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Paolo Zellini es un escritor único: en él confluyen diversas corrientes de pensamiento que, al pasar por la criba de su poderosa pluma, emergen como una creación extraordinaria. La rebelión del número es un claro ejemplo. Pocas veces podemos contemplar una visión científica que me­ diante analogías literarias y filosóficas logre proyectar la esencia misma de la sabiduría y el conocimiento de todos los tiempos. Zellini nos va narrando, con maestría y claridad, la historia moderna de las matemáti­ cas. Pasando por personajes de la talla de Dedekind, Cantor, Poincaré, Russell, Brouwer, Hilbert, Gödel, Lakatos, por nombrar sólo algunos, la mirada de Zellini se adentra en las cuestiones más intrincadas que han aquejado al pensamiento matemático de los últimos dos siglos. Los matemáticos oscilan entre la creación divina y la simple constatación de lo que la naturaleza esconde en sus enigmáticas estructuras. Los en­ tes mate­máticos pueden ser creaciones exclusivas de ciertos individuos que, a pesar de existir únicamente en sí mismas, sin ningún tipo de relación con la realidad exterior, permanecen verdaderas. Éste es el pos­ tulado de las tesis intuicionistas. Pero por otro lado tenemos el embate formalista, que pretende dotar de cimientos incontrovertibles a las mate­ máticas, intentando así alejarse del simple juego especulativo. Zellini ubica entre estas dos grandes tendencias lo que él llama la crisis de los fundamentos, donde incluso la forma de conocimiento considerada más precisa está inmersa en cuestiones indemostrables. Este maravilloso periplo, plagado de crisis e incertidumbres, es lo que finalmente hace de las matemáticas algo tan fascinante. Pero lo realmente extraordina­ rio es poder ver cómo el conocimiento es algo que no puede abordarse unilateralmente. Incluso en matemáticas, el fundamento es una simple imagen que los hombres buscan materializar sin conseguirlo jamás. No obstante, para Zellini eso no es algo desalentador: «Flaubert, recordaba Yeats, hubiera querido escribir la historia de un hombre que sueña las visiones más espléndidas conforme su vida se vuelve más infeliz; el naufragio de un amor “real” coincidiría al final con “su matrimonio con una princesa de ensueño”».

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Paolo Zellini

La rebelión del número

Paolo Zellini / La rebelión del número

Sexto Piso es una casa editorial independiente, cuya principal línea de edición versa sobre textos de filosofía, literatura y reflexiones sobre problemas contemporáneos. La idea que nos impulsa es la de crear un espacio donde se pueda acceder a ciertos textos que generalmente pasan inadvertidos pero que son pilares de la cultura universal. La política editorial pretende ser rigurosa, lo que nos aleja de objetivos puramente co­ me r c i a le s, i nt e nt a ndo, e n cambio, ir tejiendo los distintos títulos que la conforman a la manera de una novela, es decir, que cada libro publicado sea un capítulo.

Paolo Zellini nació en Trieste en el año 1946. Es matemático y profesor en la Universidad de Roma 2 y en el cnr de Roma. Ha escrito tres libros: La rebelión del número, Gnomon y Breve historia del infinito, éste último fue considera­ do por Italo Calvino como una de las mejores lecturas que hizo en su vida.

Colección Noesis


La rebeli贸n del n煤mero




Paolo Zellini

La rebeli贸n del n煤mero Traducci贸n de

Teresa Ram铆rez Badillo

Madrid 2007 


Título de la versión original: La ribellione del numero Copyright © 1985 and 1997 by Adelphi Edizioni, Milano/Italy Este libro se negoció a través de la Agencia Literaria Ute Körner Literary Agent, S.L., Barcelona Primera edición en español: 2007 Traducción: Teresa Ramírez Badillo Ilustración de portada: Sin título, Javier Arévalo, 1995.

© Editorial Sexto Piso S.A. de C.V., 2007 Sexto Piso España, S. L. c/Monte Esquinza 13, 4o. Dcha. 28010, Madrid, España www.sextopiso.com ISBN-13: 978-84-935204-2-7 ISBN-10: 84-935204-2-X Depósito legal:

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida o transmitida de manera alguna sin previo permiso del editor. Impreso y hecho en España




Índice

Capítulo primero 11

I. El poder de crear 20

II. Ciencia y voluntad 31

III. Posterioridad de los principios 33

IV. El nuevo positivismo y el Congreso de París 43

V. Idealismo y experiencia

Capítulo segundo 53

I. La estatua de Dédalo 59

II. El principio de abstracción 77

III. Autorreproducción y tipos lógicos 81

IV. Las críticas de Ramsey, Poincaré y Wittgenstein 


Capítulo tercero 101

I. El nudo de Gordium 107

II. El programa de Hilbert 119

III. La Escuela de Göttingen 124

IV. Transformación

Capítulo cuarto 135

I. Eso que es común a todos 152

II. La crisis de Hermann Weyl 160

III. La prescripción positivista

Capítulo quinto 165

I. «Creo formas en mi mente…» 169

II. El poder de los signos 


179

III. Mito y creatividad

Capítulo Sexto 193

I. Últimos tentativos 209

II. Incompletitud e indecidibilidad 228

III. Digresión sobre el destino

Capítulo Séptimo 241 I. Orden y rebelión 244

II. La división 270

III. Matemática sin fundamento




Capítulo primero i. El poder de crear Se dice, por lo general, que las revoluciones de Heisenberg y de Gödel reflejan dos crisis paralelas de la ciencia, de la física y de las matemáticas, respectivamente. Las crisis tuvieron algunas afinidades, pero también se distinguieron por sus caracteres peculiares, que (sumariamente) se podrían contraponer así: «Los físicos se preocupaban por la relación recíproca entre pensamiento y realidad, mientras que los matemáticos se preocupaban por la relación recíproca entre pensamiento y fórmulas».1 A finales del siglo xix pensamiento y fórmula aún no estaban en conflicto recíproco, antes bien se estaba difundiendo la convicción de un nuevo, inédito pacto entre el matemático y sus símbolos. Muchos eran los síntomas del advenimiento de una especie de «libertad», de un modo de razonar libre de los vínculos impuestos por la observación de la naturaleza y los fenómenos externos. El matemático empezaba a estar solo con su «pensamiento puro», a pensar que podía fabricar abstracciones sin tener que someterse a la intuición ordinaria del espacio o del tiempo, sin tener que obedecer a los tradicionales a priori del conocimiento. De algún modo, empezaba a ser el portador de una o‡hsi˚, de una presunción de ser el agente 1

Yu. I. Manin, Mathematics and Physics, Boston, 1982, p. ix. 11


voluntario de sus propios pensamientos, creando conceptos (y símbolos correspondientes) con la única condición de que no estuvieran en contradicción recíproca. A lo largo del siglo xix, con la geometría de Grassmann, Riemann y Lobachevski, se habían rebasado ampliamente los límites de la experiencia física, se había transgredido finalmente la vieja regla aristotélica que confinaba a la geometría a las tres dimensiones del espacio. La excepción se había infiltrado poco a poco. En un artículo de la Enciclopedia («Dimensión») D’Alembert había empezado a sugerir que se pensara el tiempo como una cuarta dimensión.1 Cauchy había exaltado la idea de un espacio n dimensional como algo que habría favorecido el progreso de las matemáticas (de la teoría de los números en particular). Sin embargo, fue Grassmann quien desarrolló ampliamente la idea de una geometría de n dimensiones, y a raíz de ella profetizó una nueva «liberación». Así se lee en un escrito suyo de 1845: «Mi Cálculo de la Extensión construye el fundamento abstracto de la teoría del espacio; por lo tanto, está libre de toda intuición espacial, y es una ciencia puramente matemática; sólo la aplicación específica al espacio [físico] constituye la geometría. Sin embargo, los teoremas del Cálculo de la Extensión no son simples traducciones de resultados geométricos a un lenguaje abstracto; tienen un significado mucho más general, porque mientras la geometría ordinaria está vinculada a las tres dimensiones del espacio [físico], la ciencia abstracta está libre de esa limitación».2 Una señal de liberación y de apertura a una imaginación más «libre» estaba, por lo demás, implícita desde la tesis de habilitación de Riemann (1854): Über die Hypothesen welche 1

Cfr. M. Kline, Mathematical Thought from Ancient to Modern Times, Nueva York, 1972, p. 1209; traducción al español, El pensamiento matemático de la antigüedad a nuestros días, Madrid, 1992. 2 Ibíd., p. 1030. 12


der Geometrie zu Grunde liegen. Es sabido, dice Riemann, que la geometría asume como datos la noción de espacio, así como los principios utilizados por toda construcción espacial. Pero no se pueden definir estos principios apropiadamente, sólo nombrándolos. La definición nominal implícita al decir «punto», «línea», «superficie» es incierta e imperfecta porque no capta las verdaderas determinaciones, que se traslucen con mucha más claridad que los axiomas. Para Riemann la primera razón de que persistiera esa ignorancia acerca de la naturaleza de los entes geométricos era haber descuidado una vasta área de posibilidades heurísticas en el ámbito de las magnitudes pluridimensionales. De un estudio semejante habría surgido de inmediato una noción más general y articulada de los entes geométricos, de los espacios posibles y las métricas posibles, y la aparente necesidad de ciertas relaciones espaciales de la teoría euclidiana (aunque se concibiera como verdad privilegiada) habría cedido el paso a un círculo más vasto de hipótesis equiposibles. El pensar que la geometría habla de objetos cuyas propiedades se tienen que deducir principalmente de axiomas (después de Riemann así lo sentenció Hilbert en sus Grundlagen der Geometrie, 1899) seguramente ofreció una aportación ulterior a la idea de una matemática que elige por sí misma, fuera del imperativo de presuntas esencias preconstituidas, las bases de su propia edificación. Los «puntos» y las «líneas» empezaron a dejar de ser cosas claras en sí, para convertirse en objetos descritos por proposiciones capaces de especificar su uso, y por consiguiente, en buena medida, en productos de elecciones voluntarias, de axiomas revocables o de convenciones «libremente» preestablecidas. Por supuesto que la «realidad» natural aún estaba en condiciones de influir en las elecciones, pero no de condicionarlas del todo. En 1868 Hankel dijo que la matemática debe considerarse «puramente intelectual, una pura teoría de formas 13


que tiene como objeto propio no la combinación de cantidades o de sus imágenes, los números, sino de entidades mentales a las que podrían corresponder objetos efectivos o relaciones, si bien esta correspondencia no es necesaria».1 Señales de la misma especie venían de la propensión reciente a tratar los entes matemáticos como clases o conjuntos. A ella habían contribuido las grandes intuiciones de Weierstrass, de Cantor y de Dedekind, que ahora parecían fomentar la idea de una desprejuiciada e inaudita creatividad del «espíritu». En el prefacio a la primera edición de Was sind und was sollen die Zahlen?, Dedekind decía que consideraba los números-conceptos «completamente independientes de las nociones o de las intuiciones del espacio y del tiempo». Es preciso considerarlos, agregaba, «un resultado inmediato de las leyes del pensamiento […]: los números son libres creaciones de la mente humana».2 Las extensiones graduales del número, de los negativos a los racionales, hasta los irracionales y los complejos, debían corresponder a actos creativos de la mente, que confiada podía plantear como existente cualquier entidad concebida (con el vínculo, por supuesto, de la no contradicción). De ese modo para los números irracionales, definidos como cortaduras del cuerpo racional: «cuando estamos en relación con una cortadura […] no producida por algún número racional, nosotros creamos un nuevo número irracional α, que consideramos completamente definido por esta cortadura […]; diremos que el número α corresponde a tal cortadura, o que produce tal cortadura».3 1

M. Kline, óp. cit., p. 1031. La cursiva es mía.

2 R. Dedekind, Was sind und was sollen die Zahlen?, Braunschweig, 1888; trad. ingl.

«The Nature and Meaning of Numbers», en R. Dedekind, Essays on the Theory of Numbers, Nueva York, 1963, p. 31; traducción al español, ¿Qué son y para qué sirven los números?, Madrid, 1998. 3 R. Dedekind, Stetigkeit und irrationale Zahlen, Braunschweig, 1872; trad. ingl. «���������������������������������������������������� Continuity and Irrational Numbers������������������� »������������������ , en R. Dedekind, Essays on the Theory of Numbers, óp. cit., p. 15. 14


Dedekind decía que entendía como una cosa todo objeto del pensamiento, y esta cosa, agregaba, era completamente determinada por todo lo que se podía afirmar o pensar de ella.1 Por ejemplo, las primeras consideraciones sobre la «naturaleza de los números» preveían la existencia de un «sistema» S (es decir, de un aglomerado, completamente general, de objetos a, b, c…) en el cual se delinearía de manera abstracta una estructura que comprende como caso específico aquélla universalmente conocida de los números. Ahora bien, escribía Dedekind en una pequeña nota, es inútil tener un procedimiento efectivo que diga cómo poder decidir, una vez puesto S, si un objeto pertenece o no a S. El sistema S está perfectamente determinado como puro ente pensado, sin ninguna otra precaución. En una carta a Weber, de 1888, Dedekind resumía las facultades demiúrgicas del matemático escribiendo literalmente: «nosotros somos de raza divina y poseemos […] el poder de crear».2 También de Dedekind era la paráfrasis del célebre lema pitagórico actualizado a la última evolución de la matemática: ée€ ı ênϑrvpow ériϑmht€zei. Dedekind pensaba, evidentemente, que los entes matemáticos más simples, los números enteros, se podían extraer de consideraciones lógicas referidas a clases generales de objetos. Se trataba de despojar a las propiedades de los números de su carácter específicamente aritmético, descubriéndolas por lo que eran: conceptos abstractos de tipo perfectamente general, modos de legislar del pensamiento puro, en ausencia de los cuales el pensar mismo era nada. Dedekind llamaba a esta «abstracción» (esto es, abstracción del carácter específicamente aritmético e inmersión en la esfera de lo lógico) «liberación»:3 consideraba 1

R. Dedekind, Was sind und was sollen die Zahlen?; trad. ingl., óp. cit., p. 44. Citado en J. Cavaillès, Le problème du fondement des mathématiques, París, 1938, p. 57. 3 R. Dedekind, Was sind und was sollen die Zahlen?, trad. ingl., óp. cit., p. 68. 2

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que en este reino de abstracciones el intelecto podía moverse con comodidad y seguridad, hasta colocar en su increíble simplicidad un fundamento estable de la matemática. Dedekind, por ejemplo, empezaba a constatar que el conjunto N de los números naturales es un sistema de objetos individuales. Además, la relación entre un entero n y su «sucesor» n + 1 podía considerarse como el caso especial de una correspondencia ∅ de cualquier sistema S consigo mismo, en fórmulas ∅ (S) ⊂S (que se lee: la correspondencia ∅ asocia a un elemento de S otro elemento de S). Así, abstrayendo de las propiedades específicas de los números naturales, Dedekind llegaba a definir la noción de cadena (esto es: S es una cadena relativa a la correspondencia ∅ si ∅ (S) ⊂S) y a construir sobre este concepto más abstracto y general la teoría de los números, las definiciones de las operaciones aritméticas ordinarias, el principio de inducción y un teorema de existencia de clases infinitas. La misma noción de cadena, en el sentido que le atribuyó Dedekind, acentúa ese carácter de empresa idealista que caracterizó a la matemática de fines del siglo xix. La idea de clausura era connatural a esa noción. La cadena era un universo «cerrado» respecto a la ley de transformación ∅ definida en su interior: ninguno de sus elementos se transformaba en algo que no perteneciera al propio universo (por ejemplo, la multiplicación por un entero fijo, m, transforma todos los elementos de la cadena de los números naturales en el correspondiente «múltiplo» de m). De aquí la idea crucial de una «totalidad», de un ˜lon, dentro del cual se pudieran definir estructuras parciales: estructuras en las que el «todo» se pudiera pensar articulado en toda la riqueza de las posibilidades intrínsecas propias, sin jamás salirse de sí mismo. El sistema entero debía considerarse infinito, agregaba Dedekind, si la parte propia en la que se encontraba «reflejado» a causa de la transformación interna era suficientemente rica; es decir, si contenía «tantos 16


elementos» como contenía la totalidad, o sea, que podía ponerse en correspondencia biunívoca con ella. Y no había dudas de que el infinito existía, ya que el conjunto de los pensamientos, argumentaba Dedekind, es decir, de todos los objetos de nuestra atención mental, contenía una cadena que se construía con el mismo mecanismo de generación de la cadena de los naturales, mediante una ley que la ponía en correspondencia biunívoca con una parte suya. Setenta años después Hao Wang1 comentó que la demostración de la existencia del infinito quizá había estado dirigida bajo el influjo de un doble impulso: de un lado la evidencia de una solidaridad entre pensamiento y ser, de derivación parmenídea; del otro un mecanismo ya probado, utilizado en las Paradojas del infinito de Bolzano, para la generación automática de los pensamientos (o mejor, de las «proposiciones y verdades en sí»). Pero también hay algo que hace pensar en ciertas páginas de Hegel, o de Bradley. El concepto de cadena remite a una idea guía de la Ciencia de la lógica hegeliana: la definición de un marco suficientemente amplio del pensamiento que pueda contener dentro cualquier movimiento de aparente fuga hacia el exterior. Hegel escribía que el sistema de los conceptos debe construirse a sí mismo y completarse sin acoger nada de fuera, y el verdadero infinito es un ser vuelto en sí, una especie de «referencia de sí a sí mismo». Y, efectivamente, la cadena de Dedekind evoca, por su «referencia a sí misma» mediante la transformación interna que la define, algo similar al absoluto hegeliano, a su desarrollo siempre dentro de sí mismo, sin convertirse nunca en otra cosa de lo que es. Hegel insistía en atribuir a su absoluto carácter de fundamento (Ciencia de la lógica i, libro ii, sec. 3, cap. 1) porque todas 1 H.

Wang, «The Axiomatization of Arithmetic», en Journal of Symbolic Logic, 22, 1957, pp. 145-158. 17


las cosas encontraban allí su propia cualidad y transparencia. De manera similar, el sistema en el que Dedekind mantenía ligadas las verdades aritméticas constituía una explicación que era también su esencia. Los números eran lo que eran sólo en relación con la totalidad que los encerraba y con las múltiples relaciones entre subsistemas de esa totalidad. La suma y la multiplicación no eran mecanismos circunscritos, con una finalidad operativa inmediata y «local»; eran en cambio recorridos implícitos de una totalidad, en virtud de un esquema de definición por recursión en el que se vería el adelanto de la teoría de Church y de Kleene. Fue Cassirer, entre otros, quien recogió las sugestiones filosóficas de ese sistema y consideró la abstracción efectuada por Dedekind como una «liberación». El acto de abstracción, se lee en Substanzbegriff und Funktionsbegriff (1910), tiene la finalidad de hacernos conscientes de una relación considerada en sí y por sí, independientemente de los casos particulares a los que se puede aplicar, así como de las circunstancias psicológicas accesorias del sujeto. Ya no existen entes matemáticos, como los números, que sean algo fuera del aparato lógico en el que están comprendidos. La construcción ideal es la que reemplaza a cada objeto, y se asienta como esquema de referencia absoluto para quien quiera saber qué es un número, una cortadura o una operación aritmética. Cassirer sugiere que ésta también es la vía para finalmente considerar legítimo el infinito actual. El universo aritmético de Dedekind aspira a no dejar nada fuera de sí, y traslada mientras tanto la actualidad del número al sistema, de lo individual al todo. El infinito actual puede introducirse en las matemáticas no tanto porque haya «números infinitos», sino más bien por el hecho de que los números son partes de «algo infinito» que encierra virtualmente todo lo que se puede hacer o inventar con los números. Tampoco importa, en el fondo, que sea el sujeto que crear lo que más le agrade. Lo que 18


importa es que el trabajo empírico del sujeto pueda practicarse sin restricciones en el ámbito de una amplia estructura ideal, un sistema estable y permanente de conceptos de existencia rigurosamente objetiva. La espontaneidad del matemático debe resolverse o, incluso, consistir en obedecer a un edificio conceptual eterno e inmutable. El dinamismo de la investigación no es un crecimiento de la ciencia siempre allende sí misma, sino una aclaración en el interior de un campo de relaciones objetivamente necesarias: dinamismo en la estaticidad.1 También Cantor, al igual que Dedekind, «creaba» conceptos, si bien los números transfinitos le parecían el fruto de una inspiración divina de la que él era el simple intérprete y ejecutor.2 Para Cantor la formación de un concepto ocurría según un proceso que es siempre el mismo, y que se podía describir, según el comentario de Jourdain, de esta manera: «pongamos algo que no tiene propiedades, que no es otra cosa, al principio, que un nombre o un signo A, y atribuyámosle ordenadamente diversos, y hasta infinitos, predicados cuyo significado sea conocido en virtud de ideas ya preexistentes, tales que no se contradigan el uno al otro. Con esto las relaciones de A con los conceptos ya adquiridos, y en particular con los afines, están determinadas; hecho esto, todas las condiciones para el despertar del concepto A, que descansa en nosotros, están a disposición, y éste hace su ingreso a la “existencia” en el primer sentido del término [en el sentido mental, ideal]; demostrar su “existencia” en el segundo sentido [que implica la correspondencia de una realidad externa] es un problema metafísico».3 1

Cfr. E. Cassirer, Substanzbegriff und Funktionsbegriff, Berlín, 1910. Cfr. J.W. Dauben, Georg Cantor, his Mathematics and Philosophy of the Infinite, Cambridge, Mass., 1979, p. 146. 3 «Introduction» de P.E.B. Jourdain a G. Cantor, Contributions to the Founding of the Theory of Transfinite Numbers, Nueva York, 1955, p. 69. 2

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Justamente porque era legítimo olvidarse, en primera instancia, de la realidad física, y del eventual cotejo externo del concepto, la matemática podía definirse «libre». Esta «libertad», que se resumía, por tanto, en el carácter simplemente «ideal» del signo, era más bien la esencia misma de la matemática (así la consideraba Cantor), tanto por sus fundamentos como por su finalidad. Al «espíritu» del matemático alguno habría podido incluso atribuirle la sentencia de Spinoza: «ex sola suae naturae necessitate existit, et a se sola ad agendum determinatur».1 ii. Ciencia y voluntad Las últimas conquistas matemáticas del siglo xix comenzaron muy pronto a despertar algo que una primera mirada consideraría ajeno al puro juicio científico. El descubrimiento del transfinito, de los conjuntos, de las funciones irregulares, de las geometrías no euclidianas, favorecía el florecimiento de lo que William James llamaba, en pocas palabras, la «naturaleza volitiva» del hombre: un vasto complejo de facultades psíquicas que no comprendían sólo voliciones orientadas a establecer certezas inalienables, sino también todos los factores de fe como el miedo, la esperanza, la pasión o el prejuicio. Es cierto que la voluntad personal debe por lo general rendirse, en materia de juicios científicos, a la fuerza de los hechos; no se puede querer forzosamente que el resultado de un cálculo sea distinto de lo que es. Sin embargo, queda un margen fuera del tribunal de la objetividad de la ciencia. Cuando Dostoievski hace reivindicar al hombre del subsuelo el derecho a una voluntad independiente, a un capricho —aunque sea demente—, a una fantasía, incluso arriesgándose a una contradicción demencial del sentido común, 1 B. Spinoza, Ethica, primera parte, prop. 7. Traducción al español, Ética, Barcelona, 2002.

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Paolo Zellini es un escritor único: en él confluyen diversas corrientes de pensamiento que, al pasar por la criba de su poderosa pluma, emergen como una creación extraordinaria. La rebelión del número es un claro ejemplo. Pocas veces podemos contemplar una visión científica que me­ diante analogías literarias y filosóficas logre proyectar la esencia misma de la sabiduría y el conocimiento de todos los tiempos. Zellini nos va narrando, con maestría y claridad, la historia moderna de las matemáti­ cas. Pasando por personajes de la talla de Dedekind, Cantor, Poincaré, Russell, Brouwer, Hilbert, Gödel, Lakatos, por nombrar sólo algunos, la mirada de Zellini se adentra en las cuestiones más intrincadas que han aquejado al pensamiento matemático de los últimos dos siglos. Los matemáticos oscilan entre la creación divina y la simple constatación de lo que la naturaleza esconde en sus enigmáticas estructuras. Los en­ tes mate­máticos pueden ser creaciones exclusivas de ciertos individuos que, a pesar de existir únicamente en sí mismas, sin ningún tipo de relación con la realidad exterior, permanecen verdaderas. Éste es el pos­ tulado de las tesis intuicionistas. Pero por otro lado tenemos el embate formalista, que pretende dotar de cimientos incontrovertibles a las mate­ máticas, intentando así alejarse del simple juego especulativo. Zellini ubica entre estas dos grandes tendencias lo que él llama la crisis de los fundamentos, donde incluso la forma de conocimiento considerada más precisa está inmersa en cuestiones indemostrables. Este maravilloso periplo, plagado de crisis e incertidumbres, es lo que finalmente hace de las matemáticas algo tan fascinante. Pero lo realmente extraordina­ rio es poder ver cómo el conocimiento es algo que no puede abordarse unilateralmente. Incluso en matemáticas, el fundamento es una simple imagen que los hombres buscan materializar sin conseguirlo jamás. No obstante, para Zellini eso no es algo desalentador: «Flaubert, recordaba Yeats, hubiera querido escribir la historia de un hombre que sueña las visiones más espléndidas conforme su vida se vuelve más infeliz; el naufragio de un amor “real” coincidiría al final con “su matrimonio con una princesa de ensueño”».

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Paolo Zellini

La rebelión del número

Paolo Zellini / La rebelión del número

Sexto Piso es una casa editorial independiente, cuya principal línea de edición versa sobre textos de filosofía, literatura y reflexiones sobre problemas contemporáneos. La idea que nos impulsa es la de crear un espacio donde se pueda acceder a ciertos textos que generalmente pasan inadvertidos pero que son pilares de la cultura universal. La política editorial pretende ser rigurosa, lo que nos aleja de objetivos puramente co­ me r c i a le s, i nt e nt a ndo, e n cambio, ir tejiendo los distintos títulos que la conforman a la manera de una novela, es decir, que cada libro publicado sea un capítulo.

Paolo Zellini nació en Trieste en el año 1946. Es matemático y profesor en la Universidad de Roma 2 y en el cnr de Roma. Ha escrito tres libros: La rebelión del número, Gnomon y Breve historia del infinito, éste último fue considera­ do por Italo Calvino como una de las mejores lecturas que hizo en su vida.

Colección Noesis

Fragmento La rebelión del número  

Paolo Zellini es un escritor único: en él confluyen diversas corrientes de pensamiento que, al pasar por la criba de su poderosa pluma, emer...