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leon tolstoi blanco y negro A los cien años del fallecimiento de Leon Tolstoi (Yásnaya Poliana, 1820 - Astápovo, llamada en la actualidad Lev Tolstói, noviembre de 1910), aún se mantiene el regusto de su literatura salvaje, espontánea, incisiva y profundamente vital. Haberle leído significa sentir, para siempre, la tibieza de cuerpos de salón, la dulzura de sus perfumes, el zigzagueo de sus corsés, o sufrir junto a aquellos soldados de ‘Guerra y paz’ (1865) cuyas caras alegres cobraban expresión rígida en los aledaños de un puente en llamas. Haber pasado noches en vela junto al genio ruso obliga, en este momento, a soportar la angustia eterna de recordar a jóvenes indefensas, aplastadas por el dolor, «solas y abandonadas en las manos de groseros campesinos revolucionarios»; o a rememorar amargas aventuras caucásicas con sólo atisbar

la rojez de ese cardo abatido en medio de un sembrado. Pero también significa desear que ese retrato de mujer, pintado al óleo, que impresionaba en ‘Anna Karenina’ (1877) y tornaba en real, de inigualables hombros y brazos desnudos, de fina sonrisa carmesí, comparezca aquí y ahora. O albergar la esperanza de que Anna haga durante una velada todo lo posible para enamorar a un lector cualquiera y sepa que, finalmente, ha logrado su propósito. Tolstoi suscita todo eso en sus encuadres, el blanco y el negro, el optimismo y el desánimo. Así es la vida y su vida estuvo ahí indeleble: él mismo es Hadji Murat (‘Hadji Murat’, novela póstuma publicada en 1912), agreste y escurridizo, sin atarse a nada, ni siquiera a sus posesiones, a las que pretendió renunciar en favor de los desfavorecidos; también es Pierre Bezukhov


(‘Guerra y paz’), del que decía que, aun siendo sencillo y modesto, no sabía entrar en un salón ni conversar: el escritor ruso se haría vegetariano al final de su vida, pregonando el trabajo de la tierra «con nuestras propias manos», dejando de lado el lujo, mezclándose con los labriegos. «En vano los hombres, amontonados por centenares y miles sobre una estrecha extensión, procuraban mutilar la tierra sobre la cual se apretujaban», denuncia al respecto, con palabras que prologan uno de sus últimos trabajos, ‘Resurrección’ (1899). No sólo él mismo se vio representado en sus novelas, también su familia: en ‘Guerra y paz’, por ejemplo, Nikolai Rostov y Maria Bolkonskaya evocan a sus padres, y Natasha Rostova refleja el carácter de su esposa. Antes, su itinerario hacia la edad adulta había sido relatado con precisión en ‘Infancia’, ‘Adolescencia’ y ‘Juventud’ (18521856), no por casualidad sus obras primerizas. Incluso quién sabe si le dio tiempo a ver cómo se adaptaba al primitivo cine de 1909 ‘Resurrección’, con una película «Tolstoi suscita en sus muda de apenas encuadres el desánimo 12 minutos. y el optimismo» Tolstoi no es únicamente el autor de las dos obras magnas que cualquiera le atribuye de inmediato (‘Guerra y paz’ y ‘Anna Karenina’), también compuso novelas cortas, ensayos y obras de teatro. De lo que se vino a llamar nouvelle, se alzan imperiales ‘La muerte de Iván Ilich’ (1886) y ‘La so-

nata a Kreutzer’ (1889). La primera es una pieza sencilla y ordinaria, al mismo tiempo que dramática, como la vida de su protagonista; la segunda, intensa y brillante, como ese cielo que cae sobre las aldeas cosacas que desfilan en el paisaje ferroviario. El discurso del autor ruso es aquí breve y arenoso, como si se aproximara a la extinción: de hecho, abandonaría en la última década de su vida la práctica literaria, a la cual no volvería ni por los ruegos de Iván Turguénev, otro gran novelista, a la vez enemigo y fuente de inspiración. «Cada vez que el tren paraba, subían nuevos viajeros a nuestro coche y bajaban otros al mismo tiempo. A pesar de aquel continuo subir y bajar del coche, siempre quedaban tres personas que, como yo, no se apearían tal vez hasta la estación más lejana», dice Tolstoi en ‘Sonata a Kreutzer’, donde lo imaginamos lánguido, crepuscular. Él se bajó del tren literario y bien define esa frase su figura: la lista de sus contradicciones se haría finalmente interminable. Y, paradójicamente, murió en una estación ferroviaria, la de Astápovo, presa de una neumonía. Iba acompañado por su médico y su hija pequeña. Eran tres personas. Huía en tren de la comodidad, pero, agonizante, se bajó. Y allí el reloj pareció pararse. Y ya no se ha vuelto a mover. Desde hace 100 años marca la misma hora en esa estación. La hora de la muerte de Leon Tolstoi. | Miguel Pradas


‘Admiración’, 1899. Museo de Arte Moderno (MOMA), Nueva York.


Manual de Uso Cultural 7 - Noviembre 2010  

Este mes: Pasolini, Gil de Biedma, Tolstoi, Egoyan, Henri Rousseau, Eels o Los Soprano.

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