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editorial

¿Por qué fracasan las naciones rentistas?

U

no de los aspectos más interesantes que crean un vínculo casi indisoluble entre la economía y la ciencia política es el de los incentivos y cómo éstos determinan el comportamiento de las personas entre sí y sus relaciones con el poder. Las personas vivimos en sociedad y éstas a su vez viven bajo unas determinadas reglas de juego que se traducen en lo que llamamos instituciones. En algunos países las instituciones están mejor estructuradas, ofrecen resultados predecibles y fines pertinentes, y en otros pueden ser caóticas e incoherentes. Es allí donde se evidencia lo interesante del punto que queremos abordar al realizar el presente dossier, y es cómo el buen o mal diseño institucional determina de manera preponderante el comportamiento de los individuos. Tan clara es ésta simbiosis que el premio Nobel de economía, Douglas North, las cataloga como instituciones formales e informales mostrando cómo la estructura moldea el comportamiento inter e intrasocial y viceversa. ¿Por qué explico esto y por qué considero que entenderlo es importante para nuestros lectores? Porque cuando en un país existe un recurso natural de primera necesidad mundial como lo es el petróleo, o algún otro mineral demandado por el mercado; o cuando el sistema tiende a otorgar privilegios a unos pocos, pero poderosos sectores de la sociedad, tras recibir sobornos o chantajes para beneficiar sus intereses económicos, hay una consecuencia en el comportamiento de una sociedad, tanto en las bases como en las élites. Por lo general, se trata de élites muy ricas que se llevan la mejor tajada del pastel, y una población muy pobre que debe dividirse lo que queda entre muchos. En otras palabras, distorsionan el mercado, minan el ascenso social a partir de criterios meritocráticos, evitan que las oportunidades estén a disposición de todas las personas permitiendo el surgimiento o ampliación de una sólida clase media, debido a que lo que se crea no es una institucionalidad

EDICION 2 / 2013

fuerte y robusta sino un Estado rentista que incentiva la corrupción y el clientelismo. Lamentablemente este ha sido el modelo de “desarrollo” que ha imperado en América Latina. Un modelo rentista. Por lo general, en estos panoramas estamos hablando de élites que buscan medidas proteccionistas y excepcionales para tener una posición dominante o de ventaja frente a sus potenciales competidores, o de Estados perezosos que aprovechan su riqueza natural para –ficticiamente- mostrarse como economías sólidas o en acenso, aprovechando que la medición por excelencia es el PIB y no los derivados, la industria, la innovación y/o la tecnología que surge del buen desarrollo del capital humano.

Marcela Prieto Botero Directora

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o se trata de no usufructuar una riqueza natural cuando existen potenciales rentas por concepto de minerales o hidrocarburos. A lo que se debe apuntar es a crear una industria alrededor de éstos dada su naturaleza no renovable. El fin último debe ser entonces crear capital humano y ambiental sostenible. Aprendamos a no depender de las rentas. Si las tenemos, aprovechémoslas de manera inteligente y con visión de largo plazo, armando una estructura institucional robusta y al servicio de los ciudadanos, quienes somos finalmente los verdaderos clientes. Al tener esto claro se mitigará de manera importante los tentáculos de la corrupción, y si las cosas se hacen bien, las leyes del mercado ayudarán a la mejor distribución de la riqueza, y el Estado solo tendrá que intervenir mínimamente en aquellas áreas donde se justifique una intervención directa para corregir cualquier distorsión o efecto que pueda ir en contra de los derechos fundamentales. ¡Aprendamos de Chile y no de Venezuela!

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Marcela prieto