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Levanté mis caderas, animándole a seguir adelante con eso. Necesitaba sentirlo, sentir su lengua en mí. ¡Cristo! ¡Sufriría una combustión en cualquier momento! Un largo y desinhibido gemido brotó de mi pecho mientras su lengua exploraba toda la longitud de mi sexo. —Oh Dioooos. —Tan buena —susurró antes de iniciar su tortura, expertamente moviendo los labios mientras chupaba mi clítoris, luego lo soltó y me folló con la lengua. Siempre tan cerca, pero sin dejar que me fuera del todo, no me quería dejar volar aún. —¡Cristo Jax! —suspiré. ¡Él se echó a reír! ¡El hijo de puta se rió! Cedió y comenzó frenéticamente a golpear su lengua sobre mi clítoris hasta que me estremecí y alcancé el borde con una explosión tan poderosa que creo que sacudí la maldita habitación. —Maldita sea sí nena, lo siento —gruñó mientras mis caderas se levantaban de la cama tan alto que me pregunté si me rompería la espalda. —Oh Jesús —dije entrecortadamente mientras él metía la mano en el cajón de su lado y sacaba un condón antes de abrirlo y ponérselo. Palmeó mi rostro tiernamente mientras se empujaba lentamente. —¿Estás lista para tomarme nena? —Se posicionó en la entrada de mi abertura—. ¿Estás lista para ser follada hasta el desmayo E? —La metió un poco—. Porque te haré gritar maldita sea, nena. Gemí y meneé ligeramente mis caderas. Mi espalda se arqueó y ambos gemimos con satisfacción cuando él se empujó hasta el fondo y me llenó completamente. —Cristo —dijo con voz áspera. Nos quedamos inmóviles, nuestros ojos conectándose y diciendo muchas en cosas en silencio antes de que él retrocediera lentamente y se deslizara de nuevo, tan fácil, tan deliberadamente y tan malditamente bueno. —Tan apretada nena, no puedo... Sus dientes se hundieron en su labio inferior mientras cerraba los ojos y apoyaba su frente contra la mía. —E —es todo lo que dijo antes de asumir el control y volvernos un lío de jadeos salvajes, gimiendo con cada poderosa embestía mientras me llevaba hasta la cama y al olvido con su implacable ritmo. —Maldita sea sí —grité cuando sentí que mi cuerpo se apretaba. —Dámelo nena, dámelo —gruñó y explotó alrededor, detonando su propio clímax violento, la inconciencia rodeándonos y nos aferramos el uno al otro, luchando por respirar—. Diaaaablos —gruñó, con la cabeza echada hacia atrás en éxtasis mientras lo jalaba, levantando mis

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Shocking heaven room 103  

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