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Los seis relatos que componen este libro están ambientados en las islas del Pacífico Sur, que fueran visitadas a menudo por Somerset Maugham. Sus descripciones del entorno natural y de los paisajes son muy precisas y sobrecogedoras. Así, ya sea en las islas de Samoa, en Tahití o en Honolulu, en todas las historias se desarrolla una tensión entre la cosmovisión y el estilo de vida de los nativos y el de los hombres blancos, que en realidad funge como trasunto de una confrontación más esencial: la de Oriente y Occidente. Sirviéndose de este trasfondo, Maugham narra con maestría historias políticas, de ambición económica frustrada, de amores inconclusos o no correspondidos en las que la constante es su capacidad de desnudar las más elementales pasiones humanas, las que conducen al hombre a obtener sus mayores satisfacciones y también a sus mayores desgracias. Este libro incluye el cuento «Lluvia», uno de los más famosos y elogiados de la vasta producción del autor, en el que relata la feroz y sutil batalla que tiene lugar en la aldea samoana de Pago-Pago entre un poderoso misionero y una simple prostituta, siempre bajo el marco de una pertinaz lluvia que jamás cesa, que funciona como alegoría de las dichas y desgracias humanas que, en su incesante fluir, le van dando sentido a las vidas de aquellos contradictorios y difusos seres que Somerset Maugham escrutó. «A cada tiempo su locura, a cada tiempo su sabiduría. La de este libro está perfectamente descrita en el propio título, El temblar de una hoja, tomado de la cita de Saint-Beuve con la que se abren los textos: “La felicidad extrema apenas está separada por el temblar de una hoja de la extrema desesperación”. Si hay algo que atraviesa de parte a parte este maravilloso libro es precisamente la conciencia de nuestra fragilidad, el precario equilibrio de nuestros afectos y de nuestras convicciones. Y no es poca sabiduría para quien se atreva a pensarla hasta sus últimas consecuencias.» ANDRÉS BARBA

ISBN 978-84-96867-14-7 ISBN

978-84-96867-14-7

9 788496 867147

William Somerset Maugham nació en 1847 y vivió en París hasta los diez años. Estudió en The King’s School, en Canterbury, y en la Universidad de Heidelberg. Después ingresó al St. Thomas’s Hospital con la idea de ser médico, pero el éxito de su primera novela, Liza de Lambeth (1897), lo condujo de manera definitiva al mundo de las letras. A los treinta y tres años era una celebridad, cuando se convirtió en uno de los principales escritores de libretos teatrales en Londres con obras como Lady Frederick (1907), y adquirió gran fama como novelista con su obra autobiográfica, La servidumbre humana (1915). Viajó de manera extensa por Oriente y por Europa, sitios de los que recopilaba material para sus historias, y desde la Segunda Guerra Mundial se asentó en la Riviera francesa. Entre sus principales novelas se encuentran La luna y seis peniques (1919), El estrecho rincón (Sexto Piso, 2006) y El filo de la navaja (1944). Murió en Niza en 1965.


El temblar de una hoja W. Somerset Maugham


El temblar de una hoja W. Somerset Maugham Traducci贸n de Eduardo Rabasa


Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, transmitida o almacenada de manera alguna sin el permiso previo del editor.

título original The Trembling of a Leaf Copyright © by The Royal Literary Fund Primera edición en Sexto Piso España: 2008 Traducción Eduardo Rabasa Fotografía de portada Luis Asín Copyright © Editorial Sexto Piso, S.A. de C.V., 2007 San Miguel # 36 Colonia Barrio San Lucas Coyoacán, 04030 México D.F., México Sexto Piso España, S. L. c/ Monte Esquinza 13, 4.º Dcha. 28010, Madrid, España. www.sextopiso.com Diseño Estudio Joaquín Gallego ISBN: 978-84-96867-14-7 Depósito legal: Impreso en España


Índice

Contra la civilización Andrés Barba

15

El Pacífico

19

Mackintosh

21

La caída de Edward Barnard

59

Rojo

95

La piscina

119

Honolulu

163

Lluvia

191

Envoi

237


A Bertram Alanson


L’extrème félicité à peine séparée par une feuille tremblante de l’extrême désespoir, n’est-ce pas la vie? Saint-Beuve


CONTR A L A CIVILIZACIÓN

En la entrada de su diario del 29 de septiembre de 1931, durante su viaje por África, Michel Leiris resume sus impresiones del día en un párrafo rotundo: «Siniestra cosa, esto de ser europeo. Cada vez soporto menos la idea de la colonización. Recaudar el impuesto, ésa es la gran preocupación. Pacificación, asistencia médica no tienen más que un fin: engatusar a la gente para que se deje engañar y pague el impuesto. Correrías en ocasiones sangrientas, con qué fin: recaudar el impuesto. Estudio etnográfico, con qué fin: hallarse en condiciones de aplicar una política más hábil para recaudar el impuesto». La mirada del colonizador sobre el salvaje es arrogante hasta que choca con la realidad que pretende modificar, hasta que empieza a dudar de la excelencia de su propia civilización. En ese limbo de la duda, en ese territorio de pasto común entre civilizaciones es donde se encuentra el marco de la mayoría de estos maravillosos cuentos de Maugham. Parece una verdad literaria de primer orden que sólo es posible escribir con acierto de aquello que se ama o de aquello que se teme. A la luz de esa verdad uno podría hacer un listado tanto de las cosas temidas por Maugham en estos relatos (la locura, la convención formal, el alcohol, el embrutecimiento, la arrogancia) como de las amadas (la paz de espíritu, la sencillez, la bondad), sin llegar a hacerse por ello una idea clara de en qué reside exactamente su grandeza. El acierto de Maugham proviene más bien de una especial habilidad de hacer colindar territorios y personajes en conflicto con esos otros territorios y 

El diario de Leiris se publicó más tarde con el título El África fantasmal. Hay una edición española en Pre-Textos, Valencia, 2007.


personajes que les dan precisamente la pauta de su tragedia. Sin llegar a convertirse nunca en un previsible y tópico choque de antagónicos, los relatos aquí reunidos sorprenden siempre en algún quiebro que encamina las cosas hacia el lugar más insospechado y, a la vez, más propio. En ese sentido podría decirse que estos relatos están escritos a completa imagen y semejanza de la vida. Cuando los leemos tenemos la misma impresión que al recordar acontecimientos pasados que no comprendimos al vivirlos pero que, a la luz de la memoria y la experiencia, parecen de pronto precisos, como rodeados por una emanación, necesarios. La desgracia obliga siempre a reconocer como real aquello que no creemos posible. La desgracia nos ata a lo real y al mismo tiempo nos incapacita para superarlo, porque el hom­ bre (es cosa sabida) sólo sobrevive gracias a la ficción elaborada y reelaborada mil veces de su memoria, de su afectividad, de su ser frente a los otros. Y en ese sentido estos cuentos de Maugham introducen en la ficción un personaje más: el alcohol. El alcohol como desinhibidor de la desgracia cumple una función en estos relatos de auténtico símbolo. Una de las últimas anotaciones de Simone Weil en ese prodigio de libro titulado La gravedad y la gracia dice algo que probablemente suscribiría sin pestañear Maugham referido a este libro: «La vida humana es imposible, pero sólo la desgracia logra que lo sintamos». Maugham reconoce que en la desgracia, si bien nos encontramos brutalmente estampados contra lo real, se producen verdaderas iluminaciones que de otra manera nunca habrían tenido lugar. Por eso no son más sabios quienes han su­frido más desgracias, sino quienes han sabido pensarlas con más valentía. En estos relatos hay personajes que se crecen en la desgracia y que conviven junto a otros a los que la desgracia les aniquila. La inteligencia con la que unos salen a flote, unida por contraste a la necedad o la debilidad de quienes se hunden hacen que este libro sea furibundamente contemporáneo y anacrónico a la vez. Hoy, que vivimos cada vez más en unas sociedades en las que la desgracia se ha convertido en la mar16


ca de la encarnación perfecta, en las que todo el mundo desea secretamente convertirse en víctima de algo para adquirir así un rostro ante los otros, muchas de estas figuras parecen haber perdido su esplendor, cuando lo cierto es que nos dan la pauta perfecta de nuestra enajenación. A cada tiempo su locura, a cada tiempo su sabiduría. La de este libro está perfectamente descrita en el propio título El temblar de una hoja tomado de la cita de Saint-Beuve con la que se abren los textos: «La felicidad extrema apenas está separada por el temblar de una hoja de la extrema desesperación». Si hay algo que atraviesa de parte a parte este maravilloso libro es precisamente la conciencia de nuestra fragilidad, el precario equilibrio de nuestros afectos y de nuestras convicciones. Y no es poca sabiduría para quien se atreva a pensarla hasta sus últimas consecuencias. Andrés Barba

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El Pacífico

El Pacífico es inconstante e incierto como el alma humana. A veces es gris como el Canal Inglés en Beachy Head, con un gran oleaje, y a veces es bravo y bullicioso, cubierto de crestas blancas. No muy a menudo es calmo y azul. Cuando lo es, el azul es realmente arrogante. El sol brilla fieramente en un cielo despejado. Los vientos alisios se meten en la sangre y una impaciencia por lo desconocido se apodera de ti. Las olas, magníficamente onduladas, se extienden en todas las direcciones y te olvidas de tu juventud desaparecida, con sus recuerdos, crueles y dulces, inmerso en un incansable e insoportable deseo de vivir. En un mar como éste zarpó Ulises cuando buscaba la Isla de los Bienaventurados. Pero también hay días en los que el Pacífico es como un lago. El mar es plano y brillante. Los peces voladores, un destello de sombra en el resplandor de un espejo, forman pequeñas fuentes de centellantes gotas cuando se sumergen. Hay nubes lanosas en el horizonte y, cuando llega el atardecer, adquieren extrañas formas que hacen imposible no pensar que se está viendo una cadena de sublimes montañas. Son las montañas del país de tus sueños. Se navega a través de un inimaginable silencio por un mágico mar. De vez en cuando unas cuantas gaviotas sugieren que la tierra no está lejos, una isla olvidada oculta en un desierto acuático; pero las gaviotas, las gaviotas de la melancolía, son la única señal que se tiene de esto. Nunca se ve un barco de pasajeros, con su amigable humo, ni un majestuoso velero o una delgada goleta, ni siquiera un barco pesquero: es un desierto vacío; y en ese instante el vacío ocasiona que uno tenga una vaga premonición.


Fragmento El temblar de una hoja