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Reportesextopiso Publicaciรณn mensual gratuita โ€ข Junio de 2017

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Índice El Señor Cerdo  |  25 Las tuberías que corren por Keret  |  4

Instrucciones a los patrones  |  25

Eduardo Rabasa

Johnny Raudo

¡Camarada prisionero!  |  6

El desafío de la luz  |  27

John Berger

Eduardo Milán

¡Salve! | 12

Por fin, la lucha de clases quedó al descubierto  |  28

César Antonio Molina

Sexo en el piso  |  15 Abraham Cruzvillegas

Muslámenes | 15 Daniel Saldaña París

Contribución a la historia universal de la ignominia  |  17 Odunacam | 17

Morris Berman

Teoría del goteo  |  31 donDani

Psycho Killer  |  33 Carlos Velázquez

Sexto Piso Times  |  34 El buzón de la prima Ignacia  |  35

Liniers

Ingenieros y traficantes  |  20 Carlos Manuel Álvarez

Portada de este número: Bernardo Fernández, Bef

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Reporte Sexto Piso, Año 5, Número 34, Junio de 2017, es una publicación mensual editada por Editorial Sexto Piso, S. A. de C. V., París #35-A, Colonia Del Carmen, Coyoacán, C. P. 04100, Ciudad de México, Tel. 5689 6381, www.reportesp.mx, informes@sextopiso.com. Editor responsable: Eduardo Rabasa. Equipo editorial: Rebeca Martínez, Diego Rabasa, Felipe Rosete, Ernesto Kavi. Diseño y formación: donDani. Reservas de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2016-042114221500-102. Licitud de Título y Contenido No. 16768, otorgado por la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas de la Secretaría de Gobernación. Impresa en Editorial Impresora Apolo, S. A. de C. V., Centeno 162, Colonia Granjas Esmeralda, Iztapalapa, C. P.09810, Ciudad de México. Este número se terminó de imprimir en junio de 2017 con un tiraje de 3,000 ejemplares. Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la postura del editor de la publicación. Queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación sin previa autorización del Instituto Nacional del Derecho de Autor.


Recomendación de los editores

Las tuberías que

corren por Keret Eduardo Rabasa

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¿Deberíamos entonces agradecer que su mejor amigo se haya suicidado de un balazo frente a él en un búnker del ejército israelí? No sé si alguien se atrevería a responder en sentido afirmativo. Aún así, me parece razonable afirmar que Tuberías, el primer libro de Keret, consecuencia directa de ese suceso traumático, rezuma en cada una de sus páginas, en cada uno de sus cuentos, el estremecedor suceso que ocasionó su existencia.

n un hermoso texto donde narra los orígenes de la editorial Adelphi, Roberto Calasso explica que la piedra fundacional de lo que con el paso del tiempo se convertiría probablemente en el más importante proyecto editorial de calidad de los últimos cincuenta años lo constituyó el concepto de «libros únicos». Con ese término un tanto enigmático, Calasso alude a aquellos libros que se escriben como consecuencia de una experiencia trascendental que le sucede a su autor, y en ese sentido lo esencial es la experiencia y no el libro como tal. El libro es una consecuencia, casi un residuo, que como pudo haber sido escrito pudo no haberlo sido, pero ya que existe cobra una fuerza, una vibración, un «sonido justo» que lo distingue de otro tipo de libros que carecen de esa fuerza. Si tomamos prestado el concepto, podríamos afirmar que la carrera literaria entera de un autor ya tan consagrado como Etgar Keret se compone de una especie de «escritura única», surgida de una experiencia traumática que le sucedió al autor, frente a la cual no encontró más remedio que ponerse a escribir. Como suele suceder ante situaciones trágicas, se produce entonces una inmensa ambigüedad moral, pues sin el terrible suceso que orilló a Keret a convertirse en escritor, mismo que sin duda en su momento él habría preferido no vivir, miles de lectores en todo el mundo jamás habríamos conocido sus inconfundibles mundos. ¿Deberíamos entonces agradecer que su mejor amigo se haya suicidado de un balazo frente a él en un búnker del ejército israelí? No sé si alguien se atrevería a

responder en sentido afirmativo. Aún así, me parece razonable afirmar que Tuberías, el primer libro de Keret, consecuencia directa de ese suceso traumático, rezuma en cada una de sus páginas, en cada uno de sus cuentos, el estremecedor suceso que ocasionó su existencia. De manera inconfundiblemente keretiana, parecería que su incursión en la literatura hubiera sido extraída de su propia escritura. Antes del fatídico día en que de alguna manera lo obligó a presenciar el suicidio, tras una noche de copas el amigo le pidió, estacionados frente a casa de Keret, que le diera una buena razón por la cual no debía suicidarse, y en ese caso no lo haría. Luego de meditarlo en silencio durante más de dos horas, Keret se vio orillado a reconocer que no se le ocurría ninguna, por lo que se bajó del coche en silencio. Al poco tiempo se produciría el suceso traumático que lo convertiría en escritor.

*** De esa manera, en los cincuenta y cuatro cuentos que componen Tuberías se aprecia ya claramente el sello inconfundible de la escritura keretiana, pero también es cierto que nos encontramos frente a un Keret un tanto más dark, un tanto más violento, de manera comprensible, principalmente en los cuentos que abordan directamente


temas vinculados con el ejército, y en particular con el conflicto entre israelíes y palestinos. Y es que si bien Keret jamás ha abordado temáticas sociopolíticas de manera expresa, el trasfondo de sus historias a menudo involucra temas como ataques terroristas, asesinatos políticos, ceremonias en honor del Holocausto, los efectos de las visitas de Henry Kissinger a Medio Oriente, como si quisiera utilizar el entorno tan convulso como telón de fondo, de manera que el absurdo en el que a menudo discurren las vidas de sus personajes fuera casi una consecuencia natural del mismo. Así por ejemplo en el cuento «No son personas», cuando tras una salvaje golpiza propinada por una patrulla israelí a un árabe a quien sorprenden llevando consigo una bomba Molotov, uno de los soldados, de nombre Stein, es presa de un ataque de conciencia y pide que detengan la masacre, uno de sus superiores le responde: «¿Qué te pasa? ¿Te crees la Cruz Roja? Esos mierdas sólo piensan en una cosa, matarte. Es su única razón para vivir. Métetelo en la cabeza. Por fuera quizá parezcan como nosotros, pero no lo son. No son personas». Y, por mayor repugnancia moral que nos produzca la escena, es necesario reconocer que dentro de la psicología y motivaciones mediante los cuales construye Keret a sus personajes, la respuesta del oficial se impone como eminentemente plausible, e incluso casi inevitable. Esa capacidad para hacernos comprender —aunque nunca empatizar con— lo crudo y descarnado, es a menudo una señal de que nos encontramos frente a literatura, en el sentido más estricto que pueda adscribírsele al término. Y quizá la clave para adentrarnos en el universo keretiano la constituya el cuento que da nombre al libro, «Tuberías». Ahí, un joven preparatoriano con «serios problemas de comprensión» es enviado a una escuela técnica de carpintería, para posteriormente comenzar a trabajar en una fábrica de tuberías, donde se aficiona a quedarse después de su turno para construir tuberías de formas extrañas por las cuales arroja canicas, hasta que un día la canica no emerge por el costado contrario. Es entonces cuando tiene la idea de construir una tubería de gran escala, para meterse en ella y no volver a salir más pues «No creo que hubiera otro hombre en el mundo que deseara más desaparecer que yo». Cuando finalmente se sumerge queda inserto en una especie de limbo para seres que no encajan en las normas convencionales, pues «los que no se adaptan verdaderamente al mundo encuentran el camino para llegar aquí». Podríamos comprenderlo como una metáfora de lo que ha buscado Keret al construir sus tuberías extrañas, pobladas por conejos que hablan, o por un grupo de minúsculos hombrecitos que le hacen compañía a un chico al que acaba de dejar su novia, cuya compañía disfruta

Tuberías Etgar Keret Traducción de Roser Lluch i Oms Narrativa Sexto Piso • 2017 208 páginas

tanto que cuando ésta vuelve termina dejándola él, con tal de que regresen sus diminutos compañeros de cartas y de borrachera. Y es que incluso los lectores nunca terminamos de salir del todo de los sinuosos recovecos de las tuberías de Keret, o al menos no salimos sin un innominado sentido de extrañeza y de ridículo frente a aquello que hasta entonces habíamos considerado como algo perfectamente normal, convencional y deseable. Por último, quisiera hacer referencia a uno de los cuentos más hermosos del libro, «Gulliver en islandés». En él, un extranjero que ha pasado cinco miserables meses en Islandia, circundado por un frío y oscuridad que se le antojan insoportables, entra a una librería a buscar un poco de calor y luz, y tras escuchar que no venden libros en inglés, recorre igualmente las estanterías, hasta toparse con una edición ilustrada de Los viajes de Gulliver, por supuesto en islandés. Luego de comprarlo se sienta primero a hojearlo, y después a leerlo pues: «El libro es el mismo libro, y las palabras son las mismas palabras. Incluso si soy yo quien las inventa. Gulliver en islandés sigue siendo Gulliver, un libro que me gusta mucho». Al cabo de un rato, se da cuenta de que ya no advierte el frío, ni tampoco le molesta la oscuridad: una de las obras cumbre de la literatura universal, incluso en un idioma del que no comprende ni media palabra, le ha proporcionado un refugio, un escape de la hostilidad permanente a la que lo somete el mundo. Igual al que encontró Keret hace ya treinta años como respuesta a uno de los peores episodios de su vida. Igual al que encontramos nosotros cada vez que tenemos el placer de acompañarlo en su trayecto a través de las sinuosas tuberías que al parecer funcionan en su interior como si fueran las arterias de las que se nutre su existencia. •

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¡Camarada prisionero! John Berger

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a maravillosa poeta estadounidense, Adrienne Rich, dijo hace poco en una conferencia que «un informe elaborado por la Oficina de Estadísticas Judiciales reveló que este año una de cada treinta y seis personas que residen en el territorio estadounidense se encuentra entre rejas, y una gran cantidad lo está sin haber sido condenada». En esa misma charla citó al poeta griego Yannis Ritsos: En el campo la última golondrina se había demorado Suspendida en el aire como un lazo de luto en la manga del otoño No quedaba nada, mas que las casas quemadas que terminaban de consumirse.

Descolgué el teléfono y supe de inmediato que era usted quien llamaba desde su apartamento en la vía Paolo Sarpi. (Dos días después de las elecciones y del retorno de Berlusconi). La rapidez con la que identificamos una voz familiar que cae de las nubes es reconfortante, aunque también resulta algo misteriosa. Porque las unidades de medida que utilizamos para evaluar claramente la diferencia entre una voz y otra, no pueden formularse y son anónimas. No están codificadas. En la actualidad, codificamos cada vez más. Por ello me pregunto si no habrá otras medidas, igualmente sin codificar y no obstante precisas, que nos permitan calcular otros datos. Por ejemplo, el grado de libertad circunstancial que existe en una situación, su extensión y sus estrictos límites. Los prisioneros se vuelven expertos en esta materia. Desarrollan una sensibilidad particular con la libertad, no como principio, sino como sustancia granulosa. Detectan los fragmentos de libertad casi en el momento en el que se producen. En un día ordinario, cuando nada sucede y las crisis anunciadas hora tras hora son las crisis conocidas de siempre —y que los políticos se vuelven a presentar a sí mismos como la única alternativa a la catástrofe que se aproxima—, la gente, al cruzarse, intercambia miradas, y algunas de esas miradas verifican si los otros contemplan lo mismo cuando se dicen a sí mismos: ¡así es la vida!

A menudo, sí, contemplan lo mismo y en ese reparto, se inicia un cierto tipo de solidaridad antes incluso de algo que no han dicho ni debatido. Busco palabras para describir el periodo de la historia que atravesamos. Decir que no tiene precedentes tiene poco sentido, porque ningún periodo tiene precedentes desde el momento en el que se descubrió la historia. No busco una definición compleja —hay algunos pensadores, como Zygmunt Bauman, que han asumido esa responsabilidad esencial—. Sólo busco una imagen figurativa que sirva como punto de referencia. Los puntos de referencia no se explican plenamente por sí mismos, pero ofrecen coordenadas que pueden ser compartidas. En eso son parecidos a las aprobaciones tácitas que contienen los proverbios populares. Sin referentes, la humanidad corre el gran riesgo de dar vueltas sobre sí misma.

La ecuación del gulag «criminal: trabajador forzado» fue reformulada por el neoliberalismo en los siguientes términos: «trabajador: criminal oculto». Todo el drama de la migración global se expresa en esta nueva fórmula: los trabajadores son criminales en potencia. Cuando los acusan lo hacen por ser culpables de intentar sobrevivir a toda costa.

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El punto de referencia que encontré es el de la prisión. Nada menos. En todo el planeta vivimos en una prisión. La palabra «nosotros», cuando se imprime o se pronuncia en las pantallas, se ha vuelto sospechosa, en la medida en que es usada por quienes detentan el poder y dicen hablar por aquellos —y con demagogia— a quienes se le niega. Digamos «ellos» para hablar de «nosotros». «Ellos» viven en la cárcel. ¿Qué clase de prisión? ¿Cómo está construida? ¿Dónde se sitúa? ¿O es que utilizo la palabra únicamente como figura de estilo? No, no es una metáfora, el encarcelamiento es bastante real, pero para describirlo tiene uno que pensar históricamente. Michel Foucault mostró bastante bien cómo las cárceles fueron una invención de finales del siglo xviii y principios del siglo xix, con estrechos vínculos con la producción industrial, sus fábricas y su filosofía utilitarista. Antes las prisiones eran extensiones de jaulas y calabozos. Lo que distingue a la cárcel es el número de presos que puede amontonar, y el hecho de que ahí todos se encuentren bajo continua vigilancia —gracias al modelo del Panóptico, concebido por Jeremy Bentham, que introdujo el principio de la contabilidad en la ética—.


La contabilidad exige que se anote toda transacción. De ahí los muros curvos de las cárceles, con celdas dispuestas en círculos y con la torre de vigilancia en el centro. Bentham, tutor de John Stuart Mill a principios del siglo xix, fue el principal defensor utilitarista del capitalismo industrial. Hoy, en la era de la globalización, el mundo está dominado por el capital financiero no industrial, y los dogmas que definen la criminalidad y la lógica del encarcelamiento han cambiado radicalmente. Las cárceles todavía existen y se siguen construyendo cada vez más. Sin embargo, los muros de la prisión sirven ahora para algo distinto. Aquello que constituye un área carcelaria ha sido transformado.

*** Hace veinte años escribí con Nella Bielski A Question of Geography, una obra teatral sobre el gulag. En el acto dos un «zek» (un prisionero político) habla acerca de la elección con un niño que acaba de

llegar, o más bien habla de los límites de lo que se puede elegir en un campo de trabajo. «Cuando te arrastras de vuelta después de un día de trabajo en la taiga, cuando te traen de regreso medio muerto de cansancio y de frío, te dan una ración de sopa y pan. En lo que respecta a la sopa, no hay opción, tienes que comértela mientras todavía esté caliente, o por lo menos tibia. Y en cuanto a los cuatrocientos gramos de pan, tienes una opción. Por ejemplo, puedes cortarlo en tres pequeños pedazos: uno para comerlo junto con la sopa, otro para chuparlo antes de dormir en tu camastro y el tercero para guardarlo hasta la mañana siguiente a las diez, cuando trabajes en la taiga y el vientre vacío lo sientas como si fuera una piedra. »Vacías una carretilla llena de rocas. En lo que se refiere a empujar la carretilla hacia el vertedero no hay ninguna opción. Ahora que está vacía tienes una. Puedes volver caminando con tu carretilla exactamente en la misma posición en que la trajiste o —si eres listo, y la supervivencia te vuelve más astuto— puedes empujarla levantada. Si

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Ilustración de Alejandra España


eliges el segundo modo le das un descanso a los hombros. Si eres un “zek” y consigues ser líder de un equipo, tienes la opción de comportarte como un carcelero o de no olvidar nunca que eres un “zek”». El gulag ya no existe. Sin embargo, hay millones de personas que trabajan en condiciones no muy diferentes. Lo que ha cambiado es la lógica judicial aplicada a los obreros y a los criminales. Durante los gulag, los prisioneros políticos, categorizados como «criminales», fueron reducidos a realizar trabajos forzados. Hoy, millones de obreros explotados brutalmente son reducidos al estatus de criminales. La ecuación del gulag «criminal: trabajador forzado» fue reformulada por el neoliberalismo en los siguientes términos: «trabajador: criminal oculto». Todo el drama de la migración global se expresa en esta nueva fórmula: los trabajadores son criminales en potencia. Cuando los acusan lo hacen por ser culpables de intentar sobrevivir a toda costa. Quince millones de mujeres y hombres mexicanos trabajan en Estados Unidos sin papeles y en consecuencia están en una situación ilegal. Un muro de hormigón de 1200 kilómetros y otro «virtual» de 1800 torres de vigilancia están en proyecto de construcción a lo largo de la frontera entre ee.uu. y México. Se hallarán otras formas —todas ellas peligrosas— para atravesarlos. Entre el capitalismo industrial, que depende de la manufactura y las fábricas, y el capitalismo financiero, dependiente de la especulación de los mercados y de los «traders» de fachada, la zona de encarcelación se transformó. Las transacciones financieras especulativas se elevan diariamente a 1300 millardos de dólares; cincuenta veces más que la suma total de los intercambios comerciales. En el presente, la prisión es tan grande como el planeta. Las zonas que se le asignan son variables. Y pueden ser calificadas como obras en construcción, campos de refugiados, galerías de arte, periferias urbanas, guetos, conjuntos de oficinas, chabolas, suburbios… Lo que es esencial, es que todos los que se encuentren encarcelados en esas zonas sean camaradas prisioneros.

Quienes tienen empleo legal y no son pobres viven en un espacio muy reducido que les permite cada vez menos opciones –a excepción de la continua opción binaria entre obediencia y desobediencia–. Sus horas de trabajo, su lugar de residencia, sus habilidades pasadas y sus competencias adquiridas, su salud, el futuro de sus hijos, todo lo que queda fuera de su función como empleados debe ceder modestamente su lugar a las vastas e imprevisibles exigencias del beneficio líquido. Además, a la rigidez de esta regla del establecimiento penitenciario se le llama flexibilidad.

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*** Es la primera semana de mayo y en el hemisferio norte, en las laderas de colinas y montañas, a lo largo de las avenidas y alrededor de las alambradas, a la mayoría de los árboles les crecen las hojas. No sólo son distintos todos sus matices de verde, sino que la gente tiene la impresión de que cada hoja es diferente, que se confrontan a billones, no, no a billones (la palabra la corrompieron los dólares), sino a una multitud infinita de hojas nuevas.

Para los prisioneros, los pequeños signos de la permanencia de la naturaleza han sido siempre, y lo siguen siendo, algo que les anima en secreto.

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Hoy, la finalidad de los muros de la prisión (ya sean de cemento, electrónicos, de vigilancia o de interrogatorio) no es la de mantener a los prisioneros dentro para rehabilitarlos. Su finalidad es la de no integrarlos y que queden excluidos. Casi todos los excluidos son anónimos —de ahí la obsesión de las fuerzas de seguridad con la identidad—. También son innombrables por dos razones. Primero, porque su número fluctúa: cada hambruna, catástrofe natural e intervención militar (que ahora se llama restablecimiento del orden) disminuyen o incrementan la multitud de excluidos. Y, después, porque evaluar su número supone asumir el hecho de que constituyen la mayoría de los habitantes de la tierra, y reconocer eso implicaría hundirse en el absurdo total.

*** ¿Se ha dado usted cuenta de que cada vez es más difícil sacar las mercancías pequeñas de sus envoltorios? Algo semejante ocurre con las vidas de quienes tienen un empleo lucrativo. Quienes tienen empleo legal y no son pobres viven en un espacio muy reducido que les permite cada vez menos opciones —a excepción de la continua opción binaria entre obediencia y desobediencia—. Sus horas de trabajo, su lugar de residencia, sus habilidades pasadas y sus competencias adquiridas, su salud, el futuro de sus hijos, todo lo que queda fuera de su función como empleados debe ceder modestamente su lugar a las vastas e imprevisibles exigencias del beneficio líquido. Además, a la rigidez de esta regla del establecimiento penitenciario se le llama flexibilidad. En prisión el sentido de las palabras se invierte. La presión alarmante de las condiciones del trabajo altamente calificado ha obligado recientemente a los tribunales japoneses a reconocer y definir un nuevo tipo de muerte legal por exceso de trabajo. Ningún otro modelo es posible, dicen a los empleados bien remunerados, no hay alternativa. Suban al ascensor. El ascensor es una celda pequeña.


*** En alguna parte de la prisión sigo con la mirada a una niña de cinco años mientras toma su clase de natación en la piscina municipal cubierta. Lleva un traje de baño azul oscuro. Sabe nadar, pero no se siente segura como para nadar sola sin ayuda. El instructor la lleva al lado profundo de la piscina. La niñita va a saltar al agua mientras se aferra a la barra larga que le acerca su maestro. Es una manera de dominar su miedo al agua. Ayer hicieron lo mismo. Hoy el maestro quiere que la niña salte sin agarrarse a la barra. ¡Uno, dos, tres! La niñita salta, pero en el último momento se agarra de la barra. No dice ni una sola palabra. Una leve sonrisa se cruza entre el hombre y la niña. La niña se apena, el hombre es paciente. La niña sale de la piscina trepando por la escalera y regresa al borde. ¡Otra vez!, silba. Salta con las manos pegadas al cuerpo, sin sostenerse a nada. Cuando vuelve a la superficie, la punta de la barra ahí está, enfrente de su nariz. De dos brazadas llega a la escalera sin haber tocado la barra. ¿Estoy sugiriendo que la niña del bañador azul oscuro y el profesor en sandalias son prisioneros? Es cierto que en el momento en el que la niña saltó sin agarrarse, ni una ni el otro estaban en prisión. Sin embargo, si pienso en los próximos años o miro al pasado reciente, me temo que tanto una como el otro se arriesgan a ser o a volver a ser prisioneros, incluso a pesar de lo que acabo de describir.

*** Consideremos la estructura del poder en el mundo que nos rodea y la manera en la que funciona su autoridad. Cada tiranía encuentra e improvisa sus propios medios de control. Es por eso que a menudo, al principio, no los reconocemos como lo que son: odiosos medios de control. Las fuerzas de mercado que dominan el mundo afirman que son inevitablemente más fuertes que cualquier Estado-nación. La afirmación se corrobora constantemente. Eso sucede desde la llamada no solicitada que intenta persuadir al suscriptor de que compre una nueva póliza de seguro médico o una pensión, hasta el reciente ultimátum de la Organización Mundial de Comercio. El resultado es que la mayoría de los gobiernos ya no gobierna. Un gobierno ya no dirige su rumbo hacia el destino de su elección. La palabra «horizonte», con su promesa de un futuro esperado, desapareció del discurso político de la derecha y de la izquierda. Sólo queda un único tema de debate: cómo medir lo que nos queda. Ya no se dirige; no se desea: se vuelve a los sondeos de opinión. La mayoría de los gobiernos pastorean en lugar de maniobrar el timón. En la jerga carcelaria estadounidense, herder (pastor) es uno de los muchos apodos usados para los carceleros. En el siglo xviii, el encarcelamiento de largo plazo era definido, con gran aprobación, como «muerte cívica». Tres siglos más tarde, los gobiernos imponen —por la ley, la fuerza, el bullicio y por sus amenazas económicas— regímenes de muerte cívica.

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*** ¿Haber vivido en el pasado bajo cualquier régimen no fue una forma de encarcelamiento? Sí, aunque no en el modo en que lo describo. Lo que se vive hoy es nuevo por su relación con el espacio. Es aquí donde el pensamiento de Zygmunt Bauman resulta iluminador. Pone de relieve que las fuerzas de los mercados que ahora gobiernan el mundo son extraterritoriales, es decir, no tienen restricciones debidas al territorio, no tienen las restricciones propias de la localización. Se encuentran siempre lejos, son anónimas y de esta manera nunca toman en consideración las consecuencias físicas, territoriales, de sus acciones. Bauman cita a Hans Tietmeyer, presidente del Banco Federal de Alemania: «El reto de hoy es crear condiciones favorables para dar confianza a los inversores». La única y suprema prioridad. De ello se desprende que el control de las poblaciones reducidas a productores, consumidores y pobres marginados es la tarea asignada a los gobiernos nacionales que obedecen. El planeta es una prisión y los gobiernos son dóciles, sean de derecha o de izquierda, son los vigilantes de los rebaños. El sistema carcelario funciona gracias al ciberespacio. El ciberespacio ofrece al mercado una velocidad de intercambio que lo vuelve casi instantáneo, y que se usa en todo el mundo a cada instante para comerciar. Esta rapidez permite que la tiranía del mercado pueda ejercerse en un espacio extraterritorial. Tal velocidad, sin embargo, tiene un efecto patológico sobre quienes lo hacen funcionar: los anestesia. Pase lo que pase, los negocios continúan. El sufrimiento no cabe en la velocidad, tal vez efectos de anuncio del sufrimiento, pero no el sufrimiento inherente a esa forma de operar. Antes, los tiranos eran inmisericordes e inaccesibles pero eran vecinos, gente sujeta al dolor. Esto ya no sucede así, y esto a largo plazo será el error fatal del sistema.

*** Las altas puertas se vuelven a cerrar Estamos dentro del patio carcelario Y es una nueva temporada

«Ellos» son (nosotros somos) camaradas presos. Reconocer eso, en cualquier tono de voz que lo declaremos, implica un rechazo. En ningún lugar como en la prisión se calcula y se espera tanto el futuro como algo totalmente contrario al presente. Los encarcelados nunca aceptan el presente como un fin. Entre tanto, ¿cómo vivir este presente? ¿Qué conclusiones sacar? ¿Cómo actuar? Tengo algunas sugerencias, ahora que el punto de referencia ha sido ubicado. De este lado de los muros se atiende a la experiencia, ninguna experiencia se considera obsoleta. Aquí se respeta la acción de supervivencia, y resulta banal decir que la supervivencia depende como norma general de la solidaridad entre los camaradas prisioneros. Las autoridades lo saben, por eso recurren al régimen de confinamiento incomunicado, ya sea por medio del aislamiento físico o mediante llamadas telefónicas que no transmiten al prisionero, y es así como los individuos quedan aislados de la historia, de su herencia humana, de la tierra y, por encima de todo, de un futuro en común.


Ignoren el parloteo de los carceleros. Hay por supuesto carceleros malos y menos malos. En ciertas condiciones es útil dar cuenta de la diferencia. Pero aun lo que dicen los menos malvados es una «puta basura». Sus himnos, sus consignas, sus fórmulas de encantamiento como seguridad, democracia, identidad, civilización, flexibilidad, productividad, derechos humanos, integración, terrorismo, libertad, se repiten incesantemente con el fin de confundir, dividir, distraer y calmar a los compañeros de celda. En este lado de los muros, las palabras que profieren los carceleros carecen de sentido y ya no son útiles para reflexionar. Nada penetran. Rechácelas incluso en sus pensamientos íntimos. En contraste, los prisioneros tienen su propio vocabulario que alimenta su pensamiento. Muchas palabras se mantienen en secreto y muchos de los términos locales y sus matices son indecibles. Palabras y expresiones diminutas que contienen todo un mundo: te enseño como lo hago, a veces de putamadre, soplón, algo pasa en el ala B, en cueros maricona, toma este pequeño pendiente, muerto por nosotros, anda, dale, no chingues, etcétera.

mún. Esta imagen de la humanidad, según la transmite su visión del mundo es, a decir verdad, otra vez algo sin precedentes. El hombre es presentado como un cobarde. Sólo los ganadores son valientes. Además, no hay regalos, sólo hay premios que tienen que ganarse. Los prisioneros siempre han encontrado formas de comunicarse entre ellos. En la prisión mundial de hoy, el ciberespacio puede ser usado en contra de los intereses de quienes primero lo instalaron. Así, los prisioneros se informan entre ellos acerca de lo que el mundo hace día tras día, y escuchan de nuevo las historias suprimidas del pasado, y así se encuentran, hombro con hombro, con los muertos. Al hacer eso, redescubren pequeños regalos, ejemplos de valentía, una rosa solitaria en una cocina donde no hay suficiente para comer, dolores que no se pueden borrar, la energía infatigable de las madres, la risa, la asistencia mutua, el silencio, la resistencia que se extiende sin cesar, el sacrificio voluntario y más risas.... Los mensajes son breves, pero se asoman a la soledad de sus (nuestras) noches.

Las fuerzas de mercado que dominan el mundo afirman que son inevitablemente más fuertes que cualquier Estado-nación. La afirmación se corrobora constantemente. Eso sucede desde la llamada no solicitada que intenta persuadir al suscriptor de que compre una nueva póliza de seguro médico o una pensión, hasta el reciente ultimátum de la Organización Mundial de Comercio.

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Entre los compañeros de celda hay conflictos, a veces violentos. Todos los prisioneros están en estado de privación, aunque hay diversos grados de privación y esas diferencias de grado provocan envidias. De este lado de los muros la vida no vale mucho. La carencia de rostro de la tiranía global alienta cacerías de chivos expiatorios para hallar, entre los otros prisioneros, enemigos definibles en lo instantáneo. Entonces, las asfixiantes celdas se vuelven manicomios. Los pobres atacan a los pobres, los invadidos saquean a los invadidos. No hay que idealizar a los camaradas presos que comparten la misma prisión. Sin idealizar, recuerden simplemente lo que tienen en común —sus sufrimientos inútiles, su entereza, sus astucias— que son más significativas, más reveladoras, que aquello que los separa. Y de ahí nacen nuevas formas de solidaridad. Las nuevas formas de solidaridad comienzan con el reconocimiento mutuo de las diferencias y de la multiplicidad. ¡La vida es así! Una solidaridad, no de masas, sino de gente que se conecta, una solidaridad mucho más apropiada para las condiciones de la prisión.

*** Las autoridades hacen sistemáticamente todo lo posible para mantener mal informados a los compañeros de celda sobre lo que ocurre en otras partes de la prisión planetaria. No adoctrinan en el sentido agresivo del término. El adoctrinamiento está reservado para entrenar a la pequeña élite de «brokers», así como de expertos en administración y dirección de empresas y mercados. Al tratarse de la población global de presos, su finalidad no es activarlos, sino mantenerlos en incertidumbre pasiva, recordarles sin cesar que no hay nada en la vida, sólo hay riesgos, y que la tierra es un lugar peligroso. Esto se logra mediante una información seleccionada cuidadosamente, acompañada de desinformación, comentarios, rumores y ficciones. En la medida en que funciona, propone y mantiene una alucinante paradoja porque hace que la población de la cárcel crea, abusivamente, que la prioridad de cada uno es tomar las disposiciones necesarias para su propia protección y asegurar de manera egoísta, aunque estén en la cárcel, una forma de ser excluido del destino co-

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El último punto de referencia no es táctico, sino estratégico. El hecho de que los tiranos del mundo sean extraterritoriales explica la extensión de su poder de vigilancia, pero muestra también una inminente debilidad. Operan en el ciberespacio y se alojan en copropiedades protegidas. No saben nada de la tierra que les rodea. Incluso, desprecian ese conocimiento por considerarlo superficial y poco profundo. Únicamente tienen importancia los recursos que están bajo la tierra. Son incapaces de escuchar a la tierra. Encima de la tierra son ciegos. En lo local, están perdidos. Lo contrario es cierto para los que comparten una prisión. Las celdas tienen muros que se encuentran en el mundo entero. Los actos eficaces de resistencia sostenida estarán enraizados en lo local y son, al mismo tiempo, próximos y lejanos. La resistencia en medio de la nada permite escuchar a la tierra. La libertad se descubre poco a poco, no afuera, sino en las profundidades de la prisión.

*** No reconocí de inmediato su voz, que me hablaba desde su apartamento en la vía Paolo Sarpi. También pude adivinar, gracias a su voz, lo que usted estaba experimentando. Sentí instintivamente su exasperación o, más bien, una resistencia exacerbada que se acopla —y eso se asemeja tanto a usted— a los rápidos pasos de nuestra esperanza que camina. • Traducción de Hero Suárez

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¡Salve!

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¡Salve! «Si las cosas te van bien, despierta del sueño». En la fachada del Palazzo Bocchi, entre versos de Horacio en latín y citas de la Biblia en hebreo grabadas en la piedra, veo pintado este aviso. ¿Estoy despierto? ¡Sí! Y ya fuera del Hotel Bologna de la Gare. Solamente son verdaderos los pensamientos que no se comprenden a sí mismos. ¡Salve! Sólo amar a las desconocidas. Aquí caminan bajo los soportales como si avanzaran entre caminos de espinos cubiertos de rocío. En la alta hierba perfumada de los campos, el caracol negro azabache trepa y echa sus cuernos tan rojos como la Torre degli Asinelli o la Garisenda. ¿Es delito, o acaso pecado mortal, pensar que esta muchacha que custodia las ánforas en el Museo Civico Archeologico del Palazzo Galvani, es la única vestal que permanece viva? Entró con una silla en la mano y, como de un estante, tomó mi vida y sopló las frías cenizas. El existir es únicamente interesante cuando es ruina de un sueño, aquello que ha quedado como grava de esperanza. ¿Cómo no amarse a uno mismo? ¿Cómo no zafarse de su propio odio? ¿Es lo deseado por deseable fuente de un mayor placer que puede convertirse en un gran dolor? El amor, como este caminar, prolonga el envejecimiento pero no nos dispensa del mismo. Dolor furioso, amor en pena. ¡Bologna! ¡Ubique nuscuam! En ningún lugar y en todos al mismo tiempo. Voluntades flotantes. El menor número de palabras posibles para el mayor sentido posible. El mínimo posible de espacio y tiempo perdidos para el máximo posible de alma. Pasó el turno de la muchacha vigilante. Como el amor, aparenta alejarse para mejor acercarse. ¡Ah, la fingida indiferencia! ¡Quién pudiera permanecer aquí como parte de las urnas vacías! Locus amoenus. Belleza del lugar y tristeza del poeta. Lo dado, inexplicablemente, al menos lo poseo. Locus amoenus. Finalmente su cuerpo expuesto en el Archiginnasio. Una carne tendida sobre un mármol blanco. Un cuerpo cualquiera, así son todos los que aquí yacen. Y entonces el profesor Lacan desde la cátedra de los despellejados emite esta sentencia: «Amar es dar aquello que no se tiene a alguien que no existe». Y la luz pura que atraviesa los vitrales se dora al rozar contra las maderas. ¿Entonces, para qué esta tan larga caminata? ¡Salve! «Si las cosas te van bien, despierta del sueño», porque todo sigue igual y tú lo sabes. No dar la espalda a las desconocidas, sino seguirlas a todas partes. Eros es una piedra de afilar el alma. El alma que se pierde al conocerlas, al desvelarlas. ¡Belleza! monstruo enorme, ingenuo y espantoso. ¿Es verdad que sólo cuando el aquí se afirma deseamos estar en otra parte? El mármol blanco del Teatro anatómico brilla como piedra filosofal. Curvilíneo se ajusta a esas caderas desnudas en penumbra. El cuerpo femenino era entenebrecido por vergüenza apenas se vislumbraba la abierta granada, la abierta nada. Pero la desnudez masculina es más vergonzosa porque es más explícita. La parte exterior del hombre tiende a revelar sus sentimientos de un modo particularmente explícito, tanto si quiere como si no. Insubordinación del cuerpo a la voluntad. Piedra pulida como gélida laja de Carrara sacudida por baldes de agua para evitar lo sanguinolento. En el


13 país de las piedras erectas cavan pozos. La fe, como el amor, no pregunta. ¡Salve! Sólo amar a las desconocidas. La fe sólo puede ser creencia en lo que no se cree. Mientras exista la muerte: abrazarse, estrecharse, acariciarse y conversar. La única protesta contra quien más nos desea. ¡Qué desastre si una mujer nos ama porque nos lo merecemos! ¡Qué aburrimiento la felicidad como premio o recompensa a un trabajo de seducción tan bien hecho! Sólo amar a las desconocidas. ¿Por qué un sentimiento puro tan mal correspondido? Gloriarse en las tribulaciones, esperar desesperando mientras caminamos por los mismos soportales. Citramontani (de más acá) de los Alpes. Ultramontani (de más allá) de los Alpes. Dolor furioso ¿Contra quién? ¿Contra qué? Mujeres y hombres claman en el Compiatto su Cristo morto. ¿No era aquel el hijo de Dios? ¿No era aquel Dios mismo? Y la falsa puerta de Sameri, en la sección egipcia del Archeologico, esperando aún a ser traspasada. Quien no soporta el vacío busca un tiempo lleno. Tiempo desacelerado en el Archiginnasio, tiempo humano. Mármol del Teatro anatómico: un lecho entre verano e invierno. ¡Salve! Sólo amar a las desconocidas. Amaríamos incluso si la persona amada no te amase, te confirmara que no te ama, precisamente porque no te ama y, sobre todo, porque te lo ha dicho con su silencio. Amaríamos incluso más porque sólo así se puede olvidar. En el bar de la estación de Bolonia, una desconocida se levanta de una mesa y dejando apoyada su mano derecha me mira. Llueve en Parma, tanto como para inundar la cávea del Teatro Farnesio y hacer naumaquias. La desconocida camina balanceándose como si hiciera el amor. En la Camera di San Paolo unos frescos de Diana y una frase de Pitágoras: «Ignem gladio ne fodias». Yo tampoco atizaría el fuego con la espada. Llueve en Parma y, sin embargo, el río va seco. En el bar de la estación, una desconocida se levanta de una mesa y dejando apoyada su mano derecha me mira. ¿Citramontani? ¿Ultramontani? El tren se retrasa. Las desconocidas entonces quieren entablar amistad. ¡Huyo! Hace un sol espléndido en Florencia. Entro en los Uffizi para contemplar a las viejas damas de lapislázuli. Asciendo por las losas de la Laurenziana como si pisara caparazones de tortugas. Subo las escaleras de San Miniato para despedirme del Arno. Al partir del Hotel Brunelleschi dejo escritos versos en una carta para la próxima desconocida que ocupe mi mismo lecho. «Dame tus manos para dormir sobre ellas la lenta y ociosa eternidad». En el bar de la estación de Florencia, una desconocida se levanta de una mesa y dejando apoyada su mano derecha me mira. ¡Salve! «Si las cosas te van bien, despierta del sueño». Estoy entre resplandores, como ciego. Mi mirada no encuentra el camino de vuelta. ¡Oh Polixena! Tus ojos en cada desconocida. ¡No mirarlos! Me refugio en el escudo de la medusa de Caravaggio y lucho contra mí mismo, la forma más fácil de derrotarse ¡Salve! ¡Ay! las mujeres bellas atormentadoras de los ojos, hacen crecer más lentamente la hierba, de un verde intenso, entre las tumbas.

César Antonio Molina


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Sexo en el piso • Por Abraham Cruzvillegas

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n un gerundio deliberado, como un carnaval de pasiones, como el desencadenamiento de una lujuria que hubiera estado amarrada por sexenios, se suceden en las yemas de sus dedos las texturas de los distintos papeles, con sus relieves de tinta: leyendo. Los olores lo invaden morbosamente, las esporas que gravitan desde las humedecidas fibras de celulosa le taladran el cerebro como brocas milimétricas de encarnecido bronce -de joyero- indiferentes a mocos y capilaridades nasales, y se enredan en sus hélices excéntricas, que no exuberantes, e invaden las circunvoluciones más intrincadas y enredosas de sus sesos, las más retorcidas y caprichosas, configurando visiones frenéticas y alocadas, húmedas. Su lengua pálida y rosita, al remojar la punta de su encorvado índice artrítico para pasar hoja tras hoja, rellena sus papilas con el sápido recuerdo de las toallas ásperas de la casa de su infancia, la de sus ancestros blancuzcos y también marchitos, definitivamente no son sensaciones nostálgicas, mucho menos melancólicas, sino más bien macilentas y mustias; el sabor a tortilla podrida de un sobre que se lame a lo largo de su borde engomado después de incrustarle una misiva escrita por primera vez y a mano, en el tiempo en el que ya nadie escribe cartas, extirpado de un desfallecido folder manila, un legajo largamente almacenado —olvidado— en el rincón más oscuro del cajón de una cómoda reblandecida ante la falta de luz. Cruje la materia en su esencia liviana, frotándose infraleve pliego por pliego,

tallándose, esculpiéndose en el acto insalvable del beso que debiera ser llamado negro, de la letra contra la letra. Ahí entierra la mirada, hinchada de sangre, buscando ese momento en el que la caja de cada publicación funciona como un engranaje visual, independientemente de la narración, de lo escrito, de lo dicho, algo que ya nada tiene que ver con los relatos contenidos en sus páginas: son los grafismos los que se afanan en un escarceo desaforado e insolente, indiferente a su enfebrecido voyeur, fisgona humanidad doctorada en hallazgos animistas de romances tipográficos. Sus espacios interlineales son remansos en el torbellino que configura en su espejismo ilusorio, mezclando una cosa con otra, autores y editoriales que se vuelven una sola cosa, revoltijos promiscuos, paréntesis extáticos de ojos en blanco y trances místicos, exabruptos de tranquilidad en la vorágine del deseo concupiscente de la impaciente Calibri y la dulce Euphemia Ucas, la castigadora Helvética y la discreta Arial, la hipócrita Garamond y la gritona Lucida Grande. En sus lomos se solaza impertérrita ante volúmenes gordos y densos, y al revés, ensueña en prolongar dicho placer, empuñando con decisión, a manos llenas, la materialidad patente de cada título, embebida en una inconmensurable fuente de satisfacción concupiscente, sin hipocresía. Ahora decidirá si ir a Lollapallooza, a Coachella o al Burning Man. •

Muslámenes. Novela por entregas • Por Daniel Saldaña París

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n los últimos 30 días he asistido a 30 reuniones de Adictos Anónimos para combatir mi dependencia del Protax, esa sustancia controlada que me hace descontrolarme y alucinar conspiraciones que me tienen en la mira. He ido a reuniones en sótanos de iglesias y centros comunitarios por todo Montreal, al este y al oeste de la montaña. Higher Power es la reunión de los martes por la tarde, en el sótano de una iglesia católica cerca de la Gran Biblioteca: un amplio espacio bien iluminado, con sillas dispuestas en hilera sobre un templete circular. Se trata de un grupo liderado por mujeres jóvenes, que empezaron su recuperación a una edad temprana luego de tocar fondo en la pubertad. Un aire de bienestar económico no logra esconder las profundas angustias y las titánicas luchas de los miembros del grupo, que han decantado el arte de la oratoria y de la construcción autobiográfica organizada alrededor de un evento definitorio —una espiral descendente, una experiencia personal de la catástrofe—. Into the Light es la reunión de los miércoles, en un salón de usos múltiples de un gimnasio comunitario. La reunión transcurre justo debajo de la sala de levantamiento de pesas, de modo que los adictos deben lidiar con la estresante presencia de ruidos atronadores que los perturban durante la hora y media que dura el rito. Asisten viejos motociclistas de los años 80, exconvictos, ladrones de banco y, como yo, toxicómanos aburridos que se engancharon a psicofármacos experimentales. Los jueves hay escasez de buenas reuniones. Uno debe tomar el autobús hasta Westmount o Notre-Dame-de-Grace para asistir a alguna reunión anglófona (las francófonas son más accesibles). Una buena opción es Stepping Stones, en el polvoriento ático de una parroquia del lado Oeste. Los miembros regulares son franc-

masones que llevan asistiendo al menos dos décadas y han fundado una tradición paralela, en el disenso, marcadamente más religiosa y apocalíptica que otras reuniones. Los viernes es de rigor allegarse hasta Les Cercles de l’Enfer, una reunión francófona que siempre ofrece altas dosis de drama, frecuentada sobre todo por strippers retiradas, morfinómanos híper tatuados y pandilleros que citan los evangelios con envidiable destreza y abstruso acento suburbano. Los sábados es buena opción la reunión de Adictos Anónimos en español, creada por la comunidad centroamericana de Montreal que trabaja en las inmediaciones del mercado Jean-Talon. El café es malo, pero la reunión dura casi tres horas y ofrece una variedad de personajes interesantes que incluye caibiles arrepentidos, mareros semirreformados y narcomenudistas enviados por un juez de distrito. Las historias de migración confluyen con las de violencia de una manera casi armónica. Los domingos se puede madrugar para Living the Program, la reunión de las 8 am en el viejo puerto. Asisten, además de oficinistas cocainómanos, algunas amas de casa dependientes de los opiáceos que siempre llevan ricas donas de chocolate. Hay también un judío jasídico que nunca dice una sola palabra. Los lunes en general descanso: me concentro en sentir plenamente el síndrome de abstinencia y en contemplar el teléfono con aire grave, calculando cuánto tiempo tardaría mi díler de Protax en traerme un frasco hasta la puerta de mi casa. Las brumas conspiratorias comienzan a disiparse conforme afuera el clima cambia rápidamente, del calor a las lluvias otoñales y de ahí a las primeras nieves del año, que ejercen un efecto balsámico sobre mi atribulado espíritu. •

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Contribución a la historia universal de la ignominia Creo en el principio de la familia. Creo en el matrimonio, no en las otras zonceras. El matrimonio es hombre-mujer. Punto. Si alguno de ustedes cree lo contrario, convenza a la sociedad. Yo no. Yo creo en eso. Así fui formado, ustedes también, regresemos a eso, hagamos que la sociedad se compacte y entonces Nuevo León será (…) el mejor lugar para vivir para nosotros. Jaime Rodríguez Calderón, «el Bronco», gobernador de Nuevo León, en una intervención ante la Cumbre de Negocios de Bienes Raíces Monterrey 2017.

Lo que menos queremos nosotros en el estado es tener niños en estas condiciones (con discapacidad), y el sector salud se encarga de eso, y cada día vamos a tener menos, y cada día vamos a tener menos, y cada día así lo vamos a tratar de trabajar, es que cada vez se requieran menos maestros para estos niños, porque lo que más queremos es que no existan, porque lo ideal es tener un niño bien, en buenas condiciones. Marisol Alamilla, secretaria de Educación de Quintana Roo, aparentemente defendiendo alguna especie de versión moderna de eugenesia.

Odunacam • Por Liniers

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Voy a llevar esto conmigo por si acaso me encuentro con periodistas. Greg Abbot, gobernador de Texas, bromeando tras haber disparado contra una diana que quedó agujereada, insinuando que su próximo blanco podrían ser periodistas.

Soy un hombre de fe, soy un hombre que cree en Dios, soy un hombre que está seguro que el camino de la fe y el camino de Dios es el que nos va a llevar a triunfar, a ayudar a resolver los problemas que tienen las familias. Alfredo del Mazo, candidato del PRI a la gubernatura del Estado de México, en una inmejorable muestra de la separación entre religión y política.


Carlos Manuel Álvarez

Ingenieros y

traficantes

M

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auro Godínez no se llama Mauro Godínez, pero dos razones impiden que ustedes conozcan su verdadero nombre. Primero: Mauro lo pidió. Segundo: Mauro es mi amigo personal y no quiero que nada le suceda. Pidió, también, que no me vistiera de héroe ni me robara sus méritos y le dije que ni muerto, que cómo: tan patán y cobarde. Ambos teníamos veintidós y ambos estudiábamos en la universidad, pero existían sutiles diferencias. Yo todavía recibía dinero de mi madre y Mauro ya mantenía a su familia. Yo no vendía ni el almuerzo y Mauro era un negociante de marca mayor que cursaba ingeniería y que, además, manejaba ambas cosas con plena soltura. No era lo que se dice un alumno muy aplicado, pero sí bastante astuto. En una escuela de extremo rigor, nunca había reprobado. Nunca había arrastrado ninguna asignatura, por más que se hubiera visto en las últimas. Y dirigía, aunque, más que dirigir, guiaba una pequeña mafia, un conciliábulo en el que había instaurado sus muy personales y democráticas leyes. No era mayor que los demás, pero el resto confiaba en su persona: uno de esos muchachos que con quince años parecen de treinta, y con pocos más de veinte transmiten la sensación de haberlo vivido todo. Pragmático, algo gruñón e impenetrable. Revestido, para sus íntimos, de una tierna reciedumbre. No le gustaba —no le gusta— llamar la atención, que algo destaque en su presencia. Su rostro no es un rostro viejo, tampoco inexperto. Cuando dice algo, eso es lo que pasa. En aquel entonces, incluso, decía cosas en contra de la lógica, pero el azar lo ayudaba para que finalmente no perdiera el estatus y el prestigio del que gozaba entre sus compañeros de cuarto. En los apartamentos 28 y 42 del edifico 34 de la cujae —la mayor universidad de ciencias técnicas del país, al oeste de La Habana—, casi todos los estudiantes eran de la provincia Matanzas, y los que lo

Volvamos: los sesenta fueron los años del hombre nuevo. Los setenta, la supuesta consumación de ese supuesto hombre nuevo. Los ochenta, las primeras erosiones del hombre nuevo. Los noventa, el derrumbe abrupto, sísmico, del hombre nuevo. Los dos mil, el cadáver danzante del hombre nuevo. Y esta segunda década del veintiuno, el hombre que ya no importa si es nuevo o no, sino simplemente que sea.

eran, sin excepción alguna, gracias a un próspero negocio de tráfico de mercancías ganaban mensualmente veinte o treinta veces el salario medio de un trabajador estatal cubano. En un par de años serían ingenieros y traficantes. Una combinación que parecía infalible. Y que sólo existe en este país.

***

Era sábado —mayo de 2012— y había llovido. Cuando llueve, Cárdenas, a diez kilómetros de Varadero, setenta de Matanzas y trescientos de La Habana, se pone insoportable. Hay lugares donde la lluvia despeja y hay lugares donde enturbia. La tierra roja se había removido y las fachadas reforzaban ese extraño estado de ánimo que son las tonalidades provincianas. Mauro, huyendo de una patrulla, tocó a mi puerta. Se sentó, se secó el sudor, bebió agua, me explicó, y pasados veinte minutos salimos a la calle, cada cual con una mochila. A menos de doscientos metros quedaba el puesto de taxis donde Mauro se embarcaba hasta Colón, un municipio más al sureste. Según la rutina, poco antes de llegar a Colón, su amigo Fidel lo esperaba en una moto para evitar las zonas céntricas: las miradas indiscretas, los policías casuales. Fidel y Mauro practicaban una amistad que se había gastado el lujo de forjarse en los estudios, pero también en el veleidoso mundo de los negocios, aún cuando se sabe que los negocios significan la muerte de la amistad y que más vale buscarse el dinero y entrar en acuerdo con tipos lejanos, sujetos con los que no exista la más mínima relación de afecto. Ellos, sin embargo, parecían contar con la inteligencia suficiente para ubicar cada cosa en su sitio. Aquel día, en Cárdenas, Mauro había recogido la mercancía en casa de su amigo Lázaro, estudiante también de la cujae. Era una rutina que cada fin de semana se cumplía a cabalidad. De La Habana a Cárdenas, de Cárdenas a Colón y de Colón nuevamente a La Habana. Mauro sólo creía en el trabajo. No en las casualidades. No en la suerte. No en los demás. Sólo en su astucia y en la experiencia que había venido acumulando. No obstante, algunos sucesos


puntuales le habían sembrado cierto resquemor y entonces bromeaba o hacía como que bromeaba, para restarle importancia. Nos sentamos en una maceta inmensa, un bloque de concreto que reposaba al lado de la carretera y del que se alzaban unas arecas marchitas, demacradas. Camuflamos las mochilas dentro, nos alejamos un tanto, para que no pudieran relacionarnos con nada, y luego nos pusimos a esperar un taxi. La patrulla había pasado hacía menos de media hora y podía regresar en cualquier momento.

*** Es muy gráfica la historia de Cuba en este último medio siglo. Mi generación, en caso de que exista algo que pudiésemos llamar generación, no deja de poseer cierta coquetería propia, una interesante ambigüedad. Primero: los sesenta fueron los años de justicia social. Los setenta, de igualitarismo. Los ochenta, de reconocer que algunas cosas no eran tan pulcras como se pensaban. Los noventa, el derrumbe de la realidad y la admisión de que algunas cosas no sólo no eran tan pulcras, sino de que podían e iban a ser mucho más duras de lo que se esperaba. Los dos mil, un intento desesperado por arribar al comunismo. Y esta segunda década del veintiuno, otro intento de recomenzar el óleo. ¿Cómo recomienza el óleo? Con Mauro Godínez, por supuesto.

*** Desde que ingresaron en la cujae, en septiembre de 2008, Mauro y Fidel tenían claro que debían ganarse la vida de alguna manera y comenzaron, aún muy amateur, a comprar en La Habana paquetes de galletas y espaguetis en quince pesos y a venderlos en veinticinco en Colón (al interior del país todo escasea). Pero eso duró poco. Luego contactaron, en el propio Colón, con campesinos proveedores de queso blanco y después de visitar decenas de pizzerías en La Habana consiguieron tres puntos a los que suministrar. Compraban la libra en diez pesos y la vendían en diecisiete. En esos primeros años, varias atenuantes los golpearon. La informalidad de los compradores, los riesgos que corrían al traficar mercancías sin autorización estatal alguna y el propio ritmo de los estudios universitarios. Incluso pensaron desistir, pero una tarde, en una tienda de Miramar, Fidel compró varias gomas para la moto de su padre en diez cuc,1 y en Colón varios interesados le ofrecieron más del doble. Fidel le comentó a Mauro, quien pidió a su novia un fondo prestado para siete gomas. Con la ganancia, invirtió en el negocio del ron a través de un amigo de su familia trabajador de la fábrica Arrechavala (refinería cardenense en la que se contrabandea ron a granel). Compraba las botellas y luego las vendía en la beca a un condiscípulo de Pinar del Río, quien, a su vez, las revendía en las fiestas nocturnas de la cujae. Tanto Mauro como Fidel consiguieron en Colón proveedores de puré de tomate y comenzaron a venderles a las cafeterías particulares que quedaban frente a la universidad. Todo esto exigía, como es lógico, una larga faena de relaciones públicas. En su primer año, Mauro acumuló tres extraordinarios, pero logró sacarlos a flote.

*** Mauro es resultado endémico de mi generación. Alguien que actúa proactivamente y que sabe lo que tiene que hacer antes de que las cosas se pongan más color de hormiga de lo que normalmente ya están en Cuba. Mi padre, por ejemplo, nunca hubiera hecho lo que Mauro hacía. Y en efecto, nunca lo hizo. Venía, mi padre, de una familia extremadamente pobre, luego estudió sin pagar un centavo, se graduó de la universidad en 1986, y siempre creyó que podría vivir como un profesional. Pero vivió como

obrero y ganó como obrero. Sin embargo, era demasiada su gratitud, su fe, la deuda moral y personal contraída como para abjurar. Volvamos: los sesenta fueron los años del hombre nuevo. Los setenta, la supuesta consumación de ese supuesto hombre nuevo. Los ochenta, las primeras erosiones del hombre nuevo. Los noventa, el derrumbe abrupto, sísmico, del hombre nuevo. Los dos mil, el cadáver danzante del hombre nuevo. Y esta segunda década del veintiuno, el hombre que ya no importa si es nuevo o no, sino simplemente que sea.

*** La primera y segunda reglas resultaron vitales. Las aprendió en una noche de mucho calor. Llevaba espaguetis en la mochila y se paseaba relajado al borde de la carretera. Vestía camiseta, chancletas y short. Unas luces se acercaron y al suponer que era un taxi, no la patrulla, hizo una seña, a lo que siguió un manoteo despectivo. Los policías giraron en redondo. Le pidieron su identificación, que abriera la mochila. Mauro inventó una historia, pero no le creyeron y en la estación lo multaron con sesenta pesos. Lección uno: cero aretes, cero patillas, cero pelos largos, cero ropas llamativas. Todos los negociantes se parecían. Todos andaban tatuados o pinchados o a la larga mostraban en los gestos algún rasgo de ilegalidad. Lección dos: Los maletines se escondían, y si los descubrían, pues entonces no tenían dueño. Con la mercancía no se guardaba nada. Ni un papel, ni una letra, ni una prenda. Nada que sirviera como prueba. El peligro: en una mochila nueva. Lo personal: en cualquier bolso, no importaba si roto o no. La tercera lección la aprendió Fidel. Tomó un carro estatal y estuvo a segundos de ser pillado, pero el oficial desistió y no revisó el maletero. De Colón a La Habana, por las Ocho Vías, el trayecto era mucho más despejado, pero de Cárdenas a La Habana, por la Vía Blanca, en cualquier garita te requisaban. En un carro caben, a lo sumo, cinco o seis personas, y podían presionar. En un ómnibus no, y en una modelo Transtur menos, porque existía la posibilidad de que viajaran turistas y en ningún lugar del mundo se molesta a los turistas de ese modo, con revisiones incómodas. En cualquier caso, siempre había que sentarse a dos o tres asientos de las mochilas. Preferentemente ponerlas debajo de alguna pareja, o mujeres o ancianos. Si algún negro se sentaba encima, había que cambiarlas de sitio. La policía —parece un chiste, pero no lo es— jamás los dejaba ilesos.

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lo menos durante 2011 y 2012, y así aceptaba, tácitamente, que los nuevos negocios sobrevivieran a través del mercado negro, una estrategia con la cual intentaban arrastrar hacia los cauces establecidos el dinero circulante de manera ilegal. La libertad para Mauro y sus pares era casi absoluta. Sólo una delación, o un posible error de bulto, podían derrumbar la pieza intacta que habían levantado.

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***

*** Semanalmente, Mauro sacaba del ron unos mil pesos limpios, sin contar el puré. Ya en segundo, tercer año de la carrera, decidió unirse a Lázaro y comenzó a comprar en Cárdenas botellas de whisky (provenientes de los hoteles en Varadero). Ganó en comodidad, porque a cada botella le ganaba cinco cuc y con cuatro o cinco botellas que transportara no levantaban sospecha alguna. La venta de ron y puré se mantenían. Aparecieron también las latas de atún —podía comprar en cuatro cuc y vender en seis la unidad que en la tienda costaba doce— y el contacto eventual con un colega de su aula que vivía en el Vedado. Mauro había propuesto en varios sitios, con speech incluido —estudiante de la cujae, proveedor serio, etc.—, y no encontraba clientes, hasta que el colega, nadie sabe muy bien por qué, decidió quedarse con las latas para intentar venderlas en su barrio y apenas le duraron dos días. En el Vedado —zona de alcurnia, repleta de paladares— sólo compran productos sellados y caros. Y algunos puntos compran por cantidades específicas. O los abasteces completo o nada. Una vez dentro, el Vedado significó la mayoría de edad para Mauro. Corría riesgos —invertía en Cárdenas unos ciento cincuenta dólares en mercancía para ganar en La Habana sólo treinta y cinco o cuarenta—, pero no había manera de salirse. Por ejemplo: terminó vendiéndole jamón, chorizo, camarón, salmón y langosta a alguien que en principio sólo compraba whisky. Para ese entonces, otros seis o siete estudiantes, compañeros de cuarto, también movían lo suyo. Formaban ya una pequeña empresa y un par de leyes no venían mal. Mauro los reunió y llegaron a varios acuerdos. 1. Los puntos no se tocaban. Si el punto de Mauro precisaba camarón, y el socio B tenía camarón, éste no podía ir directo al punto. Debía pasar primero por Mauro y Mauro entonces lo autorizaba. 2. Si alguien supuestamente descubría un punto nuevo, debía informarlo. Quizás ya fuera de otro. 3. Cada semana había reunión para contar lo sucedido y aconsejarse: cualquier posible nueva experiencia, cualquier percance, cualquier criterio, cualquier insatisfacción. 4. Tres cosas prohibidas de manera unánime: comerciar con drogas, tabacos o carne de res. Finalmente, se repartieron los lugares y las mercancías. En Cárdenas, Lázaro asumía las comidas y Mauro y Fidel las bebidas. Las improvisaciones disminuyeron. Las circunstancias, además, parecían favorables. El Estado declaraba —reconocía— que no contaba con la capacidad suficiente para abrir una red mayorista que abasteciera de materia prima al grueso de los negocios privados, por

Un día, después de perder su puesto, mi padre pensó seriamente trabajar como cuentapropista. Pero a la larga no lo hizo. Seguía esperando que le resolvieran alguna ubicación estatal. A veces salía hasta la parada del ómnibus y el ómnibus no venía por él. Esperaba unas tres horas y luego regresaba. Se sentaba en el sillón y se mecía continuamente, no hablaba con nadie. Había ido a la guerra de Angola en 1985. Era un tipo honesto. Cargaba con la bendición y el lastre de una honestidad que los de mi generación nunca tendríamos. Mauro hubiera sido incapaz de esperar el ómnibus durante tres horas (el ómnibus es real, pero podríamos tomarlo como un símbolo), ni siquiera por veinte minutos. Si hubiese perdido su trabajo de ingeniero, se habría marchado y punto. Es más, estrictamente, Mauro nunca iba a vivir de su trabajo de ingeniero. Los sesenta comenzaron con las nacionalizaciones y las reformas agrarias. Los setenta, con la zafra de los Diez Millones. Los ochenta, con el Mariel. Los noventa, con el derrumbe de la urss. Los dos mil, con la Batalla de Ideas. Y esta segunda década del veintiuno, con la paulatina descentralización del Estado.

Un día, después de perder su puesto, mi padre pensó seriamente trabajar como cuentapropista. Pero a la larga no lo hizo. Seguía esperando que le resolvieran alguna ubicación estatal. A veces salía hasta la parada del ómnibus y el ómnibus no venía por él. Esperaba unas tres horas y luego regresaba. Se sentaba en el sillón y se mecía continuamente, no hablaba con nadie.

***

Buena parte del personal de servicio en los hoteles de Varadero eran cardenenses. La forma en que la mercancía llegaba a Cárdenas y se traficaba no resultaba demasiado compleja. Con un grado, incluso, de legitimidad. Anchas ventanas donde se exhibían los vinos o whiskys para que cualquiera escogiese la bebida de su preferencia. Los cocineros y dependientes sacaban los productos y luego los revendían a estas casas particulares. Como los hoteles son All Inclusive, se anotaba en papeles una determinada cantidad de comida a consumir por los turistas. Cifra siempre exagerada. El sobrante se repartía entre los trabajadores, previo acuerdo para sacarlo del hotel con los custodios de la entrada, quienes eran debidamente sobornados, aunque, vale aclararlo, dado el estado de cosas ninguno de estos actos se entendían ni se entienden como tal. El personal de mantenimiento, único autorizado a transitar por los distintos puntos del hotel, escondía en los bolsos y en las cajas de herramientas los quesos, los jamones y los rones de los custodios. Cuando esporádicamente detenían algún ómnibus en el puente de Varadero era porque, tal como se había acuñado, alguien los había mandado a matar.


A veces, a última hora, el jefe de seguridad corría la voz cero o argolla, lo que significaba que nada podía sacarse del hotel, pues alguna inspección o algo por el estilo rondaba en el ambiente. Muchas veces la contabilidad ya había concluido y la mercancía que había ido a los papeles debía desaparecer. Los dependientes y los cocineros, entonces, lasqueaban el jamón o el queso y con scotch-tape, por debajo de las ropas, se lo amarraban a la barriga, a la espalda, e incluso a las pantorrillas y los pies.

*** Mi generación ha crecido sobre los huesos de la generación de mis padres. Mauro ya sabía que, una vez graduado, el salario como profesional no le alcanzaría, que no serviría para nada. Sin embargo, había decidido ir a la universidad. Si existe algún triunfo en los últimos cincuenta años, es precisamente ése: que alguien apueste por los estudios aun cuando resulta evidente —tan evidente como voltear el rostro y observar— que los estudios y las utopías pueden inmovilizarte y situarte en una posición de riesgo. Si existe alguna derrota, es también ésa: que alguien que apueste por los estudios tenga que recurrir, de antemano, a puertas de emergencia y que lo asuma como algo natural. Lo natural puede no ser reflejo de optimismo, sino de indiferencia. Abrimos, cada diez años, con un batacazo histórico. Y cerramos con otro.

nadie pudiera entender nada. Cifras, iniciales, abreviaturas. Quién le debía, cuánto le debían, qué le habían pagado. Ganancias mensuales de ocho y nueve mil pesos. Mientras, dos policías habían parqueado su patrulla y se habían sentado en el bloque de las arecas marchitas. Algo se tornaba ridículo en la situación, como si el desenlace no dependiera de ninguno de los actores. Un par de oficiales con dos mochilas repletas de atún, queso y salmón a las puertas de sus narices, y sin embargo vigilaban quién sabe qué. A veinte metros, fuertemente implicados, dos jóvenes que parecían conversar de cualquier otra cosa. Nadie hubiera sido capaz de relacionar tales cuadros, pero no había cuadros más relacionables. Cinco minutos después pasaba un camión de carga con cabillas y arena y la patrulla lo persiguió. Corrimos. Un hombre había descubierto las mochilas y las atracaba. Mauro le dijo que hiciera el favor de soltarlas. El hombre no nos encaró, las devolvió dócilmente. Era anormal: torpe y desfigurado. Balbuceó algo y siguió su rumbo. Luego llegó un taxi hasta Máximo Gómez —pueblo intermedio entre Cárdenas y Colón— y Mauro lo tomó. Todo sucedió así de rápido. Mauro acumulaba, ese día, cinco extraordinarios. La universidad peligraba, pero en cualquier caso iba a tener que seguir. No podía detenerse. Es una vieja ley de los negocios. Nunca retirarse. Nunca faltar. No hay segundas oportunidades. Algunas escuelas ocultas son así de rigurosas. • Esta crónica forma parte del libro La tribu, de próxima publicación por Editorial Sexto Piso

*** Aquel sábado se había hecho tarde y todavía conversábamos. Mauro me enseñaba su libreta de contabilidad, escrita de tal manera que

1 Moneda convertible, equivalente al dólar dentro del país; se tasa a 1 por 25 pesos cubanos.

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José Sarukhán

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l uy

DObtuvo el título de biólogo en la e C Facultad de Ciencias de la unam,

Se presentan en estaen edición las partituras de la Suite, dedicadas a el de maestro en Ciencias el Colegio catorce de los de ylael tabla de Postgraduados deelementos Chapingo de periódica, acompañadas por un doctor en la Universidad de Gales, texto introductorio y los apuntes que revelan su génesis. en Reino Unido. Su trabajo se enfocó en la demografía y la ecología de poblaciones de plantas, en los estudios de ciclos biogeoquímicos en selvas tropicales y en la biodiversidad de México. Entre 1972 y 1996 fue investigador y director del Instituto de Biología, coordinador de la Investigación Científica y rector de la unam. En 1992 fue fundador de la Conabio, de la cual es coordinador nacional. Ha publicado los libros Árboles tropicales de México (en coautoría), Introducción a la ecología de poblaciones y Las musas de Darwin, y ha sido coordinador general de la obra Capital natural de México. Es miembro de la Academia Mexicana de Ciencias, de la National Academy of Sciences de Estados Unidos y de la Royal Society de Londres, entre otras sociedades científicas. Ha recibido el Premio Nacional de Ciencias y Artes, la Medalla al Mérito Cívico de la Cámara de Diputados, la Medalla John C. Phillips de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y el Premio Tyler por sus contribuciones en los campos de la diversidad biológica y del fortalecimiento institucional. Ingresó a El Colegio Nacional en junio de 1987.

EUSEBIO JUARISTI • HÉCTOR RASGADO-FLORES Eusebio Juaristi • Héctor Rasgado-Flores | SUITE DE LOS ELEMENTOS

José Sarukhán Ecología, economía, educación

José Sarukhán

COORDINADOR

COMPOSITOR

Obras del autor en El Colegio Nacional Las dimensiones biológicas: el tiempo ecológico y el evolutivo Discurso de ingreso

EL COLEGIO NACIONAL

Ecología, economía, educación

AHORA EN LIBRERÍAS:

Pensar la vida Obra coordinada por Miguel León-Portilla y José Sarukhán

EL COLEGIO NACIONAL

www.colnal.mx

07/04/17 15:04

Ecología, economía, educación José Sarukhán

Suite de los elementos Eusebio Juaristi y Héctor Rasgado-Flores

Una antología del ecólogo José Sarukhán que reúne más de ocho años de reflexiones publicadas en El Universal en torno a tres temáticas fundamentales del devenir del hombre y las sociedades en el planeta: ecología, economía y educación.

Dedicada a catorce elementos de la tabla periódica, Las suite de los elementos presenta las partituras del compositor Héctor Rasgado-Flores en armonía con los apuntes del químico Eusebio Juaristi en un libro que busca ser puente entre música y ciencia.


El Señor Cerdo

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uando el Señor Cerdo decidió compartir sus andanzas y enseñanzas en este espacio hace ya más de dos años, lo hizo por el simple hecho de compartir su sabiduría con seres menos afortunados que él, con la esperanza de que su ejemplo pudiera servirles, si no para superarse ni mucho menos soñar en tener una existencia como la suya, al menos como faro, o incluso como consuelo de saber que por el mundo camina una criatura tan luminosa y pródiga en talento como él. A lo largo de este tiempo, el Señor Cerdo se ha abierto en canal, sin escatimar un sólo resquicio de sus aventuras, ofreciendo a la posteridad un testimonio incomparable de una vida al servicio del talento y la creatividad, siempre debidamente monetizados, como corresponde con los tiempos. A pesar de que en muchas ocasiones el Señor Cerdo estuvo tentado a no compartir sus brillantes ideas con ustedes, los lectores, por la inclinación natural que seguramente han experimentado para intentar robárselas para su propio beneficio, en última instancia siempre ha prevalecido su espíritu magnánimo, su certeza de que no hay mayor dicha que la que proviene de ser un alma desprendida, y el resultado ha sido esta bitácora de la vida del Señor Cerdo que, a aquellos con los medios necesarios como para comprender el significado profundo de sus enseñanzas, seguramente les ha cambiado la vida de manera irremediable. Sin embargo, todas las cosas buenas llegan a su fin, pues por doloroso que le resulte, el Señor Cerdo ha constatado una y otra vez que la naturaleza humana es tal que no aprecia lo que tiene, sino hasta que lo ve perdido. ¿Acaso pensaron los lectores del Señor Cerdo que sus vidas se encontraban resueltas de una vez por todas? ¿Que bastaba con consultar estas páginas una vez al mes para obtener una guía

moral y práctica para saber cómo conducir sus caminos? Por desgracia, así no funcionan las cosas en este mundo, y es muy a menudo a punta de golpes y frustraciones como llegan las principales enseñanzas. Por eso, aunque se desgarre una parte del alma del Señor Cerdo, que piensa con compasión en esos lectores anónimos que padecerán un ataque de ansiedad cuando encuentren que su firma ha desaparecido para siempre y sin dejar rastro de estas páginas, aun así, el Señor Cerdo debe renunciar a la escritura de este espacio. ¿Que se encuentran irremediablemente perdidos a partir del momento en que así suceda? Probablemente, pero nadie, ni siquiera el Señor Cerdo, debe intentar imponerse al curso natural de las cosas, y aunque en este momento no puedan comprenderlo, al final se darán cuenta de que en el fondo el Señor Cerdo lo hace por su bien, de que deben hundirse solos de ahora en adelante, con la plena conciencia de que ya no podrán echar mano de la sabiduría del Señor Cerdo, para salir del fango que ustedes mismos han creado. No es un hasta luego, es un adiós tan definitivo como los haya. Tampoco va a insultar a nadie el Señor Cerdo agradeciendo el espacio, pues es a todas luces el espacio el que debe agradecer al Señor Cerdo el haber plasmado a lo largo de estos más de dos años aquí, lo más íntimo de su ser. Como regalo final, les prodiga una última perla de sabiduría, a la que ojalá puedan exprimirle tanta savia como fuerzas tengan: no intenten ser como el Señor Cerdo, pues es por completo inútil. Confórmense entonces con recordar algunas tardes lluviosas, que tuvieron la inmensa fortuna de mirarlo desfilar, así fuera fugazmente, por sus precarias existencias. Abur. •

Instrucciones a los patrones • Por Johnny Raudo

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l igual que el vecino de arriba, a su servidor Johnny Raudo también le ha llegado la hora de despedirse de este espacio. Un patrón nunca come patrón, así que no ahondaremos en las razones de crisis económica profunda de esta publicación, que la orillan a prescindir de dos de sus plumas más valiosas, y simplemente confiaremos en que quienes la dirigen conseguirán enderezar el rumbo para poder continuar sosteniendo un negocio tan rentable y lucrativo como lo es —y siempre lo ha sido— una publicación literaria, distribuida de manera gratuita por ahí. Aun así, todo buen patrón sabe que las cosas suceden por algo, y que siempre, pase lo que pase, hay que encontrar la manera de canalizar los acontecimientos aleatorios para el propio beneficio, así que me despido de mis lectores del gremio patronal con lo siguiente. A lo largo de estos más de dos años, les he proporcionado consejos y técnicas para salir airosos de esa guerra perpetua en contra de los empleados, criaturas necias si alguna vez las hubo, empeñadas en imponerle tanto al mundo como a la empresa su mediocridad y falta de ambiciones congénitas. Confío plenamente en que los patrones que hayan puesto en práctica de manera rigurosa las máximas aquí vertidas, han cosechado los frutos de manera ingente, pues así me lo han expresado no pocos de ustedes en las comunicaciones privadas que hemos entablado durante este tiempo. Sin embargo, existió siempre un problema de raíz que los patrones más sagaces habrán identificado: al no tratarse de una publicación exclusiva para patrones, donde el perfil de la misma, los anunciantes, e incluso el precio de venta funcionen para que no caiga en manos de gente que no tiene nada que ver con el estilo de vida que ahí se

promueve, el peligro evidente consistía en que pudiera ser leída ampliamente por empleados, con lo cual estaríamos literalmente entregándole los planes de batalla al enemigo, otorgándole la manera de conocerlos y prepararse para hacerles frente. Sobra decir que, como patrones, es un lujo que no podemos darnos más, al menos no en este espacio con tintes tan —cómo decirlo sin sonar ingratos— democráticos, por no decir populistas. Si algo sabemos los patrones es que toda organización que funcione, por ejemplo los más disciplinados ejércitos, dependen estrictamente de una cadena de mando vertical, por lo cual es un contrasentido inherente a la misión de la sabiduría patronal contenida en este espacio, al mismo tiempo hacerlo accesible a aquellos a quienes se encuentra llamado a meter en cintura en primer lugar. Aun así, mis estimados colegas, bien sabremos que la vida nos reunirá nuevamente, ya sea en los espacios de ocio o esparcimiento reservados para los de nuestra estirpe, en alguno de los cónclaves patronales en los que por fortuna terminamos a menudo departiendo en lugares exclusivos para caballeros, o, quién sabe, quizá algunos de nosotros emprenderemos alguna aventura corporativa juntos. Entre tanto, además de agradecernos por conformar esta estirpe de avanzada, quisiera dejarlos con una máxima que condensa hasta donde es posible la filosofía vertida en este espacio desde sus comienzos: el mejor empleado es el aplastado, así que no escatimes ningún medio para conducirlos perpetuamente hasta un nivel de subsistencia en el que puedan aún trabajar adecuadamente, pero poco más. ¡Hasta siempre, compañeros victoriosos! •

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El desafío de la luz Eduardo Milán

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mejor de los sueños. Ernesto Kavi se aproxima peligrosamente a la demolición del mundo del decir. Escribir poesía compromete un decir figurado —así se enseña— en los dos sentidos: un lenguaje-figura, icónico, que resalta su plasticidad, es decir, su materialidad, y también, un decir de un cierto modo, de una manera específica, como no se dice en el habla. Eso se manifiesta en mayor o menor grado retórico. A donde quiero llegar es: la simpatía que despierta el libro de Kavi proviene del conocimiento del lector no tanto de lo que muestra —el mundo es amargo, el tiempo se fuga, la apariencia traiciona— sino de lo que deja atrás en una operación de un deslastre insólito en el presente de la poesía latinoamericana. Podría decirse que en Kavi hay un retorno de la lírica como esa manifestación del yo profundo que dicen los diccionarios que, por cierto, es una descripción abismal: el que conozca la profundidad del yo que lance la primera piedra (al fondo del yo a ver si lo toca). Pero su despojamiento de los atributos de la lírica —que están todos codificados y bien enlatados— es notable. Habla sin lírica de un modo que la deja atrás y que, por lo tanto, también la olvida. Y llega así a una pregunta que para mí reviste el mayor interés: ¿hay un saber poético de reserva, del mismo modo en que algunos pensadores marxistas no ortodoxos —lacanianos, como en el caso de Jorge Alemán— se aproximan al presente y tratan de atisbar cómo viene la mano futura? Ese saber de reserva no es, no puede ser, un saber sagrado, algo cifrado que se guardó a sí mismo para ser descifrado después, ahora, luego que estallaron las vanguardias y las post-modernidades consideradas no como lo que son sino como unas modas pasajeras. La luz impronunciable no es, para mí, un retorno, una vuelta por encima de la historia estético-poética para caer de cabeza en la “primera fuente”. La luz impronunciable es una irrupción no por el estruendo ni por el escándalo sino por la renuncia a ambos. Ese título es un desafío. Toda luz es impronunciable si no es la luz en relación a las cosas del mundo. La poesía desafía esa verdad. Mal o bien, la poesía que dice la luz como calidad ontológica —hay que recordar a Octavio Paz, por ejemplo— cae en una metafísica muy poco sufrible. La luz es un sustantivo referido. O, de lo contrario, es un elemento que pertenece al dominio de lo insondable, mistérico, suprasensible. Si Ernesto Kavi se refiere a un mundo sin claridad —cosa que se puede comprender en relación al mundo— eso no implicaría una impronunciabilidad de la luz. No: lo impronunciable de la luz es la luz. Es la mejor definición de luz que conozco. No es una tachadura en el decir ni una prescripción moral: es la calidad de la luz. •

La luz impronunciable es una irrupción no por el estruendo ni por el escándalo sino por la renuncia a ambos. Ese título es un desafío. Toda luz es impronunciable si no es la luz en relación a las cosas del mundo. La poesía desafía esa verdad.

ay varias razones para considerar a este libro de Ernesto Kavi como un pequeño desafío al ámbito poético. Son tiempos de disolución —desvanecimiento en el aire dicen Marx y Engels en el Manifiesto comunista—, que sería loco refutar. Visto desde Occidente y desde un presente poético, hay una coexistencia de las formas y de las estéticas que no señalan ningún tipo de dirección pero que, sin duda desde la reflexión, tampoco señalan al progreso como finalidad. Si todo coexiste con el mismo derecho todos los discursos y las actitudes están habilitadas. No sorprende que Ernesto Kavi irrumpa en el presente con un libro despojado en varios sentidos. 1) En primer lugar, despojado lingüísticamente. Su acercamiento a la poesía desde su lenguaje parece un olvido o un no saber: un olvido de lo que se sabe y un no saber posterior al saber, como ese de Juan de Yepes: un no entender entendiendo. Yo también creo como Agamben que el lenguaje poético es un no saber profundo que va al encuentro de otro no saber para juntarse ambos en esa no ignorancia. O sea, en el diálogo poeta-lector prima la negatividad en el fondo de la operación de transmisión poética. Esa negatividad tiene que ver con el orden, con el mundo, con el orden del mundo y con el deseo de otro mundo. Eso también me parece difícil de refutar. Aun en los casos de una poesía que concede a la mera descripción —un mundo como fenómeno exterior sucede ante los ojos del lector y lo impacta con una especie de extrañamiento— hay un deseo latente que es el que hace seleccionar el material disponible y dispuesto. Quiero decir, uno siempre apuesta cuando escribe. Y si es realmente bueno todas las veces pierde. 2) En un contexto de pluralidad entrópica uno elije su arte, es decir, su modo de articulación del lenguaje. Una de las manifestaciones singulares —de acuerdo siempre a nuestro contexto histórico— en que aparece en la poesía contemporánea el efecto del yo —precisamente, el hablar directo en primera persona del singular— es en la negación de toda pretendida objetividad. Ese afuera del lenguaje queda anulado. Ernesto Kavi habla entonces no desde un olvido ni desde un no saber sino desde un después de todo aquello. Claro que ese después presupone —o carga con ellos— ese olvidar que se sabe, cosa imposible para Shakespeare, como se puede recordar. Decir el mundo siempre supone un mundo que se conoce y una apropiación de ese conocer. Un decir sin mundo, sin embargo, es un gran sueño poético, el


Por fin, la lucha de clases quedó al descubierto; o por qué Donald Trump ganó la elección Morris Berman

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ace algunas semanas leí en alguna publicación en línea que las ocho personas más ricas del mundo poseían una riqueza equivalente a la de la mitad inferior de la población mundial, es decir, 3700 millones de personas. Se trata de una estadística tan extraña, que tendríamos que llamarla surreal, y es imposible no preguntarse cómo llegamos hasta este punto. Como sucede con muchas cosas más, los Estados Unidos se encuentran a la vanguardia de este acontecimiento. Para empezar, la gran mayoría de los ocho magnates son estadounidenses. Pero desde luego que las razones son más profundas. El sistema económico mundial es básicamente americano, y a veces se le conoce como neoliberalismo o globalización, que no son en realidad más que términos elegantes para aludir al imperialismo. Y el imperialismo es un sistema en el que los ricos se enriquecen, los pobres se empobrecen, y la clase media lentamente es estrujada hasta caer en el olvido. Como bien sabemos, el capitalismo americano ha existido durante cuatrocientos años, como lo documenté en mi libro  Las raíces del fracaso americano. Aun así, hay que reconocer que la desigualdad social en Estados Unidos fue relativamente estable entre 1776 y 1976, es decir, durante un periodo de doscientos años. Por supuesto que existía, pero no era tan violenta o extrema —a excepción de la llamada Edad chapada en oro y la Gran depresión—, y permitía a los estadounidenses pensar que vivían en una sociedad sin clases, o incluso que todos pertenecían a la clase media. En cuanto a la Gran depresión, Estados Unidos salió adelante gracias al dramático desarrollo industrial producido por la Segunda Guerra Mundial, pero Franklin Roosevelt era perfectamente consciente de que la nación necesitaba algo más viable que una economía de guerra para poderse sostener. Así que en el verano de 1944 tuvo lugar un encuentro para discutir los acuerdos económicos financieros de posguerra, en un pequeño lugar de New Hampshire llamado Bretton Woods. El plan económico resultante es conocido como Acuerdo de Bretton Woods, y su principal impulsor fue el gran economista británico, John Maynard Keynes, quizá el principal economista de todos los tiempos.

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El Acuerdo de Bretton Woods se fundamentaba en dos conceptos cruciales. El primero, que el dólar estadounidense sería el estándar internacional de valor. El resto de las monedas estarían fijadas al valor del dólar, y siempre podrían ser cambiadas por dólares. El segundo, que el gobierno de Estados Unidos garantizaría el valor del dólar, es decir, lo respaldaría, con lingotes de oro guardados en una bóveda en Fort Knox, Kentucky. Para decirlo de otra manera, el dólar de papel era absolutamente confiable. Todo esto se puso en marcha tan pronto terminó la guerra, y condujo a un asombroso periodo de prosperidad mundial durante los siguientes veinticinco años. Por una multiplicidad de razones, Richard Nixon —no es uno de mis personajes históricos preferidos— decidió rechazar el Acuerdo de Bretton Woods en 1971. Este gesto introdujo una época dramática de capitalismo financiero. Simplemente para dejarlo en claro, el capitalismo presenta tres grandes vertientes. Tenemos el capital mercantil o comercial, cuya riqueza se deriva del comercio, que floreció durante los siglos xvi y xvii. Después tenemos el capital industrial, cuya riqueza se deriva de las manufacturas, que caracterizó a la modernidad, es decir, los siglos xviii, xix y xx. Y finalmente tenemos el capital financiero, cuya riqueza no se deriva del comercio o de las manufacturas, sino simplemente de la especulación cambiaria. Esto fue lo que hizo posible el rechazo de Bretton Woods, porque con la eliminación del patrón oro, las divisas del mundo dejaron de tener algún valor intrínseco (atado al dólar); en cambio, ahora simplemente flotaban las unas contra las otras, en un mercado cambiario de divisas en constante fluctuación. También podríamos llamarlo capitalismo de casino. Aquellos que ya son ricos pueden ganar grandes cantidades de dinero especulando con los tipos de cambio, porque ya tienen cantidades importantes de dinero para empezar. El resto de nosotros —el llamado 99%— no podemos permitirnos este lujo, y en su mayoría vivimos de paga en paga, si acaso tenemos la fortuna de tener un trabajo. El efecto del rechazo de Bretton Woods comenzó a ser visible desde 1973, y la brecha entre ricos y pobres comenzó a ensancharse de manera prominente desde entonces. Ronald Reagan hizo su mayor esfuerzo por incrementarla. Su llamada «teoría del goteo», que postula que la riqueza de los ricos supuestamente se derramaría hasta colmar las billeteras de los pobres y la clase media, fue una farsa simple y llanamente. En otras palabras, jamás goteó riqueza alguna. Los ricos decidieron aferrarse a su riqueza, en lugar de distribuirla. ¡Qué gran sorpresa! Así que hoy, tanto en Estados Unidos como en China, el 1% más acaudalado posee el 47% de la riqueza. En México,


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El efecto del rechazo de Bretton Woods comenzó a ser visible desde 1973, y la brecha entre ricos y pobres comenzó a ensancharse de manera prominente desde entonces. Ronald Reagan hizo su mayor esfuerzo por incrementarla. Su llamada «teoría del goteo», que postula que la riqueza de los ricos supuestamente se derramaría hasta colmar las billeteras de los pobres y la clase media, fue una farsa simple y llanamente.

existen treinta y cuatro familias súper ricas, mientras la mitad del país vive en la pobreza. Como mencioné con anterioridad, un puñado de estadounidenses posee prácticamente lo mismo que los 3700 millones de ingresos inferiores de la población mundial. Como declaró con sagacidad el presidente Calvin Coolidge hace casi cien años: «The business of America is business», es decir, un intraducible juego de palabras donde queda claro que los negocios son el principal propósito de la nación americana. La advertencia de Keynes, en el sentido de que la economía existía para servir a la civilización y no lo contrario, fue ignorada por completo. Con la caída de la Unión Soviética, la vertiente de economía conocida como «Reaganomics» adquirió mayor realce. En los Estados Unidos, el fin del comunismo real fue considerado como una prueba concluyente de que el llamado «Consenso de Washington» —una economía neoliberal, globalizada— no era simplemente la ola del futuro, sino más bien, la única ola del futuro. El teórico político Francis Fukuyama escribió un libro muy famoso y muy estúpido, en donde declaraba que ahora vivíamos en un mundo unipolar; que Estados Unidos, para decirlo rápido, constituía el fin de la historia. En realidad se trata de una idea muy antigua, que data por lo menos de 1630 y afirma que Estados Unidos sería el modelo para el resto del mundo, «la ciudad sobre la colina». A los políticos americanos les encanta citar esa frase. Mientras tanto, la luz que emanaba de esa ciudad se volvía cada vez más oscura para la población de Estados Unidos. Sin embargo, a la vista de todo lo anterior, los estadounidenses siguieron pensando que vivían en una sociedad sin clases, o que todo el mundo pertenecía a la clase media. Es inevitable preguntarse qué tan estúpida puede ser una nación, realmente; los mexicanos, por ejemplo, no se engañan de esta manera. El escritor John Steinbeck alguna vez declaró famosamente que el socialismo nunca arraigó en Estados Unidos, porque los pobres se consideraban «millonarios temporalmente avergonzados». Como argumenté en  Las raíces del fracaso americano, en Estados Unidos todo el mundo es un oportunista; todo el mundo espera a que llegue su momento dorado. En cualquier caso, Bush padre profundizó en el asentamiento de este patrón, y Bill Clinton también. La aprobación del tlc benefició a Estados Unidos a expensas del llamado tercer mundo, y los paquetes de rescate del fmi iban amarrados a medidas de austeridad que orillaban a los campesinos de Chiapas, por ejemplo, a pasar hambre… y a alzarse en armas. Ante este panorama, el surgimiento del subcomandante Marcos y del ezln era de esperarse. Pero la maquinaria seguía funcionando. Bush hijo se refirió adecuadamente a los multimillonarios como «mi base», y la presidencia de Obama, a pesar de un lenguaje florido, fue una continuación de Bush hijo. Tras el colapso financiero de 2008, Obama no rescató a los pobres ni fo-

mentó la creación de empleo; para nada. Rescató a sus amigos banqueros ricos, a un precio de 19 millones de millones de dólares, mientras la clase media perdía sus trabajos y sus casas y se formaba en comedores populares por primera vez en sus vidas. A lo largo de todo el país surgieron cinturones de miseria para albergar a gente proveniente de la clase media y la clase baja, y Obama no hizo nada al respecto. En cuanto a Hillary Clinton —y esto es un asunto muy importante—, su plataforma política consistía básicamente en una extensión del régimen neoliberal que ha regido desde que su esposo llegó a la presidencia en 1993. Cuando Trump la señaló durante los tres debates presidenciales, y dijo al público: «Si quieren una continuación de los últimos ocho años, voten por ella», la gente a quien la globalización ha destruido lo escuchó con absoluta nitidez. Durante los debates, Trump transmitía un aire de estupidez y mala educación; en realidad, sabía perfectamente lo que hacía. «¿Qué les ha ofrecido Hillary durante treinta años de participación política?», chillaba. «Todo lo que les dice son palabras, sólo palabras. No tiene nada más que ofrecerles». Tenía toda la razón, y millones de estadounidenses lo sabían. Sus eslóganes, como el de «Unidos somos más fuertes», no significaban nada. Trump hablaba sobre la realidad, mientras ella recitaba un guión, y además se veía como si estuviera programada. Para su desgracia, Hillary era propensa a sonreír mucho, y se veía tan forzada que en ocasiones parecía haber enloquecido. En cualquier caso, las cosas han cambiado desde que fue la primera dama de la nación. Tras veinticinco años de economía neoliberal, la clase blanca trabajadora comprendió que las políticas de siempre no tenían nada que ofrecerles; que Hillary no era sino una variación del régimen de Obama, que los había dañado profundamente. Se creó la conciencia de que su bote salvavidas jamás llegaría, de que nunca podrían participar del Sueño Americano; de que no eran millonarios


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permanentemente avergonzados. Albergaban un profundo y justificado resentimiento contra Washington, Wall Street, el New York Times y todos los símbolos del establishment, y su deseo fue decirle a dicho establishment, y a la élite intelectual estadounidense —disculparán mi elegancia—: váyanse a la chingada. Precisamente por ser vulgar y directo, y no presentarse como un sutil operador como Obama, Trump se ganó a una buena parte de Estados Unidos. Incluso su lenguaje corporal decía «Váyanse a la chingada». La autenticidad de Trump también fue notoria mediante su adopción de una postura que asumiera el declive de Estados Unidos, lo cual lo convirtió en el primer candidato presidencial de la historia en realizar esto. Después de todo, si tu eslogan de campaña es «Make America Great Again», el mensaje que se transmite es que el país está en declive, y era exactamente lo que Trump quería decir, que nuestros aeropuertos parecen de países de tercer mundo, que nuestras carreteras y puentes se están derrumbando, que nuestros guetos están azotados por el crimen, que nuestro sistema educativo es una burla, y así sucesivamente. Todo lo anterior es absolutamente cierto, mientras que a Hillary tan sólo se le ocurría una réplica débil y hueca: «¿Cuándo no han sido grandiosos los Estados Unidos?». ¡Por favor! Permítanme que regrese por un instante al asunto del resentimiento en contra de la élite intelectual estadounidense, la llamada clase liberal o profesional, que incluye a buena parte del Partido Demócrata. Lo que sigue es una historia que prácticamente no se ha relatado, y sin embargo me parece un factor absolutamente crucial para comprender la elección de Trump. El mismo año en que Nixon rechazó el Acuerdo de Bretton Woods, 1971, un prominente demócrata de Washington llamado Fred Dutton publicó un manifiesto llamado Las fuentes cambiantes del poder. En ese documento afirmaba que era momento de que el Partido Demócrata se olvidara de la clase trabajadora, pues ahí no se encontraba su base de votantes, declaraba; la gente a la que hay que cortejar son los trabajadores de cuello blanco, con educación universitaria, la gente cool, orientada hacia la tecnología, y así sucesivamente. Esta fue la ideología crucial en el surgimiento de los llamados Nuevos Demócratas, que para efectos prácticos repudiaron a su base tradicional e, incluso, toda la política implícita en el New Deal de Roose-

La prensa estadounidense ha llamado a Trump de manera consistente una anomalía, una especie de peculiaridad, o de accidente histórico. No lo es en absoluto. Es un fiel representante de los votantes a los que acabo de describir, y conforman una parte muy importante de la nación. También es el epítome del oportunista, cuya vida se trata solamente del dinero, y en ese sentido también es una gran metáfora para Estados Unidos.

velt, que históricamente había ofrecido una red de protección para la clase trabajadora. Bill Clinton formó parte de los Nuevos Demócratas, y durante su presidencia no solamente se amplió la brecha entre ricos y pobres, sino que se firmó el tlc, se abolió la seguridad social, y se aprobó la llamada «Ley de los tres strikes», que condujo al encarcelamiento de muchísimos hombres negros por crímenes menores, con lo cual se destruía la capacidad de supervivencia de sus familias. Hillary Clinton también formó parte de esa oleada de demócratas, y como Trump y sus seguidores comprendieron, su campaña se enfocó en atraer a la gente cool y hipster, y no a la gente a la que el neoliberalismo había destruido. Al final resultó que 53% de las mujeres blancas votaron por Trump, así que no mordieron el anzuelo de la política identitaria de Hillary. Con lo cual llegamos a mi argumento final. Si la clase liberal abandonó a su tradicional base de la clase obrera; si desde comienzos de la década de 1970 dejaron de luchar por su plataforma basada en el New Deal de Roosevelt; entonces, ¿qué ideología adoptaron a cambio? Nos encontramos frente al más triste y ridículo capítulo en la historia de la izquierda en Estados Unidos: se preocuparon por el lenguaje, por la corrección política, en resumen, por el tipo de asuntos que no sólo no mejoran en lo más mínimo la condición de la clase trabajadora, sino que incluso resulta ofensivo para dicha clase. Dios nos libre de decir «niñas» en lugar de «mujeres», o «negros» en lugar de «afroamericanos», o de contar un chiste con trasfondo étnico. Los proyectos de izquierda en la actualidad consistían en reescribir las obras de grandes autores como Mark Twain, de modo que sus escritos decimonónicos no ofendieran ninguna sensibilidad contemporánea. Los hijos de los ricos, en las universidades de élite, tenían que ser protegidos de cualquier tipo de lenguaje directo. Cuando el año pasado algunos estudiantes de Bowdoin College, en Maine, decidieron organizar una fiesta con temática mexicana, con todo y tequila y música de mariachi, el resto del campus armó un escándalo, llamándolo «apropiación cultural». Aparentemente, en el mundo de la corrección política sólo los mexicanos pueden beber tequila. Desde mi punto de vista, en cambio, una fiesta así es un homenaje a la cultura mexicana. Y de cualquier manera, ¿qué significa eso de «apropiación»? En breve aparecerá la traducción al español de mi más reciente libro, una historia cultural de Japón titulada Belleza neurótica. ¿Es decir que debería tenerlo prohibido, por no ser


japonés? ¿Debió Octavio Paz de abstenerse de escribir sobre la India? Toda esta cuestión es bastante ridícula, y en un sentido significó un despiadado abandono de la clase trabajadora, por parte de la gente que tradicionalmente había luchado por ellos, por su supervivencia. Así que mientras que las clases media y baja se enfrentaban con problemas reales —sin trabajo, sin hogar, sin dinero, y sin ningún sentido para sus vidas—, la élite liberal cool se preocupaba por quién tiene el derecho legal de utilizar los sanitarios transgénero. Digamos que yo también estaría furioso. Y permítanme una pequeña digresión: en 1979, un analista político estadunidense llamado Christopher Lasch escribió un libro llamado La cultura del narcisismo, en donde argumentaba que durante la década de 1960 descubrimos que no teníamos la capacidad para cambiar las cosas verdaderamente importantes, a saber, las relaciones de clase y poder. Como resultado, en los setenta decidimos verter nuestra energía hacia las cosas irrelevantes, y la corrección política es un buen ejemplo de lo anterior. En otras palabras, no se trata realmente de hacer política, es un sustituto de la política, y por lo tanto una pérdida del tiempo de todo el mundo. Sea como sea, Hillary jamás comprendió lo anterior. Se dedicó a atacar a Trump en los debates por no ser políticamente correcto, cuando su principal atractivo yacía precisamente en su incorrección política. Llamó a sus seguidores —varios miles de millones de estadounidenses— una «cesta de personas deplorables». No les agradó que se refirieran a ellos de esa manera, de eso pueden estar seguros, principalmente dado que la élite liberal se había enriquecido a sus costillas. En su lamentable discurso de aceptación de la derrota, el 9 de noviembre, continuaba apelando a la «diversidad» y a «Unidos somos más fuertes», y dijo que esperaba ser una inspiración para las niñas pequeñas (aparentemente, en su mundo políticamente correcto, los niños pequeños no cuentan). Lo único en lo que acertó en ese discurso fue en su observación de que la nación estaba fuertemente polarizada; «no nos dimos cuenta de cuán profundamente»,

añadió. No me digas. En última instancia, los «deplorables» no lo fueron tanto. Sabían quiénes eran sus amigos, y sabían que ella no se contaba entre ellos. Desde luego que se podría añadir mucho más sobre el asunto Trump. Por ejemplo, su postura beligerante frente a México, o frente a China. Su llamado a sentimientos nativistas, a la intolerancia, al racismo y al antisemitismo. Y si bien respeto la furia de sus seguidores, en términos de su deseo de vengarse de las fuerzas económicas que los han destruido, debo admitir que, por decirlo de alguna manera, no son el tipo de personas con las que me identifico. Es la gente que vive en zonas rurales, lleva a sus hijos a los juegos de beisbol, se unen al Rotary Club, desconfían de la gente de fuera, organizan picnics fuera de la iglesia, y consideran que cualquier tipo de apoyo gubernamental constituye una variante de «socialismo», incluso cuando necesitan con desesperación dicho apoyo. Seguimos siendo una nación de cowboys, y Trump es el mayor cowboy de todos. En el año 2004 yo me di cuenta de que yo ya no encajaba en Estados Unidos, ya fuera con los cowboys o con el bando contrario, la élite intelectual que acude a Harvard; así que para 2006, ya me había mudado para México. Los últimos once años han sido los más felices de mi vida, y por ello se los agradezco a todos ustedes. A manera de conclusión, permítanme decir que la prensa estadounidense ha llamado a Trump de manera consistente una anomalía, una especie de peculiaridad, o de accidente histórico. No lo es en absoluto. Es un fiel representante de los votantes a los que acabo de describir, y conforman una parte muy importante de la nación. También es el epítome del oportunista, cuya vida se trata solamente del dinero, y en ese sentido también es una gran metáfora para Estados Unidos. El comediante George Carlin solía decir: «¿De dónde creen que provienen nuestros líderes? ¿De Marte?». En última instancia, tenemos a Trump porque somos Trump. Sobre todo, así es como se hizo del poder. • Traducción de Eduardo Rabasa

Teoría del goteo • Por donDani Pues sí, mientras más crezca mi riqueza, más se fortalecen los de abajo.

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Psycho Killer • Por Carlos Velázquez La tumba de Stevie Ray Vaughan No éramos Dylan y Ginsberg en procesión hacia la tumba de Kerouac, pero nos lo tomamos con la misma seriedad. Gabo me recogió en Bishop Arts en un camión de Fud. Lo atraparon conduciendo ebrio. Está bajo provisional. La tira le decoró el auto con un dispositivo al cual debe soplarle cada cinco minutos. Para comprobar que anda sobrio. Se rehúsa a manejarlo. El camión de Fud no cargaba embutidos. Estaba retacado de publicidad de la marca. Me acomodé en el asiento del copiloto y la solemnidad del momento se quebró, me sentí instalado en una comedia. Acepté viajar a Dallas por un compromiso literario porque deseaba visitar la tumba de Stevie Ray Vaughan. Un par de semanas antes me había tatuado las iniciales de Stevie Ray, en el pecho del lado del corazón, tal como aparecen en la portada del disco In Step, como una especie de exorcismo. Me tomó bastante tiempo entender que la novela que escribo es un homenaje a mi ídolo y no al diablo, como creí varios años. Este equívoco me acarreó tal cantidad de dolor y desató una serie de acontecimientos de los que me estoy desahogando en la larga crónica titulada How to Fight Loneliness. Mi peregrinación a Dallas se producía también con el afán de cerrar el círculo y ponerle punto final a varios años de confusión, extravío y sufrimiento incesante. Nunca me lo propuse de tal forma, pero parecía que si no acudía a la tumba de Stevie Ray jamás podría terminar con mi suplicio. Mi viajé había sido programado meses antes, en 2016, pero una terrible enfermedad me impidió realizarlo. Era mi primera ocasión en Dallas. El Laurel Land Memorial Park está ubicado en el norte de la ciudad, el distrito de los negros, como los héroes de Stevie Ray. Gabo ha vivido en Texas por siete años. Pero no conocía la tumba. Tuve que llegar yo a sonsacarlo. Entramos a la oficina de administración del panteón y nos topamos con una Big Mama. Una negra descomunal de anteojos y traje sastre. Gabo no demoró en chulearla. Qué tonto, jamás imaginé que la doña supiera quién era el difunto. Pero si Stevie Ray es una celebridad. Nos imprimió un mapa con las instrucciones para llegar a la tumba. Y nos informó que es un lugar muy concurrido

por los amantes de la música. Que incluso han viajado fans de Japón o Dinamarca con el mismo propósito que nosotros. Subimos en el Fud truck y nos internamos en el cementerio. Como sucedió con mucha música en mi vida, me adiestré en Stevie Ray Vaughan gracias a mi compa la Funda hace veintiún años. Vendía casetes grabados. Eran los noventa. Le mercaba música alternativa y rock de los setentas. Una de las ocasiones que me pasó a su cuarto, un santuario con una colección gigante de cd’s y un aparato de sonido rompe madres, me puso el video Live at the El Mocambo. Desde ese instante hasta el presente (y seguro hasta mi muerte) me ha obsesionado tanto la figura de Stevie Ray que me propuse escribir una novela en la que su música fuera protagonista. Fue así como surgió la idea de El santo madero (el diablo camina entre adobes como un niño con una boina sucia), la culpable de mis angustias y mis quebrantos. Le compré a la Funda una copia de Live at the El Mocambo, de quién es para mí el mejor guitarrista de la historia después de Jimi Hendrix. Nos tardamos un par de minutos en localizar el sitio exacto del sepulcro. Lo descu-

brió Gabo. Era una isla entre los predios. Un letrero advertía: Vaughan State. Como una moneda tirada en el pasto refulgía la tumba de Stevie Ray. Debajo de su nombre aparecía la fecha de su nacimiento y la de su deceso (ocurrido en Wisconsin, una historia que ya es leyenda, en un accidente aéreo, en un helicóptero en el que estuvo a punto de subir Eric Clapton) y al pie las palabras: thank you… for all the love you passed our way. Por fin me encontraba en el lugar donde habían sido depositados los restos de mi héroe. Había realizado un viaje de años y de kilómetros para ese momento. No sé lo que sentí. No fue una epifanía. Ni nada por el estilo. Me persigné. Levanté la cara y vi las hojas de los árboles y a un jardinero que manipulaba una podadora. La luz del sol caía sobre mí. Es todo, Gabo, le dije, vámonos. Tomé un par de fotografías que compartí en whatsapp con el Pipo, un compa de Torreón que hubiera dado un brazo por estar ahí. Esperaba encontrar la adoración por Stevie Ray más viva en Dallas. Pero no me sentía decepcionado. Justo en esos momentos había una muestra sobre su persona en Austin, lugar donde comenzó su carrera en el blues. Aquella noche, después de mi compromiso, me puse una de las borracheras más sabrosas de mi vida. Cuando llegas a Dallas por primera vez lo primero que hace tu anfitrión, sea gringo o no, es llevarte al bulevar donde le dispararon a Keneddy y a la casa donde vivió Lee Harvey Oswald. Pero nunca nadie te lleva a visitar la tumba de Stevie Ray. Al día siguiente me subí al avión aliviado. Como quien ha pagado una deuda onerosa. Una deuda que por cierto no sé cómo adquirí. Pero había quedado saldada. Saqué mi iPod y le di play a «The Sky is Crying». •

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SEXTO PISO TIMES

NOTICIAS QUE DE TAN FALSAS… PODRÍAN SER VERDADERAS  •  JUNIO DE 2017

Estudia Josefina Vázquez Mota cómo sacar partido nuevamente a una estrepitosa derrota Ahora que se ha consumado una nueva y estrepitosa derrota electoral para Josefina Vázquez Mota, diversos analistas se han preguntado sobre su futuro, y muy en particular, sobre cómo piensa en esta ocasión rentabilizar su derrota, como hizo con la fundación Juntos Podemos, que como todo el mundo sabe recibió más de mil millones de pesos del actual gobierno federal, a través de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Según fuentes cercanas a la ex candidata perdedora, ella misma ha expresado en privado su reticencia a continuar recibiendo dinero público como recompensa por su participación electoral, pues como a lo largo y ancho del país campa la cultura del sospechosismo, ya no quiere verse involucrada en nuevos escándalos potenciales. A raíz de lo anterior, al parecer ha tomado la decisión de volver a empuñar la pluma para escribir un libro, como ya hiciera anteriormente con el memorable Dios mío, hazme viuda por favor, obra magistral donde, en sus propias palabras, hace «una invitación a la mujer para que cobre conciencia de su voluntad e inteligencia y se atreva a ser viuda del miedo a elegir, del temor a desarrollar sus talentos y potencialidades, de asumir su libertad y responsabilidad.» La idea, siempre según fuentes cercanas a Vázquez Mota, es extender esa antigua idea y aplicarla en esta ocasión a sus dos experiencias electorales, donde el misterioso creador decidió hacerla viuda de la victoria, para dejarle muy en claro que en su plan maestro no se incluía el hecho de que fuera ni presidenta de la república, ni gobernadora del Estado de México. Decidida a no volver a desafiar a Dios en busca de ningún tipo de victoria, al parecer Vázquez Mota ha tomado la inflexible decisión de ahora dedicarse a explotar su innata capacidad para obtener una aplastante derrota, plasmando sus experiencias y sabiduría adquirida en un libro de título tentativo: Pero a perder sí que no me gana nadie. Lecciones y consejos para regodearse en las mieles del fracaso. Sin em-

«Estamos negociando los derechos de reproducción de “Born to Lose”, de Johnny Thunders»: allegado a la ex candidata. bargo, a pesar del aparente tono pesimista del volumen, quienes han tenido la fortuna de leer el borrador comentaron en exclusiva a Sexto Piso Times que se trata de todo lo contrario, y que la autora desea conectar con todos aquellos que se sienten excluidos de la sociedad, en particular los jóvenes sin oportunidades, para mostrarles la muy particular felicidad que se experimenta cuando uno constata no ser bueno absolutamente para nada, cuestión que al parecer en uno de los capítulos equipara incluso con la iluminación budista, por considerar que se trata simplemente de una forma distinta de alcanzar el desapego, aunque en este caso el desapego (o la viudez, para conectarlo con su obra anterior) se refiera a la posibilidad de encontrar cualidades en uno mismo. Al parecer, Vázquez Mota se encuentra decidida a tomar prestada la estrategia de una de sus némesis máximas, Andrés Ma-

nuel López Obrador, y planea presentar su nuevo libro en cada uno de los 3000 municipios del país. El objetivo es convertir al credo de la derrota a millones de miembros de grupos desafectados, como los emos, ninis, nerds y aficionados al Cruz Azul, para constituir un numeroso grupo de seguidores incondicionales, por si acaso, en una suprema paradoja sólo digna de un ser supremo, Dios decidiera en un futuro hacerla viuda de su temor al propio Dios, y con ello Vázquez Mota se sintiera con la audacia suficiente para volver a contender por la silla presidencial, por ejemplo en el 2024, para probar por tercera vez si acaso dentro de los insondables designios del creador hubiera algún resquicio para que alguna vez probara, así fuera de manera efímera, la victoria, o si debiera en cambio abocarse definitivamente a hacer proselitismo vitalicio en pro de las inconfundibles mieles de la derrota. •


El buzón de la prima Ignacia Estimada señora Ignacia: Como probablemente ya es de su conocimiento, los abajo firmantes hemos realizado en este número nuestra última entrega para Reporte Sexto Piso. Si bien por razones del leonino contrato que nos hacen firmar a los colaboradores, que como bien sabe contiene una estricta cláusula de confidencialidad, no podemos comentar las situaciones que condujeron a nuestra partida, no hay nada que nos impida manifestar nuestras opiniones hacia el porvenir, toda vez que hemos quedado ya desvinculados de todo nexo jurídico con esta publicación. Entonces, lo que quisiéramos con todo respeto cuestionarle es, ¿por qué sigue derrochando su talento y su sabiduría al servicio de una revista tan lamentable como ésta? Bien sabemos que la paga no puede ser su motivación, y es también evidente que publicaciones de mucha mayor calidad se pelearían por hacerse de sus servicios, así que la conminamos a seguirnos por la puerta de atrás por la que nos han echado, para juntos encontrar un nuevo hogar, más acorde a nuestro rango y a nuestras capacidades. En el caso de que por razones que desconocemos esté contemplando permanecer más tiempo en Reporte Sexto Piso, nos permitimos sugerir que entonces utilice la tribuna para denunciar tantas veces como sea posible a los truhanes que mal dirigen esta publicación, que no solamente no se han cansado de llevar ya más de dos años burlándose de sus fieles lectores, sino que ahora han comenzado una cacería de brujas hacia el interior de la revista que, tememos, hará que incluso la cabeza de usted ruede más temprano que tarde. Atentamente, El Señor Cerdo y Johnny Raudo

Queridos míos, Ay, ay, aaaaaaay, cómo me duele esa herida abierta que ha significado su partida. Con decirles que la otra noche, devorada por el insomnio, incrementé temerariamente las dosis de Rivotril con Gin Tonic para procurar conciliar el sueño, pero era tal la rabia y la impotencia ante el acto tiránico del que fueron objeto que no podía dormir de ninguna forma, hasta que sin saber cuándo ni cómo me colapsé en el piso de mi sala, para despertar a la mañana siguiente hecha un mar de lágrimas, sin lograr comprender cómo existe en este mundo tanta maldad y tanta monstruosidad. Sepan que su dolor es el mío y, en adelante, su causa será la mía también, y precisamente por ese motivo no les daré a los editores de octava que conducen esta publicación la alegría de renunciar, pues habrán de saber que para doblegar a Ignacia hace falta mucho más que esto. Y aprovecho también para decirles que a mí su acuerducho de confidencialidad me vale Wilson, y que me lo paso mil y una veces ahí por donde les platiqué. ¿Qué van a hacer? ¿Demandar a la prima Ignacia? Ja, ja y recontra ja. Si son tan tacaños que ni una buena base para el garrafón del agua han podido comprar para sus oficinas, ¿creen que van a gastar en un abogado que intente silenciarme? ¡Háganlo y entonces sabrán quién soy, barbajanes sin pudor alguno! Sepan que una serpiente herida muerde dos veces, o hasta tres si es necesario, así que no me prueben, que me tienen ya al límite, y una vez que explote, ni yo misma sabré de lo que soy capaz. Queridos Cerdi y Johnny: no teman, que estén donde estén, y en cualesquiera locas aventuras que la vida les depare a continuación, Ignacia seguirá velando por su bienestar, y por el momento permaneceré aquí, como una pústula enquistada en la piel de este organismo podrido, para continuar dándole voz a los desventurados y a las víctimas, pues aunque implica un sacrificio tal que sólo un alma abnegada como la mía puede sobrellevar, es la misión para la que me ha elegido el destino, y la cumpliré a cabalidad por tanto más tiempo como haga falta. Los estima y admira, Su prima Ignacia

Estudié Economía en el itam, Finanzas en Harvard y Karma en la Universidad Tibetana, pero el verdadero aprendizaje lo obtengo en esa loca maravilla llamada vida. Si quieres que lo comparta contigo, no lo pienses más y consúltame en el siguiente correo electrónico: ignacia@sextopiso.com (PD: No hay censura pero por favor sean recatados y no me vayan a andar preguntando puras pendejadas).

35 Estimada señora Ignacia: Seré breve. Soy una mujer de edad mediana que desde muy joven desarrolló una pasión por el aguacate, en todos los sentidos, así que he consagrado mi vida a esta fruta tan deliciosa como enigmática, y todo mi departamento está decorado en torno al aguacate, me visto a diario de su melancólico color, y no he pasado un solo día de mi vida adulta sin entregarme al menos una vez al día a su incomparable placer. Sin embargo, ahora mi idilio se ve amenazado por el cruel incremento en su precio, que lo ha vuelto incomprable para gente común como una. Intenté convocar a una marcha por mi cuenta de Facebook, y aunque tuve muchos likes, el mero día sólo llegamos yo, mi mamá y una tía. Dígame por favor cómo puedo luchar contra esta arbitraria medida, que ha puesto en juego el propio sentido de mi existencia. Gracias. Su segura servidora, Mercedes Arredondo

Estimada Mercedes: Yo también seré breve pues además, no sé si viste la carta anterior, pero no estoy de humor como para este tipo de estupideces. ¿Has consagrado tu vida al aguacate? ¿Tienes tu casa decorada con motivos de aguacates? ¿Te vistes, te visteeeeeeeeees, de color aguacate? (Sólo por curiosidad, ¿cuándo tuviste tu último novio?: ¿en el Paleolítico o en el Mezozoico?, jajajaja). ¿Comes diario aguacate? Uf, no quisiera ni ver el estado en el que debe encontrarse tu cutis. Pero, como ya lo dije, seré breve: Get a fucking life y no me molestes con este tipo de pendejadas, que ya bastante tengo con problemas reales como para encima tener que preocuparme por cuestiones como esta. Ahora que si de verdad es una cosa de vida o muerte, ¿por qué no te organizas como los rufianes esos de los huachicoleros, y creas bandas de robo de aguacate por toda la república, para así sumarte al caos y al desmadre en el que transcurre nuestra pobre vida nacional? Adiós y, por lo que más quieras, no vuelvas a escribirme nunca más.

Hazle una pregunta a la prima Ignacia. Si tienes la suerte de que en su infinita sabiduría la seleccione como la mejor del mes, recibirás gratis en tu domicilio el libro de tu preferencia de Sexto Piso.


Reporte Sexto Piso No. 34  

Revista de la editorial Sexto Piso, junio 2017.

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