilizar el Gobierno. Se pensaba, sin embargo, que los riesgos se reducirían al mínimo mediante la rápida promulgación de una serie de leyes orgánicas que determinarían las condiciones del ejercicio de esos derechos. La ruptura del frente nacionalista y el posterior divorcio entre Hassan II y la oposición hicieron que esas leyes jamás vieran la luz. Esa laguna explica la mayor parte de los casos de violación de los derechos humanos de los que más tarde fueron acusadas las autoridades. Basta con que un hombre, o un grupo, exija disfrutar de inmediato de uno de sus derechos constitucionales para que se ponga en una situación que permite al Gobierno acusarle de atentar al orden público. Huelgas generales, concentraciones, sentadas, todas esta acciones son legales según los términos de la Constitución, pero el Estado es incapaz de hallarles una salida positiva. Al sucederse sin alcanzar resultados tangibles, son cada vez más violentas. Tolerarlas indiscriminadamente y por doquier es encaminarse directamente a la parálisis del país, pero impedirlas por la fuerza significa violar la ley suprema. El Consejo descubrió muy pronto que, por precisa que fuera, una definición de la oposición legítima no cambiaría nada. El izquierdismo, o simplemente el extremismo o el idealismo político, sólo puede destruirse mediante la actividad política y en el seno de ésta. El realismo, su antídoto, sólo se aprende con la participación, regular y efectiva, en la vida pública. Podíamos dar la espalda al pasado momentáneamente, como deseaba el rey, mediante una medida de gracia general, que era lo que, a fin de cuentas, preconizaba el Consejo, pero sólo se conseguiría de un modo definitivo si la vida política del país dejaba de ser la que había sido desde 1965. Los islamistas ocupaban una situación intermedia entre los izquierdistas y los «prisioneros del rey». Como aquéllos, se situaban deliberadamente fuera del sistema constitucional, y como éstos, interpelaban directamente al soberano. En muchas declaraciones, Hassan II insistía en que no los consideraba prisioneros políticos, lo que venía muy bien a todos los miembros —conservadores o progresistas— del Consejo. Los islamistas proclamaban con cualquier motivo que despreciaban el juego político y que no pensaban participar en él. Obedeciendo únicamente a su conciencia, presionaban a Hassan II, descendiente del Profeta y Emir de los Creyentes, para que se desembarazara lo antes posible de los que ellos denominaban «hipócritas» sedientos de 202


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dinero y poder, que le impedían cumplir sus deberes para con Dios y la comunidad de musulmanes. En el momento en que lo hiciera, decían, encontraría en ellos sus más leales servidores, dispuestos a todo tipo de sacrificios para ayudarle a edificar una sociedad ejemplar, justa y virtuosa. Si la sociedad marroquí hubiera sido desde hace mucho tiempo laica, si hubiera llegado a un determinado grado de desarrollo económico, y por tanto de riqueza, que la hubiera inmunizado contra cualquier forma de utopía, se podría haber dejado a semejantes «profetas» predicar libremente en el desierto. Pero desgraciadamente no era ese el caso. La Constitución marroquí repudiaba la laicidad, pero la sociedad estaba cada vez más dominada por la mentalidad profana. Los propios islamistas hablaban constantemente de justicia y de moralidad pero casi nunca de ascetismo. El país se encontraba en una situación intermedia, en la que coexistían miseria y opulencia, que lo hacía especialmente vulnerable. Cada sociedad desarrollada ha pasado por ese estadio en el que la utopía se tiñe del color de la cultura local. En Marruecos, la utopía se llama islamismo. Todos en el seno del Consejo eran conscientes de ello; les vino bien desembarazarse de ese tema remitiéndoselo al soberano. Se saldó, pues, una determinada deuda en un clima de acuerdo con los partidos de oposición. Se reconocieron abusos, se repararon injusticias, y el concepto de derechos humanos pasó a formar parte del lenguaje corriente. Pero lo fundamental no radicaba ahí. Al proponer reformas de fondo —régimen penitenciario, derecho penal, legislación social, transparencia, etc.—, el Consejo recordaba rotundamente que el primer deber del Ejecutivo es criticar sin cesar, mejorar permanentemente sus instrumentos de acción. El derecho es el objetivo del Estado y la reforma debe constituir su preocupación constante. Si no se aprende bien esta lección, jamás se dará la espalda a nada. Tras vaciarse progresivamente, las prisiones se volverán a llenar y de nuevo se levantarán voces de protesta en la prensa, local e internacional. Y dado que el Ejecutivo sigue estando esencialmente en manos del rey, a él corresponde elegir la imagen de Marruecos que quiere que se tenga en el interior y en el exterior. Al intentar definir con precisión lo que es la oposición legítima, el Consejo puso en evidencia que el problema de los derechos humanos es indisociable del problema del régimen político. ¿Había previsto Hassan II esa evolución cuando creó el Consejo en 1990 y cuando, en 1992, propuso la reforma constitucional? En 203


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esa época, los acontecimientos lo acuciaban. En el Sáhara, la situación era continuamente preocupante; en el interior del país, las huelgas se sucedían y los partidos de oposición, unidos en la Kutla, exigían con creciente insistencia la necesidad de una reforma constitucional profunda que diera más autonomía al primer ministro (verano de 1991). Poco tiempo después de haber constituido el Consejo Consultivo de Derechos Humanos, Hassan II creó un Consejo de la Juventud y del Futuro (enero de 1991) y encomendó la presidencia a un banquero próximo al Istiqlal, y la dirección ejecutiva a un economista afiliado a la USPF35 encargado de encontrar soluciones prácticas para el problema cada vez más inquietante del paro universitario. Cuando, en septiembre de 1991, se celebró la campaña del referéndum, la Kutla prefirió abstenerse considerando que sus principales reivindicaciones no habían sido tenidas en cuenta. El rey, en efecto, había aceptado la reforma en lo concerniente a los derechos humanos «tal y como se reconocen internacionalmente», pero había rechazado toda medida que disminuyera sus prerrogativas. Podemos suponer que intentaba remediar un peligro inmediato ignorando otro más lejano. Pero sin duda la explicación es más simple: su pragmatismo de jurista, que reforzaba ese legitimismo monárquico reacio a cualquier forma de islamismo, le había enseñado que las leyes y las constituciones están sujetas a interpretación y que en ese ámbito lo único que en definitiva cuenta es la práctica.

35 Abdellatif Laraki, presidente del Banco Popular, y Habib Malki, profesor de universidad y director del Centro Marroquí de Coyuntura.

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