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Siete pecados capitales, de Milorad Pavić, es un bello ejemplo de lo que Calasso llama Literatura Absoluta. Es el espejo que refleja la fantasía como realidad y la realidad como fantasía; el otro tipo de realidad, la que se cree real, y el otro tipo de fantasía, la que cree que es un engaño, simplemente se desvanecen en el sopor de la gris trivialidad. De hecho, todo gira alrededor de un peculiar espejo que porta un pequeño agujero en una esquina, posiblemente el pasaje que comunica y separa a la literatura y al mundo. Los siete relatos que conforman este extraordinario libro están conectados por este peculiar espejo que al final resulta ser el libro mismo. Llega un momento en que no se sabe si se es un simple lector, o si se es uno más de los personajes que desfilan a través de la mágica pluma de Pavić. Pero ni siquiera el propio Pavić se escapa al encantamiento que proyecta su imaginación, ya que él se encuentra también dentro del libro. Es una obra donde el espejo va desdoblando personajes, donde todos terminan por ser los dobles de todos, donde el mundo mismo no pasa de ser la imagen reflejada del pensamiento de Pavić, del pensamiento del lector… o simplemente del pensamiento. El autor no es el escritor, sino el libro; de igual forma que quien lo escribe, así como el que lo lee, no pasan de ser algunos de los personajes que la literatura produce para que el mundo continúe su curso. La grandeza de Pavić radica en esa capacidad para dejarse poseer por la literatura, y eso no es poca cosa.

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Milorad Pavić

Siete pecados capitales Novelista, cuentista, poeta, traductor e historiador literario, Milorad Pavić ha tocado con frescura y con una aproximación novedosa los límites de la estructura narrativa. Su Diccionario jázaro es considerado una de las obras maestras de la literatura posmoderna e incluso es llamada “la primera novela del siglo xxi”. Pavić nació en Belgrado en 1929. Es doctor por la Universidad de Zagreb en historia literaria. Después de enseñar literatura en distintas universidades, se ha dedicado por completo a la escritura. Su primera colección de poemas, titulada Palimpsesto, apareció en Belgrado en 1967. Entre sus principales obras destacan el Diccionario jázaro (1984), con el cual recibió el premio nin —máximo reconocimiento de las letras serbias—, Paisaje pintado con té (1988) y El último amor en Constantinopla Novela-Tarot (1994). Próximamente, Editorial Sexto Piso publicará Objeto único, novela con cien finales distintos.

Pavić / Siete pecados capitales

Sexto Piso es una casa editorial independiente, cuya principal línea de edición versa sobre textos de filosofía, literatura y reflexiones sobre problemas contemporáneos. La idea que nos impulsa es la de crear un espacio donde se pueda acceder a ciertos textos que generalmente pasan inadvertidos pero que son pilares de la cultura universal. La política editorial pretende ser rigurosa, lo que nos aleja de objetivos puramente comerciales, intentando, en cambio, ir tejiendo los distintos títulos que la conforman a la manera de una novela, es decir, que cada libro publicado sea un capítulo.

Narrativa Sexto Piso


Siete pecados capitales

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Milorad Pavić

Siete pecados capitales Traducción del serbio:

Dubravka Sužnjević

Madrid 2006 5


Título de la edición original: Sedam Smrtnih Grehova Copyright © 2003 by Milorad Pavić Primera edición en español: 2003 Traducción: Dubravka Sužnjević Ilustración de portada: AI, de Alberto Perezgrovas Diseño de portada: Ximena Canudas

© Editorial Sexto Piso S.A. de C.V., 2003 Sexto Piso España, S. L. c/Monte Esquinza 13, 4o. Dcha. 28010, Madrid, España www.sextopiso.com ISBN-13: 978-84-934739-3-8 ISBN-10: 84-934739-3-6 Depósito legal:

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida o transmitida de manera alguna sin previo permiso del editor. Impreso y hecho en España

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Índice 11

1. La jaula blanca de Túnez en forma de pagoda (Ocurre en la casa de Luka Ćelović, calle Kraljevića Marka, número 1) 27

2. El manantial mágico (Ocurre en París, en Bačka y en la casa belgradense de Dimitrije Perović, calle Crnogorska, número 8) 47

3. Hagiografía (Ocurre en la casa de los hermanos Krsmanović, calle Karadjordjeva, número 59) 63

4. Cazadores de sueños (Ocurre en las casas de Teodor Milišić y del mercader Nikolić, calle Karadjordjeva, números 42 y 44) 85

5. El cuarto de los pasos perdidos (Ocurre en la calle Svetozara Radića, número 9) 21 7


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6. Té para dos (Si esta historia ocurre en Belgrado es en la calle Kralja Petra, número 6, en la terraza de la taberna El signo de interrogación. Si ocurre en algún otro lugar es tal y como se indica en el cuento) 121

7. El espejo con agujero (Ocurre ante la casa de Manak, calle Gavrila Principa, número 5)

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1. La jaula blanca de Túnez en forma de pagoda (Ocurre en la casa de Luka Ćelović, calle Kraljevića Marka, número 1)

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Los pensamientos humanos son como cuartos. Entre ellos hay salas lujosas y cuartuchos saturados. Los hay soleados y sombríos. Algunos dan al río y al cielo, otros al traspatio o al sótano. Las palabras en ellos semejan cosas y pueden ser cambiadas de un cuarto a otro. Los pensamientos dentro de nosotros en realidad, esas habitaciones en nuestro interior, agrupadas en palacios o cuarteles, pueden ser moradas de otros donde uno resulta ser sólo un inquilino. A veces, sobre todo de noche, encontramos que las salidas de esos aposentos están cerradas con llave y no podemos abandonarlos. Estamos encerrados como en un calabozo hasta que nuestros sueños nos liberan y nos dejan salir. Pero los sueños son como los invitados de una boda, hay que esperarlos. Mientras tanto, reina el insomnio. Dicen que existen dos insomnios, como dos hermanas. El de antes de dormirse y el otro, después de despertar en plena noche. El primero es madre de la mentira, el otro es madre de la verdad. Desde que vivo solo el insomnio me atormenta cada vez más a menudo y yo lo resisto con un método que desarrollé con mucho afán. Todo ocurre en la cama y en mi mente. Y todo, de alguna manera, está relacionado con mi profesión de experto en decoración de interiores. Primero selecciono una casa en la ciudad que mejor me sirva para estos propósitos. Alguna construida con paja de avena que impide que las energías maléficas del inframundo suban hasta los aposentos. Al ubicar una casa con esas características empiezo a amueblarla y a arreglarla cada noche en mi mente. A llenarla de muebles 13


de mi invención. Pero yo no arreglo esa casa motivado sólo por el deseo de que luzca bien. Yo la estoy acondicionando para una persona en particular. Para JM. Y exclusivamente para las necesidades de esa persona. Todo empezó así. Durante mis paseos por las tardes escogí un pequeño palacio e indagué todo lo que se podía sobre su origen. Está en el mismo principio de la calle Kraljevića Marka que sube curvada desde el muelle del Sava hacia Zeleni Venac rompiendo el viento. Su fachada está llena de bonitas ventanas divididas en cruz que hoy en día ya no se hacen. Está erigido sobre la base de un “nueve vivo” cuya forma no encierra el cero como la mayoría de los demás números nueve. El edificio se conoce como “La casa de Luka Ćelović”. Fue construido en 1903 según los planos del ingeniero Miloć Savćić en el estilo neorrenacentista con elementos del neobarroco, a juzgar por los manuales de G. Gordić y B. Vujović. Es una “construcción angular con fines residenciales y comerciales con sótano, planta baja, dos pisos y el desván. A la fachada principal le dan especial vivacidad unas aberturas grandes en la planta baja donde hay algunas tiendas y los sólidos tímpanos arriba de las ventanas del primer piso. El edificio termina con una cornisa de techo, rematada con vigas voladizas, arriba de la cual se elevan el ático revocado y las clásicas ventanas de mansarda...”. Encima de la entrada está el escudo con letras L.C.T. entrelazadas y una placa que dice que fue donado a la Universidad de Belgrado. Su dueño, el famoso comerciante belgradense, Luka Ćelović (1854-1929), por muchos años presidente de la cooperativa de Belgrado, tenía su sede comercial en el edificio vecino, una belleza que daba a la plaza antaño conocida como el “pequeño mercado”. Su busto de bronce está no lejos de ahí, en la esquina de un edificio de varios pisos en la calle Karadjordjeva. Mira hacia el suroeste, hacia Trebinje, desde donde Luka había llegado a 14


Belgrado en 1872 para comprar tierras y levantar algunas de las casas más hermosas en el puerto. Fue uno de los fundadores del movimiento chetnik-komita1 en Serbia, creador de la bolsa de Belgrado y benefactor de instituciones científicas. De él dicen que por el chirrido de las plumas podía adivinar lo que sus contadores escribían. Durante mis insomnios, en vez de contar cuántas veces en la vida compré zapatos bonitos que no me quedaban bien, decidí poblar y amueblar la casa de Luka Ćelović. Sabía que esta casa le gustaba a JM y eso fue decisivo para mi elección. JM tenía un profundo sentido de “zonas” con energía positiva, como de otras también. La parte entre la Catedral y el río Sava era para ella una “zona” indiscutiblemente preciosa. Allí, en la cuesta que baja al Sava el invierno huele a otoño y la primavera a invierno, y JM consideraba que al entrar en esa “zona” empezaba a llevar su verdadero nombre. Apenas salía de dicha “zona” se llamaba de otra manera, era otra persona. Es decir, la elección cayó sobre la casa familiar de Luka Ćelović que estaba en esa “zona”. Al entrar en ese edificio en mi memoria susurré como un embrujo en cada una de sus habitaciones una de las diecisiete letras del nombre de JM. Ahora puedo decir que en aquel entonces ya tenía bien avanzados ciertos preparativos de particular índole. Durante el tiempo en que pude observar a JM a diario notaba los movimientos de sus brazos y sus manos delicadas, su manera de andar y peinarse, la postura del cuello y de los hermosos hombros y muslos, el movimiento de sus pechos al sentarse, los giros del cuerpo, el papel de sus piernas ovilladas en el sillón o corriendo, la vuelta de su cabeza detenida al oír, mucho 1 Grupos armados en Serbia y Montenegro que luchaban contra los invasores turcos

en la segunda mitad del siglo xix y contra las fuerzas del Eje durante la primera guerra mundial. (N de la T) 15


antes que el resto de nosotros, el rugido del avión que traía las bombas... Luego compuse un pequeño “diccionario de movimientos” de JM. Para cada uno de ellos establecí un signo. Fue particularmente difícil crear signos para sus irrepetibles pasos de danza. Siempre bailaba sola, ni siquiera conmigo bailaba jamás, pero esa danza era lo más hermoso en ella. En mi diccionario había signos parecidos a los usados por expertos rusos de ballet de principios del siglo pasado, como Nizhinski por ejemplo, para marcar sus partituras. Los puse en el diccio­ nario para una fácil localización. Era como un catálogo de movimientos; como un alfabeto secreto. Algo semejante al teclado de la computadora desde el cual se controlan saltos, carreras, nado o giros de héroes de videojuegos para adultos que JM y yo solíamos llamar “novelas sin palabras”. Para provocar dichas actividades inventaba distintos tipos de muebles, porque cada pieza de menaje preveía otro movimiento de JM: abrir una puerta, sacar un cajón, bajar la tabla del escritorio. Así provisto empecé a amueblar la casa de la manera que mejor satisfaría los gustos y la naturaleza de los movimientos de JM, decidido a invocar de ese modo, al menos en la mente, todas mis reservas de sus actividades, vueltas, entradas, subidas por la escalera y salidas... En mis operaciones nocturnas no quise cambiar la fachada de la casa. Sólo le lavé la cara con pinturas, con colores del vino blanco Bermet y de un azulado vino espumoso de Italia. Al revisar el interior de la casa de Luka Ćelović durante mi siguiente insomnio decidí remodelar la escalera. Recordé la manera de caminar de JM y un ademán suyo en la escalera barroca bifurcada del Palacio Auersperg en Viena; el de su mano que quiso apoyarse en el lujoso barandal metálico y luego desistió. También recuerdo que al bajar desvió su paso sobre el borde redondeado del último peldaño. Además, recordé que el palacio vecino de la Cooperativa de Belgrado también tenía 16


una escalera bifurcada, así que enseguida proyecté otra igual en la casa de Luka Ćelović. Una noche demolí en la mente las dos tiendas a los lados de la entrada y obtuve el espacio para llegar con la escalera bifurcada justo a la ventana en el centro del primer piso y de ahí más arriba, lo cual ya resultaba mucho más fácil. La nueva escalera era de piedra con el barandal de hierro forjado y el pasamanos de madera de roble para que el frío no ahuyentara la mano como en Viena. En la cama, mientras inhalaba el aire, con claridad veía en mi mente esa nueva escalera en la casa de Luka Ćelović, pero al exhalarlo la escalera desaparecía. En los escaparates de las tiendas demolidas coloqué vitrales que representaban dos sueños de JM que una vez me había contado. Uno de ellos, en el escaparate a la izquierda de la entrada, era su sueño sobre las nubes: “Nubes inmóviles y espesas como musgo ocultan el cielo. —¡Son verdes como el moho! —dice alguien cerca. La gente yace sobre el pasto de los lugares de recreo boca arriba o, sumida en los asientos de los cabriolés, observa esas nubes juntándose alrededor de los árboles más altos. En las grandes ciudades se ve ese musgo adherido a las cimas de los rascacielos rodeando como un caparazón todo el planeta. A veces esos compactos tapetes muertos de lama celeste se rompen y todo el musgoso firmamento se agita en esa parte y se inclina de manera que la gente empieza a marearse. Los aviones ya no despegan...”. Durante uno de mis siguientes desvelos coloqué en la parte trasera del edificio de Luka Ćelović los cuartos auxiliares, las cocinas de verano y de invierno y dos baños, uno grande y otro pequeño. Convertí la mansarda con tres ventanas en un jardín botánico. Allí JM podría desayunar y fumar sus cigarrillos, todos de colores diferentes. Al acabar así la obra negra empecé a arreglar el interior. No hay que pensar que, por ocurrir todo de noche, en la cama y en 17


la mente, yo no aplicaba los métodos necesarios y usuales de mi profesión. Ordené los picaportes y cerraduras del maestro Lunich, cuyo taller estaba cerca de Kalemegdan. De él ordeno todo el latón cuando trabajo en edificios reales. Pero aquí los pedidos eran especiales. Ni siquiera dos picaportes debían ser iguales. La razón era simple. Cada uno de los picaportes induciría un ademán diferente en los largos dedos de JM. Cuando los trajeron y distribuyeron los revisé con deleite. Uno tenía la forma de pájaro que estaría en la mano de JM cada vez que abriera la puerta de la sala de baile en el piso superior, otro era como el mango de un arco de violín, el tercero como un abanico chino. Había picaportes que llevaban manzanas de vidrio y bolas de mármol o picaportes hechos de cuernos del chivo montés, y en el dormitorio de JM se encontró un picaporte de madera de abeto que olía eternamente a bosques cubiertos de nieve. El picaporte de entrada se parecía a un pequeño revólver de dama del siglo xviii. La puerta se abría apretando el gatillo. Si se juntaran todos los ademanes necesarios para usar estos picaportes se obtendría una cincuentena de compases de la danza basada en la melodía favorita de JM, Ausencia... Desde luego que a veces me iba a observar la casa de Luka Ćelović de día y desde afuera. Estaba deteriorada y se veía mucho peor que en mis fantasías. Las cuatro tiendas en la planta baja tenían sus escaparates polvorientos y en un rincón del portón un anciano con sombrero remendado fumaba su pipa. La boquilla apestaba a cuernos de cabra húmedos y las orejas del viejo mostraban espuma rancia del rasurado. Todo era sumamente decepcionante. Por eso de noche, en la oscuridad, me empeñaba aún más en amueblar cada parte de esa casa. Le encargué al hojalatero Lunich que vaciara en bronce cincuenta pares de labios, los masculinos con bigote y los femeninos cubiertos de lápiz labial, y distribuí esos labios metálicos por las paredes de los cuartos 18


en vez de ceniceros. Conectados con los tubos aspiradores del edificio, succionaban ansiosamente la ceniza y colillas de los cigarrillos que JM fumaba y tiraba por toda la casa. Derribé las paredes del segundo piso y obtuve un “cuarto de música” espacioso, en realidad una sala de baile con tres ventanas que daban al antiguo “pequeño mercado”. JM podría liberar allí su incontenible energía para el baile en la estampida musical de Claro de luna. Para ese propósito se colocó un parqué nuevo en forma del laberinto de Chartres, que JM recordaba con agrado. Situé el baño grande en el segundo piso con vista al patio. Un picaporte en forma de narguile llevaba a un gran espacio rectangular, casi completamente vacío. El techo estaba iluminado como si encima del baño hubiera un cielo medio nublado. Al pisar las losetas de un negro pálido y violeta se notaba al fondo una cama de vidrio adornada con un cojín rojo a prueba de agua. Presionando el botón regulador de la densidad y la inclinación del agua empezaba a llover en el baño. De ese modo JM podrá dormir bajo una lluvia cálida en la cama de vidrio o, lo que le gustará sobremanera, poner la música y con los sonidos de Camino jázaro bailar bajo un chubasco. Aún recuerdo los movimientos laterales de sus hombros que parecían salir de las pinturas de mujeres egipcias de tumbas faraónicas, siempre retratadas de lado, de perfil. La ventana del baño es un semicilindro de cristal de tamaño humano y al entrar en él uno parece haber entrado en un poste de anuncios callejeros. Sobre su cristal lechoso se reprodujo una enorme ampliación de una foto del pequeño hijo de JM. De pie, está bebiendo una coca cola con un popote. Del techo de su estudio en el primer piso colgué una cadena con la mecedora de mimbre cuyo asiento era una auténtica silla de montar con estribos y perilla, a la que JM podrá aferrarse mientras descansa en este columpio su cuello y espalda 19


del trabajo en la computadora. Una pared era el monitor de su computadora. Podrá ver y sentir a su heroína favorita, Lara Croft, en su tamaño natural. En las alforjas le dejé como regalo la libreta electrónica que cargué con todas las obras publicadas de JM y una pequeña biblioteca de sus libros favoritos. Sobre la pared colgué una pequeña vitrina forrada de terciopelo en el que descansaba un lápiz escolar de JM. La cocina grande está orientada de tal manera que las sombras de pájaros, en verano, vuelan a través de ella, y en invierno las sombras de copos de nieve caen sobre el piso. La luz brilla por las falsas ventanas con mapas de vidrio de Cornwall y Egipto, las regiones favoritas de JM. En la pared está un lienzo de tela rústica con un bordado de dos bellas campesinas junto a la estufa con una olla. La inscripción en el lienzo registra sus palabras con hilo rojo: —¡Come, comadre, mientras está caliente! —¡Comí queso antes de comer y no tengo hambre! En el rincón junto a un sillón coloqué la jaula blanca de Túnez en forma de pagoda. En ella duerme Constantina, la gata rayada parecida a aquélla que JM encontró y amó en Grecia afirmando que Constantina en vez de soñar sus propios sueños soñaba los míos. JM jamás cocinaba platos cuya preparación durara más que el tiempo necesario para escuchar dos veces la canción Los noventa. Sin embargo, dada la rapidez de JM eso significaría una hora u hora y media en el caso de otra persona. En broma decía que vivía tan rápidamente que en unos años sería mayor que yo, que podría ser su padre. En realidad, cuando cocinaba seguía una extraña sabiduría considerando que la preparación de una comida no debe durar más que el tiempo necesario para comerla. El baño pequeño tenía un jacuzzi triangular y en la cabina un botiquín de vidrio con un vaso de cristal y una botella de amaro Ramazzotti. Se podía alcanzar sin levantarse del jacuzzi 20


con ese ademán alcanzatodo de su mano que JM usaba en la cama. En medio de ese pequeño baño está una silla de manos medieval para mujeres. Al levantar el cojín de su sillón aparece el asiento de marfil con el ovalado orificio y su tapa. Debajo de éste, un cubo vacío de mármol baja hacia el subterráneo. Allí, en el fondo, corre el agua del drenaje... La alcoba de JM estaba en el segundo piso junto al baño grande. Al lado de ella construí un pequeño cuarto para la ropa y el calzado. A JM le quedaban bien tanto las prendas y sombreros femeninos como los masculinos. Usaba con el mismo placer los suyos y los míos. Sus zapatos permanecían como nuevos por décadas. Por eso llené el vestidor con la ropa de ambos. Pero, ahí mi trabajo se detuvo... Aparte de un sofá azul que puse enseguida entre dos ventanas y un espejo extraño con un pequeño agujero en una esquina, no lograba emprender en mis insomnios el arreglo del dormitorio de JM. Después de todo, era de esperarse. Porque allí estaba el punto clave. Yo no emprendía todas estas labores reflexivas sobre la decoración interior de esa casa sólo para apagar mi insomnio. Tenía otra razón más importante: anhelaba invocar a JM para que estuviera en mi vida de nuevo. Aunque fuera de esta manera absurda e insensata, establecía en mi recuerdo todo el repertorio de sus movimientos desde que entraba a la casa hasta que se iba a acostar. Los objetos distribuidos en esa casa formaban en mi mente y en mi memoria una película sobre sus movimientos. Ella era rápida, más rápida que cualquiera que yo conociera. Sabía ver, tender la mano o lanzar una palabra como con un tiragomas antes que nadie. Tan rápida como era, pensaba, tal vez sentirá ese tejido espeso de sus movimientos en mi imaginación y reaccionará antes de que sea tarde. Tal vez vendrá a ver en la realidad la casa en el “pequeño mercado” habitada por su paso y su danza a través de mis insomnios. 21


* Por supuesto que tales esperanzas se disipaban cada mañana en la gris cotidianeidad. Bastaba ver el cielo con unos cuantos pájaros sucios y las nubes que se derretían. Una mañana de ésas encontré en mi oficina un mensaje con la solicitud de un proveedor para que me reportara. No pude hacerlo enseguida, pero uno o dos días después me llamó una voz masculina, se presentó y me propuso que interviniera en el arreglo de un edificio residencial. Demostró que sabía de varios interiores que yo había ideado en algunas casas belgradenses, así que acepté. Entonces me dio la dirección y casi me desmayé. La casa donde habría de trabajar era la de Kraljevića Marka número 1. —Tal vez se acuerda de ese edificio —agregó la voz— se conoce como la “casa familiar de Luka Ćelović”. Algunas partes no están arregladas, por eso lo llamo de parte de mi cliente... En ese mismo instante, sin esperar el día de la cita con el cliente, corrí hacia allá como enajenado. Desde lejos noté los cambios en la casa de Luka Ćelović. La fachada estaba pintada de colores del Bermet blanco y del azulado vino espumoso italiano. Los dos escaparates de las tiendas a cada lado de la entrada tenían vitrales nuevos. El izquierdo mostraba un paisaje con nubes extrañas. Era una pintura sobre el vidrio. Las nubes espesas como musgo, verdes e inmóviles, ocultaban el cielo. En esa pintura de cristal la gente yacía en el pasto de los lugares de recreo boca arriba o, sumida en los asientos de los cabriolés, observaba esas nubes juntándose alrededor de los árboles más altos... Con asombro agarré el picaporte en forma de revólver de dama del siglo xviii y jalé el gatillo. La cerradura crujió y la puerta se abrió ante mí. Apareció una escalera barroca bifurcada y me inundó un tufo a cuernos de cabra húmedos. Allí me topé con un viejito de sombrero remendado y pipa, tal vez el 22


cuidador, un poco sorprendido por mi presencia. Sin prestar atención a sus gritos me aferré al pasamanos de madera de roble y corrí como enajenado al piso superior. Pasé junto al estudio de JM, donde la mecedora con asiento de silla de montar aún se mecía, y fui a la cocina, donde asusté a la gata Constantina. Yo estaba temblando y repitiendo a media voz: —Esto no es posible, esto no es posible... —hasta que un chubasco me empapó hasta los huesos. En realidad, apurado por llegar cuanto antes al dormitorio, tomé el atajo y atravesé el baño grande en el que aún estaba lloviendo como si alguien acabara de salir de la ducha. Completamente mojado me detuve en la puerta del único cuarto que no alcancé a amueblar en mi insomnio. El dormitorio. Tampoco aquí, en la realidad, había muebles. Sólo estaba el sofá azul entre las dos ventanas al fondo. JM estaba sentada en él sobre sus piernas ovilladas, bajo su flequillo negro, con el pelo bien corto muy por encima de la nuca y aretes parecidos a cigarrillos dorados. Con aquella sonrisa más vieja que ella misma. Como siempre, debajo de su vestido negro y medias relucientes, sentí la densidad de su cuerpo. La rapidez bajo la carne inmóvil de hembra. Me paré como golpeado y dije: —¡Dime que esto no es verdad! —¿Cómo no si estás empapado como un ratón? —Pues ¿cómo? —agregué tontamente. JM se rió. —Tú quieres una explicación para todo esto, ¿no? Pero, ¿para qué la necesitas, si aquí estamos de nuevo tú y yo? ¿Acaso el amor necesita explicaciones? Pero, si insistes que se te diga, va. Todo esto es mentira. Desde el picaporte en el portón hasta el techo de vidrio, esta casa arreglada de esta manera no existe en la realidad. Todo esto es un infinito simulado y una eternidad temporal. 23


—¿Y tú? —pregunté con voz temblorosa. —Yo tampoco existo, desde luego. —No lo creo —dije y me acerqué un paso. Aspirar el perfume de una mujer es como escuchar su pensamiento. Sentí el aroma de su cabello, pero ella no se movió. Y dijo: —No importa si lo crees o no, porque tampoco tú existes. —¿Tampoco yo? —Tampoco tú. Éste es un juego sobre nosotros que la verdadera JM cargó en la computadora.

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Siete pecados capitales, de Milorad Pavić, es un bello ejemplo de lo que Calasso llama Literatura Absoluta. Es el espejo que refleja la fantasía como realidad y la realidad como fantasía; el otro tipo de realidad, la que se cree real, y el otro tipo de fantasía, la que cree que es un engaño, simplemente se desvanecen en el sopor de la gris trivialidad. De hecho, todo gira alrededor de un peculiar espejo que porta un pequeño agujero en una esquina, posiblemente el pasaje que comunica y separa a la literatura y al mundo. Los siete relatos que conforman este extraordinario libro están conectados por este peculiar espejo que al final resulta ser el libro mismo. Llega un momento en que no se sabe si se es un simple lector, o si se es uno más de los personajes que desfilan a través de la mágica pluma de Pavić. Pero ni siquiera el propio Pavić se escapa al encantamiento que proyecta su imaginación, ya que él se encuentra también dentro del libro. Es una obra donde el espejo va desdoblando personajes, donde todos terminan por ser los dobles de todos, donde el mundo mismo no pasa de ser la imagen reflejada del pensamiento de Pavić, del pensamiento del lector… o simplemente del pensamiento. El autor no es el escritor, sino el libro; de igual forma que quien lo escribe, así como el que lo lee, no pasan de ser algunos de los personajes que la literatura produce para que el mundo continúe su curso. La grandeza de Pavić radica en esa capacidad para dejarse poseer por la literatura, y eso no es poca cosa.

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Milorad Pavić

Siete pecados capitales Novelista, cuentista, poeta, traductor e historiador literario, Milorad Pavić ha tocado con frescura y con una aproximación novedosa los límites de la estructura narrativa. Su Diccionario jázaro es considerado una de las obras maestras de la literatura posmoderna e incluso es llamada “la primera novela del siglo xxi”. Pavić nació en Belgrado en 1929. Es doctor por la Universidad de Zagreb en historia literaria. Después de enseñar literatura en distintas universidades, se ha dedicado por completo a la escritura. Su primera colección de poemas, titulada Palimpsesto, apareció en Belgrado en 1967. Entre sus principales obras destacan el Diccionario jázaro (1984), con el cual recibió el premio nin —máximo reconocimiento de las letras serbias—, Paisaje pintado con té (1988) y El último amor en Constantinopla Novela-Tarot (1994). Próximamente, Editorial Sexto Piso publicará Objeto único, novela con cien finales distintos.

Pavić / Siete pecados capitales

Sexto Piso es una casa editorial independiente, cuya principal línea de edición versa sobre textos de filosofía, literatura y reflexiones sobre problemas contemporáneos. La idea que nos impulsa es la de crear un espacio donde se pueda acceder a ciertos textos que generalmente pasan inadvertidos pero que son pilares de la cultura universal. La política editorial pretende ser rigurosa, lo que nos aleja de objetivos puramente comerciales, intentando, en cambio, ir tejiendo los distintos títulos que la conforman a la manera de una novela, es decir, que cada libro publicado sea un capítulo.

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Fragmento Siete pecados capitales  

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