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Sexto Piso es una editorial independiente, cuya principal línea de edición versa sobre textos de filosofía, literatura y reflexiones sobre problemas contemporáneos. La idea que nos impulsa es la de crear un espacio donde se pueda acceder a ciertos textos que generalmente pasan inadvertidos pero que son pilares de la cultura universal. La política editorial pretende ser rigurosa, lo que nos aleja de objetivos estrictamente comerciales. Intentamos ir tejiendo los distintos títulos que conforman nuestro catálogo a la manera de una novela, es decir, buscando que cada libro publicado sea un capítulo.

¿Cómo deshacerse de un Padre Muerto de una longitud aproximada de 3.200 brazas, cuyo cuerpo inerte se extiende desde la Avenue Pommard hasta el Boulevard Grist? ¿Cómo deshacerse de un ser omnipotente y omnipresente, que dicta, ejecuta y reina más allá de la muerte? ¿Cómo deshacerse de un «pesado de mierda»? Thomas —el Hijo— y Julie —su Mujer— se encuentran al frente de esta peligrosa expedición. Diecinueve hombres arrastran penosamente el cable que lleva al padre muerto a la tumba. Juntos atraviesan lugares inhóspitos como el territorio de los wend, un ejército de seres sin padre, seguidos de cerca por la amenaza velada de un jinete misterioso. Entre tanto, el Padre Muerto está todavía con no­ sotros. Pronuncia discursos, ejecuta sentencias, promulga edictos, descarga su ira de padre. El Padre Muerto es el padre de todos los hijos. Padre de padres. Y ahora hay que enterrarlo. En esta puesta en escena experimental que es El Padre Muerto, Donald Barthelme deconstruye brillantemente la figura mítica y omnipresente del padre mediante la ironía de quien sabe que «un hijo nunca llega a convertirse en padre, en su sentido más amplio. Claro que puede intentarlo, pero no pasará de ser un mero aficionado». Incluye: Manual para hijos.

Donald Barthelme (Filadelfia, 1931 - Houston, 1989) es uno de los escritores norteamericanos más representativos del siglo XX. Su obra ha sido a menudo identificada como una vertiente renovadora del surrealismo y del dadaísmo y asociada con el movimiento de autores posmodernos de la talla de William Gaddis, John Barth y Thomas Pynchon. En el 20 aniversario de su muerte vale la pena recordar que Barthelme, además de ser autor de una vasta y pre­mia­da obra narrativa en la que se incluyen tanto novelas como relatos, fue colaborador regular del New Yorker y dirigió la revista Location, en la que publicó textos inéditos de autores como William Carlos Williams y Norman Mailer.


El Padre Muerto Donald Barthelme


El Padre Muerto Donald Barthelme Traducción de Catalina Martínez Muñoz


Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, transmitida o almacenada de manera alguna sin el permiso previo del editor.

Título original The Dead Father

Copyright © 1975, Donald Barthelme All rights reserved Primera edición en español: 2009 Traducción Catalina Martínez Muñoz Fotografía de portada Donna Ferrato Copyright © Editorial Sexto Piso, S.A. de C.V., 2008 San Miguel # 36 Colonia Barrio San Lucas Coyoacán, 04030 México D. F., México Sexto Piso España, S. L. c/ Monte Esquinza 13, 4.º Dcha. 28010, Madrid, España. www.sextopiso.com Diseño Estudio Joaquín Gallego ISBN: 978-84-96867-54-3 Depósito legal: M-33069-2009 Impreso en España


Para Marion


La cabeza del Padre Muerto. Lo principal es que tiene los ojos abiertos. Miran al cielo. Ojos de dos tonalidades de azul, como el paquete de cigarrillos Gitanes. La cabeza siempre inmóvil. Décadas de con­ templación. La frente es noble, buena, joder, ¿y qué más? Despeja­ da y noble. Y serena, desde luego, porque está muerto, ¿cómo no iba a ser serena? Desde la punta de la nariz bien modelada y dotada de delicados orificios, hasta el suelo, hay una distancia de cinco me­ tros y medio, cifra obtenida por trigonometría. Tiene el pelo gris, pero de un gris joven. Abundante y largo, casi hasta los hombros, puede uno quedarse un buen rato admirando ese pelo y muchos lo hacen, un domingo, o cualquier otro día festivo, o en las horas del bocadi­ llo, embutidas entre gruesas lonchas de trabajo. La mandíbula bien puede compararse a una formación rocosa. Imponente, escarpada y esas cosas. La gran mandíbula contiene treinta y dos piezas den­ tales, veintiocho blancas como los azulejos normales de un cuarto de baño y cuatro manchados; este cuarteto de color terroso, secuela de la adicción al tabaco, según la leyenda, se localiza en el centro de la mandíbula inferior. El Padre Muerto no es perfecto, gracias a Dios. Tiene los labios carnosos y rojos, contraídos por un ligero rictus, un rictus ligero pero no desagradable, que revela un resto de ensalada de caballa alojado entre dos de las piezas del cuarteto manchado. Creemos que es ensalada de caballa. Parece ensalada de caballa. En las sagas suele ser ensalada de caballa. Muerto, pero todavía con nosotros, todavía con nosotros, pero muerto. Nadie recuerda cuándo no estuvo aquí, en nuestra ciudad, ten­ dido como un durmiente en un sueño agitado, ocupando con toda su masa desde la Avenue Pommard hasta el Boulevard Grist. Longitud media: 3.200 brazas. Semienterrado. Trabajando sin tregua día


y noche y hora tras hora por el bien de todos. Controla a los húsa­ res. Controla las subidas, las caídas y las turbulencias del mercado. Con­trola lo que está pensando Thomas, lo que siempre ha pensado Thomas, lo que siempre pensará Thomas, con excepciones. Se decía que la pierna izquierda, enteramente ortopédica, era el centro admi­ nistrativo de todas sus operaciones, que trabajaba sin tregua día y noche y hora tras horas por el bien de todos. Es en la pierna iz­ quierda, en pliegues o en nichos inesperados, donde encontramos las cosas que necesitamos. Confesionarios, pequeños cubículos de puertas correderas, puesto que todo el mundo se siente mucho más libre confesándose con el Padre Muerto que con cualquier sacerdote, porque, ¡está muerto! Las confesiones se graban, se fragmentan, se recomponen, se dramatizan y se exhiben luego en los cines de la ciu­ dad; cada viernes se estrena un largometraje. A veces uno reconoce momentos de su propia vida. El pie derecho reposa en la Avenue Pommard y está desnudo: sólo lleva una banda de titanio alrededor del tobillo, unida por ca­ denas de titanio a hombres muertos (hombre muerto n. 1. trave­ saño, bloque de hormigón, etc., enterrado a modo de anclaje) hasta un número de ocho sepultados en el césped de los jardines. No hay nada extraordinario en el pie, salvo que mide siete metros. La rodilla dere­ cha no reviste demasiado interés y nadie ha intentado jamás dina­ mitarla, lo que demuestra el buen juicio de los ciudadanos. Entre la rodilla y la articulación de la cadera (Belfast Avenue) todo es normal y corriente. Encontramos por ejemplo el recto femoral, el nervio safeno, el tracto ilitiotibial, la arteria femoral, el vasto medial, el vasto late­ ral, el vasto intermedio, el gracilis, el aductor mayor, el aductor lar­ go, el nervio cutáneo femoral intermedio y otros sencillos dispositivos premecánicos análogos. Todos ellos trabajan día y noche por el bien de todos. A veces aparecen unas flechas diminutas en la pierna de­ recha. Estas flechas nunca aparecen en la pierna izquierda (la arti­ ficial), lo que demuestra el buen juicio de los ciudadanos. Queremos que el Padre Muerto esté muerto. Nos sentamos con los ojos llenos de lágrimas y deseamos que el Padre Muerto esté muerto… y entretanto hacemos cosas asombrosas con las manos. 10


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Once de la mañana. El sol cumple su función en el cielo. Los hombres están cansados, dijo Julie. Deberías darles un respiro. Thomas hizo la señal de «descanso» realizando un movimiento descendente con el brazo. Los hombres se desplomaron en la cuneta. El cable cayó sobre la carretera. Esta gran expedición, dijo el Padre Muerto, este vals sobre un parqué desconocido, este pequeño grupo de hermanos… Tú no eres un hermano, le recordó Julie. No te pongas medallas. Cuánto deben de quererme, dijo el Padre Muerto, para arrastrar y arrastrar y arrastrar y arrastrar durante días y noches en condiciones climáticas poco favorables… Julie apartó la vista. Hijos míos, dijo el Padre Muerto. Míos. Míos. Míos. Thomas apoyó la cabeza en el regazo de Julie. Me han ocurrido muchas cosas y muy tristes, dijo el Padre Muerto, y aún están por ocurrirme muchas cosas tristes, pero lo más triste de todo es ese Edmund. El gordo. El borracho, dijo Julie. Sí. ¿De dónde lo sacaste? Yo estaba en la plaza, subido a un barril de cerveza, si mal no recuerdo, reclutando gente, y oí a mis pies un gorgoteo. Era Edmund. Bebiendo de la espita. Entonces lo sabías antes de reclutarlo. Suplicó. Era despreciable. Un hijo mío de todo modos, dijo el Padre Muerto.


Sería su oportunidad. Nuestra marcha. Yo no estaba de acuerdo. Pero no es fácil negarle a alguien lo que cree que va a ser su oportunidad. Lo inscribí. Tiene un pelo bonito, dijo Julie. Me he fijado en eso. Se alegró mucho de quitarse el gorro con campanillas, dijo Thomas. Como todos nosotros, añadió, mirando incisivamente al Padre Muerto. Thomas sacó de la mochila un gorro de bufón, naranja, con campanillas de plata en las puntas. Y pensar que he llevado esta abominación, o su pareja, desde que tenía dieciséis años… De los dieciséis a los sesenta y cinco, como dicta la ley, dijo el Padre Muerto. No por eso te amarán. ¡Amor! No es cuestión de amor. Es cuestión de Organización. Todas las cabezas tan alegres, dijo Julie. Con ese gorro parece uno un perfecto imbécil. Marrón y beige, granate y gris, rojo y verde, y todas las campanillas tintineando. Qué estampa. Yo pensaba: «Qué perfectos imbéciles». De eso se trataba, dijo el Padre Muerto. Y si me pillaban fuera de casa sin el gorro, me cortaban las orejas, dijo Thomas. Qué ocurrencia. Qué imaginación. Un poco de arte, dijo el Padre Muerto. En mis ucases. Almorcemos, dijo Julie. Aunque es temprano. La cuneta. El mantel. Suena la campana. Gambas a la plancha. Se colocan alrededor del mantel del siguiente modo: Julie

P. M.

Thomas

Gambas

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Muy buenas. No están mal. ¿Hay mostaza? En el tarro. Hay algo dentro. ¿Qué? Mira. Sácalo con el dedo. Bicho asqueroso. Pasa las gambas. ¿Y de postre? Barritas de pan de higo. Están sentados alrededor del mantel, contentos, masticando. Un poco más allá, las fogatas de los hombres. El cable suelto en la carretera. Pronto estaremos allí, dijo el Padre Muerto. Calculo catorce o quince días, dijo Thomas. Si es que vamos por buen camino. ¿Hay alguna duda? Siempre hay dudas. Cuando estemos allí y me vea envuelto en su tibieza amarilla, volveré a ser joven, dijo el Padre Muerto. Volveré a tener bríos. ¡Bríos!, exclamó Julie. Se metió un trozo de mantel en la boca. Cariño, dijo Thomas. Y extendió una mano que agarró con voluntad propia uno de los bonitos senos de Julie. Delante de él no. Thomas apartó la mano. ¿Puedes decirnos, dijo, qué había hecho ese húsar? El que vimos colgado de un árbol junto a la carretera hace un rato. Desobedecer un ucase, dijo el Padre Muerto. No recuerdo cuál. Ah, dijo Thomas. Un ucase mío no lo desobedece nadie, dijo el Padre Muerto. Y se rió entre dientes. 13


Qué petulante es, ¿verdad?, dijo Julie. Un poco, dijo Thomas. Un poco, dijo el Padre Muerto. Se miraron los tres con afecto. Tres miradas de afecto errantes como faros sobre las gambas. Recogieron. Thomas dio la señal. El cable se tensó con una sacudida. El sol inmóvil. Árboles. Vegetación. Grosellas silvestres. Clima. Un día os dejaré probarlo, dijo el Padre Muerto. A los dos. Gracias, dijo Julie. Cuando pueda abrazar su magnífico resplandor o ser abrazado por él, dijo el Padre Muerto, todo esto habrá merecido la pena. Hizo una pausa. Incluso el cable. Otra pausa. Incluso esos patanes a los que habéis contratado para tirar del cable. Todos voluntarios, dijo Thomas. Encantados de estar a tu servicio. De vestir tu librea. Da igual. Cuando por fin estreche sus preciosas guedejas doradas contra mi pecho envejecido… Me parece que se está haciendo ilusiones, dijo Julie. Thomas lanzó la espada entre unos matorrales. ¡No es justo!, protestó. ¿Qué no es justo? ¿Por qué me siento tan mal?, preguntó, mirando a uno y otro lado, como si buscara una respuesta. ¿Estás enfermo? No me vendría mal chupar un poco de teta, dijo Thomas. Delante de él no. Se ocultaron de la vista del Padre Muerto tras una proliferación de biznagas. Julie se sentó en el suelo y se abrió la blusa. Dos senos descarados hicieron su aparición, el izquierdo un poco más pequeño que el derecho, pero igual de bonito a su manera. 14


¡Ah!, dijo Thomas, al cabo de un rato. Nada como chupar un poco de teta. ¿Hay más? La habrá mientras viva, amor mío. Thomas se dio el capricho de seguir chupando. Julie se abrochó la blusa. Emergieron de las biznagas cogidos de la mano, Thomas limpiándose las mejillas con la mano que tenía libre. Un poco excluido, dijo el Padre Muerto. Un poco. Así es como me siento en este momento. Sufre, dijo Thomas, recuperando la espada de entre los matorrales. Excluido, repitió el Padre Muerto. Eso te pasa por ser un pesado de mierda, dijo Julie. Los pe­ sados de mierda no reciben gran cosa. El Padre Muerto se levantó de un salto y echó a correr carretera adelante al oír esta información. Su túnica dorada ondeaba al viento. El cable se soltó. Se ha soltado del cable, dijo Thomas. Corrieron tras él. Cuando lo alcanzaron se encontraron con una escena aterradora. El Padre Muerto estaba perpetrando una matanza en una arboleda llena de músicos y música. Asesinó primero al que tañía el arpa y luego al que tocaba el serpentón y también al que entrechocaba el crótalo y al que soplaba la trompeta persa y al de la trompeta india y al de la trompeta hebrea y al de la trompeta romana y al de la trompeta china de madera cubierta de cobre. Y al que tocaba la trompa de caza y al del trombón de varas y al que llevaba en la cabeza el pellejo de un gato y hacía sonar la amenazante y rumorosa trompa y a tres que tocaban la tuba y a varios que soplaban la caracola y a uno que tocaba el aulos y a todas las modalidades de flautistas y a otro que tocaba un caramillo y al que tocaba el fagot y a dos virtuosos de la ocarina y al gaitero que tenía una digitación muy dulce al oído, y de paso, mientras se tomaba un descanso, asesinó a cuatro que tocaban el idiófono y a uno que tocaba el shawm y a otro que tocaba el vibráfono y al que tocaba el clavicémbalo 15


antes que a una mujer, y al que tañía el theorbo y a un sinfín de percusionistas de dedos nerviosos, así como al que tocaba el archilaúd, y luego, blandiendo la espada a diestra y siniestra el Padre Muerto asesinó al que tocaba la cítara y a cinco que tocaban la lira y a varios que tocaban la mandolina y también al de la viola y al que pulsaba el salterio y al que percutía el dulcímere y al organillero, y al del triángulo y a los dos que hacían tintinear los címbalos y a un artista del xilófono y a dos que tocaban el gong y al que tocaba el semantrón y se desplomó con la maza de hierro todavía en la mano y a un especialista de la carraca y al que tocaba la marimba y al que agitaba las maracas y al que golpeaba el tambor y al que tocaba el sheng y al que tocaba el sansa y al que manipulaba la bola dorada. El Padre Muerto descansó apoyando las dos manos en la empuñadura de la espada, que había clavado en la tierra roja y humeante. Mi cólera, dijo con orgullo. Envainó entonces la espada, se sacó de la bragueta la verga ajada y meó encima de los artistas muertos, juntos y separados, lo mejor que pudo: cuatro minutos; o medio litro. Impresionante, dijo Julie, si no fuesen de cartón. Cariño, dijo Thomas, eres demasiado dura con él. Siento el mayor de los respetos por él y por lo que representa, dijo Julie. Sigamos. Y siguieron.

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2

La campiña. Flores. Enredaderas de baya de nieve. La carretera polvorienta. El sudor secretado por las pequeñas glándulas sudoríparas. El cable. Es muy bonito el paisaje en esta zona, dijo Julie. Espléndido, dijo Thomas. Es estupendo estar vivo, dijo el Padre Muerto. Respirar. Sentir la tensión y el chasquido de los músculos. ¿Cómo está tu pierna?, preguntó Thomas. La ortopédica. Es incomparable, dijo el Padre Muerto. Magnífica, sería la palabra más exacta. Ojalá tuviese las dos tan bien como la izquierda. Mi querida Pata de palo. ¿Cómo la conseguiste?, preguntó Thomas. ¿Fue por casualidad o la buscaste? Lo segundo, dijo el Padre Muerto. En mi inmensidad había espacio para y necesidad de todo tipo de experiencias. Decidí entonces que la experiencia ortopédica formaba parte de la experiencia para la que había cabida en mi inmensidad. Quería saber lo que saben las máquinas. ¿Qué saben las máquinas? Las máquinas son sobrias, siempre eficientes, no se quejan y trabajan sin tregua hora tras hora por el bien de todos, dijo el Padre Muerto. Cuando sueñan, sueñan con detenerse. Con las cosas últimas. Y además… ¿Qué es eso?, lo interrumpió Thomas. Señalaba a un lado de la carretera. Dos niños. Un chico. Una chica. No demasiado grandes. No demasiado pequeños. De la mano. Niños enamorados, dijo Julie. ¿Enamorados? ¿Cómo lo sabes?


Tengo buen ojo para el amor, dijo Julie, y ahí lo estoy vien­ do. Un claro ejemplo. Niños, dijo el Padre Muerto. Mocosos. ¿Qué es eso?, preguntaron los niños, señalando al Padre Muerto. Es un Padre Muerto, dijo Thomas. Los niños se encogieron de hombros. No nos parece que esté muerto, dijo la niña. Está caminando, dijo el niño. O de pie, en todo caso. Sólo está muerto… por así decir, dijo Thomas. Los niños se besaron en los labios. No parecen demasiado impresionados, dijo el Padre Muerto. No se han sobrecogido. Están absortos el uno en el otro, dijo Julie. Eso anula cualquier sobrecogimiento. No parece que tengan edad suficiente, dijo Thomas. ¿Cuántos años tenéis? Tenemos veinte, dijo la chica. Yo tengo diez y él tiene diez. Tenemos edad suficiente. Pasaremos toda la vida juntos y nos amaremos hasta la muerte. Lo sabemos. Pero no se lo digáis a nadie, porque nos azotarían si se supiera. ¿No se supone que a esta edad deberían estar tirándose piedras el uno al otro?, preguntó Thomas. Siempre hay magníficas excepciones, dijo Julie. Nos hemos cortado un dedo con un cúter y hemos mezclado nuestra sangre, dijo el niño. Exhibieron dos dedos índices con pequeñas costras. Espero que primero esterilizarais el cúter, dijo Julie. Lo metimos en la botella de vodka y lo agitamos, dijo la niña. Me pareció suficiente. Sí, es suficiente, dijo Thomas. No nos separaremos nunca. Yo soy Hilda y él es Lars. Cuando cumpla dieciocho años se negará a hacer el servicio militar, y yo cometeré algún delito para que me encierren con él en la misma celda. Aún no he pensado qué haré. Admirable, dijo Julie. 18


Estamos juntos, dijo Hilda, y siempre estaremos juntos. Tú eres demasiado mayor para entenderlo. ¿Eso crees? Debes de tener unos veintiséis. Exacto. Y él es mayor que yo, dijo Julie, señalando a Thomas. Mucho más, admitió Thomas. Y él, dijo, señalando al Padre Muerto, tiene lo menos… no sé, puede que cien. Te equivocas, dijo el Padre Muerto alegremente. Te equivocas, aunque por poco. Tengo bastantes más, pero también menos. Me gusta poder elegir entre una cosa y otra. Tienes la cabeza llena de años, dijo Hilda. Ya no te acuerdas de lo que significa ser niño. Puede que ni siquiera recuerdes el miedo. Tanto de eso. Y tan poco de ti. El respingo acurrucado debajo de las mantas. Todavía sigue habiendo más de eso que de mí, dijo Thomas. Pero uno tiene que apañárselas como buenamente pueda. Buenamente, dijo la niña. ¡Vaya palabra! Los niños se acariciaron, con las manos, con las mejillas y con el pelo. ¿Tenemos que presenciar esto?, dijo el Padre Muerto. Estas soeces manifestaciones físicas. Estás en un mundo nuevo, dijo Thomas. A los niños de nueve años se los detiene por violación. Esto no es lo mismo. Da gracias. Discrasia, dijo el Padre Muerto, eso es lo que me parece. Patológico. Promulgaré un ucase contra estas prácticas. ¿Vais al colegio?, preguntó Julie. Claro que vamos al colegio, dijo Hilda. ¿Por qué todo el mundo pregunta a los niños si van al colegio? Todos vamos al colegio. No hay manera de excapar. ¿Te gustaría excapar? ¿Tú no querías? ¿Qué estudiáis en el colegio? Nos infunden la dulce sensualidad del idioma. Aprendemos a construir oraciones. Ven a mí. ¿Quieres venir a mi casa? Las 19


Navidades sólo vienen una vez al año. Voy a tu pregunta. La luz viene y va. El éxito les viene a los que se esfuerzan. El martes viene después del lunes. Su aria viene en el acto tercero. La pasta de dientes viene en un tubo. Los melocotones vienen de los árboles y los buenos resultados no vienen de un trabajo hecho sin esmero. Esto viene de la irreflexión. El bebé vino al mundo al amanecer. Ella viene de Varsovia. Él viene de una buena familia. Te vendrá bien un poco de práctica. Iré a ti a la luz de la luna, aunque… Me parece que esta niña es una sabihonda, dijo el Padre Muerto. Haré que la manden a un colegio especial, a ella y a su compañero de la boca oxidada. Si lo haces, nos tiramos al pantano, dijo Lars. Los dos juntos. Y nos ahogaremos. Voy a decirte algo asombroso, sorprendente, maravilloso, milagroso, triunfante, pasmoso, inaudito, singular, extraordinario, increíble, imprevisto, inmenso, diminuto, raro, corriente, deslumbrante y secreto hasta hoy, brillante y envidiable; en resumen, algo sin parangón en años anterio­res, salvo por un caso que en realidad no es comparable; algo que nos resulta imposible de creer en París (entonces, ¿cómo podría creerlo nadie en Lyon?), algo que suscita en todos excla­maciones de perplejidad, algo que causa la mayor de las dichas a quienes lo saben, algo, en suma, que te hará dudar de tus sentidos: Nos da igual lo que pienses. Me has ofendido, dijo el Padre Muerto. Estaba citando a madame de Sévigné, dijo el niño, menos en la última parte, que es de mi cosecha. Estos niños son de aúpa, dijo el Padre Muerto. Necesitan un colegio especial. ¿Ésos que parecen un zoo? Hay jaulas, sí. Pero hemos estado experimentando con fosos. Ni hablar, dijeron los niños. Se pusieron a lavarse el uno al otro con las manos. No soporto seguir mirando, dijo Julie. Sigamos. Qué niños tan raros, dijo Thomas. Aunque, bien mirado, todos los niños son raros. 20


Grito de Thomas a los hombres: ¡En marcha! ¡En marcha! El cable se tensa. Pequeños obsequios para los niños: una segadora eléctrica, una batidora. Los necesitarán en su larga vida juntos, dijo Thomas. ¡Adiós! ¡Adiós!, gritaron los niños. ¡No se lo digáis a nadie, por favor, no lo digáis, nunca, nunca, por favor! No lo diremos, no lo diremos, no lo diremos, respondieron a gritos. El Padre Muerto no gritó. Niños, dijo. Sin niños yo no sería el Padre. No hay Paternidad sin niñez. Yo nunca quise ser Padre, la Paternidad me vino impuesta. En cierto modo es un honor, pero yo hubie­ra preferido pasarme sin ella, sin engendrar primero y criar después a cada uno de los miles y miles y decenas de miles de pequeños fardos que se hinchan hasta convertirse en grandes fardos, durante años y años, y sin asegurarme luego de que los far­dos grandes, si son varones, se pongan los gorros de campanillas, y si no lo son aplicar el principio que dice Ius primae noctis, el mal trago de rechazar a los que no quería, el dolor de arrojar a los que sí quería a la corriente de la vida en la ciudad, de no tenerlos ya para calentar mi cama fría, y además dirigir a los húsares, preservar el orden público, organizar los códigos postales, limpiar las alcantarillas; hubiera preferido quedarme en mi estudio comparando ediciones de Klinger, la primera etapa, la segunda etapa, la tercera etapa, y esas cosas, ¿había rayas de pliegue?, y esas cosas, marcas de agua, y esas cosas, pero no era posible, todo seguía adelante y se multiplicaba y se multiplicaba y se multiplicaba, y yo tenía que engendrar según el orden natural de las cosas, miles, decenas de miles, pero quería saber si si si al añadir una cantidad de pulpa de made­ ra a una copia impresa con papel tela cien por cien saldrían manchas y si los ruidos subterráneos sacudirían el polvillo de mis pasteles. Nunca lo quise, me lo impusieron. Yo quería estudiar el efecto del sol cuando apagaba lo más preciado para mí, esos marrones oscuros que se volvían marrones pálidos, cuando no amarillos sin luz, cómo evitarlo, todo eso, pero no, 21


tuve que devorarlos, a cientos, a miles, fafefifofú, a veces con zapatos y todo, tragar un buen bocado de pierna de niño y encontrarme al maldito chivato entre los dientes. Con pelo y todo, millones de kilos de pelo arañándome las tripas durante años, ¿por qué no, simplemente, arrojarlos a un pozo, abandonarlos en la ladera de una montaña, electrocutarlos accidentalmente con trenes de juguete? Y lo peor eran los pantalones vaqueros, mi dieta diaria consistía en vaqueros mal lavados, camisetas, saris de Thom McAn. Tendría que haber contratado a alguien para que los pelara antes de comérmelos. Créeme, dijo el Padre Muerto, que nunca lo quise. Sólo quería la comodidad de mi sillón, el tacto de un buen papel Fabriano, la serena preocupación que me causa no saber si me han timado, si si si era o no era una nueva impresión, si algún tipo astuto habría dado un baño de acero a una plancha de cobre para hacer una tirada adicional de mil ejemplares, si una cosa era del Maestro HL o del Maestro HB o si si si si… No se cansa, dijo Julie. Sigue y sigue y sigue, dijo Thomas. Aunque se está portando sorprendentemente bien. Se está portando sorprendentemente bien. Me estoy portando sorprendentemente bien, dijo el Padre Muerto, porque tengo esperanza. Dime una cosa, dijo Julie. ¿Alguna vez quisiste pintar o dibujar o grabar? ¿Tú? No era necesario, dijo el Padre Muerto, porque soy el Padre. Todas las líneas son mías. Todas las figuras y todos los fondos míos, de mi invención. Todos los colores míos. Créeme. No teníamos elección, dijo Julie.

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3

Un descanso. Los hombres sueltan el cable. Miran a Julie a cierta distancia. Están de pie. Las lonchas de pemmican se reparten en grandes porciones oscuras con un cuchillo colosal. Edmund se lleva la petaca a los labios. Thomas se la quita. Edmund protesta. Thomas lo reprende. Julie le da a Edmund una embriagadora bola de bhang. Edmund lo agradece. Julie le seca la frente con un pañuelo blanco. El cable está suelto en la carretera. El azul del cielo. Los árboles inclinados contra el cielo. Trinos de pájaros y el rumor en la hierba. El Padre Muerto toca la guitarra. Thomas asume el mando. Se esboza el plan. Se estudian los mapas y se arrojan a la olla las judías sagradas. Se lanzan las ramitas de milenrama. Se agita el cubilete de los dados. Se asa una paletilla de cordero y se lee el chisporroteo de las llamas. Se escurren los guisantes en un colador. Se clava el hacha en una estaca grande y se registra el número de veces que tiembla. Se recogen los primeros brotes de cebollas y se palpan sus capas. Se suman los augurios y se dividen por siete. Thomas cae al suelo, sin sentido. Se procede a recoger a Thomas. El Padre Muerto deja de tocar a la mitad de un acorde. Se le aplican a Thomas paños húmedos en la frente. Vuelve en sí. Lo observan con preocupa­ción. ¿Cuál ha sido el oráculo? Se llevan a las bocas abiertas las lonchas de pemmican anticipándose a la revelación. Thomas guar­da silen­ cio. Los hombres se enfurecen. Thomas mira los zapatos. Los hombres se enfurecen. Edmund se lleva la petaca a los labios. Aparece Emma. Thomas se sobresalta. ¿Quién es Emma? Emma se sienta en una caja. Julie la mira. Sus miradas se cruzan. Dos miradas pugnaces. Emma juguetea con su broche entre los de­ dos. Julie está de pie, puesta en jarras, con la falda levantada.


Thomas sujeta la empuñadura de la espada. Silencio de las tropas. El pelo dorado de Emma. Los senos turgentes de Emma. Los ojos alegres de Emma. Consternación general. El Padre Muerto enumera sus títulos. Licenciado en Ciencias Agrícolas. Licenciado en Estudios Secretariales. Mirada maligna de Thomas al Padre Muerto. Se cortan helechos, se confecciona con ellos un lecho y en él se presenta una trucha recién pescada en el río truchero, para Emma; los soldados han hincado una rodilla. Emma complacida. Se le eriza de placer el vello de la nuca. Propone asar la trucha (inmediatamente) y se saca del bolso de rejilla una bolsa de almendras laminadas. Los hombres preparan una hoguera, se olvidan por completo del pemmican. Pescan más truchas en el río, están muy ansiosos. El cielo se torna gris al ocultarse el sol tras una nube grande. El sol declina o desaparece. Se monta el proyector para ver la película pornográfica. Thomas decide que el Padre Muerto no puede verla, por la edad que tiene. El Padre Muerto se muestra indignado. La guitarra muere, estampada contra un árbol, con rabia. Se añade al fuego el esqueleto de la guitarra. Thomas no da su brazo a torcer. El Padre Muerto monta en cólera. Emma reina. Julie mira. Las truchas se doran. Thomas se acerca al precipicio. Contempla el precipicio. Un hombre parece a punto de saltar. Thomas se retira del precipicio. Se espolvorean las almendras laminadas sobre varias truchas que se doran en varias sartenes. Se ve una imagen en la pantalla (plegable/portátil). Se llevan al Padre Muerto a un campo apartado, lo encadenan a la plataforma de una máquina y allí lo abandonan. Insultos del Padre Muerto. Malditos sean vuestros ojos, etc. Thomas lo ignora. La película. Escenas de fiesta, hombres y mujeres, el cuarto invitado, una mujer, llega y se sienta en las rodillas del segundo invitado, una mujer. Se acarician los senos mu­ tuamente. El noveno invitado, un hombre, se acerca a la sexta invitada (que está arrodillada con la cabeza entre las piernas del quinto invitado) y empieza a quitarle los vaqueros. El noveno invitado le desabrocha el cinturón a la sexta invitada, le baja la cremallera de los vaqueros y tira de ellos desde las caderas. 24


El noveno invitado le quita con cuidado a la sexta invitada las bragas, que son naranjas, y le mete el pene erecto entre las piernas. Algunos miembros del grupo miran la pantalla, otros miran a Emma, otros miran Emma / pantalla / Emma / pantalla, otros miran Emma / pantalla / Julie / pantalla / Thomas. La sonrisa de Emma conmueve los rostros de todos y ¿quién sabe? todos los corazones. Los senos de Emma se inclinan hacia las llamas y se ruborizan a la luz. Julie, que está quitando las espinas de la trucha, tuerce el gesto. Se anuncia la nueva manera de sentarse. La sonrisa de Emma crea confusiones, algunos le devuelven la sonrisa, otros no, algunos están absortos en la película, otros tumbados y abrazados para consolarse y reconfortarse, y algunos gatean hacia la caja de Emma, cuando… Emma se levanta, extiende las manos. Recibe su trucha dorada, crujiente y espolvoreada de almendras, acompañada de una salsa muy sabrosa, de mantequilla y hierbas. Emma muerde la trucha. Le hace un agujero en forma de U. Aplauso de los hombres. Entrechocar de manos. Thomas da la orden de interrumpir la película. La película, dice, no representa con fidelidad los parámetros del amor humano. Le falta algo. Los hombres protestan. Thomas diserta sobre la cuestión por espacio de quince minutos, su gusto (personal) por la pornografía. Sin embargo, esta película, esta película, dice, es repugnante. La sexta invitada empieza a moverse despacio sobre el pulgar del noveno invitado y la pantalla se queda en blanco. Los hombres se enfadan. Las mujeres se enfadan. Silbidos y pataleos. El Padre Muerto despotrica en el campo donde lo han dejado atado. Thomas se acerca de nuevo al precipicio. Ausencia de película. Inquietud de los hombres. Los más valientes se aproximan. Observan atentamente la caja de Emma, en la que se asienta el trasero de Emma. Los más atrevidos intentan meter la cabeza por debajo de las faldas de Emma, para presenciar a saber qué. No lo consiguen, Emma patea con sus delicados pies. Así aprenderán. Sigue masticando las truchas un buen rato, también mastica un bebé tontuelo con salsa de 25


enebro. Así aprenderán. Gru��idos entremezclados con gritos. Emma se levanta, se estira. Y entonces, el duelo. Alexander contra Sam. Se agarran del hombro. Thomas saca las tiritas. Julie se acerca a Emma. Conversación. ¿De quién eres hija? Me las apaño bien, me las apaño bien. Es hora de marcharse. Espero que esto te llegue en un buen momento. A la gente le pueden suceder cosas malas. ¿Es una amenaza? Lo hemos traído hasta aquí sin escándalos. ¿Es una amenaza? Tómatelo como quieras. Tengo otras preocupaciones. Garantizamos que no escatimaremos esfuerzos. ¿Quién es el jefe? El de los leotardos naranjas. Es atractivo. Eso va en gustos. Prefiero quedarme un poco más. Tómate una de éstas si quieres animarte. Gracias. Dos son demasiado. Eso lo dirás tú. Todavía no has respondido a mi propuesta. ¿A dónde lo lleváis? Garantizamos que no escatimaremos esfuerzos. No podré soportarlo. Sí que podrás. Es una atroz violación de las normas. No lo es. Es atractivo. Aún no lo he decidido. Seguro que has estudiado inglés. Créemelo. ¿Cómo te sentiste? 26


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La línea de avance. Línea del cable. Vista desde arriba:

Se encontraron entonces con un hombre que atendía un bar a campo abierto. Sí, dijo Thomas. El cable se destensa. Bebidas para todos. ¡Ah!, dijo Thomas. No está mal, dijo el Padre Muerto. Umm, dijo Emma. Otra, dijo Thomas. Eso era vodka, ¿verdad?, preguntó el camarero. Con hielo, y ¿podría ponerme tres aceitunas?


Sexto Piso es una editorial independiente, cuya principal línea de edición versa sobre textos de filosofía, literatura y reflexiones sobre problemas contemporáneos. La idea que nos impulsa es la de crear un espacio donde se pueda acceder a ciertos textos que generalmente pasan inadvertidos pero que son pilares de la cultura universal. La política editorial pretende ser rigurosa, lo que nos aleja de objetivos estrictamente comerciales. Intentamos ir tejiendo los distintos títulos que conforman nuestro catálogo a la manera de una novela, es decir, buscando que cada libro publicado sea un capítulo.

¿Cómo deshacerse de un Padre Muerto de una longitud aproximada de 3.200 brazas, cuyo cuerpo inerte se extiende desde la Avenue Pommard hasta el Boulevard Grist? ¿Cómo deshacerse de un ser omnipotente y omnipresente, que dicta, ejecuta y reina más allá de la muerte? ¿Cómo deshacerse de un «pesado de mierda»? Thomas —el Hijo— y Julie —su Mujer— se encuentran al frente de esta peligrosa expedición. Diecinueve hombres arrastran penosamente el cable que lleva al padre muerto a la tumba. Juntos atraviesan lugares inhóspitos como el territorio de los wend, un ejército de seres sin padre, seguidos de cerca por la amenaza velada de un jinete misterioso. Entre tanto, el Padre Muerto está todavía con no­ sotros. Pronuncia discursos, ejecuta sentencias, promulga edictos, descarga su ira de padre. El Padre Muerto es el padre de todos los hijos. Padre de padres. Y ahora hay que enterrarlo. En esta puesta en escena experimental que es El Padre Muerto, Donald Barthelme deconstruye brillantemente la figura mítica y omnipresente del padre mediante la ironía de quien sabe que «un hijo nunca llega a convertirse en padre, en su sentido más amplio. Claro que puede intentarlo, pero no pasará de ser un mero aficionado». Incluye: Manual para hijos.

Donald Barthelme (Filadelfia, 1931 - Houston, 1989) es uno de los escritores norteamericanos más representativos del siglo XX. Su obra ha sido a menudo identificada como una vertiente renovadora del surrealismo y del dadaísmo y asociada con el movimiento de autores posmodernos de la talla de William Gaddis, John Barth y Thomas Pynchon. En el 20 aniversario de su muerte vale la pena recordar que Barthelme, además de ser autor de una vasta y pre­mia­da obra narrativa en la que se incluyen tanto novelas como relatos, fue colaborador regular del New Yorker y dirigió la revista Location, en la que publicó textos inéditos de autores como William Carlos Williams y Norman Mailer.


Fragmento El padre muerto