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El orfanato


En 1912, Edimburgo era una ciudad peque単a y gris.


Su invierno era áspero y cruel: el frío aullaba en las callejas y miles de quinqués iluminaban por dentro las casas en una noche perpetua. La gente paseaba triste porque siempre se ponía a llover cuando rescataban sus recuerdos más queridos. Era un ambiente de apatía. Por eso, cuando un niño se perdía por las calles de Edimburgo o sus padres se morían o se cansaban de él, iba a parar al Orfanato, en el centro de la ciudad.


El orfanato era una casa grande, llena de puertas, de cuadros, de esquinas y cucarachas. Fue fundado hacía mucho tiempo por dos hermanos con una gran vocación coleccionista, Elka y Apolonuiz Kowalski. Habían llegado de Polonia para hacer dinero, pero ninguno de sus negocios funcionó excepto el Orfanato. En él coleccionaban niños flacos, niños feos, niños rubios y morenos, niños pequeños con piojos descomunales. Pero sobre todo coleccionaban niños raros que nunca eran adoptados.


Una tarde de diciembre el timbre de la mansión sonó por primera vez en muchos años con un ruido metálico. Una pareja joven esperaba al otro lado de la puerta. Margaret y Victor Sinclair habían sufrido mucho: habían esperado ver nacer en ellos un niño, sentirlo crecer despacito, como una crisálida, pero nada de esto pasó nunca. Por eso fueron al Orfanato, porque creían que allí estaría el niño o la niña que el destino les había escondido.

El Orfanato  

Es un cuento

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