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Nuestro gallo de pelea Our fighting cock

Juan Felipe Rubio


Juan Felipe Rubio

Foto / Photo: Valeria Duque

(Manizales, 1976) Reportero gráfico, ha publicado en los principales medios impresos de Colombia y un par de revistas norteamericanas. Mención de honor en la Fotomaratón Bogotá 2006. Curioso por naturaleza. Actualmente trabaja junto con su esposa en efeunodos, su negocio de fotografía de matrimonios y sigue colaborando para medios impresos y digitales del país. ***** Photojournalist, he has been published in colombia’s main magazines and newspapers as well as in a couple of american magazines. Honorific mention in Bogotá’s 2006 photo-marathon. Curious by nature. He currently works alongside his wife in efeunodos, their wedding photojournalism business and keeps working with national printed and digital media.


Nuestro gallo de pelea Our fighting cock


FOTOGRAFÍA, DISEÑO Y DIAGRAMACIÓN PHOTOGRAPHY, DESIGN & LAYOUT

Juan Felipe Rubio INTRODUCCIÓN / INTRODUCTION

Juan Felipe Rubio TEXTO “MI GALLO DE PELEA” “MI GALLO DE PELEA” TEXT

Sinar Alvarado 4 -

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Nuestro gallo de pelea

Our fighting cock Fotos / Photos: Juan Felipe Rubio Texto / Text: Sinar Alvarado 2007 - 2010

ÍNDICE / INDEX Nuestro gallo de pelea ................ Our fighting cock ......................... Mi gallo de pelea .......................... El entrenamiento / Training ........ Las galleras / The cockpits .......... La riña / The fight .......................... Las razas / The breeds ..................

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Algunas imágenes del libro pueden herir susceptibilidades, se recomienda discresión. Truman, nuestro primer gallo de pelea. Truman, our first fighting cock.

Some of the images can be disturbing, viewer discretion advised.

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Nuestro gallo de pelea En 2007, la revista SoHo Colombia me encargó un reportaje gráfico sobre la riña de gallos en el país. El tema me resultaba grotesco, no me interesaba la idea de ver animales que pelearían hasta la muerte para satisfacer un capricho humano. Pero acepté.

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una semana. Todo empeoraba. En la revista nos empezaron a odiar.

La odisea por las elites galleras comenzó en Chía, guiados por Fermín y Lucho, entrenador y criador de gallos con quienes Sinar Alvarado, el cronista elegido para la historia, y yo empezamos a trabar amistad. Le compramos un gallo en nombre de la revista, al que Sinar, recordando a Capote, bautizó “Truman”.

Pasó otro tiempo para que la dirección y el consejo editorial y aprobaran los fondos para la compra y entrenamiento de un nuevo gallo. Volvimos a Chía, nos reencontramos con Fermín y seleccionamos de entre cientos de ejemplares, uno nuevo: un pinto. Y “Pinto” lo bautizó Sinar. El objetivo era fácil: de salir ileso en su primera pelea, estábamos decididos a indultarlo, sacarlo de las canchas y ponerle pollitas para que dedicara sus días a esparcir su exclusivo código genético.

Vimos al gallo transformarse en un guerrero: le cortaron cresta, las barbas y las orejas, lo untaron con naranja, le inyectaron vitaminas en los muslos, le hicieron un corte de plumas, le amarraron el pico, le calzaron unos guantes de boxeo en las espuelas vírgenes y lo pusieron a pelear con otro macho. Se sentían vibrar las hormonas en la tierra. Y no puedo mentir: me estimulaba la idea de verlo parado en una arena en medio de una riña real.

Y así fue. Un año, siete meses y diez días después del inicio de nuestra aventura, Pinto salía victorioso del combate, malherido pero lleno de orgullo. ¡Habíamos ganado! Los criadores recogieron el producto de su apuesta y nos tomamos unas cervezas. Fuimos felices. En el fondo creo que sentí alivio al saber que mis manos no estaban manchadas con la sangre de un pobre pollo que lo único que sabe hacer es eso: pelear y follar.

Nuestro recorrido incluyó varias galleras: La San Miguel, en la calle 77 debajo de la avenida Caracas, en Bogotá. Otra en la salida de Villavicencio hacia Puerto López. Y la más lujosa del país, que queda en Chinauta, cuyo dueño es el mismo de la whiskería de la calle 49, en Bogotá. O la de Dosquebradas, en Risaralda, que estaba oculta tras la fachada de una casa de familia y era dirigida por un paramilitar puberto. También una que, de día, era restaurante familiar, y de noche arena en Briceño. Incluso una en el Islote de Santa Cruz, ese olvidado pedazo de piedra del caribe colombiano

Todas las semanas miles de personas en todo el país se reunen a gritar, sufrir, reir, perder y ganar alrededor de dos gallos matándose a espuelazos y picotazos en un ring. No estoy de acuerdo con la riña de gallos. Para mí es una actividad violenta y cruel, explicable solamente porque mueve cantidades inimaginables de dinero. Ilegal en muchos países del mundo, en Colombia es considerada como actividad cultural parte de nuestro folclore.

Después de meses de entrenamiento, Truman estaba listo para su debut en el primer desafío del año en Dosquebradas. Y fue allí donde ocurrió nuestro primer revés: Tuvimos dos riñas casadas, pero apareció aquél paraco lampiño y con sobrepeso, lleno de fajos de dólares y con una chica a cada lado. El daba la última palabra, autorizaba cada apuesta y en nuestros dos turnos canceló las peleas con la mayor arrogancia y sin dar explicación. Fue un golpe demoledor para nuestra moral, y regresamos a Bogotá derrotados, sin haber peleado. Sinar decidió terminar la crónica con el final real, pero no gustó. Con justa razón, la revista exigía que el trabajo terminara en pelea, se perdiera o se ganara. Sinar regresó a Venezuela y perdimos el rastro de Fermín, Lucho y Truman. Pasaron seis meses y logramos localizar a nuestros amigos criadores. Queríamos planear un nuevo enfrentamiento para Truman, pero nos recibieron con la noticia de que había muerto. Había contraído una enfermedad, tal vez un virus, tal vez un parásito, que lo había enviado al otro mundo en menos de

Este es el texto de Sinar y 5 de las fotos que se publicaron en la revista, más las 64 que no.

Juan Felipe Rubio. Mayo de 2010


Our fighting cock In 2007, SoHo magazine booked me for a photo essay about cock fighting in Colombia. I was to join venezuelan writer Sinar Alvarado in the search of the backbone of this enormous colombian sub culture. Personally, the idea of spending nights and days watching animals fight to death in order to satisfy a human indulgence was a bit more than grotesque. I immediately took the job. The odyssey into the cockfighting elite started in Chía, a small town near Bogotá, where Sinar and I befriended Fermín and Lucho, our coach and raiser. We bought from them a fine chicken that Sinar immediately baptized as Truman. I always found that name to be pretty funny because of its ambiguity: I still don’t know wether it was in referente to the american president that dropped the atomic bomb or to the infamous gay writer. We witnessed Truman’s transformation into a warrior: his comb, ear lobes and wattles cut off, his body rubbed with oranges, vitamins shot into his tights, feathers cut in a fancy way, beak taped, his virgin spurs covered with little fighting gloves, all of this to get him into fake fights with other machos. And you could almost smell his hormones over the dirt. I won’t lie: I was anxious by the possibility of watching him standing on the arena in the middle of a real fight. Our research included tours to several cockpits: San Miguel, in the middle of Bogotá. The one in Villavicencio, on the road to Puerto López. The one in Chinauta -Colombia’s fanciest- the private arena of the owner of a top strip club in Bogotá. The one in Dosquebradas, Risaralda, hidden behind the front of a family house and ruled by a teenager paramilitary agent. The one in Briceño, that was a restaurant during daytime. We even got to go to one of the two arenas in Islote de Santa Cruz, that forgotten piece of rock in the middle of the caribbean. After months of training, Truman was ready for his debut on the first challenge of the year in Dosquebradas. And it was then and there that we suffered our first setback: despite having two fights arranged, we were cut of by the walking cliche, the baby-faced-overweight-whiskey-burping paramilitary. He was the one calling the shots that night and in both of our turns he cancelled the fights with no explanation whatsoever. Going back to Bogotá with no fight was a big blow to our egos, even worse than a defeat on the ring. Sinar finished his text with that ending, but it was useless. The guys at the magazine demanded a fight for Truman. We were pretty appaled and then Sinar went back to Venezuela and we lost contact with Fermín, Lucho and Truman. Six months went by and we reached them again, only to find that Truman was

dead. There was no clear explanation about his death. They claimed it was a disease, perhaps a virus or a parasite that took him out in about a week. We were devastated and to make things worst, the guys at the magazine started hating us. After bitter negotiations, the director and the chief editor of the magazine authorized the money for the training of a new fighting cock. We went back to Chía, got in touch with the guys again and chose a new cock, a “pinto” one. And Sinar named him Pinto. We now had a clear objective: if Pinto survived his first fight, we had decided to pardon him and send him into retirement with a hen or two to assist him in the job of spreading his genetic code. And so it was. One year, seven months and ten days after the beginning of our journey Pinto controversially outlived his first and only fight, in pretty bad shape but full of pride. We had won! The raisers collected their earnings, and then we all drank some beers and I can almost say we felt happy. Despite the fact that by then I’d understood this animals are only good at reproducting and fighting, at the bottom of my heart I felt relieved by knowing that my hands were not stained with chicken blood. Every week thousands of people around the country gather to scream, suffer, laugh, lose and win around two cocks killing each other on a ring. Don’t get me wrong, I dissaprove of this practice: I think it’s a violent and cruel activity explained only by the huge amounts of money it produces. Considered illegal in many countries, it’s part of the colombian culture and referred to as folklore. This is the text written by Sinar (spanish version only) and 5 of the photos published by the magazine, plus 64 that weren’t.

Juan Felipe Rubio. May, 2010

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Mi gallo de pelea

(Spanish only)

Uno Aquí, en Briceño, en este pueblito terroso muy cerca de Bogotá, ochenta personas vibran bajo un techo de paja y alrededor de la arena estrecha. Quince tipos empujan, gritan y comparan gallos junto a la báscula para casar las primeras peleas de esta noche fría.

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de un cobarde. También existe la opción del empate: si a los 15 minutos los dos gallos, según el juez o por acuerdo de ambos dueños, lucen parejos, la pelea se declara “abierta” y los animales quedan en tablas. ***

Hay hombres que llevan sombreros y cargan mochilas llenas de billetes. Hay mujeres rústicas que chillan y manotean; apenas logran comunicarse por encima de la música guitarrera. Hay personas que tragan con deleite un caldo de gallina. Afuera hace frío, pero adentro, bajo el techo del quiosco, hay una calidez que ya empieza a volverse vaporosa.

¿Cómo llamar a un gallero hijo de gallero? ¿Qué nombre darle a un tipo que incluso se parece a esas aves peleadoras? Claudio Tovar —el cabello cano, la cara morena y triste, la nariz como un pico, las mejillas caídas— es el dueño de “la San Miguel”, un sujeto que se conduce en su gremio como un padrino. Uno que tendría su silla en la mesa redonda de la gallería colombiana, si hubiera tal cosa.

En unos minutos le pondremos a Pinto, mi nuevo gallo, las espuelas que usará en su primer combate. Mientras tanto él sigue allí, sereno, pavoneándose sobre una mesa en esta esquina de la gallera. Calmado. Casi ajeno al festín que lo rodea, si no fuera porque todo esto (el cacareo de cien gallos, la música a todo taco, botellas de aguardiente, de cerveza y de whisky en muchas manos, rumores, promesas, dos o tres cámaras de video y un televisor gigante que transmite imágenes de los combates) se ha juntado por el convite de su violencia natural.

Como es hijo de Miguel Tovar, quien construyó este coliseo a mediados de los cincuenta, Claudio se ha pasado la vida rodeado de gallos. Se parece a los sobrevivientes de la antigua realeza italiana: hombres que respiran clase y mando, que revelan en sus gestos y en sus palabras todo el bagaje de sus ancestros nobles, y que ahora, huérfanos de poder real, viven en palacios venidos a menos, aferrados a los despojos de su antigua magia imperial. Cuando se pasea por sus dominios, los galleros lo abordan: don Claudio esto, don Claudio lo otro.

***

Una noche, en las gradas de su gallera, estaba hipnotizado con el bullicio del ruedo cuando me llamó la atención un gordito con pinta de niño bien: blanco y de ojos claros, los labios finos, la ropa deportiva muy ajustada. Lo vi gastar energías moviéndose y negociando apuestas, reclamando a los jueces cualquier fallo discutible. En uno de los combates, que perdió de la peor manera, el gordito corrió de pronto hacia el lavadero para examinar allí, asistido por un hombretón de cabello indio, al gallo malogrado —puros temblores y pataletas— cuya vida se escapaba entre hemorragias profusas.

Me inicié en el mundo gallero cuando acepté un encargo de SoHo: debía comprar un gallo. Debía entrenarlo, debutar con él en una pelea y explorar el mundo de las riñas para luego contarlo a los lectores. Se dice fácil. Después de una investigación preliminar supe que la Gallera San Miguel (500 sillas, la más grande del país), en Bogotá, era una suerte de catedral: el sitio ideal para iniciar mi pasantía. Durante un par de semanas fui varias noches como espectador, y empecé a entender la mecánica de las peleas. Supe que la victoria y la derrota se deciden de varias maneras. La más fácil: uno vive y otro muere. Pero hay más: uno domina mientras el otro, vencido (o “caído”, según la jerga), deja de picar: no responde a los ataques de su oponente. En este caso el juez da al gallo desanimado tres oportunidades de respuesta y un minuto contado en un reloj de arena más alto que un gallo grande. Lo provoca lanzando cerca al otro combatiente, y si el gallo manso permanece inmóvil, se da por terminada la pelea. El vencido pierde, pero sigue vivo. Por el contrario, si se levanta, el combate sigue hasta el final. A veces el perdedor huye, maldito cobarde. Un gallo “huido” es la peor deshonra para un gallero, y abundan dueños que premian al fugitivo con una torcedura de pescuezo: ni para cría servirá, nadie quiere prolongar la estirpe

Seguí a los tipos para conocer la derrota de un gallo fino. Ellos discutían: —¡Huy, ese animal estaba muy grande! —los dedos ágiles del gordito, buscando rastros de espuelazos fatales. —Mire nomás, pobre animalito —el indio frunciendo los labios, pellizcando la piel y sacando sangre de las heridas. Así estuvieron un rato, con el gallo bajo el chorro de agua, desesperados por definir si había futuro para esa pequeña bestia estropeada. Me acerqué a Claudio y le solté: —Quiero comprar un buen gallo y echarlo a pelear...


Intenté explicar el proyecto con la mayor seriedad. Dije que la cosa iba en serio, aunque pareciera un juego de ociosos. Y estaba en esas cuando se nos acercó el gordito. Venía con el rostro desencajado, parecía a punto de llorar. —¿Qué hubo, Lucho, cómo me le fue? —preguntó el don. — Hombre, don Claudio, muy mal, muy mal. Once peleas y gané una solita. Lo supe luego: un gallo puede durar entre cinco y siete peleas. Incluso más. Si sobrevive y demuestra aptitudes, puede servir de padrón y, a lo mejor, dar buena descendencia. Pero hay muchos animales que no alcanzan el trío de victorias. Y existen casos, el terror de los galleros, de ejemplares que pierden su primer combate y mueren convertidos en una pérdida absoluta. Me alejaba para darles espacio, pero Claudio me detuvo tomándome del brazo, y dijo que Lucho, el gordito, era el hombre indicado: él me vendería un buen gallo. Lucho (comerciante) y su hermano Alejandro (ingeniero civil) —callado, pura mesura, el semblante bonachón, la sonrisa fácil— viajan por el interior del país siguiendo el calendario gallero, sosteniendo un “pote” (efectivo para apostar) que junta varios millones de pesos en efectivo y respalda las peleas de sus favoritos. Una noche, en la gallera de Claudio, me senté a beber con ellos y con Fermín, alias ‘Oso’ —el cabello indio, la cabeza enorme, los brazos fuertes y peludos—, el hombretón que acompañaba a Lucho cuando intentaba reanimar a aquel pobre gallo en el lavadero.

aguardiente y señalaba a los hermanos. —Mi viejo era famoso y apostaba duro —contó Alejandro—. Él movía plata. Ganaba y se subía por esa escalera (la señaló), y vea (de pie, lanzando fajos imaginarios): ¡eso era botar y botar billetes pa abajo! ¡Y la gente recogiendo como en piñata! —todos estallaron en una gran risotada—. Pero el viejo botó mucha plata. De eso al final no quedó casi nada. Pero Lucho, como para dejar limpio el nombre del padre, dijo con orgullo que el viejo fue un gallero respetado. Que gracias a él, ahora ellos eran reconocidos. —Usté ya vio, esto lo lleva uno en la sangre, hermano. Uno nace con esto. *** Así se apuesta. La puja principal, que la hacen los dueños de los dos gallos en disputa, es la más sencilla: el que pierde le paga al otro, y listo. Pero afuera, en el ruedo, cualquiera que tenga dinero puede apostar al gallo que más le guste, y ganará o perderá dependiendo del destino de su candidato. A medida que avanza la pelea los galleros con ojo profético se arriesgan y entran en apuestas más elaboradas, que surgen cuando un animal lleva ventaja. Gritan, por ejemplo, “¡voy cien a veinte al pinto!”. Nuestro experto está diciendo que si ese pinto, que está jodido, efectivamente pierde, él pagará solo dos partes de diez (20.000, 200.000, etcétera). Por el contrario, si se produce un milagro y el decaído pinto termina venciendo, el afortunado apostador gana las diez partes completas después de arriesgar solo dos. Los que saben juegan con la naturaleza de la pelea, dependiendo de cómo la vean evolucionar. El buen gallero casi nunca pierde.

—¿Se puede vivir de los gallos? —pregunté.

Dos

—Vea, hermano —explicó Alejandro—, esto es un pasatiempo, una lotería muy verraca. A veces a uno le va bien y gana peleas, pero a veces la cosa se tuerce y lo pelan rapidito.

Pinto camina con dudas sobre la mesa de madera. Esquiva botellas de cerveza, cacarea, mira su reflejo sobre un vidrio cercano. Lucho y Fermín se fijan en un pollo colorao que anda muy cerca en brazos de su dueño. Parece un contendor adecuado: la misma talla, tal vez un peso similar. Llamamos al tipo y charlamos. Mírelo… Claro, pollito, véalo… ¿Vamos? ¿Los echamos?... Venga, hombre, pesemos a ver…

Después, como ponderando sus palabras, gritando por encima de la música, agregó: —Pero este es un mundo muy bonito. Uno disfruta nada más viendo la estampa y la valentía de esos animales. De repente, como examinándose, todos empezaron a recordar los orígenes de su afición. —Nosotros somos la segunda generación de galleros, como Claudio y como Fermín —dijo Lucho. —Mi papá crió los gallos del papá de estos —agregó Fermín mientras servía

Después de esta negociación breve vamos a la báscula y verificamos el peso de los animales. El otro también vino a debutar, así que tenemos un match perfecto. Los ponemos en el piso y comparamos su tamaño. Luego revisamos la piel bajo las alas, las patas y el estado general de cada gallo, hasta verificar que se trata de dos pollos semejantes. Volvemos a nuestra esquina y le instalamos las espuelas a Pinto —prisa, sudor, manos que tiemblan—. Se forran las patas con esparadrapo, se instala una base metálica sobre el muñón de la espuela natural y allí se ajusta, con gotas de cera caliente y más esparadrapo, la espuela de carey.

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Apenas son las nueve de la noche. Hemos visto cuatro o cinco peleas, y dos de ellas han terminado abiertas. Empatadas. Justo lo que más temo. Es cierto que busco la victoria o, si no es posible, una derrota digna. Pero nada de tablas. Nada de gallos maltratados y peleas estériles. Ya tuve demasiado de esto. *** Dos semanas después de conocer a Lucho en la San Miguel, cuando apenas iniciaba esta aventura, un sábado llegué al centro de Chía, cuarenta minutos al norte de Bogotá. Crucé un portón de hierro y caminé sobre tierra pedregosa hasta alcanzar un segundo portón de tablas. Los cacareos de una bandada flotaban por encima del solar, y al entrar los vi: gallos repartidos en cajas de madera, asomando sus cabezas a través de pequeñas aberturas; en jaulas circulares de estambre, puestas directamente sobre el suelo de tierra; en jaulas cuadradas, más altas, elevadas del piso unas encima de las otras, y cubiertas con largas telas que protegían a los animales del frío nocturno.

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—Me sirve. Tenía por fin mi primer gallo de pelea. Lo bauticé Truman y empecé a encariñarme con él. Un idilio que no iba a durar. Fermín, que cobró 100.000 pesos por entrenar a Truman, alimentación y medicinas incluidas, sacó al gallo de la jaula y lo sujetó con una mano. Fue hacia una esquina y descolgó la pequeña tijera. Se agachó junto a un balde de agua, limpió la cabeza del animal con una esponja mojada y preparó la zona bajo el pico. —La desbarbada —me dijo—. Se le quitan las barbas al pollo pa que el otro no lo coja por ahí. De un solo tijeretazo Fermín cortó los colgajos. Luego pulió su trabajo hasta dejar el cuello del animal libre de membranas. Dos semanas después, cuando las heridas de Truman cicatrizaron, volví a Chía. El animal había ganado un poco de peso, justo como predijo Fermín.

Lucho y Fermín improvisaron un recorrido.

—Hoy le aplicamos la naranja, mañana lo peluqueamos y lo descrestamos.

—Tenemos unos doscientos cincuenta animales —contó Lucho—, entre pollos que están llegando y gallos que ya hemos echado, o que estamos preparando pa echarlos.

Fermín cortó una fruta y embadurnó todos los rincones bajos del gallo: los muslos, entre las alas, en el pecho, en “la corbata”, llenándolo de ese pegote oloroso que dejó secar hasta el día siguiente. El truco que lo ayudaría en la peluqueada.

Se paró junto a una repisa llena de objetos. —Con esto los entrenamos —dijo, mostrando unos guantecitos de boxeo, bandas elásticas, esparadrapo, medicinas, jeringas, esponjas, tijeras. —¿Dónde puedo escoger uno? —pregunté. —Venga por acá —dijo Fermín, caminando hacia el fondo del local—. Todos estos pollos están acabaítos de llegar. Este es bueno, y este, y este de acá… En una de las jaulas, mientras daba vueltas con nerviosismo, un colorao me cautivó. Tenía el plumaje limpio, de azul y verde tornasolados que le centelleaban en la cola, de plumas color naranja encendido que le adornaban el cuello. — Me gusta el colorao de allá. ¿En cuánto estaría listo para pelear? —Cinco semanas, más o menos. Hay que carearlo por lo menos cuatro veces, ponerlo a que coja fuerza en las patas, a que pique bien… —¿Y en cuánto me lo dejan? —A ver… Ese es… —Fermín revisó en una carpeta—. Trescientos cincuenta. ¿Le sirve?

Al otro día, en la mañana, Fermín cortó plumas durante media hora: caían pequeños montones apelmazados por la naranja seca. Podó al animal hasta dejarlo fresco y ligero. Por la tarde, con Truman ahora exhibiendo su nuevo perfil apolíneo, Fermín procedió a la descrestada. Igual que con las barbas, se despoja al animal de colgajos que servirían de diana a sus contendores. Cuando terminó, mi gallo se parecía a los campeones que tanto había admirado en los afiches galleros. Tuvimos que esperar otro par de semanas, mientras Truman se recuperaba de sus heridas, para empezar el entrenamiento. Cada ocho días viajé a Chía para repetir la rutina de los careos: Fermín llevaba el gallo hasta el centro del terreno, sobre la grama. Allí le amarraba el pico con esparadrapo para que no picara, le ajustaba guantecitos como de boxeo enano en las espuelas y lo ponía a pelear de mentira con otro gallo que escogía entre un grupo de candidatos: el sparring. Los dos gallos se embestían durante 10 o 15 minutos, zumbando en el aire y asaltándose con inquina, pero sin dañarse. Después, Fermín lanzaba a Truman al aire varias veces, a metro y medio del suelo, y lo dejaba caer. —Pa que coja fuerza en las piernas.


Cumplida media hora de ejercicios, Fermín lo subía a un palo que colgaba de dos bandas elásticas, y Truman, amarrado de una pata, tenía que permanecer en un equilibrio obligado. Allí lo dejábamos durante otros 15 minutos, para luego bajarlo e inyectarle vitaminas y desparasitante. En la repetición de estos rituales se nos fue un mes y medio. Yo estaba encantado. Truman iba a cumplir un año y se encontraba en el mejor momento para debutar.

Tres Ahora, varios meses más tarde, aquí en Briceño, en este pueblito terroso, estamos listos para otra pelea. Llevamos los animales al ruedo y de inmediato se enciende el ruidoso clamor de las apuestas: “¡Voy 50 al colorao! ¡Cien al pinto, cien; cien al pinto!”. La forma de la esperanza: escuchar la voz de alguien que confía en tu gallo, alguien que arriesga su dinero en tu aventura. Toco por última vez el plumaje de mi nuevo gallo Pinto. Fermín lo lleva hasta el centro de la arena y junto al juez prepara los detalles: limpian con algodones húmedos los picos de los animales, los revisan por encima y llevan al inicio la aguja de un reloj que pende sobre la arena. Todos los combates duran 15 minutos, aunque algunas galleras los han bajado a doce. El juez, antes de sonar el timbre, escribe en una pizarra el color de cada gallo y su cuerda o compañía de origen. Luego carean varias veces a los animales para encender la ira mutua. Y los sueltan. Pinto se desboca en una seguidilla de brincos y ataques fallidos. Aletea con prisa, salta y pica, pero no hay muestras de daño en su oponente. Este parece adivinar el punto débil de mi gallo, inicia golpes violentos que derriban a Pinto una y otra vez. Coño. Pinto se apura sin motivos y pierde estabilidad en cada salto. El otro aprovecha y embiste, lo tumba repetidas veces. Alrededor, de pie, decenas de personas gritan ante la primera pelea que se aleja del empate. Acá hay un gallo que domina, y es el colorao, aunque el mío resiste. Desde mi lado del ruedo lanzo miradas hacia el otro extremo, donde Lucho y Alejandro hacen fuerza por Pinto. Los miro intentando leer el futuro en sus rostros. Y lucen preocupados. *** Según la pinta de las plumas, en Colombia, hay coloraos (las plumas oscuras, dominadas por manchas rojas y anaranjadas en todo el cuerpo), hay blancos y jabaos (mezcla de pintas amarillas y grises); hay pintos (negro con pintas rojas), marañones (gris cenizo con rojo), giros (negro con alas amarillas) y canagüay (blanco con rojo). También hay gallinos, repeluses (pelones), negros y otros, muchos otros. Pero el color es solo una manifestación de la raza. En el país existen sobre todo ejemplares mestizos, descendientes de dos grandes grupos: los shamo

(de origen oriental) y los bankiva (españoles, ingleses y americanos), que son los más comunes. La raza puede determinar contextura, talla, peso y habilidades para la pelea. Rito Mateus, un enrazador con cincuenta años de oficio, me explicó una tarde en su pequeña granja de Chía que esta ciencia se basa, primero, en aparear a los mejores gallos con las mejores gallinas, combinando virtudes y pensando con cuidado en lo que se busca. Como el enrazador no puede saber la calidad que tendrá la descendencia, tiene que esperar a que los animales crezcan. Tiene que entrenarlos y pelearlos para saber si vale la pena seguir cruzando a esos padres, o si tendrá que probar suerte con otros. Esto obliga a los criadores a esperar por lo menos año y medio antes de verificar si sus tentativas marchan en la dirección correcta. En el cruce se busca que los pollos resulten tinosos (con puntería en la picada), fieros y resistentes (que ataquen hasta el final); que sean rápidos y, en lo posible, también hermosos. Se desean gallos ‘finos’ o ‘de raza’: ejemplares con madera de campeones. Pero las parejas de calidad no garantizan el éxito genético. Los hijos de padres buenos pueden salir flojos o huidizos. El azar del cariotipo puede jugar malas pasadas y producir animales cuyo único fin será la olla del sancocho. *** Una noche de enero, con Truman, mi primer gallo listo para su debut, asistí a un desafío en Pereira. La gallera más limpia que he visto funciona allí en un patio familiar. Por todas partes había madera pulida y mesas con platos de lechona. Sentado en la primera fila del ruedo —camisa verde abierta, cadena de oro, un palillo entre los dientes— estaba el capo adolescente, el patrón de la noche, el que iba a apadrinar casi todas las peleas. Es decir, el que respaldó muchos combates apostando inagotables fajos de billetes al gallo que más le gustó. A las nueve de la noche casamos nuestra pelea con un pollo que lucía ligeramente inferior a Truman. Cuando comparábamos a los animales el capo aniñado, que apoyaba a nuestro contendor, se paró al lado, chupó un poco su palillo y dijo: —No me gusta esa pelea. Y nos quedamos sin oponente. Tuve que esperar largas horas, tuve que ver decenas de combates parecidos: un teatro repetitivo y monótono de violencia calcada, medio adormilado hasta las cuatro y media de la mañana, cuando volvimos a probar suerte y esta vez, por fin, pudimos amarrar el combate. Desperté y ayudé a preparar a Truman, le instalamos las espuelas y anunciaron nuestra pelea. Ya estábamos a punto de soltar a los animales en la arena cuando el patrón impúber, sin abandonar su silla, hizo una seña y se rajó de nuevo.

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Milagrosa Virgencita de las Venganzas: lo dejo en tus manos. Faltar a un compromiso de esta manera es un acto inaceptable en el mundo de las riñas. Ocurre muy pocas veces, y los protagonistas son siempre los mismos: tipos con poder, que tienen armas y pueden permitirse el abuso. Volvimos a Bogotá sin pelear a nuestro gallo. Fermín se pasó un mes careándolo en Chía, sosteniendo el entrenamiento para que el animal no perdiera las condiciones. Pero a medida que pasaban las semanas el ánimo de Truman se iba apagando, iba cediendo a un desgano que le venía de adentro. Tal vez la furia de la pelea frustrada se le había enquistado en el cuerpo. Tal vez había cogido un mal aire, un viento raro. Lo cierto es que no hubo forma de salvarlo. Truman murió. Estuve a punto de abandonar. Pero enfrenté la desgracia, dije qué carajo y busqué otro animal para empezar de nuevo el proceso. Ganara o perdiera, había que pelear.

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Unas semanas después de la muerte de Truman volví al criadero de los hermanos Hoyos y escogí a Pinto, un pollo menos arisco pero también prometedor. Lo sometimos al mismo procedimiento, desde la desbarbada hasta los careos semanales, y vimos la evolución del pollo, que iba ganando técnica a medida que avanzaban los enfrentamientos junto al sparring. Completamos las sesiones y lo tuvimos listo para el debut. Esta vez no iríamos muy lejos: había un desafío en Briceño, un pueblito terroso al norte de Bogotá.

Cuatro Han pasado seis o siete minutos de pelea y la ventaja del colorao empieza a desvanecerse. Por fin dejo de pensar en el dinero que puedo perder (aposté 100.000 pesos de mi bolsillo): como Alí en Zaire, da la impresión de que mi pollo ha decidido cansar a su adversario. Bordeamos los diez minutos y la pelea, ya no tan pareja, se inclina levemente a nuestro favor. Pinto recibe y devuelve, recibe y devuelve. Su cara es la imagen misma del coraje: los ojos inyectados, el pico a medio abrir, las plumas de la cabeza erizadas. Es la mueca del odio. Súbitamente Pinto recibe en el ojo izquierdo un picotazo violento, y queda medio ciego. Ahora se ve obligado a dar vueltas para ubicar al rival. No lo ve, se le pierde. Pero insiste y lo castiga. Lo arrincona. Salta y golpea. Hunde espuelas allá en lo profundo y… Al colorao lo va invadiendo la apatía. Aún no se agacha, todavía no entrega, pero casi deja de atacar. “¡No pica! —gritan de un lado—. ¡No pica, juez!”. Los jueces toman a los gallos, los revisan, limpian sus picos y los vuelven a echar. Pinto reinicia sus ataques y embiste al colorao por donde puede. El colorao mueve la cabeza como si picara, pero no hay ataque en esos gestos.

Por un instante empieza a circular un dilema entre la gente: no queda del todo claro cuál gallo está por vencer, pero la duda, así como llegó, empezará pronto a desvanecerse. *** El mercado gallero, nadie debería dudarlo, ofrece fondos apreciables. Fabián Sarria, de la federación gallera, dice que es “la segunda actividad lúdica en Colombia, después del fútbol”. Y habla de “un promedio de doscientos o trescientos espectadores semanales en cada gallera del país”. Es decir, un millón de personas. Haciendo números al vuelo, a falta de estadísticas, Sarria sugiere multiplicar esas 3800 galleras de toda Colombia por el dinero que suele apostarse en cualquier desafío semanal, que raras veces baja de los 50 o 60 millones de pesos (en cada pelea, por lo bajo, se apuestan 800.000 entre los dueños de los animales, pero el público supera esa cantidad por mucho, y en una sola noche de desafío puede haber cien o ciento cincuenta combates). Aunque el método está lejos de ser científico, es claro que hablamos de una gran montaña de dinero. Pero ahora una crisis legal se ha instalado entre los galleros. Etesa (Empresa Territorial para la Salud) lleva tres años intentando “organizar” las galleras colombianas. Hizo un censo (somero), redactó un nuevo reglamento (que nadie sigue) y abrió una licitación para conceder a los aspirantes una licencia de, digámoslo así, ejercicio legal de la gallería. Etesa cree que en el país existen 237 galleras (la Federación Colombiana de Criadores de Gallos de Combate registra 3800), y a su licitación se presentaron apenas seis establecimientos (casi todas de Bogotá, donde funcionan 109 galleras según la federación, y 13 según Etesa). Las demás han entrado en un limbo de ilegalidad. Etesa dice que actúa en defensa de los apostadores. Que esa gente crédula necesita un garante que respalde los premios porque, de lo contrario, las peleas de gallos corren el riesgo de desaparecer. Por eso el Estado, a través de esta empresa y a cambio de un discreto impuesto que será invertido “en gastos de salud de las comunidades donde se celebran las peleas”, ha venido para salvar a los galleros. El discreto impuesto para cada gallera corresponde a la mitad del salario mínimo diario por cada silla. Es decir, la San Miguel, con sus 500 sillas, pagaría algo así como 4.291.750 pesos mensuales, en caso de que tenga ocupación plena. El oficio que ha permanecido después de milenios, el que ha diseñado sus propios métodos basados en la confianza y el valor de la palabra recibe ahora, justo a tiempo, el salvavidas providencial de la administración pública. Pero los ataques no solo vienen del Estado. Organizaciones no gubernamentales y políticos condenan la violencia que se les impone a esos pobres animalitos. Los antigalleros se aferran a lo que pueden, pues discuten en desventaja legal: la Ley 84 de 1989, que castiga los “actos dañinos y de crueldad” contra los animales con fines de diversión o lucro, contiene una salvedad que exceptúa de las penas (arresto de uno a tres años y multas de entre 5000 y 50.000 pesos) “el rejoneo, el coleo, las corridas de toros,


novilladas, corralejas, becerradas y tientas, así como las riñas de gallos” por considerarlas actividades de valor cultural. David Luna, representante a la Cámara y antigallero confeso, introdujo hace tres años un proyecto de ley que propone multas de 3 a 15 millones de pesos, prohíbe la tenencia de animales por un máximo de diez años y obliga al “criminal”, al gallero desequilibrado, a recibir orientación psicológica. El documento, además, propone el decomiso del animal para “garantizar su salud”. A toda esta campaña los galleros, tranquilos y cohesionados, responden con un argumento naturalista: “Los gallos nacieron para pelear”.

Cinco Para despejar la duda hace falta un ataque letal, el último golpe que decida el combate. Por unos segundos el ruido cesa. Por lo menos es eso lo que recuerdo. Concentrado en el cuerpo de Pinto escucho los gritos de la gente en un volumen muy bajo. Percibo en mi cuerpo una sensación estúpida, pero muy real: puedo ayudar a mi gallo, puedo influir en sus movimientos si hago un esfuerzo auténtico. Aprieto las manos con fuerza y espero. Espero hasta que Pinto lanza los últimos ataques sobre su adversario rendido. Y ganamos. Culmina la pelea y nos reunimos en torno a Fermín, que lleva el gallo en las manos. Entre abrazos y palmadas de felicitación lo sacamos de la gallera para que tome aire, le revisamos el ojo ensangrentado después de lavarlo con mucha agua fría, y vemos que no lo ha perdido. Se recuperará. Revisamos bajo sus alas en busca de heridas graves, y nada: solo raspones superficiales. Dejamos a Pinto en el suelo para que descanse. Y allí, con nubes de vapor que expulsa su cuerpo entre las plumas, veo la conducta típica del campeón. Pinto parece olvidar la batalla, escarba la tierra con las puntas de las uñas. Y como si nada hubiera ocurrido, indiferente y despreocupado, tranquilamente empieza a comer. Sinar Alvarado, Abril de 2010.

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Crianza y entrenamiento / Breeding & training


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No más puntos débiles. No more weak spots.

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Una cuestión estética. It’s all about the looks.


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Pรกginas 32 a 35: Entrenamiento. Pages 32 to 35: Training.

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Las galleras / The cockpits


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En su mayoría hombres. Mostly men.

Páginas 42 y 43: Todo por la plata. Pages 42 & 43: It’s all about the money.


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Para un apostador no hay descanso. There’s no rest for a gambler.

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La ri単a / The fight


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Definiendo las categorĂ­as. Defining categories.


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La muerte en carey. Tortoise death.


Espuelas reales. Real spurs.

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Espuelas artificiales. Fake spurs.

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Instinto. Instinct.


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Muerte. Death.

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Espuelas en 15 minutos. 15 minutes spurs.


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Pinto estรก listo. Pinto is ready.


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Un momento a solas con Pinto. A private moment with Pinto.


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El debut de Pinto. Pinto’s debut.

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Un soplido refrescante. A refreshing puff.


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Antes. Before.


DespuĂŠs. After.

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Mara帽贸n

Giro

Jabao


Colorao

Blanco

Pinto

Las razas / The breeds


A mis papás, que a muy poco dicen no. A Valeria, por su crítica, admiración y amor.


Sinar Alvarado

Foto / Photo: Juan Felipe Rubio

(Valledupar, 1977) Escritor y periodista nacido en Colombia y criado en Venezuela. Ganador del Premio de Periodismo de Investigación Random House Mondadori / Banco de Venezuela 2005 con Retrato de un canibal, el libro que escribió sobre los crímenes de Dorancel Ramírez. Actualmente escribe crónicas, perfiles y reportajes en medios impresos latinoamericanos y está adelantando su siguiente libro sobre el Islote de Santa Cruz, el supuesto lugar más poblado del mundo. ***** Journalist and writer born in Colombia but raised in Venezuela. He won the Random House Mondadori / Banco de Venezuela journalism award for his book Retrato de un canibal, about the crimes of cannibal Dorancel Ramírez. He currently writes chronicles, profiles and reportages for latinamerican printed media and is writing a book about the most populated place on earth: el Islote de Santa Cruz.


Nuestro gallo de pelea  

Ensayo fotografico sobre las peleas de gallos en Colombia. Photo essay about cock fighting in Colombia.

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