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REFORMAS, DESIGUALDAD ECONÓMICA Y NUEVA POBREZA Javier Martínez Peinado Universidad de Barcelona

INTRODUCCIÓN La exposición que sigue es un ejercicio de reflexión sobre la articulación de los tres términos que le dan título, y que se refieren a tres temas que, especialmente en la última década, han despertado un especial interés en el quehacer económico y político a escala tanto internacional como nacional. Efectivamente, por una parte es indudable que el sistema económico, tras la crisis estructural de 1969-1974, se embarcó en unas transformaciones de profundo calado, que se han tomado un par de décadas, al menos, para lanzar una nueva ola de crecimiento a escala global. La “era de la globalización”, basada en un salto cualitativo del progreso, liderado por el llamado complejo teleinfocomputrónico1, la biogenética, etc., puede considerarse, en este sentido, una nueva fase ascendente en el ciclo largo del capitalismo mundial, tras la onda descendente del último cuarto del siglo XX. Durante ésta, en cualquier caso, y como es propio de una fase B de la acumulación de capital (o del crecimiento económico) a largo plazo, se establecieron las bases estratégicas y políticas de lo que se ha configurado como un paquete de reformas radicales en los mercados y las instituciones, y que comprende, fundamentalmente: -

La liberalización y desregulación de los mercados de bienes, servicios y flujos financieros, profundizando su internacionalización.

-

La flexibilización e internacionalización de los mercados laborales, lo que aumenta la presión migratoria.

-

La privatización de los activos nacionalizados en la anterior fase alcista (caracterizada por una intervención pública muy activa),

-

La pérdida consiguiente de importancia y funcionalidad del Estado como actor del desarrollo, aunque se reformula su papel (“buen gobierno”, políticas “contra la pobreza”) para acompañar convenientemente las imposiciones del marco global. Es decir, hay una redefinición de las “políticas públicas”.

Por otra parte, y a pesar de los discursos apologéticos de la nueva era más o menos almibarados en la línea Fukuyama, ya está ampliamente admitido que el relanzamiento


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de la economía mundial sobre estas nuevas bases globales no afecta de la misma forma a todas las economías y grupos sociales, sino que está comportando un aumento claro de la polarización, una profundización de la brecha entre los centros y las periferias del sistema mundial; así como un aumento de la desigualdad económica. En definitiva, el propio proceso de globalización está siendo un proceso de desarrollo desigual, sin perspectivas serias, además, de que la maduración de dicho proceso (en términos de progreso

e interconexiones) traiga la tan prometida convergencia. Desde obras

divulgativas y best-sellers escritas por prohombres de las finanzas, de la política o de la geoestrategia, no se cesa de advertir de los seguros peligros que el “turbocapitalismo”, el “fundamentalismo capitalista”, etc. tienen para la humanidad en su conjunto2. La desigualdad económica que siempre ha acompañado al desarrollo capitalista adquiere hoy, como él, dimensiones globales. Pero hay además, en tercer lugar, una nueva síntesis de este crecimiento y la desigualdad que genera, y esta síntesis es la nueva pobreza. Una nueva pobreza que se define como “nueva” precisamente porque se refiere a una realidad que, se pretende, es diferente a las situaciones histórico-sociales que se conceptualizaron (más empírica que teóricamente, todo hay que decirlo) con el término de pobreza “clásico”. Lo que se entiende por “nueva pobreza” hoy en día es un complejo conjunto de situaciones de índole a su vez diversa (por eso el conjunto es complejo), que abarca desde aspectos demográficos (envejecimiento), sociológicos (hogares monoparentales, inmigración) o mercantiles (asalarización pobre en la “fabrica mundial”3, desempleo de larga duración,…). Pero todos ellos están vinculados a las transformaciones del capitalismo globlal, a las reformas que exige, y a las desigualdades, nuevas y viejas, que genera, y que las políticas específicas no sólo no logran frenar, sino que en determinados contextos incluso las profundizan. Así, pues, “reformas, desigualdad y nueva pobreza” es una triada que acompaña inseparablemente a la globalización capitalista, de tal forma que la relación entre estos tres elementos la tenemos que encontrar precisamente en esta manera específica, el capitalismo, de producir, distribuir y consumir bienes y servicios, y que es la que caracteriza al sistema económico mundial. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo definir el vínculo entre el capitalismo y nuestra triada? En lo que sigue, intentaré explicar de una forma básica este vínculo de la siguiente manera: el capitalismo, por esencia expansivo, exige permanentemente reformas en las estructuras socioeconómicas para asegurar su reproducción ampliada, a escala cada vez mayor, lo


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cual conlleva necesariamente un desarrollo desigual a nivel personal, social y territorial, de las capacidades de producción y de consumo. Esta desigualdad se manifiesta, en el ámbito de las economías nacionales, como una reproducción o profundización de la brecha entre centros y periferias, y, desde el punto de vista de las personas, como pobreza. Por tanto, concluiremos que, en este sentido, la pobreza no es un concepto aplicable a una economía nacional (economías o países pobres), o lo sería sólo en la medida en que una economía sea o fuera incapaz de producir excedente, lo cual no es caso de ninguna economía nacional del actual sistema mundial. La pobreza es un concepto que hace referencia a la situación de personas y grupos sociales que viven el desarrollo desigual desde la peor posición. Las economías son capitalistas, y centrales o periféricas al capitalismo global, y por ese carácter capitalista generan pobreza, con características específicas en el Centro y en la Periferia. Plantearemos, pues, a continuación, uno por uno, los tres elementos de la tríada.

LAS REFORMAS EN EL CONTEXTO DE LA EXPANSIÓN Con la perspectiva histórica que ahora poseemos, está bastante claro que la estrategia conocida como el “Consenso de Washington”, formulada a principios de los años ochenta, representaba una opción consciente de recuperación económica sobre la base de la transformación de las condiciones mundiales del crecimiento económico capitalista, que entre otras cosas significaba articular un espacio “único” de valorización (de rentabilización) del capital. Y ello exigía: a) libertad de acceso a los activos (o sea, a las fuentes de valor, de producción de beneficios); b) libertad de acceso a los mercados (o sea, a los espacios de realización y obtención de los beneficios); y c) condiciones para las operaciones anteriores (o sea, creación de mercados allá donde no los hubiera, profundización de los ya existentes, eliminación de las trabas institucionales a su funcionamiento, reorganización de las empresas para dotarlas del carácter “global”, etc.). La estructura mundial resultante de la posguerra ya no servía, lo había demostrado desde la crisis de finales de los sesenta, y exigía reformas, y por tanto, también había que reformar la superestructura que, diseñada en Bretton Woods, había “regulado” la fase de crecimiento anterior. Ya sabemos el significado de tales reformas en el ámbito de las economías centrales (programas de ajuste desde la “economía de oferta” “reaganomics”, thatcherismo-, contra la precedente

“economía de demanda”

keynesiana), pero aquí interesa centrarse en el ámbito internacional, y, sobre todo,


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recordar que, para la Periferia, el paradigma anterior, ahora a reformar, estaba basado en el concepto de “desarrollo de la economía nacional”, en el que, además, el Estado tenía que cumplir un papel fundamental. Reformar el todo exigía reformar las partes, y para la Periferia eso ha significado muy claramente el adiós al carácter nacional del desarrollo, incluso el olvido del propio término. Las reformas, entonces, se articularon en las conocidas políticas de desregulación, liberalización y privatización. De tal manera que, desde entonces, se exige libertad de localización de las inversiones productivas, libertad de gestión de las inversiones financieras y, por supuesto, libertad de repatriación de los beneficios o del capital en las condiciones que decida el inversor (sin controles ni cuantitativos ni cualitativos). El objetivo: producir en cualquier parte del mundo para vender en cualquier parte del mundo, invertir en la propiedad y/o la explotación de cualquier activo del mundo (recurso natural, humano, financiero) pero pensando más en la rentabilidad del origen que en el resultado en el destino. Un buen ejemplo de estos objetivos en estado casi puro sería el AMI (Acuerdo Multilateral de Inversiones), que todavía no se ha aprobado por las reticencias que su “extremismo” levantó en Europa y Asia. Las reformas, además, están sustentadas en una receta única, el “ajuste estructural”, que se ha venido imponiendo a las economías periféricas como concreción del “consenso de Washington”, y que para ellas significaba: -el sobresfuerzo exportador, en detrimento de la demanda interna, apoyado en la devaluación y la especialización. -la apertura comercial y la eliminación de subvenciones, para integrar el mercado interno (¿?) en la “racionalidad” de los precios internacionales. -la desregulación financiera, las subvenciones y facilidades fiscales y otras regalías al capital extranjero para convencerlo de la rentabilidad de su inversión. -la contracción radical de los gastos del Gobierno, que acaba invariablemente afectando mucho más a la esfera social que a la militar o policial. En estas condiciones, el impacto de las reformas en la estructura económica mundial está marcado por los flujos transfronterizos de capital que, en forma de inversiones directas, inversiones en cartera, préstamos, etc. han aumentado extraordinariamente en las dos últimas décadas (aunque especialmente en la de los noventa), dando un protagonismo incontestable a la esfera financiera en el proceso de globalización. Pero, como no podía ser de otra forma, la globalización financiera tiene distintos matices en el Centro y en la Periferia del Sistema:


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-

En los países desarrollados, que son el origen y el destino de la mayor parte de los flujos transfronterizos, la inversión en cartera y el desarrollo de los mercados de futuros sobrepasan, con mucho, a la inversión directa, que, a su vez, consiste, en su mayor parte, en operaciones de fusiones y adquisiciones de empresas. Como resultado, puede decirse que el Centro del Sistema está configurándose como un espacio socioeconómico único y homogéneo en una medida no conocida anteriormente.

-

En la Periferia, sin embargo, la primacía la ostenta la inversión directa vinculada a la expansión de la Fábrica Mundial, y, por tanto, los flujos, en vez de homogeneizar, han diferenciado muy claramente el conjunto de economías efectivamente incorporadas al capitalismo global, la Semiperiferia, del resto de la Periferia. Aunque las reformas exigidas son comunes a todos los países (en una receta única), han funcionado como “condición necesaria pero no suficiente”, y grandes zonas (especialmente en el África Subsahariana y el sur de Asia) han quedado excluidas de la globalización financiera. La inversión directa extranjera ha fluido, pues, sólo hacia las semiperiferias, estando además muy vinculada a las direcciones del capitalismo global antes señaladas: la Fábrica Mundial, las concentración y centralización del capital multinacional, la ampliación y profundización de los mercados mundiales y la rentabilización especulativa de ingentes masas de capital productivamente ociosas.

Así, los efectos de las “reformas” exigidas por los Planes de Ajuste Estructural (PPAE) han sido, en la práctica, contradictorios con el “desarrollo”: tendencia a la sobreproducción en las economías exportadoras semiperiféricas (que presiona a la baja los ingresos por exportaciones), descapacitación del Estado para controlar y gestionar los “equilibrios” externos e internos, fragilidad del sistema financiero ante el carácter volátil de los capitales “golondrinas”,…Conjuntamente, estos efectos se han derivado en manifestaciones críticas persistentes en la década de los noventa (crisis en México, Asia, Brasil, Argentina,…), que han afectado y siguen afectando negativamente a centenares de millones de personas y decenas de economías. Lo que debiera ser más significativo es que no se puede decir que las crisis vinieron porque no se realizaban las reformas, o no se hacía caso de las recetas, sino todo lo contrario. Los casos latinoamericanos son la mejor muestra de ello, con gobiernos absolutamente fieles a los dictados del FMI, que recurrentemente tiene que acudir a “salvarlos”, pero que nunca salen del estado crítico, ¡quizá porque siguen cumpliendo las recetas del Fondo!; y la


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crisis asiática de 1997-98 fue uno de los episodios que más mal parados ha dejado a los recetarios neoliberales y fondomonetaristas (basta recordar que el país que menos sufrió la hecatombe comercial y financiera fue China, precisamente ajena a ese corral, y la economía que antes se recuperó fue la malaya, que precisamente fue la que no siguió la receta del FMI para la recuperación). Si lo anterior es lo que cabe destacar respecto a la Semiperiferia, en lo que concierne a la Periferia más pobre los efectos se resumen en una conclusión tremenda pero incuestionable: el aumento de la desigualdad y de la pobreza, los otros dos elementos de nuestra tríada.

EXPANSIÓN CAPITALISTA, EXPANSIÓN DE LAS DESIGUALDADES Hay diversas maneras de tratar la desigualdad al nivel del sistema mundial. La más común suele ser la de evaluar la brecha entre los agregados macroeconómicos de los diversas economías o grupos de economías. Otra manera de abordar el análisis del desarrollo capitalista desigual es desde un punto de vista sectorial, destacando las formas y los niveles de inserción de los componentes del sistema en la división internacional del trabajo, en el ámbito de la producción y de la circulación de bienes y servicios. Una tercera forma sería aproximarnos a la desigualdad en la distribución “funcional” del producto y del ingreso, y es esta última forma, que cuenta más con los grupos sociales y los hogares, la que nos acerca directa e indirectamente a la temática de la pobreza. Cabe destacar que la evidencia empírica al respecto ha sido estudiada en este orden, siendo más numerosas (y fáciles) las estimaciones de la brecha entre macromagnitudes que en los otros dos aspectos. En efecto, disponemos de estimaciones más que suficientes, del BM o del PNUD, para evaluar la dinámica de la brecha Centro/Periferia en esto último cuarto de siglo, y la mayoría de ellas nos hablan del mantenimiento de la brecha, cuando no de su profundización4. Resumiendo mucho, podríamos destacar que: -

Respecto a la producción, el Centro ha venido suponiendo, casi constantemente desde 1965, en torno a las cuatro quintas partes del PIB generado en el Sistema Capitalista Mundial (con algunas coyunturas más débiles, como en 1980, en que “sólo” representó el 70 %).

-

Respecto al consumo, si consideramos significativa la absorción que supone la categoría “consumo privado” en la composición del PIB, nos encontramos con un porcentaje similar (en torno al 80 %), con el agravante que la proporción de


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población en

el Centro respecto al total mundial ha ido disminuyendo

significativamente en el último tercio de siglo. O sea, menos consumen lo mismo, o, en otras palabras, los mismos consumen más. Comparando la brecha entre los países más pobres (Países de Bajos Ingresos, PBI, según el Banco Mundial) y los Países Industrializados (PI, según la misma fuente; en nuestros términos, el Centro del sistema), desde 1965 ha habido un continuo agravamiento de las diferencias: en ese año el consumo privado en los PI era, en términos monetarios, ocho veces mayor que el de los PBI; pasó a ser más de catorce veces mayor veinte años después, dieciocho veces en 1990, y veinte veces mayor en 1999. Si además tenemos en cuenta que la población que vive en los PBI viene a ser cuatro veces la de los países industrializados, las diferencias en el consumo privado por habitante se multiplicarían por cuatro. Con lo que podríamos concluir que cada habitante del Centro tiene asignado un consumo privado (en términos mercantil-capitalistas) que es ochenta veces el de un habitante de un país de bajo ingreso. Y ello sin tener en cuenta la disposición de servicios públicos, lo que agrandaría la brecha. Un sencillo ejercicio gráfico nos puede permitir constatar esta ampliación de la desigualdad: como indica el Gráfico 1, construido a partir de datos del PNUD, el ingreso per cápita en el Centro no ha dejado de crecer más que el ingreso medio mundial, pasando de ser más del triple en 1975 a ser casi el cuádruple en 1998, mientras que, en la Periferia, las economías de ingresos medianos han acabado por debajo del nivel medio, y las de ingreso bajo, aunque mejoran su relación, no logran llegar ni a la mitad del ingreso medio.


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GRÁFICO 1. RELACIÓN DE LOS INGRESOS PER CÁPITA RESPECTO A LA MEDIA MUNDIAL, 1975-1998 4

3,5

3

2,5

PAI 2

PIM PBI

1,5

1

0,5

0 1975

1980

1985

1990

1998

En conjunto, pues, no es precisamente la Periferia quien está acercándose al Centro, sino que éste continua despegándose persistentemente de la primera. El Sistema es, pues, cada vez más asimétrico. Si, por otra parte, observamos la desigualdad desde la perspectiva sectorial, cobra aún más sentido esta caída de las “economías intermedias”, porque han sido ellas las principales “beneficiarias” de la expansión del capitalismo global a través de las inversiones de las empresas multinacionales y los agentes financieros. En esta categoría se encuentran la mayoría de las economías latinoamericanas y caribeñas, las del sudeste asiático (donde Corea es la única que ha ido aumentando su distancia con la media mundial) y las de Europa central y oriental (incluyendo Rusia), y para entender este “sorprendente” bloqueo a su crecimiento (en términos relativos al del sistema) hay que tener en cuenta precisamente su forma de inserción en el conjunto y cómo dicha forma las hace, por una parte, más frágiles a los vaivenes de la acumulación a escala mundial, y, por otra parte, más extravertidas y menos autocentradas (y, por tanto, con menos capacidad autónoma de crecimiento y progreso)5. La inserción en el sistema y la posición consiguiente que se adquiere en el mismo vienen definidas por la división internacional del trabajo, especialmente en el sector


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industrial manufacturero. Los milagros de los “nuevos países industriales”, de la “industrialización

por

sustitución

de

exportaciones”,

etc.

han

consistido,

fundamentalmente, en un aumento de la participación en las exportaciones de manufacturas de algo más de una decena de economías semiperiféricas, que además han concentrado también los flujos financieros del Centro a la Periferia. Pero en términos de valor, ni la participación en el valor añadido en la manufactura mundial ni el nivel tecnológico de las exportaciones han sufrido cambios significativos, simplemente porque a estas economías exportadores, a través de zonas francas, subcontratación, etc., se las especializa en manufacturas de bajo contenido tecnológico, intensivas en mano de obra, que trabaja muchas horas con bajos salarios. Ya el Banco Mundial, en su Informe sobre el desarrollo mundial 1995, dedicado al mundo del trabajo, destacaba las enormes diferencias salariales por idénticas tareas, que recogemos en el Gráfico 2.

GRÁFICO 2.

Una panorámica de la Fábrica Mundial a mediados de la década nos muestra que: -

La Periferia supone aproximadamente el 65 % de la fuerza de trabajo manufacturera del mundo (un 32 % en China), que trabaja a la semana aproximadamente unas siete horas más que la fuerza de trabajo en el Centro6. Ello significa que el “esfuerzo” manufacturero periférico, o la aportación de la Periferia en tiempo y fuerza de trabajo a la producción de manufacturas es el 70 % del total mundial, con una fuerte aceleración en la década de los noventa.

-

Sin embargo, ese creciente esfuerzo entre 1980 y 1995 sólo ha repercutido en un aumento de cinco puntos porcentuales en la participación en el PIB (del 17,7 % al 22,5 %) y de seis en el Valor Añadido en la manufactura (del 16 al 22,5 %), aportación concentrada, además, en los Nuevos Países Industriales de primera y segunda generación (en total, ocho países: Corea, Taiwan, Hong Kong y Singapur; e Israel, Malasia, Indonesia y Tailandia).

-

Esta desproporción entre esfuerzo y resultado se debe, evidentemente, al carácter liviano de las industrias manufactureras semiperiféricas, o la menor productividad en aquellos casos de industria pesada por ser “antigua”. Sin embargo, en términos físicos el mayor esfuerzo sí que ha representado una mayor presencia en las producciones mundiales de medios de consumo (alimentos, textiles, calzados, electrónica sencilla, etc.).


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-

Aunque en el Centro, con menos empleo, se produce más valor que en la Periferia, esa brecha de productividad (unas siete veces) es menor que la salarial (once veces), con lo que el intercambio desigual en el comercio de manufacturas se hace bien patente. Como muestra la siguiente tabla, los valores superiores a la unidad en la relación entre ambas brechas se dan en todos los grupos de economías periféricas (los números indican los cocientes respectivos entre productividad y salarios del Centro y los de cada grupo de la Periferia). BRECHAS EN PRODUCTIVIDAD Y SALARIOS DEL CENTRO RESPECTO A LA PERIFERIA

1. Brecha productividad 2. Brecha salarios Relación Brechas (2/1) Gran Periferia 9,38 11,39 1,21 NPI 1,54 2,00 1,30 NNPI 4,21 8,18 1,95 Resto 7,18 12,70 1,77 Periferia 6,56 11,39 1,74 Fte.: Martínez Peinado (2000). Gran Periferia: Brasil, México, China, India, Turquía y Sudáfrica; NPI: Corea del Sur, Taiwan, Hong-Kong y Singapur; NNPI: Israel, Malasia, Indonesia, Tailandia

La especialización de las economías periféricas en la DIT está clara: o materias primas de las que están bien dotadas, o manufacturas exportables a bajo precio y menor coste. Esas son sus bases competitivas, y a fortalecerlas y/o conservarlas están destinadas las reformas. Pero entonces, y en la misma medida, no podemos esperar que de esa situación se derive otra cosa que la pobreza y miseria del proletariado, el siglo XIX inglés a escala global, y sin los escapes que la profundización del mercado interno (autocentramiento) y el imperialismo permitieron entonces, porque ahora ya no puede haber colonias y la industrialización es fundamentalmente de origen y destino externo. Concluyendo: en la esfera productiva, las transformaciones del capitalismo global, y las reformas que las empujan, amplían las desigualdades entre los trabajadores del mundo, aumentando extraordinariamente el contingente mundial de “trabajadores pobres”, cuyos bajos ingresos no están definidos por la exclusión, sino, precisamente, por la inclusión. Y ¿qué ocurre en la esfera circulatoria, especialmente en la financiera, destacada protagonista del proceso de globalización? Aquí la influencia en las desigualdades sistémicas, más allá de las meramente cuantitativas (el Centro, como corazón del sistema, es siempre el principal origen y destino de los flujos financieros), es de tipo cualitativo, porque la liberalización, la desregulación y las privatizaciones, que atraen a los capitales externos ansiosos de altas rentabilidades, aumentan la fragilidad de estas


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economías ante el carácter sumamente volátil de los mismos. Y esta fragilidad acaba periódicamente sumiéndolas en crisis explosivas, que a la postre dejan siempre como secuela, entre otras, un mayor empobrecimiento, en términos de extensión y profundidad, de amplias capas de la población. En definitiva, la apertura en el comercio mundial y la liberalización financiera no hacen sino fortalecer las desigualdades, reproduciendo la brecha Centro-Periferia, al obligar a abrir los mercados emergentes pero protegiendo los centrales, excepto en los bienes salariales producidos precisamente por la fábrica mundial (como han reconocido, por fin,

los países del G-7 en Génova) y al primar la rentabilidad de los capitales

especulativos del Norte sobre la estabilidad y crecimiento del Sur. Se amplía la brecha producción-consumo, pues se amplía la capacidad de producir del sistema en su conjunto al incorporarle otras economías, otros trabajadores…pero sólo se amplía la capacidad de consumir en los ámbitos de los ya solventes, y además mediante el crédito, que a su vez lleva a los operadores financieros a expandir la burbuja financiera por todo el mundo, hasta niveles peligrosamente críticos. La amenaza de la sobreproducciónsubconsumo se hace cada vez más evidente, aunque el ajuste se hace mediante la crisis productiva y comercial que cierra fábricas y expulsa a aquellos que ya antes no eran los fundamentales en la capacidad de consumir. En los últimos meses, las empresas multinacionales no cesan de anunciar (y practicar) “ajustes de plantillas” cuyos costes aún pueden ser trasladados a las instituciones sociales en el Centro, pero que en la (semi)Periferia tienen como resultado irremediable el empobrecimiento directo e indirecto de asalariados y trabajadores por cuenta propia urbanos y rurales. He mencionado antes un tercer ámbito analítico de la desigualdad, el de la “distribución funcional de la renta”, entre grupos y clases sociales. Los estudios al respecto han tenido, tradicionalmente, un ámbito nacional, y es difícil, por no decir imposible, ofrecer cifras coherentes y fiables sobre, por ejemplo, índices de desigualdad –como el de Gini- a escala sistémica, aunque la concentración del ingreso en las dos últimas décadas cuenta con una sólida base empírica en varios países, tanto del Centro como de la Semiperiferia (los casos paradigmáticos serían EE.UU. y Brasil). En su Informe sobre desarrollo humano de 1992, el PNUD aventuraba que, combinando la desigualdad entre países y las desigualdades dentro de los países, “la razón de desigualdad para el mundo en su totalidad (podría) ser bastante superior a una razón de 150 a 1”. El propio FMI presenta la gran inequidad en los ingresos mundiales que se ve en el Gráfico 3. Más recientemente, se ha hablado de que la fortuna de unas decenas de magnates equivalen a


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los ingresos de casi la mitad más pobre de la población mundial. Lo cual no tiene nada de extraordinario en un sistema como el actual. En cualquier caso, volveremos a retomar esta dimensión “personal” de la desigualdad en el próximo apartado.

GRÁFICO 3. DESIGUALDAD EN LA DISTRIBUCIÓN DEL INGRESO MUNDIAL

En fin, sea desde la perspectiva macroeconómica, sectorial o funcional, vemos cómo tenemos elementos suficientes como para entender de qué forma la expansión del capitalismo global provoca el alto e indeseable nivel alcanzado por el tercer elemento de nuestra tríada, la nueva pobreza.

LA NUEVA POBREZA DEL SIGLO XXI En 1990, el Banco Mundial dedicó su Informe sobre el desarrollo mundial a la pobreza, y se habló de 800 millones de pobres y de la importancia de poner la lucha contra la pobreza como buque insignia de las políticas de desarrollo (incluidas las del Banco). En el VII Congreso de Economistas de América Latina y Caribe celebrado en Rio de Janeiro en 1999, economistas de la CEPAL presentaron un estudio sobre “crecimiento, empleo y distribución de la renta”, y el impacto en la lucha contra la pobreza, en nueve países de América Latina, que pretendía mostrar los avances en esa lucha en la primera mitad de la década, especialmente vinculados a las políticas de reformas. Lo que quería ser un llamado al optimismo se convirtió, dado el momento y el lugar, en un calvario


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para los funcionarios de CEPAL, que tuvieron que reconocer que con sólo la crisis de l997-98 se había retrocedido a niveles peores que los del inicio del período; se ponía de manifiesto la fragilidad del “éxito” de un apolítica antipobreza que ataca más los síntomas que las causas, y la enseñanza es clara: si de un solo golpe se perdían los logros conseguidos durante tanto tiempo y esfuerzos, cabe preguntarse, entonces hasta qué punto es consistente una política antipobreza tan poco sostenida y sostenible. La puntilla la ha puesto de nuevo el Banco Mundial en su Informe sobre el desarrollo mundial 2000/2001, en el que se constata un aumento del número de pobres en un 50 %. Y de nuevo se plantea, entonces, la prioridad de la lucha contra la pobreza, aunque, en un contexto teórico de reformulación de paradigmas, esta vez el Banco aborda el tema con una gran puesta en escena mediática (discusión previa abierta en internet, publicación de la encuesta a los pobres –Narayan (2000)-, declaración machacona del objetivo del Banco, etc.), aunque no exenta de polémica, y como buena muestra de ella queda la dimisión de R. Kanbur, responsable de la elaboración del informe7. Pero lo más importante, o lo que más nos interesa aquí, es cómo se opera un cambio fundamental, paradigmático, en la forma de definir la pobreza, e incluso su caracterización como “nueva”. Podemos aproximarnos a esta “novedad” de la pobreza desde, al menos, tres líneas de conceptualización: - Una primera línea viene auspiciada por los análisis que consideran la pobreza como algo más complejo que la mera privación de un determinado volumen de ingreso. Estos análisis, en los que el premio Nobel A. Sen ha ejercido una notoria influencia, superan la reducción economicista, adjuntan la inseguridad personal y la exclusión social, política y cultural a la definición de pobreza, y, en general, centran la perspectiva analítica en las capacidades y oportunidades de los pobres más allá del mero nivel de ingreso. El propio Banco Mundial ha sustituido, con bastante lógica, el análisis del desarrollo por un, hasta cierto punto, nuevo paradigma de la pobreza (en términos de “capacidades”) y la lucha contra ella. En ello ha venido a coincidir con el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que, en la misma línea teórica y metodológica de su concepto de “desarrollo humano”, ha acabado definiendo la pobreza humana como una característica más compleja y amplia (y, por tanto, más inquietante) que la mera “pobreza de ingreso”, y que afecta a muchos más millones de personas, tanto en el mundo desarrollado como en el subdesarrollado. Volveremos a ello después.


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- Una segunda línea vendría a destacar la “novedad” de la pobreza precisamente a partir de los “nuevos” sujetos de la misma, en especial en referencia a la población anciana e inmigrante, que no sólo no disponen de los mismos estándares de vida, sino que tienen serias dificultades, de índole más estructural que coyuntural, para, simplemente, mejorar los suyos. A partir de aquí, los conceptos de “fragilidad”, “vulnerabilidad”, “precariedad”, etc. se incorporan al contenido de la “nueva pobreza”. -Y si esto es bien significativo para los pises desarrollados, para los países subdesarrollados, los países o economías “pobres” por antonomasia, la “novedad” de la pobreza se enraiza en el vector socioeconómico, porque se dibuja como la pobreza característica del desarrollo del capitalismo industrial, impuesto periféricamente en ellos a través de la Fábrica Mundial. Estaremos hablando, en este caso, de la emigración masiva del campo a la megaurbe, de la disgregación societal y familiar, del trabajo femenino e infantil en términos invariables de sobreexplotación, de los salarios adultos de miseria en las plantas de las multinacionales o en los talleres subcontratados, etc. En suma, la clásica pobreza y miseria, no de los excluidos, sino de los incluidos en el progreso capitalista, que hace dos siglos ocupó a economistas y políticos en el Centro del Sistema, hoy se evidencia en la Periferia. Tanto por los incluidos como por los excluidos, en estas sociedades se constata un empeoramiento de indicadores como el ingreso per cápita, la mortalidad infantil, la escolarización primaria, el suministro de calorías, etc., de tal forma que el empobrecimiento acaba destruyendo el propio sentido del desarrollo. Hoy ya es un sarcasmo seguir refiriéndose a tales economías como “en desarrollo”; por el contrario, tal y como indica la UNCTAD, se trata de “economías en regresión”. En vez de países en vías de desarrollo son países en vías de regresión. La complejidad de las situaciones que viven los diversos sujetos de la pobreza exige un gran esfuerzo analítico pero también empírico, porque el concepto de pobreza, como el de desarrollo, u otros de la misma índole, tienen un componente esencial que es el de la medición. Así, a cada concepto de pobreza corresponde una propuesta de cálculo, que a su vez es fundamental para el diagnóstico y la actuación. Siguiendo al PNUD, podemos hablar de tres perspectivas distintas que, a lo largo de los años se han adoptado para definir el concepto de pobreza, y que implican, cada una, una forma de medirla:


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-

Por una parte tendríamos la perspectiva del ingreso, que define la pobreza como privación de ingreso por debajo de una línea de pobreza definida cuantitativamente, y que permite un índice de recuento de pobres (porcentaje de la población en esa situación) y un indicador de brecha (la distancia a la línea, medida como porcentaje de ingreso que necesitan los pobres para dejar de serlo). El producto de ambos indicadores daría una estimación de la magnitud de la pobreza8.

-

En segundo lugar tenemos la perspectiva de las necesidades básicas, que considera la pobreza como privación de los medios materiales para satisfacer mínimamente las necesidades humanas –incluida la alimentación-. Implica una medición más compleja, en términos de vectores de cobertura de dichas necesidades.

-

Por último, se propone la perspectiva de capacidad, que entiende la pobreza como ausencia de ciertas capacidades básicas para funcionar personal, familiar y socialmente. Su medición conduce a la construcción de índices complejos multivariantes de pobreza de capacidad, pobreza humana, etc.

Como es sabido, el buque insignia del PNUD es el paradigma del desarrollo humano. La pobreza en el criterio del desarrollo humano se basa en cada una de esas perspectivas, pero particularmente en la de capacidad, siguiendo estrechamente las teorías de A. Sen.. Según el concepto de capacidad, la pobreza de una vida se basa no sólo en la situación empobrecida en que la persona vive efectivamente, sino también en la carencia de oportunidad real, determinada por limitaciones sociales y por circunstancias personales, para vivir una vida valiosa y valorada. Por lo tanto, desde un plano tanto conceptual como político, cabe centrar la atención en los funcionamientos que una persona puede o no lograr, dadas las oportunidades que tenga. Los funcionamientos se refieren a las diversas cosas valiosas que una persona puede hacer o ser. A partir de esta perspectiva, el PNUD ha propuesto sucesivamente los índices de pobreza de capacidad (IPC) (1996) y de pobreza humana (IPH) (1997), y, en este último caso, se han elaborado propuestas que distinguen la pobreza humana en los países subdesarrollados (IPH-1) de la pobreza humana en los países desarrollados (IPH-2) (1998). Las variables que entran en cada uno de estos indicadores son las siguientes: * En el Índice de pobreza de capacidad (IPC): es la media aritmética de - la proporción de niños menores de cinco años con peso insuficiente. - la proporción de nacimientos sin asistencia de personal sanitario capacitado.


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- la tasa de analfabetismo adulto femenino. * En el Índice de pobreza humana para los países subdesarrollados (IPH-1): -

Porcentaje de la población que no llegará a los 40 años de edad (P1).

-

Tasa de analfabetismo adulto (P2).

-

Nivel de vida (P3): media aritmética de los porcentajes de población sin acceso a agua potable, a servicios de salud, y de niños menores de cinco años con peso insuficiente.

Y se combinan según la siguiente fórmula: IPH-1 = [1/3(P13 + P23 + P33)]1/3 * En el Índice de pobreza humana para los países desarrollados (IPH-2): -

Porcentaje de la población que no llegará a los 60 años de edad.

-

Porcentaje de población funcionalmente analfabeta.

-

Porcentaje de la población con ingresos inferiores al 50 % de la mediana

-

Tasa de desempleo de larga duración.

Y se combinan según la fórmula: IPH-2 = (1/4(P13 + P23 + P33 + P43))1/3 Es evidente que la incorporación de más dimensiones de la pobreza al análisis cualitativo y cuantitativo de la misma permite un diagnóstico y, por tanto, unas políticas antipobreza, mucho más realistas, eficientes y eficaces. Un paso más se da cuando se plantea incorporar la desigualdad al seno de los pobres, porque no todos ellos lo son en la misma medida y, además, la desigualdad socioeconómica cambia radicalmente la propia dimensión de la pobreza. Son dos cosas diferentes, pero indisolubles, y así lo ha demostrado Sen, aunque el Banco Mundial ha escamoteado al final dicha relación (y esta es una de las críticas más sólidas que se le ha hecho al Informe 2000/2001). Hay países pobres pero “más igualitarios” (Egipto, Bangla Desh, Ghana, Pakistán,..) frente a otros en los que hay menos pobreza humana pero más desigualdad (Brasil, Chile, México,…), así como países (especialmente del África Subsahariana) que ocupan los perores lugares en ambos indicadores. Esto supone que, a la hora del diagnóstico y de la lucha contra la pobreza, no puede dejar de tenerse en cuenta el marco de desigualdad en la distribución del ingreso o, en general, en las oportunidades. De lo contrario, lo más que podrá proponerse es una política antisíntomas, pero no una curación. Pero, finalmente, nos interesa destacar, además de esa vinculación entre desigualdad y pobreza, cómo las reformas y las transformaciones a las que ya hemos hecho referencia


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se plasman en los sujetos de la “nueva” pobreza definida por la multidimensionalidad comentada. Si consideramos atentamente las características de los “nuevos pobres” (en base a los ámbitos socioeconómicos que consideran los indicadores), podemos concluir que su pobreza, la privación estructural o coyuntural de su capacidad para afrontar la vida en condiciones aceptables, está vinculada al diseño social que el capitalismo global propone en el Sistema, con sus variantes centrales, semiperiféricas y periféricas. En efecto, la homogenización que diagnosticamos en el Centro envía a la pobreza humana a todos aquellos que no pueden adaptarse al fundamentalismo mercantilcapitalista, o tienen especiales dificultades para ello, y ahí encontramos los nuevos pobres de las sociedades desarrrolladas: determinados contingentes de pensionistas, parados de larga duración, inmigrantes,… Sintomáticamente, las políticas “contra la exclusión social” de la llamada “tercera vía” identifican muy claramente lo que es la nueva pobreza y proponen las acciones, no para erradicarla, sino para hacerla asimilable ética y electoralmente (los pensionistas son toda una fuerza electoral). Por su parte, en la Semiperiferia y en la Periferia, la heterogeneidad provocada por la división internacional del trabajo industrial y global, y la fragilidad de la burbuja financiera, marcan también estructural y coyunturalmente el ejército de millones de pobres, privados de capacidad, bien por exclusión, bien por inclusión. La relación entre ellos vendrá dada por el marco estructural de desigualdad nacional y por la coyuntura de la economía global. Así, ante una crisis comercial o financiera, los pobres “por inclusión” pueden pasar a pobres “por exclusión”. Los recortes en los gastos sociales en salud y educación, exigidos en los PPAE ante el endeudamiento o una crisis, con seguridad repercutirán en la vulnerabilidad de los pobres, o crearán más.

A MODO DE CONCLUSIÓN De lo expuesto hasta ahora se pueden extraer dos claras conclusiones: -En primer lugar, que los pobres son los sujetos de una situación (la pobreza) que es bien compleja y no unívoca, y que, en realidad, se define más por la relación de esos sujetos con el entorno socioeconómico que por sí misma. Lo cual quiere decir que, si como es el caso, dicho entorno se va modificando en una dirección (la expansión del capitalismo global) que propicia las situaciones de pobreza, pero por otra parte la lucha contra la misma se configura como la principal política social a escala mundial, entonces resulta que lo que es necesidad para la economía capitalista (la globalización) se convierte en un reto para la humanidad (darle un contenido humano a dicha


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globalización), para superar el cual el capitalismo no ofrece (yo creo que porque no las tiene) las armas políticas e ideológicas necesarias. El determinismo de la rentabilidad y el fundamentalismo de mercado no sirven para resolver las necesidades básicas ni para gestionar democráticamente las desigualdades. Capitalismo global y erradicación de la pobreza son, de hecho, antitéticos. -En segundo lugar, ello plantea retos corolarios: la gobernabilidad, la sostenibilidad de la polarización y la exclusión sin explosiones violentas, la inseguridad, etc. El capitalismo global tiene soluciones, evidentemente, para los intereses económicos de los ricos del planeta, pero no acaba de ofrecer más que discursos a los no ricos. Y ello no augura la estabilidad del Sistema en las dos próximas décadas, que, como mucho, serán las de “bonanza” en esta fase alcista (aunque, por supuesto, con sus ciclos más cortos de auges y depresiones). En mi opinión, la conclusión es, entonces, clara: es más utópico creer que el capitalismo global podrá gestionar los problemas ambientales y sociales de los próximos años que proponer urgentes reformas anticapitalistas que permitan frenar la degradación y la pobreza y posibiliten un futuro menos siniestro en la comunidad planetaria. A partir de aquí, el programa mínimo de “soluciones” para afrontar, no ya la pobreza, sino cualquier proyecto viable de comunidad humana internacional, tiene que descansar, como mínimo, en una panoplia de elementos teóricos y políticos entre los que cabría destacar: -En primer lugar, la aceptación explícita y sincera del diagnóstico de insostenibilidad del capitalismo global. Mientras la opinión pública se siga creyendo el discurso de unas reformas que supuestamente harán posible lo realmente imposible, el autoengaño seguirá siendo el principal factor de insostenibilidad. Los componentes más visibles de la misma (aumento de la violencia, de la degradación medioambiental, de la desestructuración social y familiar, etc.) sólo serán abordados, entonces, en forma aislada e inoperante. -Son fundamentales políticas de fortalecimiento de la autonomía de la Periferia, lo cual tiene que llevar, necesariamente, a una regulación de las actividades empresariales globales y a un replanteamiento radical del endeudamiento externo. -No se trata con ello de negar la globalización, sino de darle un contenido más simétrico y esperanzador, haciendo que se manifieste no tanto como mero crecimiento económico global sino como más autocentramiento (crecimiento económico interno). Aquí cabría incluir una política de trasvase de fondos que permitiera asegurar, en primer


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lugar, una vida sostenible para todos los pobres, y, progresivamente, una capacidad autóctona de desarrollo armónico de sus capacidades de producir y consumir. -El único marco político-social para llevar a cabo la contrarreforma del capitalismo global es la democracia. Pero el discurso meramente liberal desde el Centro, si no va acompañado de los compromisos anteriores, lo único que logrará es desprestigiar aún más el discurso democrático, de tal manera que no sólo está en juego la credibilidad de los instrumentos económicos, sino también de los instrumentos políticos. Ahora que “el buen gobierno” y las denuncias de corrupción están en las caratas de condiciones del FMI y el BM, me gustaría recordar que a la inmensa mayoría de los dictadores del Tercer Mundo los han puesto y apoyado, directa o indirectamente, los gobiernos democráticos del Centro. Tendrían que manifestar el mismo apoyo para los proyectos popular-democráticos. En definitiva, la agenda es muy complicada, pero planteársela es la única fórmula sincera para afrontar nuestra tríada, “reformas, desigualdad y nueva pobreza”

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Tomo el término de R.A. Deifruss: “A época das perplexidades”. Ed. Petrópolis, Rio de Janeiro, 1996. Sintéticamente recoge los sectores de las telecomunicaciones, la informática y computación, la electrónica, y, en definitiva, el corazón económico de la llamada “sociedad de la información”. 2 Por ejemplo, G. Soros (La crisis del capitalismo global, 1998) o E. Luttwak (Turbocapitalismo: quienes ganany quienes pierden en la globalización, 1998). Otros autores de amplia aceptación y difusión en los mass media y las universidades, como L. Thurow (“El futuro del capitalismo, 1996), R. Reich (“El trabajo de las naciones”, 1993) o J.R. Rifkin (“El fin del trabajo”, 1996) también han explicado, sobre todo por razones tecnológicas, un presente y un futuro necesariamente polarizado en el mundo desarrollado. J. Estay ha analizado en profundidad las teorías y evidencia sobre polarización y convergencia. Pueden verse algunos de sus escritos en la página web de la Red de Estudios de la Economía Mundial: http://www.redem.buap.mx. También en Estay, caputo y Vidal (2001). 3 Para el concepto de Fábrica Mundial tal como aquí se utiliza, ver Martínez Peinado (2001). 4 En lo que sigue, me baso fundamentalmente en Martínez Peinado (1999) y (2001), que a su vez trabaja con estimaciones del Banco Mundial, el PNUD y la OIT. 5 Uso los conceptos de extraversión, autocentramiento, progreso, etc. siguiendo Martínez Peinado y Vidal Villa (2000) 6 Al menos de forma regulada. Si suponemos que el trabajo informal es significativo, la diferencia sería aún mayor. 7 Una escalarecedora visión crítica del informe la presentó Alfonso Dubois en las IIIª Reunión de Economía Mundial: “Las nuevas referencias del desarrollo del Banco Mundial: análisis crítico de una propuesta”. (Madrid, abril 2001). Véanse las entradas del mismo autor en Pérez de Armiño, K. (ed.): “Diccionario de acción humanitaria y cooperación al desarrollo”. Icaria, Barcelona, 2000. 8 Para una reveladora explicación de esta temática, véase Sen (1995).

REFERENCIAS BANCO MUNDIAL (2000): Informe sobre el desarrollo Mundial 2000/2001. Lucha contra la Pobreza. BM/Mundi-Prensa.


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ESTAY, J., CAPUTO, O. VIDAL, J.M. (2001): Capital sin fronteras. Icaria, barcelona. NARAYAN, D. (BANCO MUNDIAL) (2000): La voz de los pobres ¿Hay alguien que nos escuche? BM/ Mundi-Prensa. SEN, A. (1995): Nuevo examen de la desigualdad. Madrid, Alianza Editorial. PNUD (2000): Informe sobre Desarrollo Humano. Mundi-Prensa. MARTÍNEZ PEINADO, J. (1999): El capitalismo global. Barcelona, Icaria. MARTÍNEZ PEINADO, J. (2000): “Globalización y fábrica mundial”. En Arriola y Guerrero (eds.): La nueva economía política de la globalización. Bilbao, Servicio Editorial de la Universidad del Pais Vasco. MARTÍNEZ PEINADO, J. y VIDAL VILLA, J.M. (2000): Economía mundial. McGraw-Hill. (1ª ed., 1995) ROMERO, J., PÉREZ, J. Y GARCÍA, J. (1992): Desigualdades y nueva pobreza en el mundo desarrollado. Madrid, Síntesis. UNCTAD (1997): Trade and Development Report. Ginebra. UNCTAD (1997): The Least Developed Countries. Ginebra.


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