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LA MUÑECA INCÓMODA CAROL ZARDETTO 5:00 pm. Tocan el timbre. Elisita sale desde la cocina, recorre el largo zaguán y abre la puerta, azogada. Siempre se pone así el día de Navidad. La expectativa no le da sosiego. Desilusionada, constata que se trata de Marta con las compras de última hora. 6:00 pm De nuevo la puerta. Elisita vuela para abrir. Antes, mira por la hendidura. No quiere salir frustrada otra vez. ¡Allí está! Es el gran carro negro y el chofer. Baja don Carlos, el secretario de su padre. Los dos hombres tienen que ayudarse para cargar la enorme caja de regalo. El corazón de Elisita quiere reventar. 7:15 pm Catalina ya no resiste ver padecer a la niña y desiste de hacerla esperar hasta las doce. “Está bien... Está bien. Puedes abrir uno solo”, sabiendo de antemano cuál escogerá. Elisita no espera más: rompe el papel de regalo, a pesar de las advertencias de la abuela de que sería bueno guardarlo, pues es tan bonito. Cuando levanta la tapadera de la caja, se queda muda. Dentro hay una muñeca, casi de su misma estatura. Con el pelito liso, rubio y una cara de ángel. Da besos y, si se jala una cuerda, habla en francés. La muñeca es tan inusitadamente preciosa que apabulla: su vestido es de terciopelo y los zapatos parecen

de verdad. Todos quieren jalar la cuerda, oír cómo habla, agarrar su mano para que tire besos. Elisita no quiere que nadie la toque y, el secreto celo por evitarlo, la hace sentir envuelta en un silencio mezquino. 8:30 pm Pronto los niños se aburren del nuevo juguete y proponen guerritas de canchinflines en el patio. Elisita ni sueña con salir. Sería muy arriesgado para su preciosa muñeca. Se sienta con ella en la sala, mientras los adultos conversan. 8:45 pm Aburrida de los mayores, la niña carga con mucho trabajo la pesada muñeca hasta su cuarto. A solas, la muñeca le habla en un idioma extraño. No es francés. Es el lenguaje del mundo lejano de su padre. “No está en la casa porque no sos hija de matrimonio, Elisita. Sólo sos reconocida”, le contó un día su tía Eugenia. Ahora volvía a recordar aquellas palabras crípticas que, según entendió, implicaban algo vergonzoso. Por lo visto, la muñeca también sabía el secreto: la niña no pertenecía al mundo de su padre. Reconoció que este hecho fundamental le causaba dolor y deseó ese mundo que no conocía. Abrazó a la muñeca para mitigar su desasosiego. Quizá si pudiera sentirla realmente suya... pero la muñeca era muy tiesa. No doblaba los brazos o las piernas. Su abrazo tuvo el sabor de una prisión de plástico.

monstruoso de que la muñeca pudiera tragársela. 11:30 pm Después de muchas vacilaciones, Elisita la cargó escaleras arriba. No había nadie, pues todos abajo, esperaban las doce. El cuarto, sumido en la penumbra, era el que su madre dijo que había sido de su padre cuando vivía con ellas, aunque la tía Eugenia la miraba de reojo, queriendo desdecirla. En la habitación sólo había un ropero solemne. La niña lo abrió temblando. Dentro del mueble estaba muy oscuro. Era el reino olvidado de sus juegos infantiles. Metió a la muñeca en la cavidad espesa y cerró la puerta con llave, temiendo que, siendo tan fuerte, pudiera escapar. Bajó a jugar con sus primos, como si nada hubiera acontecido, pero algo llevaba entre manos: por primera vez había sentido el sabor de la maldad premeditada.

9:30 pm Su madre sirve temprano la cena a los niños. Sentada a la mesa con todos, la muñeca se miraba muy linda y sus tíos le tomaron fotos con ella. Fue una buena manera de renovar el brillo de la noche que se había ido tornando deslucida. Elisita pensó que quizá podría encariñarse con la intrusa. Aun una muñeca tan ausente tendría que rendirse al encanto de una familia así de buena.

10:15 pm Jorgito le echó medio vaso de ponche encima a la muñeca. La abuela exclamó: “¡Dios mío... van a arruinar ese juguete tan fino!” Elisa sintió mil cristales quebrarse en su cabeza. Estaba asustada por varias cosas al mismo tiempo: que ella y la muñeca no casaran, no saber cómo cuidarla, que su padre nunca volviera a enviar a su secretario con un regalo tan hermoso, pero más que nada le asustó el hecho

Carol Zardetto. Es una abogada guatemalteca que también se ha desempeñado como guionista de cine, diplomática y novelista. En 2004 ganó el premio de Novela Mario Monteforte Toledo por su obra Con pasión absoluta.


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EL ESTRENO VANESSA NÚÑEZ HANDAL El sol recalentaba las piedras del camino. La Jesenia corría. Saltaba de sombra en sombra, procurando enfriarse los pies que se le cocían entre el piedrín y el polvo caliente. Era la única que no usaba uniforme. En sus manos llevaba un cuaderno de páginas ralas y en la bolsa un lápiz pequeñito de tanto sacarle punta. Al llegar a la escuela se refregó los pies. Quiso quitarse el polvo para que no se fueran a burlar de ella. Cuando lo hacían, se resguardaba tras el cuerpo costilloso de Nelson para que no la vieran llorar. Que no les hiciera caso, le decía él entonces. Que las bichas la molestaban porque eran sin oficio. Que cuando la mamá pudiera le iba a comprar zapatos. Como los de ellas, pero más bonitos. Por las tardes la Jesenia daba maicillo y agua a las gallinas del corral de la tía. Nelson llevaba las mulas al río. Había que tener cuidado. Aquellos animales eran ariscos y más de una vez lo habían tirado al suelo. A ellos no se les repartía crema para el almuerzo. Y nada de andar velando el queso y la leche que se tomaban las primas. Agradecidos debían estar que se les daba de comer.

Aquella tarde, calurosa a pesar de ser diciembre, los mosquitos habían comenzado a formar nubes cuando se fueron corriendo calle abajo. Era difícil espantárselos. Sólo con el humo de un cigarro. Pero la mamá se los tenía prohibido. Por eso ella tosía y tosía por las noches, como si se le fuera a salir el alma. A veces sacaba sangre. Trabajaba la milpa desde tempranito hasta bien entrada la tarde, y a veces les llevaba frijoles y maíz.

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Se espantaron los moscos con hojas de guineo. Siguieron bajando el empedrado. La Jesenia se detuvo frente a una pila de olotes y hojas de milpa. Nelson la llamó sin dejar de correr. ¿Qué te pasa? –le gritó varias veces–. Pero ella no pareció escucharlo. –Te voy a dejar atrás– volvió a gritar, arremangándose el pantalón. Ella lo siguió. Llevaba en las manos un par de zapatos amarillos. Con las uñas les fue quitando el lodo. La mamá se los remendó con pita y les puso suela de caite. Aquel primer día de clases la Jesenia iba feliz. Las piedras ya no le lastimaban los pies y el polvo ya no la quemaba. En el recreo, Nelson la encontró escondida detrás de un palo de mango. Sus pies removían la tierra con rabia. La prima la había llamado ladrona. Todos se habían burlado de ella. –No llorés– le dijo, con los ojos aguados. La otra navidad la mamá te va a comprar unos más bonitos.

Vanessa Núñez Handal. Nacida en San Salvador, en 1973. Actualmente reside en Guatemala. Es abogada, pero también posee una maestría en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Rafael Landívar. Recientemente publicó la novela Dios tenía miedo con F&G Editores.


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DIMITRI GLORIA HERNÁNDEZ ¡Ajá!, me dijo, con que te gusta la música agridulce. “Sweet and sour” fue su expresión real. Yes, I love it, if you mean happy and sad, le respondí. Empezamos a hablar de música. Él conocía muchos nombres de autores balcánicos. Su tienda, en la calle Letenska, estaba llena de recuerditos para turistas pero yo había entrado atraída por el anuncio de la música. Tengo más allá arriba, si quieres venir… Luego de unas escaleras estrechas, pasamos a un sitio muy bien dispuesto, acogedor y limpio. Tenía muchas libreras con discos de música, organizados por autor. Esta es música gitana, dijo, y la habitación se inundó de unas notas dulces y nostálgicas, aunque de una alegría que invitaba a bailar. Toma los que quieras y vete, me dijo, para mi sorpresa. No, respondí, ¿por qué? ¿Cómo te llamas? Dijo algo que no entendí, un poco asombrado y se sentó a observarme mientras yo buscaba entre sus estantes. Entonces, me detuve y lo vi. Tenía una pelusa dorada sobre sus orejas y su nuca bronceada. Sus ojos tristes eran demasiado grises. O al revés. Sentí que lo conocía de tiempo atrás. Me senté a su lado y conversamos como si hubiéramos sido amigos toda la vida.

No sé cuánto tiempo estuve ahí. El amor, la vida, la música, los encuentros inesperados, la gente, el puente San Carlos; todos los temas se sucedieron en aquella improvisada intimidad. Unas horas más tarde, dijo sin recelo: Me llamo Dimitri, ¿quieres un té? Asentí y mientras nos tomamos una infusión de jazmín me fue recitando aquel popular poema japonés del efecto paulatino en el espíritu de las consecutivas tazas de té. Alguien entró en la tienda allá abajo y yo recordé mi itinerario para aquella tarde. Lo invité a ir a un concierto de música clásica checa, Smetana, Dvorak… y para mi sorpresa, aceptó muy contento. Cerramos la tienda y nos fuimos a una sala de conciertos cerca del Cementerio Judío. ¿Sabes que en este cementerio hay tres capas de muertos superpuestas? Nunca quisieron empezar con la cuarta, aunque la tierra se va ocupando de hacer espacio para más. No respondí. Sólo seguí caminando junto a él. El lugar era extraño, bajamos unas gradas del ancho del edificio y entramos a un sótano amplio pero con techo bajo y ventanas que daban a la calle, por arriba de las paredes. No había demasiada gente pero los músicos tocaron como si hu-

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biera lleno completo. Un cuarteto impecable, todo en negro, muy estudiado, muy técnico pero para mi gusto, le había hecho falta color, no sé, pasión… Me concentré entonces en Dimitri. Sin verlo más que de reojo, sabía que en sus ojos yacían mis respuestas. Algo me unía a él, algo que no podía definir. ¿Me recordaría a algún amante; me evocaría el recuerdo del hijo que nunca tuve; me llevaría de vuelta al gris azul de los ojos de mi abuelo? Me pregunté cómo sonaría en su idioma natal, tan cadencia, tan dulzura, tan llanto. Nunca sabríamos eso del otro, pensé entonces. Saldríamos del concierto y no nos volveríamos a ver. Yo estaba en Praga por solo tres meses. Nunca sabríamos más detalles de la vida de esa persona a nuestro lado. Su recuerdo sería el brillo triste de sus ojos y la música lánguida de Bulgaria que me había regalado. Nuestras miradas se encontraron unos segundos mientras se terminaba una danza de Smetana. Debía haber escuchado mis pensamientos. Todas las posibilidades consideradas unos minutos antes se esfumaron. Sonrió y sus ojos se iluminaron con su rostro por primera vez. Tomó una de mis manos entre las suyas y pasó sus dedos sobre las marcas en mi muñeca. Yo quise retirar mi mano pero él la sostuvo con fuerza. La pasó sobre la suya entonces y no pude evitar llorar. Sus cicatrices eran más jóvenes que las mías, pero igual compartíamos el dolor de vivir.

Regresamos a la tienda, a la música, a nuestra intimidad. Olvidé mis caminatas después del trabajo, los museos, las conferencias, los acuerdos internacionales, mi misión allá. Volví una y otra vez. A escuchar más música de la suya y a deleitarme con las palabras de Kafka en sus cartas a su amada Milena, en su voz. Nos encontramos algunas veces en un café en la placita frente a la catedral de San Nicolás y leímos la poesía de Jan Neruda, de Rilke y de Kundera. Nos sentamos otros días en una banca frente a la plaza Starometska a compartir nuestros silencios prolongados. Él besaba mis muñecas y yo besaba las suyas. Aquellas cicatrices nos habían permitido este encuentro. Me llamaba Milena y yo me divertía con mi anonimato. Hoy es Navidad, me dijo un día que llegué más temprano. En efecto, todo estaba adornado, aunque apenas era octubre. De acuerdo, atiné a responder. Compusimos la mesa con lo que él había comprado: una verdadera cena navideña con champaña y dulces y budín de ciruela. Comimos, bailamos y le anuncié entonces que mi regalo era mi verdadero nombre. No, dijo y se levantó de la mesa. Una gran bolsa de discos y libros de poesía tenía marcado Milena por todos lados… Aquella noche, el amor fue intenso, desesperado, hermoso pero lejano. Me quedé por primera vez a dormir y salí corriendo el lunes a mis obligaciones en el centro de convenciones. No pude llamar ni martes ni miércoles pero el jueves pude regresar, al fin. Llevaba un regalo para él. Me senté sobre la acera de enfrente porque mis piernas no pudieron sostenerme. Una señora de unos sesenta años quitaba las decoraciones navideñas y las guirnaldas de luces que Dimitri había colocado. En su lugar, instalaba sobre la puerta una enorme moña de gasa negra, como su ropa, como el dolor que la embargaba, como el vacío que se me instalaba en las entrañas, desde entonces, para siempre.

Gloria Hernández. Nació en Guatemala en 1960. Es máster en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Rafael Landívar. Ha vivido por largos períodos en Estados Unidos, Inglaterra y Argentina. Desde 2002 publica narrativa, tanto para niños como para adultos.


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UNA NAVIDAD EN EL EXILIO JESSICA MASAYA PORTOCARRERO El mundo es un espanto, está acabado. Busco exilio, asilo emocional. Veo una burbuja brillante, aislada, flotante, no se comprende cómo su fragilidad logra sostener tantos productos, tanto plástico, tanto cemento. Me acerco, me deslumbro, la luz me llama, me encandilo. Afuera llueve, truena, graniza. Veo por la ventana de una casa de suburbio iluminada con mil foquitos. Mis sucias manos ensucian el vidrio de la ventana, mi aliento lo empaña. Tiemblo. Adentro, todos

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sonríen, están bien vestidos, tienen aparatitos para entretenerse, se mandan mensajes, se toman fotos. Me descubren, me asusto, me invitan a entrar. Una vez cruzo la puerta, que parece de madera pero no lo es, todo es demasiado bueno para ser realidad. Están reunidos alrededor de algo que parece ser un árbol, pero casi no se ve entre tanto moño y adorno. Todas las casas del condominio se parecen con sus acabados que parecen de lujo, su decoración sacada de la misma tienda, sus carros del año a plazos, la ropa cuidadosamente seleccionada pero que luce igual en todos. Su forma de expresarse cariño desmedido y la forma en que todo para ellos es relindo y recool. Yo, luciendo un disfraz que ni me queda bien (sufriendo para no ahogarme con el corsé), trato de llevar el ritmo, de sonreír hasta que me duelen los músculos de la cara, de aprender sus ritos y símbolos que van cambiando a cada momento. Trato de creer, pero no

se trata del dios de mis mayores, sino del dios del sistema, trato de ir llena de gozo a su templo más cercano: un enorme centro comercial abarrotado que tiene promociones que ofrecen más felicidad. Pero todo me sale mal. Mi naturaleza se va revelando y rebelando poco a poco, esa forma maldita de ser hace crecer lo que llevo dentro. De pronto, todo se va a la mierda, la faja explota. Me veo una reluciente superficie tal y como soy y me asusto, pero me quiero como a un monstruo encerrado en el ático, en mi cabeza. El caos empieza como un dolor de estómago, luego sube, sube, sube, el diafragma se oprime, los pulmones se inflan, el corazón se aplasta. El grito está listo para salir, el vómito en la puerta de la garganta para mancharlo todo. Las paredes blancas, los sillones relucientes, los numerosos espejos y los pisos encerados son el lienzo de mi furia. Quiebro lozas, porcelanas, vidrios y cristales. Mientras un grito ensordecedor sale de mí, me libera. Muerdo, río y lloro a la vez, enloquecida. Llega seguridad, vestidos de traje oscuro y con discretos radios de intercomunicación disimulados, tratan de sacarme sin que nadie se asuste, pero es imposible. Me arrastran mientras yo hundo mis uñas, ahora crecidas, deformes, afiladas, en cualquier superficie. Me lanzan de la burbuja, caigo en el lodo. Me siento mejor, ha parado de llover y observo una pequeña flor silvestre que sale tímida entre las piedras.

Jessica Masaya. Nació en 1972, en Guatemala. Ha publicado cuentos desde 1999, por lo que se le ha reconocido en varios certámenes literarios nacionales. Con su libro Diosas decadentes ganó, en 2000, el Certamen Permanente Centroamericano 15 de Septiembre.


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COMANDO A DISTANCIA FRANCISCO ALEJANDRO MÉNDEZ Santo Negro descansaba en su sillón verde reclinable, mientras dos prostitutas se esmeraban en “hacerle” las manos y los pies. El sillón estaba ubicado casi a la mitad de la habitación, estilo barbería de pueblo. A su alrededor, cuatro fortachones, con la cabeza rapada, tatuajes por todo el cuerpo, con camisetas de tirantes y pantalones flojos, lo custodiaban con armas hechizas, cadenas y bates. Uno de ellos, el más alto, con exageradas cicatrices en su rostro, esperaba con ansias la visita de un personaje que aparecía eventualmente ante su jefe para ofrecerle artículos raros, como ojos y prótesis de extremidades. Se trataba de El Gran Fascinador, quien además era un experto en quiromancia, pero que según los fornidos guardaespaldas, era todo un farsante y un bueno para nada. La habitación estaba tapizada de televisores plasma de muchas pulgadas, las que reproducían series y telenovelas con temática de cárteles de la droga. En la esquina izquierda vigilaba silencioso un enorme refrigerador plateado de dos puertas, con máquina para hielo instantáneo incorporada, repleto de cervezas, jugos de to-

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mate, carnes y una que otra bolsa con cocaína. Desde el suelo destacaba una gruesa alfombra multicolor, atestada de pulgas y la cual debía ser pisada únicamente por pies descalzos, so pena de muerte. Dos American Pitt Bull Terrier, con sendos collares con púas, chips incorporados, descansaban, casi bufando sobre la alfombra. Santo Negro ordenó que por ser Navidad les llevaran huesos de fé-

mur de ganado para afilar sus dientes y mantenerlos en alerta. El clima era bastante fresco. Una enorme caja de aire acondicionado, activada a través de un control remoto, era la causante de que nadie se quejara o del frío o del calor. En los pocos espacios de pared se notaban fotografías de perros, de jugadores de futbol populares y algunos pósters de bandas musicales y de luchadores. —Si no aparece el farsante ese, seguramente va a ordenar que lo enfriemos, ¿verdad patrón? Mugió uno de los fortachones, apodado el Devol, originario del norte del país, negro, con más de quince ingresos en la cárcel, ex militar (para los militares) acusado de robo de vehículos, extorsión, secuestro, asesinato en grado de tentativa y homicidio. —Usted, con todo respeto, patrón, ha sido bastante tolerante con ese farsante, pero cuando usted guste, procedemos. Un leve golpe en la puerta de entrada alertó a todos. Santo Negro puso mute a todos los televisores y meneó la cara, como ordenando, para que abrieran la puerta. El Gran Fascinador usaba un traje veraniego: mocasines pasados de moda, sin calcetines, un pantalón color salón, camisa floreada abierta mostrando carentes vellos en su pecho, pero con una postura como de oso hastiado de tanto pelo. Se quitó los anteojos imitación Ray Ban, se inclinó y descubrió su rala cabellera, que segundos antes permanecía bajo un sombrero Borsalino negro, como con un acto de magia. —Dejate de pajas y decime qué tenés para vender. Espero que tengás algo bueno o mis muchachos sabrán qué hacer con vos. El Gran Fascinador se deslizó como lagarto hasta el sillón reclinable. Las dos prostitutas, que en realidad eran dos travestis, sonrieron cuando sacó de su bolsa un extraño objeto brillante, el cual causó alarma en los miembros de la seguridad, pues desenfundaron sus pistolas y le apuntaron como si hubiera sacado una navaja o un puñal. Sin embargo, El Gran Fascinador tomó con ambas manos el brillante objeto de no más de seis centímetros de largo, lo jugó entre sus manos y se lo llevó a la boca, como si hubiera sido un

camaleón, que con la lengua jaló un débil insecto. —Esta que ve aquí, Santo Negro, es una de las armas más letales que usted haya visto en su fructífera vida. Es una especie de control remoto con el que puede movilizar armas letales como esas dos que están a la par suya. Santo Negro se carcajeó tanto que hasta comenzó a llorar. Se llevó ambas manos al abultado estómago. Enseguida comenzó a pegarle con los puños a los brazos del sillón. —Arriesgaste tu vida por una estupidez como esa. Si no me decís de qué se trata hago que te maten ahora mismo —graznó Santo Negro mientras levantaba una mano y chasqueaba. —Tranquilo, Santo Negro. Se me hace que no le está cayendo bien el pedi y el manicure. Esto que tengo en la boca es lo último en tecnología, y si no me paga con buen billete, seguramente me lo trago. Observe bien, pues. En ese momento activó el objeto metálico y de inmediato ambos perros dejaron la posición en la que estaban y se pararon en una posición de alerta. —Si vuelvo a presionar, seguramente tus perros se transformarán en bestias criminales. Esto, Santo Negro, es la perfecta innovación para tus ataques. Funciona a distancia y parecerá que fue un simple ataque canino. No te va a costar mucho, solamente quiero salir hoy para saludar a mis cuates en Navidad. En la pared está la lista de tus regalos. ¿Con quién querés que comiencen tus perritos? Ah, y un pavito relleno por favor. El Gran Fascinador se alejó de espaldas a la puerta y levantó la mano como apuntando hacia los chuchos, los que mostraban sus colmillos amenazantes.

Francisco Alejandro Méndez. Nació en 1964, en Guatemala. Es narrador, periodista y catedrático en varias universidades. Su trabajo periodístico y literario ha recibido numerosos premios nacionales. Es doctor en Estudios de Cultura Centroamericana con énfasis en Literatura por la Universidad Nacional de Costa Rica.


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donde está el Vips. Se precipitan dos o tres recuerdos de comidas con rostros difuminados en una historia que se desvanece en tus canas. Ya nada es igual. Hasta la Ghandi ahora tiene dos locales. Uno enfrente del otro. Te parás. La imagen te estrella en el rostro la certeza de que todo fue un abrir y cerrar de ojos. ¿En qué fugacidad dejaste perdidos treinta años de tu vida? Parece ayer, pero ya ni siquiera es hoy sino pasado mañana. En un segundo querés recordar si alguna vez, parado enfrente de esa librería, imaginaste alguna clase de futuro. En otro, caés en la tentación de desear un porvenir diferente. Casi das media vuelta y regresás por donde viniste. A cada instante se hace más evidente que no sos lo que alguna vez soñaste. Y nunca lo serás. Sin embargo, es necesario sacarte esta duda maldita. Entrás. Por supuesto, no está, y aunque estuviera, ¿cómo ibas a reconocerla? Terminás de un trago el café y te sentís más estúpido que hace un momento. “No estaré lejos”, recordás que te dijo. Si aquel día fuiste un adolescente ingenuo, hoy sos un viejo patético. Entonces decidís llevar la estupidez a sus últimas consecuencias y caminás rumbo a los Viveros. Si ya te asomaste a la orilla de los recuerdos, mejor desbarrancarse de una vez. Después de quince minutos, pasa frente a ti una pareja de jóvenes. Ella tiene el pelo color castaño incomprensible y los ojos de un verde acogedor. Sus dedos pintan acuarelas con sus manos en unos labios absolutamente rojos para tus promesas. Él tiene el aire que vos tenías a esa edad. No debe ser, no puede ser, definitivamente no tiene que ser ella; y por supuesto, no sos vos. Sin embargo, te levantás y los seguís disimuladamente. Te acercás despacio, necesitás estar seguro. La muchacha le habla si

AÑOS JAVIER MOSQUERA SARAVIA Estás sentado en la recepción del edificio de ese organismo internacional. Suficiente aluminio y vidrio para despersonalizar cualquier sentimiento. El sillón es negro y cómodo. Acompañás a un amigo que busca inútilmente trabajo. Han pasado unos veinte minutos... Los primeros cinco los consumiste viendo los folletos informativos de la institución, hasta que te aburriste de los niños desnutridos. Luego te recostás a dormitar, sin pensar en nada. ¡Qué absurda manera de desperdiciar la mañana de un 24 de diciembre cualquiera! Te sacude la promesa de un sueño inconveniente. Entonces decidís ponerte los audífonos del reproductor de música y dejarte llevar. Garota Nacional de los Skank empieza a brotar como murmullo de tus labios Aqui nesse mundinho fechado ela é incrível/ Com seu vestidinho preto indefectível/. Sentís deseos, incluso, de pararte y ensayar algunos pasos. Pero imaginás la escena. Un cincuentón bailando en una oficina impersonal, la recepcionista con los ojos desorbitados por la incredulidad, el guardia de seguridad listo a ponerte en tu sitio... Así que te conformás con el susurro Beat it laun, daun daun/ Beat it loom, dap´n daun/ Beat it laun, baun baun/. Te creés perdido y a salvo en las notas del reggae brasileño. Entonces observás a una hoja muerta ingresar por la puerta de vidrio. A pesar de ser el viento el causante de la irrupción, da la impresión de que a la extraviada algo le urge en esa dependencia, aunque su timidez de naturaleza muerta le impida hablarle a la empleada. Se arrastra un poco más y ya no la ves como un simple vegetal. Su traqueteo doloroso contra el piso empieza a entristecerte irremediablemente. Estás a punto de levantarte a recogerla y acariciarla con cariño, pero el muchacho de la limpieza llega con una escoba y un recogedor y la confina en el bote de la basura. En ese instante recordás su mirada y una necesi-

dad inaplazable te atrapa. Sí, hoy se cumplen exactamente treinta años de aquella tarde, y a pesar de que es una estupidez, te lenvantás y salís del edificio con la intención de ir a buscarla. *** Era la primera vez que la veías allí. A pesar de tu poco tiempo en México, el café de esa librería era como tu segunda casa y a fuerza de constancia ya conocías a los clientes regulares. Ella parecía un ente extraño en la Ghandi. Demasiado linda para intelectual de café con leche. Sus manos acariciaban pinturas con los dedos en un mantel absolutamente blanco para tus labios. Su pelo castaño acogedor y los ojos verdes incomprensibles. Y vos, con tanta adolescencia remanente, ¿cómo ibas a acercarte? Habías comprado dos o tres libros para tu consumo y uno para regalar. Entonces sonrió. Te sonrojaste y arrepentiste ¿y si esa sonrisa no tenía nada que ver contigo? Pero luego te llamó.

Siéntate conmigo, no muerdo.

No supiste a qué horas pasó tanto tiempo. Debías irte. Era 24 de diciembre y habías prometido almorzar con la compañera responsable. Pero, ¿cómo ibas a recordar ahora semejante nimiedad si ya caminaban de la mano por los Viveros de Coyoacán? Después ignoraste la inminencia del atardecer y quisiste conjurar la eternidad. Te dio un beso suave en los labios. Respondiste con la locura de quien descubre el paraíso. El roce de sus pezones en tus dedos, la humedad de su sexo en el recuerdo. Es hora de regresar. No te dio ningún teléfono ni otra suerte de señal, pero te prometió esperarte algún día en el mismo café. No te entristezcas. Si no me encuentras, insiste, no estaré lejos. Sólo búscame en el día correcto. Te prometo que aunque pasen treinta años, volveré.

no me encuentras, insiste, no estaré le-

El 26 no apareció. Ni los siguientes tres días. Dos meses después, la buscaste algunas tardes al azar. Nada. Entonces decidiste que aquello fue sólo una broma de la cotidianidad, un espejismo del destino. Cuando tuviste que decidir entre quedarte o emigrar, no tuviste problema en hacer la maleta. Sin embargo, en la puerta del avión, te supiste incompleto. Algo de ti se quedaba perdido en esa mirada de líquenes y madreselvas.

*** Ni siquiera esperás a tu amigo. Además, ¿qué le vas a decir?, ¿cómo explicar la insensata urgencia de ir a esa librería? Atravesás media ciudad en un metro que ya creció más allá de tus recuerdos. En todo caso es una ventaja que ahora haya una estación a media cuadra del lugar. Cuando salís a la calle, por Avenida Universidad, tardás unos momentos en ubicarte. Das la vuelta en la esquina en

jos. Sólo búscame en el día correcto. Te prometo que aunque pasen treinta años, volveré.

Javier Mosquera Saravia. Nació en Guatemala en 1961, pero vivió exiliado en México entre 1981 y 1991. Ha publicado 3 libros de cuentos, un poemario y una novela. Fue considerado este año como uno de los 25 secretos mejor guardados en la FIL de Guadalajara.


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SALA DE CINE MAURICE ECHEVERRÍA Nunca había realmente celebrado la Navidad. Tenía vagos recuerdos de cuando su madre, antes de morir, le convidaba regalos y le daba besos, o le urgía con una sonrisa conmovida a arreglar el árbol con ella –ese árbol improvisado, ese árbol sin rasgos–, y hasta cocinaba un pavo extraño en la pequeña cocina (sólo entonces cocinaba, sí). Y aquello le parecía como un alud luminoso y pasado, detenido en lo más íntimo, en lo casi doloroso de la memoria. En realidad su recuerdo de esas navidades –tan pocas fueron, tan remotas– eran más bien impresiones, y estaba demasiado pequeño, demasiado cerca del sueño, como para decir que realmente las había vivido. Luego, cuando creció, se fue alejando de cualquier forma de celebración, y en especial navideña, quizá un tanto –especulemos– como reacción o revuelta a la arrancada muerte de su madre. Nunca pudo volver a sentir aquello que sentía cuando estuvo ella, y nunca otra vez una Navidad cobró eso fulgurado, esa ebriedad y esa dicha. En los últimos años había decidido pasar la Navidad en un cine, sin llevar a nadie, debidamente solo. Viendo alguna pelí-

cula vieja o pornográfica, cualquier cosa en realidad, en una sala barata. Es de pensar que era una forma de alejarse de su propia biografía, y de no invitar el recuerdo remoto –no abstracto– de su madre. Nunca había nadie, en el cine, o sólo un borracho inocuo y a lo mejor dormido. Esta vez entró y la sala estaba vacía. “Qué bien”, se dijo. Se dispuso en el asiento. Comprobó que tenía los cigarros con él, pues le molestaba tener que salir a media película a comprarlos. Y ya no por la película en sí, que siempre era mala, sino por el hecho de romper una secuencia, una razón íntima. Tardó tanto en empezar el filme. Ya comenzaba a desesperarse cuando de súbito se apagaron las luces, y un haz de luz se proyectó con una suerte de inercia o letargo en la pantalla. Nada entonces le daba más placer, y podía dejarse llevar con entera displicencia, con un placer indiferente, y podía seguir sin demasiada ocupación los avatares irrelevantes de la proyección. Veinte minutos después de iniciada la historia, entró, como furtivamente, una señora. Al principio no le puso demasiada atención. Siguió viendo las imágenes, ajeno a su presencia. Pero luego, por un efecto de curiosidad o mero azar se detuvo en su figura. Estaba ella delante, delante y a un lado, y podía ver la espalda, y el cabello blanquecino y un poco del perfil. ¿Podría ser? Y cada vez que se detenía a

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observarla se convencía de que sí, de que esa señora que estaba delante era su madre. Trató de cavilar con mil razones, trató de acudir a lo más lógico, trató de fingir, pero el perfil, el perfil era exacto, y la mano, cómo confundir la mano, una mano ligera, delicadamente digna, griega, reservada. Y fue entonces cuando notó el anillo, y un vértigo, una niebla giratoria le aturdió la cabeza. Se quedó unos minutos detenido, sin saber muy bien qué hacer. La pantalla del cine hospedaba imágenes, una y otra, y era imposible darle a todo eso una fisonomía, una idea de progresión. El malestar, la angustia quizá: encendió presurosamente un cigarro. El humo veleidoso levitaba y tomaba cuerpo por entre la luz de la proyección. Las butacas estaban extrañamente vacías. Sólo eran él y su madre. Y se levantó. No quiso más tener que vivir ese momento insensato, como si él fuese el que estaba en una película remota y fatigada. La miró otra vez, salió. En la sala quedaron los tres o cuatro espectadores que miraban la trama de la película. Hubo alguien que preguntó indignado a su acompañante: –Pero ¿por qué no habló con ella? Navidad, y nosotros mirando esta película de mierda. El otro alzó los hombros, indiferente.

Maurice Echeverría. Nació en Guatemala en 1976. Es escritor y periodista. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad Rafael Landívar. Desde 1998 ha publicado libros de cuentos y novelas. En 2006 ganó el concurso de Novela Mario Monteforte Toledo con su obra Diccionario Esotérico.


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DOS QUETZALES ÁLVARO ARRIVILLAGA CORTEZ Mi padre me pidió que le llevara unas cajas que le guardaba desde muchos años atrás en una pequeña bodega debajo de las gradas. Cuando las cargaba para subirlas al carro, la más grande de ellas se desplomó, dejando caer al suelo todo su contenido. Por lo que tomé una bolsa de la cocina y empecé a introducir las cosas que estaban desparramadas por todas partes. Unos libros, fólders, hojas sueltas, estuches de plumas, de lentes y sobres, era prácticamente el contenido de aquella caja. Lo último en meter fue un sobre, y que, ya habiendo terminado la limpieza, me detuve a ver. Era uno de los sobres del árbol de Navidad de mi abuelo, Papá Juan. Pocas cosas durante mi infancia eran poco predecibles como el almuerzo de Navidad en la casa del abuelo. A papá no lo veía tan seguido, quizá unas tres o cuatro veces al año. Vivía solo. Nunca me pregunté por qué no lo hacía junto a mi abuela. Las imágenes que tengo sobre él son sólo las que están ligadas a la Navidad. Seguro a los siete años no me hacía preguntas tan elaboradas y por supuesto no

había respuestas. Seguro tampoco me importaba. Sin embargo, sí inventaba historias sobre cada visita a su casa y me creía todo lo que decían mis hermanos y primos mayores sobre las cosas tan curiosas que encontraríamos cada 24 de diciembre, cuando lo visitábamos. Mamá, pocas veces iba. La elaboración de la pierna en el horno, bañada en especias y cerveza le absorbía horas de faena en la cocina. Nosotros los cuatro hermanos, junto a mi padre, emprendíamos un largo viaje alrededor del mediodía hacia la Primero de Julio, lugar que me parecía otro país por la distancia que recorríamos. Al llegar, siempre identificaba con exactitud la vivienda de mi abuelo a pesar de que todas las casas eran exactamente iguales. De la casa sólo recuerdo el cuarto de mi abuelo, aunque seguro había otros ambientes. Era grande y estaba lleno de muebles con gavetas y una cama inmensa que podía alojar a cuatro o cinco primos a la vez. Siempre con su riguroso poncho de viejito sobre la cama y dos enormes almohadas con sobrefunda blanca, perfectamente planchada y estirada. Caminaba alrededor del cuarto y no importaba

GUATEMALA, DEL 18 AL 25 DE DICIEMBRE 2011

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hacia donde miraba, siempre estaba lleno de curiosidades: un reloj despertador, una gaveta afanosamente ordenada con lapiceros, un reloj de cadena, las respectivas fotos en blanco y negro y una colección de pañuelos, bufandas y sombreros. Todo muy en su sitio, nada en queé tropezarse. Según parece la obsesión por el orden se desarrolla con la edad en la familia. Ya una vez ahí todos, cada quien hacía lo suyo. Los primos mayores podían ver cosas de ya casi adultos; mi padre por su lado sacaba cada herramienta de la caja verde que mi abuelo tenía. Sin embargo, ya a eso de las dos de la tarde, lo más extraordinario de esa celebración de Navidad era que el abuelo sacaba el arbolito. Éste, ubicado en lo más cercano al centro del cuarto, era un colgador de sombreros y abrigos, carente de luces o adornos. Ese era nuestro árbol. El árbol de Navidad del abuelo. No tenía ramas, no olía a nada, más que a viejo. Era un largo y escuálido palo de madera, con unos alambres en la parte superior para colgar sombreros o abrigos. Pero era ahí donde mi Papá Juan colocaba pequeños sobres, cada uno con nuestro nombre, a puño y letra de él, con letra de carta, letra de abuelo. Y dentro de cada sobre encontrábamos según nuestra edad, de dos a

cinco quetzales. Siempre en billetes completamente nuevos, sin una sola arruga. Yo imaginaba todo lo que podría comprar con esos dos quetzales. Recuerdo cómo se me iluminaban los ojos al ver los dos billetes de un quetzal que me tocaban. Luego me imaginaba lo que podría comprar con cinco quetzales, aunque estos no fueran míos, pero igual me daba el placer de gastar el dinero de mi hermano mayor, al que ya le tocaba esa cantidad. No sentía envidia ni rencor por no recibir igual. Celebraba de la misma forma si eran míos o de mi hermano. A esa edad las alegrías y las tristezas no sólo se compartían sino de alguna manera se vivían en carne propia. Antes de irnos, pasábamos a comer en una mesa completamente improvisada para eso. Unos platos enormes y vasos con hielo llenaban por completo la mesa. Nos permitían tomar toda el agua gaseosa que podíamos. Mis pies no tocaban el suelo al estar sentado, por lo que los balanceaba con ritmo a la energía que todos sentíamos. A pesar de estar tan feliz, deseaba correr adonde se encontraba mi mamá, para contarle todo. El dinero, la comida, mis ilusiones. Entrada la tarde era momento de decir adiós. El riguroso beso en la frente de mi abuelo, era un ritual muy especial entre todos. Esto me ha hecho pensar que esta Navidad debo colgar también unos sobres en nuestro árbol. En mi casa ya no creen en los regalos, ni en Santa, mucho menos en los Reyes Magos. Quizá al ver los sobres y abrirlos encontraré de nuevo todo lo que he perdido.

Álvaro Arrivillaga Cortez. Nació en Guatemal, en 1964. Pese a que es médico de profesión, nunca ha dejado de escribir. Ha sido cobijado bajo el ala del Centro de Formación de Novelistas de España. Recientemente publicó el libro de cuentos y poemas Chiviricuartas.


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SIGLO.21 DOMINGO 18 DE DICIEMBRE DE 2011

El mejor regalo de Navidad es una sonrisa

El camino a Ciudad Satélite (Mixco) se hizo célebre el pasado invierno, tras desplomarse un trozo de carretera, lo que le costó la vida a dos personas y dejó incomunicado a un sector de la ciudad. En esa ruta se encuentra el Hogar Miguel Magone, un centro donde viven 60 niños de entre 3 y 16 años de edad. Estos chi-

Usted también puede ayudar al Hogar Como en todas las casas guatemaltecas, en esta también hay necesidades a diario. Por eso es muy fácil encontrar la manera de colaborar con los niños. Sólo hace falta un corazón dispuesto.

cos son referidos a este lugar por el Juzgado de la Niñez, generalmente por problemas de adicción y alcoholismo de sus padres. Sin embargo, hay un grupo de unos 165 niños de las comunidades cercanas que también es atendido. Este hogar fue fundado en 1997, sin ningún tipo de ayuda guberna-

ROPA Y ZAPATOS PARA TODOS Los niños comparten su guardarropa completo. Esto implica un desgaste acelerado de las prendas de vestir. Por esa razón es necesario renovar el vestuario constantemente. Cualquier pieza para niños de 3 a 15 años es bienvenida.

mental, para brindar una atención integral a los chicos: tratamiento psicológico, odontológico, talleres de carpintería, serigrafía, panadería, música y computación. “La idea es que los pequeños aprendan un oficio, y que al salir de aquí puedan superarse”, afirma Karen Rodas, la fundadora.


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Como en años anteriores, Corporación de Noticias, S.A. (casa editora de los diarios Siglo.21 y al día) organizó una fiesta para llevar un momento de alegría a los pequeños. Después de disfrutar junto a ellos un show de payasos, juegos de feria e inflables, pinta-

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caritas, piñatas, pastel, regalos y un donativo de ropa (que fue posible gracias a marcas amigas de Siglo.21), estos niños nos agradecieron con el mejor regalo de Navidad: sus sonrisas iluminadas. T/F. Stanley Herrarte sherrarte@siglo21.com.gt

“¿Alguna vez has sentido la necesidad de que alguien te abrace?” Wendy Jerez es una voluntaria que llegó estas vacaciones a trabajar en el hogar. Al principio ella se confunde entre los niños internos, pero después de ver con atención, su trabajo sobresale. Siempre tiene un zapato que amarrar o algún pequeño para cargar. Dependiendo de la edad de los niños, Wendy puede convertirse en mamá, en amiga o en confidente. Su vocación de servicio le permite faltar a su casa por semanas completas.

ARTÍCULOS DE HIGIENE

UN VOLUNTARIO NUNCA ESTÁ DE MÁS

RECICLAJE PARA LA VENTA

Pasta y cepillos de dientes, jabón, champú, detergente y todos esos artículos básicos para la higiene personal y el lavado de ropa, son también un requerimiento constante. Una dotación de estos productos se agradecerá con el corazón.

Si no tiene recursos económicos para regalar, también puede donar su tiempo como voluntario. Si es profesional, puede brindar su servicio como dentista, psicólogo, músico, carpintero o bien, dando clases de computación o inglés.

El papel o latas de aluminio que se acumulan, ya sea en su lugar de trabajo o en su casa, pueden tener un mejor uso en este Hogar. Lo que ellos ganan con la venta de ambos se convierte en educación para los niños.

Magacín 136 EDICIÓN: Wendy García Ortiz COLABORARON EN ESTA EDICIÓN: Carol Zardetto, Vanessa Núñez Handal, Gloria Hernández, Jessica Masaya Portocarrero, Francisco Alejandro Méndez, Javier Mosquera Saravia, Maurice Echeverría, Álvaro Arrivillaga Cortez, Stanley Herrarte ILUSTRACIÓN: Alejandro Azurdia DISEÑO: Luis Villacinda, Alexander Mérida CORRECCIÓN: Dolores Tumax

Publicación dominical de Siglo 21

www.s21.com.gt | magacin@siglo21.com.gt | 2423-6392

“Llegué a este hogar hace un mes y medio. Antes de conocer este proyecto fui voluntaria durante cinco años en una institución que trabaja con personas con discapacidades físicas. Actualmente trabajo como maestra de preprimaria y estudié Pedagogía en Administración Educativa en la Universidad de San Carlos. Me gusta sentirme útil. Siento que puedo ayudar a las personas, incluso con una sonrisa, y eso me encanta. En este hogar hay muchas historias que me impactan, pero sé que con sólo escuchar a los chicos ya estoy haciendo algo positivo en sus vidas. Los niños necesitan tiempo personalizado, afecto y palabras de ánimo. ¿Alguna vez has sentido la necesidad de que alguien te abrace? Aquí hay un niño de dos años que me dice mamá. Este tipo de situaciones me ayuda a apreciar lo poco que tengo. Cuando me inicié en los voluntariados mi mamá se molestaba, pero ahora me apoya. Con el tiempo comprendió que esto me gusta... ayudar me llena”.

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