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Reportesextopiso Publicaciรณn mensual gratuita โ€ข Febrero de 2017

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Índice Ecos de un mundo en extinción  |  4

Odunacam | 19 Liniers

Diego Rabasa

El Señor Cerdo  |  21

El fondo mágico del amor  |  7

Instrucciones a los patrones  |  21

Pascal Quignard

Johnny Raudo

Vak Spectra  |  9

Lo que no pueden decirnos  |  24

Suzanne Doppelt

Emiliano Monge

Contribución a la historia universal de la ignominia  |  11

Psycho Killer  |  28

El acto final  |  12

Sexto Piso Times  |  33

Morris Berman

Muslámenes | 13

Carlos Velázquez

El buzón de la prima Ignacia  |  35

Daniel Saldaña París

Los otros indignados  |  13 dD&Ed

La realidad destilada  |  14 Eduardo Lago

Portada de este número: Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain y Pablo Auladell (Sexto Piso, 2016).

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Reporte Sexto Piso, Año 5, Número 30, Febrero de 2017, es una publicación mensual editada por Editorial Sexto Piso, S. A. de C. V., París #35-A, Colonia Del Carmen, Coyoacán, C. P. 04100, Ciudad de México, Tel. 5689 6381, www.reportesp.mx, informes@sextopiso.com. Editor responsable: Eduardo Rabasa. Equipo editorial: Rebeca Martínez, Diego Rabasa, Felipe Rosete, Ernesto Kavi. Diseño y formación: donDani. Reservas de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2016-042114221500-102. Licitud de Título y Contenido No. 16768, otorgado por la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas de la Secretaría de Gobernación. Impresa en Editorial Impresora Apolo, S. A. de C. V., Centeno 162, Colonia Granjas Esmeralda, Iztapalapa, C. P.09810, Ciudad de México. Este número se terminó de imprimir en febrero de 2017 con un tiraje de 3,000 ejemplares. Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la postura del editor de la publicación. Queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación sin previa autorización del Instituto Nacional del Derecho de Autor.


Recomendación de los editores

Ecos de un mundo en Diego Rabasa

extinción

¿P

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or qué leer la biografía de un músico? Algunas respuestas obvias e inmediatas: porque me gusta su música, por el peso histórico de su aportación como artista, porque articula el retrato de una época o un momento de cambio específico en el mundo. Pero, ¿qué hacer cuando la biografía le pertenece a un músico que en tu mente es la viva representación de lo anodino, un músico que ha acompañado el desarrollo de tu educación sentimental-musical como una especie de eco indeseable que invoca el new age más superfluo y aburrido? Tanto qué leer, tan poco tiempo para hacerlo y uno ¿de verdad va a dedicarle el equivalente en tiempo a casi quinientas páginas de lectura para leer las peripecias de un cristiano, vegano, cincuentón? Oh, peligrosa es la ignorancia cuando se reviste de autosuficiencia y pretensión. Porcelain de Moby es una de las biografías musicales más fascinantes, entrañables y divertidas que he leído jamás. Un libro honesto y conmovedor, labrado a partir de la generosa y punzante mirada de un hombre incapaz de esconderse detrás del autoengaño y dispuesto a atender las zonas más oscuras de la psique con tal de extraer de ella el registro incandescente necesario para representar el ardor que ha caracterizado su vida. Porque incluso cuando se presenta como un hombre que se pone a rezar con su novia para lavar el pecado de la tentación carnal, vemos la convicción de un hombre sin tiempo para especular, embistiendo siempre de frente, tratando de desovillar el nudo trágico de su precaria condición existencial. Infectado por el virus de la música desde muy temprana edad (a los doce trabajó como caddie sólo para reunir los diez dólares suficientes para comprar el Heroes de David Bowie), el viaje de Moby muestra el ascenso meteórico (no sin descalabros igual de escarpados) de un

hombre que empieza su relato describiendo el sitio donde vivía como okupa en una fábrica abandonada a 65 kilómetros de Nueva York, sin baño (meaba en botellas y se bañaba en un club deportivo una vez por semana), hasta conquistar la escena de las fiesta tecno, dance y sobre todo rave, no sólo a lo largo y ancho de los Estados Unidos, sino pasando por todas las grandes capitales europeas. Pero ese no es el único viaje que se relata: de manera paralela, como perfecto contrapunto de esta historia del self-made man que se yergue desde los basureros, las zonas en las que el ruido de fondo combinaba balaceras con gritos de dealers, con gallos cacareando, con rap y hip-hop a todo volumen, hasta compartir escenarios con Patti Smith, programas de televisión con New Order y Phil Collins o giras con los Red Hot Chili Peppers, los Flaming Lips o Aphex Twin, se cuenta la historia de un hombre en lucha permanente por encontrar su lugar en el mundo. En Porcelain, tan valiosas son las anécdotas que pueblan el libro —como aquella vez que un vecino se arrojó de la ventana del departamento superior al suyo y la única atención que consiguió fue que le ordenaron que se «callara el puto hocico» mientras gemía moribundo en el suelo, o aquel roomate pirómano que estuvo a punto de incinerar el departamento mientras todos dormían, o cuando se escapa a Atlantic City con su novia stripper en un delirio alcohólico de varios días, o aquella ocasión en la que una dominatrix lo contrata por un dólar para participar en una escena sadomasoquista con un millonario obeso, o aquella noche en la que por golpear la

Un libro honesto y conmovedor, labrado a partir de la generosa y punzante mirada de un hombre incapaz de esconderse detrás del autoengaño y dispuesto a atender las zonas más oscuras de la psique con tal de extraer de ella el registro incandescente necesario para representar el ardor que ha caracterizado su vida.


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mesa donde estaba su tornamesa hizo que saltara uno de sus discos, arruinando la improvisación de uno de los raperos del momento, estropeando, básicamente, la euforia colectiva, o las múltiples noches interminables de sudor, escape y drogas en pistas de baile en todo el mundo—, como igualmente valiosos son los momentos de especulación en los que nos asomamos al complejo y hondo trasfondo espiritual e intelectual de un hombre que, tras observar a una ristra de hormigas en procesión, echa a andar una reflexión sobre la manera tan compleja en la que se fue construyendo su andamiaje espiritual: Nací en un hogar espiritualmente esquizofrénico, pero no estricto. Mi madre era una cristiana que se volvió una especie de panteísta espiritualista tradicional de Connecticut y empezó a interpretar el I Ching. Tenía una reproducción de Krishnamurti junto a la cama y, de vez en cuando, iba a que le echaran las cartas y a algún desayuno espiritual el Domingo de Ramos. De hecho, creo que se llevó una decepción cuando me convertí en un temeroso cristiano de trece años. Tras dejar el grupo de jóvenes y descubrir el punk, me proclamé agnóstico porque me parecía una actitud elegante y poco comprometida. Además, mis héroes literarios del siglo xx eran ateos o agnósticos como Sartre y Camus, y quería que sus creencias fueran la base de las mías. En la universidad, estudié Filosofía y leí textos sobre el budismo, el escepticismo, el agnosticismo, el ateísmo y un montón de «ismos» más, todos diseñados para determinar nuestro lugar en el universo. Cuando salí de la universidad y me fui a vivir con una madre panteísta que interpretaba el I Ching, ya me había convertido en un confuso y escéptico chico de barrio agnóstico-taoísta-existencialista-panteísta. Luego, en 1987, un amigo logró que leyera el Nuevo Testamento. Me senté en la sala de mi madre, leí el Evangelio según San Lucas y me transformé de nuevo en cristiano. Cambié mi agnosticismo por la fe, y durante los últimos años de la década de los ochenta, me dediqué a ir a la iglesia y a retiros espirituales, proclamando alegremente que Cristo era el Dios de todo el universo. Incluso descubrí héroes nuevos y ostensiblemente cristianos como Kierkegaard, Walker Percy y Flannery O’Connor.

Como escenografía para esta apasionante historia se encuentran un lugar (Nueva York) y una época (las últimas décadas del siglo xx) que han ido sucumbiendo ante el huracán neoliberal que todo arrasa con su paso. La ciudad de Moby era una llena de basura y olores a orín, una ciudad peligrosa y violenta, era la ciudad del crack, los asesinatos y el temor a mitos urbanos que proyectaban a niños inyectando a paseantes con el virus del sida. Pero también era una ciudad viva e impredecible. Una ciudad sin descanso sacudiéndose al ritmo de formas musicales siempre cambiantes, de fiestas interminables con una irredenta vocación por defender el derecho a hacer de la vida lo que a cada quien le dé su chingada gana. Es también un espacio decadente que comienza a prefigurar la orbe prepotente, de aparador que es hoy en día. Un territorio donde homeless convivían en el mismo espacio que brokers, donde club kids, new wave, drag queens, swingers y voguers trasegaban las noches sin fin, una ciudad que permitía

Porcelain. Mis memorias Moby Traducción de Jesús Gómez Gutiérrez Sexto Piso Realidades • 2017 480 páginas

que un dj desconocido, recién llegado de una remota población en Nueva Inglaterra, pudiera permitirse compartir un apartamento en el Bajo Manhattan con su sueldo casi clandestino. Nueva York era una ciudad repleta de tiendas de discos como Vynilmania en donde se reunían pincha discos y posesos del mundo de la música a escuchar los nuevos lanzamientos de nuevos y nuevos géneros. Nueva York a finales de los ochenta, principios de los noventa era una de las ciudades más jodidas pero también más apasionantes de los Estados Unidos. Parado sobre un puente a un costado de una fiesta sobre un barco, a las afueras de Bruselas en donde Moby debía tocar, el músico-escritor nos relata la siguiente escena: «Me detuve junto al río y me pregunté qué pasaría si me lanzaba al agua y desaparecía. No estaba triste ni deprimido. No quería morir. Quería saltar al agua para que la corriente me arrastrara hasta el mar. Estar vivo era bonito y, en general, interesante; pero había algo intensamente atractivo en la idea de dejarse llevar y hundirse en las oscuras aguas. Desde un punto de vista existencial, todas las decisiones eran arbitrarias. ¿Quién era yo para afirmar que entendía un universo de quince mil millones de años? Y, en consecuencia, ¿cómo podía decir que lanzarse al agua era mejor o peor que no lanzarse?». Ante dicha disyuntiva, Moby, como Butes, el argonauta que se arrojó de la barca para ir hacia el canto de las sirenas, prefirió casi siempre lanzarse. En ocasiones fue arrastrado y casi sepultado por corrientes subterráneas, en otras tantas ardió en éxtasis y satisfacción. De lo que nadie podrá juzgarlo tras leer su apasionante biografía es de haber rehuido al ejercicio de ese verbo tan difícil de comprender que es vivir. •


El fondo mágico

del amor C

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Pascal Quignard

El encantamiento se dirige al espíritu del muerto que fue elegido como intermediario. Ese necrodaimon (espíritu del muerto) es secuestrado por el que odia o desea seducir. Sólo será liberado del poder del vivo tras la realización de su tarea. El que odia o intenta seducir subyuga a un muerto para que sirva a un vivo. El muerto se ha vuelto un esclavo.

litemnestra, tras haber asesinado a su esposo, le corta las manos. Se pone debajo de los brazos las manos cortadas. Después se ocupa de los pies. Se cuelga en el cuello con una cuerda los pies que acaba de cortar. De esa manera el rey muerto no podrá volver a este mundo. (Agamenón dejará de agarrar cosas. Agamenón ya no podrá correr por ningún lado.) La reina no tendrá que preocuparse por la venganza de su marido muerto durante los siete años que le quedan de vida. Me gustaría evocar el amor bajo su luz más elemental, más pulsional. Me gustaría evocar el fondo mágico del amor. Veamos cómo se preparaba un encantamiento en la Antigüedad. Se le ataba una tablilla de plomo a una estatuilla, ambas juntas en un jarrón, este último colocado a oscuras cerca del cuerpo enterrado de un muerto. En la religión, el ritual se hacía pública y oralmente durante el día, incluso era cantado por la comunidad allí reunida. En la magia, el sacrificio se hace de manera disimulada, solitaria, durante la noche y por escrito. Lo que los romanos llamaban un incantatio para los griegos era un logos. La tablilla de plomo, aún desenrollada, era entallada con la misma mano de quien odiaba o intentaba seducir. Después se doblaba o incluso se clavaba. La liturgia, la «praxis» que se realizaba tras la incisión de la tablilla con el punzón, se descomponía en seis momentos: modelar la estatuilla del ser que se quería maldecir o que se pretendía fascinar y someter, clavar agujas de plomo, atarlo a la lámina de plomo doblada, y hacerle 365 nudos con una aguja de costurero. Se debía abrir por la noche, en secreto y en soledad, la tumba elegida en la necrópolis. La estatuilla y la tablilla hilvanadas entre ellas y situadas en el jarrón se colocaban cerca del muerto que se pretendía que transportase la muerte (en el caso de

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odio), o para que el muerto se transformara en un mensajero veloz, alado, invisible y nocturno (en el caso de la seducción de amor).

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Cuanto más joven fuese el muerto y más vida le quedara por vivir cuando la muerte se lo llevó, mayores eran su violencia y sus ansias de venganza.

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Ahora citaré el encantamiento que fue grabado en una tablilla de plomo que proviene de una cañería. Fue encontrada en Fayún, Huwara. Desde entonces se expone en el Museo de El Cairo (Inventario n° 48217). Encantamiento lanzado a Heronous: «Dioses subterráneos y diosas subterráneas, Pluton Usmigadoth, Kore Eroschidal, Adonai Barbarita, Hermes de las profundidades, Tot, Anubis, poderoso Pserifta que tienes las llaves del Hades, y a todos ustedes, espíritus subterráneos, muchachos y muchachas muertos prematuramente, a ustedes jóvenes fallecidos, les confío este jarrón. Demonios y sombras, yo los conjuro. Ayuden a este espíritu que aquí está. Espíritu del muerto, ahora, levántate por mí, quienquiera que seas, hombre o mujer, vete a cada sitio en el que se encuentre Heronous a quien parió acostada Ptolemaida, vete al barrio al que ella vaya, entra en cada habitación en la que penetre, para que no conozca ni el coito vaginal ni penetración anal ni oralidad genital ni ningún placer que no sea conmigo solo, Posidonio a quien Tzenoubasdis concibió y parió. Espíritu del muerto, somete a Heronous de tal manera que no pueda ni comer, ni beber, ni salir, ni dormirse lejos de mí, Posidonio. Por ese a quien al escuchar su nombre se abre la tierra, por ese a quien al escuchar su nombre los espíritus se estremecen bajo sus alas en las ramas, los ríos y los océanos al escuchar su nombre se sublevan de espanto, las piedras al escuchar su nombre se agrietan y se hacen pedazos, espíritu del muerto, yo te conjuro, no me desobedezcas, y vete a cada lugar en el que se encuentre Heronous que Ptolemaida concibió y parió, vete a cada barrio al que ella vaya, entra en cada habitación en la que penetre, impide que coma o beba, no le dejes conocer hombre más que a mí, Posidonio a quien concibió y parió Tzenoubasdis. Arrastra a Heronous a quien concibió y parió Ptolemaida por los pelos y las entrañas hacia mí, Posidonio a quien Tzenoubasdis parió, en cada momento del año, de la noche, del día hasta que Heronous llegue a estar cerca de mí, y haz de tal manera que no me abandone hasta la muerte, y que yo la


Ilustración de Alejandra Acosta incluida en La cámara Sangrienta de Angela Carter (Sexto Piso, 2014).

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Ahora citaré un encantamiento que fue compuesto por una mujer para un hombre cuyo nombre es Eutiquio. Fue escrita sobre una hoja de papiro y data de la época de Apuleyo. Fue publicada y comentada por Octave Guérard en 1934. Encantamiento lanzado sobre Eutiquio: «Al igual que Tifón es el adversario de Helios, besa el alma de Eutiquio concebido y parido por Zosima. Besa el corazón de Eutiquio. Rellénale el corazón de amor. Abrasax, besa el alma de Eutiquio, concebido y parido por Zosima. Besa el corazón de Eutiquio. Rellénale el corazón de amor. Ya, rápido, rápido, ahora mismo, hoy mismo».

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posea a ella, Heronous a quien Ptolemaida concibió y parió, que me sea sumisa a mí, Posidonio a quien Tzenoubasdis concibió y parió, durante toda mi vida. Ahora rápido, rápido, hoy mismo. Si lo cumples por mí te liberaré. Ahora rápido, rápido, hoy mismo».

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Tachy (¡rápido!) es el adverbio que indica, al epigrafista, que tiene frente a sí una tablilla mágica. Por una razón similar, la intervención del dios Tifón garantiza que el hechizo se propague a toda velocidad por los aires y que se lleve todo por delante. ¡Tachy!, puesto que se trata de apresurar al tiempo. Tifón porque se trata de alterar. Todo lo que es Tifón desencadena, derrumba, abrasa, devasta. El encantamiento se dirige al espíritu del muerto que fue elegido como intermediario. Ese necrodaimon (espíritu del muerto) es secuestrado por el que odia o desea seducir. Sólo será liberado del poder del vivo tras la realización de su tarea. El que odia o intenta seducir subyuga a un muerto para que sirva a un vivo. El muerto se ha vuelto un esclavo. El hechizado se ha vuelto un esclavo. En el encanto que lanza sobre Heronous, Posidonio no duda en tratar a la mujer cuyo amor desea como una esclava.

Vinculada con el encantamiento, hilvanada con 365 nudos, acostaron una muñeca al lado del papiro doblado. El cuerpo de la estatuilla masculina está desnudo. Con las mismas trece agujas clavadas. Una aguja en el cerebro, una aguja en cada oreja, una aguja en cada ojo, una aguja en la boca, una aguja en cada mano, una aguja en cada pie, una aguja en el ano y dos agujas en el sexo. El amor en la Antigüedad designa una pasión del mismo rango que la cólera, que una catástrofe meteorológica, o que una enfermedad imprevisible, es una fuerza que esclaviza, que destroza, que hace enfermar, que mata. El amor, en la extraordinaria obra de Ovidio, es simplemente o «Yo ardo» o «Yo muero». Ferus amor: el amor es salvaje. Vuelve a la gente salvaje como bestias feroces, traga como un océano, arde hasta los grados más altos como los bosques incendiados. Sobre hematitas y jaspes antiguos, Psique lleva la llama en su mano derecha e incendia otro cuerpo. Y toda el alma de manera súbita se vuelve ceniza en el interior del cuerpo incendiado que ama. Los que se enamoran se reconocen en lo que irradia de la superficie de la piel. En cuanto a Eros, él lanza su flecha, atraviesa, clava y ata para siempre. De repente el cuerpo, invadido por otro cuerpo, sufre, se atasca y no puede deshacerse de él. Es en vano que el tiempo pase, es en vano que los siglos pasen, que se caigan las pirámides, que descompongan necrópolis, que deshagan estelas, que reduzcan las tumbas al estado de piedras sin nombre, cubiertas de musgo, ese arrebato inexplicable del otro, ese encogimiento mortal, ese incendio de garriga o bosque, ese rayo en el cielo, ese tifón por los mares, continúan siendo extrañamente parecidos. En 1847, durante el mes de diciembre, aparece Cumbres borrascosas. Al final del libro el narrador describe a Heathcliff asomado al sepulcro de Catherine. La definición del amor que daba Catherine misma cuando todavía estaba viva, era la más simple posible: «Yo soy Heathcliff». Es la transferencia en estado puro. Vuelve a ser la posesión. El mismo día que ella es enterrada, en lo más profundo de la noche, mientras que cae nieve a ráfagas, Heathcliff, desesperado e inmóvil, se encuentra tendido sobre la tumba de «su» muerta. De repente se levanta. Agarra una pala. Cava en la nieve y el frío. Toca el ataúd donde Cathy está encerrada. Cree escuchar un suspiro. Tiene la impresión de que ella vuelve a la tierra, que vuelve a su lado, que lo acompaña. Su alma se apacigua. Se yergue. Coloca la pala a cubierto. Se marcha solo por la nieve. Ellos dos se marchan por la noche y la nieve. • Traducción de Hero Suárez

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Vak Spectra (fragmentos)

Suzanne Doppelt I.

el baile de los espíritus, el movimiento de los simulacros, una ola aérea, la aparición del perro, es la tramposa mecánica tras la escena o bajo la escalera la que actúa en sordina, o bien el ojo de aquel que se desplaza para ver lo que nunca está en su lugar, entre dos aguas o dos baldosas, ese animal quieto como una foto posa discontinuamente ante todos los curiosos. Una maquinación general lo vuelve bonitamente melancólico, espera pero al colmo de su distracción y su mirada tan fija como la de una estatua de cerámica, él contiene el fantasma, no hay nada que ver aparte de él y ese vacío cómico que lo mantiene tan cerca y tan lejos, nada más natural y más mudo que ver. Tanto como ese lugar del que es amo y señor en ausencia del suyo, pero a punto de salir del marco para escapar a ese juego de vértigo y de ilusión que lo muestra en pleno centro de una casilla y luego lo esconde de nuevo, un género único de movimiento, un curioso ballet del que se lleva la peor parte en ese clima de ciencia ficción

II.

es el vacío el que permite su uso y los agujeros de aire y de luz, hace falta tener al menos uno para, a través de él, mirar el mundo y sus historias, una pequeña obertura para comenzar a ver, un conjunto sucinto pero actuando sin descanso. Sobre todo las paredes que se forman de abajo hacia arriba, fijas pero figurando nubes, las imágenes en movimiento, escenas de género, ángulos perdidos y rostros afables, ellas tienen la palabra y ojos cuando el piso escucha, es un teatro de cámara con sorprendentes decorados, un lego estable e inmóvil pero a punto de desmoronarse y que termina siempre por agrietarse. Recuerden que las paredes de las ciudades están formadas nada más que por los escombros de las casas de los campos, se mueven y crecen, así como las plantas varían frente a pequeñas ventanas en forma de hoja de trébol o de talo y se abren y se cierran como una naranja. Dejan entrar la luz, los rayos opacos o luminosos al mismo tiempo que una colección de partículas, un caos de puntos, los sonidos y los olores, dibujan un cuadro y sus perspectivas, un agradable paseo. Y un famoso vértigo, afuera el horizonte desmultiplicado a simple vista, bien retirado en la sombra, silencioso o escondido detrás de la puerta escuchando las cosas pensadas a medias, frente a su latido monótono o apresado en un mareo de puertas giratorias, una verdadera revolución.

Idéntico al alboroto producido en la habitación donde se bosqueja una bella descomposición, las paredes desaparecen, el techo se da vuelta y con él la mosca, el piso ofrece apenas un camino, bonitos espejos tan hábilmente puestos y líneas que van, es un verdadero espejismo, todo se deshace y se rehace. Para volver a aparecer entre dos pisos en la escalera profunda, en esa caja de ancestros donde se duerme, a los pies de la mesa, sobre la alfombra afelpada como una tela y dando saltitos cerca de los armarios, el espíritu de los lugares remueve la materia, nada se despliega tan grácilmente como una casa • Traducción de L. Felipe Alarcón

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Contribución a la historia universal de la ignominia

Felicidades: has conducido una campaña extraordinaria. Has enfrentado a unos medios de comunicación increíblemente sesgados y negativos, y lo has superado de manera hermosa. Has demostrado ser un competidor y luchador de antología. Tu liderazgo es sorprendente. Siempre he tenido un gran respeto por ti, pero la dureza y perseverancia que has demostrado este último año son asombrosas. Espero que los resultados de la elección de mañana den la oportunidad de hacer que los Estados Unidos sean grandes de nuevo [Make America Great Again]. Mis mejores deseos, por grandes razones, para mañana. Bill Bellichick, entrenador en jefe de los Patriotas de Nueva Inglaterra, en una carta enviada a Donald Trump un día antes de la elección presidencial.

Y vamos a mostrarle a la gente, conforme reconstruimos nuestro ejército, vamos a desplegar a nuestro ejército. Lo vamos a desplegar. Puede que ese ejército marche por Pennsylvania Avenue. Puede que ese ejército vuele por encima de la ciudad de Nueva York y de Washington D.C. Donald Trump, en una de las primeras entrevistas concedidas como presidente electo.

Siempre son amables, siempre intentan venderle al cliente algo más, nunca se toman vacaciones, nunca llegan tarde, nunca tienen un accidente laboral, ni presentan un juicio de discriminación por edad, sexo, o raza. Andy Puzder, secretario de Trabajo del gobierno de Donald Trump, explicando las ventajas de las máquinas sobre los trabajadores de carne y hueso.

[Senador Chris Murphy]: ¿No puede decirnos hoy que defiende el hecho de que no debería haber pistolas en las escuelas? Bueno, quisiera referirme de nuevo a lo que dijo el senador Enzi, y la escuela sobre la que hablaba en Wapiti, Wyoming: me imaginaría que ahí probablemente hay una pistola en la escuela para protegerse de potenciales osos grizzlies. Betsy DeVos, recién nombrada secretaria de Educación por Donald Trump, en su audiencia ante el Congreso para ser ratificada en el cargo.

La mayor parte de los abusos sexuales a niños se dan en el ámbito familiar, principalmente son los padrastros, las parejas de las mujeres, aunque a veces también son los propios padres. Todo eso tiene que ver con la disolución del vínculo familiar que estaba fundado en el matrimonio indisoluble. Héctor Aguer, arzobispo de la ciudad de la Plata, infiriendo que la principal causa de la pedofilia es la disolución del matrimonio como vínculo indisoluble, sin abordar la pregunta evidente de qué es lo que causa entonces la pedofilia rampante practicada por sacerdotes de la Iglesia Católica.

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El acto final Morris Berman

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ara quienes tuvimos ocasión de presenciarlo, resultaba absolutamente increíble que Richard Nixon, que era un hampón de poca monta, paranoide con el tema del comunismo, pudiera convertirse en presidente de Estados Unidos. Y el daño que le causó al país fue inmenso: la matanza de estudiantes en la universidad de Kent State, el desastre del sureste de Asia, Watergate y demás. Con Nixon nos convertimos en un país diferente, difícilmente mejor. Y después vino Reagan. ¿Quién podía imaginar que ese cabeza de chorlito, como lo llamó Philip Roth, ese actor de películas de segunda, pudiera llegar a la presidencia? Pero ahí estaba, con una teoría económica simplista que dramáticamente incrementó la brecha entre ricos y pobres, un presupuesto que triplicó la deuda nacional y dilapidó miles de millones en gasto militar. Al igual que el caso de Nixon, su presidencia fue otra espiral descendente de la que en realidad jamás nos recuperamos. Su legado de destrucción nos acompaña hasta la fecha. Pero con Trump, bueno, en realidad nos encontramos en el último aliento. Los últimos años del Imperio Romano produjeron, como emperadores, a individuos que eran poco más que malas bromas, incluidos imbéciles y niños. Y nos encontramos en un lugar parecido. El actual ocupante de la Oficina Oval es un personaje que parece extraído de las caricaturas: un hombre sin experiencia política, ni cualidades para ser presidente; que porta un corte de pelo ridículo; un bruto vulgar que, sin embargo, es la culminación lógica de cuatrocientos años de oportunismo: representa lo que Estados Unidos es finalmente, de manera abierta. Como solía decir el comediante George Carlin, nuestros líderes son representativos de lo que somos. No descienden de Marte. En retrospectiva, queda claro que Nixon y Reagan fueron ensayos para el Acto Final. Tampoco estaban calificados para ser presidentes, y el caos que ocasionaron en Estados Unidos y en el resto del mundo lo demuestra. Pero Trump se encuentra en una categoría diferente, porque parece casi surreal, un error de una magnitud diferente que el de Nixon o Reagan, por grotescos que hayan sido. Trump representa

Ninguna civilización dura para siempre, y es claro que nuestra hora ha llegado. ¿Qué somos ya, realmente? Una máquina bélica genocida, dirigida por una plutocracia, apoyada por una ciudadanía que tiene la sofisticación política de un niño de cinco años.

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un reality show que adquirió una importancia desproporcionada, y es probable que el daño que inflija a la nación sea mucho mayor. Parafraseando a T. S. Eliot, los Estados Unidos no terminarán con una explosión ni con un lamento, sino con una mala broma. Y es hasta cierto punto normal. Ninguna civilización dura para siempre, y es claro que nuestra hora ha llegado. ¿Qué somos ya, realmente? Una máquina bélica genocida, dirigida por una plutocracia, apoyada por una ciudadanía que tiene la sofisticación política de un niño de cinco años. Somos una nación tan cruel que, en algunos estados, es un crimen alimentar a los indigentes, y en la que la policía a menudo acribilla a civiles desarmados. Somos una nación donde la tortura es legal, y donde el gobierno tiene el derecho de eliminar a quienquiera que no le agrade: incluidos ciudadanos americanos en territorio americano. Somos un país en donde la comunidad y los lazos fraternales escasean mayoritariamente, donde nadie confía en nadie, y donde las relaciones cotidianas se caracterizan por ser una competencia feroz. Y en el que la izquierda no dedica sus esfuerzos a las relaciones de clase y poder, como solía ocurrir, sino al lenguaje políticamente correcto, y a batallas legales acerca de quién tiene derecho a utilizar los sanitarios transgénero. Así que, ¿qué queda hoy de los Estados Unidos, donde la «democracia» no es sino una fachada, un caparazón vacío? Entonces, para decirlo de otra manera, Trump es la personificación ampliada del karma que nos corresponde, el agente perfecto para nuestro Acto Final. Se trata claramente de lo que Hegel llamó un «individuo histórico mundial», un pararrayos para aglutinar las principales tendencias que definen a nuestra época. Bien podría ser el caso de que para cuando haya terminado con Estados Unidos, ya no quede mucho más por finalizar. ¿Quién habría podido adivinar que Dios, o la Historia, o el Zeitgeist tendrían un sentido del humor tan perverso? • © Morris Berman, 2017 Traducción de Eduardo Rabasa


Muslámenes. Novela por entregas • Por Daniel Saldaña París

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amino por las calles de Montreal sin rumbo fijo, por el barrio de Parc Extension: enormes terrenos baldíos, fábricas abandonadas, galpones oxidados y ocasionales restaurantes de comida étnica. El olor del curry mezclándose con el aroma dulzón del crack cocaine y algunos grafitis de tintes neosituacionistas me reciben («¿Qué estás buscando?», preguntan las paredes). Mi abuso de la sustancia controlada de nombre comercial Protax me insufló pesadillas de corte sexista-paranoico, ahora lo sé. En los periódicos de todo el Quebec se habla de casos parecidos: sobredosis de Protax en las calles con la funesta consecuencia de una epidemia de alucinaciones misóginas que no siempre (pero sí repetidamente) involucraban la presencia de famosos inventores de los siglos xix y xx. La prensa recupera testimonios de algunos adictos afectados: «Creí que Nikola Tesla y las Pussy Riot enviaban señales telepáticas a mi cerebelo», «Pasé cuatro días convencido de que John C. Lilly y Femen estaban detrás del movimiento separatista de New Brunswick», «Me convencí de que John R. Brinckley, pionero pro nazi de la radio en Ciudad Acuña, había reencarnado en Madonna». Me entristece comprobar que mi caso, que hasta hace poco consideré tan único, es en realidad una estadística, una nota al pie en la historia de la farmacodependencia y la psicosis colectiva quebequense. Pero ahora estoy desintoxicado, y la febril sucesión de personajes improbables que hasta hace poco poblaba mi devastada psique ha dado paso a una especie de ligera calma: eso que los expertos en rehabilitación denominan la «nube rosa» (un aura de bondad y belleza que parece rodear al dependiente una vez que ha superado las largas jornadas de la cruel abstinencia). No sé qué está pasando en Parc Extension, pero muchos habitantes del barrio parecen haber sacado sus muebles a la calle. En

una banqueta encuentro un sillón color mamey con una inscripción en el respaldo.

Mientras contemplo el improbable hallazgo, un viejo camina lentamente hasta el sillón y se recuesta sobre su gastada tela, dejando su sombrero a un lado, en el piso. En un primer momento pienso que se trata de un clochard más, como los muchos que arrastran las botas disparejas por las calles de Parc Extension, pero luego me acerco hasta el sillón y me parece ver un rostro vagamente conocido debajo de su descuidada barba. ¿Será la persona que imagino o es esto una secuela más de mi consumo de Protax, de mis alucinaciones relacionadas con Buckminster Fuller y las vestales sadomasoquistas de los sótanos gubernamentales? ¿Será el clochard de Parc Extension quién yo creo? ¿Será verdaderamente Rejéan Ducharme? •

Los otros indignados • Por dD&Ed ¡Es inadmisible lo que está haciendo el loco de Trump!

¿Qué vamos a hacer sin el TPP? No lograremos las utilidades prometidas a los accionistas.

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Sí, es una pena… en unos días nos jodió más que años de movimientos sociales y lucha sindical.


La realidad Eduardo Lago

destilada

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uando Arch Persons, licenciado en Derecho, cuyo destino sería ejercer toda suerte de oficios excepto la abogacía, contrajo matrimonio con la bella Lillie Mae Faulk tenía la certeza de que estaba llamado a ser multimillonario. La novia, de diecisiete años de edad, era huérfana y vivía confinada en casa de unos parientes lejanos. En un arcón guardaba la diadema y la banda que acreditaban su título de Miss Alabama, símbolo anticipado de una vida de lujo e indolencia en los círculos de la alta sociedad de Nueva Orleans, San Luis, e incluso la remota Nueva York. Persons era un embaucador tan incapaz de distinguir entre el bien y el mal como entre la fantasía y la realidad. Atractivo, seductor y excepcionalmente dotado para la fabulación, había convencido a su esposa de que el futuro fascinante con el que siempre había soñado estaba a la vuelta de la esquina. El espejismo duró muy poco. En plena luna de miel, Arch le comunicó a Lillie Mae que se había quedado sin fondos, y sin más explicaciones la envió de vuelta a Monroeville, a casa de sus familiares. En el buzón nunca faltaban cartas en las que el marido anunciaba un inminente cambio en el signo de su fortuna, pero Lillie Mae no tardó en comprender que su futuro dependía exclusivamente de sí misma, y se matriculó en una escuela de negocios. Un día, en clase de gimnasia, sintió náuseas y perdió el conocimiento. El diagnóstico no era preocupante: estaba embarazada. Para alguien con sus aspiraciones, la maternidad equivalía a renunciar a todo sueño de grandeza. Le expresó a Persons su deseo de abortar, pero éste se opuso tajantemente y dispuso el traslado de su esposa a un hotel de Nueva Orleans. El 30 de septiembre de 1924 Lillie Mae dio a luz un varón, que fue inscrito en el registro civil bajo el nombre de Truman Streckfus Persons. La infancia del pequeño Truman estuvo presidida por el signo de la soledad y el abandono. Sus padres vivían en habitaciones de hotel y apenas tenían tiempo para su hijo. Por las noches, antes de salir, lo encerraban con llave, advirtiendo a los empleados que no se dejaran engañar por los estudiados gritos de histeria del niño. Muchos años después, cuando

Truman se vio privado para siempre de la compañía de su madre una noche en que sus jadeos amorosos despertaron a su abuela, que en aquel punto y hora la echó de su casa. «Se puso a hacer el equipaje, y cada pocos minutos salía al porche, donde dormía yo. Llorando, me echaba los brazos al cuello, y me decía que nunca me abandonaría». Era demasiado débil como para mantener su palabra.

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sus progenitores habían muerto y él se encontraba en la cúspide de la fama, Capote seguía teniendo presente el terror de aquellos años: «Era una pesadilla diaria. Tenía miedo de que nunca volvieran. Recuerdo mi infancia como un estado permanente de tensión y miedo», confesó en una entrevista. El precario vínculo conyugal de los Persons se disolvió oficialmente al cabo de siete años. Tras firmar los papeles de divorcio, Arch comentó despreocupadamente que, conforme a sus cálculos, su ex cónyuge había tenido un total de veintinueve relaciones extramaritales. Lo más probable es que el cómputo fuera bastante exacto. Aparte de que Lillie Mae nunca se molestó en disimular sus infidelidades, Arch no tenía inconveniente en alentarlas, si ello le ayudaba de algún modo a aliviar su eternamente maltrecha economía. Cuando su mujer tuvo un affaire con Jack Dempsey, Persons le propuso al ex campeón mundial de los pesos pesados participar en la organización de combates de exhibición en el delta del Mississippi. Tras la ruptura del matrimonio, Arch se desentendió de la suerte de su hijo. Lillie Mae le prodigaba al pequeño muestras efusivas de afecto, pero era incapaz de pasar mucho tiempo a solas con él. En cuanto podía, lo dejaba en depósito en casa de los parientes que tuviera más a mano. Cuando esto no era factible, el niño se convertía en testigo forzoso de sus encuentros amorosos. Al menos una vez, Lillie Mae escuchó agradecida los gritos de histeria de su hijo. Capote evocó así el episodio: «Mi madre se acostaba con un tipo en San Luis. Yo sólo tenía dos años, pero recuerdo vívidamente incluso el color del que tenía el pelo. Era moreno. Estábamos en su apartamento. Yo estaba durmiendo en el sofá. De repente se pusieron a discutir. Él sacó una corbata del armario y empezó a estrangularla. Se interrumpió porque me puse a dar alaridos».


Truman se vio privado para siempre de la compañía de su madre una noche en que sus jadeos amorosos despertaron a su abuela, que en aquel punto y hora la echó de su casa. «Se puso a hacer el equipaje, y cada pocos minutos salía al porche, donde dormía yo. Llorando, me echaba los brazos al cuello, y me decía que nunca me abandonaría». Era demasiado débil como para mantener su palabra. El pequeño pasaría el resto de su infancia confinado en un caserón de la avenida de Alabama, en Monroeville, en compañía de unos familiares ancianos y maniáticos. Condenado a la orfandad espiritual, el futuro escritor halló consuelo en dos amistades profundas y duraderas: la de su prima Sook, una anciana que jamás había abandonado el territorio mágico de la infancia (la misma Miss Faulk de quien Capote trazó una semblanza conmovedora en dos relatos bellísimos: «Recuerdo de Navidad» y «El visitante del Día de Acción de Gracias»), y una niña de su edad, tan extraña y solitaria como él, y que también estaba destinada a alcanzar la gloria literaria: Harper Lee. Lillie Mae iba a visitarlo de cuando en cuando. Fascinado por sus ropas de seda y la estela de perfume que dejaba tras de sí, su hijo no se despegaba un instante de ella, convencido cada vez de que su madre se lo llevaría consigo. Pero el terrible ritual del abandono se repetía inexorablemente. «Al cabo de tres o cuatro días, se iba. Yo me plantaba en medio de la carretera, viendo cómo su Buick negro se hacía cada vez más pequeño». Una vez que se dejó olvidado el frasco de perfume, su hijo se lo bebió entero, como si así pudiera retenerla. José García Capote, hijo de un coronel retirado del ejército español destacado en Cuba, tenía veinticuatro años cuando decidió emigrar a los Estados Unidos con ánimo de hacer fortuna. Conoció a Lillie Mae en Nueva Orleans, y aunque sintieron una fuerte atracción mutua, habrían de pasar muchos años antes de que las circunstancias personales de uno y otro les permitieran vivir juntos. El reencuentro tuvo lugar en Nueva York, adonde sus ambiciones los habían llevado por caminos independientes. Los dos habían dejado atrás sus respectivos matrimonios. Joe Capote había prosperado en Wall Street y estaba en condiciones de ofrecerle a Nina —como se hacía llamar por aquel entonces Lillie Mae— un pedazo del paraíso con el que siempre había soñado. Además, Capote adoptó legalmente a Truman, dándole su apellido. Persons amenazó con impedirlo, pero el completo descuido de sus responsabilidades como padre, unido al hecho de que en más de una ocasión había dado con sus huesos en la cárcel por estafa, le quitaban toda credibilidad ante la ley. En los años venideros, tan sólo daría señales de vida cuando vislumbraba la posibilidad de beneficiarse de la fama de su hijo. Capote publicó sus primeros relatos en la década de los cuarenta. Se trata en su mayoría de historias de misterio, terror y soledad, de impronta neogótica. Uno de ellos, «Miriam», le valió el prestigioso

premio de narraciones breves O. Henry. Su primer intento de escribir una novela desembocó en fracaso. Después de dos años de rigurosa disciplina, una vez completado el manuscrito de Summer Crossing, el joven Capote decidió no entregarlo a las prensas. Fue el primer acto de un drama que le habría de acompañar toda la vida, y que formularía con perfecta lucidez en el prólogo de Música para camaleones, publicado casi cuatro décadas más tarde: «La escritura dejó de ser divertida para mí cuando descubrí la diferencia entre escribir bien y escribir mal. Más adelante haría un descubrimiento mucho más alarmante todavía: la diferencia entre escribir muy bien y el verdadero arte; es una diferencia sutil, pero salvaje». Sin solución de continuidad, Capote se entregó en cuerpo y alma a la composición de otra novela. «Cuando empecé a escribir —confiesa en aquel mismo prólogo—, ignoraba que me había encadenado de por vida a un amo tan noble como despiadado. Cuando Dios te concede un don, al mismo tiempo te da un látigo». En esta ocasión el desenlace fue muy diferente. Otras voces, otros ámbitos (1948) es una suerte de autobiografía simbólica que su autor definió como un intento inconsciente de exorcizar a sus demonios. La novela cuenta la historia de Joel Knox, un adolescente de trece años que viaja hasta la desolada Noon City, en busca de su padre. El argumento gótico y la densidad de la prosa delatan la filiación sureña de Capote, que sin embargo trasciende las marcas de identidad del «barroco de las ciénagas», dando aliento a algunos de los temas que caracterizarán siempre a su universo: la imposibilidad de romper el sortilegio de la soledad, la naturaleza sagrada del amor, la perversión de la inocencia. Oscilando entre la pesadilla y la ensoñación, la narración reconstruye el viaje al fin de la noche del protagonista, que asumiendo su homosexualidad, explora las claves más profundas de su identidad. Uno de los aspectos más llamativos de la novela es la implacable dureza que se ocultaba bajo el preciosismo de la prosa. Otras voces, otros ámbitos despertó la admiración a la vez que escandalizó a grandes sectores del pacato establishment literario estadounidense. La mayoría de las críticas le prestaron más atención al provocativo retrato del artista adolescente que aparecía en la solapa que a los méritos literarios del texto. El autor, que recibía maletas llenas de cartas, estaba encantado con las dos caras de la moneda. En la década de los cincuenta, Capote publicó artículos, entrevistas, reportajes, cuentos, libros de viajes, semblanzas de personajes célebres, adaptaciones teatrales, un musical y varios guiones cinematográficos, además de dos novelas. El cultivo simultáneo de géneros tan diversos respondía a la necesidad de establecer un sistema de vasos comunicantes destinados a modelar una forma de expresión literaria radicalmente nueva. Las dos novelas que publicó a lo largo de aquella década son otras tantas manifestaciones del lado más luminoso de su escritura.

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En El arpa de hierba (1951) se nos ofrece una recreación ficcional del mundo mágico de Monroeville. Como si se hubiera propuesto ofrecer el contraluz de Otras voces, Capote elimina de la evocación de su infancia toda forma de incertidumbre y de dolor, transfigurando el pasado en un espacio idílico en el que no hay lugar para la maldad ni la pérdida de la inocencia. Desayuno en Tiffany’s (1958) es un pequeño milagro en prosa, en el que el autor da vida a la inolvidable Holly Golightly, una call-girl cuyas ganas de vivir, desenfado, irreverencia y desdén por toda suerte de convencionalismos se contagian de manera irresistible al lector. Ágil, ingeniosa, rebosante de malicia, inteligencia, ironía, pasión y ternura, un relámpago de gracia recorre Desayuno en Tiffany’s desde la primera hasta la última página. Cuando Norman Mailer la leyó declaró a Capote «el escritor más perfecto de mi generación». A lo largo de toda su vida, Truman Capote trató de dar con una forma de escritura que, sintetizando las posibilidades de diversos géneros, le permitiera trascender la coraza de los datos objetivos, y captar el alma oculta de las cosas. A sangre fría (1966) y Música para camaleones (1980) son las dos cristalizaciones más logradas de tal búsqueda. Situada a mitad de camino entre una y otra, Los perros ladran (1973) es una obra crucial en el desarrollo de la poética capotiana. Entendido por su autor como «un mapa en prosa, una geografía en palabras de las tres últimas décadas de mi vida», el volumen se articula en torno a la relación que mantienen entre sí dos tipos de materiales que traducen una inquietud artística de orden visual: retratos y paisajes. Lamentablemente, de la edición en español quedaron excluidos los perfiles que Capote dedica a diversas celebridades, debido a que la editorial había decidido publicar esta sección en un volumen aparte titulado Retratos. Esta arbitraria partición cercena la unidad esencial de la obra. Los perros ladran se abre con dos apuntes breves. «Una voz desde una nube» es una interesante reflexión en la que Capote, a punto de cumplir los cincuenta años, trata de establecer contacto con el autor de Otras voces, otros ámbitos. Su meditación sobre el transcurso del tiempo y la evolución de los poderes creativos está aún exenta del malditismo de los años finales. Sigue «La rosa blanca», breve evocación de una tarde en que Colette le contagió su afición por las miniaturas de Baccarat. La siguiente sección, titulada Color local, es una colección de bocetos sobre ciudades y paisajes de particular valor emblemático en la experiencia del autor. En estas viñetas Capote establece

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Experimentando consigo mismo, se sometió durante meses a un espartano programa de entrenamiento cuya finalidad era convertir la vista y el oído en instrumentos dotados de una precisión de radar. Como parte de su adiestramiento, un amigo le leía en voz alta el catálogo de Sears. «Al principio recordaba un cuarenta por ciento, al cabo de tres meses, el sesenta por ciento. Ahora recuerdo un noventa por ciento, y ¿a quién demonios le interesa el diez por ciento restante?».

un diálogo sutilísimo entre el espíritu oculto de los lugares evocados y algún resorte íntimo de los personajes que los habitan. Haciendo gala de una asombrosa capacidad de percepción, el ojo del prosista capta los ritmos secretos de la vida en Haití, Taormina, Tánger o Brooklyn Heights, desplegando un juego de perspectivas que le permiten pasar imperceptiblemente de lo abstracto a lo concreto. En muchas de estas estampas Capote se revela como un maestro inigualable del arte de la narración mínima, logrando, por medio de un delicado proceso de condensación poética, transmutar lo anecdótico en sustancia literaria. Inmediatamente después, figuran cuatro textos que suponen interesantes variaciones sobre las técnicas de Color local. «Lola» es una estampa deliciosa en la que Capote lleva a cabo un penetrante estudio de la psicología de un cuervo que comete el error fatal de creerse que es un perro. Perdida entre los «Párrafos griegos» el lector se tropezará con «Una historia terrible», ejemplo perfecto de relato ultracorto, arte del que Capote sigue siendo insuperado maestro. En la década de los cincuenta, el escritor centró su búsqueda estilística en las posibilidades que le ofrecía el periodismo. Experimentando consigo mismo, se sometió durante meses a un espartano programa de entrenamiento cuya finalidad era convertir la vista y el oído en instrumentos dotados de una precisión de radar. Como parte de su adiestramiento, un amigo le leía en voz alta el catálogo de Sears. «Al principio recordaba un cuarenta por ciento, al cabo de tres meses, el sesenta por ciento. Ahora recuerdo un noventa por ciento, y ¿a quién demonios le interesa el diez por ciento restante?». Paralelamente, buscó técnicas que le permitieran desarrollar al máximo las posibilidades fotográficas de la memoria. «Se oyen las musas» fue el primer texto que compuso conforme a este método. En plena guerra fría, una troupe de cantantes negros representó en Leningrado y Moscú la ópera de George Gershwin Porgy and Bess. Era la primera vez que una compañía norteamericana ponía pie en territorio soviético. Capote se pasaba el día observando, registrando imágenes, impresiones y diálogos, y al final de la jornada anotaba cuanto había visto y oído. El resultado es una crónica satírica en la que, con gran frescura y sutileza de matices, lleva a cabo una penetrante radiografía de la realidad soviética. Desde el punto de vista formal, «Se oyen las musas» le permitió a Capote perfeccionar un aspecto sumamente importante de su escritura: la aplicación de técnicas propias de la ficción al tratamiento de los hechos objetivos. Después de «Se oyen las musas», la edición española de Los perros ladran rompe con el diseño dispuesto por el autor, omitiendo «El duque en su dominio», extenso reportaje-entrevista con Marlon


Brando. La relación entre los dos textos es muy estrecha. De hecho, fue el enorme éxito de «Se oyen las musas» lo que llevó a Capote a continuar explorando las infinitas posibilidades que veía en el género periodístico. Indisociable, por génesis, técnica y estilo, de su crónica rusa, la entrevista con Marlon Brando es el más notable de los retratos de Capote. En 1957 se estaba rodando en Kyoto, la antigua capital imperial del Japón, Sayonara, película dirigida por Joshua Logan y protagonizada por Marlon Brando. Truman Capote se presentó en el plató como enviado especial del New Yorker. A Logan, que había leído «Se oyen las musas» y se había quedado espantado de la malignidad de Capote, se le pusieron los pelos de punta cuando supo que su autor estaba interesado en entrevistar a Brando, e inmediatamente le advirtió que bajo ningún concepto se quedara a solas con Capote. El escritor, que era amigo íntimo de Tennessee Williams, había conocido al actor durante el rodaje de Un tranvía llamado deseo. Ignorando las advertencias de Logan, Brando invitó a Capote a cenar en su hotel. «El secreto del arte de la entrevista —escribió en una ocasión el novelista— es hacer creer a la otra persona que te está entrevistando a ti». Sin tomar una sola nota («Tomar notas crea una atmósfera poco propicia»), dejó que Brando se desnudase. Cuando terminó, había memorizado con precisión pavorosa su confesión. «El duque en su dominio» es una obra maestra del periodismo, de la narrativa y de la traición. Brando nunca acusó a Capote de haber falseado la verdad, pero juró que si alguna vez se cruzaba en su camino, lo mataría. En esta pieza se vuelve a poner de relieve uno de los rasgos más característicos de Los perros ladran: la capacidad del escritor para descubrir la íntima conexión entre lugares y personas. El misterio y la impenetrable extrañeza de Kyoto proyectan su sombra sobre Brando. La entrevista logra establecer una línea secreta entre la antigua ciudad imperial y el personaje retratado; los dos son idénticamente distantes, paradójicos, enigmáticos, y a la postre, inalcanzables. Los demás perfiles ausentes de la edición que comentamos procedían de Observaciones, un libro originalmente publicado en 1959 que incluía textos de Capote y fotografías de Richard Avedon. La íntima relación existente entre los retratos de Observaciones y los bocetos de Color local la subraya de modo inequívoco el subtítulo de Los perros

A sangre fría marcó el punto más alto de su carrera, pero también precipitó su caída. «Nadie sabrá jamás cómo me vació ese libro», afirmó un tiempo después. «Se puede decir que me asesinó. Antes de empezarlo era una persona relativamente estable. Después, algo cambió en mí para siempre.»

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ladran: Personajes públicos y lugares privados. Por otra parte, la importancia conjunta de «Se oyen las musas» y «El duque en su dominio», obedece a que fue en estos textos donde Capote puso a prueba con éxito las técnicas objetivistas que le mostraron el camino a seguir para hacer realidad su idea de una novela no ficticia. Capote sabía exactamente lo que buscaba, y lo formuló con claridad en la siguiente ecuación: «El periodismo siempre se desenvuelve contando una historia en un plano horizontal, en tanto que la ficción sigue un desarrollo vertical, de modo que cada vez te lleva a un nivel más profundo, penetrando en los personajes y acontecimientos. Se trata de aplicar a los hechos las técnicas de la ficción, logrando así una síntesis». Esta síntesis debía cristalizar en un lenguaje en el que se combinara «la credibilidad de lo fáctico, la inmediatez del cine, la profundidad y libertad de la prosa, y la precisión de la poesía». Aparte de su interés intrínseco, los dos textos finales de Los perros ladran contienen elementos proféticos. En el primero de ellos, «Fantasmas al sol», Truman Capote evoca su regreso al lugar de los hechos recreados en A sangre fría, con motivo de la versión fílmica que se estaba rodando bajo la dirección de Richard Brooks. La visita le hizo revivir en toda su intensidad el difícil proceso de gestación de la novela. A finales de 1959, el escritor se hallaba en plena posesión de su talento. Había depurado hasta la perfección su técnica del estilo, y sólo le faltaba encontrar un tema. Dio con él en una noticia de periódico. Un matrimonio de granjeros, de apellido Clutter, y sus dos hijos pequeños, habían sido brutalmente asesinados en una remota localidad de Texas. Durante los seis años siguientes, la existencia de Capote giraría de modo obsesivo en torno a aquellas muertes, su esclarecimiento y el proceso judicial que concluyó con la ejecución de los asesinos. Su jornada de trabajo empezaba a las tres de la mañana. Escribió a mano más de seis mil páginas, entrevistó a centenares de personas, y en su intento por adentrarse en la psicología de los asesinos estuvo a punto de perder el equilibrio mental. Su participación activa en la lucha por impedir la aplicación de la pena capital desembocó en la pesadilla de ver que el final de su novela dependía de la suerte de Richard Hickock y Perry Smith, confinados a una agónica espera en el corredor de la muerte. Cuando se agotaron las apelaciones, los condenados le pidieron que fuera testigo de su ejecución. Jamás se recuperaría de la experiencia. A sangre fría marcó el punto más alto de su carrera, pero también precipitó su caída. «Nadie sabrá jamás cómo me vació ese libro», afirmó un tiempo después. «Se puede decir que me asesinó. Antes de empezarlo era una persona relativamente estable. Después, algo cambió en mí para siempre». La expresión «fantasmas al sol» alude al impacto que le causó ver en plena luz del día a los actores que encarnaban a los asesinos de la familia Clutter. Estando frente a Robert Blake, Capote creyó tener delante el espectro de Perry Smith. De regreso al hotel, se emborrachó y perdió el conocimiento. A la


mañana siguiente anotó en su diario: «Todo era real por exceso de realidad». La experiencia le llevó a examinar en detalle la idea de «realidad reflejada», sobre la que descansa su concepción de la escritura: «La realidad reflejada es la esencia de la realidad, la verdad más verdadera. De niño me gustaba llevar a cabo un juego pictórico. Cuando contemplaba un paisaje (los árboles, las nubes, los caballos sueltos entre la hierba), seleccionaba un detalle de la visión de conjunto: la hierba mecida por la brisa por ejemplo, y la aislaba, haciendo un marco con las manos. Aquel detalle se transformaba en la esencia del paisaje y captaba, como a través de un prisma en miniatura, el verdadero ambiente de un panorama que de lo contrario hubiera resultado inasible». Este es, exactamente, el procedimiento utilizado en la composición de los textos que integran Color local. Como principio creativo, se trata de uno de los ingredientes fundamentales de la poética del realismo capotiano: «Todo arte consta de detalles selectos, bien sean imaginarios o, como en el caso de A sangre fría, una destilación de la realidad». El texto que pone punto final a Los perros ladran es un «Autorretrato» en el que el escritor pasa revista a sus anhelos y obsesiones. En un momento de la entrevista que se hace a sí mismo, Truman Capote toca el espinoso tema de Plegarias atendidas, ambicioso proyecto en el que llevaba quince años trabajando y que su autor creía destinado a ser su obra maestra. Plegarias atendidas respondía a la idea de ofrecer un retrato à la Proust de la aristocracia neoyorquina, en cuyos círculos Capote se desenvolvía con total naturalidad. Jamás se sabrá la verdad sobre aquel texto, aunque lo más probable es que el libro sólo existiera en su imaginación. Hasta poco antes de morir, Capote siguió dando detalles sobre la estructura y el progreso de la obra. Lo cierto es que tan sólo vieron la luz cuatro fragmentos que llaman más la atención por el odio soterrado que los anima que por su valor literario. Al verse retratadas de tal manera, sus amistades de la jet-set le cerraron sus puertas para siempre. Fue un gesto de autodestrucción con el que parecía que buscaba precipitar su final. Consciente del declive de sus poderes creativos, su dependencia de la cocaína, los tranquilizantes y el alcohol había alcanzado propor-

Odunacam • Por Liniers

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ciones delirantes. En realidad, después de Los perros ladran su talento sólo volvería a fulgurar en Música para camaleones (1980), libro que contiene algunas de las páginas más sobrecogedoras de toda su carrera, como «Mojave», «Ataúdes tallados a mano» o el retrato de Marilyn Monroe, además de un prólogo extraordinariamente lúcido. Rodeado de sus demonios, víctima de paranoias y alucinaciones, su histrionismo se agudizó. Sus fieles tuvieron que retirarlo del escenario un día que se presentó a dar una conferencia en estado de ebriedad. Cientos de miles de personas vieron en un programa de televisión en directo a uno de los escritores más admirados de su tiempo convertido en un bufón patético. El espectáculo, más que provocar la burla, encerraba una dimensión trágica. Se prodigó en entrevistas en las que discutía abiertamente sus sentimientos más íntimos: «Algo en mi vida me ha hecho un daño irreparable, y ese algo es irrevocable». En su delirio, atribuía sus males al lejano rechazo de Lillie Mae: «En este mismo momento puedo ver aquellas habitaciones de San Luis y Nueva Orleans. Fue entonces cuando empezaron mi claustrofobia y mi sentimiento de abandono. Mi madre me encerró con llave, y jamás he logrado salir». Murió en Los Ángeles, en 1984, de una falla hepática provocada por una sobredosis de múltiples sustancias estupefacientes. Nunca había tenido miedo de la muerte, pero le intrigaba saber qué imagen se adueñaría de él en el momento inmediatamente anterior a su desaparición definitiva. Al final de «Autorretrato» se hace a sí mismo esta pregunta, y supone que podría ser ésta: «De repente, todo empieza a dar vueltas, y regreso hacia el pasado; mi amiga Miss Faulk está tejiendo una colcha de retales, con dibujos de rosas y uvas. Después me arropa, cubriéndome la barbilla con la colcha. Hay una lámpara de queroseno en la mesilla. Me desea feliz cumpleaños y apaga la luz. Y al llegar la medianoche, cuando suena la campana de la iglesia, tengo ocho años». •


El Señor Cerdo

E

l Señor Cerdo es uno de esos seres elegidos para ser tanto un emblema de su época, como para contribuir decisivamente a marcar las tendencias de cambio. Por eso, aunque su tiempo es sumamente valioso, dedica una dosis justa a estar informado de lo que sucede a su alrededor, para lo cual ha diseñado un método de lectura rápida de titulares de noticias —zambulléndose ocasionalmente en algún artículo para empaparse de los detalles—, de manera que su ágil mente pueda procesar en segundos los diversos escenarios. Una vez informado, el Señor Cerdo inserta distintas variables en sus bases de datos, de manera que sus algoritmos patentados le arrojan tendencias sobre las cambiantes direcciones en las que se mueve la realidad. Recientemente, los sistemas del Señor Cerdo le advirtieron de un incremento en las protestas sociales, con actos vandálicos incluidos, por temas económicos y políticos que desataron la ira popular, culminando en manifestaciones, saqueos y enfrentamientos con las fuerzas del orden. Si bien el primer impulso del Señor Cerdo fue el de alegrarse ante los arrestos de los rufianes que alteran el orden público y destruyen la propiedad privada, pudo darse cuenta de que ahí había en juego emociones más profundas, que le ofrecían una oportunidad de negocio inmejorable, al tiempo que contribuía decisivamente —again— al mejoramiento de su sociedad. Lo que comprendió el Señor Cerdo es que, más allá de medidas específicas que por suerte principalmente afectan a la gente que no es Gente Como Uno, existe en estos tiempos un sentimiento de agravio generalizado, para el cual en ocasiones las redes sociales resultan insuficientes, pues se necesita ir más lejos en la expresión

de la frustración. Sin embargo, las protestas callejeras ya se han vuelto demodé, pues no solamente no cambian nada, sino que terminan con el arresto de algunos pobres diablos infortunados, y la gente con la que el Señor Cerdo se roza primero muerta que acudir a darse un baño de pueblo participando en manifestaciones de ira que, además, por lo general ni siquiera le atañen. Entonces, la idea genial del Señor Cerdo ha sido la de crear un servicio de protestas customized, donde según los gustos del cliente se pueden recrear oficinas gubernamentales, gasolineras, bancos o empresas trasnacionales, para que mediante el pago previo de la cuota, puedan gritarse consignas en su contra, antes de pasar a destruirlos con singular alegría. El servicio del Señor Cerdo admite tanto grupos privados como la posibilidad de ser juntado con personas que observen un perfil similar entre sí, para evitar que el eterno problema de la lucha de clases ocasione que se desborde el ejercicio y pudiera haber violencia de la no deseada. Asimismo, en apoyo a la economía popular, las instalaciones donde montará su negocio el Señor Cerdo contarán con una sección gratuita, donde previo registro y disponibilidad de sitio, familias enteras de bajos recursos podrán realizar pintas y destrozar instalaciones formadas de cartón y otros materiales de bajo costo, donde igualmente podrán dar rienda suelta a su catarsis social, con un presupuesto razonable para el Señor Cerdo. Con esta iniciativa, el Señor Cerdo espera como mínimo recibir condecoraciones oficiales por su magnánima contribución al orden y progreso, tan necesarios para hacer frente a los vertiginosos tiempos que corren. •

Instrucciones a los patrones • Por Johnny Raudo

L

os patrones de vanguardia se encuentran en una constante búsqueda de perfeccionamiento de los métodos necesarios para exprimirle beneficios a la empresa, razón por la cual deberán estar pendientes de las prácticas empleadas por compañías que operan en sitios de mayor alcurnia. Al mismo tiempo, todo buen patrón es realista de las posibilidades con las que cuenta en su entorno particular, así que deberá adaptarse a las limitaciones de su entorno. En ese sentido, puedes pensar en la utilización que darle a la reciente noticia difundida en el entorno patronal, donde se supo que hay empresas experimentando con someter a sus empleados a cursos de técnicas de supervivencia frente a accidentes aéreos o inundaciones, pues al parecer las simulaciones de roces con la muerte son positivas para fomentar el espíritu de grupo y la unión ante las adversidades. Si acaso te desempeñaras como patrón en un entorno de mayor precariedad, en lugar de pagarles el curso a los empleados puedes incorporarlo como una práctica in house de la empresa, descontándole de su salario el costo del curso a los empleados con el arrojo necesario para participar en él, comunicándoles con toda claridad que serán bien vistos al momento de considerarlos para promociones y otros incentivos. En lugar de la simulación del acuatizaje —que implica contar con una cabina de helicóptero o algún artefacto similar, por no hablar de una extensión de agua lo suficientemente grande como para hacer creíble la amenaza de muerte—, es recomendable que sometas a tus empleados a peligros cuya escenificación te suponga un menor costo, al tiempo de que se adecúan de manera más realista a potenciales eventualidades que pudieran

enfrentar. Entonces, puedes por ejemplo llegar a un acuerdo con alguna empresa de seguridad privada, de manera que efectúen en tus instalaciones los ejercicios mediante los cuales sus rottweilers son entrenados para atacar ferozmente ante la orden de los guardias, solicitándoles a cambio que únicamente se aseguren de ataviar a tus empleados con los trajes esponjosos que se utilizan para dichos propósitos, con el fin de evitarles cualquier lesión que posteriormente pudieran utilizar en tu contra en un juicio laboral. Para fomentar el espíritu de competencia, puedes ofrecer el incentivo de una buena torta de milanesa con queso al empleado que más tiempo aguante las mordidas de los perros sin ceder ante el pánico. Asegúrate también de ofrecer a los demás empleados la posibilidad de gozar de un rato de sano esparcimiento, contemplando desde una distancia prudente cómo sus compañeros más valerosos se prestan de manera voluntaria para este ejercicio de team building. Cuando lo hayas realizado suficientes veces, no solamente contarás con un filtro insustituible para diferenciar entre aquellos empleados dispuestos a dar la vida por la empresa y los que no, sino que lograrás que de manera inconsciente el miedo se convierta en uno de los sentimientos predominantes de la moral corporativa. En estos tiempos de vacas flacas, no encontrarás a ningún mejor aliado para asegurarte de construir un batallón de soldados que comprendan que es únicamente a partir de un sentimiento perpetuo de ansiedad e insuficiencia como se construyen las fortunas de los patrones destinados a pasar a la historia. •

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Lo que no pueden

decirnos Emiliano Monge

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II

V

I

olví a encontrarlo esta mañana, donde el mezquite, dice Marcos al escuchar que Paola, recién salida de la cama, entra en la cocina. Está colando el café. La salsa hierve en la olla y los huevos se enfrían sobre la mesa: estoy seguro que era él, nadie más usa esos sombreros. Lo saludé desde las piedras. Pero volvió a darse la vuelta apenas verme, añade Marcos, dejando encima de la mesa el café y ahogando los huevos de Paola con la salsa. Luego vuelve hacia la estufa, donde despega del comal varias tortillas y escucha: no lograba levantarme. Es el calor, no me acostumbro, suma Paola bostezando y enrollando una tortilla: me despierta veinte veces cada noche. Hoy lo seguían varios perros, suelta Marcos comiendo él también con hambre: acabarás durmiendo como reina… cuando dejes de pensarlo. Además aquí no se oye ningún ruido. Se metieron con él en el desierto, los perros, insiste Marcos poniéndose de pie, recogiendo los platos y dejándolos sobre la tarja. Mientras, Paola llena sus tazas con café: eso también me vuelve loca, el silencio. ¿Cómo puede ser que no se escuche nada? No es que extrañe los motores o los gritos, pero aunque sea un rumor de algo. Intenté seguirlos aunque los dejé de ver bien pronto; de pie, Marcos rellena su taza y continúa: no había acabado aún de amanecer. Para colmo el viento no permite que se queden un rato las huellas, están ahí y de pronto se deshacen. Durante el día pasa lo mismo, asevera Paola por su parte, levantándose y llevando a la tarja el cuenco vacío del café y el par de tazas: pon atención y vas a ver que no oyes nada. Ni los pájaros se escuchan, repite Paola enjuagando los trastes: no es que no haya, esto está lleno de aves. Mira: ni siquiera el agua hace ruido, insiste alejándose un paso de la tarja y señalando el chorro transparente, con las manos envueltas en jabón. Marcos, sin embargo, sigue con lo suyo: a la próxima tendrá que saludarme.

A veces pienso que quizás exageramos, suelta Paola acercándose a Marcos por detrás: que no era para tanto. Hubiera estado bien algo intermedio, añade apurando sus pasos hasta Marcos, quien trabaja en el pozo que su abuelo abandonara hace años y quien no se ha percatado de que ella se le acerca: no era necesario elegir el otro extremo. Una ciudad pequeña, un pueblo mediano, lanza Paola junto al hoyo en donde está metido Marcos, quien asustado deja caer la soga que sus manos sostenían. La cubeta se desploma varios metros y estalla sobre el fondo del pozo, sin liberar después ni un solo eco. Puta madre, grita Marcos dándose la vuelta: un día tendrás que revivirme. Ojalá no sea en este sitio, advierte Paola señalando los vestigios del pueblo: aquí nadie va a ayudarme. ¿Otra vez la misma mierda?, pregunta Marcos, más cansado que enojado: no podemos hablar de esto todo el día, todos los días. Además tú también quisiste, recuerda emergiendo del pozo y quitándose la gorra se limpia el sudor de la frente: los dos quisimos, estuvimos de acuerdo. Pero tú estuviste más de acuerdo, como siempre, interrumpe Paola a Marcos al mismo tiempo que le extiende un vaso con agua: no quiero que después estés deshidratado. Qué tontería, exclama Marcos tras beber de un trago el vaso: ninguno estuvo más de acuerdo que otro. Pero sabía uno la verdad y el otro nada más pedazos, reclama Paola extendiendo la jarra que también trajo consigo de la casa y rellenando el vaso de su esposo insiste: me habías dicho que era un pueblo pero no que no quedaba nadie. Ya te dije veinte veces que eso yo no lo sabía, responde Marcos, viendo cómo el agua llega al borde de su vaso y sigue hasta regarse sobre el suelo. Además tampoco es cierto que ya no quede aquí nadie, añade Marcos encogiendo el cuerpo y observando cómo el charco, que recién se ha formado sobre el suelo, se evapora: está el hombre de los perros, la vieja de la casa en la hondonada, los trillizos ésos de. ¡Ésos de la mula

¿Otra vez la misma mierda?, pregunta Marcos, más cansado que enojado: no podemos hablar de esto todo el día, todos los días. Además tú también quisiste, recuerda emergiendo del pozo y quitándose la gorra se limpia el sudor de la frente: los dos quisimos, estuvimos de acuerdo. Pero tú estuviste más de acuerdo, como siempre, interrumpe Paola a Marcos al mismo tiempo que le extiende un vaso con agua: no quiero que después estés deshidratado.


estalla: deja de decir tus pendejadas. Aunque sea por un momento, aunque sea una sola vez, ordena Marcos: deja de ladrar y mejor vete allá dentro… por un frasco. Quiero guardarla para siempre, es muy hermosa.

III

y los costales!, interrumpe Paola a Marcos y arremedándolo adivina sus palabras: ¡la pareja de la tienda, la loca de la presa y los niños de las cuevas… ¿algo más vas a decir que no quieres que diga? Es lo mismo que si no hubiera nadie, Marcos, afirma Paola inclinando también su cuerpo pues en la arena, que recién se ha secado por completo, algo empieza a moverse: ¿o has oído la voz de alguien? ¿Qué chingados será esto?, interrumpe Marcos el discurso de Paola, quien, sin embargo, aunque está igual de intrigada que su esposo con lo que ahora mismo emerge de la arena, sigue murmurando: ¿o has hablado con alguno… o te ha hablado a ti alguien? Es como si alguno no existiera… como si tú y yo aún no hubiéramos llegado, se enterca Paola echando el cuerpo para atrás en el instante en que su esposo gruñe emocionado y la arena, reseca como si así llevara ya un montón de años, se cuartea y se rompe entre sus cuerpos. ¿Qué chingados es esto?, pregunta Marcos acercando las manos a la oruga que emerge ante sus ojos. Y acunándola después entre sus dedos dice: está tibia, mientras su esposa vuelve a echarse para atrás y así también vuelve a lo suyo: como si ellos no nos vieran. Como si nosotros no estuviéramos aquí… como si nosotros o ellos no existiéramos, insiste Paola pero esta vez su esposo, quien no desea dejar de ver a la pequeña larva color rojo que ha alzado de la arena,

Lo seguí otra vez hasta la parte donde se alzan los saguaros, dice Marcos al escuchar cómo Paola entra en la sala: lo adelanté después por la cañada. Me escondí tras un par de palos fierro y ahí lo sorprendí cuando pasaba, añade sin dejar de ver sus frascos, que poco a poco han terminado por toda la casa. Pero ni así quiso hablarme. ¿Y sus perros, te gruñeron?, pregunta Paola bostezando y tallándose los ojos. Ha tomado, a últimas fechas, la costumbre de dormir a media tarde: ¿te ladraron, los oíste cuando menos que chillaran? Nada. No hicieron ningún ruido, asevera Marcos agarrando uno de sus frascos y destapándolo, añade: ni los perros ni el hombre. Pero vas a ver que voy a hacer que alguien nos hable, lo prometo, suma metiendo la nariz dentro del frasco. Hace meses que eso dices, que vas a hacer que alguien nos hable, lanza Paola removiéndose, incómoda, sobre el sillón, al mismo tiempo que su esposo inquiere: ¿te conté que huelen a tu aliento? Pero ni logras que nos hablen ni aceptas que sería mejor marcharnos, continúa Paola enroscando un mechón de su cabello y clavando la mirada en su esposo, quien entonces gira el cuerpo, avanza hasta el sillón y lanza: creo que eso hace que me encanten. Es por eso que los guardo, insiste Marcos dejándose caer también sobre el sillón y acercándole el frasco a Paola: ¿quieres olerlos? Sabes que tengo razón, suma Paola, alejando de sí el frasco en que palpita la última babosa que su esposo recogiera: que sería mejor volver a la ciudad, olvidarnos de todo esto. Antes, sin embargo, de que pueda Marcos responder o ignorar de nuevo el tema, una piedra entra en la casa y ambos se levantan dando un salto.

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Confundidos, contemplando en su extravío los vidrios esparcidos sobre el suelo, cuyo estallido no hizo ruido, Paola y Marcos buscan entender qué ha pasado y qué hacer en un mismo instante. Entonces Marcos corre hacia los frascos que cayeron y Paola se acerca, sigilosa pero también de forma apresurada, a la ventana: ¡son los niños… puta mierda! ¡Los que vienen de las cuevas!, añade Paola pero su voz, que también ruge: ¡están por todas partes!, se extravía entre otros varios estallidos: las pedradas se han vuelto aguacero y sobre el suelo siguen rebotando los adornos, unas tazas y los frascos que Marcos ha estado guardando. ¿Qué les pasa… qué chingados les hicimos?, aúlla Paola encogiéndose y buscando a su esposo con los ojos. Pero Marcos ha salido de la casa. Cuando la lluvia de piedras finalmente se termina, Paola deja de temblar en su rincón, se incorpora lentamente y secándose las lágrimas se acerca a la puerta: Marcos… Marcos. Los temores que gobiernan su cabeza, sin embargo, no la dejan avanzar más de dos pasos y está a punto de caer cuando en el vano aparece la figura de su esposo. No paraban… me veían y aún así no lo dejaban, dice Marcos abrazando a su esposa, que en voz baja vuelve a repetir lo que había dicho: ¿por qué vinieron a hacer esto, qué chingados les hicimos, por qué querían hacernos daño? Sorprendido ante aquello que ahora mismo está pensando y que está a punto de decir, Marcos murmura: no creo que quisieran lastimarnos… no querían hacernos daño. Más bien querían decirnos… creo que querían… no… no querían hacernos nada, insiste Marcos apartando de sí el cuerpo de Paola y clavando en ella su mirada asevera: como si nos quisieran decir algo y no pudieran. Abrazándose de nuevo, Marcos y Paola contemplan el desastre en torno suyo, hasta que la luz del día se va apagando y el hedor de las babosas, que reptan por el suelo, va aquietándolos y va también sumiéndolos en un raro cansancio.

Sabes que tengo razón, suma Paola, alejando de sí el frasco en que palpita la última babosa que su esposo recogiera: que sería mejor volver a la ciudad, olvidarnos de todo esto. Antes, sin embargo, de que pueda Marcos responder o ignorar de nuevo el tema, una piedra entra en la casa y ambos se levantan dando un salto.

IV Convencido de que no le falta guardar nada, Marcos cierra la caja de su vieja camioneta, se da vuelta y echa a andar hacia la casa, observando en la distancia, otra vez, el avanzar cadencioso de los trillizos con sus mulas y sus sacos.

Así han pasado toda la mañana, van con esos bultos llenos y regresan descargados, le informa Marcos a Paola, que está parada a un lado suyo, bajo el marco de la puerta. ¿Qué más da qué estén haciendo?, responde ella tras un par de segundos y apurando el último trago de su taza vuelve dentro de la casa, arrastrando a su esposo. Lo que importa es que finalmente nos vamos, celebra Paola atravesando la sala y dejándose caer sobre el sillón insiste: que finalmente se acabó esta pesadilla. Hay que buscar algo intermedio, suma Paola dirigiéndole a su esposo una sonrisa y extendiéndole ambos brazos. Pero en lugar de hacerle caso, Marcos se aleja del sillón y lanza: mejor nos vamos antes de que el sol esté arriba. Minutos después, Paola y Marcos ya han montado en su vieja camioneta y han emprendido el camino de regreso. Pero a cien metros de los límites del pueblo en que nacieran sus ancestros, Marcos observa un par de camionetas, atravesadas en el centro de la brecha: ¿y ahora quiénes serán ésos? ¿Por qué hacen esas señas?, pregunta Paola en voz bajita, casi susurrando, a cincuenta metros del retén improvisado, al mismo tiempo que su esposo gruñe: puta madre, reconociendo los sacos que acarreaban los trillizos y reduciendo la velocidad hasta pararse. Antes de que Paola o Marcos se den cuenta, salen varios hombres de la nada, corren hasta ellos, los arrancan a la fuerza del vehículo, los tiran sobre el suelo, los golpean hasta dejarlos inconscientes, fuerzan sus quijadas y utilizan sus cuchillos. No despertarán, Paola y Marcos, hasta que el sol se haya puesto. Entonces, en mitad de la penumbra, sobre el reguero de su sangre y aspirando el hedor que los aquieta, aceptarán que el silencio empieza dentro de la boca. • Este cuento forma parte del libro La superficie más honda (Literatura Random House, 2017).

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Psycho Killer • Por Carlos Velázquez Sodasio (He’s on, He’s on, He’s on it) A la cocaína le decíamos la «soda». Y a Horacles: «don Sodo» o «Sodasio». Lo conocí en el 95. Mis putos golden years. Que de dorado no poseían nada. Hacia el último semestre de prepa decidí que no ingresaría en la universidad. Lo único que me interesaba en aquella época era la inminente salida del Mellon Collie and The Infinite Sadness de los Smashing Pumpkins. Aunque el compacto ya había hecho mella en la industria, yo seguía viviendo del casete. Y del casete grabado, por supuesto. Era un pseudo estudiante. No tenía dinero. Ya había probado la droga. Conocía la borrachera. Y una tía disponía de mis genitales a su antojo. Pero nada de eso me importaba. Mi mayor anhelo era trabajar en una tienda de discos. Para robar, no, para saquear indiscriminadamente. Mientras lo conseguía, mataba mis madrugadas en una cancha de básquetbol, corriendo como pendejo detrás de un balón que rebotaba. Conocí a Sodasio en la guarida de la Funda. El tercer piso de una casa aclimatada con un profuso equipo de audio y video, y un televisor inmenso. Dos veces por semana se reunía ahí una horda de rucos (o chagalagas, el eufemismo que ellos mismos empleaban para viejo) con el objeto de emborracharse y oír música. No, música, no. Rock. Parecían una hueste inventada. Y estaba conformada, además de los mencionados, por el Abuelo (el mayor de todos), quizá el primer crítico de rock de la ciudad; el Fideo, un sujeto altísimo y melancólico, reparador de calzado de oficio; el Pibe (la sangre joven), un treintón con aspecto de contador público y cara de asesino serial; Chilo, vocalista de Bandera Roja, una banda horrible; el Bordón, baterista de también otro grupo horrendo: Fragua; y Messie Le Blanc, oh la la, Messie Le Blanc. Estos eran los habituales. Había otros que fluctuaban por ahí esporádicamente. Como el Patón, empleado de un centro de fotocopiado. Me costó un chingamadral adherirme a aquel círculo. Me marginaban por la edad. Además, existía otro impedimento: Messie Le Blanc. Quien suministraba el material para las fabulosas y salvajes parrandas de

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cocaína que se corrían. Poseía un extraño sentido del deber, esa flota. Según ellos me protegían de la droga. A sus ojos, yo era joven e ingenuo. Y desconocía los efectos que la coca podía insuflar en una persona. El tiempo me reveló que los ingenuos eran ellos. Y me llegué a meter soda con todos los que no se encontraban retirados, incluido el Mesías Blanco. A quien también conocíamos como el Rolas. Adentrarme en dicha hueste fue un proceso arduo. Me dilaté en ganarme su confianza. Comenzó con incidentales expediciones a la cueva de la Funda cuando no había reuniones. Sodasio tenía un puesto en la Secretaria de Hacienda. Y trabajaba en Monterrey. Ya en el 95, después de la devaluación que nos legaría el salinato, ganaba treinta mil pesos mensuales. Mi ciudad no contaba con una sola tienda de discos decentes. De no ser por aquellos cabrones, hubiera permanecido en la oscuridad absoluta. Escuchando lo mismo que mis compañeros de prepa: Maiden, Slayer, Metallica, etc. Que no estaba mal. Pero ya existía un nuevo sonido del otro lado del charco: el britpop. Mi banda favorita de esa corriente era Blur. Pero yo no conocía a nadie que le gustara. Sé que había seguidores del conjunto de Essex, pero faltaba tiempo para que conociera a algunos, como Wenceslao Bruciaga. Pero así era la provincia en los noventa. El aislamiento total. El único especimen al que le gustaba Blur, lo sabía por las palabras de la Funda, era Sodasio. Por eso yo ansiaba conocerlo. Cada semana Sodasio volvía de Monterrey con cuarenta o cincuenta compactos. Era un comprador compulsivo. En las sesiones se escuchaba y discutía esos álbums. No todo era bien recibido. Por el contrario, la mayoría se mostraba reticente. En ese sentido, Sodasio se sentía solo. Mis incursiones en la covacha de la Funda se desarrollaron de la siguiente manera. Me permitía la entrada un tarde cada ocho días para

enseñarme las novedades. Me grababa en casete lo que elegía. Of course que me lo vendía. Por algo lo llamaban la Funda. Pero era el 95 y tras el apabullante paso del Siamese Dream por mi psique, había decidido que el Mellon Collie lo quería en cd (no hace falta que agregue el calificativo «original», pues en esa etapa no existía la piratería; la única duplicación posible era a través del casete, y eso jamás lo consideré morganería). La Funda me consiguió el Mellon Collie y se lo encargó a Sodasio. Fueron meses y meses de desesperación. No recuerdo que otro año se me haya hecho tan largo como el 95. Con el arribo de Internet ya nunca me volvió a suceder eso con un disco. Cuando lo lanzaron, don Sodo me lo compró en un Saharis en Regioland. También adquirió uno para él. No sé cómo conseguí el dinero. Creo que lo robé. Ah, ya lo recuerdo. En mi colonia había una pipa de petróleo. Pasé dos noches ordeñándola y transportando el combustible en unos galos metidos en un carrito de supermercado. Fue todo un acontecimiento. Hasta el momento, todo mi sino había consistido en aguardar la salida de ese álbum doble. Qué chingados sería en delante de mi vida. No miento si aseguro que durante siglos se quedó sin propósitos. No es necesario aclarar que de toda la flota al único que le gustaban los Smashing era a Sodasio. Así que un día le ordenó a la Funda: «tráelo». Fue la manera como conseguí colarme en una sesión. Mi encuentro con Sodasio no fue tan significativo como el día en que Harvey


Pekar y Robert Crumb se estrecharon las manos. Pero sí resultó fundamental en mi biografía. Eran las tres de la tarde. Las sesiones comenzaban tempra. Y duraban hasta que el cuerpo lo permitiera o Messie Le Blanc apoquinara. Subí los tres tramos de escaleras y se hicieron las presentaciones. Fue un suceso ceremonioso. No he olvidado el disco que sonaba en ese instante: The Great Escape. Me quedé atónito. Sodasio era un ser apocado, timorato, circunspecto, proclive a la sumisión. Estaba enfundado en una camisa blanca de manga larga impúdicamente abotonada, pantalón de vestir, y zapatos. El conjunto lo remataba una corbata rosa y sus lentes de fondo de botella. Me quedé apendejado unos segundos. Pero qué esperaba, era un empleado administrativo del Gobierno Federal. Poseía un background musical enciclopédico. No me atrevería a etiquetarlo de nerd. En ese tiempo sí existían los ñoños. Pero no eran conscientes de su posición. Y menos se sentían orgullosos de ella. No lo podía encasillar como geek porque, aunque era el único de aquella bola de pedotes que no le entraba a la farra, tenía sus quebrantos: era el cliente mejor consumado de Messie Le Blanc. En un extremo del cuarto de la Funda habitaba una yelera gigante. Hasta el culo de «bielas». Pura Corona. El elemento discordante en ese ecosistema era una Coca-Cola de dos litros que naufragaba entre los «yielos». La bebida oficial of all drogos: Sodasio. Se me sirvió un vaso gigante para que acompañara al abstemio. Hasta el momento sólo estábamos en la habitación don Sodo, la Fundamental y yo. Una hora después llegaron el Abuelo y Messie Le Blanc. «A ver, Sodasio», le dijeron, «quita tu chingadera». Y se pusieron a oír a los Stones. No podía acusarlos de old fashioned. De hecho el disco era novedad. Los Rolling siempre tienen un disco nuevo, de composiciones originales o recopilatorio, en el mercado. Yo atravesaba un leve alejamiento con los Stones (aunque en el futuro me reconciliaría). «Vete a la verga», me dijeron. Y se pusieron a «rayar». Me cagó que me echaran. No por la coca. En esos años yo podía conseguir tan buena merca como ellos. Yo quería permanecer ahí porque en mi cuadra se oía lo mismo desde hacía lustros. Aunque al final comprendí que si quería nutrirme musicalmente, debía tener acceso a don Sodo en solitario. Porque aunque aquellos chagalagas presumían de vanguardistas, ahí también se escuchaba mucha porquería. Tardaron varios meses en permitirme volver. No deseaban que mis visitas se hicieran una costumbre. Pero el fardo de mi propio cuerpo termi-

Ilustración de Hernández

nó por depositarse cada semana en Funda’s place. Y siempre ocurría lo mismo. A la hora u hora y media me corrían. Y se dedicaban a meterse cocaína como degenerados. A mí me valía madre. Salía cargado de musiquita (en casete), y me encerraba en casa de mi abuela, que estaba abandonada, a oírlos en una grabadora. Ocasionalmente fumaba mota. Pero con el tiempo desistí. Yo ya había probado la coca. No en casa de la Funda, con una raza de un estudio de tatuajes. Y la mariguana me parecía la afición típica de un apestado. La soda era la coca, pero también el refresco. El Pop, el Hit, el Pep. Y con el transcurrir del tiempo, la coca era la Pepsi, la Fanta. Pero nunca el Sprite. Ignoro por qué. Horacles se convirtió en Sodasio. Y jamás pudo sacudirse aquel estigma. Sí, por su afición al «fifí», es decir el «confleis», porque te lo metes a cucharadas, la sodaína. Pero también porque era un ser destinado

a las sustancias. Antes de empezar a meterse talco, se metía «pilas»: pastas, pastillas. Se las mercaba a un empleado del Seguro Social. Que lo abastecía de Rivotril y Artane (un medicamento contra el Parkinson). Sodasio era bien «Arturo». Y se quedaba con todo el contrabando medicinal que le ofrecían. Pero en realidad, las pastillas eran para doña «Ampalo»: su madre. Una señora mítica. Que era un referente dentro de la casa de la Funda porque su mayor atributo consistía en vivir dopada. Yo me quemaba por conocerla. El mundillo que se perpetraba en Funda’s place jamás me sedujo. Me atraía la música. Pero el único personaje atractivo era Sodasio. Tenía un hijo, producto de su primer matrimonio. Cuando lo conocí ya iba en su segundo round. Estaba arranado con una tal Graciela. Procreó con

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ella una hija: Frida. Y aunque estaban legalmente unidos, sostenían un amasiato, con tintes incestuosos. Sodasio vivía con doña Ampalo en una casa de dos plantas. Graciela vivía en la acera de enfrente con sus padres, en una construcción de similares proporciones. Frida pernoctaba donde la venciera el sueño. La pareja era una especie de Jack & Megan White. Parecían dos hermanos que se aborrecen. Podía imaginar las razones. Una que me parecía justificable era el auto de don Sodo. Un Renault cascarrabias apodado el Hamster Erótico. Consumía su sueldo entero en discos y drogas. Y según la Funda, era un erotómano. Quizá también separaba una parte de sus Sodo. Para combatir la energía de la niña, ingresos en sex toys. todas las tardes le administraban un octavo La cercanía con Sodasio fue tan pródiga, que de Rivotril, en un chorrito de leche o de un día me invitó a su casa. Vivía en el centro. Coca-Cola. Sospechaba que eran indicaEn la avenida Guerrero. Apenas pisé la cuadra, ciones de alguno de esos psiquiatras desprecomencé a experimentar un satori. No importa ciables que abundaban en el primer cuadro, cuán destartalada luciera mi ciudad. Aquella pero no, desmintió Sodasio, era una iniciaporción de urbanidad me parecía extirpada tiva de la familia. Era la única forma en que mansamente de un cuento de John Cheever. Graciela podía echar su siesta vespertina. Podía ser tomada por cualquier suburbio desQue se llevaba a cabo siempre en casa de pellejado en las historias del viejo borracho y sus padres. Entrar al cuarto de don Sodísiputo. No juego si afirmo que en aquella calle mo fue un shock. En su interior había más podrían haberse asesinado a sí mismas las vírgecompactos que en las tres tiendas juntas nes suicidas. Reconocí la vivienda de don Sodo que había en toda la región. Lo cual me enporque afuera estaba estacionado el Hamster tristeció. Porque eso significaba que éramos Erótico con el arrojo de un deportivo. Toqué un jodido rancho. Y que una de dos, o falel timbre y una voz gritó desde el interior: taba mucho tiempo para que dejáramos de «Quién». Me estremecí involuntariamente. serlo, o que nunca lo superaríamos. Un escalofrío me recorrió completo. Qué voz. Doña Ampalo me gritó que bajara. Me Parecía como la de un pato al que están estranasomé al vacío, y me esperaba en el inicio gulando. Parecía como si la trompeta deforme con dos vasos inmensos de Coca-Cola en de Dizzy Gillespie se hubiera instalado en las manos. Sin pedirlo, tuve que enfierrarme aquella garganta. Estuve a punto de dar media todo el litro de refresco. Bueno, ya estaba, vuelta y emprender la retirada. Entonces, se me dije. Un litro don Sodo y un litro yo, abrió la puerta. Y apareció doña Ampalo. se acabó la botella. Todas las bandas que Era una mujer vieja, pese a ello lucía una deseaba oír estaban ahí. Y las que no, tamcabellera insistentemente rubia, que en el bién. Le subimos al equipo de sonido a tal pasado bien pudo ser confundida con la de nivel que la tronadera despertó a Graciela. Anita Pallenberg. Le fallaba un remo y renA quien vi por la ventana cruzar la calle e gueaba. Pero pude atisbar que había sido una insertarse en donde nos encontrábamos. de esas mujeres que nunca realizaban activiSubió las escaleras y la vi. Parecía un perdad alguna si no era en tacones. Damas que sonaje de John Updike. Era una mujer manunca en su vida usaron botas, botines o sandura. Entrada en carnes. Con un vestido dalias. Inseparables de los tacones, desde pefloreado. De lentes. Su cuerpo me hizo imaqueñas. «Tú eres Carlos», me dijo. Y en ese ginarme el sexo con madrotas de los años momento pude verla a los tres años haciendo cuarenta. En el intercambio burocrático de trapecismo dentro de las zapatillas de su mala primera mitad del siglo veinte. Que en dre. «Pasa pasa», me instó. Me sorprendió el silencio que imperaba en la casa. Esperaba un torbellino. Frida era famosa por su hiperactividad. Deduje que no se encontraba presente. Pero estaba dormida. «Horacles, mijo», gritó en cinco punto un canales doña Ampalo, «ya llegó Carlos». Qué decibeles se cargaba. «Que suba», respondió. Como en muchos hogares de mi ciudad, así se hablaba en ese lugar: a gritotes. Me extrañaba que Frida no se despertara. «Es porque está sedada», me explicó don

general era un lujo. Nada comparable con el hastío que nos invadió después. Le pidió a Sodasio que le bajara, pero no la obedeció. Le recomendó que se tomara un Clonazepam. Esa tarde oí por primera ocasión al grupo galés Manic Street Preachers. Que con el tiempo se acabaría convirtiendo en mi banda favorita de todos los tiempos. Hasta el Everything Must Go. Lo que hicieron después llegué a detestarlo con bastante ahínco. No había mañana que no despertara preguntándome por qué no se retiraban. Don Sodo era fan de la ola inglesa noventosa (aunque algunos provenían desde los ochenta): Echo & The Bunnymen, Pulp, Blur, Oasis, Stone Roses, The Verbe, etc. Y por supuesto había perdido la cabeza por todo lo que se producía en Estados Unidos, en especial por Nirvana. Pero Cobain se había suicidado hacía un año y su obsesión había disminuido. Una hora más tarde doña Ampalo volvió a gritarme. A pesar del volumen del sistema de sonido, alcancé a oírla. Todos en esa casa estaban sordos. Quizá eran las anfetaminas que se puchaban. Esta vez bajé hasta la cocina. Dos vasos de igual tamaño de drogacola me esperaban. El refrigerador estaba abierto. Era un aparato gigante. Cabía una res entera, en canal. Y todavía quedaba espacio para almacenar un marrano muerto. Jamás en mi vida había visto tanta Coca-Cola en el refri de una casa. Los habitantes sufrían problemas serios. Entendería que alguien se abasteciera de tal cantidad de cerveza para bregar la semana, pero ¿Coca-Cola? Y, como era de anticiparse, eran enemigos acérrimos de la Pepsi. Regresé al cuarto de don Sodasio con los vasos en la mano. Eran de plástico. Me percaté de que no había de cristal en la cocina. Y tampoco había cuchillos a mano. La sobriedad no era una virtud de aquella familia, por lo que debían extremar precauciones. En el recuento de sus compulsiones, me fijé que después de la cocaína y el refresco, lo que más empalagaba a Sodasio era «corregir el sonido» de los discos. Según él, y creo que tenía razón, la mayoría de los discos estaban mal grabados. E inver-


tía horas en modular, qué digo, en moldear sus álbums. El sonido salía del reproductor, pasaba por el ecualizador, donde se desataba una batalla sangrienta contra los graves y los agudos, para depositarse en el ampli y que éste lo expulsara ya depurado por las bocinas. Y cuando se encontraba conforme con los resultados, me grababa entonces el casete. No recuerdo nunca haber tomado tanto refresco en mi vida como ese día. Después de inestimables horas salí de ahí con seis casetes Maxwell de sesenta minutos grabados. A partir de aquella tarde no falté una sola semana a casa de Sodasio. Era tan abundante el material, que unos discos me los grababa y otros me los prestaba para que me los llevara a mi casa. Hasta que llegó diciembre y murió el 95.

oftalmólogo. Y me reprendió severamente. Yo no tenía ningún problema en la vista. No real. Era patológico. Me estaba obligando a ser miope. Me recomendó una psiquiatra. Pero no obedecí. Cuando salí del consultorio, tiré la tarjeta que me había dado. Y me olvidé del beis. Si mi mente no quería, no iba a contradecirla. El deporte conllevaba cierto grado de responsabilidad. Y yo no quería cuidar de nada, ni de mí mismo. A diferencia de otros años, el 96 se consumió con celeridad. No había discos que esperar. Al menos no con ansiedad. Siempre he batallado para superar un álbum. Y descalabrado por un choque de cabeNo soy la clase de novedoso que siempre zas que sufrí en las canchas del monumenestá informado. A veces me dilataba hasta to a Hidalgo, terminé el 96. Fue un año cinco años en dejar de oír un disco. Miencrítico. Nosotros lo ignorábamos, pero del tras que otros recitaban las novedades otro lado del charco se estaban cocinando como si se tratara de estampitas. Y sin emplacas seminales. bargo, estaba al día. Don Sodo era un gran * díler musical. Asistía a la prepa por tener * algo qué hacer. Pero me aburría. Ni siquieEl 96 nos agarró con los calzones abajo por En UK los integrantes de Blur estaban cara los videojuegos llenaban ese vacío que los discos del año pasado: Outside, de Bowie, gados porque el público que asistía a sus significaba ser adolescente en los noventa Mellon Collie, de los Smashing, (What’s the conciertos estaba conformado mayormenen una ciudad ignota del norte. Nunca fui Story) Morning Glory, de Oasis, The Bends, de te por chavitas y adolescentes de quince gamer. Todavía faltaba un año para culmiRadiohead, etc. Y no estábamos preparados años. Para contrarrestar dicho patrón, nar la prepa y cumplir dieciocho. para el batazo en la cabeza que se nos vino de lanzaron un álbum homónimo. «BeetleHabía comenzado a entrenar básquet improvisto: el Odelay de Beck. Excepto este bum», la primera canción del disco, alucon el equipo de la escuela. Pero deserté. álbum, pocas cosas recuerdo del 96. Ya había día a la heroína. El 97 se nos vino encima Me parecía tan insulso. Yo estaba acostumleído un par de libros, pero no me interesaba como Bam Bam Bigelow. Aparecieron brado a competir contra greñudos locos, la literatura. Sólo la música. Y de una forma Earthling, de Bowie y Ok Computer, de tatuados, expresidiarios, de madrugada, peculiar. Jamás había realizado esfuerzo alguno Radiohead. Sodasio resultó el más afectacon una grabadora a un lado de la cancha por aprender a tocar un instrumento. Temía do. La portada del compacto era una foto escupiendo Soundgarden. Y convivir con que en cuanto la música se desprendiera de los borrosa, debido a que se había tomado las señoritas aquellas que en los partidos se terrenos del hedonismo dejara de agradarme. en movimiento, de una enfermera que la pasaban alegando faul en todas las jugaSecretamente albergaba la ambición de converempujaba una camilla con un paciente tirme en crítico de rock. Pero jamás sucedió. das me desesperó. En el barrio salías con el postrado. No sé cómo empató tan bien Continué frecuentando a don Sodo. No me hocico roto por los codazos, con los ojos aquella imagen con lo que sucedía en puedo permitir presumir de que surgió afecto morados por los cabezazos. nuestro entorno. Parecía ser el resumen entre nosotros. No entendía por qué me sopory el desenlace de toda una era. El final de taba. Yo no aportaba nada. Estaba ahí con el fotografía en que don Sodo se quebró. único cometido de absorber lo que pudiera. SoEs probable que la caída de Sodasio dasio poseía una biblioteca de proporciones aún haya sido paulatina. Pero yo no la vi más descomunales que las de su discografía. En venir. Tenía sobrada experiencia como el pasado mediato, cuando sus vicios se lo hapastillo. Así que pensé que manejaría su bían permitido, había sido un lector consagrado. adicción a la coca con pericia. El proble«Lee», me recomendaba. Siempre me conmoma comenzó porque Messie Le Blanc cionó que me hablara de tú. Porque yo le decía se propuso ampliar su mercado. Y a don Sodo, don Coco, don Loco. Pero el jamás se través de su cliente number one comeninmutaba. Y nunca oí sus recomendaciones. Leer zó a vender merca a los empleados de me parecía reprobable. Lo asociaba con la burHacienda. En las oficinas de la misma guesía. En mi casa nunca vi libros. Y lo que leía secretaría. Sólo alguien tan estúpido mi padre, antes de marcharse, eran las novelas de como don Sodo se inmiscuye en seMarcial Lafuente Estefanía. Y eso fue lo primero mejante imprudencia. Estoy seguro de que leí, cuando comencé a hacerlo. que esas no fueron las indicaciones del Nunca me detuve a contemplar mi vida, ni me Mesías Blanco. Pero la pereza, la indopreocupaba qué haría con ella. Estuve tentado a lencia —siempre andaba anestesiado, jugar beisbol de manera profesional. Había desapor la coca y por el Clonazepam—, rrollado ciertas aptitudes a lo Kirby Puckett en los incapacitaron a don Coco para pensar. llanos del lecho seco del Río Nazas. Pero un día Y no estuve presente pero lo atisbo decidí que no veía más la pelota. Y de ser jonronero claramente. Empleados del Gobierno natural, pasé a nunca conectar en ningún turno al Federal que entraban al despacho de bat. Ni a atrapar nada en el jardín central. Asistí al

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un compañero y salían con varios gramos de mercancía. Y seguro funcionó. Fue un éxito. Y trascendió a las altas esferas. Visto desde la óptica del consumidor, era un beneficio inestimable. Comprar drogas en tu mismo lugar de trabajo. Pero los superiores lo desaprobaron. No entiendo cómo consiguió librarla. Pero puedo imaginarlo. Poseía documentos que desatarían dos o tres escándalos. Lo corrieron, pero pudo eludir la cárcel. No recibió liquidación. No le hacía falta. Había ganado suficiente dinero, primero con su sueldo, y después con los «papeles» de Messie Le Blanc. No le dijo nada a nadie. Ni a su proveedor, ni a la familia. Se encerró en su departamento de Monterrey a meterse coca como una aspiradora Moulinex. Y venía a la ciudad cada fin, como si no pasara nada. Con un putazo de discos. Toda la coca que se llevaba de regreso (nadie lo registraba, si por casualidad le hacían una parada en la carretera, mostraba su chapa de Hacienda, que inteligentemente había conservado, y lo dejaban en paz), en lugar de venderla, se la metía. Y en pocos meses se arruinó. Tuvo que confesarle a Graciela que lo habían

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despedido. Jamás dio pormenores de su expulsión. Y contrajo una deuda tan grande con Messie Le Blanc que una madrugada tocó la puerta de mi casa. Abrí en calzones. Llevaba encima una caja de discos. Me los ofrecía en venta. Malbaratados. Le dije que no podía pagárselos de inmediato. De hecho, no tenía un solo peso en ese momento. Me espetó que no había bronca. Iba hasta el culo de coca. Ni siquiera podía hablar. «Cuando puedas me los pagas», me dijo. «Pero este te lo regalo», y me extendió el Blur. Después de decirme que su favorita era «Song 2», desapareció. Jamás volví a ver a Sodasio. Desapareció. Se lo tragó el desierto. No sé si porque era incapaz de saldar su deuda con Messie Le Blanc o por alguna de las leyendas negras que se relataban sobre él. Se decía que lo habían internado en un hospital psiquiátrico. En una cantina que frecuentaba afirmaban que se había metido de lleno al narcotráfico, a un grupo opositor al Mesías Blanco. Otros aseguraban que se había ido al D.F. con la intención de volverse novelista. También se aseguraba que había

negociado una transferencia y que seguía en Hacienda, por el temor que tenía un director de área de que fuera a revelar información. Esta última versión era la que me resultaba más apegada a la realidad, pero no descartaba las otras. Lo que sí era comprobable era que se había divorciado de Graciela. Y que el Hamster Erótico había desaparecido. Y que no vivía más en casa de doña Ampalo. La visité en un par de ocasiones, pero desconocía por completo el paradero de su hijo. Aquel año me convertí en adulto, legalmente hablando. Y el disco que me acompañó en esa transición fue Blur. Un obsequio de Sodasio. Faltaban todavía cinco abriles para decidir qué haría con mi inútil existencia. Pero así se gestaba el año que me tocaba estrenar IFE. Al día siguiente de la irrupción de don Sodo, pinté bien grandes en la fachada de mi casa con una lata color negro las palabras «He’s on it». •


SEXTO PISO TIMES

NOTICIAS QUE DE TAN FALSAS… PODRÍAN SER VERDADERAS 

•   FEBRERO DE 2017

Indignación en Davos ante cifra de desigualdad «Prometemos aplicarnos más para remediar la situación»: Los 8 fantásticos Como todos los años, recién concluyó la cumbre económica de Davos, en Suiza, donde se discuten y perfilan las políticas económicas que serán aplicadas en buena parte del planeta. En un documento secreto que circuló entre los líderes políticos y empresariales más prominentes —del cual publicaciones como Sexto Piso Times, The Guardian, La Repubblica, The New York Times y El País lograron hacerse de una copia—, los potentados de la economía mundial expresan su honda preocupación frente a una noticia dada a conocer pocos días antes de su reunión en Davos: el dato consistente en que los ocho individuos más ricos del mundo (Bill Gates, Amancio Ortega, Warren Buffett, nuestro orgullo nacional Carlos Slim, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Larry Ellison y Michael Bloomberg) poseen una riqueza equivalente a la de la mitad de la población mundial, es decir, 3 mil millones de personas. Ante lo escalofriante de la noticia, hemos tenido conocimiento de que los ocho magnates en cuestión crearon un grupo de WhatsApp llamado «Los 8 fantásticos», donde se han dedicado a intercambiar mensajes frenéticos, discutiendo posibles estrategias para que esa vergonzante cifra se vea modificada, y en la cumbre de Davos 2018 puedan ufanarse de poseer, al menos, el 75% de la riqueza mundial, y así sucesivamente, año con año, hasta conseguir que el 99.999999% de la población mundial pueda vivir con el 1% que no haya sido acumulado por los miembros del club más selecto de la humanidad. Si bien el miembro con mayor tendencia a la culpa social, Warren Buffet, intentó por momentos sugerir con tibieza que quizá poseer una riqueza equivalente a la de la mitad de la población mundial podía

ya considerarse suficiente, los otros siete sofocaron sus protestas recitándole principios esenciales de management y liderazgo, con lo cual rápidamente lo hicieron sentir como un individuo mediocre y falto de ambiciones, y no le quedó de otra más que sumarse al brainstorming colectivo, para idear estrategias conducentes a incrementar el net worth de la agrupación. Conscientes de que la efectiva campaña de desprestigio en su contra, orquestada por medios de comunicación y grupos de interés con filiaciones comunistas, ha predispuesto a la opinión pública mundial en su contra, «Los 8 fantásticos» han decidido contratar como asesores de imagen a miembros del círculo cercano de Donald Trump pues, como confió el secretario particular de uno de ellos a cambio del anonimato: «Si consiguieron que un magnate fanfarrón se presentara como el defensor de los intereses de la clase trabajadora, convencer a la gente de que nuestros señores necesitan tener otro poco de riqueza mundial será a piece of cake». Precisamente, una de las sugerencias para lograr sus objetivos consiste en apoyar a pequeños déspotas locales de paraísos

fiscales como las Islas Caymán, para que apoyados en una plataforma beligerante, racista y xenofóbica, consigan convertirse en monarcas absolutistas de sus pequeños reinos caribeños, y así consigan relajar aún más la legislación fiscal. Una vez logrado este objetivo, «Los 8 fantásticos» podrán profundizar en sus prácticas de elusión fiscal, para que tanto ellos como sus empresas eviten destinar recursos a ese fastidio conocido como el pago de impuestos, y puedan en cambio depositarlo de manera segura en dichos paraísos fiscales, muy alejados de la mirada vigilante de los sofocantes órganos regulatorios, siempre empeñados en atentar contra la libertad creativa de los entrepreneurs. Al cierre de esta edición corrían fuertes rumores de que representantes del grupo se encontraban a punto de cerrar una negociación con Bono, para que compusiera e interpretara una canción que fungiera como himno de la causa, procurando que alcance un impacto tal como el que en su momento tuviera «We Are the World», para poder utilizarla como punta de lanza en la difícil tarea de voltear a su favor a la opinión pública mundial. •


Empresas licoreras monitorean de cerca la candidatura presidencial de Margarita Zavala «Puede ser nuestro mayor seguro contra el efecto Trump»: importante ejecutivo Numerosos analistas de la realidad consideran de manera creciente que una de las claves para comprender los fenómenos políticos a gran escala tiene que ver con lo que ocurre en las altas esferas de las finanzas y las corporaciones. Como ejemplo máximo podemos encontrar la noticia recientemente conocida, mediante la cual supimos que las acciones de la cementera mexicana Cemex habían incrementado su valor en más de 130% desde que Donald Trump fuera candidato, y que tocaron su punto máximo el día en que firmó la orden para comenzar la construcción del muro fronterizo. Imbuidos por el espíritu de investigación, los editores de Sexto Piso Times nos dimos a la tarea de analizar la carrera presidencial mexicana a la luz del comportamiento de las acciones de la Bolsa de valores, y encontramos para nuestra sorpresa fuertes indicios de que la favorita del entorno financiero-corporativo será nada menos que Margarita Zavala. He aquí la explicación. La revelación surgió a partir del monitoreo del precio de las acciones de las principales compañías licoreras ante cada anuncio público o aparición de la señora Zavala, en los que declarara su intención de contender por la presidencia, pues, supimos posteriormente, sus ejecutivos se frotan las manos ante la idea de que Felipe Calderón se convirtiera en el Primer Damo de la nación. El razonamiento consiste en que si cuando ocupaba el cargo de presidente de todas formas encontraba el tiempo para consumir cantidades ingentes de alcohol, la mera idea de que se encuentre deambulando por los jardines de Los Pinos sin gran cosa qué hacer, les produce una incontenible sonrisa en el rostro. A condición del anonimato, un alto ejecutivo de una licorera trasnacional acce-

dió a corroborar la información para Sexto Piso Times. Ante la pregunta obvia acerca de las razones para suponer que el regreso de Calderón a Los Pinos supusiera para ellos una diferencia con el consumo de embriagantes que exhibe en su vida como ciudadano privado, dicho ejecutivo citó un memorando confidencial que circula por su empresa, donde se explica que el inconveniente actual es que Calderón y Zavala se precian de ser una pareja democrática y transparente, por lo cual en su hogar no cuentan con ninguna partida secreta para gastos de los cuales alguno de los cónyuges preferiría que no se enterara el otro. Ante esta situación, Calderón ha debido apoyarse en eventos sociales donde se encuentre fuera de la vigilante mirada conyugal —como la comida del Jefe Diego a la que para su fortuna no fue requerida su mujer—, pero su desprestigio social es tal que por

esa vía ha enfrentado problemáticas de otro tipo. En cambio, si volviese a ser inquilino de Los Pinos podría ampararse en las leyes que protegen las revelaciones del gasto de la familia presidencial, y además Zavala se encontraría tan ocupada que difícilmente podría mantener el cerco etílico bajo el cual vive su marido tras abandonar la presidencia. Tras considerar brevemente la opción de ofrecerle a Felipe Calderón ser su imagen publicitaria para 2017, la empresa en cuestión ha decidido entonces que es una mejor inversión convertirse en uno de los principales donantes para la campaña presidencial de Margarita Zavala, aunque queda por resolver cómo utilizar algún eslogan donde demuestren su preferencia por el cargo al que aspirará, sin hacerle publicidad involuntaria a una de las bebidas más emblemáticas de la competencia. •


El buzón de la prima Ignacia Querida prima Ignacia: Me encuentro en un estado de gran confusión espiritual, y creo que sólo tú podrás ayudarme. O sea es que, mira, a mí me da mucha flojera leer el periódico y cosas así, pero como también me gusta estar más o menos enterado, pues muchas veces veo los programas de la mañana que son como que entre noticias y entretenimiento, y así me doy una buena embarrada de lo que pasa. Y me acuerdo que hace un tiempo el Esteban Arce se puso como loco en su programa con una sexóloga que dijo que la homosexualidad era algo normal, y el buen Esteban le tuvo que explicar a gritos que eso de la homosexualidad era una enfermedad, y que si fuera natural, por qué los animales no lo hacían. Y ya con eso me quedé tranquilo porque me pareció muy razonable su argumento, y pues sí es cierto que a mí también se me hace como que algo rarito. Pero el otro día un amigo que se cree el muy liberal me mandó un artículo con esta foto para molestarme y cuestionar mis creencias. ¿Qué debo pensar al respecto, prima? Ernesto Garza

Estudié Economía en el itam, Finanzas en Harvard y Karma en la Universidad Tibetana, pero el verdadero aprendizaje lo obtengo en esa loca maravilla llamada vida. Si quieres que lo comparta contigo, no lo pienses más y consúltame en el siguiente correo electrónico: ignacia@sextopiso.com (PD: No hay censura pero por favor sean recatados y no me vayan a andar preguntando puras pendejadas).

Señora Ignacia, Soy un joven egresado de ingeniería en sistemas, con un mba en una prestigiosa universidad gringa, y desde hace un par de años me mudé a San Francisco, donde tengo un súper trabajo en una start-up tecnológica. Pero la verdad es que estoy un poco decepcionado, porque yo pensé que aquí iba a recuperar los años perdidos estudiando y que las gringuitas me iban a llover por montones, pero entre los horarios de mi chamba, y que aquí predominan lo que en el argot llamamos «las 49’s» (porque son un 4 pero ellas creen que son un 9, jajaja, ¿a poco no está bien ingenioso?) , nomás me he llevado puras decepciones. Así que en esas andaba cuando leí el otro día que en Japón ya mucha gente joven tiene relaciones con personajes de realidad virtual. ¿Crees que deba darle una oportunidad a esta nueva modalidad amorosa? Enrique Galindo

Querido Ernie: Híjoles, pues la verdad sí te entiendo tu confusión, porque además en este mundo tan loco ya nadie sabe ni qué es que. Yo cuando Ay Henrruchón, Henrruchón, Henrruchón. ¿Por dónde empezar me siento como si tuviera una lavadora llena de ropa sucia adentro contigo? A ver, déjame adivinar: seguro usas unos lentes de fondo de mi cabeza, respiro hondo, cuento hasta diez, me tomo unas de botella, y ya debes de tener tu joroba bien trabajada a fuerza de gotitas de mi querido Rivotril, y como que poco a poco se me emtanto estar tecleando en tu computadora. Y de tu musculatura y piezan a aclarar las cosas. O sea, en este caso, tampoco podemos estilo de vestir, yo creo que mejor ni hablamos, ¿o no? O sea, no te desacreditar tan fácilmente la opinión de alguien como Esteban lo digo por discriminarte, en primer lugar porque ni te conozco, Arce. En primer lugar, ¿cómo sabemos si el changuito ese se le ni tampoco es que te quiera hacer sentir mal, pero es que ya me montó a un ciervo o a una cierva? Si fuera una ciervita, pues auntocaron algunas amigas que salieron con tecno-geeks como tú, que que el chango sí sería un perversote por andar queriendo traspasar creen que sólo porque ahora les va muy bien con sus empresas de los límites de su especie, seguirían siendo macho y hembra, como programitas y esas cosas, eso ya los convierte en unos partidazos Dios manda. Y luego, pues tampoco sabemos si el chango ese no irresistibles. Y sí, ya sé ya sé, que está de moda que actricillas y moes un loquito que podría ser curado con electroshocks o algo así, si delos anden con algunos de los más prominentes de tu especie, pefuera el caso. El chiste es que la naturaleza nos hizo como somos y ro, o sea, come on, una cosa es ser el fundador de Google, y otra cosa es bien sabia, así que a lo mejor con este ejemplo de desviación nos es otra cosa. (A ver, por qué no pensamos en un apodo equivalente quiere dar una lección sobre lo correcto y lo incorrecto. para ustedes. ¿Serían algo así como «los 100», porque se creen de Y yo más bien me preguntaría cuál es la intención de los me10 y en realidad son un cero a la izquierda en la cama, if you know dios que reproducen esa foto y hacen ese reportaje. A ver, ¿cuál what I mean). es? ¿Confundirnos más? ¿Hacer que ya ni de que los hombres son Entonces, pa’ acabar pronto: porsupollo que te recomiendo que hombres y las mujeres mujeres debamos estar seguros? Noooooo. intentes probar una relación con una tipina de realidad virtual. A mí llámenme anticuada, y a mucha honra, pero esas cosas de que ¿Qué no viste la película de Her con el Joaquin Phoenix, con la esel género es fluido y que puede cambiar y no sé qué, son ideolocena en donde la voz de la Scarlett Johansson pega unos gritos que gías malignas que hacen que el mundo esté como esté. Así que, mi nos dieron envidia hasta a las mujeres de carne y hueso? Ándale, querido Ernie, tú quédate con las certezas que gracias a Dios nos no seas tímido e inténtalo. Es más, hasta puedes convertirte en una comunica gente como Esteban Arce, y de paso te recomiendo que especie de Mauricio Garcés del Silicon Valley, y andar con varias le retires el habla al «amigo» chavas virtuales a la vez, maltratándolas y romese que te mandó esa inforpiéndoles el corazón cada que te dé la gana. Ahí Hazle una pregunta a la prima Ignacia. mación tan peligrosa, que me cuentas cómo te fue, pero nada más de ver quién sabe cuántas tiernas las cosas que pones en tu carta, yo creo que va a Si tienes la suerte de que en su infinita mentes más ya pueda haber ser lo más adecuado para darle salida a tu vida sabiduría la seleccione como la mejor del contaminado. romántica.

mes, recibirás gratis en tu domicilio el libro de tu preferencia de Sexto Piso.

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Reporte Sexto Piso No. 30  

Revista de Editorial Sexto Piso Febrero 2017

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