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Sexto Piso es una editorial independiente, cuya principal línea de edición versa sobre textos de filosofía, literatura y reflexiones sobre problemas contemporáneos. La idea que nos impulsa es la de crear un espacio donde se pueda acceder a ciertos textos que generalmente pasan inadvertidos pero que son pilares de la cultura universal. La política editorial pretende ser rigurosa, lo que nos aleja de objetivos estrictamente comerciales. Intentamos ir tejiendo los distintos títulos que conforman nuestro catálogo a la manera de una novela, es decir, buscando que cada libro publicado sea un capítulo.

La extraña muerte del escritor inglés Wilfrid Ewart en el balcón del Hotel Isabel en 1922, la fascinación y la repulsión que ejerció México en D. H. Lawrence, el misticismo de Jünger, los testimonios literarios de autores como Sergio Pitol, José Emilio Pacheco y Octavio Paz, y la intensidad y el exceso de Antonin Artaud y Malcolm Lowry a su paso por México: Sergio González Rodríguez ensambla las dispersas piezas de un rompecabezas que ante miradas obtusas ha aparecido como inexplicable o irracional. Como escena secundaria narra el desarrollo del esoterismo de la Alemania nazi, que tuvo también un fuerte arraigo e influencia en tierras aztecas, a través de personajes misteriosos como Arnold Krumm Heller, espía alemán y oficial del Ejército mexicano durante la presidencia de Venustiano Carranza. De sangre y de sol es la cartografía de la geopolítica de ciertos símbolos y rituales solares, sanguíneos y de otras índoles que desde tiempos remotos hasta nuestros días han estado presentes en las sociedades, ya sea de forma abierta, como en la Antigüedad, o de forma velada, como en nuestra época. El autor teje la urdimbre compuesta por el oculto pero indeleble rastro de estas creencias en el escenario de México. Este «país trágico», como lo definió Ernst Jünger, pese a numerosos intentos de modernización y civilización sigue conviviendo con fuerzas vivas que provienen de su historia como cultura sacrificial. En este sentido, funge como «espejo europeo» que refleja −añadiendo elementos propios, en una especie de sincretismo de los símbolos− ideas y manifestaciones que a menudo tienen su origen en el viejo continente. Sólo la recuperación y comprensión de símbolos y prácticas ancestrales puede arrojar luz sobre fenómenos contemporáneos que parecerían no tener cabida en el mundo moderno. Sergio González Rodríguez allana el camino a aquéllos dispuestos a embarcarse en el entramado de ese fascinante enigma llamado México.

ISBN

978-84-96867-24-6

ISBN 978-84-96867-24-6

9 788496 867246

SERGIO GONZÁLEZ RODRÍGUEZ es narrador, crítico y ensayista, consejero editorial y columnista del periódico Reforma y del suplemento cultural El Ángel. Estudió Letras Modernas en la UNAM y colabora en diversas revistas. Ha publicado, entre otras obras, El Centauro en el paisaje, finalista ex aequo del Premio Anagrama de Ensayo, y una investigación sobre poder político, narcotráfico y asesinatos de mujeres en la frontera de México y Estados Unidos, Huesos en el desierto, finalista del Premio de Reportaje Literario Internacional Lettre/Ulysses 2003 en Alemania. También es autor de las novelas El triángulo imperfecto y La pandilla cósmica, y de una nouvelle conceptual-conjetural titulada El plan Schreber.


De sangre y de sol Sergio GonzĂĄlez RodrĂ­guez


De sangre y de sol Sergio GonzĂĄlez RodrĂ­guez


Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, transmitida o almacenada de manera alguna sin previo permiso del editor.

Copyright © Sergio González Rodríguez, 2006 Primera edición en Sexto Piso España: 2008 Copyright © Editorial Sexto Piso, S.A. de C.V., 2008 San Miguel # 36 Colonia Barrio San Lucas Coyoacán, 04030 México D.F., México Sexto Piso España, S. L. C/Monte Esquinza 13, 4º Dcha. 28010, Madrid, España www.sextopiso.com Diseño Estudio Joaquín Gallego ISBN: 978-84-96867-24-6 Deposito legal: Impreso en España


Introducción

Entre los escritos, la lec­tura y la imaginación pulsa la vida sutil de las ideas que llega a urdir una geografía espiritual, cuyos bordes penetran y trascienden a veces la realidad, los países, su historia, su cultura. Este libro quisiera aproximarse a tales territorios que buscan dejar atrás las consideraciones relativas al peso del mundo: transitan hacia un estatuto contiguo a lo que propuso Roberto Calasso en La letteratura e gli dèi acerca de la literatura «absoluta», aquella forma expresiva que se muestra «de lo más aguda e intolerante respecto de cualquier atadura social», es decir, del mundo racionalista que ha exterminado, al absorberlo, el distingo de lo sagrado. En tal geografía, propicia para el renacimiento de mitos y creencias antiguas, pulsa un sentido de la creación que, como seres modernos o postmodernos, se nos ha instruido a repeler o a desdeñar, cuando no a proscribir. De sangre y de sol propone el rescate de una perspectiva que llama a la comprensión a través de símbolos originarios y univer­ sales: sangre, sol, cruz, círculo, estrella, oro, pentagrama, corazón, pirámide, serpiente, puerta, infinito… El símbolo, algo que representa otra cosa por semejanza o por convención, es un puente con los arquetipos, formas trascendentales que se recuperan mediante la memoria colectiva y pueden transmitirse por el lenguaje. Symbolum en latín o symbolon en griego, el símbolo refiere a la marca o señal que sirve para unir y comparar. Hay símbolos eficaces y no eficaces. Estos últimos son los que acuden desprovistos de la circularidad de lo sagrado, del ritual, de la ofrenda, del misterio.


En otras palabras, ajenos a la entereza que administra lo sagrado. Cuando la esencia está ausente, sólo se registran las manifestaciones o fenómenos temporales que aluden a aquélla. Incluso, puede haber suplantaciones, un impulso negativo que imita y falsifica para oponerse al orden y a la armonía de la creación. Apunta René Guénon que el simbolismo es el modo más adecuado a la enseñanza de verdades de orden superior, religiosas y metafísicas. Y obedece a la intuición intelectual, que está por encima del simple raciocinio. A partir de obras, episodios y relatos, así como de ciertos personajes —David Herbert Lawrence, Wilfrid Ewart, Ernst Jünger, Arnold Krumm Heller, Octavio Paz, o Aleister Crowley— que resuenan tal geografía del pensar simbólico y la política que la gobierna, este libro configura una trama que emite palabras actuales al mismo tiempo que fugitivas: cartas para navegar en continentes perdidos y siempre recuperados que llaman al dilema, la intriga o el estupor.

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Desde que David Herbert Lawrence (1885-1930) propuso sus ideas acerca de la sexualidad hasta la fecha, principios del siglo x xi, hay una distancia significativa que las confronta. Ante todo, habría que testimoniar el fracaso de Lawrence en tanto profeta de la historia pero, a la vez, restaurar su implacable rencor contra la civilización, doblegar la rigidez de sus escritos, tomar sus ideas y enfrentarlas, por un momento, al horror triunfante de la locura colectiva del dinero, al paisaje de la técnica y las mercancías de hoy. Habría que imaginar a Lawrence, que creía en las virtudes del autoritarismo, la afirmación de la raza, el culto a la sangre y la disciplina, ante los campos de exterminio; a Lawrence, que aborrecía las guerras y confiaba en que El Fin —la Primera Guerra Mundial— sería una forma necesaria del renacimiento, frente a las víctimas civiles de los bombardeos inclementes, incluso con armas atómicas, y el permanente desgaste del humanismo, o ante los cien millones de muertos en nombre de las utopías comunistas a lo largo del siglo x x . A casi un siglo de la muerte de Lawrence, su cruzada sexual parece, en sus móviles y fundamentos, una osamenta polvosa del museo de las ideas de principios del siglo pasado. Pero en una época en la que el sexo es rey, la osamenta emite una fosforescencia intermitente y tenaz. Un anticipo de algunas de las creencias y temas favoritos de Lawrence en materia sexual se vuelca en el culto al falo, la sumisión femenina, la austeridad y el equilibrio, el individualismo creativo, la espontaneidad de las personas, el combate antipuritano, la oposición a las fantasías mecanizadas


y predominio del cálculo, o la búsqueda de los instintos tras­ cendentales subyacentes en el hombre. A cada uno de esos puntos responderían las realidades de la segunda mitad del siglo x x , y se opondrían el uso de la moderna sexualidad plástica, los movimientos feministas, el gasto ajeno a lo procreativo y el desequilibrio como dicterios de lo económico. Contra los tópicos lawrencianos resaltarían otros datos presentes: el riesgo de uniformidad en la hegemonía de lo serial, la amenaza de la deshumanización y sus extensione,s en la estética de la eficiencia y la inversión, el neoconservadurismo disfrazado de militancia moralizadora, la diversidad de elecciones sexuales y hasta el transexualismo y el deseo maquinal. Tal inventario desecha cancelar o descalificar de antemano las ideas sexuales de Lawrence; por el contrario, persigue su mesura, su rearticulación si esto fuera posible. Cuando menos, en lo que respecta al impulso filoso que las mueve: el encono hacia la herida del orden imperante, la insistencia de pugnar contra los encubrimientos de la cultura. Aquello que D.H. Lawrence convirtió en cilicio durante los últimos años de su vida. Entre las varias intolerancias de Lawrence, hubo un escozor que ahora cobra peso especial: el cine, los filmes que le parecieron siempre un juego masturbatorio. En su poema titulado «Cuando fui al cine», incluido en Pansies, manifiesta su desagrado por «aquellos espectadores llorosos por besos en close-up y en blanco y negro que ni siquiera podían sentir…». Esta respuesta inmediata y violenta, esta versión ciega de predicador le alejaba del principal objeto de sus rechazos —el modelo industrialista y sus productos—, pero también le distanciaba de percibir el impulso y las posibilidades históricas de fenómenos nacientes que, en cambio, sí supieron prever otros escritores europeos de su tiempo, como Walter Benjamin o Ernst Jünger. En D.H. Lawrence conviven entrelazadas dos historias que marcaron su escritura. Por una parte, la historia de su lucha contra los resabios victorianos y sus testaferros, los censores. 12


Por otra, el desarrollo de sus ideas sobre el mundo, su doctrina y sus vínculos con la literatura, la moral, el arte, las relaciones humanas y, sobre todo, el sexo: la gran clave. La batalla de Lawrence contra las intolerancias de la moral social arranca en el ámbito doméstico: madre y hogar, destino. Como en el caso de otros escritores, la experiencia temprana del lenguaje fue en Lawrence un desafío perdurable: su madre nunca le permitió que aprendiera el dialecto local, el que hablaban los mineros, como el padre. Entre las exigencias de pureza de conducta y rigidez de expresión, Lawrence resintió la fuerza de una mujer que, a lo largo de su matrimonio, vio frustrada su ascendencia social en un medio y condiciones que juzgaba disminuidos en lo moral y en lo intelectual. «Pensar que mi hijo ha escrito semejante historia», se lamentaba esta dama alguna vez, después de conocer un episodio de seducción que Lawrence había incluido en su novela inicial The White Peacock. A su vez, pasajes de esta obra escandalizaron a su editor, William Heinemann, que sugirió matizar su estilo como requisito para publicarlos. No obstante, la verdadera censura y las prohibiciones comenzarían más tarde, con The Rainbow. La novela, como otras obras suyas, fue escrita y reescrita varias veces. Abordaba las relaciones entre hombres y mujeres desde sus impulsos sexuales, al grado que la editorial que había publicado la obra anterior de Lawrence, la novela Sons and Lovers, solicitó cambios que el autor juzgó inaceptables. Cuando otra casa publicó The Rainbow, la recepción crítica, con algunas excepciones, disparó los adjetivos infamatorios: sucia, obscena, pornográfica, se le juzgó peor que a Emile Zola. La policía incautó los ejemplares y los editores fueron llevados a juicio penal. Imperaba una atmósfera de moralización que encubría móviles políticos producto de la efervescencia social y el conflicto europeo —incluso Lawrence llegó a ser sospechoso de espionaje debido a su relación con la aristócrata alemana Frieda von Richthofen, que guardaba parentesco con un alto militar del ejército enemigo durante la Primera Guerra Mundial. 13


La ayuda de algunas amistades del escritor hizo que el caso de The Rainbow fuera discutido, sin éxito alguno, en el parlamento británico. Los reclamos a la censura chocaron con los artilugios tradicionales: el Acta de Lord Campbell contra Publicaciones Obscenas de 1857. Por su parte, Lawrence se negó —como haría siempre— a interponer cualquier recurso legal. Tal era su desdén amargo. En los Estados Unidos de Norteamérica, su obra corrió una suerte similar: The Rainbow fue publicada con severos cortes, lo mismo que algunos de sus poemas. A pesar de todo, la quinta novela de Lawrence, The Lost Girl, fue premiada en Inglaterra como la mejor novela del año, si bien publicada bajo la condición de cancelar algunos párrafos. Poco después, Woman in Love volvería a desatar la indignación estridente, sin embargo, esta vez nadie se atrevió a suprimir el libro. Al parecer, el relajamiento de la posguerra y la llegada de aquellos años veinte con su revuelta de liberalidad urbana, espectáculos, cine, publicidad, propaganda y muchedumbres hechas mercancía permitió que Lawrence fuera, contra él mismo, mejor apreciado. La última fase de la carrera de Lawrence está marcada por el acecho de los censores, y arranca con la publicación de Lady Chatterley’s Lover. El tiempo dedicado a esta novela lo alternó con la escritura de otras narraciones (The Virgin and the Gipsy, por ejemplo), su vasta correspondencia, poesía, textos misceláneos. Incluso, practicó la pintura. Durante dos años, se sumergió en aquella obra y, por fin, accedió a publicar la tercera versión. Para evitar las mutilaciones que sufriría su novela, decidió publicarla de forma privada. Por última vez, evitó la censura. En Inglaterra, Lady Chatterley’s Lover se distribuyó por subscripción, y pronto comenzaron a aparecer ediciones «pirata» en Estados Unidos y Europa. A pesar de la circulación privada, algunos periodistas británicos atacaron la novela con el objeto de atraer el celo de las autoridades. En 1929, Lawrence envió a sus editores desde Europa continental el manuscrito de su volumen de poemas Pansies; con el correo intervenido, la obra 14


llegó a manos de la policía, lo mismo que el prólogo que el escritor había preparado para un libro con la reproducción de sus pinturas fálicas. Más tarde, se publicaría Pansies en forma expurgada, pero la tenacidad de la censura condujo a la policía al lugar donde se exhibían aquellas pinturas en Londres: la exhibición fue clausurada e incautadas las telas. La muerte era el episodio que advenía. Al final, Lawrence poseía una perspectiva de la existencia que llegaba a los resquicios de todo lo que escribía. En el saqueo y contrabando de teorías místicas, creencias primitivas e intuiciones cósmicas, conformó un denso fermento que pulsaba sus actos. A este cuerpo de ideas, vertebrado y transformado poco a poco, se le ha visto como un conjunto teórico y estético, cuyo asunto central reside en la pugna entre el pensador metafísico y el artista, o lo profético y lo creativo. Así, se quiere insinuar que Lawrence logró una armonía entre ambos aspectos en al menos una o dos de sus novelas. Cualquier lectura puede atestiguar que, empeñado Lawrence en reconciliar esos extremos, el profeta le ganó al novelista. De cualquier modo, Lawrence buscaba establecer una relación de intercambio entre la doctrina y la ficción: «la Ley y el Amor». En el prefacio de Fantasia of the Unconscious expuso sus intenciones: «Mi filosofía —“verborrea analítica”, como dijo uno de mis críticos respetados— está extrapolada de mis novelas y poemas, y no al contrario». Pero precisaba enseguida: «La metafísica o filosofía puede estar indefinida en alguna parte, inadvertida por la conciencia del artista; no obstante, la metafísica es lo que gobierna a los hombres al mismo tiempo, y por todos ellos es comprendida y vivida, aunque sea de modo aproximado. Los hombres viven y ven según alguna concepción agazapada y gradualmente desarrollada. Esta visión existe, además, como una idea o metafísica —preexiste como tal». Era su mejor autodefinición. Las primeras aventuras de Lawrence con la metafísica —como ha explicado Frank Kermode— involucraban el siguiente esquema cristiano: el Padre (o la Madre), en tanto Ley y Cuerpo 15


(envoltura carnal); el Hijo como Logos, en tanto Amor y Caridad —sentimientos— y, por último, el Espíritu Santo como fuerza reconciliadora. La rebeldía contra la figura autoritaria supondría el resorte de la liberación individual y aun racial; es decir, también un acto de liberarse de la Palabra, de la razón; un triunfo de la Sangre. De estas disquisiciones bíblicas y trinitarias se cubre el fondo de su narrativa inicial. Lawrence comenzaba a situar sus fundamentos: la sabiduría primigenia de lo corporal —la Sangre: substancia ritual—, y su propia moralidad, que habría que oponer siempre a la mente, al intelecto racionalista tan propio de la vida urbana. Tras la liberación del cuerpo, el impulso sanguíneo y el sexo, el escritor emprendió una cruzada que pronto se centraría en el microcosmos de las relaciones entre el hombre y la mujer. Sus lecturas de la mitología antigua son producto del clima europeo que admitió el auge teosófico, el ocultismo, las sociedades secretas, el gusto por lo pagano y lo críptico que se entrelaza, como un hilo negro, en la cuerda de la historia del pensamiento humanista. O con los puentes modernos entre Oriente y Occidente. En el caso de Lawrence, el resultado teórico fue advertir el crecimiento del hombre y la confianza en el principio vital del renacer incesante, que a su vez implicaría el juego de los opuestos en todo el universo y en las relaciones humanas, por ejemplo, la lucha entre la voluntad de movimiento y la voluntad de reposo. A medio camino entre Charles Dar­ win, Emmanuel Swedenborg y W.B. Yeats, esperaba Lawrence el suceso inmediato y necesario de un matrimonio entre el cielo y el infierno, la Era del Equilibrio, del Espíritu Santo, que estaría precedida por una pausa apocalíptica: la guerra. Gran parte de la potencia narrativa de The Rainbow surge de estas divagaciones. En tal constelación de ideas, lo atractivo es vislumbrar cómo, hasta qué grado y a través de qué designios puede llegar un escritor a sus relatos, y ligar su imaginación y pensar con la literatura. La urgencia por consumar una utopía condujo a Lawrence a plantear la siguiente táctica: si toda revolución ha de comenzar 16


con el vínculo primario del hombre, hay que atender, sobre todo, el espacio primario del sexo. El mal, lo mecanizado y podrido, la guerra y la destrucción provienen de relaciones sexuales fricativas, tensas, del predominio del deseo de disolución sobre el deseo de creación. La respuesta debería ser el equilibrio entre ambos deseos lo mismo en el cuerpo que en la mente. A lo largo de Women in Love se expresa esta pugna secreta que quiere anunciar el Fin y la Resurrección. A partir de esto, la vena profética de Lawrence se acentuaría; llegó a manifestar su fe en la figura de un Guía, cuya voluntad habría de imponerse sobre la gente —incluso, alcanzó a verse a sí mismo como tal: un Guía afincado en su fuerza masculina. La compleja vitalidad de su doctrina proliferó poco a poco. Su tratado sobre la civilización, Fantasia of the Unconscious, es una crítica del pensamiento racional de Occidente. Con el fin de recuperar un conocimiento perdido, persigue los mitos y los símbolos primitivos, y discurre desde los presocráticos hasta Platón, desde James Frazer hasta las enseñanzas del yoga. Más tarde, Lawrence afirmaría una fe: «El lenguaje más grande de la humanidad es el de los símbolos puros». Así, sus libros se llenan de símbolos o experiencias simbólicas —trasunto de un pensamiento cercano a la tradición primordial—, de las experiencias de sus viajes por Australia, o Norteamérica, de sus relaciones con su mujer y sus amigos interpretadas bajo el sermón contra los estragos civilizadores, del descenso del Espíritu Santo, el Apocalipsis y la Redención: en aquellos años veinte atestiguan esto Kangaroo, The Lost Girl, o St. Mawr. En este trayecto que entrelazaba la geografía física y la simbólica que provenían de Europa, el viaje a México fue revelador. Urdía un intento por comprender una alteridad que persistía en desafiar el pensamiento europeo, sus saberes históricos, etnológicos, antropológicos, arqueológicos en la aurora de lo que después se llamarían ciencias humanas. La serpiente emplumada, Mañanitas mexicanas y La mujer que huyó a caballo son los momentos distintivos de esta búsqueda de una Tierra prometida en el paisaje mexicano. 17


Sexto Piso es una editorial independiente, cuya principal línea de edición versa sobre textos de filosofía, literatura y reflexiones sobre problemas contemporáneos. La idea que nos impulsa es la de crear un espacio donde se pueda acceder a ciertos textos que generalmente pasan inadvertidos pero que son pilares de la cultura universal. La política editorial pretende ser rigurosa, lo que nos aleja de objetivos estrictamente comerciales. Intentamos ir tejiendo los distintos títulos que conforman nuestro catálogo a la manera de una novela, es decir, buscando que cada libro publicado sea un capítulo.

La extraña muerte del escritor inglés Wilfrid Ewart en el balcón del Hotel Isabel en 1922, la fascinación y la repulsión que ejerció México en D. H. Lawrence, el misticismo de Jünger, los testimonios literarios de autores como Sergio Pitol, José Emilio Pacheco y Octavio Paz, y la intensidad y el exceso de Antonin Artaud y Malcolm Lowry a su paso por México: Sergio González Rodríguez ensambla las dispersas piezas de un rompecabezas que ante miradas obtusas ha aparecido como inexplicable o irracional. Como escena secundaria narra el desarrollo del esoterismo de la Alemania nazi, que tuvo también un fuerte arraigo e influencia en tierras aztecas, a través de personajes misteriosos como Arnold Krumm Heller, espía alemán y oficial del Ejército mexicano durante la presidencia de Venustiano Carranza. De sangre y de sol es la cartografía de la geopolítica de ciertos símbolos y rituales solares, sanguíneos y de otras índoles que desde tiempos remotos hasta nuestros días han estado presentes en las sociedades, ya sea de forma abierta, como en la Antigüedad, o de forma velada, como en nuestra época. El autor teje la urdimbre compuesta por el oculto pero indeleble rastro de estas creencias en el escenario de México. Este «país trágico», como lo definió Ernst Jünger, pese a numerosos intentos de modernización y civilización sigue conviviendo con fuerzas vivas que provienen de su historia como cultura sacrificial. En este sentido, funge como «espejo europeo» que refleja −añadiendo elementos propios, en una especie de sincretismo de los símbolos− ideas y manifestaciones que a menudo tienen su origen en el viejo continente. Sólo la recuperación y comprensión de símbolos y prácticas ancestrales puede arrojar luz sobre fenómenos contemporáneos que parecerían no tener cabida en el mundo moderno. Sergio González Rodríguez allana el camino a aquéllos dispuestos a embarcarse en el entramado de ese fascinante enigma llamado México.

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978-84-96867-24-6

ISBN 978-84-96867-24-6

9 788496 867246

SERGIO GONZÁLEZ RODRÍGUEZ es narrador, crítico y ensayista, consejero editorial y columnista del periódico Reforma y del suplemento cultural El Ángel. Estudió Letras Modernas en la UNAM y colabora en diversas revistas. Ha publicado, entre otras obras, El Centauro en el paisaje, finalista ex aequo del Premio Anagrama de Ensayo, y una investigación sobre poder político, narcotráfico y asesinatos de mujeres en la frontera de México y Estados Unidos, Huesos en el desierto, finalista del Premio de Reportaje Literario Internacional Lettre/Ulysses 2003 en Alemania. También es autor de las novelas El triángulo imperfecto y La pandilla cósmica, y de una nouvelle conceptual-conjetural titulada El plan Schreber.


Fragmento De sangre y de sol  

Sergio González Rodríguez ha trazado una nítida ruta entre la sinuosa floresta para allanar el camino a aquellos dispuestos a embarcarse en...

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