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Reporte Sexto Piso Publicación mensual gratuita • Septiembre de 2017

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Índice Vicisitudes del rectángulo interior   |  4

El resucitador de caballos  |  31

Claudina Domingo

Carlos Velázquez

Tesis sobre la comunidad terrible  |  6

Muslámenes | 41

Tiqqun

Daniel Saldaña París

El mismo viaje  |  9

Odunacam | 41

donDani

Liniers

Los que regresan  |  26

Psycho Killer  |  42

Javier Peñalosa M.

Carlos Velázquez

Contribución a la historia universal de la ignominia  |  27

Sexto Piso Times  |  45

Glissandos en el laboratorio global  |  29

El buzón de la prima Ignacia  |  47

Carmen Pardo

Espacio negativo  |  29 Abraham Cruzvillegas

Portada de este número: Imagen de Damián Ortega, extraída de El arte de la guerra (Sexto Piso, 2017)

Reporte Sexto Piso, Año 5, Número 37, septiembre de 2017, es una publicación mensual editada por Editorial Sexto Piso, S. A. de C. V., París #35-A, Colonia Del Carmen, Coyoacán, C. P. 04100, Ciudad de México, Tel. 5689 6381, www.reportesp.mx, informes@sextopiso.com. Editor responsable: Eduardo Rabasa. Equipo editorial: Rebeca Martínez, Diego Rabasa, Felipe Rosete, Ernesto Kavi. Diseño y formación: donDani. Reservas de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2017-071710465800-102. Licitud de Título y Contenido No. 16768, otorgado por la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas de la Secretaría de Gobernación. Impresa en Editorial Impresora Apolo, S.A. de C.V., Centeno 150-6, colonia Granjas Esmeralda, Iztapalapa, C.P. 09810, Ciudad de México. Este número se terminó de imprimir en septiembre de 2017 con un tiraje de 3,000 ejemplares. Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la postura del editor de la publicación. Queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación sin previa autorización del Instituto Nacional del Derecho de Autor.


Recomendación de los editores

Vicisitudes

del rectángulo interior Claudina Domingo

4

L

cia aún más reveladora: un espacio que no fue ni hijo ni madre ni amante; un espacio de comunión con las potencias a salvo de cualquier intoxicación emocional: «En ese instante, sentí que me abría en canal. Mi interior se vació para dar cabida a un rectángulo de aire limpio y espacio despejado, que comenzaba en mi frente y terminaba en mis ingles. En el centro del rectángulo, sólo mi imagen, esperando con paciencia para depurarse. Experimenté gozo cuando supe que nada más podría igualarlo. Ningún “Te quiero” del mundo podría tocarlo. Dentro de aquel gozo me sentía segura y erótica, emocionada y en paz, a salvo de cualquier amenaza o influencia». He escuchado hablar de este espacio. Una terapeuta meditativa me habló de este canal delicadísimo del alma/persona justamente como un espacio, una habitación finísima en el centro del cuerpo con la capacidad para expandirse en el alma que recorre la columna vertebral. El rectángulo del que habla Vivian Gornick es, claramente, esta clarividencia que no necesita pruebas: gracias a él crea, él le proporciona el alivio más necesario para una mujer inteligente, es decir, para un ser en clara desventaja histórica pero no emocional ni intelectual. En estas memorias resalta un personaje que ejerce sobre la niña y adolescente Vivian una atracción fascinante: una «gentil» que recala en el edificio poblado de judíos y cuya accidentada maternidad, así como su intensa vida erótica, la llevarían a convertirse en —más que una persona— un ser peligroso para su entorno, porque, admitámoslo, las sociedades experimentan la necesidad de que un individuo de la comunidad asuma el papel de Venus. Mujer u hombre, a ese depo-

A la tendencia, consciente o no, de su madre, de hacer de su vida de mujer casada —y luego de viuda— una representación dramática, agotadora para todos excepto para sí misma, Vivian encontró el antídoto en las ideas: «La vida es difícil: es gloria y castigo. Las ideas son emoción, una compañía glamurosa. La soledad me devora por dentro».

a biografía que Vivian Gornick (Bronx, Nueva York, 1935) escribe no es completamente la propia ni la de su madre, aunque incluye una mirada, que no pretende ser invasora, de ambas trayectorias de vida. Lo narrado en Apegos feroces es también la historia de las charlas con su madre y los intensos debates que Gornick —judía, periodista, ensayista, feminista— libró consigo misma durante su edad adulta. Se trata, pues, de un recorrido transversal lo mismo por los diferentes tiempos para las diversas mujeres de su biografía que por su conciencia y la poderosa, efervescente necesidad de la autora por entender su vida. Desde su niñez en el Bronx, Gornick escuchó a su madre y a las vecinas hablar en yidish, sobre todo, de las cosas más importantes, las oscuras o secretas. Observó también a su madre escenificar un papel extenuante de mujer/madre/esposa que era, al mismo tiempo y curiosamente, de rasgos megalómanos: «Mamá pensaba que merecía una medalla por sacar las piernas de la cama por la mañana». A la tendencia, consciente o no, de su madre, de hacer de su vida de mujer casada —y luego de viuda— una representación dramática, agotadora para todos excepto para sí misma, Vivian encontró el antídoto en las ideas: «La vida es difícil: es gloria y castigo. Las ideas son emoción, una compañía glamurosa. La soledad me devora por dentro». Esta compañía glamurosa, esta emoción racionalista, no sólo constituiría el alivio para la persona privada sino la experiencia de la persona social: la escritora, la ensayista, la periodista construirían un mundo donde la razón fue habitada; el debate sería una forma de caminata a lo largo de los años de experiencia. Y he aquí que por medio de este esfuerzo de la mente, Gornick encontró una experien-


sitario de la lujuria se le despoja de la moral y de la razón: «descubrí que tenía una brillante mata de pelo rojo que le formaba un tupé y que le caía por la espalda y los hombros. Sus rasgos eran estrechos y angulosos (los ojos almendrados, la boca y la nariz delgadas y marcadas) y era ancha de hombros a pesar de su delgadez. Me recordó a las imágenes de Greta Garbo. Mi corazón comenzó a latir con fuerza. Nunca antes había visto a una mujer hermosa». Para cuando Gornick entra a la universidad y descubre el inmenso e intenso placer del pensamiento, la vida de las tres mujeres ya es un tejido complejo donde, incluso si intentan acompañarse, cada una está enfrascada en una batalla interior con su femineidad: «Nettie decía que me estaba animando a sacarme partido para poder sacar buena tajada, pero de hecho era ella la que estaba enganchada a la práctica diaria de la seducción. Mi madre decía que necesitaba el amor para experimentar la vida en un plano superior, pero de hecho el luto por su amor perdido era el plano más alto de vida que ella había alcanzado. Todas nos entregábamos a nuestros placeres. Nettie quería seducir, mamá quería sufrir y yo quería leer. Ninguna de nosotras sabía cómo imponerse una disciplina que condujese a la consecución de una vida femenina ideal y corriente. Y, de hecho, ninguna de nosotras lo logró». Pese a esta reflexión tajante y pesimista, las memorias de Gornick destilan la pasión por la vida femenina que experimentó su autora: mujer de su tiempo —feminista comprometida, sus relaciones amorosas eran contradictorias ante un ideal igualitario—, creyó en el trabajo intelectual no sólo como una forma de emancipación sino como una forma de la alegría de la vida; una manera de libertad interior. El vínculo con su madre, más que una relación atormentada de odio y amor, se puede leer como un largo debate entre sus intenciones progresistas y una herencia conservadora. Porque, además, si algo

Apegos feroces Vivian Gornick Traducción de Daniel Ramos Sánchez Narrativa Sexto Piso • 2017 200 páginas

hacen estas dos mujeres mientras Gornick reflexiona sobre su pasado y su presente, es charlar, discutir, debatir, visitar el pasado para sacar nuevas conclusiones. Gornick vive a su madre como un peligro para la propia libertad no porque su madre intente destruirla, sino porque la existencia de esa mujer entregada al placer del sufrimiento le resulta a la intelectual una tentación horrible, ancestral y decadente. Y, sin embargo, la mente aguda de Gornick va descubriendo, a lo largo de sus caminatas con la madre, que tanto su insensatez como su sabiduría le fascinan tanto como el erotismo desbocado de Nettie; son misteriosos y excitantes; la confrontan y la llevan a pensar, a intentar desentrañarlos y justo eso es a lo que se entregan la autora y el libro: al placer de pensar, al intenso placer de ubicarse junto a la ventana interior y observar a través de ella tanto el paisaje del mundo como el rico y contradictorio paisaje interior. •

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Tiqqun

Tesis sobre la

comunidad terrible Hay ahí algo de la pobre y breve infancia, algo de la felicidad perdida que nunca se recupera, pero también algo de la vida activa de hoy, de su pequeño entusiasmo incomprensible y sin embargo persistente e imposible de extinguir. Franz Kafka …arroja unas rosas en el abismo y di: «¡He aquí mi agradecimiento para el monstruo que no consiguió tragarme!» Friedrich Nietzsche, Fragmentos póstumos

tro de este exilio todas las voces se pierden. El Otro no nos acoge; nos devuelve y remite al Otro en nosotros. Abandonamos este mundo en ruinas sin remordimientos y sin pena, apresados por algún vago sentimiento de premura. Lo abandonamos como las ratas abandonan la nave, pero sin forzosamente saber si está amarrado al muelle. No hay nada «noble» en esta huida, nada grande que pueda ligarnos los unos a los otros. Finalmente, quedamos a solas con nosotros mismos, ya que no hemos decidido combatir sino conservarnos. Y esto no es todavía una acción, solamente una reacción.

1 Génesis

3 Una muchedumbre de hombres que huyen es una muchedumbre

o historia de una historia

de hombres solos.

1 «Lo que por algún tiempo había sido comprendido, por un tiempo

4 No encontrarse es imposible; los destinos tienen su clinamen. Incluso en el umbral de la muerte, incluso en la ausencia con nosotros mismos, los otros no dejan de tropezarse con nosotros sobre el terreno liminar de la huida. Nosotros y los otros: nosotros nos separamos por aborrecimiento, pero no conseguimos reunirnos por elección. Y, sin embargo, nos encontramos unidos. Unidos y fuera del amor, al descubierto y sin protección recíproca. Es así como éramos antes de la huida, es así como hemos sido siempre.

ha sido olvidado. Hasta el punto de que ya nadie percibe que la historia carece de época. Y de hecho, ya no pasa nada. Ya no hay acontecimiento. Sólo hay noticias. Observar a los personajes en la cumbre de los imperios. E invertir la frase de Spinoza. Nada que comprender. Sólo que reír y que llorar» (Mario Tronti, La política en el crepúsculo).

1 Bis. Ha terminado el tiempo de los héroes.

Ya no hay tiempo para soñar en aquello que uno será, en aquello que uno hará, ahora que podemos ser todo, que podemos hacer todo, ahora que toda nuestra potencia nos lo ha dejado, con la certeza de que el olvido de la alegría nos impedirá desplegarla.

Ha desaparecido el espacio épico del relato que disfrutamos decir y que disfrutamos escuchar, que nos habla de lo que podríamos ser pero que no somos. Lo irreparable es en adelante nuestro serasí, nuestro ser-nadie. Nuestro ser-Bloom. Y es de lo irreparable desde donde hay que partir, ahora que el nihilismo más feroz hace estragos al interior de las propias filas de los dominadores. Es preciso partir, debido a que «Nadie» es el otro nombre de Ulises, y a que no debe importar a nadie regresar a Ítaca, o naufragar.

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2 Bis. Desde el fondo de este exilio provienen todas las voces, y den-

2 Ya no hay tiempo para soñar en aquello que uno será, en aquello que uno hará, ahora que podemos ser todo, que podemos hacer todo, ahora que toda nuestra potencia nos lo ha dejado, con la certeza de que el olvido de la alegría nos impedirá desplegarla. Es aquí que es preciso desprenderse, o dejarse morir. El hombre es por mucho algo que debe ser superado, pero por esto mismo debe primero ser escuchado en lo que tiene de más expuesto y de más raro, para que su resto no se pierda en el pasaje. El Bloom, residuo insignificante de un mundo que no deja de traicionarlo y exiliarlo, exige partir en armas; exige el éxodo. Pero la mayoría de las veces, aquel que parte no encuentra a los suyos, y su éxodo se convierte en exilio.

5 Nosotros no queremos solamente huir, incluso si hemos abandonado este mundo porque nos parecía intolerable. No hay ninguna cobardía aquí: hemos partido en armas. Lo que queríamos no era luchar contra alguien, sino con alguien. Y ahora que ya no estamos solos, haremos callar esa voz que tenemos dentro, seremos los compañeros de alguien, ya no seremos los indeseables.


compartir— ha desaparecido y porque sólo quedó de él una cuadrícula imperial que surcar. La mentira del «hombre» mismo no encuentra más mentirosos en los que afirmarse. Los no-hombres, los ya-no-hombres, los Bloom, ya no consiguen pensar, como ha podido hacerse esto antaño, pues el pensamiento era un movimiento dentro del tiempo, y éste ha cambiado de consistencia. Además, los Bloom han renunciado a soñar, y habitan distopías acondicionadas, lugares sin lugar, los intersticios sin dimensión de la utopía mercantil. Son planos y unidimensionales ya que, sin ser capaces de reconocerse en ninguna parte, ni en sí mismos ni en los demás, no reconocen ni su pasado ni su futuro. Día tras día, su resignación borra el presente. Los ya-no-hombres pueblan la crisis de la presencia. Será necesario esforzarse, será necesario callarse, ya que si nadie nos ha necesitado hasta este punto, ahora las cosas han cambiado. No plantear más preguntas, aprender el silencio, aprender a aprender. Pues la libertad es una forma de disciplina.

6 La palabra avanza, prudente, colma los espacios entre las soledades individuales, infla los agregados humanos en grupos, los coloca juntos contra el viento, el esfuerzo los reúne. Es casi un éxodo. Casi. Pero ningún pacto los mantiene juntos, salvo la espontaneidad de las sonrisas, la crueldad inevitable, los accidentes de la pasión. 7 Este pasaje, semejante al de los pájaros migratorios, al murmuro de

los dolores errantes, da poco a poco forma a las comunidades terribles.

2 Efectividad

de por qué la esquizofrenia es más que una enfermedad y de cómo, mientras soñamos con éxtasis, terminamos por interiorizar la policía

5 El tiempo de la comunidad terrible es una espiral y posee una consistencia turbia. Es un tiempo impenetrable donde la forma-proyecto y la forma-costumbre pesan sobre las vidas y las dejan sin espesor. Se lo puede definir como el tiempo de la libertad ingenua, donde todo el mundo hace lo que quiere, porque éste es un tiempo que no permite querer otra cosa que lo que ya está ahí. Se puede decir que es el tiempo de la depresión clínica, o bien el tiempo del exilio y de la prisión. Es una espera sin término, una extensión uniforme de discontinuidades sin orden. 6 El concepto de orden, al interior de la comunidad terrible, ha sido abolido en provecho de la efectividad de las relaciones de fuerza y el concepto de forma en beneficio de la práctica de la formalización, la cual, al no tener influencia sobre los contenidos a los que se aplica, es eternamente reversible. En torno a falsos rituales, a falsos plazos (manifestaciones, vacaciones, cesantías, asambleas diversas, reuniones más o menos festivas), la comunidad se coagula y se formaliza

1 «Nos dicen: ¿pero el esquizofrénico no tiene también un padre y una madre? Lamentamos decir que no, que como tal no los tiene. Sólo tiene un desierto y tribus que lo habitan, un cuerpo pleno y multiplicidades que se aferran a él» (Gilles Deleuze, Félix Guattari, Mil mesetas). 1 Bis. La comunidad terrible es la única forma de comunidad compatible con este mundo, con el Bloom. Todas las otras comunidades son imaginarias, no verdaderamente imposibles, sino posibles solamente por momentos, y en cualquier caso nunca en la plenitud de su actualización. Emergen en las luchas, y son entonces heterotopías, zonas de opacidad ausentes de toda cartografía, perpetuamente en curso de constituirse y perpetuamente en vías de desaparición. 2 La comunidad terrible no es solamente posible; ya es real, está siem-

pre-ya en acto. Es la comunidad de los que restan. Jamás está en potencia, no tiene ni devenir ni futuro, ni fines realmente externos a sí misma ni deseo de devenir algo más, solamente de persistir. Es la comunidad de la traición, puesto que va en contra de su propio devenir; se traiciona sin transformarse ni transformar el mundo alrededor de ella.

2 Bis. La comunidad terrible es la comunidad de los Bloom, pues en su seno ninguna desesclavización es posible. De hecho, para entrar en ella es preciso ponerse primero entre paréntesis. 3 La comunidad terrible no ek-siste, excepto en las disensiones que por momentos la atraviesan. El resto del tiempo, la comunidad terrible es, eternamente.

4 A pesar de esto, la comunidad terrible es la única que es posible encontrar, porque el mundo —en cuanto lugar físico de lo común y el Ilustraciones de Damián Ortega

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sin nunca tomar forma. Pues la forma, al ser sensible y corruptible, expone al devenir.

6 Bis. En el seno de la comunidad terrible, la informalidad es el medio más apropiado para la construcción inconfesada de jerarquías despiadadas.

7 La reversibilidad es el signo bajo el cual se coloca todo acontecimiento que tiene lugar en la comunidad terrible. Pero es esta misma reversibilidad, con su cortejo de temores e insatisfacciones, lo que es irreversible. 8 El tiempo de la reversibilidad infinita es un tiempo ilegible, no-hu-

mano. Es el tiempo de las cosas, de la luna, de los animales, de las mareas; no de los hombres, y aún menos de los ya-no-hombres, pues estos últimos ya no son capaces de pensarse, mientras que los primeros lo conseguían todavía. El tiempo de la reversibilidad no es sino el tiempo de lo que es incognoscible a sí mismo.

9 ¿Por qué los hombres no abandonan la comunidad terrible?, se preguntarán. Se podría responder que no lo hacen porque el mundo-ya-no-mundo es aún más inhabitable que ella; pero se caería en la trampa de las apariencias, en una verdad superficial, pues el mundo está tejido con la misma inexistencia agitada que la comunidad terrible; existe entre ambos una continuidad oculta que, para los habitantes del mundo y para los de la comunidad terrible, sigue siendo indescifrable. 10 Lo que debe más bien ser destacado es que el mundo obtiene su

existencia mínima, la que nos permite descifrar su inexistencia sustancial, de la existencia negativa de la comunidad terrible (por marginal que pueda ser), y no, como podría creerse, lo contrario.

11 La existencia negativa de la comunidad terrible es en última ins-

tancia una existencia contrarrevolucionaria, pues ante la subsistencia residual del mundo, la comunidad terrible se contenta con pretender una mayor plenitud.

12 La comunidad terrible es terrible porque se autolimita al mismo

tiempo que no descansa en ninguna forma, pues no conoce el éxtasis. Razona con las mismas categorías morales que el mundo-ya-no-mundo, sin siquiera tener las razones para hacerlo. Conoce los derechos y las injusticias, pero siempre los codifica con base en la coherencia perdida del mundo al que ella se opone. Critica la violación de un derecho, la pone en evidencia, exige atención. Pero ¿quién ha establecido (y violado) ese derecho? El mundo al que ella rechaza pertenecer. ¿Y a qué atención dirige su discurso? A la del mundo que ella niega. Así pues, ¿qué desea la comunidad terrible? El mejoramiento del estado de cosas existente. ¿Y qué desea el mundo? Lo mismo.

13 La democracia es el medio de cultivo de toda comunidad terrible.

El mundo-ya-no-mundo es el mundo donde el litigio originario y fundador de lo político se borra en provecho de una visión gestora de la vida y lo viviente, el biopoder. En este sentido, la comunidad terrible es una comunidad biopolítica, ya que también funda su unanimidad masiva y cuasi-militar en la represión del litigio fundador de lo político, el litigio entre formas-de-vida. La comunidad terrible no puede permitir en su seno la existencia de un bios, de una vida no conforme conducida libremente, sino sólo de una supervivencia en sus filas. De la misma manera, la continuidad escondida entre el tejido biopolítico de la democracia y las comunidades terribles se debe al hecho de que el litigio es abolido en ellas mediante la imposición de una unanimidad desigualmente compartida y a la vez violentamente encerrada en

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una colectividad que se supone que hace posible la libertad. Así pues, sucederá, paradójicamente, que las filas de la democracia biopolítica resulten más confortables que las de la comunidad terrible, mientras el espacio de juego, la libertad de los sujetos y las constricciones impuestas por la forma-política serán, en un régimen de verdad biopolítica, inversamente proporcionales.

14 Cuanto más abierto a la libertad presuma ser un régimen de verdad biopolítica, tanto más será policial y, al delegar a la policía la tarea de reprimir las insubordinaciones, dejará a sus sujetos en un estado de inconsciencia relativa, de cuasi-infancia. En cambio, en un régimen de verdad biopolítica donde se pretende realizar la libertad sin poner en discusión su forma, se exigirá de aquellos que participan el introyectar la policía en su bios, con el poderoso pretexto de que no hay otra opción. Elegir la pseudo-libertad individual concedida por las democracias biopolíticas —ya sea por necesidad, ya por juego o por sed de goce— equivale, para cualquiera que haya formado parte de una comunidad terrible, a una degradación ética real, pues la libertad de las democracias biopolíticas nunca es otra que la libertad de comprar y venderse. 15 Desde el punto de vista de las democracias biopolíticas unificadas como Imperio, los que se posicionan del lado de las comunidades terribles pasan de un régimen político de intercambio mercantil (de gestión) a un régimen político militar (de represión). Agitando el espectro de la violencia policial, las democracias biopolíticas consiguen militarizar las comunidades terribles, consiguen hacer que la disciplina en su seno sea más dura que en cualquier otro lugar; y esto a fin de producir un crescendo en espiral que pretende hacer por fin preferible la mercancía a la lucha, la libertad de circular, tan caluro-


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El partido imaginario es la forma que toma esa esquizofrenia cuando deviene ofensiva. Se está en el Partido Imaginario no cuando no se está ni en una comunidad terrible ni en la democracia biopolítica, sino cuando se obra para destruir ambas.

18 Lo que se desmorona, se desmorona, pero no puede ser destruido. No obstante, la vida entre los escombros no sólo es posible, sino efectivamente presente. La inteligencia superior del mundo está en la comunidad terrible. La salvación del mundo en cuanto mundo, en cuanto que persiste en su estado de descomposición relativa, residiría, por tanto, en el adversario que ha jurado destruirlo. Pero este adversario, ¿cómo podría destruirlo sino al precio de su propia desaparición como adversario? Podría, nos dicen, constituirse positivamente, fundarse, darse leyes propias. Pero la comunidad terrible no tiene vida autónoma, no encuentra en ninguna parte un acceso al devenir. Es precisamente la última treta de un mundo en desagregación para que éste sobreviva un poco más todavía.

Elegir la pseudo-libertad individual concedida por las democracias biopolíticas —ya sea por necesidad, ya por juego o por sed de goce— equivale, para cualquiera que haya formado parte de una comunidad terrible, a una degradación ética real, pues la libertad de las democracias biopolíticas nunca es otra que la libertad de comprar y venderse.

samente recomendada por la policía y la propaganda mercantil —«circulen, ¡no hay nada que ver!»—, a la libertad de ver otra cosa, el motín, por ejemplo. Para los que aceptan trocar la libertad más alta, la de luchar, por la más reificada, la de comprar, las democracias políticas acondicionan, desde hace veinte años, confortables sitios de emprendedores biopolíticos fuertemente conectados (¿qué sería de ellos sin sus redes?). Hasta que los fight clubs no proliferen universalmente, las start-up, las agencias de publicidad, los bares a la moda y los coches de policía no dejarán de pulular en función de un crecimiento exponencial. Y las comunidades terribles serán el modelo de este nuevo viraje de la evolución mercantil.

16 Comunidades terribles y democracias biopolíticas pueden coexistir en una relación vampírica porque las dos se viven como mundosya-no-mundos, o sea, como mundos sin afuera. Su ser-sin-afuera no es una convicción terrorista excitada para garantizar la fidelidad de los sujetos que forman parte de la democracia biopolítica o de la comunidad terrible, sino que es una realidad en la medida en que se trata de dos formaciones humanas que coinciden casi por completo. No hay participación consciente en la democracia biopolítica sin participación inconsciente en una comunidad terrible, y viceversa. Pues la comunidad terrible es sólo la comunidad de la contestación social o política, la comunidad militante, y tendencialmente todo aquello que busca existir en cuanto comunidad en el seno de la democracia biopolítica (la empresa, la familia, la asociación, el grupo de amigos, la banda de adolescentes, etc.). Y esto en la medida en que el compartir sin fin —en el doble sentido del término— es una amenaza efectiva para la democracia biopolítica, que se funda en una separación tal que sus sujetos ya no son siquiera individuos sino solamente dividuos repartidos entre dos participaciones necesarias aunque contradictorias, entre su comunidad terrible y la democracia biopolítica. Por eso, una de esas dos participaciones tiene que ser inevitablemente vivida como clandestina, indigna, incoherente. La guerra civil, expulsada de la publicidad, se ha refugiado al interior de los individuos. La línea del frente, que ya no pasa justo en medio de la sociedad, pasa ahora justo en medio del Bloom. El capitalismo exige la esquizofrenia.

3 Afectividad

de por qué a menudo se desea lo que conlleva nuestra desgracia (tanto y tan bien que se llega incluso a añorar la bella época de los matrimonios arreglados) y de por qué las mujeres no dicen lo que piensan. También se habla aquí de la insuficiencia de las buenas intenciones. ¡Atención! Capítulo de lectura peligrosa ya que todo el mundo está puesto en entredicho. Yocasta.— ¿Qué es el exilio? ¿De qué sufre el exiliado? Polinices.— Del peor de los males: no tener derecho a la parrhesia. Yocasta.— Es la condición del esclavo, no decir lo que piensa. Polinices.— Y de tener que plegarse a las estupideces de quienes mandan… Yocasta.— Sí, y consiste en esto: hacer el estúpido con los estúpidos. Polinices.— Pero por el interés uno fuerza su temperamento

(Eurípides, Las fenicias)

1 La parrhesia es el uso peligroso, afectual, del discurso, es el acto de verdad que cuestiona las relaciones de poder tal como se dan hic et nunc en la amistad, en la política, en el amor. El parrhesiastes no es quien dice la verdad más dolorosa para romper los vínculos que unen a los demás y que se fundan en el rechazo a aceptar esa verdad como ineluctable. Quien hace uso de la parrhesia se pone en peligro antes que nada él mismo mediante un gesto de exposición de sí en los eslabones relacionales. La parrhesia es el acto de verdad que escapa al punto de vista de conjunto. Ahí donde la parrhesia no es posible, los seres se hallan en exilio, actúan como esclavos. Incluso si la comunidad terrible es, para sus habi-

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se perpetúa actuando bajo la mirada hostil de otro, introyectando esta mirada y constituyéndose como objeto y no como sujeto de esa hostilidad, sólo puede amar y odiar por reacción.

5 La comunidad terrible es un aglomerado humano, no un grupo de

compañeros. Los miembros de la comunidad terrible se encuentran y se agregan más por accidente que por elección. No se acompañan, no se conocen.

6 La comunidad terrible está atravesada por todo tipo de complici-

tantes, como una catedral en el desierto, es en su interior que se soporta el exilio más amargo. Pues, en cuanto máquina de guerra omnilateral que debe mantener con el exterior un equilibrio vital de naturaleza homeostática, la comunidad terrible no puede tolerar la circulación en sus filas de discursos peligrosos para sí misma. Para perpetuarse, la comunidad terrible necesita relegar el peligro hacia el exterior: será el Extranjero, la Competencia, el Enemigo, la policía. Así, la comunidad terrible aplica en su propio seno la más estricta policía de los discursos, volviéndose para sí misma su propia censura.

2 Ahí donde la palabra muda de la represión hace escuchar su voz,

ninguna otra palabra tiene ya derecho de ciudadanía, aunque permanezca cortada de una efectividad inmediata. La comunidad terrible es una respuesta a la afasia que impone todo régimen biopolítico, pero es una respuesta insuficiente pues se perpetúa por medio de la censura interna, limitándose incluso a los márgenes del orden simbólico del patriarcado. Con frecuencia no es más que otra forma de policía, otro lugar para continuar en el analfabetismo emocional o en un estado de minoría infantil, con el pretexto de una amenaza exterior. Pues el niño no es aquel que no habla, sino aquel que está excluido de los juegos de la verdad.

3 El mundo-ya-no-mundo, este mundo descuartizado, vive en la paté-

tica autocelebración que aún llamamos «Espectáculo». El Espectáculo corroe la duda, reduce la consciencia a una pasividad bajo anestesia. Lo que la democracia biopolítica exige a la consciencia es asistir a la destrucción, no en cuanto destrucción efectiva, sino en cuanto espectáculo. Por su lado, la comunidad terrible exige asistir a la destrucción en cuanto destrucción, y por tanto hacerla alternar, para que pueda durar, con breves períodos de reconstrucción colectiva.

dades —¿y cómo podría subsistir de otra forma?—, pero a diferencia de los ancestros a los que apela, esas complicidades no determinan en ningún caso su forma. Su forma es más bien la de la desconfianza. Los miembros de la comunidad terrible desconfían los unos de los otros porque no saben nada de sí mismos ni de los demás, y porque nadie de entre ellos conoce la comunidad de la que forma parte: se trata de una comunidad sin relato posible, por tanto, impenetrable, y de la que no se puede hacer la experiencia más que en la inmediatez; pero ésta es una inmediatez inorgánica que no devela nada. La exposición que se practica en ella es mundana y no política: incluso en la soledad heroica del vándalo lo que importa es el cuerpo en movimiento y no la coherencia entre éste y su discurso. Es por esto que la clandestinidad, el pasamontañas o el juego del ojo por ojo diente por diente, fascinan y engañan a la vez: el policía provocador es también un vándalo…

6 Bis. «Estamos en presencia de un aparato de desconfianza total

y circulante porque carece de un punto absoluto. La perfección de la vigilancia es una suma de insidias» (Foucault sobre el Panóptico).

7 No obstante, existiendo las complicidades, los miembros de la comunidad terrible sospechan que el proyecto también existe, pero que estarían siendo dejados fuera de él. De ahí la desconfianza. La desconfianza que mantienen entre sí los miembros de la comunidad terrible es de otra manera mayor que la que mantienen hacia los ciudadanos del resto del mundo: estos últimos, en efecto, no esconden el hecho de tener mucho que esconder, conocen la imagen que se supone tienen y dan del mundo del que forman parte. 8 Si a pesar de su panoptismo interno, la comunidad terrible no se co-

noce, se debe a que es incognoscible y, en esta medida, es tan peligrosa para el mundo como para sí misma. Es la comunidad de la inquietud; pero también es la primera víctima de tal inquietud.

8 Bis. La comunidad terrible es una suma de soledades que se vigilan

sin protegerse.

3 Bis. No hay discursos de verdad, sólo hay dispositivos de verdad. El

Espectáculo es el dispositivo de verdad que consigue hacer funcionar en su beneficio cualquier otro dispositivo de verdad. Espectáculo y democracia biopolítica convergen en la aceptación de cualquier régimen de discurso falso proferido por cualquier tipo de sujeto, siempre que esto permita la continuación de la paz armada en vigor. La proliferación de la insignificancia apunta a recubrir la totalidad de lo existente.

4 La comunidad terrible conoce el mundo, pero no se conoce a sí

misma. Y esto es así a causa de que ella es, en su aspecto afirmativo, un ser no reflexivo sino inmóvil. En cambio, en su aspecto negativo, existe en la medida en que niega el mundo, y se niega por tanto a sí misma, al estar hecha a su imagen. No hay ninguna consciencia por debajo de la existencia, y ninguna autoconsciencia por debajo de la actividad, pero sobre todo no hay consciencia en la actividad de autodestrucción inconsciente. Desde el momento en que la comunidad terrible

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9 El amor entre los miembros de la comunidad terrible es una tensión inagotable, que se nutre de lo que el otro vela y no devela: su banalidad. La invisibilidad de la comunidad terrible para consigo misma le permite amarse ciegamente. 10 La imagen pública, exterior, de la comunidad terrible es lo que menos le interesa a la propia comunidad, pues de antemano la sabe falsa. Igualmente irrisoria es la imagen de sí misma, la publicidad propia que la comunidad despliega en su seno, pero que no engaña a nadie. Pues lo que mantiene unida a la comunidad terrible es precisamente lo que se encuentra por debajo de su publicidad, lo que deja sólo entrever a sus propios miembros y apenas intuir al exterior. Está al corriente de la banalidad de su privacidad, del vacío de su secreto y del secreto de su vacío; también, para perpetuarse, produce y secreta la comunidad pública. 10 Bis. La banalidad de lo privado de las comunidades terribles está oculta, pues esta banalidad es la banalidad del mal. 11 La comunidad terrible no descansa en sí misma, sino en el deseo que el exterior le dirige, y que inevitablemente cobra la forma del malentendido.

12 La comunidad terrible, como toda for-

Tanto el deseo del Líder como el deseo de ser Líder se saben condenados a un fracaso inevitable. Ya que la mujer del Líder (nadie lo ignora) es la única en no ser víctima de su mascarada seductora en la medida en que verifica cotidianamente su nada: la parte privada de los dominadores siempre es lo más miserable.

mación humana en la sociedad capitalista avanzada, funciona sobre una economía de placer sadomasoquista. La comunidad terrible, a diferencia de todo lo que no es ella, no se confiesa a sí misma su masoquismo fundamental, y los deseos de los que participa se construyen sobre este malentendido. Lo «salvaje» suscita en efecto un deseo, pero este deseo es un deseo de domesticación, y por tanto de aniquilamiento, así como la criatura ordinaria, confortablemente asentada en su día a día, es erótica únicamente en la medida en que se le querrían imponer deshonras atroces. El hecho de que este metabolismo emotivo permanezca escondido es una fuente inagotable de sufrimiento para los miembros de la comunidad terrible, que devienen incapaces de evaluar las consecuencias de sus gestos afectivos (consecuencias que desmienten sistemáticamente sus previsiones). De este modo, los miembros de las comunidades terribles desaprenden progresivamente a amar.

13 La educación sentimental en el seno de la comunidad terrible se funda en la humillación sistemática, en la pulverización de la autoestima de sus miembros. Nadie debe poder creerse portador de una forma de afectividad que tenga derecho de ciudadanía al interior de la comunidad. El tipo hegemónico de afectividad al interior de la comu-

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nidad terrible corresponde paradójicamente a la forma que es concebida como la más atrasada en el exterior. La tribu, el pueblo, el clan, la banda, el ejército o la familia son las formaciones humanas reconocidas universalmente como las más crueles y las menos gratificantes pero, a pesar de todo, persisten en el seno de las comunidades terribles. Las mujeres deben asumir en ellas una forma de virilidad que incluso los hombres rehúsan ahora en las democracias biopolíticas; y percibiéndose al mismo tiempo como mujeres de una feminidad decadente con respecto al fantasma masculino dominante en el seno mismo de la comunidad terrible, que es el de la mujer de plástico y «sexy» (hecha a imagen de esa pura envoltura carnal que es la Muchacha) dispuesta para el uso y el consumo de la sexualidad genital.

14 En las comunidades terribles, las mujeres, al no poder ser hombres,

deben volverse como los hombres, a la vez que deben permanecer furiosamente heterosexuales y prisioneras de los estereotipos más gastados. Si en la comunidad terrible nadie tiene el derecho a decir la verdad sobre las relaciones humanas, para las mujeres esto es doblemente cierto: la mujer que hace uso de la parrhesia en el seno de la comunidad terrible será inmediatamente catalogada como histérica.

14 Bis. En el seno de toda comunidad terrible se hace la experiencia del sorprendente silencio de las mujeres. La patofobia de la comunidad terrible a menudo se manifiesta, en efecto, como represión indirecta de la palabra femenina, extraña y perturbadora, pues es palabra de carne. No es que se haga callar a las mujeres; simplemente ocurre que el espacio-límite con la locura, donde podría darse su palabra portadora de verdad, se encuentra discretamente borrado, día tras día.


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gestión de las cosas concretas, de los asuntos corrientes, y los hombres a la violencia y a la dirección. En esta abrumadora reproducción de clichés obsoletos, la única relación posible entre el hombre y la mujer es el relación de seducción. Pero como la seducción generalizada conduciría a la comunidad terrible a la explosión, ésta está estrictamente encauzada al interior de la forma-pareja heterosexual y monógama, que domina en ella.

16 «Es verdad que las bandas también están minadas por fuerzas muy diferentes que instauran en ellas centros internos de tipo conyugal y familiar, o de tipo estatal, y que las hacen pasar a una forma de sociabilidad totalmente distinta, sustituyendo los afectos de manada por sentimientos de familia o inteligibilidades de Estado. El centro, o los agujeros negros internos, pasan a ocupar el papel principal. Ahí, en esa aventura que también se produce en las bandas humanas cuando reconstituyen un familiarismo de grupo, o incluso un autoritarismo, un fascismo de manada, el evolucionismo puede ver un progreso» (G. Deleuze, F. Guattari, Mil mesetas). 16 Bis. También las amistades, en el seno de la comunidad terrible,

15 «No es que las mujeres hayan tenido problemas en llevar a cabo

las acciones: eran incluso más audaces y capaces, estaban más preparadas y convencidas que los hombres. Sólo se les concedía una menor autonomía a nivel de las iniciativas: era como si una diferencia aflorara instintivamente en la preparación y en las discusiones colectivas de trabajo, y su voz contara menos. »El problema estaba en el grupo: era un comportamiento anodino, un no decir, o incluso un “cállate” soltado en plena discusión. […] Esta suerte de discriminación no era a priori la obra de una decisión, más bien era algo que se aportaba desde el exterior, en parte inconscientemente, algo que estaba por debajo de la voluntad. Algo que no se puede resolver en una declaración ideológica o mediante una elección racional» (I. Faré, F. Spirito, Mara y los demás).

15 Bis. Puesto que la comunidad terrible se funda en unas relaciones

inconfesadas, inevitablemente acaba por hundirse en las relaciones más residuales y «primitivas». Las mujeres están ahí destinadas a la

entran en el imaginario estilizado y raquítico que conviene a toda sociedad heterosexual monógama. Puesto que las relaciones interpersonales jamás deben ponerse en discusión y se supone que «van de suyo», la cuestión de las relaciones hombres-mujeres no tiene que ser abordada y se verá sistemáticamente decidida «a la manera antigua», ya sea proto-burguesa o bárbaro-proletaria. Por tanto, las amistades permanecen rigurosamente monosexuales, con hombres y mujeres que se frecuentan con una irreductible extrañeza que les permitirá, llegado el momento, componer eventualmente una pareja.

17 El familiarismo de ninguna manera implica la existencia de familias reales; por el contrario, su difusión masiva sobreviene en el momento mismo en que la familia en cuanto entidad cerrada estalla, contaminando toda la esfera de las relaciones que hasta hoy se le escapaban. «El familiarismo —dice Guattari— consiste en negar mágicamente la realidad social, en evitar todas las conexiones con los flujos reales» (La revolución molecular). Cuando la comunidad terrible nos dice, para tranquilizarnos, que en el fondo sólo es una «gran familia», nos vienen a modo de recuerdos toda la arbitrariedad, todo el enclaustramiento, la morbidez y el moralismo que han acompañado a la institución familiar en el curso de su existencia histórica; salvo que ahora, bajo el pretexto de preservarnos, todo aquello se nos impone, excepto la institución, es decir, sin que uno lo pueda denunciar. 17 Bis. La parte de humillación y envilecimiento de los hombres consiste en la obligación que les es hecha de exhibir constantemente sus capacidades mediante una u otra forma de rendimiento pseudo-viril. El contratipo no tiene lugar en la economía afectiva de la comunidad terrible, en la cual prevalece únicamente, en última instancia, el estereotipo; de hecho, sólo el Líder es objetivamente deseable. Toda otra posición es insoportable sin la confesión implícita de una incapacidad innata de existir singularmente; pero las desviaciones con respecto al estereotipo son alimentadas sin cesar por el despiadado metabolismo


22 Lo personal, en la comunidad terrible, no es político. 23 El Líder es las más de las veces un varón debido a que actúa en nombre del Padre.

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afectivo de la comunidad terrible. Cuando el contratipo, por ejemplo, intentará desprenderse de sí, será violentamente repelido a la celda de su «insuficiencia». El contratipo-chivo expiatorio funciona como el espejo deformante de cada uno, que tranquiliza inquietando. Implícitamente, se permanece en la comunidad terrible para no ser ni el Líder ni el contratipo, mientras que estos últimos permanecen en ella porque no tienen elección.

18 Cada comunidad terrible cuenta con su Líder, y viceversa. 18 Bis. Dondequiera que las relaciones no son problematizadas, las formas antiguas afloran con toda la potencia de su brutalidad a-discursiva: el fuerte levanta la mano sobre el débil, el hombre sobre la mujer, el adulto sobre el niño y así sucesivamente.

19 El Líder no necesita afirmarse, inclusive puede jugar a ser el contratipo o ironizar sobre la virilidad. Su carisma no necesita tener un gran rendimiento, pues está objetivamente probado por los parámetros biométricos del deseo de la comunidad terrible y por la sumisión efectiva de los demás hombres y mujeres. La comunidad terrible es la comunidad de los cornudos. 20 El sentimiento fundamental que liga la comunidad terrible a su Líder no es la sumisión sino la disponibilidad, es decir, una variante sofisticada de la obediencia. El tiempo de los miembros de la comunidad debe permanentemente ser pasado por la criba de la disponibilidad: potencial disponibilidad sexual hacia el Líder, disponibilidad física para las tareas más diversas, disponibilidad afectiva para sufrir cualquier herida debida a la inevitable distracción de los demás. En la comunidad terrible, la disponibilidad es la introyección artística de la disciplina. 21 Tanto el deseo del Líder como el deseo de ser Líder se saben condenados a un fracaso inevitable. Ya que la mujer del Líder (nadie lo ignora) es la única en no ser víctima de su mascarada seductora en la medida en que verifica cotidianamente su nada: la parte privada de los dominadores siempre es lo más miserable. De hecho, en el seno de la comunidad terrible, el Líder es deseable, como puede serlo la mujer sofisticada y altanera en la democracia biopolítica. El deseo sexual que hombres y mujeres dirigen al Líder y que lo rodea con un aura tan intensa que hace girar espontáneamente todas las miradas hacia él, no es otra cosa que un deseo de humillación. Se quiere desnudar al Líder, ver al Líder satisfacer verdaderamente y sin dignidad el cortejo de envidias que suscita para prevalecer. Todo el mundo aborrece al Líder así como los hombres han detestado a las mujeres durante milenios. Todo el mundo desea en el fondo domesticar al Líder ya que todo el mundo detesta la fidelidad que le es profesada. Todo el mundo detesta su amor por el líder.

24 Actúa en nombre del Padre aquel que se sacrifica. El Líder es en efecto aquel que perpetúa la forma sacrificial de la comunidad terrible mediante su propio sacrificio y mediante la exigencia de sacrificio que hace pesar en los demás. Pero como el Líder no es el Tirano —al mismo tiempo que es, por ello con más razón, tiránico— no dice abiertamente a los demás lo que deben hacer; el Líder no impone su voluntad, pero sí la deja imponerse orientando secretamente el deseo de los demás, que siempre es en última instancia el deseo de complacerle. A la pregunta «¿Qué debo hacer?», el Líder responderá «Lo que quieras», pues sabe que su existencia en la comunidad terrible impide en los hechos a los demás el querer algo distinto a lo que él quiere. 25 Quien actúa en nombre del Padre no puede ser cuestionado. Ahí donde la fuerza se erige como argumento, el discurso se retira como habladuría o excusa. En la medida en que haya un Líder —y por lo tanto su comunidad terrible— no habrá parrhesia y los hombres, las mujeres y el Líder mismo estarán en exilio. No se puede poner en discusión la autoridad del Líder en la medida en que los hechos prueban que se lo ama a la vez que se detesta su amor por él. A veces el Líder se cuestiona a sí mismo, y es entonces que otro toma su lugar o que la comunidad terrible, vuelta acéfala, perece por una desgarradora hemorragia. 26 El Líder es realmente el mejor de su grupo. No usurpa la plaza de nadie y todo el mundo es consciente de ello. No tiene que batirse por el consenso, ya que es él quien más se sacrifica o quien más se ha sacrificado.


del poder que no sueña con demoler, conducen tarde o temprano al camino sin poesía de la gestión, volviendo por tanto a conducir a la raíz de toda comunidad terrible.

5 La informalidad, en la comunidad terrible, está siempre regida por una muy rígida distribución implícita de responsabilidades. Es únicamente sobre la base de una modificación explícita de las responsabilidades y de su prioridad que la circulación del poder puede ser modificada. 6 La comunidad terrible es la continuación de la política clásica por

27 El Líder nunca está solo, pues todo el mundo está detrás de él, pero al mismo tiempo es el icono mismo de la soledad, la figura más trágica e incauta de la comunidad terrible. Es únicamente en virtud del hecho de que ya se encuentra a merced del cinismo y de la crueldad de los demás (aquellos que no están en su lugar), que el Líder es por momentos verdaderamente amado y querido. 4 Forma

de las razones de la existencia de los infames y de cómo los hermanos de hoy forman los enemigos de mañana. Del discreto encanto de la ilegalidad y de sus trampas ocultas.

1 La comunidad terrible es un dispositivo de poder post-autoritario.

No cuenta con burocracia ni con obligaciones aparentes, pero para producir tanta verticalidad en el seno de lo informal tiene que recurrir a configuraciones arcaicas, a roles pasados que sobreviven aún en las bodegas atestadas del inconsciente colectivo. En esto la familia no es su modelo organizacional sino su antecedente directo en la producción de coacción y de insoluble cohabitación de odio y amor.

2 En cuanto formaciones post-autoritarias, las empresas de la «nueva

economía» constituyen a título completo comunidades terribles. Y no hay que ver una contradicción en la aproximación de la vanguardia del capitalismo y la vanguardia de su contestación: ambas son prisioneras del mismo principio económico, de la misma preocupación de eficiencia y organización incluso si se colocan sobre terrenos diferentes. De hecho, se sirven de la misma modalidad de circulación del poder, y en esto son políticamente próximas.

3 La comunidad terrible, semejante en esto a la democracia biopo-

otros medios. Llamo «política clásica» a la política que coloca en su centro a un sujeto cerrado, pleno y autosuficiente en su variante de derecha, y a un sujeto en estado de contingencia incompleta debido a circunstancias que debe transformar para reunir la suficiencia monádica en su variante de izquierda.

7 La comunidad terrible no puede excluir a nadie, porque no tiene ley ni forma explícita. Únicamente puede incluir. Para renovarse tiene que destruir gradualmente a quienes forman parte de ella, de otra forma quedaría en la inmovilidad completa. Vive del sacrificio al igual que el sacrificio es su condición de pertenencia. Sólo el sacrificio, por lo demás, funda la confianza efímera y recíproca de sus miembros. ¿Tendría ella, sin esto, una enorme necesidad de acción? ¿Emplearía tal ardor para renovarse por medio de la agitación más frenética? 7 Bis. Cuanto menos posee una comunidad el sentimiento de su exis-

tencia, tanto más experimenta la necesidad de actualizar exteriormente su propio simulacro, en el activismo, en la formación compulsiva y finalmente en el cuestionamiento permanente, metaestático de sí. La autocrítica colectiva casi incansable a la que se libran cada vez más visiblemente tanto el management de vanguardia como los grupos neo-militantes informales, nos informa bastante sobre la debilidad decisiva de su sentimiento de existir.

8 Algunas comunidades terribles de lucha fueron fundadas por los

supervivientes de un naufragio, de una guerra, de una devastación cualquiera, aunque de una cierta amplitud sin embargo. La memoria de los supervivientes no es entonces la memoria de los vencidos, sino la de los excluidos del combate.

8 Bis. Por esta razón, la comunidad terrible nace como exilio en el exilio, memoria en el seno del olvido, tradición intransmisible. El superviviente nunca es aquel que estaba en el centro del desastre, sino aquel que se encontraba a la distancia, que habitaba en el margen. Por eso, en el tiempo de la comunidad terrible, el margen se ha hecho centro y el concepto de centro ha perdido toda validez.

lítica, es un dispositivo que gobierna el paso de la potencia al acto entre los individuos y entre los grupos. En el seno de este dispositivo no aparecen jamás más que unos fines y los medios para alcanzarlos, pero el medio sin fin que preside a este proceso, al mismo tiempo que permanece inconfesable, no aparece jamás, puesto que éste no es otro que la economía. Es sobre la base del criterio económico que roles, derechos, posibilidades e imposibilidades son aquí distribuidos.

4 En la medida en que la comunidad terrible se otorgue la práctica del rendimiento económico de su enemigo como coartada para justificar la suya propia, no saldrá de ninguno de sus callejones sin salida. La «estrategia», dadá de las comunidades terribles, sólo traiciona en realidad la proximidad incestuosa entre la crítica y su objeto, proximidad que acaba la mayoría de las veces por devenir familiaridad e incluso parentesco tan estrecho que resulta difícil desentrañar su distancia. La reivindicación dirigida a algo preciso, en cuanto no sueña con destruir el contexto que la hace nacer, o la exposición de los engranajes

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9 La comunidad terrible carece de fundación, porque carece de cons-

ciencia de su comienzo y porque carece de destino; se registra únicamente sobre la marcha, como una cosa siempre-ya pasada, únicamente a través de la mirada de los demás, de la repetición, de la anécdota: «¿te acuerdas de…?».

10 La comunidad terrible es un presente que pasa y no se supera y, por esta razón, carece de mañana. Ha atravesado la débil línea que separa la resistencia de la persistencia, el déjà-vu de la amnesia.

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11 La comunidad terrible sólo experimenta el sentimiento de su exis-

tencia en la ilegalidad. Por otro lado, todo intercambio humano sadomasoquista fuera de la relación mercantil está condenado a largo plazo a la ilegalidad, en cuanto metáfora violenta de la inconfesable miseria de la época. Es sólo en la ilegalidad que la comunidad terrible se percibe y ek-siste, aunque negativamente, como afuera de la esfera de la legalidad, como creación que se libera de ella misma. Al mismo tiempo que no reconoce la legalidad como legítima, la comunidad terrible ha podido hacer de su negación el espacio de su existencia.

11 Bis. Es sobre la base del masoquismo que la comunidad terrible concluye fugitivas alianzas con los oprimidos, a riesgo de encontrarse muy rápido colocada en el rol inasumible del sádico. Acompaña así a los excluidos a lo largo de la vía de la integración, los mira alejarse llenos de ingratitud y deviene lo que ella quería conjurar.

El asedio que mantiene juntos los escombros de las democracias biopolíticas, el asedio del biopoder, reside en la posibilidad de privar en cada instante a las comunidades terribles de la libertad de vivir en el riesgo. Esto se hace por medio de un doble movimiento: de sustracción-represión, o sea: de violencia, y a la vez de adición-legitimación, o sea: de condescendencia.

12 (De la privación del secreto. El arrepentimiento — La infamia). La fuerza y la fragilidad de la comunidad terrible es su manera de habitar el riesgo. En efecto, ella sólo vive intensamente cuando se encuentra en peligro. Este peligro contiene el arrepentimiento de sus miembros. El arrepentimiento —desde el punto de vista del infame— está lejos de ser ilegítimo porque aquel que se arrepiente es alguien que ha tenido una «iluminación»: en los ojos de la mirada inquisidora que sospecha, súbitamente se reconoce como miembro del proyecto en sospecha. Confiesa una verdad que nunca ha vivido, y que no intuía, hasta que una inquisición se lo ha exigido. 12 Bis. Todo arrepentido es esencialmente un mitómano (igual a quienes han visto a la virgen María), actualiza ante la autoridad su

propia esquizofrenia. Haciéndolo, se vuelve individuo, pero sin haber asumido su dividualidad: se cree a sí mismo —o más bien quiere creerse— al fin en lo justo, en la coherencia. Intercambia sus complicidades pasadas reales por una complicidad inexistente con el enemigo de siempre; se toma a sí mismo como enemigo. Lo cual, dicho sea de paso, deviene efectivo a partir de su arrepentimiento. Pero la infamia no hace más que trocar un sadomasoquismo inconsciente y moderadamente destructor por otro sadomasoquismo, consciente y éticamente indigno esta vez. Sacrifica la duplicidad del esquizofrénico para caer en la del traidor.

13 «Las mujeres eran tratadas como objetos sexuales, salvo cuando participaban en acciones: eran entonces tratadas como hombres. Se daba aquí la única relación de igualdad. A menudo ellas hacían más que los hombres, tenían realmente más coraje. […] Es así como, por primera vez, surgió el problema de los traidores: a causa de la insensibilidad del grupo. […] Hella y Anne-Katrine no dijeron nada sobre mí, fui el único del grupo que no acabó en prisión. Yo tenía otra relación con ellas, era el gran amor de ellas dos por mí…» (Bommi Baumann, Cómo empezó todo). 13 Bis. En cuanto la verdad de la comunidad terrible ha sido develada

por el arrepentido, ésta está condenada, porque vive de la ignorancia de su secreto, protegida por su sombra, en lugar de protegerlo. Los secretos vergonzosos de las comunidades terribles acaban en las bocas indiferentes de los hombres de Ley y la hipocresía ambiental que los ha conservado. El cómplice de ayer se escandaliza, compromete su devenir-infame en la variante del delator o del disociado. Así la pedofilia, la violación conyugal, la corrupción, el chantaje mafioso, comportamientos fundadores del ethos dominante hasta ayer, serán de un solo golpe denunciados como comportamientos criminales.

14 La necesidad de justicia es una necesidad de castigo. Aquí aflora la raíz común, sadomasoquista, que rige la conformidad ética de las comunidades terribles y su vínculo inconfesado con el Imperio.

15 (De la privación del peligro: la legalización — la traición de los

ideales). El asedio que mantiene juntos los escombros de las democracias biopolíticas, el asedio del biopoder, reside en la posibilidad de


privar en cada instante a las comunidades terribles de la libertad de vivir en el riesgo. Esto se hace por medio de un doble movimiento: de sustracción-represión, o sea: de violencia, y a la vez de adición-legitimación, o sea: de condescendencia. Por medio de estos dos movimientos, el biopoder priva a la comunidad terrible de su espacio de existencia y la condena a la persistencia, puesto que es él quien delimita la zona que le reserva. Operando así, transforma la utopía en atopía y la heterotopía en distopía. Localizada e identificada, la comunidad terrible, que hace todo para escapar de las cartografías, deviene un espacio como cualquier otro.

15 Bis. Es sincronizando el tiempo desfallecido e informe de la co-

munidad terrible con la temporalidad del afuera, como el biopoder priva a la comunidad terrible del riesgo y el peligro. Basta con que el biopoder reconozca a la comunidad terrible para que ésta pierda el poder de romper el curso ordenado del desastre mediante la irrupción de su clandestinidad. En cuanto la comunidad terrible está insertada del mismo modo que tantas otras grietas en la publicidad, está localizada y territorializada en un afuera de la legalidad que es inmediatamente englobado; en cuanto afuera.

16 Una vez más es la invisibilidad de la

comunidad terrible consigo misma lo que la pone a merced de un reconocimiento unilateral con el que no puede de ninguna manera interactuar.

Los más muertos e implacables de los inertes son aquellos que han sido abandonados. Aquellos cuyo amigo o amante partió, permanecen, porque todo lo que queda de aquel o aquella que desapareció permanece en la comunidad terrible y en los ojos que lo han visto en ella. Quien ha perdido a la persona amada no tiene ya nada que perder, y esta nada la da a menudo a la comunidad terrible.

16 Bis. Si bien la comunidad terrible rechaza el principio de representación, no escapa, sin embargo, a la representación. La invisibilidad de la comunidad terrible consigo misma la hace infinitamente vulnerable a la mirada del otro, porque, y esto es bien sabido, la comunidad terrible sólo existe ante los ojos de los demás. 5 Los que permanecen Los que parten

de la gente que vive como sonámbula de los corazones rotos y de los rompecorazones Algunas notas más sobre el mal uso de las buenas intenciones (Lo que demuestra que la estrategia por sí sola no basta y que las relaciones humanas no son una «cuestión de psicoanálisis») Aber Freunde! Wir kommen zu spät! (¡Pero amigo! ¡Llegamos demasiado tarde!)

(Hölderlin)

1Se entra en la comunidad terrible porque, en el desierto, quien busca

no encuentra nada más. Se atraviesa esta arquitectura humana vacilante y provisional. Al comienzo, uno se enamora. Uno siente, entrando en ella, que ha sido construida con las lágrimas y el sufrimiento, y

que exige aún más lágrimas y sufrimiento para continuar existiendo; pero esto importa poco. La comunidad terrible es primero que nada el espacio de la abnegación, y esto conmueve, esto despierta el «reflejo de la preocupación».

2 Mas las relaciones, en el seno de la comunidad

terrible, están gastadas; ya no son jóvenes ¡ay! cuando nosotros llegamos. Como los guijarros del lecho de un río muy rápido, las miradas, los gestos y la atención son consumidos. Algo falta trágicamente a la vida en la comunidad terrible, porque la indulgencia ya no encuentra en ella su lugar, y la amistad, tantas veces traicionada, se da con una parsimonia agobiante. Que se lo quiera o no, los que pasan, los que llegan, pagan las fechorías de los demás. Las personas a las que querrían amar están ya demasiado gastadas como para prestar atención a sus buenas intenciones. «Con el tiempo pasará…». Será preciso, por tanto, vencer la desconfianza de los demás o, más exactamente, aprender a ser desconfiados como los demás, para que la comunidad terrible pueda todavía abrir sus brazos descarnados. Es por la capacidad de ser duro con los nuevos que llegan, finalmente, que uno demostraría su solidaridad con la comunidad terrible.

2 Bis. «Esta crueldad se hallaba en su risa, en aquello que les daba

placer, en la manera en que se comunicaban entre sí, en la manera en que vivían y morían. El infortunio del prójimo era su mayor fuente de alegría, y me preguntaba si, en su mente, ésta reducía o acrecentaba la probabilidad de ver este infortunio afectarlos a ellos mismos. Pero el infortunio personal, de hecho, no era una probabilidad, era una certeza. Así, pues, la crueldad formaba parte de ellos mismos, de su humor, de sus relaciones, de sus pensamientos. Y, no obstante, tan completo era su aislamiento, en cuanto individuos, que no creo que ellos imaginaran que esta crueldad afectaba a los demás» (Colin Turnbull, El pueblo de la montaña).

2 Ter. En la comunidad terrible uno siempre llega demasiado tarde.

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3 La fuerza de la comunidad terrible viene de su violencia. Su violencia es su verdadera razón y su verdadero desafío. Pero no mide sus consecuencias porque en lugar de servirse de la violencia para cautivar, la


utiliza para apartar lo que le es exterior, y desgarrar lo que está en su seno. La precisión extrema de su violencia está mermada por su rechazo a interrogar el origen de ésta, pues dicha violencia no es, como se dice, el odio del enemigo.

4 La comunidad terrible es una comunidad hemorrágica. Su tempo-

ralidad es hemorrágica, pues el tiempo de los héroes es un tiempo que se vive como declive, ocasión frustrada, déjà-vu. Los seres no hacen en ella advenir el acontecimiento, pero lo esperan como espectadores. Y en esta espera su vida se desangra en un activismo que supuestamente ocupa y prueba la existencia del presente, hasta el cansancio. Más que de pasividad habría que hablar aquí de una inercia agitada. Porque ninguna posición se presenta como definitivamente adquirida en la descomposición del cuerpo social de la que es sinónimo la democracia biopolítica, un máximum de inercia y un máximum de movilidad aquí son asimismo posibles. Pero una «estructura de movimiento», para permitir la movilidad, debe construir una arquitectura que las personas puedan atravesar. Esto se hace, en la comunidad terrible, a través de las singularidades que aceptan la inercia, incluso si al hacerlo hacen posible y a la vez radicalmente imposible la comunidad. Sólo el Líder tiene la tarea ingrata de dirigir y regular el equilibrio perdido entre inertes y agitados.

4 Bis. En la medida en que la comunidad terrible se funda en la par-

tición entre miembros estáticos y miembros móviles, ha perdido su apuesta de antemano, se ha frustrado en cuanto comunidad.

5 La mirada de los inertes es el recuerdo más doloroso para quien ha pasado por la comunidad terrible. Destinados a enseñar algo que ellos mismos no han conseguido apropiarse, los inertes a menudo vigilan, como policías melancólicos al borde de territorios desérticos. Habitan un espacio que ciertamente les pertenece; pero, puesto que es estructuralmente público, están aquí en cada momento a la misma altura que cualquier otro. No pueden hacer prevalecer el derecho a tener su lugar en este espacio, porque la renuncia previa a este derecho es lo que les ha permitido acceder a ella. Los inertes habitan la comunidad como los sin techo habitan la estación, pero cada paso los atraviesa, porque la estación es ellos mismos y su construcción es congruente con la construcción de su vida. Los inertes son ángeles desesperados y aturdidos que, al no haber encontrado la vida en ningún repliegue del mundo, están dispuestos a habitar un lugar de paso. Pueden sumergirse por un tiempo indeterminado en la comunidad: su soledad es infinitamente impermeable. 6 A los que siempre están ahí todo el mundo los conoce. Son apreciados y detestables como todos los que cuidan y permanecen ahí donde los demás viven y pasan (la enfermera, la madre, los ancianos, los vigilantes de los parques públicos). Son el falso espejo de la libertad, son los asiduos, los esclavos de una servidumbre inédita que los ilumina con una luz resplandeciente: los combatientes, los irreductibles, los sin espacio privado, los sin paz. La rabia por combatir la terminan por buscar en sus vidas mutiladas; atribuyen sus heridas a una lucha noble e imaginaria, aunque se han hecho daño a sí mismos entrenándose hasta el cansancio. En realidad, nunca han tenido la oportunidad de descender al campo de batalla: el enemigo no los reconoce, los toma por una simple interferencia, los aparta mediante su indiferencia a la muchedumbre, a la insignificancia ordinaria, a la ofensiva suicida. El alfabeto del biopoder no tiene letras para retener sus nombres; para él, ellos han desaparecido ya, si bien resisten como fantasmas desasosegados. Están muertos y sobreviven por sí mismos en el transito de los rostros que los atraviesan, sobre los cuales carecen más o menos de control, con los cuales comparten la mesa, la cama, la lucha, hasta que los transeúntes parten, o hasta que permanecen apagándose, volviéndose los inertes de mañana. 6 Bis. «En los grupos, numerosas mujeres habían tenido una expe-

riencia de empleadas o secretarias. Aportaban a los grupos toda la eficacia de su profesionalismo luego de abandonar su trabajo. Nada había cambiado para ellas desde este punto de vista, excepto el hecho de que ellas hacían la lucha armada. […] Las reuniones eran el centro vital y “significante” de las casas. Por lo demás, las condiciones materiales de la vida cotidiana enteramente dirigida hacia la lucha externa no tenía ningún problema. Hacíamos encargos enormes en el supermercado y cuando habíamos asegurado la comida y con qué dormir, no había ya problemas internos»(I. Faré, F. Spirito, Mara y los demás).

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7 Los más muertos e implacables de los inertes son aquellos que han

sido abandonados. Aquellos cuyo amigo o amante partió, permanecen, porque todo lo que queda de aquel o aquella que desapareció permanece en la comunidad terrible y en los ojos que lo han visto en ella. Quien ha perdido a la persona amada no tiene ya nada que perder, y esta nada la da a menudo a la comunidad terrible.

7 Bis. «[…] la guerra contra un enemigo exterior pacifica, más o menos

por necesidad forzada, a aquellos que luchan por lo mismo; la pertenencia a un grupo unificado por una revuelta absoluta no deja lugar a las diferencias, a las luchas internas; la fraternidad se vuelve el pan indispensable y cotidiano en los momentos en que las contradicciones más descuartizadas no estallan. La pacificación interna es un momento de asepsia proyectada en la pantalla gigante de la lucha “contra”» (I. Faré, F. Spirito, Mara y los demás).

8 El horizonte, para los militantes, es la línea en dirección de la cual es preciso siempre marchar. Porque es allí, en alguna parte, que se encuentran todos aquellos que han perdido. 0 Notas para una superación

algunas indicaciones para superar el malestar presente: notas no exhaustivas y no programáticas… ¡Oh, mis hermanos, mis niños, mis compañeros, los amé con toda mi cólera, pero no sabía cómo decírselos, no sabía vivir con ustedes, no era capaz de alcanzarlos, de tocar sus almas frías, sus corazones de-

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siertos! ¡No encontraba las palabras del coraje, las palabras vivientes para que la risa fuerce sus pechos y los llene de aire! Perdía la maldad de quererlos de pie, la rabia de dirigir hacia ustedes mis ojos abiertos, el lenguaje para que consigan mi rechazo a vernos envejecer antes de haber vivido, bajar los brazos sin haberlos elevado primero, descender antes de haber querido subir. Yo no era demasiado fuerte para expulsar el sueño, impedir que los arroje fuera del mundo y del tiempo, hacerlo huir lejos de ustedes, ya que por mi cuenta, temporada tras temporada, me debilitaba, sentía mis miembros debilitarse, mis pensamientos deshacerse, mi cólera desaparecer, y la inexistencia vencerme…

( J. Lefebvre, La Sociedad de la consolación).

1 La comunidad política, muy a pesar suyo, es como todo el resto, pues está en todo el resto. 2 Democracia biopolítica y comunidad terrible —una en cuanto axiomática de la distribución de relaciones de fuerza, la otra en cuanto sustrato efectivo de relaciones inmediatas— constituyen las dos polaridades de la dominación actual. A tal punto que las relaciones de poder que rigen las democracias biopolíticas no podrían realizarse propiamente hablando sin las comunidades terribles, que conforman el sustrato ético de dicha realización. La comunidad terrible es la forma pasional de esta axiomática que por sí sola le permite desplegarse en territorios concretos. En última instancia, es sólo mediante la comunidad terrible que el Imperio consigue semiotizar las formaciones sociales más heterogéneas bajo la forma de la democracia biopolítica: en ausencia de comunidades terribles, la axiomática social de la democracia política no tendría


cuerpos sobre los que efectuarse. Sin esta mediación, no se explican todos los fenómenos de intrincación entre lo arcaico (neoesclavismo, prostitución globalizada, neofeudalismo de empresa, tráficos humanos de todo tipo…) y la hipersofisticación imperial. Esto no significa que a los gestos de destrucción dirigidos contra la comunidad terrible se les otorgue un valor subversivo cualquiera. En cuanto régimen de efectuación de dicha axiomática, la comunidad terrible no cuenta con ninguna vitalidad propia. No cuenta con nada en sí misma que la ponga en condiciones de metamorfosearse en otra cosa, de colocar a los seres en una relación alterada con respecto al estado presente de las cosas; nada que salvar. Y es un hecho que el presente está saturado hasta tal punto de comunidades terribles que el vacío determinado por toda ruptura parcial, voluntarista, con ellas, llega a ser llenado a una velocidad espantosa. Si es absurdo preguntarse qué hacer con las comunidades terribles, que están siempre-ya hechas y siempre-ya en disolución, que reducen al silencio toda insumisión interna (la parrhesia y todo lo demás), es en cambio de una importancia vital aprehender en qué condiciones concretas podría ser arruinada la solidaridad entre democracias biopolíticas y comunidades terribles. Para ello será preciso ejercitar una cierta mirada, la «mirada del ladrón», aquel que desde el interior del dispositivo materializa la posibilidad de escaparse de él. Compartiendo esta mirada, los cuerpos más vivos harán advenir aquello hacia lo cual la comunidad terrible hace, incluso contra su voluntad, ciegamente seña: su propia desagregación. Ya que las comunidades terribles nunca son realmente víctimas de su mentira, están precisamente atadas a su ceguera, y eso les permite subsistir.

2 Bis. Hemos llamado comunidad terrible a todo medio que se cons-

tituya sobre la base del compartir las mismas ignorancias —y, en este caso, también la ignorancia del mal que él produce. Es a menudo inoperante el criterio vitalista que haría del malestar experimentado al interior de una formación humana la piedra angular para descubrir en ella la comunidad terrible. La más «exitosa» de las comunidades terribles enseña a sus miembros a amar sus propios defectos y a hacerlos amables. En este sentido, la comunidad terrible no es el lugar donde más se sufre, sino sólo el lugar donde menos se es libre.

3 La comunidad terrible es una presencia en la ausencia, pues es in-

capaz de existir por sí misma, solamente en relación a algo más, exterior a ella. Así pues, es desenmascarando no ya los compromisos y los defectos sino los parentescos inconfesables de la comunidad terrible, como se la puede abandonar en cuanto falsa alternativa a la socialización dominante. Es convirtiendo su esquizofrenia infamante —«tú no estás sólo con nosotros, no eres demasiado puro»— en esquizofrenia contaminante —«todo el mundo existe también con nosotros, y es esto lo que mina el orden presente»—, como los miembros de la comunidad terrible pueden escapar del double bind en el que están encerrados.

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4 No es destituyendo a un líder particular como uno se libera de la

comunidad terrible; el lugar vacante pronto será tomado por cualquier otro, puesto que el Líder no es sino la personificación del deseo de todos por hacerse dirigir. Sin importar lo que se diga de él, el Líder participa en la comunidad terrible mucho más de lo que él la dirige. Él es su secreción y su tragedia, su modelo y su pesadilla. Sólo se debe a la educación sentimental de cada quien el subjetivar o desubjetivar al Líder de otra manera para que él no lo haga por sí mismo. Deseo y poder nunca están encadenados en una configuración única: basta con hacerlos valsear, con estropear su baile. A menudo basta con una cierta mirada de escepticismo para demoler duraderamente al Líder en cuanto tal y, con ello, su lugar.

5 Toda la debilidad de la comunidad terrible se debe a su clausura,

a su incapacidad para salir de sí misma. No siendo un todo viviente sino una construcción defectuosa, es tan incapaz de adquirir una vida interior como de nutrir a esta misma de alegría. Así se paga el error de haber confundido la felicidad con la transgresión, pues es a partir de esta última como continuamente se reforma el sistema de reglas no escritas y, por ello, más implacables, de la comunidad terrible.

6 Así se explica el miedo a la «recuperación» propio de la comunidad

terrible: es la mejor justificación de su clausura y moralismo. Bajo el pretexto de que «no nos venderemos», uno se impide comprender que ya se nos ha comprado para permanecer ahí donde estamos. La resistencia, aquí, deviene retención: la vieja tentación de encadenar la belleza a su hermana, la muerte, que empuja a los orientales a llenar sus jaulas con magníficos pájaros que nunca volverán a ver el cielo, a los padres celosos a encerrar a sus más bellas hijas y a los avaros a llenar sus armarios de lingotes de oro, acaba por invadir a la comunidad terrible. Tanta belleza encarcelada se marchita. E incluso las princesas encerradas en las torres saben que la llegada de los príncipes azules es sólo el preludio de la segregación conyugal, que lo que hace falta es abolir de un solo golpe las prisiones y a los liberadores, que lo que necesitamos no son programas de liberación sino prácticas de libertad. Ninguna salida de la comunidad terrible es posible sin la creación de una situación insurreccional, y viceversa. Ahora bien, lejos de preparar unas condiciones insurreccionales, la definición de sí como diferencia ilusoria, como ser sustancialmente otro, no es más que un residuo consciencial determinado por la ausencia de tales condiciones. La exigencia de una coherencia identitaria equivale a la exigencia de castración generalizada, es la interiorización difusa de la policía.

6 Bis. El fin de la comunidad terrible coincide con la apertura al acontecimiento: es en torno al acontecimiento que las singularidades se agregan, aprenden a cooperar y a tocarse. La comunidad terrible, en cuanto entidad animada por un inagotable deseo de autoconservación, pasa los posibles por la criba de la compatibilidad con su existencia, en vez de organizarse en torno a su surgimiento.


Pero la evasión sólo es una simple huida: deja intacta la prisión. Lo que nos hace falta es una deserción, una fuga que aniquile al mismo tiempo la prisión en su totalidad. No existe ninguna deserción individual. Cada desertor lleva consigo un poco de la moral de las tropas. Por su simple existencia, es la recusación en acto del orden oficial; y todas las relaciones en las que entra se encontrarán contaminadas por la radicalidad de su situación. Para el desertor, está en juego una cuestión de vida o muerte: que las relaciones que él entable no ignoren ni su soledad, ni su finitud, ni su exposición.

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Es por esto que toda comunidad terrible mantiene con el acontecimiento una relación de conjuración defensiva y concibe la relación con lo posible en términos de producción o de exclusión, siempre tentada como está por la opción del dominio, siempre secretamente atraída por su latencia totalitaria.

7 «El hombre no vale en función del trabajo útil que provee, sino en función de la fuerza contagiosa de la que dispone para arrastrar a los demás a un gasto libre de su energía, de su alegría y de su vida: un ser humano no es solamente un estómago que llenar, sino un desbordamiento de energía que prodigar» (Bataille). Se sabe por experiencia que en la vida pasional —y por tanto en la vida a secas— nada se paga y que quien gana es siempre quien da más y sabe gozar mejor. Organizar la circulación de otras formas de placer significa alimentar un poder enemigo con toda lógica de opresión. Bien es cierto, por consiguiente, que para no tomar el poder es preciso tener ya bastante. Oponer a la combinatoria del poder otro registro del juego no equivale a condenarse a no ser tomados en serio, sino a hacerse portadores de otra economía del gasto y del reconocimiento. El margen de goce que existe dentro de los juegos de poder se alimenta de sacrificios y humillaciones mutuamente intercambiadas; el placer de mandar es un placer que se paga y, en esto, el modelo de la dominación biopolítica es compatible por completo con todas las religiones que fustigan la carne, con la ética del trabajo y el sistema penitenciario, así como la lógica mercantil y hedonista lo es con la ausencia de deseo, que ella palía. En realidad, la comunidad terrible nunca consigue encauzar la potencia de devenir inherente a toda forma-de-vida, y esto es lo que permite estropear las relaciones de fuerza internas de ésta y cuestionar el poder hasta en sus formas post-autoritarias.

10 El presupuesto fundamental de una agregación humana sustraída de la empresa de la comunidad terrible es una nueva conjugación de las tres coordenadas fundamentales de la existencia física: la soledad, la finitud y la exposición. En la comunidad terrible estas coordenadas se conjugan en el plano del miedo en función del eje de los imperativos de supervivencia. Pues es el miedo lo que proporciona su consistencia necesaria a todos los fantasmas que acompañan a la existencia replegada sobre esos imperativos —a la cabeza de los cuales está el fantasma de la penuria, tan a menudo introyectado como horizonte a priori y suprahistórico de la «condición humana». En su Presentación de Sacher-Masoch, Deleuze demuestra que, más allá de la fijación psiquiátrica sobre el masoquismo como perversión y más allá de la caricatura del masoquismo como contratipo de lo sádico, las novelas de Masoch ponen en escena un juego de denigramiento sistemático del orden simbólico del Padre, juego que implica —es decir, presupone al mismo tiempo que pone en acto— una comunidad de afecciones que supera la repartición de los cuerpos entre hombres y mujeres; todos los elementos que constituyen la escena masoquista convergen en el efecto buscado: la ridiculización práctica del orden simbólico del Padre y la desactivación de sus atributos esenciales —la suspensión indefinida de la pena y la rarefacción sistemática del objeto del deseo. Todos los dispositivos que aspiran a producir en nosotros una identificación personal con las prácticas que derivan de la dominación están consagrados, incluso si no lo están exclusivamente, a producir en nosotros un sentimiento de vergüenza, de vergüenza tanto de ser uno mismo como de ser un hombre, un resentimiento que apunta a nuestra propia identificación con la dominación. Son esta vergüenza y este resentimiento los que proveen el espacio vital de la replicación continua del orden y de la acción del Líder. Encontramos aquí la confirmación de la existencia del nexus inextricable entre miedo y superstición constatado en el alba de todas las revoluciones, entre crisis de la presencia y suspensión indefinida de la pena, entre economía de la necesidad y ausencia de deseo. Y decimos esto sólo para recordar cuán profunda es la estratificación de los procesos de sumisión que sostienen la existencia de la comunidad terrible en el momento presente.

Esta cuestión es la de una nueva educación sentimental que inculque el desprecio soberano de toda posición de poder, que mine la conminación a desearlo y que nos libere de ser responsables de nuestro ser cualquiera y, por tanto, solitario, finito, expuesto. Nadie es responsable del rol que ocupa, sólo de la identificación con su propio rol.

8 Toda agregación humana que se coloque frente a frente con su afuera

en una perspectiva exclusivamente ofensiva u obsidional es una comunidad terrible. Para acabar con la comunidad terrible es preciso en primer lugar renunciar a definirse como el afuera sustancial de aquello que, haciendo tal cosa, creamos como afuera —«la sociedad», «la competencia», «los Bloom» o cualquier otra cosa. El verdadero otro lugar que nos queda por crear no puede ser sedentario, es una nueva coherencia entre los seres y las cosas, una danza violenta que da a la vida su ritmo, actualmente sustituido por las macabras cadencias de la civilización industrial, una reinvención del juego entre las singularidades —un nuevo arte de las distancias.

9 La evasión es como la apertura de una puerta bloqueada: primero

se tiene la impresión de mirar menos lejos: apartamos la vista del horizonte, y entonces arreglamos los pormenores para salir.


¿De qué manera el «juego de Masoch» puede ser generalizado y, revocando la alternativa entre dominación y sumisión, evolucionar en huelga humana? ¿De qué manera el hecho de reírse de los nexus de la dominación puede producir la superación del estadio de la puesta en escena y dejar el campo libre a la expresión de formas-de-vida practicables? Y, para regresar a nuestra pregunta, ¿de qué manera tales formas-de-vida podrán conjugar de nuevo soledad, finitud y exposición? Esta cuestión es la de una nueva educación sentimental que inculque el desprecio soberano de toda posición de poder, que mine la conminación a desearlo y que nos libere de ser responsables de nuestro ser cualquiera y, por tanto, solitario, finito, expuesto. Nadie es responsable del rol que ocupa, sólo de la identificación con su propio rol. La potencia de toda comunidad terrible es así potencia de existir al interior de sus sujetos en su ausencia. Para liberarse de ella, nos hace falta aprender a habitar el intervalo entre nosotros y nosotros mismos que, si lo dejamos vacío, se vuelve el espacio de la comunidad terrible. Y luego desprendernos de nuestras identificaciones, volvernos infieles a nosotros mismos, desertarnos. Esforzándonos en ser, unos para otros, el lugar de la deserción, Hallando en cada encuentro la ocasión para una sustracción decisiva de nuestro propio espacio existencial, Calculando que sólo una fracción infinitesimal de nuestra vitalidad nos ha sido sustraída por la comunidad terrible y se ha fijado en la enorme maquinaria de los dispositivos, Experimentando en nosotros mismos el ser extraño que siempre-ya nos ha desertado y que funda toda posibilidad de vivir la soledad como condición del encuentro, la finitud como condición de un placer inaudito, la exposición como condición de una nueva geometría de las pasiones,

Ofreciéndonos como el espacio de una fuga infinita, Maestros de un nuevo arte de las distancias. Aber das Irrsal hilft. (Pero la errancia ayuda.) (Hölderlin)

Post-scriptum

Todo el mundo conoce las comunidades terribles, por haber pasado una temporada en ellas o por seguir todavía ahí. O simplemente porque son cada vez más fuertes que las demás y porque a causa de esto en parte permanecemos siempre en una —al mismo tiempo que hemos salido de ellas. La familia, la escuela, el trabajo o la prisión son las caras clásicas de esta forma contemporánea del infierno, pero son las menos interesantes, pues pertenecen a una figura pasada de la evolución mercantil y, actualmente, no hacen ya otra cosa que sobrevivir. En cambio, hay comunidades terribles que luchan contra el estado de cosas existente, que son a la vez atractivas y mejores que «este mundo». Y, al mismo tiempo, su manera de ser más próximas a la verdad —y, por tanto, a la alegría— las aleja más que cualquier otra cosa de la libertad. La pregunta que se plantea a nosotros, de manera final, es de naturaleza ética antes que política, pues las formas clásicas de lo político se hallan dentro del estiaje y sus categorías nos van como nuestra ropa de infancia. La cuestión es saber si preferimos la eventualidad de un peligro desconocido a la certeza del dolor presente. Es decir, si queremos continuar viviendo y hablando en acuerdo (disidente ciertamente, pero siempre en acuerdo) con lo que se ha hecho hasta aquí —y, por tanto, con las comunidades terribles—, o si queremos interrogar a la pequeña parte de nuestro deseo que la cultura no ha infestado todavía con su pesado limo, probar —en nombre de una felicidad inédita— un camino diferente. Este texto nació como una contribución a ese otro viaje. •

El mismo viaje • Por donDani Señores pasajeros: necesitamos un par de voluntarios que hagan el viaje en el vagón de «disidentes».

Traducción de Hero Suárez

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SPDISTRIBUCIONES Próximamente en librerías


Los que regresan Uno cargaba un puñado de monedas. Uno más llevaba colgando en el pecho un nombre. Otro, iba arrastrando un cajón de madera sobre la grava. Yo quería andar sin doblarme, sostener mi propio peso en una vertical. Queríamos resguardar nuestra procedencia.

(fragmentos) Javier Peñalosa M.

Llevábamos una piedra en el zapato, granos para las aves, lo más preciado que reunimos bajo la bóveda.

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*** Eran los días de las Grandes Obras y llamaban construcción a la cavidad. Allá, un grupo de hombres trabajaba en las ruinas del próximo siglo. Golpe a golpe, con puntas de acero, partían y pulverizaban las rocas. Eso fue lo que escuchamos. Que tenían las uñas negras de excavar. Y otro aseguró que un pozo es el molde de nuestros días todavía sin romper.

*** Porque éramos más de uno, porque habíamos apretado el paso para no alejarnos de los demás, porque también estábamos buscando, nos reunimos. Éramos del norte y del sur, de la parte baja de la cuenca, del oriente y del poniente, de puntos cardinales invisibles en los mapas. Porque todos, de alguna manera, veníamos del horizonte, nos reunimos.

*** En la madrugada una línea de luz apareció a lo lejos. No fue la primera, mas era distinta para nosotros esta luz; igual que en los viejos libros, separó lo que estaba unido en la oscuridad y nos fue aclarando las formas. Se separó arriba de abajo. Y no vimos el agua, pero algo revoloteó en la superficie. Arriba la gran bóveda y nosotros abajo. Arriba el reverso del agua y nosotros abajo.

Fragmentos del libro Los que regresan (Antílope, 2016)


Contribución a la historia universal de la ignominia No estoy poniendo a nadie en un plano moral. Había un grupo por un lado y un grupo por otro lado, y se atacaron con tubos; hay otro grupo, a los que podemos llamar de izquierda, que atacó violentamente al otro grupo. Había gente magnífica en ambos bandos. A nuestros huéspedes judíos, tanto mujeres como hombres como niños: favor de ducharse antes de meterse a la piscina. Si violan esta regla, nos veremos obligados a impedirles el uso de la misma. Letrero colgado en un hotel suizo de nombre Paradies, en el poblado alpino de Arosa, dirigido a los huéspedes judíos del hotel. En otro letrero, situado en la cocina, se les instruía a los mismos huéspedes que sólo debían utilizar el refrigerador entre las 10 y las 11 am, y entre las 4:30 y las 5:30 pm, pues al personal «no le gusta ser molestado en absoluto».

¡¡¡Ay!!! ¿Pensaste que era un viaje personal? ¡Qué adorable! ¿Crees que el gobierno de Estados Unidos pagó nuestra luna de miel o nuestros viajes personales? ¡Qué risa! ¿Has contribuido más a la economía que mi esposo y yo? ¿Ya sea con tu ingreso personal o con impuestos o sacrificándote por tu país? Estoy segura de que pagamos más impuestos en nuestro «viaje» de un día que tú. Estoy segura de que el monto que sacrificamos cada año es mayor que lo que sacrificarías si estuvieras en mi lugar. Louise Linton, esposa del secretario del Tesoro de Estados Unidos, Steven Mnuchin, respondiendo a un comentario en su cuenta de Instagram, tras colgar una foto donde ella y su esposo bajan de un avión gubernamental, donde Linton detalló expresamente cada accesorio de marcas de lujo que llevaba puestos.

Donald Trump, en una conferencia de prensa, refiriéndose a los sucesos de Charlotesville, donde tras una manifestación de grupos neonazis y de supremacistas blancos, un joven embistió con su coche a una multitud de manifestantes protestando por el carácter racista de la congregación inicial.

Me da hueva hablar de eso, por eso no vengo a Xalapa, no me hagan responsable de lo que la mayoría de los veracruzanos hicieron para que llegaran al poder, entonces que haya personas que tomen decisiones de participar de ninguna manera significa que en lo personal ellos estén comprometidos en toda una mafia de organización pervertida que toda una administración generó y será la historia de Veracruz la que ponga a todos los servidores públicos o ex servidores en su lugar. Dante Delgado, dirigente de Movimiento Ciudadano, respondiendo a la pregunta de por qué mantienen en el partido a ex duartistas como Eduardo Sánchez Macías, primo de Karime Macías y también al ex secretario de Salud, Pablo Anaya.

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Glissandos en el laboratorio global Por Carmen Pardo

Surround Me

S

urround Me: A Song Cycle for the City of London (2010-2011) de la artista sonora Susan Philipsz, es una invitación a pensar y sentir de otro modo la ciudad. La propuesta de Philipsz se centra en la city de Londres y transcurre en seis localizaciones que se emplazan en torno al Banco de Inglaterra y a lo largo de los Bancos del Támesis. En esos años, cada día se desplazaban a este distrito financiero de Londres unas cuatrocientos mil personas para acudir a su lugar de trabajo, pero allí sólo residían unas ocho mil. El fragor de la vida financiera hace de la city un hervidero de gente de lunes a viernes pero, cuando llega el fin de semana, se impone el silencio. Philipsz toma como punto de partida este silencio que afecta tanto al nivel sonoro de la city como a la percepción de esos edificios en los que, en los días laborables, se agita la vida económica de una gran parte del mundo. El silencio de la city es el envés de la circulación de las gentes y del dinero. Este silencio da cuenta del sortilegio que paraliza a los trabajadores en sus hogares impidiéndoles el acceso a su vida laboral. Es el sortilegio llamado fin de semana, cada vez más difícil de cumplir pues, aunque la circulación física se haya detenido, la tecnología sin hilos permite que otra circulación se mantenga. Desde sus hogares o los lugares elegidos para el fin semana —siempre bien

conectados—, la circulación de la información financiera podrá seguir fluyendo aunque en la city prevalezca el silencio. La propuesta de Philipsz para experimentar este silencio toma como eje los sonidos que se entonaban en la ciudad durante los siglos xvi y xvii, justo antes de la construcción del Banco de Inglaterra o del puente de Londres. En esa época, los comerciantes gritaban sus mercancías y modulaban sus gritos para poder distinguirse entre ellos, creando así una polifonía sonora propia de la ciudad. Compositores como John Dowland y Thomas Ravenscroft se inspiraron en estos gritos para componer sus obras. Con estas composiciones de la época isabelina y jacobina, Philipsz decide crear un ciclo de canciones que conduzcan a la gente a través de este barrio financiero. La artista se graba cantando, sin acompañamiento, y sitúa cada pieza en un lugar con el que pueda relacionarse de modo particular. Una de las piezas, The Silver Swan de Orlando Gibbons, la emplaza en Tokenhouse Yard con un altavoz dirigido hacia el Banco de Inglaterra. La última línea de este madrigal, escrito a finales del reinado de Isabel I, suele interpretarse como el ocaso de la tradición musical isabelina. Cantado a capella en el silencio de la city, en plena crisis financiera, este madrigal adquiere sin duda otro significado. No han sido los gritos de los ejecutivos y directivos financieros, sino esa voz que trae los ecos de otros tiempos, la que deja sentir que el silencio de la city en un fin de semana tiene todavía mucho que contar. •

Espacio negativo

Por Abraham Cruzvillegas

S

us voces rojas lo estremecen, aunque no entiende ni pretende hacerlo, recompone su quijada en un crack que sin ser bursátil igual le significa un crecimiento en el índice de ya no hay valores, paralelo al producto interno más bruto, piensa «me anda» y menos comprende los inocentes —más no necesariamente inocuos— cánticos revolucionarios de la masa que con una alimentación basada en Minsa avanza al igual que su sangre en la tripa gorda, inflamada morcilla de coágulos ennegrecidos y groseros de su hiato herniado, que a veces brotan por su trompa en borbollones apestosos e impertinentes, que asustan, menos tal vez que las frecuentes redadas, las famosas razzias, organizadas un día sí y el otro también, en su natal Ranchodomingo por la tira del Departamento del Distrito Federal, las fuerzas también negras del llamado Negro Durazo, enamorado de las líneas blancas y de la sinuosa ombligona celebérrima por agradecer al agradecimiento con un «denankius…». Hacía años que vomitaba negro, sangre, según las voces expertas de familiares y amigos que asqueados le reclamaban no visitar al doctor, seguir bebiendo como náufrago y comiendo como ganso en engorda, compulsivamente hipertrófico. En una de esas, en una fiesta en Cuauhnáhuac, invitado por los amigos de su hermano menor, hubo que deshacerse de sábanas y almohadas, después de una monzónica expulsión gástrica. La imagen le recordó al maestro Rubén, devolviendo el hígado después de haber sido arrojado en la esquina del mercado desde una patrulla, todo golpeado y entelerido, en los huesos, casi inconsciente, el más consciente. Lo habían torturado, no había que matarlo, ya iba anémico y débil, cansado pero no rendido. «¡Qué milanesas! Hace mucho que no te había

bisteces… Pensaba que ya te habías moronga» le resonó ese lugar común, pero que en realidad se le revelaba como una amenaza de «El Cazuelas», genízaro procedente del infame Cuauhtepec Barrio Alto, que —en la broma sigloveintiunesca— sería más bien un barrio bien bajo, rumiante de hermosas sentencias improbables largas y sinuosas que a veces significan poco o nada, pero que existen como moneda de cuño común, y eso les da su dimensión: esa jerga innata y florida, sólo redundaba en una identidad etérea, hábil y heterodoxa en su dislexia formidable, una que bien pudiera llamarse mixlexia. Genarín, vecino, confesor y cómplice de juventud, pero sobre todo hermano postizo de El Cazuelas, dice fingir demencia, pero en realidad es un demente amante de los temazcales y de la mota, fabricante de chorlas indestructibles hechas con las metálicas barbas de las máquinas barredoras que peinan las banquetas trompiconas y disparejas de la gran ciudad, incluyendo Canal de Chalco, Acueducto de Guadalupe y el Cerro de la Estrella, cuna de los geniales y truculentos colhuaques, amos de la representación del terror, casi tan eficientes como los coyoaques de lo que hoy conocemos como La Candelaria Coyoacán, parcela que vio nacer a una de las sonrisas más pródigas del pedregal, Marco Ramírez, Mr T, heredero de la casta sonidera de esos lares, vendedor de flores del mercado de Jamaica, no en el de La Viga, antiguo epicentro del trajín en los canales que comunicaban Tlatelolco con Texcoco y Xochimilco, verdadero sitio de mi hermanito, el que impertérrito nunca hace nada en el fondo de sus fangosos canales chinamperos. •

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Encuéntralos en librerías ¿CÓMO NOS METIMOS EN ESTE DESASTRE? George Monbiot

«George Monbiot es siempre original, tanto en la inteligencia de sus opiniones como en la profundidad y el rigor de sus investigaciones». Brian Eno

RUISEÑORES DE INGLATERRA

José María Álvarez

El gran poeta y novísimo José María Álvarez publica en Sexto Piso una antología de la lírica inglesa, desde sus orígenes hasta Dylan Thomas, que él mismo se encarga de traducir, prologar y seleccionar. PaPEl En Blanco / El País

CUANDO LA VIDA TE DA UN MARTILLO Kate Tempest

«Tempest es, en el escenario y fuera de él, una mezcla de trovadora, Janis Joplin y James Joyce [...]. La gran esperanza del micro y las letras británicas». lucía liJtMaEr, BaBElia

LA EFEBA SALVAJE Carlos Velázquez

«Después de Carlos Velázquez, la literatura del norte hacia el futuro ha comenzado a ser otra cosa». sErgio gonzálEz rodríguEz

MISA NEGRA John Gray

«Desde que leí Misa negra nunca me falta un libro de Gray al alcance de la mano, leído de principio a fin o compartido con otras lecturas menos desasosegantes, abierto al azar para asistir al chispazo infalible de una inteligencia tan iluminadora como la escritura en la que se manifiesta». antonio Muñoz Molina, El País

APEGOS FEROCES Vivian Gornick

«Las memorias de Vivian Gornick tienen esa calidad endemoniada, brillante y absoluta que tiende a elevar un libro por encima de su contexto y provocar que sea admirado, con toda justicia, como “atemporal” y “clásico”». Jonathan lEthEM


El resucitador de caballos

Carlos Velázquez

E

s el fantasma de un caballo, susurró Imabelle. Ed se aferró a la escopeta y se asomó por la ventana. El camino estaba desierto. Pero el galope persistía. Serán unos parejeros. ¿A estas horas? Nunca faltan los borrachos envalentonados. Es un caballo fantasma, insistió su mujer. Malditas gentes sin quehacer, rezongó Ed. Se recostó con la escopeta sobre el pecho. Se resistía a apegarse a las historias que se rumiaban en el pueblo. Un indio, Mr. Mojo Risin, tenía el don de resucitar a los caballos. Y tal ejercer propiciaba toda clase de apariciones. Puritita superchería, pronunció Ed. Duérmete, le aconsejó la mujer. El galope se percibió con más ímpetu. Ed abrió la puerta confiado en que volaría de un tiro el sombrero del jinete. Pero afuera de su propiedad no se avistaba bestia alguna. El camino estaba vacío. Se echó sobre la cama contrariado. Debió mirar al animal. Sin importar lo rápido que corriera. Y el galope continuaba sin cesar. No creo en los espíritus, rumió. Y se quedó dormido abrazado a la escopeta.

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El galope se percibió con más ímpetu. Ed abrió la puerta confiado en que volaría de un tiro el sombrero del jinete. Pero afuera de su propiedad no se avistaba bestia alguna. El camino estaba vacío. Se echó sobre la cama contrariado. Debió mirar al animal. Sin importar lo rápido que corriera. Y el galope continuaba sin cesar.

Ed se acodó en la barra y reclamó un whisky. Por el espejo encima de la fila de botellas descubrió a Mr. Mojo Risin sentado solo en una mesa. Le costaba creer que aquel indio aficionado a la bebida ostentara poderes. Se presumía que también era curandero. Pero la fama de Mr. Mojo Risin se debía sobre todo a su manera de beber. Trabajaba en el rancho de Augusto Robles como cuidador de caballos. Y todos los días, al terminar su jornada, ocupaba el mismo sitio en la cantina y se congraciaba a emborracharse. Era un indio solitario. No vivía en el pueblo. Ocupaba una choza pasando la cañada. Ed y Mr. Mojo Risin se habían topado en dos o tres ocasiones y no se habían obsequiado ni siquiera un saludo.

Mr. Mojo Risin era célebre como domador de caballos salvajes. Se aseveraba que era capaz de hablar con ellos. Ed se prometió a sí mismo que siempre prescindiría de sus servicios. Sabía que la comunicación más eficiente con un caballo eran el fuete y la rienda. Eh, Pedro, consultó Ed al cantinero, ¿es cierto lo que se hablantea sobre el indio ese? Porque a mí se me afigura que su único talento es depurar botellas. Déjalo en paz, respondió Pedro. Y colocó un whisky frente a Ed. Es mi mejor cliente. Mientras saboreaba su trago, Ed decidió que montaría una guardia afuera de su finca. Dos peones que vigilaran el camino. Voy a atrapar a esos condenados parejeros. Al salir de la cantina se cruzó con la mirada del indio. Sus ojos eran completamente cristalinos. Como dos canicas de agua. Sin iris, pues. ¿Has traído la tarta?, preguntó Imabelle al ver a Ed entrar por la cocina. Era el cumpleaños de su hija Clarita. Claro, mujer. La depositó en la mesa del comedor y colgó el sombrero en el perchero. Me crucé con el indio dizque brujo en la cantina, dijo. Ni vuela ni se transforma en coyote ni revive caballos. Sólo es un ebrio. Imabelle le ordenó lavarse las manos. Pues en el pueblo aseguran que es milagroso, comentó mientras ponía la mesa. La pobre de Hilda no consiguió embarazarse en dos años de matrimonio. El marido la devolvió a casa de sus padres con la demanda de que estaba defectuosa. Hilda acudió a una consulta con Mr. Mojo Risin. Y su marido por fin consiguió preñarla. Ed soltó una carcajada. Ah qué Mr. Mojo Risin, hasta padre va a resultar, como el mismito espíritu santo Imabelle sacó el pastel de carne del horno.


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El galope no es el alma de ningún animal, continuó Ed. Son unos parejeros. O un jinete solitario. Voy a acabar con el desgraciado galope esta noche. Voy a ubicar a dos peones como guardia. Es el cumpleaños de tu hija, Ed, sentenció Imabelle. Aparta esa obsesión para otro tiempo. Se va a enfriar la cena. No tardo, rebeló Ed. Tengo derecho a dormir con tranquilidad. Le pondré fin para que atestigües que el caballo fantasma es invento de la gente. Salió de la casa y apostó a dos peones en el camino con la orden de encañonar a todo el que pasara por ahí. Si se me quedan dormidos les voy a descontar una jornada, amenazó Ed. Pero si lo capturan, los voy a premiar con una mula de carga a cada uno. Era la clase de hombre que todo lo quiere emparejar con bestias. Ahora tienes quince años, hija, dijo Ed al final de la cena. Ya cuentas con edad de poseer tu propio caballo. De responder por su cuidado. En unos días asistiré a la feria en la ranchería de Jal y elegiré un animal para ti. Eres mi única descendencia. Algún día este rancho será tuyo. Y tendrás que aprender a administrarlo. Clarita era una jinete experimentada. Pero no tenía caballo propio. Uno para que sólo ella montara. Gracias, papá, dijo y le besó la mejilla. Ed le había inculcado el amor a los caballos. La emoción mantuvo despierta a Clarita hasta la madrugada. Así como otros contabilizan ovejas, ella sumó caballos hasta quedarse dormida. Tampoco Ed conseguía dormir, le rechinaban los nervios. Ansiaba solucionar de una vez por todas el misterio del caballo fantasma. Pero aquella noche el galope no acudió. Tanto silencio lo desesperó. Cargó la escopeta y se metió unos cartuchos entre los dientes. Salió a supervisar a los peones y los descubrió dormidos. Revendedores de toda la región gravitaban en el vestíbulo del hotel. Ed procuraba apalabrar al mejor animal de toda la muestra. Había ahorrado durante tres estaciones. Portaba capital suficiente para respingar cualquier puja. Identificó a Mr. Mojo Risin con un cigarro entre los dedos. Asistía en calidad de oráculo. Augusto no compraba caballos sin la aprobación del indio. Ed, saludó Augusto. ¿Vienes solo? Sí, respondió Ed. Para economizar. Los gastos de un acompañante prefiero invertirlos en adquisiciones. Ah qué Ed, olvidaba que tu vida son los caballos, sonrió Augusto. Te invito a cenar, para que no inviertas en mundanidades como los alimentos. Ed se sintió tentado a aceptar. Pero la posibilidad de departir con el indio lo perturbó. Gracias, Augusto, pero reviento de cansancio. Los viajes me estropean el apetito. Malvada edad. Se registró en una habitación con balcón de la segunda planta. Subió las escaleras con las tripas protestándole. Meditó lo torpe de

sus palabras. Estropear el apetito. La presencia de Mr. Mojo Risin lo ponía de mal humor. Cómo permitía Augusto que un indio lo asesorara. De qué le constaba entonces haberse atribuido toda una vida al negocio de los caballos. Esperó dos horas y bajó a cenar. El restaurante estaba vacío, con excepción del indio que bebía en una mesa al fondo. Ed no se intimidó. Le molestaba por su supuesta chamanería, pero no le inspiraba temor. Cenó con serenidad. Se pidió un par de digestivos y se fue a su habitación. El indio se quedó bebiendo en el restaurante. Lo despertó el galope. Se asomó al balcón y no avistó caballos en carrera. Maldijo por no haber viajado con la escopeta. Se vistió aprisa. Salió del hotel. Pero se topó con pura noche. Por muy negro azabache que sea un animal, se dijo, no hay oscuridad que lo ampare. Regresó a su habitación y el galope reanudó. En la recepción tanteó por el cuarto de Augusto Robles. Subió hasta la tercera planta y tocó la puerta. Cómo puedes dormir con ese relajo, preguntó Ed. A qué te refieres, dijo Augusto. Pos al galope. Cuál, yo no he oído ni uno. Ed observó al indio al fondo. Tirado encima de un petate. ¿Tienes una pistola que me prestes? Para qué la quieres. Puedes ¿o no? Augusto le entregó el arma a Ed. El galope no desaparecía. Pero Ed se apaciguó. Se quedó dormido con la mano empuñando el revolver que descansaba sobre la cómoda. Cada año Ed se apersonaba en la feria de Jal. Y aunque lo más comprobable es que Mr. Mojo Risin también hubiera acudido, nunca se había cruzado con el indio. El convivio era para la compra y venta de animales. Sin embargo, se organizaba una carrera para desestimar argucias de especuladores. Ed estaba persuadido de que el galope nocturno acataba a una parejera clandestina. La sanción, si te atrapaban parejeando, era la expulsión de la puja. Pero a los apostadores no los mete en cintura ni el diablo, se dijo Ed. ¿O fue el indio, que me enmendaba una broma? Desintimó esta teoría. Al indio en qué le afectaba Ed. ¿El galope va a perseguirme eternamente?, se cuestionó. ¿Consistirá en eso el amor a los caballos? Ed no apostaba. Se congregaba en las carreras sólo por entrometido. Los caballos incumben varias ciencias. De crianza, de reproducción. Y la ludopatía. Ésta última contiene ramificaciones. El animal puede ganar una carrera por trasunto matemático. Debido a unas corazonadas. O por simple misterio. Para maniobrar tanta tecnología hace falta dedicarle la vida entera. Y los vicios de Ed obedecían a otras conjuras. Pero observar a los caballos temblar de carrera no es indiferente a nadie. El caballo es el animal más bello del planeta, aseguraba Ed. Un hombre avezado en cuacos debería apostar, se aproximó Augusto a recomendar. Uno de caballos nunca sabe lo suficiente, contradijo Ed. Aunque se convierta en abuelo montando. Sus palabras lo contradecían. Y se arrepintió del comentario. Pero no hizo nada por enmendarlo. Le otorgaba la razón a Augusto. El dogmatismo del indio entonces era necesario.


Existirá el día en que el hombre sepa absolutamente todo sobre el caballo, dijo Ed. Y le pareció que si existía la gloria, era esa. Un espacio donde el alma del hombre y el alma del caballo coexistieran como iguales. Se escuchó el grito ¡Que comiencen las apuestas! Mr. Mojo Risin susurró a Augusto su predilección. El favorito era el azabache. Era el invicto. Pero el indio recomendó al tordillo. Que pagaba 7 a 1. Montado sobre la raya de cal, el peón agitó un pañuelo nejo y las bestias salieron disparadas. Y con ellas un removimiento de tripas general, gritos, sombrerazos, carcajadas que abultaban panzas y ayayayayays de la concurrencia. El tordillo ganó por un cuerpo. La extrañeza mordiscó a la rancherada. Cómo una magnífica bestia había perdido contra un tordillo masudo. Consumado el jolgorio inició el comercio. Caballo que ofertaban, caballo al que Ed le angulaba defecto. O se lo inventaba. Así aconteció la mañana, desairó cuanto ejemplar daba paseíllo. A veces escoger una bestia para tu hija es más duro que elegir una para ti, apreció Ed. Recordaba con cariño su primer caballo, a los catorce años. Era un paso importante en la vida. Si una mujer escoge un mal marido llevará una vida desgraciada, decía Ed. Lo mismo ocurre con los caballos. Y lo último que deseaba era el sufrimiento de su hija. Que una bestia malhumorada le agriara su relación con los equinos de por vida. A la una de la tarde se instauró una pausa para comer. Ed decidió que regresaría a casa. Me largo, dijo a la recepcionista. Ni un animal me provoca aprecio. Un vendedor que se registraba en ese momento lo escuchó. Perdone, no pude evitar parar oreja. No puede marcharse sin catar mis ejemplares. Quédese, a las cuatro de la tarde exhibiré mis animales. Después de comer, Ed subió a echar una siesta. No podía retornar sin una bestia. Clarita reclamaría su regalo. Rememoró la tarde en que a los diez años se negó a montarse en el pony. Trépate en Nalgón, le indicó Ed. No, respondió. Por qué. Mi caballo está chaparro. Fran, ordenó a uno de los peones, jálate la yegua vieja. Me encimas a la niña y la amarras a la silla. Desde aquel día Clarita renunció a conducirse en pony. A las cuatro de la tarde se reanudó la puja. El desfile de animales no cautivaba a Ed. Hasta que una yegua lo hizo ponerse de pie. Todos los

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caballos a la venta tenían un nombre, menos el que le había engordado el ojo. Era una alazana de hermosura sobrenatural. Con tan solo verla desplazarse, Ed supo que era la compañía perfecta para su hija. No se produjo una puja reñida. Sólo otro demandó por el precio de la bestia, pero en cuanto Ed subió la cifra se retiró. Un peón montó la yegua. Era mansa como un algodón de azúcar. El jinete flotaba sobre el lomo. El corral por donde trotaba parecía una extensión del cielo. Augusto y el indio se acercaron a Ed. No adquieras ese caballo, urgió Augusto. Qué, replicó Ed. Mírala. Mr. Mojo Risin dice que es de mala suerte comprar un caballo sin nombre. No digas tonterías, Augusto. No son tonterías, Ed. No creo en supersticiones. No compres ese animal, dijo Augusto, y sujetó a Ed por el brazo. Ed se zafó de la mano de Augusto de un tirón. Voy a pagar por este ejemplar, dijo y se alejó. Augusto corrió hasta alcanzarlo. Ed, recapacita. Augusto, no entiendo por qué te dejas influir de tal manera por un indio. No lleves esa yegua a tu casa, Ed. Nada va a impedir que me haga con el animal. Bien. Prométeme una cosa, Ed. Prométeme que lo bautizarás. Que le endilgarás un nombre antes de que llegue a tu rancho. ¿Lo prometes? Ed partió de Jal con la yegua innombrada. Le correspondía a Clarita bautizarla. La bestia se comportó durante el trayecto. No hubo inconvenientes en el camino que alentaran las nigromancias del indio. La única maldición de la yegua era su belleza. Ya no aguanto las botas, informó Ed al entrar a casa. Clarita, tu padre ha vuelto, gritó Imabelle. Ed se calzó unos botines. Vamos a la caballeriza, indicó. Y las mujeres lo siguieron. La yegua destilaba docilidad. Permitió que Clarita la montara sin respingos. Poderosa pero delicada. El reflejo de Clarita misma, pensó Ed. Cuánto costó ese animal, inquirió Imabelle.


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En vaivén, dijo el peón. Algunas noches se escucha. Otras no. En ocasiones lo confundimos con el sacudirse de las ramas. Pero no hemos avistado ni jinetes ni parejeros. Sigue estudiando, dijo Ed. El galopista tiene que caer. Dale a beber y alimenta a este hermoso animal. Ed, se va a enfriar la cenadera, gritó Imabelle. Durante la sobremesa, Clarita no cesó de elogiar a la yegua. Ed terminó su whisky y abandonó el comedor en silencio. Clarita e Imabelle repetían postre. No es noche para el galope, se dijo Ed al meterse a la cama. La travesía a Jal lo había extenuado. Pero a las tres de la madrugada lo escuchó. Abrió los ojos y dijo, Ahí está. Fran, gritó al peón por la ventana de su habitación, ¿lo escuchas? Sí, patrón. ¿Miras algo? No, nada. Ed salió de la propiedad y se detuvo en medio del camino. Miró a izquierda y a derecha. Vamos a cazar a ese desgraciado, le dijo a Fran. Yo me quedaré a montar guardia contigo. Entró a la casa por un chipiturco y la escopeta. No se dejaría vencer por el sueño. Pero el galope fantasma no se repitió. Pensó en Mr. Mojo Risin. Qué inteliges de lo que mientan en el pueblo acerca de Mr. Mojo Risin, Fran, consultó al peón. ¿De que es un nahual y todo eso? De eso mero. La vida de campo es aburrida, patrón. Las gentes inventan toda clase de leyendas para su entretención. Y este canijo galope. De dónde sale. Debe ser empresa de algún gracioso. Lo atraparemos, patrón. Verá. Ed y Fran congraciaron la noche a pasarse de mano en mano una petaca de whisky. Ed no atinaba a recordar cuándo había sido la última vez que fumara tanto. Pero no congeniaba otra forma de matar el tiempo. Y qué tal la feria, patrón, preguntó. Vi al indio.

Ed y Fran congraciaron la noche a pasarse de mano en mano una petaca de whisky. Ed no atinaba a recordar cuándo había sido la última vez que fumara tanto. Pero no congeniaba otra forma de matar el tiempo.

No preguntes cosas que en realidad no quieres saber, mujer, respondió Ed. Sí, mamá, mejor que no sepas, añadió Clarita. Y cómo se llama, preguntó Imabelle. No tiene nombre. Qué, se escandalizó su esposa. ¿Te has atrevido a traer un caballo innombrado a casa? De quién es la yegua. De Clarita. A ella le toca elegirlo. Es de mala suerte, Ed. No comencemos con ocultismos. Ni con hechicerías de indios. Que Clarita escoja un nombre y asunto resuelto. Panela, papá, la llamaré Panela. Qué buena puntería, Clarita, dijo Ed. Le miraste el alma al animal. Esta yegua es dulce como una panela. Son un par de sacrílegos, dijo Imabelle. Bien. Me gané un descanso, dijo Ed. Y se retiró a acostarse. Clarita montó a Panela el resto de la tarde. Ed encargó a Fran que la supervisara. No es que tomara en cuenta la opinión del indio, pero la ciencia de los caballos es bastante abstracta. La familiaridad entre la bestia y su jinete se puede conquistar en minutos o en horas. Y mientras la confianza se arraigaba era mejor la vigilancia del peón. Pero no existía duda. Clarita había nacido para montar. Va a ser mejor jinete que yo, presumía Ed. La nobleza de Panela no resultaba tan exótica. Así como las personas tienen el don de gentes, abundan caballos que son sencillos de trato. Tan buena convivencia no era enigmática. Ed despertó de su siesta antes de la cena. Clarita seguía encaramada en la yegua. Clarita, le ordenó Ed, es hora de cenar. ¿Que no piensas darle de beber a ese animal? La hija desmontó y entró en la casa. El peón condujo a la yegua a la caballeriza. Ed lo alcanzó. Qué opinas, Fran. Esto es un milagro, patrón. Ejemplares así no escurren. Ed se tranquilizó. Cuál mala suerte. Al contrario. La yegua era un regalo de Dios. Qué con el galope, interrogó a Fran.


¿A Mr. Mojo Risin? Al mismo. Y usted qué piensa, patrón. ¿Sobre la magia? Ajá. Pienso que le dan mucho crédito a ese indio. Que ha tenido suerte al domesticar uno o dos caballos y por eso le adjudican habilidades supernaturales. Pero nadie puede resucitar un caballo. Tendría que verlo con mis propios ojos para creerlo. En unas semanas la simbiosis entre Clarita y Panela se afianzó. Clarita disponía de la yegua a su capricho sin la mirada cuidadosa del peón. El galope acudía unas noches y otras no. Un día, mientras Ed bebía un vaso de agua descubrió que hacía varios días que no pensaba en Mr. Mojo Risin. Mientras se ofuscaba la sed, Clarita entró a la cocina. Papá, ya tengo quince años, quiero ir al granero. Cada sábado por la tarde los adolescentes del pueblo se reunían en el granero de los Gallagher más que nada a beber refresco y contemplarse unos a otros indefinidamente. Como si otearan en el horizonte sin esperar nada. Cegados por un sol que les impedía ver otra cosa que no fuera la coca cola que sostenían en la mano. Eran demasiado jóvenes para vencer el pudor y ponerse a bailar. Era un acto inofensivo. Los Gallagher fiscalizaban a los muchachos derrotarse de aburrimiento. Dile a tu madre, se escudó Ed. Mamá, gritó Clarita. Qué ocurre, dijo Imabelle desde la sala. Dile a papá que me dé permiso para ir al granero. Imabelle entró en la cocina. Me niego, se defendió Ed. Baila conmigo, ahí ni vas a bailar. No podrás evitarlo, Ed, respondió Imabelle. Está bien, está bien, soltó Ed. El sábado condescenderás que te huela esa banda de futuros gallinazos. Ed, censuró Imabelle. Para qué otra cosa sirve ese maldito granero, dijo Ed y salió de la casa. El tiempo avanzó lento para Clarita. El resto de la semana transcurrió tan apacible que hasta el galope descansó de su jodienda. Qué habrá ocurrido con ese jodido bromista, se formulaba Ed. Pero no bajaba la guardia. Todas las noches apostaba a un peón

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fuera de la finca. Si se quedaba dormido o no, Ed no conseguía descifrarlo, él mismo era un tronco sobre la cama. No le incitaba la gracia que su hija comenzara a visitar el granero. No le era difícil descifrar lo que los padres del pueblo le aconsejaban a sus hijos varones. Camelar a la muchacha con la mejor dote. Y Clarita sería la heredera de los bienes de Ed Williamson. El sábado por la mañana Clarita e Imabelle armaron tal ajetreo que Ed profirió: No quiero ni imaginarme el día que se case. Era un pensamiento que asaltaba a Ed con frecuencia. Toda una vida de trabajo duro para heredársela al ganapán que desposara a su hija. Pero aliméntate criatura, le dijo Ed a Clarita durante la comida. No es nada extraordinario. Vas a convivir con unos holgazanes, no con vacas de dos cabezas. El ajetreo no se detuvo hasta las cinco de la tarde. Hora en la que Clarita salió de su habitación con su atuendo de cowgirl. Botas, pantalón de mezclilla y camisa a cuadros. ¿A poco no dan ganas de robársela?, preguntó Imabelle. ¿Quieres hacer el favor de callarte?, gruñó Ed. Clarita sonrió. Esto es un disparate, dijo Ed, pensando en si el bolsón que le pidiera matrimonio sería capaz de cuidar su propiedad. Panela aguardaba ensillada afuera de la casa. Clarita la montó. De regreso a las siete de la noche, advirtió Ed. El cielo estaba nublado. Apúrate que comenzará a llover, dijo Imabelle. Son menos de seis kilómetros de camino, protestó Clarita. Espera, intervino Ed. Mejor yo te llevo. Prefiero irme a pie. De acuerdo. Papá, gritó Clarita y arreó el caballo. A medio camino se desató una tormenta. Pero la lluvia no alteró a Clarita. No podía concentrarse en otra cosa que no fuera Billy Priest, el hijo del herrero. La lluvia se apersianó. Los truenos comenzaron a retumbar más fuerte de lo habitual. Panela permanecía relajada. A paso natural. Buena chica, la felicitó Clarita. Era una yegua inquebrantable. Pero un rayo cayó a dos metros de Panela. Una potente estría de luz. El relámpago les impidió el paso. La yegua relinchó, se irguió sobre las patas traseras y derribó a Clarita. La rienda le serpenteó entre las manos. Los caballos un instante son reacios y al siguiente quebradizos. Clarita yacía inconsciente en el piso mientras el animal se alejaba al trote asustado. Minutos más tarde, Panela avanzaba bajo la lluvia hacia la casa de los Williamson. Qué carajos, dijo Ed al verla por la ventana.

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Ilustraciรณn de Jorge Noguez


Había dejado de llover. Ed y Fran la encontraron y la llevaron a casa. Imabelle, llama al doctor, ordenó Ed. Por qué tardaste tanto, preguntó Ed cuando Paul apareció. Esta maldita lluvia, contestó el doctor. Es una fábrica de desgracias. Se volteó una carreta y tuve cuatro heridos. Clarita sufrió un accidente, dijo Imabelle. Se cayó del caballo, continúo Ed. Dónde está. En su cama. Vamos a revisarla. Entraron a la recámara. Hace cuánto perdió el conocimiento. Va a cumplir dos horas. Paul auscultó a Clarita. Ed, tu hija sufre una conmoción por el golpe. No está en coma, no corre peligro. Debemos esperar a que despierte para una evaluación más completa. Llámenme cuando recupere el conocimiento. No, Paul, dijo Ed. No te vas a ir de aquí hasta que mi hija abra los ojos. Puede ser hasta mañana, Ed. Imabelle, ordenó Ed, prepara café. Por la madrugada Clarita se quejó. Tengo sed. Imabelle, Imabelle, gritó Ed. Agua. ¿Y Panela?, preguntó Clarita. En el establo. Qué esperas que no la checas, Paul. El doctor le arrojó luz sobre las pupilas. Quiero ir al baño, pidió Clarita. Espera un poco, convino el doctor. Mamá, chilló, no puedo mover mis piernas. Qué pasa, Clarita. Mis piernas no me responden. Tendremos que trasladarla al hospital, concluyó Paul. Fran, alista la carreta, organizó Ed. Ingresaron a Clarita a la clínica por la madrugada. Te prometo que no dormiré hasta darte un diagnóstico, Ed, convino Paul. Mírame a los ojos, Paul. Dime la verdad. ¿Es irreparable? No puedo responderte, Ed. Puede ser una parálisis momentánea producida por el impacto. Sería irresponsable alarmarte. Ed, Imabelle y Fran montaron guardia en la sala de espera. Y entonces apareció. El galope resonó en las paredes del hospital. Hoy no, dijo Ed. No hoy. Fue hasta la carreta y cargó la escopeta. Se subió al techo del transporte y se apostó. Te va a costar caro, malnacido. Amaneció y Ed continuaba encaramado. Paul mandó llamar a la familia. Los resultados de las pruebas estaban listos. Qué vergüenza, dijo Imabelle. Fran por favor ve y bájalo de ahí.

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Ed, Imabelle y Fran entraron al cuarto. Clarita desayunaba gelatina. Lo diré como lo dicen los médicos, dijo Paul, sin rodeos. Clarita no volverá a caminar. Imabelle pegó un alarido. Maldita yegua, dijo Ed. Y salió de la habitación. No, papá, gritó Clarita. Panela no. Papá. Papá. Pero Ed no la escuchaba, se alejaba por el pasillo como si fuera a cumplir la misión más importante de su vida. Cabalgó hasta su propiedad. Entró a la casa. Sacó otra escopeta del armario. La cargó y se dirigió al establo. No lloraba desde la muerte de su hermano. Sacó a Panela de la caballeriza y la condujo un trecho. Encendió un cigarro. Lo poseía la frialdad de un gatillero a sueldo. Amarró la yegua a la rama de un árbol. No le tembló la mano. Como si fuera un profesional. Apuntó el cañón a la cabeza del animal y le voló los sesos. Fue un tiro cristalino. Sonó como si se hubiera roto una figura de porcelana, pero la bestia se derrumbó como malvavisco derretido al fuego de una fogata. Cavó la tumba él mismo. El indio me advirtió que no comparara esta estúpida yegua, se reprochaba a cada paletada. Se dilató varias horas en tremendo boquetón. Qué ingrato debe ser el oficio de asesino, lamentó. No se miraba agujereando la tierra a destajo. La superficie le supo dura. Como si escarbara con sus propias uñas. Sudó lo que no había sudado en los últimos veinte años. Cuando consideró la oquedad acondicionada para el propósito, lanzó la pala fuera y se tendió con la cara al cielo. El indio me lo advirtió, repetía. Aunque hizo el hoyo a un lado de la bestia, no consiguió empujarla al pozo él solo. Regresó al rancho por su caballo. Ató unas sogas a la silla y arrastró a la yegua muerta dentro de la tumba. El animal se deslavó hacia el agujero. Se sorprendió con el indio en mente. No lo invocaba desde Jal. Se apeó de su cuaco y comenzó el lento y arduo trabajo de cubrir a la yegua. Sacrificar al animal y escarbar la zanja le resultó indoloro. Pero verterle tierra encima lo sumió en la desesperación. Nunca había enterrado nada. Con cada paletada, el animal le parecía más grande. Inmenso como un elefante. Lo atacó la sensación de que no acabaría el trabajo nunca. Clarita le tenía negada la palabra a su padre desde que había sido dada de alta. Tras sepultar a la yegua, Ed se atrincheró en su casa a esperar el retorno de su hija. Pero el día que observó la silla de ruedas de espaldas chocar con cada escalón de la entrada, no pudo soportarlo. Buscó un alivio. Y lo halló en la bebida. Ed capoteaba a su familia. Por las mañanas salía a trabajar, comía en el campo, y al concluir la jornada se refugiaba en la cantina. Volvía a casa hasta entrada la noche.


Eh, Pedro, ¿ahora Ed vive aquí?, le preguntaron al cantinero. Déjalo en paz, es mi mejor cliente, respondió. Qué tu mejor cliente no era el indio. Mi segundo mejor cliente. Todas las tardes que Ed entraba a la cantina observaba a Mr. Mojo Risin solo en una mesa al fondo. Cada condenada noche Ed se acostaba en su cama con la esperanza de que su esposa estuviera dormida. Pero no. La niña no come. ¿Otra vez a arrullarme con tus reproches? Por qué tenías que matarle a la yegua. Quiero dormir. Ella amaba a su Panela. Y la estúpida yegua la dejó paralítica. Por eso la maté. La niña se va a morir de hambre. Tú hija es una necia. Esto se arregla comprándole otro animal. Pero me desprecia. La niña se va a morir de tristeza. Y para eso no existe cura. A Ed le dolió el reclamo de la mujer. Suficiente tristeza era que su hija no pudiera caminar para que todavía añorara un animal. Si un clavo saca otro clavo, Ed estaba convencido de que un caballo saca otro caballo. Pero Clarita no daba la oportunidad. ¿Crees en la reencarnación?, preguntó Ed a su mujer. Cállate, estás borracho. Ed no consiguió dormir. Tenía la cama toda batida de tanto que se retorcía al pensar. Imabelle despertaba cada hora para regañarlo. Pos qué tanto jurgoneo. Ya duérmete, mujer. Para de arremolinarte. Pero Ed dejó de escuchar las quejas de su esposa. Nada lo sacaba de su ensimismamiento. Él sólo redundaba en un asunto: el indio.

Transcurrieron unos meses. La desgracia se instauró en la región. Varias cosechas se malograron. La corriente del río inundó una hacienda. A Ed se le enfermó el ganado. Un coyote comenzó a chingarle las gallinas. Una noche Ed y Fran salieron a darle caza. A medio camino se dispersaron. Ed deambuló sin propósito. Sin seguir un rastro definido.

Ed ordenó a Fran ensillar su caballo. Cabalgó hasta el rancho vecino. No recularía. Con la misma sangre fría con que asesinó a la yegua encargaría el trabajo. Épale, saludó Augusto al verlo. Ed desmontó y recibió un abrazo de bienvenida. Aquellos hombres jamás se habían abrazado. Pero no se veían desde el accidente de Clarita. Intercambiaron unas palabras y Augusto grito: Mr. Mojo Risin, Ed quiere hablar contigo. El indio se aproximó. Ocupo que me resucites un caballo, dijo Ed. El indio retrocedió sin pronunciar palabra. Cuando hubo retrocedido unos metros le hizo una seña a Augusto para que se acercara. Ed los observaba cuchichear. El indio manoteó. Mr. Mojo Risin dice que no, Ed, informó Augusto.

Por qué, preguntó. Dice que es muy peligroso. Estoy dispuesto a pagar lo que pida. Dice que ese tipo de trabajos engendran muchas tragedias. Mi hija está deshecha. Sí, Ed, lo entiendo. Pero la región está llena de caballos. Para qué pretendes traer uno desde el inframundo. Ya he pagado un precio muy alto, dijo Ed. Qué más puedo perder. Honestamente, continuó Augusto, Mr. Mojo Risin es un gran adiestrador de caballos, pero no creo que sea capaz de resucitar a un animal. El pueblo opina lo contrario. Sí, pero es gente ignorante. Y a ti qué te pasa, Ed, estás enloqueciendo. ¿Vas a tragarte todo lo que repitan? A este paso vas a creerte hasta que los coyotes pueden volar. Augusto, dijo Ed, ve y dile al indio que se puede quedar con mi caballo si cumple el encargo. Mr. Mojo Risin lo escuchó. Augusto fue hasta el indio. Discutieron. Augusto volteó hacia Ed y realizó un movimiento de cabeza que significaba no. Ed caminó hasta donde estaban. Tomó al indio por el brazo y dijo: Por favor. Mr. Mojo Risin retrocedió varios pasos. Volvió a hacerle a Augusto el gesto de que se aproximase. Es bajo tu propio riesgo, le dijo Augusto a Ed. ¿Aceptas? Por supuesto. No podrás culpar al indio de nada de lo que te ocurra a ti o a tu familia. ¿De acuerdo? Está bien. ¿Estás seguro, Ed? Sí. ¿Estás de acuerdo? Qué sí, maldición. Entonces, una recomendación: dice que nunca vayas a montar la yegua si el cielo está nublado. Clarita acostumbraba bordar en el porche hasta la hora de la cena. Aquella tarde divisó la figura de un hombre y un caballo. Eran Mr. Mojo Risin y la yegua que avanzaban hacia la propiedad Williamson. El indio la conducía sujeta de la rienda, mientras él caminaba despacio. A la distancia parecía el animal magnifico de siempre. Mamá, papá, gritó Clarita. Panela, es Panela. Ed e Imabelle salieron de la casa y la miraron. El caballo al que Ed le había sorrajado un escopetazo se aproximaba en su dirección. Pero la lozanía del animal había desaparecido. Un recipiente hueco, sin

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alma, eso era Panela. Ni robusta ni rubicunda. Del animal al que Ed había disparado no quedaba nada. El indio amarró la rienda al porche y emprendió el camino de regreso. Clarita acarició a Panela. Qué tiene en los ojos, preguntó Imabelle. Ed fue hasta el caballo y lo revisó. En lugar de ojos tenía dos cascarones de huevo. Está ciega, dijo. No es Panela, dijo Imabelle. Este es el caballo del diablo. Ed levantó la mirada. Pero Mr. Mojo Risin se había desvanecido en la lejanía. Por qué habrá resucitado ciega, se preguntó Ed. Yo no quiero a ese animal en esta casa, protestó Imabelle. Pero pese a su apariencia, Panela era dócil, puede que incluso más que antes. Es una bendición, dijo Ed. Según tú el indio es milagroso. Este espectro acaba de volver del infierno, dijo su esposa. Dios mío, qué estupidez acabo de hacer, se recriminó Ed. El cadáver andante que era Panela restauró la paz en la residencia Williamson. Clarita dejó de matarse de hambre. Ed de ampararse en el trago. Pero Imabelle lo encajó mal. Rezaba a todas horas. Cuánto llegará a vivir ese caballo, se preguntaba Ed todo el tiempo. Imabelle mandó traer a un sacerdote para bendecir la casa. No es Panela, le dijo el cura a Imabelle, es una yegua que se le parece. Sólo Dios tiene el poder de otorgar vida. Ya sabes tú cómo son los indios de ladinos y estafadores. Y nunca te creas de las húngaras. Las primeras semanas fueron de precaución extrema. Clarita no podía acariciar la yegua ni montarla. Todas las noches, metidos en la cama, Imabelle le repetía la misma pregunta a Ed. ¿De verdad ese remedo es Panela? No, mujer, secundaba Ed al cura. Es una treta del indio. Conseguía aquietar los nervios de su esposa. Fueron tantas noches las que Ed le mintió que terminó por convencerse a sí mismo. Nadie es capaz de resucitar a un caballo. Este indio es bastante hábil. Se consiguió un animal semejante a Panela. La desconfianza en el animal no prosperó. Era tan santa la bestia que no resistieron más darle ese trato. Clarita comenzó a montarla con ayuda del peón. Como no puedes usar las piernas, le dijo Fran, tienes que ser más generosa con el fuete. No la quiero lastimar, decía Clarita. Transcurrieron unos meses. La desgracia se instauró en la región. Varias cosechas se malograron. La corriente del río inundó una hacienda. A Ed se le enfermó el ganado. Un coyote comenzó a chingarle las gallinas. Una noche Ed y Fran salieron a darle caza. A medio camino se dispersaron. Ed deambuló sin propósito. Sin seguir un rastro definido. Sus pasos lo llevaron hasta la tumba de Panela. La grieta infame que él mismo le había socavado a la tierra. Estaba vacía. Contempló el hoyo huérfano un rato y continuó la pesquisa. No consiguieron atrapar a la alimaña. Aquella noche Ed no durmió. Su mente estaba concentrada en el boquete pelón. Al amanecer Ed ensilló y partió hacia la feria de Jal como cada año.

Dos días después mandó pedir a Fran. Había comprado cuatro caballos y requería de apoyo. Cómo acompleta tanto animal, se preguntó Augusto, si la región atraviesa una mala racha. Mientras Ed cerraba los tratos, Imabelle decidió ir al pueblo por estambre para Clarita. La única bestia ensillada era Panela. A estas alturas había dejado de temerle al animal. Lo montó y salió rumbo al pueblo. El cielo estaba nublado. A medio camino se desató un aguacero. Un rayó cayó a dos metros de Panela. El animal relinchó, se alzó sobre sus dos patas, tiró a Imabelle y la mató. El sacerdote le dio la noticia. Lo esperó a la entrada del pueblo. Ed salió a todo galope hacia su propiedad. Se apeó del caballo y entró por la escopeta y varios cartuchos. No papá, gritó Clarita. Pero no se detuvo. La yegua había regresado sola a la finca después de matar a Imabelle. La encontró pastando en la caballeriza. Tomó la rienda y la condujo hasta la tumba. Al cabo ya está preparada, pensó al apuntarle. Ya conoces tu sepulcro, le dijo a la yegua y le disparó. Pero el animal no cayó. Cargó de nuevo el arma y volvió a disparar. Y la bestia seguía sin caer. Pos cuántas vidas tiene un caballo, gimió. Vacío la escopeta por tercera vez en el animal. Continuaba de pie. Jija de satanás, chilló. Corrió hacia el rancho desquiciado. Se le afiguraba que la yegua se le escaparía. Tomó el galón de petróleo y montó en su caballo. Galopó con desespero. Cuando llegó a la tumba la yegua continuaba en su sitio. La roció con petróleo y le arrojó un cerillo. El animal comenzó a arder y se alejó corriendo hasta perderse en la distancia. Enterraron a Imabelle en la tumba de Panela. La quiero cerca del rancho, imploró Ed. Varias noches después, Clarita y Ed cenaron en silencio. Y sin mediar palabra se retiraron a dormir. A media noche, Ed escuchó el galope. Pegó un brinco y por la ventana repartió escopetazos sin economizar. Fue hasta la estancia. Al encender las luces descubrió a Clarita mirando por la ventana. ¿Lo oíste? Sí, papá, lo oí. El caballo fantasma, dijo Ed. Cuándo nos irá a dejar en paz. No es ningún caballo, dijo Clarita. Es el espíritu de mamá. • Este cuento forma parte del libro La efeba salvaje, de próxima publicación por Editorial Sexto Piso.

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Muslámenes. Novela por entregas Por Daniel Saldaña París

E

l viaje en autobús es aburrido pero no logro dormirme. Hay algo que me seduce en el paisaje monótono y llano de la provincia. Avanzamos en dirección noreste, siguiendo el cauce del Saint-Laurent por la rivera sur, bordeando ridículamente Maine —ese fragmento de los Estados Unidos que se mete entre las dos provincias canadienses—. Al cabo de unas horas me empiezo a arrepentir de mi impulsividad. Tomar un autobús para ir a un pueblo a diez o doce horas de distancia porque dejé adentro de mi casa las llaves para entrar no parece ser el tipo de decisión sensata que mis compañeros de Adictos Anónimos recomiendan. Me pregunto si, según la ortodoxia de la organización, no tenía que haber llamado por teléfono a alguien al verme en dificultades, en vez de obedecer sin filtro a la voz que va dictándome las órdenes. En el asiento contiguo viaja un hombre joven en el que creo reconocer una fisonomía inuit. Intento hacerle conversación, pero por toda respuesta obtengo una sonrisa franca y un silencio perturbador y sabio. Quizás, pienso, este joven inuit ha sabido leer en mi cara los signos de mi tormento. Quizás sabe que no valgo una mierda, que no tiene sentido entablar conmigo conversación alguna porque primero debería ser capaz de conversar conmigo mismo, de escucharme, de escuchar mi silencio y actuar según sus más profundos dictados. O quizás simplemente no me haya entendido. En cualquier caso, desisto de hacer plática y me concentro en el inmutable paisaje más allá de la ventanilla. Cada tanto, un árbol enhiesto y solo interrumpe las horizontales que predominan. Luego dos árboles, luego otra vez uno solo. Es casi un código que se dibuja con las líneas verticales de los pinos. Si supiera leerlo, pienso, encontraría el secreto de la vida. Pero, ¿cuál es el secreto de la vida? ¿Por qué asumo que la vida guarda algo para sí misma, a resguardo de la mirada curiosa

Odunacam • Por Liniers

de los vivos? ¿Y por qué ese secreto se me revelaría en secuencias de verticales discontinuas? Estas consideraciones pseudofilosóficas sólo acentúan mi sensación de pérdida, de fracaso, de error, de sinsentido. No puedo evitarlo y empiezo a llorar un poco, en silencio. Me seco una lágrima con la manga de la camisa y el inuit que viaja a mi lado se ríe. Se ríe abiertamente. No es una risa agresiva ni burlona. Se ríe como si supiera qué estoy pensando y tratase de decirme que no tiene caso angustiarse en abstracto, que hay situaciones mucho más urgentes, de carácter político o doméstico, que requieren nuestra atención. Por un momento, sospecho la posibilidad de que el joven inuit me esté hablando por telepatía, pero descarto la idea y me río yo también, todavía con las lágrimas secas en las mejillas y la visión ligeramente distorsionada por las lágrimas frescas que tiemblan sostenidas sobre mis párpados. El chofer anuncia una próxima parada por un micrófono. No alcanzo a escuchar el nombre del pueblo, pero calculo que hemos dejado atrás los suburbios de la ciudad de Quebec, la isla de Orléans que parte en dos el río San Lorenzo. Cuando el motor del autobús se detiene en la estación de servicio, siento como si alguien apagase de pronto un ruido que había escuchado siempre, toda mi vida. Y en el silencio que sigue me digo a mí mismo que en realidad no soy un adicto. Consumía Protax porque estaba muerto por dentro y necesitaba experimentar algo, cualquier cosa, aunque fuera alucinaciones confusas. Pero ahora ya no lo necesito, porque tengo el viaje. Y el viaje es una narrativa que ordena los acontecimientos, como un imán que ordena los átomos de hierro de una aguja magnetizada. •

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Psycho Killer

Por Carlos Velázquez

Un viaje hacia la redención

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Yo no tuve a los Beatles. Pero tuve a Soda Stereo. El día que Cerati, Zeta y Charly anunciaron su separación sentí lo mismo que sientes cuando llevas tres días en la peda y la última cerveza se te escapa de las manos, tus reflejos no consiguen rescatarla y se hace añicos en el piso. Entonces te das cuenta de que no has dormido, no tienes dinero y no quieres volver a casa. Significaba más que el fin de la fiesta. Más que enfrentar a la realidad. Más que una orfandad. Era el final de Soda Stereo. En 1988 Soda Stereo se presentó en mi ciudad. Tenía diez años. No corrí con la misma surte que Bart Simpson, a quien Homero le compró entradas para Spinal Tap y una guitarra eléctrica. Mi padre, como el de Neal Cassady, andaba dando tumbos por las cantinas del mundo. A los quince asistí a mi primer tocada. Y desde entonces no he parado. Pero Soda Stereo nunca regresó a Torreón. El lugar donde se presentaron, el estadio de beisbol Revolución, es el parque más longevo de México. Se inauguró en 1940. En los ochenta, cuando jugaba para Dodgers, Fernando Valenzuela lo visitó y me tomé una fotografía con el Toro de Etchohuaquila. En un periodo de tiempo que podríamos llamar «La vida sin Soda», no existía fan sobre la tierra que no fantaseara con la reunión de Soda Stereo. El boom de los reencuentros, que empezó con los horripilantes Menudo, hizo que muchas bandas retiradas comenzaran a babear con la posibilidad de volverse a juntar. Pero aquel «gracias totales» que Cerati había proferido en el último concierto, en el Estadio de River en 1997, más que una despedida, que un gesto de agradecimiento, se antojaba lapidario. Sin posibilidad de reversión. Y dolía. Porque Soda, atendiendo a esa regla no escrita que dicta que debes retirarte en la cima, se fue cuando mejor sonaba. Por eso cuando anunciaron la gira «Me verás volver», para mí, que me perdí el Rooftop Concert, fue lo mismo que si me dijeran que se reunirían los mismos Beatles. Me había prometido a mí mismo que jamás pisaría el Estadio Universitario, ni aunque jugara Santos, pero cuando se anunció Soda en Monterrey corrí a comprarme el boleto. La espera se me hizo eterna. Pocos conciertos en vida me había

saboreado tanto. Mi compa Pipo y yo nos trepamos al autobús y la euforia que nos invadió no se parecía a nada que hubiéramos experimentado antes. Un coctel de emociones: la regresión de las que sufres en el diván de un psicoanalista; cuando abres tu regalo de navidad y descubres que es lo que habías pedido; la cerveza que descubres sepultada en el cajón de las verduras del refrigerador cuando llevas tres días de peda. La ciudad hedía a exceso. No era para menos. Soda Stereo estaba en la capital mundial del cabrito. Después de registrarnos en el hotel, lo primero que hicimos fue compramos un 24 de botes de Modelo. Cerati no podía acusarnos de malos alumnos. Desde la primera vez que había escuchado «Hombre al agua» me había tomado la orden al pie de la letra. El regreso de Soda era una abierta provocación a beber. Era hora de poner a prueba al organismo. Nada de drogas. No en este viaje. Estaba dispuesto a ser una marioneta del alcohol. En la natación le llaman afloje, en el atletismo calentamiento, en la gimnasia estiramiento, en el alcoholismo calentar garganta. A las cinco de la tarde nos empezó a picar el fundillo. Dejamos doce cervezas bajo hielo y salimos a seguir embriagándonos en un bar. Una vez que se te cumple un sueño es imposible seguir soñando. Tras la gira «Me verás volver» la posibilidad de un nuevo álbum de Soda se antojaba inevitable. Y es que si Soda sonaba bien al retirarse, sonaba mejor en su reencuentro. Además Cerati había sido muy rotundo al declarar que si Dynamo era Revolver, Sueño Stereo era Abby Road. Y pese al supuesto desgaste y el vacío creativo que experimentaron después, se nos antojaba conocer qué continuaba luego de Confort y Música para volar. Este último la prueba irrefutable de cómo el sonido de Soda estaba en otra dimensión. Eso platicábamos Pipo y yo en la cantina. Había perdido la cuenta de cuán-

tas cervezas llevaba. Estaba tan excitado que el alcohol no se me subía. Antes de las nueve de la noche arribamos al estadio. Estaba pedo. Me sentía pedo. Pero estaba remotamente lejos de caer. Podía continuar la noche entera. Soda salió al escenario y fue como si se te cayera una cerveza al suelo y le apretaras rewind a la vida y todos los trozos de cristal volvieran a unirse. Los acordes de «Someday One Day» de Queen dieron paso a «Juegos de seducción». El estadio entero se volvió una marea de besos, chupetones, mamadas, apachurros, magreadas, manoseadas. El aire comenzó a faltar y entre trago y trago de cerveza las palabras de Cerati se convirtieron en un souvenir más, para llevarnos en la mente. «Por fin». Al final volvíamos a vernos las caras. Las primeras diez canciones son exactamente las mismas que después aparecerían en el cd 1 de «Me verás volver». Cerati se había vuelto fan de hablar mal de su primer disco. En muchas ocasiones repitió que no lo satisfacía. Pero en este regreso se había reconciliado con él. Y el repertorio de la gira hacía hincapié en sus canciones y las de sus primeros discos. Un poco a esa necesidad de refrescarse y al cansancio que aludía en los tiempos de Confort. Y es que sí, Soda estaba cansada de tocar una y otra vez las mismas canciones. Un tiempo estuvieron replegados en sus mayores hits. Le hacían el feo a su trabajo primerizo. Algo totalmente comprensible. O acaso en el Rooftop Concert los Beatles habían interpretado «Can´t Buy me Love?». Lo que sucedía en el escenario era que Soda le estaba rindiendo un tributo a Soda. A las canciones que los situaron en el mapa. «Tele-ka» e «Imágenes retro»


parecían un matrimonio. Luego vino lo heavy con «Texturas». Nadie nos lo había advertido, pero lo que se nos venía encima no tenía nombre. Entonces el himno partió el recinto en dos y todo mundo elevó sus tragos para decir salud. Lo ignorábamos, pero Cerati a estas alturas había sufrido una trombosis y el exceso de vuelos le tenía jodida una pierna. Pero en el escenario era el mismísimo Principito el cabrón. Se portó como siempre, a la altura. No por nada le habían prohibido subirse a un avión. Pero iba envuelto en la corriente. Cuando terminó «Hombre al agua» no había duda, Soda estaba de regreso. Monterrey, como cada ciudad de este continente, hizo suya «La ciudad de la furia». Esta canción es como la coca. No importa cuántas veces la pruebes siempre que vuelves a ella parece como si fuera la primera ocasión que la tomas. La instancia retro arrojó «Picnic en el 4º B». El refugio maldito donde Soda ensayó hasta fraguarse como leyenda. «Zoom» y «Cuando pase el temblor», la canción más escuchada en toda Latinoamérica. La ovación se levantó

como una brisa. El estadio se compactó. Y una sola voz tomó el control. El cantico era la grita. «Final de caja negra» nos lo dijo todo. Es decir: Soda no estaban cansados, no iban ni a la mitad. Todavía nos faltaban más temblores. Todos los temblores. «Trátame suavemente» fue para agarrar aire. Y «Signos» la apoteosis. Era lo que pedíamos a gritos. Lo que nos hacía falta. Eso era lo que extrañábamos de Soda. Esa elocuencia. «Sobredosis de tv» abrió la pista de baile. Y la gente comenzó a saltar. Las viejas canciones sonaban mejor que nunca. No costaba imaginar las miles de horas que Soda se tuvo que matar en los ensayos para reaprenderse el material primerizo y maquillarlo para traerlo al presente. «Danza rota» sirvió de trampolín a «Persiana americana». Era la canción número 15. El sonido del tambor parecía surgir de muy lejos. Pero era sólo un efecto. Estaba frente a nosotros. Desgarrando a los miles ahí congregados. «Fue» dio pie a «En remolinos» y el espectáculo Cerati. Qué guitarra. «Primavera 0» puso el toque espacial. «No existes» sirvió medio de relax. Y en «Sueles dejarme solo» otra vez el show Cerati. No recuerdo si pasó en Monterrey, pero como si hubiera sucedido. Quizá es imposible disociar en mi mente esta rola y la imagen de Cerati destrozando una guitarra. A lo

Hendrix. A lo Townshend. El capo Cerati. La demostración de músculo. Sí, después de Soda Cerati lo había hecho perfecto. Bocanada era uno de los mejores diez discos en español de todos los tiempos. Pero ese, el que rompe a pedazos la viola, ese era al que anhelábamos ver. Nada de dobles de acción para las escenas de peligro. Después de la atroz distorsión, «Séptimo día» fue el renacimiento. Una capa de claridad se cernió sobre nuestras cabezas. Era como ver un amanecer electrónico. Lo mismo que «Un millón de años luz». Que acorde con el título, el concierto ya estaba siendo larguísimo. Soda nos estaba recompensando. «De música ligera» fue la salida perfecta. El asesino que se va con elegancia. Se desató la saltadera perfecta. Y no pocos habrán pensado lo mismo que yo. Pagaría lo que fuera para quedarme aquí, en este instante para siempre. «Disco eterno» y «Cae el sol» inauguraron el encore. «Prófugos» embelleció la noche a niveles impronunciables. Tan bella canción hizo que me viniera a la mente la versión de Fabiana Cantilo. La energía no menguaba. La guitarra de Cerati parecía la escoba de Fantasía. Se reproducía infinitamente. Y Soda desapareció. Como lo había hecho cientos de veces. En tantos estadios, salas de concierto y escenarios. Y retornó para un segundo encore. Había sido suficiente. Pero siempre podría ser más contundente. La vitalidad de «Nada personal» nos indujo la sensación de que aquello apenas comenzaba. Que se trataba de la primera canción. Entonces «Te hacen falta vitaminas» dijo basta. Cerró la noche. No había más cartas en el mazo. Pero no hacía falta. Todas las reinas y los reyes y los corazones habían sido lanzados. Salimos del estadio y nos fuimos a un bar a seguirla. En un punto de la noche me fui a la cama. Estaba pedo y no. Pero la celebración por ver en vivo a Soda no había terminado. Al día siguiente revertí la afirmación de Cerati «Nena, no voy a ser un súper hombre». Conseguimos un raite de regreso. En el camino Pipo y yo nos tomamos dos 24 de cervezas. Al llegar a casa compramos un 24 más. Cuando se acabó la cerveza me tomé un cuarto de ron. Y luego lo último que quedaba. Una botella de Baileys. Ese día sí que bebí. Ese día sí que puse a prueba mi resistencia. Era mi propio viaje hacia la redención. No sabía que me estaba despidiendo. Que tres años después Cerati sufriría un accidente cerebrovascular que lo conduciría a la muerte. Aquella noche estaba brincando de felicidad. Convencido de que era indestructible. •

Ilustración de José Hernández

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Sexto Piso Times

Noticias Que de tan falsas… podrían ser verdaderas  •  septiembre de 2017

Prepara laboratorio clandestino pastillas de éxtasis con las figuras de nuestros principales líderes políticos Tras darse a conocer la semana anterior la noticia de la incautación de más de diez mil pastillas de éxtasis con la efigie de Donald Trump en Alemania, el equipo de investigación de Sexto Piso Times ha tenido conocimiento de que importantes laboratorios clandestinos mexicanos han tomado nota, con miras a copiar la estrategia en nuestro país, ahora que se aproximan las cruciales elecciones presidenciales de 2018. Según cuentan fuentes anónimas, la idea es por un lado desviar la atención de la propaganda negativa que reciben las drogas, para canalizarla hacia los personajes que serán representados a través de las pastillas, así como aprovechar la exaltación de pasiones que habitualmente produce el ciclo electoral, para así disparar los consumos a niveles récord. La idea será entonces producir pastillas de éxtasis con figuras de los políticos que ocuparán los reflectores en un futuro próximo, acompañada de un detallado plan de mercadotecnia, enfocado a asociar las bondades psicotrópicas que puedan esperarse al ingerir la figura del político preferido, o más odiado, de cada consumidor individual. Nuestra fuente en el laboratorio clandestino nos explicó que la idea más evidente, inspirada por las pastillas de Trump, consistirá en producir pastillas con la figura del presidente Enrique Peña Nieto, pues en primer lugar se puede ya utilizar el molde del copete trumpiano para emular el de nuestro primer mandatario, con lo cual se ahorrará en costos de producción. Adicionalmente, a nivel comercial se considera la apuesta más segura, pues dado que sus niveles de aprobación entre los mexicanos son similares a los de su homólogo estadounidense entre los ciudadanos de su país, se encuentra ya probado el atractivo que supone para los consumidores el ingerir una pastilla diseñada para producir una sensación de amor cósmico, con la figura de un político que no resulta particularmente del agrado de quien la toma. La siguiente figura a convertir en pastilla, tanto por ir liderando las encuestas como por la evidente afinidad de los efectos con el viraje de su discurso desde la anterior elección presidencial, será la de Andrés Manuel López Obrador, también conoci-

«Ojalá que los consumidores mexicanos ponderen cuidadosamente con cuál político les parece mejor drogarse»: Lorenzo Córdova

do como AMLOve. La idea será promover entre sus simpatizantes la necesidad de vivir tanto tiempo como sea posible en la república amorosa que el eterno candidato ha propagado, y qué mejor que contar con una ayudadita química para que dicho sueño sea real y ya no más una metáfora sobre la futura realidad nacional. En el caso de José Antonio Meade, nos comentan nuestras fuentes anónimas, se pondrá una dosis mínima de psicotrópicos a las pastillas que lleven su imagen, incluso intercalando un buen número de placebos que no produzcan efecto alguno, pues el razonamiento es que sus seguidores deben ser amantes de lo gris, aburrido y predecible, revestido siempre de un discurso optimista con ciertos tintes fantasiosos, por lo que se les ofrecerá la ilusión de rebeldía y transgresión que brindan las drogas a quienes las consumen, sin que en los hechos exista una modificación real de las sensaciones ni de la percepción, que pudieran atentar contra cualquier modificación de la realidad como la conocemos. Especial cuidado pondrán los fabricantes en el caso de Margarita Zavala, pues la idea es dotar a su pastilla con un aura virginal, para lo cual no faltará su ya inconfundible rebozo, procurando transmitir a los potenciales consumidores de dicha pastilla

que en el fondo la religión y los psicotrópicos no solamente no se encuentran tan peleados como parecería, sino que incluso la ingesta de este tipo de sustancias puede ser conducente a experimentar epifanías religiosas que fortalezcan la fe. Flota por ahí la idea de fabricar algunas pastillas complementarias con la imagen del ex presidente Calderón, que serían expresamente diseñadas para procurar ofrecer al menos una ligera probadita de la sensación de amor cósmico a individuos con una tendencia innata hacia el sadismo y la agresión. Y por último, como nunca faltan los excéntricos que gustan de consumir productos que desde su aspecto inducen a pensar que pueden ser nocivos para la salud, se fabricarán unas cuantas pastillas moldeadas a partir de figuras como Jorge Emilio González, Gabriel Quadri, Ricardo Anaya, Alejandra Barrales, el Bronco y algunos otros personajes secundarios de la comedia política nacional, que serán expresamente elaboradas con materiales de tan mala calidad como para garantizar un mal viaje de proporciones tales que, esperan los estrategas de mercadotecnia de los laboratorios clandestinos, le quiten a los consumidores las ganas siquiera de recordar cuál fue la razón que los condujo a considerar ingerir una pastilla con la figura de tan siniestros personajes. •


El buzón de la prima Ignacia

Querida prima Ignacia: No sé ni cómo logro escribirte esta carta, pues llevo días bañada en lágrimas, con la respiración entrecortada y el alma hecha un nudo, tras ver el conmovedor video donde Laurita Flores nos comparte la gran pérdida, la irreparable pérdida, que le supuso que su hija se fuera a estudiar la universidad a Austin, Texas. Ay, Laurita, ¡qué daría yo porque me trasplantaran tu dolor al centro de mi corazón, y no tuvieras que ser tú quien vive esta espantosa tragedia! Prima, aun así, debo confesar que en el fondo me alegró poder conocer esa faceta tan íntima y tan humana de Laurita, pues si no hubiera sufrido un infortunio tan grande, probablemente nos hubiéramos quedado sólo con su imagen glamurosa, y no habríamos tenido la oportunidad de ver a esa mujer tan frágil que yace detrás de la estrella a la que todas admiramos. Si existe un Dios en este cruel mundo, ojalá que pronto pueda estar reunida Laurita con su hija, para que se reestablezca la paz en su corazón frente a tamaña injusticia, y pueda continuar deleitándonos durante muchos años más con sus dotes artísticas. Atentamente, Erandi Pineda

Amiguis Erandi, ya séeeee, ya séeeeee, ya lo séeeeeeeeee. Creo que tu corazón y el mío son uno solo en el apachurre que nos produce ver a una diosa como Laurita Flores sufriendo de esa manera tan espantosa. Habiendo por el mundo tanta arpía venenosa que sólo se dedica a robarle a una el marido que con tantas dietas y horas en el gimnasio se había podido procurar, ¡y un alma tan pura como Laurita Flores sufre una tragedia de esta magnitud! Pero nooooo, a mí no me engañan, aquí hay gato encerrado porque a ver, dime tú, amiguis Erandi, si tiene algún tipo de lógica que una niña que tiene la oportunidad de crecer admirando a una madre como Laura Flores decida largarse a otro país dizque a estudiar una carrera. Ay, por favor, mejor que nos cuenten una de misterio, porque eso no se lo cree nadie. Yo sé, amiguis Erandi, que seguramente a la hija de Laurita le lavaron el coco unas feminazis de esas pseudo organizaciones de la emancipación de la mujer, que creen que estudiando y trabajando una es más mujer que portando con orgullo el delantal que tan bien nos sienta. O si no, de plano estoy convencida de que se le metió algún tipo de chamuco que le dio estos consejos para convertirla en una de esas mujeres de perdición, que mientras creen que se divierten lo único que están haciendo es ofrecerle su alma al mismísimo Satanás. ¡Animo, amiga Laurita, que hay que confiar en los caminos del Señor, y seguramente después de que la ingrata que tienes por hija se dé cuenta de que no ha nacido todavía el hombre que no tenga malas intenciones, volverá al nido de rodillas, a implorar por tu perdón y tu protección, y pasará el resto de su miserable vida maldiciendo el día en que, como Pedro a Judas, se atrevió a negar frente a todo el mundo a una mujer tan santa como tú, Laurita Flores!

Estudié Economía en el itam, Finanzas en Harvard y Karma en la Universidad Tibetana, pero el verdadero aprendizaje lo obtengo en esa loca maravilla llamada vida. Si quieres que lo comparta contigo, no lo pienses más y consúltame en el siguiente correo electrónico: ignacia@sextopiso.com (PD: No hay censura pero por favor sean recatados y no me vayan a andar preguntando puras pendejadas).

Prima: Voy a ir al grano: soy una exitosa conductora de radio y televisión, a la que en mala hora se le ocurrió invitar a tener una sección en uno de mis programas a un joven talentoso, simpático, guapo, inteligente y demás, que oooooooobviamente, me opacó desde el día en que puso un mugre pie en mi cabina de transmisión. Y lo peor es que me levantó el rating de mi programa y ahora los dueños del grupo multimedios para el que trabajo me quieren subir de rango y toda la cosa, pero me corroe la envidia de saber que todo se lo debo a este joven tan singular. ¿Qué me recomiendas para deshacerme de él de una forma en la que mis fieles radioescuchas no me odien por el resto de mis días? Tuya, Mariana H

Ay Marianita, ya me lo decía mi tía Clotilde: cría gusanos, y dejarán regado por todos lados su sendero de baba. Antes de darte ningún consejo, ¿por qué no le dices a ese joven que se ponga en contacto conmigo y me venga a visitar, y una vez que lo conozca en persona ya te puedo dar con más claridad una estrategia para que puedas darle la puñalada por la espalda? La verdad es que ando necesitada de un asistente justo con las características que describes, así que en una de esas le podemos aplicar la vieja técnica del cloroformo, y cuando se despierte encadenado con un grillete al escritorio de la prima Ignacia, no le quedará más remedio que entender cuáles son los chicharrones que truenan ahora, y tú te vas a haber librado del tormento en el que, perdóname que te lo diga, pero te metiste tú solita por taruga. Ora que si te remuerde la conciencia o alguna de esas otras tarugadas, te recomiendo aplicarle la vieja técnica del «No eres tú, soy yo», pero en su variante radiofónica, y ponle cada semana una excusa nueva para no invitarlo al estudio, hasta que el iluso entienda el mensaje de que es menos bienvenido que unas medias rotas, y de todas maneras tenga que venir arrastrándose a tocar la puerta de la prima Ignacia, si es que sigue empeñado en alcanzar el estrellato a toda costa. Your move, honey!

Hazle una pregunta a la prima Ignacia. Si tienes la suerte de que en su infinita sabiduría la seleccione como la mejor del mes, recibirás gratis en tu domicilio el libro de tu preferencia de Sexto Piso.

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Reporte Sexto Piso No. 37